The Project Gutenberg eBook, Bailn, by Benito Prez Galdos


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Title: Bailn

Author: Benito Prez Galdos

Release Date: December 9, 2004  [eBook #14311]

Language: Spanish

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BAILN

Episodios Nacionales

Primera Serie

B. PEREZ GALDOS







I


--Me hacen ustedes rer con su sencilla ignorancia respecto al hombre
ms grande y ms poderoso que ha existido en el mundo. Si sabr yo
quin es Napolen!, yo que le he visto, que le he hablado, que le he
servido, que tengo aqu en el brazo derecho la seal de las herraduras
de su caballo, cuando... Fu en la batalla de Austerlitz: l suba a
todo escape la loma de Pratzen, despus de haber mandado destruir a
caonazos el hielo de los pantanos donde perecieron ahogados ms de
cuatro mil rusos. Yo, que estaba en el 17. de lnea, de la divisin
de Vandamme, yaca en tierra gravemente herido en la cabeza. De veras
cre que haba llegado mi ltima hora. Pues, como digo, al pasar l
con todo su Estado Mayor y la infantera de la Guardia, las patas de
su caballo me magullaron el brazo en tales trminos, que todava me
duele. Sin embargo, tan grande era nuestro entusiasmo en aquel clebre
da, que incorporndome como pude, grit: Viva el Emperador!

As hablaba un hombre para mi desconocido, como de cuarenta aos, no
malcarado, antes bien con rasgos y expresin de cierta hermosura
marchita, aunque no destruda por las pasiones o los vicios; alto de
cuerpo, de mirada viva y sonrisa entre melanclica y truhanesca, como
la de persona muy corrida en las cosas del mundo, y especialmente en
las luchas de ese vivir al par holgazn y trabajoso a que conducen la
sobra de imaginacin y la falta de dineros; persona de ademanes
francos y desenvueltos, de hablar facilsimo, lo mismo en las bromas
que en las veras; individuo cuya personalidad tena complemento en el
desalio casi elegante de su traje, ms viejo que nuevo, y no menos
descosido que roto, aunque todo esto se echaba poco de ver, gracias a
la disimuladora aguja, que haba corregido as las rozaduras del
chupetn como la ortografa de las medias.

stas eran, si mal no recuerdo, negras, y el pantaln de color de
clavo pasado. Llevaba corto el pelo, con dos mechoncitos sobre ambas
sienes, sin polvo alguno, como no fuera el del camino; su casaca
obscura, y de un corte no muy usual entre nosotros; su chaleco
ombliguero, forma un poco extranjera tambin, y su corbata,
informemente escarolada, le hacan pasar como nacido fuera de Espaa
aunque era espaol. Mas por otra circunstancia distinta de las
singularidades de su vestir, causaba sorpresa la tal persona, y ste
es un capitalsimo punto que no debe pasarse en silencio. Aquel hombre
tena bigote. Esto fu, a qu negarlo?, lo que ms que otra cosa
alguna llam mi atencin cuando le vi inclinado sobre la mesa,
comiendo vidamente en descomunal escudilla unas al modo de sopas,
puches o no s qu endemoniado manjar, mientras amenizaba la cena
contando entre cucharada y cucharada las proezas de Napolen I. Dos
personas, ambas de edad avanzada y de distinto sexo, componan su
auditorio: el varn, que desde luego me pareci un viejo militar
retirado del servicio, oa con fruncido ceo y taciturnamente los
encomios del invasor de Espaa; pero la seora anciana, ms
despabilada y locuaz que su consorte, contestaba al panegirista con
cierto desenfado tan chistoso como impertinente.

--Por Dios, Sr. de Santorcaz--deca la vieja--, no grite usted ni
hable tales cosas donde le puedan or. Mi marido y yo, que ya le
conocemos de antes, no nos espantamos de sus extravagancias; pero,
ay!, la vecindad de esta casa es muy entremetida, muy enredadora, y
no se ocupa ms que de chismes y trampantojos. Como que ayer las nias
de la bordadora en fino, que vive en el cuarto nmero 8, llegaron
pasito a pasito a nuestra puerta para or lo que usted deca cuando
nos contaba con desaforados gritos lo que pas all en las Austrias en
la batalla de Pirrinclum, o no s qu..., pues esos enrevesados
nombres no se han hecho para mi lengua... Esta maana, cuando usted
entr de la calle, la comadre del nmero 3 y la mujer del laador,
dijeron: Ah va el pcaro _flamasn_ que est en casa del Gran
Capitn. Apuesto a que es espa de la _canalla_, para ver lo que se
dice en esta casa y contarlo a sus mercedes. El mejor da nos van a
dar que sentir, porque como dice usted esas cosas, y tiene esos modos,
y hace ascos de la comida cuando tiene azafrn, y siempre saca lo que
ha visto en las tierras de all, le traen entre ojos, y sabe Dios...
Como aqu estn tan rabiosos con lo del da 2!...

--Ya se aplacarn los humos de esta buena gente--dijo Santorcaz,
apartando de s escudilla y cuchara--. Cuando se organicen bien los
cuerpos de ejrcito y venga el Emperador en persona a dirigir la
guerra, Espaa no podr menos de someterse; y esto, que es la pura
verdad, lo digo aqu para entre los tres, de modo que no lo oigan
nuestras camisas.

--Espaa no se somete, no, seor, no se somete--exclam de improviso
el anciano, quebrantando el voto de su antes silenciosa prudencia, y
levantndose de la silla para expresar con frases y gestos ms
desembarazados los sentimientos de su alma patriota--. Espaa no se
somete, Sr. D. Luis de Santorcaz, porque aqu no somos como esos
cobardes prusianos y austriacos de que usted nos habla. Espaa echar
a los franceses, aunque los manden todos los Emperadores nacidos y por
nacer; porque si Francia tiene a Napolen, Espaa tiene a Santiago,
que es, adems de general, un santo del Cielo. Cree usted que no
entiendo de batallas? Pues s: soy perro viejo, y callos tengo en los
odos de tanto or el redoblar de los tambores y los tiros de can.

--No te sofoques, Santiago--dijo apaciblemente la anciana--, que ya
andas en los tres duros y medio, y aunque yo creo como t que Espaa
no bajar la cabeza, no es cosa de que te d el reuma en la cara por
lo que hable este mala cabeza de Santorcaz.

--Pues lo digo y lo repito--aadi el viejo soldado--. Venir
hablndome a m de cuerpos de ejrcito, y de brigadas de caballera, y
de cuadros...!

--En qu batallas se ha encontrado usted?--pregunt con sonrisa
burlona Santorcaz.

--Que en qu batallas me encontr!--exclam D. Santiago Fernndez,
cuadrndose ante su interpelante y mirndole con el desprecio propio
de los grandes genios que tienen puesta en duda su superioridad--.
Pues no sabe todo el mundo que fu asistente del seor marqus de
Sarri el ao 1762, cuando aquella famosa campaa de Portugal, la ms
terrible y hbil y estratgica que ha habido en el mundo, as como
tambin digo que despus de Alejandro el Macedonio no ha nacido otro
marqus de Sarri?... Qu cosas tiene este caballerito! Preguntar en
qu acciones me encontr! Aqulla fu una gran campaa, s, seor:
entramos en Portugal, y aunque al poco tiempo tuvimos que volvernos,
porque el ingls se nos puso por delante, se dieron unas batallas...,
qu batallitas, mi Dios! Yo era asistente del Sr. Marqus, y todas
las maanas le haca los rizos y le empolvaba la peluca, de tal modo,
que la cabeza de nuestro General pareca un sol. l me deca:
Santiago, ten cuidado de que los rizos vayan parejos, y que uno de
otro no discrepen ni el canto de un duro, porque no hay nada que
aterre tanto al enemigo como la conveniencia y buen parecer de
nuestras personas. Y cunto le queran los soldados! Como que en
toda aquella guerra apenas murieron tres o cuatro.

Santorcaz, al or esto, se desternillaba de risa, haciendo subir de
punto con sus irreverentes manifestaciones el enfado de D. Santiago
Fernndez, el cual, dando una fuerte puada en la mesa, continu as:

--Qu valen todos los generales de hoy, ni los emperadores todos,
comparados con el marqus de Sarri? El marqus de Sarri era
partidario de la tctica prusiana, que consiste en estarse quieto
esperando a que venga el enemigo muy desaforadamente, con lo cual ste
se cansa pronto y se le remata luego en un dos por tres. En la primera
batalla que dimos con los aldeanos portugueses, todos echaron a correr
en cuanto nos vieron, y el General mand a la caballera que se
apoderara de un hato de carneros, lo cual se verific sin efusin de
sangre.

--No, no ha habido en el mundo batallas como sas, Sr. D.
Santiago--dijo Santorcaz, moderando su risa--; y si usted me las
cuenta todas, confesar que las que yo he visto son juegos de chicos.
Y como desde aquella fecha ha conservado usted los hbitos de campaa,
y gusta tanto de conversar sobre el tema de la guerra, los vecinos le
llaman el Gran Capitn.

--Ese es un mote, y a mi no me gustan motes--dijo D. Gregoria, que
as se llamaba la mujer del valiente expedicionario de Portugal--.
Cuando nos mudamos aqu, y dieron los vecinos en llamarte Gran
Capitn, bien te dije que alzaras la mano y regalaras un bofetn al
primero que en tus propias barbas te dijera tal insolencia; pero t,
con tu santa pachorra, en vez de llenarte de coraje, se te caa la
baba siempre que los chicos te saludaban con el apodo, y ahora Gran
Capitn eres y Gran Capitn sers por los siglos de los siglos.

--Yo no me paro en pequeeces--dijo don Santiago Fernndez--, y aunque
tolero un apodo honroso, no consiento que nadie se burle de m. A fe,
a fe que cuando uno ha servido en las milicias del Rey por espacio de
veinte aos; cuando uno ha estado en la campaa de Portugal; cuando
uno ha tenido tambin el honor de encontrarse en la expedicin de
Argel que mand el Sr. D. Alejandro O'Reilly en 1774; cuando despus
de tan gloriosas jornadas se le han podrido a uno las nalgas sentado
en la portera de la oficina del Detall y Cuenta y Razn del arma de
Artillera, viendo entrar y salir a los seores oficiales, y
hacindoles un recadito hoy y otro maana, bien se puede alzar la
cabeza y tener una opinin sobre cosas militares.

--Eso mismo digo yo--indic D. Gregoria--. Bien saben todos que t no
eres ningn rana, y que has escupido en corro con guardias de Corps y
valonas, y con generales de aquellos que haba antes, tan valientes,
que slo con mirar al enemigo le hacan correr.

--Y no se trate--prosigui el Gran Capitn--de embobarnos con cuentos
de brujas como los que desembucha el Sr. de Santorcaz. A las nias del
laador y a D. Melchora, la que borda en fino, les puede trastornar
el seso este caballero contndoles esas batallas fabulosas de
prusianos y rusos, con lo de que si el Emperador fu por aqu o vino
por all. Hombres como yo no se tragan bolas tan terribles, ni ha
estado uno veinte aos mordiendo el cartucho y peinando los rizos del
Sr. Marqus de Sarri, para dar crdito a tales novelas de
caballeras. Conque cmo fu aquello?--aadi en tono de mofa y
sentndose junto a Santorcaz--. Dijo usted que cuatro mil franceses
atacaron a la bayoneta a diez mil rusos, y les hicieron caer en un
pantano, donde se ahog la mitad. Pues y lo de que rompieron el hielo
a caonazos para que se hundieran los enemigos que estaban encima!...
Bonito modo de hacer la guerra! Pero, hombre de Dios, si andaban por
sobre el hielo se resbalaran y... pobres nalgas del Emperador...,
digo, de los tres Emperadores, pues ah dice usted que eran tres nada
menos. Sabes, Gregoria, que es aprovechada la familia?

El Gran Capitn hizo rer a su digna esposa con estos chistes, hijos
de su inexperta fatuidad, y ambos celebraron recprocamente sus
ocurrencias.

--Si es novela de caballeras lo que he contado--dijo Santorcaz--,
pronto lo hemos de ver en Espaa, porque pasan de cien mil los
Esplandianes que andan desparramados por ah esperando que su amo y
seor les mande empezar la funcin.

--Los asesinos de Madrid!--exclam el Gran Capitn, inflamndose en
patritico ardor--. Y cree usted que les tenemos miedo? Santa Mara
de la Cabeza! Ya veo que estn fortificando el Retiro, y que no
permiten que vuele una mosca alrededor de sus seoras; pero ya
hablaremos. Esto es ahora porque estamos sin tropa; pero sabe usted
lo que se va a formar en Andaluca? Un ejrcito. Y en Valencia? Otro
ejrcito. Y en Galicia y en Castilla, otro y otro ejrcito. Cuntos
espaoles hay en Espaa, Sr. de Santorcaz? Pues ponga usted en el
tablero tantos soldados como hombres somos aqu, y veremos. A que no
sabe usted lo que me ha dicho hoy el portero de la Secretara de la
Guerra? Pues me ha dicho que mi pueblo ha declarado la guerra 
Napolen, Qu tal?

--Cul es el pueblo de usted?

--Valdesogo de Abajo. Y no es cualquier cosa, pues bien se pueden
juntar all hasta cien hombres como castillos, no como esos rusos de
alfeique de que usted habla, sino tan feroces, que despacharn un
regimiento francs como quien sorbe un huevo.

--Pues una mujer que ha venido hoy de la sierra--dijo D. Gregoria--me
ha contado que tambin mi pueblo va a declarar la guerra a ese ladrn
de caminos; s, Sr. de Santorcaz, mi pueblo, Navalagamella. Y all no
se andarn con juegos, sino al bulto derechitos. Si esos pueblos que
usted nombra, las Austrias y las Prusias, fueran como Navalagamella,
la _canalla_ no los hubiera vencido, y se conoce que todos los
austriacos y prusiacos son gente de mucha facha y nada ms.

--No se dice prusiacos, sino prusianos--indic enfticamente a su
esposa el Gran Capitn.

--Bien, hombre: los rusos y los prusos, lo mismo da. Lo que digo es
que si Valdesogo de Abajo y Navalagamella, que son dos pueblos como
dos lentejas comparados con la grandeza de todo el reino, se ponen en
ese pie, los dems lugares y ciudades harn lo mismo, y entonces,
teme esa mosca el Sr. de Santorcaz. No, no quedar un francs para
contarlo, y la que hicieron aqu a primeros del mes, la pagarn muy
cara. Hase visto alguna vez bribonada semejante? Fusilar en
cuadrilla a tantos pobrecitos, sin perdonar a sacerdotes ancianos, a
inocentes doncellas y a infelices muchachos como el que est en esa
cama! Ay! Usted no vi aquello, Sr. de Santorcaz, porque lleg a
Madrid tres das despus; pero si usted lo hubiera visto! Por esta
calle del Barquillo pasaron esas fieras, y como les arrojaron algunos
ladrillos desde los andamios de la casa que se est fabricando en la
esquina, mataron a una pobre mujer que pasaba con un nio en brazos.
Al ver esto, todas las vecinas de la casa que estbamos en los
balcones, empezamos a tirarles cuanto tenamos. Una les echaba una
cazuela de agua hirviendo, otra la sartn con el aceite frito; yo cog
el puchero que haba empezado a cocer, y sin pensarlo dije: All va;
y aunque aquel da nos quedamos sin comer, no me pes, no, seor.
Despus, entre Juanita la laadora, las nias de al lado y yo,
cogimos una cmoda, y echndola a la calle aplastamos a dos. Queran
subir a matarnos; pero qua! Todo facha, nada ms que facha. Ms de
cuarenta mujeres nos apostamos en la escalera, unas con tenedores,
otras con tenacillas, estas con asadores, aquella con un berbiqu,
estotra con una vara de apalear lana. Si llegan a subir, les hacemos
pedazos. Mi marido tom aquella lanza vieja que tiene all desde las
tan famosas campaas, y ponindose delante de nosotras en la escalera,
nos areng y dispuso cmo nos habamos de colocar. Ah, si llegan a
subir esos perros! Yo era la ms vieja de todas, y la ms valiente,
aunque me est mal el decirlo. Mi marido quera salir a la calle al
frente de todas nosotras; pero le convencimos de que esto era una
locura. Con su carga de setenta a la espalda, l hubiera partido de un
lanzazo a cuantos mamelucos encontrara en la calle. Ay, qu da!
Cuando nos retiramos cada una a nuestro cuarto, en toda la casa no se
oa ms que Viva el Gran Capitn!

--Qu da!--exclam melanclicamente Fernndez, disimulando el
legtimo orgullo que el recuerdo de sus proezas le causaba--. A eso de
las ocho de la maana vi salir de la oficina al capitn D. Luis Daoiz.
El da anterior me haba mandado por unas botas a la zapatera de la
calle del Lobo, y desde all se las llev a su casa de la calle de la
Ternera, y cuando volv despus de hacer el mandado, viendo que haba
cumplido con la puntualidad y el esmero que son peculiares en m, me
di dos reales, que guardo en este pauelo como memoria de hombre tan
valiente.

Diciendo esto, trajo un pauelo, y desdoblando una de las puntas
despaciosamente, y como si se tratara de la ms venerable y santa
reliquia, sac una moneda de plata que puso ante la vista de
Santorcaz, sin permitirle que la tocara.

--Esto me di--dijo, enjugando con el mismsimo sagrado pauelo las
lgrimas que de improviso corrieron de sus ojos--; esto me di con sus
propias manos aquel que vivir en la memoria de los espaoles mientras
haya espaoles en el mundo, Yo estaba barriendo la oficina cuando
entr D. Pedro Velarde buscndole, y le dije: Mi capitn, hace un
rato que sali con D. Jacinto Ruiz. Despus, don Pedro entr y estuvo
disputando con el coronel; al cabo de un cuarto de hora volvi a pasar
por delante de mi. Quin me haba de decir...!

El Gran Capitn no pudo continuar, porque la pena ahogaba su voz; D.
Gregoria se llev tambin la punta del delantal a los ojos, y
Santorcaz, ms serio y grave que antes, respetaba el dolor de sus dos
amigos.

--Me han asegurado--dijo, despus de una pausa--que ese D. Pedro
Velarde iba a comer todos los das en casa de Murat. Es que
simpatizaba con los franceses?

--No, no; y quien lo dijere miente--exclam D. Santiago, dejando caer
de plano sobre la mesa sus dos pesadsimas manos--. Don Pedro Velarde
pasaba por un oficial muy entendido en el arma, y como fu de los que
el Rey envi a Somosierra a recibir al _melenudo_, ste le trat, supo
conocer sus buenas dotes, y quiso atrarselo. Bonito genio tena D.
Pedro Velarde para andarse con mieles! Le convidaban a comer,
obsequibanle mucho; pero bien saban todos que si nuestro capitn
pisaba las alfombras de aquel palacio, era para conocer ms de cerca
a la canalla, como l mismo deca.

--l y sus compaeros de Montelen--dijo Santorcaz--demostraron un
valor tanto ms admirable cuanto que es completamente intil. Aqu
estn ciegos y locos. Creen que es posible luchar ventajosamente
contra las tropas ms aguerridas del mundo, sin otros elementos que un
ejrcito escaso, mal instrudo, y esas nubes de paisanos que quieren
armarse en todos los pueblos. La obstinacin ridcula de esta gente
har que sean ms dolorosos los sacrificios, y el nmero de vctimas
mucho ms grande, sin que puedan vanagloriarse al morir de haber
comprado con su sangre la independencia de la patria. Espaa
sucumbir, como han sucumbido Austria y Prusia, naciones poderosas,
que contaban con buenos ejrcitos y reyes muy valientes.

--Esos pases no tienen vergenza!--grit con furor D. Santiago
Fernndez, levantndose otra vez de su asiento--. En Austria y Prusia
habr lo que usted quiera; pero no hay un Valdesogo de Abajo ni un
Navalagamella. Discretsimo lector: no te ras de esta presuntuosa
afirmacin del Gran Capitn, porque bajo su aparente simpleza
encierra una profunda verdad histrica.

Santorcaz solt de nuevo la risa al ver el acaloramiento de Fernndez,
cuyas patriticas opiniones apoy de nuevo su esposa, hablando as:

--Aqu somos de otra manera, Sr. de Santorcaz. Usted, viviendo por
all tanto tiempo, se ha hecho ya muy extranjero y no comprende cmo
se toman aqu las cosas.

--Por lo mismo que he estado fuera tantos aos, tengo motivos para
saber lo que digo. He servido algunos aos en el ejrcito francs;
conozco lo que es Napolen para la guerra, y lo que son capaces de
hacer sus soldados y sus generales. Cien mil de aqullos han entrado
en Espaa al mando de los jefes ms queridos del Emperador. Saben
ustedes quin es Lefebvre? Pues es el vencedor de Dantzig. Saben
ustedes quin es Pedro Dupont de l'Etang? Pues es el hroe de
Friedland. Conocen ustedes al duque de Istria? Pues es quien
principalmente decidi la victoria de Rvoli. Y qu me dicen de
Joaqun Murat? Pues es el gran soldado de las Pirmides, y el que
mand la caballera en Marengo...

--No, no le nombre usted--dijo D. Gregoria--, porque si todos los
dems son como ese de _las melenas_, buena gavilla de perdidos ha
metido Napolen en Espaa.

--Sr. de Santorcaz--aadi con grave comedimiento el Gran Capitn--,
ya sabe usted que un hombre como yo, testigo de cien combates, no se
traga ruedas de molino, y todas esas heroicidades del general Pitos y
del general Flautas las vamos a ver de manifiesto ahora, s, seor. Y
supongo que usted habr venido para ponerse de parte de ellos, pues
quien tanto les alaba y admira es natural que les ayude.

--No--replic Santorcaz--; yo he vuelto a Espaa para un asunto de
intereses, y dentro de unos das partir para Andaluca. Cuando
arregle mi negocio, me volver a Francia.




II


--Qu mal hombre es usted!--exclamo D Gregoria--. Y su pobre padre y
toda la familia llorando su ausencia, y muertos de pena sin poder
traer al buen camino a este calaverilla que durante quince aos y
desde aquella famosa aventura... Pero chitn--aadi, volviendo la
cara hacia m--: me parece que el chico se ha despertado y nos est
oyendo.

Los tres me miraron, y yo observ claramente cuanto me rodeaba,
pudiendo apreciarlo todo sin mezcla de vagas imgenes ni mentirosas
visiones. Hallbame en una cama, de cuyo dursimo colchn daban fe las
mortificaciones de mis huesos y la instintiva tendencia de mi cuerpo
a arrojarse fuera de ella, mientras uno de mis brazos, fuertemente
vendado, se negaba a prestarme apoyo, tan inmvil y rgido como si no
me perteneciera. Asimismo rodeaba mi cabeza complicado turbante de
trapos que olan a ungentos y vinagre, y mi dbil y extenuado cuerpo
senta por aqu y por all terribles picazones. El lecho en que yaca
tan incmodamente ocupaba el rincn del cuarto, el cual era de
ordinarias dimensiones, con blancos muros y suelo de ladrillos, mal
cubiertos por una vieja y acribillada estera de esparto. Lminas de
santos, a quienes el artista grabador haba dado nuevo martirio en sus
impos troqueles, adornaban la desnuda pared, en uno de cuyos testeros
ostentaba su temerosa longitud la lanza del Gran Capitn. En el centro
de la pieza hallbase la mesa, que sostena un candil de cuatro
mecheros, y junto a ella, sentados en sendas sillas de cuero, que
lastimosamente geman al menor movimiento, estaban los tres personajes
cuya conversacin hiri mis odos cuando volv de un largo paroxismo.

Todos fijaron en m la atencin, y D. Gregoria, acercndose
maternalmente a mi cama, me habl as:

--Ests despierto, nio? Ves y entiendes? Puedes hablar? Pobrecito,
ya se te ha quitado la terrible calentura, y el Santo ngel de tu
Guarda ha conseguido del Padre Eterno que te otorgue el seguir
viviendo. Cmo ests? Ves a los que estamos aqu? Nos conoces?
Entiendes lo que decimos? Debes de estar bien, porque ya no dices
desatinos, ni quieres echarte de la cama, ni nos insultas, ni dices
que nos vas a matar, ni llamas a D. Celestino ni a la D. Ins, que te
traan trastornado el juicio. Ests bien, ya ests fuera de peligro, y
vivirs, pobre nio; pero has perdido la razn, o Dios quiere que te
veamos en tu ser natural, sano y cuerdo, tal y como estabas antes de
que aquellos caribes...?

--Y, en verdad, no s cmo ha escapado el infeliz--dijo Fernndez a
Santorcaz--. Tres balazos tena en su cuerpecito: uno en la cabeza, el
cual no es ms que una rozadura; otro en el brazo izquierdo, que no le
dejar manco, y el tercero en un costado, y en parte sensible, tanto
que si no le hubieran sacado la bala, no le veramos ahora tan
despiertillo.

Instronme todos para que hablase, mostrndoles que mi razn, como mi
cuerpo, se haba repuesto de la tremenda crisis. Tambin acudi con
cariosa solicitud a darme alimento la ejemplar D. Gregoria, y tomado
aqul vidamente por m me sent muy bien. Haba resucitado o haba
nacido en aquella noche?

--Ahora, chiquillo, estte tranquilo--continu D. Gregoria,
sentndose a mi lado--. Cunto se va a alegrar el Sr. Juan de Dios
cuando te vea!

--Cmo!--exclam con la mayor sorpresa--. Juan de Dios vive aqu?
Pues en dnde estoy? Y ustedes quines son? Qu ha sido de Ins?

--Otra vez Ins! Este joven no est todava bueno. Dejmonos de
Ineses, y a descansar. Santorcaz se lleg a mi, y mostrndome algn
inters, me dijo:

--Pobrecito! Conque te fusilaron! El Gran Duque de Berg es hombre
terrible y sabe sentar la mano. Dicen que mataste mas de veinte
franceses. Ya me contars tus hazaas, picarn. Y di, tienes nimos
de volver a hacer de las tuyas? Me parece que no..., porque habrs
visto que esa gente gasta unas bromas un poco pesadas.

Dicho esto, Santorcaz, tomando su capa, se march.

Mi sorpresa y estupor al verme all, tornado nuevamente y de
improviso, segn mi entender, a la vida, en presencia de personas
desconocidas, y volviendo sin cesar al pasado mi pensamiento, recin
salido de una sombra profunda; las impresiones de mi alma, a quien el
repentino despertar, despus de un largo entumecimiento, haba dado
cierta actividad ansiosa, fueron causa de que no pudiera estar
tranquilo, como me rogaban el Gran Capitn y su mujer. Hacales mil
preguntas con la curiosidad del que, volviendo al mundo despus de un
siglo de muerte real, deseara conocer en un instante cuanto ha pasado
en el planeta durante su ausencia. A todo contestaban que me estuviese
quieto y sin cuidarme de nada, para que no me repitiesen los accesos
de fiebre; pero no pude conseguirlo, y si descans un poco, procurando
poner a un lado mis terribles recuerdos y apartar de la vista las
siniestras figuras que se haban hecho compaeras inseparables de mi
espritu, poco despus, cuando, ya avanzada la noche, lleg Juan de
Dios, me sent tan vivamente inquieto al verle, que a no impedrmelo
mi debilidad, habra saltado del lecho para correr hacia l,
arrastrado por un odio terrible y una curiosidad ms fuerte an que el
odio. El antiguo mancebo de D. Mauro Requejo hallbase tan demacrado,
tan excesivamente amarillo y mustio, como si hubiera vivido diez aos
de penas en el transcurso de algunos das. Sus ojos encendidos
conservaban huellas de recientes lgrimas, y su desmadejado cuerpo se
mova con pesadez, como si le fatigara su propio peso. Arrojse en una
silla junto a mi cama, y cuando los dos ancianos se retiraban a su
aposento, me habl as:

--Gabriel, ya ests bueno? Has recobrado el juicio? Entiendes lo
que se te dice?

--Dnde est Ins?--le pregunt con ansiedad.

--Oh, desgraciado de m!--exclam, ocultando el rostro entre las
manos--. T ests enfermo todava, y si te doy la noticia... Que
dnde est Ins? Espntate, Gabriel, porque no lo s. Yo estoy loco,
yo estoy imbcil. Llevo quince das de dolores que a nada son
comparables. Las lgrimas que he derramado podran agujerear una pea.
Ahora mismo..., de dnde crees que vengo? Pues vengo de la bveda de
San Gins, adonde voy todas las noches a mortificarme el cuerpo con
disciplinazos, por ver si Dios se apiada de m y me devuelve lo que me
quit, sin duda en castigo de mis grandes pecados.

Despus de enjugar sus lgrimas y sonarse con estrpito, prosigui:

--Yo saqu a Ins de la huerta del Prncipe Po. Ay!, si no te
salvaste tambin t, fu porque no pude, que bien lo intent, te juro
que lo intent. Ins se desmay, y no pudiendo traerla aqu, por ser
esto muy lejos, Lobo me indujo a llevarla a casa de unas que l
llamaba honradsimas seoras, donde permanecera hasta tanto que fuera
posible traerla aqu para casarme con ella... Oh, infame legista,
miserable enredador, tramposo y falsario! Ins me abofete, Gabriel,
al verse en aquella casa, y me clav en las mejillas sus deditos. No
puedes formarte idea de las palabras tiernas que le dije para que se
calmara; pero nada poda consolarla de que no os hubierais salvado
tambin t y el buen sacerdote. En vano le dije que sera mi mujer; en
vano le dije que la adoraba con profundsimo amor; tambin le mostr
mi dinero, prometindole gastar una buena parte en huir para siempre
de Madrid y de Espaa, si as lo deseaba. Infeliz de m! A estas
irrecusables pruebas de mi cario slo contestaba llamndome bestia y
ordenndome que de su presencia me quitara... A cada momento te
llamaba, y luego se deshaca en lgrimas, y quera despus arrojarse
fuera de la casa para volver a la Montaa. A pesar de esto yo era
feliz, porque la tena en mis brazos, apartbale de la frente los
desordenados cabellos, y con mi pauelo limpiaba sus lgrimas divinas,
con las cuales se refrescaran, si las bebieran, los condenados del
Infierno... El prfido Lobo no se apartaba de all, y desde luego me
parecieron sospechosos el esmero y solicitud con que la atenda. Ins
no cesaba un momento de gemir, y tanto a mi compaero como a m nos
mostraba repugnancia, ordenndonos que la dejramos sola, porque no
quera vernos, y que la matramos, porque no quera vivir. Su
desesperacin lleg a tal punto, que no la podamos contener, y se nos
escapaba de entre los brazos, diciendo que pues no le era posible
salvaros la vida, quera daros a entrambos sepultura. Por ltimo, a
fuerza de ruegos logramos calmarla un poco, prometindole yo acudir al
lugar del suplicio a cumplir tan triste obligacin. Cuando esto le
dije, me mir con tanta ternura, y despus me lo orden de un modo tan
persuasivo, tan elocuente, que no vacil un instante en hacer lo
prometido, y sal dejndola al cuidado de Lobo. Nunca tal hiciera, y
maldito sea el instante en que me separ de aquel tesoro de mi vida,
de aquel imn de mi espritu! Gabriel, corr a la Moncloa, me acerqu
a los grupos en que eran reconocidos los cadveres, y anduve de un
lado para otro esperando encontrarte entre aquellos que, abandonados
hasta en tan triste ocasin, no tenan quien formara a su alrededor
concierto de llantos y exclamaciones... Al fin encontr al sacerdote;
pero t no estabas a su lado, pues unas mujeres compasivas, habiendo
notado que vivas, te haban llevado a un paraje prximo para
prodigarte algunos cuidados. Grande fu mi alegra cuando te vi abrir
los ojos, cuando te o pronunciar frases obscuras, y observ que tus
heridas no parecan de mucha gravedad; as es que en cuanto dimos
sepultura a tu buen amigo, me ocup de los medios de traerte a mi
casa. Rogu a las pobres mujeres que te cuidaran un momento ms,
mientras yo volva con una camilla, y al salir de la huerta me
regocijaba con la idea de participar a Ins que estabas vivo. Cunto
se alegrar la pobrecita!, deca para m, y yo me alegraba tambin,
porque haba comprendido por sus palabras que aquella flor de Jeric
te apreciaba bastante, no es verdad? Ay!, Gabriel, t hubieras sido
nuestro criado, t nos hubieras servido fielmente, no es verdad?...
Pues bien, hijo: como te iba diciendo, corr desalado a comunicarle la
feliz nueva de tu salvacin, y cuando entr en la casa donde la haba
dejado, Ins ya no estaba all. Aquellas seoras desconocidas
dijronme que Lobo se haba llevado a Ins, y como yo les manifestara
mi extraeza, mi indignacin, llamronme estpido y me arrojaron de su
casa. Vol a la de ese miserable ladrn; mas no le pude ver ni en todo
aquel da ni en los siguientes. Figrate mi desesperacin, mi agona,
mi locura; yo no s cmo no entregu el alma a Dios en aquellos das,
porque adems de mi gran pena, me consuma una fuerte calentura, a
consecuencia de la herida de esta mano, pues bien viste que perd dedo
y medio en la calle de San Jos... Crees que me curaba? Ni por
pienso. Despus que el boticario de la Palma Alta me vend la mano no
volv a acordarme de tal cosa, y no digo yo dedo y medio, sino los
cinco de cada mano me hubiera yo arrancado con los dientes, con tal de
hallar a mi idolatrada Ins, a aquella rosa temprana, a aquel jazmn
de Alejandra!... Durante este tiempo no me olvid de ti, pues el
mismo da 3 te hice conducir a esta casa, que es la ma, en la cual
has permanecido hasta hoy, y donde, gracias a los cuidados de tan
buena gente, has recobrado la salud.

--Pero Lobo ha desaparecido tambin?--pregunt con afn--. Si no ha
desaparecido, bien puede obligrsele a decir qu ha hecho de Ins.

--Al cabo de diez das le encontr al fin en su casa. Sabes t lo que
me dijo el muy embustero? Pues vers. Despus de rerse de m,
llamndome bobo y mentecato, me dijo que no pensara en volver a ver a
Ins, porque la haba entregado a sus padres. Pues acaso Ins tiene
padres?, le dije. Y l me contest: S, y son personas de las
principales de Espaa, por lo cual he credo de mi deber entregarles
la infeliz jovenzuela, desde tanto tiempo condenada a vivir fuera de
su rango y entre personas de inferior condicin. Me qued atnito;
pero al punto comprend que esto era invencin de aquel inicuo
tramposo, embaucador, y en mi clera le dije las ms atroces
insolencias que han salido de estos labios. No crees t como yo que
lo de entregarla a sus desconocidos padres es pura fbula de Lobo para
ocultar as su crimen? Gabriel, no te estremeces de espanto como yo?
Dnde estar Ins? Dnde la tendr ese monstruo? Qu habr hecho de
ella? Ay! Yo la he buscado sin cesar por todo Madrid; he pasado
noches enteras junto a la casa de la calle de la Sal examinando quin
entraba y quin sala; he dado dinero a los criados, aguadores,
lavanderas, a los escribientes del licenciado, a cuantas personas
visitaban la casa; pero nadie me ha sabido dar razn, nadie, nadie.
Es esto para desesperarse? Es esto para morirse de pena? Trabajar
tanto, cavilar tanto para sacarla del poder de sus tos; cometer
grandes pecados y exponer uno su alma a las horribles penas del
Infierno para ver desvanecida como el humo aquella esperanza
encantadora, aquella soada dicha y suprema felicidad!... Ser
castigo de Dios por mis culpas, Gabriel? Lo crees t as? Apruebas
lo que estoy haciendo ahora, que es rezar mucho y pedir a Dios que me
perdone o que me devuelva mi Inesita, aunque no me perdone? Crees t
que concurriendo a la bveda de San Gins con gran constancia y
devocin podr alcanzar de Dios alguna misericordia? Ay! Si las
lgrimas que he derramado hubiesen cado todas en el corazn de ese
infame Lobo, habranle atravesado de parte a parte haciendo el efecto
de un pual. Dnde est Ins? Qu es de ella? Vive o muere?
Gabriel, t tienes ingenio, y Dios ha querido que recobres tu preciosa
vida para que desbarates los inicuos planes de ese monstruo abominable
y devuelvas a la nia su anhelada libertad, as como a m la paz del
alma, que he perdido quizs para siempre.

As habl el afligido hortera, y oyndole no pude menos de
compadecerle por los tormentos de su alma, tan apasionada como
inocente. No se cans de hablar hasta muy avanzada la noche, siempre
sobre el mismo tema y con iguales demostraciones dolorosas. Al fin su
voz se perdi para m en el vaco de un silencio profundo, porque me
qued dormido, cediendo mi atencin y curiosidad a la fatiga y
flaqueza de nimo que me consuman an.




III


Al da siguiente, la primera persona que vieron mis ojos fu D.
Gregoria, a quien ya haba empezado a tomar cario, pues tan propio de
la caridad es inspirarlo en poco tiempo. La mujer del Gran Capitn
limpiaba la sala, procurando mover los trastos lentamente para no
hacer ruido, cuando despert, y al punto lo dej todo para correr a mi
lado.

--Esa cara est respirando salud--me dijo--. Veremos lo que dice hoy
D. Pedro Nolasco cuando te vea.

--Y quin es ese D. Pedro Nolasco?--pregunt, sospechando fuera algn
mdico afamado de la vecindad.

--Quin ha de ser, hijo? El albitar, que vive en el cuarto nmero
14. Aqu no gastamos mdico porque es bocado de prncipes. Y cuando
Fernndez padece del reuma, le ve D. Pedro Nolasco, que es un gran
doctor. A l debes la vida, chiquillo, y l te sac del costado la
bala; que si no a estas horas estaras en el otro mundo.

Odo esto, hcele varias preguntas acerca de su condicin y la calidad
de la casa, a las que satisfizo bondadosamente, diciendo que su esposo
era portero en una oficina del ramo de la Guerra, y que con su sueldo
y lo que el Sr. Juan de Dios les daba por su modesto pupilaje pasaban
la vida pobres y contentos.

--Esta no es casa de huspedes, porque nosotros no queremos
barullo--aadi--; pero hace mucho tiempo que conocemos al Sr. de
Arriz y por eso le tenemos aqu. Este Sr. de Santorcaz que has visto
anoche, y que no ha de tardar en venir, es un joven a quien conocimos
en Alcal, cuando estbamos all establecidos y l dejaba sus estudios
en aquella clebre Universidad para correr la tuna. Ha sido muy
calavera, y sus padres no le han vuelto a ver desde que se march a
Francia hace quince aos huyendo de una persecucin muy merecida _por
mor_ de sus barrabasadas y viciosas costumbres. Desgraciado joven!
All fu soldado, y cuando nos cuenta sus trabajos y penalidades, nos
quedamos como si oyramos leer la novela _El asombro de la Francia,
Marta la Romarantina_, aunque Santiago dice que todo lo que cuenta es
mentira. A pesar de su mala cabeza, nosotros apreciamos a este
tarambana de Santorcaz, y l no nos quiere mal; as es que cuando se
aparece por Espaa, siempre viene a parar a nuestra casa, donde le
damos hospitalidad por bien poco dinero. Ay!, s, por bien poco
dinero; verdad que si le pidiramos mucho, el infeliz no podra
drnoslo, porque no lo tiene. Y no es porque haya nacido de las
hierbas del campo, pues a un buen solar de tierra de Salamanca
pertenece su familia; slo que como no es primognito..., su padre se
empe en dedicarle a la Iglesia y el pobre chico no tena aficin de
misacantano...

Estbamos D. Gregoria y yo enfrascados en este coloquio, que no
dejaba de interesarme, cuando volviendo de su oficina D. Santiago
Fernndez, quitse gravemente el pesado uniforme, que su consorte
colg en la percha, no lejos de la amenazadora lanza, y se dispuso a
comer.

--Grandes noticias te traigo, mujer--dijo con retozona sonrisa,
sentado ya en el silln de cuero y con ambas manos posadas en las
respectivas rodillas, mientras con lento comps mova el cuerpo--. Te
vas a poner ms contenta...

--No puede ser sino que el Gran Duque ha reventado ya de los clicos
que padeca.

-No, no es eso, mujer. Quin te dijo que Navalagamella le haba
declarado la guerra a la _canalla_? No es Navalagamella slo, mujer:
es Asturias, Len, Galicia, Valencia, Toledo, Burgos, Valladolid, y se
cree que tambin Sevilla, Badajoz, Granada y Cdiz. En la oficina lo
han dicho; y si vieras cmo estn todos bailando de contento...
Oficial conozco que no ha dormido en toda la noche esperando el
correo; y si supieras, mujer...! A ti te lo puedo decir, y no importa
que lo oiga este chico. Oye, od los dos: muchos oficiales se han
fugado, sin que en los cuarteles ni en sus casas se sepa dnde estn.
Y dirs t: Pues dnde estn? Yo lo s, s seora, yo lo s: han
ido a unirse a los ejrcitos espaoles que se estn formando... A
que no sabes dnde se estn formando? Pues yo lo s, s, seora, yo lo
s: uno se est formando en Valladolid, y lo mandar D. Gregorio de la
Cuesta; otro en Asturias y Galicia, que corre a cargo de Blake..., y
el tercero... Esta es la ms gorda de todas: te la digo?

--Hombre, s, dila: no nos dejes a media miel.

--Pues se dice por ah que las tropas de Andaluca se sublevarn, s,
seor, se sublevarn. Pues no han de sublevarse!... Si en cuanto uno
d la voz empieza a desfilar nuestra gente y ni un ranchero espaol
quedar a las rdenes de Murat ni de la Junta.

--Veo que lo van a pasar mal, Santiago. Pero siento golpes en la
puerta. Son los vecinos que vienen a saber noticias... Pase usted,
Sr. D. Roque; pasen ustedes, nias; adelante, Sr. de Cuervatn.

Abri D. Gregoria la puerta, y penetraron en ordenada falange como
una docena de personas de uno y otro sexo, y de diferentes edades y
fachas, las cuales personas eran los vecinos ms adictos al Gran
Capitn, y adems entusiastas creyentes de sus noticias, por lo cual
acudan todas las maanas cuando aqul regresaba de la oficina, con el
anhelo de saciar en la fuente ms pura y cristalina la ardorosa
curiosidad que entonces devoraba a los habitantes de Madrid. Debo
detenerme en enumerar a tan dignas personas? Para qu, si el lector
no necesita conocer al laador, ni al talabartero, ni tampoco a D.
Roque, el arruinado comerciante, ni al Sr. de Cuervatn, ni menos a
las nias de la bordadora en fino? Dejmosles envueltos en el velo de
su discreto incgnito, y oigamos a Fernndez, que desbordndose de su
propio ser, a causa de la exorbitante hinchazn de su orgulloso
jbilo, iba contando lo que oyera, sin dejar de aderezar sus relatos
con la sal y pimienta de la hiprbole.

--Pues en Andaluca--dijo--, en Andaluca..., ya saben ustedes dnde
est Andaluca; como si dijramos en Cdiz..., pues. Dicen que la
Junta de Sevilla ha armado un gran ejrcito con las tropas que estaban
en San Roque. Saben ustedes lo que es San Roque? Pues es como si
dijramos...; supongan ustedes que aqu est Gibraltar, pues aqu
cerquita est San Roque.

--Este D. Santiago lo sabe todo.

--Ya, como quien ha visto tantas tierras y ha estado en tantas
batallas.

--En San Roque estn las mejores tropas de Espaa, tanto en infantera
como en artillera y caballos; de modo que si se forma ese ejrcito, y
viene sobre Madrid... Jess!

--Jess!--repiti un coro de diez voces.

--Usted cree que vendr sobre Madrid?--pregunt uno de los
concurrentes.

--Eso es lo que no puedo asegurar--repuso con nfasis el Gran
Capitn--. Pero a lo que yo entiendo, y segn la experiencia que
adquir en aquellas terribles guerras, me atrevo a decir que el
ejrcito de Andaluca viene sobre Madrid, y si hace lo mismo el de D.
Gregorio de la Cuesta, juzguen ustedes el susto que pasarn los
franceses. Hay que guardar el secreto: mucho cuidado, seores, y
ustedes, nias, gurdense muy bien de ir contando estas cosas cuando
vayan a la costura, porque puede llegar a odos del Gran Duque de
Berg... Yo creo que pasar lo siguiente: el ejrcito de Andaluca
vendr a la Mancha; los franceses irn a batirlos, dejando libre a
Madrid, donde entrar D. Gregorio de la Cuesta, el cual, si sigue
despus hacia el Medioda, les picar la retaguardia por Tarancn; y
como al mismo tiempo los de all le harn retroceder haca el Tajo,
vindose los franceses atacados por un lado y otro, por fuerza tendrn
que caer al ro, donde se ahogarn.

--Cunto sabe este hombre! Es un asombro que de esa manera pueda
anunciar los movimientos del enemigo. Y no hay duda: as tiene que
suceder.

--Y como la sublevacin es general--aadi Fernndez--, no podrn
acudir a todos lados. Adems, no pueden contar con un solo soldado
espaol que les ayude, porque todos desertan; de modo que si Napolen
quiere continuar la guerra en Espaa, ya puede mandar gente.

--Y como de los que vienen, la mitad mueren de borrachera...

--El mismo Murat est padeciendo unos clicos, que se lo llevarn al
otro mundo.

--Qua!, si lo que tiene es una enfermedad vergonzosa.

--As pagar las que ha hecho. Pues qu puede ser eso sino castigo de
Dios por su barbarie y crueldad?

--No es eso, seora; es que, segn dicen, es aficionado a la bebida.

--Menudas _turcas_ habr tomado desde que est aqu! Y se marchar,
o no se marchar?

--Yo creo que s--dijo Fernndez--. Tengo entendido que est muy
disgustado porque Napolen no le quiere hacer rey de Espaa.

--Angelito!, pues no pide poco que digamos.

--Y como parece que mandan de rey al que lo es de Npoles, un D. Jos,
al cual, segn dicen, tambin le gusta aquello...

--Se conoce que es aficin de familia.

--Lo que debiera hacer el Sr. Fernndez--dijo el laador--es irse a
cualquiera de esos ejrcitos, donde sin duda se haba de lucir, y
quin sabe si nos le haran general de la noche a la maana.

--Yo no sirvo para nada--contest el Gran Capitn--. Yo tuve mi poca,
y ahora que trabajen otros como trabajamos los de entonces. Aquellas
s que eran guerras, seores! Esto de ahora es una bobada, y si no, ya
vern ustedes cmo en menos que canta un gallo se acaba todo.

--Pero lo del ejrcito de Andaluca, es cierto, o es puro barrunto de
usted? Sepmoslo de una vez.

--Es cierto, seores. Me parece que Santiago Fernndez tiene motivos
para saber lo que hace un ejrcito y lo que deja de hacer. Cuando
empiecen nuestros generales a decir Por aqu te doy, ya les tendr a
ustedes al tanto de todo, da por da.

A este punto llegaba, cuando entr Santorcaz, y no bien le vieron las
honradas personas que formaban el auditorio del buen Fernndez,
empezaron a desfilar de muy mal talante, porque la presencia del
citado _flamasn_ era harto desagradable a todos los habitantes de la
casa.

--Grandes noticias, grandes noticias traigo, Sr. D. Gonzalo Fernndez
de Crdova--exclam desde la puerta--. Agurdense todos, si quieren
saber la verdad pura. Pero se van estas nias? Por qu me tienen
miedo? Y usted, D. Roque, no quiere escuchar?... Vayan noramala,
pues, y ustedes se lo pierden, por que no saben lo que ocurre... La
lanza, seor Fernndez, tome usted al punto la lanza, y preprese al
combate, porque se acerca lo tremendo, y ahora ver quines son buenos
patriotas y quines no lo son.

--No tomemos a broma estas graves cosas, Sr. D. Luis--dijo algo
amoscado el que podremos llamar vencedor de Ceriola--, ni nos
escandalice a la vecindad con sus aspavientos.

--A que no sabe usted lo que yo s?--aadi Santorcaz--. A que no
sabe usted que el general Dupont, que estaba en Toledo, ha recibido
orden de marchar a Andaluca, y que Moncey sale maana de aqu para
Valencia, y que Lefebvre, que est en Pamplona, ir pronto sobre la
capital de Aragn; que Duhesme se extender por Catalua, y que
Bessires baja hacia Valladolid a toda prisa con las divisiones de
Lasalle y de Merle?

--Cmo se conoce que usted escupe en corro con la canalla! Y cmo
estn sus mercedes del estmago? Se han hecho al fin al vino de
Espaa? Y el Gran Duque de Berg, cmo anda de sus calenturas? Hay
mieditis? Porque yo tengo para mi que si a esos seores se les caen
los calzones es porque, como dijo el otro, al que mal vive, el miedo
le sigue. Yo, en verdad, no saba lo que usted acaba de decir; pero
all en la oficina o decir otras cosillas que no s si sonarn bien
en las orejas de la canalla. Por qu no va mi Sr. D. Luis a
contrselas, a ver si con el gusto se les quita el destemple?

--Qu noticias son sas?

--Nada, poca cosa. Cuando el francs las sepa, ver usted qu contento
se pone... Que en todas las ciudades se han nombrado o se van a
nombrar Juntas, las cuales no harn caso de lo que se mande en Bayona,
sino que...

--Pero si Fernando VII no es ya rey de Espaa, porque ha cedido sus
derechos al Emperador, lo mismo que Carlos IV. Qu son esas Juntas
ms que cuadrillas de insurgentes?

--S..., pues que las quiten; es cosa fcil. Demonios de Juntas! Y
las muy simples estn formando unos ejrcitos..., cosa de juego, seor
de Santorcaz; cuatro gatos que estaban ah en el Campo de San Roque
con unos cuantos caoncillos... Y tambin han dado en armarse los
paisanos, lo mismo en Castilla que en Catalua, as en Valencia como
en Andaluca... Pero eso no vale nada; son hombres de alfeique y
alcorza, y no digo yo con balas, con saliva les destruirn los
franceses.

--Y todo lo que sabe usted se reduce a que la Junta de Sevilla est
formando un ejrcito con las tropas de San Roque, que manda Castaos,
y las de Granada, que estn a las rdenes de Reding? Pues eso lo sabe
todo Madrid.

--Mira, Fernndez--dijo oficiosamente doa Gregoria--, haces mal en
revelar lo que sabes por tan buen conducto, porque yo no soy lerda
para conocer que lo que hace nuestro ejrcito no debe decirse. Y si
no, pongo por caso: si t, que ests enterado de todo, a causa de tu
gran tino para la guerra, descubres lo que hace el ejrcito de
Andaluca y llega a odos del francs, puede aprovecharse de la
noticia, y entonces...

--Qu ha de aprovecharse, mujer, ni qu entiendes t de estas cosas!
Al contrario, yo quiero que el Sr. de Santorcaz vaya con el cuento. Y
tambin en Castilla...

--Otro ejrcito, s, compuesto de Guardias de Corps, acostumbrados a
hacer la guerra en los palacios, de estudiantes, de paletos y
contrabandistas--dijo Santorcaz, dando tregua a las bromas y hablando
con completa seriedad--. Es una desgracia para nosotros el tener que
confesar que no podemos batirnos con los franceses. Qu importa que
se armen multitud de paisanos, si esas turbas indisciplinadas, antes
que ayuda, sern elemento de ruina para el escaso ejrcito espaol?
Qu obstculo pueden ofrecer a los que han sometido la Europa entera
estos infelices alucinados, a quienes engaa su ignorancia? Tienen
idea de lo que significan la previsin, la tctica, el genio de un
jefe experto, para decidir la victoria? Es triste cosa haber llegado a
tal extremo por las torpezas de nuestros reyes; pero una vez aqu, no
hay ms remedio que someterse a lo que la Providencia ha querido hacer
de nosotros. Espaa no puede resistir la invasin, porque si la
resistiera hara un milagro, una sobrenatural hazaa nunca vista.
Condenada a ser de Napolen y a ver sentado en su trono a un rey de la
familia imperial, lo ms cuerdo es resignarse a sta con la conciencia
de haberla merecido.

--Que Espaa ser francesa, que Espaa ser de Napolen!--exclam el
Gran Capitn, encendido en violenta ira--. Sr. de Santorcaz, usted es
un insolente, usted es un deslenguado, usted no tiene respeto a mis
canas. Ya, qu se puede esperar de un trapisondista calavera, como
usted, que abandon a su familia por irse a _extranjis_ a aprender
malas maas? Decir que Espaa ha de ser francesa! Salga usted de mi
casa, y no ponga ms los pies en ella. Qu te parece, Gregoria?
Mujer, te ests con esa calma y no bufas de clera como yo?

Y levantndose de su asiento, indic a Santorcaz con majestuoso gesto
la puerta de la sala; mas como D. Luis no tuviera humor de marcharse,
porque todos los das se repeta la misma escena sin resultado alguno,
preparbase a comer tranquilamente, dejando que se desvaneciera, como
efectivamente se desvaneci, sin efusin de sangre, la ira de su
honrado amigo. Durante la comida gru un poco D. Santiago; pero la
prudencia y discrecin de su esposa evitaron un choque que pudo haber
tenido calamitosas consecuencias.




IV


Lo que he contado pasaba el 20 de mayo, si no me engaa la memoria.
Poco a poco fu avanzando en mi convalecencia, y en pocos das me
hall ya con fuerzas suficientes para levantarme y dar algunos paseos
por los grandes corredores de la casa, pues la vivienda del Gran
Capitn tena como nico desahogo el largo pasillo, en cuya pared se
abran hasta veinte puertas numeradas, albergues de otras tantas
familias. Peor que mi cuerpo se hallaba mi alma, llena de turbaciones,
de sobresaltos y congojas, tan apenada por terribles recuerdos como
por angustiosas presunciones, de tal modo, que mi pensamiento corra
de lo pasado a lo futuro alternativamente, buscando en vano un poco de
paz.

La muerte del cura de Aranjuez, sin dejar de formar en mi alma un gran
vaco, me era menos sensible de lo que a primera vista pudiera
parecer, porque conceptundola yo como trnsito que haba llevado un
nuevo santo a las falanges del Paraso, consider a mi amigo en su
verdadero lugar, y no tan lejos de nosotros que pudiera desampararnos
si le invocbamos.

En cuanto a Ins, no dudaba que exista en poder de alguien que la
protegiera por encargo de los parientes de su madre; y aunque para
esta creencia no tena ms dato que la relacin del alucinado Juan de
Dios, yo me confirmaba cada vez ms en ella, fundndome en
antecedentes que omito por ser de mis lectores conocidos, y en la
srdida avaricia del licenciado Lobo, carcter muy abonado para
apoderarse de la joven y entregarla, mediante una buena recompensa, a
quien deseaba poseerla.

Todo mi afn consista en restablecerme completamente para poder salir
a la calle; y cuando lo consegu, tuve el gusto de darme a conocer a
todos mis amigos como un verdadero resucitado, o alma del otro mundo
que vuelve con forma corporal a cobrar deudas atrasadas.

No tendrn ustedes idea del aspecto que ofreca entonces Madrid si no
les digo que la gente toda andaba azorada y aturdida, a veces llena de
miedo, a veces haciendo esfuerzos para disimular su alegra. El odio a
los franceses no era odio: era un fanatismo de que no he conocido
despus ningn ejemplo; un sentimiento que ocupaba los corazones por
entero sin dejar hueco para otro alguno; de modo que el amar a los
semejantes, el amarse a s mismo, y hasta me atrevo a decir el amar a
Dios, se adaptaban y sometan como fenmenos secundarios al gran
aborrecimiento que inspiraban los verdugos del pueblo de Madrid.

A stos se les vea solos en todos los sitios: su presencia haca
detener o apresurar a los transentes; y era tan extraordinario este
desvo, que hasta parecan ellos mismos afectados de profundo pesar, y
se les observaba taciturnos y foscos, sintiendo que el suelo les
quemaba las plantas de los pies. Haban llenado de trincheras y
bateras el Retiro, y para ver en todo su orgullo y presuncin a los
invasores, no haba ms que dirigir el paseo hacia Oriente, y se les
encontraba en grandes grupos alrededor de las cantinas, o paseando por
la carretera de Aragn. Ningn espaol se encaminaba hacia all, a no
ser los granujas, que, entonces como ahora, gustaban de meter las
narices en todas partes. Llevado de mi curiosidad, me acerqu al
Retiro, y tambin recorr otros sitios hacia el Medioda, igualmente
ocupados como posiciones ventajosas.

En el interior de Madrid las tiendas estaban desiertas, pues todas las
personas que se juntaban para pedir o comunicar noticias se reunan en
parajes ocultos, siendo de notar que ya entonces comenzaban a dar sus
primeras seales de vida las sociedades secretas, aunque yo no vi
ninguna, y digo esto slo con referencia a vagos rumores. Como el afn
por tener noticias relativas al levantamiento de las provincias era
una fiebre de que no estaban exentos ni los nios, ni los ancianos, ni
las mujeres, cuando se saba que D. Fulano de Tal haba recibido una
carta de Andaluca, de Galicia o de Catalua, la casa se llenaba de
amigos, y hasta los desconocidos se permitan invadirla ruidosamente
para no esperar a que se les contara el gran suceso. Sacbanse copias
de las cartas que hablaban de la Junta de Sevilla y de la sublevacin
de las tropas de San Roque, y aquellas copias circulaban con una
rapidez que envidiara la moderna Prensa peridica.

Todos los das y a todas horas se hablaba de los oficiales que haban
hudo de Madrid para unirse a los ejrcitos de Cuesta o de Blake, y
cuando se tropezaba con un militar o con algn joven paisano de buen
porte y bros, no se le hacia otra pregunta que sta: Usted cundo
se va? Las familias de las vctimas se haban olvidado ya de rezar
por los muertos, y pensaban en equipar a los vivos. Escaseaban los
jornaleros y menestrales, porque de los barrios bajos partan
diariamente muchos hombres a engrosar las partidas de Toledo y la
Mancha; y a pesar de los brutales bandos del General francs, ni
faltaban armas en las casas, ni los fugitivos partan con las manos
vacas.

Los invasores, que vigilaban el odio de la capital con la suspicacia
medrosa del que ha padecido sus terribles efectos, no permitan,
siendo tan grande su nmero y fuerza, que se manifestara lo que los
madrileos pensaban y sentan; pero aun as, cuntos cantares,
cuantas jcaras, romances y dcimas brotaron de improviso de la vena
popular, ya amenazando con rencor, ya zahiriendo con picantes chistes
a los que nadie conoca sino por el injurioso nombre de _la canalla_!

En el fondo de aquella grande agitacin, y entre tantos recelos, haba
un secreto jbilo, pues como un da y otro llegaban noticias de nuevos
levantamientos, todos consideraban a los franceses como puestos en el
vergonzoso trance de retirarse. Aquel jbilo, aquella confianza,
aquella fe ciega en la superioridad de las heterogneas y discordes
fuerzas populares, aquel esperar siempre, aquel no creer en la
derrota, aquel _no importa_ con que curaban el descalabro, fueron
causa de la definitiva victoria en tan larga guerra, y bien puede
decirse que la estrategia, la fuerza y la tctica, que son cosas
humanas, no pueden ni podrn nunca nada contra el entusiasmo, que es
divino.

Como era natural, las noticias, del levantamiento se exageraban
locamente, y el delirio popular vea miles de hombres donde no haba
sino centenares. Cuando las noticias venan de Bayona, eran objeto de
sistemtico desprecio, y las disposiciones del palacio de Marras, as
como la convocatoria de irrisorias Cortes en la ciudad del Adour, y el
pleito homenaje por algunos grandes tributado a Bonaparte, daban
pbulo a stiras sangrientas. Cuando alguno deca que vendra de rey a
Madrid el hermano de Napolen, daba pie para las ms ingeniosas
improvisaciones del gnero epigramtico.

Todas las tertulias, que entonces eran muchas, pues la sociedad no se
desparramaba an por los cafs, eran, digmoslo as, verdaderos clubs
donde lata sorda y terrible la conspiracin nacional. Se conspiraba
con el deseo, con las noticias, con las sospechas, con las hiprboles,
con las stiras, con verdades y mentiras, con el llanto tributado a
los muertos y las oraciones por el triunfo de los vivos.




V


Tal era Madrid a fines de mayo de 1808, antes de que sonaran los
primeros caonazos de Cabezn y los primeros tiros del Bruch. Dicho
esto se me permitir que hable un poco de mi persona, pues atendiendo
a que la desgracia halla siempre eco en toda persona discreta y
sensible, creo que no soy saco de paja a los ojos de mis lectores, y
que algn inters les inspiran los penosos trances de mi borrascosa
existencia. Necesito, adems, explicar por qu causas emprend mi
viaje a Andaluca entre mayo y junio; y si de buenas a primeras me
presentara camino de Despeaperros en compaa del desconocido
Santorcaz, ustedes no acertaran a explicarse ni los mviles de
jornada tan peligrosa, ni mi repentino acomodamiento con aquel hombre
singular.

Es, pues, el caso que, no satisfecho con las noticias que acerca de
Ins me di Juan de Dios, trat de averiguar la verdad y tuve la feliz
ocurrencia, mejor dicho, la inspiracin, de presentarme en casa de la
Marquesa, a quien no hall; mas quiso la Divina Providencia que un
criado, conocido mo desde la famosa noche de la representacin, me
saliera al encuentro, y despus de mostrarse muy obsequioso,
satisficiera mi curiosidad sobre aquel punto. Segn me dijo, el mismo
da 3 de mayo se present all un hombre de antiparras verdes, el cual
conduca dentro de una litera a cierta joven llorosa y al parecer
enferma. No encontrando a la seora, pregunt por su hermano, con el
cual hubo de conferenciar ms de dos horas. Despidise al cabo,
dejando a la madamita en la casa.

El hermano de la Sra. Marquesa, que no era otro que aquel festivo
diplomtico a quien conocimos en octubre de 1807, parti el da 4 para
Crdoba a unirse con su hermana y sobrina, y, cosa rara!--me dijo
aquel curioso servidor--, se llev consigo a la jovenzuela.

--De suerte que ahora estn todos en Crdoba?--le pregunt.

--S, y segn noticias, no piensan venir hasta que no se acaben estas
cosas. Eso de la seorita que trajeron en la litera ha dado mucho que
hablar a la servidumbre, y dice mi mujer..., pero ms vale callar. El
hombre aqul de las antiparras verdes haba estado ya algunos das
aqu, y unas veces la Sra. Condesa, otras su ta, le reciban. Mal
hombre parece.

--Y la joven no hizo resistencia cuando quisieron llevrsela?

--Si pareca muerta, qu resistencia poda hacer? Como que tuvimos
que cargarla entre dos para ponerla en el coche...

Ignoro si esto que o y puntualmente refiero llamar la atencin de
mis lectores; pero lo que s les ha de causar sorpresa, qu digo
sorpresa!, asombro grandsimo, es el saber que me atrev a desafiar
las iras del licenciado Lobo, del mismo Lobo de marras, no vacilando
en arriesgarlo todo por esclarecer lo que tan hondamente me
inquietaba. No queriendo aparecer ni aun en sombra por la aborrecida
calle de la Sal, busqule all por la Alcalda de Casa y Corte, donde
con toda seguridad pensaba encontrarle, y al punto que me vi... No,
no es verosmil, no lo van ustedes a creer. Necesitar jurarlo? Pues
lo juro: juro que es la pura verdad. Pues bien: al pronto que me vi,
echme los brazos al cuello, demostrando gran inters por mi persona,
y no slo me pidi nuevas acerca de mi salud, sino que me rog le
contase algunos pormenores de mi fusilamiento y para l milagrosa
resurreccin.

Quedme atnito, aunque no tranquilo, presumiendo que tan desusadas
blanduras seran obra de su refinada astucia y preparacin de algn
nuevo golpe contra m; pero cuando le pregunt por el estado en que se
hallaba el proceso clebre, respondime que ya no se pensaba en tal
cosa, porque como los franceses eran amigos del Prncipe de la Paz, no
convena molestar a los servidores y amigos de ste.

--No quiero--aadi--que Su Alteza el Gran Duque se amosque. Aquello
fu una broma, y de haberte prendido, al punto hubieras sido puesto en
libertad. Pero di, picarn..., conque t eras galn de D. Ins?
Cuntame todo: dnde la conociste? Ah, bien comprenda Requejo que
guardaba un tesoro en su casa! Yo lo saba todo..., y t?; sospecho
que tambin, perilln. Pero no sabas que a fines del mes de abril se
acord en consejo de familia recoger e identificar a esa jovencita
para darle la posicin que le corresponde. Como yo estaba al tanto de
todo, y adems tena el honor de conocer a la Sra. Marquesa,
comprometme a entregarla, hacindoles creer que haba grandes
dificultades para arrancarla del poder de los parientes de su supuesta
madre. Hijo, es preciso hacer algo por la vida: considera que es uno
un pobre, con mujer, nueve hijos, dos suegras y tres cuadas; dos
suegras, s seor, la madre y la abuela de mi mujer, y si uno no se da
maa para mantener a este familin... La verdad es que a todos les di
cordelejo: a D. Mauro, al papanatas de Juan de Dios, y a ti mismo, que
ahora resucitas para pedirme a Ins. Pero la amabas t? Anda,
zanguango, cortjala, a ver si logras casarte con ella, lo cual,
aunque difcil, no es imposible...; la nia tendr una dote regular, y
quizs pueda heredar el mayorazgo y ttulo, lo cual ser, segn el
tenor de las escrituras... Ah, pelafustn! Me parece que t traes un
proyectillo entre ceja y ceja. Vas a Crdoba? Oye: recuerdo que la
palomita te llamaba con exclamaciones muy tiernas, cuando medio muerta
la conducamos en la litera mi pasante y yo. Ja, ja, ja! Sabes de
qu me ro? De ese ganso de Juan de Dios, que estuvo aqu el otro
da, y ponindose de rodillas delante de m, me dijo: Dme usted a
Ins, porque me muero sin ella! Dmela usted hoy y mteme maana!
Fu una comedia, Gabriel, y aunque nos remos mucho, al fin nos cans
tanto, que tuvimos que echarle a palos de la escribana.

Atencin sostenida prest yo a estas y otras muchas razones del
licenciado Lobo, el cual, para que nada faltara en su inexplicable
benignidad y cortesana, al tiempo de despedirme djome que quizs
pudiera proporcionarme algunas lecciones de latn, si me hallaba con
nimos, puesto que era tan gran humanista, de ganarme el pan con la
enseanza. Dile las gracias, y tan satisfecho me retir del resultado
de mis investigaciones, que el mismo da decid marchar a Crdoba
cuando estuviera restablecido.

Me seguirn ustedes, o, fatigados de estas aventuras, dejarn que
marche solo a resolver cuestiones que a nadie interesan ms que al que
esto escribe? No; espero que no nos separaremos tan a deshora, y
cuando parece probable que, siguindome, asistan ustedes a algn
espectculo que les haga ms llevadero el fastidio de mis personales
narraciones. Vamos, pues, y tengan en cuenta que nos acompaa el Sr.
de Santorcaz, a quien llevan al pas andaluz asuntos de familia. Yo le
manifest que deseaba me llevase como escudero; mas l dijo que no
tena con qu pagar mis servicios, porque su bolsa no estaba en
disposicin de atender a gastos de servidumbre, y que harto se
congratulara de llevarme como compaero y amigo. As fu, en efecto;
y como yo necesitara algunos das ms de restablecimiento, l me
esper, y en uno de los ltimos das de mayo o de los primeros de
junio, luego que me desped de mis obsequiosos protectores,
correspondindoles como pude, y de Juan de Dios, a quien ocult el
objeto de mi expedicin, nos pusimos en marcha.




VI


Como Santorcaz era pobre, y yo ms pobre todava, nuestro viaje fu
tan irregular, cual los que en antiguas novelas vemos descritos. No
adoptamos sistemticamente ninguna de las clases de incmodos
vehculos conocidos en nuestra Espaa; en varias ocasiones anduvimos
en galera, otras en macho, si nos franqueaban sus caballeras los
arrieros que tornaban a la Mancha de vaco, y las ms veces a pie.
Hacamos noche en las posadas y ventas del camino, donde Santorcaz
luca su prodigiosa habilidad en el no gastar, logrando siempre que se
le sirviese bien. Para estas y otras picardas, mi compaero se haca
pasar por un insigne personaje, mandndome que le llamase Excelencia y
que me descubriese ante l siempre que nos mirara el mesonero. Yo lo
cumpla puntualmente; y con tal artificio, ms de una vez, adems de
no cobrarnos nada, salan a despedirnos humildemente, rogndonos que
les dispensramos el mal servicio.

Ms all de Noblejas y Villarrubia de Santiago, y cuando despus de
una larga jornada sestebamos, apartados del camino, junto a la ermita
del _Santo Nio_, se nos agreg un mozo que nos dijo llevaba el mismo
camino que nosotros y que desde entonces fu nuestro inseparable
compaero. Tena como veinte aos, llambase Andresillo Marijun, y
aunque era natural de Aragn, iba a servir de mozo de mulas a un
pueblo de Andaluca, en casa de la condesa de Rumblar, su ama y
seora, pues en las fincas que sta posea en tierra de Almunia de
Doa Godina haba nacido aquel mancebo. Al punto su genio franco y
alegre simpatiz con el mo y nos hicimos muy amigos. Santorcaz nos
trataba con superioridad, aunque sin tirana. Cuando al llegar a una
posada, cabalgando l en perverso macho y nosotros a pie, bamos a
tenerle el estribo y despus a quitarle las espuelas, deshacindonos
en cumplidos y cortesas, tenamos que apretar los dientes para no
soltar la risa. Marijun, que mejor que yo saba fingir, era el
encargado de ordenar al ventero que le diese al amo lo mejor de la
despensa, porque Su Excelencia, que iba de Regente a Sevilla, era
hombre terrible y castigaba con fiereza a los posaderos que no le
servan bien.

As atravesamos la Mancha, triste y solitario pas, donde el sol est
en su reino y el hombre parece obra exclusiva del sol y del polvo;
pas entre todos famoso desde que el mundo entero hase acostumbrado a
suponer la inmensidad de sus llanuras recorrida por el caballo de D.
Quijote. En opinin general es la Mancha la ms fea y la menos
pintoresca de todas las tierras conocidas, y el viajero que viene hoy
de la costa de Levante o de Andaluca, se aburre junto al ventanillo
del vagn, anhelando que se acabe pronto aquella desnuda estepa, que
como inmvil y estancado mar de tierra, no ofrece a sus ojos
accidente, ni sorpresa, ni variedad, ni recreo alguno. sto es lo
cierto: la Mancha, si alguna belleza tiene, es la belleza de su
conjunto, su propia desnudez y monotona, que, si no distraen ni
suspenden la imaginacin, la dejan libre, dndole espacio y luz donde
se precipite sin tropiezo alguno. La grandeza del pensamiento de D.
Quijote no se comprende sino en la grandeza de la Mancha. En un pas
montuoso, fresco, verde, poblado de agradables sombras, con lindas
casas, huertos floridos, luz templada y ambiente espeso, D. Quijote no
hubiera podido existir y habra muerto en flor, tras la primera
salida, sin asombrar al mundo con las grandes hazaas de la segunda.

Don Quijote necesitaba aquel horizonte, aquel suelo sin caminos, y
que, sin embargo, todo l es camino; aquella tierra sin direcciones,
pues por ella se va a todas partes, sin ir determinadamente a ninguna;
tierras surcadas por las veredas del acaso, de la aventura, y donde
todo cuanto pase ha de pareer cobra de la casualidad o de los genios
de la fbula; necesitaba de aquel sol que derrite los sesos y hace a
los cuerdos locos; aquel campo sin fin donde se levanta el polvo de
imaginarias batallas, produciendo, al transparentar de la luz,
visiones de ejrcitos de gigantes, de torres, de castillos; necesitaba
aquella escasez de ciudades que hace ms rara y extraordinaria la
presencia de un hombre o de un animal; necesitaba aquel silencio
cuando hay calma, y aquel desaforado rugir de los vientos cuando hay
tempestad; calma y ruido que son igualmente tristes y extienden su
tristeza a todo lo que pasa, de modo que si se encuentra un ser humano
en aquellas soledades, al punto se le tiene por un desgraciado, un
afligido, un menesteroso, un agraviado que anda buscando quien le
ampare contra los opresores y tiranos; necesitaba, repito, aquella
total ausencia de obras humanas que representen el positivismo, el
sentido prctico, cortapisas de la imaginacin, que la detendran en
su insensato vuelo; necesitaba, en fin, que el hombre no pusiera en
aquellos campos ms muestras de su industria y de su ciencia que los
patriarcales molinos de viento, a los cuales slo el lenguaje faltara
para ser colosos, inquietos y furibundos, que desde lejos llaman y
espantan al viajero con sus gestos amenazadores.




VII


As es la Mancha. Al atravesarla no poda menos de acordarme de D.
Quijote, cuya lectura estaba fresca en mi imaginacin. Durante
nuestras jornadas nos aburramos bastante, menos cuando Santorcaz nos
contaba algn extraordinario suceso de los que en lejanos pases haba
presenciado. Una vez nos dej con la boca abierta contndonos la
fiesta de la coronacin de Bonaparte, con todos sus pelos y seales, y
otra vez nos puso los cabellos de punta refiriendo la ms famosa
batalla de las muchas en que se haba encontrado. Cuando lo contaba
bamos caballeros en sendos machos que nos facilitaron por poco dinero
unos arrieros de Villarta, y no estoy seguro de si habamos traspasado
ya el trmino de Puerto Lpiche o bamos a entrar en l. Lo que s
recuerdo es que por huir del calor emprendimos nuestra jornada mucho
antes de la salida del sol, y que la noche estaba brumosa, el cielo
encapotado y sombro, la tierra hmeda a consecuencia del fuerte
temporal de agua que descargara el da anterior.

Debo indicar el paisaje que tenamos delante, porque no menos que la
pintoresca relacin de Santorcaz, contribuy aqul a impresionar mis
sentidos. El camino segua en lnea recta ante nosotros; a la
izquierda elevbanse unos cerros cuyas suaves ondulaciones se perdan
en el horizonte formando dilatadas curvas; en el fondo y muy lejos se
alcanzaba a ver una colina ms alta, en cuya falda parecan
distinguirse las casas de un pueblo; a la derecha el suelo se extenda
completamente llano, y en su inmensa costra la tarda corriente de un
arroyo y el agua de la lluvia formaban multitud de pequeos charcos,
cuyas superficies, iluminadas por la luna, ofrecan a la vista la
engaosa perspectiva de una gran cinaga o pantano. He hablado de la
luna, y debo aadir que aquel astro, desfigurador de las cosas de la
tierra, prestaba imponente solemnidad al desnudo y solitario paisaje,
esclarecindolo o dejndolo a obscuras alternativamente, segn que
daban paso o no a sus plidos rayos los boquetes, desgarrones y
acribilladuras de las nubes.

Santorcaz, despus de un rato de silencio y meditacin, contuvo su
cabalgadura, parse en mitad del camino, y contemplando con cierto
arrobamiento el horizonte lejano, las colinas de la izquierda y los
charcos de la derecha, habl as:

--Estoy asombrado, porque nunca he visto dos cosas que tanto se
parezcan como este pas a otro muy distante donde me encontraba hace
tres aos a esta misma hora, en la madrugada del 2 de diciembre. Es
mi imaginacin la que me reproduce las formas de aquel clebre lugar,
o por arte milagroso nos encontramos en l? Gabriel, no hay enfrente
y hacia la derecha unos grandes pantanos? No se ven a la izquierda
unos cerros que terminan en lo alto con un pequeo bosque? No se
eleva delante una colina en cuya falda blanquea un pueblecillo? Y
aquellas torres que distingo al otro lado de dicha colina, no son las
del castillo de Austerlitz?

Marijun y yo nos remos, dicindole que se le quitaran de la cabeza
tales cosas, y que si bien lo de los charcos era cierto, por all no
haba ningn castillo de Terlin ni nada parecido. Pero l, poniendo
al paso la cabalgadura y mandndonos que le siguiramos uno a cada
lado, continu hablando as:

--Muchachos, no puedo olvidar aquella clebre jornada, que llamamos de
los Tres Emperadores, y que es sin duda la ms sangrienta, la ms
gloriosa, la ms hbil con que ha ilustrado su nombre el gran tirano,
ese hombre casi divino, a quien ahora puedo nombrar a boca llena,
porque no nos oyen ms que el cielo y la tierra. Os contar,
muchachos, para que sepis lo que es el hacha de la guerra en manos de
ese leador de Europa. Yo me hallaba en Pars sin recursos, despus de
haber sido sucesivamente maestro de latn, pintor de muestras, corista
en Ventadour, espadachn, servidor de los emigrados de Coblentza,
postilln de diligencias, carbonero y cajista de imprenta, cuando
sent plaza en el ejrcito de Boulogne, destinado a dar un golpe de
mano contra Inglaterra... Cuando el Emperador nos traslad de
improviso, sin revelar su pensamiento, al centro de Europa, estbamos
un tanto amoscados, porque las violentas marchas nos mortificaban
mucho, y como ramos unos zopencos, no comprendamos los grandes
planes de nuestro jefe. Pero despus de la capitulacin de Ulm, nos
creamos los primeros soldados del mundo, y al hablar de los prusianos
y de los rusos, nos reamos de ellos, juzgndoles hasta indignos de
nuestras balas. Cuando pasamos el Inn, ya presumamos que se
preparaban grandes cosas; al internarnos en la Moravia, despus de la
accin de Hollabrnn, comprendimos que el ejrcito ruso-austriaco nos
iba a presentar batalla formal. Lo que no estaba reservado a nuestras
cabezas era el discurrir si tomaramos la ofensiva o si operaramos a
la defensiva. Pero la gran cabeza, aquella que tiene un mechn en la
frente y el rayo en el entrecejo, lo iba a decidir bien pronto.

A este punto llegaba, cuando el camino por que marchbamos torci
hacia la derecha, describiendo una gran vuelta, de modo que formaba
ngulo recto con su primitiva direccin. Santorcaz, nuevamente
alucinado con aquello que pareca para l extraordinaria coincidencia,
prosigui as:

--Pero no es ste el camino de Olmutz? Gabriel, o esto es aquello
mismo, o se le parece como una gota a otra gota. Mira, ahora tenemos
enfrente los pantanos de Satzchan y a nuestra izquierda la colina de
Pratzen. Mira hacia all. No se oye ruido de tambores? No se ven
algunas luces? Pues all estn los rusos y los austriacos. Sabes cul
es su intencin? Pues quieren cortarnos el camino de Viena, para lo
cual tendrn que bajar de la colina de Pratzen y situarse entre
nuestra derecha y los pantanos. Mira si son estpidos! Eso
precisamente es lo que quiere el Emperador, y todo lo dispone de modo
que parezca que nos retiramos hacia Viena. Figrate que aqu est
nuestro ejrcito, compuesto de setenta mil hombres, cuyo inmenso
frente ocupan todas las colinas de la izquierda, el camino y parte de
la llanura que hay a la derecha. El Emperador, despus de llenarse las
narices de tabaco, sale a media noche a recorrer el campo y observar
los movimientos del enemigo. Veis?; por all va. No se oyen las
pisadas de su caballo y los gritos de entusiasmo con que le saludan
los soldados? No se ve el resplandor de las hogueras que encienden a
su paso? Pero ustedes no ven todo esto? Bah! Es ilusin ma; pero de
tal modo aviva mis recuerdos la similitud del paisaje, que me parece
ver y or lo que estoy contando... Pero querris saber cmo fu que
vencimos a los rusos y a los austriacos, y os lo voy a referir. Al
amanecer, oh, chiquillos!, los rusos bajaban maquinalmente por
aquella alta colina de enfrente, con objeto de venir hacia nuestra
derecha para cortarnos el camino. No olvidis que aqu delante tenemos
un arroyo que viene serpenteando de izquierda a derecha hasta perderse
en los pantanos. El Emperador manda que la derecha pase el arroyo, y
verificado esto, los rusos la atacan. El centro, mandado por Soult, y
la izquierda por Lannes, ansiaba entrar en fuego; pero el Emperador
contena el ardor de aquellos generales, para aguardar a que los rusos
acabasen de cometer el desatino de bajar de las alturas de Pratzen
para meterse en la madre del arroyo de Golbasch. Os explicar bien.
All, en lontananza y al pie de la loma, estn las aldeas de Telnitz y
Sokolnitz...

--Si aqu no hay tales aldeas, seor--interrumpi Marijun, indcil a
la mixtificacin.

--Necio, querrs callar?--continu el francmasn--. Yo s lo que me
digo, y es que todo el afn de Napolen, despus que vi bajar a los
rusos, consista en tomar aquellas aldeas para apoderarse luego de la
loma que tenemos enfrente. No le veis? Pues bien: los generales Soult
y Lannes partieron al galope para dirigir las operaciones del centro y
de la izquierda. Yo perteneca al centro, y estaba en el 17. de lnea
y a las rdenes de Vandamme. Avanzamos hacia el arroyo: veis?, fuimos
por aqu a toda prisa.

-Si aqu no hay tal arroyo--dijo Marijun, riendo--. Usted si que
tiene la cabeza llena de arroyos y aldeas, y derechas e izquierdas.

--Llegamos a la aldea de Telnitz y all comenz el ataque--continu
imperturbablemente Santorcaz--. En la loma quedaban todava
veintisiete batallones de infantera rusa y austriaca, mandados en
persona por los dos Emperadores y por el General en Jefe ruso
Kutusof.Ah, muchachos, si hubierais visto aquello! Mirad hacia
enfrente, pues desde aqu se distingue muy bien la posicin que
respectivamente tenamos: ellos encima, nosotros debajo... Al
principio nos acribillaban; pero Soult nos mand subir a todo trance,
y subimos desafiando la lluvia de balas. Para ayudarnos, el general
Thiebault, de la divisin de Saint-Hilaire, refuerza nuestra derecha
con doce piezas de artillera, que, bien disparadas, hacen grandes
claros en las filas contrarias. stas tienen al fin que retroceder al
otro lado de la loma. Veis aquel repecho que hay a la izquierda? Pues
all fu el 17. de lnea. Piquemos nuestras cabalgaduras, y nos
hallaremos en el mismo sitio. Estpidos, no os entusiasmis con estas
cosas? Mira, Gabriel, ya estamos subiendo: sta es la loma que veamos
desde lejos; este repecho que miris a la izquierda es el repecho de
Estari-Winobradi, adonde el general Vandamme nos condujo. Pero creis
que era cosa de juego? El repecho estaba defendido por numerosas
tropas rusas y una formidable artillera. La cosa era peliaguda; pero
cuando los generales dicen Adelante, siempre adelante, no es posible
resistir, y aunque del 17. de lnea no quedamos ms que la tercera
parte para contarlo, ayudados por el 24. de ligeros tomamos al fin el
repecho, apoderndonos de la artillera. Los rusos se desbandaron por
el otro lado de la loma, dirigindose hacia aquel casero que a lo
lejos clarea, a la luz de la luna, y que no es otro que el castillo de
Austerliz.

Marijun reventaba de hilaridad. Yo a mi vez no pude menos de hacer
alguna observacin al narrador, dicindole:

--Seor de Santorcaz, all no se ve ningn castillo, como no sea que
se le antoje fortaleza la cabaa de algn pastor de ovejas, nicos
rusos que andan por estos lugares.

--T si que no sabes lo que te dices--prosigui Santorcaz, deteniendo
su macho en medio del camino--. Os seguir contando. Mientras los del
centro hacamos lo que habis odo, all por la izquierda, en esa
tierra llana que tenemos a este lado, la caballera cargaba
portentosamente al mando de Lannes y Murat. Francamente, rapaces, de
esto poco os puedo hablar, porque ca herido: por un buen rato se me
pusieron telaraas ante los ojos, y mis odos no perciban sino un
vago zumbido. Pero ah, hacia la derecha, se remataba a los rusos y
austriacos del modo ms admirable. No veis los pantanos de Satzchan?
A lo lejos brilla su engaosa superficie; estn helados, y los rusos,
impelidos por Soult, se precipitan sobre ellos. En el acto, el
Emperador manda que la artillera de la Guardia dispare algunos
caonazos sobre el hielo para que se hunda, y entre los desmenuzados
cristales caen al agua dos mil rusos con sus caones, caballos,
pertrechos, armas, municiones y carros, precipitndose confusamente,
sin que sus compaeros les prestaran socorro, porque no pensaban ms
que en huir, y huyendo se ahogaban, y quedndose moran barridos por
la metralla francesa. Qu espantoso desastre para aquella pobre
gente, y qu gran victoria para nosotros! Estbamos locos de
entusiasmo. Pero qu veo! Gabriel, y t, Marijun, no os
entusiasmis? Sois unos gaznpiros. Aquello fu prodigioso. Slo
entramos en fuego cuarenta mil hombres, y merced a las hbiles
disposiciones del gran tirano, derrotamos a noventa mil aliados,
matndoles o ahogando quince mil, cogiendo veinte mil prisioneros y
ciento veinte caones. No haba motivo para que nos volviramos
locos con nuestro jefe? Ah, muchachos, si hubierais estado all
cuando recorri el campo de batalla mandando recoger los heridos! Creo
que hasta los muertos se levantaban para gritar Viva el Emperador!,
y cuando a la noche siguiente encendimos una gran hoguera en este
mismo sitio donde ahora estamos, y vino l a situarse all enfrente
para recibir al Emperador de Austria, pareca un dios rodeado de
aureola de fuego y teniendo al alcance de su mano los rayos con que
destrua tronos y reyes, imperios y coronas.

Marijun y yo nos reamos; pero pronto nos fu forzoso disimular
nuestra hilaridad, porque habiendo preguntado el joven aragons con
mucha sorna que cul fu la ventaja sacada de tal lucha, Santorcaz se
amosc, y amenazando castigarnos si no nos entusiasmbamos como l,
nos dijo:

--Mentecatos, podencos, acaso la paz y Tratado de Presburgo es paja?
Prusia qued aliada de Francia, perdiendo Austria el apoyo de su
hermana. Austria abandon a Francia el Estado de Venecia y cedi el
Tirol a Baviera, reconociendo al mismo tiempo la soberana de los
electores de Baviera, Wurtemberg y Baden, despus de pagar a Francia
cuarenta millones de indemnizacin de guerra. Al mismo tiempo, pedazos
de alcornoque, por el Tratado de Schenbrunn, Francia cedi a Prusia
el Hannover, Prusia a Baviera el marquesado de Anspach y a Francia el
principado de Neufchtel y el ducado de Cleves.

Marijun y yo volvimos a mirarnos y nos volvimos a rer, lo cual,
advertido por Santorcaz, fu causa de que ste nos sacudiera un par de
latigazos que, a ser repetidos, nos habran obligado a defendernos,
haciendo all mismo un segundo Austerlitz. Ms bien estbamos para
burlas que para veras, y Marijun especialmente no dejaba pasar
coyuntura en que pudiera zaherir a nuestro compaero. Como acertramos
a encontrar un rebao de ovejas y cabras, dijo el aragons:

--Apartmonos aqu junto al charco para ver de derrotar a estos
austriacos y rusiacos, que vienen mandados por el to Parranclof,
emperador del Zurrn y rey de los guarros, y subamos a la loma de la
Panza para quitarles la artillera y hacerles meter en el castillo.

Yo en tanto, acordndome de D. Quijote, contemplaba el cielo, en cuyo
sombro fondo las pardas y desgarradas nubes, tan pronto negras como
radiantes de luz, dibujaban mil figuras de colosal tamao, con esa
expresin que, sin dejar de ser cercana a la caricatura, tiene no s
qu sello de solemne y pavorosa grandeza. Fuera por efecto de lo que
acababa de or, fuera simplemente que mi fantasa se hallase por s
dispuesta a la alucinacin, que siempre produce un bello espectculo
en la solitaria y muda noche, lo cierto es que vi en aquellas
irregulares manchas del cielo veloces escuadrones que corran de Norte
a Sur, y en su revuelta masa las cabezas de los caballos y sus
poderosos pechos, pasando unos delante de otros, ya negros, ya
blancos, como disputndose el mayor avance de la carrera. Las
recortaduras, varias hasta lo infinito, de las nubes hacan visajes de
distintas formas: vi colosales sombreros o morriones con plumas,
penachos, bandas, picos, testuces, colas, crines, garzotas; aqu y
all se alzaban manos con sables y fusiles, banderas con guilas,
picas, lanzas, que corran sin cesar; y al fin, en medio de toda esa
baranda, se me figur que aquellas mil formas se deshacan, y que las
nubes se conglomeraban para formar un inmenso sombrero apuntado de dos
candiles, bajo el cual los difuminados resplandores de la luna como
que bosquejaban una cara redonda y hundida entre altas solapas, desde
las cuales se extenda un largo brazo negro, sealando con insistente
fijeza el horizonte.

Yo contemplaba esto, preguntndome si la terrible imagen estaba
realmente ante mis ojos, o dentro de ellos, cuando Santorcaz exclam
de improviso:

--Miradle, miradle all! Le veis? Estpidos! Y queris luchar con
este rayo de la guerra, con este enviado de Dios que viene a
transformar a los pueblos!

--S, all lo veo!--exclam Marijun, riendo a carcajadas--. Es D.
Quijote de la Mancha que viene en su caballo, y tras l Sancho Panza
en burro. Djenlo venir, que ahora le aguarda la gran paliza.

Las nubes se movieron, y todo se torn en caricatura.




VIII


El sol no tard en salir, aclarando el pas y haciendo ver que no
estbamos en Moravia, como vamos de Brunn a Olmutz, sino en la Mancha,
clebre tierra espaola.

El pueblo donde paramos a eso de las ocho de la maana era Villarta; y
dejando all nuestros machos, tomamos unas galeras que en nueve horas
nos hicieron recorrer las cinco leguas que hay desde aquel pueblo a
Manzanares: tal era la rapidez de los vehculos en aquellos felices
tiempos! Cuando entrbamos en esta villa al caer de la tarde,
distinguimos a lo lejos una gran polvareda, levantada al parecer por
la marcha de un ejrcito, y dejando los perezosos carros, entramos a
pie en el pueblo para llegar ms pronto, y saber qu tropas eran
aqullas y adnde iban.

All supimos que eran las del general Ligier-Belair, que iba en
auxilio del destacamento de Santa Cruz de Mudela, sorprendido y
derrotado el da anterior por los habitantes de esta villa. En la de
Manzanares reinaba gran inquietud; y una vez que los franceses
desaparecieron, ocupbanse todos en armarse para acudir a socorrer a
los de Valdepeas, punto donde se crea prximo un reido combate.
Dormimos en Manzanares, y al siguiente da, no encontrando ni
cabalgaduras ni carro alguno, partimos a pie para la venta de la
Consolacin, donde nos detuvimos a or las estupendas nuevas que all
se referan.

Transitaban constantemente por el camino paisanos armados con
escopetas y garrotes, todos muy decididos, y segn la muchedumbre de
gente que hacia Valdepeas acuda, en Manzanares y en los pueblos
vecinos de Membrilla y la Solana no deban de quedar ms que las
mujeres y los nios, porque hasta los intiles viejos acudan a la
guerra. Por ltimo, resolvimos asistir nosotros tambin al espectculo
que se preparaba en la vecina villa, y ponindonos en marcha, pronto
recorrimos las dos leguas de camino llano. Mucho antes de llegar
divisamos una gran columna de humo que el viento difunda en el cielo.
La villa de Valdepeas arda por los cuatro costados.

Apretando el paso, omos ya cerca del pueblo prolongado rumor de
voces, algunos tiros de fusil, pero no descargas de artillera. Bien
pronto nos fu imposible seguir por el arrecife, porque la retaguardia
francesa nos lo impeda, y siguiendo el ejemplo de los dems paisanos,
nos apartamos del camino, corriendo por entre vias y sembrados, sin
poder acercarnos a la villa. En esto vimos que la caballera francesa
se retiraba del pueblo, ocupando el llano que hay a la izquierda, y al
mismo tiempo el incendio tomaba tales proporciones, que Valdepeas
pareca un inmenso horno. Los gritos, los quejidos, las imprecaciones
que salan de aquel infierno llenaban de espanto el nimo ms
esforzado.

Al punto comprendimos que el interior del pueblo se defenda
heroicamente y que el plan de los franceses consista en apoderarse de
los extremos, incendiando todas las casas que no pudiera ocupar. De
vez en cuando, un estruendo espantoso indicaba que alguno de los
endebles edificios de adobes haba venido al suelo, y el polvo se
confunda en los aires con el humo. Los escombros sofocaban
momentneamente el fuego; pero ste surga con ms fuerza, cundiendo a
las casas inmediatas. Al fin pareci que todo iba a cesar, y, segn
dijeron los que estaban cerca, haban salido del pueblo algunos
hombres a conferenciar con el General francs. Mucho tiempo debieron
de durar las conferencias, porque no vimos que stos se retiraran ni
que concluyese el ruido y algazara en el interior; pero al cabo de
largo rato un movimiento general de la multitud nos indic que algo
importante ocurra. En efecto; los franceses, replegando sus caballos
en la calzada, retrocedan hacia Manzanares.

Cuando entramos en Valdepeas, el espectculo de la poblacin era
horroroso. Parece increble que los hombres tengan en sus manos
instrumentos capaces de destruir en pocas horas las obras de la
paciencia, de la laboriosidad, del inters, fuerzas acumuladas por el
brazo trabajador de los aos y los siglos. La calle Real, la ms
grande de aquella villa, y como si dijramos la columna vertebral que
sirve a las otras de engaste y punto de partida, estaba materialmente
cubierta de jinetes franceses y de caballos. Aunque la mayor parte
eran cadveres, haba muchos gravemente heridos que pugnaban por
levantarse; pero clavndose de nuevo en las agudas puntas del suelo,
volvan a caer. Sabido es que bajo las arenas que artificiosamente
cubran el pavimento de la va, el suelo estaba erizado de clavos y
picos de hierro, de tal modo que la caballera iba tropezando y
cayendo conforme entraba para no levantarse ms.

A la calle se haban arrojado cuantos objetos mortferos se creyeron
convenientes para hostilizar a los dragones, y aun despus del combate
surcaban la arena turbios arroyos de agua hirviendo, que, mezclada con
la sangre, produca sofocante y horrible vapor. En algunas ventanas
vimos cadveres que pendan con medio cuerpo fuera, apretando an en
sus crispados dedos la hoz o el trabuco. En el interior de las casas
que no eran presa de las llamas, el espectculo era ms lastimoso,
porque no slo los hombres, sino las mujeres y nios, aparecan
cosidos a bayonetazos en las cuevas, y si se trataba de entrar en
alguna casa, por dar auxilio a los heridos que lo haban menester, era
preciso salir a toda prisa, abandonndoles a su desgraciada suerte,
porque el fuego, no saciado con devorar la habitacin cercana,
penetraba en aqulla con furia irresistible.

En resumen: franceses y espaoles se haban destrozado unos a otros
con implacable saa; pero al fin aqullos creyeron prudente retirarse,
como lo hicieron, no parando hasta Madridejos. Cuando Santorcaz,
Marijun y yo seguimos nuestra marcha para hacer noche en Santa Cruz
de Mudela, el espritu de los valerosos paisanos de Valdepeas no
haba decado, y tratando de reparar los estragos de aquella
sangrienta jornada, parecan capaces de repetirla al siguiente da.

De lejos y al caer de la tarde distinguamos la columna de humo
cubriendo el cielo de vagabundas y sombras rfagas, y el aragons y
yo no pudimos menos de maldecir en voz alta y expresivamente al tirano
invasor de Espaa. Contra lo que esperbamos, Santorcaz no nos
contest una palabra, y segua su camino profundamente pensativo.




IX


Al pasar la tierra, me reconoc completamente sano de mi anterior
enfermedad. La influencia sin duda de aquel hermoso pas, el vivo sol,
el viaje, el ejercicio, equilibraron al punto las fuerzas de mi
cuerpo, y respiraba con desahogo, andaba con soltura, sin sentir
malestar alguno en mis heridas. Todo rastro de dolor o debilidad
desapareci, y me encontr ms fuerte que nunca. Nada de particular
hallamos durante nuestro trnsito por las nuevas poblaciones, a no ser
la inquietud alarmante y los preparativos de defensa. En La Carolina y
en Santa Elena escaseaban mucho los hombres, porque la mayor parte
haban ido a incorporarse a la legin formada por D. Pedro Agustn de
Echevarri, partida cuya base fueron los valerosos contrabandistas del
pas. Quedaba, no obstante, en los desfiladeros de Despeaperros
bastante gente para detener todos o la mayor parte de los correos, y
en varios puntos, apostadas las mujeres o los chiquillos en lo
escabroso de aquellas angosturas, avisaban la proximidad del convoy
para que luego cayeran sobre l los hombres. Tambin advertimos gran
abandono en los primeros campos de pan que se ofrecieron a nuestra
vista, y en algunos sitios las mujeres se ocupaban en segar a toda
prisa los trigos todava lejos de sazn. Cerca de Guarromn vimos
grandes sementeras quemadas, seal de que haba comenzado all su
oficio la horrible tea del invasor.

Hasta entonces no haba ocurrido ninguna colisin sangrienta entre
imperiales y andaluces. stos, al ver que de improviso, por entre los
romeros y lentiscos de la sierra, desfilaban aquellos soldados de la
fbula, tan hermosos y al mismo tiempo tan justamente engredos de su
valor, no volvieron de su asombro sino cuando los vieron desaparecer
camino de Crdoba, y slo entonces, sintiendo requemadas sus mejillas
por generosa vergenza, cayeron en la cuenta de que el suelo patrio no
deba ser hollado por extranjeras botas. Los franceses encontraron el
pas tranquilo, y creyeron llegar felizmente a Cdiz; pero bajo las
herraduras de sus caballos iba naciendo la hierba de la insurreccin.
Aquellos corceles no eran como el de Atila, que imprima sello de
muerte a la tierra, sino que, por el contrario, sus pisadas, como un
toque de rebato, iban despertando a los hombres y convocndoles detrs
de s.

Llegamos por ltimo a Bailn, y explicar por qu nos detuvimos en
esta villa algunos das. All resida el ama de Marijun, quien al
presentarse a ella nos rog que le acompasemos, y esta apreciable
seora, que era doa Mara Castro de Oro de Afn de Ribera, condesa de
Rumblar, nos recibi con tanto agasajo, nos ponder de tal modo la
ruindad de las posadas y ventas de la villa, que no tuvimos por
conveniente hacernos de rogar y aceptamos la hospitalidad que se nos
ofreca. La casa era grandsima y no faltaba hueco para nosotros, ni
tampoco excelente comida y bebida de lo ms selecto de Montilla y
Aguilar.

--A estas horas--nos dijo la Condesa--los franceses deben haber
empeado una accin con el ejrcito de paisanos que dicen sali de
Crdoba para defender el paso del puente de Alcolea. Si ganan los
espaoles, los franceses retrocedern hacia Andjar, y como han de
estar muy rabiosos, cometern mil atrocidades en el camino. No
conviene que salgan ustedes de aqu, a no ser que tengan intencin,
como mi hijo, de incorporarse al ejrcito que se est formando en
Utrera.

No eran necesarias tantas razones para convencernos. Nos quedamos,
pues, en la ilustre casa; y ahora, seores mos, con todo reposo voy a
contaros puntualmente lo que recuerdo de aquella mansin y de sus
esclarecidos habitantes, destinados a figurar bastante en la historia
que voy refiriendo.

El palacio de Rumblar era un casern del siglo pasado, de fesimo
aspecto en su exterior, pero con todas las comodidades interiores que
alcanzaban los tiempos. Las altas paredes de ladrillo; las rejas
enmohecidas y rematadas en cruces; los dos escudos de piedra obscura
que ocupaban las enjutas de la puerta, cuyo marco apainelado y con
vuelta de cordel pareca remontarse a fecha ms antigua que el resto
de la casa; las dos ventanas angreladas junto a un mirador moderno; el
farol sostenido por pesada armadura de hierro dulce, en cuyo centro se
retorcan algunas letras iniciales y una corona dibujadas con las
vueltas del lingote; las guarniciones jalbegadas alrededor de los
huecos; los pequeos vidrios, las celosas, y la diversidad y variedad
de aberturas practicadas en el muro, segn las exigencias del
interior, le asemejaban a todas las antiguas mansiones de nuestros
grandes, bastante desprendidos siempre para gastar en la fbrica de
los conventos el gusto y el dinero que exigan las fachadas de sus
palacios. Por dentro resplandeca el blanco aseo de las casas de
Andaluca. Tena gran sala baja, capilla, patio con flores,
habitaciones con zcalo de azulejos amarillos y verdes; puertas de
pino, lustradas y chapeadas; gran nmero de arcones, muchas obras de
talla, cuadros viejos y nuevos, algunas jaulas de pjaros, finsimas
esteras, y, sobre todo, una tranquilidad, un reposo y plcido silencio
que convidaban a residir largo tiempo en aquella mansin.

Hablemos ahora de la familia de Afn de Ribera, o Perafn de Ribera,
que en esto no estn acordes los cronistas. Ocupar el primer lugar en
esta enumeracin reverente la seora Condesa viuda D. Mara Castro de
Oro de Afn, etc., aragonesa de nacimiento, la cual era de lo ms
severo, venerando y solemne que ha existido en el mundo. Pareca mayor
de cincuenta aos, y era alta, gruesa, arrogante, varonil, usaba para
leer sus libros devotos o las cuentas de la casa, unos grandes
espejuelos engastados en gruesa armazn de plata, y vesta
constantemente de negro, con traje que a las mil maravillas a su cara
y figura convena. Aqulla y sta eran de las que tienen el privilegio
de no ser nunca olvidadas, pues su curva nariz, sus cabellos
entrecanos, su barba echada hacia afuera, y la despejada y correcta
superficie de su hermosa frente, hacan de ella un tipo cual no he
visto otro. Era la imagen del respeto antiguo, conservada para educar
a las presentes generaciones.

Tendr el segundo lugar su hijo, joven de veinte aos, nio an por
sus hbitos, su lenguaje, sus juegos y su escasa ciencia. Era el nico
varn, y, por tanto, el mayorazgo de aquella noble casa, cuyo origen,
como el del majestuoso Guadalquivir, se remontaba a las fragosidades
de la Sierra de Cazorla, donde los primeros Afn de Ribera hicieron no
s qu hazaas durante la conquista de Jan. El joven D. Diego
Hiplito Flix de Cantalicio haba sido educado conforme a sus altos
destinos en el mundo, bajo la direccin de un ayo, de que despus
hablaremos, y aunque era voluntarioso y propenso a sacudir el
cascarn de la niez, arrastrando por el polvo de la travesura juvenil
el purpreo manto de la primogenitura, su madre le tena metido en un
puo, como suele decirse, y ejerca sobre l todos los rigores de su
carcter. Verdad es que el muchacho, con su instinto y buen ingenio,
haba descubierto un medio habilsimo para atacar la severidad
materna; y era que cuando su ayo o la Condesa no le hacan el gusto en
alguna cosa, ponase los puos en los ojos, comenzaba a regar con
pueriles lgrimas los veinte aos de su cuerpo, y exclamaba: Seora
madre, yo me quiero meter fraile. Estas palabras, esta resolucin del
muchachuelo, que de ser llevada adelante tronchara implacablemente el
frondoso rbol mayorazguil, difunda el pnico por todos los mbitos
de la casa. Procuraban todos aplacarle, y la madre deca: No seas
loco, hijo mo. Vaya, puedes montarte a caballo en la viga del patio,
y te permito que le pongas al gato las cscaras de nuez en sus cuatro
patitas.

A estos dos personajes seguirn forzosamente las dos hijas de la
Marquesa: dos pimpollos, dos flores de Andaluca, lindas, modestas,
pequeas, frescas, sonrosadas, alegres, sin pretensiones, a pesar de
su nobleza, rezadoras de noche y cantadoras por la maana; dos
avecillas que encantaban la vista con el aleteo de su inocente
frivolidad y de cierta ingenua coquetera, de ellas mismas ignorada.
Eran pequeas como el resed; pero como el resed tenan la seduccin
de un aroma que se anuncia desde lejos, pues al sentirles los pasos se
alegraba uno, y su proximidad era aspirada con delicia. Asuncin y
Presentacin eran dos angelitos con quienes se deseaba jugar para
verles rer, y para rerse uno mismo del grave gesto con que
enmascaraban sus lindas facciones cuando su madre les mandaba estar
serias. La de menor edad era destinada al claustro, y mientras
acariciaba D. Mara la grandiosa idea de ponerla en las Huelgas de
Burgos, se acord que tomara las lecciones necesarias para ser
doctora, por lo cual el ayo de su hermano haba empezado a ensearle
la primera declinacin latina, que aprendi en un periquete,
encontrando aquello muy bonito. La primera, esto es, Asuncin, no
tena necesidad de aprender nada, porque era destinada al matrimonio.

Y, por ltimo, no quiero dejar en la obscuridad al ayo del joven D.
Diego. Llambanle comnmente D. Paco, y era un varn de gran sencillez
y moderacin en sus costumbres, aunque algo pedante. Estaba l
convencido de que saba latn, y citaba a veces los autores ms
clebres, aplicndoles lo que estos desgraciados no pensaron nunca en
decir. A tales imputaciones calumniosas est expuesta la celebridad!
Tambin se preciaba D. Paco de ensear a sus discpulos acertadamente
la historia antigua y moderna, aunque sabemos por documentos de
autenticidad incontestable, que en sus explicaciones nunca pas ms
ac del arca de No. Era, s, muy fuerte en la vida de Alejandro el
Grande, y podemos asegurar que posea en altsimo grado un arte que no
a todos los mortales es dado cultivar con regular acierto. Don Paco
era un gran pendolista, que pudiera competir con esos colosos de la
Caligrafa: Toro el Sublime y Palomares el Divino, y hasta con el
moderno Iturzaeta; habilidad que en parte haba transmitido a su
discpulo, pues las planas del heredero de Rumblar llenaban de admiracin
al seor Obispo de Guadix cuando iba a pasar unos das en la casa.
Adems, D. Paco era un hombre excelente, y temblaba de miedo delante de
la Condesa cuando sta le achacaba las faltas del nio. Vesta de negro,
siempre en traje ceremonioso, aunque no nuevo, usando asimismo peluca
blanca, rematada en descomunal bolsa. A los forasteros huspedes nos
trataba con mucha dulzura; porque la hospitalidad--deca--fu don
particular de los pueblos antiguos, y debe ser practicada por los
presentes para enseanza de los venideros.




X


El patrimonio de aquella casa era bueno, aunque muy inferior al de
otras familias de Andaluca y de Castilla; pero contaba la Condesa con
que sera de los primeros de Espaa luego que su hijo heredara el
mayorazgo de unos parientes por lnea colateral, que carecan de
sucesin directa. Para facilitar esto, D. Mara concibi un proyecto
gigantesco, del cual dependa, como el lector ver, la perpetuidad de
aquella casa y solar ilustre por el largo discurso de los siglos;
trat de casar a su hijo con una hembra de la familia de aquellos sus
parientes, a la sazn poseedores del mayorazgo, y residentes en
Crdoba, aunque su habitual morada era Madrid. No era obstculo para
esto la niez, ms bien moral que fsica, de D. Diego, pues siendo
entonces costumbre emparentar lo ms pronto posible a los mayorazgos,
los casaban fresquitos y antes que tuvieran tiempo de asomar las
narices por las rendijas de la puerta del mundo, donde, al decir de D.
Paco, no haba sino perdicin y desvanecimiento para la juventud,
porque las dulzuras de la copa de los placeres duraban breves
instantes, mientras que sus amargas heces trascendan por luengos
aos.

Pero alguien hubo de producir trastorno en los planes sabiamente
trazados por D. Mara y sus ilustres primas; desconcertlos Napolen,
Emperador de los franceses, al poner sus ojos en esta joya del
continente y al invadirla. La guerra, aquella santa guerra de que no
nos muestra otro ejemplo la Historia en tiempos cercanos, oblig a
suspender este como otros proyectos, y D. Mara, aragonesa y muy
patriota, hubo de llamar a D. Diego, y desde lo alto de su sitial le
aterr con estas palabras, confiadas despus a mi discrecin por D.
Paco:

--Hijo mo, mucho te quiero. Tu muerte no slo nos matara de pena,
sino que aniquilara nuestra casa y linaje. Eres mi nico varn, eres
el alma de esta casa, y, sin embargo, es preciso que vayas a la
guerra. Sangre valerosa corre por tus venas, y estoy bien segura de
que a pesar de tus pocos aos dejars en buen lugar el nombre que
llevas. Todos los jvenes se deben a su rey y a su patria en estos
terribles das en que un miserable extranjero se atreve a conquistar a
Espaa. Hijo mo, mucho te amo; pero prefiero verte muerto en los
campos de batalla y pisoteado por los caballos franceses a que se diga
que el hijo del conde de Rumblar no dispar un tiro en defensa de su
patria. Los hijos de todas las familias nobles de Andaluca se han
alistado ya en el ejrcito de Castaos; t irs tambin, con una
escolta de criados, que armar y mantendr a mis expensas mientras
dure la guerra.

Al decir esto, la marmrea cara de D. Mara no se inmut; pero
Asuncin y Presentacin lloraron a moco y baba. El joven palpit de
entusiasmo al tomar parte en un juego que no conoca, y que, visto de
lejos, es muy bonito.

Nosotros llegamos precisamente cuando se estaban haciendo los
preparativos y el equipo de guerra del mayorazgo. Todos trabajaban en
aquella casa, y no eran las menos atareadas las hermanitas del Sr.
Conde, porque a ms de la delicadsima ropa blanca que con sus propias
manos y bajo la inspeccin de su madre aparejaron, ponindola con
mucho orden en las gruperas, se ocupaban a toda prisa en arreglar unos
muy lindos escapularios, no slo para l, sino para todos los de la
comitiva.

No s qu aquellos preparativos tenan de semejante con los que se
hacen para mandar a un chico al colegio; verdad es que nada hay tan
instructivo y despabilador como un campamento, y por eso deca D. Paco
que la guerra es maestra del ingenio y domeadora de las
impetuosidades juveniles.

Marijun fu destinado a acompaar al seorito. Con l y otros criados
formse una legioncilla de cinco hombres; mas sabedora doa Mara de
que otros jvenes de familias ricas de Baeza, Bujalance y Andjar
haban llevado hasta diez, mand que se aumentara aquel nmero,
fijndose al instante en Santorcaz y en m. Se nos ofreca una peseta
diaria, adems de lo que cayera si volvamos con vida y salud. Mi
compaero y yo nos miramos, consultando con elocuente silencio el
aspecto de nuestras respectivas fachas. Hallbamonos ambos muy
derrotados; y con aquella escrutadora penetracin que da la carencia
de posibles, cada cual conoci la escualidez y vanidad de la bolsa del
otro. Santorcaz opin que yo deba aceptar el enganche, y yo fu del
mismo dictamen respecto a mi amigo; D. Mara ofreci equiparnos,
mudando nuestras ropas por otras nuevas y mejores, y adems
comprometase a mantener por algn tiempo a los que ya comenzaban a
tener dudas acerca del pan que comeran al llegar a Crdoba. No
vacilamos, y henos convertidos en soldados de caballera, prontos a
incorporarnos al reducido, pero brillante ejrcito de San Roque.
Comprend que aqul era mi destino, y que para el fin que a Crdoba me
llevaba, ms me convena penetrar en esta ciudad como soldado obscuro
que como desalmado y andrajoso vagabundo. Santorcaz se decidi despus
de meditarlo mucho, dando paseos en la habitacin donde se nos haba
albergado. Una vez resuelto a ello, pareci muy alegre y le o
pronunciar algunas palabras que me demostraron la agitacin de su alma
por causas para m desconocidas entonces. Luego expuso a D. Mara que
no partira de Bailn hasta no recibir unas cartas que esperaba de
Crdoba y de Madrid, relativas a sus intereses, a lo cual accedi la
seora, dicindole que permaneciese en la casa hasta cuando quisiera,
con la condicin de incorporarse despus a la escolta de D. Diego si
sta sala antes.

No tard mucho el da de la partida. El joven mayorazgo estaba vestido
del modo siguiente: una ancha faja de seda color de amaranto le cea
el cuerpo; sus calzones de ante se ataban bajo la rodilla, y sobre las
medias de seda llevaba gruesas botas de cordobn con espuelas de
plata. El marsells de pao pardo fino con adornos rojos y azules daba
singular elegancia a su cuerpo, as como el ladeado sombrero
portugus, con moa de felpa negra y cordn de oro. Guarneca su
cintura sobre el fajn lo que llamaban charpa, y era un ancho cinturn
de cuero con diversos compartimientos ocupados por dos pistolas, un
pual y un cuchillo de monte, de modo que llevaba el nio en los lomos
un completo arsenal, propio para hacer frente a todas las
circunstancias imaginables.

Ocupbanse la madre y las hijas en arreglar los ltimos pormenores
del vestido, sta cosiendo el postrer botn, aqulla poniendo un
alfiler a la cinta del sombrero, la otra calzando la espuela al mozo,
cuando D. Mara dijo con la viveza propia del que recuerda de
improviso la cosa mas importante:

--Falta lo principal: falta la espada.

Al punto las miradas de todos fijronse con cierto respeto en un
venerable armario de aejo roble que en el testero principal de la
habitacin desde largos aos exista. Acercse a l la Sra. Condesa, y
abrindolo, sac una espada largusima, con su vaina y tahal, las
tres piezas muy marcadas con el sello de honrosa antigedad.
Desenvain el acero la propia D. Mara con gesto majestuoso, aunque
sin ninguna afectacin de bro varonil, y luego que lo hubo
contemplado un instante, volvi a meterlo en la vaina, entregndolo
despus a su hijo. Era una hermosa hoja toledana de cuatro mesas y de
una vara y seis pulgadas de largo. En la cazoleta o taza caba
holgadamente un azumbre, y sus gavilanes nielados de oro, lo mismo que
el arriaz, daban aspecto artstico y lujoso a la empuadura. Tena en
las dos fachadas del puo el escudo de los Rumblares, y en el pomo una
cabeza con la empresa del armero toledado Sebastin Hernndez. En la
hoja, algo roosa, se poda deletrear, aunque con trabajo, la
inscripcin grabada en uno de sus lados: _Pro Fide et Patria, Pro
Christo et Patria, Pro Aris et Focis, Inter Arma silent Leges_.

Colgse al cinto esta poderosa ilustre tizona el joven D. Diego, para
cuyas manos era peso exorbitante; mas l, orgulloso de llevarlo, hizo
un gesto poco favorable a los propsitos del invasor de Espaa, y se
prepar a salir. Prorrumpieron en copioso llanto Asuncin y
Presentacin, lo cual di al traste con la forzada entereza del
Condesito, destinado a ser el terror de la Francia, y pasando de los
pucheros a los hipidos, y de los hipidos a una violenta explosin de
lgrimas, atron la casa por espacio de un cuarto de hora. Ni por esas
perdi D. Mara su serenidad, hablando a su hijo de asuntos extraos
a la guerra.

--Lo primero que has de hacer cuando llegues a Crdoba es visitar a
mis primas y entregarles estas cartas. Mira, aqu van las seas de su
palacio. Harto sentimos que no pueda celebrarse la boda concertada;
pero Dios lo quiere as, y la patria es lo primero. Algn da ser. Di
a esas seoras que si vuelven pronto a Madrid, no les perdono que
pasen sin detenerse algunos das en sta su casa.

Luego, tomando distinto tono, habl as:

--_Hijo mo, cuidado con lo que haces. Observa la mejor conducta: mira
que vas a combatir al enemigo y a defender la Religin, la Patria, el
Estado y el Rey. Si cobarde vuelves la espalda, no vuelvas jams a mi
casa, ni te acuerdes nunca de tu madre, ni cuentes ya con su tierno
cario... Su indignacin, su aborrecimiento eterno: he aqu la
recompensa que te aguarda_.

He subrayado estas palabras porque son puntualmente histricas:
constan en papeles impresos de aquel tiempo, que puedo mostrar al que
verlos desee. La mujer que los pronunciara (pues no fu D. Mara, y
el atribuirlo a sta es de mi exclusiva responsabilidad) aadi lo
siguiente, dirigindose a otras madres que despedan a sus hijos en
las puertas del pueblo:

--_Compaeras, si en las batallas llegan a morir todos los hombres,
triunfaremos nosotras_.[1]

Salimos de la casa, tomando cada cual la cabalgadura que se le haba
destinado, juntamente con un sable y dos pistolas. El bagaje se
reparti entre todos. Un criado antiguo se haba encargado del dinero,
otro llevaba las ropas del seorito; Marijun llenaba sus alforjas con
abundantes provisiones, y en mi grupera pusimos varios encargos y las
cartas que D. Diego deba entregar en Crdoba. Cuando yo las acomodaba
en mi equipaje, pude ver de soslayo los sobres, y me qued fro de
sorpresa y casi dir de terror: le los nombres de Amaranta, de la
Marquesa su ta y del seor diplomtico.

Santorcaz, que an no haba recibido lo que aguardaba, se qued,
prometiendo juntarse con nosotros al da siguiente o a los dos das.
Yo lo vi muy pensativo y ttrico, las manos a la espalda, paseando por
el portal de la casa cuando salamos de ella. Hasta fuera de la villa
fu en nuestra compaa D. Paco, el cual recordaba a su discpulo las
mximas de Alejandro sobre la guerra, recomendndole una y otra vez
que las pusiera en prctica al pelear contra los franceses, y que
cuidase de sostener siempre el orden oblicuo, disponiendo una segunda
lnea para asegurar las espaldas y los flancos, porque a
esto--deca--debi el gran Macedonio que siempre quedaran victoriosas
sus difalangarquas y tetrafalangarquas.

Con tan saba mxima, que el heredero de Rumblar jur cumplir al pie
de la letra, despidise D. Paco, y seguimos nuestra marcha muy
contentos. No tomamos el camino real desde Bailn a Crdoba por no
tropezar con la retaguardia del general Dupont, o con los muchos
destacamentos que haba dejado en todos los pueblos, y en vez de las
diez y ocho leguas y media de que consta aquella va, tuvimos que
andar unas veinticuatro, pues en nuestro rodeo fuimos a Menjbar;
desde all, por Torre Jimeno, siguiendo un detestable camino de
herradura, pasamos a Martos, y de Martos, por Alcaudete y Baena,
fuimos a buscar en Castro del Ro la margen derecha del Guadajoz, que
nos condujo a las inmediaciones da Crdoba.

Al salir de Bailn supimos la derrota de los paisanos y soldados de
regimientos provinciales en el puente de Alcolea, y en Alcaudete nos
dieron otra terrible noticia, referente a la entrada de los franceses
en Crdoba y al saqueo de aquella hermosa ciudad. Esto y el encuentro
de algunos dispersos de la partida de Echevarri nos inclin a tomar el
camino de cija; pero el da 16 supimos que los franceses haban
evacuado a Crdoba; y adoptando nuestro primitivo itinerario,
divisamos en la maana del 18 un inmenso casero blanco, que destacaba
sobre el verde azul de la lejana sierra infinidad de torres,
minaretes, espadaas y cimborrios.


#Nota a pie de pgina:#

[1] Esto pas en Mrida en 23 de junio.




XI


Crdoba, la ciudad de Abdherranmn; la Meca de Occidente, la que fu
maestra del gnero humano, la vieja andaluza, que an se engalana con
algunos restos de su antigua grandeza; todava hermosa, a pesar de los
siglos guerreros que han pasado por ella; ya sin Zahara, sin
academias, sin pensiles, sin aquellas doscientas mil casas de que
hablan los cronistas rabes; sin califa, sin sabios, pero orgullosa
an de su mezquita-catedral, la de las ochocientas columnas; triste y
religiosa, habiendo substitudo el bullicio de sus bazares con el
culto de sus sesenta iglesias y sus cuarenta conventos; siempre
potica y no menos rica en la decadencia cristiana que en el apogeo
musulmn; ciudad que hasta en los ms pequeos accidentes lleva el
sello de los siglos; tortuosa, arrugada, defendindose de la luz como
si quisiera ocultar su vejez; escondida en sus interiores, donde
guarda innumerables maravillas, y siempre asustada al paso del
transente; protectora de los enamorados, para quienes ha hecho sus
mil rejas y ha obscurecido sus calles; devota y coqueta a la vez,
porque cubre con sus joyas las imgenes sagradas, y se engalana y
perfuma an con los jazmines de sus patios... Tal era la ciudad que
haba estado entregada por tres das a la brutal codicia de los
soldados de Dupont. Este desgraciado caudillo, que desde entonces
comenz a sentir la indecisin y el aturdimiento que le acompaaron
hasta capitular, temeroso de ser sorprendido all por las tropas de
Castaos, se retir el 16 de junio, dirigindose a Andjar, desde
donde pidi refuerzos a Madrid.

El 18 entramos nosotros en la ciudad saqueada, an llena de mortal
espanto. An no haba sido lavada la sangre que manchaba sus calles,
ni saban exactamente los cordobeses a ciencia cierta el dinero y
cantidad de alhajas que les haban robado. Antes que en contar lo que
les quedaba pensaron en armarse, y si antes haban ido a la lucha los
campesinos, siguiendo a los regimientos provinciales y las milicias
urbanas, despus del saqueo todas las clases de la sociedad se
apercibieron para lo que ms que la guerra era un ciego plan de
exterminio, pues no se deca _vamos a la guerra_, sino a _matar
franceses_.

Desde que entr en la desgraciada ciudad, a la emocin producida por
el espectculo del reciente desastre se agregaba la que yo senta por
asuntos de mi propia cuenta, y por la supuesta proximidad a quien era
el faro de mi vida. As es que luego que el Conde y los de la comitiva
nos arreglamos en una de las mejores posadas, sal con objeto de
buscar la casa de la Sra. Amaranta y de su ta, lo cual rame
sumamente fcil, por haber visto los sobrescritos de las cartas que
traamos para aquellas personas. Las doce seran cuando llegu a la
calle de la Espartera, donde era la residencia de la ta de Amaranta.
En lo sucesivo, y para evitar confusiones, ya que no puedo nombrarla
con su verdadero nombre, usar el ttulo convencional de marquesa de
Leiva.

Cuando di los primeros aldabonazos en la puerta, parecame que
golpeaba en mi propio corazn. Estara all Ins? Estara all, ya
olvidada de que antes existiera en el mundo un chico llamado Gabriel,
arcabuceado por los franceses? Y si estaba y de improviso me vea, no
era posible que se me presentara deslumbrada por los esplendores de su
nueva posicin, y que a la palidez de la primera sorpresa sucediera en
su rostro el rubor de haberme amado? Se acercaba el momento de que yo
cayese de la inconmensurable altura de mi fatuidad amorosa,
encontrando una sonrisa de desdn y la mano de un criado que me
pusiera en la calle? Por ventura el trance que me esperaba era
hermano gemelo de aquella otra gran cada ocurrida en El Escorial,
cuando por el favor de Amaranta soaba con los primeros puestos de la
nacin? Bajara mi alma desde prncipe a lacayo, como poco antes baj
mi ambicin?

Abrime la puerta un criado conocido, a quien rogu me llevase a
presencia de mi antigua ama la Sra. Condesa. Mientras atravesbamos el
patio, buscaba afanosamente algn objeto que me indicase la proximidad
de Ins. Como olfatea el perro el rastro de su amo, as aspiraba yo
las emanaciones de la casa buscando el aire que haba sido aliento de
aquella naturaleza querida. No o su voz, ni sent sus pasos, ni v
cosa alguna que tuviera las huellas de su mano. A m se me antojaba
que en cualquier objeto poda notar un sello especial que indicara
pertenecerle. Pero en nada de lo que vieron mis ojos encontr la
huella indefinible que deba tener todo aquello en que Ins pusiera
los suyos. Esto se comprende y no se explica. El corazn es el nico
adivino, y el mo me dijo que Ins no estaba all.

El patio era fresco y risueo, como todos los de las buenas casas de
Andaluca. Entre los jazmines reales, que abrazndose a una columna
ostentaban sus mil florecillas llenas del perfume ms grato a los
enamorados; entre los naranjos de la China, graciosas miniaturas del
naranjo comn; entre los rosales de la tierra y esos claveles
indgenas, cuya imperial hermosura no ha logrado eclipsar ninguna de
las elegantes flores modernas; entre los tiestos de reseda, de
mejorana, de albahaca y de sndalo, saltaban los chorros de una fuente
habladora, con cuyo monlogo se concertaba el canto de algunos pjaros
prisioneros en doradas jaulas. El pavimento era de mrmol y los
zcalos de azulejos; sobre stos, y cubriendo gran parte de la pared,
haba cuadros al leo de aquella escuela andaluza que ha llevado a los
lienzos el tono caliente de la tierra, la esplendidez de la inflamada
atmsfera y la agraciada melancola de los semblantes.

Afortunadamente para m, Amaranta se dign recibirme. Estaba en una
sala baja, fresca y obscura, y cuando yo entr se ocupaba en armar
unas flores de altar. Se haba entregado a la devocin? Vesta
completamente de blanco, y a la exigencia de la moda se una el rigor
de la estacin para que aquel ligero traje fuera nada ms que lo
absolutamente necesario para cubrir su hermoso cuerpo. Entonces, entre
las miradas de fuera y el pudor interno no se pona tan gran baluarte
de telas como se pone hoy.

Abrumadoramente hermosa estaba, y sus ojos negros, que eran, como otra
vez he dicho, los primeros ojos del mundo, es decir, los Bonapartes de
la mirada humana, conquistaban al punto todo aquello a que dirigan su
pupila. Sent en su presencia mucha cortedad, gran turbacin; sentme
sin ideas y sin palabra.

--Qu vienes a buscar aqu?--me dijo.

--Seora, he venido a Crdoba para afiliarme en el ejrcito del
general Castaos, y sabiendo que Su Excelencia y apreciable familia
estaban en esta poblacin, he querido visitar a mi antigua y querida
ama.

--Eres tan hipcrita como intrigantuelo y trapisondista--repuso entre
severa y amable.

--Conque me tienes ley? Por qu te portaste tan mal
conmigo?

--Seora--exclam, haciendo aspavientos de respeto--. Yo portarme
mal! Si no podr olvidar nunca lo bien que estaba al servicio de Su
Excelencia!

--Quieres ser otra vez mi criado?--me pregunt.

Esta proposicin cay sobre m como un rayo. Pens en Ins, en el
repentino engrandecimiento de la que haba juzgado compaera de mi
existencia, y al considerarme criado de aquella casa, tembl de
indignacin.

--No, seora, no quiero servir ms. Soy soldado--repuse--. Sin
embargo, estoy a las rdenes de Vuecencia para lo que guste mandarme.

--Conque soldado? Y vas a la guerra? Dentro de un mes sers
general--dijo con punzante irona.

--No aspiro a tanto. Quiero servir a mi pas y nada ms. Con tal de
que maana pueda decir: Contribu a echar de Espaa a la canalla,
quedar satisfecho.

--Y crees que Espaa podr echar fuera a la canalla? Ah!, yo no
participo de la ilusin de esta buena gente. Qu pas el da 9 en el
puente de Alcolea? Aquellos pobres paisanos a quienes no se puede
negar el valor, huyeron ante las tropas disciplinadas del general
Dupont. En Crdoba tampoco se les opuso resistencia, y qu horror,
Dios mo! Qu tres das de angustia! Todos creamos que los franceses
entraran con bandera de paz, porque la gente de Echevarri abandon la
ciudad, y los de aqu no trataban de hacer resistencia. Llegaron los
franceses a la Puerta Nueva, y mientras las autoridades hablaban con
ellos para darles entrada, de una casa cercana salieron algunos tiros.
Furiosos los enemigos, despus de derribar a caonazos la puerta,
desparramronse por las calles de Crdoba, asesinando a cuantos se
encontraban al paso y metindose en las casas para coger cuanto haba.
No puedes figurarte lo que era aquello. Mudos de espanto y ansiedad
estbamos todos aqu, atento el odo a los rumores de la calle, cuando
sentimos que las puertas caan a golpes, y penetraba aquella
soldadesca bestial, diciendo que se les entregasen todos los objetos
de valor. El miedo nos impidi andar en contestaciones con ellos, y al
punto les dimos alhajas, dinero, plata de mesa y cuanto haba,
deseando que se lo llevasen todo de una vez para no escuchar sus
insultos. Mas luego bajaron a la bodega, sedientos de vino; no
contentos con echar fuera las cubas pequeas, beban en las llaves de
las pipas grandes, y dejndolas luego abiertas, corra el Montilla de
setenta y cinco aos, inundando las cuevas. Uno de aquellos salvajes
pereci ahogado en vino. Pero al fin se fueron de casa sin cometer
atrocidades de otra clase y nos vimos libres de semejante chusma. En
otras partes los horrores no pueden contarse. Robaron todo el dinero
de la Administracin, toda la plata de los conventos, los vasos
sagrados, los clices, las custodias, las alhajas de las imgenes;
penetraron tambin en los conventos de frailes, muchos de los cuales
murieron asesinados; convirtieron en lupanar la iglesia de Fuensanta,
y por tres das Crdoba no fu una ciudad, fu un infierno, porque
todos los demonios, todas las maldades, sacrilegios y abominaciones
cayeron sobre ella. Por las calles se les encontraba borrachos, llenos
de inmundicia y revolcndose en el lodo, engullendo vorazmente la
comida que sacaban a viva fuerza de las casas. Los generales
franceses, avergonzados de tanta bajeza, queran someterlos a palos;
pero fu preciso emplear mucho rigor, y algunos hubieron de ser
fusilados para que entraran en razn los dems. Por ltimo, saliendo
de Crdoba para Andjar, esos cafres nos han dejado en paz por algn
tiempo. Qu espantoso estado el de Espaa! Y lo peor es que
sucumbir. Qu das terribles nos aguardan! Quisiera yo tener las
ilusiones de esta gente, y creer, que como ellos creen, que con unas
cuantas batallas ganadas por nosotros..., y por cierto que no s cmo
ser eso de ganar batallas, sin ejrcito, ni generales, ni dinero, ni
nada..., que con unas cuantas batallas se va a concluir todo
felizmente. Hay quien suea con ir a Francia, despus de echar a los
franceses, y traerse a Napolen con un grillete al pie. Dios quiera
que no perezcamos todos! Dios nos d valor para resistir la tormenta
que se nos viene encima!... Aqu vivimos sin saber a qu santo
encomendarnos. Casi no nos tratamos con nadie, y si tememos que
Francia nos tome por exaltadas patriotas, ms nos duele que los
vecinos nos crean afrancesadas. Quisiramos estar bien con todos y que
ni unos ni otros nos molestaran... Pero qu s yo...; creo
difcil... Y en Madrid qu tal se vive?

--Piensa Usa volver a la Corte?

--Oh!, s... Pensamos marcharnos pronto, porque nos llama un asunto
en que est interesada toda la familia. A ser por m, ya estaramos
all. No puedo vivir en Crdoba, y menos en el estado actual de la
guerra. Esto no es vivir. Si en Madrid no hubiese tranquilidad, nos
iramos a Bayona con toda la familia.

--Y ninguna de las personas de esta casa fu maltratada por la
soldadesca francesa?--pregunt, deseando saber qu personas haba en
la casa.

--Ninguna; slo mi to el Marqus tuvo una contusin en la cabeza;
pero recibila al esconderse debajo de una cama, y lo hizo con tanto
mpetu, que se di un golpe muy fuerte contra el suelo. Un amigo de
casa, que nos visita todos los das, D. Jos Mara de Malespina,
tambin recibi un ligero rasguo en la mano derecha al ocultarse
detrs de un armario.

--Y las seoras? O decir que una sobrinita de la Sra. Marquesa... o
sobrinita de Su Excelencia, no estoy bien seguro, haba venido de
Madrid con objeto de acompaarlas.

--No--contest Amaranta, mirando al suelo.

--Pues entonces lo confundo yo con otra cosa. Parceme que en Madrid
lo o decir al seor licenciado Lobo, aquel famoso escribano...; pero
no, seguramente se equivoc.

--Conoces t al Sr. de Lobo?--me pregunt con inquietud.

--Ya lo creo; somos muy amigos. Le conoc cuando yo serva en casa de
D. Mauro Requejo..., y por cierto que el seor licenciado y yo tuvimos
una cuestin con motivo de cierta jovencita..., una infeliz, seora,
una desgraciada chiquilla, hurfana de padre y madre.

--A ver, cuntame eso.

--Pues los Sres. de Requejo, que eran dos puerco-espines martirizaban
a la damisela. Yo tena lstima de ella y quise sacarla de all...,
pero me fusilaron los franceses.

--Te fusilaron!

--S, seora, y el Sr. de Lobo...; pues..., lo cierto fu que la nia
desapareci.

--Ya... Cuntamelo todo.

Con el mayor afn, con el inters ms grande que durante mi vida he
sentido por cosa alguna, empezaba yo a contar a la Condesa lo que
saba, cuando la entrada de dos personas me interrumpi.

Eran el diplomtico y D. Jos Mara de Malespina, aqul por tantos
ttulos famoso, aunque retirado, coronel de Artillera, de quien habl
cuando lo de Trafalgar. El primero me reconoci y tuvo la bondad de
dirigirme algunas bromas.




XII


--Sobrina--dijo el Marqus--, pronto tendremos aqu las tropas de
Castaos. Sabes lo que ahora le deca al Sr. de Malespina? Pues le
deca que si la Junta de Sevilla me comisionara para entrar en
negociaciones con los franceses, tal vez lograra poner fin a esta
desastrosa guerra.

--Qu negociaciones ni qu ocho cuartos?--dijo con desprecio
Malespina--. Oh! Si la Junta de Sevilla siguiera el plan que imagin
estos das. Mientras no demos a la artillera el lugar que le
corresponde no es posible alcanzar ventaja alguna. Mis recientes
estudios sobre cyclodiatoma y capltica me han hecho descubrir
importantes principios que ahora debieran llevarse a la prctica.

--Reniego de la ciencia que inventa medios de destruccin--declar con
gesto elocuente el Marqus--. Por las vas diplomticas pudieran las
naciones resolver todas sus querellas. La guerra! De qu sirve la
guerra? Vale la pena de que perezcan miles de seres humanos por una
cuestin que podra arreglarse con un pedazo de papel y una pluma
mojada en tinta, puesta en manos de alguna persona que yo me s?

--Hombre de Dios, sin la guerra, qu sera del mundo? Y sobre todo,
qu sera del mundo sin la artillera? Montecculi dice que las
batallas dan y quitan las coronas, concluyen las guerras e
inmortalizan al vencedor.

--Sangre y luto y desolacin! Pero no disputemos sobre el volcn,
amigo. La guerra es un mal, y existe hoy entre nosotros. Lo que
conviene es buscar alianzas en Europa. Por eso, desde que llegu a
Andaluca, suger a la Junta Suprema la idea de pedir auxilio a
Inglaterra. Magnfico pensamiento, que ni a Saavedra ni al P. Gil se
les haba ocurrido.

--Y usted se atribuye la invencin!--dijo con sorna Malespina--.
Pero, hombre de Dios, si los asturianos fueron los primeros que en tal
cosa pensaron, y desde el 30 de mayo salieron de Gijn mis
queridsimos amigos D. Andrs ngel de la Vega y el vizconde de
Matarrosa, hijo del conde de Toreno... Bah, bah!... Estos
diplomticos han perdido la chaveta. Nada, amigo mo: yo le dije al P.
Gil que cuidara de aumentar la artillera, adoptando los adelantos que
yo quiero introducir en el arma. Pues qu, cree usted que Napolen no
tiene noticia de ellos? Yo he descubierto que antes de invadir a
Espaa mand una Comisin secreta para que averiguara si estaba yo
aqu. Como entonces mi familia hizo correr la voz de que yo haba
pasado a Amrica, Napolen dijo: Pues no hay cuidado ninguno, y
orden la invasin. Ya, ya me conoce de antiguo.

--Qu vanaglorioso es usted!--dijo el diplomtico, superando en
fatuidad a su amigo--. Eso lo dice usted por obligarme a hablar, por
obligarme a que revele... No: es secreto de Estado, del cual quizs
depende la paz de Espaa y de Europa; no saldr de mis labios, ni soy
hombre que cede fcilmente a las sugestiones de la imprudente
amistad.

--Todo eso es pura farsa. Sepamos de una vez esos secretos.

--Farsa!--exclam con enojo el diplomtico--. Pero ya comprendo el
juego. Lo mismo hace mi sobrina cuando quiere obligarme a que revele
los secretos de Estado. No: callar, callar, aunque usted me insulte,
aunque usted aparente dudar de mi veracidad para que la indignacin me
haga romper el silencio. Pues qu!, si yo dijera que un elevado
personaje, el ms poderoso que hoy existe en el mundo, se decidi al
fin a transigir conmigo, despus de una enemistad que data de la paz
de Luneville; si yo dijera que los preliminares de negociacin que
entabl para evitar a Espaa los horrores de la guerra comenzaban a
dar resultado, cuando algunos hombres prfidos, ah!..., si yo dijera
esto... Pero no: mi sobrina me mira como para incitarme a seguir
hablando, y usted, Sr. de Malespina, me mira tambin... Mas no: punto
en boca, y cesen las impertinentes preguntas que en vano amenazan el
inexpugnable alczar de mi discrecin.

--Todo eso es pura fbula--afirm D. Jos Mara con desenfado--.
Aborrezco la falsedad y la jactancia, pues soy hombre que se dejara
matar antes que decir una palabra contraria a la rigurosa verdad. Por
tanto, basta de fingidas diplomacias y de tratados que no han existido
sino en la cabeza de usted. En estos momentos seamos soldados, y
dejemos a un lado los protocolos. Veremos si ahora, cuando en Bayona
se sepa que yo sigo en Espaa y que no pienso partir a las Amricas,
se retiran los franceses de nuestro pas, porque..., francamente...,
Napolen me conoce.

--Hombre, eso es demasiado fuerte!--exclam el diplomtico, soltando
la risa--. Conque Napolen...

--No extrao esas risas--dijo muy amoscado el artillero--. Qu ha de
hacer quien no conoce el peligro personal? Qu ha de hacer un hombre
que cuando entraron los franceses a saquear esta casa, se escondi
debajo de la cama?

--Yo...--contest con turbacin el Marqus--si penetr en aquel
apartado sitio, bien saben todos la causa, que no fu miedo ni mucho
menos. En aquel instante me ocupaba mentalmente en buscar los trminos
ms propios de un arreglo y transaccin con aquella gente, y como el
ruido no me dejaba pensar, busqu la soledad de aquel lugar recogido y
pacfico, donde sin estorbo pudiera entregarme a mis cavilaciones. Lo
incomprensible es que un militar viejo como usted buscase asilo detrs
de un armario mientras los franceses insultaban a las seoras.

--Nada, lo que he dicho siempre--repuso Malespina--. Es intil esperar
que los profanos hagan nunca justicia a las combinaciones de la
ciencia. Todo lo ven bajo el aspecto vulgar, y lanzan al pblico las
acusaciones ms irreverentes. Hombre de Dios, necesitar decir que,
convencido desde el principio de la imposibilidad de establecer en el
patio un campo atrincherado, tuve que retirarme a esta sala, y apoyar
mi centro de retaguardia en aquel armario, para operar con el ala
derecha? Viendo que se acercaban con mpetu formidable los franceses,
hice un movimiento envolvente sobre mi ala izquierda, y me met tras
el armario, dirigiendo el raso de metales de la terrible arma de fuego
que llevaba en mi bolsillo hacia el marco de la puerta, para que la
trayectoria fuese directamente al patio. El enemigo, al ver mi
actitud, retrocedi lleno de espanto, y he aqu cmo sin efusin de
sangre se les oblig a la retirada.

Amaranta no poda contener la risa oyendo la disputa entre los dos
vejetes. Antes de que sta concluyera, entr la de Leiva y dijo:

--Acaba de llegar la _Gaceta Ministerial de Sevilla_. Creo que hoy
trae la noticia de que ha muerto Napolen.

--Jess! Qu dice usted?

--Dnde est, dnde est esa _Gaceta_?

Al punto corrieron el Marqus y D. Jos Mara a la habitacin
inmediata. La Marquesa, que no haba parado mientes en mi persona
aunque le hice reverencias muy profundas, acercse a su sobrina, y
mostrndole un medalln que en la mano traa, le dijo:

Te gusta? No es verdad que est parecido? El pintor ha hecho un
hermoso retrato.

--Est muy bonito y se parece mucho--dijo mi antigua seora--. Veremos
qu le parece a ese barbilindo cuando lo vea.

--Es extrao que no haya llegado ya. Su madre me deca que para el 12
pasara por aqu.

El diplomtico y Malespina aparecieron de nuevo, trayendo cada cual
una hoja de papel impreso.

--Efectivamente, aqu est en letras de molde--dijo con grandes
aspavientos el diplomtico, preparndose a leer--. Oigan ustedes:
Madrid, 6 de junio. El descontento de las tropas enemigas parece
general, y corre muy vlida la voz de que en Bayona hay insurreccin,
y de que el Emperador est oculto, aadiendo algunos que herido.

--Hombre, eso es importantsimo--dijo Malespina--, aunque no me coge
de nuevo, porque ya tena noticias detalladas de este suceso.

--Que los franceses se sublevan contra Bonaparte?--dijo la
Marquesa--. Dios les habr tocado el corazn.

--Pero oigan ustedes estotra noticia--aadi el artillero--: Toledo,
4. Dcese que cerca de Gallur los franceses han sido derrotados por
Palafox, dejando en el campo de batalla 12.000 muertos y un nmero
infinito de heridos. Los espaoles les tomaron 48 caones y 12
guilas.

--Hombre, magnfica victoria!--exclam el diplomtico--. Pero qu
dice aqu? Oh, sta s que es gorda!: Reus, 8 de junio. Aqu se
habla de la muerte de Josef Napolen, de los varios partidos que
dividen la Francia y de la sublevacin del Roselln. Si estas noticias
salen ciertas, podemos asegurar que lleg ya el da de la venganza y
de la libertad de Espaa.

--Vienen muy satisfactorios estos dos nmeros de la _Gaceta_--dijo
Amaranta.

--Ya saba yo todo eso--afirm con aplomo el Marqus--. Pero qu veo,
santos cielos! Este s que es noticin. Oigan todos, oiga usted, Sr.
D. Jos Mara: Valencia, 10 de junio. El ejrcito de Duhesme ha sido
derrotado. Corren voces de que el castillo de Figueras est en nuestro
poder; se repite la noticia del levantamiento del Roselln y de la
indignacin con que ha visto toda la Francia la conducta de su
Emperador con la Espaa.

Los sueltos que o leer en aquella ocasin pueden verse en la _Gaceta
Ministerial de Sevilla_, peridico oficial de la Junta Suprema. En sus
breves columnas se insertaban diariamente despachos y noticias que
remitan de todas partes... Dictbalas el entusiasmo y las devoraba
la credulidad, y como nadie las discuta, el efecto era inmenso. Segn
la _Gaceta Ministerial_, todos los das era derrotado un ejrcito
francs, y todos los das ocurra en Francia una insurreccin para
destronar al azotador de Europa. Ah!, entonces corran unas bolas,
junto a las cuales son flor de cantueso las equivocaciones del moderno
telgrafo.

--Oigan ustedes--indic la de Leiva, que haba tomado el peridico de
manos del Marqus--; sta s que es noticia extraordinaria. Y no digan
ustedes que la saban, porque hasta ahora no se ha hablado en Espaa
ni en el mundo de semejante cosa. Atencin: Cdiz, 14. Corre muy
vlida la voz de que la Francia est dividida en tres partidos:
borbnico, republicano y bonapartista. Tambin dice que han
desembarcado en Rosas 11.000 hombres con armas, que vienen de
Mallorca.

--Tres partidos!--grit el Marqus diplomtico, mirando a D. Jos
Mara.

--Tres partidos! Ya lo saba.

--Y yo tambin!... Pero corro a comunicar esta nueva a nuestros
amigos--dijo el Marqus, levantndose.

--Aguarda--le insinu su hermana--. No olvides que esta tarde tienes
que pasar por all.

--Otra vez! Si no hay quien la haga salir. Le he prometido, le he
rogado, le he amenazado, le he dicho mil finezas y ternuras, y nada,
no quiere salir. Por qu no vais vosotras?

--S, esta tarde iremos--afirm detenidamente la Marquesa--. Es
preciso que salga, porque sin ella no podemos volver a Madrid.

--Oh!, picarn..., ya sabemos el secreto--dijo Malespina,
dirigindose con maliciosa expresin al Marqus--. Ayer me hablaron
del caso en varias tertulias... Ya saba yo que haba usted sido un
terrible seductor... Pero ahora salimos con eso?

--Amigo, es preciso reparar de algn modo los extravos de una
borrascosa juventud. Ya sabe usted que hasta hace quince aos me
llamaban el _azote de las familias_. Pero ya pasaron aquellos tiempos,
y ahora...

--De modo que no vas esta tarde?

--Francamente--dijo el Marqus--, en estos das me gusta salir a la
calle lo menos posible. Suele haber tumultos..., la gente anda tan
excitada!... Qu susto me llev la otra tarde en el barrio de San
Lorenzo!..., y como a causa de la gota no puedo correr...

--Y como en la calle no se encuentran camas para esconderse debajo de
ellas... Vamos, vamos, Marqus, y leeremos a los amigos estas
estupendas novedades.

Salieron la Artillera y la Diplomacia, y como la Marquesa haba
salido de la habitacin un momento antes, quedamos solos otra vez
Amaranta y yo.

--Sigue contando--me dijo--. Y ese seor tendero con quien servas,
ha venido contigo a Crdoba?

--No, seora: yo no he vuelto ms a su casa. Sal de Madrid
acompaando al Sr. de Santorcaz.

--Santorcaz!--exclam la dama, ponindose encarnada y despus plida
como una difunta. Quin? Quin has dicho?

--Don Luis de Santorcaz, seora; un caballero castellano que ha venido
ahora de Francia.

Amaranta pareca sentir una emocin profunda. Para disimularse
levant fingiendo buscar algo, di media vuelta, sentse de nuevo,
despus se puso la mano sobre los ojos, y finalmente, rompi una flor
de trapo que tena entre sus manos.

--Qu estabas diciendo, que no te o...?

Que el Sr. de Santorcaz...

--Deja a ese hombre..., no hables de lo que no me interesa. Conque
antes decas que los tenderos de la calle de la Sal martirizaban a la
chiquilla...?

--S, seora, mucho. Me desgarraba el corazn--contest sin cuidarme
de disimular los sentimientos de mi alma.

--Era natural que te interesaras por la desgracia.

--Es que yo haba conocido a Ins antes de que a tal casa fuera.
Habala conocido cuando estaba con su to, el buen D. Celestino del
Malvar. Nos conocamos los dos, seora, y como ella era tan buena, y
yo tambin..., porque yo era muy bueno... En fin, seora, yo no puedo
ocultar a Usa la verdad.

--Dmela de una vez.

Dejndome llevar de la impetuosa pena que pugnaba por desbordarse en
mi afligido pecho, y olvidando toda la consideracin, todo tacto, toda
prudencia, con el acento de la verdad y de un dolor inmenso, dije lo
siguiente, sin reflexin ni clculo alguno:

--Seora, Ins y yo ramos novios... Yo la quiero, yo la adoro...;
ella tambin...

Levantse Amaranta rpidamente, y en su semblante observ seales de
repentina clera. Mandndome callar, despus de decirme que era un
desvergonzado y un truhn, agit con inquieta mano una campanilla.

Altos cielos, por qu no os hundisteis sobre m! Entr un criado, y
Amaranta le mand que me pusiera al instante en la puerta de la calle.




XIII


El criado, cumplidor de la ignominiosa orden, era un segundo mayordomo
llamado Romn, que desde su niez serva en la casa. Desde que le
conoc en El Escorial, aquel hombre me haba inspirado inexplicable
antipata, y digo esto y adems le nombro, para que mis lectores le
tengan presente, por si figurase despus un poco en los peregrinos
sucesos de esta historia.

Ser preciso que hable de mis tormentos morales en los das
siguientes a aquel suceso? Dios mo! Aburrir a mis lectores,
abusando de la gentil cortesa que les movi a fijar sus ojos en estas
relaciones. No: ms vale que devore en silencio mis penas y les hable
de otros asuntos, que as alcanzar la doble ventaja de
proporcionarles til entretenimiento, y de calmar mis pesares,
adormecindoles con el beleo de patritico entusiasmo.

En Crdoba reinaba gran impaciencia por la tardanza del ejrcito de
Castaos. Entonces, como ahora y como siempre, los profanos en el
arte de la guerra arreglaban fcilmente las cuestiones ms arduas,
charlando en cafs y en tertulias, y para ellos era muy fcil, como lo
es hoy, organizar ejrcitos, ganar batallas, sitiar plazas y coger
prisionero a medio mundo. A los profanos se unan los bullangueros y
voceadores, que entonces, Santo Dios!, pululaban tanto como en
nuestros felices das, y entre aqullos y stos y el torpe vulgo
armaban tal algazara, que no s cmo las Juntas y los Generales podan
resistirla.

Principi el chaparrn de comentarios sobre la lentitud con que
Castaos organizaba sus tropas: unos aseguraban que tena miedo;
otros, que estaba decidido a dar la batalla, pero que, seguro de
perderla, tena tomadas sus medidas para retirarse a Cdiz y huir a
las Amricas con lo ms granado de sus tropas; otros en fin, se
atrevieron a ms, y pronunciaron la palabra _traidor_. Esta palabra no
era entonces palabra, era un pual: vctimas de ella fueron Solano en
Cdiz, Perales en Madrid, Filangieri en Galicia, Cevallos en
Valladolid, Ordez en Palencia, El conde del guila en Sevilla,
Trujillo en Granada, Torre del Fresno en Badajoz, el barn de Albalat
en Valencia. Intil era decir a los impacientes de Crdoba que un
ejrcito no se instruye, arma y equipa en cuatro das: nada de esto
entendan. Aunque al travs del tiempo nos parezca lo contrario,
entonces se chillaba mucho, y tambin haba quien tomara muy a pechos
los asuntos de la guerra slo por el simple placer de meter ruido, y
tambin por hacerse de notar. Todos los das oamos decir: Maana
viene el ejrcito, o Ya ha salido de Utrera, ya est en Carmona...
Pero pasaban los das y el ejrcito no vena.

En tanto, en Crdoba no cesaban los trabajos. Si no tienen ustedes
idea de lo que es el delirio la guerra, entrense de aquello. En los
tiempos actuales, si hay guerra, las seoras, llevadas de sus
humanitarios sentimientos, se ocupan en hacer hilas. Ay!, entonces
las seoras tenan alma para ocuparse en fundir caones. Cuando tal
era el espritu de las mujeres, cmo estaran los hombres! Hilas!
All nadie pensaba en tales morondangas.

Los voluntarios y cuerpos francos se uniformaban segn el gusto
indumentario de cada uno, y aqu de la imaginacin de las hembras de
la familia para galonar marselleses, para emplumar sombreros y
guarnecer charpas y polainas. Se hicieron muchos uniformes; pero no
bastaban para equipar los dos regimientos, uno de caballera y otro de
infantera, que organiz la Junta de Crdoba. Sin embargo, este
inconveniente se obvi disponiendo que con cada prenda de vestir se
cubriesen dos: el uno llevaba los calzones, casaca y sombrero, y el
otro el pantaln, chaqueta y gorra de cuartel. El correaje tambin
serva para dos: uno llevaba la bayoneta en la cartuchera y el otro en
el porta-bayoneta, y no alcanzando las cartucheras y cananas, se
suplan con saquillos de lienzo. Ms adelante, cuando tenga el gusto
de describiros en su conjunto el ejrcito de Andaluca, dar completa
idea de su abigarrada conformacin y aspecto. Francamente, seores,
era aqul un ejrcito que causaba risa.

Durante los das que aguardamos la llegada de Castaos para
incorporarnos a l (y necesariamente tengo que volver a hablar de m),
yo haca una vida vagabunda y holgazana. Como el servicio del joven D.
Diego no exiga ms que presentarme en la posada a la hora de comer,
pasaba el da y parte de la noche discurriendo por aquellas tortuosas
calles, que convidan al transente a perderse en ellas, entregndose
al azar, a lo aventurero, a lo desconocido, sin saber adnde se va ni
de dnde se viene. Por ser la soledad mi mayor gusto, rechazaba la
compaa de mis camaradas, buscando errante y solo aquellos lugares
donde ms pronto me perda.

El nico sitio adonde iba deliberadamente todos los das era la casa
de Amaranta, y pasaba largas horas contemplando su puerta, fijos los
ojos en las desnudas paredes, como si quisiese leer en ellas alguna
mal escrita pgina de mi destino. Sus cerradas ventanas, sus espesas
celosas, no daban paso a ninguna esperanza. Sin embargo, aquella
fachada era tan elocuente, que no poda dejar de mirarla. Al apartarme
de all, el viejo muro con su puerta, sus ventanas, sus aleros y sus
miradores, quedaba tan presente en mi imaginacin como si fuese una
fisonoma. Cara funesta, que nunca tuvo una sonrisa para m! Los
criados de la casa, a quienes impacientemente preguntaba por Ins, no
saban o no queran darme noticia alguna.

Pero un da, precisamente el 1. de julio, cambi repentinamente la
situacin de mi espritu. Atiendan ustedes, que esto es de suma
importancia. Por fin, tras larga espera, lleg el ejrcito del general
Castaos, y al anochecer deba partir para el Carpio. Entre los
paisanos armados que se juntaron con Echevarri exista un grupo
compuesto de contrabandistas de Sierra Morena, de Villamanrique y de
Pozo Alcn, con los cuales fraternizaron bien pronto, formando
amistosa cuadrilla, los licenciados de Mlaga, batalln que se form
con alguna gente condenada por faltas, y que la Junta tuvo a bien
indultar. Estos caballeros, para cuya domesticacin emplearon grandes
rigores los jefes militares, tuvieron una reyerta en Crdoba con los
suizos de Reding. Fu cuestin de vino, prontamente aplacada, pero
que, sin embargo, alarm el barrio de Santa Marina durante media hora,
produciendo sustos, algunas corridas, tal cual desmayo de sensibles
mujeres, las que, al or los dos o tres tiros disparados en la
colisin, creyeron que los franceses estaban otra vez sobre Crdoba, y
as lo gritaban corriendo desordenadamente por las calles. La parte
mayor de la ciudad no se enter de este suceso, que insignificante en
las pginas de la historia patria, fu para m de trascendencia suma,
y ms digno de mencin que si hubiese derribado aejos tronos y
alterado la geografa del Continente. As, los granos de arena pesan a
veces como montaas en el destino de un ser humano, y lo que es gota
de agua en el cauce de la generalidad, es ro impetuoso en el de uno
solo, o viceversa, segn lo que nosotros llamamos antojos de all
arriba, y no es sino concierto sublime, que no podemos comprender,
como no puede una hormiga tragarse el Sol.

Pues bien: algunas horas antes de la que sealaron para la partida
sal a la calle, impulsado por un sentimiento de amor hacia los
laberintos de aquella ciudad que en sus repliegues escondidos haba
dado un asilo a mi tristeza. Senta salir de Crdoba como siente el
ermitao dejar su cueva. Habame acostumbrado a pasear mi aburrimiento
y soledad por aquellos callejones, a quienes en cierto modo haba
hecho confidentes de mi pesar; hallaba tantas perspectivas amigas en
un recodo, en una torre, en un ajimez, en una encrucijada, en un
poste, en una reja, en una piedra corroda por el tiempo, en un zcalo
garabateado por los chicos, que no pude menos de salir a dar el ltimo
adis a todas aquellas mudas compaas de mi tristeza. Aquel da
estaba ms triste que nunca.

Era de tarde: pas por una plazuela irregular y solitaria, de esas que
son la desesperacin de los arquitectos modernos: a un lado muros de
ladrillo, en los cuales, por la disposicin de este material, se ha
querido imitar una decoracin greco-romana, con jambas, dentculas,
capiteles, metopas y triglifos; a otro una pared sin puertas ni
ventanas; luego un descomunal portaln, una esquina cargada de
escudos, un farol, un santo, torres medio cadas y machones que se van
a caer, una plazuela, en fin, de esas que nos salen al paso cuando
visitamos cualquier vieja metrpoli, tal como Toledo, Granada,
Valladolid, Len, etc. Al atravesarla sent el ruido que cerca
produca la citada reyerta entre los licenciados y los suizos; oase
lejana algazara, y al extremo de largo callejn vi algunas mujeres que
corran gritando. Esto despert mi curiosidad y march hacia all;
pero no haba dado dos pasos, cuando me detuve asombrado y
estremecido, porque en el fondo de la plazuela, y en el ngulo que
sta formaba con una calle, vi una mano que me hacia seas; s, una
mano blanca que me llamaba.

Dirigme all, y en unos cuantos segundos se disip la ilusin. Me
re de mi torpeza al observar que en el ngulo mencionado haba una
imagen de la Virgen, de esas que la devocin de los espaoles ha
puesto en las antiguas calles. La Virgen tena una corona de hierro,
en cuyos picos debi de haberse enredado una cometa de algn chico de
la vecindad, pues un jirn de papel, todava suspendido junto al
cuerpo de la sagrada estatua, a impulsos del viento se mova. El
papelejo fu lo que a m me pareci un brazo que se mova y una mano
que me llamaba. Tal alucinacin en pleno da era seal de mi
estupidez, por lo cual, burlndome de m propio, segu mi camino.

Pasando bajo la imagen, contemplaba el jirn de la cometa, cuando me
detuve de nuevo, porque un objeto roz mi cara, producindome
escalofro. El jirn de papel se haba desprendido de la imagen,
cayendo sobre mi. Vean ustedes lo que es el estado del nimo! Aquel
hecho insignificante, tan insignificante como el aplastar un grano de
arena con nuestro pie, me hizo detener el paso, me hizo temblar, me
hizo mirar a todos lados, puso en mis labios esta pregunta, que me
dirig lleno de confusin: Pero, Gabriel, te has vuelto bobo, o lo
has sido toda tu vida?

Segu andando hacia la acera de enfrente, cuando de nuevo me detuve,
me qued helado, absorto, estupefacto, porque detrs de mi haba
sonado claramente mi nombre. Quin me llamaba? Volvime y nada vi. La
plazuela estaba enteramente desierta y muda: slo a lo lejos se oan
apenas algunas voces del altercado, que de ningn modo podan
confundirse con la que a mi espalda haba dicho Gabriel.

Al volverme, mis ojos se fijaron en una puerta: era la puerta de una
iglesia. Abiertas de par en par las hojas de madera chapeada, se vea
el cancel de mugriento cuero, con dos puertecillas laterales. Una
vieja, al salir, puso en movimiento las mohosas bisagras, y al ruido
de la herrumbre, un sonido lastimero lleg a mis odos, modulando
aquella voz que a m me haba parecido mi nombre. Esta vez no me re,
sino que entr decididamente en la iglesia. Vi muchos santos pintados
o de escultura, y, cosa singular!, parecime que todas las imgenes
sonrean apaciblemente. La iglesia era modesta, blanca, obscura. En
los lustrosos bancos se sentaban algunas seoras de edad. Las luces
del altar, al reflejarse en los oropeles de un luengo cortinn rojo
que serva de dosel a la Virgen, brillaban estrellas tembladoras de
aquella dulce obscuridad, indicando adnde deban dirigirse los
piadosos ojos. Al poco rato de estar all, parecime aquel interior
menos obscuro y comenc a ver distintamente todos los objetos. En el
fondo de la iglesia, frente al altar, haba una gran reja que se
alzaba desde el suelo al techo; tras esta reja percibanse vagas
claridades movibles y un murmullo sordo, de cuyo conjunto se destacaba
de rato en rato una tos o una slaba que repetan los ecos de la
bveda. Acercndome a la reja, pude fcilmente distinguir tras ella
bultos blancos y negros, entre los cuales algunos desfilaron
pausadamente y sin ruido hacia una puerta que se abra en el ngulo
del fondo, y otros permanecan inmviles y de rodillas. Eran las
monjas.

Contemplando la tranquilidad de aquellas santas mujeres, su apacible
recogimiento, la vaguedad aparente de sus formas corpreas, aquel
silencio de sus pasos que les asemejaba a simples creaciones de la luz
en el fondo de la cmara obscura; contemplando aquella calma de sus
rezos, que nadie oa, sent envidia de los que sumergen su vida en la
dulce sombra de un claustro. Yo no apartaba mis ojos del coro,
observando indiscretamente los movimientos de las buenas Madres, y
mientras mayor era mi atencin, con ms claridad se me iban
presentando los distintos objetos de aquel recinto, y vi poco a poco
los sillones, el facistol, el rgano, los cuadros. Tan lentamente
salan de la obscuridad los perfiles de estos objetos, que mi propia
imaginacin poda creerse autora de aquel espectculo.

El da iba descendiendo, y la iglesia se obscureca por grados; pero
una de las Madres, tirando de unas cuerdas, descorri la cortina negra
de la alta ventana del coro, y entonces entr la luz crepuscular,
dando a todo su verdadera forma. Retirronse algunas monjas; yo sent
el tenue chocar de las medallas de sus rosarios cuando levantaban la
rodilla, y luego besos. Era fcil contar el nmero de las que salan
por el nmero de los suaves estallidos que resonaban en aquel espacio,
porque todas al salir besaban los pies de un Cristo colgado junto a
la puerta. A esto atenda yo, cuando de las figuras que an quedaban
de rodillas en el centro del coro se levant una, dirigindose a la
reja y al mismo lugar en que yo estaba. Mi impresin al verla, al ver
su cara, al ver sus ojos que me miraban, fu tan viva, tan aterradora,
que hube de quedar petrificado, la sangre helada, la vida en suspenso,
hecho una estatua de plomo. Lo que estaba viendo, qu era? Era una
aberracin, un delirio, una imagen del sueo, un juguete fantstico,
obra de los ngeles traviesos para burlarse de los que con sus
mundanas tristezas van a profanar la casa de Dios? La mir fijamente,
atnito ante aquel enigma, ante aquel misterio; pero la visin no dur
ms que algunos segundos, porque la monja, llamada por otra, se apart
de la reja, y sali rpidamente del coro sin besar el pie del Santo
Cristo.

Al hallarme solo, reun todos, absolutamente todos los rayos de mi
razn, y juntndolos, los dirig a la confusa y negra obscuridad de
aquel fenmeno. Quise desvanecer el celaje que envolva mi
inteligencia hacindome estpido, y me pregunt si lo que acababa de
presenciar era reproduccin de aquella burla de mis sentidos que poco
antes me haba hecho ver una mano en un pedazo de papel y or mi
nombre en el chirrido de una puerta. Me di golpes en la cabeza; busqu
un sitio ms solitario, donde, serenndome, pudiera poner en claro
cuestin tan ardua, y sin saber cmo, di conmigo en el fondo de una
capilla. En un cuadro que se ofreci de improviso a mis ojos vi una
falange de ngeles, mil encantadoras criaturas de esas que sin ms
naturaleza corporal que una cabeza y dos alas, han creado los artistas
para regocijar los asuntos de la pintura mstica. Atrajeron mi
atencin aquellos seres juguetones y enredadores: todos se rean con
infantiles carcajadas, y entremezclndose volaban, rasgando nubes,
esparciendo flores con el batir de sus alas de pollo, y dndose de
coscorrones al chocar unas con otras las rubias cabecitas. Por
momentos me pareca que avanzaba sobre m la bandada de rostros
voladores, y luego retrocedan haciendo con alegre algazara
movimientos de miedo, para esconderse despus tras una nube, y hacerme
desde all guios con sus ojuelos, y encantadoras muecas con sus
bocas.

A tal situacin haban llegado mis sentidos, cuando el sacristn,
agitando un grueso manojo de llaves con cencerril estruendo, me hizo
salir de la iglesia, pues yo era la nica persona que en ella quedaba.
Sal; la luz de la calle pareci devolverme el sentido comn, que,
segn mi propia opinin, haba perdido. El tumulto de que poco antes
habl, continuaba ms reciamente, y algunas personas atravesaron a
toda prisa la plazuela. Entre stas vi un hombre, un caballero que
azorado y con miedo corra, volviendo la vista atrs, detenindose a
cada dos pasos, y vacilando luego sobre qu direccin tomara. Fijse
en mi, y al punto, llamndome por mi nombre, se me acerc con muestras
de alegra por haberme encontrado. Era el diplomtico.




XIV


--Gabriel--me dijo con voz temblorosa y sin dejar de mirar hacia el
sitio del tumulto--, vas a hacerme un favor... Los franceses! Estn
ah los franceses! S..., yo he visto pasar por esas calles las gorras
de pelo de a dos varas de alto... Bien lo deca yo... Mi sobrinita
y mi hermana tienen unas cosas...! A ellas solas se les ocurre
mandarme con esta comisin, sin reparar que la pierna gotosa no me
deja correr. Pero no doy un paso ms..., me retiro a casa...; t te
encargars de llevarlas flores, la carta y el recado... No oste un
tiro? Me parece que vienen por ese lado. Jess, esto es atroz! Si
viene una bala perdida... Adis, me voy; toma, chiquillo, encrgate
t de esto. Es muy fcil. Ah est el convento. Mira, en aquel
callejn est la puerta del torno. Entras, preguntas por la Srta.
Ins, la novicia..., pues. Dices que vas de parte de la Sra. Marquesa
de Leiva. Lo olvidars?... Dios mo! Esas mujeres que pasan
corriendo!... Sin duda los muy tunantes intentan deshonrarlas. Me
voy... Toma, entra t en el locutorio. Para qu vendra yo a estos
malditos barrios! Toma el ramo de flores contrahechas..., toma la
carta, que dars a la Srta. Ins...; le dices que la Sra. Marquesa
est enojada con ella, y que es preciso que a salir del convento se
decida. Insiste mucho en esto, eh?; dile que nos vamos para Madrid, y
que en la Corte del nuevo rey Jos I... Demonio, eso que ha sonado
es un tiro de obs!... Me parece que ha cado una granada en el techo
de esa casa.

--Una granada? Lo menos cincuenta van disparadas ya--dije yo,
atizando el fuego de su miedo para que se marchara pronto y me dejase
tan sublime comisin.

--Conque, chiquillo--continu, temblando como un azogado--, lo hars
bien? Si te dan contestacin la llevas a casa. Ve pronto. Yo me
escapar corriendo por esta calle donde no se siente ruido...; adis.

Desapareci el diplomtico, llevado por su miedo, y al punto entr en
la portera del convento con febril alegra, y di fuertes porrazos en
el torno. Una voz regaona me contest.

--_Deo gratias_--dije--. Vengo de parte de mi ama, la Sra. Marquesa de
Leiva, a traer un recado a la Srta. Ins.

La portera me dijo que esperara en el locutorio, y al poco rato de
estar all corrise la cortina de ste y vi dos monjas. No s cmo
pude mantenerme en pie. Una de ellas era Ins.

No me caba duda, era ella misma: en su semblante, adelgazado y
plido, haban impreso terribles huellas los sesenta das de
incesantes pesares transcurridos desde el 2 de mayo; pero la reconoc,
a pesar de la escassima luz del locutorio, y la hubiera reconocido
en la obscuridad de las entraas de la tierra. Parecime que al verme
cerr los ojos, y que asi las rejas con sus dos manos para
sostenerse. Cuando me dirigi la primera pregunta, temblaba su voz de
tal modo, que era imposible entender sus palabras. Sin poder decir una
sola, incapaz de discurso y de movimiento, permanec yo breve rato con
la cara apoyada en la reja.

La monja que la acompaaba me oblig por fin a romper el silencio.

--La Sra. Marquesa me ha dado este ramo de flores y esta carta--dije,
introduciendo ambas cosas para que las tomara Ins.

--Ah, el ramo para el Santo Nio de la Enfermera!--dijo la monja
vieja--. La seora Condesa no se olvida de nosotras.

--Tambin me ha dado un recado de palabra para la Srta.
Ins--continu--, y es que se prepare a salir del convento para partir
con ella a Madrid dentro de algunos das.

--Oh!--exclam la vieja--. La Sra. Condesa y la Sra. Marquesa hacen
mal en contrariar la decidida vocacin de esta nia. Por qu ese
empeo de llevarla a Madrid, cuando ella quiere dejar las maldades y
abominaciones del siglo! La pobrecita no quiere cuentas con nadie ms
que con su prometido Esposo, que es Nuestro Seor Jesucristo.

--Madre Transverberacin--dijo Ins con voz ms entera--, el chocolate
y los bollos que han hecho sus mercedes ayer para la seora Condesa,
dnde estn? Los ha trado su merced?

--No por cierto.

--Si tuviera su merced la bondad de ir a buscarlos para que los lleve
este mozo...!

--Bien pudo usted haberlos trado--replic gruendo la vieja.

--Si la Sra. Condesa no lo recibe esta tarde, se enojar mucho, y me
ser difcil convencerla de que no quiero dejar nunca ms esta santa
morada.

--Voy por l..., qu nias stas!

Dejnos solos la Madre Transverberacin, y entonces habl as:

--Ins ma, estoy vivo, he resucitado. Sal vivo de aquel montn de
muertos, donde perdimos para siempre a nuestro buen amigo don
Celestino. Al verme vivo y sin ti, pens que Dios me haba devuelto la
vida para castigarme; pero ahora que te encuentro, alabo a Dios porque
veo que no una, sino dos veces, me ha dado la vida.

--Debo salir de aqu? Debo hacer lo que me mandan esas seoras?--me
pregunt Ins con impaciencia, porque tema la vuelta de la Madre
Transverberacin.

--Si, Ins, sal de aqu. Haz lo que te mandan esas seoras. Qu dicen
en esa carta?

--Toma, lela--dijo, alargndola al travs de la reja.

A la escasa luz del locutorio pude leer la carta, que deca, entre
otras cosas relativas al ramo y al chocolate, lo siguiente: Esperamos
que cesar tu obstinacin en profesar. Nos oponemos resueltamente a
ello, y no queremos que tu ingreso en el seno de esta familia sea
seal de aniquilamiento de nuestra casa. Ya te dijimos que habamos
determinado casarte con un joven de alto linaje, proyecto en el cual
estriba la felicidad, grandeza y lustre de la familia a que
perteneces. Todo est concertado, y aunque se aplace por motivo de la
guerra, al fin tiene que ser; de modo que si persistes en profesar,
nos llenars de dolor. No anhelas servirnos de consuelo en nuestra
soledad? No correspondes al mucho amor que te profesamos? No deseas
ocupar el puesto que te pertenece en nuestro corazn y en nuestra
casa? Mi sobrina y yo iremos a convencerte, y en tanto disponemos el
viaje a Madrid, adonde nos acompaars, porque tu presencia es
indispensable a las diligencias de tu legitimacin.

--S, saldr--dijo Ins cuando acab de leer la carta--. Ya no quiero
estar ms aqu.

--Pues qu, estabas decidida a profesar?

--S, muy decidida. No tena yo ms consuelo que la idea de encerrarme
aqu para siempre. Cuando me trajeron a Crdoba..., qu das y qu
viaje!, yo no saba lo que era de m. Me encerraron en este
convento..., luego vinieron esas seoras a decirme que era su
sobrina..., me besaron..., lloraron mucho las dos...; luego dijeron
que me iban a casar, y cuando les contest: Pues ya que me han puesto
aqu, aqu he de quedarme toda la vida, ambas se afligieron mucho...
Me visitan con frecuencia, acompaadas de un seor de edad, que me
hace mil caricias y asegura quererme mucho; pero nunca he cedido a sus
ruegos para salir.

--Y ahora?

--Las paredes del convento se me caen encima, y anhelo salir.

--Pero te van a casar!--exclam indignado--. Te quieren casar, y no
se hunde el mundo.

Entonces se ri, creo que por primera vez desde mucho tiempo, y
aquella espontnea alegra me pareci expresin de una renaciente
vida. Ins sala del seno del claustro como yo del montn de muertos
de la Moncloa, y al contestar con una sonrisa a mis amorosas quejas,
sacaba del sepulcro de la Orden el pie que tan impremeditadamente
haba metido dentro. Vindola rer, reme yo tambin, y al punto,
olvidando la situacin, nos hablamos con la confianza de aquellos
tiempos en que de nuestras penas hacamos una sola.

--Ay, chiquilla! Ahora que eres archiduquesa y archipmpana, no
tienes vergenza de quererme?

--Pero qu quieren hacer de m?--pregunt, ponindose triste otra
vez.

--Mira, princesa, haz lo que te mandan esas seoras: obedcelas en
todo. Ya habrs conocido el parentesco que tienes con ellas. Dios te
ha puesto en sus manos; acepta lo que Dios te da, y l arreglar lo
dems.

--Saldr del convento--afirm ella--. Ay! No se asustarn poco las
Madres cuando me lo oigan decir. Pero ya Dios no quiere que yo sea
monja.

--No lo sers, no; y cuando yo vuelva de la guerra...

--Pero vas t a la guerra? Chiquillo, quin te ha metido a ti en
guerras?

--Pues qu he de hacer? Quieres que toda la vida sea criado?
Escucha, Ins, lo que me pas hace das en casa de la Sra. Condesa.
Fu a visitarla, y habiendo cometido la indiscrecin de decirle que te
quera, se enfureci de tal modo, que me hizo poner en la puerta de la
calle.

Ins cruz las manos, dejndolas caer luego con desaliento sobre su
falda, mientras elevaba sus ojos al cielo, sin decir nada.

--No soy ms que un criado, Ins!--exclam, agarrndome con fuerza a
la reja y sacudindola, como si quisiera hacerla pedazos--; no soy ms
que un miserable chico de las calles, indigno de ser mirado por
personas de tu categora. Despus que nos separamos, mira qu
distantes estamos uno de otro. Pero no creas que lo siento; me gusta
verte donde estar debes.

--Y t?--me pregunt con perplejidad.

--Yo har lo que deba, Inesilla. Sal de este convento, ve con esas
seoras y esprame tranquila, con la segundad de que ir a buscarte.
Si para entonces no has variado..., si te encuentro la misma...

Contestme al instante pasando su dedo ndice por uno de los huecos de
la reja. Yo se lo bes, se lo mord tan sin pensarlo, que ella no pudo
contener un ligero grito, a punto que la Madre Transverberacin
regresaba con el chocolate y los bollos.

--Qu es eso, nia?--pregunt la vieja, asombrada de orla chillar.

--Nada, Madre Transverberacin. Esta reja tiene unos picos... Al
mover la mano me lastim un dedo--dijo Ins, chupndose la coyuntura
del dedo ndice y sacudindolo despus para fingir el dolor del
supuesto rasguo.

--Aqu estn el chocolate y los bollos--aadi la monja--. Vaya, ya es
tiempo de que se marche ese mocito, porque obscurece y no es sta hora
de tener abierto el locutorio.

--Rabiando estoy por marcharme--repliqu--. Vengan ac esos bollos y
ese chocolate, que la Sra. Marquesa estar con el alma en un hilo
aguardando tan buenas cosas. Y qu le digo a su merced en
contestacin al recado que tuve el honor de traer?

--Que est muy bien--contest Ins, apretando su cara contra la
reja.--Que har lo que me mandan, y que cuando quieran venir por m,
estoy dispuesta a salir del convento.

--Cmo es eso, nia?--gru alarmada la monja--. Que quiere usted
salir! Qu pensar su futuro Esposo Jesucristo si llega a sus odos
lo que usted ha dicho! Y tiene que saberlo forzosamente, porque l
est en todas partes y todo lo oye. Nada, nada--aadi, arrimando su
hocico a la verja--. Rapaz, a la Sra. Marquesa dir usted que la nia
persiste en su ejemplar vocacin, y que si quieren verla enfadada y
bufando de rabia, que le hablen del siglo y sus tentaciones.

Ins prorrumpi en una carcajada tan natural, tan graciosa, tan
fresca, tan jovial, que hasta las paredes del convento parecan
regocijarse con tan alegre msica.

--Qu risas tan mundanas son sas?--dijo la Madre Transverberacin--.
Es la primera vez que se re usted de ese modo en esta casa. Qu pasa
para tanta alegra?... Adentro, nia, adentro; daremos parte de este
inaudito desenfado a la Madre Abadesa.

Cerrse el locutorio y sal a la calle. Sentame con nueva vida, con
centuplicadas fuerzas en mi espritu y en mi cuerpo; sentame capaz de
todo, de la abnegacin, de la lucha, hasta del herosmo, porque la
presencia y las palabras de Ins haban abierto desconocidos
horizontes, inmensos espacios delante de m.




XV


Antes de llegar a la posada, fuerte ruido de tambores y cornetas me
anunci la salida del ejrcito. Corr a buscar mis armas y mi
caballo, y antes de que se notara mi falta, ya estaba en fila con el
seorito conde de Rumblar, Marijun y los dems de la partida. Era ya
de noche cuando salimos, y el pueblo todo tom parte en aquella
espontnea fiesta de nuestra despedida: millares de luces se
encendieron a nuestro paso en balcones y puertas; ninguna mujer dej
de saludarnos desde la reja, ya sin galn, y todos los chicos
engendrados por aquella fecunda generacin salieron delante de los
tambores, acompandonos hasta ms all de la Puerta Nueva.

Anduvimos toda la noche, y al da siguiente, al salir del Carpio, nos
desviamos del camino real de Andaluca, tomando a la derecha en
direccin a Bujalance. Durante esta primera jornada encontramos a
Santorcaz, que haba salido de Bailn para incorporarse a su
cuadrilla, y a todos nos di mucho gusto el verle.

--Aqu traigo varios regalitos que le manda a usted su seora
mam--dijo a mi amo, entregndole unos paquetes--. La seora estaba
desazonada por no haber tenido noticias de usted, y me encarg que le
cuidase bien. Hizo el Sr. Conde las visitas que D. Mara le encarg?

--Puntualmente--contest mi amo--. Y usted, por qu no ha venido
antes?

--Qu demonio! Con estas cosas ni tenemos posta ni quien lleve una
carta. Sin embargo, yo recib las que esperaba, y aqu estoy al fin,
deseando, como los dems, que tropecemos con los franceses.

Desde entonces fu Santorcaz el principal personaje de la cuadrilla
despus del amo, lugar que supo conquistarse con la desenvoltura
subyugadora de su conversacin. Pona l todo suesmero en agradar a D.
Diego, cosa fcil de conseguir, y siempre fijo al lado de ste,
cautiv prontamente el nimo del buen chico, ya contndole hazaas y
extraordinarios hechos, ya sugirindole con su frtil imaginacin
ideas y conceptos propios para enloquecer a un joven de chispa, pero
muy atrasado en su desarrollo intelectual.

Y a todas estas, seores mos, ni una palabra os he dicho de aquel
ejrcito, ni de su extraa composicin; pero atended ahora, que lejos
de ser tarde, es sta la coyuntura propicia de hacerlo, segn el
refrn que dice: Cada cosa en su tiempo, y los nabos en Adviento.

La base del ejrcito de Andaluca estaba en las tropas del campo de
San Roque, mandadas por Castaos, y en las que despus trajo don
Teodoro Reding de Granada. Componase de lo ms selecto de nuestra
infantera de lnea, con algunos caballos y muy buena artillera, no
excediendo su nmero de trece a catorce mil hombres. Agregronse
algunos regimientos provinciales y los paisanos que espontneamente o
por disposicin de las Juntas se engancharon en las principales
ciudades de Andaluca. Difcil es conocer la cifra exacta a que se
elevaron las fuerzas de paisanos armados; pero seguramente eran
muchos, porque la convocatoria haba llamado a todos los mozos de diez
y seis a cuarenta y cinco aos, solteros, casados y viudos sin hijos,
de cinco pies menos una pulgada, medidos descalzos. Adems de los
notoriamente intiles, como cojos, mancos, ciegos, etc., eran
exceptuados los que tenan su mujer encinta o ejercan cargos
pblicos, as como a los ordenados de Epstola; pero no haba
excepcin por razn de cosecha o labores del campo. Los nicos
rechazados de las filas, sin tener aquellos reparos, eran los _negros,
mulatos, carniceros, verdugos_ y _pregoneros_. Con paisanos, pues,
cre Sevilla cinco batallones y dos regimientos de caballera; Cdiz
mand el batalln de tiradores que llevaba su nombre, y las ciudades y
villas de Utrera, Jerez, Osuna, Carmona, Jan, Montoro y Cabra
enviaron cuerpos de infantera y caballera de nmero irregular.

Esto aument el ejrcito; pero an deba crecer un poco ms aqul, que
empez enano y deba ser gigante terrible, si no por su tamao, por su
fuerza. Los militares espaoles que el Gobierno de Madrid incorporaba
a las divisiones de Moncey, de Vedel o de Lefebvre iban huyendo de sus
traidoras filas en cuanto se les presentaba ocasin para ello, de tal
modo, que al verificar sus marchas aquellos ejrcitos por parajes
montuosos o quebrados, vean que los espaoles se les escapaban por
entre los dedos, como suele decirse. Los desertores acudan a engrosar
las tropas del ejrcito de Blake, del de Cuesta o del de Castaos; y a
Carmona y a Crdoba llegaron muchos, escapados de las filas de Moncey,
as como casi todos los que hacan la campaa de Portugal con Junot.
Aquellos oficiales y soldados, al romper la disciplina literal que los
sujetaba a la Francia invasora para acudir al llamamiento de la
disciplina moral de su patria oprimida, hacan el viaje disfrazados,
traspasaban a pie las altas montaas y los ardientes llanos, hasta
encontrar un ncleo de fuerza espaola. Daba lstima verles llegar
rotos, descalzos y hambrientos, aunque su gozo por hallarse al fin en
tierra no invadida les haca olvidar todas las penas. Con estos
desertores, entre quienes haba guardias de Corps, valones,
ingenieros y artilleros, aument un poco nuestro ejrcito.

Pero an creci algo ms. La Junta de Sevilla haba indultado el 15 de
mayo a todos los contrabandistas y a los penados que no lo fueran por
los delitos de homicidio, alevosa o lesa majestad humana o divina, y
esto trajo una partida, que si no era la mejor tropa del mundo por sus
costumbres, en cambio no tema combatir, y fuertemente disciplinada,
di al ejrcito excelentes soldados. Ibros, lugar clebre en los
fastos del contrabando; Jandulilla, Campillo de Arenas, y otras
localidades, entregadas ms tarde al sable de la Guardia civil y de
los Carabineros, enviaron respetables escuadrones, con la
particularidad de que por venir armados hasta los dientes, y ser todos
unos caballeros de muy buen temple, que saban dnde echaban la boca
del trabuco, se les reput como auxiliares muy eficaces del ejrcito.
Cuerpos reglamentados espaoles, con algunos suizos y valones;
regimientos de lnea, que eran la flor de la tropa espaola;
regimientos provinciales, que ignoraban la guerra, pero que se
disponan a aprenderla; honrados paisanos, en su mayor parte muy
duchos en el arte de la caza, y por lo general tiraban admirablemente;
y, por ltimo, contrabandistas, granujas, vagabundos de la sierra,
chulillos de Crdoba, holgazanes convertidos en guerreros al calor de
aquel fuego patritico que inflamaba el pas; perdidos y merodeadores,
que ponan al servicio de la causa nacional sus malas artes; lo bueno
y lo malo, lo noble y lo innoble que el pas tena, desde su general
ms hbil hasta el ltimo pelaire del Potro de Crdoba, paisano y
colega de los que mantearon a Sancho: tales eran los elementos del
ejrcito andaluz.

Se form de lo que exista: entraron a componer aquel gran amasijo la
flor y la escoria de la nacin; nada qued escondido, porque la
fermentacin lo sac todo a la superficie, y el crter de nuestra
venganza esputaba lo mismo el puro fuego que las pestilentes lavas.
Removido el seno de la patria, ech fuera cuanto haban engendrado en
l los gloriosos y los degenerados siglos, y no alcanzando a
defenderse con un solo brazo, trabaj con el derecho y el izquierdo,
blandiendo con aqul la espada histrica y con ste la navaja.

En cuanto a uniformes y trajes, habalos de todas las formas
conocidas. Es prodigioso cmo se equip aquel ejrcito de paisanos en
diez y seis das. La Administracin actual, con todos sus recursos, es
un sastre de portal comparada con aquel confeccionador que puso en
movimiento millones de agujas en dos semanas. En cierto estado que la
Historia no ha credo digno de sus pginas, pero que existe an,
aunque en el olvido, se consigna el nmero de piezas de vestuario que
hicieron gratuitamente las monjas y seoras de Sevilla. Dice as:

Por las Comunidades y seoras de distincin se han hecho 3.335
camisas, 1.768 pantalones y 167 casacas de soldado; 1.001 camisas, 312
pantalones y 700 chalecos de sargento; 374 botines de pao, 149 sacos
de caballera, 16 mochilas y 1.684 escarapelas. Las seoras de
Alcolea, las de Carmona, Lora del Ro y otros pueblos figuran en la
cuenta con cifras parecidas.

Esta diversidad de manos en la hechura de vestimenta indica que la voz
_uniforme_, en lo tocante a voluntarios, era una vana palabra. Al lado
de las casacas blancas con solapa negra, carmes o azul, que vestan
la mayor parte de los regimientos de lnea; al lado de las levitas
azules con bandolera que vestan valones y suizos, veamos los
chaquetones de pao pardo con que se cubra la gente colecticia. Entre
los altos morriones de la artillera y las gorras de los granaderos,
llamaban la atencin nuestros blancos sombreros portugueses, y las
gorras de cuartel, y los tocados de innumerables clases con que
cubran sus chollas los tiradores y voluntarios de los pueblos. Como
antes he dicho, aquel ejrcito haca rer.

Y el dinero para la guerra? Causa risa ver cmo se da hoy de
calabazas un ministro de Hacienda para _arbitrar_, con destino a otra
guerra, unos cuantos millones que nadie quiere darle si no hipoteca
hasta el ltimo pingajo de la nacin. Aprended, generaciones egostas.
Leed las listas de donativos hechos por los gremios, por los
comerciantes, por los nobles y hasta por los mendigos. Aquel s era
llover de dinero, y reunirlo a montones, sin que ni un realito de
velln se escapase por entre los agujeros del cesto administrativo! En
la lista de donaciones hay una partida conmovedora que dice as: La
Sra. Condesa viuda de Montelirios ha entregado su _toaleta_ de plata,
manifestando el sentimiento de que sus medios no alcancen tanto como
su voluntad.

Habr hoy quien d su _toaleta_?...




XVI


Nuestra marcha por Caete de las Torres en direccin al ro Salado era
un verdadero paseo triunfal, mejor dicho, casi no pareca que
marchbamos, porque la gente de los pueblos, incluso mujeres, ancianos
y chicuelos, nos seguan a un lado y otro del camino, improvisando
fiestas y bailes en todas las paradas. Cuando el ejrcito se detena,
eclipsbanse en apariencia todos los males de la patria, porque la
tropa, recobrando el buen humor, converta el campamento en una feria.
Yo no s de dnde salan tantas guitarras; no pude comprender de qu
estaban hechos aquellos cuerpos, tan incansables en el baile como en
el ejercicio, ni de qu metal dursimo eran las gargantas, para ser
tan constantes en el gritar y cantar.

Como durante la primera semana del mes de julio no nos faltaron
vveres abundantes, lo pasbamos perfectamente; y como tampoco
tropezamos con los franceses, establecidos, aunque muy inquietos, al
otro lado del ro, a todos, especialmente a los inexpertos, nos
pareca la guerra una ocupacin dulcsima. Sobre todo, el condesito de
Rumblar no caba en su pellejo de puro alborozado; y como con el roce
de tanta y tan diversa gente se iba despabilando por extremo, lleg a
adquirir un desembarazo, un dominio de su propia persona que antes no
tena. Santorcaz, como dije, haba logrado en poco tiempo gran
ascendiente sobre D. Diego, de tal modo, que cuanto nuestro mozalbete
pona por obra, lo consultaba con aqul. Marijun, en cambio, haca
buenas migas con un servidor de ustedes, y siempre juntos en las
marchas y en los descansos, nos contbamos nuestras cosas,
compadecindonos y consolndonos mutuamente. Nosotros dos solos, y sin
dar parte a nadie, nos comimos el divino chocolate y los bollos de la
Madre Transverberacin.

Todo el ejrcito tena gran impaciencia por venir a las manos con la
_canalla_. Como existen en todo campamento, adems del supremo consejo
que se celebra en la tienda del General, tantos consejillos como
grupos de soldados se escalonan aqu y all, en la cantina o en campo
raso, para echar una caa o tirar un par de cartas, nosotros siempre
estbamos dilucidando en corros ms o menos grandes la eterna cuestin
de nuestro encuentro con los franceses. Cuntas veces, reunidos junto
a un tambor, donde haba un jarro de vino, dispusimos el paso del ro,
el ataque del enemigo en su posicin de Andjar, u otras hazaas de la
misma harina!

Un da, hallndonos en Porcuna, y despus que se nos uni el ejrcito
de Reding, resolvimos, tras de ardiente discusin, que los generales
estaban atolondrados y sin saber qu plan adoptaran. El conde de
Rumblar dijo que iba a escribir a su maestro D. Paco, para que le
dijera qu operaciones convenan ms; pero como todos se rieran de
esta ocurrencia, nuestro generalito se amosc y fu a que le consolara
con sus adulaciones interminables el lugarteniente Santorcaz.

Por ltimo, tras largo consejo celebrado por los generales, se dijo
que iban a ser distribudas las divisiones para tomar la ofensiva
inmediatamente. Aqul da, que fu, si no recuerdo mal, el 12 o el 13
de julio, vi por primera vez al general Castaos, cuando nos pas
revista. Pareca tener cincuenta aos, y por cierto que me caus
sorpresa su rostro, pues yo me lo figuraba con semblante fiero y
ceudo, segn a mi entender deba tenerlo todo general en jefe puesto
al frente de tan valientes tropas. Muy al contrario, la cara del
general Castaos no causaba espanto a nadie, aunque s respeto, pues
los chascarrillos y las ingeniosas ocurrencias que le eran propias las
guardaba para las intimidades de su tienda. Montaba airosamente a
caballo, y en sus modales y apostura haba aquella gracia corts y
urbana que tan comn ha sido a nuestros Csares y Pompeyos. Es preciso
confesar que a caballo y en las paradas hemos tenido grandes figuras.
Esto no es decir que Castaos fuera simplemente un general de parada,
pues en 1808, y antes de inmortalizar su nombre, tena muy buenos
antecedentes militares, aunque haba hecho su carrera con rapidez
grande, si no desusada en aquellos tiempos. A los doce aos de edad
obtuvo el mando de una compaa; a los veintiocho le hicieron teniente
coronel, y a los treinta y tres, coronel. Si en su juventud no asisti
a ninguna campaa, en 1794, y cuando contaba treinta y ocho aos y
posea la faja de mariscal de campo, estuvo en la del Roselln a las
rdenes del general Caro, y all le hirieron gravemente en el lado
izquierdo del cuello. Cuentan que la ligera inclinacin de su cabeza
hacia aquel lado provena de la tal herida.

Voy a decir de qu manera nos distribuyeron. La primera divisin la
mandaba Reding; la segunda, Coupigny, y la tercera, Jones; la reserva
estaba a las rdenes de D. Juan de la Pea, y mandaban destacamentos
sueltos, de mil hombres poco ms o menos, en calidad de tropas
volantes para mortificar al enemigo, D. Juan de la Cruz, el marqus de
Valdecaas y D. Pedro Echevarri, que despus fu uno de los ms
famosos polizontes de la reaccin. Trescientos escopeteros, que haban
salido Dios sabe de dnde, eran capitaneados por el presbtero D.
Ramn de Argote. No es verdad que hubiera estado mejor diciendo misa?

A caballo ramos tres mil, fuerza no muy grande si se considera que
bamos a operar en pas entrellano y contra jinetes muy aguerridos;
pero, en cambio, nuestra artillera era de primer orden. Tenamos
veinticuatro piezas, servidas por el Real Cuerpo, con lo ms florido
de aquella oficialidad a quien estaba reservado la mayor gloria de la
guerra, desde el 2 de mayo hasta la batalla de Vitoria.

Nosotros nos extendamos por la izquierda del Guadalquivir, ocupando
los pueblos de Porcuna y Lopera; y alargando una de nuestras alas por
el camino de Arjonilla, observbamos la orilla derecha, mientras la
otra ala se extenda hacia Higuera de Arjona buscando a Menjbar.
Ocupaba el francs a Andjar con las fuerzas que primitivamente trajo
a la tierra andaluza, y que haban vencido en el puente de Alcolea y
saqueado a Crdoba. La divisin de Vedel, fuerte de diez mil hombres,
hallbase en Bailn, y la pequea divisin de Ligier-Belair, el mismo
general que vimos batirse con los vecinos de Valdepeas en los
primeros das de junio, estaba en Menjbar guardando el paso del ro.
Andjar, Bailn, Menjbar. Del primero al segundo punto corra la
carretera general de Andaluca, desde Bailn a Menjbar el camino que
iba a Jan, y desde Menjbar a Andjar el ro. Conserven ustedes en la
memoria la disposicin de este tringulo para comprender la
importancia de los movimientos de ambos ejrcitos.

Cualquiera que fuese el pensamiento de nuestros generales, lo cierto
es que la primera divisin recibi orden inmediata de ponerse en
marcha, mientras Castaos con la tercera y la reserva se diriga hacia
el puente de Marmolejo para pasarlo y atacar a Dupont en Andjar. Ya
he dicho que mandaba D. Teodoro Reding la primera divisin; lo que an
no ha sido escrito por la Historia ni dicho por m es que yo formaba
parte de ella, porque toda la caballera voluntaria haba sido
incorporada, mejor dicho, fundida en los batallones del ejrcito, que
apenas contaban con la mitad del contingente. A mi amo y a los que le
seguan nos toc formar en las filas del regimiento de Farnesio,
mientras que los lanceros de Sevilla fueron casi todos incorporados al
regimiento de Espaa.

El da 13 nos separamos de nuestros compaeros y tomamos el camino,
mejor dicho, las veredas y trochas que conducen a Menjbar. No
llegbamos a seis mil; pero ramos buena gente, aunque me est mal el
decirlo. El regimiento de guardias valones, los suizos, el de la
Corona, el de Irlanda, el de Jan, los granaderos provinciales, los
fusileros de Carmona, la caballera de Farnesio y las seis bocas de
fuego que mandaba D. Antonio de la Cruz, eran piezas respetables,
orgullosas de s mismas. Tenamos por General a un hombre impetuoso,
de ms arrojo que prudencia; mediano tctico, pero incansable en las
marchas. Nuestro Jefe de Estado Mayor, D. Francisco Javier Abada, era
un militar muy entendido, quizs de los mejores que entonces tena el
ejrcito espaol, y el coronel puesto al frente de la artillera
pasaba por un oficial de mucho entendimiento en su arma. Nosotros le
llambamos el _sainetero_, por ser hijo de D. Ramn de la Cruz.

Adelante, pues al llegar a Menjbar, encontramos la poblacin muy
alborotada porque un destacamento francs, enviado a Jan en busca de
vveres, despus de saquear horriblemente esta ciudad, haba
retrocedido a su cuartel general, asolando a su paso la comarca. De
Jan se contaban atrocidades que apenas son crebles en militares de
un pas europeo. Dijronnos que mujeres y nios haban sido
inhumanamente degollados, y que igual muerte padecieron dentro de sus
mismos hospitales varios frailes agustinos y dominicos enfermos. La
consternacin de aquellos pueblos era excesiva, y al aproximarse las
tropas, acudan en tropel a nuestro encuentro, derramando lgrimas de
ira, suplicndonos que no dejramos vivo un francs, y pidiendo los
viejos an fuertes y los rapaces de doce aos que se les dejase
marchar entre las filas para ayudarnos. Segn nos decan despus del
saqueo, en los caseros inmediatos al trnsito, Almenara, Fuente del
Rey, Graena y otros, no haban dejado ni un grano de trigo, ni un
azumbre de vino, ni un puado de paja. Hasta las medicinas de las
boticas y de los hospitales de Jan fueron robadas, y al propio
tiempo, ni un carro ni una mula quedaron en todos aquellos contornos.

Muchas familias expoliadas haban acudido a Menjbar. En la plaza del
pueblo dos frailes escapados a las carniceras de Jan, predicaban el
exterminio de los franceses. Al ver la indignacin de aquella infeliz
gente robada y vejada, al ver las mujeres que acudan frenticas y
rabiosas pidindonos que vengramos a sus inocentes hijos, degollados
sin piedad en la cuna, comprend las crueldades de que por su parte
empezaban a ser vctimas los franceses cuando se rezagaban.




XVII


Antes de decidirse a pasar el ro, nuestro General mand una pequea
fuerza en reconocimiento de la situacin de las tropas de Coupigny.
Algunos jinetes de Farnesio tomaron parte en esta expedicin, y
Marijun, que fu en ella, nos cont a su regreso, en la tarde del 15,
que haban encontrado la divisin del Marqus hacia Villanueva de la
Reina, donde le entregaron los pliegos de Reding. Desde el campamento
de Coupigny se haba visto una gran polvareda en la orilla derecha, y
pareca que la divisin de Vedel marchaba desde Bailn a Andjar, para
reforzar a Dupont, que ya haba trabado la lucha con Castaos. La
gente venida de Arjonilla aseguraba haber odo fuerte caoneo hacia la
parte de los Visos.

--A estas horas--deca Marijun--, o ellos o los de Castaos han de
estar derrotados.

--Y qu esperaba el Marqus en Villanueva de la Reina?--pregunt
Santorcaz con aquella suficiencia estratgica que le hiciera tan digno
de admiracin a los ojos del joven D. Diego.

--All se estaba tan quieto--repuso Marijun--. Parece que est de
acuerdo con nuestro General para operar en combinacin y atacar
juntos a Bailn.

--Pero qu estrategia es sa, ni a qu conduce atacar a Bailn?--dijo
Santorcaz, atrayendo en su alrededor un crculo de soldados--. No
dices que la divisin Vedel sali de Bailn y est ya sobre Andjar?

--S; as lo decan en Villanueva.

--Pues si no hay enemigos en Bailn, qu es eso de atacar a Bailn?
Se tratar de ocuparlo para luego avanzar por el arrecife y embestir a
Dupont y a Vedel por la espalda, mientras Castaos, Jones y Pea lo
atacan de frente.

--Eso, eso ser--dijimos todos--. De ese modo les cogeremos entre dos
fuegos, y no escapar ni una patena de las que robaron en Crdoba.

--Pero si se es el plan, ya deba estar puesto en ejecucin. Si se
estn batiendo en Andjar, a estas horas deberamos estar nosotros
cayendo sobre la retaguardia francesa; mientras que si nos ponemos en
marcha esta noche y llegamos maana, sabe Dios...

Al anochecer se nos orden marchar ro arriba, lo cual no comprendimos
ni poco ni mucho hasta que algunos compaeros, que eran del pas y
conocan el terreno, nos dijeron que bamos buscando el vado del
Rincn para pasar al otro lado. Por la noche, algunas fuerzas de
infantera y dos piezas pasaron por junto a la barca, mientras el
grueso del ejrcito con la caballera nos disponamos a hacerlo media
legua ms arriba. Antes de amanecer sentimos algunos tiros del otro
lado, y disenos orden de hacer el menor ruido posible y de no
encender lumbre. La noche era calurosa; habamos comido poco y mal el
da anterior, y con esto y el no dormir no estbamos del mejor humor;
pero la guerra tiene mil contrariedades, y ojal fueran todas como
aqulla. Entramos al fin en el ro, cuyo frescor agradecieron mucho
nuestros cuerpos, secos e irritados por el calor y el polvo, y algn
tiempo despus, cuando comenzaban a iluminar el horizonte los primeros
vislumbres de la aurora, ya ramos dueos de la orilla derecha. El
Mayor General Abada, que haba dirigido el paso, nos mand
replegarnos a un sitio bajo, donde casi toda la fuerza poda
permanecer oculta, y all aguardamos ms de media hora. No se vean
los enemigos por ningn lado; pero all lejos, hacia la barca,
continuaba cada vez ms vivo el tiroteo de fusil.

El terreno es por all bastante quebrado, abundando los matojos, y
entre stos designaron un camino de trocha por donde avanz la
infantera, mientras a los de a caballo se nos mand caminar por
terreno ms alto. Habamos tomado tan al pie de la letra la orden de
no hacer ruido, que avanzamos despacio y silenciosamente con el alma
en suspenso, los ojos atentamente fijos en el ltimo trmino del
terreno hacia la izquierda, punto donde se haba trabado la accin.
Vimos al fin a los franceses tirotendose con nuestros compaeros, con
aquellos que haban pasado la barca durante la noche, y luchaban en un
campo bajo, salpicado de espesos matorrales.

En una loma, y como a dos tiros de fusil de aquel sitio, brillaba
inmvil e imponente una cosa que desde el primer momento atrajo
nuestras miradas, infundindonos algn recelo. Era un escuadrn de
coraceros, la mejor caballera del ejrcito de Dupont. Todos los
jinetes contemplamos el resplandor de las bruidas corazas, en cuyos
petos el sol naciente produca plateados reflejos; y despus de mirar
aquello sin decir nada, nos miramos unos a otros, como si nos
contramos. Ni una voz se oa en nuestras filas; a todos se nos haba
cambiado el color, y temblbamos, aunque cada cual hiciera esfuerzos
para disimularlo. El nico rumor que turbaba el profundo silencio de
nuestro regimiento, donde hasta los caballos parecan contener el
aliento y explorar el campo con atnitos ojos, era un ligero y casi
imperceptible son metlico producido por las estrellas de las
espuelas. Aquel temblor de piernas es un accidente que la caballera
observa siempre en el comienzo de toda batalla.

El combate, principiado en guerrillas, arreciaba desde que empez la
infantera a desplegar un frente compacto de consideracin. Pero casi
toda la tropa espaola se mantena en reserva, esperando a saber
fijamente si los franceses ocultaban una gran fuerza en la carretera
de Bailn. Mientras el frente espaol aumentaba sus tiros,
resistiendo a las innumerables guerrillas francesas que al abrigo de
sus posiciones medio atrincheradas hacan fuego mortfero, la
artillera continuaba a retaguardia, y la caballera, asimismo fuera
de accin, recibi orden de ocupar un cerro a mano derecha. Fijos
all, no quitbamos los ojos de la tremenda fila de corazas que
resplandecan en la loma de enfrente, quietas y confiadas en su valor
y pesadumbre. Aquella fuerza era muy superior a la nuestra por su
organizacin y marcialidad; pero nosotros tenamos sobre ella, adems
de la ventaja numrica, que no era de gran valor, dada nuestra
impericia, la siguiente ventaja moral: puestos ellos en la vertiente
anterior de una loma, todo su poder y su nmero se presentaban a
nuestra vista; no haba ms coraceros que aqullos, y podamos
contarlos uno por uno. Nosotros, en cambio, estbamos sabiamente
colocados por el Mayor General en otra altura parecida; pero slo una
quinta parte del regimiento ocupaba la parte culminante de la loma,
mientras que todo lo dems se extenda en la vertiente posterior,
permaneciendo oculto a la vista del enemigo; de modo que si nosotros
les contbamos perfectamente a ellos, los franceses, engaados por la
apariencia, se reiran de los cuarenta jinetes sin uniforme,
enseoreados del cerro con aire de perdonavidas.

Nosotros tenamos sobre ellos la ventaja de lo desconocido, que es el
genio tutelar de las batallas, de eso que no se ve y que en el momento
apurado y crtico sale inopinadamente de lo hondo de un camino, del
respaldo de una loma, de la espesura de un bosque; combatiente de
ltima hora que la tierra echa de su seno, y se presenta fresco, sin
heridas ni cansancio, a decidir la victoria.

Nuestras filas haban desalojado a los franceses de sus posiciones.
Les vimos replegarse en desorden, y entonces ces la inmovilidad de
los coraceros. Los resplandecientes petos despedan reflejos
mltiples, y ordenadamente descendieron de la colina en perfecta fila.
Relincharon sus caballos, y los nuestros relincharon tambin,
aceptando el reto. Pero entonces ocurri uno de esos cambios de escena
tan frecuentes en la guerra, y cuyo artificio, si cae en buenas manos,
basta a decidir la victoria. Arrojadas nuestras filas sobre las
guerrillas enemigas, clareado el terreno y puestas en juego algunas
piezas de artillera, vise que los franceses vacilaban, agrupndose y
retrocediendo como si buscaran nuevas posiciones. Se nos di orden de
avanzar bajando, y una vez en llano, convertirnos sobre nuestro
flanco, para formar un largo frente de batalla. La infantera francesa
estaba delante de nosotros, resguardada por sus coraceros; pero stos,
observando nuestro movimiento y reconociendo al instante su indudable
inferioridad, invadieron precipitadamente la carretera. La retirada
era cierta. Se nos form en columnas, dndonos orden de cargar, y el
regimiento se puso rpidamente al galope. Pareca que la misma tierra,
sacudindose bajo las herraduras de nuestros caballos, hacia adelante
nos lanzaba. A aquellos primeros pasos tras un ideal de gloria
acompaaron voces de guerra mezcladas con piadosas invocaciones.

--Madre nuestra, santa Virgen de Araceli, ven con nosotros!

--Viva Espaa, Fernando VII y la Virgen de la Fuensanta!

Ya nadie pensaba en tener miedo; muy lejos de esto, todos los de mi
fila rabibamos por no estar en las de vanguardia, en aquellas filas
dichosas que acometan a sablazos a los franceses de a pie, ya
pronunciados en completa dispersin. Tal era nuestro furor blico en
aquella fcil victoria, que D. Diego, Marijun y yo, no encontrando a
derecha e izquierda francs alguno, hacamos grande estrago con
nuestros sables en los arbustos del camino, diciendo: Perros,
canallas, ya sabris cmo las gastamos los espaoles.

La gloria de cargar sobre la infantera francesa perteneci tan slo a
las primeras filas, aunque no les dur mucho el regocijo, porque los
enemigos, convencidos ya de que no tenan fuerza bastante para
hacernos frente, tomaban a toda prisa el camino de Bailn. Una vez
posesionados del camino, seguimos adelante; pero los caballos
franceses corran a todo escape, y la infantera se puso en salvo por
las veredas, dispersndose a un lado y otro de la carretera. Sobre las
diez nos detuvimos, y, puestas en orden las columnas, avanzamos
despacio, porque recelbamos de ser atacados por una divisin entera.
Entretanto, nuestras prdidas haban sido nulas en la caballera, y
escasas, aunque sensibles, en la infantera, qu perdi un capitn del
regimiento de la Reina y bastantes soldados.

Despus de haber perdido de vista a los enemigos, continuamos la
marcha hacia Bailn, si bien con mucha cautela, pues haba la
presuncin de que los franceses, reforzados con gran nmero de tropas,
caballos y artillera, se nos presentaran de nuevo en mitad del
camino, sorprendindonos en nuestra triunfal carrera. As fu, en
efecto. A eso del medioda nuestras columnas avanzadas recibieron el
fuego de los imperiales, que rehechos con un destacamento que de
Linares haba llegado, trataban de ganar lo perdido.

Furiosos por el reciente desastre, acometieron briosamente a nuestra
vanguardia. Tomamos posiciones, y las tropas ligeras, ayudadas de un
enjambre de paisanos, se diseminaron por las escabrosidades prximas,
desde cuyos matorrales mortificaban a los franceses con fuego menudo.
La caballera, entretanto, continuaba muy lejos de la accin, y aunque
nuestro deseo hubiera sido que a lo ms recio se nos enviara para
desahogar nuestro enardecido pecho, Dios quiso por fortuna que no
llegase esta ocasin, pues la escaramuza termin de improviso, cesaron
los tiros, y vimos con sorpresa que los franceses, como posedos de
sbito pavor, retrocedan a la desbandada hacia Bailn, recogiendo
precipitadamente sus heridos.

Qu ocurra? Segn despus supimos, Francia haba tenido una prdida
funesta, la de su general Gobert, el cual cay mortalmente herido por
una de esas balas de guerrero invisible, que salan de entre las
malezas para taladrar el corazn del Imperio. Aquel valiente militar
muri pocas horas despus en Guarromn. Dueos nosotros del campo, y
sin enemigos a la vista, pareca natural que furamos sobre Bailn;
pero el ejrcito volvi hacia Menjbar para repasar el ro, movimiento
que no fu por nosotros comprendido. Muy orgullosos estbamos, y
especialmente los inexpertos paisanos no cabamos en el pellejo.

--Hoy es da del Carmen!--exclam don Diego--. Viva la Virgen del
Carmen, y mueran los franceses!

Ruidosas exclamaciones alegraron y conmovieron nuestras filas. Era el
16 de julio; en este da la Iglesia celebra, adems de la advocacin
del Carmen, el Triunfo de la Santa Cruz, fiesta conmemorativa de la
gran batalla de las Navas de Tolosa, ganada contra los infieles por
castellanos, aragoneses y navarros, en aquellos mismos sitios donde
nosotros nos batamos con Francia, y en el mismo 16 del mes de julio.
Haban pasado quinientos noventa y seis aos. La coincidencia del
lugar y la fecha nos inflamaba ms, y aadido a nuestro patriotismo
una profunda fe religiosa, nos cremos hroes, aunque hasta entonces
no habamos tenido ocasin de probarlo.

Antes de cruzar el ro, descansamos para llevar algo a la boca. Oh,
qu desengao! Estbamos muertos de hambre y cansancio, y se nos dijo
que no haba ms que un tercio de racin. Pero como buenos chicos que
ramos nos conformamos, supliendo los dos tercios restantes con la
substancia moral del entusiasmo.

--Pero, Sr. de Santorcaz--pregunt a mi compaero, cuando, con el agua
al estribo, vadebamos el Guadalquivir--, nos quiere usted decir por
qu no se nos ha llevado adelante? Por qu despus de esta victoria
desandamos lo andado?

--Zopenco!--me contest--. Esto no ha sido ms que una fiestecilla de
plvora, y todava no ha empezado lo bueno. Crees que no hay ms
franceses que esos cuatro gatos de Ligier-Belair? Qu sabes t si a
estas horas Vedel, que a Andjar fu en auxilio de Dupont, habr
regresado a Bailn? Ahora, o yo me engao mucho, o vamos en busca del
marqus de Coupigny para reunirnos y emprender juntos un nuevo ataque.
Ests al tanto de lo que digo? Ves cmo no en vano ha mordido uno el
cebo en Hollabrn, en Austerlitz y en Jena?

Efectivamente, la intencin de nuestro General era reunirse con
Coupigny; pero esto no se verific hasta la noche del 17 al 18.




XVIII


Se nos acamp en un alto a espaldas de Menjbar, y supimos con gusto
que aquella noche no haramos movimiento alguno. Nuestro gozo, como
nuestra fatiga, necesitaba descanso; necesitbamos dar desahogo al
efervescente jbilo, no slo renovando en la memoria todos los
incidentes de la accin de aquel da, sino tambin refiriendo cuanto
cada uno hizo y cuanto dej de hacer para que la batalla fuese
completamente ganada. Los suizos y los soldados de lnea no estaban
tan engredos como nosotros los paisanos, que creamos haber asistido
a la ms grande y gloriosa accin de los modernos tiempos. Mirbamos
con desdn a los que quedaron de reserva, y al contarles lo que pas,
hacamos subir a cifras fabulosas el nmero de franceses segados por
nuestros cortadores sables en la refriega.

Largas horas pasamos sobre el campo saboreando los deliciosos
recuerdos de tanta gloria, que como dejos de un manjar muy rico nos
renovaban el placer del vencimiento. La noche era como de verano y
como de Andaluca, serena, caliente, con un cielo inmenso y una
atmsfera clara, donde algo sonoro flucta, cuya forma visible
buscamos en vano en derredor nuestro. Tendidos sobre la caldeada
tierra a orillas del ro, cuyas frescas emanaciones buscbamos con
anhelo, entretenamos las horas hablando, cantando o haciendo eruditas
disertaciones sobre la campaa tan felizmente emprendida. En un grupo
se jugaba a las cartas, en otro se deca un romance de hroes o de
santos, en este algunos cantaores echaban al vuelo las ms romnticas
endechas de la tierra, pues desde entonces era romntica Andaluca; en
aquel se narraban cuentos de brujas, y en algunos, finalmente, se
dorma sin inquietud por el da venidero.

Nuestro D. Diego, siempre al arrimo de Santorcaz; Marijun, yo y
algunos ms formbamos un grupo bastante animado, en el cual no ces
el ruido hasta muy alta la noche. Despus de cantar, no escasearon los
cuentos, acertijos y adivinanzas, y, por ltimo, la conversacin
recay en tema de mujeres.

--Yo--dijo D. Diego con su natural ingenuidad--me voy a casar. A todos
les convido a mi boda. Y quin es la novia?, dirn ustedes. Pues
sepan que no la he visto. Mi seora madre lo ha arreglado todo con
otras dos seoras de Crdoba, y, segn me han dicho, es ms bonita que
el Sol, aunque ahora da en la mana de no salir del convento.

--Ser para cuando acabe la guerra, porque ahora no est el horno para
bollos--dijo Marijun--. Yo tambin voy a casarme con una muchacha de
Almunia, que tiene siete parras, media casa y burro y medio de
hijuela. Tambin ser cuando acabe la campaa, y a todos les convido a
mi boda. Y t, Gabriel, no piensas casarte?

--Pues yo, para no ser menos--contest--, digo que cuando termine la
guerra me casar tambin. Y con quin?, diris. Pues me caso con
una condesa.

--Con una condesa!

--S, seores, con una condesa que posee todas estas tierras que
estamos viendo y otras ms all, y tiene dos escudos con ocho lobos
sobre plata y catorce calderos, con media cabeza de moro y un letrero
que dice...

--_Toma casa con hogar y mujer que sepa hilar_--dijo Marijun,
interrumpindome--. Pues no dice que se casa con una condesa? Ser
con alguna duquesa del estropajo. Pero d, en qu alczares reales
est tu novia?

--Este es un bobalicn que no sabe lo que se habla--observ D.
Diego--. Lucida condesa ser ella! Pues, como os deca, muchachos, mi
novia est muy desazonada esperando a que se acabe la guerra para
casarse conmigo. As me lo han dicho, y lo creo. Apuesto que estis
rabiando por saber quin es y cmo se llama; pero eso no lo he de
mentar, porque mi seora madre y D. Paco me dijeron que si hablaba de
esto antes de llegar la ocasin, me castigaran no dejndome montar en
el potro. Qu guapa es, seores! Sus ojos son dos luceros, como aquel
grande y muy claro que est sobre el tejado de esa casa; su boca se
compone de dos hojas de rosa; sus dientes hacen que todas las perlas
echen a correr de envidia; sus mejillas son claveles abiertos, y
cuando llora, sus lgrimas son diamantes. Yo no la he visto ms que en
figura; porque han de saber ustedes que cuando fu a visitar a sus
tas en Crdoba, me dieron un medalloncito con el retrato de la que ha
de ser mi mujer, el cual retrato, por temor a que se me perdiera, lo
he dado a guardar al Sr. de Santorcaz.

--Eso se parece--dijo uno de los oyentes--la historia de la princesa
Laureola, por quien vinieron de la Meca los tres reyes moros, y dice
el cuento que tena los ojos de azabache ardiendo, la boca de flor de
granado, y las orejas de caracolitos del mar. Lo sabes t?

--Eso est en el romance de la _Reina mora_, bruto. Qu tiene eso que
ver con la princesa Laureola?

--Yo s el romance de la _Reina mora_--grit D. Diego, batiendo
palmas--. Lo echo?

--Venga.

--No: el del _Barandal del cielo_, que es ms bonito y habla de la
Virgen--aadi el Condesito, gozoso de poder lucir sus habilidades--.
Me lo ense mi hermana Presentacin, que sabe veintisiete y los dijo
todos arreo delante del Sr. Obispo de Guadix, cuando Su Ilustrsima
par en casa el mes pasado.

Y sin esperar a que le rogasen, el mayorazguito de Rumblar, con
sonsonete de escuela, voz agridulce y afeminados gestos, di principio
a la siguiente retahila:

  Por el barandal del cielo
  se pasea una doncella
  blanca, rubia y encarnada,
  que alumbra como una estrella,
  San Juan le dice a Jess:
  Quin es aquella doncella?
  Nuestra Madre, buen San Juan,
  nuestra Madre linda y bella;
  la Virgen no viene sola:
  ngeles vienen con ella;
  no viene vestida de oro,
  ni de plata, ni de seda:
  viene vestida de grana....
  ..........................

Y como al concluir fuera acogida esta relacin con una salva de
aplausos, animse el recitador y nos endilg otra, no menos famosa,
que empezaba:

  All arriba, en aquel alto,
  hay una fuente muy clara,
  donde se lava la Virgen
  sus santos pechos y cara....
  ............................

--Basta de romances!--exclam de improviso Santorcaz, asustndonos a
todos con su interrupcin--. Eso es cosa de chiquillos, y no de
hombres formales. No sabe usted ms que eso?

--S muchos ms--dijo tmidamente el joven--. Don Paco me ha enseado
muchos, y me los hace aprender de memoria para que los diga en las
tertulias.

--Y nada ms le ha enseado a usted ese Sr. D. Paco, a quien desde
el primer momento tuve y diput por un gran zopenco?

--Tambin me ha enseado Historia, s, seor. Y s lo de nuestro padre
Adn y aquello de Alejandro cuando fu a dar batallas a los persas,
como ahora vamos nosotros a drselas a los franceses.

--Y nada ms?

--Toma!, tambin latn; pero mi seora madre mand que no me
atarugasen la cabeza de latn, puesto que no era necesario; y por
ltimo, D. Paco dijo que con saber un poquito de _Musa mus_ bastaba.

--Y qu libros ha ledo usted?

--Nada ms que la _Gua de Pecadores_, donde est aquello del
Infierno. Es libro muy feo, y mi seora madre no me dejaba leer ms
que lo del Infierno, que da mucho espanto y suea uno con ello. Pero
mi seora madre tiene otros libros en el cofre, y cuando iba a misa,
yo, con mucha cautela, los sacaba para leerlos. Uno se titula _La
farfulla, o la cmica convertida_, novela escrita por un fraile de
mnimos, y otra, _Princesa, ramera y mrtir, Santa Afra_. Ambos libros
son muy bonitos, y traen un aquel de amores y besos, que me daba mucho
gusto ouando a escondidas los lea yo.

Santorcaz sonrea. Despus de una pausa, dijo con cierta petulancia:

--De modo que no ha ledo usted la _Enciclopedia_?

--Qu es eso?

--La _Cincopedia_--grit uno--. Eh!, sabes t adnde cae la
_Cincopedia_?

Esta palabra, que adquiri fortuna aquella noche, fu pasando de boca
en boca, y ms de cien la repitieron entre zumbas y chacota.

--Veo que sois unos animales--dijo Santorcaz, un poco avispado--. De
todos modos, Sr. D. Diego, la educacin que usted ha recibido no puede
ser ms deplorable en un joven mayorazgo, que por lo mismo que ha de
sobresalir entre los dems en la sociedad, debe cultivar su
entendimiento.

--A ver, amigo--indic Rumblar--, hbleme usted de esas cosas, que me
gustan. Todo lo que usted me deca anteayer, cuando bamos de camino
por aqu, me tena encantado, y le juro que si no estuviera en
vsperas de casarme y fuera preciso seguir con ayo, le dira a mi
seora madre que me le pusiera a usted en lugar de D. Paco, el cual
bien se me alcanza que no me ha enseado ms que gansadas y tonteras.

--Pues repito que un joven destinado a ocupar tan alta posicin en el
mundo debe saber algo ms que el romance del _Barandal del cielo_.
Verdad es que, o mucho me equivoco, o todo eso de los mayorazgos se lo
llevar la trampa, y tarde o temprano se pondrn las cosas de manera
que cada cual sea hijo de sus obras.

--As debe ser--aadi Marijun--. No somos todos hijos de Dios?

--Vengan ac y respondan--dijo Santorcaz, excitando la curiosidad de
sus oyentes--. No les parece que el mundo est muy mal arreglado?

Abrironse varias bocas con estupefaccin, y no se oy ninguna
respuesta.

--Pues yo, que no he ledo ningn libro--afirm al fin uno de los
circunstantes--, digo que Dios tiene que volver a hacer el mundo,
porque eso de que se lo lleve todo el que primero sali del vientre de
la madre, y los dems se queden bailando el pelao, no est bien. Mi
hermano el mayor, slo porque le di la gana de nacer antes que yo,
tiene tres dehesas y dos casas; y los dems..., uno hubo de meterse
fraile, otro se fu al Per, otro est muerto de hambre en un hospital
de Sevilla, y yo, seores, tuve que meterme en el contrabando para que
no se me helara el cielo de la boca.

--Oye, t, Marijun--dijo otro--, sabes lo que contaban en Sevilla?
Pues que la Junta se iba a poner de compinche con las otras Juntas
para ver de quitar muchas cosas malas que hay en el gobierno de
Espaa, lo cual podemos hacer nosotros _sin necesidad de que vengan
los franceses a ensernoslo_.[2]

--As ha de ser--observ Santorcaz--. Me han dicho que en Sevilla hay
sociedades secretas.

--Qu es eso?

--Ya s--replic uno--. Tiene razn don Luis. En Sevilla hay lo que
llaman _flamasones_, hombres malos que se juntan de noche para hacer
maleficios y brujeras.

--Qu ests diciendo? No hay tales maleficios. Mi amo iba tambin a
esas Juntas, y cuando su mujer se lo echaba en cara, responda que los
que all iban entraban al modo de filsofos y no hacan mal a nadie.

--Pues en Madrid las sociedades secretas estn todava en la
infancia--aadi Santorcaz--. En Francia las hay a miles, y todo el
mundo se inscribe en ellas.

--Pues si voy a Madrid--dijo con nfasis el mayorazguito--, lo primero
que har ser meterme en una de esas sociedades, donde sin duda se han
de aprender muy buenas cosas. No es verdad, D. Luis? Yo no tengo nada
de torpe: me lo conozco, s, seores. Creer usted, Sr. Santorcaz,
que eso que usted ha dicho de los mayorazgos se me haba ocurrido a m
muchas veces cuando jugaba en el patio de casa con las gallinas? Pero
ya que me ensea usted lo que ignoro, contsteme a una duda: por qu
tenemos nosotros en nuestras casas tantos papelotes llenos de
garabatos, y por qu usamos esos escudos con sapos y culebras? El de
mi casa tiene cuatro lagartos y un tablero de ajedrez con dos
calderitos muy monos.

--Si esos signos representan algo--repuso Santorcaz--, es referente al
primero que los us, a sus hazaas, si las hizo, o a sus privilegios,
si los tuvo; pero hoy, amiguito, tales pinturas no valen de nada, y
dentro de algunos aos, los que las posean sin dinero, sern unos
pobres pelagatos, a quienes nadie se arrimar, as como todo aquel que
haya hecho una fortuna con su trabajo o descuelle por su talento, ser
bienquisto en el mundo, aunque no tenga ni un adarme de lagartija en
su escudo.

--De modo--pregunt el mozalbete--que yo ser un pelagatos si llego a
perder mi patrimonio o soy un bruto? Esto s que es bueno.

--Nada, nada--dijo uno--. Fuera mayorazgos, y que todos los hermanos
varones y hembras entren a heredar por partes iguales.

--Eso no puede ser--observ Marijun--, porque entonces no habra las
grandes casas que dan lustre al reino.

--Eso no puede ser--afirm un tercero--. Pues qu, el Rey iba a ser
tan tonto que quitara los mayorazgos? Nada, nada; los dejar siempre
por la cuenta que le tiene.

--Es que si el Rey no quiere quitarlos, no faltar quien los
quite--aadi Santorcaz.

Todos se rieron al or sostener la idea de que existe alguna voluntad
superior a la voluntad del Rey.

--Cmo puede ser eso? Si el Rey no quiere... Hay quien est por
cima del Rey? El Rey manda en todas partes, y digan lo que quieran, no
hay ms que su sacra real voluntad. Muchachos, viva Fernando VII!

--Pero vengan ac, zopencos--dijo Santorcaz--. Dicen ustedes que
nadie manda ms que el Rey?

--Nadie ms.

--Y si todos los espaoles dijeran a una voz: Queremos esto, seor
Rey; nos da la gana de hacer esto, qu hara el Rey?

Abrironse de nuevo todas las bocas, y nadie supo contestar.


#Nota a pie de pgina:#

[2] Palabras textuales de la Junta Suprema de Sevilla.




XIX


--Gaznpiros, animales, si estis probando lo que digo--aadi con
energa D. Luis--. Lo que pasa en Espaa, qu es? Es que el reino ha
tenido voluntad de hacer una cosa y la est haciendo, contra el
parecer del Rey y del Emperador. Hace tres meses haba en Aranjuez un
mal Ministro, sostenido por un Rey bobo, y dijisteis: No queremos ese
Ministro ni ese Rey, y Godoy se fu y Carlos abdic. Despus Fernando
VII puso sus tropas en manos de Napolen, y las autoridades todas, as
como los generales y los jefes de la guarnicin, recibieron orden de
doblar la cabeza ante Joaqun Murat; pero los madrileos dijeron: No
nos da la gana de obedecer al Rey, ni a los Infantes, ni al Consejo,
ni a la Junta, ni a Murat, y acuchillaron a los franceses en el
Parque y en las calles. Qu pasa despus? El nuevo y el viejo Rey van
a Bayona, donde les aguarda el tirano del mundo. Fernando le dice: La
Corona de Espaa me pertenece a m; pero yo se la regalo a usted, Sr.
Bonaparte. Y Carlos dice: La Coronita no es de mi hijo, sino ma;
pero para acabar disputas, yo se la regalo a usted, Sr. Napolen,
porque aquello est muy revuelto y usted solo lo podr arreglar. Y
Napolen coge la Corona y se la da a su hermano, mientras volvindose
a ustedes les dice: Espaoles, conozco vuestros males y voy a
remediarlos. Pero ustedes se encabritan con aquello, y contestan:
No, camarada, aqu no entra usted. Si tenemos sarna, nosotros nos la
rascaremos: no hay ms Rey de Espaa que Fernando VII. Fernando se
dirige entonces a los espaoles y les dice que obedezcan a Napolen;
pero entretanto, muchachos, un seor que se titula alcalde de un
pueblo de doscientos vecinos escribe un papelucho diciendo que se
armen todos contra los franceses: este papelucho va de pueblo en
pueblo, y como si fuera una mecha que prende fuego a varias minas
esparcidas aqu y all, a su paso se va levantando la nacin desde
Madrid hasta Cdiz. Por el Norte pasa lo propio, y los pueblos
grandes, lo mismo que los pequeos, forman sus Juntas, que dicen: No;
si aqu no manda nadie ms que nosotros. Si no reconocemos las
abdicaciones, ni admitiremos de Rey a ese D. Jos, ni nos da la gana
de obedecer al Emperador, porque los espaoles mandamos en nuestra
casa, y si los reyes se han hecho para gobernarnos, a nosotros no nos
han parido nuestras madres para que ellos nos lleven y nos traigan
como si furamos manadas de carneros... Estamos? Lo comprendis?
Pues esto, ni ms ni menos, es lo que est pasando aqu. Y ahora
contstenme los alcornoques que me oyen: quin manda, quin dispone
las cosas, quin hace y deshace, el Rey o el reino?

El estupor que produjeron estas palabras reveladoras en el atento
concurso, compuesto de muchachos rudos e ignorantes, pero de gran
viveza de imaginacin, fu tan extraordinario, que por un corto rato
no se oy la ms insignificante voz, seal cierta de que las ideas
vertidas por Santorcaz, entrando de improviso en los obscuros
cacmenes de sus oyentes, haban armado all gran zipizape y
polvareda, dejndoles aturdidos, confusos y sin palabra. El primero
que rompi el silencio fu Rumblar, diciendo:

--Todo eso est muy bien dicho. Creeris que hace das me ocurri una
idea parecida cuando estaba cazando moscas y ponindoles rabos en
cierta parte, para que al volar hicieran rer a mis dos hermanas, que
estaban rezando? Slo que yo no saba cmo decir aquello que pensaba.

--Si, seores, vivan las Juntas!--exclam uno, levantndose--. Yo me
s de memoria aquel papel que ech a la calle la de Crdoba,
diciendo... iganme: Cordobeses: los reinos de Andaluca se ven
acometidos por los asesinos del Norte; vuestra patria va a ser
oprimida bajo el yugo de un tirano; vosotros mismos seris arrancados
de vuestros hogares y de vuestras casas. Cuarenta argollas est
labrando el lascivo Murat para conduciros al Norte como a los animales
ms inmundos... Soldados, gemid de rabia y furor!... Doce millones
de hombres os estn mirando y envidiando vuestra gloria, y aun la
Francia misma ansia por vuestros triunfos.

Ruidosos aplausos y gritos acogieron esta proclama, fielmente recitada
con dramticos gestos por el muchacho.

--Pues s los espaoles--continu luego Santorcaz--pueden hacer lo que
estn haciendo, no pueden tambin decir el da de maana: Vamos, no
queremos que haya ms Inquisicin ni ms vinculaciones...?, pongo por
caso... O que digan: En lugar de mil conventos, que haya tan slo la
mitad, con lo cual basta y sobra, o No me da la gana de que haya
diezmos...

--Eso s que estara bueno--dijo Marijun--. Pero si todos los
espaoles van a hacer eso, y cada uno empieza a tirar por su lado
diciendo lo que quiere, se armar un laberinto tal que no podrn
entenderse.

--Vaya unos zotes--aadi Santorcaz--. Pero venid ac: no veis que
hay en Sevilla una Junta, que es la que dispone? No veis que hay otra
en Granada, otra en Crdoba y otra en Mlaga, etc.? Pues en lugar de
todas esas Juntas pequeas que gobiernan en cada pueblo, no puede
haber una muy grande que se reuna en Madrid y acuerde lo que se ha de
hacer?

Mirronse los oyentes unos a, otros, y los monoslabos de aquiescencia
y de admiracin corrieron de boca en boca, demostrando la prontitud
con que aquellas juveniles inteligencias desplegaban sus alas, an
entumecidas y vacilantes, para intentar describir los primeros
crculos en el espacio del pensamiento.

Estas conversaciones me enamoran--dijo el condesito de Rumblar--. Me
estara toda la noche oyendo a este hombre, sin cansarme. Ya, ya voy
aprendiendo muchas cosas que no saba.

As, aquella fantasa encerrada en el capullo de una educacin
mezquina, agujeraba con entusiasmo su encierro, porque haba
vislumbrado fuera alguna cosa que tena la fascinacin de lo nuevo.
As, aquel germen de pasin y de inteligencia, guardado en un huevo,
se reconoca con vida, se reconoca con fuerza, y empezaba a dar
picotazos en su crcel, anhelando respirar fuera de ella otros aires y
calentarse con calores ms enrgicos. As, aquella ceguera abra sus
prpados, gozndose en la desconocida luz.

La conversacin termin en el punto en que la he dejado, porque la
noche estaba muy avanzada y casi todos empezaron a rendirse al sueo,
excepto el mayorazguito, cuyo despabilamiento era casi febril. Largo
tiempo continuaron l y Santorcaz hablando en dilogo animadsimo,
como si discutieran planes y expusieran proyectos de gran
trascendencia para los dos. Yo me apart del grupo, fingiendo
retirarme a dormir; pero con nimo de satisfacer una imperiosa
exigencia de mi alma, que a veces me peda soledad y meditacin. Todos
los ruidos haban cesado en el campamento: las guitarras y
castauelas, as como las cajas y las cornetas, estaban mudas, porque
el ejrcito dorma. Lejos del grupo de mis amigos, echme sobre el
suelo, aguardando la aurora, sin poder ni querer cerrar los ojos; y
all me puse a meditar sobre lo que desde mi salida de Madrid haba
visto y odo: Cuntas personas nuevas para m haba encontrado en
aquella breve jornada de mi vida! Con cunto afn, meditando a solas
y mirndolas al lado, preguntaba a los caminantes si tenan alguna
noticia de lo que me reservaba el Destino! De todas aquellas personas,
ninguna estaba tan enrgicamente fija en mi pensamiento como
Santorcaz, hombre para m incomprensible y sospechoso, y que empezaba
a inspirarme secreta antipata, sin que acertara a explicarme por qu.




XX


Al siguiente da hicimos un movimiento por la orilla izquierda, ro
arriba, hasta un punto mucho ms alto que Menjbar. Nada entendamos;
pero Santorcaz, o por petulancia o porque realmente haba penetrado la
intencin de Reding, nos dijo:

--Nuestro General sabe lo que se hace, y es hombre que conoce la
filosofa de las marchas.

Despus de detenernos a orillas del Guadalimas, parte del ejrcito se
entretuvo en marchas incomprensibles, y empleando en esto ms de un
da, nos encontramos de nuevo sobre Menjbar al anochecer del 18,
punto al cual haba llegado horas antes la divisin del marqus de
Coupigny. Reunidos ambos ejrcitos, no hubo all ms parada que la
precisa para recoger las provisiones de que estbamos tan escasos, y
ya muy de noche emprendimos el camino de Bailn. ramos catorce mil
hombres. Todo anunciaba que bamos a tener un encuentro formal con el
ejrcito francs.

Segn nuestras noticias, Dupont continuaba en Andjar, reforzado por
la divisin de Vedel. Haban trabado accin con nuestro tercer cuerpo
y el de reserva, que, pasando el ro por Marmolejo, estaban situados
en la orilla derecha? Nosotros creamos que s, a menos que Castaos
no aguardase para atacar enrgicamente a que la primera y segunda
divisin cayeran sobre la espalda del ejrcito de Dupont, bajando
desde Bailn. Era ste el objeto que nos guiaba en nuestra marcha?
Parecanos que s.

Mientras llegaba el momento del drama, lejos de nosotros y en los
flancos del ejrcito imperial, mil dramticas peripecias deban
precipitar la catstrofe, irritando paulatinamente al enemigo. Los
cuerpos y columnas de guerrilleros, mandados por D. Juan de la Cruz,
el conde de Valdecaas y el clrigo Argote, se haban desparramado
como enjambre mortfero por los pueblos y caseros que dominaba el
Cuartel General francs en las primeras estribaciones de la sierra, al
Norte de Andjar. De tal modo perseguan aquellos ardorosos paisanos a
los franceses, y con tanta rapidez se dispersaban para evitar ser
atacados, que a los invasores les era de todo punto imposible estar
tranquilos un solo momento. El poderoso gigante sacuda de una
manotada aquellos moscones venenosos; pero stos volvan a zumbar en
derredor suyo, le molestaban con sus terribles picaduras, y huan
inclumes, sin temer la espada ni el can, pues estas armas no se han
hecho para mosquitos.

No podan los franceses apartarse de su Cuartel General como no fuera
en grandes destacamentos. Frecuentemente iban mil hombres a llenar en
la fuente prxima unas cuantas alcarrazas de agua. Si por acaso salan
a merodear pelotones de poca fuerza, eran despachados por los
guerrilleros en menos que canta un gallo. Antes que consentir que se
apoderasen de una panera, la quemaban; las fuentes eran enturbiadas
con lodo y estircol, para que no pudieran beber; los molinos,
desmontados y enterradas sus piedras para que no molieran un solo
grano. Ay de aquel francs que se rezagara en las marchas de su
destacamento! Sentase de improviso asido por mil colricas manos;
sentase arrastrado por las mujeres, pellizcado por los chicos y
acuchillado por los hombres, hasta que su existencia se apagaba con
horrible choque en la fra profundidad de un pozo. El invasor no
encontraba asilo en ninguna parte, y forzosamente encerrado en los
lmites del Cuartel General, vea conjurados contra s hombres y
Naturaleza. Por esto, rabioso y desesperado, anhelaba batirse en
funcin campal, seguro de su destreza y costumbre de guerrear; y
lamentando la estupefaccin del General en Jefe, exclamaba: Demos una
batalla, y, aunque muera la mitad del ejrcito, la otra mitad
conquistar un charco en que beber y un puado de trigo seco que
llevar a la boca.

Haban dejado los franceses en Montoro un destacamento de setenta
hombres para custodiar un molino donde fabricaban con dificultad
harina malsima. El alcalde de aquella villa, donde no haba quedado
ni una sola arma de fuego, se atreve, sin embargo, a dar cuenta de los
setenta franceses, para lo cual era preciso despachar primero a los
veinticinco que a todas horas estaban de guardia en el puente. Rene,
pues, algunos paisanos decididos, y usando la arma blanca, ataca con
furia a la guardia; los veinticinco son exterminados; apodrase de sus
fusiles la valiente cuadrilla, sorprende el resto del destacamento en
la casa donde se albergaba, hace prisioneros a soldados y jefes, y les
manda a la isla de Len. El parte en que se notific este suceso a la
Junta Suprema deca que todo se hizo con las _varas de los harrieros_
(conservo la ortografa del original); pero esto ha de ser una
hiprbole andaluza.

Sintindose llamado a mas grandes acciones, D. Jos de la Torre (que
as se nombraba aquel alcaldito) sale al encuentro de un convoy que
vena de Crdoba, y de los cincuenta y nueve franceses que custodiaban
ste, los cincuenta quedan tendidos en el camino, y los nueve
restantes corren a contar a Dupont lo que ha pasado. Entonces Dupont
enva mil hombres a Montoro con encargo de que incendien el pueblo y
lleven vivo o muerto al alcalde. Arde Montoro, y La Torre, conducido
vivo, va a ser pasado por las armas; pero un general francs, a quien
poco antes haba dado hospitalidad, intercede por l; es puesto en
libertad, y aquel _petit caporal_ de las guerrillas marcha a Sevilla y
recibe de la Junta los galones de capitn de ejrcito.

Pues bien: lo que pasaba en Montoro ocurra en todos los pueblos de la
carretera de Andaluca, desde Crdoba hasta Santa Elena. El gigante
que incendiaba lugares y destrozaba ejrcitos no poda dar un paso sin
encontrar un avispero, y frentico con aquel zumbido, envenenado por
los aguijones, maldeca la hora de la invasin. El guila, devorada
por los insectos, graznaba a orillas del Guadalquivir con hambre y
calentura, afilando sus garras en el tronco de los olivos, con el
ansia de que llegara pronto la ocasin de destrozar alguna cosa.




XXI


Cuando entramos en Bailn, ya muy avanzada la noche, nos sorprendi
mucho el no ver ninguna fuerza francesa a la entrada del pueblo para
disputarnos el paso. Adnde haban ido los franceses? Qu les
pasaba, cuando ni por precaucin dejaron all un par de batallones
para guardar punto tan importante? Pronto salimos de dudas, porque de
boca de los habitantes de Bailn, que salieron en masa a recibirnos,
supimos que la divisin Vedel haba pasado por all en direccin a La
Carolina.

--Nosotros les hacamos a ustedes en Linares--dijo D. Paco, que
tambin sali a nuestro encuentro, rebosando de jbilo--. Oh!, Sr.
Conde, nio mo... Est por ventura herido Vuestra Excelencia? Vamos
un rato a casa, donde la Sra. Condesa y las nias estn rezando por el
buen xito de la guerra. No darn un descanso a las tropas?

Nuestro General haba determinado salir en seguida para Andjar; pero
como ocupbamos todo el pueblo, pudimos llegarnos a la casa de
nuestro amo, en cuya sala baja se nos di un tentempi muy
confortante.

--Es un milagro que podamos daros estos cuantos panes y estas onzas de
chocolate crudo--nos dijo D. Paco al ofrecernos aquellos artculos--.
Los franceses no han dejado nada. Qu horroroso saqueo! Y gracias que
quedamos con vida. Ay!, la Sra. Condesa sali a recibirlos con una
serenidad que me espant. Yo temblaba, y tuve que esconderme en el
oratorio, porque delante de ellos hubiera perdido la dignidad de mi
carcter. Qu modo de saquear!...; en una palabra, la paja de los
caballos, las gallinas del corral, los huevos, hasta unos tomates que
tena yo guardaditos en mi escritorio para hacer un gazpachito...,
todo, todo se lo llevaron. El pueblo est muerto de miseria, y yo s
de mucha gente que hech la harina en los muladares para que ellos no
se la llevaran. No lo creis? Pues y el Sr. Salvador, que sac al
campo los doscientos pellejos de aceite y ciento de vino que tena en
su cueva, y destapndolos dej correr aquel precioso caldo hasta que
todo se lo chup la tierra? Otros hicieron una grande hoguera con los
carros y la paja. Las alhajas de las imgenes y la plata de las
iglesias estn todas enterradas, porque esto parece que es lo que ms
les abre el ojo a esos seores. As estaban ellos de rabiosos cuando
vieron que no sacaban de aqu gran cosa. El da 16, despus de haber
pasado un gran miedo, gozamos lo indecible cuando les vimos llegar de
la barca de Menjbar, derrotados y con su General muerto. Cmo
corran por esas calles, y qu gritos daban, y qu cosas tan atroces
e indecentes echaron por aquellas bocazas! As se vengaban los muy
perros! Pues qu creis? Dieron muerte a muchas personas que no les
hacan dao, lo cual creo yo que no se vi en ninguna de las guerras
de Alejandro. Pero tambin se les moli de firme. Unos cuantos pasaron
por la calle de enfrente hechando bravatas, y detuvironse en la
puerta de la posada de Gil, donde tenan encendido el horno para cocer
la loza. Ay! Mis francesitos se ponen a decir no s qu insolencias
obscenas a la mujer de Gil, cuando salen los mozos, me les agarran, y
con morriones y todo..., plaf!..., al horno... Pero ah viene la
Sra. Condesa, que estaba en el oratorio con las nias.

En efecto; vimos desfilar gravemente, cubierta de negro manto, a la
seora de la casa, seguida de los dos tiernos pimpollitos de sus
hijas, las cuales arrojronse llorando en los brazos de su hermano.
Doa Mara abraz a su hijo sin perder ni por un instante su solemne y
estirado empaque, y luego saludnos a todos con mucho afecto,
nombrndonos uno por uno. Cuantos componan la cuadrilla estaban
presentes, menos Santorcaz, el cual desde nuestra llegada haba pedido
con mucha prisa a D. Paco recado de escribir y pustose a trazar unas
cartas en el despacho de ste.

La Condesa, despus de saludarnos, tom asiento y dirigi a D. Diego
estas palabras dignas de la Historia:

--Hijo mo, s todo lo que pas en la accin del 16, y nadie me ha
dicho que hicieras algo notable. Has tenido miedo?

--Miedo!--exclam el muchacho, riendo--No, seora. He cumplido con mi
deber en las filas, y nada ms hasta ahora; pero su merced no se
impaciente, porque aunque no soy ms que soldado, espero lucirme.

--Nada ms que soldado!--dijo la Condesa--. T no eres soldado,
aunque as parezca. Cualquiera que sea el puesto que se ocupe, cada
cual debe obrar conforme a su nombre y a la posicin que tiene en el
mundo. Qu se dira de ti, de m, de esta casa, de tu difunto padre,
si en estas guerras no hicieras algo superior a lo que corresponde a
un simple soldado?

--Seora--repuso el mozo con un desenfado que sorprendi a su
familia--, yo har lo que pueda, y segn lo que haga, as ser ms o
menos que los dems. Y ya que hablo de esto, seora madre, yo quiero
seguir en el ejrcito, yo quiero que su merced pida al Rey, qu digo
al Rey?, a la Junta, una bandolera.

--T no ests destinado a ser militar sino en esta ocasin suprema, en
que la patria necesita de todos sus hijos, desde el ms alto al ms
bajo.

--Pero, seora madre, no soy nada y quiero ser algo--insisti el
joven, mostrando una energa que nadie hasta entonces le haba
conocido.

--Que no eres nada!--exclam la madre, con sorpresa primero, despus
con clera, y mirndonos a todos como para preguntarnos si su hijo se
haba vuelto loco durante la campaa.

--Yo no soy nada, no soy ms que un papamoscas--repuso el chico--. De
qu me valen esos papeluchos viejos y esos escudos de armas, si todos
se ren de mi desde que abro la boca, porque no digo ms que
necedades?

La Condesa se puso encendida como la grana, y, sin decir palabra, mir
a D. Paco, el cual, confuso, absorto, aterrado, por lo que acababa de
or, revolva sus espantados ojos de un lado para otro.

--Este joven--dijo al fin el ayo--parece que ha perdido el juicio.
Seora, cuando vuelva de cumplir sus deberes de caballero en los
campos de batalla, le haremos que se penetre bien de las mximas
contenidas en la historia de Alejandro el Grande.

Doa Mara, cuya dignidad no poda consentir que semejante asunto se
tratara delante de personas extraas, hizo callar a D. Paco, y tambin
impuso silencio a su hijo con gesto aterrador. Asuncin y
Presentacin, despus de registrar los bolsillos de su hermano,
examinaban las polainas, el sombrero y la charpa, por ver, segn
dijeron, si aquellas prendas estaban agujereadas por alguna bala de
can.

Pero el D. Diego, sintiendo sin duda en su cabeza un hervidero de
palabras, que atropelladamente se le ocurran conforme a la repentina
fecundidad de su entender, no pudo estar callado mucho tiempo, y habl
para poner en mayores cuidados a la Sra. de Rumblar. Estbamos, como
he dicho, en una sala baja, donde la Condesa haba hecho traer, para
nuestro regalo, un par de zaques, milagrosamente salvados de la
rapacidad francesa. Don Diego, luego que tal vi, volvise a nosotros,
que permanecamos respetuosamente detenidos en la puerta, y con gesto
de campechana confianza nos dijo:

--Ea, muchachos, entrad todos aqu Por qu estis en la puerta? Vaya,
poneos los sombreros, que aqu todos somos iguales, todos somos
compaeros de armas, y lo mismo puede matarme a m una bala que a
vosotros. Ea, bebamos juntos. Tenis vergenza porque soy noble y
mayorazgo, y vosotros unos pobres hambrones? Fuera necedades; que hoy
o maana las Juntas quitarn todas esas antiguallas, y entonces cada
cual valdr segn lo que tenga y lo que sepa.

Don Paco se puso verde al or tales despropsitos, y llevndose la
mano al corazn, mir a la Condesa con semblante dolorido y
contristado, como para manifestarle, en la sola elocuencia de una
mirada, que l no haba enseado tales cosas al joven discpulo. Doa
Mara encerraba su enojo en lo ms hondo del pecho, y aunque harto se
le conocan la inquietud y la ira en el furtivo centellear de sus
negros ojos, nada dijo que comprometiera su dignidad, y deseando que
su hijo variase de conversacin, le pregunt si haba hecho en Crdoba
las visitas a la Sra. Marquesa de Leiva y su sobrina.

--S, seora--contest el rapaz--. Las vi: la Sra. Condesa me di
muchos dulces, y la Marquesa me pregunt si saba ayudar a misa. Una y
otra me dijeron que la joven con quien est concertado mi matrimonio
se obstina en no salir del convento, asegurando que antes se casar
con Jesucristo que conmigo. Qu ranciedades, seora madre!--aadi
con nuevo arrebato--. Yo quiero seguir en el ejrcito, yo quiero ir a
Madrid para tratar a la gente que sabe, y a los filsofos, y leer la
_Enciclopedia_, y ver las sociedades secretas, si las hay para
entonces, y aprender lo que no s, pues D. Paco no me ha enseado ms
que esa sandez de _Por el barandal del cielo_.

El ayo volvi a mirar compungidamente a la Condesa, pintando en sus
hmedos ojos la persuasin de que no haba instrudo al mayorazgo en
tales iniquidades, y D. Mara reprendi a su hijo con majestad
verdaderamente regia, dicindole con pausa y aplomo estas amargas
palabras:

--Hijo mo, recordars que te entregu una espada que fu de tus
abuelos. Honra da al que la cie ese acero antiguo; pero tambin ella
la recibe de las manos de su poseedor, si ste es persona que sabe
adquirirla en los campos de batalla. Deshonrars t esa espada que
llev el tatarabuelo de tu padre en el sitio de Maestrich, cuando
medio mundo se llamaba Espaa?

--La espada!--exclam el chico con sorpresa--. Ya no me acordaba de
la dichosa espada. Si ya no la tengo.

--Que no la tienes?--pregunt D. Mara ton estupefaccin.

--No, seora. Si no sirve para nada! Cuando dimos el primer ataque en
Menjbar, saqu yo mi espadita, y a los primeros golpes que di en unas
hierbas observ que no cortaba.

--Que no cortaba!

--No, seora. Era una hoja mellada, llena de garabatos, letreros,
sapos por aqu, culebras por all, y cubierta de moho desde la punta a
la empuadura. Para qu me serva? Como no tena filo, la cambi por
un sable nuevo que me di un sargento.

--Y diste la espada, la espada!...--exclam la Condesa, levantndose
de su asiento.

La seora estaba sublime en su indignacin. Pareca la imagen de la
Historia levantndose de su sepulcro a pedir cuentas a la generacin
contempornea.

--S, seora: se la di al sargento--aadi el mozo, sacando de la
vaina un sable nuevo, reluciente y de agudsimo filo--. Si aquello no
serva ms que de estorbo! Muy bonita, eso si, toda llena de dibujos
de plata y oro; pero, seora madre, si no cortaba..., si estaba llena
de orn... Vea usted este sable: no tiene letrero, ni cabecitas, ni
garrapatos, ni nada; pero corta que es un gusto.

Observamos que la Condesa di un paso hacia su hijo; que su semblante
hermoso y venerable se contrajo, desfigurado por la ira; que extendi
sus brazos; que comenz a balbucir con locucin atropellada, cual si
su indignada lengua no acertara a encontrar una palabra bastante dura,
bastante enrgica para tal situacin; la vimos despus llevarse ambas
manos a la cabeza, retroceder, vacilar, apoyarse en el hombro de D.
Paco, y por ltimo, reponerse, erguirse, serenarse, mirar a su hijo
con desdn, sealar a la calle, donde de improviso empezaba a orse
fuerte redoblar de tambores, y decir:

--El ejrcito se va. Marcha, corre. Cuando se acabe la guerra,
ajustaremos cuentas. Si eres valiente y vuelves vivo, a palmetazos te
ensear a respetar tu nombre. Pero si eres cobarde, no vuelvas ac.

Salimos a toda prisa, y montando en nuestras cabalgaduras, ocupamos
las filas. Al punto se nos uni Santorcaz. Don Paco no quiso salir a
despedirnos, porque estaba traspasado de dolor, al ver--segn dijo
despus--cmo en una semana se torciera, al soplo de las malas
compaas, el derecho arbolito criado con tanto esmero en el apacible
huerto de sus lecciones.

Las dos seoritas salieron a las ventanas, y nos despedan agitando
los mismos pauelos con que secaban sus lgrimas. Ninguna de las dos,
ni la destinada al matrimonio, que era, por tanto, ignorante, ni la
consagrada al claustro, que era ya medio doctora, haban entendido la
conversacin que acabo de referir.

Las pobrecillas vean desaparecer un mundo y nacer otro nuevo sin
darse cuenta de ello.




XXII


Era la madrugada cuando las columnas de vanguardia comenzaron a salir
de Bailn. Mi regimiento deba salir de los ltimos, y mientras se
pusieron en movimiento la artillera y los cuerpos de a pie, estuvimos
ms de media hora formados a la salida del pueblo, a mano derecha del
camino, esperando la orden de la marcha. bamos a Andjar, resueltos a
tomar la ofensiva contra el ejrcito francs, que al mismo tiempo
deba ser atacado por Castaos, del lado de Marmolejo. Y la divisin
de Vedel, cuyos movimientos eran la clave de aquel problema
estratgico? La divisin de Vedel estaba en Andjar el da 16, cuando
ocurri la accin de Menjbar, que antes he descrito. Al saber Dupont
la derrota de Ligier-Belair y la muerte de Gobert, dispuso que Vedel
marchase sobre Bailn, con intencin de seguirle l al da siguiente.

Mientras ste iba sobre Andjar, Ligier-Belair, al vernos retirar y
pasar el ro, crey que las tropas de Reding, unidas con las de
Coupigny, intentaban extenderse cautelosamente por la orilla
izquierda, ro arriba, tomando el camino de Linares a Guarromn, para
ocupar luego La Carolina y cortar el paso de la sierra. Persuadido de
esto, y sin hacer averiguaciones, emprendi la marcha hacia el Norte,
creyendo anticiparse a lo que crea un rasgo de ingenio estratgico
del general Reding. Llega Vedel a Bailn creyendo encontrarnos, y los
franceses que quedaron all le dicen: Qua, los _insurgentes_ han
repasado el ro y van por Linares a ocupar el paso de la sierra; pero
el general Ligier-Belair, que ha comprendido el juego, ha marchado en
seguida a ocupar La Carolina, de modo que cuando lleguen los
espaoles, creyendo haber hecho un movimiento de primer orden, se lo
encontrarn all. Vedel oye esto y dice: Han ido a cortar el paso de
la sierra para impedirnos la retirada y matarnos aqu de hambre y sed.
Pues corramos a La Carolina. Vamos; en marcha. Manda un emisario a
Dupont, dicindole: Sr. General en Jefe, los _insurgentes_ han ido a
cortar el paso de la sierra. Corro a La Carolina; venga usted tras m,
y acabaremos con ellos.

Esto pasaba en los das 17 y 18. En tanto, los _insurgentes_,
replegados a la orilla izquierda, como he dicho, fingamos un
movimiento hacia Linares; pero en cuanto cerr la noche, los
_insurgentes_ caminamos a marchas forzadas hacia Bailn. Por eso en
este pueblo nos decan: Por aqu pas Vedel esta maana en direccin
a La Carolina, para impedirles a ustedes que cortasen el paso de la
sierra. No ibais hacia Linares?

No; nosotros bamos a Andjar, con objeto de atacar a Dupont. Por
causa de los torpsimos movimientos de los generales franceses, una
gran parte de la fuerza imperial corra hacia la sierra, buscando un
fantasma. Los _insurgentes_, a quien ellos suponan en marcha hacia La
Carolina, estaban en Bailn, en marcha para Andjar. He aqu la
verdadera y exacta situacin de las divisiones espaolas y francesas
en la noche del 18 al 19 de julio.

bamos a luchar con Dupont, slo con Dupont. Pero y si Vedel,
conociendo a tiempo su error, retroceda velozmente para caer de
improviso sobre nuestra espalda durante el combate? Esta funesta
probabilidad estaba compensada con el hecho seguro de que el ejrcito
francs de Andjar tendra que defenderse al mismo tiempo de nosotros
y de la reserva, que le amenazaba del lado de Poniente. De todos
modos, nuestra posicin era arriesgada; por lo cual, deseando Reding
cerciorarse de la verdadera distancia a que se hallaba Vedel, haba
despachado camino arriba, desde Menjbar, al teniente de ingenieros D.
Jos Jimnez, con encargo de averiguarlo.

Este valiente oficial, cuyo nombre no est en la Historia, se disfraz
de arriero, y en una fatigosa jornada supo desempear muy bien su
comisin, volviendo por la noche a decir que Vedel haba pasado ya ms
all de La Carolina.

As andaban las cosas cuando nos preparbamos a salir de Bailn al
amanecer del 19. Pero no lo habamos previsto todo: no habamos
previsto que Dupont, muy receloso de aquella ilusoria ocupacin de la
sierra por los insurgentes, haba levantado su campo en la misma
noche, y silenciosamente, sofocando los ruidos de su tropa, abandonaba
la funesta y para ellos maldita ciudad de Andjar.

Cerca de la madrugada, nuestros jefes disponan las columnas para la
marcha. Si al comienzo de aquella misma noche, que ya se iba a
extinguir, una mirada humana hubiera podido escudriar desde la altura
de los cielos lo que pasaba en aquella larga faja de sementeras y
olivares que se extiende a la vera de los montes, entre stos y el
Guadalquivir, habra visto que del obscuro casero de Andjar se
destacaba cautelosamente, escurrindose por detrs de las casas, una
hilera de hombres y caballos; que esta hilera se iba alargando por la
carretera en interminable procesin, y serpenteaba con lento paso, sin
ruido y sin luces; habra visto cmo se iba extendiendo la negra raya,
destacndose a ratos sobre la tierra blanquecina, a ratos
confundindose con los obscuros olivos, sin dejar de seguir paso a
paso, como si no quisiera ser vista y anhelara apagar en el polvo el
ruido de las cureas; habra visto que iban delante unos tres mil
hombres de infantera, despus un escuadrn de caballos, despus seis
caones, despus un nmero inmenso de carros, tantos, tantos carros,
que ocupaban dos leguas; detrs de los carros nuevos grupos de
infantera y muchos generales; despus otros seis caones, dos
regimientos de coraceros; luego cuatro caones, y al fin otro grupo de
jefes, seguidos de quinientos hombres de a pie. Esta raya no se
detena en parte alguna, y avanzaba despacio y con precaucin,
custodiando sus dos leguas de convoy. Los hombres que la formaban,
mudos y cabizbajos, presagiando sin duda funestos acontecimientos,
diran para s: Llegaremos a La Carolina, donde ya estar Vedel, y
batiendo a los _insurgentes_, nos abriremos paso por desfiladeros para
abandonar esta tierra maldita, a la cual el Emperador ha tenido la
mala ocurrencia de enviarnos... Oh! Cundo os veremos, tierras de
la Turenne, del Poitou, de la Charente, de los Vosgos, del Artois, del
Limosin!...




XXIII


Mientras aguardbamos la salida, nuestras lenguas no estaban ociosas,
y, aunque Marijun me entretena por un lado con sus donaires y
chuscadas, por el otro era de tanto inters un dilogo entablado entre
Santorcaz y D. Diego, que a las palabras de stos dirig toda mi
atencin. No puedo menos de copiarlo ntegro y tal cual lo o, por si
mis lectores quieren meditar un poco sobre el mismo tema.

--Lo que me indicaba usted hace poco--deca Santorcaz--acerca de que
esa linda joven que se le destina para esposa no quiere salir del
convento, debe tenerle sin cuidado. Esas son gazmoeras de las
muchachas espaolas, que, engaadas por su fantasa, se creen
enamoradas de Jesucristo, cuando lo que sienten es verdadera pasin
por un ideal mundano.

--Y si no quiere salir, que no salga--respondi el joven--. Si yo no
la he visto, si yo no comprendo por qu razn he podido pensar en ella
una sola vez!

--Pero la quiere usted?

--Confesar a usted lo que me pasa. Cuando mi madre me llam un da, y
despus de darme dos palmetazos porque tena las manos manchadas de
tinta, me dijo que haba determinado casarme, sent mucha alegra, y
al volver a mi cuarto romp todas las planas de escritura, diciendo a
D. Paco que yo era un hombre y no me daba la gana de obedecerle. A
todas horas pensaba en mi mujercita y en las delicias del matrimonio.
Mi madre escriba cartas y ms cartas para concertar mi boda, y cuando
yo le preguntaba con la mayor curiosidad: Seora madre, cmo va
eso?, me responda: Anda a estudiar, mocoso. Ahora, con la novelera
del casamiento no coges un libro en la mano. Por fin mi mam, a
fuerza de cartas, lo arregl todo. Cuando fu a Crdoba, cre que me
la ensearan; pero aquellas seoras dijronme que la discreta joven
no quera salir del convento, y, por ltimo, me dieron el medalln que
usted tiene guardado. Despus la sobrina me regal unos dulces, y su
ta un pito para que fuera pitando por las calles, y en mi segunda y
tercera visita pas lo mismo, excepto que no me dieron ms pitos.
Cuando vi el retrato me gust tanto la nia, que por la calle le iba
dando besos, y por la noche la acost conmigo en mi cama. Estoy
prendado de ella; mejor dicho, lo estuve estos das atrs, porque ya,
habiendo discurrido sobre la necedad de prendarme de un retrato, me
ro de m mismo y digo: Si de carne y hueso encontrar tantas, a qu
volverme loco por una pintura!

--Pues no, Sr. D. Diego--dijo Santorcaz--. Puesto que la Sra. Condesa
le escogi a usted esa esposa, sin duda es un gran partido, y usted
debe insistir en casarse con ella.

--Si? Pues vaya usted a sacarla del convento--aadi Rumblar--.
Vamos, que, segn me dijeron, no hay quien le hable de otro esposo que
Jesucristo.

--Ya lo he dicho: gazmoeras de las espaolas, por lo general mujeres
nerviosas, muy extremadas en sus pasiones, y dispuestas siempre a
confundir en un mismo sentimiento la voluptuosidad y el misticismo.
Cuidado con las monjitas de quince aos, que reniegan del siglo y
juran que han de morir de viejas en el claustro. Yo conoc una joven y
linda novicia que tampoco quera tener ms esposo que Jesucristo, y
que se pona furiosa cuando le hablaban de salir del convento, hasta
que un Viernes Santo vi a cierto joven al travs de la verja del
coro. A los quince das la hermosa novicia abri por la noche una de
las rejas del convento y se arroj a la calle, donde le esperaba su
amante y hoy feliz esposo.

--Oh! Bonitsimo suceso!--exclam con entusiasmo D. Diego--. Cunto
dara porque a m me pasase uno semejante!

--Ella le ha visto a usted?

--No.

--Pues en cuanto le vea, apuesto a que se apresura a salir por la
puerta, sin exponerse a los peligros de arrojarse por la ventana. Pero
ahora que me ocurre, Sr. D. Diego: si usted, en vez de ser un muchacho
apocadito, educado a la antigua y sencillo como un fraile motiln,
fuera un hombre atrevido, arrojado..., pues..., como somos todos
aquellos que no hemos recibido la educacin de Grandes de Espaa; si
usted se echara de una vez fuera del cascarn de huevo en que le ha
empollado la ciencia de D. Paco y los mimos de sus hermanitas, ahora
podramos lanzarnos a una aventura deliciosa.

--Cul, amigo Santorcaz?

--Mire usted. Despus de la batalla, y cuando volvamos a Crdoba,
sacar a esa joven del convento.

--Cmo?

--Demonio, cmo se hacen las cosas? Si viera usted! Eso es muy
divertido. Ve usted este rasguo que tengo en la mano derecha? Me lo
hice saltando las tapias de un convento. Son cinco los que escal, por
trapicheos con otras tantas novicias y monjas. Ay, seor D. Diego de
mi alma! El recuerdo de estas y otras cosillas es lo que le alegra a
uno, cuando se siente ya en las puertas de la triste vejez.

--Hombre, eso me parece muy bonito--dijo D. Diego, saltando sobre la
silla--. Pues yo quiero hacer lo mismo, yo quiero rasguarme saltando
tapias de convento. Conque diga usted, qu hacemos? Nos entramos de
rondn en el convento, y cogiendo a la monjita me la llevo a mi casa?
Si; y habr que pegarle un par de sablazos a alguien, y romper
puertas, y apagar luces. Hombre, magnfico! Si dije que usted es el
hombre de las grandes ideas! Qu cosas tan nuevas y tan preciosas me
dice! Estoy entusiasmado, y me parece que antes de venir al ejrcito
era yo un zoquete. Cabalmente recuerdo que he pensado alguna vez en
eso que usted me dice ahora...; s..., all, cuando iba a misa con mi
madre a las Dominicas.

--Estas cosas, D. Diego, son la vida--aadi Santorcaz--; son la
juventud y la alegra.

--Soberbia idea! Conque vamos a buscar a esa jovenzuela, mi futura
esposa? Qu preciosa ocurrencia! Ver ella si yo soy hombre que se
deja burlar por nieras de novicia. Nada, nada: mi esposa tiene que
ser, quiera o no quiera. Pero oiga usted, y si nos descubren los
alguaciles y nos llevan presos?

--Por eso hay que andar con cuidado; pero en ese mismo cuidado, en las
precauciones que es preciso tomar, consiste el mayor gusto de la
empresa. Si no hubiera obstculos y peligros, no vala la pena de
intentarla.

--Efectivamente; a m me gustan los peligros, Sr. D. Luis. A m me
gusta todo aquello que no se sabe adonde va a parar. Siga usted
hablandme del mismo asunto. Qu precauciones tomaremos?

--Oh! Cuando llegue el caso se ver. Yo soy muy corrido en esas
cosas. Ya no estoy para fiestas, es verdad, y por cuenta ma no
intentara aventuras de esta especie; pero son tan grandes las
disposiciones que descubro en usted para ser hombre a la moderna,
hombre de ideas atrevidas y para echar a un lado las ranciedades y
rutinas de Espaa, que volver a las andadas y entre los dos haremos
alguna cosa.

--Pero, hombre, cundo se dar esa batalla, cundo volveremos a
Crdoba, para ensearle yo a mi seorita cmo se portan los caballeros
de ideas modernas, que han recibido un desaire de las novias de
Jesucristo? Pero diga usted, Santorcaz: si perdemos la batalla, si nos
matan...

--Todava no se ha hecho la bala que ha de matarme a m. Y usted, qu
presentimientos tiene?

--Creo que tampoco he de morir por ahora. Ay! Si me viera usted!,
tengo un fuego dentro de la cabeza... Me hierven aqu tantos
pensamientos nuevos, tantas aventuras, tantos proyectos, que se me
figura he de vivir lo necesario para que sepa el mundo que existe un
D. Diego Afn de Ribera, conde de Rumblar.

--Bueno, magnfico! Lo mismo era yo cuando nio. Fu despus a
Francia, donde aprend muchsimas cosas que aqu ignoraban hasta los
sabios. Al volver he encontrado a esta gente un poco menos atrasada.
Parece que hay aqu cierta disposicin a las cosas atrevidas y nuevas.
En Madrid se han fundado varias sociedades secretas.

--Para asaltar conventos?

--No, no son sociedades de enamorados. Si algn da se ocupan de
conventos, ser para echar fuera a los frailes y vender luego los
edificios...

--Pues yo no los comprara.

--Por qu?

--Porque esas casas son de Dios, y el que se las quite se condenar.

--Qu es eso de condenarse? Me ro de vuestras simplezas. Pues, hijo,
adelantado estis.

--Vivamos en paz con Dios--dijo D. Diego--. Por eso creo que antes de
robar del convento a mi novia, debemos confesar y comulgar, dicindole
al Seor que nos perdone lo que vamos a hacer, pues no es ms que una
broma para divertirnos, sin que nos mueva la intencin de ofenderle.

Santorcaz rompi a rer desahogadamente.

--Conque usted es de los que encienden una vela a Dios y otra al
Diablo? Robamos a la muchacha, s o no?

--S, y mil veces s. Ese proyecto me tiene entusiasmado. Y me
marchar con ella a Madrid; porque yo quiero ir a Madrid. Dicen que
all suele haber alborotos. Oh!, cunto deseo ver un alboroto, un
motn, cualquier cosa de esas en que se grita, se corre, se pega! Ha
visto usted alguno?

--Ms de mil.

--Eso debe de ser encantador. Me gustara a m verme en un alboroto;
me gustara gritar con los dems, diciendo: Abajo esto, abajo lo
otro! Ay! Como me alegraba cuando mi seora madre rea a D. Paco,
y ste a los criados, y los criados unos con otros! No pudiendo
resistir el alborozo que esto me causaba, iba al corral, pona
canutillos de plvora a los gatos, y encerrndolos en un cuarto con
las gallinas, me mora de risa.

Santorcaz, lejos de rer con esta nueva barrabasada de su discpulo,
fijaba la mirada en el horizonte, completamente abstrado de todo, y
meditando sin duda sobre graves asuntos de su propio inters. No s
cul ser la opinin que el lector forme de las ideas de aquel hombre;
pero no se les habr ocultado que sus ingeniosas sugestiones
encerraban segundo intento. El atolondrado rapaz, lanzado a las filas
de un ejrcito sin tener conocimiento del mundo, con viva imaginacin,
arrebatado temperamento y ningn criterio; igualmente fascinado por
las ideas buenas y las malas, con tal que fueran nuevas, pues todas
echaban sbita raz en su feraz cerebro, acoga con jbilo las
lecciones del astuto amigo; y su lenguaje, su nervioso entusiasmo, sus
planes entre abominables e inocentes, todo anunciaba que don Diego se
dispona a cometer en el mundo mil disparates.

Santorcaz, despus de permanecer por algunos minutos indiferente a las
preguntas de su discpulo, reanud la conversacin; pero, apenas
comenzada sta, omos un tiro, en seguida otro, luego otro y otro.




XXIV


Todos callamos; detuvironse las columnas que haban comenzado a
marchar, y desde el primero al ltimo soldado prestamos atencin al
tiroteo, que sonaba delante de nosotros a la derecha del camino y a
bastante distancia. Corrieron por las filas opiniones contradictorias
respecto a la causa del hecho. Yo me alzaba sobre los estribos,
procurando distinguir algo; pero adems de ser la noche obscursima,
las descargas eran tan lejanas, que no se alcanzaba a ver el fogonazo.

--Nuestras columnas avanzadas--dijo Santorcaz--habrn encontrado algn
destacamento francs que viene a reconocer el camino.

--Ha cesado el fuego--dije yo--. Echamos a andar? Parece que dan
orden de marcha.

--O yo estoy lelo, o la artillera de la vanguardia ha salido del
camino.

Oyse otra vez el tiroteo, ms vivo an y ms cercano, y en la
vanguardia se operaron varios movimientos, cuyas oscilaciones llegaron
hasta nosotros. Sin duda algo grave pasaba, puesto que el ejrcito
todo se estremeci desde su cabeza hasta su cola. Un largo rato
permanecimos en la mayor ansiedad, pidindonos unos a otros noticias
de lo que ocurra; pero en nuestro regimiento no se saba nada; todos
los generales corrieron hacia la izquierda del camino, y los jefes de
los batallones aguardaban rdenes decisivas del Estado Mayor. Por
ltimo, un oficial que a escape volva en direccin a la retaguardia,
nos sac de dudas, confirmando lo que en todo el ejrcito no era ms
que halagea sospecha. Los franceses, los franceses venan a nuestro
encuentro! Tenamos enfrente a Dupont con todo su ejrcito, cuyas
avanzadas principiaban a escaramucear con las nuestras. Cuando
nosotros nos preparbamos a salir para buscarle en Andjar, llegaba l
a Bailn de paso para La Carolina, donde crea encontrarnos. De
improviso unos cuantos tiros les sorprenden a ellos tanto como a
nosotros; detienen el paso; extendemos nosotros la vista con ansiedad
y recelo en la obscura noche; todos ponemos atento el odo, y al fin
nos reconocemos, sin vernos, porque el corazn a unos y otros nos
dice: Ah estn.

Cuando no qued duda de que tenamos enfrente al enemigo, el ejrcito
se sinti al pronto electrizado por cierto religioso entusiasmo. Vivas
y mueras sonaron en las filas; pero al poco rato todo call. Los
ejrcitos tienen momentos de entusiasmo y momentos de meditacin:
nosotros meditbamos.

Sin embargo, no tard en producirse fuertsimo ruido. Los generales
empezaron a sealar posiciones. Todas las tropas que an permanecan
en las calles del pueblo, salieron ms que de prisa, y la caballera
fu sacada de la carretera por el lado derecho. Corrimos un rato por
terreno de ligera pendiente; bajamos despus, volvimos a subir, y al
fin se nos mand hacer alto. Nada se vea, ni el terreno ni el
enemigo; nicamente distinguamos desde nuestra posicin los
movimientos de la artillera espaola, que avanzaba por la carretera
con bastante presteza. Entonces sentimos camino abajo, y como a
distancia de tres cuartos de legua, un nuevo tiroteo que ces al poco
rato, reproducindose despus a mayor distancia. Las avanzadas
francesas retrocedan y Dupont tomaba posiciones.

--Qu hora es?--nos preguntbamos unos a otros, anhelando que un rayo
de sol alumbrase el terreno en que bamos a combatir.

No veamos nada, a no ser vagas formas del suelo a lo lejos; y las
manchas de olivos nos parecan gigantes, y las lomas de los cerros el
perfil de un gigantesco convoy. Un accidente not que prestaba extraa
tristeza a la situacin: era el canto de los gallos que a lo lejos se
oa, anunciando la aurora. Jams escuch un sonido que tan
profundamente me conmoviera como aquella voz de los vigilantes del
hogar desgaitndose por llamar al hombre a la guerra.

Nuevamente se nos hizo cambiar de posicin, llevndonos ms adelante a
espaldas de una batera, y flanqueados por una columna de tropa de
lnea. Gran parte de la caballera fu trasladada al lado izquierdo;
pero a m, con el regimiento de Farnesio, me toc permanecer en el ala
derecha.

De repente una granada visit con estruendo nuestro campo, reventando
hacia la izquierda, por donde estaban los generales. Era como un
saludo de cortesana entre dos guerreros que se van a matar; un tanteo
de fuerzas, una bravata echada al aire para explorar el nimo del
contrario. Nuestra artillera, poco amiga de fanfarronadas, call. Sin
embargo, los franceses, ansiando tomar la ofensiva, con nimo de
aterrarnos, acometieron a una columna de la vanguardia que se
destacaba para ocupar una altura, y la lbrega noche se ilumin con
relmpagos, que interrumpindose luego, volvieron a encenderse al
poco rato en la misma direccin.

Por ltimo, aquellas tinieblas en que se haban cruzado los
resplandores de los primeros tiros, comenzaron a disiparse;
vislumbramos las recortaduras de los cerros lejanos, de aquel suave,
inmvil oleaje de tierra, semejante a un mar de fango, petrificado en
el apogeo de sus tempestades; principiamos a distinguir el ondular de
la carretera, blanqueada por su propio polvo, y las masas negras del
ejrcito, diseminado en columnas y en lneas; empezamos a ver la
azulada masa de los olivares en el fondo y a mano derecha; a la
izquierda las colinas que iban descendiendo hacia el ro. Dbil y
blanquecina claridad azul el cielo antes negro. Volviendo atrs
nuestros ojos, vimos la irradiacin de la aurora, un resplandor que
surga detrs de las montaas; y mirndonos despus unos a otros, nos
vimos, nos reconocimos, observamos claramente a los de la segunda
fila, a los de la tercera, a los de ms all, y nos encontramos con
las mismas caras del da anterior. La claridad aumentaba por grados;
distinguamos los rastrojos, las hierbas agostadas, y despus las
bayonetas de la infantera, las bocas de los caones, y a lo lejos las
masas enemigas, movindose sin cesar de derecha a izquierda. Volvieron
a cantar los gallos. La luz, nica cosa que faltaba para dar la
batalla, haba llegado, y con la presencia del gran testigo, todo era
completo.

Ya se poda conocer perfectamente todo el campo. Prestad atencin y
sabris cmo era. El centro de la fuerza espaola ocupaba la carretera
con la espalda hacia Bailn, de all poco distante; a la derecha del
camino por nuestra parte se alzaban unas pequeas lomas que a lo lejos
suban lentamente hasta confundirse con los primeros estribos de la
sierra; a la izquierda tambin haba un cerro; pero ste caa despus
en la margen del ro Guadiel, casi seco en verano, y que desembocaba
en el Guadalquivir, cerca de Espely. Ocupaba el centro, a un lado y
otro del camino, poderosa batera de caones, apoyada por
considerables fuerzas de infantera; a la izquierda estaba Coupigny
con los regimientos de Bujalance, Ciudad Real, Trujillo, Cuenca,
Zapadores y la caballera de Espaa; a la derecha estbamos, adems de
la caballera de Farnesio, los tercios de Tejas, los suizos, los
valones, el regimiento de rdenes, el de Jan, Irlanda y voluntarios
de Utrera. Mandbanos el Brigadier D. Pedro Grimarest. Los franceses
ocupaban la carretera por la direccin de Andjar y tenan su
principal punto de apoyo en un espeso olivar situado frente a nuestra
derecha; por consiguiente, serva de resguardo a su ala izquierda.
Asimismo ocupaban los cerros del lado opuesto con numerosa infantera
y un regimiento de coraceros, y a su espalda tenan el arroyo de
Herrumblar, tambin seco en verano, que haban pasado. Tal era la
situacin de los dos ejrcitos, cuando la primera luz nos permiti
vernos las caras. Creo que entrambos nos encontramos respectivamente
muy feos.

--Qu le parece a usted esta aventura, Sr. D. Diego?--dijo
Santorcaz.

--Estoy entusiasmado--replic el mozuelo--, y deseo que nos manden
cargar sobre las filas francesas. Y mi seora madre empeada en que
conservara yo aquella espada vieja sin filo ni punta...!

--Est usa sereno?--le pregunt Marijun.

--Tan sereno que no me cambiara por el emperador Napolen--repuso el
Conde--. Yo s que no puede pasarme nada, porque llevo el escapulario
de la Virgen de Araceli que me dieron mis hermanitas, con lo cual
dicho se est que me puedo poner delante de un can. Y usted, Sr. de
Santorcaz, tiene miedo?

--Yo?--repuso D. Luis con cierta tristeza--. Ya sabe usted que estuve
en Hollabrnn, en Austerlitz y en Jena.

--Pues entonces...

--Por lo mismo que presenci tan terribles acciones de guerra, tengo
miedo.

--Miedo! Pues fuera de la fila. Aqu no se quiere gente medrosa.

--No hay soldado aguerrido--afirm Santorcaz--que no tenga miedo al
empezar la batalla, por lo mismo que sabe lo que es.

Odo esto, casi todos los bisoos que poco antes reamos a carcajada
tendida, saludndonos con bravatas y dicharachos, conforme a la
guerrera exaltacin que nos posea, callamos, mirndonos unos a otros,
para cerciorarse cada cual de que no era l solo quien tena miedo.

--Sabis lo que me orden mi seora madre que hiciera al comenzar la
batalla?--indic Rumblar--. Pues que rezara un Avemara con toda
devocin. Ha llegado el momento. Dios te salve, Mara...

El mayorazguito continu en voz baja el Avemara que haba empezado en
alta voz, y todos los de nuestra fila le imitaron, como si aquello en
vez de escuadrn fuera un coro de religioso rezo, y lo ms extrao fu
que Santorcaz, ponindose plido, cerrando los ojos, y quitndose el
sombrero con humilde gesto, dijo tambin Santa Mara...

An resonaba en el aire la fervorosa invocacin, cuando un estruendo
formidable retumb en las avanzadas de ambos ejrcitos. Las columnas
francesas del ala derecha se desplegaron en lnea y rompieron el fuego
contra nuestra izquierda.




XXV


No poco tiempo se me ha ido en describir la posicin de los
combatientes, la configuracin del terreno y el principio del ataque;
pero no necesito advertir que todo esto pas en menos tiempo del
empleado por mi tarda pluma en contarlo. Nuestras fuerzas no estaban
convenientemente distribuidas cuando tuvo lugar la primera embestida
de los imperiales. Verificada sta, no podis figuraros qu
precipitados movimientos hubo en la tropa espaola. Las de retaguardia
que an llenaban la carretera, corran velozmente a sostener la
izquierda; los caones ocupaban su puesto; todo era atropellarse y
correr, de tal modo, que por un instante pareci que el primer ataque
de los franceses haba producido confusin y pnico en las filas de
Coupigny. En tanto, los de la derecha permanecamos quietos, y los de
a caballo que ocupbamos parte de la altura, podamos ver
perfectamente los movimientos del combate.

Tras las primeras descargas de las lneas francesas, stas se
replegaron, y avanzando la artillera dispar varios tiros a bala
rasa. Ponan ellos en ejecucin su tctica propia, consistente en
atacar con mucha energa sobre el punto que juzgaban ms dbil, para
desconcertar al enemigo desde los primeros momentos. Algo de esto
lograron al principio; pero nosotros tenamos excelente artillera, y
disparando tambin con bala rasa las seis piezas colocadas en la
carretera y a sus flancos, el centro francs se resinti al instante,
y para reforzarle tuvo que replegar su ala derecha, produciendo esto
un pequeo avance en la divisin de Coupigny. Entretanto, todos
tenamos fija la vista en el otro extremo de la lnea y hacia la
carretera, y olvidbamos la espesura del olivar que estaba delante. De
pronto, las columnas ocultas entre los rboles salieron y se
desplegaron, arrojando un diluvio de balas sobre el frente del ala
derecha. Desde entonces, el fuego, corrindose de un extremo a otro,
se hizo general en el frente de ambos ejrcitos. La caballera, brazo
de los momentos terribles, no funcionaba an y permaneca detrs,
quieta y relinchante, contenindose con sus propias riendas.

Pero a pesar de generalizarse la lucha, en aquel primer perodo de la
batalla todo el inters continuaba, como he dicho, en el ala
izquierda. Atacada por los franceses con valenta pasmosa, nuestros
batallones de lnea retrocedieron un momento. Casi pareca que iban a
abandonar su posicin al enemigo; pero bien pronto se rehicieron
tomando la ofensiva al amparo de dos bocas de fuego y de la caballera
de Espaa, que carg a los franceses por el flanco. Vacilaron un tanto
los imperiales de aquella ala, y gran parte de las fuerzas que haban
salido del olivar se transportaron al otro lado. Su artillera hizo
grandes estragos en nuestra gente; mas con tanta intrepidez se lanz
sta sobre las lomas que ocupaba el enemigo entre el camino y el ro
Guadiel; con tanta bravura y desprecio de la vida afrontaron los
soldados de lnea la mortfera bala rasa y las cargas de la caballera
del general Priv, que llegaron a dominar tan fuerte posicin.

Antes que esto sucediera, ocurrieron mil lances de esos que ponen a
cada minuto en duda el xito de una batalla. Se clareaban nuestras
lneas, especialmente las formadas con voluntarios; volvan a verse
compactas y formidables, avanzando como una muralla de carne;
oscilaban despus y parecan resbalar por la pendiente cuando las
patas delanteras de los caballos de los coraceros principiaban a
martillar sobre los pechos de nuestros soldados; luego stos
rechazaban a los animales con sus haces de bayonetas; caan para
levantarse con frentico ardor o no levantarse nunca, hasta que, por
ltimo, el ala francesa se puso en dispersin, replegndose hacia la
carretera.

Mientras esto pasaba, los de la derecha se sostenan a la defensiva, y
el centro caoneaba para mantener en respeto al enemigo, porque casi
gran parte de la fuerza haba acudido a la izquierda; pero una vez que
se oyeron los gritos de jbilo de los soldados de sta, posesionados
de la altura, antes en poder de los franceses, y cuando se vi a stos
aglomerarse sobre su centro, dise orden de avance a las seis piezas
del nuestro, y por un instante el pnico y desorden del enemigo fueron
extraordinarios. Para concertarse de nuevo y formar otra vez sus
columnas tuvieron que retroceder al otro lado del puente del
Herrumblar. Vindoles en mal estado, se trat de lanzar toda la
caballera en su persecucin; pero varias de sus piezas, desmontadas
por nuestras balas, obstruan el camino, tambin entorpecido con los
espaldones que haban empezado a formar. El sol esparca ya sus rayos
por el horizonte. Nuestros cuerpos proyectaban en la tierra y hacia
adelante largusimas sombras negras. Cada animal, con su jinete,
dibujaba en el suelo una caricatura de hombre y caballo, escueta,
enjuta, disparatada, y todo el suelo estaba lleno de aquellas absurdas
legiones de sombras que haran rer a un chico de escuela.

Os reiris de verme ocupado en tan triviales observaciones; pero as
era, y no tengo por qu ocultarlo. En aquel momento estbamos en una
corta tregua, aunque la cosa no pareciera prxima a concluir. Hasta
entonces slo habamos sido atacados por una parte de las fuerzas
enemigas, pues la divisin de Barbou, algo rezagada, no estaba an en
el campo francs. Entretanto, y mientras se tomaban disposiciones para
rechazar un segundo ataque, que no sabamos si sera por la derecha o
por el centro, retiraban los espaoles sus heridos, que no eran pocos;
mas no ciertamente en mi divisin, la cual estuviera hasta entonces a
la defensiva, tirotendose ambos frentes a alguna distancia. Mi
regimiento permaneca intacto, reservado sin duda para alguna ocasin
solemne.

Los franceses no tardaron en intentar la adquisicin del puente
perdido. Su primer ataque fu dbil, pero el segundo violentsimo. Od
cmo fu el primero. La infantera espaola, desplegndose en
guerrillas a un lado y a otro del camino, les azotaba con espeso
tiroteo. Lanzaron ellos sus caballos por el puente; mas con tan poca
fortuna, que tras de una pequea ventaja obtenida por el empuje de
aquella poderosa fuerza, tuvieron que retirarse; pasada la sorpresa,
nuestros infantes les acribillaron a bayonetazos, dejando un
sinnmero de jinetes en el suelo y otros precipitados por cima de los
pretiles al lecho del arroyo. No tuvimos tan buena suerte en el
segundo ataque, porque renunciando ellos a poner en movimiento la
caballera en lugar angosto, atacaron a la bayoneta con tanta fiereza,
que nuestros regimientos de lnea, y aun los valientes valones y
suizos, retrocedieron aterrados. O contar en la tarde de aquel mismo
da a un soldado de los tiradores de Utrera, presente en aquel lance,
que los franceses, en su mayor parte militares viejos, cargaron a la
bayoneta con furia sublime, que produca en los nuestros, adems del
desastre fsico, una gran inferioridad moral. Me dijo que se
espantaron, que en un momento vironse pequeos, mientras que los
franceses se agrandaban, presentndose como una falange de millones de
hombres; que los vivas al Emperador y los gritos de clera eran tan
furiosamente pronunciados, que parecan matar tambin por el solo
efecto del sonido, y que, por ltimo, sintiendo los de ac desfallecer
su entusiasmo y al mismo tiempo un repentino, invencible cario a la
vida, abandonaron aquel puente mezquino, ardientemente disputado por
dos naciones, y que al fin qued por Francia. El efecto moral de esta
prdida fu muy notable entre nosotros. Advirtise claramente en todo
el ejrcito como un estremecimiento de inquietud que, partiendo de
aquel gran corazn compuesto de diez y ocho mil corazones, se
transmita al tembloroso fusil, asido por la indecisa mano.

Entonces pude observar cmo se individualiza un ejrcito, cmo se hace
de tantos uno solo, resumiendo de un modo milagroso los sentimientos
lo mismo que se resume la fuerza; pude observar cmo aquella gran masa
recibe y transmite las impresiones del combate con la presteza y
uniformidad de un solo sistema nervioso; cmo todos los movimientos
del organismo fsico, desde la mano del General en Jefe hasta el casco
del ltimo caballo, obedecen a la alegra de un momento, a la pena de
otro momento, a las angustiosas alternativas que en el discurso de
pocas horas consiente y dispone Dios, espectador no indiferente de
estas barbaridades de los hombres.

La prdida del puente sobre el Herrumblar, que al amanecer se haba
ganado, hizo que el ala derecha retrocediera buscando mejor posicin.
Casi todas las posiciones se variaron. Los generales conocan la
inminencia de un ataque terrible, los soldados viejos la prevean, los
bisoos la sospechbamos, y nuestros caballos, reculando y
estrechndose unos contra otros, olan en el espacio, digmoslo as,
la proximidad de una gran carnicera.

Eran las seis de la maana y el calor principiaba a dejarse sentir con
mucha fuerza. Sentamos ya en las espaldas aquel fuego que ms tarde
haba de hacernos el efecto de tener por medula espinal una barra de
metal fundido. No habamos probado cosa alguna desde la noche
anterior, y una parte del ejrcito ni aun en la noche anterior haba
comido nada. Pero este malestar era insignificante comparado con otro
que desde la maana principi a atormentarnos: la sed, que todo lo
destruye, alma y cuerpo, infundiendo una rabia intil para la guerra,
porque no se sacia matando. Es verdad que de Bailn salan en bandadas
multitud de mujeres con cntaros de agua para refrescarnos; pero de
este socorro apenas poda participar una pequea parte de la tropa,
porque los que estaban en el frente no tenan tiempo para ello. Ms de
una vez aquellas valerosas mujeres se expusieron al fuego, penetrando
en los sitios de mayor peligro, y llevando sus alcarrazas a los
artilleros del centro. En los puntos de mayor peligro, y donde era
preciso estar con el arma en el puo constantemente, nos disputbamos
un chorro de agua con atropellada brutalidad: rompanse los cntaros
al choque de veinte manos que los queran coger, caa el agua al
suelo, y la tierra, ms sedienta an que los hombres, se la chupaba en
un segundo.




XXVI


Por qu sitio pensaban atacarnos los franceses? Conociendo que el
centro era inexpugnable por entonces, siendo el principal objeto de
Dupont abrirse camino hacia Bailn, y considerando peligroso
intentarlo por el ala izquierda, no slo porque all la posicin de
los espaoles era excelente, sino porque les ofreca un gran peligro
la cuenca del Guadiel, determinaron atacar nuestra ala derecha,
esperando abrir en ella un boquete que les diera paso. Su artillera
no cesaba de arrojar bala rasa, protegiendo la formacin de las
poderosas columnas que bien pronto deban hostilizarnos. Al punto se
reforz el ala derecha, se desplegaron en lnea varios batallones, y
sin esperar el ataque marcharon hacia el enemigo, amparados por dos
piezas de artillera. El primer momento nos fu favorable. Pero el
olivar vomit gente y ms gente sobre nuestra infantera. Por un
instante confundidas ambas lneas en densa nube de polvo y humo, no se
poda saber cul llevaba ventaja. Caan los nuestros sobre los
imperiales, y la metralla enemiga les haca retroceder; avanzaban
ellos, y adquiramos a nuestra vez momentnea inferioridad.

Por largo tiempo dur este combate, tanto ms cruel, cuanto era ms
proporcionado el empuje de una y otra parte, hasta que al fin
observamos sntomas de confusin en nuestras filas; vimos que se
quebraban aquellas compactas lneas, que retrocedan sin orden, que
chocaban unos con otros los grupos de soldados. La divisin se
conmovi toda, y dos batallones de reserva avanzaron para restablecer
el orden. Gritaban los jefes hasta quedarse sin voz, y todos se ponan
a la cabeza de las columnas, conteniendo a los que flaqueaban y
excitando con ardorosas palabras a los ms valientes. Los tercios de
Tejas y el regimiento de rdenes al frente se lanzaron, mientras el
concierto se restableca en los cuerpos que hasta entonces haban
sostenido el fuego. Sobre todo el regimiento de rdenes, uno de los
ms valientes del ejrcito, se arroj sobre el enemigo con una
impavidez que a todos nos dej conmovidos de entusiasmo. Su coronel,
D. Francisco de Paula Soler, pareca dar fuego a todos los fusiles con
la arrebatadora llama de sus ojos; con el gesto de su mano derecha
empuando la espada, que pareca un rayo; con sus gritos, que
sobresalan entre el granizado tiroteo, sublimando a los soldados.

De tal modo arreciaron la metralla y la fusilera enemiga, que casi
toda la primera fila del valiente regimiento de rdenes cay, cual si
una gigantesca hoz la segara. Pero sobre los cuerpos palpitantes de la
primera fila pas la segunda, continuando el fuego. Como si los tiros
franceses persiguieran con inteligente saa las charreteras, el
regimiento vi desaparecer a muchos de sus oficiales.

Reforzronse tambin los enemigos, y desplegando nueva lnea con gente
de reserva, avanzaron a la bayoneta, pujantes, aterradores,
irresistibles. Momento de incomparable horror! Figurbaseme ver a dos
monstruos que se baten, mordindose con rabia, igualmente fuertes, y
que hallan en sus heridas, en vez de cansancio y muerte, nueva clera
para seguir luchando.

Cuando las bayonetas se cruzaban, el campo ocupado por nuestra
infantera se clare a trozos; sentimos el crujido de poderosas
cureas, rebotando en el suelo de hoyo en hoyo al arrastre de las
mulas, castigadas sin piedad, los caones de a 12 enfilaron el eje de
sus nimas hacia las lneas enemigas; los botes de metralla penetraron
en el bronce; se atacaron con prontitud febril, y un diluvio de puntas
de hierro, hendiendo horizontalmente el aire, contuvo la marcha del
frente francs. A un disparo suceda otro; la infantera, rehecha,
flanqueaba los caones, y para completar el acto de desesperacin, un
grito reson en nuestro regimiento. Todos los caballos patalearon,
expresando en su ignoto lenguaje que comprendan la sublimidad del
momento; apretamos con fuerte puo los sables, y medimos la tierra que
se extenda delante de nosotros. La caballera iba a cargar.

Vimos que a todo escape se nos acerc un General, seguido de gran
nmero de oficiales. Era el marqus de Coupigny, alto, fuerte, rubio,
colorado de suyo, y en aquella ocasin encendido, como si toda su cara
despidiera fuego. Era Coupigny hombre de pocas palabras; pero supla
su escasez oratoria con la llama de su mirar, que era por s una
proclama. Nosotros pusimos atencin esperando que nos dijera alguna
cosa; pero el General dispuso con un gesto la direccin del
movimiento, y despus nos mir. No necesitamos ms.

--Viva Espaa! Viva el rey Fernando! Mueran los
franceses!--exclamamos todos; y el escuadrn se puso en movimiento.

Estbamos formados en columna, y nos desplegamos en batalla sobre los
costados, bajando a buen paso, pero sin precipitacin, de la altura
donde habamos estado. Maniobramos luego para tener a nuestro frente
el flanco enemigo; las tropas que por all atacaban dicho flanco
doblaron por cuartas para darnos paso por los claros; el jefe grit:
A la carga; picamos espuela, y ciegamente camos sobre el enemigo
como repentina avalancha. Yo, lo mismo que Santorcaz, el mayorazgo y
los dems de la partida, bamos en la segunda fila. Penetraron
impetuosamente los de la primera, acuchillando sin piedad; los
caballos bramaban de furor, sintindose heridos a fuego y a hierro.
Algunos caan, dejando morir a sus jinetes, y otros se arrojaban con
ms fuerza, destrozando cuanto hallaban bajo sus poderosas manos. Los
de la primera fila hicieron gran destrozo; pero a los de la segunda
nos cost ms trabajo, porque avanzando demasiado los delanteros,
quedamos envueltos por la infantera, lo cual atenuaba un poco nuestra
superioridad. Sin embargo, destrozbamos pechos y crneos sin piedad.

Yo v a Rumblar, ciego de ira, luchando cuerpo a cuerpo con un
francs; vi a Santorcaz dando pruebas de tener un puo formidable para
el manejo del sable; uslo con toda la destreza que me era posible, y
lo mismo yo que mis amigos y otros muchos jinetes de mi fila nos
internamos locamente por el grueso de la infantera contraria. Otro
escuadrn daba nueva carga por el mismo flanco, lo cual, observado por
nosotros, nos reanim. No bamos mal; pero los franceses eran muchos,
estaban muy hechos a tales embestidas, y saban defenderse bien de la
pesadumbre de los caballos, as como de los sablazos.

Sin embargo, no retrocedan delante de nosotros. Ya se sabe que siendo
el objeto de la caballera producir un gran sacudimiento y pavor en
las filas enemigas por la violencia del primer choque, cuando ste no
da el resultado apetecido, y se empean combates parciales entre los
caballos y una numerosa infantera, los primeros corren gran riesgo de
desaparecer, brutales masas, devoradas en aquel hervidero de agilidad
y destreza. Aunque en la carga les causamos gran dao, no les pusimos
en dispersin: los combates parciales se entablaron pronto, y fu
preciso que la caballera de Espaa, a escape trada del ala
izquierda, nos reforzase, para no ser envueltos y perdidos sin
remisin. Hubo un momento en que me vi prximo a la muerte. A mi lado
no haba ms que dos o tres jinetes, que se hallaban en trance tan
apurado como yo; nos miramos, y comprendiendo que era preciso hacer un
supremo esfuerzo, arremetimos a sablazos con bastante fortuna. Con
esto y el pronto auxilio de la carga hecha en el mismo instante por la
caballera de Espaa, salimos del apuro. Revolviendo atrs, hund las
espuelas, y mi caballo se puso de un salto en la nueva fila. No vi a
mi lado ms cara conocida que la de Marijun. El Conde y Santorcaz
haban desaparecido.

En el mismo instante mi caballo flaque de sus cuartos traseros.
Intent hacerle avanzar, clavndole impamente las espuelas; el noble
animal, comprendiendo sin duda la inmensidad de su deber y tratando de
sobreponerle a la agudeza de su dolor, di algunos botes; pero cay al
fin, escarbando la tierra con furia. El desgraciado haba recibido una
terrible herida en el vientre, y falto de palabra para expresar su
padecimiento, bramaba, aspirando con ansia el aire inflamado, sacuda
el cuello; pareca dar a entender que hallando un charco de agua en
que remojar la lengua, sus dolores seran menos vivos, y al fin se
abandon a su suerte, tendindose sobre el campo, indiferente al ruido
del can y al toque de degello.




XXVII


Vindome desmontado, me dirig a buscar un puesto entre las escoltas
de la artillera o en el servicio de municiones, que se haca
precipitadamente por los tambores entre los carros y las piezas. Al
dar los primeros pasos, advert el extraordinario decaimiento de mis
fuerzas fsicas; no poda tenerme en pie, y el ardor de mi sangre,
llegado a su ltimo extremo, me paralizaba cual si estuviese enfermo.
No es propio decir que haca calor, porque esta frase, comn al verano
de todos los pases europeos, es inexpresiva para indicar la espantosa
inflamacin de aquella atmsfera de Andaluca en el da infernal que
presenci la batalla de Bailn. El efecto que haca en nuestros
cuerpos era el de una llamarada que los azotaba por todos lados: la
cara se nos abrasaba como cuando nos asomamos a un horno encendido, y
deshechos en sudor, nuestros cuerpos hervan, descomponindose la
economa entera, desde el instante en que fuertes excitaciones del
espritu dejaban de sostenerla.

Cuando me encontr a pie y a regular distancia del combate, que segua
con ventaja para los espaoles, empec a sentir vivamente y de un modo
irresistible el aguijn candente de la sed que horadaba mi lengua, y
la corriente de fuego que envolva mi cuerpo. Esto me daba tal
desesperacin, que de prolongarse mucho hubirame impelido a beber la
sangre de mis propias venas. Por ninguna parte divisaba a la gente del
pueblo que antes trajera cntaros con agua, y al buscar con ansiosa
inspiracin en el seco aire una partcula de agua, beba y respiraba
oleadas de polvo abrasador.

Por un rato perd toda la exaltacin guerrera y el furor patritico
que antes me dominaban, para no pensar ms que en la probabilidad de
beber, previendo las delicias de un sorbo de agua, y anhelando apagar
aquellas ascuas pegajosas que en mi boca revolva. Con este deseo
camin largo trecho entre las filas de retaguardia del centro: los
soldados de los regimientos que all se rehacan para salir de nuevo
al frente, clamaban tambin pidiendo agua. Vimos con alegra que desde
el pueblo venan corriendo algunos hombres con cubos; pero al punto se
nos dijo que aquella agua no era para nosotros: era para otros
sedientos cuyas bocas necesitaban refrescarse antes que las nuestras
si el combate haba de tener buen xito; era para los caones.

La resistencia enrgica de las dos piezas del ala derecha, combinadas
con las seis de la batera central, y el auxilio de la caballera
atacando por el flanco la lnea enemiga, hizo que sta fuese
rechazada, a pesar de su frente compacto, de su incomparable bravura.
Los franceses se retiraron, dejndose perseguir y desposicionar por la
infantera y caballos de nuestra derecha. Harto se conoca este
resultado en los gritos de alegra, en aquel concierto de injurias con
que el vencedor confirma la catstrofe del vencido, cuando ste vuelve
la espalda. El sitio donde yo estaba se vi despejado por el avance de
nuestras tropas, y en casi todos los jefes que all haba observ tal
expresin de gozo, que sin duda consideraban asegurada la victoria.
Oh, momento feliz! Ya se poda pensar en beber. Pero dnde?

Despus del avance de nuestras tropas, que no ocuparon enteramente las
posiciones francesas por ofrecer esto algn peligro, los soldados del
regimiento de rdenes divisaron una noria, en el momento en que los
franceses, que durante la accin habanla ocupado, se hallaban en el
caso de abandonarla. Vieron todos aquel lugar como un santuario cuya
conquista era el supremo galardn de la victoria, y se arrojaron sobre
los defensores del agua escasa y corrompida que arrojaban unos
cuantos arcaduces en un estanquillo. Los enemigos, que no queran
desprenderse de aquel tesoro, lo defendan con la rabia del sediento.
Apenas disparados los primeros tiros, otros muchos franceses,
extenuados de fatiga, y encontrndose ya sin fuerzas para combatir si
no les caa del cielo o les brotaba de la tierra una gota de agua,
acudieron a beber, y vindola tan reciamente disputada, se unieron a
los defensores.

O decir: All hay agua, all se estn disputando la noria!, y no
necesit ms. Lancme, y conmigo se lanzaron otros en aquella
direccin; tom del suelo un fusil que an apretaba en sus manos un
soldado muerto, y corr con los dems a todo escape en direccin a la
noria. Penetramos en un campo a medio segar, a trechos cubierto de
altos trigos secos, a trechos en rastrojo. La lucha en la noria se
haca en guerrillas; acerqume a la que me pareci ms floja, y
despreci la vida, lleno mi espritu del frentico afn de conquistar
un buche de agua. Aquel imperio, compuesto de dos mal engranadas
ruedas de madera, por las cuales se escurra un miserable lagrimeo de
agua turbia, era para nosotros el imperio del mundo. La hidrofagia,
que a veces amilana, a ratos tambin convierte al hombre en fiera,
llevndole con sublime ardor a desangrarse por no quemarse.

Los franceses defendan su vaso de agua, y nosotros se lo
disputbamos; pero de improviso sentimos que se duplicaba el calor a
nuestras espaldas. Mirando atrs, vimos que las secas espigas ardan
como yesca, inflamadas por algunos cartuchos cados por all, y sus
terribles llamaradas nos frean de lejos la espalda. O tomar la noria
o morir, pensamos todos. Nos batamos apoyados contra una hoguera, y
la hambrienta llama, al morder con su diente insaciable en aquel
pasto, extenda alguna de sus lenguas de fuego azotndonos la cara. La
desesperacin nos hizo redoblar el esfuerzo, porque nos asbamos,
literalmente hablando; y por ltimo, arrojndonos sobre el enemigo,
resueltos a morir, la gota de agua qued por Espaa al grito de Viva
Fernando VII!

Por un momento dejamos de ser soldados, dejamos de ser hombres, para
no ser sino animales. Si cuando sumergimos nuestras bocas en el agua,
hubiera venido un solo francs con un ltigo, habranos azotado, sin
que intentramos defendernos. Despus de emborracharnos en aquel
nctar fangoso, superior al vino de los dioses, nos reconocimos otra
vez en la plenitud de nuestras facultades. Qu Inmensa alegra! Qu
superabundancia de fuerza y de orgullo!

Pero habamos vencido definitivamente a los franceses? Cuando se
disip aquella lobreguez moral con que la horrible sequedad del cuerpo
haba envuelto el espritu, nos vimos en situacin muy difcil.
Corriendo hacia la noria nos habamos apartado de nuestro campo, y
advirtase que si el ejrcito francs fu rechazado con grandes
prdidas, conservaba an sus posiciones. Iba a emprender nuevo
ataque, con el ltimo esfuerzo de la desesperacin? Creamos que s,
y seales de esto notamos en el campo enemigo que tenamos tan cerca.
Al punto corrimos desbandados hacia el nuestro, que estaba algo lejos,
y saltando por junto a los trigos incendiados, abandonamos la noria,
por temor a que fuerzas ms numerosas que las nuestras nos hicieran
prisioneros.

Verdad que los franceses, no dando ya ninguna importancia a las
acciones parciales, se ocupaban en organizar el resto y lo mejor de su
fuerza para dar un golpe de mano, ltima estocada del gigante que se
senta morir. Corrimos, pues, hacia nuestro campo. Ya cerca de l,
pas rpidamente por delante de m un caballo sin jinete, arrogante,
vanaglorioso, con la crin al aire, sano y sin heridas, algo azorado y
aturdido. Era un animal de pura casta cordobesa, lo mismo que el mo.
Le segu, y apoderndome de sus bridas, cuando volva, me mont en l;
despus de ser por un rato soldado de a pie, tornaba a ser jinete.
Busqu con la vista el escuadrn ms prximo, y vi que a retaguardia
del centro se formaba en columna con distancias el de Espaa. Entr en
las primeras filas, a punto que dijeron junto a m.

--Los generales franceses harn el ltimo esfuerzo. Dicen que hay unas
tropas que todava no han entrado en fuego, y son las mejores que
Napolen ha trado a Espaa.

Efectivamente, el centro se preparaba a una defensa valerosa, y
guarneca sus bateras, distribua los regimientos a un lado y otro,
agrupando a retaguardia fuerzas considerables de caballera. Cuando
esto pasaba, sent un vivo clamor de la naturaleza dentro de m, sent
hambre, pero qu hambre!... Francamente, y sin ruborizarme, digo que
tena ms ganas de comer que de batirme. Y qu? Este miserable hijo
de Espaa no haba hecho ya bastante por su Rey y por su patria, para
permitir llevarse a la boca un pedazo de pan?

En estas reflexiones, registr primero la grupa de mi cabalgadura
allegadiza, donde no haba ms que alguna ropa blanca, y despus las
pistoleras, donde encontr un mendrugo. Hallazgo incomparable! No
satisfecho, sin embargo, con tan poca racin, llev mis exploraciones
hasta lo ms profundo de aquellos sacos de cuero, y mis dedos
sintieron el contacto de unos papeles. Saqulos, y vi un pequeo
envoltorio y tres cartas, la una cerrada y las otras dos cubiertas,
todas con sobrescrito. Le el primer sobre que se me vino a la mano, y
deca as: Al Sr. D. Luis de Santorcaz, en Madrid, calle de...

Haba montado en el caballo de Santorcaz.




XXVIII


Olvidndome al instante de todo, no pens ms que en examinar bien lo
que tena en las manos. El sobrescrito de la primera carta que saqu
y que estaba abierta, era de letra femenina, que reconoc al momento.
El de la carta cerrada, que sin duda no estaba ya en la estafeta por
detencin involuntaria, era de hombre y deca: Sra. Condesa de...
(aqu el ttulo de Amaranta), en Crdoba, calle de la Espartera.
El tercer sobre, tambin de carta abierta, era de letra de hombre y
dirigido a Santorcaz. Desenvolv en seguida el envoltorio de papeles,
que guardaba un bulto como del tamao de un duro, y al ver lo que
contena, una luz vivsima inund mi alma y sent dolorosa punzada en
el corazn. Era el retrato de Ins.

Aquella aparicin en el campo de batalla, en medio del zumbido de los
caones y del choque de las armas; la inesperada presencia ante m de
aquella cara celestial, fielmente reproducida por un buen artista; la
sonrisa iluminada que cre observar sobre la placa, cuando fij en
ella mis ojos; aquella repentina visita, pues no era otra cosa, de mi
fiel amiga, cuando yo haca tan vivos esfuerzos para ser digno de
ella, me regocijaron de un modo inexplicable. Para iluminar los rasgos
y colores de aquel retrato que sonrea, vala la pena de que saliese
el sol, de que existiese el mundo, de que la serie del tiempo trajera
aquel da, aunque deslustrado por los horrores de una batalla.

Estrech a la Ins de dos pulgadas contra mi corazn y la guard en mi
pecho, resuelto a no darla, aunque la materialidad del pedazo de cobre
pintado no me perteneca. Mas era preciso leer aquellos papeles, que
podan esclarecer alguna de mis dudas. Detvome al principio la
vergenza de leer cartas ajenas, lo cual es cosa fea; pero consider
que Santorcaz habra muerto, fundndome en la dispersin de su caballo
abandonado, y adems, como la curiosidad me picaba, me escoca, me
quemaba de un modo muy vivo, decidme a leer la carta abierta, porque
el deseo de hacerlo era ms fuerte que todas las consideraciones.

Yo estaba completamente absorto en aquel asunto de inters ntimo; yo
no atenda a la batalla; yo no haca caso de los caonazos; yo no me
fijaba en los gritos; yo no apartaba del papel los ojos, aunque senta
correr por junto a mis odos el estrepitoso aliento de la lucha. En
aquel instante, entre los veinte mil hombres que, formando dos grandes
conjuntos, se disputaban unas cuantas varas de terreno, yo era quizs
el nico que mereca el nombre de individuo. tomo disgregado
momentneamente de la masa, se ocupaba de sus propias batallas.

La carta abierta, que llevaba la firma de Amaranta, deca as, despus
de las frmulas de encabezamiento:

Eres un malvado o un desgraciado? En verdad no s qu creer, pues de
tu conducta todo puede deducirse. Despus de una ausencia de muchos
aos, durante los cuales nadie ha logrado traerte al buen camino,
ahora vuelves a Espaa sin ms objeto que hostigarme con pretensiones
absurdas a que mi dignidad no me permite acceder. Harto he hecho por
t, y ahora mismo, cuando me has manifestado tu situacin, te he
propuesto un medio decoroso de remediarla. Qu ms puedo hacer? Pero
no te satisface lo que en la actualidad y siempre bastara a calmar la
ambicin de un hombre menos degradado que t; te rebelas contra mis
beneficios, y aspiras a ms, amenazndome sin miramiento alguno. A
todo eso contesto dicindote que desprecio tus amenazas, y que no las
temo. No; no es posible que por la amenaza consiga nadie de m lo que
me impelen a negar mi dignidad, mi categora, mi familia y mi nombre.
Nunca cre que aspiraras a tanto, y siempre pens que te conceptuaras
muy feliz con lo que otras veces has alcanzado de m, y hoy te
ofrezco, haciendo un verdadero sacrificio, porque el estado del reino
ha disminuido nuestras rentas...

Al llegar aqu, el golpe de un peso que cay, chocando con mi rodilla,
me hizo levantar la vista de la carta. El soldado que formaba junto a
m, herido mortalmente por una bala perdida, haba rodado al suelo. En
aquel intervalo vi hacia el frente, envueltas en espeso humo, las
columnas francesas que venan a atacar el centro. Pero mi nimo no
estaba para fijar la atencin en aquello. Pude notar que la caballera
avanzaba un poco, pero despus retroceda y oscilaba de flanco; pero
dejndome llevar por el caballo, con los ojos fijos en el papel, que
sostena a la altura de las riendas, no puse ni un desperdicio de
voluntad en aquellos movimientos de la mquina en que estaba
engranado. La carta continuaba as:

...En vano para conmoverme finges gran inters por aquel ser
desgraciado que vino al mundo como testimonio vivo de la funesta
alucinacin y del fatal error de su madre. A qu ese sentimiento
tardo? A qu acusarme de su abandono? No, esa nia no existe; te han
engaado los que te han dicho que yo la he recogido. Mal podra
recogerla cuando ya es un hecho evidente que Dios se la llev de este
mundo. A qu conduce el amenazarme con ella, hacindola instrumento
de tus malas artes para conmigo? No pienses en esto. Por ltima vez te
aconsejo que desistas de tus locas pretensiones, y te presentes ante
m con bandera de paz. Eres un malvado o un desgraciado? Yo sera muy
feliz si me probaras lo segundo, porque uno de mis mayores tormentos
consiste en suponer tan profundamente corrompido el corazn que hace
aos slo exista para amarme...

Con esto y la firma de Amaranta terminaba la epstola, cuya lectura,
absorbiendo mi atencin, me distraa de la batalla. El fragor de sta
zumbaba en mis odos como el rumor del mar, a quien generalmente no se
hace caso desde tierra. Es tal vuestra impertinencia que queris
obligarme a contaros lo que all pasaba? Pues od. Cuando la tropa
francesa de lnea retrocedi por tercera vez, extenuada de hambre, de
sed y de cansancio; cuando los soldados que no haban sido heridos se
arrojaban al suelo maldiciendo la guerra, negndose a batirse,
insultando a los oficiales que les llevaran a tan terrible situacin,
el General en Jefe reuni la plana mayor, y expuesto en breve consejo
el estado de las cosas, se decidi intentar un ltimo ataque con los
marinos de la guardia imperial, an intactos, ponindose a la cabeza
todos los generales.

Por eso cuando, leda la carta, alc los ojos, vi delante de las
primeras filas de caballera algunas masas de tropa escoltando los
seis caones de la carretera, cuyo fuego certero y terrible haba sido
el nudo gordiano de la batalla. Servidos siempre con destreza y al fin
con exaltacin, aquellos seis caones eran durante unos minutos la
pieza de dos cuartos arrojada por Espaa y Francia, por la usurpacin
y la nacionalidad, en un corrillo de veinte mil soldados. Cara o
cruz? Las tomaran los franceses? Se dejaran quitar los espaoles
aquellos caones? Quin podra ms, nuestros valientes y hbiles
oficiales de artillera, o los quinientos marinos?

Yo vi a stos avanzar por la carretera, y entre el denso humo
distinguimos un hombre puesto al frente del valiente batalln y
blandiendo con furia la espada; un hombre de alta estatura, el rostro
desfigurado por la costra de polvo que amasaban los sudores de la
angustia; de uniforme lujoso y destrozado en la garganta y seno, como
si lo hubiera hecho pedazos con las uas para dar desahogo al oprimido
pecho. Aquella imagen de la desesperacin, que tan pronto sealaba la
boca de los caones como el cielo, indicando a sus soldados un alto
ideal al conducirles a la muerte, era el desgraciado general Dupont,
que haba venido a Andaluca seguro de alcanzar el bastn de Mariscal
de Francia. El paseo triunfal de que al partir de Toledo habl, haba
tenido aquel tropiezo.

Los repetidos disparos de metralla no detenan a los franceses.
Brillaban los dorados uniformes de los generales puestos al frente, y
tras ellos la hilera de marinos, todos vestidos de azul y con grandes
gorras de pelo, avanzaba sin vacilacin. De rato en rato, como si una
manotada gigantesca arrebatase la mitad de la fila, as desaparecan
hombres y hombres. Pero en cada claro asomaba otro soldado azul, y el
frente de columna se rehaca al instante, acercndose imponente y
aterrador. Acelerbase su marcha al hallarse cerca; iban a caer como
legin de invencibles demonios sobre las piezas para clavarlas y
degollar sin piedad a los artilleros.

Los que asistan a aquel espectculo, sin ser actores de l, estaban
mudos de estupor, con el alma y la vida en suspenso, cual si
aguardaran el resultado de la porfa para dejar de existir o seguir
existiendo. No obstante, creern mis lectores que algo ocupaba mi
espritu ms de lleno que la ltima peripecia? Pues s: yo tena en mi
mano la carta cerrada, y la curiosidad por leerla no era curiosidad;
era una sed moral ms terrible que la sed fsica que poco antes me
atormentara. Incapaz de resistirla, sintiendo que todo se eclipsaba
ante la inmensidad del inters despertado en m por los asuntos de dos
o tres personas que no haban de decidir la suerte del mundo, tom la
carta, la abr sin reparar en lo vituperable de esta accin, y al
punto la devor con los ojos, leyendo lo siguiente:

Seora Condesa: Vuestra carta me anuncia que nada puedo esperar de
vos por los honrados medios que os he propuesto. No me sorprende, y si
en la ltima que me dirigisteis, dictada sin duda por vuestro propio
corazn, mostrabais bastante generosidad, en sta reconozco las ideas
de vuestra ta la seora Marquesa, que en otro tiempo os dijo que
antes quera veros muerta que casada con un hombre inferior a vuestra
clase. Preguntis que si soy un malvado o un desgraciado, y contesto
que ya que os alcanza la responsabilidad de lo segundo, a vos tambin
os tocar sin duda la triste gloria de lo primero. Esta ser la ltima
que os escriba el que en algn tiempo no hubiera cambiado por todas
las delicias del Paraso el gozo de leer una letra de vuestra mano.
Quizs por mucho tiempo no oigis hablar de m; quizs disfrutis la
inefable satisfaccin de creer que he muerto; pero en la obscuridad y
lejos de vos, yo me ocupar de lo que me pertenece. Quin es el
culpable, vos o yo? Cuando supe en Madrid que habais recogido a
nuestra hija despus de largo abandono, os promet legitimarla por
subsiguiente matrimonio, como corresponda a personas honradas.
Primero me contestasteis indecisa, y luego furiosa, rechazando una
proposicin que calificabais de absurda, de irreverente, y llamndome
jacobino, francmasn, calavera, perdido, tramposo, con otras injurias
que quisiera or en tan linda boca. Yo acepto el bofetn de vuestro
orgullo. Lo que no me explico es la desfachatez con que negis haber
recogido a vuestra hija. Y decs que esto no me importa? Ya veris
si me importa o no. Yo s que la habis recogido; yo s que est en un
convento; yo s que su boda con el conde de Rumblar est concertada;
yo s que para realizarla se han tenido en cuenta poderosos intereses
de ambas familias, que la hacen imprescindible; yo s que para llevar
a efecto la legitimacin se ha consumado una superchera poco digna de
personas como...

Una conmocin inmensa, un estrpito indescriptible me obligaron a
apartar de la carta mi atencin. Los marinos llegaban a la boca de los
caones, y un combate terrible, en que parecamos llevar lo mejor, se
haba trabado. Esto era sin duda sublime; esto sacaba de quicio y
conmova el alma en su fundamento; pero no haba algo ms en el
mundo? Ins, su madre, su padre, su porvenir, su casamiento, y yo con
mi desmedido y leal amor; yo, preguntndome si podra subir hasta
ella, o si era preciso hacerla descender hasta m... Oh! sta s que
era batalla; sta s que era lucha, seores. Su campo estaba dentro de
m, y sus fuerzas terribles chocaban dentro del espacio silencioso de
mi pensamiento. Cmo no atender a ella ms que a otra alguna? El
corazn, tirano indiscutible, agrandando inconmensurablemente las
proporciones de mi batalla, habala hecho mayor que aquella de que tal
vez dependan los destinos del mundo.

Yo vi los marinos prximos ya, muy prximos a nuestros caones; sent
gritos de jbilo y de victoria pronunciados en espaola lengua, y,
aunque todo esto me conmova mucho, la carta no concluida me quemaba
la mano. Decid que yo era un estpido egosta; pero, seores, y la
carta, y aquel _casamiento imprescindible_, y aquella _superchera_
misteriosa?... Se ganaba la batalla? Creo que s, y la faz de Europa
variara sin duda. Pero qu me importaba el enojo del Imperio, el
jbilo de Inglaterra, el estupor de Rusia, los preparativos de la
coalicin, el descrdito del Grande Ejrcito?

Hemos de sobreponer el inters de los conjuntos lanzados a brbaras
guerras, al inters del inocente individuo que a solas lucha por el
bien y por el amor? Hemos de sobreponer el inters de la guerra, que
destruye, al del amor, que crea y aumenta y embellece lo creado? Reos
de m; pero al mismo tiempo pensad en el modo de probarme que un
corazn ocupa menos espacio en la totalidad del universo que los
quinientos diez millones de kilmetros cuadrados de la pelota de
tierra en que habitamos.

Si es egosmo, confieso mi egosmo, y declaro a la faz de mi auditorio
que en el punto en que se eclipsaba la estrella que por diez aos
haba iluminado la Europa, volv a fijar los ojos en la carta para
continuar leyendo. Si no quieren ustedes enterarse de ello, no se
enteren; pero es mi deber decir que la carta conclua as:

...una superchera poco digna de personas como vos. Segura estis, y
con razn, de que nada puedo contra vos. En efecto; yo s que si algo
intentara, sera vencido. Pobre, sin recursos, sin valimiento, qu
podra contra la justicia, que slo defiende a los poderosos? Pero mi
hija me pertenece, y si hoy no est en mi poder, os aseguro que lo
estar maana. Entretanto guardaos vuestro dinero.

No deca ms. Pero cuando acab de leerla, qu nueva y terrible fase
tomaba la refriega entre los marinos y nuestros soldados! Santo Dios!
Perderase la batalla? Destrozados en el primer ataque los franceses,
lo repetan sacando el ltimo resto de bravura de sus corazones
resecados por el calor, y volvan a la carga resueltos a dejarse hacer
trizas en la boca de los caones, o tomarlos. Nuestros soldados
sacaban fuerzas de su espritu, porque en el cuerpo ya no las tenan.
Hasta los artilleros empezaban a desfallecer, y heridos casi todos los
primeros de izquierda y derecha, atacaban los segundos, daban fuego
los terceros, y el servicio de municiones era hecho por paisanos. Los
franceses, medio resucitados con la valenta de los marinos, pudieron
habilitar dos piezas, y desde lejos, y tomando por blanco la masa de
nuestra caballera, disparaban bastantes tiros. Su larga trayectoria,
pasando por encima de la batera espaola, hera las primeras filas de
mi regimiento. Este se encabrit como si fuera un solo caballo;
chocamos unos con otros, y el espectculo de dos compaeros muertos
sin combatir nos llen de terror. Al mismo tiempo omos decir que
escaseaban las municiones de can. Terrible palabra! Si nuestros
caones llegaban a carecer de plvora, si en sus almas de bronce se
extingua aquella indignacin artificial, cuyo resoplido conmueve y
trastorna el aire, estremece el suelo y arrasa cuanto encuentra por
delante, bien pronto seran tomados por los valientes marinos, y les
aguardaba el morir inutilizados por el denigrante clavo, fruslera que
destruye un gigante, alfiler que mata a Aquiles.

Esta consideracin pona los pelos de punta. Sucumbira Espaa? No
le reservaba Dios la gloria de dar el primer golpe en el pedestal del
tirano de Europa?... No, no es posible asistir indiferente al
espectculo de tan sublime esfuerzo, oh patria!; pero te confieso que
yo rabiaba por conocer al autor de aquella tercera carta que tena en
mi mano, y cuando sin desatender a tu admirable herosmo mir la firma
y vi el nombre de _Romn_, segundo mayordomo de mi inolvidable ama;
cuando consider que aquel papel contendra revelaciones importantes,
me domin de tal modo la curiosidad, que por un instante desapareciste
de mi espritu, oh hermoso rincn de tierra, destinado ms de una vez
a ser equilibrio del mundo! Adis, Espaa; adis, Napolen; adis,
guerra; adis, batalla de Bailn! Como borra la esponja del escolar el
problema escrito con tiza en la pizarra, para entregarse al juego, as
se borr todo en m para no ver ms que lo siguiente:

Sr. D. Luis de Santorcaz: Voy a decirle lo ocurrido. Todo est
resuelto, y por ahora le dan a usted con la puerta en los hocicos. La
Sra. Marquesa de Leiva, al recoger a la seorita Ins, pens en el
modo de legitimarla. Advierto a usted que desde que la trataron, ambas
la quieren mucho, y se desviven por decidirla a que salga del
convento. Cuando la Sra. Condesa recibi la carta de usted, en que le
propona la legitimacin por subsiguiente matrimonio, mostrla a su
ta, y sta, furiosa y fuera de s, pregunt si quera deshonrarse
para siempre siendo esposa de semejante perdido. Llor un poco la
Condesa, lo cual es indicio de que an le queda algo de aquel amor; y
por ltimo, despus de muchas reconvenciones, convinieron las dos en
no admitirle a usted en su familia por ningn caso. Ya sabe usted que,
segn consta en la fundacin de este gran mayorazgo, uno de los
principales de Espaa, no habiendo herederos directos, pasa a los de
segundo grado en lnea recta, por lo cual ahora correspondera al
primognito del conde Rumblar. La actual condesa de Rumblar, enterada
de la aparicin de una heredera, anunci a mi ama que entablara un
pleito, y vea usted aqu el motivo de que en casa se haya trabajado
tanto por la legitimacin. Por fin, las dos familias acordaron evitar
la ruina de un pleito, y se han puesto de acuerdo sobre esta base:
casar a la Srta. Ins con D. Diego de Rumblar, previa legitimacin de
aqulla, por lo que llaman autorizacin del Rey, con lo cual ambos
derechos se funden en uno solo, evitando cuestiones. En cuanto al
punto ms difcil, la Sra. Marquesa lo ha resuelto al fin de un modo
ingenioso y seguro. La nia ha entrado al fin con pie derecho en la
familia. No pudiendo legitimar la madre, porque a ello se oponen las
leyes; no pudiendo aceptarse la frmula del subsiguiente matrimonio,
ni conviniendo tampoco la adopcin, por no dar esto derecho a la
herencia del mayorazgo, se acord lo que voy a decir a usted, y que
sin duda le llenar de admiracin. Este sesgo del asunto tiene para la
familia la ventaja de que mi Sra. la Condesa no pasar ningn
bochorno. La Srta. Ins ha sido reconocida por aquel...

Un violento golpe arrebat el papel de mis manos. Encabritse mi
caballo, y al avanzar siguiendo el escuadrn, sent la estrepitosa
risa de un soldado que deca: Aqu no se viene a leer cartas.
Corrimos fuera de la carretera, y todos mis compaeros proferan
exclamaciones de frentica alegra. Vi los caones inmviles y delante
una espesa cortina de humo, que al disiparse permita distinguir los
restos del batalln de marinos. En el frente francs flotaba una
bandera blanca avanzando hacia nuestro frente. La batalla haba
concludo.

Nuestros soldados se abrazaban con jbilo. Confundanse los diversos
regimientos y los paisanos advenedizos con la tropa. La gente del
vecino pueblo de Bailn acuda con cntaros y botijos de agua.
Agrupbanse hombres y mujeres junto a los heridos para recogerlos. Los
caballos recorran orgullosos la carretera, y los generales,
confundidos con la gente de tropa, demostraban su alegra con tanta
llaneza como sta. Los gritos de Viva Espaa!, Viva Fernando VII!
parecan sublime concierto que llenaba el espacio, como antes el ruido
del can; y el mundo todo se estremeca con el jbilo de nuestra
victoria y con el desastre de la Francia, primera vacilacin del
orgulloso Imperio. En tanto, yo recorra el campamento, miraba al
suelo, miraba las manos de todos, las cureas de los caones, los
charcos de sangre, los mil rincones del suelo, junto al cuerpo de un
herido, y bajo la cabeza del caballo moribundo. Marijun se lleg a m
con los brazos abiertos y grit:

--Los vencimos, Gabriel. Viva Espaa y los espaoles, y la Virgen del
Pilar, a quien se debe todo! Pero qu buscas, que as miras al suelo?

--Busco un papel que se me ha perdido.




XXIX


--Djate de papeles--me dijo Marijun--. Demonios de marinos! Viste
cmo atacaban?

--La hacen hija legitima por autorizacin real.

--Qu ests diciendo? Ya no queda duda que hemos vencido a Napolen,
y como ste ha vencido a todo el mundo, resulta que nosotros hemos
vencido al mundo entero. Pero, chico, no te vuelves loco? Mira cmo
alzan los brazos, gritando, aquellos generales que vienen por el
llano. Benditas penas, benditos golpes, bendito calor y bendita sed,
puesto que al fin hemos salido vencedores! Viva Espaa!

--De esa manera--le dije yo, pensando en mis guerras--entra a
disfrutar el mayorazgo, casndose con D. Diego, para evitar un litigio
que arruinara a las dos familias.

--Qu hablas ah muchacho?--exclam con sorpresa--. Ya sabes que los
franceses se van a entregar todos. Qu vergenza! Que vuelva
Napolen a meterse con los espaoles! Chico, nos vamos a comer el
mundo, y digo que la Junta de Sevilla es una remilgada si no nos manda
conquistar a Pars. Viva Espaa!

--Y nuestro amo, dnde est?--pregunt intranquilo--. Qu ha sido
del seorito de Rumblar?

--Creo que ha muerto!--me contest lacnicamente Marijun, picando
espuelas y alejndose de m.

Tan estupenda noticia di nueva direccin a mis alborotados
pensamientos. El aspecto de la refriega interior, que me sacuda el
alma, cambi de improviso y por completo. Todo vino abajo, todo se
puso de otro color, y el mundo fu distinto a mis ojos. Ignoro si en
aquel momento sent la muerte de mi amo, o si, por el contrario,
desbordado el corruptor egosmo en mi alma, acept con regocijo la
desaparicin de quien, interponindose entre mi ideal y yo, alteraba a
mis ojos el equilibrio del universo, ms que Napolen el de Europa...
En medio del delirio de aquella gran victoria, una de las ms
trascendentales que han ocurrido en el mundo, yo permaneca mudo y mi
caballo me transportaba de un lado para otro, segn su albedro. En mi
derredor la efervescencia de aquella patritica alegra, de aquel
entusiasmo febril, causaba estrepitoso oleaje. All la persona humana
haba desaparecido, fundindose en el hermoso conjunto de la sociedad
o la nacin, que era sin duda la que conmova a la tierra con sus
gritos de gozo. El nico que se conservaba aislado y poda llamarse
hombre era el egosta Gabriel, grano de arena no conglomerado con la
montaa, y que rodaba solo, haciendo por su propia cuenta las
revoluciones establecidas para la armona del mundo.

Es preciso averiguar si realmente ha muerto Rumblar... Entrar al
fin Ins en la familia de su madre? La perder para siempre? Debo
rerme de mi necia y ridcula aspiracin? Un hombre como yo puede
subir a tanta altura? La misteriosa obscuridad de los tiempos
venideros ocultar alguna cosa que destruya este nivel espantoso?
Puedo esperar o resignarme desde ahora, bendiciendo la mano de la
Providencia que me arroja en el polvo de donde nunca deb intentar
salir?

Estas preguntas me haca, cuando un acontecimiento no previsto vino a
alterar repentinamente la situacin de las cosas fuera de m. Corra
el ejrcito a ocupar sus posiciones; la corneta y el tambor convocaban
a todos los soldados, y gran nmero de gentes del pueblo, hombres y
mujeres, corran hacia las calles de Bailn. Nuestros destacamentos
haban divisado las columnas avanzadas del general Vedel, que vena de
Guarromn en auxilio de Dupont, y, a poca distancia ya, un caonazo
nos anunci la presencia de un nuevo enemigo. Ay! Si Vedel hubiese
llegado un momento antes, ponindonos entre dos fuegos! Pero Dios,
protector en aquel da de la Espaa oprimida y saqueada, permiti que
Vedel llegase cuando estaba convenida ya la tregua y se haba
principiado a negociar la capitulacin.

Al instante mand Reding un oficio al General francs dndole cuenta
de lo ocurrido, y los enemigos se detuvieron ms all de una ermita
que llaman de San Cristbal, situada a mano izquierda del camino real,
yendo de Bailn a Guarromn. Al poco rato vimos un oficial francs que
lleg al pueblo con un oficio para Reding y otro para Dupont, y como
en el Cuartel General de ste se estaban ya negociando las bases de la
capitulacin, nos consideramos seguros de no ser atacados por la parte
alta del camino, a causa de que la acordada suspensin de armas deba
afectar a todas las fuerzas que componan el ejrcito imperial de
Andaluca.

A pesar de esta confianza, varios regimientos, entre ellos el de
Irlanda y el famossimo de rdenes militares, que tanto se haba
distinguido en la batalla, ocuparon el camino frente a las tropas de
Vedel, las cuales iban llegando por momentos y tomando posiciones. Mi
regimiento fu colocado en la entrada oriental del pueblo. Sera poco
ms de la una cuando los franceses de Vedel, sin aguardar a que les
contestara Dupont, rompieron el fuego contra Irlanda, sorprendindoles
con fuerzas considerables. Gran efervescencia y algazara y tumulto en
nuestras filas. Todos queran ir, no a combatir con los franceses,
sino a pasarlos a cuchillo, por violar las leyes de la guerra. Pero
nosotros tenamos, para sojuzgar a los traidores, rehenes preciosos,
cuales eran los restos del ejrcito de Dupont, que estaban en nuestro
poder, como una vctima maniatada y con la cabeza sobre el tajo.
Durante la confusin que sigui al ataque, algunas tropas acudieron a
cercar el campo francs vencido, y otras corrieron en auxilio de los
regimientos de Irlanda y rdenes, puestos en gran compromiso.

A pesar de la inferioridad de nmero y de posicin de nuestras tropas,
todo anunciaba que se iba a trabar un combate tan encarnizado como el
primero, y los valerosos paisanos, lo mismo que los soldados de lnea,
ardan en generoso anhelo de morir, si era preciso, por rematar con
una pica tarde la maana gloriosa.

Pero la Providencia, como he dicho, estaba de nuestra parte. Casi
juntamente con los primeros tiros de la embestida de Vedel, sonaron
caonazos lejanos, que al principio no supimos a qu direccin
referir.

--Qu es eso? Hacen fuego por el Herrumblar, o es de la gente de
Menjbar?--preguntaban all.

--Es la divisin de D. Manuel de la Pea, que viene por la Casa del
Rey--contest uno que a todo escape vena del primer campo de batalla.

La tercera divisin, enviada al amanecer desde Andjar por Castaos
en seguimiento de Dupont, haba llegado, y al enemigo se anunciaba con
disparos de plvora seca. Aterrado con este nuevo refuerzo, que
aniquilara los restos del ejrcito si Vedel al armisticio no se
someta, Dupont di enrgicas rdenes para que cesara el fuego de la
divisin recin venida de Guarromn, y el fuego ces. Con esto, los
nueve mil hombres de Vedel se sometieron de antemano al pacto que
ajustaba su General en Jefe.

Seguimos, sin embargo, sobre las armas, y las entradas de la villa
continuaron custodiadas por numerosas fuerzas, que se relevaban para
proporcionarnos algn descanso. Cuando me toc dejar la guardia,
dirigme a una de las muchas casas del pueblo en que curaban heridos,
para que me pusieran algo en la mano izquierda, donde haba recibido
una contusin que, aunque ligera, me escoca bastante. Regresaba luego
a pie en busca de mi puesto, cuando sintiendo una mano en mi hombro,
mir y tuve el gusto de encontrarme cara a cara con D. Paco, el
maestro y ayo de don Diego.

--Qu ha sido del nio? Dnde est? No ha venido por casa--me dijo
con tono angustiado y ponindose plido.

--Sr. D. Paco--le contest--, francamente, no s dnde est el Sr.
Conde, aunque me parece que debe de estar vivo.

--Qu miedo, qu pavor! La santa Virgen de Araceli, la de
Fuensanta, la del Pilar y la del Tremedal todas juntas nos favorezcan!
Las piernas me tiemblan, Gabriel, y si mi seor y discpulo no parece,
yo no me atrevo a decrselo a la seora.

--Ya parecer; yo le vi poco antes de concluir la batalla. Andar por
cualquier lado.

--Es raro que estando sano y salvo no viniese a casa o mandara un
recado. En dnde hay caballera?

--En San Cristbal, en donde estaba la batera, en la noria; en los
altos de la derecha, en los del Guadiel, hacia el Herrumblar, en
muchas partes. Ya andar el Sr. D. Diego por ah.

--Dios lo quiera. Voy, corro a buscarle. Dime t..., ya no harn
fuego, eh? Habr peligro en andar por aqu? Si quisieras
acompaarme... Diantre con el nio, y si supiera l qu buenas
noticias le traigo, cmo se apresurara a venir a mi encuentro!

--Qu noticias, Sr. D. Francisco? Se pueden saber?--pregunt,
disponindome a acompaar al ayo por el campo de batalla.

--Noticias estupendas y que le harn saltar de gozo! Esta maana
recibi la seora un propio de la marquesa de Leiva, anunciando que Su
Excelencia, con la Condesa, con la seorita Ins y el Sr. Marqus,
salen de Crdoba para Madrid, adonde les llama un negocio de mucho
inters para las dos familias.

--El camino no est para viajes, seor D. Paco.

--Vienen por Menjbar, y anuncian que de esta noche a maana llegarn
a casa, donde piensan detenerse algunos das, no slo para tomar
descanso, sino para que ambas familias se conozcan y traten, pues son
ramas que van a injertarse, formando un solo rbol frondoso que eche
profundas races en el suelo de la nacin, y d sombra a numerosa,
ilustre prole.

--S; ya s que el seorito se casa...

--Ay! Dnde estar ese Juan Enreda de D. Diego!... S, se casa. He
visto el retrato de la Srta. Ins, que es un portento de hermosura.
Pues s; la nia no quera salir del convento, aunque se lo predicaran
frailes teatinos; pero yo no s: algo pas all a principios del mes,
o sin duda la joven, al ver el retrato de don Diego, sinti la flecha
del dios ceguezuelo en su corazn. Lo cierto es que ha pedido salir
del convento con gran regocijo de sus parientes, y ahora marchan todos
a Madrid para las diligencias de la legitimacin, porque ya sabes t
que...

--S: yo haba entendido que esa joven era hija de la Sra. Condesa.

--Calla, deslenguado procaz! Qu has dicho? La Sra. Condesa, prima
de mi seora, haba de tener semejantes tapujos? No hay tal cosa,
chiquillo desvergonzado. La seorita Ins es hija de una dama
extranjera que ya no existe y que floreci hace quince aos en la
Corte, dando que hablar por sus amores con un clebre caballero de
esta ilustre familia. Sabes quin es el padre de D. Ins? Pues no es
otro que ese espejo de los diplomticos, ese discretsimo hermano de
la Sra. Marquesa de Leiva, el cual ha reconocido a la seorita por
hija suya, y ahora se apresura a legitimarla por autorizacin real
para que entre en posesin del mayorazgo cuando Dios se sirva llamar a
su seno a la Sra. Marquesa de Leiva.

--Qu bien lo han compuesto todo!--exclam, sin poder contener mi
asombro.

--Cmo compuesto? Mi seora me ha participado esta maana lo que
acabo de decir. Ah! Ese sin par diplomtico, que tanta fama tiene en
todas las Cortes de Europa, ha dado una prueba de caballerosidad
poniendo su nombre a ese fruto de sus fogosidades juveniles,
abandonado hasta hoy, y que en lo sucesivo descollar cual arbusto
lozano en el pensil de la sociedad espaola... Pero ese D. Diego!...
En dnde est D. Diego? Hablemos al General en Jefe..., preguntemos a
esos soldados... Digan ustedes, hroes de este da, que se anotar en
los fastos de la Historia con piedra blanca, _albo notanda lapillo_;
oigan ustedes: han visto por casualidad a D. Diego?

Y as iba preguntando a todos, sin que nadie le diese razn.




XXX


Vino la noche. Los franceses, muertos de fatiga y de hambre en su
campamento, aguardaban con anhelo a que la capitulacin estuviese
firmada. Los que menos paciencia tenan eran los suizos afiliados en
el ejrcito imperial, y as que obscureci, empezaron a pasarse a
nuestro campo. Un historiador francs, queriendo atenuar el desastre
de los suyos, ha escrito que la defeccin ocurri durante la batalla:
pero esto es falso. Lo peor es que otro historiador, no francs, sino
espaol, lo ha repetido con lamentable ligereza, faltando as a su
patria y a la verdad, que es superior a todo.

La capitulacin iba despaciosamente, porque los parlamentarios se
haban juntado en Andjar, residencia del General en Jefe, y en Bailn
no tenamos noticia de lo que all pasaba. Temiendo que los enemigos
intentaran escaparse, nuestros generales tomaron acertadas
precauciones, y la artillera ocup, mecha encendida, los puestos
convenientes. Al mismo tiempo millares de paisanos, discurriendo por
cerros y alturas, hostigaban de tal modo a los franceses, que no les
era posible moverse. Esta vigilancia permita descansar a una parte
del ejrcito; y especialmente los heridos, aunque slo lo fueran muy
levemente, como yo, tenamos libertad para estar en el pueblo, donde
nos ocupbamos en reunir vveres y llevarlos a los del campamento, as
como en acomodar a los heridos graves en las principales casas.

Sala yo de Bailn con un cesto de vveres para unos jefes de
artillera, cuando tropec con Santorcaz, que volva seguido de
algunos voluntarios de Utrera y licenciados de Mlaga.

--Oh, Sr. de Santorcaz!--exclam con la mayor sorpresa--. Est usted
vivo? Yo le haca en el otro barrio.

--No, muchacho, vivo estoy--me respondi--. Dios quiere que todava el
que est dentro de esta camisa d mucho que hacer en el mundo.

--Pero tampoco est usted herido?

--Aqu tengo un par de rasguos; pero esto no es nada para un hombre
como yo. Ya sabes que me han hecho sargento. No vine aqu para ganar
charreteras; pero puesto que me las dan, las tomo.

--Grandes hazaas habr hecho el seor D. Luis.

--Poca cosa. Ca del caballo, y a pie defendme rabiosamente contra
tres o cuatro franceses. Revent a uno, descalabr a otro, y me volv
a nuestro campo con un guila que entregu al marqus de Coupigny. Al
recoger de mis manos la bandera, el General, despus de preguntarme si
era licenciado de presidio, me dijo: Es usted sargento. Ves? Me han
puesto al frente de este pelotn de buenos muchachos; quieres venirte
con nosotros?

Diciendo esto, seal a los esclarecidos varones que le seguan, los
cuales, o yo me engao mucho, o eran la flor y nata de Ibros, Sierra
de Cazorla y Despeaperros, todos gente de ligersimas piernas y
manos. Dile las gracias por el ofrecimiento, y segu mi camino.

--Ah! Qu sabe usted de D. Diego?--le pregunt, volviendo atrs.

--Pues qu--dijo, retrocediendo--, no se sabe dnde est D. Diego?
Ha muerto? Se ha extraviado? Es preciso averiguarlo. Y di, t has
visto por casualidad mi caballo? Sabes si alguien lo recogi?

--No s nada de tal caballo--repliqu, alejndome.

Avanzada la noche regres a Bailn, donde me caus sorpresa ver una
triste procesin compuesta de tres mujeres vestidas de negro, a las
cuales seguan hasta media docena de hombres, llevando por delante dos
criados con sendos farolillos para alumbrar el camino. Acerqume y
reconoc a D. Mara, con sus dos hijas, las tres cubiertas con negros
mantones, muy afligidas y llorosas. Digo mal, porque si las dos
muchachas se deshacan en lgrimas, la Sra. Condesa conservaba seco el
rostro, aunque visiblemente alterado, la mirada fija y valerosa y el
andar muy firme. Al instante me present a ella, saludndola con el
mayor respeto y ofrecindole mi ayuda si, como pareca, iban en busca
de D. Diego.

--Conque no parece el nio? Cundo le perdiste de vista durante la
batalla?--me pregunt.

--Seora, desde la gran carga que dimos sobre el ala izquierda de los
franceses dej de ver a D. Diego.

--Yo cre que estuviera entre los heridos; pero no est. Todos los
muertos han sido recogidos del campo de batalla?

--S, seora; slo quedan los desconocidos, los paisanos que no
estaban afiliados a ningn regimiento.

--Vamos a verlo--dijo con un aplomo, con una firmeza que me
asombraron, pues no supona tanto valor en alma de mujer.

--Yo acompaar a usa con mucho gusto.

--Y qu tal se ha portado mi hijo?--me pregunt cuando marchbamos
juntos.

--Seora, se ha portado como un hroe; se ha portado como quien es.

--Los jefes advirtieron su valor, elogiaron su bizarra, recordando
el linaje de mi hijo?

--S, seora; los jefes estaban con la boca abierta presenciando las
hazaas de don Diego--repuse, por halagar el amor propio de la noble
seora, cuyo dolor se atenuara sabiendo que su vstago haba honrado
el nombre de Rumblar.

--Y amabais vosotros a mi hijo?

--Oh!, s, seora. D. Diego es tan bueno...! Y nos trata como si
furamos todos iguales.

--Como si fuerais iguales!--exclam doa Mara con ligeras muestras
de enfado.

--No..., vamos al decir...--indiqu corrigiendo mi _lapsus_--. D.
Diego es un caballero, y nosotros unos badulaques..., quiero decir que
nos trataba sin tirana... Pobre D. Diego! Pero hemos de
encontrarle, seora; D. Diego est sano y salvo. Me lo dice el
corazn.

--T eres un buen muchacho. Aydanos a buscar a mi hijo y te
recompensar. Si parece, yo te prometo que sers su paje cuando se
case.

--Ah, gracias, seora!, muchas gracias--contest con viveza.

--Eres modesto. Crees que no mereces este honor? Aunque no lo
merezcas, yo te lo concedo.

Llegamos a un punto en que se distingua un cuerpo tendido boca abajo
sobre el suelo. Nos estremecimos todos, y Asuncin y Presentacin se
abrazaron llorando a gritos. La curiosidad luch un instante en
nosotros con el temor, pues desebamos acercarnos al cadver por ver
si era D. Diego, y temamos llegar a l por si acaso era. Doa Mara
fu la primera que di un paso, y la seguimos todos. Aquel cadver
solitario de un hombre muerto por la patria no haba encontrado
todava ni un pariente, ni un amigo, ni un camarada que se cuidase de
l. No era D. Diego.

La Condesa, despus de examinarlo, alz los ojos al cielo, cruz las
manos y rez en voz alta el _Padrenuestro_, a cuya oracin contestamos
todos muy devotamente con _El pan nuestro..._

Seguimos andando, y en otro sitio encontramos algunos cadveres, que
D. Mara, con herosmo sobrenatural, examinaba cara a cara hasta
convencerse de que su hijo no estaba all. Si nos aconteca llegar en
el momento de abrir a alguno la sepultura, todos echbamos un puado
de tierra en la fosa del patriota, que bien pronto desapareca en la
vasta superficie del campo, no quedando huella ni marca alguna en el
suelo, como no queda noticia del herosmo individual en la Historia.

Nuestras pesquisas por todo el campamento no dieron resultado alguno.
Las dos hermanitas no podan tenerse en pie, ni cesaban de rezar en
castellano y en latn, recitando con fervorosa declamacin cuantas
oraciones saban. Tales eran la confusin y anonadamiento de D. Paco,
que ms de una vez se cay al suelo. Slo D. Mara conservaba una
entereza heroica y casi brbara, que haca creer en la superioridad
del temple moral de algunos linajes sobre el plebeyo vulgo. No en vano
tena aquella seora por su lnea materna la sangre de Guzmn el
Bueno.

Era muy tarde cuando volvimos a la casa. Mientras reinaba en ella la
desolacin, ni una lgrima brot de los ojos de D. Mara.

--Si Dios ha querido disponer de la vida de mi hijo--declar,
sentndose en el clsico silln de cuero--, concdame al menos el
consuelo de saber que ha muerto con honor.

--Don Diego ha de parecer, seora--dije yo, conmovido--. Si hubiera
muerto, no habramos encontrado su cuerpo?

Esta razn devolvi a D. Paco su perdida fuerza dialctica, y habl
as:

--Pero no hubo tambin un pequeo combate all donde estaba Vedel?
Quin sabe si cogeran prisionero al nio!

--Los prisioneros fueron devueltos esta tarde por orden de
Dupont--afirm D. Mara.

--Y si el nio estaba herido y le metieron en el hospital francs?...

--Yo he de averiguarlo, seora--exclam--. Maana mismo pediremos un
salvoconducto para ir al campo enemigo. Me parece que all le
encontraremos.

--Ya sabes que te he prometido una gran recompensa. Si haces lo que
dices y encuentras a mi hijo y le traes--me dijo la de Rumblar--la
recompensa ser an mayor. Dios dispone de todo, y las glorias de la
tierra son a veces trocadas en miseria, en tristeza, en nada, por su
mano poderosa. Si mi hijo no parece, qu soy, qu me queda, qu resta
a mi casa y a mi nombre? Dios habr decidido que todo perezca, y que
las grandezas de ayer sean hoy ruinas, donde nos ocultemos para
llorar. La victoria se haba de alcanzar sin desgracias? Napolen es
vencido en Espaa, y ante la salvacin de nuestro pas, qu significa
una vida, por noble que sea? Qu una familia, por grande que sea su
lustre?

El enrgico tesn de aquella mujer de acero me llen de asombro.
Despus continu as:

--Yo cre que ste sera un da de jbilo en mi casa. Despus de la
victoria alcanzada, hubiramos sido muy felices teniendo aqu a mi
hijo, y recibiendo a la prometida esposa que con mis primas debe de
llegar aqu esta noche... No ha llegado? Cuide usted, D. Paco, de
que nada les falte. Est todo preparado, las camas, la cena, las
habitaciones? Nias, qu hacis ah mano sobre mano?

Asuncin y Presentacin lloraron con ms fuerza al orse nombrar por
su madre. Parecime que sta tambin comenzaba a sentir vacilante su
varonil espritu, y que apagndose la llama de sus ojos, se desmayaban
sus enrgicos brazos, cayendo con desaliento sobre los del silln.
Pero sin duda no quera perder su dignidad de gran seora delante de
nosotros, y mandndonos salir a todos, a sus hijas, a D. Paco, a los
criados y a m, se qued sola.

Un rato despus sent ruido de coches y mulas en la calle; luego una
gran algazara en el patio, y al or esto dime un gran vuelco el
corazn. Escondido tras uno de los pilares vi descender de los coches
y subir pausadamente a las personas que eran esperadas, y al mirar al
diplomtico, que cargaba en sus brazos a una mujer para bajarla del
carruaje, reconoc a la monjita de Crdoba.

Tema yo ser visto de Amaranta; pero como sta y su ta habanse
adelantado y estaban ya arriba, me aventur a seguir al diplomtico,
que subi detrs de todos con Ins, sostenindola por la cintura.
Delante iban los criados con hachas, detrs yo solo. Ins se envolva
con un gran manto, chal o cabriol que tena largusimos flecos en sus
orillas. Subamos lentamente, ellos delante, yo detrs, y aquellos
menudos hilos de seda, pendientes de la espalda y de la cintura de
Ins, flotaban delante de mis ojos. Como quien llega a la puerta del
Cielo y tira del cordn de la campanilla para que le abran, as cog
yo entre mis dedos uno de aquellos cordoncitos rojos y tir
suavemente. Ins volvi la cabeza y me vi.




XXXI


Una vez arriba, el ayo inform a los viajeros de lo que ocurra, y
pasando adentro las tres seoras, el diplomtico se qued con don Paco
en el comedor.

--Aqu estamos consternados, Sr. D. Felipe--dijo el ayo--. Y si mi amo
no parece, el mundo habr perdido en el fragor de horripilante batalla
a un joven que prometa ser gran filsofo y que ya era insigne
calgrafo.

--Demonio de contrariedad!--dijo el diplomtico, sacando su caja de
tabaco y ofreciendo un polvo al ayo, despus de tomarlo l--. Lo
siento... A nuestra edad nos gusta tener quien nos suceda y herede
nuestras glorias para desparramar su luz por los venideros siglos. Vea
usted la razn por qu me apresur a reconocer a mi querida hija...
Ah!, Sr. D. Francisco, yo he tenido una juventud muy borrascosa, como
todo el mundo sabe, y hartas noticias tendr usted de mis aventuras,
pues no haba en las Cortes de Europa dama alguna, casada ni soltera,
que no se me rindiese. Despus de todo, es una desgracia haber nacido
con tal fuerza de atraccin en la persona, seor D. Francisco; tanto,
que todava..., pero dejemos esto. Ahora no me ocupo ms que del
bienestar de mi idolatrada nia. Y a fe que si es cierto que no existe
D. Diego, no por eso se quedar soltera, pues cartas tengo aqu del
prncipe de Lichenstein, del archiduque Carlos Eugenio, del conde de
Schenbrunn y de otros esclarecidos jvenes de sangre real
pidindomela en matrimonio. Como tengo tantos amigos en las Cortes de
Europa, y en Espaa mismo, pues... ya he sabido que las principales
familias acogidas en Bayona o residentes en Madrid, se disputan la
mano de mi hija. La ha visto usted, Sr. D. Francisco? Ha observado
usted en su cara los rasgos que indican la noble sangre ma y la de
aquella hermossima cuanto desgraciada seora extranjera...? Oh!, me
enternezco, Sr. D. Francisco... Pero hablemos de otra cosa: cunteme
usted cmo ha sido esa batalla. Conque hemos ganado? Y hay
capitulacin? De modo que he llegado a tiempo. Oh!, Sr. D. Francisco,
temo que hagan un desatino, si no les asisto con mis luces, porque los
militares son tan legos en esto de tratados... Yo traigo un
proyectillo, mediante el cual la Rusia ocupar Despeaperros, Espaa
pasar a guarnecer las orillas del Don y de la Moscowa, y Prusia...

Cuando me march, el diplomtico continuaba calentando los cascos al
buen preceptor, que le ofreci algunos manjares y vino de Montilla
para reparar sus fuerzas. Al salir de la casa, vi en la puerta de la
calle a varios hombres, no de muy buena facha por cierto, uno de los
cuales llegse a m, y tomndome por el brazo, me dijo:

--Conoces t a esa gente que acaba de llegar?

--No, Sr. de Santorcaz--repuse--. No s qu gente es sa ni me importa
saberlo.

Apartmonos todos de la casa, y por el camino me dijo otra vez D. Luis
que tendra mucho gusto en verme en las filas de su compaa.

Al da siguiente, que era el 20, nos ocupamos Marijun y yo en buscar
otra vez a nuestro amo. Unisenos D. Paco, y el General espaol
escribi un oficio a Dupont, rogndole que nos permitiera hacer
indagaciones en el campamento francs, para ver si se encontraba all
a D. Diego, herido o muerto. Visitamos el hospital enemigo, y entre
los heridos no haba ningn espaol, lo cual nos desconsol
sobremanera. Yo no era el que menos se acongojaba con esta
contrariedad, aunque saba el casamiento de Ins. Qu significaba
aquel generoso sentimiento mo? Era pura bondad, era puro inters por
la vida del semejante, aunque fuese enemigo, o era un sentimiento
mixto de benevolencia y orgullo, en virtud del cual yo, convencido de
que Ins no amaba sino a m, quera proporcionarme el gozo de ver a D.
Diego despreciado por ella? Francamente, yo no lo saba, ni lo s an.

Cuando recorrimos el campo francs, pudimos observar la terrible
situacin de nuestros enemigos. Los carros de heridos ocupaban una
extensin inmensa, y para sepultar sus tres mil muertos, haban
abierto profundas zanjas, donde los iban arrojando en montn,
cubrindoles luego con la mortaja comn de la tierra. Algunos heridos
de distincin estaban en las Ventas del Rey; pero la mayor parte, como
he dicho, tenan su hospital a lo largo del camino, y all los
cirujanos no daban paz a la mano para vendar y amputar, salvando de la
muerte a los que podan. Los soldados sanos sufran los horrores del
hambre, alimentndose muy mal con caldos de cebada y un pan de avena,
que pareca tierra amasada.

Todos anhelaban que se firmase de una vez la capitulacin para salir
de tan lastimoso estado; pero la capitulacin iba despacio, porque
los generales espaoles queran sacar el mejor partido posible de su
triunfo. Segn o decir aquel da, cuando regresamos a Bailn, ya
estaba acordado que se concediese a los franceses el paso de la sierra
para regresar a Madrid, cuando se intercept un oficio en que el
Lugarteniente general del reino mandaba a Dupont replegarse a la
Mancha. Comprendieron entonces los espaoles que conceder a los
franceses lo mismo que queran, era muy desairado para nuestras armas.
Pero an el da 21 los contratantes del lado francs, generales
Chabert y Marescot, y los del lado espaol, Castaos y conde de Tilly,
no haban llegado a ponerse de acuerdo sobre las particularidades de
la rendicin.

Tambin alcanzamos a ver a lo largo del camino la interminable fila de
carros donde los imperiales llevaban todo lo cogido en Crdoba.
Funestas riquezas! Dicen algunos historiadores que si los franceses
no hubieran llevado botn tan valioso, habran podido salvarse
retirndose por la sierra; pero que el afn de no dejar atrs aquellos
quinientos carros llenos de riquezas les puso en el aprieto de
rendirse, con la esperanza de salvar el convoy. Yo no creo hubieran
podido escapar con carros ni sin ellos, porque all estbamos nosotros
para impedrselo; pero sea lo que quiera, lo cierto es que Napolen
dijo algn tiempo despus a Savary en Tolosa, hablando de aquel
desastre tan funesto al Imperio: Ms hubiera querido saber su muerte
que su deshonra. No me explico tan indigna cobarda sino por el temor
de comprometer lo que haba robado[3].

No nos atrevimos a volver a la casa con la mala noticia de que el nio
no pareca, y seguimos visitando todos los contornos, para preguntar a
la gente del campo. Don Paco estaba tan fatigado, que no pudiendo dar
un paso ms, se arroj al suelo; pero al fin pudimos reanimarle, y
firmes en nuestra santa empresa, nos dirigimos al campamento de Vedel,
con otro oficio del general Reding. Mas vino la noche, y los
centinelas no nos dejaron pasar, vindonos por esto obligados a
diferir nuestra expedicin para el da siguiente muy temprano. Ni
Marijun, ni D. Paco, ni yo tenamos esperanza alguna, y
considerbamos al mayorazgo perdido para siempre.

Desde que amaneci corran voces de que la capitulacin estaba
firmada, y ms nos lo hacia creer la circunstancia de que varios
oficiales pasaron frecuentemente de un campo a otro, trayendo y
llevando despachos.

No distbamos mucho de la ermita de San Cristbal, cuando advertimos
gran movimiento en el ejrcito de Vedel. Apretando el paso hasta que
les tuvimos muy cerca, observamos que camino abajo vena hacia
nosotros un joven saltando y jugando, con aquella volubilidad y
ligereza propia de los chicos al salir de la escuela. A ratos corra
velozmente; luego se detena, y acercndose a los matorrales sacaba su
sable y la emprenda a cintarazos con un chaparro o una pita; luego
pareca bailar, moviendo brazos y piernas al comps de su propio
canto, y tambin echaba al aire su sombrero portugus para recogerlo
en la punta del sable.

--Qu veo!--exclam D. Paco con sbita exaltacin--. No es aquel
mozalbete el propio D. Diego; no es mi nio querido, la joya de la
casa, la antorcha de los Rumblares?... Eh... D. Dieguito, aqu
estamos..., venid ac!

En efecto; cuando estuvimos cerca, no nos qued duda de que el mozuelo
bailarn era D. Diego en persona. Nos vi, y al punto vino corriendo
para abrazarnos a todos con mucha alegra.

--Venid ac, venid a mis brazos, esperanza del mundo--exclam D. Paco,
loco de contento--. Si supiera usted cmo est mam!... Buen susto
nos ha dado el picaroncillo!... Pero qu ha sido eso, nio? Estaba
usa prisionero?

--Me cogieron prisionero junto a la ermita--dijo D. Diego--. Pero
ests vivo, Gabriel? Y t tambin, Marijun? Yo cre que os haban
matado en aquella furiosa carga. Y Santorcaz?... Pero os contar lo
que me pas. Despus de la carga, y cuando entr la caballera de
Espaa, qued a retaguardia del regimiento; se me muri el caballo, y
corr a las filas del regimiento de Irlanda. Cuando vinimos aqu, nos
cogieron prisioneros los franceses, y yo les dije tantas picardas que
quisieron fusilarme.

--Qu horror!--exclam D. Paco--. Pero veo que es usted un hroe,
oh mi nio querido! Creo que la mam piensa dirigir una exposicin a
la Junta para que le den a usted la faja de capitn general.

--Iban a fusilarme--continu el rapaz--, cuando un oficial francs
tuvo lstima de m y me salv la vida. Despus llevronme a sus
tiendas, donde me dieron vino y...

--Vamos, vamos pronto a casa, y all contar usted todo--dijo D.
Paco--. Qu alegra! Volemos, seores. Cuando la Sra. Condesa sepa
que le hemos encontrado!... Ah! No sabe usted que est ah su
novia?... Qu guapsima es!... La pobre no cesa de llorar la ausencia
del nio, y si no hubiese usted parecido, creo que la tendramos que
amortajar. Vamos, vamos al punto.

Corrimos todos a Bailn muy contentos. Al llegar al pueblo, uno de
nosotros propuso anticiparse para anunciar a D. Mara la fausta
nueva; pero no permiti D. Paco que nadie sino l en persona se
encargase de tan dulce comisin, y con sus piernas vacilantes corri
hasta entrar en la casa, diciendo con desaforados gritos: Ya
pareci, ya pareci! Cuando nosotros llegamos con el joven, todos
salieron a recibirle, excepto Amaranta, a quien un fuerte dolor de
cabeza retena en su cuarto. Era de ver cmo los criados, las
hermanitas, y la misma D. Mara, sin poder contener en los lmites de
la dignidad su maternal cario, le abrazaban y besaban a porfa, y uno
le coge, otro le deja, durante un buen rato le estrujaron sin
compasin. Al fin, reunindose todos, incluso los huspedes, en la
sala baja, D. Diego fu solemnemente presentado a su novia. No puedo
olvidar aquella escena que presenci desde la puerta con otros
criados, y voy a referirla.


#Nota a pie de pgina:#

[3] Je ne m'explique cette indigne lachet que par la crainte de
compromettre ce que l'on avait vol (_Mem_ Duc d Rovigo, vol. IV.)




XXXII


Ins, confusa y ruborosa, no contest nada, cuando el diplomtico se
fu derecho a ella llevando de la mano a D. Diego, y le dijo:

--Hija ma, aqu tienes al que te destinamos por esposo: mi sobrino,
varn ilustre, a quien veremos general dentro de poco, como siga la
guerra.

--Hijo mo--aadi D. Mara--, las altas prendas de la que va a ser
irremisiblemente tu mujer no necesitan ser ponderadas en esta ocasin,
porque harto las conocemos todos. Ahora, con el trato, se avivar el
inmenso cario que os profesis desde hace algunos aos, seal
evidente de que Dios tena ya decidida vuestra unin en sus altos
designios.

--Bonito es el retrato--dijo D. Diego, con un desenfado impropio de la
situacin--; pero usted, Ins, lo es ms todava. Y por qu no quera
usted salir del maldito convento? Sin duda las pcaras monjas la
retenan a usted por fuerza, esperando que al profesar les llevara un
buen dote. Pero no; yo juro que estaba decidido a sacar de all a mi
monjita, y ya discurra el modo de saltar por las tapias de la huerta
y romper rejas y celosas para conseguir mi objeto.

Doa Mara, al escuchar esto, palideci, y luego las centellas de la
ira brillaron en sus ojos. Pero con disimulo habl de otro asunto,
procurando que el noble concurso y discreto senado olvidara las
palabras del incipiente chico.

--Pero cuntanos de una vez lo que te ha pasado en el campamento
francs--dijo a don Diego.

--Pues quisieron fusilarme--repuso el mayorazgo, sentndose--. Ya me
tenan puesto de rodillas cuando un oficial mand suspender la
ejecucin.

--Y por qu te queran asesinar esos cafres?

--Porque les dije mil perreras. Despus, cuando me llevaron a la
tienda, todos se rean de m. Luego me dieron vino, obligndome a
beberlo, y yo mientras ms beba ms charlaba, diciendo atroces
disparates y frases graciosas, hasta que me qued como un cuerpo
muerto.

--Y no sabes t--observ D. Mara, sin poder disimular su
indignacin--que las personas de buena crianza no beben sino poquito?

--Es verdad; pero aquel vino tena un saborcillo que me gustaba, y los
franceses se rean mucho conmigo. Todos iban a verme, llamndome _le
petit espagnol_.

--Lo cual quiere decir _el pequeo espaol_--dijo D. Paco.

--Pero no debi usted dejarse emborrachar, joven--indic el
diplomtico--. Juro que si eso hubiera pasado conmigo, de un sablazo
descalabro a todos los oficiales de la divisin de Vedel.

Doa Mara, profundamente indignada, silenciosa, ceuda, pareca una
sibila de Miguel ngel.

--Pero si todos aquellos seores me queran mucho...--continu D.
Diego--. Por la tarde, y luego que despert de aquel largo sueo, me
dijeron que si saba yo lidiar un toro. Les dije que s, y ponindose
muy contentos, me mandaron que diese al punto una corrida. No quera
yo ms para divertirme: as es que, poniendo una silla en lugar de
toro, le cape, le puse banderillas y le d muerte con mi sable,
pasndole de parte a parte. Cunto se rieron aquellos condenados!
Hasta el General acudi a verme.

--Veo que has aprovechado el tiempo en el campamento francs--dijo la
seora madre con tremenda irona.

--Si no queran dejarme venir. Despus me dijeron que les cantase el
jaleo, y lo cant de pie sobre una banqueta. Ave Mara Pursima!
Hasta los soldados se acercaban a la tienda para or. Entre los
oficiales haba dos que no me dejaban de la mano, y me decan que si
me pasaba al ejrcito francs me tomaran por ayudante, llevndome a
Francia, a Pars, y de Pars a recorrer toda la Europa.

--Y no les diste una bofetada!--exclam D. Mara, clavando sus dedos
en el cuero del silln.

--Qua! Me ech a rer y les dije que ya pensaba ir a Francia con el
Sr. de Santorcaz, que es mi amigo y ha de ser mi maestro cuando me
case.

Esta vez no fu D. Mara la que se estremeci de sorpresa e
indignacin: fu la marquesa de Leiva, quien mudando el color y con
absortos ojos mir sucesivamente a su prima, a su primo y al ayo.

--Pero qu est diciendo el nio?--pregunt ste mirando a la
Condesa--. Quin dice que es su maestro y su amigo?

--Cualquiera menos usted--contest con insolencia el heredero--. Vaya
un maestro, que no sabe ensear sino mentecatadas y simplezas!

--Jess! Diego, mira lo que hablas...--dijo D. Mara, conteniendo
con grandes esfuerzos los gestos amenazadores, natural expresin de su
ira.

Don Paco se llev el pauelo a los ojos para enjugar una lgrima. Ins
a todo atenda discretamente y sin hablar. Ah! Mientras all la
juzgaban indiferente al peligroso dilogo, qu admirables
observaciones, qu exactos juicios le sugerira semejante escena! Su
talento y alto criterio dominaran sobre las pasiones, los errores y
las querellas de la histrica familia como el sol inmutable sobre la
volteadora tierra.

Asuncin y Presentacin, que aguardaban coyuntura para dar expansin
al comprimido gozo de sus almas, hubieran querido rer como su
hermano; pero la seriedad de su madre las tena mudas de terror.

--Esta predisposicin de usted--dijo el Marqus--a visitar las Cortes
europeas me indica que se siente el nio con inclinaciones a la
diplomacia. Hija ma--aadi, dirigindose a Ins--, cada vez descubro
ms eminentes cualidades en el que te destinamos por esposo, y veo
justificado el amor que desde hace tiempo en silencio le profesas, y
que, en tu delicadeza y castidad, procuras disimular hasta el ltimo
instante.

--Ah!, se me olvidaba decir--aadi don Diego, riendo a carcajadas--,
que los franceses me han enseado a decir algunas palabras en su
lengua.

Y levantndose al punto, hizo profundas reverencias ante Ins,
dicindole:

--_Ponch, madama. Cmo la porta v?_

Asuncin y Presentacin, despus de mirarse una a otra, creyeron que
haba llegado el momento de rer, y rieron dando desahogo a sus
oprimidos corazones; pero como D. Mara no despleg sus labios, las
dos madamitas tuvieron que ponerse serias otra vez.

--Oh! _Trs bien_!--dijo el diplomtico--. Sr. D. Francisco, su
alumno de usted demuestra las luces y copiosa doctrina de tan erudito
maestro.

Hizo D. Paco graciosa reverencia, y su rostro compungido y lloroso se
esclareci con una sonrisa.

Doa Mara callaba; pero en su pecho ruga la tempestad. Ella y su
prima la de Leiva se miraban de vez en cuando, transmitindose una a
otra el fuego de sus iracundos sentimientos.

--Otras muchas palabras s--continu el rapaz--, como _Crenom de Dieu,
sacrebleu!_, exclamaciones que se dicen cuando uno esta rabioso, en
vez de _Caracoles! Canastos_!

Doa Mara se levant de su asiento... y se volvi a sentar.

--Cmo me queran aquellos demonios de franceses! Uno de ellos saba
espaol y hablaba a ratos conmigo. Me dijo que los espaoles eran muy
valientes y muy honrados; pero que hacan mal en defender a Fernando
VII, porque este Prncipe es un farsantuelo que enga a su padre y
ahora est engaando a la nacin y al Emperador.

Doa Mara se llev la mano a los ojos.

--Yo le asegur que los espaoles les echaramos de Espaa, y l me
contest que pareca probable, porque la guerra iba tomando mal
aspecto; pero que esto sera un mal para nosotros, porque de venir
otra vez Fernando VII, Espaa seguira con su mal gobierno y con las
muchas cosas perversas, injustas y anticuadas que hay aqu.

--Oh! Y no se le ocurri a usted la contestacin a tan atrevido y
antipatritico aserto?--pregunt con nfasis el diplomtico.

--Yo le dije que aqu pensbamos arreglar todas esas cosas, y quitar
la Santa Inquisicin, y los diezmos, y los mayorazgos, como me deca
el Sr. de Santorcaz.

Doa Mara aferr sus manos a los brazos de la silla como si quisiera
estrujar la madera entre sus dedos.

--Sobre todo los mayorazgos--prosigui Rumblar--. Tambin le dije al
francs que yo soy mayorazgo, y que despus de casado tendr dos
vinculaciones. Como se rea cuando le dije que era Grande de Espaa!
Todos acudan a verme y me volvieron a dar de beber, y me ca otra vez
al suelo, cantando que me las pelaba.

Ay! Doa Mara se llev las manos a la cabeza; D. Mara cerr los
ojos; D. Mara golpe el suelo con su pie derecho; D. Mara semejaba
la imponente imagen de la Tradicin aplastando la hidra
revolucionaria.

--Esta maana me preguntaron si yo tena hermanas guapas. Djeles que
eran muy bonitas, y ellos me dijeron que vendran a verlas, y que si
queramos drselas para casarse con ellas, puesto que tambin seran
mayorazgas. Yo les contest que mayorazgo era el que haba nacido
primero.

Y luego, dirigindose a sus hermanitas, les dijo:

--Os fastidiasteis, chicas, por haber nacido hembras y despus que yo.
Una de ustedes se casar con cualquier pelele, y la otra se meter en
un conventito a rezar por nosotros los pecadores, a no ser que algn
da vea un galn por la reja, y se enamore, y luego se tire por la
ventana a la calle.

Doa Mara no poda resistir ms. Iba a estallar su furibunda clera;
pero an era mayor el caudal de su prudencia que el caudal de su
enojo...; se contuvo y cerr otra vez los ojos, ya que no poda cerrar
los odos.

--Despus--sigui el mancebo--me preguntaron si mis hermanas usaban
navaja, si tocaban la guitarra, si iban a los toros y si yo era
familiar de la Inquisicin. Cmo se rean aquellos condenados! Lo
gracioso era que no me dejaban salir de all, y a cada rato me decan
_so, so, so_.

--_Un sot_--dijo el diplomtico--. Pues sospecho que os llamaron
tonto. Oh iniquidad de la nacin francesa! Vea usted, Sr. D. Paco,
lo que es un pueblo carcomido por el jacobinismo!... Y no les di
usted un par de sablazos?

--Si me queran mucho...! Ayer me tuvieron toda la noche bailando el
bolero y la cachucha, en medio de un corrillo donde haba ms de
cuarenta oficiales.

Asuncin y Presentacin seguan esperando con ansia la ocasin de
rer; pero sta no llegaba, y consultando el rostro de su madre,
veanle cada vez ms borrascoso. Las dos estaban muertas de miedo.

Don Paco, conociendo que se preparaba un cataclismo, quiso conjurarlo
y dijo a su discpulo:

--Vamos, basta de franceses, D. Diego. Hable usted de otra cosa. Si no
fuera demasiado largo, os mandara que recitarais aquel capitulo sobre
la batalla del Grnico que os hice aprender de memoria; mas para que
tan escogido concurso, y especialmente este fresco azahar de
Andaluca, vuestra prometida; para que todos, en una palabra, puedan
apreciar la buena pronunciacin de usted y su odo cadencioso, chenos
cualquiera de esos romances que sabe..., vamos. Atencin, seores.

--El del _Barandal del cielo_--dijo Asuncin, respirando con alegra.

--El de los _Santos pechos_--dijo Presentacin.

--Vamos, no se haga usted de rogar.

--Pues voy a echarles una cancin que me ensearon los franceses.

--No, nada de franceses.

--Si es muy bonita, aunque a decir verdad, yo no la entiendo.

Y sin esperar ms, psose en pie D. Diego, y accionando como un
cmico, con voz fuerte y exaltado acento, cant as:

  _Allons, enfants de la patrie,
  le jour de gloire est arriv!
  Contre nous de la tyrannie
  l'tandart sanglant est lev!_


Asuncin y Presentacin rean como locas y D. Mara no dijo nada.
Ninguno de la familia haba entendido una palabra.

--Es bonita la cancin--dijo D. Paco--; pero no la comprendemos.

Entonces el diplomtico levantse ceremoniosa y gravemente, y tomando
un tono de hombre severo habl as:

--Sabe usted lo que est cantando? Pues est cantando la
_Marsellesa_, esa cancin impa y sanguinaria, seores; esa cancin
que acompa al suplicio a todos los mrtires de la Revolucin,
incluso Luis XVI, mi querido amigo..., porque han de saber ustedes que
Luis XVI y yo tenamos muchas bromas y nos echbamos el brazo por el
hombro, pasendonos por Versalles... La _Marsellesa_, seores, la
_Marsellesa_! Tambin acompa al cadalso a Mara Antonieta... y qu
buena era aquella seora! Cuntas veces la vi marcando pauelos en
una ventana baja del pequeo Trianon! Cmo me quera!... En fin, este
joven me ha horripilado con la tal tonadilla... Seora Condesa, est
usted indispuesta? Y t, hermana? El caso no es para menos! Hija
ma, ests nerviosa? Te has puesto mala? Te causa miedo esa
cancin?

Ins le contest que no tena pizca de miedo. En tanto, D. Mara, no
pudiendo resistir ms, sali del cuarto con sus hijas. Desconcertse
al punto aquella ilustre reunin, y luego no qued en la sala ms que
la familia de Ins con D. Diego. Al poco rato tuvo lugar una escena
lamentable, y fu que D. Mara, ciega de furor, y necesitando
desahogar aquella tormenta de su espritu sobre alguien, descarg su
enojo al fin; pero sobre quin?, dirn ustedes... Sobre las dos
inocentes nias, sobre los dos angelitos celestiales, Asuncin y
Presentacin. Y todo por qu? Porque entusiasmadillas con la llegada
de su hermano, haban dejado de hacer no s qu cosa encomendada a sus
tiernas manos. Pobres pimpollitos! La dignidad impeda a mi seora
Condesa castigar al primognito delante de la novia y del suegro, y
era forzoso que pagaran el pato las dos nias desheredadas. Yo las v
llorando como unas Magdalenas y soplndose las palmas de las manos,
escaldadas por aquel fatdico instrumento de cinco agujeros que penda
de fatal espetera en el despacho de D. Paco. Las pobrecillas
estuvieron a moco y baba todo el da.




XXXIII


Este libro concluye, queridsimos lectores, a quienes adoro y
reverencio; se acaba, y los notables y jams vistos sucesos que me
acontecieron por el proyectado matrimonio de Ins y por el encuentro
de aquellas dos familias en el tortuoso y difcil camino de mis
amores, sern escritos, por no caber en este volumen, en otro que
pondr a vuestra disposicin lo ms pronto posible. Tened, pues, un
adarme de paciencia, y mientras aquellas distinguidas personas se
preparan para ponerse en camino hacia Madrid, adonde con vuestra vena
pienso acompaarlas, atended un poco ms.

El mismo da 22 encontr a Santorcaz, puesto ya al frente de su
partidilla, la cual, como he dicho, estaba formada de lo mejorcito del
pas. Les digo a ustedes que tropa ms escogida que aqulla no la
capitanearon los famosos _caballistas_ Jos Mara y Diego Corrientes.

--Va usted ya de marcha?--le pregunt.

--S; dispusieron que fuera alguna fuerza de paisanos a guardar el
paso de Despeaperros, y yo solicit esa comisin, que me agrada
mucho. All voy con mi gente. Quieres venir? Has estado en casa de
Rumblar?

--De all vengo.

--Y esa familia que est ah es la de la novia de D. Diego?

--Justamente.

--Creo que van todos para Madrid.

--As parece.

--No sabes cundo?

--Segn he odo, pasado maana. Esperan saber lo de la capitulacin
para llevar la noticia.

--Conque pasado maana? Bien... Adis. Quieres venir en mi partida?

--Gracias; adis.

Les vi partir, y todo el da y toda la noche estuve pensando en
aquella gente.

Yo no vi el triste desfile de los ocho mil soldados de Dupont cuando
entregaron sus armas ante el general Castaos, porque esto tuvo lugar
en Andjar. A pesar de que la primera y segunda divisin haban sido
las vencedoras de los franceses, la honra de presenciar la rendicin
fu otorgada a la tercera y a la de reserva, por una de esas
injusticias tan comunes en nuestra tierra, lo mismo en estos das de
vergenza que en aquellos de gloria. Por delante de nosotros
desfilaron las tropas de Vedel, en nmero de nueve mil trescientos
hombres, y dejando sus armas en pabelln, nos entregaron muchas
guilas y cuarenta caones.

Les mirbamos y nos pareca imposible que aqullos fueran los
vencedores de Europa. Despus de haber borrado la geografa del
continente para hacer otra nueva, clavando sus banderas donde mejor
les pareci, desbaratando imperios y haciendo con tronos y reyes un
juego de tteres, tropezaban en una piedra del camino de aquella
remota Andaluca, tierra casi olvidada del mundo desde la expulsin
del islamismo. Su cada hizo estremecer de gozosa esperanza a todas
las naciones oprimidas. Ninguna victoria francesa reson en Europa
tanto como aquella derrota, que fu, sin disputa, el primer traspis
del Imperio. Desde entonces camin mucho, pero siempre cojeando.
Espaa, armndose toda y rechazando la invasin con la espada y la
tea, con la navaja, con las uas y con los dientes, probara, como
dijo un francs, que los ejrcitos sucumben, pero que las naciones son
invencibles.

--Cunto siento que no est aqu el seor de Santorcaz!--me dijo
Marijun, al ver pasar por delante de nosotros a aquellos hermosos
soldados, medio muertos de fatiga y de vergenza--. Te acuerdas de
las grandes bolas que nos contaba cuando venamos por la Mancha y nos
refera las batallas ganadas por stos contra todo el mundo?

--Lo que nos contaba Santorcaz--respond--era pura verdad; pero esto
que ahora vemos, amigo Marijun..., verdad es tambin.




XXXIV


Considerad ahora lo que pasaba del otro lado de Sierra Morena en aquel
mismo mes de julio. El da 7 haba jurado Jos en Bayona la
Constitucin hecha por unos espaoles vendidos al extranjero. El da
9, el mismo Jos traspasaba la frontera para venir a gobernarnos. El
da 15 ganaba Bessires en los campos de Roseco una sangrienta
batalla, y al tener de ella noticia Napolen, deca lleno de gozo: La
batalla de Roseco pone a mi hermano en el trono de Espaa, como la de
Villaviciosa puso a Felipe V. Napolen parti para Pars el 21,
creyendo que lo de Espaa no ofreca cuidado alguno. El 20, un da
despus de nuestra batalla, entr Jos en Madrid, y aunque la
recepcin glacial que se le hizo le causara suma afliccin, an le
pareca que el buen momio de la Corona durara bastante tiempo.

Pero hacia los das 25, 26 y 27 se esparce por la capital un rumor
misterioso que conmueve de alegra a los espaoles y llena de terror a
los franceses: corre la voz de que los paisanos andaluces y algunas
tropas de lnea han derrotado a Dupont, obligndole a capitular. Este
rumor crece y se extiende; pero nadie quiere creerlo, los espaoles
por parecerles demasiado lisonjero, y los franceses por considerarlo
demasiado terrible. El absurdo se propaga y parece confirmarse; pero
la Corte de Jos se re y no da crdito a aquel cuento de viejas.
Cuando no queda duda de que semejante imposible es un hecho real, la
Corte, que an no haba instalado sus brtulos, huye despavorida; las
tropas de Moncey, que rechazadas de Valencia se haban replegado a la
Mancha, se unen a las de Madrid, y todos juntos, soldados, generales y
Rey intruso, corren precipitadamente hacia el Norte, asolando el pas
por donde pasan. Aquel fantasma de reino napolenico se disipaba como
el humo de un caonazo.

Y ahora os he de hablar de cmo la guerra, que pareca prxima a
concluir, se trab de nuevo con ms fuerza; he de hablaros de aquel
infeliz y bondadoso rey Jos, y de su Corte, y de su hermano, y del
paso de Somosierra con la famosa carga de los lanceros polacos, y del
sitio de Madrid, y de otras muchas curiossimas cosas; pero todo se ha
de quedar para el libro siguiente, donde estos histricos sucesos han
de tener feliz consorcio con los no menos dramticos de mi vida, y
todo lo mucho y bueno que ocurri en el matrimonio de Ins.

Ahora guardar prudente silencio sobre estos sucesos, pues decidido
estoy a seguir al pie de la letra la reservadsima escuela del
diplomtico, y as os digo:

No, no me obliguis, abusando de la dulce amistad, a que revele estos
secretos de que tal vez depende la suerte del mundo. No me seduzcis
con ruegos y cariosas sugestiones que en vano atacan el inexpugnable
alczar de mi discrecin.

A pesar de esto, insists, importunos amigos? Nada ms os digo por
ahora, sino que la familia de Ins sali para Madrid hacia fin de mes
y en los das en que el ejrcito vencedor marchaba hacia la capital de
Espaa.

Esta circunstancia me permiti ir en la escolta que por el camino
deba custodiar a tan esclarecida familia; as es que form con los
diez a caballo que galopaban a la zaga de los dos coches. Ay! Por la
portezuela de uno de ellos sola asomarse durante las paradas una
linda cabeza, cuyos ojos se recreaban en la marcial apostura del
pequeo escuadrn.

--Estos valerosos muchachos, hija ma--le deca su padre--, son los
que en los campos de Bailn echaron por tierra con belicosa furia al
coloso de Europa. Veo que les miras mucho, lo cual me prueba tu
entusiasmo por las glorias patrias.

Basta con esto, seores, y no digo ms. En vano me hacis seas;
excitndome a hablar; en vano fingen conocer mentirosos hechos, para
que yo les cuente los verdicos. A qu conduce el anticipar la
relacin de lo que no es de este lugar? A los impacientes les dir que
nada ocurri hasta que llegamos al desfiladero de Despeaperros. Lo
pasbamos en una noche muy obscura, cuando de pronto detuvironse los
coches, omos gritos, son un disparo, y algunos hombres de mal
aspecto, saltando desde los cercanos matorrales, se arrojaron al
camino. Al instante corrimos sable en mano hacia ellos...; pero basta
ya, y djenme dormir, pues ni con tenazas me han de sacar una palabra
ms.

FIN DE BAILN

Octubre-noviembre de 1878.




TRADUCCIONES DE DIVERSAS OBRAS

DE

Don BENITO PEREZ GALDOS


EN INGLS:

_Doa Perfecta_, a tale of modern Spain. Traduccin de D.P.N.--London,
Samuel Tinsley, 1886.

_Idem._ Traduccin de Clara Bell. New-York, Gottsberger, 1883.

_Idem._. New-York, 1884.

_Idem._ Traduccin de D.P.W. New-York. George Munro, Publisher, 17 a
27, Vandewater Street, 1883.

_Gloria._ Traduccin de Clara Bell. New-York, William S. Gottsberger,
Publisher. 11 Murray Street, 1882.

_Idem._ Traduccin de Nathan Wetherell. London, Remigton and Co., 5,
Arundel Street, Strand. W.C., 1879.

_Len Roch._ Traduccin de Clara Bell. New-York, William S.
Gottsberqer, Publisher, 11. Murray Street, 1888.

_Marianela._ Traduccin de Clara Bell. New-York. William S.
Gottsberger, Publisher, 11, Murray Street. 1883.

_Marianela._ Traduccin de Helen W. Lester. Chicago, A.C. Mac-Clurg
and Company, 1892.

_Trafalgar._ Traduccin de Clara Bell. New-York, William S.
Gottsberger, Publisher, 11, Murray Street, 1884.

_Zaragoza._. Traduccin de Minna Carolina Smith. Boston, Little. Brown
and Company, 1899.

_La batalla de los Arapiles._ Traduccin de Rollo Ogden. Filadelfia,
J.B. Lippincot Company, 1895.


EN FRANCS:

_Doa Perfecta._ Traduccin de L. Lugol. Pars, Giraud, 1885.

_Idem._ Traduccin de L. Lugol. Pars, Hachette.

_La campaa del Maestrazgo_ (Le Roman de Soeur Marcela). Traduccin de
L. de L***. Pars, Calmann-Levy, Editeurs, 3, rue Auber.

_Marianela._ Traduccin de Julien Lugol. Pars. Librairie des
publications a 50 centimes; 34, rue de la Montagne-Sainte-Genevive.

_Idem._ Traduccin de A. Germond de Lavigne. Pars, Librairie Hachette
et Cie., 79, Boulevard Saint-Germain, 1884.

_El amigo Manso._ Traduccin de Julien Lugol. Pars, Librairie
Hachette et Cie., 79, Boulevard Saint-Germain, 1888.

_Misericordia._ Traduccin de Maurice Bixio. Pars, Librairie
Hachette. 1900.


EN ALEMN:

_Doa Perfecta._ Dos tomos, traduccin de J. Reichell. Dresde y
Leipzig, Pierson's Verlag, 1886.

_Electra._ Traduccin de Rodolfo Beer. Wiener Verlag. 1901.

_Electra._ Traduccin de Rodolfo Beer, arreglada para la escena
alemana por Ricardo Fellner. Berln. 1901.

_Gloria._ Traduccin del Dr. Augusto Hartmann. Berln, Verlag von L.
Schleiermacher, 1880.

_El amigo Manso_ (Freund Manso). Traduccin de E. von Buddenbrock.
Berln, Verlag von Karl Siegesmund, 1894.

_Trafalgar._ Traduccin de Hans Parlow. Dresde y Leipzig, Verlag von
Karl Reitzner, 1896.

_Marianela._ Traduccin de E. Plcher. Breslau, Auterhaltungsblatt,
1888.


EN SUECO:

_Doa Perfecta._ Traduccin de K.A. Hagberg. Stockolm, Skoglunuds
Frlag.

_Len Roch._ Traduccin de A.P. de la Cruz Frlich. Kjpenhaun
(Copenhague). Frlag. Andr. Schous, 1881.

_Torquemada en la hoguera._ (Torquemada paa baalet). Traduccin de
Johanne Alleu. Cristiania y Copenhague, Frlag A. Christiansens, 1898.


EN ITALIANO:

_Nazarn_ (Sicut-Christus). Traduccin de Guido Rubetti y Jos Len
Pagano. Firenze, G. Nerbini.

_Gloria._ Traduccin de Italo Argenti. Firenze, R. Bemporad & Figlio,
1901.

_Marianela._ Traduccin de G. de Michelis. Bologna, Tipografa Pont.
Maregiani, va Volturno. 3, 1880.

_La Fontana de Oro._ Traduccin de G. de Michelis. Miln. Fratelli
Treves. 1890.

_Doa Perfecta._ Traduccin de Cunes. Miln. Fratelli Treves. 1897.


EN HOLANDS:

_Doa Perfecta._ Traduccin de M.A. de Goeje Leiden. Brill, 1883.

_Electra._ Leiden, A.H. Adriani, 1901.


EN PORTUGUS:

_Electra._ Traduccin de Ramalho Ortigo. Oporto, Librera Chardron.
de Lello & Irmao, editores, 1901.


EN DINAMARQUS:

_Fru Perfecta._ Traduccin de Gigas. Copenhague, Priors, 1895.



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     and discontinue all use of and all access to other copies of
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both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
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1.F.2.  LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
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Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
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or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.gutenberg.net/fundraising/pglaf.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://www.gutenberg.net/about/contact

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org

Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://www.gutenberg.net/fundraising/donate

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including including checks, online payments and credit card
donations.  To donate, please visit:
http://www.gutenberg.net/fundraising/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.

Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.net

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including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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