Project Gutenberg's Un paseo por Paris, retratos al natural, by Roque  Barcia

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Title: Un paseo por Paris, retratos al natural

Author: Roque  Barcia

Release Date: February 14, 2005 [EBook #15046]

Language: Spanish

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UN PASEO POR PARIS

RETRATOS AL NATURAL

POR

DON ROQUE BARCIA.

MADRID, 1863. IMPRENTA DE MANUEL GALIANO. Plaza de los Ministerios, 2.




ADVERTENCIA.


Despus de las infinitas sandeces y extravagancias con que los del
vecino imperio acostumbran  pasar ratos tan frecuentes de buen humor 
costa de nuestro pas, apenas se concibe que no haya habido algun
escritor espaol que dijera de ellos tantas verdades, cuantas son las
mentiras que ellos han dicho de nosotros.

Lo ms que han hecho ciertos celosos escritores nacionales, ha sido
vindicarnos de aquellas ingeniosas imposturas, de aquellos novelescos
despropsitos, como quien repele una invasin extraa; pero ninguno (que
sepamos) ha hecho una expedicin  sus tierras, con nimo deliberado de
ver y de decir lo que por all pasa, porque algo que merezca la pena de
verse y de decirse debe pasar.

Esto es lo que, con escassimos recursos y muy endebles fuerzas, vamos 
hacer nosotros.

Ellos han venido  nuestra casa. Nosotros irmos  la suya, aunque hay
una diferencia capitalsima en el pensamiento y en la intencion con que
ellos han venido, y nosotros vamos.

Ellos han venido  oler y fisgar, para decir luego entre los suyos, no
lo que han visto, sino lo que han soado,  lo que han querido soar
para escribir una novela y producir un efecto cmico,  expensas de la
honra de un pueblo noble y generoso, brusco quiz, inculto tal vez, pero
generoso y confiado; tan generoso y tan confiado, que recibe con palmas
y olivas  los que le insultan.

Nosotros irmos  oler y fisgar, para decir sencilla y buenamente lo que
hemos olido y fisgado. Si es malo para ellos, que tengan paciencia; si
es bueno, con su pan se lo coman, y nosotros procurarmos comer tambien
lo que podamos, porque lo bueno es pan que debe comer todo el mundo.

Ellos han venido  burlarse.

Nosotros irmos  estudiar.

Ellos han sido novelistas.

Nosotros sermos historiadores.

Ellos han dicho la pura mentira, si es que hay mentiras puras.

Nosotros dirmos la pura verdad; la verdad sin dimes ni diretes,  la
buena de Dios, _ la pata la llana_, como dice la gente por estas buenas
tierras de _Morera_.

_Las mil y una noches_ que ellos han contado de nosotros, repugnan de
tal modo  la evidencia de los hechos, que si no pusieran el nombre de
nuestro asaeteado pas, los mismos espaoles no conoceriamos que se
hablaba de Espaa. Los mismos espaoles creeriamos que se nos hacia la
descripcion de cmo viven algunas tribus de la Polinesia  de las
Molucas.

Lo que nosotros dirmos de los franceses ser un retrato tan al natural,
un retrato tan _candorosamente_ parecido, que no habr persona, por poco
instruida que est en materia de caractres nacionales, que no eche de
ver por instinto que hablamos de Francia, aunque nosotros supusiramos
que la escena pasaba en la Nigricia. Todo eso tendrmos  nuestro favor:
pagarmos deudas antiguas, dando verdades  trueque de embustes,
agradeciendo y recomendando lo que juzguemos que debamos recomendar y
agradecer.

Sufra, pues, el civilizadsimo Paris, el tan culto y refinado Paris, el
Paris tan sutil, tan impalpable y tan vaporoso; sufra, decimos, que un
_tosco africano_ se le entre por las puertas, sin decir t ni m, ni
saco de paja, y le desdoble ciertos pliegues, y le adivine ciertas
cuitas, y le ponga el dedo en ciertas llagas, y quite la tierra de
ciertas sepulturas, y descubra ciertos cadveres.

Lo vamos  decir con vergenza; pero lo vamos  decir. Tenemos miedo, lo
que se llama miedo, de vernos en Paris. Nos parece (y lo hemos anotado
en nuestra cartera de viaje como un suceso previsto y corriente) que
aquel coloso nos va  confundir con una mirada, si es que no se digna
aplastarnos con un pi; y que an cuando tenga la indulgencia de no
aplastarnos  de no confundirnos, no vamos  saber por dnde entrar, ni
por dnde salir en aquel laberinto formidable; de todo lo cual
resultar que tendrmos que volvernos  nuestra humilde casa con los
tiestos en la cabeza.

Presumimos que nos va  suceder lo que  los monos de poco tiempo: se
suben al rbol para coger cocos, y las ms de las veces son aplastados
por la misma fruta que quieren coger.

Pero, en fin, lector mio, pecho al agua; vamos al maravilloso y
estupendo Paris,  ese Paris que tantas veces habr sonado en tus
orejas, en tu pensamiento, en tu corazon, en tu fantasa ... sobre todo
en tu conciencia y en tu bolsillo. La ignorancia es muy atrevida, y lo
suplir todo. Buen nimo, lector! vamos  Paris!

Si vale juzgar por el plan que nos hemos formado anticipadamente, estos
estudios comprendern las siguientes sries.

PARIS MORAL, PARIS CURIOSO, CONSIDERACIONES Y DESPEDIDA.

El PARIS CURIOSO comprender una resea histrica de Paris, monumentos,
estadstica y hechos notables, con una descripcion diaria de las
impresiones que all recibamos, y que trascribirmos al papel con la ms
escrupulosa fidelidad.

A falta de otro mrito superior, la presente obra ser notable por la
expresion ingnua con que ser escrita. Si hay algun alio en lo que
escribamos, ser el que buenamente salga  nuestro encuentro. Nosotros
no hemos de buscar otra cosa que procurar decir, en la forma ms fcil,
lo que veamos, lo que sintamos y lo que pensemos.




INTRODUCCIN.


Paris, fbula del mundo, fbula de t propio; palacio por fuera,
sepulcro por dentro, salve!

Hace un mes que estamos en Paris mi mujer y yo. En este mes de noviciado
y de aprendizaje, cuntas cosas nos han sucedido! cuntas sorpresas
hemos llevado! Mi compaera y yo no hemos podido sacudir todava la
inevitable ofuscacion de las primeras impresiones, y estamos como
sordos, y nos miramos con cierta expresion alelada. Qu ruido! Qu
tropel! Qu infierno! Madrid no es ms que un barrio de esta confusa y
turbulenta Babilonia; no es ms que un lienzo de este interminable
panorama de sombras chinescas.

Pero la narracion de las aventuras que nos han sucedido durante este
mes, (qu mes, Dios mio!) toca al PARIS CURIOSO, y no debemos alterar
el sistema que nos hemos propuesto seguir. Aqu slo hablarmos del
PARIS MORAL, cuyo punto nos ha parecido conveniente tocar ante todo,
correspondiendo  lo que de nosotros exige una necesidad de nuestro
pas. Francia tiende  absorbernos en todos sentidos, tambien en sentido
moral, y no nos conformamos de ningun modo con que nos absorba en
ciertas tendencias, ahora que sabemos y presenciamos lo que no sabiamos
ni presencibamos antes.

Nos explicamos, con ms  menos dificultad, que nos ponga la ley con sus
figurines, con sus modas, con sus jabones, sus pomadas, sus esencias y
sus juguetes: nos explicamos sin violencia que nos ponga la ley con sus
graciossimos diges, con sus elegantsimas bicocas, con sus poticos
relumbrones, con sus cultsimas frivolidades: nos explicamos, gimiendo 
no gimiendo, que nos domine con sus tejidos, con sus cidos, con sus
instrumentos, con sus libros, con sus novelas, con sus dramas, hasta con
su idioma: todo eso podemos explicarlo; pero no nos podemos explicar que
deba ser nuestra dictadora en punto  costumbres. Contra semejante
conato se levanta airado nuestro corazon. No reconocemos ese dominio, no
admitimos esa tutela, no concedemos esa supremaca, por ms que la
organizacion exterior de las cosas nos deslumbre; por ms que la cara
postiza de que todos los hechos se revisten aqu, haga que confundamos
el inocente arrullo de la trtola con el canto agorero de la corneja.
Aqu hay una cosa particular, indefinible, mltiple, casi infinita: una
cosa que est en todas partes, que todo lo llena, que todo lo anima, que
 todo de su forma y su rostro, como nuestro pi de su forma propia 
nuestra pisada. Hay una cosa que nosotros llamamos _el palaustre
francs_. Los franceses tienen un _palaustre_, con el cual adoban y
alisan tan admirablemente la exterioridad de las cosas, la parte que se
ve, lo que est por fuera, lo que produce en nuestros sentidos y en
nuestra fantasa el primer efecto dramtico: preparan tan
_deliciosamente_ las cosas con unos cuantos golpes de su portentoso
palaustre, que aqu casi todo parece arte, cuando real y verdaderamente
casi todo es un simple artificio. Traigamos  Paris cualquier cosa, una
fruslera cualquiera, de Espaa, de Italia, de Inglaterra, de Rusia, de
Turqua, del Mogol; dmosla  un francs, dejemos que el francs la
lleve  su casa; que all la componga, que la alie, que _la lave la
cara con su palaustre_, y es bien seguro que la fruslera extranjera
ser en Paris una especie de mgia. Por dentro ser fruslera, el
interior estar vaco, _el precioso busto no tendr seso_, como dice la
fbula, pero lo de fuera ser un encanto. Qu hechizo tan particular,
qu inspiracion tan asombrosa, qu talento tan admirable hay aqu, para
hacer ver que _es algo lo que no es nada!_ Quiz no lo habrmos meditado
bastante; tal vez no conocemos lo necesario este inmenso laboratorio,
esta inmensa qumica; acaso sermos injustos y agresivos con esta
sociedad que nos asombra, como podria asombrarnos una fantstica
aparicion; suplicamos al pueblo francs que nos perdone; pero vamos 
manifestar una idea, que hemos concebido ms de una vez, que hemos
concebido muchas veces, bajo la influencia de hechos anlogos, lo cual
prueba al menos que nuestra idea no es el resultado de una excepcion.
Cuando el espectador rie siempre,  siempre llora, algo hace el actor
para producir aquella risa  aquel llanto. H aqu nuestra idea. Creemos
que el dominio que Paris ejerce, creemos que ese espritu en alas del
cual visita todo el globo; ese reinado que tiene un trono en tantos
pueblos; esa culta y privilegiada tirana con que est pesando sobre el
mundo de hoy; creemos que esa maosa red que tiene extendida sobre toda
la tierra, no es tanto la obra de su ciencia, de su arte, de su
industria y de su comercio, como la de su prodigiosa habilidad en dar 
las cosas una segunda cara, una cara postiza, _la cara francesa_: es
decir, una mano que cubre la cara de carne con una mscara de carton.
Creemos que la supremaca que hoy alcanza, el universal seoro de que
con ms  menos razon est tan orgulloso, no lo debe tanto  las
creaciones de su genio, como al artificio de su palaustre. Otro crea,
otro hace, otro descubre, otro saca del caos del pensamiento la
sustancia impalpable de la idea, el grmen divino. Esta idea arranca,
esta idea camina por el mundo, Paris la llama, la acaricia, la pule, la
compone, la ajusta, la viste: es decir, coge su mezcla maravillosa,
empua su palaustre mgico ... oh portento! Ved como brilla ahora lo
que poco antes era oscuro! Ved qu gracioso, qu bonito, qu jugueton
es, lo que poco antes era duro, severo, grave! Antes era una cosa; lo
que el arte  la naturaleza queria que fuese; ahora es una _monera_; lo
que Paris ha querido que sea. Dios y el hombre tienen un taller. Paris
tiene otro; el taller de Paris. El escudo de armas de esta
importantsima ciudad, debia representar un monarca que empua por
cetro un _palaustre_. Volvemos  pedir uno y mil perdones al pueblo
parisiense, imploramos humildemente su indulgencia, en justo pago de la
deslumbradora hospitalidad que nos ofrece; pero hemos dejado nuestra
pobre Espaa para decirla, no lo que soemos, sino lo que creamos, y eso
es lo que creemos al pi de la letra.

Pues volviendo  la cuestion moral, hemos descubierto que el _palaustre
francs_ anda tambien alisando la cara de las costumbres, y que ms all
de esa cara lisa y graciosa, abajo, en lo hondo de la fbrica, hay
ciertas escorias que el palaustre no puede quitar, porque el palaustre
no quita nada, lo compone todo. Y nosotros, rudos y aviesos espaoles,
no queremos esas composturas francesas. Aunque la cara no est tan
bonita, preferimos que el interior no est tan podrido, y dando las
gracias encima, regalamos  nuestros vecinos la escoria que est dentro
y la cara graciosa que est fuera.

Excusamos advertir que no nos duele que seamos llevados por un espritu
extranjero, sino que seamos llevados sin razon. Cuando la razon media,
cuando la religion universal de lo bueno y de lo justo nos hace
hermanos, no vemos extranjeros, sino hombres. La idea del hombre nos
hace grandes, generosos, magnnimos, inmensos, por decirlo as, y no
debemos pagar  aquella noble idea siendo egoistas. No! No marcamos
fronteras  los hechos universales, como lo son todos los que se
refieren al bien humano. No ponemos lmites  ese bien, como no damos
patria al ambiente,  la tierra, al calrico,  los celajes. Un
patriotismo exagerado, es al mismo tiempo una ridiculez, una
supersticion y una imbecilidad. Nos pondrmos de parte de Espaa en este
caso, porque cuando un hecho particular quiere absorber  otro hecho
particular, no podemos menos de declararnos  favor de aquel que recibe
la agresion injusta, especialmente cuando este hecho corre unido al amor
y a la veneracion que nos merecen las cenizas de nuestros padres, Antes
que cuestion de pas, es cuestion de verdad. Es cuestion de patria
tambien; seriamos hipcritas si lo negsemos; pero este respeto viene
despues, como un hombre est despues de la humanidad, como la narracion
de un solo hecho est despues de toda la historia.

Tal es el pensamiento con que vamos  tratar esta delicada materia, y
declarado as, quedamos tranquilos y con el valor suficiente para decir
cuanto nos dicten nuestras convicciones. Pero no faltar quien diga: 
qu tantas ceremonias y escrpulos con esos hombres aturdidos y
desleales, que hablan al mundo de nuestro pas, como si hablasen de una
horda de la Nueva Zelanda?

No, seores: la infantil ligereza con que nuestros vecinos hablan de
nosotros; esa ligereza que es tan nativa en ellos, y que se les debe
perdonar por ser un achaque de raza, una verdadera enfermedad de
temperamento y d carcter; ese chistoso _sans faon_ con que nuestros
vecinos dicen las mayores sandeces con la formalidad ms pomposa y ms
entusiasta; esa especialidad francesa que consiste en hablar de la
niera ms grande que se ocurre  hombre, con la mayor magnificencia y
esplendidez del mundo; _ese curiossimo secreto_ de nuestros vecinos,
no nos autoriza para insultar  una nacion. Nosotros sentiriamos
remordimiento si entrsemos en el exmen de esta sociedad con una
intencion egoista. No! Por respetos al pueblo francs, por decoro 
nuestro pas, por nuestro propio honor, como escritores pblicos, no
harmos lo que hacen los franceses, con lo cual probarmos, que si no
somos tan refinadamente cultos, somos al menos ms clsicamente
cristianos. La naturaleza lleva en s cierta cosa brava de buena
ndole, una virtud salvaje, pero candorosa y original, y esta ventaja
tenemos los brbaros.

Esta srie comprender los siguientes captulos:

1. Moralidad de los franceses con relacion  la ley.

2. Con relacion  la opinion.

3. Con relacion  las costumbres.

4. Con relacion al trato civil.

5. Con relacion  la industria y al comercio.

6. Con relacion al arte.

7. Con relacion  la familia.

8. Con relacion  cosas que ver el curioso lector.





UN PASEO POR PARIS.




I.

=Moralidad de Paris con relacion  la ley=.


Llegamos  Paris  las tres de la tarde, y no faltaba mucho para
oscurecer, cuando entrbamos en un hotel, llamado de los Extranjeros, 
tiro de pistola de los magnficos bulevares. Comimos luego en un lujoso
y _areo Restaurant_, situado en la Plaza de la Bolsa, cuyo dueo se
llama como jams olvidar, _Champeaux_. Ignoro si este nombre puede
tener para los odos franceses alguna poesa; pero s muy bien que es un
nombre clebre, prosica y dolorosamente clebre para mi afligido
bolsillo, como ver el lector en el PARIS CURIOSO.

A las diez salimos del famoso _Restaurant-Champeaux_, y por seas que mi
mujer y yo caminbamos sin decirnos oste ni moste. Por qu tal
silencio? Preguntar tal vez algun curioso. Ay, lector, lector de
nuestra alma! Ordinariamente no hablamos, despues que somos ...
sorprendidos. La escena del _Restaurant_ nos dej mudos. De vuelta, por
fin, en nuestro hotel, quiso mi mujer acostarse y not con harta
estraeza que los dos balcones de nuestra habitacion no tenian maderas,
y que  una de las vidrieras faltaba el pestillo. Es decir, not con
extraeza que dormir all era dormir en medio de la calle,  pblica
subasta, como decimos por all. Se trataba de un piso entresuelo muy
bajo, no habia puerta en los balcones que daban  la calle, uno de los
cierros de cristales carecia de pestillo.... Cmo era posible que mi
mujer, la ms medrosa de las mujeres, se resignara  pegar los ojos en
un cuarto, expuesto al antojo del primer transeunte?

Llamo al _garon_, y le digo que se habian olvidado sin duda de poner
las maderas  los balcones, y que una de las vidrieras no cerraba. El
_garon_ se sonri compasivamente. Hace cuarenta aos, me dijo, que este
hotel existe; tal como est hoy estuvo siempre, y todava no se cuenta
que haya sucedido la menor tentativa de robo.

_Bah! no tenga usted miedo. (N'ayez pas peur, allez!_) Y diciendo esto
se marchaba.

--Oiga usted, le grit con resolucion: es decir, que nos hemos de
quedar de este modo?

--El amo responde de lo que suceda.

--Perdone usted; el amo no puede responder de que me degellen, y si
esto aconteciera, me importaria muy poco que su amo respondiese.

El garon solt una carcajada con el mayor aplomo, cual si creyera que
yo queria tener con l un rato de solaz, y desapareci como un cohete.

Refer  mi mujer lo sucedido, y mi mujer determin pasar, la noche
cerca de los cristales, reservndose mudar de habitacion al dia
siguiente.

Yo calcul que la sinrazon no estaba en el amo del hotel, sino en
nosotros. Esto es una costumbre del pas, costumbre que no tiene aqu
peligro alguno: por qu prestar odos al temor infundado de un
extranjero, en cuya nacion se vive de otro modo?

Por qu presumir que nosotros dos estimamos ms nuestros bienes y
nuestras vidas, que los centenares de hombres que diariamente se
hospedan en este mismo hotel? Por qu presumir que el amo habia de
exponerse  perder los muchos objetos de valor que decoran nuestra
vivienda? Por qu presumir que un establecimiento tan importante, podia
aceptar el riesgo de desacreditarse en una hora, supuesto un robo  un
asesinato?

Yo preferiria que estos balcones tuviesen maderas; preferiria que los
transeuntes no tuvieran la tentacion contnua de ver dos balcones  su
disposicion, dos balcones que pueden tocarse con la mano; pero visto que
esto es aqu un hecho normal, me parece tan extravagante y tan ridculo
querer otra cosa, como lo seria en Constantinopla el pretender que cada
casa no fuese un palacio encantado.

En fin, mi mujer se acost, por obediencia, y no cerr los ojos hasta
que observ que estaba muy entrado el dia. Pero luego que nos habituamos
 la vida nueva, tanto el dinero como los relojes quedaban sobre la mesa
 sobre el armario, casi  la vista del que pasara por la calle.
Excusado fuera decir que nadie vino  desposeernos ni  matarnos.

Hemos atravesado varias veces todo Paris: jams hemos tenido noticia de
un robo  mano armada, de un asesinato, de un tumulto de ninguna
especie. Slo hemos presenciado una ria entre dos hombres en la calle
de Buenavista _(Beauregard)_, disturbio que dur un momento y que no
tuvo consecuencias desagradables. Trato, pesos, medidas, comestibles,
todo se ajusta perfectamente  la ley.

Estudiado Paris en otras tendencias, apenas se concibe,  se concibe
como concebimos un prodigio, la existencia de ese escrupuloso nivel
entre la conducta social del que obedece, y la voluntad del que manda.
Este nivel es evidente, y slo la ignorancia, la preocupacion  el odio
pueden desconocerlo.

Hemos estudiado con el mayor esmero esta faz de la civilizacion
parisiense, y debemos decir que muy rara vez hemos visto que una
manifestacion pblica del individuo, est en discordancia con el
precepto de la sociedad: es decir, con las leyes escritas.

No falta quien haya atribuido este resultado  la vigilancia de la
polica; pero esta manera de juzgar no es la que ms revela un
conocimiento sazonado de las cosas.

La polica, como todo hecho represivo, podr evitar casos particulares,
accidentes de localidad y de hora; no producir un caso general, unnime,
con rarsimas excepciones. Aqu es una disposicion general de los nimos
y de las costumbres no herir la propiedad, en cuanto esta propiedad est
garantida por una proclamacion formal de la ley.

Para que esta disposicion de los nimos y de las costumbres fuese
resultado de la vigilancia de la polica, fuera menester que cada
individuo tuviera un vigilante tan unido  l como el pi  su huella,
lo cual nos llevaria  suponer la existencia de tantos espas como
ciudadanos. Esto es absurdo.

Cuando un pueblo es tan inmoral que cada uno de sus hijos necesita un
espa para no ser asesino  ladron, no hay fuerzas humanas que impidan
que el individuo de aquella sociedad sea ladron  asesino. El espa no
puede hacer otra cosa que aadir  la suma un guarismo nuevo. El
ciudadano criminal tendria necesidad de un cmplice: este cmplice seria
su propio guardian, la polica, el espionaje. El espionaje, pues, slo
serviria para dar autoridad  los crmenes,  para sucumbir en la lucha.
S, la polica tendria que ser cmplice,  robada y asesinada por el
ladron y por el asesino.

Quin lo duda? Cuando un cncer se apodera de todo nuestro cuerpo
dnde encontrareis carne sana que oponer  la carne cancerosa? Si el
cncer est en todas partes, si hay que cortarlo todo, en qu punto
concebs la vida? De qu manera concebs la vida en una carne que debe
cortarse?

Esto no puede ser, y no pudiendo ser en ningun pas del mundo, no hay
razon para que sea en Paris. No, no es la polica. Polica hay en
Austria, y la criminalidad es incomparablemente mayor. La Inglaterra
mantiene hoy menos polica que el imperio francs, y la Inglaterra es un
pas ms morigerado que Francia. Menos polica tiene Blgica, mucha
menos, y las costumbres de aquel pas son bastante mejores que las del
pueblo que examino. En caso parecido se encuentran la Holanda, algunos
Estados alemanes, las Ciudades Libres y la Suiza.

Cerdea tiene menos polica que Npoles, y Npoles es ms criminal que
Cerdea en una proporcion fabulosa.

No, la polica es un hecho puramente exterior, y de este orgen no
pueden provenir las altas razones morales, religiosas, polticas y
econmicas, que marcan los grados de sociabilidad en todos los pueblos
de la tierra, sociabilidad que es el gran crculo donde todos los hechos
humanos se contienen, las costumbres tambien.

No; la represion hace lo que una argolla. La argolla no tiene la virtud
de convertir  los malvados. La argolla no es un poder humano, un poder
moral; mata, no educa.

Pues de dnde procede la religiosidad del pueblo francs en atemperarse
al precepto pblico? Sobre esto dirmos despues unas cuantas palabras.
Ahora no hacemos ms que exponer hechos, y el hecho es que aquella
religiosidad exterior se manifiesta de una manera incuestionable. Vamos
ahora  ver las cosas de otro modo.




II.


=Moralidad de Paris con relacion  la opinion=.

Esta moralidad es tan escrupulosa como la que se observa con respecto 
las leyes, aunque proviene de causas distintas.

Cuntas manifestaciones engaosas! Cunta observacion, cunto deseo y
cunta buena fe se necesitan para penetrar en el interior de este
laberinto, y ver los hechos como son en s!

Nos dejamos un paraguas, un pauelo, un bolsillo, en algun caf,
tienda, quiz teatro? Pues volvamos y all estar.

Moralidad asombrosa! se exclama.

Poco  poco, amigos mios. No niego que esto es preferible  vernos
asaltados por una partida de beduinos  de turcomanos, pero nosotros nos
guardarmos muy bien de llamarlo virtud. Le llamarmos habilidad;
virtud, no. Por qu no? Vamos  explicarnos; pero, lector mio, con tu
vnia, hablarmos en adelante en singular.

Yo tengo una tienda, un caf, un teatro, una fonda. Sin el favor de la
opinion pblica, esto es, sin crdito exterior, sin probidad aparente,
sin esa probidad que sale  la calle vestida de colorea muy vivos, como
los payasos, para que la gente se pare  verlos: sin la moralidad de la
opinion en un gran centro de competencia, claro es que me arruino.

Pues qu hago? Agenciar dia y noche aquel favor, aquella condicion
necesaria para que yo adelante y goce; mejor dicho, procurarme sin
descanso aquella mercanca indispensable para que sea un mercader feliz.

Vale ms mi crdito que un paraguas, un pauelo, un bolsillo, un
billete? Pues tome usted el billete, el bolsillo, el paraguas. Vale ms
mi mercanca que la de usted? Pues tome usted su mercanca.

Pero si el bolsillo contuviera bastantes monedas para asegurar de una
vez mi fortuna; si el billete fuera un talon contra el Banco de Lndres,
y representara una cantidad que hiciera imposible la ruina; si la
mercanca de la tienda, del caf  de la fonda, valiese menos que la del
bolsillo  el billete de usted, cree usted que el hombre moral de Paris
dejaria de ajustar la cuenta por los dedos; cree usted que dejaria de
anotar en el libro de entrada la partida mayor?

No niego que habr muchas y honrosas excepciones: no condeno la
intencion virtuosa de uno  mil individuos. Hablo de la temperatura
general que, en mi juicio, tiene aqu la conciencia.

Esta verdad se descubre ms fcilmente en los cocheros. La ley ofrece
una recompensa pecuniaria, y en otros casos una mencion honorfica, al
conductor de un carruaje pblico que presente en las oficinas de la
polica los objetos olvidados en su carruaje. Los objetos devueltos en
este ao suman un valor de 43.000 duros.

Pero qu sucede en realidad? Que sentido tienen estos alardes de
pureza y de abnegacion ante la moral verdadera, ante la emocion ntima
del alma, esa emocion que siente el bien, y que tiene bastante con
sentirlo, como mi corazn ama la belleza, y tiene bastante con amarla?
Qu significan esos 43.000 duros devueltos  la polica de esta ciudad?

Significan lo siguiente; y cuidado que no hablo de memoria, sino por
experiencia.

Si el objeto olvidado no valia la pena de que la polica premiase al
_cochero honrado_, el cochero honrado hizo noche de aquel objeto.

Si el objeto valia mucho mas que la recompensa pecuniaria  la mencion
honorfica, el objeto no pareci tampoco.

Pues qu objetos son los que parecen? Parecen aquellos que no valen
menos ni ms que el premio  la mencion; no parecen ms mercancas que
las que convienen al negocio.

Al volver una tarde de Passy, tomamos un coche cerca de las barreras del
arco del Triunfo; era de dos asientos, y un amigo que nos acompaaba
tuvo la bondad de subirse al pescante, mientras que mi mujer y yo
ocupbamos el interior del carruaje.

No hacia diez horas que nos habiamos comprado un sobretodo de goma,
forrado de merino, y que podia usarse tanto para las lluvias como para
servir de sobretodo.

Llegamos al hotel de Buenavista; subimos;  poco notamos que el amigo se
habia dejado el sobretodo en el pescante; el cochero no pareci por
nuestro hotel, ni el sobretodo pareci tampoco por las oficinas de la
polica. Me consta, porque estuve  saberlo, contra la voluntad del
interesado, que se hubiera credo en pecado mortal si un sobretodo le
obligara  mover un pi   despegar un labio.

En fin, depuradas las cosas en el crisol de la verdad, la virtud de
Paris con respecto  la opinion pblica, seria una hipocresa, un
fraude, un dolo, si no fuera un comercio hbil, una industria que
participa de cierto hechizo para explotar al hechizado; _palaustre
tambien_!

La conciencia se escribe y se suma: el guarismo mayor es el ms moral.
No hay guarismo? Pues no hay nada.

Y dnde no sucede lo mismo? se replica.

Yo contesto que no sucede lo mismo en la mayor parte del mundo; yo
contesto que esa disposicion del sentimiento y de los hbitos, es una
especialidad francesa, al menos una especialidad parisiense. Aqu, la
alucinacion de la fantasa se ejerce sobre todo, hasta sobre el tul de
unos manguitos, hasta sobre los pliegues que se dan  una tela
cualquiera: cmo no ha de ejercerse sobre las deliberaciones y las
costumbres?

Lo que aqu se llama moralidad, se llama en otras partes astucia,
destreza, _comprar y vender entendiendo el oficio_.

Yo no condeno tanto el hecho, como su falsa manifestacion y su falso
alarde. Llmenlo negocio, empresa, mercado: llmenlo como quieran,
moral, no. Eso no es la moral; _la cara de carton no es la cara de
carne_. La moral no se escribe sino sobre el cdigo eterno de una verdad
que no se suma, que no se palpa: una verdad lcida, inocente, afectuosa
y bella como el recuerdo de una madre; alta, noble, expansiva y
universal como la idea de Dios.




III.

=Moralidad de Paris con relacion  las costumbres=.


En una de las tiendas contiguas al pasaje de la calle Montmartre, cerca
del Mercado Nuevo, han llevado  mi mujer diez sueldos por unas
trencillas que cuestan dos en la plaza de las Victorias, siendo estas
ltimas tal vez de mejor calidad.

Notaron que era extranjera, y la llevaron cinco veces ms de lo justo.

En el pasaje de los Panoramas compramos un frasco de vinagre de olor, un
pomo de aceite y algunas pastillas. Yo cre equivocadamente que el
frasco valia dos francos y medio, y pagu  razon de esta suma. Pero no
valia ms que uno y medio; la seora que despachaba se apercibi sin
duda del exceso de un franco, (la mujer francesa se apercibe de todo) y
se content con aadir una pastilla, como si se tratara de un regalo con
que nos obsequiaba.

La pastilla valia seis sueldos, de modo, que fu moral regalando una
pastilla que me costaba dos veces ms de lo que valia.

En la calle de Montmorency hay una casa particular donde se come
(_cuisine bourgeoise_); hemos asistido  la mesa redonda varios dias, y
constantemente nos han llevado mucho ms que  los comensales franceses.

El garon del hotel de los Extranjeros me pidi un franco diario por el
arreglo de la habitacion, al cabo de dos meses de nuestra estada all.
Ni la seora me habl de ello jams, ni el garon me dijo una palabra,
sin embargo de que  l pagaba la habitacion cada quince dias, y de que
no me daba una carta, ni me traia recado alguno sin que le gratificase
en el acto.

Qu cosa ms natural que advertirme de ello cuando entr en el hotel?
Qu cosa ms justa y ms sencilla que decirme: paga usted siete
francos por la habitacion y uno por el servicio? Y si yo no hubiera
tenido ms que los siete francos, nico compromiso que contraje?

Y cuando gratificaba todos los dias al criado, qu cosa ms natural que
haberme dicho: advierta usted que estas gratificaciones no le desquitan
de un franco diario que ha de darme por el arreglo de la habitacion?

Pues nada; call durante sesenta y siete dias, y hubiera callado ms
tiempo  no haber notado que queriamos mudar de hotel. Entonces me lo
dijo con una sangre fria, con un aplomo, _con una conciencia de su buen
derecho_, que yo le escuchaba y no comprendia qu queria decirme.
Cuitado de mi! Me mudaba por ahorrarme 50 francos mensuales, y aquel
hombre me pedia 67. Qu es esto?

Yo tengo el defecto de que doy demasiada importancia al no quejarme, al
sufrir en silencio; pero esta vez no quise callar. Se trataba de 67
francos que me hacian falta, se trataba adems de que era extranjero, de
que era espaol; casi todas las cuestiones son para nosotros en Francia
cuestiones de decoro, y me di  bajar la escalera con el fin de hacer
saber  la seora lo que ocurria.

La seora no estaba, pero estaba el _seor_, el cual me recibi de una
manera amabilsima, porque crey tal vez que iba  pagar; pero luego que
se hubo enterado del asunto, _de l'affaire_, como dicen aqu, frunci el
entrecejo, agri la voz, y se lade un poco, cual si quisiera
significarme que mi reclamacion era cosa que l se echaba  la espalda.

Yo me hice francs en aquel momento y no dej de mano _mi negocio_.

--Por siete francos me ajust, le dije; los he pagado, nada debo.

--En mi hotel hay costumbre de pagar aparte el servicio de la
habitacion.

--Usted es muy dueo de establecer en su hotel todas las costumbres que
le parezcan convenientes, pero no de establecer costumbres con la
condicion de que yo las he de pagar, cuando las ignoro.

--Todos las pagan, caballero, y nadie murmura.

--Pues contra lo que hacen todos, digo  usted, que ni usted ni nadie
puede perjudicarme por una ignorancia de que no tengo culpa.

--Yo no tenia necesidad de advertir  usted acerca de nada ...

--Ni yo de pagar.

Diciendo esto, sal del gabinete de recepcion, donde nos encontrbamos,
y sub  mi Cuarto, dispuesto  dejar el hotel en el momento mismo.

Apenas habiamos empezado  poner en rden nuestro equipaje, cuando
llamaron  la puerta. Era la seora. Triste de m!

--Siento-mucho, me dijo, que usted se haya incomodado ...

--Perdone usted, seora: yo no me incomodo por m: hacen que me
incomode.

--No pensaba usted dar nada al criado?

--Le he dado ms de seis duros, durante nuestra estancia en este hotel.

--Pero no pensaba usted gratificarle cuando se marchara?

--S, seora; pensaba darle cinco  diez francos; tal vez cincuenta,
acaso ciento, si hubiera creido que los merecia; pero no pensaba tener
obligacion de dar 67, cuando nada se me ha advertido, cuando nada s,
cuando por el contrario tengo necesidad de saber lo que he de pagar,
porque mi bolsillo no es infinito....

--Pues bien; hgalo usted por m, d usted al criado la mitad de lo que
ha pedido.... Qu menos ha de dar usted que medio franco por arreglar
la habitacion?

En fin, entr la parte mgica, y _la funcion_ me cost seis napoleones
cumplidos.

Con qu objeto exponerse  escalar puertas  balcones, cuando hay el
arte necesario para hacerlo mgicamente?

En el bulevar de la Buena Nueva me compr una levita de verano por 35
francos. El amo del establecimiento quit la ensea donde estaba escrito
el precio, y nos di la levita perfectamente envuelta en un gran papel.
Yo le di dos piezas de 20 francos, y esperaba que me diera la vuelta;
pero el amo no pensaba en tal cosa.

Tuve que preguntarle cul era el precio de la levita para arrancarle los
5 francos que sobraban. Tal vez aquel hombre obraba distraidamente; esto
podia suceder; no quiero hacerle reo sin tener entera conviccion; pero
los varios lances anlogos que me han sucedido, me dan el derecho de
consignar aqu este escrpulo, para que valga lo que la sensatez del
lector juzgue regular.

Muy pocas cosas puedo decir acerca de la prostitucion de esta ciudad
extraordinaria.

Los lectores saben que la prostitucion se considera aqu como una
industria, industria que tiene su matrcula, que est bajo la vigilancia
del gobierno, pagando en trueque una contribucion.

La polica da  las mujeres pblicas dos _horas de reclamo_; desde las
nueve hasta las once de la noche. Es un espectculo sumamente curioso,
aparte lo que tiene de aflictivo, el sentarse en un balcon de una de las
travesas que conducen  los grandes centros, y ver pasar y repasar 
estas mujeres, desempedrando las aceras. Andan de una manera prodigiosa.
Cualquiera diria que caminan sobre resortes  por influencia magntica.
Son un torrente  que abren el dique, y anda en dos horas lo que estuvo
parado en las veinte y dos de cautiverio.

No se contentan con insinuarse por su manera especial de moverse, ni con
_cecear_  los transeuntes, sino que los llaman, los detienen, los
exhortan, como un candidato catequiza  los electores. Esto no deja de
tener su ventaja, porque la mujer pierde el prestigio que la da el
recato, aunque sea un recato hipcrita, y la prostitucion ofrece as
menos peligros.

La mujer no es temible sino en cuanto nos hace sentir, y no nos hace
sentir sino en cuanto nos ofrece una belleza recatada; la prostituta
vulgar en Paris es fesima en este sentido. Cunto ms temible es la de
Italia, especialmente la de Roma!

Una noche saliamos mi mujer y yo del pasaje de los Panoramas. Mi mujer
se habia quedado algo detrs, mientras que una ramera que estaba de
acecho en la calle de Montmorency se dirigi hcia m como una
exhalacion, _volcnicamente_, y me dijo con la mayor dulzura:
_voulez-vous venir avec moi?_ Quiere usted venirse conmigo?

Mi mujer asomaba en este instante. Yo contest  mi invasora: _parlez
avec madame s'il vous plat_. Hable usted con mi seora, si le parece
bien.

La prostituta ech hcia atrs con la velocidad de una carretilla.

Yo cont  mi mujer lo sucedido, y mi compaera se sonri de la manera
como una mujer suele sonreirse en tales casos.

Hay una casa en Paris (no quiero ser cmplice de ella ni an revelando
el nombre), en la que no se puede entrar sino prvia la entrega de 60
francos,  sean doce napoleones, que ingresan en los fondos del
establecimiento.

Paris es la ciudad del coquetismo y de los efectos dramticos. Pues
bien, estoy seguro de que no hay magnate ni extranjero en Paris que
tenga una casa montada con ms lujo, con ms alarde, con ms profusion;
sobre todo, con un gusto ms refinado, ms incitante, ms deslumbrador.

Estilo rabe, estilo persa, estilo griego; doraduras, bordados,
reflejos, prismas; todo est all mezclado y confundido formando una
region de hadas  de hures.

Una prostituta es hija de un banquero que se arruin, la otra es hija de
un alto empleado que ya no vive; otra de un coronel  de un general que
vino  menos. Esta sabe el ingls; aquella el aleman; la otra el
espaol, el italiano  el ruso.

All es de ver cmo una prostituta, estudiado el temperamento de su
vctima, le devuelve un billete de cien francos que de ella recibi, con
el objeto de ganar su nimo y apoderarse de toda su cartera.

All es de ver la suma habilidad con que la elegantsima _mademoiselle_,
convence  un hombre, de que jams ha experimentado la pasion que su
talento y su profunda simpata la han hecho concebir.

All es de ver como la reina de aquel sarao frota dulcemente la mano de
un hombre, cual si quisiera persuadirle empleando por razon el calrico
de la electricidad: all es de ver la ingenuidad maravillosa, la
admirable inocencia, con que exclama, dando  su acento la expresion
tarda y entrecortada del pattico: _Que je suis malheureuse!_ Qu
desgraciada soy!

Esto quiere significar: qu desgraciada me ha hecho tu amor!

O bien esto otro, que est ms en relacion con las intenciones de
aquellas _eminentes actrices_: cmo podrs pagarme el mal que me has
hecho?

Hay prostitutas que salen de all para ser personajes en el gran mundo.
Yo he visto una,  quien un ruso di, durante muchos aos, veinticinco
mil francos mensuales.

La prostitucion de la casa de que hablo, est elevada  ciencia,  bella
arte,  gran tono: lo querrn creer mis lectores? Est elevada  una
especie de adivinacion,  una especie de agorera. Hablar all de la
piedra filosofal, de la cuadratura del crculo  del movimiento
contnuo, es una cosa casi natural.

La prostituta de aquella casa, adivina el corazon de sus clientes, como
conoca Gall los rganos cerebrales del hombre.

Cuntos misterios curiossimos y dolorosos encierra aquel Eden de la
corrupcion! En cuntos presupuestos de familias ricas de Paris, tiene
un guarismo aquel Eden infame!

S, muchos hombres casados del mismo Paris, estn ajustados anualmente
con la duea del establecimiento: esto es, tienen un palco all, como lo
tienen en el teatro de la grande Opera, en los Italianos  en el Circo.

Por ltimo, yo no tengo noticia de una casa igual, y no extrao que el
jven, profano  la vida de las grandes ciudades, pierda all el sentido
y se d en cuerpo y alma al diablo de aquella tentacion. Es el talento
que la vbora tiene en saber picar; pero indudablemente hay all un
talento asombroso. Yo no hallo palabras que expresen la memoria que deja
aquel _encantamiento maldito_, sino diciendo que es una CIVILIZACION QUE
ESPANTA.

A quin podria ocurrirse (y termino con esta especie) que la duea del
establecimiento en cuestion, es una gran seora? Pues nada ms cierto.

He odo decir  muchas personas que la corrupcion de Paris, en el
sentido indicado, es un hecho muy natural, atendida la circunstancia de
que  este pueblo afluyen todas las naciones del mundo.

Algo concedo  esta consideracion; creo tambien que hay vicios orgnicos
en la existencia de los grandes centros, de los grandes focos, de las
grandes acumulaciones. Creo tambien que la centralizacion causa daos
hasta en el censo de poblacion; pero esta creencia no me explica todo lo
que aqu veo.

Qu virtud atribuirmos  una pastora que vive aislada en el fondo de
un bosque? Ha de ser impura con la soledad, con los rboles, con las
flores, con el ambiente? Ha de ser impura con las trtolas  con los
faisanes? Sin vicio no hay virtud; como sin Ocaso no hay Oriente, como
no hay martirio sin lucha.

Es Paris corrompido porque hay lucha? No; la lucha es necesaria; pero
es necesario que sea una lucha moral, una lucha virtuosa, una lucha como
no lo es en este gran centro. No est el mal en que una piedra ruede;
esto es natural, providente, moralsimo: el mal est en que ruede hcia
el abismo; en que ruede hcia donde no debe rodar; en que ruede para
precipitarse.

La corrupcion de Paris consiste en que es el pueblo ms ingenioso de la
tierra, y en que emplea su ingenio, al menos durante el tiempo que
atravesamos, en falsear artsticamente las leyes morales.

No, no es vicioso porque se mueve, sino porque se mueve mal.

En todas partes sucede lo mismo, con la diferencia de que hay peor
sentimiento, porque hay ms hipocresa. Esto dicen los hijos de Paris.

Yo contesto  los hijos de Paris que se engaan. No me maravilla que
busquen esta solucion  sus pecados; pero se engaan.

En ninguna parte del mundo tiene la prostituta la instruccion y la
fascinacion teatral que en Paris: en ninguna parte del mundo tiene la
fantasa tantas imgenes y tantas formas para embellecer la fealdad: en
ninguna parte del globo conocido se hace de la prostitucion una especie
de apoteosis  de reinado.

No hay ms hipocresa en los dems pases: hay menos ingenio, aplicado 
dar encanto  los goces ilcitos,  dar esplendidez  la sensualidad que
se embriaga. Hay ms ignorancia cuando se trata de llamar  la
imaginacion para que haga de una ramera un personaje, una heroina, casi
una gloria, _una celebridad_.

Hay menos talento en hacer de un vicio una aristocracia. Digo otra vez,
y lo dir mil veces, que profeso por mxima de vida social el respeto
al hombre, sea quien fuere, aunque sea un mendigo, aunque sea un reo,
aunque sea un ajusticiado, y que respetando al individuo, con mayor
razon respetar  los pueblos, en quienes hallo individuos ms
respetables,  fuera de mayores. No me propongo lastimar  Paris; sino
manifestar lo que entiendo justo.

En los dems pases se sabe menos en materia de convertir el vicio en
una hechicera, y bendito el mrmol que no rueda, cuando el rodar slo
ha de servir para llevarlo al precipicio! Bendito el arrullo de la
trtola, que no sabe atraernos con la mirada venenosa de la serpiente!




IV.

=Moralidad con relacion al trato civil=.


Voy  dar algunos detalles sobre dos caractres singularsimos de la
sociedad francesa, caractres reflejados en dos palabras; _pardon y
merci; perdon y gracias_.

Un parisiense viene corriendo por una acera y magulla el pi  un
transeunte, vuelve la cara sin detenerse y le dice con la expresion ms
fervorosa: _pardon, monsieur_, (perdone usted, caballero).

Sigue de la misma manera, y se da de cara con una seora,  la da un
codazo que la tulle el brazo  el pecho: _pardon, madame_ (perdone
usted, seora) y sigue su camino con aire triunfante, como un hombre que
est convencido de que merced  una palabra de etiqueta, tiene el
derecho de ir aporreando  todo el prjimo.

Esto nos ha acontecido varias veces, y mi mujer, al oir _pardon,
monsieur  madame_, me preguntaba: qu dice?

--Nos pide perdon, respondia yo  mi mujer.--Qu diantre de tantos
perdones? Mejor seria que hiciera de modo que no tuviera precision de
ser perdonado, y se dejaran de alharacas que no me quitan la molestia
del empujon, del aplastamiento de narices,  del magullamiento del
pecho. Realmente, si me magulla un pi, si me disloca un brazo  si me
aplasta la nariz me curar aquel cumplido estril? No. Qu significa
aquel perdon, elevado  virtud social?

Ay! significa un hecho, como pudiramos decir una dolencia, el cual se
deja ver en todos los crculos de esta especialsima sociedad. Significa
que la imaginacion crea una frmula exterior, graciosa, dramtica, para
apoderarse impunemente del espacio y hacer su negocio.

Es cultura, se dice.

Cmo! Respondo yo, cultura! Concebs la cultura sin el amor al
hombre, sin el respeto al hombre siquiera? Concebs la cultura sin
humanidad? Concebs la cultura sin la mtua conciencia de nuestro sr,
sin la moral humana? Cultura! Esta idea peregrina me ha herido de una
manera particular.

El hombre francs se cree en el caso de estrujar  toda alma viviente,
aadiendo el correctivo del _perdon!_ Y qu? Me importar  m ms
que me extraigan del bolsillo un franco  ciento, que el recibir un
choque de un semejante mio que corre  sus negocios, y para quien valen
ms sus negocios que mi pi, mi brazo, mi nariz, mi cabeza? Y qu!
vuelvo  decir: porque aquel franco me lo extrajeran con habilidad, con
gracejo, con ademan afable y ceremonioso, podria decirse que el ladron
era un hombre culto?

Nadie puede decir que no matar  un semejante suyo,  su padre,  su
hijo, por un descuido inevitable; pero el hacer una poltica, una
etiqueta, de la facultad de magullar al primer nacido, equivale 
usurparme una seguridad que la moral debe garantirme, y juzgadas las
cosas en su verdadera significacion, este hecho no es ms disculpable
que la accion del que extrae de mi bolsillo uno  cien francos con
sutileza y maestra.

Aqu una maestra; all una ceremonia; en medio una vctima. Que sea
robado, que sea tullido, siempre es vctima.

Y qu! repito an: concebs aqu la cultura? Consiste la cultura en
la manera de hacer mal irresponsablemente?

Si semejante abuso fuera cultura, bien nos iba  lucir el pelo con
ella! Afortunadamente no lo es, como no es salud la muerte que se nos da
en un veneno, por ms que se nos brinde con el veneno en copa de oro,
coronada de flores. No, no es cultura. Los que as profanan este nombre,
cometen un crmen que ignoran, y por este lado deben recibir el perdon.

Las flores que circuyen la copa homicida, la copa en que se da un
veneno, no son buenas sino para aadir la traicion  la crueldad, para
aadir un crmen  otro crmen.

Yo preferiria, lo digo con el corazon en la mano, que me magullaran en
silencio,  tener que sufrir aquel revs con la obligacion de callarme,
por respetos  una exterioridad que no evita ni cura; una exterioridad
que da el poder impune de hacerme dao. Y no solamente me hace dao,
sino que me impone el deber de contestar con una cortesa, so pena de
pasar por un hombre avieso y mal educado. _Pardon, monsieur! Pas de
quoi, pas du tout_. Usted perdone, caballero.--No hay de qu.

Esto de tener que decirle: _no hay de qu_, cuando uno tendria ms gana
de darle un cachete,  de soltarle una tremenda, ser indudablemente muy
francs; pero no tiene pizca de espaol.

Confieso que no lo puedo remediar, por mas que procuro contenerme y
acomodarme  la necesidad de respetar lo que aqu se respeta. Detesto,
me estomaga el _perdon_ agresivo y atolondrado de los franceses, y mi
mujer lo aborrece an ms, porque mi mujer es ms espaola que yo.
Gracias  que, como habla en espaol, no la entienden. Si supiera
francs, es casi seguro que nos veriamos en ms de un compromiso. Tales
son las rudas claridades con que agasaja  los franceses y  las
francesas con especialidad.

Sin embargo, no debo hacerme el hombre de mundo. Cuando siento un
codazo,  un aplastamiento de pecho  de nariz, acompaado de un
afectuoso _pardon, monsieur_, la sangre se me sube  la cabeza, y en mi
cara de hiel y vinagre, deben conocer evidentemente que no soy hijo de
Paris.

En fin, el _elstico_ perdon que aqu se estila, es la receta universal,
la carta blanca, el salvo-conducto que tienen los franceses para hacer
cuanto se les antoja, cuanto se les pone en el magn, sin peligro ni
responsabilidad de ningun gnero, y hasta sin el inconveniente de faltar
 las reglas urbanas. Es el privilegio de cometer toda clase de
descortesas, sin que caiga sobre el que las comete el apodo de
descorts. Si no supiera que aqu se acata como una frmula social, lo
tomaria  insulto.

Pero an es ms original y curioso el otro carcter de que habl:
_merci! (gracias!)_

Entro  comprar un bollo que vale un sueldo.

Saludo  la persona que despacha, y oigo _merci_.

Echo mano al bolsillo, y oigo _merci_.

Dejo el sueldo sobre el mostrador, y oigo _merci_.

Me despido, y oigo _merci_.

Los lectores que no me conozcan, creern que exagero. No dir que esto
suceda en todas las tiendas de Paris, pero refiero hechos que me han
sucedido, y acerca de los cuales tengo la evidencia de lo que sucede 
uno propio. Dios no me d salud si miento.

En la calle de Montmartre, cerca de la calle Feydeau, hcia el bulevar
de los Italianos, hay una bollera. Pues bien, en esa bollera me han
dado cuatro _mercis_ por un bollo que valia un sueldo,  sea tres
ochavos. Cuatro gracias por tres ochavos! Ni  ochavo por gracia!

Esto me aflige, me contrista, me ahoga; y como no puede menos de ser, me
quita el gusto del trato social. No me gusta una gente tan excesivamente
_graciosa_.

Voy  buscar un pan, un pan que necesito, un pan que vale un sueldo; yo
doy un sueldo del mismo modo que  m me dan un pan; yo hago el favor
que recibo; propiamente hablando, no hago favor ni me lo hacen, porque
la mutualidad no es favor; porque no es favor el prstamo de la
existencia: por qu esas _cuatro gracias_ que vienen  llenarme de
melancola, porque vienen  darme cuenta de profundas llagas sociales,
en un pueblo que se llama tan civilizado? Por qu esas _gracias_ que
convierten en un alarde ceremonial y mentiroso la fraternidad que nos
debemos, la verdad eterna del hombre, porque es la verdad de la causa
creadora, la verdad de Dios?

Pero  esto se dice: natural es que suceda tal cosa, en un pueblo donde
la competencia representa tantos intereses y tantos goces. El mercader
de una pobre aldea, no tiene precision de ser _amable_, puesto que en la
aldea no hay ms mercanca que la suya; pero en Paris, la _amabilidad_
es el gran secreto de grandes empresas y de muchas familias.

Yo contesto que he estudiado lo que sucede sobre el teatro del suceso, y
no encuentro la explicacion en la competencia.

Centros notabilsimos son tambien Lndres, Hamburgo, Francfort,
Constantinopla, San Petersburgo, y no sucede lo que en Paris.

Yo comprenderia que la competencia pudiese explicar aquel fenmeno de la
ndole francesa, cuando cada uno usara del _merci_ de un modo especial,
cuando cada cual lo revistiera de una forma que le diera la expresion y
el inters de su particular ingenio: ms claro, comprenderia lo que se
dice, cuando el uno pronunciara el _merci_ con una corneta, el otro con
un clarinete, el de ms all con bombo  platillos; pero si todos dicen
el _merci_ con el mismo acento habitual, con el mismo grado de sonrisa
autmata: si el _merci es un mercado comun_, en donde se concibe la
competencia?

--Cmo est usted?

--Regular: gracias! Y usted?

--Voy pasando: gracias!

--Y su familia?

--No tiene novedad: gracias!

Yo pregunto  los que opinan que la competencia explica este contnuo 
indigesto _merci_: tambien la competencia explica esto en el trato
social ntimo, en el seno de la familia? Tambien la familia y la
amistad son mostradores de mercader? Pues la familia y la amistad
reconocen tambien aquella frmula.

Pero este fenmeno singularsimo es ms trascendental de lo que parece 
primera vista.

Qu quiere decir el dar las gracias  un semejante nuestro porque
pregunta por nuestra salud? Poder del cielo! Tambien este cuidado, este
saludo de la moral universal, esta hora solemne y sagrada del corazn
del hombre, tambien esto ha de estar sujeto al comps de un sonido vano,
de una ficcion?

Pues si el vernos objeto de un cuidado tan natural merece las gracias,
cuando adelantemos algo en esta lnea de decepcion, quin no concibe
que llegar tiempo en que darmos gracias por no ser saqueados  muertos
 pual?

No! Este hbito no es ni competencia, ni amabilidad, ni menos cultura.
O es un olvido de las ideas sociales y morales que todos los hombres nos
debemos,  es el sacrificio de aquellas ideas venerandas, en aras de una
fantasa que crea aqu tambien una forma hipcrita, para hacer bello
aquel sacrificio con los ornatos de un arte servil y egosta. Tambien
entra aqu el _palaustre_!

Esto es querer dar verdad  la mentira, con el fin de hacer de la
mentira un _ente amable_.

As lo he sentido mil veces, y el sentimiento es el gran criterio del
alma, el talento casi infalible del corazn.

Yo deploro de todas veras que los espaoles corrompan la expresion
franca, majestuosa y solemne de sus saludos, aceptando el afeminado
_merci francs_.

--Cmo est usted?

--Bien  mal. Gracias. Y usted?

--Mal  bien; gracias.

Aconsejo fervorosamente  la juventud, que deseche esa profanacion de la
sociedad y de la conciencia, y que se atenga  la palabra candorosa,
sencilla, franca, honrada y leal de nuestros padres.

No lo repudio  ttulo de innovacion; yo admito todas las innovaciones
posibles, cuando vienen autorizadas por una razon que las justifique y
las recomiende, aunque los innovadores sean cafres. Repudio aquella
costumbre alambicada, aquel alarde rebuscado y necio, porque
desnaturaliza nuestro trato, despojndolo de su ingenuidad, de su
poesa, de su belleza. S; el refinado y tonto _merci_, quita  nuestros
saludos ese aire de jovialidad y de buena fe, ese aire rudo y
caballeresco, grave  hidalgo, que es quiz el carcter ms notable, ms
original y ms bello de nuestra raza.

Jvenes, creedme; no digais _merci_. Si sois hombres, ese _merci_ tan
blando, tan ficcioso, tan almibarado y melfluo, os convierte en damas,
y os hace feos, porque no hay una cosa ms fea que un hombre amadamado,
y sobre todo, amadamado  la francesa. Si sois mujeres, perdeis una gran
parte de vuestro encanto y de vuestra hermosura, porque la principal
hermosura y el principal encanto de las hijas de Espaa, consiste
especialmente en ser espaolas. Tal vez vosotras no comprendais esto, y
sin embargo es la verdad. Quitad  vuestros rostros,  vuestros talles,
 vuestras miradas,  vuestras sonrisas,  vuestros saludos,  vuestra
palabra, la originalidad propia de vuestro pas, y sereis esttuas
vestidas. Decid _merci_ y sois francesas; no sois lo que sois realmente,
porque vosotras sois espaolas. Aquel _merci_ es un postizo, un
adefesio, una caricatura. Por qu poneros caricaturas extranjeras,
cuando las caras nacionales son tan hermosas? Por qu aderezaros con
flores mstias de otro clima, cuando nuestros soles crian en nuestros
campos tantos jazmines y aleles? Bellsimas jvenes espaolas, no
digais _merci_: os lo suplico por el alma de vuestros difuntos.




V.

=Moralidad en industria y comercio=.


Consecuencia admirable del temperamento! La fantasa es en Francia, en
Paris sobre todo, un elemento tan general y tan absorbente, que no hay
un solo crculo que no invada; ni uno solo, est donde quiera y como
quiera. Aquel elemento penetra en todas partes, hasta en la industria,
hasta en sus elaboraciones ms apartadas de la idealidad y de lo bello;
hasta en el calzado. Examinemos este zapato de seora. La punta remeda
un pico de ave; el tacon se va adelgazando progresivamente en forma de
espiral. Remata as el pi de las mujeres? El tacon es una cosa propia
para servir de base; una base conforme al zancajo? Es un zapato eso que
vemos, una figura acomodada  nuestro pi? No; de ninguna manera. Es un
capricho, una imaginacion, un efecto dramtico, un golpe teatral. Es un
zapato, como es vestido lo que se pone el arlequin: es otro golpe del
_universal palaustre_.

Niego redondamente que este zapato pueda durar arriba de dos  tres
noches de tertulia  de baile, y niego tambien que haya mujeres que
consigan equilibrarse sobre ese _balancin_, sin ensayarse para este
ejercicio, como se ensayan los alcides para equilibrarse sobre la
maroma. Pero tal vez no tengo razon. El genio francs, esa esttica
fabulosa que inspir al artfice del zapato, la forma casi area que
tiene, habr inspirado del mismo modo  las mujeres la habilidad de
usarlos sin riesgo. Es una especialidad de este temperamento, _un gnero
de este pas_.

Al ver el calzado parisiense en estos hermosos escaparates, no he podido
menos de decirme repetidamente: si una mujer tuviera el pi como es el
zapato que aqu miro, qu nombre daramos  aquel pi? seguramente lo
llamariamos fenmeno, aborto, extravagancia.

H aqu la industria francesa:  fuerza de ser delicada, sutil,
vaporosa, es una industria fenomenal. La diosa Vnus sali de Chipre,
viaj por el mundo, y se hizo idolatrar aqu en la elaboracion de la
materia. Tratar de hacer algo en Paris, es tratar de hacer una Vnus, un
dolo, una meloda. Alguna vez esta meloda deja escozores en el odo;
acaso esto sucede ms de alguna vez; pero la meloda brot, se oper el
prodigio; qu significa lo dems? _Siempre el palaustre_!

Excusado fuera entrar ahora en consideraciones srias para demostrar la
significacion que esto tiene en el rden de las ideas morales.

En el calzado que hemos visto, est sacrificada la realidad  la
ilusion, lo mas  lo menos; es decir, est sacrificada la verdad  la
mentira, la naturaleza al artificio, el pi al zapato, las mujeres al
pi. Repito que es una idolatra como otra cualquiera, y no necesito
decir si la idolatra es  no inmoral.

Hablar de la industria equivale  hablar del comercio. Un da pasbamos
por la calle de Richelieu y vimos un magnfico chal bordado de oro. Yo
tenia gana de saber su precio, as como de ver el arreglo interior del
almacen, y propuso  mi mujer que entrramos. Nos resolvimos por fin, y
al penetrar en un portal, que ms bien anunciaba la casa de un noble que
el almacen de un comerciante, vimos dos lacayos vestidos de librea.
Naturalmente, creimos que aquellos dos lacayos esperaban  sus seores,
 quienes suponiamos ocupados en hacer compras. Creiamos mal. Los dos
centinelas herldicos que all encontramos, eran dos lacayos de la casa;
la librea al servicio de la mercanca; el blason feudal dando crdito 
la materia francesa. El ridculo es tambien crdito, cuando el crdito
nace de una ridiculez.

Los dos lacayos nos hicieron una marcada cortesa, procurando no
deslucir la gravedad y el tono erguido de sus cuellos, decorados por las
indispensables corbatas blancas. Nosotros contestamos al saludo como si
quisiramos decirles: qu teneis que ver con nosotros? O como decimos
en castellano: quin os ha dado velas para este entierro?

Pero los dos vigas, venciendo valerosamente nuestro desden, se
aproximaron  nosotros y nos suplicaron que les dijsemos el fin que nos
llevaba. Yo tuve un momento d vacilacion, casi de resistencia; iba ya 
decirles que nada tenia que arreglar con sus seores, cuando principi 
comprender.

--No es esta la entrada del almacen en donde est expuesto un chal
bordado de oro?

--S seor.

--Pues deseamos ver ese chal y saber su precio.

Uno de los lacayos tir inmediatamente de una campanilla, y nos rog
que pasramos  otro piso. Subimos dos rellanos de una escalera
elegantemente alfombrada, y ya vimos en el piso principal  un caballero
que nos esperaba. Este caballero nos volvi  preguntar qu queriamos, y
odo que hubo nuestra respuesta, tira del cordon de otra campanilla,
envindonos al piso segundo. En que acabar esto?

Mi mujer y yo nos creiamos en el teatro de la Opera cmica.

Llegamos al piso segundo, en cuyo rellano nos aguardaba un tercero en
discordia, y cerca del umbral de la puerta una seora de mediana edad,
vestida con sencillez y gusto.

Nos explicamos en pocas palabras, entramos en un elegantsimo salon, y
antes de tres segundos, teniamos delante un chal como el que habiamos
visto en el escaparate.

El caballero y la seora nos observaban como si quisieran, entrar en el
secreto de nuestra voluntad, de nuestras ideas, ms que todo en el
secreto de nuestros bolsillos, y yo me reput obligado  valerme de una
mentira. Cmo no mentir en un pas, cuya astuta mirada taladra hasta
los huesos, como ciertos cidos corrosivos?

Nosotros habiamos salido de casa para almorzar: bamos, pues, en traje
de almuerzo, y nuestro alio no podia sostener con honra la aspiracion
de comprar chales de cinco mil y pico de francos;  sea una cantidad
casi superior  la que nosotros teniamos en Paris.

Tuve que decirles que un noble de la Habana me habia dado el encargo de
comprar algunos artculos de lujo, con el objeto de disponer el regalo
de boda para una de sus hijas. Mi mujer llevaba el sombrero de camino,
eramos extranjeros, yo tenia cierto color rabe  americano, el color de
los hijos de un clima meridional; despues de cuatro  cinco dias de
viaje en esto: en fin, notaron que cubria mi cabeza un sombrero de
jipijapa, la _etimologa_ de este sombrero era evidente, y la ilusion
fu tan completa como era evidente el orgen de mi sombrero. Nos
creyeron de lleno americanos, y de la Habana por aadidura.

Favor del cielo! No bien oy aquella seora que traia encargos de un
noble de la Habana, y que se trataba de un regalo de boda, cuando empez
 desdoblar blondas y encajes, empedrando nuestras orejas de miles de
francos. Ahora cogia una riqusima manteleta, se la ponia sobre los
hombros y daba una vuelta majestuosa por todo el gracioso salon; despues
echaba mano  un velo y volvia  pasear, dando  su cabeza y  su talle
todo el aire posible para producir el efecto artstico; luego toc el
turno al chal dorado, y dejaba caer la espalda hacia atrs, con el fin
sin duda de que la punta del pauelo lamiera la alfombra, y formara as
alguna honda de buen gusto y algun reflejo deslumbrador. En esto acude
el caballero que se habia ausentado, y empieza  desdoblar ante nuestros
ojos una preciosa coleccion de pauelos de India y de Persia, adobndola
con la salsa de los tantos y cuantos millares de francos.

Antes nos creiamos en el teatro de la Opera cmica; ahora creiamos
asistir  un juego de manos  cosa semejante. Nosotros deslizbamos de
cuando en cuando una mirada hacia la puerta, como si quisiramos decir:
Cundo nos vermos en la calle? Estbamos sudando como pollos.

La situacion se hizo ya tan embarazosa, que ni mi mujer ni yo sabiamos
qu hacer. Al cabo, tuve que pretextar una ocupacion apremiante,
balbuceando alguna frase de admiracion y de complacencia; pero no nos
dejaron ir sin recabarnos la promesa de que volveriamos despacio para
tener una noticia ms cabal del surtido del establecimiento, y poder
hacer con ms acierto los encargos del noble de la Habana.

Nosotros nos rendimos, capitulamos  su sabor, tomamos dos tarjetas con
orlas y dorados, y nos dimos en cuerpo y alma  bajar la escalera.

Cundo estaremos en la calle? me decia mi mujer. Jesus qu calor!
Estoy sofocada. Yo no hacia ms que oir; estaba ocupado enteramente en
bajar, en el nsia de salir  la calle y de tomar el fresco.

Llegamos al portal, los lacayos nos cobijaron con una mirada maestra; no
vieron bulto ni cosa alguna que lo valiese; se convencieron de que nada
habiamos comprado, de que habiamos sido intiles _ sus seores_, de que
la librea habia sido nula, y creyeron prudente  estratgico retirar el
saludo.

Gracias  Dios! Ya estamos en la calle de Richelieu. Comparada la calle
al salon de donde salimos, podemos decir que estamos en el reino de la
verdad. Oh delicia!

Qu objeto tan curioso es estudiar  un pueblo en estas minuciosidades
que tanto significan, aunque no sea sino porque jams engaan! Retratar
con este pincel, es retratar al natural, y por eso he dado este ttulo 
mis pobres apuntes.

Pero por qu sucede que despues de un lance semejante, nos invade
primero la risa y despues la tristeza? Esto sucede, porque la verdad no
deja nada impune, porque no existe una evidencia ms infalible que la
ley moral. Esta ley nos castiga, castiga al hombre, castiga su pecado, y
quin no baja la cabeza ante el castigo? Quin no dobla la espalda
bajo el peso de los azotes?

El comercio de Paris, lo digo otra vez, es lo que la industria:
fantasmagora, aparato, _altas novedades_; es el zapato areo en otro
sentido; _palaustre tambien_.

Encargo al extranjero que nunca se llegue  comprar un objeto que lleve
este rtulo: FANTAISIE (fantasa), sino tiene marcado el valor. Cuando
esto no sucede, el comerciante parisiense se creer _autorizado_ para
exigir el doble  triple de lo que vale, porque la FANTASA, nombre que
aqu quiere decir _ingenio, invencion, maravilla, prodigio_, no est
sujeta  tarifa alguna. Se trata de vender una creacion ingeniosa, y el
ingenio no tiene lmites: lo que no tiene lmites no tiene precio, y de
aqu la infinita elasticidad del clculo francs. Pobre del extranjero
que olvide este encargo  que tome  empresa el echarla de generoso!

Voy  terminar este ligersimo bosquejo, haciendo notar una rareza que
me ha herido de una manera singularsima.

Todos saben que Francia es un pueblo dotado de ciertos instintos de
igualdad poltica, igualdad que tiene tantos monumentos en su historia,
que tanto trabaja su espritu, que no deja de tener alguna forma
prctica en la constitucion social y en las costumbres; hasta en el
establecimiento del imperio. No obstante, la industria y el comercio de
este pas son enteramente aristocrticos.

Por el contrario, todos saben que la desigualdad gerrquica, la casta
social, es en Inglaterra un principio tan indiscutible y sagrado como un
captulo de dogma. Sin embargo, la industria y el comercio de Inglaterra
son enteramente democrticos.

Paris, el demcrata, viste  los ricos de casi toda Europa, y de una
gran parte de Amrica.

Lndres, el magnate, viste  los pobres de casi todo el globo.

El pobre busca al rico: este es Paris.

El rico busca al pobre: este es Lndres.

No hay contradiccion. Hay habilidad. Tratndose del otro lado del
estrecho, hay ms: _habilidad y lgica_; esto es, _habilidad inglesa_,
un miasma atmosfrico que no tiene igual en el espacio, desde el cielo 
la tierra, desde la tierra hasta el abismo. Estoy deseando ir  Lndres,
para poder establecer una comparacion concienzuda entre estos dos
grandes centros, que son sin disputa los dos pueblos ms influyentes de
nuestro siglo, y los dos primeros rivales de la tierra.




VI.

=Moralidad de Paris con relacion al arte=.


Ante todo, tengo que poner en su lugar una opinion que juzgo importante.

En el arte moderno francs hallo cierto arranque social, que ha abierto
una grande era  la literatura, y que con el tiempo empujar al arte
hcia su expresion ms trascendental, al menos ms en armona con el
espritu de nuestra poca. Este es un hecho capitalsimo; es un grmen
que puede modificar maravillosamente el porvenir, y fuera injusto negar
sus esperanzas al trabajo del hombre francs. Pero como en este
captulo no juzgo el elemento social del arte, sino que lo considero
nicamente en su relacion con las ideas morales, me parece que basta
esta salvedad.

El exmen de todas las obras artsticas de este pueblo, necesitaria la
vida laboriosa de ms de un escritor, y el espacio de muchos volmenes.
Dejo, pues, aparte el fardo inmenso de demasas, de licencias, de
crmenes, hasta de obscenidades, de que el teatro y la novela se han
hecho rgano en este pas tantas veces, con un talento tan singular, y
me concretar  un pasaje de un libro que han leido todos, que todos
conocen, de que la Francia est inundada, de que estn inundadas la
Europa y la Amrica. Hablo del _Montecristo_: hablo de ese libro
terrible, que hace de este mundo un sopor, una cueva encantada, un
brevaje oriental, una _bellsima diablura_. Ciertas gentes se han
empeado en hacer ver que la diablura puede ser bella, que las brujas
pueden ser artistas. Hablo de esa nueva caballera andante, ms ridcula
y ms absurda que la del mismo Amads de Gaula; esa caballera en que no
hay de real y positivo sino el trastorno y el escarnio de las virtudes
ms sagradas del hombre.

Estamos en la escena en que un hijo aconseja  su padre con la mayor
formalidad.... (Imposible parece que Dios nos haya dado formalidad para
tales cosas. En este sentido, nuestra razon tiene misterios que
horrorizan, como tiene el abismo cavidades que nos espantan.)

Decia que un hijo aconseja  su padre que _se debe matar_. Por qu?
Porque es comerciante, ha experimentado un revs en sus intereses, est
tocando la necesidad de una bancarota, y este descalabro le infamar 
l y  sus hijos. Pero no hay remedio? S; el hijo se lo ofrece, se lo
propone, se lo aconseja, se lo exige. El remedio ... ES MATARSE.
Matndose, se habilita el banquero, el hombre muere honrado, y el padre
lega esta honradez  su familia. No es bastante? Debe el pobre viejo
dudar? No dice bien el hijo? No tiene razon Alejandro Dumas?

Hijo desdichado, hijo  quien el cielo no di conciencia, sino para
hacerte probar el placer tremendo de desgarrarla, como no di organismo
 la lombriz sino para hacerla probar el placer asqueroso de revolcarse
dentro del cieno; hijo desdichado, ven ac y oye  un hombre que no
tiene el genio de Alejandro Dumas, pero que tiene ms corazon, que tiene
ms genio; porque no hay genio fuera del sentimiento de la verdad y de
la virtud, porque no hay belleza fuera del sentimiento que busca el
bien. No, no hay genio en la lombriz. Alejandro Dumas nos llama
africanos  los espaoles; enhorabuena. Preferimos ser tan brbaros 
ser tan _cultos_. No queremos ser tan civilizados como l, ni como t,
hijo infame y bastardo.

Hijo desdichado, ven ac y oye. Tu padre te ha dado la vida: eres t
quien ahora le aconseja que levante el brazo contra la suya?

De su amor recibiste tu primer amor: eres t quien ahora pones en su
mano un pual?

Si tu padre cae en la bancarota, t vas  vivir infamado: eres t quien
quiere que se mate para evitar tu infamia? Eres t quien crees que tu
egoismo vale ms que la vida del que te ha consagrado su existencia?

Pero oye an! Si t crees que la desgracia de tu padre te va  dejar
sin honra, si lo crees as, si de ello ests convencido, por qu no
eres t el suicida? Responde, hijo cobarde, por qu no eres t quien
coge el pual? Por qu tu padre ha de ser vctima de una opinion tuya,
de un juicio tuyo? Por qu ha de ser el caballero andante de tus ideas
romancescas?

Pero oye todava! Quin te ha dicho que un banquero se infama, porque
un infortunio que l no puede evitar le hace caer en la ruina? Quin te
ha dicho que no hay honradez en el infortunio? Quin te lleva  ver una
prostitucion en la desgracia? Quin te ha dicho que Dios no se venga de
hombres como t, dando al dolor una esperanza, un deseo, un suspiro
ferviente, una corona, una santidad? Quin te ha dicho, responde, que
la Providencia no ha dado poesa al lamento amoroso y casto de la
trtola?

Tu padre se arruina. Y qu! No hizo esa fortuna en otro tiempo? Tenia
quiz alguna escritura en que la eternidad le prometia amparar sus
buques  sus billetes?

Hoy pierde lo que gan ayer. Quin te ha dicho que la prdida, como la
ganancia, es otra cosa que un accidente en la vida de un comerciante? Y
por un accidente de la vida, buscas un pual contra la vida? Quieres
sacrificar el cielo  un celaje? Quieres sacrificar el mar  una ola?
Ay!  la gota de sangre que cae de un dedo, quieres sacrificar el
corazon?  la lgrima que cae de los ojos,  este soplo del aroma hmedo
de nuestra alma, quieres sacrificar el alma toda?

Hijo desdichado, si tu destino es quemar tu conciencia y tu corazon,
qumalos, en silencio, ocltate como se oculta el mago  el hechicero
para dar cabo  sus maniobras; escndete; pero no te valgas de la luz
para quemar la conciencia del mundo, vertiendo esas chispas en un libro.

Despues de esto qu extrao tiene lo que se ve en el drama _Antony_,
del mismo Dumas? Qu extrao tiene que Antony penetre en la alcoba con
una seora casada, en el momento de caer el telon, mientras que los ojos
del pblico, atravesando aquel telon, ven la obscenidad convertida en
fiesta, en declamacion y poesa, en bella-arte, en teatro? Despues que
un hijo aconseja  su padre que coja un pual y lo bae en sangre de sus
venas (sea cual fuere el motivo) qu extrao tiene que el odo del
pblico, pasando  travs del telon, oiga la respiracion convulsiva y
torpe del adulterio? Qu mayor adulterio que el parricidio?

Pero esto se lee, esto gusta, esto recorre el mundo, esto hace fortuna,
reputacion, gloria ... en Espaa tambien. Qu desventura!

Pero podrs negarle, se me dice, la habilidad en la ejecucion? Podrs
negarle su belleza en la forma?

Podreis negar  los lagartos, respondo yo, la belleza de su piel verde?
Podreis negrsela  los cocodrilos? Podreis negar  la culebra la rica
variedad de sus brillantes y sedosas escamas?

Esa es vuestra belleza? Ese es vuestro arte? Por qu no haceis de un
cocodrilo un actor? Por qu no haceis de una serpiente una actriz?

Basta de esto, mis queridos lectores. Tapmonos ambas orejas, contra el
graznido spero y soez de ese cuervo que dice al mundo: oid en mi
graznido el gorgeo dulce y apasionado de la calandria y del ruiseor.

El arte francs, generalmente hablando, lleva en s el trastorno ms
radical y ms profundo de las ideas morales; el trastorno propio de una
sociedad que,  precio de ruido y de oro, embrolla sin escrpulo las
verdades ms venerandas del entendimiento y de la conciencia.

Oropel, luces, relumbrones, escenas custicas, contrastes imposibles,
aventuras maravillosas y disparatadas, alarmantes; pero que cautivan,
que seducen, que nos arrastran  despecho nuestro; sobre todo, _lavar la
cara de las cosas, mover el palaustre_; h aqu la expresion ms
constante y ms universal del arte francs. La idea que ms domina en el
escritor de Paris, es la de hacer de modo que  los lectores de sus
_novelas_ se les haya de dar un par de sangras, an antes de concluir
la tremenda lectura. Si quisiramos citar ejemplos en comprobacion de
esta verdad, necesitariamos escribir centenares de tomos, como ya dije.

Acato la rica erudicion de un Thiers, de un Littr, de un Guizot; acato
la vastsima ciencia del eminente Augusto Conte; acato la hechicera
literatura de un Chateaubriand, de un De Lamartine, de un Balzac, de una
Cotin, de un Vctor Hugo; acato y amo la poesa fcil, ingnua,
encantadora del inspirado Beranger; acato el valeroso y fecundo arte, el
pincel arrebatador del inmenso Horacio Vernet; acato con profunda
veneracion  ese gran hombre, que ha dejado de ser pintor en el mundo
para ser monarca de los esplndidos salones de Versalles; acato  ese
Horacio Vernet, al humilde y modesto artista, que es ms que Luis XIV en
las rgias salas de aquel opulento y maravilloso palacio; acato  esos
genios de la Francia; no es mi nimo negar que la Francia tenga sus
genios; pero estdiese aqu el organismo que el arte tiene; estdiense
con detencion y con cuidado sus manifestaciones generales, las
manifestaciones del pueblo francs, y no podr menos de llegarse  la
conviccion ms completa de la rigorosa exactitud de nuestros retratos.

Pero y esos genios de que acabas de hablar? Esos genios, como todos
los genios del mundo, contesto yo, no son la sociedad francesa; los
genios no tocan al pueblo en donde nacen; un don del cielo no tiene otra
cuna que el espacio que coge todo el cielo. El genio del hombre es como
la luz de los astros: su pueblo es el orbe, la creacion entera, la obra
del principio supremo, la patria de Dios.

Y an  propsito de esos mismos genios, podriamos decir algo; algo que
probaria incontestablemente la verdad de mis opiniones. El carcter de
raza, el bautismo de nacionalidad, esa especie de limo que la nacion en
donde nacemos y vivimos pega  nuestra alma y  nuestras costumbres: esa
herencia de pueblo y de familia es un hecho tan poderoso y tan
inevitable, que si estudiamos con el necesario talento la forma exterior
del arte de Thiers, de Guizot, de Chateaubriand, de Balzac, de De
Lamartine, de Vctor Hugo, de madama Cottin, del mismo Horacio, de ese
ilustre pintor que tanto admiro; an de Beranger, de ese nobilsimo
poeta que tanto venero; hasta si pasamos  la ciencia del inagotable
Augusto Cont, de ese coloso que tanto me asombra: si estudiamos la
forma exterior del arte de esos genios; si nuestro espritu tuviera el
ojo penetrante que se necesita para distinguir ciertos colores, ciertos
tintes, ciertas sombras confusas y remotas: ms claro, cierto hbil
relumbron, cierto viso dramtico, cierta cara lavada por el _palaustre
francs_; si tuviramos la necesaria habilidad para descubrir esos
delicadsimos detalles, jurara por mi alma, que an en el arte de
aquellos grandes hombres encontraramos la _hechicera francesa_. No
excepto ni  Bossuet, ni  Fenelon, ni  Condillac, ni  Bordaloue, ni
al severo y tajante Rousseau. No hablo de un hombre muy extraordinario y
muy clebre; un hombre que ha logrado ms fama que todo un pueblo; no
hablo de Voltaire. Voltaire, como Diderot y casi todos los de la
memorable Enciclopedia, es un perfectsimo francs: francs en alma y
cuerpo; en pensamiento y obra; en juicio y palabra.

No excepto  nadie, ni al mismo preceptista y mirado Boileau.




VII.

=Moralidad de Paris con relacion  la familia=.


Se ha dicho que los lazos de la familia estn relajados en Francia. Esta
opinion que seria una calumnia tratndose del pueblo francs, no deja de
ser cierta tratndose de la ciudad de Paris.

Desde luego se observa que est ciudad est sembrada por todas partes de
_restaurants_ (no quiero espaolizar este nombre), de establecimientos
de caldo, de pasteleras, de _rotisseries_ (no lo quiero espaolizar
tampoco) y de tabernas. En todos estos puntos se come. Por qu tantos
establecimientos de esta clase? Se alimentan todos con la poblacion
forastera? No. La mayor parte se sostiene con la poblacion de Paris,
porque en un gran nmero de las casas de Paris no se enciende lumbre en
todo el dia.

Estoy convencido de que si se juntaran todos los hoteles y todos los
establecimientos en donde se come en esta ciudad, formarian una
poblacion bastante mayor que la crte de Espaa.

Es una curiosidad sorprendente para el extranjero, recorrer estas calles
de diez  once de la maana y de cinco  seis de la tarde, ir mirando 
derecha  izquierda, y ver la mesa interminable  que asiste una
poblacion de millon y medio de almas.

Si el extranjero no saliera  la calle ms que en las horas indicadas,
tendria harto motivo para decir despues en su tierra que Paris era una
inmensa fonda. Recorrindolo  una hora cualquiera, tendr motivos para
decir que, llegada la hora de comer, esta ciudad es una inmensa tribu
errante.

Lo declaro sin escozor. El que est acostumbrado al consuelo de la
familia, al rescoldo del hogar paterno: el que est acostumbrado  ver
el humo de la chimenea en que se calent desde nio, no puede menos de
experimentar una mala impresion al ver hacinados tantos hombres; hombres
que van all para no mirarse ni entenderse; que van all  comer casi
maquinalmente; que comen como quien se da  una tarea mecnica, como
quien cumple _el jornal de la comida_, para acudir despues  otro
jornal, semejantes  las palomas silvestres que van al sembrado para
llenarse el buche, y levantan luego las alas hacia donde la Providencia
las lleve.

Este hbito lleva en s cierto principio de desmoralizacion. Me he
fijado mucho en esta faz del pueblo que examino, y noto realmente que
aquel hbito imprime una arruga en su fisonoma. Estudiemos
cuidadosamente todas las caras que se nos ofrecen en tropel; reparemos
bien en todas las figuras que pasan por este gran lienzo de sombras
chinescas, y no advertiremos generalmente ese aire de atencion ntima y
afectuosa, propio del que dice: _me esperan en mi casa; como  tal hora
con mi familia_.

Esto quiere decir: la sociedad me ha dado un templo para que la consagre
un culto especialisimo y preferente. Este templo es mi hogar, donde me
aguardan los que me procrearon y nacieron conmigo. Mi culto me llama;
voy  ser ministro en el sacerdocio de la familia.

Si esto es preocupacion, confieso con orgullo que soy preocupado, y lo
soy, no nicamente por conviccion, sino por voluntad y por sentimiento.
Esto me hace sentir bien; amo y admiro en esos instintos y en esos
hbitos una belleza humana, una meloda que llena mi ser, y en vano
querria desimpresionarme, en vano pretendera que mi corazn perdiera la
ley que lo hace latir.

Quitad al hombre la familia, quitad  la familia su inteligencia
armoniosa, su consorcio interior, su necesidad ms moralizadora y ms
profunda; haced eso, y despedazareis al mundo.

He dicho que la costumbre parisiense lleva en s un principio de
inmoralidad, y para dar una nocion de que esto es as, bastar presentar
un ejemplo.

Supongamos que una hija vive con su padre; supongamos que sigue
asistindole ms  menos tiempo despues de la poca en que ha entrado en
la mayor edad, y en que por lo mismo no est sujeta  la autoridad
paterna para ciertos y respetables fines sociales. Pues bien, aqu es un
hecho que no escandaliza el que esa hija demande  su padre ante el
juez, para reclamarle el salario que merece por haberle asistido,
ponindose en lugar de una criada. Si este hecho escandaliza, Paris ha
tenido y tiene que presenciar ms de un escndalo, porque aquel hecho no
es invencion ma. Se ha repetido ms de una vez, y acerca de ello puedo
alegar el testimonio de ms de una persona digna de fe.

Cada cual se explicar  su modo la rebelion de la hija demandando al
padre ante la ley, para que no la ame como hija, sino para que la pague
como criada; pero  m me subleva semejante atentado contra las leyes
del respeto, del amor, de la sangre. Mis sienes laten convulsivamente
cuando creo ver  una mujer que se acerca a la sociedad, que anda
preguntando el nombre del juez, que le pide auxilio, que le implora ...
con qu fin? Con el fin de que all comparezca como reo el hombre
desgraciado que la di la existencia. l di la existencia  su hija; su
hija le di su afecto y su cuidado; ahora es delincuente ante aquel
cuidado y aquel afecto.

Qu es esto sino borrar el santo cario de la hija, bajo el egosmo
grosero  impo de la sierva? Qu es esto sino borrar el sacramento
providencial del padre, bajo la crueldad idiota del salario?

Cmo representarnos la figura de esa mujer ante la justicia, sino
representndonos una mujer vestida de luto, que baja los ojos, que
tiembla, que no puede hablar y que despues se muere de dolor? Cmo
concebimos la idea de esa hija que arrastra serena la mirada aturdida de
su padre; que le pide, que le provoca, que le acusa, que le denomina
usurpador de su trabajo: cmo concebir la idea de esa hija, repito, sin
concebir la idea de una sierpe  de un tigre?

Dios me libre de ser juez, con la condicion de escuchar semejante
demanda!

Dios me libre de ser padre, con la condicion de tener semejante hija!
Es seguro que maldecirla, como Jeremias, el momento en que habia nacido;
momento que llevaba dentro de s la profanacion de dar  la tierra una
huella que es un abismo horrible.

De la aglomeracion de guarismos vienen las grandes combinaciones; de los
grandes choques brotan las grandes chispas, y en este sentido tengo que
conformarme con los grandes centros de poblacion, de actividad, de
creaciones. Pero aparte esta necesidad trascendente de las grandes
masas, cunto ms natural, ms definida, ms espontnea, es la vida de
las pequeas poblaciones!

La emocion potica tiene en cada hombre su temperamento particular, y
este temperamento es una gran razon que cada uno debe tener en cuenta al
querer explicarse sus opiniones.

Yo creo que no me engao al opinar as, porque es indecible el placer
religioso que siento cuando descubro un casero  una aldea, perdida
entre rboles  arbustos,  entre las sombras indecisas de la tarde. No
s por qu, desearia haber nacido all; desearia que all se conservaran
mis cenizas. No s por qu lo experimento, pero s que lo experimento;
la poesa que cada cual lleva en su alma, despierta en m aquella
emocion, y creo en la verdad de esta emocion, como creo en la verdad
grandiosa de la poesa.

Qu hermoso es  mis ojos contemplar aquel grupo de casitas que ocupa
la tierra, as como un nido est en un rbol, como una nave surca el
Ocano, como una caravana se pierde entre los horizontes de la soledad,
como un pensamiento de la Providencia germina oculto entre los
torrentes de la creacion!

Qu hermoso es para m mirar el humo que parece brotar de las
chimeneas, como una voz que viene  decirme: acrcate, entra aqu: aqu
hay una casa, un calor, una lumbre: aqu hay dos amores que se han unido
y procreado; que comen, que duermen, que viven y que mueren juntos: aqu
est el misterio de la vida; aqu est el misterio de aquella mujer por
quien t has llorado, cuya memoria evocas y veneras: la mujer  quien
debes el bien divino de tener una madre!

Ay! Cun de menos echo la vida de familia! Cun de menos echo la vida
del campo! Aqu no hay campo; hay quintas graciosas y elegantes, ricos
caseros, palacios agrestes: un Paris dentro y otro Paris fuera. No hay
campo; no hay esa atmsfera callada, esas brisas sonoras y lentas, ese
genio de Italia y de Espaa que nos inspira el olvido del mundo, para
hacernos mejores y ms felices hablndonos de parte de la naturaleza,
trayendo  nuestras esperanzas un saludo de ese espritu universal que
adoramos en nuestra conciencia y en nuestro corazon. No, no encuentro
aqu una porcion de yerbas silvestres, donde dejar por un momento el
fardo de mis inquietudes y de mis penas, y respirar al menos una hora al
aire libre, al aire del campo.

Qu bellas me parecen las cercanas de Tboli! Qu bellas me parecen,
tambien las laderas rojas de mi Andaluca; que ven impasibles
estrellarse  sus pis las olas espumosas del Ocano Atlntico!

Pero ante todo debemos ser justos. Podr decir que no hay en Francia
gratos lugares y paisajes pintorescos? No; eso seria  maledicencia 
sandez.

Recuerdo que hace algunos aos fu de Montpeller  Marsella, y la
Provenza me encant con sus pequeas casas, escondidas misteriosamente
entre cipreses y palmeras. Recuerdo que las verdes orillas del Rdano me
encantaron tambien, y casi me hicieron adivinar la nocion de un pas
rabe.

All estn el hogar, la casa, el rescoldo, la cuna y el sepulcro de los
que viven y mueren en un mismo palmo de tierra.

Al penetrar con el pensamiento en alguna de aquellas casitas, ocultas
casi todas entre palmeras y cipreses; como un nido est oculto entre las
hojas de los rboles: al pasar con la imaginacion el umbral de aquella
morada bendita, nos parece ver  un hombre sencillo y risueo, que
trabaja cerca de la lumbre;  su lado, tranquila y satisfecha, hila su
mujer; ms all, una jven fresca y hermosa mece la cuna en donde duerme
un nio, hermano suyo. El padre representa el trabajo, la madre el
cuidado, la diligencia y la caridad; la jven el amor, y el nio, la
inocencia. Oh vida venturosa! Oh secretos divinos de la sencillez y de
la virtud! Infeliz del hombre que ha sido ingrato  tus hechizos!
Infeliz del hombre que deja las delicias del paterno hogar, desoyendo
el llanto sagrado de una madre! Ay de m, lector! Infeliz del que
escribe temblando estas groseras lneas! Fu rebelde y soberbio con mi
santa madre, deso su ruego, la dej llorando, la dej por el mundo, por
mis ilusiones, por mi vanidad, por mi sandez. Este remordimiento late
dia y noche en mi corazon,  ir conmigo  la sepultura.

Pero voy  decir dos palabras acerca de las impresiones que sent en las
orillas pintorescas del Rdano, porque es indecible el consuelo que mi
alma experimenta al hablar del campo. El campo es el santuario de la
naturaleza, el templo de Dios.

En la Provenza experimentamos lo que sentimos en las playas de Gnova,
en las cercanas de Roma, en los campos de Npoles, en las selvas de
Andaluca. La mujer parece ms hermosa; alrededor de la mujer hay un
ambiente indefinible que la diviniza. Al ver una choza sobre un
montecillo de arena, entre retamas verdes; al ver una casita oculta en
un bosque de madre selva, el viajero no puede menos de exclamar: quin
sabe si ah respira la mujer ideal que yo he soado, esa sombra del alma
tras la cual he corrido, esa misteriosa armona que todos los hombres
hemos escuchado en nuestro corazon?

Y entonces nos sentimos animados de una existencia particular; no es la
vida que nosotros tenemos, es una vida que nos da la naturaleza, una
vida que nos da Dios. Mil memorias inexplicables nos agitan en aquel
momento; aquellas memorias nos hacen gemir, nos hacen llorar, y no
obstante, nosotros las queremos, las buscamos, ansiamos tenerlas cerca
de nosotros, son nuestras, ntimamente nuestras. Ay! son el sepulcro de
nuestros padres, de nuestros hijos, de nuestros hermanos; son los
sudarios de nuestra alma.

Y entonces aparece la luna en el cielo, y el hombre dice al astro de la
noche: yo te conozco; t eres el faro de mis esperanzas y mis dolores;
Dios te ha creado para m.

Adios, Provenza; adios, Bocaire; adios, Rdano; adios, familias
inocentes; adios, casta doncella, que con el aliento de tu boca prestas
nuevos aromas  las flores de tu campo vrgen;  las flores que esmaltan
esas mrgenes encantadoras; adios casitas; adios, palmeras; adios,
cipreces. Si la horrible dolencia que oprime dia y noche mi desgraciada
vida, me dejase algun tiempo de descanso, yo iria  saludaros otra vez;
pero me volveria pronto, porque ya tengo ageado mi sepulcro, ya he
pedido mi tierra postrera  mi adorada Andaluca.

Lector, estos renglones tienen un mrito poco comun en nuestro siglo;
tienen la augusta poesa de una lgrima que en este momento cae de mis
ojos; una lgrima que pide  Dios por el reposo eterno de mi madre.

All, en la Provenza, est tambien el hogar, la casa, el rescoldo; la
cuna y el sepulcro de los que nacen, viven y mueren en un mismo palmo de
tierra. All estn tambien el padre, la madre y el hijo; all est
tambien el mundo del hombre; casi todo el mundo; la familia.

Lo que antes he dicho debe entenderse respecto de Paris, pero seria una
calumnia y una ruindad, si se dijera tratndose del pueblo francs.




VIII.

=Moralidad francesa con relacion  la poltica=.


Entre los infinitos hechos que nos ofrece esta incansable sociedad,
elegirmos nicamente uno: _el pauperismo_: esto es, la pobreza como
hecho social, como manifestacion pblica.

El actual emperador dijo: _el cristianismo aboli la esclavitud; la
democracia francesa aboli el pauperismo_.

Esto dijo el Emperador; pero su dicho no pas  ser realidad en la
prctica. No condeno de ningun modo la buena intencion que puede
abrigarse en aquel deseo; conozco que el deseo es, por s solo, una gran
virtud, una virtud inmensamente venerable, porque es lo que ms nos
acerca  Dios; pero cuando el deseo no se cumple, cuando no halla una
frmula prctica en su aplicacion, es una verdadera teologa. Esto
sucedi al actual Emperador de los franceses, al proclamar tan absoluta
y confiadamente la extincion de la mendicidad. Fu telogo, no hombre
poltico, porque la poltica quiere hechos, realidades, aplicaciones
evidentes de los principios que se proclaman, y el deseo del Emperador
no tiene aplicacion alguna, no tiene aqu ninguna realidad trascendente
en la organizacion de los hechos sociales.

Decir: _quiero que no haya pobres_, sin establecer el sistema que se
necesita para realizar aquel pensamiento, es como decir: _quiero que el
aire no se nivele_, cuando no se hiciera lo que debia hacerse, para que
fuese imposible el nivel atmosfrico. De otra manera, habr pobres, como
el aire se nivelar, como suceder todo lo que la necesidad moral de las
cosas haga que suceda, diga lo que guste el Emperador de los franceses;
porque sobre la voluntad del Emperador, estn las leyes universales que
todo lo gobiernan,  los emperadores tambien.

Eso de que en Francia no hay mendigos, es gana de hablar. Los franceses
lo pueden decir; los extranjeros no lo deben creer.

En este punto no hay otra realidad, que la existencia de una ley que
prohibe el pauperismo. Existe la ley; nada ms que eso. El cumplimiento
de esa ley, es aparente, ficcioso; un golpe de _palaustre francs_.

Efectivamente sucede que no se mendiga por las calles; lo que nosotros
llamamos mendigar. Los pobres franceses no dicen: _deme usted una
limosna por Dios_; pero dicen y hacen cosas que producen idnticos
resultados.

Un ciego, una ciega, un manco, un tullido, va por la calle en una
mquina  sobre un animal: canta,  refiere una historia,  reza,  toca
un violin, un organillo  unas chirimas, y el transeunte le socorre.
Claro es que la persona que auxilia  aquel desgraciado, no le da una
moneda en pago de la historia que cuenta, ni del instrumento que toca,
ni del canto con que tal vez desgarra los odos; sino que lo hace por
caridad. Aquella moneda que le ha dado es una limosna, una verdadera
limosna. El pobre francs no ha dicho: _socrrame usted por el amor de
Dios_; pero lo ha expresado  su modo, de un modo perfectamente anlogo.
_No pide pidiendo; pero pide cantando_; realmente pide; realmente es
mendigo; realmente pasa su vida implorando la caridad de zoca en
molondra.

Aqu hay mendigos como en Espaa, con la diferencia de que all el pan
es pan, y el vino es vino, y aqu ni el vino es vino, ni el pan es pan.
Hay mendigos; pero de un talante particular,  la moda, con su
intrngulis y su busilis, el busilis que aqu reina en todo con dominio
absoluto: mendigos de buen tono, de relumbron, con su poesa acomodada
al gnero, con su aparato artstico: es decir, mendigos con la cara
lavada por el palaustre de estas tierras; _mendigos franceses_.

Ay! se dice que el pauperismo se ha extinguido en Francia; se dice que
en Francia no hay pobres. Ojal! No ser yo el que deplore que
tuvisemos la santa obligacion de admirar  nuestros vecinos tan
cristiana conquista; no ser yo el que me lastime de tener que emular
esa gran fortuna  los franceses, no. Sobre la ojeriza trivial de pueblo
y de historia, venera mi alma todo lo que puede enjugar una gota de
llanto. Ojal que en Francia no se conociesen las lgrimas de la
miseria, y que el mundo entero, toda la tierra, Espaa tambien, tuviese
un libro en donde estudiar ese caritativo secreto, ese blsamo milagroso
de profundas llagas sociales!

Pero ay! repito. Si fuese posible que de un golpe, de una sola vez,
como circula el fluido elctrico, como corre la luz, apareciera 
nuestros ojos el interior de las boardillas de este fastuoso Paris; si
de un golpe se presentaran ante nosotros todas las cuitas de esta
sociedad artificial; si cayeran sobre nosotros todas las lgrimas que
una miseria honrada y venerable vierte aqu, cuntas calles se
inundarian de llanto! Cuntas calles irian de acera  acera! Ah! Es
bien seguro que el Emperador nadaria en lgrimas, y que romperia, plido
y tembloroso, la ley jactanciosa que ordena QUE EN FRANCIA NO HAYA
POBRES.

S, hay pobres, hay miseria, hay llagas, hay dolores, hay lamentos; yo
he raspado con el dedo la mezcla lisa que pone el palaustre, para que
parezca bonita la parte exterior de las paredes; yo he quitado esa
mezcla postiza, ese falso alio, esa cara embustera; he penetrado ms
all; me he visto dentro.... Para la ley no hay pobres; para la moral,
s; para los extraneros que tienen corazon, s.

Antes habia mendicidad; no habia ms que eso; no habia ms que una cosa:
ahora hay dos. La mendicidad, y una estril y vana prohibicion. Ahora
hay una mendicidad prohibida, una mendicidad afrentada; pero los
pueblos, como los individuos, no pueden vivir sin su genio particular, y
aquella ley, de puro ornato, de adobo y no otra cosa, era necesaria para
dar  ese pueblo el relumbron que imperiosamente necesita el genio
francs. Pecador de m! Ahora me explico yo por qu los franceses son
tan aficionados  la luz elctrica. Ahora me explico del mismo modo, que
Paris sea la ciudad ms alumbrada, ms brillante del universo. Todo lo
que tire  luces, y reflejos, y visos, y prismas, entra de lleno en el
gusto francs.

La ley aboliendo el pauperismo, no es ms que un reflejo de ese
cristal; un golpe mgico de aquel palaustre, un chiste de aquel cmico.
Deberia hablar tambien de la moralidad de Paris con relacion  la
ciencia y al dogma; pero las originalidades que en este punto ha tenido
Francia son tan extravagantes, tan atrevidas, tan francesamente
atrevidas y descocadas (perdneme Paris este castizo nombre espaol),
que casi sospecho que no cabrian en la medida de nuestro pas. Estoy
seguro de que habia de lastimar muchas orejas, muchos entendimientos,
muchas, muchsimas conciencias, y no escribo este libro para causar
lstimas.

Para muestra, y nada ms que con el fin de que sirva de muestra,
presentar un ejemplo de ciencia y otro ejemplo de religion.

El hecho de ciencia es el siguiente, hecho que acaso ignoran muchos
franceses de alto coturno, y que yo s por una de esas inesperadas
dichas que se ofrecen al extranjero.

Un viejo ilustre, muy ilustre y muy venerable, tambien hay viejos
venerables en Francia, igalo el Sr. Dumas; un viejo que habia sido
maestro de Luis Napoleon, antes de ser Luis Napoleon III, llev cierto
libro  Luis Napoleon, cuando ya era Luis Napoleon III, Emperador de los
franceses.

El viejo de que hablamos era el honrado, valeroso, austero y lealsimo
senador Vieillard, maestro y amigo del Emperador. Cuando el imperio se
puso  votacion en el Senado, el Senado en peso, todo el Senado
entusiasta y unnime, le prest su sufragio. En medio de la general
aclamacion, una voz seca, grave, segura y poderosa, dej helados  los
senadores, al pblico y al Emperador mismo: aquella voz inexorable,
aquel acento de la conciencia, de la amistad y del cario, aquella
palabra que parecia ser la palabra yerta y metlica de un cadver, dijo
clara y resueltamente: NO! Quien pronunci este no tremendo fu el
senador Vieillard. El nico senador tal vez que era amigo de Napoleon,
un amigo grande, un amigo digno, uno de esos amigos que valen la pena de
que un hombre nazca para que pueda honrarse con tal amistad, fu tambien
el nico que vot en contra del imperio. Napoleon, no obstante,
continu querindole y respetndole hasta el fin de sus dias. El voto
contrario del maestro, y el respeto constante del discpulo, son cosas
que hacen tanto honor al discpulo como al maestro.

Llega su ltima hora al honrado viejo, hallndose en San Cloud el
Emperador; le participan que el senador Vieillard est agonizando; corre
 Paris, acude  casa del moribundo, penetra en la alcoba, Vieillard
espira, y Napoleon recibe el aliento postrero de aquel grande hombre; de
aquel hombre ignorado hoy, pero que es sin disputa uno de los caractres
ms bellos con que puede honrarse la historia moderna.

La verdad, lector mio, Napoleon no es santo de mi devocion, como decimos
por nuestras tierras. Si te dijera que le queria, te diria un embuste;
no le quiero, la verdad ante todo; tengo muchsimas razones para no
quererle; pero desde que supe que vino de San Cloud para recoger el
ltimo suspiro de un viejo ilustre, de un hombre verdadero y honrado, no
le quiero tampoco, no le puedo querer; pero no le odio. Si tuviera que
perdonarle, en honra de la noble memoria del senador Vieillard, le
perdonaria.

Ahora preguntar: se cumpli el testamento del senador Vieillard? Creo
que no. Por qu? Acaso Luis Napoleon lo sabe, acaso lo ignora, pero la
verdad es que la ltima voluntad del difunto no se cumpli. Me parece
oir  un lector que dice: pues qu sucedi en esto? Amigo mio, ahora no
podemos entrar en explicaciones. Ignoro si podr tocar este punto en
algun pasaje de este libro; en este momento no puede ser.

Pues volviendo  la historia, deca que el senador Vieillard llev un
libro  Napoleon. Dicho libro tenia un epgrafe en la portada, acerca
del cual llam Vieillard toda la atencion de su antiguo discpulo.
Napoleon ley, volvi  leer, mir  su maestro, ley otra vez, pens
luego un rato, hasta que por fin dijo: _c'est trop hardi; mais c'est
vrai_. Esto es muy atrevido, pero es verdad. Qu calcula el lector que
decia el epgrafe? Decia lo siguiente: _le dieu de l'antiquit n'est
plus. Aujourd'hui, l'humanit c'est Dieu_. El Dios de los antiguos no
existe; hoy, la humanidad es Dios,  la humanidad es el Dios moderno.

El Emperador dice que esto es verdad, yo pido perdon al Emperador, y con
su vnia creo que es mentira. Yo creo que antes, lo mismo que ahora, y
ahora lo propio que despues, la humanidad no ha sido, no es, no ser, no
puede ser nunca el Dios del mundo, ni de s misma, ni de nadie, ni de un
triste gusano, porque la humanidad no ha creado  nadie, ni al triste
gusano, ni  s misma, ni al mundo, ni puede hacer, ni decir una palabra
en punto  marcar el ltimo destino de las cosas, ese dia misterioso y
sagrado, ese enigma supremo, oculto y recogido en el pensamiento del
soberano artfice. Con perdon del Emperador, creo que los modernos no
tienen otro Dios que los antiguos, porque ni los antiguos ni los
modernos pueden cambiar de Dioses, como el ao muda de estaciones, 
como nosotros mudamos de camisa, Qu! Cuando no podemos mudar de
arenas, de playas, de mares, de ambiente, de nubes, de estrellas, de
soles, quieren los franceses que mudemos de causa suprema? Cuando no
podemos mudar de ojos, de cejas, ni an de pestaas, quieren los
franceses que mudemos de Dios?

Pero seamos justos ante todo. Os parece, lectores mios, que el autor
del libro ha querido decir tal dislate, y que el Emperador ha podido
prestarle asenso? No. En esto, como en todo lo que aqu pasa, media
cierta poesa fantasmagrica, cierta fascinacion area. Lo que el autor
ha querido decir, lo que el Emperador ha podido creer, es una cosa
semejante  la que sigue: la revelacion del principio supremo en la
antigedad, era, por ejemplo, el milagro. La revelacion de aquel
principio sumo en los tiempos modernos, es el anlisis, el experimento,
el comps, el exmen, el axioma, la demostracion, ms claro, la razon
humana. En la antigedad no existian ms que castas teolgicas, la idea
de Dios era la que exclusivamente reinaba. En los tiempos modernos hay
castas sociales; al lado de la excelsa idea de un Dios, reina en el
mundo la idea del hombre. En la antigedad como en nuestra era, como en
todas las eras posibles, Dios representa el gnesis de la sustancia;
hoy el hombre representa el gnesis de la forma. Esto, y no otra cosa
es lo que el autor de aquel libro quiso decir, y lo que el Emperador
pudo creer; pero si se hubiera expresado como yo lo he hecho, aquella
idea hubiera entrado en la gerarqua de las cosas oscuras, humildes y
plebeyas, no hubiera valido la pena de que un Vieillard llevase el libro
 un emperador, y de que un Emperador bajara la cabeza y pensase, y de
que volviera  estar cabizbajo y pensativo.

El autor sabria que se hallaba en una sociedad entusiasta por los
relumbrones, y diria para sus adentros: s? pues all va ese magnfico
y sorprendente relumbron. EL DIOS DE LA ANTIGEDAD HA PASADO; LA
HUMANIDAD ES EL DIOS MODERNO. Y las gentes se miran unas  otras, se
agrupan, se hablan al odo, cuchichean, y el libro corre de boca en
boca, de pensamiento en pensamiento, de bolsillo en bolsillo; el autor
crece, se hace de moda, _se hace francs_, y h aqu realizado el adagio
de que fray Modesto nunca lleg  guardian. Esto, que es una verdad en
todos los pueblos del mundo, es verdad y media en este pas de las ALTAS
NOVEDADES. _En el Paris curioso_ vermos hasta qu punto se abusa aqu
de la expresion herldica: ALTA NOVEDAD! La primera vez que mi mujer y
yo vimos ese pomposo y campanudo rtulo, impreso en letras elegantsimas
sobre los vidrios de un escaparate, nos aproximamos con cierta avidez....
Ni el diablo inventa lo que los franceses! Qu dirn mis lectores
que era el objeto anunciado al pblico de una manera tan altisonante y
rabiosa, por decirlo as? Pero estamos fuera de lugar. Estas noticias
tocan de derecho al _Paris curioso_, y no debemos perjudicar esta
segunda parte de nuestros humildes apuntes.

Vamos al otro ejemplo de que habl; al ejemplo de dogma. Bastar decir
en este punto que la Francia ha corrido el espacio que media entre
proclamar: NO HAY DIOS, hasta celebrar misa en un altar cristiano, que
est precisamente sobre las cenizas y la esttua de Voltaire. En efecto,
el Panteon, ese suntuoso mausoleo que el pueblo francs ha levantado 
sus grandes hombres, se habilit hace poco para templo cristiano, y el
altar en que un sacerdote catlico dice misa diariamente, viene  caer
sobre la tumba del ms furioso de todos los enciclopedistas; es decir,
sobre la tumba del ms furioso de los protestantes franceses.

No llevo  mal que la Francia _reconocida_ haya levantado aquel suntuoso
mausoleo  sus grandes hombres; no llevo  mal tampoco que Voltaire sea
un grande hombre que ocupe un lugar en el esplndido mausoleo de su
patria; lo que digo es que me huele _ cosa francesa_, una cosa que pica
y que escuece, el que un sacerdote catlico diga misa sobre los
sepulcros de Voltaire y de Diderot. Digo que es refinadamente _francs_,
refinadamente chispeante y fosfrico, el que las tumbas de Voltaire y de
Diderot ocupen su puesto en un mausoleo cristiano, y que en ese mausoleo
cristiano no hayan entrado las cenizas de un Bossuet, de un Flechier, de
un Bourdaloue, de un Fenelon. Este es positivamente el fenmeno que
menos he podido explicarme, un fenmeno que me aturde. Sobre una rareza
tan extraordinaria, he pedido noticias  personas muy competentes; pero
todas se encogen de hombros y murmuran algunas palabras  media voz.
Ahora ya no pregunto  nadie. Las singularidades de esta calaa no
tienen explicacion posible en el individuo francs; estn explicadas
nicamente por el carcter general del pas; por el carcter, por el
genio, por la necesidad de todos; estn explicadas ... por la Francia.

Otros muchos ejemplos notables se me ocurren, en historia
principalmente; pero si me dejase llevar iria muy ljos; sumamente
ljos, y no puedo dar tanta extension  esta primera parte, cuando me
est esperando la segunda, que debe ser mucho ms larga, y bastante ms
entretenida.

He examinado la moralidad de Paris, en las varias esferas sociales, y en
todas partes he hallado una misma tendencia, un mismo secreto, una misma
cifra: _relumbron, efectos cmicos  trgicos, caras muy lavadas y
bonitas por fuera, palaustre_. Mucho bombo y mucho platillo, para que
acuda gente, para que el corro sea muy grande, y pueda hacer negocio el
que maneja los cubiletes.

Pero  esto se dir: cmo se explica que un arte postizo, domine de
tal modo en el mundo? Es muy sencillo, contesto yo. El que quiera verse
seguido de centenares y centenares de personas, vstase de azul, de
encarnado, de amarillo, de verde, de blanco y de negro; cbrase la
cabeza con plumas de pavo real, de cuervo, de buitre, aunque sea de
gallo  de gallina; si no hay plumas, pngase la cola de una zorra, 
cosa semejante; toque luego un chinesco, un tambor, una gaita; toque
unas trvedes  un almirez, sino tiene  mano otros instrumentos; toque
con fuerza, haga ruido, mueva estrpito, mucho estrpito, alarme las
orejas de todo el mundo.... No tengais cuidado, no ir solo.

No quiero decir que esta gran ciudad es un payaso, no. De ser payaso,
habra que confesar que era un payaso muy _magnfico_. Me he valido del
smil anterior, como pude haberme valido de otro cualquiera, para dar 
entender el misterio con que Paris domina al mundo. El misterio consiste
en que da  todos sus guisados una salsa picante, que excita el paladar,
que lo estimula, que lo llama, que lo _emboba_; que lo mata luego, pero
que lo provoca antes, y esto basta para el consumo de la cocina.

Y qu significa esa salsa picante? Esa salsa picante es el custico que
se pone sobre un tumor; es el cauterio que se aplica  una llaga; es la
fuente que se abre  un tico; es la cantrida que se receta  un pecho
podrido. Ya no basta el sr de las cosas, y se busca el sr de los
adobos. No basta la verdad, y hay que acudir  la mentira. No basta la
naturaleza, y tienen que implorar la ayuda de la mgia. No basta el
encanto del arte, y tienen que llamar la fantasmagora del artificio. No
basta el rey, y tienen que acudir al reyezuelo. La salsa picante de los
franceses significa una cosa algo peor que el soado pual de la soada
Manola de Madrid; algo peor que la soada mata y el soado facineroso,
de que nos habla el _brillante y reluciente_ Alejandro Dumas; algo peor
que las soadas jcaras como dedales, en que toman el chocolate los
espaoles; peor tambien que la soada seorita espaola, que como dice
el mismo novelista, exclamaba cndida y apasionadamente: _mi amado
toro!_ An cuando todo eso fuera verdad, an cuando existiese en nuestro
pas una seorita que requebrase  un toro con el epiteto de _amado_, y
matas que ocultaran facinerosos, y dedales que sirviesen de jcaras, y
puales que  manera de ligas, decorasen las medias de la Manola de
Madrid; an cuando realmente existiera ese enjambre de desatinos, esa
porcion de sueos extravagantes y risibles de una imaginacion que tiene
fiebre; pues, s, seor Dumas, mi muy querido novelista seor Dumas; an
cuando todo eso existiese en Espaa, creo que seria menos malo que lo
otro que existe en Paris, menos malo tambien que la calentura que usted
padece de decir, de contar poticas _graciosidades_,  fin de embaucar 
sus paisanos, para que le escuchen con la boca abierta, y aflojen _los
sueldos_ de la suscricioncilla. S, seor novelista; creo que es ms
fcil purgar el desierto de beduinos, arrojar los cafres de las costas
de oro, y poblar de hombres la Nueva Zelanda en que viven los
antropfagos, que purgar  Paris de esa civilizacion engaosa, de sa
fascinadora cultura, de esa idolatra _chillona_ que comprende tan bien
el secreto de hacerse admirar.




=Resmen de esta srie. =


Voy  reasumir en pocas palabras todo lo expuesto sobre la moralidad,
sobre la tan _cacareada_ moralidad del pueblo parisiense: Tal vez me
hago insufrible  mis lectores; pero esto es una operacion de ciruja, y
todos tenemos la obligacion de ser pacientes hasta donde podamos
aguantar. Cuando, l lector no pueda ms, tiene el recurso de quemar mi
libro.

Noto aqu, ni puedo ni debo ocultarlo, una grande armona entre la ley
pblica y la conducta privada, entre la sociedad y el individuo.

No hallo, la he buscado intilmente por todas partes; no veo la
moralidad de la intencion, esa moralidad interior, absoluta, que existe
por s, que tiene bastante con ella misma; esa moralidad que nace de
nuestro albedro, de nuestra voluntad, de nuestra deliberacion, de
nuestro deseo, este deseo que es la virtud ms alta y ms grande con que
Dios enaltece al hombre; no veo, no hallo, no vislumbro la moralidad del
sentimiento que ama lo justo y lo virtuoso, por el placer magnnimo de
amar la justicia y la virtud. No veo, no hallo la verdadera y nica
moralidad.

Hallo y veo una virtud que es virtud mientras que ve un castigo; que
puede ser vicio, que lo es frecuentemente, cuando se ve sola, ljos de
la ley y de su pena, ljos de la opinion y de su fama; una virtud que
obra bien, siempre que no puede obrar mal impunemente.

Hallo y veo una hbil hipocresa.

Hallo y veo un egoismo sbio.

En fin, hallo y veo un _palaustre_ que lava esta cara como las lava
todas.

Creo, pues, que Paris es un pueblo inmoral; inmoral de un modo picante,
novelesco, fantasmagrico; inmoral de una manera delicada, graciosa, an
artstica: sobre todo, de una manera relumbrona, dramtica, teatral.
Brillante, muy brillante, muy reluciente, muy bonito, muy fascinador,
todo lo que se quiera; pero inmoral; tan inmoral, que ha logrado el
prodigio de _civilizar_ la _inmoralidad_; el prodigio asombroso de hacer
de la inmoralidad una _cultura_ clebre.

Esto dice  Paris y al seor novelista Dumas, un infeliz cafre de
allende el Pirineo.

Si eso es civilizacion, quiero que mi pas sea salvaje.

Si eso es ser culto, quiero que mi pas sea brbaro.

Si por eso el Africa ha de principiar en los Pirineos, que principie en
buen hora, y Dios la d mucha _fortuna_, mucha salud, _y que  mi no me
olvide_, como decia el autor del Quijote.





=SERIE SEGUNDA=




PARIS CURIOSO.




=Dia primero=.

Advertencia del autor.--Llegada  Paris.--Omnibus.--Travesa.---Hotel
Espaol.--Luisa Noel.--Hotel de los Extranjeros.--Restaurant.--Garones.
--Mi barbarie.--Fin del dia.


Mi querido lector; despues de meditar despacio sobre el asunto, he
resuelto modificar el plan que me habia propuesto seguir. Antes de
presentarte, monda y lironda la historia de esta prodigiosa ciudad, creo
conveniente que nos acompaes por estas calles, por estas plazas, por
estos paseos, por estos cafs, por estos hoteles, por estos teatros, por
estas tertulias: es decir, por este bullicioso y deslumbrador laberinto.
Creo necesario que experimentes nuestra hambre, nuestra sed, nuestro
frio; que presencies los sendos codazos y empujones que nos dan, y el
suave y risueo _perdon_ con que los almibaran. En fin, creo necesario
que imagines con nuestra fantasa, que pienses con nuestra inteligencia,
que sientas con nuestro corazon, que esperes con nuestra esperanza; si
es posible, que vivas con nuestra propia vida, unindote  todas
nuestras impresiones, hacindote parte en nuestra causa,  fin de que
te familiarices con esta sociedad, de que cobres cario  este
personaje. Si esto no sucediera, su historia te importaria muy poco, y
yo me veria privado de la ayuda de tu buen deseo. En este mundo no
queremos sino lo que nos cuesta algun trabajo, algun sacrificio, algun
dolor, y por eso te ruego que nos acompaes por todas partes, que todo
lo veas, que todo lo oigas, que todo lo toques, que de todo te enteres,
que participes por completo de nuestros trabajos, de nuestros
sacrificios y de nuestros dolores. Despues de esto, es bien seguro que
tendrs inters en saber la historia de esta ciudad que tanto has
paseado, y que tanto te ha llevado y traido como palillo de barquillero.

Dividir nuestras excursiones en _dias_, y cada dia llevar  la cabeza
un resmen de todos los asuntos en l contenidos, para que, de un solo
golpe de vista, puedas vislumbrar el espacio que has de correr. Entremos
en asunto.

Despues de ochenta y cinco horas de encajonamiento en la diligencia,
desde Madrid hasta Bayona, y en los trenes, desde Bayona hasta Paris,
molidos, muy molidos, ms que molidos, casi magullados, llegamos  la
estacion del Medioda  las seis y media de la tarde. Nuestras miradas
se dirigian codiciosamente hcia adelante, buscando  Paris, como el
peregrino que llega  Sion al declinar la tarde, busca con los ojos
desencajados los torreones de Jerusalen. Cmo nos latia el corazon!
Paris! Ya vamos  llegar  Paris! En efecto, la cpula del Panteon y
la veleta de la iglesia de los Invlidos (segun nos dijeron) se
destacaban arrogantes  travs de la atmsfera. Esta parte potica de
los viajeros, es sin disputa una de las emociones ms bellas de la vida.

Un mnibus inmenso nos lleva desde la estacion del ferro-carril  no s
qu calle. En este momento atravesamos uno de los ms dilatados y
concurridos bulevares que surcan esta gran capital. Por la izquierda se
descubre un magnfico paseo; por la derecha se descubren
instantneamente varias arcadas de los puentes que decoran el rio. El
primer coche de alquiler que hallamos, tiene escrito el nmero 8.976;
el primer mnibus, de los destinados al trnsito de la ciudad, lleva el
nmero 2.637. Un rumor contnuo de carruajes y de personas nos va
circuyendo por todas partes, como si en todas partes existiese el mismo
Paris. Si al despertar hubiera percibido aquel estrpito incesante,
habria dicho seguramente que me encontraba en una fbrica, entre el
movimiento de muchas mquinas de vapor. Mis ideas se alargan con mi
vista  travs de ese laberinto de chimeneas y de torres, y se pierden
con ellas sobre esa techumbre sin fin. Mi mujer y yo nos mirbamos sin
cesar como dos bobos.

Grandiosa creacion, en verdad, si sobre ella no tendiese sus alas
negras un ngel terrible; el egoismo!

Pero sin duda la Providencia quiere valerse de ese egoismo como de una
palanca que remueve  la humanidad, para empujarla luego hcia sus fines
predestinados.

Un sacerdote protestante nos acompaaba. El mnibus par, y el sacerdote
desapareci con su equipaje. Nuestro _locomotor_ prosigui su marcha, y
al cabo de un cuarto de hora de camino  travs de las calles de esta
Babilonia europea, el guia nos anunci que all estaba el hotel indicado
por el caballero espaol que nos habia recibido en el ferro-carril.
Dejamos el mnibus, y un mozo comenz  subir el equipaje. Pasamos el
piso entresuelo y llegamos al principal; un principal bastante alto por
seas: el mozo proseguia subiendo.

--Dnde va usted? le grit desde el primer tramo del piso tercero,
porque el entresuelo era todo un piso.

--_Montez, monsieur, s'il vous plat; c'est ici, c'est ici_. (Tened 
bien subir, seor; es aqu, es aqu.)

Llegamos al piso cuarto: el mozo proseguia subiendo. Yo dije  mi mujer
que venia  mi brazo sin comprender lo que pasaba: ese hombre nos quiere
arrebatar sin duda al Paris que est en la tierra, para llevarnos  otro
Paris que estar en el cielo ..._aunque ignoro si podr subir tan
arriba.

En el primer tramo del piso cuarto me detuve.

--Mozo, no subo ms.

--_Montez, monsieur, montez; nous y sommes._ (Subid, seor, subid; ya
estamos.)

--Mozo, no subo aun cuando estemos, le respond en francs.

En esto apareci un caballero ... digo mal, no apareci; nosotros
llegamos  divisarlo por entre las barandas doradas del otro piso, es
decir, del piso quinto. Aquel caballero, amo del hotel Espaol, tuvo la
bondad de bajar adonde nosotros estbamos.

--Pido  usted auxilio, le dije sonriendo, contra las intenciones de su
criado, que sin duda pretende conducirnos  las estrellas.

--Es que no hay habitacion desocupada en los otros pisos.

--Entonces, contest, no podemos tener el gusto de permanecer en su
casa. Una afeccion nerviosa que padezco, me impide habitar un piso
quinto.

--Perdone usted, es piso cuarto.

--Pues bien, me impide habitar un piso cuarto.

--Un piso cuarto con entresuelo, aadi mi mujer, y nos dimos  bajar la
escalera dicindole: srvase usted prevenir al criado que traiga el
equipaje, nosotros le gratificarmos, y rogamos  usted nos disimule
esta molestia.

El amo del hotel baj al otro rellano.

--Ya que ustedes no pueden quedarse aqu, les recomendar  una casa
espaola.

--Qu piso? pregunt.

--Principal; calle Vivienne, casa de Luisa Noel.

--Enhorabuena; si es piso principal, estamos conformes y le damos 
usted las gracias.

Dos criados de la fonda condujeron el equipaje desde la calle de
Richelieu  la de Vivienne, que estn contiguas, nm. 45.

Llegamos  la primera puerta y yo hice alto, mientras que los mozos
continuaban subiendo la escalera.

--Dnde va usted? volv  preguntar.

Los criados me respondieron que aquel piso era el entresuelo, y que
Luisa Noel habitaba en el principal.

Subimos al piso principal.

Luisa Noel no estaba en casa; los criados de la fonda dejaron all el
equipaje, y mi mujer y yo tomamos posesion de dos sillas en actitud de
esperar  la seora. No habian trascurrido dos minutos, cuando se dej
ver una criada que nos dijo en buen espaol:

--Si ustedes quieren ver la habitacion que est vacante, pueden hacerlo;
y en el caso de acomodarles, dispongan de ella, sin perjuicio de que
luego se concierten con el ama.

Esta proposicion nos agrad en extremo, ansiosos como estbamos de
descansar, y la criada nos pareci una mujer de mucho talento.

Dos criados de Luisa Noel se apoderaron del equipaje y empezaron  subir
escaleras.

La criada seguia  los criados. Mi mujer seguia  la criada. Yo seguia 
mi mujer. Sub el primer tramo maquinalmente; pero al llegar all me
acord de mis nervios, no podia suponer que en Francia hubiese dos pisos
principales, uno abajo y otro arriba, y cre llegada la ocasion de
preguntar de nuevo:

--Dnde va usted, seora?

--Es aqu, es aqu.

--Perdone usted; el caballero que nos recomienda nos dijo que su ama de
usted vivia en un piso principal.

--S, seor; pero en el piso principal no hay habitacion desocupada.
Suban ustedes, vean ustedes el cuarto, y luego podrn resolver.

Antes subia maquinalmente; ahora subia por amabilidad; pero un hombre no
debe ser amable: el hombre no debe robar ese secreto  la mujer.

Subimos dos tramos, y hnos aqu en pleno piso segundo con entresuelo;
pero los criados y la criada continuaban subiendo escaleras.

--Dnde va usted, mujer de mis pecados?

--Es que en el piso segundo no hay habitacion vacante. Suban ustedes;
esto no es alto para Paris.

--Para Paris no ser alto, seora, pero mis nervios no tienen el gusto
de Paris; Paris no me ha dado otros nervios, y con permiso de Paris, he
resuelto volverme al piso principal.

--Suban ustedes otro poco, es aqu; vern ustedes qu vista tiene. Si no
les acomoda, bajarn; pero examinen siquiera la habitacion.

Esto lo decia en alta voz desde el piso tercero con entresuelo, es
decir, desde el piso cuarto. Mi mujer me miraba como consultando mi
resolucion, hasta que la hice sea de que subiese. El diablo me tent
aquel dia por ser amable,  tal vez la amabilidad _parisiense_ se me
habia entrado de sbito por los poros del alma.

Subimos tres tramos; tres tramos muy lustrosos, muy limpios, muy
decentes; pero muy largos. En fin, eran tres tramos para un hombre 
quien los tramos matan, que habia subido en menos de una hora veinte y
cuatro tramos, sin contar noventa y tres horas de encajonamiento en la
diligencia y en el tren.

Puedo asegurar que no s cmo era la habitacion. La cabeza se me caia, y
todo rodaba en torno mio, como si me hallase en alta mar. Pocas veces me
he visto asaltado de un malestar que ms me afligiese. Mi mujer lo
conoci inmediatamente, y cogidos del brazo, empezamos  bajar la
escalera, detrs de la criada. Aquello era el descenso de la cruz, pero
siquiera era el descenso.

El equipaje qued en las alturas.

No habiamos esperado media hora en el piso principal, cuando lleg Luisa
Noel.

Esta seora nos recibi con muy buenas maneras en una magnfica sala; la
conversacion comenz  preludiarse; pero yo puse fin  los preludios
diciendo:

--Seora, usted no tiene habitacion en el entresuelo  en el principal?

--No, seor, no la tengo.

--Entonces no podemos estar en su casa, por ms que lo sintamos.

--En Paris no es alto un piso tercero.

--Seora, no es cuestion de Paris; es cuestion de una enfermedad de que
adolezco con gran pena ma ... y en resumidas cuentas, tenga usted la
bondad de prevenir  sus criados que me traigan el equipaje  donde
encuentre un piso principal, entresuelo, bajo, aunque sea un stano 
una cueva.

Luisa Noel llam sonriendo  dos criados, y nos envi al hotel del
Tirol, calle de Montmartre,  cincuenta pasos de la calle
Vivienne.--Eran las siete y media de la tarde.

Llegamos al hotel del Tirol; pero este hotel, en medio de las cosas
buenas que pueda tener, y que no le quiero disputar, tiene una escalera
tan estrecha, tan _nimiamente_ estrecha, que me resolv  no subirla.
Las aventuras anteriores me habian hecho cobrar horror  las escaleras,
an siendo espaciosas y excelentes.

Hnos otra vez  cielo raso sobre las losas del imperial Paris.

Al salir del portal del hotel en cuestion, alcanc  divisar un
reverbero, en cuyo cristal v este rtulo: _htel des trangers, rue
Teydeau, 3_. (Hotel de los Extranjeros, calle de Teydeau, nmero 3.)

Hice sea  los mozos del equipaje de que me siguieran, y antes de un
minuto estaba hablando con los _garones_ del hotel.

--_Combien voulez-vous payer?_ (Cunto quiere usted pagar?)

--Quiero pagar lo que sea necesario para que me abran ustedes las
puertas de ese entresuelo (habia un entresuelo desocupado), y hganme
ustedes el favor de darse prisa.

La seora del hotel sali _du bureau_ (de la oficina: aqu todo
establecimiento pblico tiene su oficina) y dispuso que se nos
franqueara la habitacion. La seora del hotel es gruesa, de alguna edad,
y fea.  m me pareci un ngel,  como dijera un novelista moderno, una
vrgen area de Rafael  de Murillo. Mi buena y sufrida mujer y yo
subimos dos tramos, compuestos de 23 escalas, y nos encontramos en un
entresuelo lindsimo, con dos balcones  la calle y perfectamente
arreglado, como todas las habitaciones francesas.

Los criados de Luisa Noel hicieron entrega del equipaje, recibieron su
tanto, y se marcharon con los mozos de nuestro hotel; cerr la puerta,
me ech sobre el sof, me quit el sombrero y arroj un suspiro. Me
parecia mentira que Paris me diera un entresuelo. Bienaventurado Paris!
Bienaventuradas escaleras!

Despues que hubimos descansado un instante, nos lavamos, y an con el
polvo del camino encima, salimos  dar una vuelta, como suele decirse.

Bajamos por la calle Feydeau, torcimos  la derecha, y  pocos pasos nos
hallamos en la plaza de la Bolsa, cuyo suntuoso palacio descubrimos
confusamente entre dos luces.

Ibamos por el ngulo del Norte, y al fulgor de las luces de un caf,
denominado de las Arcadas, vi escrito en una esquina _restaurant
Champeaux_. Anduvimos ms, y al principio de la fachada de otro
edificio, ayudado por cuatro tubos de gas que la decoraban, volv  leer
_Champeaux_, y ms adelante, en letras mayores, _restaurant Champeaux_,
y en el otro extremo, _Champeaux_, y muy abajo, casi rayando con la
acera, _restaurant Champeaux_.

No pude menos de decir  mi mujer:

--Cosa notable debe ser ese buen _restaurant Champeaux_, cuando tan de
manifiesto se pone, sin temor de que se le descubran las faltas. Vamos 
comer, y empujamos la puerta del dicho _Champeaux_.

Vanos el lector en un salon pequeo, pero adornado de espejos
magnficos, de magnficos tubos de gas, y de mesas muy blancas, con un
servicio esmerado y gracioso. Segun la expresion general, parecia una
taza de plata.

No bien nos habiamos sentado en el ngulo de la izquierda, cerca de un
espejo donde nos reflejbamos con platos, cubiertos y mesa, cuando nos
vimos rodeados de tres mozos. Todos tres iban vestidos de negro, frac,
corbata blanca, cabeza perfumada, y una servilleta en la mano. Yo quise
hacer seas  mi mujer de que se levantara,  fin de abandonar el
_restaurant Champeaux_; pero no era tiempo. _Los caballeros garones_
nos habian sitiado, y no habia ms remedio que sostener el sitio.

Pero por qu queria yo abandonar el brillante salon, aquella brillante
coquetera del civilizado Paris? Lo queria abandonar por dos razones.
Primera: porque hay cosas que son como la carne que est podrida; tienen
un olor que las denuncia. Yo veia lo que me iba  suceder en el gracioso
_restaurant Champeaux_. Segunda: porque no queria ser servido por
caballeros de frac negro, corbata blanca y cabellos de dama galante. Y
cuidado, que no soy yo el que niega  un criado, ni  nadie, el derecho
que tiene de emplear su dinero como mejor lo entienda, comprndose frac
verde  azul, y una corbata negra  amarilla. Cuando un criado, lo mismo
que un magnate, se empea en ser ridculo, sobre su opinion pesa su
ridiculez, as como sobre la opinion del payaso cae la confusion
burlesca de los colores que entran en su vestido. Suyo es su dinero,
suya su opinion, suya su responsabilidad;  quien toca la empresa, toca
el peligro, y hasta aqu nada tengo que reparar ni que oponer. Pero el
que se quiera hacer de un criado un estado ceremonial; que se quiera
hacer de la servidumbre una carta aristocrtica; que de un _restaurant_
se pretenda hacer un centro de etiqueta, etiqueta que por respetos
tradicionales se sufre hoy difcilmente en una recepcion de embajadores:
en menos palabras, que del acto simple y neto de comer en una casa
pblica, se pretenda hacer una especie de besamanos palaciego, es una
cosa que me repugna y me entristece. No tenemos bastante todava?
Queremos aadir el privilegio del frac y la corbata en el servicio de
una fonda?

Yo conozco que la mesa es una hora de recreo para muchas personas:
conozco que quien va  comer pagando su dinero, no debe ver nada que le
repugne; esto es muy justo; pero del aseo  una etiqueta impropia; de la
decencia al coquetismo; de un servicio decoroso  un servicio refinado y
_tonto_; tonto, si no fuera otra cosa peor, hay una distancia que
ninguna razon puede llenar. Yo estaria conforme con estas prcticas,
cuando una conquista civilizadora hubiera rescatado al _mozo_ del
cautiverio en que lo tiene la conciencia de este mismo pueblo; cuando de
la matrcula social se hubiera borrado la palabra degradante _garon_;
pero la palabra _garon_ est escrita aqu, tiene aqu su esfera propia,
constante, determinada: la palabra _garon_ lleva en s el pensamiento
de una raza ilota, menos ilota que la de Esparta; ilota, hasta donde
puede consentirlo la civilizacion de nuestros dias; pero ilota, sierva.

La opinion de Paris me da el derecho de golpear sobre esta mesa,
gritando: _mozo!_  impone al mozo el imprescindible deber de acudir,
diciendo: _seor!_ El frac negro, la corbata blanca y la cabeza
perfumada en el _mozo_, no son el signo de una conquista reparadora en
la va del derecho, no suponen una humanidad que se enaltece
enalteciendo al hombre; que glorifica al hombre, glorificando el
pensamiento de un principio hacedor y universal; no es la historia,
redimida  precio de sangre y de virtud en el Evangelio; redimida en la
cruz  precio de una verdad sublime, de un dolor sublime tambien, de una
paciencia ms sublime todava; no es la historia cristiana que entrega
al mundo el dia magnfico de la moral, no: no es el santo eso que veis
ah; es un trozo de mala madera que se viste de santo, para que sobre el
ribete de su peana caiga la ofrenda del necio creyente.

Una ventaja tiene esta hipocresa maliciosa de Paris: el rico deja en
todas partes una porcion de lo que le sobra.

Ya sabe el lector las dos razones que tenia para querer salirme del
restaurant Champeaux. Una razon era de _hacienda_, porque sabia que
aquello era un juego de cubiletes, que se trataba de escamotear, y que
mi humildsimo y trabajadsimo bolsillo iba  ser el escamoteado. Otra
razon ms poderosa indudablemente, era de sentimiento. Me repugna, me
repugna, quiera Dios que me repugne siempre, verme servido por
caballeros,  quienes me es lcito injuriar con el apstrofe de
_garones_.

La presencia de dos personas que traen an encima el polvo del camino,
en un gabinete de elegancia y buen tono, no pudo menos de producir en
los asistentes cierta sensacion impregnada  la vez de lstima y de
burla. Afortunadamente mi mujer y yo conocemos bastante bien lo que
valen dos francos: con dos francos se compran unos guantes color de
caa.

Nos avinimos, pues,  purgar el _delito de ser inconvenientes_, y
perdonamos sin pesadumbre aquel inocente conato de la cultura
parisiense.

Sobre esto dijimos algunas palabras mi mujer y yo, y los _caballeros
garones_ que nos circuian estrechamente, formando en el espejo un grupo
de cinco personas, una mesa y varios cubiertos, fallaron de propia
autoridad que debiamos ser italianos. En este idioma nos preguntaron qu
queriamos comer.

--Perdonen ustedes seores, no me atrev  llamarlos garones; no somos
italianos: somos gentes que quermos comer, y que agradecermos 
ustedes infinito que nos traigan pronto la lista de la fonda.

--Usted perdone, respondi uno de ellos; (_pardon, monsieur_) y trajo la
lista.

Pedimos poco.... Cmo pedir mucho, quien pide con miedo? Cmo no tener
miedo, quien se ve bloqueado de luces, fraques, corbatas blancas, y
untos aromticos, mientras que su bolsillo baja la cabeza, y oye
estremecindose como el reo  quien se va  leer la sentencia? Pedimos
poco, pero al fin pedimos....

Vino la cuenta, y eso si! en una cuartilla de papel azul, formando
aguas, sin contar el borde dorado, le 27 _francos_. Ech mano al
bolsillo para pagar, y entre tanto decia para mis adentros: si yo he
venido aqu con el fin de comer, no ms que de comer; qu necesidad
tengo de pagar un papel azul, con canto dorado y aguas inglesas? Qu
necesidad tengo de pagar una lista encuadernada en forma de libro, con
una cubierta magnfica? Por qu he de pagar un frac que no me pongo, y
una corbata que no he tocado, y una pomada que no he olido? Pero el
cubilete estaba delante, el prestidigitador detrs, yo en medio, y mis 27
francos debian ser escamoteados sin recurso.

Despues de pagar, saqu un cigarro como para reponerme del ataque
sufrido; pero uno de los _caballeros garones_ acudi presuroso
diciendo: _il n'est pas permis de fumer ici_. (No se permite fumar
aqu.)

Salimos del _restaurant Champeaux_  las nueve y media.

Mi mujer me dijo: lo que nos han puesto no vale diez francos. Hazme el
favor de no volver  entrar en ninguna fonda, ni restaurant, ni almacen,
ni an taberna que huela  cosa de _Champeaux_.

Yo medit un momento camino de casa, y dije  mi mujer:

--No es Paris el brbaro: los brbaros somos nosotros. Los brbaros son
los extranjeros que no conocen  Paris, y que siendo pobres se van  la
mesa de los ricos: que despreciando la vanidad, van  ocupar la silla de
los vanidosos: que teniendo su espritu ms alto que esa civilizacion
enfermiza y servil, llaman  la puerta de los _civilizados_. Los
brbaros, somos nosotros, que en vez de buscar hombres que nos den de
comer, pagamos tributo  los _caballeros garones_ y  los cubiletes de
buen tono. Pero no, no eres brbara t que me sigues, como la sombra al
cuerpo: el brbaro soy yo. Toda barbarie se ha de pagar en este mundo,
porque la ley moral es la ms infalible y providente de todas las leyes:
no me digas nada; ya pagu. Dichosa barbarie la que no cuesta ms que
27 francos!

Llegamos  casa, mi mujer se acost, yo escrib las aventuras
anteriores, despues me fu  la cama, y as termin el dia primero.




=Dia segundo=.

Mi amargor de boca.--Jeannin, sucesor de Sellier.--Recado de la seora
del hotel.--Paseo  pi.--Extravagancias de una cosa que en Paris se
llama gusto civilizado.--Sueldo francs.--Calcetines.--Sortija.--Chaleco.
--Pipa.--Sombrero de paja.--Programa.--Rtulos.--Cocina francesa.
--Fin del dia.


Me despert  las siete de la maana, sent un grande amargor de boca, y
no pude menos de atribuirlo al _restaurant Champeaux_. En cambio el buen
_Champeaux_ se saborearia regaladamente con la memoria de mis pobres
francos.

Tengo la costumbre de levantarme muy temprano, siguiendo el prudente
consejo de Franklin. Hoy es dia excepcional; me levanto  las ocho
dadas. Despues de lavarme y ponerme  cubierto del frio, porque hace
frio, abro la ventana de mi gabinete y me fijo en un rtulo que distingo
en la esquina de enfrente: _Jeannin, sucesor de Sellier_. Yo cre
naturalmente,  mi me pareci que era naturalmente; cre, repito, que se
trataba de algun personaje famoso en materia de ciencias  artes, y
tenia cierta curiosidad por adquirir noticias acerca del personaje que
yo me fraguaba. _Jeannin_ es lo que nosotros llamamos un tabernero. Esta
especie no dej de causarme ciertamente extraeza, y volv  conocer que
tambien en esta ocasion no era brbaro Paris, sino el extranjero que
condena rutinariamente lo que no es conforme  su educacion y  sus
hbitos.

En realidad por qu una taberna no ha de ser capaz de crdito, crdito
en que est cifrada la fortuna de una  ms familias? Por qu un
tabernero no ha de llamarse sucesor de otro que alcanz fama, fama
justificada por su diligencia y probidad? Luego que las cosas pasan 
ser industria pblica; luego que de la oficina en que se crean pasan 
la oficina que se venden, qu excelencia puede alegar el que vende
instrumentos de matemticas sobre el que vende azumbres de vino?

Nosotros llevariamos  bien que se escribiese en una ensea: _Jeannin,
ptico  qumico, sucesor de Sellier_, y mirariamos con cierta intencion
satrica el que se dijese: _Jeannin, tabernero, sucesor de Sellier_.
Creo que el vicio no est en los franceses, sino en nosotros que
confundimos el vender con el crear, la operacion del cambio con la
operacion del talento. Los franceses creen, y creen muy bien, que la
venta es igual  la venta, y que tan vender es vender un Cristo de plata
como un jarron de china.

Siga el buen _Jeannin_ siendo sucesor de Sellier, el cielo le d muchos
sucesores afortunados, y ojal que los taberneros de mi pas hicieran
consistir su orgullo en ser depositarios de una herencia de probidad y
de decoro.

El lector no llevar  mal que yo me pare en estas menudencias, ya
porque estas menudencias, son faces caractersticas en donde se refleja
la vida de un pueblo, ya tambien porque tengo necesidad de apreciar
estas cosas, con el fin de educar mis sentimientos propios. No lo hago
por ensear  quienes saben ms que yo; sino por ensearme y corregirme
 m mismo.

La seora del hotel me envia  un criado con el objeto de decirme que el
gabinete me cuesta siete francos todos los dias. Esto me hace ver que
hay muchos _Champeaux_ en Paris. Es una cosa que raya en prodigio el
talento con que est dispuesta esta sociedad, para que el extranjero se
vuelva  su casa sin un cuarto.

A pesar de la prevencion con que vivo, estoy seguro de que el famoso
_restaurant Champeaux_ no es otra cosa que el primer hilo de toda una
red.

Teniendo en cuenta lo que he de gastar en carruaje, gratificacion en la
visita de sitios pblicos y reservados, casa, comida, teatros, _cafs
cantantes_, amen de las frecuentes _eventualidades y galanteras_ de
Paris, comienzo  sospechar que durante los tres primeros meses, me
bastarn apenas ocho napoleones diarios. Ay de m!

Mi mujer y yo nos vestimos, y por la vez primera nos vemos en las calles
de Paris en medio del dia, _en plein jour_, como aqu se dice.

No es posible atravesar algunos de los puntos cntricos, sin encontrarse
con muchos repartidores de papeles.

El uno anuncia una liquidacion definitiva, por valor de 300  400  800
mil francos; otro participa una rebaja de un 40 por 100,  consecuencia
de disolucion de sociedad, de retiracion del comercio  de muerte: otro
va  cerrar sus salones de Invierno: otro va  franquear sus salones de
Esto. Aqu hay un gabinete _perfectamente confortable_, donde se ponen
dientes; all se restauran las encas; all nos ofrecen quijadas, 
narices,  piernas,  ojos artificiales, todo con una baratura, una
comodidad y un buen gusto que encanta. No he visto an ningun papel
donde se prometa estaar la vejiga, como si fuera un pedazo de hoja de
lata; pero no desespero de saber dnde se ponen trozos de pulmon. Aqu
se pone todo, todo absolutamente, menos corazon y cabeza.

Un tabernero se revela al pblico de este modo: _me apresuro 
participaros que he tenido la feliz idea (l'heureuse pense) de formar
un establecimiento vincola (vinicole), nico en Francia, donde sereis
servidos como en ninguna parte, no slo por la circunstancia de ser el
empresario cosechero en grande (en gros), sino tambien por reunir
treinta  cuarenta aos de experiencia y estudio. Escribid por el
correo._ El amo de un restaurant asegura que por 70 cntimos (22
cuartos), da un almuerzo de los ms _convenientes_, y que el servicio se
hace en vajilla de plata. Que el servicio sea en vajilla de plata,  en
vajilla de zinc, poco importa: l estaba en el caso de anunciarse
pomposamente, y dice que es de plata.

En el boulevard Montmartre hay un letrero enorme; en que se brindan
dientes por 5 _francos cada uno, prvia una garanta de diez aos_.

Dnde estar el diente al cabo de diez aos, y aquel  quin se puso, y
el mismo que lo puso!

_La antigua casa de Michaud_ (aqu todo el mundo se denomina _casa,
antigua casa, casa nica_), se presenta como la sola casa de Paris, que
pone  nuestro arbitrio y disposicion _una dentadura completa (un
dentier complet)_ por la suma de 150 francos, reuniendo las mejores
condiciones de actividad y duracion (_de travail et de dure_).

En una de las travesas del boulevard de Beaumarchais, se ve un gran
rtulo, donde se promete un menjuge para hacer _salir el pelo  todo el
mundo_, con el bien entendido de que no se recibe paga alguna, hasta
despues de haber obtenido el resultado. El objeto es que acuda gente; lo
dems queda reservado  otro menjuge que slo ellos conocen. _La charla_
en los mercaderes es aqu un verdadero y misterioso menjuge, una
operacion qumica, velada por el arte de un hechicero. Orfila era un
nio de teta, como suele decirse.

En Paris no se escapa ningun bicho viviente; ni el oidium, ni las
pulgas, ni las liendres, ni las chinches. Levante los ojos el que pasea
por estas espaciosas y magnficas calles, lea ciertos cuadros que estn
expuestos en los almacenes y tiendas de comestibles, y se convencer de
que slo la _negligencia en soltar unos cuantos sueldos, puede tolerar_
el desacato de que haya pulgas en el mundo. Cuntos millones
necesitaria un solo individuo, si la esaltase la humorada de creer en lo
que le dice este pueblo voltil, adornado no obstante de tan grandes
dotes, abismado no obstante bajo el peso de tantas flaquezas!

Visitemos las tiendas de pieles, y encontrarmos, perfectamente
disecados, leones, panteras, tigres, leopardos, hienas, lobos, zorras,
castores; en fin, un gabinete de zoologa. No he visto ratas; pero no
extraaria alzar la cabeza y darme de hocicos con una enorme culebra
boa, puesta en una urna de cristal,  lo largo de un escaparate.

Tal es el deseo que aqu hay de llamar la atencion y causar impresiones
teatrales! Seguramente no se contentan con la simple impresion
artstica: claro es que el _sueldo_ es la suprema aparicion que se
vislumbra en el fondo de estas admirables sombras chinescas; pero es un
sueldo particular, un sueldo francs, que necesita estudiarse mucho para
comprenderlo; que no podr nunca comprenderse, si se estudia de un modo
aislado. Es necesario poner la observacion en todas las partes de este
gran todo, para que lleguemos  divisar qu clase de _sueldo_ es el que
est depositado en el fondo de esta inmensa urna. Aqu entra en todo,
como uno de los elementos ms poderosos, como la primera vitalidad del
pas, como carcter de raza, la fantasa. Aqu tiene todo un algo
fantstico, el sueldo tambien. Aqu todas las cosas se cobijan bajo un
manto de coquetismo, tambien el sueldo. Paris no querria, le concedo
esta idealidad noble y generosa, un sueldo grosero, ignorante, idiota,
no; no quiere el oro que se da por ir al teatro, con el fin de ver las
maniobras de un hechicero, de una bruja, si las hubiera: busca siempre y
en todas partes la satisfaccion de su genio artstico; _su sombra
chinesca_. Fenmeno admirable en verdad. Los pueblos menos artistas por
naturaleza, son los que ms se dan al arte por instinto y por
educacion. Por esto mismo los oradores suelen tener la pasion funesta de
querer ver escrito lo que hablan. Su palabra es su nica belleza, y no
se contentan con ser bellos. La escritura es un postizo que los afea,
que los ridiculiza ms de una vez, y estn contentos con su fealdad y su
ridiculez. El genio tiene sus arcanos, como tiene el abismo cavidades
ocultas, y aqu encuentro yo uno de sus arcanos ms curiosos.

Todo respira aqu contra el arte, contra el arte nico que conoce la
humanidad, contra esa poesa santa y sublime que nos hace sentir el
bien, la verdad y el amor, bajo la relacion de la belleza; pero de una
belleza espontnea, impregnada en todo, en el ademan, en la mirada, en
el movimiento, en la voz, en el cielo, en el aire, en la luz, hasta en
el susurro de los rboles mecidos por la brisa. Yo no encuentro esa
poesa fcil, ese arte infuso, por decirlo as, en ninguna parte de esta
magnfica ciudad. Llevemos una esttua de las Tulleras  del Luxemburgo
 un paseo de Roma, y seguramente parecer ms bella, ms esttua, ms
arte; es decir, ms sentimiento, porque sentimiento es el arte, as como
verdad es la ciencia, utilidad la industria,  justicia el derecho
humano.

Qu espectculo tan interesante nos ofrece un centro tal de creaciones!
Aqu unos calcetines por ocho cuartos; all una sortija de dos  tres
mil duros; ahora un chaleco hecho que se da por una peseta; despues una
pipa de ocho mil reales, como la que hay en la plaza de la Bolsa, nmero
3. Al fin de la calle de Montmartre, cerca de San Eustaquio, corbatas de
seda por poco ms de dos reales; en la calle de Richelieu, un sombrero
por doscientos duros.

Seguramente habr mil contrastes ms raros; pero no puedo hablar sino de
lo que he visto en veinte y cuatro horas que vivo en Paris, y me parece
que una regular indulgencia no podria exigirme ms.

He ajustado la cuenta del importe  que suben los sombreros de paja que
hemos visto, segun el nmero anunciado en los depsitos y su precio
corriente, y resulta que no bajar de doce a catorce millones de
reales. Es verdad que no creo completamente en el anuncio de los
almacenistas, porque aqu nada es lo que parece, ni se fia tanto en la
bondad intrnseca de la cosa, como en su brillante manifestacion. Como
ya dije, aqu todo tiende  poetizarse, aunque nada tenga una verdadera
poesa. Es menester contar, para no engaarse, con la realidad del
objeto y sus aspiraciones poticas. El cubilete es verdad; el
prestidigitador es mentira,  si queremos llamarle verdad, habremos de
llamarle verdad fantstica, verdad mentirosa, verdad en que la verdad
sufre un escamoteo.

Una de las cosas ms dignas de observarse en este gran horno de
fundicion social, es hasta qu punto agita los entendimientos: quiero
decir, las imaginaciones, porque la imaginacion es el gran entendimiento
de los franceses, la competencia industrial y mercantil.

El mercader de ropas hechas pone  los sastres _como hoja de peregil_:
el sastre viste al mercader de ropa de pascua; y no sabemos qu admirar
ms, si la irona del mercader  la del sastre. En punto  comprar y
vender, todo el mundo es poeta  su modo, literato, erudito. En el
bulevar de la Poisonnire  de San Dionisio, he visto hoy una especie de
programa en que uno se presenta como candidato  la diputacion, alegando
por ttulo que vestir  las mujeres mejor y ms barato que ninguna casa
de Paris. _Qu mayores ventajas podeis hallar en un diputado_, dice 
los electores, _que la de contentar  vuestras mujeres_? Esto no pasa de
ser una broma, pero es una broma de un gusto enteramente parisiense.

Pasan de quince  veinte lienzos de pared en que hemos divisado,  una
altura de quinto  sexto piso, el anuncio de la _Ville de Paris_, calle
de Montmartre, nm. 74. Es seguro que en tales avisos ha empleado un
capital considerable. Calcule el lector que para anunciarse en algunos
lienzos de pared, ha necesitado poner andamios  empalizadas.

No puede darse el caso de caminar por algun punto sin darse de cara con
un letrero, con una ensea, con un aviso; como si el aviso fuese el aire
que aqu se respira, el espritu que todo lo mueve, el hornillo que
todo lo calienta. Nos metemos en un carruaje; all est el rtulo del
diente, del pelo, de las pldoras, del agua prodigiosa: nos introducimos
en los lugares ms escusados, toda vez que sean del dominio pblico;
all estn las pldoras  el unto tambien. El aviso, el decir _aqu hay
esto  lo otro_, es el arca predestinada donde se ha refugiado este No
con toda su familia.

Esto parece exagerado al que no lo presencia; pero sepa el que dude, que
una de las tareas que ms dan que hacer  la polica de Paris, consiste
en especificar los sitios en donde no se pueden fijar anuncios, citando
el artculo del reglamento que lo prohibe. As sucede, que lo ms comn
es encontrarse con letreros que dicen: _dfense d'afficher, prohibicion
de fijar avisos_. De modo, que hasta la polica, queriendo evitar los
rtulos, _rotulea_ tambien.

Y por rotulear de todos modos, hay quien se anuncia _gratis_, (gracia
estraa en Paris en donde el cntimo est pegado  toda cosa, as como
el agua del bautismo corre sobre la frente del bautizado).

A orillas del Mercado Nuevo hemos visto un anuncio en que se dice con
letra bastardilla: curso gratuito de piano, calle de Argel, nm. 3,
enfrente del jardin de las Tulleras.

_A la pense._ (Al pensamiento.) Esto vi en un almacen del bulevar
Montmartre ( en sus inmediaciones), y tir del brazo  mi mujer como
tocado de una curiosidad poderosa. Qu pensamiento ser este? deca
para m. Llegamos: era una zapatera.

_Al bello pensamiento. (A la belle pense.)_ Esto v escrito en una de
las cajas que estn expuestas en la esquina de la calle _Les filles
Saint Thomas_, y me v asaltado del mismo conato curioso. Me aproxim,
v: era una caja de confites.

_Hautes nouveauts_! (Altas novedades.) Esto le en los cristales de un
almacen de la calle de Vivienne, y tales ttulos no pueden menos de
sorprender. Fuimos all, lo que nos habia cautivado el nimo era una
coleccion de manguitos, camisolines, chambras y cofias.

Pero uno de los anuncios en que ms me he fijado, acaso por su
_exterioridad relumbrona, por su oratoria esencialmente francesa_, es
uno que hemos visto en la encrucijada que forman la calle Vivienne y las
Hijas de Santo Toms, en uno de los ngulos de la plaza de la Bolsa.
Tengo el anuncio copiado en mi cartera, y casi presumo que al lector no
le desagradar verlo, aunque no respondo de su completa fidelidad. Acaso
hay algun letrero en chimenea, rendija  resquicio que nosotros no hemos
podido divisar. Lo que desde la calle se ve, es lo siguiente:

Arriba, muy arriba:

_Al palacio de cristal.--Vestidos para hombres_.

Ms abajo:

_Palacio de cristal_.

Ms abajo:

_Vestidos para hombres_.

Ms abajo:

_Precio fijo_.

Ms abajo:

_Al palacio de cristal_.

Ms abajo, sobre cristales:

_Precio fijo_.

Ms abajo:

_Vestidos para hombres_.

Esto se ve estando situado el espectador en lo interior de la Plaza
de la Bolsa.

Ahora situmonos en la calle Vivienne, y descubrirmos; arriba:

_Precio fijo_.

Ms abajo:

_Al palacio de cristal_.

Ms abajo:

_Vestidos para hombres_.

Ms abajo:

Especialidad en trajes de nios_.

Sobre la puerta:

_Al palacio de cristal_.

Ms abajo:

_Precio fijo_.

Ms hcia la derecha:

_Trajes hechos y  la medida_.

En otra puerta:

_Al palacio de cristal_.

    En los cristales:

_Precio fijo_.

Ms hacia la derecha:

_Trajes hechos y  la medida_.

Por otra calle:

_Precio fijo_.

Ms abajo:

_Al palacio de cristal_.

Ms abajo:

_Vestidos para hombres, nios y libreas_.

En los cristales:

_Trajes de casa y de librea_.

En un recodo que hace la calle:

_Al palacio de cristal_.

Ms arriba:

_Al palacio de cristal.--Vestidos para hombres y nios_.


Ms abajo, en un cuadro de hoja de lata  de metal dorado:

_Vestidos para hombres y trajes para nios_. Este aviso est en francs,
ingls y aleman.

Sobre otra puerta:

_Al palacio de cristal.--Ropas de casa_.

A la izquierda de la misma puerta:

_Precio corriente de las libreas_; y mencionan diez y ocho objetos de
traje, por valor de 739 francos.

A la derecha, sobre cristales:

_Entrada de los obreros_.

Ms  la derecha, sobre una muestra:

_Entrada de los obreros_.

Despues de tomada esta nota, veo una ensea en el extremo del primer
balcon que da  la calle de las Hijas de Santo Toms, la cual deca:

_Vestidos para mujeres y nios_.

A su lado, casi en medio de dicho balcon, se ve tambien una gran placa
dorada alrededor y bronceada en el fondo, donde tiene las armas
francesas,  un trofeo semejante. En la placa se divisa este rtulo en
elegantes letras cinceladas: _Comision imperial_. 1855.

Si tanto palacio, y tanto cristal, y tanto hombre, y tanto nio, y tanto
traje pudiera tener realidad animada, discurra el lector si podria
formarse todo un pueblo de trajes, de nios, de hombres, de cristales y
de palacios.

Cunto habr gastado esa casa en los anuncios? Digo lo que antes dije
de la _Ville de Paris_: es seguro que ha consumido un capital de alguna
cuanta.

Hemos comido en un famoso _restaurant_ de la calle de Richelieu, porque
es necesario ver estas celebridades (ver significa pagar), y nos
volvimos  nuestro hotel  las once dadas de la noche.

Maana corrermos los bulevares de Montmartre, de los italianos, de las
Capuchinas, de la Magdalena; bajarmos por la calle Real, siguiendo
despues la calle de Rvoli, hasta el _Hotel de Ville_, y dando un
vistazo  las Tulleras, Plaza de la Concordia, campos Elseos, y arco
de la Estrella, monumento suntuoso, que no cuesta  Paris menos de 39 
40 millones de reales.

Termino este da manifestando un incidente que tiene angustiada  mi
mujer, y que, en verdad sea dicho,  m no me tiene de buen humor. Desde
que he llegado  Paris, no como; no porque no tenga ganas de comer, sino
porque estas salsas me repugnan.

La cocina francesa tiene gran fama, no se la quito, no soy perito en la
materia; pero lo soy en punto  conocer mi paladar y mi estmago, y digo
en _pleno Paris_, que echo muy de menos mis pichones de la plaza de
Herradores, el guisado que me aliaba mi mujer, y mi clsico vino de
Valdepeas.

O los manjares no se conocen,  fuerza de aderezarlos y _embellecerlos_,
porque hasta en los potes de la cocina quiere establecer su reinado _la
poesa francesa, el impertinente  inexorable palaustre,_  el diablo no
puede con ellos  fuerza de estar duros, permtame Paris esta ruda
expresion espaola.

El vino extranjero es carsimo, el vino comn del pas es malsimo para
mi gusto, y vuelvo  decir que doy razn, mucha razon  las perdices, 
los pucheros y al vino de mi tierra.

En materia de comer y de beber, spalo el magnfico Paris, soy castizo
espaol. Le felicito por sus glorias; pero soy espaol, bien que en
otras muchas cosas ...no soy francs. Y mi mujer dice: ni yo francesa.
Dios me libre!

As finaliz el da segundo.




=Dia tercero=.

Progresos de mi mujer.--Melancola.--Nuevos rtulos.--Anuncio de la
Union agrcola.--Costumbre de las seoras de Paris.--Sangre fria de los
hombres.--Achaques de raza.--La soga.--Una mujer en la calle de
Richelieu.--La mujer francesa.--Medallas.--Prodigio del genio
francs.--Ms rtulos.--Baston de Richelieu.--Plaza de la
Concordia.--Arco de la Estrella.--Campos Elseos.--Vuelta al Hotel.


Mi mujer va haciendo admirables progresos en el idioma francs.  las
mujeres las dice _monsieur_ y  los hombres _madame_: al _quilgramo_,
medida de ridos, lo llama _litro_, medida de lquidos: el bulevar, es
el _restaurant_ y el restaurant es el bulevar, y as en otras cosas.
Est muy afligida, porque dice que le suceder lo que al otro: olvid el
espaol y no aprendi el francs.

Salimos  las nueve de la maana. Mi mujer y yo nos vemos asaltados por
esa melancola indefinible, que no puede menos de experimentarse cuando
se llega  una ciudad tan populosa. El individuo parece absorberse en el
grupo que le circuye por todas partes, y se halla como privado de la
conciencia de su dignidad y de su poder. No quiero decir que pierda
realmente su personalidad en la familia, en la ciencia, en el arte, en
la industria, en la religion, en el derecho, no: una entidad absoluta no
se pierde por combinaciones accidentales. Lo que digo es que el
individuo se siente pequeo ante lo mismo que l ha creado: el artfice
se anonada ante su propia obra. En este caso sucede al hombre lo que al
grano de arena en medio de un desierto muy dilatado. Un grano de arena y
otro grano de arena forman el desierto; pero el grano se ve perdido
entre los horizontes de aquella inmensa soledad.

El individuo experimenta que otra fuerza mayor le reasume, una fuerza
extraa, indiferente, que no le hace amar, que no le educa el corazon,
que no lo civiliza para la gran moral de este mundo: no lo absorbe el
cario, sino el nmero, este nmero no es la vida; porque el individuo
se siente con vida tambien, y esta emocion confusa le comunica una
tristeza que no se puede definir. No basta el bullicio, ni la agena
alegra, ni los espectculos ms pomposos, para que deje de estar
triste. Nunca debe ser ms terrible el morir que cuando se oye cantar, y
por una razon idntica, sucede que la msica no distrae, sino que daa,
 las personas que padecen aflicciones profundas.

El extranjero est pesaroso, este pesar es una arruga de su alma, por
decirlo as, que apenas se divisa en su semblante; pero el pesar existe,
tiene su significacion muy trascendental, y para apreciarla debidamente,
es indispensable poner el pi en tierra extranjera. No, no vale el genio
sin el sentimiento experimental que nos descubre ciertas distancias en
la insondable matemtica de la vida. El talento sin la experiencia, sin
sentimiento prctico, sin la esttica particular de los lugares y de los
hombres, es lo que la trasparencia del cristal sin los rayos del foco:
es lo que nuestra vista sin la chispa elctrica de la luz. Para
evaporarse, no basta que un licor sea espirituoso: es indispensable que
salga de la cavidad de su redoma es indispensable que la atmsfera
inflame sus poros bajo el contacto de la luz del cielo.

Cunto quiere decir este dolor confuso que experimentamos en medio de
este enorme bullicio! Cunto deberia hacernos meditar y sentir! El
hombre da unos cuantos pasos, atraviesa una linde que es tierra tambien,
y se halla desterrado y proscripto en la humanidad. Ay! cuntas
lgrimas amargusimas serian necesarias para purgar este inmenso pecado!
Pero para algo muy grande, muy solemne, muy humano, muy caritativo, debe
reservar estas cosas la justicia de Dios.

Esto es una urna velada por el impalpable crespon de todos los siglos.
Quin sabe el voto que en esa urna misteriosa depositar un dia la
Providencia!

--No lo vers t, se me dice.

--S lo ver; lo ver en ese sentimiento que me hace infinito,
profesando amor  los hombres; en ese sentimiento que me hace inmortal
esperando en la ley de Dios. Lo ver, s, lo ver, lo veo hoy, lo ve mi
esperanza.

Hemos visitado la calle y bulevar de Montmartre, el de Beaumarchais, San
Martin, Temple, Poisonnire, Italianos, Capuchinas y Magdalena.

Es sorprendente el estruendo que se percibe por donde quiera que se va,
trabajo prodigioso que en todas partes se revuelve y se agita, creacion
incesante que se desarrolla en tantas esferas, para dejarse luego ver
bajo formas tan gigantescas y variadas. Cmo no? Es un coloso el que se
mueve: cada movimiento no puede menos de presentar una faz del coloso.

Uno es sastre del rey de Holanda, otro del de Cerdea; otro manifiesta
una medalla del emperador de Prusia  de Austria; tal almacen se titula
proveedor de _Mara Cristina_, como he visto en la calle _arrabal_ de
San Honorato. Aqu una tienda de gusto chinesco; all otra de gusto
rabe, persa, griego  ruso. Hotel de Francia, de Inglaterra, de
Holanda, de Rusia, de Prusia, de Austria, de Turqua, de Italia, de
Amrica, de Europa, caf  estaminet del Universo; todo hierve y refluye
aqu, como toda la sangre se mueve y se trabaja en el corazon. No he
visto ningun hotel de Africa  de la Oceana; pero esto no es decir que
no lo haya. Parece imposible que no exista en Paris una fonda, caf 
cosa equivalente, que lleve por ttulo: _caf, fonda, pastelera 
taberna_ de las costas de Oro. No seria esto ms raro que un anuncio de
la Union Agrcola, puesto en verso rimado de once slabas, tan contadas
como los dedos de la mano. Y no se crea que esto es pulla. He visto
aquel anuncio singular en una empalizada, cerca del lujoso edificio que
se est levantando en la misma calle donde finalizan las Tulleras y el
Louvre, y que es la dcimo-tercera alcalda de Paris. Llegar dia en
que los poemas picos se escriban en prosa tabernaria?

Una particularidad hemos notado mi mujer y yo. La pasion dominante en
las parisienses de mediano y alto coturno, consiste ... en qu dir el
lector? Consiste en alzarse muellemente el traje aunque no haya lodo.
Sin duda es un golpe de estado, aplicado  grandes razones de etiquetas.

Otra particularidad ms curiosa hemos descubierto tambien. Apenas habr
pueblo en el mundo en que los hombres vuelvan la cara con ms sangre
fria, y se queden mirando con ms formalidad los pis y las piernas de
las transeuntes. Esto viene de una raz muy honda: viene de cierto
temperamento que es el carcter ms distintivo del pueblo francs. No
hay casta social donde con tanta gravedad y tanto aplomo se hagan cosas
ridculas. No es decir que en los dems pases no se caiga en ridculo;
ms para este ridculo hay una risa: aqu no se rien. Y cuidado que no
se dejan de reir por hipocresa  por estudio, sino porque creen de
buena fe que el asunto no merece reirse; porque estn _patriticamente_
convencidos de que no puede haber cosa ridcula, siendo _cosa francesa_.

Pero tal vez no tengo razon en decir que este hbito es lo que ms
caracteriza al pueblo francs. Acaso esto viene de ms adentro: acaso la
formalidad cmica de los franceses para el ridculo, es una simple
derivacion de otro carcter ms universal, porque est ms en el
interior de su genio: su genio, que todo lo devora; que todo lo devora,
conservndose intacto: que todo lo devora, sin devorarse jams  s
mismo: su genio, decia, le lleva hoy  consumar un hecho cualquiera;
pero  las veinticuatro horas este hecho est devorado y corre tras
otro. Cul es este otro? Un hecho nuevo, una nueva emocion, un nuevo
trabajo, el jornal de otro dia; el plato de hoy; quizs una emocion
contraria, acaso el plato que le envenena; pero la ley es devorar, la
necesidad es sentir lo que no se ha sentido; la pasion es no envejecer
en una idea, en un sentimiento, en una institucion: hoy una institucion,
otro dia la contraria. H aqu el ridculo; prctica este ridculo, no
slo con formalidad, sino con ahnco, con efusion, con la efusion
ardiente y generosa del que trabaja, para satisfacer las inspiraciones
de su genio.

Antes que ridculo, el pueblo francs es voluble. Aqu encuentro yo el
carcter radical; todo lo dems es derivacion, corrientes de este
manantial oculto, gestos de este rostro escondido.

Creen, y creen bien, que una brisa estancada no seria buena para mecerse
sobre las florestas de un paraso; creen, y creen mal, que lo primero es
renovar el aire, sin consultar si el aire nuevo est ms daado. Francia
es un guila, que para recibir ambiente nuevo, abre y golpea las alas
sin cesar; aqu se concentra la suma mayor de su vida: que un milano
venga y se oculte bajo aquellas alas impacientes, no importa: que el
guila se torne en cuervo  buho, toda vez que el buho sacuda las plumas
para que las penetren los nuevos grmenes de la atmsfera, no importa
tampoco.

Pero estoy fuera de lugar: estas apreciaciones pertenecen  otra parte
de estos apuntes.

No hallamos pobres que pidan, ni nios jugando por las calles. Las
clases que se manifiestan al pblico respiran bienestar y decencia.
Pero es todo esto verdad? Ay!

En la plaza de la Bolsa hemos hallado dos jvenes de veinte 
veinticinco aos, que saltaban en una cuerda, juego que en Andaluca se
llama de la _soga_. Lo mismo hacia en la calle Feydeau una mujer que
tenia varios hijos.

En la calle de Richelieu, una mujer se ataba las enaguas blancas,
adoptando apenas reserva alguna, sin que esto causara maravilla  los
transeuntes.

Aqu las mujeres, an siendo jvenes, entran y salen, van y vienen, en
la seguridad de que nadie las molesta ni las restringe. Se ve  la mujer
en el campo, dirigiendo hbilmente un carruaje, con su blanca y aseada
papalina, llevando las riendas de un elegante cabriol en el paseo
pblico, detrs del mostrador en el caf, en la tienda, en el
escritorio, en todas partes, posesionada siempre de la porcion de
humanidad que la ha dado una conciencia que yo respeto, por ms que se
torne contra la poesa oriental de la mujer: una conciencia que no la
usurpa lo que la ha dado la verdad adorable de la creacion.

Estudiado Paris en esta tendencia, no parece un pueblo oriundo de los
latinos, herederos, como Atenas, de la esclavitud de la mujer asitica.
As sucede que la mujer francesa, desarrollada en todas las faces de la
vida social, tiene un aire de dignidad, de fuerza, de albedro, y un
grado de despejo y de inteligencia que nos maravilla.

El amo de una _rotiserie_, de una taberna, de una lechera, de un
pequeo almacen, podr no ser acaso un _monsieur_: el ama es todo una
_madame_  seora. La mujer de Paris trabaja tanto como el hombre, tiene
mejor sentido que l, vive ms honrada que l, no por la galantera
jactanciosa de los tiempos hidalgos, sino por los oficios que presta, y
esto explica en gran modo las creaciones casi fabulosas de esta rica
ciudad.

La poblacion intil que en otros pases consume lo que la poblacion til
trabaja y crea, es sumamente reducida en el Norte de Francia, dejando
aparte la organizacion del rden oficial.

Creo que la parte mas sana de la civilizacion francesa, el progreso ms
notable que aqu encuentro, consiste en el personalismo que se ha
otorgado  la mujer, aunque esto suceda  costa de la mujer misma, la
cual gana en representacion lo que pierde en belleza, porque perder
belleza es perder idealidad. La mujer oculta en el fondo de su casa,
como el arcano de la familia, es mucho ms bella que la expuesta al
pblico detrs de un mostrador de mercader, mezclada y confundida con el
precio de lo que compra y vende. La mujer rabe no es tan hermosa por su
hermosura como por su misterio. Propiamente hablando, no es mujer; es
una fantasa, una especie de agero  hechizo que no seria nada, si no
despertase en nuestra alma el sentimiento de lo maravilloso, como nada
seria el encantamiento sin el encanto. La mujer se convierte en una
maravilla, en un monumento; parece rodearse de ese prestigio
inexplicable que circuye  una esttua; nos llama  s con la atraccion
elctrica que en nosotros produce el arco Iris; no es mujer, repito: es
una melancola delicada, un arte sublime, un gran poder, porque el
elemento maravilloso, ese algo fantstico  que suele darse tan poco
sentido, es un poema armonioso  infinito que la naturaleza ha grabado
en nuestro corazon.

La fantasa es el complemento del hombre, como el ter es el complemento
del espacio. La fantasa llena al hombre, como el ter llena la creacion
entera. No os riais, vosotros que no creeis en la imaginacion, para
tributarla homenaje  cada momento, cuando menos os lo parece, como
aspirais la atmsfera cuando menos os apercibs. No os riais de ese
ter divino, destinado  no dejar vaco ningun hueco en el nfora de la
vida; no os riais!

Sin embargo de esto, que es verdad, que yo creo verdad, verdad
confirmada por la experiencia de siempre, juzgo que la mujer ha venido
al mundo para realizar fines sociales, en armona con la moral y con el
derecho: juzgo que ah est la expresion ms profunda de su existencia;
no quiero que al arcano de la casa la comunique esa belleza que la da en
Oriente una tradicion que la hace bella para hacerla esclava; una
idealidad que la hace misteriosa para hacerla gemir; un Corn que la
torna en perfume para que ese perfume d incienso  un dolo; no, no
quiero esa poesa que es poesa, como es artstico el sarcasmo que se
logra ejecutar con arte. Quiero que la mujer salga  luz, porque la luz
fu tambien creada para ella. Quiero que el misterio la niegue la
hermosura asitica, para que reciba la hermosura humana de manos de su
propio destino, de manos de la razon universal; de manos de la
Providencia.

Quiero que la mujer sea el guardian domstico, pero sin dejar de ser
entidad religiosa, moral, poltica, industrial, si conviene, porque la
casa est dentro de la sociedad, y quiero que la mujer no se tenga en
menos que la casa. Quiero que sea madre; venero este carcter santo,
este santo sacrificio de amor; pero quiero que no deje de ser mujer.
Quiero que sea mujer; pero que no deje de ser _sujeto humano_. Todo
reina en la verdad de la naturaleza; quiero el reinado de la mujer.

Aqu se est en camino de lograrlo, y esta civilizacion que por ella
aboga, es sin disputa lo que ms me reconcilia con un pueblo que tiene
otros usos, otro lenguaje, otra manera de sentir, y cuya sociedad no
puede sernos completamente grata. No s si es historia; pero entre un
espaol y un francs, hay algo que rie.

Almorzamos en la calle Vivienne  las doce dadas, y dirigimos nuestras
visitas  diferentes travesas de los bulevares.

Apenas se encuentra establecimiento comercial de alguna importancia, en
donde no aparezca, en puerta  balcon, algun privilegio manifestado en
pequea  grande medalla imperial. Hay carros que van _empavesados de
emperadores en bronce_. Si  todos los metales donde est el busto de
Napoleon III se les pudiera dar vida, seguramente habria bastante para
formar todo un vasto imperio compuesto solamente de emperadores.

Aparte del gusto que esto revela; aparte del sabor que esto deja en la
conciencia del que va examinando el mecanismo oculto de esta poblacion
colosal; aparte la contradiccion que se echa de ver inevitablemente
entre la Francia histrica y la Francia presente, entre la memoria y el
hecho; este tumulto de medallas y privilegios no me parece extrao,
sentada la competencia que es natural en un gran centro comercial y
fabril. Pero como este centro comercial y fabril tiene muchos libros
escritos, muchas y memorables jornadas polticas, muchas y gigantescas
revelaciones sociales: como la existencia de todos los pueblos se
reasume en dos grandes soluciones: lo que se escribe y lo que se obra,
lo que se recuerda y lo que se siente; encuentro desnivel entre el Paris
de tanta medalla y el Paris de tanto recuerdo; entre la solucion de la
historia y la solucion de la presente sociedad. La memoria y el
sentimiento pugnan y se repelen,  lo menos en mi juicio y en mi
conciencia.

En Lndres ver ms medallas, muchas ms medallas, y no lo extraar
ciertamente. Pero estoy seguro de no hallar muchos breves de
indulgencias papales, y h aqu la superioridad de la Inglaterra sobre
la Francia: la superioridad lgica, consecuente, de buen sentido: la
historia y la mquina que se mueven al par; todo el pueblo ingls
dirigido  un fin, ms  menos plausible, pero que no sale jams de las
condiciones que se ha impuesto: cruel quiz, inmoral acaso; pero lgico.

La indulgencia pontificia en Lndres es la indulgencia imperial en
Paris. Aqu hay indulgencias; es bien seguro que en la otra parte del
Estrecho no las habr.

Los franceses tienen grandes ttulos ante la opinion del mundo entero;
podrn tenerlos todos, menos el de la lgica; esa suprema geometra del
albedro que va midiendo y nivelando progresivamente el ayer y el hoy,
la historia y la emocion, la emocion y el hecho.

La Francia, empero, no debe quejarse: alguna parte flaca habia de tener,
cuando tiene otras sobre las cuales se levanta tan grande, tan rica y
tan fuerte.

Slo en una cosa me parece lgico el pueblo francs: no voy  decir que
slo es lgico en ser voluble, porque esto ya se sabe. Una nacion, como
un individuo, es siempre lgica; providencial y santamente lgica, en
materia de no ahogar su genio; en tender dia y noche  que su genio
triunfe. Cmo el hombre dado al retiro no ha de buscar la soledad?
Cmo el goloso no ha de buscar el plato en que suea? Cmo un
enamorado no ha de pensar en la mujer que ama?

La Francia es voluble, lo ha sido hasta hoy, porque la volubilidad es su
talento; la cifra que Dios escribe al pi de cada cuna. Tal vez la
educacion de la experiencia, un prodigio del estudio y del arte,
modifique maana ese talento y le abra otro camino; pero esto ser la
empresa de maana, y yo no hago aqu la biografa de la Francia futura.

El pueblo francs es solamente lgico en aparentar que tiene olvidada 
la Inglaterra. Ya he dicho que Paris es un cartel inmenso. Si al
arbitrio particular quedara, el mercader parisien pondria anuncios de
sus gneros hasta en _la cabeza de un calvo_. Cuntas vidas serian
necesarias para leer todos los rtulos y papeles impresos que bullen sin
cesar por esta Babel? Sin embargo, (Providencia del patriotismo!) no he
hallado un solo letrero en que se recomienden los artculos de la
industria inglesa, de la primera industria del mundo conocido.

Esta sensatez en materia de consecuencia me maravilla, y me da motivo
para decir que el pueblo francs es voluble, hasta el punto de
contradecir su propio carcter.

Las enseas mercantiles  industriales son para m un objeto de gran
distraccion.

_Al zapato galante. (Au soulier galant)_:

_A la Slfide_. Quin no habia de creer que se trataba de algun baile?
Pues no, la Slfide es un restaurant, una Slfide gastronmica, una
Slfide que se engulle cinco  seis platos por cinco  seis pesetas.

_Al buen pastor_. Quin no habia de creer que se trataba de alguna
hermandad  cofrada? Pues tampoco: el buen pastor es un rico almacen de
gneros, sito en la calle de San Sulpicio, nm. 21, si no yerra un
anuncio que he visto cerca del Panteon.

Entre los objetos curiosos que hemos notado, no puedo menes de hacer
mrito de un _baston de Richelieu_, expuesto al pblico en el pasaje de
los Panoramas, en una galera que debe ser la de Feydeau, tienda nm. 6.

Quise conocer su valor en venta, y la seora del establecimiento me dijo
que el precio ltimo era mil francos. Si aquel baston es en efecto del
memorable cardenal, alma de Luis XIV y de su siglo, del Luis XIV de la
poltica francesa, como varias personas me lo han asegurado, me creo con
derecho para decir que la Francia es poco _arqueloga y hasta poco
francesa_, si se quiere; cosa extrasima. Cmo aquel baston, reliquia
anticuaria y social, no pasa  uno de los ricos y preciosos Museos de
Paris? No por mil francos, no por un millon de francos, consentirian los
ingleses que pasara  manos de extranjeros un baston de cualquiera de
sus personajes histricos. Si yo no codiciara en este mundo otra cosa
que un talego de oro, me consideraria feliz poseyendo un baston de
Cromwel, de Milton, Shakspeare, de cualquier Richelieu ingls, ora
poltico  literario.

A pesar de la reiterada afirmacion de aquella seora, y de las formales
aseveraciones de dos franceses, no me atrevo  creer que aquel baston
fuera efectivamente de Richelieu. Cmo no habia de recelar la Francia
que se lo llevaran los _ingleses_, que es como si dijramos los moros?
Cmo los moros (para Francia) no se lo hubieran llevado ya?

Perdneme la seora del almacen, perdnenme los dos caballeros
parisienses; yo no lo creo; en honra de Francia, no lo debo creer.

A las seis comimos en el _hotel de Madrid_ (comer para m es sentarme 
la mesa) y nos dirigimos inmediatamente hcia la Magdalena, palacio
griego convertido en templo cristiano.

Desde los altos y espaciosos prticos de aquel templo, veiamos  un
mismo tiempo la calle Real, la hermosa plaza de la Concordia, las
entenas y cables de un bergantin surto en el Sena, y uno de los palacios
que adornan la otra orilla del rio.

No es una vista pintoresca y expresiva, como las de Gnova, como las de
Npoles, como las de Roma, como las de Granada, Crdoba  Sevilla: no es
una belleza italiana, griega, espaola; no es una naturaleza artstica,
por decirlo as; un arte naturalmente monumental, pero es una belleza
grandiosa.

Avanzamos hasta el principio de la plaza y el espectculo cobr mayores
dimensiones. H aqu el boceto.

Dos fuentes riqusimas en escultura y agua, circuidas por una especie de
celaje de polvo, porque tal es la impetuosidad con que el agua brota: en
medio de las fuentes, un obelisco egipcio colosal: en torno  la plaza,
grandes pedestales con las esttuas de las principales ciudades del
reino, sembradas todas las distancias por gruesas farolas de bronce:
hcia adelante, el Paris de la otra orilla del Sena, con su aspecto
feudal, sus palacios que parecen castillos, sus casas y sus rboles
corpulentos y verdes: hcia atrs, los dos palacios que limitan
lateralmente la calle Real, y en su fondo el gran templo de la
Magdalena, circuido de suntuosas columnas estriadas:  la izquierda, el
jardin de las Tulleras, dividido por una verja, coronada  intrvalos
de guilas doradas, entre dos pedestales que sostienen caballos de
mrmol; luego un surtidor del jardin que arroja el agua  la altura de
un cuarto  quinto piso, formando mil ondulaciones caprichosas 
impulsos del viento; despues varias calles de rboles simtricos, 
travs de otras fuentes, hasta cerrarse el horizonte con la fachada del
palacio imperial, corriendo una extension de novecientos  mil pasos: 
la derecha, los campos Elseos, por entre cuya hilera de rboles se
dilata la vista, hasta detenerse en el arco triunfal de Napoleon,
creacion enorme de la riqueza y del entusiasmo.

Luego que hubimos satisfecho los primeros conatos de admiradora
curiosidad, paseando los ojos tardamente sobre aquel grandioso panorama
del arte humano, no del arte francs, digimos  nuestro _necesario
fiacre_ que nos llevara al arco de la Estrella.

Un coche es aqu un personaje de primera categora, la gran carta de
recomendacin y el gran amigo del extranjero.

El buen fiacre cogi el trote camino del arco,  travs del
aristocrtico palacio de la Industria, del aristocrtico palacio de la
democracia (la democracia tiene un palacio casi enfrente del palacio del
Emperador);  travs tambien de los _cafs cantantes de esto_, del
gracioso castillo de las flores, del jardin _Maville_, del jardin de
invierno, del circo de la Emperatriz, y de casas modernas que son las
ms bellas que he visto.

Despues de correr un espacio de cuatrocientas  quinientas varas,
extension aproximativa de los campos Elseos, nos encontramos bajo la
bveda central de aquella apoteosis esplndida de Napoleon, el arco del
Triunfo. Desde aquel arco descubriamos,  una distancia de un cuarto de
legua, el bosque de Bolonia, cuyo camino aparece sembrado de rboles y
elegantes quintas, que le comunican un aspecto muy grato, aunque no
bastante pintoresco; porque yo entiendo por pintoresco lo que es
variado, caprichoso, y sobre todo caprichoso de un modo agreste.

Vemos  la vez el arco del Triunfo, el dilatado bosque de Bolonia, el
Obelisco de la Plaza, mientras que nadando sobre la copa de los rboles
que pueblan el jardin de las Tulleras, all, como una nube medio
perdida en el horizonte, como el amago de una borrasca, como la
aparicion indecisa de una sombra, se levanta trmulamente, segun la
ilusion ptica, la torre negra del Palacio Imperial. De manera que
mirbamos, casi simultneamente, el monumento triunfal levantado  la
Francia revolucionaria y conquistadora, el monumento del Egipto
usurpado, y el monumento de la segunda Francia imperial: un triunfo, una
usurpacion y un misterio: el arco, el obelisco y las Tulleras.

Eran casi las ocho; y apenas podia distinguir el nombre de los generales
y batallas del imperio, batallas y nombres escritos en las altas paredes
de aquella pirmide.

No soy tan entusiasta de Napoleon como otros muchos. Le admiro ms por
sus desafueros y sus vicios que por sus virtudes y sus glorias: si
viviera le apostrofaria vigorosamente en estas pginas. Estando muerto,
siendo historia, le acato. Bajo estas bovdas colosales, bajo esta
colosal inspiracion de un pueblo entusiasta, le venero. Su evocacion es
aqu una sombra que me conmueve, que me ilustra, que me moraliza, que
hace hervir mi alma bajo la inmensa idea del hombre. S, venero 
Napoleon bajo este arco, bajo este mausoleo de su ceniza histrica, como
no puede menos de venerarse la memoria de los Faraones tiranos en
presencia de las pirmides egipcias. S, le venero; y el que quiera
saber cun poderoso es el genio artstico embelleciendo la historia
social, un genio embelleciendo  otro genio, un siglo embelleciendo 
otro siglo, la humanidad embelleciendo al hombre: el que quiera saber de
qu modo una piedra halla el camino de nuestro corazon, que venga y
contemple este arco.

Eran ya las nueve cuando nos dirigiamos hcia la plaza de la Concordia,
con el objeto de seguir la calle de Rvoli hasta la casa de la Ciudad 
hotel de Ville.

Antes de penetrar en la calle, quisimos ver la perspectiva que
presentaban los campos Elseos iluminados, as como la plaza de la
Concordia.

Espectculo magnfico por cierto! Desde dentro del jardin de las
Tulleras, alcanzbamos  ver en dos filas simtricas los muchos faroles
de gas que alumbraban los campos Elseos, hasta el mismo arco de la
Estrella, presentndose  nuestros ojos aquellas dos filas como dos
columnas flotantes de fuego. A la izquierda, por entre los rboles,
asomaban furtivamente centenares y centenares de luces, unas formando
prticos y fachadas, otras sembradas por entre los rboles del paseo,
luces que iluminaban uno de los cafs cantantes de verano.  la derecha
se descubrian tres grupos brillantes, que eran otros tantos cafs de
canto, en cuyas fachadas habia juegos de gas que representaban varios
caprichos, entre otros, un guila con las alas abiertas y caidas, como
si remedara un lloron.

Excepto la entrada de los emigrados en la plaza del Vaticano, entre un
bullicio indefinible de pueblo y millares de hachas encendidas, as como
la iluminacion instantnea de la cpula de la gran Basilica en la noche
de San Pedro: exceptuadas estas dos ocasiones, repito, no he
experimentado nunca un sentimiento en que ms participara de esa especie
de xtasis con que adormece nuestro nimo la percepcion de lo
maravilloso.

A lo dicho debe juntarse que el trnsito continuo de coches con faroles
encendidos por la plaza de la Concordia, causando un desnivel constante
entre sus luces y las luces de los campos Elseos, de la plaza y de los
cafs, comunicaba  todo el grupo el aspecto extrao de una hoguera que
parece que pasa y que no acaba de pasar, mientras que al rumor de las
fuentes y de los coches, iba unida confusamente la voz de hombres y
mujeres que cantaban en los cafs vecinos.

Mi mujer estaba encantada. Tenia razon: aquello parecia un bosque
hechicero. Si todo fuera as!

Eran casi las diez, estbamos muy ljos de la calle de Feydeau, nos
encontrbamos muy cansados, yo tenia que escribir esta resea, y
determinamos dejar para otro da la visita de la calle de Rvoli, hasta
el palacio del ayuntamiento, y si el tiempo lo da, hasta la plaza de la
tan clebre _Bastilla_.

Estamos en casa  las diez y media, despues de siete horas de fiacre.

Mi mujer dice que nuestro gran viaje comenz al llegar  Paris. Tambien
tiene razon. Las mujeres tienen razon en muchas cosas.

Yo acabo esta revista cerca de la una, y as doy fin al dia tercero.




=Da cuarto=.

Artculo, recuerdos, pesares.


He empleado toda la maana en escribir un artculo para _La Amrica_,
porque es necesario no descuidar la bolsa, que sufre por aqu tantos
ataques rudos. Pero he notado que mientras que escribia, y mientras que
me paseaba por la habitacion, el recuerdo de las muestras y rtulos que
he visto ayer, me tiene casi completamente preocupado. Sin querer, sin
apercibirme, repito  mi mujer varios letreros que me acuden  la
memoria, y sin querer tambien aquel recuerdo me entristece. Esta
tristeza que experimento tiene una historia que seria muy larga de
contar; muy larga y muy penosa.

Cuntas ilusiones nos forjamos! Y qu caras nos cuestan algunas
ilusiones! Qu triste es  veces ver la realidad! Ay! Hubo un tiempo
en que estuve encantado, y ahora la realidad me desencanta. Hubo un
tiempo en que yo volvia los ojos  Paris, como quien espera un
milagro.... Qu inocencia!

_Al Pensamiento!_ Y me hallo que es una zapatera. Al bello
pensamiento! Y me doy de cara con una caja de confites. A la slfide! Y
me encuentro de manos  boca con un _grasiento restaurant_. A la gran
industria del siglo! Y es un salon de limpia-botas. Al dulce cfiro! Y
es un almacen de quincalla. A la estrella del Medioda! Y es quiz una
tienda de tapones de corcho. Al buen pastor! y es un almacen de
baratijas  una tienda de comestibles.

Esto no me divierte; al contrario, me repugna, me fastidia, casi me
sonroja; s, casi, casi me da vergenza. Creo que semejantes desatinos
son contra el respeto que debe merecernos la opinion pblica, contra el
decoro que todos debemos  la formalidad, contra la cortesia universal
que debe el hombre al buen sentido. Zapato galante! Cmo y en qu? De
qu modo puede un zapato tener galantera? Al pensamiento! Quin es un
fabricante de calzado para hablarnos del pensamiento? Qu pensamiento
puede encerrarse en su zapatera? Ni quin es tampoco un fabricante de
confites para hablarnos de pensamientos bellos? Qu sabe l lo que es
un pensamiento bello? Qu belleza de pensamiento puede esconderse en
sus confituras? Ni qu tiene que ver el cfiro con un almacen de
quincalla, ni el poner betun en las botas con la gran industria del
siglo, ni una slfide con una fonda, ni un almacen de tapones de corcho
con la estrella del Medioda, ni una tienda de comestibles, en donde se
vende aceite, vinagre y velas de sebo, con el buen pastor, con ese buen
Pastor que es una personificacion religiosa, un smbolo moral, una
especie de poder divino? Qu es esto? Dnde estamos?

Los espaoles sermos menos cultos; pero somos ms circunspectos, ms
srios, ms formales. Sermos africanos, sermos hotentotes, bien; pero
no podemos hacer un arte de la humorada de divertir al mundo con
chocarreras. Esta gravedad cmica y esta jovialidad trgica que tienen
los franceses para decir los mayores disparates con la esplendidez ms
pomposa, hasta con cierto engreimiento, hasta con cierta altanera, es
una cosa que me subleva y me amargura. Al ver tan pueriles frivolidades,
antes que vivir en Paris, preferiria vivir en una choza, enclavada en el
fondo de un bosque, aunque fuese un bosque de la selva Negra.

Ay! y quiz la Europa, tal vez el mundo, espera de este pueblo la
revolucion moral de un principio, la constitucion de un pensamiento, la
pauta y la frmula de un sistema! La Europa y el mundo esperan acaso de
esta ciudad una idea, una conducta, un cdigo!

Ay! Hubo un tiempo en que yo lo esperaba tambien. No habia estado en
Paris!

Si faltando la ayuda del pueblo francs, para esa revolucion
trascendental, lenta, difcil, concienzuda, prudente,  la vez
convencida y demostrada; si faltando la ayuda de Paris para esa
laboriosa transformacion, tuvieran todos los pueblos de la tierra que
cavar su sepulcro, pueblos de la tierra, pueblos del mundo, empezad 
cavar vuestra sepultura. Esa revolucion no saldr de aqu. Ignoro si
saldr de los hijos del Cucaso, de los agrestes y brbaros Kalmukos;
pero creo que no ha de salir de los franceses.

Paris es una vieja que se mira al espejo, se ve el rostro lleno de
arrugas y de lacras, y coge compotas, coge menjunges, coge untos, y se
adoba y se alisa la cara, como el albail alisa una pared.

Esta cultura es una tiniebla iluminada por un fuego ftuo; es una sombra
herida exteriormente por una luz que viene de abajo, que no viene de
arriba, que alumbra por fuera, que no alumbra por dentro. Esta cultura
es una civilizacion endeble, flaca, postiza, enferma, que quiere
engalanarse para que no se vea lo asqueroso de la enfermedad, como los
tsicos proyectan viajes y romeras cuando sienten en la garganta la
agona de la muerte. Esta cultura tan decantada, tan brillante, tan
coqueta; esta civilizacion tan adornada, tan entrometida, tan
jactanciosa, es una prpura que cubre una llaga; es la sonrisa con que
el cortesano oculta el cncer de sus envidias y de sus odios, la flor
desgraciada con que se corona la copa de un veneno. Esta cultura es una
civilizacion que vive  expensas de la verdad y del ser de las cosas; de
esa verdad que Dios ha puesto en todas partes; la verdad con que el humo
sube, con que baja la piedra, con que la luz alumbra, con que la lava
quema, con que la catarata corre, con que el huracan arrebata; esa
verdad que es el gran enigma, el gran principio, la gran ciencia, el
dogma sempiterno de la creacion. Esta cultura es una civilizacion que
triunfa a costa de la ciencia de Dios, y Dios no puede permitir que este
pueblo sea el pueblo de la humanidad. No! no puede ser el maestro del
mundo, un pueblo que llama gran industria del siglo  la operacion de
lustrar las botas, y cfiro  una tienda de quincalla, y estrella del
Norte  del Medioda  un almacen de tapones de corcho, y buen pastor 
un despacho de aceite y de vinagre, y slfide  un mesn, y pensamiento
 una zapatera, y bello pensamiento  unos confites.

Blondas exquisitas, exquisitos bordados, jabones trasparentes, pomadas
perfumosas, untos embrujados para que nazca el pelo, muecos
graciossimos, preciosos juguetes, cuqueras envidiables; eso, s: una
revolucion moral, lenta, constante, trabajosa, concienzuda; un trabajo
profundo y difcil; una creacion lgica, extensa, trascendental; una
cosa grave, formal, seria, eso, no.

Cunto ms ha de hacer mi pobre Espaa, esa Espaa que los franceses
llaman salvaje; que los franceses han comparado  la Morera! Cunto
ms ha de hacer en favor de la humanidad! Cunto ms ha de hacer para
que se cumplan en el mundo los ocultos designios de la Providencia! El
tiempo lo dir.

Yo esper de Paris el mejoramiento poltico y social! Me arrepiento,
seor! Ni el social, ni el poltico, ni el filosfico, ni el cientfico,
ni el religioso, ni el artstico, ni el literario, ni el industrial, ni
el comercial, ninguno, ninguno verdaderamente formulado, ninguno en la
alta escala de la ciencia, del derecho y de la moral.

Encantarnos, entusiasmarnos, aturdimos, s. Hacernos buenos y felices,
no.

    Hay un calderero, madre,
    Que alarma  la vecindad,
    Y toda la gente acude
    A los porrazos que da.

Este antiguo cantar espaol viene de molde, en cierto modo,  las cosas
de este fabuloso Paris. Es un gran caldero que aturde al mundo, y el
mundo atribulado acude  los golpes.

[Ilustracin: Arco del Triunfo.]

[Ilustracin: La Magdalena.]




=Dia quinto=.

La Magdalena.


A las siete y media de la tarde tuvimos que pedir auxilio al fiacre, y
nos dirigimos  la Magdalena. Hermoso edificio! Fbrica suntuosa! Al
contemplar aquel enorme grupo, me parece que no estoy en Paris. Creo que
me han hecho viajar estando dormido, y que despierto en Grecia. La
Magdalena es un fastuoso palacio griego, no un templo cristiano. Un
templo es la casa de Dios, destinado  despertar en nuestro espritu la
emocion religiosa. Donde no hallo la emocion religiosa, no hallo el
templo, y la Magdalena, ese precioso y esplndido alczar, no despierta
en mi alma aquella emocion casi divina. Contemplndolo, siento el
entusiasmo de la admiracion, no la veneracion de la fe: creo ver
esttuas de hroes, no efigies de santos: me acuerdo de Alejandro, de
Csar, de Annbal; no me acuerdo de Dios: me ecuerdo de Chipre y de
Vnus; no me acuerdo del monte Calvario, ni del Redentor, ni de la
Vrgen, ni de la Magdalena: me acuerdo de la gloria; no me acuerdo de la
Pasion.

La Magdalena es un _magnfico anacronismo_, un palacio asombroso y una
mala baslica; un gran alczar y una mala iglesia; un gran templo gentil
y un mal templo cristiano.

Le estoy viendo delante de m, le estoy contemplando durante cuatro 
cinco minutos, quiero concentrarme, quiero abstraerme, quiero venerar,
quiero que la idea de un ente supremo deje caer sobre mi alma una sombra
inmensa; no puedo conseguirlo. Las musas me llaman, la fbula griega me
distrae, los bosques de la isla de Calipso me hablan de amor; veo
flores, mujeres, altares profanos; huelo perfumes embriagadores; diviso
florestas, cuyas sombras parecen ocultar misterios lascivos; oigo  lo
ljos un ruido que me intranquiliza, que me seduce; pero que me seduce
como nos seduce una maga  una circe. Cedemos al placer, pero cedemos
suspirando: nuestros sentidos estn alegres; nuestro corazon est
triste. En una palabra, mirando ese rico palacio ateniense, lo veo todo,
menos la lgrima de la Magdalena, aquella lgrima escondida y humilde,
fervorosa y santa; aquella lgrima que es una poesa ms sublime que la
ms sublime poesa de todos los poetas del mundo; la poesa del
Calvario.

Cmo la piedra nos ensea tambien! Qu historia ms grande es la
arquitectura! El libro puede escribirse de dos modos, en papel y en
mrmol. La imprenta existi siempre: antes se llam Fidias; luego se
llam Guttemberg.

Estudiando ese alczar que me llena de admiracion, se comprende la
infinita superioridad del Cristianismo sobre todas las religiones del
Asia, de la Grecia antigua y de la antigua Roma, no slo en materia de
dogma, de ciencia, de poltica y de moral, sino hasta en materia de
arte. Chateaubriand decia muy bien: el mismo bronce, la ruda campana,
nos inspira cierta melancola dulce y religiosa, cierto xtasis
indefinible, cuando es intrprete de los sentimientos cristianos.

La poesa cristiana no nos ofusca, no nos arrebata; nos llama, nos
atrae, nos acaricia: no nos seduce; nos persuade; no nos alucina, nos
duerme.

La poesa cristiana, el arte cristiano, no es brillante, deslumbrador:
es grave, severo, recatado. Es una figura que se cubre  medias con un
velo. La parte que vemos, hace que nos enamoremos de ella, y la amamos.
La parte que no logramos ver, nos hace adivinar un prodigio, y la
adoramos.

El paganismo no hacia ms que amar, porque no veia ms que formas. El
Cristianismo ama y adora al mismo tiempo, porque al mismo tiempo ve
cuerpo y alma, formas y prodigios, tierra y cielo, humanidad y Dios.

El arte gentil habla  los sentidos, al corazon y  la fantasa.

El arte cristiano habla al sentimiento,  la conciencia y  la fe.

El arte gentil conoci la poesa del placer.

El arte cristiano conoce y siente la poesa del dolor.

El arte pagano tenia mujeres.

El arte cristiano tiene Maras y Magdalenas.

Bajo el arte asitiaco y griego, cerramos los ojos y vemos bacanales.

Bajo el arte del Cristianismo, cerramos los ojos y vemos vrgenes.

La gentilidad nos abate; el Cristianismo nos enaltece. Segun la feliz
expresion de Pascal, el paganismo _nos trae_, el Cristianismo _nos
lleva_. El uno viene, el otro va.

Pues volviendo al edificio que tengo delante, nos alucina; no nos llama;
pertenece al arte gentil, no al arte cristiano; es una especie de
idolatra; no un culto; no una adoracion; tendr que decirlo otra vez:
es un _brillante anacronismo_. El culto divino no hubiera perdido casi
nada, si se hubiera llevado  cabo el pensamiento de Napoleon, que
queria convertirlo en templo de la gloria. Como templo de la gloria,
admirable; como templo cristiano, no habla  mi inteligencia y  mi fe,
por ms que me haga latir el corazon.

Ah, en donde ahora se levanta ese precioso monumento tico, no
existian, hace siete siglos, ms que prados, pastores y ovejas, Quin
lo habia de decir entonces!

El edificio que contemplo sucedi  una iglesia, edificada el siglo XV
por Crlos VIII, en la cual este prncipe estableci la cofrada de la
Magdalena, de donde trae orgen el nombre actual de ese monumento. Y la
iglesia de Crlos VIII, sucedi  una granja y capilla que en el siglo
XII construy un obispo de Paris, en donde los cristianos de aquel
tiempo orarian indudablemente con ms fervor, que los cristianos del
siglo XIX oran en ese rgio alczar. En torno  la capilla y  la granja
de aquel prelado, se fu formando un barrio populoso, conocido en la
historia con el nombre de _ciudad del Obispo, ville-l'Evque_.

Mucho despues, la ciudad del Obispo entr  formar parte de Paris, y
habindose verificado la apertura de la calle Real, determinaron
construir el actual templo de la Magdalena, enfrente del palacio de
Borbon y de la plaza de Luis XV. Este monarca principi la obra, la
cual, atravesando la Revolucion, el Imperio y la Restauracion, lleg 
Luis Felipe, que la puso la ltima piedra.

Nos aproximamos un poco. La entrada es verdaderamente rgia, gallarda,
arrogante. El gran prtico del Medioda, que es el que vemos, est
coronado por hermosos frontones triangulares, y adornado de un bajo
relieve de 35  40 metros de anchura, sobre 7  8 de altura, en el cual
se ve  Santa Magdalena echada  los pis del Salvador, teniendo  su
derecha la fe, la esperanza y la caridad, y  su izquierda, casi
revueltos y confundidos, los siete pecados capitales. As al lado
derecho como al izquierdo, divisamos otras figuras. Las de la derecha
deben ser bienaventurados, que guardan las tres virtudes teologales, y
las de la izquierda parecen ser figuras de rprobos, imgen de los siete
pecados.

Nos acercamos ms. La enorme puerta principal, toda de bronce, es un
trabajo de mrito notable; una obra maestra. All se ven, simblica y
admirablemente explicados los diez mandamientos de la ley escrita, por
medio de figuras del antiguo Testamento. Aquella grande historia,
escrita en bronce, me ha llenado de asombro, no tanto por su hbil
ejecucion, como por su vasta y feliz inteligencia.

Entramos en el templo, y nos hallamos en un espacioso trio  vestbulo,
formado por una arcada de 25  30 metros de altura, sobre 14  15 de
latitud, en donde estn las dos capillas del bautismo y del matrimonio.
La primera tiene un grupo de mrmol que representa el bautismo de
Jesucristo; y la segunda, otro grupo que representa las bodas de la
Vrgen con San Jos. Las pilas del agua bendita, obra del maestro
Antonin Moyne, son una verdadera preciosidad  los ojos del arte.

Nos volvimos para dirigir una mirada hcia el fondo del templo, y
nuestros ojos aturdidos se perdieron en una sola nave, alta, anchurosa,
iluminada, inmensa, llena de valenta, de fuerza y majestad. No es una
majestad ingnua, bblica, inocente; no es esa majestad sencilla y
candorosa que saca su encanto del espritu; no es una majestad
cristiana; es una majestad poderosa, esplendente, fantstica, agorera;
una majestad que saca su encanto de la forma; una majestad del arte
pagano; pero indudablemente estas formas tienen algo imponente,
majestuoso y grande.

Aquellas bvedas silenciosas, quietas y como amontonadas sobre s
mismas, aquella techumbre formidable que parece estar suspendida por el
genio del hombre, no nos trae esperanzas del cielo, no nos trae palabras
y consuelos de otra vida mejor, pero nos da una grande idea de la
tierra. Aqu todo respira grandeza, atrevimiento, orgullo. S, orgullo,
porque creaciones tan fastuosas como esta, nos inspiran el sentimiento
de la emulacion, casi de la envidia. Cuntos hombres no escalaran la
tierra, si pudiesen, para hallar luego un trono en este palacio! Aqu
pensamos en el sitio de Troya, en Aquiles y Ulises, en Hector y Eneas;
aqu no pensamos en Providencia, ni los ngeles, ni en bienaventuranza.
Por este camino vamos  Chipre, no  Jerusalen. Con cunto talento
queria Napoleon convertir esta iglesia en templo de la Gloria!

Nos dirigimos al altar mayor, y este gran monumento me confirm ms en
mi juicio. El grupo principal, la exaltacion de la Magdalena, esculpido
con la esplendidez y la frescura que el genio audaz de Marochetti sabe
dar  sus obras, representa  nuestro Seor,  la Santa,  los Apstoles
y  los Evangelistas, y alrededor de este grupo cristiano, en torno 
este hogar religioso, rodeando esta familia bendita, vemos el arte
griego, la poesa mitolgica, que nos ofrece una infinidad de
personajes, desde el bautismo del rey Clovis, hasta el Concordato de
1802. Constantino, Clovis, Santa Genoveva, Carlomagno, Godofredo, Juana
de Arco, reyes, hroes, Napoleon, el cardenal Gonsalvi; razas distintas,
gustos diversos, diversos caractres, civilizaciones contrarias: todo
est revuelto y mezclado aqu, como se mezclan en un nicho las cenizas
de varios difuntos. Eso no es una exaltacion de la Santa; eso es una
galera de historia: eso no es un cuadro religioso; es una pintura
social: eso no es un altar del Cristianismo; es el trofeo de una nacion.
Aqu reina la Francia, no el Redentor del mundo; reina el artista, no el
sacerdote; reina el hombre, no reina Dios. No comprendo cmo la gente
reza aqu. Yo no podria rezar. Frescos brillantes de Ziegler, suelos
magnficos de mrmol, cielos rasos preciosamente cincelados bajo la
direccion de Derre; todo llama y provoca la materia; todo incita
nuestros sentidos; todo es contra la poesa del templo, porque todo es
contra la poesa del alma; sobre todo, contra la poesa austera y
sublime de la Cruz. Si Santa Magdalena se levantara de la tumba, es bien
seguro que se persignaria escandalizada de que la adorasen aqu; es bien
seguro de que miraria en este templo, lo que un aleman miraba en la
Baslica de San Pedro de Roma: UNA DELICIOSA TENTACIN.

Salimos de la Magdalena entre alegres y tristes, y  los veinte 
veinticinco pasos nos volvimos, como para dominar el conjunto de aquel
alczar esplendoroso. Su vista es agradable, armoniosa, potica, casi
imponente. Mirado por fuera el edificio, tiene algo solemne, porque lo
grande tiene tambien su solemnidad. Su plano forma un rectngulo de 70 
80 metros de longitud, sobre 20  25 de latitud, mientras que alrededor,
sobre un basamento de 50  ms metros, corre un perstilo  galera de
cincuenta y dos columnas gigantescas entre las cuales se ven muchas
esttuas, con el nombre del santo y el del escultor. Esto confirma ms y
ms mi anterior idea. Si ese templo no es una exposicion de bellas
artes,  qu viene el nombre del artista? Si es un lugar de veneracion,
 quin tenemos que venerar sino al santo? El escultor pone tambien su
nombre; es decir, pide su parte de devocion, de culto; reclama tambien
su parte de limosna  la fe del creyente. El escultor quiere reinar al
lado del hroe de la Iglesia. Esas esttuas representan dos santidades:
el santo y el artfice.

El lector debe ser un tanto indulgente conmigo, porque escribo sin
preparacion, y sin corregir una palabra de lo que trasmito al papel. Veo
una cosa, y sin ms antecedentes que verla, digo buenamente lo que se
me ocurre,  lo que siento. Esto tiene el inconveniente del descuido que
debe notarse en la obra, pero tiene, en cambio, la ventaja de la
ingenuidad ms estricta y de la ms perfecta exactitud.

De vuelta al hotel, nos encontramos en la puerta  la seora, que nos
pregunt, con una sonrisa muy amable, si veniamos de visitar algun
monumento. S, seora, la contest. Venimos de la Magdalena.

--_Que vous semble-t-il? Qu le parece  usted?_ pregunt la seora,
avivando un tanto los ojos, y marcando mucho las palabras, con cierta
expresion orgullosa.

--Me parece, seora, la contest, que aquello es un lugar de triunfo y
de alegra, no de sacrificio, de meditacion y de recogimiento. Es una
Vnus, no una Magdalena; un festin, no una lgrima. Si ese monumento no
fuese tan magnfico, seria menos palacio; pero seria ms iglesia.

Diciendo y haciendo, cog la escalera, y la seora se qued mirndome,
como una persona que piensa y que no acaba de comprender su propio
pensamiento.




=Da sexto=.

Calle de Rvoli, casa de la Ciudad, columna de Julio, arco del Triunfo,
campos Elseos.--Se vive aqu mejor que en otros puntos?


Luego que se empezaron  encender los faroles en la ciudad, nos
dirigimos  la calle de Rvoli.

Figrese el lector la situacion siguiente: puesto en la plaza de la
Concordia, frente  la Magdalena, se ven dos palacios: uno es el
ministerio de Marina y de las Colonias: el otro corresponde  diferentes
particulares, los cuales le dieron la forma de palacio para que formara
un grupo simtrico con el de Marina.

Demos ahora la izquierda  la Magdalena, y hallarmos que entre el
ministerio de Marina y el jardin de las Tulleras, palacio del mismo
nombre y el Louvre, media un espacio de 30  35 pasos, que se extiende
hasta la plaza de la Bastilla, en una extension de media legua poco ms
 menos.

H aqu, pues, el panorama: hcia la derecha (en primer trmino) jardin,
palacio de las Tulleras, unido al palacio del Louvre: hcia la
izquierda, una hilera simtrica de casas de tres y cuatro pisos, aunque
todas con la misma altura, formando arcadas bastante espesas, hasta la
verja en que el Louvre concluye.

En segundo trmino, hileras de casas  derecha  izquierda, simtricas
en la forma, no en la direccion; despues un torreon colosal con jardin;
luego la casa de la Ciudad con plaza extensa; por ltimo, nuevas casas
hasta la calle de San Antonio, la cual se prolonga hasta la plaza de la
Bastilla.

Esto es lo que se llama calle de Rvoli. Tiene de 300  400 edificios,
de 300  400 arcos, de cada uno de los cuales pende  la misma altura un
farol de gas: est surcada por 76 calles, entre las que cuento la plaza
Real, con el palacio Real enfrente, y el bulevar de Sebastopol.

Si  esto se aade que casi todos los pisos bajos son establecimientos
de lujo, iluminados con profusion, as como las 76 travesas, no ser
difcil representarse el panorama que ofrecer de noche la calle de
Rvoli.

An despues de ver los campos Elseos y la plaza de la Concordia, la
hermosa galera de Rvoli no puede menos de ofrecer un espectculo
notable, algo penoso, si se quiere, porque nos agobia con la impresion
que causa en nuestro nimo toda obra grandiosa.

As que salimos  la plaza de la Concordia, divisamos, entre el juego de
muchas luces particulares, un surco contnuo de fuego, tirado  cordel;
 medida que el coche avanzaba, veiamos escaparse, como apariciones
fugitivas, la rica y espaciosa calle de Castiglioni, divisando como un
relmpago la enorme columna de Vendome; la plaza y la fachada del
palacio Real, iluminadas perfectamente, el anchuroso bulevar de
Sebastopol, con sus dos hileras de faroles que se van juntando  medida
que la mirada se prolonga, hasta que se pierden en un montecillo de
luces trmulas,  una distancia que parece de ocho  diez millas; el
gigantesco torreon negro, con su jardin alrededor, como una azucena
sembrada al pi de una roca deforme; el palacio de la Ciudad y su plaza,
alumbrada por grandes faroles, la caserna de Napoleon, hasta llegar  la
Bastilla, plaza extensa, menos brillante que la de Vendome  la de las
Victorias; pero no menos interesante como teatro histrico. Aqu la
escena cambia de aspecto; de un crculo de luz y de bullicio, pasamos 
un crculo de meditacion y de melanclica poesa. Hay luces que vienen 
reflejarse en nuestros ojos: hay luces tambien que vienen  reflejarse
en nuestra alma. En este sentido, la Bastilla est ms alumbrada que los
almacenes del Rvoli.

En medio de la plaza distinguimos una gran columna que remata en un
globo, sobre el cual asienta sus pis una figura. De cuando en cuando,
un reflejo salia de la columna y nos heria confusamente, parecindonos
descubrir como letras doradas. As era, en efecto, segun nos informaron
varios transeuntes. Aquellas letras perpetan el nombre de las personas
que sufrieren el cautiverio de la Bastilla, de la alta prision de
Estado, de aquella Inquisicion de la edad media, de aquel Glgota
religioso y poltico.

Mis lectores saben que todos los pueblos han tenido _plaza de la Greve_,
su horca y su verdugo, su argolla de hierro: la castracion en casi toda
el Asia primitiva; la concha del ostracismo en Grecia; el monte Taygeto
en Esparta; el monte Calvario en Judea; la roca Tarpeya en la Italia
antigua; el Santo Oficio en la Italia moderna; la _Bastilla_ en Paris.

El azote del mandarin chino ha viajado mucho por la tierra; puso los
pis en Francia, y se llam Bastilla en el siglo XIII, as como antes se
habria llamado de otra manera, porque es claro que las edades
anteriores, todas las edades humanas tuvieron tambien su _Bastilla_.
Pero otra edad humana vino, la Bastilla desapareci, cay bajo los
golpes de la piqueta revolucionaria, y sobre sus escombros se levant
grande y valerosa la columna de Julio. Al monumento del siglo XIII
sucedi el monumento del siglo XVIII: el Capitolio se levant sobre la
roca ensangrentada del monte Tarpeya. La figura que remata ese
monumento, es el genio de la Libertad.

Ah, donde ahora se eleva esa columna como una plegaria se eleva al
cielo, estuvieron las jaulas de hierro, construidas en forma de embudo,
para que el prisionero no pudiera permanecer sino encorvado. Cosa
singular!  un hombre le pesa emplear dos varas de bronce con el fin de
que su cautivo pudiera respirar de pi derecho, cuando la Providencia
habia creado para aquel cautivo toda esa inmensidad que flota entre la
Bastilla y las estrellas.

All furon vctimas de la tenebrosa poltica de Luis XI, Guillermo de
Llarancourt, obispo de Verdun, Jaime de Armagnac, duque de Nemours y el
conde de Saint-Pol.

All fu tambien decapitado Crlos de Contant, convencido de traicion
hcia la Francia.

All fu del mismo modo condenado  muerte el conde de Lallytollendal,
cuya inocencia se reconoci cuando era ya tarde. All, en ese Santo
Oficio poltico de la edad media, gimieron sucesivamente Basompierre, el
gran Cond, el famoso Fonqut, su amigo y secretario Palisson, el docto
Sacy, el duque de Laurum, marido de la nieta de Enrique IV, el mariscal
de Richelieu, el tristemente clebre marqus de Sade, el cardenal Rohan,
el caballero Mazers de Latude, Bruno de la Condamine, y ltimamente, un
hombre que hizo mucho ruido en el mundo, la gloria y el escndalo, la
fbula y la admiracion de su siglo; un hombre filsofo, telogo,
estadista, gegrafo, erudito, matemtico, novelista, fillogo, poeta; un
mnstruo de talento y de audacia; el hombre del talento ms vario y ms
indefinible que ha puesto los pis sobre la tierra; ah estuvo Voltaire.
Escribi una stira contra el regente, y lo encerraron en la Bastilla.
Pero me olvidaba de que esa Bastilla cuenta en sus anales un personaje
ms famoso an que el mismo Voltaire, para las tradiciones de aquel
edificio. Este personaje es el _hombre de la mscara de hierro_,
llamado y conocido as, acerca del cual no pudo la historia averiguar
nada, mientras que la poesa popular se content con divertir al vulgo,
inventando cuentos y consejas. El _hombre de la mscara de hierro_ es un
arcano aadido  los tantos misterios de que fu teatro aquel monumento
misterioso.

Cun majestuosa se alza ante m esa piedra monumental, encarnacion ayer
de las antiguas castas, encarnacion ms tarde de la poltica y del arte
modernos!

Aquella piedra se representa en mi fantasa como el gigante desterrado
de un siglo,  quien otro siglo da razon en una hora de verdad y de
entusiasmo.

Quin habia de decir  Felipe Augusto y  Luis XI que las ruinas de
aquel Santo Oficio habian de servir para la construccion del _puente
nuevo_, el ms popular, el ms _liberalizado_ de Paris! Cuntos senos
ocultos tiene la historia de la humanidad!

Nos volvimos  nuestro _fiacre_, y nos vimos de nuevo entrar en la calle
de Rvoli, deshaciendo el camino andado. Al llegar al hotel de Ville,
nos apeamos y corrimos la vista por la fachada de aquel importante
edificio, colocado enfrente de la puerta principal.

El nuevo sitio en que nos encontramos guarda tambien su poesa ttrica,
terrible; instructiva y moralizadora como el monumento de Felipe Augusto
y de Luis XI, porque no hay poesa intil, sobre todo cuando es
terrible. El sitio en que nos encontramos fu la _Bastilla de otra
edad_; menos lgica, en cambio ms cruel.

Sobre el mismo suelo en que ahora tenemos los pis, furon arrastrados y
descuartizados _Ravaillac_, _Cartouche _y _Damiens_; sus miembros
palpitantes ensangrentaron este suelo que ahora pisan sus nietos con
indiferencia. Aqu tambien rodaron las cabezas de dos mujeres, dos
mujeres funestamente clebres, dos envenenadoras: _la Boisin_ y _la
Brinvilliers_.

Seguimos la calle de Rvoli, subimos por la Magdalena y nos hallamos en
el bulevar de este nombre, divisando  poco los bulevares de las
Capuchinas, Italianos, Montmartre, Poisonnire y una parte del de San
Martin. Esta nueva vista no es tan simtrica y artificial como la de
Rvoli; pero es ms extensa, ms graciosa y ms alegre, de ms efecto.
Aqu hay ms expansion, ms capricho, ms fantasa: es decir, hay ms
creacion individual.

El Rvoli es una galera del Estado.

Los bulevares son inmensas galeras del pueblo.

Millares y millares de variados tubos y reverberos iluminan las tiendas,
los cafs, los hoteles, los casinos: otros tantos millares y millares de
luces se reflejan en los espejos interiores, que tienen casi todos los
establecimientos pblicos, produciendo una especie de _vision mgica_;
mientras que los faroles de los centenares de carruajes que van y vienen
en un oleaje contnuo, convierten aquellos espaciosos bulevares en una
atmsfera oscilante de luz.

Difcil ser hallar en el mundo una ciudad ms alumbrada que Paris. Hay
muchos establecimientos que emplean centenares de luces, y tratndose de
los _cafs-conciertos_, es tarea no muy fcil el contarlas. Pero de todo
eso que se ve, de ese foco brillante que por todas partes aparece, que
por todas partes se filtra, que ms de una vez se descubre  lo ljos,
debe rebajarse una mitad. La mitad es debida al juego teatral de los
espejos interiores; debida  la mgia parisiense.

Aqu todo tiende  ser mgico; hasta la bota con que pisamos el lodo
inmundo: la misma bota, el mismo zapato, la humildad aplicada al vestido
del pi, lleva aqu detrs su cortejo, su galantera; _au soulier
galant_. Por eso Paris, sin dejar de ser una ciudad importantsima, es
una ciudad aparente; artsticamente mentirosa, artsticamente exagerada,
exageradamente culta.

Llegamos al hotel cerca de las diez, y mi mujer y yo digimos: Paris es
un mnstruo muy bello, sobre todo muy iluminado: su morada seria
deliciosa sin coches: con coches, viene  ser un infierno vivo.

Suponiendo que la poblacion avecindada y la flotante suba  millon y
medio de almas, que ciertamente no bajar, creo que  cada quince
personas podria tocar un carruaje: creo que en Paris no hay menos de
cien mil carruajes de todas matrculas y cataduras. Hablando solamente
de los coches pblicos, puedo asegurar que he llegado  ver hasta el
nmero once mil y tantos.

Feliz yo si hubiera tantas perdices como las de mi plazuela de
Herradores, tantos pucheros como mi olla de Madrid, tantas botellas como
las de mi clsico manchego!

Voy  terminar este dia con una pregunta: se vive aqu mejor que en
otras partes?

Estos grandes centros no son otra cosa que hornos de fundicion social,
donde se depuran las creaciones que hacen falta al mundo: no son centros
de dicha; son talleres de necesidad. Estas ciudades hacen lo que la
mujer cuando nos inspira fuertes pasiones: pasiones que sirven para
purgar con fuego la escoria que llevamos en el corazon.

No envidieis esto, hombres sencillos, que pasais la vida girando en
torno de vuestra aldea, como da vueltas la paloma alrededor de su nido:
el espritu humano es como el ambiente: siempre se nivela. Dios no ha
puesto los goces supremos de la vida en los resplandores de un vidrio,
ni en el espacio de una calle, ni en la hermosura de una plaza, de un
paseo  de un arco triunfal. El hombre tiene su monumento en donde tiene
su inteligencia, sus creaciones, su familia; donde tiene la patria que
le ha dado quien di astros al cielo. Qu cristal ms brillante que el
sol? Qu mejor prisma que una estrella? Qu fbrica ms espaciosa que
vuestros campos? Qu arco triunfal ms suntuoso y ms magnfico que el
firmamento?

En todas partes est el hombre: en todas partes respira Dios. Qu Paris
tan grande como Dios y el hombre?

No, no envidieis esto. Yo lo trocaria por vuestros bosques silenciosos,
sino tuviese marcada mi tarea de pequeo obrero en estos grandes hornos
de fundicion.

En resmen, el hombre tiene aqu placeres de opinion y de fantasa que
vosotros no conoceis; como teneis vosotros goces de calma y de
naturaleza que no se conocen aqu. El hombre se aproxima incautamente
al horno y se quema; como en la aldea se aproxima imprudentemente al
arroyo y se ahoga.

Solo de un modo podriais ser ms desgraciados que los habitantes de esta
Babilonia, que me aturde: tenindoles envidia.




=Dia stimo=.

Casa de Ciudad, arco del Triunfo, Obelisco.


Mis queridos lectores, ayer os he hablado de las Casas Consistoriales y
del arco del Triunfo, y os debo algunas palabras sobre ambos monumentos,
representantes de clebres y poderosas tradiciones polticas de este
pas. El palacio de la Ciudad es el representante de las tradiciones del
Municipio; el arco de la Estrella es el representante capital de las
tradiciones del Imperio; un gran trofeo representando una grande
historia; un coloso representado por otro coloso.

A las cinco comimos en el restaurant del pasaje de los Panoramas;
volvimos  casa  las cinco y media, dejo  mis compaera en el hotel,
entretenida en escribir  sus amigas de Madrid y Valencia, salgo  la
calle, vuelo  la plaza de la Bolsa, tomo un coche, y  las seis menos
diez minutos me tiene situado delante de la casa de la Villa.

Apartemos ahora los ojos de ese edificio; volvamos con el pensamiento al
siglo XIV, dejndonos atrs quinientos aos, y en el lugar en donde
ahora se levanta ese alczar grandioso, hallarmos una pobre casa,
llamada _la casa de la Greve_,  _la casa de los Pilares_, aludiendo 
los pontones de madera que sostenian su mezquina fachada,  bien la casa
de _los Delfines_ (de los Prncipes), aludiendo sin duda  que aquel
edificio habia pertenecido  los prncipes de Viennois.

[Ilustracin: Casas Consistoriales.]

[Ilustracin: Plaza de la Concordia.]

Dejemos ahora la humilde casa de los Pilares  de la Greve, costeemos
los bordes solitarios del Sena, y encontrarmos, casi fundada sobre las
corrientes del rio, una morada ms humilde an. Esa morada oscura, ese
castillo viejo y ruinoso, eso que parece ms bien la barraca de unos
pescadores, es el local de la Municipalidad de Paris: _el locutorio de
los paisanos  del pueblo, le parloir aux bourgeois_. La Municipalidad
quiso entonces mejorar de vivienda, y resolvi comprar la casa de la
Greve. En efecto, un preboste  corregidor de los mercaderes, el famoso
Estban Marcel,  quien dedicarmos una pgina en la resea histrica de
Paris, compr la casa de los Pilares por la cantidad de 2.880 libras, en
7 de Julio de 1357, y  ella se traslad el Ayuntamiento, ocupando el
trono el rey Juan. Pasan doscientos aos, la pobre casa de los Pilares
no puede con el peso de los infinitos y memorables acontecimientos de
que fu teatro durante dos siglos; aquella pobre casa amenaza ruina en
el reinado de Francisco I, y el Cabildo de Paris, que habia dejado la
barraca del Sena para ocupar la casa de los Delfines, concibe ahora el
pensamiento de derribar la antigua casa de los Delfines, para levantar
un palacio que corresponda  la importancia de la corporacion y de la
ciudad. Lleg el 15 de Julio de 1533, y Pedro Viole, preboste de los
mercaderes, seguido de los sndicos y regidores de la ciudad, puso
solemnemente la primera piedra del futuro palacio, entre el clamoreo de
las campanas de San Juan y de Santiago de la Giferia. El edificio se
termin en 1836; bajo Luis Felipe, que deberia llamarse en la historia
_el rey completador_.

La vista de este alczar deja en nuestro nimo una impresion particular,
en que influye, menos indudablemente el gnero de su arquitectura, que
el carcter de su historia, el gusto, por decirlo as, de sus recuerdos,
la arquitectura de su pasado, esa arquitectura que est ms all de la
piedra que vemos.

No es un edificio del renacimiento, ni del feudalismo, y sin embargo,
nos parece que tiene algo del feudalismo y del renacimiento; algo del
siglo X y del siglo XIV. Tiene lo que debe tener un palacio; no tiene
nada de lo que tiene una abada  un convento, y sin embargo, menos que
la idea de palacio me suministra la idea de una abada, con su prtico,
sus columnas, sus ventanas, sus torreones y las esbeltas y atrevidas
agujas de sus para-rayos, que parecen ser veletas de un templo. Sin
dejar de tener la gravedad de la magnitud, el aire esplndido de la
grandeza, la magnificencia liberal de la pompa, encontramos en ese
alczar algo festivo, algo risueo, algo popular. Es un noble, un
magnate, un monarca, que sin dejar de ser monarca, magnate  noble,
tiene algo del antiguo preboste de los mercaderes. Sin dejar de ser un
palacio grandioso, un monumento colosal, tiene algo de la humilde casa
de los Pilares, algo de la pobre barraca del Sena, del primitivo
_locutorio_; algo de aquello que pas para la arquitectura, que no ha
pasado, que no pasar nunca para el espritu del hombre; sobre todo,
para el espritu de los pueblos. Hay algo popular que arranca de ah,
que de ah se desprende y viene  buscar al espectador.

El palacio del Ayuntamiento forma un extenssimo paralelgramo,
flanqueado por dos pabellones intermedios y cuatro pabellones en los
ngulos.

Encima de la entrada principal, que da  la plaza, se ve un
bajo-relieve, ejecutado en bronce, el cual representa  Enrique IV
montado  caballo. El patio est circuido de graciosos prticos, y
exornado por una esttua de Luis XIV, obra de Coysevox, reliquia
preciosa para el arte, que la aprecia ms que las numerosas esttuas de
los hijos clebres de Paris, que decoran el frontis de este opulento
alczar.

En la fachada del Norte, que cae al Sena, se ven doce esttuas
alegricas, y al pi, verde, humilde y gracioso, un jardincito limitado
por una verja, la cual lo separa del borde del rio. No es una
perspectiva arrebatadora; pero es ingnua, cndida, inocente como los
recuerdos de la niez. Al ver esos hierros, esa verdura y las aguas del
Sena, parece que vemos al Paris feudal, y nos acordamos naturalmente de
Abelardo y Eloisa.

Tal es el edificio por fuera; visto por dentro, no es un edificio, sino
un mundo fascinador. Son notabilsimas la sala de los Arcades, el salon
del Emperador, el de la Paz, el de las Cariatides, el del Zodiaco, la
galera de piedra, la de las fiestas, adornada con una profusion que
excede  todo exagerado encarecimiento, y el salon de las artes. Pero
ms que todos esos fastuosos salones, ms que todas esas ricas
exposiciones de la entusiasta imaginacion de un pueblo brillante y
fantstico, ms que todos esos fatigosos alardes de lujo y de riqueza,
hieren y cautivan nuestra atencion tres salas extenssimas, casi
desnudas, silenciosas, solemnes: la sala del trono, con sus doce enormes
araas, destinada primitivamente  las recepciones,  los banquetes y
festines, y las dos salas de los _Prebostes_, de esos magistrados del
pueblo, de esos reyes de la ciudad, de esos alcaldes absolutos que eran
los amos de Paris, como los padres de la edad media eran los amos de su
familia, como los seores feudales eran los amos de su feudo y de su
castillo. El preboste era el guardian de aquel convento; era el abad de
aquella abada.

La sala del trono, con cierto aire de grave y reposada aristocracia, con
la elocuencia imponente, venerable y austera de la antigedad, con la
fantasa lgubre y poderosa del pasado: y las dos salas de los
prebostes, con cierto aire de cordialidad y de franqueza, de barbarie
agreste y de recta justicia, con esa mistura de desenfado y de
miramiento que veneramos en los antiguos, el desenfado del hombre rudo,
y el miramiento religioso del hombre de bien; esas tres salas, que
pudieran llamarse _de los cristianos viejos_, nos atraen magnticamente
con dos emociones distintas: la emocion de la historia, y la emocion de
la poesa; esa poesa que va unida al orgen de todas las cosas, porque
la infancia, la niez, es naturalmente potica; la poesa que tiene la
cuna, en donde la madre cria  sus hijos. Aqu pensamos y sentimos;
todas esas figuras caen  un mismo tiempo sobre nuestra cabeza y nuestro
corazon.

La casa de la Villa como agradecida  sus buenos padres, como si no
quisiera divorciarse de la pobre casa de la Greve, y de la hmeda
barraca del Sena, como la familia que pone en la sala principal de su
casa el retrato de sus mayores, como el hijo que guarda la cuna en que
su madre le cri; la casa de la noble villa de Paris (la gratitud y la
lealtad son dos virtudes nobilsimas) nos presenta en estos dos inmensos
salones, en estas dos inmensas galeras histricas, los bustos de varios
prebostes del pueblo, desde Evreux, que _capitane_ el cabildo de Paris
en 1205, hasta Tradaine, que rein, por decirlo as, en 1705.

Esta reverencia hcia el pasado, este saludo  nuestros mayores, este
gusto de historia y este sentimiento de poesa, son cosas que me
encantan en todas partes; en Paris tambien: he pasado un rato delicioso,
y no puedo pagar esta deuda del alma, sino dando mi humilde enhorabuena
 los creadores de este palacio, y al pueblo que lo guarda, que lo
venera y que lo admira.

Adios, afortunados mrmoles, que nos representais hombres sencillos,
valerosos y honrados! Adios, mrmoles, que dais testimonio de que
existieron en el mundo la barbarie, la valenta, el cumplimiento de la
palabra, la lealtad y la buena fe! Adios bustos! Adios prebostes!
Adios, cristianos viejos! Adios, vosotros que fuisteis aqu, lo que
los antiguos alcaldes furon en mi patria! Dios os tenga en su reino,
que harto merecen la gloria eterna, los que siendo incultos, supieron
ser cristianos!

Hasta aqu he hablado de la historia de la piedra. Ahora tengo que decir
dos palabras acerca de la historia del libro.

Ah, en medio de esa sala del trono, el pueblo de Paris, puesto de
rodillas, salud  Enrique IV y  Luis XIV.

Ah, en medio de esa sala del trono, en donde Paris arrodillado salud 
Enrique IV y  Luis XIV, se instal la Comision revolucionaria del
memorable 10 de Agosto.

Ah organiz la rebelion que la hizo triunfar de un monarca, encerrado
en las Tulleras.

Ah, en medio de esa sala del trono, en donde una crsis turbulenta
arranc  un monarca de su palacio, cay herida y exnime la revolucion
con Robespierre en el memorable dia 9 de Thermidor.

Ah, en ese balcon de la fachada principal, se asom el general
Lafayette, presentando al duque de Orleans, que luego se llam Luis
Felipe.

Ah, en los tramos de esa magnfica escalera, casi debajo del balcon en
que Luis Felipe habia sucedido  otro rey, el movimiento del 48 present
al tribuno y poeta Lamartine la bandera republicana, esa bandera que
sucedi  Luis Felipe, como Luis Felipe habia sucedido  Crlos X.

Esta plaza, la plaza de la Greve, cuyo nombre hace brotar en nuestra
fantasa tantos espectros ensangrentados, sirvi de lugar  las pblicas
ejecuciones hasta 1830.

Si esas piedras pudiesen decir lo que han visto; si esta tierra pudiese
hablar, cuntos crmenes, cuntas agonas, cuantas lgrimas, cuntos
gemidos, cuntos arcanos y cuntos y cun graves remordimientos vendrian
 caer sobre la conciencia de Paris!

Me quit el sombrero ante el ilustre y orgulloso sucesor de la casa de
los Delfines y de la barraca del Sena, me met en el coche: _al arco de
la Estrella_, grit al cochero, y  los quince  veinte minutos me
encontraba bajo esta pirmide colosal, bajo este enorme catafalco.

Pero me olvidaba de una coincidencia que me hiri de un modo muy raro. 
los trescientos  cuatrocientos pasos de la casa de la Ciudad, vi un
edificio grande, muy grande, negruzco, pesado, macizo, como si estuviese
apilado sobre sus cimientos: un palacio lbrego, que parece ms bien una
fortaleza,  una prision de Estado. Era el palacio de las Tulleras. Y
dije para m: no en balde se encuentra este palacio en la misma lnea
que la casa de la Ciudad; no en balde se hallan en una misma zona
geogrfica, bajo un meridiano, por decirlo as. Esos dos monumentos
histricos y polticos son dos poderes, dos recuerdos, que se miran y se
provocan. Las Tulleras son la morada del silencio, de la ceremonia y de
la reserva. El palacio del Ayuntamiento es la morada de la discusion, de
la franqueza y de la libertad. Esta es la casa de la tradicion; aquella
es la casa de la historia. Son dos tronos, en el de aqu se sienta el
rey; en el de all se sienta el pueblo. Aqu reina la Monarqua; all
reina la Francia. Pero vamos al trofeo de Napoleon.

Llego al arco de la Estrella  las siete y cuarto. El sol acaba de
ponerse, y brilla el Occidente  las ltimas rfagas del astro del dia,
sin embargo de que ya se insinan las primeras sombras de la noche,
formando esa atmsfera vaga  indecisa, medio brillante y medio turbia,
en que no sabemos si miramos luces  sombras. Pero yo habia logrado mi
objeto. No queria sino dominar de una mirada aquel maravilloso conjunto;
no quera sino recibir la impresion de aquel enorme promontorio, y veo
perfectamente hasta los menores detalles.

Este coloso que contemplo es el arco de ms magnitud de que habla la
historia. Acaso Babilonia, Tebas, Nnive  Mitilene ofrecieron  la
admiracion de aquellos siglos un arco ms grande; pero esos monumentos,
si existieron, se han perdido para la historia.

Los cimientos de este arco monstruoso, sublimemente monstruoso, tienen
cerca de 9 metros de profundidad, segun el cochero me asegura, ms de 54
de longitud y 27 de latitud. Su elevacion raya en 50 metros, sobre una
latitud de 44 y un espesor de 22  23. Napoleon puso la primera piedra
en 15 de Agosto de 1806, y se termin en 1832, bajo Luis Felipe.

Las sombras de la noche empiezan  indicarse, dejando en el aire cierto
tinte oscuro, como si empaasen el ambiente. En este momento se
encienden los faroles de la gran plaza, cuyo centro ocupa este
gigantesco panteon histrico, y la luna aparece  poco, entre nubes
ligeras, por detrs de los rboles de las Tulleras, de las fuentes y
del obelisco de la plaza de la Concordia.

La fachada principal del arco est decorada por dos trofeos simblicos:
el uno representa la partida, y el otro la vuelta del ejrcito. Otros
dos emblemas exornan la fachada opuesta, que mira  Neuilly: la
resistencia y la paz.

Entre la imposta del arco principal y el cornisamento, se ven cuatro
hermosos bajo-relieves, los cuales figuran las exequias de Marceau, la
batalla de Aboukir, dada en 1798, en ocasion en que Murat hace
prisionero al baj de Roumelia; el puente de Arcola, tomado
portentosamente por Napoleon en medio del fuego enemigo, y la toma de
Alejandra,  fines del siglo XVIII.

Un bajo-relieve de Marocheti, que representa la batalla de Jemmapes, en
1792, orna el frontis lateral del Norte, y otro bajo-relieve, que
representa la batalla de Austerlitz, orna la fachada lateral del
Medioda.

Arriba, sobre el friso, como una corona que est ciendo una cabeza, se
ven grupos inmensos, los cuales figuran la ida y la vuelta de los
ejrcitos franceses. Cunta belleza!

Palmas, cabezas de Medusa, coronas, famas de Pradier, rtulos,
victorias, todo completa la ilusion del triunfo. As como en la
Magdalena no puede pensarse en los santos, aqu no se puede dejar de
pensar en los hroes. Si la Magdalena fuese una baslica como este arco
es un trofeo, si el espritu de la religion dominase tanto en aquel
alczar, como el espritu de la heroicidad y del entusiasmo domina en
esta poderosa creacion, la Magdalena seria un gran templo.

Penetr en el arco, y escritos sobre las anchurosas paredes y sobre las
altsimas bvedas, divis los nombres de noventa y tantas victorias,
adems de las representadas en los bajo-relieves del frontis, de
trescientos ochenta y cuatro generales, y de varios cuerpos de division
que tomaron parte en las guerras de la Revolucion y del primer Imperio.

Este arco prodigioso es la verdadera divinizacion de Bonaparte. El alma
no puede menos de formar una idea muy grande, muy atrevida, muy
gigantesca, una idea casi maravillosa, casi fantstica, del hombre que
con ese monton de mrmoles da las gracias  sus compaeros de lucha, de
triunfo y de gloria; porque esa enormsima y esplndida pirmide no es
otra cosa que las gracias que da un general  sus fieles y valientes
soldados. La gratitud que as se insina, podr no ser muy fervorosa;
pero es magnfica.

Yo permanecia embobado leyendo en las paredes y en las bvedas los
nombres memorables de los generales y de las batallas, cuando la luna
se oscurece repentinamente, ocultndose en un celaje espeso, la luz de
los faroles de la plaza no penetraba por el arco, y me vi envuelto en
sombras, parecindome que me encontraba en el fondo de un grande osario.
El arco habia dejado de ser un trofeo, para convertirse en un panteon.
En este momento la luna se despeja, ilumina la sombra que me rodeaba, y
quitndome instantneamente el punto de vista, me pareci que el arco se
movia, y que avanzaba, con todos sus huspedes y sus combates, hcia la
plaza de la Concordia. Yo me cre arrostrado por aquel empuje
descomunal, figurndoseme que iba en el vientre de un mnstruo deforme.
Sent escalofrios en toda la espalda, y con los cabellos erizados y un
estremecimiento nervioso que no podia evitar, sal  cielo raso. Cien
magnficas farolas alumbraban la plaza del arco del Triunfo; estn
encendidos todos los faroles que se extienden, en dos lneas simtricas,
hasta el jardin de las Tulleras; veo  lo ljos tres variados grupos de
luces, como si fuesen otras tantas hogueras: eran los tres cafs
cantantes de los Campos Elseos; veo tambien profusamente iluminada la
puerta del baile de Mabille, del castillo de las flores.... Esto no es
un paraje pblico, no es un paseo; es un teatro; ms que un teatro, una
especie de encantamiento. Esta perspectiva es una de esas imaginaciones
con que los poetas han idealizado los valles y los bosques de la
Normanda; esto es un lago de hadas; una fantasa de Osian, no tan
delicada, no tan tierna, no tan expresiva, no tan grata al espritu;
pero brillante, deslumbradora, francesa, parisiense, es decir,
dramtica.

Sub al coche, y bajamos pausadamente  travs de los Campos Elseos,
hasta la plaza de la Concordia. All me ape, y me dirig hacia las
fuentes. La luna caia sobre los borbotones de agua y de espuma, y daba 
la nube de agua que las fuentes arrojan, la diafanidad y el brillo del
ncar, de la concha  del cristal, mientas que en medio de las dos
fuentes, emblemtico y silencioso, se levantaba el monumento de otras
edades, la creacion de otra raza, el peregrino de otras religiones, un
viajero de otros climas, de climas remotos y poticos; el obelisco de
Loupsor, cerca del Cairo. Al llegar al pi del obelisco, volv los ojos
instintivamente como para ver si descubria el arco del Triunfo, lo
descubr en efecto como desde la mar se descubre un monte, y una idea
ardiente cruz como un rayo por mi imaginacion. Me figur que los dos
monumentos se miraban; me figur que dos mundos distintos y contrarios
sacudian el polvo de su honda tumba, para pedirse cuentas ante la
historia: me figur ver el Asia y la Europa, Mahoma y Jesucristo,
Sesostris y Napoleon. Clavado al pi de aquel trofeo de otras victorias,
procur ver si podia distinguir algun geroglfico,  favor de los rayos
de la luna, deseando probar el efecto que produciria en mi inteligencia.
Despues de empinarme sobre la punta de los pis, y de estirar el cuello;
despues de esforzar  un mismo tiempo los ojos y la voluntad, alcanc 
distinguir una figura, que era una especie de cuadriltero, emblema tal
vez de los cuatro elementos. Pasaron cuatro  cinco minutos, y no sabia
cmo desasirme del encanto que me tenia sujeto  las paredes de aquella
mgica columna. Y all me preguntaba: por qu el obelisco cautiva de
tal modo nuestra atencion?

Escritores notables son de parecer que el inters que el obelisco nos
inspira procede de la circunstancia de ser una columna, compuesta de una
sola pieza; ms claro, de la circunstancia de ser una maravilla de
mrmol. Para estos escritores no hay otra razon que la magnitud, la
forma, el arte, la arquitectura. Esto explica algo; pero est muy
distante de explicarlo todo. No, no es nicamente la arquitectura. Qu
arquitectura tiene una cruz? Sin embargo, halle el hombre ms
indiferente una cruz humilde en medio de un desierto, en el silencio de
la soledad; mire aquella cruz que le est diciendo que all descansan
las cenizas de un hermano suyo, como sus cenizas descansarn maana en
otra parte, y el hombre se destoca, palidece  reza. Visitemos un valle
frondoso, y entre flores verdes y lozanas, encontremos una flor
marchita. Qu arquitectura tiene esa pobre flor? Sin embargo, al mirar
la flor seca, no podemos menos de suspirar; aquella flor se mstia como
se marchita nuestra vida, como se marchitan nuestras ilusiones, nuestros
amores, nuestras esperanzas, nuestros sueos, nuestros delirios. Aquella
flor seca es la historia de nuestro corazon, un eco que resuena
hondamente en nuestra alma. No es una flor del valle; es una memoria, un
sentimiento, un vaticinio de la vida; es una poesa triste, una poesa
que hace llorar.

El obelisco no nos atrae, no nos llama, no nos interesa, no nos seduce,
sino porque es una especie de escritura sagrada, un geroglfico que no
comprendemos, un pensamiento que no adivinamos, el smbolo de una
creencia, un smbolo de fe, un smbolo de religion. No es el arte, no es
la arquitectura, no es la forma, no es la magnitud lo que nos llama en
ese monumento emblemtico; es la religion, el misterio, el espritu.

Aquello es un arco; esto es una plegaria.
Aquello es un trofeo; esto es un enigma.
All admiro el orgullo de un hombre.
Aqu venero el arcano de una esperanza.

Esto es ms que aquello, lo ha sido, lo es, lo ser eternamente, porque
para la idea de Dios el tiempo es una escala que, no tiene tramos. El
geroglfico misterioso de Sesostris, es ms que la soberbia fastuosa de
Napoleon. S, repetia yo interiormente, el obelisco me atrae ms que el
arco, porque _esto es ms que aquello_, y al pronunciar estas palabras
me volv, y alcanc  ver, como una aparicion trmula, casi flotante, el
suntuoso prtico de la Magdalena, que parecia nadar sobre sus columnas.
Entonces, sin poder resistir  mis ideas, dije en alta voz: _y aquello
es ms que esto_; la iglesia cristiana es ms que el obelisco asitico;
la caridad del Redentor del mundo es ms que el misterio de Sesostris.

Me dirig al coche, al mismo tiempo que el cochero avanzaba hcia m,
porque habindome odo hablar, se imagin que le llamaba,  quiz que
estaba manitico  que me habia vuelto loco.

--_Est-ce que vous m'appelez, monsieur? (Me llama usted, seor?)_

--_Pas du tout. (No.)_

--_Mais j'ai entendu.... (Es que he odo....)_

--_Je n'ai rien dit.  l'htel des trangers! (Nada he dicho;  la fonda
de los Extranjeros)_, y me met en el coche. No habian pasado quince
minutos, cuando me apeaba en la calle de Feideau. Mi pobre mujer me
esperaba asomada al balcon, significando cierta impaciencia, pagu al
cochero y sub la escalera como un relmpago.

--De dnde vienes?

--De la casa de la Ciudad y del arco del Triunfo.

--Y qu traes?

--Muchas cosas, muy grandes y muy buenas.

Mi mujer tom una friolera y se acost. Yo empec  escribir esta
desaliada Revista, que me entretuvo hasta la una y media. Pero no
quiero terminar este dia sin dar parte al lector de que tengo una
curiosidad, casi un deseo, casi una ilusion: la ilusion de visitar un
monumento de Paris; un monumento en que he pensado muchas veces, que he
creido ver desde Espaa, porque uno cree ver todo aquello que le hace
sentir, y algo ve realmente, puesto que el corazon tiene tambien ojos;
un monumento que amo mucho, tanto como si fuera de mi pas, aunque los
monumentos no tienen pases. El arte es como el sol: donde brilla all
reina; tiene por patria todo lo que alumbra.

Al acostarme, vi que mi mujer estaba despierta. Cundo visitarmos, la
dije, el edificio de que te he hablado tantas veces?

--En la semana entrante, contest mi mujer.

--En la semana entrante, respond yo; queda convenido.

Hoy es mircoles; de modo que tenemos seis  siete dias para darnos en
cuerpo y alma por esas plazas y calles de Dios, por esos cafs, por esos
teatros, por ese bullicioso y reluciente laberinto,  caza de
impresiones y curiosidades de sociedad. Despues volvermos  la historia
y  la piedra, alternando con cuadros de costumbres, de carcter, de
raza, por decirlo as, hasta que logremos formar una idea provechosa de
este fabuloso conjunto. Si no hallo el camino de agradar al lector,
achquelo  falta de talento y de habilidad, no  falta de intencion, de
deseo y hasta de cario.




=Dia stimo=.

Vistas de Paris.


Un amigo viene  buscarnos muy de maana, y  propuesta suya, hemos
empleado casi todo el dia en ver  Paris desde tres puntos diferentes:
desde lo alto del arco del Triunfo, desde una orilla del Sena, y desde
las alturas de Montmartre.

La vista desde el arco es extensa, varia, pintoresca, rica, grandiosa.
Paris entero se ve desde all, como se distinguen todas las figuras de
un panorama bien descrito.

La vista del Sena es ms delicada, ms graciosa, ms elegante. Hay all
algo potico, algo ideal. Una parte de Paris se nos ofrece como si
estuviera cimentada sobre los arcos de los puentes; parece un pueblo que
vive y se mueve sobre un rio, y esto causa una impresion extraa y
agradable.

Por fin, la vista desde las alturas de Montmartre no tiene que ver nada
con las otras. Es una perspectiva especial, en que apenas sabemos lo que
miramos. Desde aquellas alturas no es Paris, sino el embrion de una
ciudad de un millon de almas; una mesa revuelta de veletas, agujas,
torreones, cpulas, campanarios. Al fijarnos en aquel grupo indefinible
 interminable, creemos que unas casas se han edificado encima de otras,
y que Paris est como hacinado, como arrollado sobre s mismo. Es un
todo revuelto, deforme, confuso, extravagante, casi sublime.

Los tres grabados que acompaan sobre el asunto, dan una idea exactsima
de cada una de las situaciones indicadas. Figrese el lector que est
viendo  Paris en miniatura desde las alturas de Montmartre, desde el
arco del Triunfo, y desde una orilla del Sena.

[Ilustracin: Vista de Paris desde la cima del arco del Triunfo.]

[Ilustracin: Vista de Paris desde una orilla del Sena.]




=Dias octavo, noveno y dcimo=.

Dos dias de encierro.--Provisiones.--Los libros de mi mujer.--Un
espaol.--Compras.--Patriotismo de mi compaera.--Carcter capital de
las mujeres.


Llueve  cntaros, y hemos invertido dos dias en asuntos privados. Mi
mujer ha dispuesto el equipaje y yo he escrito  mis buenos amigos de
Espaa, ms un artculo para _La Amrica_, titulado, _filiacion de los
partidos en poltica_.

La cuestion de comida nos preocupa muy sriamente,  ignoro  dnde
irmos  parar. Desde que sal de Madrid no he hecho una verdadera
digestion, y ya mi estmago principia  volverse contra su sueo. No
entienda el lector que somos dados  la gula; no se trata de gozar sino
de vivir, y cosa es esta para no ser mirada de cualquier modo.

Buscando recursos contra esta penuria artificial, mi mujer y yo hemos
ido al pasaje de los Panoramas, que dista pocos pasos de nuestro hotel,
y nos hemos provisto de jamon dulce, salchichon, una caja de sardinas
escabechadas, un cestillo de fresas y pan. Un tabernero de la acera de
enfrente, el buen _Jeannin_, nos ha enviado dos botellas de vino Macon
( 20 cuartos el cuartillo), y una lechera de la vecindad nos ha hecho
el favor de enviar  su nia con un cuartillo de leche de vaca.

Los fiambres no podrn ser el alimento de muchos dias, al menos para m;
pero son el recurso de hoy.

Mi mujer est empeada en que con tres litros de cinta tiene bastante
para aderezarse el sombrero. Despues de querer la cinta por litros, que
es como si dijramos por azumbres  por celemines, estoy viendo que
cualquier dia va  pedir un _metro_ de vino.

Esta maana hice cierta pregunta  un caballero que encontramos cerca de
la fuente de Molire, calle de Richelieu; el caballero me contest que
no me comprendia porque era de otras tierras. Esto lo dijo en espaol. 
mi mujer le pareci que habia sacado la lotera.

--Es usted espaol? Bendito sea el cielo! Venga usted ac, hable usted
espaol, hablemos espaol: apenas vuelva  Espaa, estar hablando el
espaol durante un mes seguido.

Aquel caballero debia marcharse al dia siguiente, y nos di las seas de
su habitacion en Barcelona, en el Lndres de Espaa; un Lndres tan
activo, tan laborioso, tan inteligente, tan moral como Lndres; tan
desgraciado como Barcelona.

Mi mujer estaria aqu todo lo bien que puede estar una mujer ljos del
pas de sus afecciones, de sus conocimientos y de sus hbitos, cuando
comprendiera y hablara el idioma: no hablndolo ni comprendindolo, vive
mrtir  poco menos. No poder hablar es para la mujer una contnua
irritacion, una perdurable indigestion de palabras y de deseos, una
especie de _hidrofobia_. Quien invent el silencio, no tuvo necesidad de
inventar infierno para las mujeres.

Sin embargo, es cosa de la Providencia que no sepa francs, porque si lo
supiera, qu dirian los franceses al oirse llamados _animales_  cada
momento?

--_Pero, hombre, no ves qu bestias son estas gentes?_ H aqu una de
las frases ms indulgentes de mi compaera. Los llama bestias, porque no
entiende su idioma.

Hemos empleado una gran parte de la maana en hacer varias pequeas
compras.

_Mi mujer._ Compremos ahora un ovillo de hilo.

_Yo._ Es que yo ignoro cmo se llama el ovillo en francs.

_Mi mujer._ Pues, compremos trencilla para atar las botas.

_Yo._ Es que yo ignoro cmo se llama la trencilla en francs.

_Mi mujer._ Pues compremos siquiera los camisolines.

_Yo._ Es que ignoro tambien cmo se llaman los camisolines en francs.

_Mi mujer._ Llevemos al menos los manguitos.

_Yo._ Es que ignoro cmo se llaman los manguitos.

En resumidas cuentas, tuvimos que volver al hotel, y tomar una porcion
de notas del Diccionario. Trencilla, ovillo, manguitos, camisolines! He
pasado hoy el estrecho de Magallanes en plena tempestad.

Nuestra venida  Francia me ha hecho comprender un sentimiento que yo no
conocia en mi compaera, al menos desarrollado en tan grande escala. Mi
mujer es una patriota acrrima, intransigente, absoluta. No oye hablar
de Espaa sin que la sangre se la suba al rostro. Ay del mundo si su
voluntad se cumpliera! Espaa pesaria como una cadena de bronce sobre
el cuello de la humanidad!

Bien es verdad que el amor  su pas, lo que llamamos nuestro pas, no
es el atributo de una mujer, sino de la mujer, especialmente cuando se
ha educado en uno de esos pueblos en donde imperan an las costumbres
del Asia. En el amor ardiente, imaginativo, vaporoso, potico, que la
mujer profesa  su tierra natal, hay un algo que pone la naturaleza, y
otro algo que ponen la educacion y el hbito.

Evidentemente, la mujer est llamada por la naturaleza  no poder vivir
sin una pasion efectiva; su ciencia grande, su gran vida tiene por
centro el corazon. Por esto mismo es la destinada  concebirnos en sus
entraas y  darnos su sangre con placer. No bastaba el tierno alimento
con que nos nutre. La mision de la madre, esa mision augusta, la ms
augusta que el cielo encomend al gnero humano, no es una tarea
mecnica; la tarea autmata de sacar el pecho y llevarlo  la boca del
hijo, no: es una tarea de cario, de efusion, de delicia; es una tarea
santamente providencial.

La ley de la mujer es amar, amar desde luego, lo primero que ve, lo
primero que oye; porque lo primero que oye y que ve la hace sentir, y en
la mujer sentir es amar.

Ve la flor, y ama la flor. Canta un ave, y ama aquel ave. Cmo no se ha
de enamorar de su pas, cuando se enamora de las flores que ve crecer,
de las aves que oye cantar? Cuntas mujeres no han vertido lgrimas
amargas bajo la impresion del arrullo tardo y doloroso de una trtola?

En esta estructura sentimental  imaginativa de la mujer; en este
carcter radical y profundo, entra indudablemente la naturaleza.
Nuestras madres son por naturaleza afectivas, y como el afecto obra
instantneamente sobre la fantasa, son tambien por naturaleza
fantsticas, pero si la naturaleza pone una parte, la educacion y el
hbito ponen otra, como antes dije.

La sociedad histrica tiene hasta hoy dos revelaciones capitales: la
sociedad egipcia y la sociedad humana; es decir, la sociedad referida 
la tradicion, y la sociedad referida  la misma sociedad.

Estas dos transiciones histricas estn reflejadas en todas las faces de
la humanidad; por consecuencia en todas las faces de la mujer.

_Mujer asitica y mujer social: mujer religiosa y mujer poltica._

La mujer sepultada en su casa desde que nace hasta que muere; la mujer 
quien se representa como un vaco insondable el espacio que media entre
la cuna y el sepulcro; que est acostumbrada  mirar en aquel vaco un
ataud, cuya gasa negra no puede suspender; una madre, una esposa, una
hija que tiene el hbito de enamorarse hasta del espejo en que se
contempla, hasta de la vajilla en que come, hasta del dedal de su
costurero: esa mujer cuyo destino est cifrado en amar lo que ve, y no
ve otra cosa que el misterio que la rodea; esa mujer que se habita 
enamorarse de su propio misterio, no puede menos de ser ardientemente
patritica, porque es ardientemente domstica. Yo he conocido  una
seora que lo guardaba todo en un gran cofre que tenia, como si fuera
una reliquia preciosa: hasta la cscara de los huevos, y ms de un vivo
podria atestiguar la verdad de este caso. Diga ahora conmigo el lector:
qu significacion podria tener en la casa de esa seora el nombre
humanidad? Ese nombre all hubiera sido una palabra peregrina, intrusa,
repugnante. Qu sitio del cofre habia de ocupar? La palabra _mundo,
humanidad, gnero humano_, no ocupaba en el cofre sitio alguno: la
cscara de huevo, s; esta cscara valia ms para la seora que el
gnero humano, que el mundo, que toda abstraccion, que todo idealismo
por ms universal y grande que fuese.

H aqu la mujer asitica; la mujer del primer perodo histrico; la
esclava del marido, el misterio profano de la familia, el perfume
quemado en los altares de Faraon.

Pero esa mujer halla abiertas un dia las puertas de su casa; sale  la
calle, la permiten salir; habla, piensa, obra; oye pensar, ve hacer;
entra en la revolucion de las opiniones y de los derechos; la nueva
moral la auxilia; la nueva religion la llama; se asocia, por fin,  la
vida pblica; por fin, _se asocia_; siente este vnculo, siente la
relacion social, como antes sinti el cario  la aguja con que cosia:
comprendiendo y sintiendo la razon que la une  un pueblo,  una raza
poltica, comprende y siente por intuicion lgica las razones que
existen para que una raza se asocie  otra raza; para que un pueblo
llame hermano  otro pueblo, y de escala en escala, de idea en idea, de
emocion en emocion, de regocijo en regocijo, de dignidad en dignidad:
s! de virtud en virtud, de alteza en alteza, en su cerebro y en su
corazon se va criando una figura alentada y noble, una sntesis que no
es otra cosa, en resmen, que la idea y el sentimiento de su propio sr,
extendido  toda su esfera,  su magnnima nacionalidad;  la
nacionalidad de un poder que cre para un mundo un cielo y una tierra.

En toda el Asia, en toda la Turqua de Europa, en Italia, en Grecia, en
casi toda Espaa, en Portugal, en la mayor parte de Amrica; en la
Amrica tradicional por hbito, aunque sea social por instituciones que
no han tenido tiempo de renovar la faz poltica; en todos esos pueblos
enumerados la mujer pertenece al primer perodo: es egipcia; es la
esclava del Faraon que se llama marido; familia, hogar; es la flor que
se cria en el jardin para que la huela su amo.

La mujer alemana (en una gran parte de aquel pas), la mujer francesa y
la de algunos puntos de los Estados-Unidos del Norte americano,
pertenecen al perodo segundo: son el sepulcro de Jesucristo
reconquistado por una cruzada que se llama civilizacion, como podria
llamarse derecho, justicia, amor, dogma.

En estos pueblos las mujeres son casi hombres: hombres afectuosos,
imaginarios, tiernos: hombres como pueden serlo una madre y una hija,
porque la naturaleza no puede mentir; pero personalidades humanas,
verdaderos poderes en la familia, en la opinion, en el derecho, en las
creaciones sociales; _personas de razon_, porque la educacion no puede
dejar de enaltecer, libertando al esclavo; porque la libertad es la
sancion divina del albedro; porque el albedro es la sancion divina del
hombre; porque el hombre es la sancion divina de la sociedad; la
libertad es el mismo Dios que se filtr en nuestra conciencia: _sed
semejantes  m_, quiere decir _sed libres_. Si no sois libres, nos
dice Dios, con qu virtud me vais  amar?

Es indecible la complacencia con que estudio  las mujeres de Paris. No
conozco la representacion de la mujer inglesa y rusa, y este es uno de
los motivos porque ms deseo visitar  Lndres y San Petersburgo.  una
mujer debo toda mi vida, y natural parece desquitarme de semejante
deuda, consagrndola una pequea parte de aquella vida tan empeada.

Reasumo este asunto diciendo que mi mujer es muy patritica, porque es
muy domstica: quiero decir, porque pertenece  la historia asitica. Ve
en su pas una humanidad ms excelente, un Israel proftico, y es una
Judit que ama su tierra, como Judit amaba su Betulia.

Yo trabajo por hacerla cristiana; pero ella est conforme con ser el
enigma escondido en el palacio de Faraon; digo mal, en el palacio de dos
Faraones: uno es Espaa.

Probablemente ninguno de los dos sermos muy tiranos con ella.

Nos dirigimos  las Tulleras y al Louvre, atravesamos el inmenso patio
de este inmenso alczar, torcimos  derecha para tomar el Puente Nuevo;
 poco estbamos en el muelle de Voltaire, y luego en la famosa calle de
la Universidad. Por all anduvimos  la ventura durante tres cuartos de
hora, atravesando calles y callejuelas, como para ver si notbamos esa
especie de gusto _clsico_ que debe reinar en unos lugares donde manda
la ciencia. Efectivamente, hay aqu algo de la vida revuelta del
estudiante, y del silencio austero del aula. Yo creia percibir cierto
aroma de pensamiento, cierto olor de libro; as se lo dije  mi mujer,
la cual movi pomposamente la cabeza, en seal de una negacion monda y
lironda, lisa y llana.

--Yo no huelo nada, dijo mi compaera; lo nico que huelo es que mis
piernas se cansan ya, y que debamos aproximarnos  las Tulleras para
tomar asiento en los sillones imperiales.

--Enhorabuena! contest yo, pero me parece que deberias mostrarte ms
respetuosa con esta antigedad cientfica, porque has de saber que te
encuentras en lo que se llama _el barrio latino_, un barrio muy clebre,
aunque no sea sino por los muchos grandes hombres que aqu se han
formado, que de aqu han salido para ilustrar al mundo, y que pisaron
estas mismas piedras que pisamos nosotros en este momento.

--Pues con perdon de esos grandes hombres, contest mirndome mi mujer,
y de las piedras que esos grandes hombres pisaron, te digo y te repito
que estoy cansada, y que si no nos vamos  las Tulleras, me tendr que
sentar en medio de esta acera.... Al decir esto, se par como si
quisiera dar ms fuerza  su argumento, cuando oimos los agudos
chillidos de un perro, que salia casi ardiendo de un portal de enfrente.
Era un perro de lana; habia entrado sin duda en la cocina, alguna chispa
habia saltado de los hornillos, la lana habia prendido fuego, y el pobre
animal salia  la calle medio ardiendo y chillando de un modo horrible.
El amo le seguia, llevando en la mano derecha un baston  cosa
semejante. El pobre animal retrocedia, avanzaba, ladraba, se mordia  s
mismo, chillaba, gruia, y cuanto ms se meneaba, ms se encendia la
lana. El amo le llamaba, y queria apagar el fuego, pasando el baston 
raz de la piel; pero el palo le lastimaba las quemaduras, y el perro
aturdido hacia ademan de morder al amo, con una rabia y un
atolondramiento indefinibles. El amo entonces extendia el palo, como
para rechazar al animal, y el infeliz perro, al notar que su amo le
amenazaba con el baston.... Oh ejemplo que asombra! Oh virtud que
aturde! Oh lealtad que debia dar vergenza  los hombres! Aquel pobre
perro que se quemaba vivo, que se mordia  s propio, que tenia la rabia
del frenes, al notar que su amo le amenazaba con el palo, pegaba el
vientre al suelo y lamia el extremo del baston. Este ejemplo de
abnegacion sublime, de sublime heroicidad, nos enterneci de tal modo
que nos aproximamos resueltamente; otros vecinos acudieron, y entre
todos, en embrion, en tropel, apagamos el fuego con las manos y con los
pauelos del bolsillo. Yo estaba entre aquella gente, y hablaba  todos
como si fueran individuos de mi familia. Despues que apagamos el fuego,
dije al amo que debia untar las quemaduras con manteca sin sal, y no
bien hube acabado de pronunciar estas palabras, cuando una jven de
catorce  diez y seis aos ech  escape, y trajo un papel con bastante
porcion de manteca. La juventud es tan ardiente como generosa. El amo
sujetaba al perro, y  despecho de sus alaridos y convulsiones, le
untamos bien todas las quemaduras. Luego, temblando de dolor, entr en
su casa detrs del amo. Una de las mujeres que asistieron al lance, dijo
algunas palabras  mi compaera, que la contest en buen castellano: _no
la entiendo  usted_. Aquella mujer que _no comprendi_ que mi mujer no
la _comprendia_, se me qued mirando, como si esperase que yo la
explicara el asunto. _Mi seora ha contestado  usted_, la dije, _que no
entiende el francs_. La mujer se qued parada, y echaba unos grandes
ojazos  mi compaera, al mismo tiempo que exclamaba con mucho asombro:
_Madame ne comprend pas le franais! La seora no entiende el
francs!_ Esto queria decir: esa seora no sabe el francs y est en
Francia? Cmo lo va  pasar ignorando la lengua del pas? Pero, de
dnde viene esa seora que no sabe el francs? Yo que comprend
perfectamente toda la intencion de aquella mirada, y que me sent algo
picado por la _negra honrilla_ de mi compaera, la dije con un marcado
aplomo: _Madame ne comprend pas vtre langue, ainsi que vous ne
comprenez pas la langue de Madame. (Esta seora no comprende la lengua
de usted, as como usted no comprende la lengua de esta seora.)_ Y
luego aad: _Madame ne comprend pas la langue de votre pays; mais elle
comprend une autre langue plus necessaire, plus universelle, plus
savante: la langue de la charit. (Esta seora no entiende el lenguaje
de este pas; pero entiende otro lenguaje ms_ _necesario, ms
universal, ms sabio: el lenguaje de la caridad.)_

Esta salida convenci  la buena mujer: _oui, monsieur; oui, monsieur_
(s, seor; s, seor), decia repetidamente, y se fu hacindonos una
reverencia. En efecto, la caridad es una religion que hace  todos los
hombres hermanos.

Nos dirigimos al muelle de Voltaire, y  los pocos minutos entrbamos,
cogidos del brazo, por el Puente Nuevo. Aqu presenciamos otra escena,
de un inters muy superior. Los hroes de la nueva aventura son un
campesino, su mujer y un muchacho como de veinte aos, poco ms  menos.
El matrimonio se dirigia hcia la parte del Luxemburgo, mientras que el
jven caminaba hacia las Tulleras; pero tanto el hombre como la mujer,
la mujer particularmente, volvian la cara con frecuencia para mirar al
jven; el jven la volvia tambien, y en el movimiento tardo y
embarazoso de los tres, no era cosa difcil adivinar que aquellas buenas
gentes se separaban con dolor. Por fin, la labriega vuelve el semblante,
el muchacho lo vuelve al mismo tiempo, sus ojos se encuentran, entre
ellos pas lo que Dios sabe; corre la mujer hcia el jven, el jven
corre hcia la mujer, se abrazan estrechsimamente y rompen  llorar;
pero  llorar de un modo que era capaz de quebrantar las piedras.
Nosotros, con el corazon desgarrado al oir aquellos sollozos, nos
quedamos estticos delante de aquel grupo interesantsimo. El labriego
aturdido sigui  su mujer, y  los cuatro  seis pasos de distancia,
baj la cabeza y dej caer ambos brazos. Parecia un difunto que se tenia
de pi. Qu arte tan sbio es el amor! Qu Rachel, qu actriz del
mundo, hubiera corrido como corri aquella mujer, hubiera dado aquel
abrazo como aquella mujer lo di, y hubiera arrancado  llorar como
lloraba la infeliz campesina? Ni qu Talma, ni que Latorre, hubiera
bajado la cabeza, y dejado caer los brazos con la ruda y austera poesa
con que lo hizo aquel pobre paleto? Ah! Los padres son los grandes
actores, los eminentes trgicos, cuando llega la hora solemne de verter
lgrimas por sus hijos. Excuso decir  mis lectores que la labriega era
la madre, y el labriego el padre del muchacho. A este toc la suerte de
soldado, habia ingresado en caja, se quedaba en Paris, y aquel abrazo,
dulce y desgarrador al mismo tiempo, era la despedida. Mi compaera y yo
no tuvimos nimo de presenciar el desenlace, y seguimos nuestro camino,
penosamente impresionados de aquella aventura.

--Mira, me dijo mi mujer; este muchacho ir ahora  la guerra; quiz un
jefe indiscreto le manda asaltar un castillo, y tal vez muere en aquella
empresa temeraria. Y pasar un dia y otro dia, y acaso la madre le
guarda la silla en que solia sentarse, y no quiere que nadie ocupe el
lugar de la mesa que l ocupaba. Y pasa un mes, y pasa un ao; la madre
esperar  su hijo, y el hijo no entrar por la puerta de la casa de sus
padres, ni se sentar en la silla en que antes se sentaba, ni ocupar el
lugar de la mesa que ocup desde nio. Un hombre extrao le ha mandado
morir, y ha muerto. Un hombre extrao ha robado aquel hijo  su madre; 
esa madre que lo ha concebido, que lo ha criado, que lo amaba con todas
las veras de su corazon, que se estaba mirando en l como en un espejo.
La madre sabr al cabo que su hijo muri en la guerra, y su alma gemir
para siempre en un abismo de perdicion y de amargura. No, no! aadi mi
mujer vivamente; los hombres son injustos, haciendo ciertas cosas sin
consultar el voto de las madres. Ninguna guerra se debia emprender, sin
oir antes el consejo de una gran asamblea de mujeres. Es bien seguro que
de ese modo no habria tantas guerras. Yo dije sonriendo  mi mujer:
para qu ms guerra que una gran asamblea de mujeres? Luego aad: tal
vez suceder  ese muchacho lo que t acabas de decir; pero quin sabe
si va  Sebastopol contra la Rusia, y es el primer soldado que clava la
bandera en la torre de Malacoff, salvando  Europa en las alturas de
Crimea?

--Es decir, arguy mi mujer, que t ests porque haya guerras en el
mundo?

--No, hija mia, respond yo; yo no estoy porque haya en el mundo guerras
injustas, egoistas, tirnicas; pero estoy por las guerras que se hacen
en nombre de la civilizacion, del derecho y de la moral. Y la sangre
que se derrama y humedece la tierra? dirs t. Y el rayo que cae de
las nubes y nos devora? digo yo. Ese rayo que nos devora, es
indispensable para purgar el aire de los malos miasmas que lo infestan;
sin ese rayo destructor, el ambiente nos mataria. Pues bien, la sangre
que se vierte en una guerra justa, es indispensable del mismo modo, para
que los hombres comprendan lo que estn obligados  hacer, para que se
guarde la justicia. Aquella sangre es como el agua de salud con que se
riega el rbol de la libertad de los pueblos; es el Jordan de ese
bautismo; bautismo costoso, pero santo, como es santa la lgrima que
aquella buena madre vierte al despedirse de su hijo, por ms que aquella
lgrima la queme los ojos y la desgarre el corazon. Cuando llega la hora
en que el hombre debe sufrir, no hay otro recurso que disponer el alma
para el sufrimiento, y cuanto ms sufrimos, cuantos ms dolores
experimentamos, ms sagrado es nuestro dolor. S, amiga ma, la sangre
que se vierte en ciertas batallas, es como el rayo que viene  purgar el
ambiente de otro horizonte, el aire de otra atmsfera: es un dolor que
debemos sufrir, cuando llega la hora de los dolores; es una lgrima que
otra madre derrama por sus hijos. La madre que lloraba en el puente
Nuevo, se llama mujer. La madre que llora en los campos de ciertas
batallas, se llama moral, se llama historia, se llama destino, se llama
Providencia. Y  esto sin duda se refiere San Pablo cuando dice: _la
letra con sangre entra_; y cuenta, hija mia, que San Pablo es al mismo
tiempo un grande hombre, un gran santo, un gran apstol, y la
inteligencia ms prctica y organizadora que ha conocido el mundo.

Conversando as como buenos amigos, llegamos  la esquina de la calle
del Acaso (Rue du hasard), y vemos un letrero que dice: _restaurant de
Santa Teresa_. Teresa se llamaba mi madre, y la veneracion y el respeto
que debo  ese nombre, me decidieron repentinamente. Tir del brazo  mi
compaera, que comprendi luego mi intencion y aprob mi idea con
alegra, porque siente hcia mi buena madre el mismo respeto que yo.

Comimos una sopa, dos platos de carne, uno de pescado, otro de verdura y
unas fresas. El criado que debia servir nuestra mesa no estaba all, y
nos sirvi una hija de la casa, con amable y graciosa galantera. Es una
jven blanca, muy blanca, rubia, esbelta, flexible, de mirada apacible 
ingnua. Seguramente no es francesa del Norte, debe ser de Tolon: es
decir, de un punto que raye con Italia. Es un tipo perfectamente
italiano. Tiene la candidez de la juventud, la gracia de una juventud
bella, y la seduccion de una actriz. Pegada al mostrador hay una silla,
y sentado en la silla hay un hombre, tipo perfectamente parisiense. Con
perdon del francs y de mi compaera, digo y declaro que ella me gusta
ms que l. El buen parisiense no la quita ojo, y la buena francesa del
Medioda le manda tambien de cuando en cuando alguna miradilla furtiva,
picaresca, como robada. Esto quiere decir que esos dos tipos diferentes,
representan un tipo comun, ntimo, idntico; un tipo que conviene 
todas las fisonomas,  todas las naciones,  todos los siglos,  todas
las razas: el tipo de amantes. Dios los haga buenos casados! Luego que
concluimos de comer, llamamos  nuestra linda servidora, pagamos, nos
levantamos y nos despedimos, empeando palabra formal de que iriamos 
comer con mucha frecuencia. En esto sale una seora de grande cara, de
tez muy morena y vellosa, de pecho enorme, de vientre ms enorme an,
pequea, aplastada, casi roma, de tal manera, que ms que mujer parecia
una bola, una urca, una abutarda. Se adelant hcia nosotros, y el
vientre caminaba dos  tres palmos delante de ella. Yo me acord del
clebre soneto de Quevedo que principia:

    Erase un hombre  una nariz pegado,

porque, en efecto, la situacion era muy semejante; aqu se trata de

    Una mujer pegada  una barriga.

El parisiense se levant, la mujer rechoncha y la nia nos despidieron
hasta la puerta, coreando un saludo de doscientas  trescientas
gracias, unas detrs de otras. Las gracias son el gnero ms barato de
Paris. Vale menos que el aire, que el agua y que la luz. Qu baratura
de gnero!

--Pero, seor, me decia mi mujer al salir: puedes t comprender que esa
muchacha tan flexible y graciosa, pueda ser hija de ese fenmeno?
Milagros del amor!

Llegamos  casa cerca de oscurecer, y hemos pasado una buena parte de la
velada recordando tres cosas: la seora del restaurant, el abrazo del
puente Nuevo, y el perro que ardia; aquel animal que se quemaba y lamia
el baston de su amo. No lamia la mano del dueo; no lamia sus pis; sino
un palo que le lastimaba y que le heria; pero que era el palo con que le
castigaba el que le daba de comer. Vctor Hugo ha dicho:

    La virtud que en el mundo est en destierro,
    Hombre no pudo hacerse ... y se hizo perro.




=Dia duodcimo=.

Bustos de azcar y de chocolate.--Hombres que no debian
comer.--Apuros.--Primer restaurant del pasaje de los Panoramas.--Segundo
restaurant.--Vajilla de Luis Felipe.--Francia.--Inglaterra.--Pequeo
restaurant de Lndres.


Empiezo este dia por dos curiosidades que hemos visto ayer, y que nos
causaron suma extraeza. En los escaparates de una confitera en la
calle de San Honorato descubrimos un Pio IX de azcar, y en la esquina
del gran hotel del Louvre, hcia la plaza del Palacio Real, un Napoleon
de chocolate, montado  caballo.

Digo la verdad, sin embargo de no ser pontfice ni emperador, no me
sabria bien que una escultura tan original confiase el secreto de mi
fama al chocolate y al azcar. No faltar lector que crea que me doy 
inventar ciertas especies, con el objeto de zaherir la sociedad
francesa, halagando as nuestro espritu nacional.  esa duda, que yo me
imagino, contesto que si alguno, francs  espaol, me prueba que
adultero el menor detalle, la minuciosidad que menos signifique,
consiento desde luego que se me tenga por una persona deshonrada.
Afirmo, bajo mi palabra de honor, que hemos visto aquellos bustos
originales en los lugares indicados; el de azcar, en una de las
confiteras de la calle de San Honorato, y el de chocolate, en la
esquina del gran hotel del Louvre.

Pero estaban admirablemente ejecutados, se dir. S, por cierto,
contesto yo; admirablemente ejecutados; pero lo hbil de la ejecucion no
quita al hecho su natural  inevitable extravagancia, porque es una cosa
extravagante que el chocolate y el azcar, objetos puramente privados,
artculos puramente domsticos, se vean convertidos en sustancia
artstica. Es extravagante, es y no puede menos de ser ridculo, que la
escultura, el arte divino de Miguel Angel, se nos muestre en un
escaparate de confites. Pero, lo tendr que decir mil veces: cuando
llega la hora de ganar dinero  trueque de un efecto cmico, los
franceses no respetan  emperadores, ni  pontfices, ni  Miguel Angel,
ni  nadie del mundo. Creo que si la idea de la eternidad pudiera
prestarse  un relumbron, el hombre francs la expondria sin escrpulo
en un escaparate. Estaria bien sitiada, con algun adorno gracioso,
herida por algun reflejo brillante, rodeada de algun golpe mgico, eso
s, pero la idea sagrada de la eternidad estaria expuesta al pblico
curioso en los escaparates de un mercader. Tal vez este retrato es algo
atrevido; pero bien sabe Dios que es UN RETRATO AL NATURAL.

Vuelvo  la resea de este dia.

La Providencia hubiera hecho al mundo un bien muy grande, no habiendo
dado necesidades materiales  los hombres que se consagran  la vida
intelectual, especialmente tratndose de aquellos que son peregrinos en
el presente; peregrinos que, con el bculo de la verdad en la mano y una
esperanza valerosa en el corazon, cogen hoy espinas que maana se
convierten en flores, y sirven de corona  las generaciones venideras.
Estos hombres, estos mrtires de la historia, estos santos de la
conciencia, estos sacrificios sagrados de donde saca el mundo su fuerza
mejor, debian tener bastante con su culto, como el alambique que
contiene un fluido elctrico, tiene bastante con aquel fluido. Estos
hombres debian estar dotados de una existencia elemental como la tierra,
como el agua, como el aire: debian ser luces  quienes bastara su
natural calrico: debian vivir y conservarse por su propia virtud, de la
misma manera que la esperanza vive y se conserva por virtud intrnseca y
divina del deseo: debian vivir y conservarse en su espritu, en su
esencia, en esa misteriosa infusion de la mente hacedora, como el
perfume de una flor vive y se conserva en los poros sutiles de sus
tallos.

A ms de un escritor debia bastar su oficio, como basta su claustro al
monje. Qu son algunos escritores, sino monjes de otro convento,
frailes de otra religion? Ay! no est en esto lo penoso de la rden,
sino en que son monjes sin claustro.

En efecto, difcilmente se concebir una situacion ms terrible que la
del hombre que dedica su vida entera al esclarecimiento y propagacion de
una verdad; de una verdad extraa todava  la civilizacion particular
del siglo  del pueblo en que vive. Todo lo ha puesto en manos de su
idea: vigilias, patrimonio, salud, amor, destino.... Para qu? Para oir
en una hora, en un momento, la voz de una mujer, de una hermana, de una
madre: _mira que no tenemos que comer; mira que no podemos pagar al
casero; mira que es necesario abandonar esos papeles indigestos, y
buscar recursos_, tal vez pedir, quiz sufrir la afrenta de quien vale
menos, porque sirve menos, porque est mucho ms distante de los altos
fines que la vida humana tiene que cumplir en el mundo.

Qu se hace? Dejar los papeles (el vulgo de las mujeres los llama
_papeluchos_) y buscar dinero; pedirlo; sentir en el rostro el calor
tremendo de la vergenza.

Qu poco meditan sobre esto los legisladores que condenan al escritor,
como se condena al malhechor  al vago!

Ay! La tierra que pisa ese hombre, el palmo de tierra donde pone su
planta, esa piedad que debe  la creacion, est mojada de su sudor y de
su sangre. Quereis que  eso se junte la argolla del presidio? Tambien
ha de comer la vitualla en el patio inmundo de una crcel? El que est 
su lado es un ratero, un traidor, tal vez un asesino; l es el misionero
del alma, el apstol de la verdad, el astro de la vida, el cliz de la
revelacion; un cliz donde se custodia una chispa del pensamiento
providencial que mide y gobierna el universo: el que est  su lado es
un maldiciente, un perjuro, un espa; l es el sacerdocio del porvenir;
un siglo grande que no cabe en su siglo; un pueblo muy grande que no
cabe en su pueblo; la ley de los hombres que no cabe en la ley de un
hombre; l es la victoria que se inmola para hacer bien al hijo de su
propio sacrificador.

Ay! Pnganse los legisladores la mano sobre su conciencia; mediten un
instante dentro del secreto de su corazon; miren por un momento esa cuna
donde ahora dormitan sus hijos; esos hijos  quienes aman, esos hijos
que sern hombres  su vez; esos hijos que en su dia sern padres; esos
hijos  cuya descendencia no ha dado nadie un monton de cenizas para que
sobre l deje caer la frente helada; esos hijos que son una cifra
infinita en el clculo de la Providencia: lean los legisladores en ese
arcano por un momento, un momento ms; no les pido ms tiempo que el
necesario para ver un cometa que aparece repentinamente en los aires:
vuelvan los ojos  esas criaturas que ahora dormitan, esas criaturas que
maana se educarn, que maana aprendern moral y ciencia, que
aprendern de este modo  ser hombres en el libro del presidiario; esas
criaturas que tarde  temprano han de recibir el bautismo bajo la concha
del escritor que come y vive con el asesino y con el espa.

Ay! Todo lo ha puesto en manos de una idea: vigilias, patrimonio,
salud, amor, destino: tambien la libertad; es un preso: tambien la
honra; es un infame.

Ay! Si un hijo del legislador, uno de esos hijos que ahora duermen bajo
la leve gasa que cubre su semblante; si ese nio llega  ser un hombre
de sabidura, de lealtad, de abnegacion; si llegase  ser el propagador
de una verdad mayor que su siglo, el conductor de un fluido para el que
la vida de hoy no tiene tubo ni alambique; si debiese al destino el don
soberano de tener genio; es decir, el don de una virtud suprema, porque
no hay genio sin virtud, no hay genio deshonrado, no hay genio infame,
porque no existe _el talento de picar, porque la vbora no tiene
talento_: si en el testamento de la predestinacion universal, recibiera
ese nio aquella manda gloriosa y divina qu diria el legislador, qu
diria el padre, cuando supiera que su hijo comia la vitualla del
presidio con el espa, con el asesino, con el traidor, con el ratero?

Ay! Pongan una mano sobre los latidos de su corazon, y que respondan
una vez: es eso justo?

Todo lo dan: han de dar hasta la honra, como la madre que falta de
alimento, da al hijo sus lgrimas?

Pero por qu hay hombres que propagan ideas mayores que su siglo  su
pueblo?

Escrpulo curioso en verdad! Por qu hay rayos que purgan la
atmsfera? Por qu hay volcanes que purgan la tierra? Por qu hay
torrentes que se precipitan y corren cubiertos de espuma? Por qu hay
tubos que conducen el fluido elctrico? Por qu hay chispa elctrica?
Qu me decis  m de todo eso? Preguntdselo  Dios!

No es nuestra ciencia; es una ciencia mucho ms alta. Propiamente
hablando, es la ciencia.

He dicho algo  mi compaera sobre lo bueno que seria  ciertos hombres
el poderse mantener con la virtud espiritual del pensamiento; el vivir
de una manera infusa, _por revelacion_, pero mi compaera me responde
que en vano doy que hacer  mi fantasa, porque no hay ms medio que
resignarse  la _calamidad de comer_. Ella dice que el mismo fuego
necesita sustancia que lo nutra, que el mismo aire parece ser el
alimento de la atmsfera, como la atmsfera parece ser el alimento del
espacio. Dice que la chispa escondida dentro del pedernal necesita un
golpe para salir; pero yo no puedo consolarme. El pedernal no anda
rodando por las aceras de Paris,  caza de un guisado que no tenga
harina, y de un trozo de carne que no est dura y ensangrentada, y de
una botella de vino que no est agrio, amargo, salado, picante, y no s
cuantas cosas ms.

He dicho todo esto, porque la cuestion de comer se hace cada dia ms
apremiante y amenazadora. Los fiambres no bastan  un estmago dbil
como el mio, especialmente cuando est acostumbrado  otro mtodo; el
mtodo de una mujer inteligente, cuidadosa y que debe quererme algo,
segun las muestras.

En fin, la imaginacion de la comida (uso la palabra imaginacion para
quitar  la palabra hambre lo que tiene de bajo y grotesco) nos reasume,
nos absorbe, nos tiraniza.

Salimos  la calle con el fin de probar fortuna. Entramos en una galera
del pasaje de los Panoramas, y vemos un aviso en que se ofrece dar de
almorzar bien (_confortablemente_) por dos francos.

No anduvimos ms. Nos sentamos en una mesa del rincon, y  los pocos
minutos teniamos dos platos delante y una botella de vino Macon. Un
plato es de carne y otro de pescado. La carne est dura, muy dura; el
pescado tiene salsa blanca, muy blanca; el vino es amargo, muy amargo.
Hice  mi mujer una sea, ella resistia por miramiento  los cuatro
francos; pero otra seal la decidi, y salimos como habiamos entrado;
digo mal salimos con 82 sueldos menos, pues  los 80 de estatuto tuve
que aadir dos de propina; aunque la propina es un estatuto tambien..

En otra galera del mismo pasaje, nos dimos de cara con otro rtulo que
promete tres platos fuertes, vino de Burdeos y sorbete al fin, todo por
tres francos.

Subimos al piso principal; al entrar nos dieron una contrasea, y  poco
se presenta un garon con frac negro y corbata blanca. Bajo el influjo
de la primera impresion cre hallarme en el memorable restaurant
Champeaux, plaza de la Bolsa,  hice involuntariamente ademn de irme,
pero la memoria de los tres francos me detuvo. Nos sirven una buena
sopa, un plato de gallina, dos entremeses, una botella de Burdeos
inferior; y al llegar  los postres, el elegante garon entra con una
batea llena de primores: porciones de manteca, ruedas delgadas de
salchichon, peras, ciruelas, rbanos muy pequeos, dulces y otras
curiosidades. Nosotros nos imaginamos ver abiertas las puertas del
paraso terrenal. Mi mujer empez  proveerse, tomando sin duda revancha
de los contratiempos sufridos, cuando el garon la dice en un tono muy
bajo y muy meloso:

--Perdone usted seora: no se pueden tomar ms que dos porciones 
eleccion. (_Pardon, madame: on ne peut prendre que deux portions au
choux_.)

--Ya me parecia, me dijo mi mujer, que esto era demasiada suerte para
nosotros.

--Si usted quiere tomar ms porciones, aadi el garon, ser aparte....

--Gracias! gracias! contest mi mujer precipitadamente, como si
temiera ver un papel de aguas inglesas con 27 francos en medio.

Mi compaera tom manteca y una fruta del tiempo; yo tom tres porciones
de fruta, dos que tocaban  mi cubierto, y una que me tocaba  m por no
tomar sorbete.

Mi mujer tom el suyo, pagamos y nos salimos  la calle, y cualquiera
hubiera conocido en nuestras caras que estbamos de mejor humor. Pero
aquello era caro para la comida normal, y proseguimos nuestras
excursiones.

Despues de mucho discurrir al azar, _oliendo donde se guisa_,
atravesamos una de las galeras del Palacio Real, y en un bazar de
porcelana hemos visto un juego de platos, que perteneci  Luis Felipe.

Acerca de la autenticidad no hay duda alguna, puesto que los platos son
de lo mejor que se hace en la famosa fbrica de _Sevres_, y tiene en el
fondo la corona y nombre de _Luis Felipe_. Esto nos induce  dar crdito
 la seora del almacen de los Panoramas, sobre el baston de Richelieu,
puesto que lgico parece que descuide el baston del cardenal, quien
descuida la vajilla de un rey. Se conoce que la nobleza francesa tiene
poco gusto tradicional; lo cual quiere decir poco gusto de si misma,
poca conciencia de su ejecutoria, poca sensatez. Cmo seria posible que
un lord consintiese que decorara el escaparate de un mercader, una
vajilla que hubiese servido en la mesa de uno de sus monarcas?

La Francia, siendo inmensamente ms grande que la Gran Bretaa por la
ley de la naturaleza, no debe entrar en lucha con el pueblo ingls:
tiene una desventaja capitalsima; es menos lgica, como ya he dicho, y
la lgica es un poder inmenso; sino inmenso, es un formidable poder: La
Francia lo tiene; pero la Inglaterra lo tiene mayor. Francia tiene uno;
el del pas, el poder social. En el Reino Unido hay un millon de lores y
de hombres de gobierno  de empresa: h aqu un millon de poderes; el
privilegio portentoso de una casta poltica, la cual, pordioseando por
todo el mundo conocido, hace que todo el mundo conocido la pida limosna.

La Inglaterra es la especialidad ms rara que se ha verificado en la
historia, el fenmeno ms curioso de estos tiempos fenomenales. Caer
sin duda, caer maana, porque hoy representa lo que representaba el
mundo que cay, el mundo que no pudo menos de caer, que caer siempre y
en todas partes que tenga creaciones anlogas; que tenga dolos sociales
que adorar. La casta antigua le llam mago, por ejemplo; el mago ingls
se llama caon, plvora, buque, lord, renta, capital; pero de cualquier
modo es la antigua casta, el mago persa  el brahman indio.

_Esto caer, como cay aquello_, reproduciendo las sublimes palabras de
Vctor Hugo.

La Inglaterra caer; pero no caer sino como cae una masa enorme: caer
como cay el templo de Belo, como cay el coloso de Rodas, como cay el
Partenon de Grecia,  el Capitolio de Italia, como caern las Pirmides
de Egipto; como caen los milagros del hombre.

Comimos en el pequeo restaurant de Lndres, cerca de la fuente de
Molire.  ms de lo que ofrecen por franco y medio, ped un pichon, el
cual me ha costado 9 reales. Advierta el lector que hay pichones por 14
sueldos. Me han llevado 31 por aderezarlo, algo ms del 200 por 100.
Vaya esta especie AL PARIS MORAL. Mi mujer dice que no volver ms, lo
cual quiere decir que no volvermos los dos.

De vuelta hcia casa, hemos presenciado cierto alboroto, acaecido en una
taberna de la calle de Richelieu. Dos suizos empezaron  discutir sobre
religion. El uno era del canton del Tesino, y defendia el culto
catlico. El otro era de uno de los cantones protestantes, y defendia el
culto reformado. La disputa acab por tirarse las copas  la cara, y no
debieron andar por el aire las copas solamente, sino alguna botella,
porque uno de los contrincantes tenia una herida bastante profunda,
hcia la quijada derecha.

Recomiendo al jven que haya de salir de su casa, especialmente de su
pas, que no olvide el consejo que voy  darle: gurdese muy bien de
hablar nunca de su religion y de su patria. Son los dos asuntos que
ofrecen un peligro ms general y ms inevitable. No hay hombre que no
est persuadido de que su Dios y su pas son los mejores de la tierra.
Disputad con l sobre todo; pero no le toqueis su pas y su Dios. De
cuntos lances he sido testigo, y cuntas cabezas se han roto, y cuntos
hombres han ido al Campo Santo por una imprudencia de este gnero!

Llegamos  casa y dije  mi mujer:

--Maana es lunes; maana principia la semana que aplazaste para la
visita del monumento que tanto anhelo visitar. Cundo lo visitamos? Mi
compaera me mir sonrindose, y con la magnanimidad orgullosa del que
otorga una gracia  concede un perdon, responde  secas:

--Maana.

--Dios te lo pague! contest yo muy satisfecho.




=Dia dcimo tercero=.

Almuerzo.--Coche.--Nuestra Seora de Paris.--Hija deshonrada.--Comida de
campo.


Salimos del hotel  las diez y media. Despues de veinte minutos de
marcha forzada, nos vemos en la calle de la Grand'Batelire. Hcia el
comedio de la calle, encontramos un restaurant de _mediano coturno_, y
all hemos almorzado, no muy bien, por seis francos y algunos sueldos de
propina. Volvimos  caminar  la aventura, y ya cansados, cerca del
pasaje de Jouffroi, tomamos un bienhechor _fiacre_.

--_O allons-nous?  dnde vamos?_ Grit el cochero desde el pescante.

--_A Notre Dame,  Nuestra Seora_, contest desde dentro, 
inmediatamente el carruaje comenz su marcha.

Hace media hora larga que atravesamos un verdadero laberinto de calles,
unas espaciosas y claras, otras hmedas, estrechas y sombras. Apenas
habr un espectculo ms original, ms extrao y curioso, que estudiar
una poblacion como Paris desde la portezuela de un carruaje. Cada calle
nueva, cada nueva plaza, cada barrio distinto, cada diferente localidad,
se nos presenta como si fuese un lienzo que se va desdoblando de un
interminable panorama. Uno espera  cada momento que se concluya; espera
salir  cielo raso; espera ver campos, rboles, montaas, llanuras;
espera verse libre de aquella red que lo va circuyendo por todas partes,
y vienen calles y ms calles, callejuelas y ms callejuelas, plazas y
ms plazas, y llega un instante en que nos sentimos fatigado el pecho, y
cansada la respiracion. No tuve la curiosidad de ver cunto tardamos en
la travesa; pero  m me pareci sumamente larga. Excuso decir que  mi
mujer la pareci infinitamente ms larga que  m, porque no se fija en
las cosas con la intencion de estudiar y aprender, sino con el ahinco,
franca y netamente espaol, de hacer burla de los franceses, y el
aliciente de la murmuracion dura poco. La murmuracion es como la salsa
de la visita; mi mujer no halla en m una compaera con quien murmurar,
y as es que se aburre.

[Ilustracin: Frontis de Nuestra Seora.]

[Ilustracin: Plaza de la Bastilla.--Columna de Julio.]

Despues de torcer millares de esquinas, y cuando ya casi teniamos
turbada la vista de tanto mirar  izquierda y derecha, asomamos  una
explanada que nos pareci alegre y deliciosa; luego atravesamos un
puente; dirigimos precipitadamente una mirada  lo largo del rio,
iluminado por los rayos de un sol de Junio, llegamos  la mrgen
opuesta, caminamos unos momentos.... NOTRE DAME! NUESTRA SEORA! Grit
el cochero con voz reposada y severa, como si su acento participase de
lo venerable del lugar que nos anunciaba. Al oir el anuncio del cochero,
experimentamos cierto sentimiento religioso, y otra sensacion que
difcilmente podria explicarse. Es una sensacion parecida al miedo.
Cuando nos hallamos al pi de un monumento clebre, de uno de esos
monumentos que muchas veces hemos creido ver, que nos ha hecho sentir,
que nosotros queremos como si fuera un individuo de nuestra familia, un
individuo ms grande que los otros, porque nuestra imaginacion lo ha
divinizado  su manera: cuando sabemos que nos vamos  dar de cara con
ese personaje misterioso, con ese dolo de nuestra fantasa, con esa
vaga creacion de nuestros recuerdos, parece que nos preocupa la misma
idea que embarga nuestro nimo, en el momento de recibir  un sbio, 
un santo,  un apstol,  un hroe,  un poeta; es decir,  un prodigio.
Nuestra admiracion es una mgia que adoran muchos magos,  bien es un
mago que adora muchas mgias, y Nuestra Seora de Paris era para
nosotros una especie de hechicera; hechicera sagrada, venerable,
augusta, pero hechicera.

--Anda! dije  mi mujer, con el mismo tono con que la hubiera dicho:
_el mago nos espera_.

Saltamos del carruaje, y nuestra vida y respetuosa mirada se fij en el
frontis de la gran baslica. Aquella fachada es pintoresca, festiva,
graciosa, sin dejar de ser grave, religiosa y solemne. Hay all ese
espritu aventurero, esa galantera varia y confusa, esa poesa
melanclica, apasionada, infantil, inocente, pero arrebatadora, de los
edificios de la edad media, ora sea un templo, ora un palacio, ora un
castillo, ora una crcel. Aquella poesa indefinible no es un carcter
de este  del otro estilo arquitectnico; no es una revelacion del arte;
sino una revelacion de aquella edad, el arte especial de aquellos
siglos; una emocion de aquellos hombres y de aquellos tiempos, una
verdadera emocion histrica.

Las treinta y cuatro columnas, altas, delgadas y sencillas, que
sostienen la plataforma de esta gran fbrica, dan al edificio una gracia
ateniense, fantstica, area; parece que nadan por la atmsfera.
Aquellas columnas tienen la arrogancia atrevida y la idealidad
misteriosa del obelisco.

Yo permanec algun tiempo, sin moverme, sin poderme mover, como si
sintiese agobiada mi alma bajo el peso de tantos recuerdos y
tradiciones. En efecto, esa catedral que ahora contemplo, esa masa
enorme, quieta, silenciosa, insensible; pero tan elocuente y tan
entusiasta en medio de su silencio y de su quietsmo; ese monton de
piedras que estoy viendo, es como el testimonio de otra raza, de otro
pensamiento, de otro dogma, de otro mundo.

Este lugar, decia yo para m, formaba parte de la antigua _Cit_. Este
magnfico y caprichoso templo sucedi  una iglesia cristiana, levantada
en el siglo IV al primero de los mrtires,  San Estban.  este San
Estban,  esta humilde y primitiva baslica del cristianismo, nico
monumento religioso de la _Cit_, uni otra iglesia el rey Childeberto,
hijo de Clovis,  instancias del obispo San German, bajo la advocacion
de _Nuestra Seora_, de donde trae su orgen el nombre actual de esta
suntuosa metropolitana de Paris.

Y la iglesia de San Estban, as como la baslica del hijo de Clovis,
habia sucedido  un templo pagano, levantado  Jpiter durante el
reinado de Tiberio. Mucho despues,  mediados del siglo XII, un hombre
ilustre, un oscuro hijo del pueblo que gan la mitra  fuerza de
talento, de virtudes y de piedad, Mauricio de Sully, concibi el
pensamiento de construir la iglesia que ahora admiro. Un solo hombre
principi esta obra gigantesca; siete siglos la terminaron.

Aqu han trabajado sucesivamente el Papa Alejandro III, que puso la
primera piedra en 1163, Felipe Augusto, el Cardenal de Noailles, Juan de
Montaigu, Felipe el Hermoso, San Luis, Luis XIV, Luis Felipe y Napoleon
III.

Bajo _La Convencion_, Nuestra Seora de Paris se vi convertida en
_templo de la Razon_.

Bajo el Consistorio, la secta de los teofilntropos estableci aqu su
culto.

En 1801 tuvo lugar el famoso y raro concilio,  que asistieron ciento
veinte _obispos constitucionales_.

Bajo el Consulado, se restableci el culto catlico, prvios una misa y
un _Te Deum_, pomposamente celebrados en presencia de los tres cnsules.

En 1804, el Papa Pio VII puso la corona del Imperio sobre la cabeza del
gran Napoleon.

Aqu tiene el lector la historia artstica y social de NUESTRA SEORA DE
PARIS, de este gran libro escrito en piedra.

Pasadas estas primeras impresiones, atravesamos el umbral de la
baslica. Necesitaria escribir un ao, si tuviese que hacer la
descripcion de los infinitos y curiosos detalles de escultura que
encierra este templo. En este sentido, _Nuestra Seora de Paris_ es
quiz el monumento ms rico y ms precioso de la edad media. Tanta
esttua, tanto dentellon, tanta columna, tanto relieve, tanto arabesco,
tanta profusion de trabajo, le quita belleza, porque le quita sencillez;
le quita majestad, porque le quita simetra; pero lo que le quita como
arte, se lo da como historia; lo que le quita como iglesia, se lo da
como conservatorio  museo. No es una gran arquitectura; pero es un gran
libro.

Ciento veinte pilares sostienen las lujosas bvedas; hemos contado
veintisiete capillas, y admiro los bajo-relieves, en bronce dorado, del
altar mayor, un precioso grupo de mrmol, que representa el descenso de
la cruz, la esttua de la Vrgen, la de San Cristbal, de nueve  diez
metros de altura, y otro grupo de mrmol llamado _el voto de Luis XIII_,
que representa una cruz de piedra blanqusima, medio cubierta por un
pao con una maestra notable; al pi de la cruz aparece sentada la
Vrgen Mara, teniendo en sus brazos al nio Jesus.  cada lado de la
Vrgen, se ven las figuras de Luis XIII y Luis XIV, que presentan una
corona  la madre del Salvador. La escultura de estos verdaderos
monumentos no pertenece  la escuela del edificio, por decirlo as;
contradicen la lgica del arte; en una palabra, son otros tantos
anacronismos, pero al cabo son preciossimas creaciones de una
civilizacion santa y grande, creaciones de un arte sublime, de un arte
sin segundo, del arte cristiano, y nuestra fantasa, nuestro sentimiento
y nuestra inteligencia se ven fascinados por un encanto irresistible. En
un paraso, tan lleno de esperanzas y de armonas, el alma no piensa; se
embriaga y duerme.

Hemos admirado tambien las maderas y el enrejado del coro, los cuadros
de Luis de Bologne, de Touvenet, de Hall, de Coypell y de Felipe de
Champagne; los opulentos mausoleos del conde de Harcourt, del cardenal
de Belloy, de.... En fin, he admirado tantas cosas, que si las hubiera
de decir, seria menester que escribiera un libro, como dije antes. Pero
aunque sea de paso, no quiero dejar de hacer mencion de una pintura que
nos ha impresionado vivamente. No recuerdo en qu sacrista he visto
aquel cuadro; pero recuerdo que lo he visto para no olvidarlo jams.
Este cuadro representa al venerable monseor Affre, al caritativo y
valeroso arzobispo de Paris, herido gravemente por una bala en las
barricadas del clebre arrabal de San Antonio, en Junio de 1848, y la
bala que se ha extraido de la sangrienta y mortal herida. Hay una verdad
tan ingnua, _tan provocativa_, por decirlo as, en la pintura y un
inters tan grande en el asunto, que el espectador no puede menos de
quedarse clavado ante aquel lienzo. Aquello es una triple epopeya, una
para el arte, otra para la sociedad, otra para la fe.

La gran campana de Nuestra Seora de Paris, la mayor que hay en Francia,
pesa treinta mil libras,  sea mil doscientas arrobas. Como la _Mara_
de Sevilla, slo deja oir su voz grave y solemne en los grandes
sucesos,  en las grandes festividades.

Pero an no he hablado de una de las curiosidades ms notables que se
encuentran en este curiossimo monumento. Me refiero al madermen de la
techumbre, cubierto por mil doscientas treinta y seis planchas de plomo,
cuyo peso no baja de cinco mil quintales.

Pero se hacia tarde y la cabeza principiaba  dolerme. Habiamos dado
demasiado pasto  la inteligencia,  la imaginacion y al sentimiento;
experimentaba irresistiblemente la necesidad de respirar al aire libre,
de espaciar la vista por el horizonte,  hice una seal imperativa  mi
mujer. Salimos y subimos al coche.

--_A l'htel Saint-Antoine, rue Beauregard; al hotel de San Antonio,
calle de Buenavista_, dije al cochero.

Al poco tiempo atravesbamos el puente, y mi mujer y yo nos mirbamos
sin hablar, como si hubisemos dado cima  una grande empresa, tan
grande, que no nos dejaba ni an aliento para abrir la boca.

El grupo de la Vrgen y del nio Jesus, es una de las cosas que nos han
dejado una emocion ms agradable y ms duradera. Esto no procede
nicamente de la maestra de la ejecucion, de la habilidad del artista,
sino de otro arte ms poderoso, ms rico, ms maestro, ms grande; de un
arte que est dentro de aquellas concepciones, y que da vida al mrmol y
al mismo escultor. En aquellas esttuas hay ese viso de ingenuidad, de
candidez, de fervor  inocencia que encontramos en el Evangelio, en ese
libro que tantos cristianos ignoran, que tan pocos cristianos leen, que
tan pocos cristianos estudian, que tan pocos cristianos entienden; sobre
todo, que tan pocos cristianos practican. En aquellas esttuas se ve
algo del carcter ms santo y expresivo que conoce la historia; algo del
tipo ms bello, ms noble y generoso que venera el mundo; algo de la
Vrgen Mara. La Vrgen Mara quiere decir: candor, pasion y fe:
inocencia, dolor y esperanza. La Vrgen Mara lleva en s la idea y la
encarnacion de todo un mundo nuevo, es una civilizacion que vale por
todas.

Cuando calcul que ya bamos  entrar en las calles, me asom por la
portezuela, y dirig un saludo con la mano a _Nuestra Seora de Paris_,
como quien se despide de un amigo.

Pasamos muchas calles, muchas plazas, muchas travesas, muchas
callejuelas, que no parecen de Paris, y al atravesar la calle del famoso
y novelesco Temple, presenciamos,  despecho nuestro, una escena muy fea
y muy repugnante. El egoismo es la ms voraz de todas las fieras, el
ms rastrero de todos los reptiles, el ms asqueroso de todos los
insectos! Estando avecindado entre los hombres, Dios no tuvo necesidad
de crear un infierno para este mundo. Un padre, halagado por ciertas
esperanzas de lucro, habia vendido la honra de la menor de
sus tres hijas. Aquel hombre (no merece que le demos el nombre venerando
de padre) aquel hombre egoista, idiota, cruel, bajaba la cabeza y fumaba
su pipa negra. La pobre de su hija, muchacha como de catorce  quince
aos, le reconvenia furiosamente en medio de la calle. Estaba plida
como una muerta, desgreada como una loca, trmula y llorosa como una
mujer deshonrada. All oimos cosas que no olvidarmos, y de que no
podemos dar parte  nuestros benignos lectores.

Llegamos, por fin,  nuestro hotel. Pagu al cochero siete francos, uno
de propina, y subimos  nuestra habitacion, que nos pareci el templo de
la Paz. Qu silencio tan apacible! Qu dicha!

Repuesto un poco de esa especie de sopor  letargo que causa en nuestro
nimo la admiracion, principi  meditar sobre lo que habia visto,
mientras que mi mujer se ponia un traje de casa. La verdad, me veo
turbado; apenas puedo desenredar, si as puede decirse, las primeras
ideas y sensaciones. Si en este instante me preguntaran si he visto una
iglesia, un alczar, un panteon  un baluarte, casi no sabria qu
responder.

Efectivamente, _Nuestra Seora de Paris_ nos deja una memoria confusa,
tan confusa como deliciosa, porque confuso y delicioso es el arte misto
que all impera. Aquel arte no es un monarca, es un tirano, pero un
tirano creador y esplndido.

Al ver el monumento de que hablo, sentimos lo que cuando hallamos muchas
huellas como amontonadas y confundidas. El rastro confundido no es un
rastro; pero la mente lo adivina. El pensamiento tiene tambien sus
goces, y aquella adivinacion es el primero de los goces intelectuales.

La suntuosa catedral de Paris no tiene esos techos despejados, claros,
altsimos, atrevidos y majestuosos de la catedral gtica: no tiene
tampoco esas bvedas aplanadas, casi chatas, esa atmsfera oscura, ese
horizonte misterioso de la mezquita rabe; no tiene la esbeltez, la
elegancia, la virilidad, la pompa sencilla y sublime del palacio griego
y toscano. No tiene nada de eso, y todo eso se encuentra all; si no se
encuentra, se conjetura, se presiente, se distingue  lo ljos. All se
ven mezclados y confundidos el Oriente, la Grecia y la Italia; el
palacio, la mezquita y la iglesia. Esto no se ocurre desde luego; pero
despues que se reflexiona sobre aquel precioso mosico, sobre aquella
_bellsima barbarie_, sobre aquella _hermosa monstruosidad_, encontramos
una especie de mesa revuelta, en que no sabemos qu admirar ms, si la
belleza de las partes,  el curioso desrden y la rica y fecunda
discordancia del conjunto. Gentilidad, cristiandad, feudalismo,
renacimiento, arte moderno, todo est all, como estn los haces de mis
en una era, desde Jpiter hasta Childeberto, desde Childeberto hasta
Mauricio de Sully, desde Mauricio de Sully hasta San Luis, desde San
Luis hasta el actual Napoleon. No perdindose Nuestra Seora de Paris,
no se pierde una gran parte de la historia y del arte de Francia.

Por ltimo, no debo escatimar al nobilsimo edificio que hemos visitado,
ya que somos deudores de tan gratos recuerdos, un elogio que,  mi modo
de ver, significa mucho. Despues de estar poetizada _Nuestra Seora de
Paris_ por el genio de Vctor Hugo, que es un gran genio, _Nuestra
Seora de Paris_ parece potica.

Hemos resuelto no salir  la calle para comer. Eso de comer  lo
transeunte,  lo bohemio, como si dijramos al salto de mata, nos
fastidia y nos entristece. Hemos llamado  la hija de la lechera, y la
hemos encargado salchichon, jamon dulce, sardinas de Nantes, una libra
de fresas, un panecillo y una botella de vino Macon.

Mientras que la muchacha nos trae los recados, yo escribo esta revista 
la manera que se persigna un cura loco.

La chica llama, mi mujer abre, la muchacha entra, deja nuestro avo, se
va, mi compaera pasa la llave, y nos quedamos solos. Qu hermosa es la
casa en que vivimos! Qu hermosa es la familia! Qu hermoso es el
amor! Qu hermosa tambien es la tranquilidad!

En este sentido, Paris nos ha hecho un gran regalo. En Madrid nos
inquietaba un tanto la polica; aqu vivimos en la ms perfecta y
envidiable calma.

Lector, si el cofre que tienes en tu casa te produce inquietudes
profundas; si el cofre que tienes en tu casa te turba el sueo, creme,
tira el cofre  la calle. Pasa por todo, menos por intranquilizar tu
espritu. La tortura del sentimiento y la violencia ejercida sobre
nuestra alma, son las dos tiranas ms insoportables de este mundo. Esto
nos advierte que hay una gran verdad, un gran secreto, una gran ciencia;
esto nos advierte que hay un espritu, y que ese espritu, esa
exhalacion que no se toca, que no se ve, que no se mide, que no se
compra ni se vende, es el gran poder de la tierra, el sumo Pontfice de
la vida humana.

Sobre la cubierta de mrmol blanco de la cmoda, sin mantel, ni
servilletas, ni cuchillos, ni tenedores, ni platos, hemos colocado
oportunamente el salchichon, el jamon dulce, las sardinas, las fresas,
la botella de vino, la de agua y el pan. An cuando comemos en casa,
esto nos parece una comida de campo. La libertad con que comemos, nos
hace creer que nos encontramos en una romera, entre tomillo y aleles.

Hemos comido oppara y deliciosamente, y aqu doy fin al dia dcimo
tercero, porque seria muy difcil darle mejor final.




=Dia dcimo cuarto=.

El sueldo de la paraltica.--Mis humos caballerescos.--Establecimiento
de caldo.--Comida compuesta de tres sopas, de tres platos de carne, de
tres legumbres y de tres postres,  franco y medio por persona.--Muecas
que hablan.--Aleluyas.--Almuerzo.--Estban Lesperut.--Comida.--Soberbia
de mi mujer.--Caf cantante titulado la Francia Musical.--Teatro de la
Gran Opera.--Opera francesa.--Zarzuela espaola.--Harem europeo.


Salimos muy temprano en busca de algun _restaurant_ que nos acomode,
bajo el doble aspecto de estmago y bolsillo. Es indudable que lo hay;
qu no hay aqu? S, lo hay, digo yo  mi mujer; pero mi mujer me
contesta: dnde est? De esto se trata.

No distbamos treinta pasos de nuestro hotel, cuando oigo que me
llamaban. Era una pobre muy anciana,  quien habian tirado un sueldo
desde un balcon. La pobre estaba paraltica, no podia agacharse para
recoger la limosna, y con este fin me habia voceado. La seorita que
arroj el sueldo miraba desde el balcon de un piso segundo, como para
ver el desenlace de aquella pequea aventura. Estoy seguro, de que en
Espaa no me habria ocurrido el menor escrpulo en este instante; pero
me hallo en pas extranjero; esta circunstancia es una voz de alerta que
clama siempre en torno nuestro, y me v asaltado por un sentimiento
singular, muy singular en m. La seorita miraba desde arriba, la pobre
esperaba que yo la sirviese, como era justo y natural; pero yo
experiment entonces que en los espaoles existe una mezcla de genio
aleman y de genio romano; una mezcla de pensamiento y de fantasa, de
concentracion y de ligera idealidad, que describe maravillosamente ese
temperamento moral que nosotros llamamos _hidalgua espaola_.
Desdichado de m! Cunto me resta que aprender! Cunto ignoro! Yo no
me creia _hidalgo_: no suponia en m ese espritu caballeresco que
caracteriza un siglo y una raza; el siglo feudal y la raza latina; y
ahora me encuentro con que ignoraba lo que sucedia en m propio.
Indudablemente tengo algo de raza y de feudo, y de ello pudiera ser
testigo la mendiga. En vez de recoger el sueldo, como ella me suplicaba
y como esperaba la seorita del balcon, la d dos sueldos y prosegu mi
marcha, aparentando que no habia comprendido.

Ignoro qu impresion haria en mis espectadoras _mi rebelda
caballeresca_; pero ello es que yo caminaba tan ufano como si hubiera
hecho una conquista. Pasada aquella rfaga de caballerismo, empez 
preocuparme la idea de si habria cometido una falta de caridad, una
falta tanto ms reprensible cuanto que la habia cometido con una pobre
anciana.

Mi mujer quiso disuadirme diciendo:

--De qu puede quejarse? La has dado el doble de lo que ella te pedia.

--No, respond  mi mujer. Puede quejarse de mi soberbia, de mi soberbia
con una vieja paraltica. La he dado el doble; pero el dar no prueba que
se da bien, puesto que muchas veces la simple ddiva envuelve una
afrenta;  veces se da la deshonra.

Si yo estuviese paraltico, si suplicase  un transeunte que me cogiera
un cigarro que se me hubiese caido al suelo, y el transeunte me diera
dos cigarros suyos, yo no aceptaria de ningun modo su presente, y le
llamaria orgulloso, presumido, insensato tal vez. Yo no le pedia los dos
cigarros que me da, sino un servicio que no me hace, una obligacion que
no cumple; si t quieres llamar  esto caridad, es una caridad que no me
otorga, que me niega con cierto alarde de virtud; pero al cabo me la
niega, y yo veria en su alarde de virtud un alarde de vanidad.

Mi mujer me miraba con cierta maravilla, al observar la sria
importancia que yo daba  un accidente tan pasajero; pero yo estaba
herido por una especie de remordimiento, y no pude menos de proseguir:
si aquella mendiga no hubiese perdido, como el hbito horrible de la
miseria, la justa apreciacion de su decoro, si no hubiese sacrificado su
dignidad al embrutecimiento que sigue siempre al desamparo y  la
abyeccion; si con la sensibilidad de su cuerpo no hubiese perdido la
sensibilidad de su conciencia; si aquella infeliz vieja viviese para la
vida del espritu, como vive para la vida del abandono, seguramente
hubiera despreciado la donacion de mi soberbia, la jactanciosa caridad
de mi egoismo; seguramente hubiera despreciado una limosna que no
escucha un ruego natural; que da dos monedas, y camina ufana porque ha
sido altanera y cruel. Si la pobre invlida existiese para el
sentimiento de lo que es, como existe para el sentimiento de lo que
sufre, seguramente me hubiera afrentado.

--No, amiga ma, no: si otra cosa crees, te engaas: al menos, mi
corazon me dice que te engaas. Todos somos hermanos, ante la religion
que nos llama por boca de un viejo: ms hermanos todava, ante la
sublime fraternidad de la desgracia y del dolor.

He hecho mal, muy mal, y me pesa. Yo he debido coger el sueldo, drselo
 la invlida, sin perjuicio de aadir mis dos sueldos,  lo que me
hubiera parecido oportuno. He ofendido  la paraltica, y la pido
perdon.

Mi mujer hizo ademan de replicarme, sin duda para tranquilizar mis
escrpulos, porque tiene demasiado sentimiento moral para no comprender
que la razon estaba de mi parte; quiso contestarme, repito; pero tuve la
suerte de que se me ocurriera una observacion,  la cual no resiste
nunca una mujer.

--Supon, le dije, que t no conocieras  tu madre; supon que esa mendiga
fuera tu madre, habriamos hecho lo que hicimos?

No, es bien cierto que no. Y con qu derecho exigirias t que un hombre
accediera  las splicas de tu madre tullida, porque tu madre puede
tullirse, cuando t creyeras que yo he hecho bien no accediendo  las
splicas de aquella invlida, aquella invlida que tambien puede tener
hijos, como tu madre te tuvo  t; aquella invlida de la cual t
pudiste ser hija?

Mi mujer contest:

--Es verdad.

Al desembocar en la espaciosa calle de Montmartre, vi un letrero hcia
la derecha que decia: _tablissement de bouillon_. (Establecimiento de
caldo.)

Esta especie, es decir, el que el caldo diese lugar  que hubiera
establecimientos, y establecimientos tan importantes como el que vemos,
es un hallazgo que nos asombra. Nos aproximamos, vimos varias frutas y
dulces en almbar que estn expuestos en los escaparates; pero echamos
de ver que hay jarros de flores  cada lado de la entrada principal, y
esta circunstancia, unida  la de ser un punto muy cntrico, nos da mala
espina acerca de sus condiciones econmicas. No quisiramos un
restaurant tan cerca del de _Champeaux_; pero all entra multitud de
personas, se titula _Establecimiento de caldo_, y hemos resuelto hacer
una nueva experiencia.

No es an hora de almorzar; seguimos la calle de Montmartre hasta la
calle paralela  la de Rousseau, y tiramos por ella hcia la plaza de
las Victorias, donde mi mujer tenia que comprar algunas frioleras; si
bien no son frioleras para m, puesto que me ponen en un potro,  causa
de ignorar sus nombres en francs. Tambien es cierto que los ignoro en
espaol.

Al subir por la acera derecha de dicha calle, vemos un aviso en que se
lee: _en el piso principal de esta casa, se da una comida (un diner),
compuesta de tres sopas  eleccion, tres platos de carne, tres de
legumbres y dos postres, todo por franco y medio_. El precio nos pareci
sumamente arreglado, resolvimos comer all, tomamos nota de la calle y
nmero de la casa, y caminamos hcia la plaza de las Victorias.

Mi mujer hizo provision de hilos, sedas, agujas y trencillas; nos
dirigimos  la Bolsa con el fin de aproximarnos al restaurant de la
calle Montmartre, atravesando el pasaje que llaman de Vivienne, nombre
que toma de la calle en que est. En este pasaje hemos visto una
curiosidad que no ha dejado de impresionarnos. Hay una porcion de
muecas grandes, con un excelente colorido, ojos perfectos, una
cabellera naturalsima, y que tienen la facultad de articular varias
palabras, merced  un cilindro interior.  este cilindro se le da
movimiento por un resorte que est debajo de la tabla que sirve de base
 la mueca, de modo que el espectador no se aperciba  primera vista
del secreto de aquella operacion.

Hay una que dice: _me llamo Mara y hablo mejor que mi hermana. (Je
m'appelle Marie et je parle mieux que ma soeur_.)

Otra dice: _mi abuela me ha dicho que pasar el prximo esto en el
campo. (Ma grand'mre m'a dit que l't prochain je serais  la
champagne_.)

Otra muestra un dechado con la mano derecha, y dice: _este es el premio
que he ganado en mi colegio. (Voil le prix que j'ai remport dans mon
collge_.)

Esta curiosidad que parece tan admirable, tiene sin embargo una
explicacion facilsima, si vale creer en lo que se me ha dicho. El
cilindro que est en el interior de la mueca produce la articulacion de
las slabas, como el que est dentro de un organillo produce la
articulacion de las notas musicales, dando un sentido perfecto  la
composicion.

En el mismo lugar hemos visto unas aleluyas con motivo de los
miriaques. Estas aleluyas son un verdadero drama cmico, y bastarian
para demostrar la excelencia del carcter francs, para el ridculo,
cuando aquel carcter necesitra de nuevos testimonios. Hay situaciones
verdaderamente oportunas, como aquella en que un marido ve  su mujer
dentro del miriaque, y suponiendo que no podria oirle  la distancia
que el miriaque hacia necesaria, la est hablando con una bocina.

Salimos del pasaje, atravesamos luego la plaza de la Bolsa, y  los
pocos momentos entrbamos en el _Establecimiento de caldo_, calle de
Montmartre, nmero 43. He dicho que entrbamos, y esto no es exacto en
rigor. Pretendiamos entrar; pero nos detuvieron,  fin de proveernos de
unas papeletas, sin las cuales no est permitida la entrada. Yo quise
preguntar al _contralor_, que as se llama el empleado que da las
targetas, sobre el uso  que las habiamos de destinar; pero los
franceses son todos adivinos en el _instante soberano_ de hacer un
negocio. El contralor comprendi desde luego mis dudas, y se content
con decirme: _allez, monsieur, allez_. (Vaya usted, seor, vaya usted.)
Estas palabras tienen en francs una significacion ms eficaz que en
castellano, por lo mismo que significan una especialidad francesa.
_Allez, monsieur, allez_, quiere decir: _anda, anda, que all dentro te
arreglarn_;  bien esto otro: _estoy haciendo mi vendimia; no ves,
majadero, que tengo un racimo en la mano? No seas impertinente, anda y
djame en paz_.

La palabra _monsieur_ (seor) tiene un sentido muy gracioso en la frase
citada. Viene  significar una cosa muy parecida  la palabra castellana
_tonto_, que de paso sea dicho, es una de las grandes bellezas de que
tanto abunda nuestro rico y hermoso idioma. En efecto, el sonido sordo y
tardo de este vocablo, suministra la idea exacta de un entendimiento
que se despereza, que abre la boca con trabajo, que balbucea un nombre
con la lentitud bria del que se duerme: en el sonido de la palabra
_tonto_ hay algo parecido al de la de _sapo_, y esta nica relacion es
ms que suficiente para darla una propiedad y una fuerza admirables.

Pues bien, _allez, monsieur, allez_, quiere decir al pi de la letra:
_anda, tonto, anda_.

Yo lo comprend como lo digo; pero este insulto era un secreto de
lenguaje; era un insulto que tenia en su abono el genio de una lengua
que hablan en todo el mundo doscientos millones de hombres, y no habia
otro remedio que bajar la cabeza y andar.

Entramos en el primer salon del establecimiento y nos sentamos cerca de
una mesa de mrmol, limpia y lustrosa, sin manteles ni servilletas.

En la targeta que nos dieron  la entrada, estn notados todos los
artculos disponibles en el establecimiento, con el precio de cada uno
al mrgen.

La servilleta es el primero de aquellos artculos, y cuesta un sueldo
por cada comida.

Pedimos servilletas y sopa de pasta, llamada aqu _pte d'Italie_ (pasta
de Italia) y la criada que nos sirvi, que criadas son todas las que
sirven, sac su lpiz negro, y con el desenfado de un maestro en el
oficio, hizo dos rayas en el artculo servilleta, y otras dos en el
artculo sopa.

Luego pedimos chuletas de carnero, y volvi  hacer dos marcas en el
artculo correspondiente.

Lo mismo sucedi respecto de las dems cosas que pedimos. Concluido el
almuerzo, pregunt  la sirviente qu debia hacer con aquella targeta
tan decorada.

--_Monsieur, allez au comptoir, s'il vous plat. Seor, srvase usted ir
al mostrador_, y sealaba  un mostrador que estaba  la izquierda de la
puerta principal, ocupado por dos seoras sentadas.

Estas seoras eran las oficinistas. Me llegu  la que se hallaba ms
prxima  nuestra mesa, cogi la targeta sin mirar, sum con la
velocidad del relmpago, y estamp la suma y un sello con tinta
encarnada. La pregunt si all debia pagar, me contest afirmativamente
y me di la vuelta de una moneda de diez francos. El almuerzo nos habia
costado cinco francos y trece sueldos, prximamente once reales  cada
uno, incluso una botella de vino.

Al salir dimos la targeta al contralor, cuyo oficio consiste en darlas
en blanco, y recibirlas con el sello encarnado; penetramos  duras penas
 travs de la gente que entraba, y, quede aqu escrito en gloria de
_Duval_, amo del establecimiento, esta comida ha sido la menos
repugnante  nuestro gusto, por ser la que menos repugna  la cocina
espaola. Este hallazgo nos alent con la seguridad de que en Paris no
nos moriramos de hambre por falta de mesa, y resolvimos solemnizarlo
yendo  un caf cantante, desde las seis hasta las ocho de la noche, y
al teatro de la Gran Opera, desde las ocho y media hasta las doce.

Teniamos noticia de tres cafs cantantes: el de la _Francia musical_,
hcia el bulevar de la Buena Nueva; el de _Moka_, en la calle de la
Luna, y el del _Concierto_, calle de Montmartre.

El ms importante es el de la _Francia musical_, exceptuando los tres
que hay abiertos en los Campos Elseos, durante el verano, y adonde no
podriamos ir, teniendo pensado asistir  la Opera. Nos hemos decidido
por el de la _Francia musical_.

Disponiendo as el plan del dia, nos dirigiamos al paseo del Palacio
Real, de donde pasamos  los jardines que decoran los costados de las
Tulleras, por la parte del Sena, con el objeto de evitar el calor. All
nos sentamos; yo no sabia que me sentaba en sillas imperiales, porque
luego supe que todos aquellos asientos pertenecian al palacio y eran
gratis. Cosa extraa en Paris, en donde el hombre paga hasta la luz que
Dios da de balde al gusano!

Casi tocando con la silla de mi mujer, estaba sentado un viejo militar,
de una gran talla, con cabello muy blanco y una de las barbas ms
venerables que en mi vida he visto. Nos oy hablar, y nos dirigi en el
acto la palabra, con ese aire de jovialidad afectuosa con que tratamos 
un individuo de nuestra familia. Hablaba en castellano, de un modo
violento; pero que se dejaba comprender.

El anciano que nos dirigi la palabra es un veterano del primer Imperio;
hizo en Espaa toda la guerra del ao ocho con el grado de capitan.
Tiene ochenta y tres aos. Su mujer y una hija estn en el departamento
de Lion, su hija es la directora de correos en una cabeza de partido, y
viene  Paris con el fin de buscar empleo  otro hijo que tiene, _ su
Hiplito_, antes de morirse, hora que cree cercana.

Todo esto nos lo dice en menos de cinco minutos, y nos habla con la
misma expansion y el mismo jbilo que si furamos, mi mujer la
_directora de correos_, y yo su Hiplito.

Estban Lesperut, as se llama, toca ese grado de lucidez interior, en
que el hombre toma la costumbre de amar el pensamiento de la muerte,
como si se tratara del ltimo misterio que su destino le ordena
descifrar; en que el hombre se ofrece  nuestra fantasa de un modo
semejante  la idea de silencio, de espritu, de historia, de
inmortalidad casi, en que el hombre es el canto del tiempo, colocado
entre el mundo y Dios, como una esttua est colocada entre el genio de
un artfice y los ojos del que la mira.

El buen Lesperut, el carioso y honrado Lesperut, abre los ojos con
esfuerzo, procura dar vigor  su pupila, sonrie expansivamente, y nos ve
y nos escucha con un regocijo que nos tiene encantados.

Con qu efusion recitaba las cartas que habia recibido de una Isabel,
de quien conservaba recuerdos amorosos! Con qu cordialidad hablaba
tambien de una doa Gertrudis, ama de un abogado de Salamanca! Aquel
hombre parecia vivir en aquellos instantes con una doble vida.

En Lesperut hemos encontrado un compatriota, un verdadero amigo, un
padre. Nos ama como ama el recuerdo de su juventud, de sus proezas, de
sus glorias. Ama  los espaoles como ama la memoria de su primer
emperador. Cuando habla de estos sucesos, habla y llora.

Se acercaba la hora de comer, y tuvimos el sentimiento de abandonar su
compaa, no sin prometernos comer juntos al dia siguiente en el
restaurant de San Jacobo, calle de Rvoli.

No habian trascurrido diez minutos, cuando nos hallbamos en la casa en
donde debiamos comer por franco y medio cada cubierto.

Al entrar volvimos  leer: tres sopas  eleccion, tres platos de carne,
tres legumbres y tres postres. Tanta baratura nos aturdia.

Subimos, y la seora del establecimiento nos improvis una mesa aparte,
en una habitacion que estaba  la izquierda, contigua  la estancia
destinada  los fumadores. Los dos salones que servian de comedor,
estaban llenos de parroquianos.

Esta circunstancia nos confirm ms en la idea de la baratura.

Aquella seora nos sirvi desde luego media botella de vino  cada uno,
el pan correspondiente y una sopa de pasta. Luego nos pregunt qu carne
queriamos. Nosotros pedimos chuletas de carnero, como para disponer el
estmago. Vinieron las chuletas inmediatamente, no parecian malas, y mi
mujer dej escapar una mirada de intencion hcia m, como si quisiera
decirme: _amigo mio, esto es otra cosa; este Paris no es aquel Paris_.

Comimos las chuletas, y quedamos dispuestos para los otros dos platos de
carne. Pero pecadores de nosotros! Nos habian servido una sopa: y las
otras dos que ofrecia el aviso?

La seora entr  saber qu legumbres queriamos.

Y los otros dos platos de carne? Se quedarn donde se quedaron las dos
sopas? Vino un doble plato de judas sin salsa, y me pregunt qu
postres eran de nuestro gusto.

Pero y las legumbres que faltaban?

Mi mujer no pudo contenerse por ms tiempo.

--Qu es esto? me dijo. Dnde estn las tres sopas, los tres platos de
carne y las tres verduras?

Yo me encog de hombros y esper.

La seora entr con dos ciruelas casi verdes, y dos plumas. Las plumas
equivalen  los palillos que usamos en Espaa, aunque tienen un doble
oficio. Ofrecer un plato con plumas, significa lo que significaba el
lego cuando nos miraba con el saco de la limosna abierto.

Aquellas plumas eran una sentencia. Resuelta y decididamente, la comida
se habia terminado. No habia ms.

Segun nuestro modo de ver las cosas, nos habian escamoteado dos sopas,
dos platos de carne, dos de legumbres y dos postres,  sea las dos
terceras partes de la comida: otra vez el doscientos por ciento!

Mi mujer queria  todo trance que pidiera alguna explicacion sobre el
hecho, hacindolo cuestion de _energa espaola_; pero yo mir el asunto
de otro modo.

Las explicaciones que me den, dije yo para mi capote, no me valdrn un
plato; perder el tiempo, gastar saliva, se me indigestar lo poco que
he comido, y habr hecho mritos para que me tengan por cafre  por
moro, sobre todo si anda por aqu el Sr. Dumas.

Nada; no hay ms recurso que pagar; tener muy presente esta casa, y
bajar la escalera.

Llam  la seora, la d una moneda de diez francos, me trajo la vuelta,
dej unos sueldos (mi mujer hizo un gesto terrible) y salimos de la
habitacion.

Al bajar las primeras escaleras, no pude menos de decir sorprendido  mi
compaera:

--As te vienes?

Estaba tan atribulada y tan soberbia, tan _espaolamente soberbia_, que
se habia dejado el sombrero en una percha del comedor.

A las siete subiamos las espaciosas escaleras del caf la _Francia
musical_, entre vistosos jarrones de flores y grandes espejos que nos
retratan  uno y otro lado.

La concurrencia comenzaba entonces, y tuvimos ocasion de colocarnos
enfrente del pequeo teatro que hay en el fondo, cerca de la orquesta,
de que formaba parte un negro muy elegante y muy lustroso.

Probablemente aquel negro ganar ms que los otros msicos, puesto que
es de ms efecto dramtico.

Una jven, que ha venido sola, se llega  la orquesta y cruza dos
palabras con el director. Despues pasea los ojos vidamente por la
concurrencia, como si se gozase en recibir todas las miradas.

Es una _dama del teatro, una actriz, una artista_.

La compaa consta de tres damas y de tres galanes.

Las damas son: tiple, _carcter ligero_ y carcter cmico.

Galanes: tenor, bartono, bufo.

La orquesta preludia y la concurrencia se anima.

Un garon de frac negro y corbata blanca se acerca  nuestra mesa. Mi
mujer pide un t, y yo una copa de Madera con bizcochos.

La orquesta rompe, se abre la puerta del fondo del teatro, y aparece la
jven que vimos venir sola, presentada por el tenor, el cual la trae
cogida de la mano con el mayor refinamiento.

El principio fu muy desgraciado para nosotros.

No es esa la jven que entr aqu sola  presencia de todo el mundo?
Pues si aqu vino sola, si sola se iria hasta el fin de la tierra, por
qu ese coquetismo de que la acompae el tenor ante un pblico que est
convencido de que no tiene necesidad alguna de compaa? El pblico sabe
que _aquella dama_ _no se perder en el camino_: por qu contradecir
ese convencimiento que tiene el pblico, cuando lo tiene con _razon_?

No, seor, se dice: cuando aquella jven entr en el caf, no era dama
del teatro. Ahora lo es, y la cultura tributa ese homenaje  la mujer, 
la actriz y al pblico.

Yo no lo creo as. Creo que el arte da belleza, no moral. Creo que la
moral naci con la opinion de la mujer, y que es injusto sacrificar la
mujer  la artista, cuando la mujer es la grande artista de la
naturaleza.

Si la mujer pudo entrar sola en el caf, la cantatriz puede salir sola
al teatro, porque ambos son hechos sociales que caen igualmente bajo la
jurisdiccion de las opiniones.

Ms claro, veo en ese refinamiento un coquetismo, una ridiculez, y creo
que la ridiculez y la coquetera no son un homenaje tributado al
pblico, ni  la actriz, ni  la mujer.

El tenor se retir haciendo cortesas exageradas, y ella qued en la
escena inclinada hcia el pblico, como la red que baja al fondo para
rastrear algo.

_La actriz_ no se engaaba; el pblico aplaudi.

En seguida cant un aire nacional con bastante voz, con bastante gusto 
inteligencia, pero haciendo mohines que destruian en nosotros el efecto
del canto.

_La prima donna_ da fin  su papel, se inclina respetuosamente ante el
pblico, el pblico aplaude otra vez, se abre de nuevo la puerta del
fondo, y aparece el tenor, el cual se la llev como la trajo.

Despues de mediar un entreacto de orquesta, asoma el tenor. Este tenor
es un hombre muy alto, delgado, inmvil, con un gran bigote tan inmoble
como sus piernas.

Cant con voz llena y poderosa; pero en aquel sonido no habia ms que
voz.

Sigue al tenor la dama de _carcter ligero_, calificacion que la viene
de molde, atendido el contnuo movimiento de sus pis.

Es una mujer de veinte y ocho  treinta aos, baja, un tanto gruesa, lo
que se llama rechoncha, y que no puede estar quieta un instante, como
el gorrion que salta sin cesar cuando busca algun cebo  su pico.

Esta mujer me suministra la idea exacta de lo que se llama en Andaluca
_un aire respingon_.

Cant una tonadilla, con su acompaamiento de momos y saltos, salud al
pblico; es decir, al caf, con mucha efusion y cierto gracejo ... nada
ms.

H aqu ahora al galan de carcter ligero. Esto no lo hubiera dicho al
verlo salir, porque cre que se habia invertido el rden de la funcion.
Cre que aquel hombre era el _carcter cmico_, el bufo, el payaso. Qu
gestos! Qu gritos! Qu contorsiones! Pero la puerta del fondo se
abre, como sale una bala del caon. Qu es eso que asoma? Qu es ese
bulto que sale corriendo, voceando, con el sombrero calado hasta las
orejas, y con un frac cuyas estrechas puntas van golpeando sobre los
talones de aquel bulto?

_Es el actor cmico_. Este actor canta, ladra, ahulla, corre, brinca,
salta, se estira, se encoge, se pone de cuclillas, de cuatro pis.... En
fin, el hombre que al juzgar de las cosas se deje llevar de las primeras
impresiones, no debe venir  los cafs cantantes, sino despues de haber
estudiado todas las relaciones de esta sociedad originalsima. Si los ve
antes, juzgar mal.

Lo nico que puedo decir, es que al presenciar estas escenas tengo dolor
de estmago. Tan verdadera, tan filosfica y tan expresiva es la
palabra espaola _estomagar_! S, igalo Francia, esta culta y poderosa
Francia! _Estoy estomagado_.

--No, seor, vuelven  decir los franceses.

Hay muchos hechos que no son tanto cuestion de lgica, como de costumbre
 de pas. Para no extraviarse en la apreciacion de las manifestaciones
sociales de este pueblo, es indispensable saber cmo este pueblo vive.
Despues de un dia de diligencia y de trabajo, el hombre francs come y
viene al caf, como quien asiste  un recreo. No le hableis ahora de
nada srio, de nada grave, de nada moral. No le hableis de nada que
pueda preocuparle y alterarle la digestion. Para eso tiene diez  doce
horas al dia.

Esto se dice; pero no hallo en todo eso una razon que me convenza. Desde
luego opino, y es una opinion muy profunda en m, una opinion en que yo
fundo el gran axioma de la vida humana: opino, decia, que no veo
cuestiones de pas  de costumbre contra las eternas cuestiones de la
lgica: desde luego creo que la lgica es el pas universal, la nica
costumbre necesaria. Si sobre la tierra existiese un pueblo que tuviera
el poder de trastornar con sus prcticas y costumbres las ideas
sustanciales de lo bueno, de lo verdadero, de lo justo, aquel pas seria
una diablura, una infamia, una apostasa. No, seores franceses; la
Francia est dentro del globo, est dentro de la humanidad, est dentro
de los fines providenciales, como una pulsacion de mis sienes tiene su
causa en mi cerebro, como una idea de mi alma est dentro de mi juicio.
No; no hay pases morales para contradecir el grandioso declogo que una
razon unnime ha escrito sobre las leyes del universo. Si alguno de
vosotros cree que vuestro pas tiene ese privilegio trastornador,
entienda que el tal privilegio fuera una hereja.

Vosotros os vais al caf con el objeto de recrearos. Nada ms justo;
especialmente despues de muchas horas de aplicacion y de virtud. Pero
de qu manera os recreais? Oyendo maullar? Viendo que un hombre se
convierte en gato, para que vuestra digestion no se turbe? Pues qu
digestion es la vuestra, que slo se hace bien contemplando que un
semejante vuestro se degrada? Creeis por ventura que no es degradacion
para un hombre el hacer oficios de lobo, puesto que ese hombre aulla?
No ois los aullidos? Eso os recrea? Eso ayuda vuestra digestion,
seores franceses?

--As nos recreamos!

--Ah! Si no teneis ms razon que esa, me callo.

Un hombre ponia candentes unas varas de hierro, las cogia con la
necesaria precaucion, se acercaba de un modo imprevisto  sus criados, y
les quemaba las piernas, los brazos  el cogote. Los criados saltaban,
gritaban, hacian gestos, y aquel hombre se distraia tambien con aquellos
gestos, con aquellos saltos, con aquellos gritos.

--_As me recreo yo_, podria contestaros aquel hombre.

No os disputo el derecho de divertiros; sino el derecho de divertiros
contra lo que se debe al decoro,  la moral, al hombre, porque no hubo,
ni hay, ni habr nunca derecho para obrar contra el hombre, contra la
moral, contra el decoro; de la misma manera que no hubo, ni hay, ni
puede haber luz en el espacio para derramar las tinieblas en nuestra
pupila.

Recrearos, s: recrearos  costa de un semejante vuestro que hace el
gato, el perro, el gallo, la gallina, el lobo, hasta el cocodrilo, si
cupiera: no, mil veces no. Eso no es recreo, porque no es arte, porque
no es humanidad, porque no es ni decencia.

--Si aqu vivieras algun tiempo, le contesta: si aqu perdieras ese
gusto extranjero que te presenta como repugnantes los hbitos de esta
sociedad, acabarias por asistir  estos espectculos y por recrearte
como nosotros.

Tampoco me convence esta prueba. En una ocasion padec vigilias, hasta
el punto de estar diez y siete dias sin dormir un instante. El mdico me
aconsej el pio; yo me negu, y recuerdo que el mdico me decia: si
usted se acostumbrara  usar de aquel narctico, lo usaria al cabo como
ahora puede usar de los dtiles, por ejemplo.

Puedo acostumbrarme  los cafs cantantes, como puedo acostumbrarme al
pio, al veneno,  la disolucion. De qu manera?

Relajando mis aptitudes fsicas y morales; destruyendo en mi
organizacion la ley natural, el dogma de mi sr.

Si hay razon para decir que me acostumbraria  una accion degradada, y
que llegaria  gozar en ella, habr razon tambien para que el bandolero
me diga: _vente con nosotros, desecha escrpulos, no temas. Luego que te
acostumbres, nuestra vida errante te har gozar con los peligros de una
hazaa; nuestra cueva te parecer tan hermosa como un palacio; te
creers un hroe, como nos lo creemos nosotros_.

Si vale raciocinar de esta manera, no hay criterio en el mundo.

An considerado nicamente como recreo, como _medio de digestion_, mi
estmago se levanta mal humorado, y es un testigo que depone
inexorablemente contra un espectculo semejante.

Sin embargo de que no soy francs, haria cualquiera sacrificio  trueque
de lograr que este pueblo no _digiriera alegremente_, que este pueblo no
hallara goces al presenciar que un hombre se agacha, se pone en cuatro
pis y ladra como un perro.

Contradicion inconcebible! Yo comprenderia que esta degradacion no
repugnara, cuando la persona degradada fuera un ingls, un cafre, un
indio; pero cmo no he de acostumbrarme cuando es un hijo de esta
nacionalidad tan celosa de su reputacion?

Digo del payaso de estos cafs cantantes, lo que del verdugo. Para
persuadirme de la inconveniencia social de que existan prcticas tales,
me basta saber que hacen de un hombre un oficio infame y burlesco, una
stira.

En nombre de la conciencia humana y del genio de nuestro pas, suplico 
Espaa que importe en buen hora la costumbre del caf cantante; nada ms
natural que se recree y se civilice oyendo cantar en un caf, quien no
puede ir al teatro: esto tiene una gran influencia moral, puesto que
levanta el sentimiento de la clase trabajadora, y la da decoro, porque
la da estimacion de s misma, y la separa de hbitos viciosos, nicos
donde antes hallaba la satisfaccion de ciertos goces, goces que son la
recompensa inevitable de muchas horas de fatiga: traiga en buen hora un
recreo digno y moralizador; pero de ninguna manera el payaso; de ninguna
manera la stira.

Si tras de lo uno ha de venir lo otro, que se queden ambos all. Por mi
parte, renuncio  ese legado de una civilizacion falsa y ruin, una
civilizacion que merece este nombre, como merece el bandolero la
calificacion de hroe.

Venga el canto; venga la bella arte; vengan la moralidad y la
instruccion de una cultura poderosa; la cultura del sentimiento; que no
venga la infamia. Doloroso es que all quede; pero ms doloroso seria
que all se quedara y aqu viniera.

Sentiria un vivo pesar, si viese alguna vez reproducida en mi pas esta
costumbre degradante.

Qu! Juzgas quiz que tu pas es ms morigerado que Francia?

No; no creo eso. Creo que los espaoles de hoy son ms dados al crmen
que los franceses; creo que en Espaa se cometen muchos ms delitos,
creo que la ventaja  favor de este pueblo es muy notable; pero creo,
sin embargo, de que en Espaa hay ms sentimiento moral, ms grmen de
conciencia, ms virilidad y ms fortaleza en nuestras acciones. Creo que
veria en aquel payaso un artificio servil y grotesco; _un buen humor_
que no haria las mejores migas con el respeto que nos debemos por
nuestra propia dignidad. Esta es la palabra,  mi modo de ver. Me parece
que los espaoles somos ms _amantes de nuestra dignidad_.

Nuestra tierra est peor cultivada; s, doy la razon  Francia en este
sentido; pero mal cultivada y todo, me parece que si se escarba se
encuentra ms jugo.

Cmo se explica ese fenmeno?

No es este el lugar de la explicacion.

Pagamos un franco por el t, otro franco por la pequea copa de vino de
Madera, y otro por los bizcochos, el doble de lo que dichos artculos
valian. Yo los hubiera dado con gusto,  no haber mediado _el hombre que
ladraba_. Esta memoria me amargar toda la vida el corazon.

A las ocho estbamos en la calle de Lepelletier, ante el teatro de la
Grande Opera.

El local en donde se expenden los billetes est lleno, an no han
abierto el despacho, y no hay ms remedio que ir  contadura, sin
embargo de que cada asiento nos costar un franco  dos sobre la tarifa
ordinaria.

Esto est dispuesto con intencion. Abren el despacho general media hora
antes de comenzar el espectculo, y este tiempo basta difcilmente para
expender los billetes de las localidades baratas. As sucede que casi
todas las localidades de preferencia tienen que buscarse en contadura,
pagando un sobrecargo de cuatro, ocho y hasta diez reales por asiento,
lo cual monta  una suma muy respetable en el trascurso de una
temporada.

Un jven saboyano nos gui  contadura, y nos provemos de dos asientos
de palco principal, nicos que quedaban pareados, mediante once pesetas
cada uno.

Penetramos en el teatro, cuyo prtico no deja de tener cierto aspecto de
majestuosa austeridad. Una escalera espaciosa y bien iluminada nos
conduce al piso primero. La sala de descanso, aunque provisional y un
tanto estrecha, ofrece una vista imponente. Tiene de longitud toda la
anchura del teatro, longitud que aparece triple por el juego de espejos
en las extremidades; est alumbrada con profusion y decorada con
sencillez y gusto.

La presencia repentina de esta gran sala impresiona muy bien.

Los pasillos son anchos, hay tanta luz como si estuviramos en medio del
dia, y todos los contornos exteriores de la escena suponen un interior
brillante. La impresion decae en este sentido, y decae mucho. La vista
interior del teatro de la Grande Opera, est muy distante de llenar la
ilusion de que el extranjero se deja ganar al subir la escalera, al
atravesar los pasillos, y al prolongar una ojeada casi respetuosa  lo
largo de la brillante sala de descanso.

La gran elevacion del teatro le comunica cierto aire solemne, pero
sombro, pattico. Parece ms teatro de tragedia que de canto y de
baile.

Los patios de nuestros teatros, tan bulliciosos, tan variados, tan
bellos, no tienen en este notable edificio un lugar que se le parezca.
En vez de butacas, hay banquillos mezquinos y espesos. Las seoras no
tienen all entrada; de modo, que no se alcanza  ver sino un grupo
uniforme, silencioso, triste. Parece que aquello est ocupado por un
solo hombre; un hombre que se hacina de la misma manera en todas partes.

Los palcos son cortos y profundos, lo cual hace que la concurrencia no
se pueda mostrar completamente, comunicando al todo la gracia de la
variedad y la grandeza de la muchedumbre. Lo nico que produce un efecto
verdaderamente teatral, es el anfiteatro, circuido de graciosas barras
doradas, con lujosos asientos accesibles  la mirada de los
espectadores.

Esto no es decir que el teatro de la Grande Opera no sea un magnfico
coliseo, tanto por su extension, como por sus trabajos de pintura,
escultura, dorado, y por su excelente y bien servida escena. Lo que digo
es, que este magnfico coliseo no se presenta  nuestros ojos tan
magnfico como lo habia imaginado nuestra fantasa; como debia serlo,
atendida la importancia de una ciudad como Paris.

Este teatro no est  la altura de las Tulleras y del Louvre, del
Panteon, de la Magdalena, de Nuestra Seora de Paris, del Luxemburgo,
del Cuerpo Legislativo, del Senado, del Arco de la Estrella, de la
Bolsa, de las Casas Consistoriales  del Palacio de la Industria.

No temo decirlo. Esta gran ciudad no tiene un teatro; lo tendr, el
nuevo teatro ser tal vez el primero del mundo en riqueza y arte, pero
hoy no lo tiene.

Cuando se gira en un espacio grande, todas las distancias parecen
pequeas; acaso mi clculo se equivoca; pero comparada la idea que tengo
del teatro Real de Madrid, con la impresion que este coliseo produce en
mi nimo, el teatro Real se me ofrece ms rico, ms animado, ms
hermoso, ms deslumbrador: me deja ms el gusto de lo que debe ser un
teatro.

No hablo de la propiedad y del servicio de la escena. Creo que es muy
superior la que aqu miro, no slo en ornato, sino especialmente en
carcter. Aqu cada decoracion es lo que debe ser, y no se halla
minuciosidad que no est satisfecha cumplidamente.

Esta noche se repite la pera _El Profeta_, puesta en escena cincuenta y
ocho veces, lo cual supone que ha dado lugar  una entrada por valor de
cuatro  cinco millones de reales.

La poesa es francesa; la msica, francesa; los cantantes, franceses.

Es verdad que este espectculo no tiene el sabor de la pera italiana.
Digo de la poesa, de la msica y an del canto, lo que antes dije de
las esttuas; lo que diria de las nubes, de las flores, hasta de los
granos de arena. En Italia todo es ms bello, porque todo tiene la
triple belleza del cielo, de la tierra y de la historia. S, Italia es
ms bella hasta en sus infortunios, en sus ruinas, en sus lgrimas; pero
bello es tambien un pueblo cuya infatigable creacion ha sabido dotarse
de una escuela que no est en su ndole; una escuela en cuya formacion
ha tenido que lograr del deseo y del trabajo, lo que le negaban la
tradicion y el genio: bella es esta Francia agrupando  sus hijos bajo
el sentimiento generoso de un arte suyo. Yo la aplaudo, la honro, la
venero tambien; yo saludo con entusiasmo esta solemnidad, producto
increible de tantos conatos y tantos esfuerzos, mientras que deploro que
una generacion ms potica, ms artstica, ms rabe, flucte todava
entre la degradacion del drama y de la pera. Deploro que Espaa, la
Italia del Ocano, como la Italia es la Espaa del Mediterrneo, ande
todava  vueltas con esa confusion, con esa algaraba que se llama
_zarzuela_.

En este momento viene  mi memoria el teatro de Jovellanos, y cuan
mezquino me parece!

No obstante, hay que ser justos. Tengo para m, como cosa evidente, que
la zarzuela es una mezcla impura y hasta repugnante para toda persona
que tenga la emocion del arte verdadero; pero si la zarzuela ha de hacer
en Espaa lo que el _vaudeville_ ha hecho en Francia; si consideramos en
ella un medio que ha de conducirnos  la posesion del verdadero arte,
tenemos que aceptarla como una elaboracion nacional que ha derribado una
antigua taberna, para levantar un nuevo coliseo; una elaboracion que
representa ya una gran suma de intereses y de profesiones; una
influencia poderosa que comunicar  la muchedumbre un gusto
transitorio, el cual la empujar hcia el gusto definitivo: esto es,
hcia la _pera espaola_.  este fin deben dirigirse todos los
esfuerzos. Si as no sucede, nos sobrar razon para decir que anda por
medio la ignorancia  el egoismo. Entre tanto, ms vale algo que nada.
El adagio que dice _para poca salud ms vale ninguna_, es
anti-cristiano, es inmoral.

La pera _El Profeta_ se ha ejecutado, no con esa liberalidad inspirada
y esplndida del genio italiano; pero s con una grande maestra, no
slo en la parte de canto, sino en el servicio de la escena y en las
disposiciones dramticas de los grupos.

En cuanto al libreto, baste decir que es un drama francs: hbil, muy
hbil; pero acompaado perfectamente _de sombras chinescas_. Aqu se
canta, se baila, se reza, se siega la mes, se recoge y se patina. La
operacion de patinar dur arriba de cinco  seis minutos, y el pblico
unnime aplaudi  toda orquesta. Es verdad que patinaron
maravillosamente; pero mientras que corrieron patines, yo vi correr
patines; pero no vi la pera. En resumidas cuentas, la pera fu acaso
lo que menos aplaudi el auditorio.

Soy el primero en reconocer su habilidad singularsima  este arte; pero
estoy viendo que tanta habilidad no consiste las ms de las veces, sino
en causar efectos contra la verdad de las cosas. _Hagamos sentir,
despertemos impresiones nuevas, y lo dems salga por el postigo._

La accion pasa en Holanda; en Holanda hay lagos helados; sobre estos
lagos patinan los hijos del pas. Pues bien, ensayemos diez  doce
parejas de ambos sexos durante quince  veinte dias, y demos este nuevo
espectculo al pueblo parisiense. Los patines tienen que ver con la
accion que se representa, como yo con el califa de Badgad; pero si la
pera no tiene que ver, tiene que ver la empresa, tiene que ver el
pblico que aplaude  los _patineros y patineras; el pblico que digiere
agradablemente viendo patinar; esto conviene al negocio_, y el arte
calla, cede, entra en el club, se hace cmplice. En cambio se hace rico.
Es un drama  que conviene este doble ttulo: RICO Y CMPLICE.

No niego  la escuela francesa grandes arranques, grandes grmenes de
progreso, intencion deliberada y profunda alguna vez, pero la lgica y
la conciencia, el juicio y la moral, salen generalmente con los tiestos
en la cabeza.

El lector supondr que no he venido  la Grande Opera, con el slo
objeto de ver la pera y el teatro, cuando hay otros objetos dignos de
curiosidad y de estudio. Me trae el deseo de conocer, aunque no sea sino
 vista de pjaro, la sociedad de alto coturno.

Con este fin estuve muchas veces en la gran sala de descanso, y atraves
otras tantas los pasillos y las avenidas del anfiteatro y palcos
principales.

Entre algunos ornatos de un efecto bien comprendido cuntas composturas
exageradas y ridculas! Cuntos disfraces! Cuntas mscaras! Recuerdo
que una seorita llevaba en la cabeza un aderezo, que difcilmente
podria pasar en la cabeza de un caballo de gala.

Es indispensable asistir  estas escenas prcticas de la vida, para
aprender,  costa de dolor y de hasto, cun fecunda y moralizadora es
la naturaleza.

Sin quererlo nosotros, con qu evidencia se aprende aqu que los
postizos en la mujer hermosa, slo son buenos para desfigurar su
hermosura: que los postizos en la mujer fea, slo son buenos para aadir
un realce nuevo  su fealdad!

Con qu lucidez comprendemos aqu que una mujer sencilla no puede ser
nunca repugnante, porque no puede repugnarnos una belleza!

Pasion desdichada! Cuntas mujeres se arruinan buscando fealdad en el
ridculo, mientras que el cielo las da gratis la belleza de la
sencillez!

Yo siento esta evidencia en medio de este foco deslumbrador, y bendigo
al genio providente que hace del tiempo un vaso indestructible, en donde
deposita la emanacion divina de su verdad!

Salimos del teatro  las doce y media. Esperamos que la calle de
Lepelletier se despejase un poco de los infinitos carruajes que la
ocupaban, y yo no podia menos de decirme entre tanto, al mismo tiempo
que contemplaba el frontispicio de la Grande Opera: qu poco sabr ms
de un espectador las intrigas y los misterios que se disputan las horas
del dia y de la noche, bajo la techumbre de esa enorme bveda!

Ah, en ese teatro, en ese harem de Europa, se revuelven trescientas 
cuatrocientas bailarinas, redoma donde queda encantada una gran parte de
la aristocracia de Paris. Comprendeis de este modo que el director de
ese teatro sea uno de los primeros personajes de esta ciudad casi
fabulosa?

No puedo decir ms.

Llegamos al hotel  la una, y as termin el dia dcimo cuarto.




=Dia dcimo quinto=.

Lesperut.--Anatoma de la vejez.--Restaurant de la calle de
Montesquieu.--Elemento sajon.--Elemento rabe.--Restaurant de San
Jacobo.--Historia de un magnate francs.--Pesares de Lesperut.--Proyecto
de visitar  Sevres y Versalles.


Lo primero que hemos hecho al despertamos, ha sido hablar del viejo
Lesperut. Su memoria nos preocupa extraordinariamente. Hemos hablado
mucho de su aire franco y carioso, de la trasparencia que creimos ver
en su ctis, de una diafanidad especial que est pintada en todo su
semblante, como si participara en cierto modo de la inmensidad de la
muerte. De idea en idea, de reflexion en reflexion, hemos llegado 
hacer casi una anatoma de la vejez.

Cuando proyect escribir estos apuntes, ofrec al lector en mi
conciencia no ocultarle nada de lo que yo pensase y sintiese. Estas
insignificantes reflexiones pertenecen tambien  mis benvolos y
queridos lectores.

Yo creia hasta ahora que en la vejez no habia ms que un perodo. El
viejo Lesperut me ha enseado que existen dos, y por seas que son bien
diferentes.

En el primer perodo descubro cuatro caractres dignos de un estudio
curioso y apasionado. Quin no ha visto canas en la cabeza de su padre
 de su abuelo? Quin no ha de tratar con un anciano? Yo puedo decir
que en las siguientes consideraciones me ha guiado menos el juicio que
la pasion. En la memoria inextinguible de mi padre, amo la memoria de un
viejo.

Cules son los cuatro caractres de que habl?

La reserva, la intolerancia, la censura y el egoismo.

La reserva es el producto de los desengaos.

La intolerancia es el resultado inevitable del que ha aprendido; pero
que ya no puede aprender, y vuelve los ojos tenazmente hcia lo que
aprendi. Sin esto, no sabria nada  casi nada: cmo ha de conformarse
en creer que la vida no ha dejado en sus canas ninguna ciencia, cuando
esas canas representan la ciencia de la vida? Sus cabellos blancos y
sedosos son orculos para l. Quin va  persuadir  un orculo contra
sus profecas?

As como la intolerancia viene del juicio, de la inteligencia, la
censura viene del sentimiento. La censura es la intolerancia del
corazon, como la intolerancia es la censura del discurso.

El viejo no puede sentir, no puede gozar, y reniega de aquello que ya no
puede poseer. Desea, pero desea en balde, y este mismo deseo le hace
apstata de los bienes que est deseando. Es como el amante que ama con
tal delirio, que da veneno al propio objeto de su amor.

El viejo no puede gozar; y cree que en el goce no estn las condiciones
morales y elevadas de la vida; cree que es un sueo, una decepcion, un
frenes: h aqu el censor perptuo de la juventud.

El egoismo es el carcter ms universal y ms profundo de la vejez,
porque se refiere  objetos que tocan ms inmediatamente su existencia.

La reserva, la intolerancia y la censura se refieren  la opinion
extraa: el egoismo asienta su pi sobre el instinto de la conservacion,
es como una gota que cae del manantial de la vida.

El viejo observa que la vida se va, y cuanto ms ljos la ve, con ms
nsia la quiere seguir. No le disputeis eso, no disputeis con l para
persuadirle de que sus ojos no deben ver, de que su sangre se debe
helar, de que sus sienes no deben latir; para persuadirle de que esa
creacion cuyas maravillas arrancan una fervorosa y sublime plegaria de
su boca trmula, debe desaparecer en un instante ante la aparicion
enlutada de un ataud. No le hableis sobre el particular; si le hablais,
vereis que el viejo se frota las manos y encoge los hombros en seal de
conformidad religiosa; pero si penetrramos en su alma, veriamos que se
frota las manos para despertar el calrico, ese calrico que parece ser
en los ancianos la esencia ntima del deseo. El viejo aparentar
conformarse, os sonreir, si conviene; pero estad seguros de que en
aquel momento os odia; estad seguros de que una sonrisa de hiel vierte
una lgrima sobre su corazon.

Ay del mundo, si se rocira la cabeza con aquella lgrima!

No le hableis al viejo del sepulcro, por la misma razon que no debeis
hablar al nio de la cuna.

Haced de modo que una criatura diga  un viejo: _abuelito, qu har
usted en la sepultura?_

_Abuelito, hacia usted muchas travesuras cuando era nio?_

Estudiad la cara del viejo al oir estas dos preguntas, y este estudio
nos dir ms que toda la filosofa terica.

Hay otra razon para que el anciano sea egoista en el primer perodo.

Vuelve la vista, descubre un gran espacio de tiempo, cree dominarlo,
cree poseerlo, en esta posesion est toda su vida, y su vida es suya. El
anciano se juzga amo de ese tiempo que l ha medido, como el gemetra se
juzga amo de su comps. El anciano dice en sus adentros: _todo eso es
mio_; quin es ninguno de estos recien venidos, de esos forasteros, de
esos imberbes, para disputarme la religion de mi memoria, mi memoria que
es mi cendal de lgrimas y mi corona de laurel, mi martirio y mi poesa.

_Todo eso es mio, el que lo toque es un profano._ Sabe que el hablar
tiene sus peligros, y calla: h aqu la reserva. Cree que vivir es
saber; l ha vivido; mas est persuadido de que sabe ms, y no ceja un
punto: h aqu la intolerancia. Cree tambien que lo que su Hacedor no le
concede, no debe ser bueno en ningun otro hombre; su Hacedor le niega
las pasiones activas y fogosas, la voluptuosidad, el deleite, la
emulacion, la fantasa, y ve en todos los goces anteriores otros tantos
hechos rebeldes. H aqu la censura.

Repara que el vaso en que bebe se queda vaco, entonces siente doble
sed, y tiene doble prisa en llenarlo. Seria necesario que para
conseguirlo se transformara el mundo entero? Pues transfrmese el mundo;
pero llnese el vaso. H aqu el egoismo.

Por otra parte, ha pisado ms tiempo la tierra, el sol ha herido ms
tiempo su pupila, las melodas de la naturaleza han halagado ms su
odo; en una palabra, ha existido ms, y ama ms la existencia, como 
medida que ms amamos, ms nos acostumbramos  amar lo que sentimos, y
nos apasionamos ms de este sentimiento, porque la pasion no es otra
cosa que un afecto elevado  costumbre. H aqu tambien el egoismo.

Pero hay otro perodo en que el viejo tiene la conciencia de que se
muere, en que siente morirse; conciencia depurada  fuerza de dolor,
como vemos que el humo de una hoguera se va depurando  fuerza de arder:
el viejo pierde la sensacion grosera, como el fuego pierde el humo
negro,  proporcion que se va quemando la parte leosa del combustible:
su odo se dispone  escuchar otras armonas; la soledad misteriosa y
proftica del sepulcro hiere su corazon; piensa en esto como se oye una
poesa  un canto  lo ljos, entre las brumas de una noche tranquila:
la cara del anciano adquiere una expresion ingnua, inocente, difana:
su aliento parece ser un soplo ms sutil que el aire de la atmsfera, un
soplo que sube como el aroma de las flores: mira, y ante sus ojos parece
agitarse el velo religioso que nos oculta cmo se vive ms all!

El viejo de este ltimo perodo, es el ministro de la revelacion y de la
calma; la conciencia que se toca y se oye  s misma: es el ngel de la
esperanza que se despide del ngel de la vida, aunque la esperanza es
vida tambien. Perdname, lector, estas fastidiosas digresiones.

Salimos de casa  las diez, y discurriendo casi maquinalmente por la
calle de Montesquieu, notamos que entraban y salian muchas personas del
nmero 6. Nos aproximamos, dirigimos hcia el interior del piso bajo una
mirada escudriadora, y desde luego convinimos en que aquel edificio
debia ser una iglesia  bien un teatro. Pero examinando un momento la
entrada, vimos que  la derecha del portal habia una mujer partiendo
ostras. Decididamente, esto no puede ser ni teatro ni iglesia. Miro  lo
alto de la entrada y descubro una ensea con este rtulo:
_Establecimiento de caldo_. Yo lo leia y no me parecia prudente creerlo;
mi mujer no lo creia tampoco.

Penetramos.... Cul no fu nuestra admiracion? Vanos el lector en una
inmensa sala, cuyo techo est sostenido por delgadas y elegantes
columnas de hierro. Hcia los lados hay dos filas de mesas de granito
rojo. En la fila que circuye las paredes del establecimiento, cada mesa
est separada por un aparato de madera bruida, imitando biombos, con el
objeto de impedir las corrientes del aire. Cada mesa tiene un mecanismo
que provee  los comensales del agua de Selz, composicion que tiene por
objeto quitar la crudeza al agua del rio, sin embargo de estar
purificada. Enfrente de cada mesa hay un espejo de buen tamao. En medio
de la sala se ven dos torreones, como si fueran pedestales, decorados
exteriormente por lozas finas. La parte superior de aquellos pedestales
 torreones est coronada de flores del tiempo, y por una figura de
bronce, la cual arroja hcia lo alto un hilo de agua.

Rodanles una verja circular, por entre cuyos hierros alcanzamos  ver
los aparatos de cocina.

En fin, aquellos torreones, lo que nosotros creiamos altares, no son
otra cosa que las chimeneas de aquel enorme establecimiento; altares
consagrados  otro culto no tan elevado, pero no menos indispensable. Es
bien seguro que no hay un templo en todo Paris, que cuente con una
cofrada ms constante, mas exacta, ms fiel.

En los cuatro ngulos de aquel magnfico coliseo, porque coliseo parece,
se hallan cuatro escaleras espaciosas, las cuales, conducen al piso
principal, en donde hay otro rden de mesas, dispuestas como abajo.

Tiene una puerta grande de entrada, y dos laterales para la salida.
Enfrente hay un hombre sentado que da las papeletas; en cada puerta
lateral hay otro que las recibe con el sello encarnado, en seal de que
la cuenta se ha satisfecho.

A izquierda y derecha estn los mostradores de la oficina, y en cada uno
dos seoras sentadas para la suma de las papeletas y la impresion del
sello.

De manera que el personal del establecimiento consta del jefe, de tres
contralores, cuatro seoras oficinistas, diez cocineras, veinticinco
criados y multitud de dependientes, hasta el nmero de ciento diez
individuos.

Caben holgadamente en ambos pisos quinientos  seiscientos comensales, y
no bajan de cuatro mil los que componen la parroquia ordinaria,
produciendo un ingreso de 25  30.000 reales diarios.

El amo de este restaurant increible, lo es tambien del de la calle de
Montmartre, mencionado ya, y de otros cuatro establecidos en diferentes
puntos de Paris.

Resta saber  mis lectores que el poseedor de esta gran fortuna es un
carnicero, el carnicero Duval, y que todo esto le ha venido de la
carnicera.

Trabajo cuesta comprender cmo un comercio de esta ndole, ha podido
darle ganancias para irse creando una renta diaria de 8  10.000 reales.

El mismo Duval proyecta actualmente abrir una carnicera, por la parte
de la Magdalena, en cuyo decorado y utensilios se gastar sobre un
millon. Las vasijas para contener las cabezas de las terneras, sern de
plata, y su peso no bajar de veinte arrobas cada una, slo lo cual
supone un valor de veinte mil duros, inclusa la mano de obra.

Bien es verdad que Paris carece de ejemplos anlogos. El pasaje de
Vero-Dodat, que vale algunos millones de francos, pertenece hoy  la
viuda de un salchichero.

Imposible parece que una ciudad tan ideal, tan fantstica, tan
exquisitamente potica, haga ricos de tal manera  los vendedores de
salchichas y de lenguas de vaca; aunque este vendedor de lenguas de
vaca, y aquella vendedora de salchichas, no son vendedores de cualquier
modo: son artistas tambien.

Sanlo  no, yo me guardaria muy bien de tomar esta circunstancia en
desdoro del pueblo francs.

Duval es carnicero, y bajar al sepulcro. El ama del pasaje de
Vero-Dodat es salchichera, y salchichera se ir  la sepultura. Aqu
encuentro yo ese carcter consecuente, austero, honrado y laborioso, que
distingue  los pueblos del Norte,  la raza sajona.

Si aquello ocurriera en algunas provincias de Espaa, la salchichera se
llamaria _la seora condesa de Vero-Dodat_, y el carnicero _el seor
conde de la Cola Bermeja, del asta de ciervo_ (por no decir de toro), 
otra cosa por el estilo, y las familias de estos pobres magnates, ni
sabrian ser magnates ni salchicheros; no sabrian ser nada, no serian
nada, y h aqu el cero conteniendo en su redondez negativa todas esas
cifras sociales.

A los hijos del carnicero sucederia lo que hoy sucede  muchos _hijos de
la historia,  muchos hijos de Pelayo_ que yo conozco, y de quienes no
quisiera acordarme, como no se queria acordar nuestro Cervantes del
lugar de la Mancha.

Qu era el feudalismo, la gerarqua de los seores, sino la holganza
convertida en virtud suprema, en una especie de cnon sagrado?

Y qu razon hay para llamar seor  quien nada til hace, que para nada
sirve, que  nada bueno aspira; que pone un brazo sobre otro brazo, y
contempla as la obra universal, que as paga la deuda inmensa que
contrajo desde que abri los ojos  la luz, desde que recibi la caridad
de tantos sres? Qu razon hay para llamar virtud  una nulidad, para
llamar sabidura  un idiotismo?

Los espaoles serian muy inferiores con su _condesa de Vero-Dodat_, 
los franceses con el nombre sencillo y honrado de su _salchichera_.

En muchas provincias de nuestro pas no se piensa sino en ganar cinco 
seis mil duros, para comprar un baston de borlas y hacer el doctor,  el
paseante en crtes.

Esta es la verdad, y tengo una sagrada obligacion de no ocultarla 
nadie, especialmente  quien el consejo puede aprovechar,  quien tiene
tambien obligacion de corregir sus vicios.

Y cuidado, que no soy yo de los que creen que este achaque de nuestro
pas viene del clima: esto es, de una necesidad de la naturaleza, de una
hora mala que nos ha tocado en el reparto del dia providencial, no.

El clima de Espaa no es de tal ndole que el espaol deba abrir la boca
y estirar los brazos, como los que moran en la orilla del Ganges; que
deba dormirse como el natural de los valles de Cachemira; que deba
evaporar su vida entre pios, mujeres y aromas, como los rabes del
Yemen.

Aquel achaque de algunas provincias de nuestro pas, no procede tanto
del clima, ni del genio de nuestra raza, raza tan activa, tan enrgica,
tan creadora; la raza de Atnas y de Roma absorbiendo al mundo; no
procede tanto de ese orgen, repito, como del cruzamiento de castas
diferentes, de sus tradiciones y de sus hbitos.

En nuestro pas domina ms que en Francia ese idealismo oriental; esa
atmsfera vaporosa de los asiticos, la religion del xtasis absoluto;
orientalismo que unido  nuestro genio por la dominacion morisca y
rabe, produjo una casta mestiza, indefinible; ms indefinible en Espaa
que en pueblo alguno de la Europa: la casta de donde salieron el
caballero andante, la dama idolatrada de los torneos, el aventurero de
lanza en ristre, el poeta druida, el trovador guerrero, peregrino y
apasionado; la casta que empez  deslindarse en dos grandes perodos de
hazaas hericas y de crueldades terribles; dos perodos representados
en primer trmino por dos hombres muy clebres, el Cardenal Cisneros y
D. Juan de Austria.

La famosa batalla de Lepanto no es otra cosa que el deslinde de dos
caractres confundidos; el deslinde entre el genio latino y el genio
asitico, entre la Europa y el Oriente.

Pero tengo que dar de mano  otras muchas consideraciones, que acaso no
se adaptan  la ndole de los cuadros que aqu me propongo bosquejar.

Decia que nuestros conatos de ocio y de caballerismo fantstico no
proceden del clima, sino de la mezcla de sangre y del imperio de la
costumbre.

Llevad el pueblo catalan  la Andaluca, y el pueblo catalan ser
laborioso; no lo ser tanto como viviendo entre peascos de donde ha de
arrancar el pan que come y el vellon que viste; pero ser siempre
trabajador.

Haced que el pueblo vascongado ocupe la Grecia  la Italia, y le vereis
emprendedor siempre, siempre atareado, siempre movindose y realizndose
en todas las esferas de su actividad.

Por qu? Porque los vascongados y los catalanes, as como los
mallorquines, tienen ms elemento germnico, ms raza scita, ms hbitos
de aquel elemento, ms tradiciones de aquella raza.

Por el contrario, Andaluca, Valencia, Murcia, Alicante, el mismo
Aragon, tienen ms de ese hombre que se acuesta  lo largo de un divn,
que abre la boca para aspirar las brisas de la tarde, que sujeta  veces
la respiracion porque la ahogan los perfumes, que empaa el aire con las
bocanadas voluptuosas de su pipa,  que se disputa  la experiencia de
la vida, cerrando sus ojos entre las ruinas veneradas de un mausoleo,
bajo la copa de un ciprs,  la sombra de una palmera.

Los franceses son ms sajones; estn ms depurados de la raza rabe, en
cuanto  la industria y al comercio, aunque en cambio han exagerado la
voluptuosidad del Oriente en las creaciones del arte.

Los espaoles caminan hcia all, caminan  grandes jornadas, de una
manera fabulosa; pero la Francia les lleva un siglo en este viaje. La
verdad, en su puesto. As pago, as paga _un cafre de allende el
Pirineo_, el insulto cobarde de un novelista mal educado y aturdido.

Almorzamos bastante bien en el _establecimiento de caldo_ de la calle de
Montesquieu, y  las seis y media de la tarde entrbamos en el
restaurant de San Jacobo, calle del Rvoli, en donde ya nos esperaban el
viejo Lesperut y su hijo Hiplito, tenindonos reservados dos asientos
en su mesa. El venerable veterano se levant inmediatamente que nos vi
entrar, y nos alarg una mano trmula; pero que an conserva el santo
calor del cario.

No habiamos terminado los primeros cumplidos, cuando el viejo tenia los
ojos arrasados en lgrimas.

La comida fu mala, muy mala para nuestro gusto; pero una circunstancia
la salv: estaba embellecida por la amistad, por la franqueza decorosa y
por la buena fe.

Entre los diferentes sucesos que referimos al anciano, no omiti mi
mujer la aventura de los tres platos de carne, de las tres sopas, de las
tres legumbres y de los tres postres.

Lesperut nos dijo que no habiamos sufrido engao alguno, puesto que
aquello era una costumbre admitida en Paris.

Aquel aviso significa que los comensales tienen tres platos diferentes,
de los cuales pueden elegir el que ms les guste.

Lesperut se sonri luego y aadi con extrema bondad: desde luego se
ocurre que no habr inventado esa costumbre ningun extranjero.

En efecto, la costumbre en cuestion no es ni puede ser otra cosa que una
aagaza, inventada por el clculo nacional para alucinar al hombre no
conocedor del pas. Yo no puedo suponerme tan inexperto, que vaya 
presumir que slo yo he sido vctima de aquella argucia. Cuntas aves
de paso habrn caido en las mismas redes!

Terminado por fin aquel banquete de familia, Lesperut se empe en
llevamos al caf que da vista al paseo del Palacio Real. Yo abrigaba el
mismo proyecto, pero no tuve ttulos para disputarle el derecho de
agasajarnos. Estaba en su pas, en su casa: l era el patron.

Al bajar la escalera del restaurant, el viejo soldado se cogi del brazo
de mi mujer, con esa perfecta posesion con que un padre  un abuelo se
coge del brazo de su hija  de su nieta.

Lejos de causarme inquietud  embarazo alguno aquella buena fe cordial y
espansiva, sentia veneracion y regocijo. Lesperut creia  no dudar que
en aquel instante le acompaaba la _administradora de correos_,  quien
ama con gran ternura, y no habia motivo para desencantarle de aquella
ilusion virtuosa.

Estuvimos en el caf hasta las ocho, y despues nos fuimos  sentar en
una espaciosa glorieta que hay en medio de aquel paseo animadsimo, arca
de la fuente donde los nios echan barquichuelos, ocupacion que es de mi
gusto.

El viejo nos cont la siguiente historia, nutrida de detalles y
pormenores que yo creo conveniente omitir, en gracia de la brevedad.

Habia  hay un magnate francs,  quien las adversidades polticas
llevaron emigrado  Lndres. All contrajo relaciones con una seora, de
la cual tuvo varios hijos, y  quien consumi una fortuna que consistia
en diez y ocho  veinte millones de reales.

Los tiempos mudaron, el emigrado pudo volver  su pas, la suerte coron
sus fines, y juzg llegada la hora de casarse, pero no con la inglesa,
no con la madre de sus hijos, que permanecia en su pas.

Sabedora la inglesa de los proyectos de su antiguo amante, vuela 
Paris, habla con la futura esposa del personaje de esta aventura, la
dice que no solicita que el padre de sus hijos les cumpla una promesa
que habia empeado tantas veces, sino que reclama el influjo de ella
para que el padre no prive  sus hijos de la fortuna que tenian, y de la
que les habia desposeido el antiguo emigrado de Lndres.

Se ignora lo que hizo la futura esposa del magnate en cuestion; lo que
se sabe es que  los pocos dias de esta entrevista, la inglesa recibia
una rden de destierro, sin obtener auxilio alguno.

El magnate se cas por fin con la mujer que habia elegido ltimamente, y
tuvo de ella un hijo. Pero este hijo, por cierta circunstancia que debo
callar, no deja satisfechas las aspiraciones de su padre, y hay quien
espera que por ltimo repudiar su esposa.

Si esta mujer influy cruelmente contra la inglesa; si desconoci y
afrent de aquel modo los sagrados derechos de una mujer burlada y de
una madre empobrecida; si esto es as (yo no lo afirmo, me guardaria muy
bien de afirmarlo); si despues de esto aquella mujer se ve repudiada; si
la nueva madre se encuentra defraudada y perdida en su corazon, puede
decirse que la maternidad vino  suplir la falta de la ley que no
castiga sino los delitos menos horrorosos, los delitos del dbil y del
pobre. Puede decirse que la maternidad, ese bautismo santo, esa hora
divina de la mujer, vino  vengar en una esposa y en una madre el
desafuero perpetrado en una madre y en unos hijos.

No hay que hacer de la vida un convidado de piedra, porque  lo mejor
habla la sombra de D. Gonzalo!

Mi mujer y yo hemos tenido un pesar grave.  travs de la ms delicada
reserva, entre palabras de consuelo con que el buen Lesperut se anima,
hemos penetrado que su hijo Hiplito le ocasiona sinsabores profundos.

Pobre viejo! Quin habia de presumir que bajo aquella barba, blanca
como la nieve, lustrosa y limpia como el raso, debian ocultarse las
penas que causa un hijo desagradecido y voltil?

Desde este momento pierde Hiplito una gran parte de nuestra estima.

Al despedirnos de Lesperut, le manifestamos que no podriamos vernos al
dia siguiente, porque habiamos determinado ir  visitar la famosa
fbrica de Sevres, pasando desde all  Versalles, tanto para ver su
gran palacio y sus magnficos museos, como para recibir algunas
impresiones de una escuela clebre, muy clebre, muy justamente clebre:
la escuela _del pintor Vernet_.

Estbamos en el hotel  las doce. Tomamos un poco de salchichon y de
jamon en dulce, ms una copa de macon por remate. Poder de Dios, qu
vino! Ni es grio ni amargo, y es amargo y grio, y tiene otra cosa que
no s definir.

Apostaria la cabeza  que no fu este vino el que bebi el capitan
Gerardo Lobo cuando escribia:

      Ahogo despues mis anhelos
    En ese licor divino
    A quien otros llaman vino,
    Porque vino de los cielos.

Siempre que bebo ... no, esto no es beber; es atragantar. Siempre que
atraganto una copa, tengo que parodiar por fuerza las ltimas palabras
de Bruto.

      Oh virtud, sombra vana, esclava del azar,
    Ay del que en t crey!
    _Oh vino, hiel mestiza que me haces patear.
    Ay del que te bebi!_

Lector mio, hasta la vuelta de Sevres y de Versalles.




=Dia dcimo sptimo=.

Sevres.--Las dos figuras.--Importancia social y artstica de una fbrica
de porcelana.--Versalles.--Sus Museos.--La escuela Vernet.--Impresiones
varias.--Vuelta  Paris.--Encuentro en los Campos Elseos.


A las ocho de la maana estamos en la plaza de la Concordia, con el fin
de tomar el mnibus que  las ocho y media parte para Versalles,
haciendo escala en Sevres.

Nos proveemos de dos billetes de interior, ocupamos nuestros asientos,
la hora se acerca, los viajeros se dan prisa, la bocina del conductor da
la seal, muvese el carruaje y los Campos Elseos quedan  la derecha.

He dicho carruaje, y en verdad que no es este el nombre que ms le
cuadra.

El mnibus que nos conduce es una lancha caonera, y una tribu que anda
dentro de una casa de palo. En el imperial van veinte pasajeros, otros
veinte en el interior, dos conductores en el pescante, y uno en la
escalera de caracol con que termina el mnibus, por donde se sube al
imperial.

Siendo generalmente llano el camino de Paris  Versalles, la compaa de
estos mnibus ha hecho construir una va frrea, la que no slo evita
peso  los caballos, sino que facilita extraordinariamente la velocidad.

A la hora y media, minuto ms  menos, estamos en Sevres.

La historia y descripcion de la fbrica nacional de porcelana
establecida en este punto, haria necesario un tratado completo sobre la
materia, tarea que no cabe en el plan que me propuse al escribir estos
estudios.

Con tal motivo, advierto  mis lectores, que no me fijo tanto, ora en la
historia de los hechos, ora en su importancia privada, como en la
influencia social que puedan ejercer, acerca de lo cual juzgo yo por las
sensaciones que en m producen.

Entre los magnficos jarrones, floreros y varios utensilios de vajilla
que hemos visto, voy  hacer mencion de dos figuras que pertenecen 
otro gnero.

La primera representa  un viejo sentado en un sillon, y  una jven de
pi, presentndole una jcara de chocolate.

La segunda representa  una jven sentada como el viejo, y  un
jovencito que la ofrece un presente de amor.

Las cuatro figuras tienen tules  encajes estrechos en los remates de
sus vestidos, segun el gusto de la poca.

La persona que nos conducia nos pregunt, sealando  los tules que
decoraban los remates de aquellos trajes:

--_Qu creen ustedes que es esto?_

Yo respond:

--Creo que es un tul que se ha unido  la porcelana.

Pregunt  mi mujer, y mi mujer creia como yo que era tul.

Nuestro guia se sonri en seal de triunfo, dicindonos que no lo
habiamos mirado bien.

Nos fijamos ms; pero no conseguimos sino ratificarnos en la idea
anterior de que aquello era encaje.

An  trueque de quebrantar los estatutos de la casa, la persona que nos
conducia nos permiti que tocramos el ribete en que nosotros veiamos
positivamente una blonda.

Tocamos; aquel tul no era tul, sino porcelana. Mi mujer y yo
permanecimos un poco cortados, puesto que repetidamente hicimos muestras
de no creer lo que aseguraba nuestro guia.

Le habiamos desmentido de una manera que le honraba, porque honraba al
establecimiento;  veces un ments es una victoria; pero al cabo le
habiamos desmentido.

Vamos ahora al efecto de las figuras.

Al ver al viejo sentado en su poltrona, con la espalda un tanto caida
sobre el pecho; con la frente un tanto caida tambien, como si las canas
la agobiasen: al ver sus ojos que de soslayo y furtivamente miran  la
muchacha como el milano mira  la trtola, reflejando de un modo tan
caracterstico _la sbia malicia de la experiencia_; al estudiar la cara
de aquel hombre, cuya mirada fraudulenta parece pasearse sobre la jven,
no pudiendo adivinar nosotros si se entristece,  si se extasa
devorando un goce que ha muerto en su organizacion, pero que vive y que
palpita en su memoria y en su ansiedad: al mirar aquel corazon que ya no
late en aquella vejez; al mirar aquella vejez que late an en aquel
corazon: ms todava; al contemplar las piernas del viejo, cruzada la
una sobre la otra, mientras que la derecha parece moverse como si
quisiera decirnos: _quin habia de pensarlo! Quin habia de pensar que
aquellos tiempos pasaran tan pronto!_

Al estudiar tambien la actitud de la jven que est de pi  su lado; al
estudiar aquel aire confuso y vacilante, como si se hallase cercada por
la mirada vida del viejo, semejante  la cierva que oye gritos por
todas partes y no sabe de qu modo huir, ni  qu punto correr: al
estudiar el efecto admirable con que inclina la mano derecha que tiene
la taza, mientras que la taza se ladea y va  verterse el chocolate; al
comprender aquel doble efecto de la mano, doble digo, porque su
inclinacion procede tanto del peso natural del plato y de la jcara,
como de aquella especie de aturdimiento que la atribulaba: al contemplar
estas figuras un hombre dotado de la emocion del arte, no puede menos de
llegar  la evidencia perfectsima de que ni la escultura ni la pintura
harian ms.

Vamos al otro grupo.

La jven est sentada en una silla; pero sentada como se sienta una
muchacha que vive menos en sus rganos que en su sentimiento; como se
sienta una mujer que todava no ha amado, y cuya aspiracion suprema es
amar; como se sienta esa mujer cuando tiene delante al hombre que ama.
No se sabe si est sentada en una silla,  si flota en el aire, como se
mece un nido en el rbol, cuando lo agita el viento.

Mira hcia abajo, mientras que con el dedo pulgar y el ndice coge un
pliegue sutil en su falda. Entreabre y frunce los labios con violencia,
como si temiera que se la va  escapar su secreto; y significando de un
modo confuso la duda, el rubor y esa fantasa indecisa de un deseo
vrgen, de un primer deseo; esa alucinacion con que nos seduce la
idealidad milagrosa de una esperanza que nunca se ha sentido; la
alucinacion que nos causa el agero de un mago, cuando creemos en la
mgia.

La situacion embarazosa y complicada de la jven, contrasta vivamente
con la sinceridad ingnua y cndida que destella el rostro de su amante.

Qu grupos tan portentosamente comprendidos, tan portentosamente
ejecutados!

En fin, cualquiera que vuelva los ojos  estas figuras, pronunciar
indudablemente las mismas palabras que llevan escritas al pi de cada
grupo.

La del viejo dice: _si la vejez pudiera!_ (Si vieillesse pouvait!)

Y la del jven: _si supiera la juventud!_ (Si jeunesse savait!)

Es una moralidad picaresca, punzante, pero oportuna, graciosa,
habilsima: la moralidad del pueblo francs; _el golpe mgico del
palaustre_.

A su tiempo hablar  mis lectores de una fbrica de tapiceras,
titulada de los Gibelinos, la primera que existe en el mundo.

La fbrica de Sevres es en porcelana lo que los Gibelinos en tapices. El
Japon es muy superior por lo precioso de la materia; pero no por lo
hbil del trabajo.

Bien, se dir por alguno: qu significa esa fbrica de Sevres? Qu es?
Un horno que funde jarrones, flores y vajillas para los reyes, para los
grandes, para los ricos, una fbrica de preseas.

No, amigos mios, no: si as fuese, bien sabe Dios que no hallaria aqu
gran cosa que admirar. Los hechos no pueden mirarse de ese modo, de un
modo egoista. La fbrica de Sevres, como la manufactura de los
Gibelinos, tiene un sentido mucho ms alto, otra clase de elocuencia
social.

Estas dos fbricas son dos monumentos que un pueblo entusiasta y creador
erige  la industria elevada, inteligente, liberal; esa industria, que
arrancando sus obras de la miseria de su precio, de su venalidad, de su
tarifa, las hace infinitas como el genio representado por una esttua, y
trasmite su ltima plenitud, su personalismo ms trascendente  las
tareas del espritu humano.

Esta industria es el arte, llamado ayer oficio: es el hombre, llamado
ayer siervo: es la fantasa y el sentimiento hacindose amos de la
materia, despojndola de sus girones asquerosos, purgndola de la nota
de vil que ayer la afeaba.

Pero no slo es esto. Aqu se comprende de un modo irresistible, aunque
no queramos, que luego que las formas nos hieren con la emocion de la
belleza, todas son igualmente artsticas. Se comprende de un modo
irresistible que no hay ms que un arte, porque no hay ms que una
naturaleza que nos ofrece el original de lo bello, porque no hay ms que
un corazon para leer aquel original. S; aqu se comprende, yo estoy
orgulloso de sentirlo, que el arte se desdobla en la palabra, y se llama
poesa  elocuencia; que se desdobla en la voz y en el gesto, y se llama
declamacion; que se desdobla en el ademan y toma el nombre de
pantomima; que se desdobla en la armona del sonido y es msica; que se
desdobla en el dibujo y en el color, y se llama pintura; como se
desdobla en un mrmol, y se llama escultura; como se desdobla en los
movimientos del hombre, y se llama baile; como se desdobla en los
tapices y en la porcelana, denominndose fbrica de los Gibelinos y
fbrica de Sevres.

Yo tenia la nocion del arte universal; pero aquella nocion es ahora ms
exacta y ms profunda; ms universal, ms extensa tambien; porque la
toco prcticamente, y la prctica da  las cosas su ltima extension.

Tomamos el mnibus que va  Versalles, y apenas trascurri hora y media,
cuando ya pisbamos el suelo de esta antigua isla de Chipre.

El carruaje hace alto, y al bajar nos vimos enfrente del suntuoso
alczar.

Luis XIV, Richelieu, Colbert, salud!

No hablo  vosotras, piedras amontonadas, testigos mudos,  quienes no
quiero interrogar, porque antes de veros os habia interrogado en mi
corazon. No te hablo  t, Versalles de otros siglos, eden donde han
llorado tantos ojos: no te hablo  t, gran fantasma de mrmol, en que
yo leo con ojos inflamados lamentos y amonestaciones de la historia.

Hablo  tres hombres que crearon  Versalles, sacrificando para ello 
la Francia, y que son superiores  otros hombres que sacrificaron la
Francia y que no crearon  Versalles.

Luis XIV, Richelieu, Colbert, salud! Ignoro si vuestras cenizas me
oyen; pero unos pobres extranjeros os saludan.

Qu podr decir de los museos que encierra este suntuoso palacio?

No sabria por dnde empezar, tendria que trascribir los tres volmenes
que he comprado.

Contntese el lector con saber que aqu est toda la Francia histrica
en lienzo y piedra. No perdindose este palacio, no puede perderse la
historia del pueblo francs.

Escaleras magnficas, salones espaciosos, retretes adornados con una
riqueza y una profusion que sorprenden; una sala que no tiene igual en
el mundo, si se excepta la gran sala del palacio del Louvre: en una
palabra, Versalles fu la grande galantera de uno de los reyes ms
galantes qu ha existido, y este palacio es la galantera maestra de
Versalles.

Pero pasemos  estudiar una cosa ms bella, ms fecunda, ms
predestinada: la escuela de Vernet, del gran Vernet.

Este pintor se dedic casi exclusivamente al gnero de las batallas;
pero no de las batallas antiguas que eran como una especie de
divinizacion de la guerra, el sacrificio de la caridad que nos debemos
todos, hecho en aras de un seor opulento  de un tirano. Los cuadros de
Vernet son la escuela social, la escuela del exmen llevada al gnero
que cultiv. Vernet es un grande obrero del alma, que conduce una piedra
colosal al edificio en que trabaja toda la historia de cinco siglos.

La pintura, que habia adulado sucesivamente al guerrero, al monarca, al
noble, al fraile: la pintura, que durante el trascurso de tantos siglos,
habia sido sierva y mendiga, en los pabellones de campaa, en el
palacio, en el castillo, en la iglesia, en el claustro, levanta un dia
la frente empolvada, mira en torno suyo, comprende la verdad, la escribe
en un lienzo, y viene  ser el culto de una nueva razon, de una razon
cristiana; viene  ser la voz que abandona el desierto y que clama en el
mundo, una imprenta semejante  la de Guttemberg, el espritu prctico y
real de los modernos. Esto hizo Vernet. Cunto hizo! Cun superior es
su inspiracion! Cun superior es su filosofa! Sobre todo, cun
superior es su moral!

La Francia ser con l desagradecida si no le levanta una esttua, dice
un ingeniero amigo mio. Yo no lo creo as, el genio no tiene precision
de ninguna especie de idolatra, de ninguna especie de smbolos
transitorios.

El genio no tiene precision de un pedazo de piedra, que se rompe, que se
cae, que se pulveriza, como se marchita una planta,  como una hoja es
arrebatada por el aire. El genio es la santidad de la conciencia, la
historia de Dios. Quede el mrmol para la historia de los que tienen
vanidad, de los que no tienen bastante con su alma.

Qu esttua mejor que esa escuela admirable?

Penetramos en la primer sala de las pinturas de Vernet.

El cuadro en que me fijo representa  un combatiente moribundo. Est
plido, horriblemente plido; tiene el labio inferior caido, dejando ver
una enca amoratada, y cualquiera diria que sus prpados van  cubrir
unos ojos turbios. Un amigo lo asiste de rodillas, llevndose una mano 
la frente, en seal de desesperacion.

En el cuadro que miro, campea, hasta en los menores detalles, la verdad
llena, franca y vigorosa que slo comprenden los grandes maestros.

El segundo cuadro que miro representa  un guerrero jven y entusiasta,
el cual enarbola un estandarte en actitud de incitar  la venganza y 
la guerra.

Cerca de l, una madre coge  su hijo, le sujeta frenticamente con el
brazo izquierdo, como si pretendiese unirlo  su corazon; y con los ojos
ardiendo de ira, con la pupila dilatada y profunda por el dolor y por el
espanto, con la cabellera descompuesta, con labio crdeno, seco y
convulsivo, hundiendo la nuca y alzando la frente, como el nufrago que
saca la cabeza para que el oleaje no le confunda; la madre, la mujer de
la Providencia, amenaza al guerrero con un ademan que trae  nuestra
memoria las palabras de Agripa  Octavio: _levntate, verdugo!_ La
madre no le dice _levntate_; le dice _calla!_

Este cuadro es de una elocuencia arrebatadora; de una intencion sentida,
concienzuda y fuerte. No hay espacio alguno entre la vista y la emocion.
El sentimiento arrolla al juicio, lo absorbe, lo anonada: el juicio cae
de rodillas y adora.

Este cuadro nos impresiona instantneamente; nos impresiona de un modo
profundo, sin que nos d tiempo de deliberar acerca de si debe
impresionarnos  no, como el esquife que se pone sobre un torrente, no
deja tiempo al marinero de echar el ncora.

Esto nos impresiona como el fuego nos quema: sin saberlo nosotros, an
contra nuestra propia voluntad. Ese es el arte; ese es el genio, ese es
Vernet. Mientras que yo admiraba los pormenores ms minuciosos de este
cuadro maestro, mi mujer volvi los ojos al otro lienzo de pared,
decorado por una pintura que representa  un hombre muerto, abandonado
en un campo de batalla. Qu solemnidad! Qu grandeza! Qu poesa!
Qu espritu!

Aquel monton de carne est all entre los pliegues de su vestido, como
un trapo que se tira al suelo, y que contrae los dobleces  que le
obliga su gravedad. Realmente, aquel muerto parece un giron lanzado  la
tierra; un giron perdido entre sus mismos pliegues. All un rbol seco,
all una piedra negra; el hombre est en medio, est muerto y solo.

Qu conocimiento tan profundo, y qu sentido tan delicado! Con qu
seguridad se comprende aqu que no hay arte sin ciencia, que no hay
imgen sin pensamiento! Con qu evidencia se comprende aqu que no hay
poeta sin que sea poeta y filsofo! Al ver aquel cuadro, al ver  un
hombre muerto en aquel pramo, no podemos menos de hablar bajo como si
estuvisemos en una iglesia.

Se supone que el guerrero del cuadro que examino muri hace algun
tiempo, la sangre ha debido descomponerse por el roco de la noche y la
humedad natural de la tierra, y est amoratado, incomparablemente
amoratado.

Me parece que si llevo la mano al semblante del muerto, aquel semblante
se deshar como si fuera de salvado  serrin.

Tiene la oreja empedernida y algo vidriosa; este viso crdeno es mayor
por detrs de la misma oreja, y se va extendiendo, aunque ms apagado,
por entre un cabello claro y flojo, como si aquella carne que se
desorganiza no tuviese vigor para sujetar la cabellera.

Mi mujer se cubri los ojos, y exclam aterrada: _no quiero ver ms, no
puedo estar aqu_, y sali precipitadamente de la galera. Yo no pude
dejarla sola, exponindola  que se extraviara entre la multitud que
inunda estos salones, y no me v con tiempo sino para clavar una mirada
y distinguir lo que he descrito.

Desdichado de m! He venido especialmente  Versalles para tener
noticias de este nuevo gnero de pintura, y no he visto ms que tres
cuadros. Pero qu tres cuadros! Qu tres cantos tan grandes aadidos
al inmenso poema del hombre! Qu tres palmas ms bellas coronando la
frente ensangrentada del ilustre mrtir!

Lo repito; el arte que en el trascurso de tantos siglos habia adulado al
fuerte, al noble, al rico, al poderoso, vuelve hoy los ojos  un pobre
soldado,  un hombre insepulto,  un giron de carne, destinado  servir
de alimento  los buitres, y le levanta en esos lienzos un magnfico
panteon. Qu mausoleo de ningun magnate de la tierra vale tanto como
esa pintura? Cuando vivia aquel pobre soldado, no tenia tal vez en el
mundo ni casa, ni abrigo, ni familia; muerto y abandonado en aquel campo
de batalla, Horacio Vernet le ha dado un palacio. De un hombre
desgraciado ha hecho un hroe; de un infortunio, de una desventura, de
un dolor, de aquella lgrima derramada all, ha hecho Horacio Vernet una
solemnidad, una magnificencia, una gloria. Dios le dar toda la que
merece por el bien que hizo al mundo, por el consuelo que da  mi
corazon! El pintor deja el mundo, se va por el campo, halla un hombre
muerto en un erial, lo coge y lo entierra. El pintor da tierra sagrada
al infeliz cristiano que no encontraba una sepultura. Ese cuadro que
miro y que venero, ese cuadro imponente y terrible, esa elocuencia
fervorosa, esa poesa adorable, esa pintura inmvil y solemne, esa
ntima voz del alma que hace latir mi pecho, es un entierro, una
limosna, una caridad, unas exequias. El pintor llora sobre aquel rostro
mstio, sobre aquella carne amoratada, sobre aquel corazon helado.
Horacio Vernet llora, escribe sus lgrimas en aquel lienzo, y el pobre
soldado resucita, el muerto vive, el muerto es una creacion inmortal. Y
hay quien dice que el arte no influye en los destinos de la vida! Y hay
quien dice que el arte de Vernet es un arte gentil, protestante,
revolucionario! Pobre gente! Horacio Vernet llora por aquel hombre
desamparado; Horacio Vernet le da sepultura, le da tierra sagrada; le
hace esa ltima y suprema piedad; Horacio Vernet da al mundo una lgrima
para que la vierta sobre esa tumba, esa tumba que l ha construido en
ese cuadro, por que ese cuadro es una sepultura cristiana, la violeta
que nace al pi de una cruz, el ciprs que se eleva en medio de una
soledad: y  eso llamais gentilidad, protestantismo, revolucion?
Enterrar  un cristiano insepulto es revolucion, protestantismo,
gentilidad? Llorar por l, y resucitarlo con aquella lgrima de salud,
eso es gentil, revolucionario, protestante?

El arte de Horacio Vernet es el arte del infortunio, del dolor; el arte
de la Vrgen Mara que llora por su hijo al pi de la cruz. En una
palabra; la pintura de Horacio Vernet, es un arte que llora junto  un
muerto; es un arte que llora, y el arte que llora no es el arte gentil,
ni protestante, ni revolucionario.

El arte gentil rie. El arte protestante disputa. El arte revolucionario
quema. Si algun arte llora en el mundo, desde la creacion hasta nuestros
dias, ese arte es el espritu del monte Calvario, el arte de un espritu
que redime al hombre  precio de martirio,  precio de llanto.

Bien haya el rey que amonton estas piedras, para que vinieran  servir
de alczar  nuevos reyes! S; Luis XIV no es el gran rey de ese
palacio; su gran rey es Vernet. Un pintor se ha convertido en un
monarca; un pobre soldado insepulto, un pobre cadver, se ha tornado en
hroe. Y creeis que eso ha podido hacerlo la gentilidad? No! Hacer de
una desdicha una esperanza, hacer de un dolor una magnificencia, hacer
de una lgrima un poder y una gloria, corred el mundo de cabo  cabo,
cavad la tierra de polo  polo, rebuscad la historia pgina por pgina,
escudriadlo todo, desde el abismo  las estrellas; yo os digo que si
hallais en la creacion quien haga eso, ser el cristianismo, el arte de
la cruz, la lgrima de la Vrgen Mara, como he dicho antes, y no me
canso nunca de repetir.

La lgrima fecunda y divina de la Vrgen cristiana, ese es aquel soldado
muerto, esa es aquella sublime pintura, ese es el arte del Evangelio,
ese es el arte del cristianismo.

Hemos almorzado en una fonda de la Plaza por trece francos, visitamos
las fuentes, las ms ricas del mundo en juegos de aguas, oimos la msica
militar cerca del estanque que est en ltimo trmino, nos sentamos
haciendo parte de la sociedad elegantsima que inunda esta esplanada;
Vernet me llama y me reconcilia con ella; volvimos luego, tomamos el
mnibus, ya divisamos las torres de Paris:  las seis de la tarde nos
apeamos enfrente del palacio de la Industria.

Al bajar del mnibus, mi mujer y yo nos cruzamos algunas palabras: una
de las seoras que esperaban sin duda algun amigo  algun pariente, se
acerc  nosotros y nos pregunt con el mayor afecto si eramos
espaoles.

Es de Zaragoza, hace cuarenta aos que vive en Francia, se llama doa
Antonia, est casada con M. Houz y vive en Passy, calle Mayor, nm. 38.

Estamos convidados para ir  comer maana en su jardin.

No puedo ms por hoy. Adios, Vernet! Adios, Versalles!




Dia dcimo octavo.

Visita de un ingeniero, excursiones histricas, epigramas.


Estamos quietos y tranquilos en nuestra habitacion. La idea de Versalles
nos preocupa absolutamente, como si no dejara espacio alguno en nuestras
imaginaciones para otra idea ni otro recuerdo. Qu alczar! Qu museo!
Qu salones! Qu lujo! Qu riqueza! nos decimos continuamente mi
mujer y yo. Luis XIV no tenia necesidad de otro monumento que Versalles,
para que la fama le festejara con el epteto de uno de los reyes ms
galantes que conoce la historia.

En este momento sentimos que llaman  la puerta de nuestro cuarto; abro
y me doy de cara con un ingeniero espaol,  quien vi ayer en una de las
salas de Horacio Vernet. Sobre la escuela de este gran pintor, dije
cuatro palabras en presencia suya; not que me miraba con cierta
sorpresa y maravilla; nos despedimos, ofrecindonos mtuamente nuestras
habitaciones en Paris, y seguramente no esperaba yo tener hoy el gusto
de verme agasajado por su visita.

Le recib con la franqueza alegre y cariosa de paisano, porque paisanos
son los compatriotas cuando se ven en pas extranjero; le supliqu que
se sentara; se sent, y hubo un instante de silencio, ese instante en
que cada cual piensa lo que ha de decir,  sobre qu ha de hablar.

--Usted extraar, dijo sonrindose el ingeniero, que haya usado tan
pronto del ofrecimiento que tuvo usted la bondad de hacerme de su
amistad y de su casa....

--No, seor, contest interrumpindole; tengo bastante con la
satisfaccion de ver  usted en nuestra compaa.

Mi hombre inclin cortesmente la cabeza, en seal de agradecer aquel
cumplido mio, y me mir con el encogimiento inevitable del que viene 
pedir alguna cosa. Yo le contemplaba de hito en hito, como para
comprender sus intenciones, y ver en qu actitud debia esperarle. Hable
usted con entera confianza, le dije, y  despecho suyo le cog el
sombrero que tenia en la mano, y se lo coloqu en una silla. Despues
aproxim mi asiento al suyo, y le exhort con una mirada de inters y de
afecto.

--Es el caso, dijo animndose nuestro interlocutor, que tengo una viva
curiosidad porque usted me explique lo que me dijo ayer en Versalles,
sobre la pintura de Horacio Vernet. Yo soy ingeniero; entiendo algo de
lneas rectas y de lneas curvas; pero no he estudiado hasta el presente
la erudicion del arte, y no alcanzo bien el sentido de ciertas escuelas.
Voy  confesrselo  usted ingnuamente. Todo lo que usted me dijo ayer
sobre los cuadros de batallas, me pareci extrao y peregrino, hasta
maravilloso, porque en aquellos cuadros veia yo una pintura
desembarazada y atrevida, nada ms. Horacio Vernet era en mi juicio un
maestro de buenos arranques, de osada concepcion, de detalles felices,
un poeta social, no un arte nuevo, no una nueva escuela, no una grande
trasformacion, no un grande genio, como usted le llama. Esta poca
importancia que yo atribuia  Horacio Vernet y  sus cuadros, debe
provenir de que yo ignoro las revoluciones por que el arte ha pasado en
la historia; debe provenir de que yo ignoro lo que ha sucedido en el
mundo, y deseo vivamente que se tome usted la molestia de explicarme el
asunto.

--Pues, amigo mio, dije al ingeniero; echando  un lado la humildad
soberbia del hipcrita, contesto  usted que ha dicho muy bien. El arte
tiene sus antigedades, su arqueologa particular, unida al espritu de
la historia, y es muy natural que no comprenda la importancia de Horacio
Vernet, no comprendiendo la profunda significacion histrica de su
escuela. Yo he estudiado algo acerca de esto, he aprendido un poco, nada
ms que un poco, y voy  decrselo  usted sin reserva ni ambajes, con
la mayor ingenuidad del mundo, segun mi leal saber y entender, como
decian tan admirablemente los antiguos.

El mundo, este prodigioso y mltiple espectculo que nos rodea por todas
partes, ha pasado por varios perodos, ha sufrido diferentes cambios; y
 cada una de esas mudanzas,  cada una de esas renovaciones, por
decirlo as, se ha dado el nombre de civilizacion; de modo, que podrmos
decir que ha pasado por varias civilizaciones. Para el objeto que nos
ocupa, bastar enumerar los perodos siguientes: perodo  civilizacion
del Asia; tiempos de Grecia y Roma; tiempos de Esparta; tiempos
cristianos; tiempos feudales; renacimiento; edad moderna.

El Asia idolatr la materia de dos modos: la materia ruda, el monte, el
volcan, la serpiente, el cocodrilo; y la materia elemental: la tierra,
el aire, el agua y el fuego. La adoracion de la materia ruda es la que
se llama fetiquismo, el cual comprende toda la historia de Siria y de
Caldea; la adoracion de la materia elemental es lo que se llama
sabeismo, el cual comprende la tan famosa civilizacion egipcia.

Los griegos idolatraron la materia tambien, pero de otro modo. La
materia de los griegos no era la materia natural, la que encontraron en
la creacion, la sustancia visible del universo; era una materia que
ellos modelaron, era una materia artstica. Propiamente hablando, los
griegos no idolatraron la materia como los asiticos, sino la forma, el
contorno, la arquitectura. Atnas idolatr el arte, un arte bello en
apariencia, feo en realidad; gracioso y seductor en la superficie,
deforme y repugnante en el fondo; lleno por fuera, vaco por dentro. El
arte de Grecia es un cuerpo hermoso que no tiene alma, como hay mujeres
sumamente bellas que no tienen entendimiento ni corazon. Es un magnfico
pedestal, pero sin esttua; un sbio geroglfico, pero sin pirmide; un
arcano que no tiene misterios,  bien un misterio que no tiene arcanos.
El arte de Atnas es materialista, grosero, impuro. No importa que Vnus
sea disoluta; el secreto est en que sea hermosa. No importa que el
demasiado aroma emponzoe el aire; el secreto est en que se queme
aroma.

Esparta idolatr tambien; pero de otra manera, con otra intencion: es
decir, con otra especie de idolatra. El dolo espartano es la patria, y
como el guardian de la patria era la guerra, el dolo espartano es
tambien la guerra. No hay individuo, no hay familia, no hay hogar, no
hay casa; no hay ms que nacion. El hombre se ha sacrificado al pas; el
fraile se ha sacrificado al convento; el creador se ha sacrificado  la
criatura.

El Asia vivia en la fascinacion, Grecia y Roma en la fantasa; Esparta
en el comunismo guerrero.

El Asia coge la religion, la ciencia, la moral, la poltica, el arte,
todo, y lo quema en nombre del volcan  del astro.

La Grecia echa por tierra el ara de aquellos sacrificios, remueve las
arenas y las momias del Asia, cierne las cenizas del fuego pasado,
coloca en la urna de su genio el polvo del arte, lo amasa  su modo, lo
compone, lo crea, y quema todo lo dems en nombre de su hermoso y
brillante dolo.

La Esparta acude, ve que todo arde, que todo se sacrifica all, alarga
una mano atrevida, valerosa, pujante, y aparta slo la poltica de aquel
gran holocausto.

Materia, forma, patria, h aqu los tres smbolos de esas tres edades,
de esas tres civilizaciones, de esos tres grandes y clebres reinados
histricos.

Nace despues en un cielo muy claro, muy limpio, muy sereno, muy
apacible; nace, repito, el sol venturoso que alumbra un establo de la
humilde Belm; nace el astro puro que vivific todo el ambiente y toda
la tierra; nace el astro que alumbr la venida de Jesus, y el hombre,
sin conocerlo ni sentirlo, va penetrando en su raciocinio, en su
conciencia, en su voluntad, en su imaginacion, en su sentimiento, en su
creencia, en su trabajo; sin comprenderlo, sin adivinarlo, sin
presumirlo, por virtud de un espritu que est en la mente de la
Providencia, como est el aire en los espacios de la atmsfera, el
hombre comenz  penetrar en todo l,  comunicarse con l mismo en
todas sus fuerzas y relaciones; comenz  conocerse,  conocer al
hombre,  conocer la naturaleza,  conocer  Dios. El hombre cristiano
vivi para la ciencia, para la moral, para el dogma, para la poltica,
para el arte, para la industria, para el comercio, para el oficio, para
todo lo que encontr en el universo; porque ese universo, todo ese
cmulo de poder, de grandeza y de gloria, era la alta ciudadana que
daba Dios al nuevo ciudadano. Mudanza portentosa! Trasformacion
inconcebible y adorable! Catstrofe divina! El mundo piensa, cree,
elige, discute, imagina, siente, trabaja; calla la sinagoga juda;
callan los ageros paganos; callan los orculos gentiles; callan los
dioses mitolgicos; callan los geroglficos egipcios; los dolos callan,
callan para siempre; muchas sepulturas se abren, muchos muertos
asoman.... Otro mundo principia, otro rey manda, otro Dios gobierna.

El Asia, Grecia, Esparta y Roma, dieron al hombre lo que ellas crearon
para l.

El cristianismo ha dado al hombre lo que para l ha creado el cielo.

El mundo se cre sustancialmente en el gnesis de Moiss.

El mundo se cre espiritualmente en el gnesis de Jesus.

El cristianismo es la renovacion moral de la vida; la reconstruccion de
la primitiva casa del hombre. Para el espritu de la moral cristiana, el
ciego ve, el sordo oye, corre el tullido, sana el enfermo, el pobre es
rico, el pequeo es grande, el ignorante es sbio, el extranjero es
nuestro hermano.... No le parece  usted todo esto inmensamente grande?
No le parece  usted inmensa y providencialmente grande, inmensa y
santamente providencial, providencial  inmensamente santo?

--S, seor, contest el ingeniero.

--Pues bien, repuse yo, ah est Horacio Vernet; ah estn los cuadros
de Versalles; ah estn aquellas preciosas batallas.

Cada una de las renovaciones que ha operado en el mundo la ley
cristiana, tiene sus artfices, sus personajes, sus creadores, sus
artistas histricos, si as puede decirse. Uno de esos grandes artistas,
de esos creadores, de esos personajes de la historia; uno de esos
grandes obreros del gran taller, del taller cristiano, es el modesto, el
retirado, el humilde, el glorioso Horacio Vernet. Horacio Vernet es en
pintura, lo que San Bernardo en religion, lo que San Agustin en moral,
lo que Descartes en filosofa, lo que Bichat en ciencia, lo que Federico
de Prusia en poltica, lo que Guttemberg y Colon en el invento, lo que
el Dante en la poesa pica, lo que Petrarca en la poesa lrica, lo que
Shakspeare en la dramtica, lo que Cervantes en el romance y en la
novela, lo que Bellini  Hyden en msica, lo que Montgolfier, Vaucauson
y Fulton en industria y comercio. Un gran renovador de la humanidad, un
poderoso artista de la historia, eso es lo que vimos ayer en Versalles;
ese es Horacio Vernet.

Para el pintor del Asia, la pintura era un dolo.

Para el pintor de Grecia, una Vnus, un hroe, unas bodas.

Para el pintor de Esparta, un guerrero.

Para el pintor feudal, un seor  un fraile.

Para el pintor del renacimiento, un rey  un santo.

Para Horacio Vernet es el hombre; el hombre muerto en aquel campo de
batalla; aquel hombre puesto boca abajo, solo, abandonado de todo el
mundo, sin ms testigos que una piedra, una mata y el cielo; aquel
hombre muerto para la materia, lleno de vida y de verdad para el arte,
para la moral y para el dogma; aquel hombre tan lleno de vida y de
belleza, que an estando difunto, que an siendo cadver, parece ser el
habitador de aquel desierto, el genio imponente de aquella soledad. Se
dice que el arte de Vernet es una escuela puramente social, profana,
protestante: No! Mil veces no! Eso slo puede decirlo la ignorancia, 
el odio,  la calumnia. La pintura de Horacio Vernet no slo es un arte
atrevido, fecundo, armonioso, pattico, ardiente, sino un arte maduro,
pensador, ferviente, religioso, religiossimo. Es el arte sublime de la
madre que llora por su hijo, que se va  la guerra; el hijo, que es tal
vez aquel hombre muerto en un escampado. La pintura que vimos ayer en
Versalles, es el arte de la lgrima cristiana, como he dicho en estos
apuntes ms de una vez.

--Mas por qu, pregunt el ingeniero, cuenta usted  Colon entre los
genios inventores?

--Porque en Colon, respond yo, lo mismo se halla la ciencia austera y
convencida que nos demuestra una verdad, como la afortunada inspiracion
del que inventa, como la idealidad potica del que adivina, como la
hbil diligencia del que ejecuta, como la valenta del que pelea, como
el instinto del que organiza. Colon presiente un nuevo mundo, del mismo
modo que mueve el timon de una nave, del mismo modo que desnuda la
espada,  que mira la brjula,  que conquista un territorio,  que
enarbola el estandarte de la redencion. Colon es tan sbio como poeta,
tan poeta como marinero, tan marinero como inventor, tan inventor como
soldado, tan soldado como caudillo; en una palabra, servia tanto para
menestral como para prncipe,  para prncipe como para menestral.
Despues de la esperanza que el hombre tiene en Dios, lo ms grande del
mundo es el genio, y Colon es uno de los genios ms grandes de que puede
gloriarse el mundo.

--Quin cree usted que es ms grande, Colon  Napoleon I?

--Colon, incomparablemente ms.

--Y entre Colon y Hernan Corts?

-Colon.

--Y entre Colon y Washington?

--Colon.

--Y entre Colon y Horacio Vernet?

--Ambos: ambos trabajaron, no para un pueblo, no para su gloria, sino
para todos; para el pensamiento cristiano. Conquistaron un mundo, y se
lo dieron  la humanidad sin orgullo y sin pompa.

--Y qu artfices tiene nuestro pas en la renovacion cristiana? Ser
cosa que Espaa no tenga  nadie en esa segunda humanidad?

--S tiene; tiene  San Isidoro de Sevilla, en erudicion;  D. Alonso el
Sbio, en leyes;  Santa Teresa de Jesus, en disciplina y en ejemplo; 
Juan de Mena, el marqus de Santillana, Garcilaso, Fray Luis de Leon,
los Argensolas, Lope de Vega, Quevedo, Gngora, Rioja y Herrera, en
poesa lrica;  Calderon, en poesa dramtica; al soldado Alonso de
Ercilla, en poesa pica; al autor del _Quijote_, en el romance; 
Blasco de Garay, en el invento; al Padre Mariana, en historia; al Padre
Isla, en stira; al Padre Feijo, en crtica;  Vives, en literatura
filosfica;  Campomanes, en organizacion social;  Jovellanos, en
economa;  Florez Estrada, en hacienda; y as otros muchos que no
recuerdo en este instante.

--Comprende usted ahora, pregunt al ingeniero, la importancia de la
pintura de Horacio Vernet? Comprende usted ahora la importancia, el
carcter profundo y el profundo sentido histrico de ese gran pintor?

--S seor, ahora lo comprendo.

A renglon seguido me pregunt cundo nos veriamos; le ofrec visitarle;
se despidi con un hidalgo y fervoroso apreton de manos, y mi mujer y yo
quedamos solos. Mi compaera se visti en un santi-amen; ctanos en la
calle, mi querido lector,  los pocos minutos.

Apenas salimos del portal de la fonda, cuando veo pasar  una jven muy
alambicada, con mucho adobo, mucho menjuge y alguna sobra de eso que
llaman colorete, la cual volvia el rostro con mucha frecuencia.  m se
me ocurri la siguiente quintilla, sin embargo de no pertenecer _al
gremio de los trovadores_.

    Vuelves el rostro bruido;
    Qu se te perdi, doncella?
    Y contest un atrevido:
    No, nada se la ha perdido,
    Es que se ha perdido ella.

Seguimos hasta la calle de Richelieu, y al doblar  mano derecha, como
quien va al boulevart de los Italianos, vemos dos seoras que se apean
de un coche. La una es de cierta edad, y va vestida como conviene; la
otra es jven, vivaracha como una ardilla, debe hablar como una cotorra,
y lleva un aderezo encarnado con lazos rabiosos, hojuelas doradas y
relumbrones. Al ver tanto arrumaco, y tanto perifollo, y tanto
ringorrango, y tantos peregiles, como decimos por all, se me ocurri
otro verso.


    Tan compuesta ayer te v
    Que loco me enamor;
    Mas la verdad, hoy no s
    Si fu del traje  de t.

Esto debe decirse de todas las jvenes que, llevadas de la pasion
funesta de que las adoren por el vestido, suponen al traje un encanto
que es el secreto de la modestia, del recato, de la sencillez y de la
virtud. No conocen las jvenes que una tela no puede inspirarnos amor?
Quieren ser dolos muy ataviados, muy bonitos por fuera! Ay! Ese dolo
es adorado un dia, luego se ve que es barro; el idlatra se avergenza;
se retira  escondidas del falso culto, y el dios fingido cae del altar.
Esos lazos color de sangre, esas hojuelas relucientes, esos reflejos y
esos prismas, son teas engaosas que alumbran en la calle, en la
tertulia, en el festin; el interior de la casa, el interior de la
familia, el corazon del hombre est  oscuras.

Limpieza, recato, virtud y una flor, una flor sencilla, una flor del
campo, una flor pura y olorosa: h aqu el traje ms rico de una jven;
h aqu la gala ms preciosa, la de ms efecto, la que ms enamora  los
hombres sensatos,  los hombres que son capaces de hacer feliz  una
mujer. Si el cielo me hubiera concedido una hija, no me cansaria de
repetrselo dia y noche. El lujo, el excesivo ornato, el loco deseo de
dar al artificio lo que debe ser obra de la naturaleza; ms claro, el
extravagante y loco deseo de encantar al hombre, presentndose  sus
ojos con el ridculo atavo de una mueca, cuando Dios no ha dado aquel
encanto  la mueca, sino  la mujer, es positivamente lo que ha causado
ms desgracias en este mundo, y desgracias las ms irremediables y
lastimosas. Aquella pasion funestsima, aquel prurito inconcebible, ha
hecho ms vctimas que las pestes, las plagas, las hambres y las
guerras. Es un clera morbo que no se va nunca, que siempre est
diezmando la poblacion. Es el vmito negro,  la fiebre amarilla de las
mujeres; la ms peligrosa y pestilente de las enfermedades endmicas.

Jven, en cuyas manos caiga por casualidad este libro, cree lo que te
dice un hombre que tiene ya canas, que comprende algo de los achaques de
la vida, algo de los achaques de la mujer, y que sin conocerte, desea
verdaderamente tu felicidad, como desea la felicidad de todo el mundo:
no te dejes llevar de reflejos que lucen por fuera; no ahogues tu alma,
no ahogues tu corazon, no ahogues un deseo que te ha dado el que cre el
sol y las estrellas; no ahogues el encanto que te ha dado Dios, el
encanto que est en t misma, que va contigo; no ahogues esa virtud
divina dentro de una hojuela dorada, de un lazo encarnado, de un prisma
azul  verde. No sacrifiques el brillante que se cria en el cielo y en
tu alma, al otro diamante que se cria en el monte, y que puede ser el
pago infame que da el vicio  la mujer que pone en olvido sus deberes.
Yendo muy compuesta, puede suceder que te mires un dia al espejo, y que
palidezcas y te sonrojes. Yendo aseada y limpia, limpia de alma y
cuerpo, mrate al espejo sin cuidado; mrate cuando quieras; la mirada
ingnua de la que obra bien llenar tu pecho de alegra. No lo olvides
por Dios, jven que leas estos pobres apuntes: limpieza, recato,
sencillez, virtud y una flor; deja lo dems al cuidado del cielo; un
hombre te amar, te amar de veras, como t deseas ser amada, y sers
venturosa hasta en tus hijos.

Es casi seguro que mis lectores se cansarn de estos sermones
indigestos; pero me atrevo  suplicarles indulgencia, en gracia al menos
de la buena intencion con que lo hago. Quin sabe si alguna mujer, al
ver estas lneas, sale del abismo de la perdicion, del abismo del lujo,
de la idolatra de los aderezos, de las joyas y de las galas! Quin
sabe si mis fervorosos consejos pueden hacer algun bien en el mundo! El
verdadero escritor, el escritor de buena fe y de buen deseo, es tambien
un ministro de la moral, un sacerdote de la religion. Mi querido lector,
perdname. Imploro tu indulgencia por mis predicaciones, y vuelvo 
predicar cuando quiero excusarme de haber predicado. Hago lo que aquel
que se arrepentia de arrepentirse de haberse arrepentido.

Salimos al alegre y hermoso boulevar de los Italianos. Greas de
Sanson! Las fotografas inundan este pueblo, como la langosta inunda los
campos. Retratos para medallones, para sortijas, para guardapelos, para
tarjetas, para cartas, para todo. Creo que llegar tiempo en que un
zapatero ponga su retrato fotografiado en la suela de cada zapato que
hace, y en que los aguadores peguen tambien su estampa con engrudo, en
el _frontispicio_ de la cuba, como medio de identificar la persona.
Creo, y lo digo formal, que dentro de poco sern intiles las cdulas de
vecindad, llevando cada cual su fotografa en el bolsillo,  pegada al
pecho  guisa de medalla  de cruz. El fotgrafo suceder al agente de
polica.  m se me ocurre otro verso:

    Retrtate, s, Torcuato;
    Basta de hablar: pronto! pronto!
    Hoy no se puede ser tonto....
    Si no lo dice el retrato.

En una de las esquinas de la calle de Lepelletier, hemos visto un marco
con el retrato de un seor muy gordo, cuyo seor, segun se dice, cuenta
con probabilidades de salir presidente del congreso de diputados. Este
buen seor se llama _Monsieur Chou_, que es como si dijramos en
castellano _el seor Col_. Con este motivo (maldicion!) se me ocurre
otro verso. Estoy escandalizado de m mismo. Nunca me he dado  la
poesa, y en cuanto hoy miro veo redondillas castellanas. Vamos al
presunto presidente.

    Monsieur Col, el hombre grueso,
    De presidente saldr,
    Y de este modo tendr
    Verdura todo el Congreso.

A los veinte pasos del retrato del _seor Col_, vimos venir como una
procesion de hombres, en el momento de desembocar de la calle de
Provenza. Nos emparejamos con la procesion (tal nos parecia  nosotros),
pregunt  un tendero que se habia asomado  la puerta, atraido por la
novedad, y este hombre me dice que es una sociedad de judos, la cual
celebra no s qu fiesta religiosa, en solemnidad de la apertura de un
ferro-carril, canal,  cosa semejante. Prosiguiendo yo en mi mana de
ver versos en todo, hasta en la fiesta de los judos, me acord de un
epigrama de D. Narciso Serra, que mis lectores no podrn comprender, sin
cuatro palabras que expliquen el caso. Habia en Madrid una empresa 
sociedad dramtica, que tocaba su ruina con la mano, sino con la mano
con el bolsillo, (cosa tan de moda en las empresas teatrales de
Madrid!) y en las boqueadas de la agona, resuelve celebrar el
aniversario de Lope de Vega. Y para que este aniversario causara ms
rumor en el nimo pblico, y acudiera gente al teatro, se anunci en
algunos peridicos que se diria una misa por el alma de aquel ilustre
ingenio,  cuya misa furon invitados varios actores y literatos
distinguidos, entre ellos D. Narciso Serra, que dijo  los socios, antes
de principiar la ceremonia:

    En esta misa de pega,
    Presumo que cada socio
    Rezar por su negocio
    Ms que por Lope de Vega.

Esto digo yo de la sociedad de judos. Ms que del espritu de Jehov,
se acordarn indudablemente del tanto por ciento que se prometen del
canal  del ferro-carril.

Entramos en el clebre restaurant de la Slfide, nos sentamos, se llega
un garon ... pero basta por hoy, mis queridos lectores. Para maana
tengo un plan oculto. Pienso levantarme muy temprano, y sin que lo sepa
mi mujer, me ir al Luxemburgo, visitar el palacio, pasear por las
alamedas, luego tomar el mnibus que va  San Cloud, partiendo del
palacio Real y haciendo escala en el arco del Triunfo, y me alargar
hasta el famoso bosque de Bolonia.




=Dia dcimo nono=.

Omnibus.--El Paris de ac y el Paris de all.--Palacio de
Luxemburgo.--Sus esttuas, sus paseos.--Mujeres del pueblo que hacen
labores manuales en las glorietas.--Bosque de Bolonia.
--Catelan.--fisonomas diferentes de los garones de mi
hotel.--Pesares.


Antes de las siete de la maana estoy situado en una esquina de la calle
de Richelieu, dando cara al magnfico bulevar de los Italianos. Espero
el mnibus que va al palacio de Luxemburgo.

Durante once minutos que he permanecido cerca de la esquina, han
atravesado el bulevar de los Italianos cuarenta y nueve mnibus con
veinte personas cada uno, diez en el interior y otras diez en el
imperial. Suponiendo que en el trascurso de toda la carrera se renueven
tres veces los pasajeros, los cuarenta y nueve mnibus operarian un
trasporte de cuatro mil personas prximamente.

Este clculo no debe parecer exagerado  los lectores, cuando he visto
ayer en un peridico semi-oficial, que existen en circulacion
cuatrocientos sesenta y tres mnibus, trescientos sesenta y nueve para
las varias carreras de Paris, y noventa y cuatro para los puntos
circunvecinos.

Los cuatrocientos sesenta y tres mnibus de que hablo, han andado por
dia ocho mil trescientas diez y seis leguas,  sea al ao tres millones,
treinta y tres mil setecientas cuarenta.

Los viajaros trasportados en todas las lneas han subido  ms de
cuarenta y nueve millones y medio (49.590.421) en 1856, y  ms de
sesenta millones en 1857 (60.067.147), resultando un exceso de ms de
diez millones de transeuntes  favor de la ltima poca.

El producto de los mnibus destinados al servicio especial de Paris,
mont en 1857  treinta y seis millones y medio de reales.

Al fin pas el mnibus que va  Luxemburgo por las Tulleras y el Puente
Nuevo, y sub al imperial. Me parece que voy sentado sobre la azotea de
una pequea casa ambulante.

A los veinte minutos estbamos en nuestro destino, despues de haber
atravesado varias calles estrechas que no se parecen en nada  las
anchas y bulliciosas del otro Paris. Note el lector que en Paris hay dos
poblaciones distintas, distincion marcada por el curso del rio. Cada
orilla es una frontera de aquellos dos pases, representantes de dos
grandes perodos histricos, de dos grandes razas sociales, si as puede
decirse. Hay el Paris de la tradicion, y el Paris de las creaciones
modernas: en el primero habitan con predileccion los nobles y los ricos
que buscan silencio, despues de haber buscado una buena renta entre el
bullicio y la algazara. En el segundo habitan los comerciantes, los
banqueros, los cambistas, las gentes de moda, de actualidad, gentes que
quieren producir efectos cmicos  trgicos, y los miles y miles de
curiosos y de negociantes extranjeros que este gran centro llama.

Estas dos varias sociedades que se disputan el seoro de Paris, el
giron de un mundo que ha caducado ya, y el otro giron de un mundo que no
se ha organizado todava, estn simbolizados en dos edificios:
_Luxemburgo y la Bolsa_.

Luxemburgo es el monumento del privilegio y de la renta.

La Bolsa es el templo del movimiento, de la creacion y del cambio.

Las Tulleras estn situadas entre estos dos mundos antagonistas, como
si quisieran participar del recuerdo del uno y de la fuerza del otro,
presentndose como un tratado de paz entre ambos.

El Luxemburgo es un palacio inmenso, grave, solitario, majestuoso. Su
fbrica se halla en muy buen estado, y no obstante, despierta en nuestro
nimo esos recuerdos seoriales que parecen dormir entre las ruinas
negruzcas de un antiguo castillo.

Tiene una espaciosa glorieta, con surtidores, grupos y esttuas, adems
de un hermoso y bien asistido paseo.

Al examinar las muchas esttuas que siembran estos silenciosos lugares,
he notado que la demasiada asistencia, el demasiado esmero y el excesivo
alio de que aqu son objeto todas las cosas, quitan  las concepciones
artsticas el encanto del arte, el aura indefinible y deliciosa que lo
rodea en otros pases. Aqu todo parece lo mismo, porque el cuidado que
est en todas partes lo nivela todo, despojando  la obra del hombre de
esas variedades de siglo y de lugar que constituyen el gusto maestro de
la naturaleza.

Un poco de limo verdoso en una esttua la comunica la sancion venerable
del tiempo, el sentimiento inexplicable de la historia; y este espritu
vago y armonioso  la vez, este espritu que viene  denotarnos el
contraste que resulta entre lo transitorio de la piedra humedecida por
un poco de limo, y lo eterno de la moral que aquella piedra simboliza;
esta vaguedad espontnea, sencilla, verdadera, invisible, que va y viene
entre lo que se toca y lo que se adivina, entre el limo y el genio, es
precisamente la pincelada que da al arte su sentido ms ideal, ms bello
y ms profundo, porque es el sentido ms conforme  la poesa de la
creacion, es decir,  la poesa inimitable de la verdad.

No hay naturalidad en estas creaciones; la naturalidad con que la yerba
es verde, con que el cielo es azul, con que la estrella nos envia sus
luces plateadas. Noto cierto entumecimiento en este arte; es creador,
infatigable, jven; pero parece un jven tullido; un tullido que no
puede moverse sin que la paralsis le arranque un dolor y una queja. No
s si me equivoco; pero esto es lo que me dicta mi sentimiento, ageno 
toda preocupacion de envidia, de odio  de historia. Es un arte
magnfico, colosal; pero le falta un no s qu de arte.

Despues de examinar las esttuas, me intern en el paseo, y vi con mucho
gusto  varias familias artesanas haciendo labores manuales, bajo los
rboles de las glorietas. Esta costumbre es verdaderamente pintoresca,
infantil, encantadora, patriarcal. No he visto en mi vida  esas
mujeres, no las he mirado  la cara, y las tengo cario, porque tengo
cario  las yerbas que tocan,  esta vida que llevan,  este aire que
respiran.

Me intern ms en los jardines, y me v solo; no tenia ms compaeros
que las flores y el rumor indeciso de una leve brisa de verano, y me
parecia que distaba de Paris muchas leguas.

Cunto preferiria una gruta aqu al hotel de la calle Feydeau! Cunto
ms grata me seria esa casita que estoy viendo, cerca de la esttua del
pintor Lessueur!

Ahora me siento enfrente de la esttua. Unos ramos de madreselva se
agitan suavemente sobre mi sombrero. Qu bien me encuentro aqu! Me
parece que soy mejor, y que me amo ms  m propio.  un tiempo oigo el
acompasado y casi imperceptible susurro del viento entre las hojas de
los rboles, el ruido lejano de agua corriente, el acento festivo de
unos nios que juegan, y el clamoreo confuso que nos anuncia la
proximidad de una gran poblacion, como el sordo rumor del oleaje nos
anuncia la cercana del Ocano.

Me acord que tenia que volver  Paris, y sent dos cosas: repugnancia y
temor, casi miedo.

Soledad, encanto del triste, encanto de mi corazon, vrgen de mis
pesares, vrgen de mi alma; si amas, si esperas algo en este mundo, dame
tus amores y tus esperanzas. Si tienes dolores, si tienes misterios,
dame tus misterios y tus dolores.

Al poco tiempo subia en un mnibus que me llev al Palacio Real, y luego
en otro que tenia la carrera de San Club, haciendo escala en el arco de
la Estrella. All me ape y segu hasta el bosque de Bolonia.

El bosque de Bolonia no es un paseo, propiamente hablando: es una selva
que tiene leguas de extension: es el desahogo de las gentes de carruaje
que van all, como se va  tomar aires al campo. Se encuentra cascada,
lago, isleta en medio con puentes rsticos, de un aspecto gracioso;
chinescos, barquillas, circo y muchos espectculos de varios gneros.

Yo me intern hasta donde logr quedarme solo, sin oir otra cosa que el
ruido confuso de los coches y el crugido del ltigo.

Me sent un instante sobre la yerba, y me vi halagado por una expansion
y un bienestar que no experimentaba desde nuestra llegada  Paris. Me
parecia que en aquel momento recobraba la libertad, y sentia por la luz
esa especie de religiosa gratitud que siente el cautivo. Miraba hcia
bajo, y veia musgo verde; miraba en torno mio, y veia rboles; miraba 
lo alto, y veia cielo. Sentado en una piedra solitaria,  despecho mio,
me acude la idea de Andaluca, la idea del pas en donde he nacido y me
he criado. Hace veintidos aos que dej la casa paterna; volv  los
nueve con el deseo de abrazar  mi madre; pero no pude verla; no estaba
en el mundo; habia muerto.  la hora de morir, cinco hijos rodeaban su
lecho, uno faltaba. Mi madre diria en su corazon: bien se lo dije! El
tiene la culpa; me muero sin verle! Tenga Dios misericordia de m!

Mi madre no vivia; pero la Providencia ha dado lgrimas al hombre para
lavar con ellas sus pecados, sus olvidos, sus yerros; y lgrimas
ardientes y fervorosas humedecieron el sepulcro de la que me di el sr.
Gloria! Sueo terrible! Angel cruel, cunto has comido de mi alma y
de mi cuerpo! Quin lo hubiera sabido! Quin hubiera podido
adivinarlo! Los campos en donde pas mi niez no me hubieran visto
desertar; el Ocano no hubiera dejado de oir mi pobre voz; yo hubiera
visto morir  mi madre y  mis hermanos. Una humilde choza por vivienda;
un saco de paja por lecho; un haz de enea por almohada; una honrada
esteva por oficio; pan, agua y salud por alimento; un ramo de tomillo
por corona; los bosques, los mares y los cielos por poesa; el Dios que
llena al mundo por esperanza; qu ms podia apetecer? T tenias razon,
madre de mi alma; t me decias bien, madre de mi vida. Te desobedec,
fu ingrato  tu amor, fu sordo  tu llanto, y el cielo me castiga por
aquella culpa. Pero t que fuiste tan buena, tan paciente, tan generosa;
t que tanto sufriste, que tanto lloraste, madre de mi vida, madre de mi
alma, t perdonars  tu hijo.

Apenas me desembarace de ciertos asuntos que me tienen amarrado en
Madrid; ms claro, apenas logre reunir algun dinero, me ir  Sevilla,
mandar hacer una losa, pasar  la raya de Portugal, y yo mismo la
colocar en una sepultura, en nombre de todos mis hermanos. Ya tengo
hecho el epitafio, el cual pertenece tambien  mis lectores; hlo aqu.

FILOMENA, JOAQUINA, NICOLS, AMPARO, HERMENEGILDA Y ROQUE,
 SU ADORADA MADRE.

   Tras estos mrmoles fijos
    Ver nuestra amante fe,
    Que una madre siempre ve
    Las lgrimas de sus hijos.

Lector mio, cuando esta obra se publique, no te parezca cara. No tengo
otro sueldo, ni otro patrimonio que mi trabajo personal, mi trabajo de
sol  sol como humilde obrero de la inteligencia, y de esta obra he de
sacar ms de mil duros que habr tenido que gastar para escribirla, y si
pudiera ser, para comprar la lpida de mi madre.

Medio enternecido y medio lloroso me levant de aquella piedra, y empec
 dar vueltas por all. Mir  todos lados, no habia nadie qu
felicidad! Hay ciertos instantes en que los hombres me inspiran miedo;
ciertos instantes en que el silencio es mi ms dulce compaa.

Caminando despues al acaso, encontr una pequea columna. La piedra es
historia tambien, y me vino en deseo conocer la historia de aquella
piedra. Hla aqu tal como ha llegado  mis odos.

Hubo un francs apellidado _Catelan_, el cual vivia santamente en
Provincias.  este Catelan se ocurri la idea (cualquiera otra le
hubiera salido mejor) de trillar el camino de Paris, con el objeto de
conducir varios presentes al rey de entonces. No me acuerdo en este
momento qu rey era; pero desde luego debe suponerse que un rey de
antao debia ser, porque al morirse aquel Catelan, comenzaron  morirse
los Catelanes que trillan caminos para hacer presentes.

Psose en marcha aquel bendito hombre, despues de haberse confesado,
porque tambien hubo un tiempo en Francia en que el cristiano tenia que
proveerse de la confesion, como del primer artculo del viaje.

Noticioso el monarca de la venida del buen Catelan,  de los presentes
que Catelan traia, ora fuese por Catelan, ora por los presentes, porque
la tradicion no aclara este punto, envi un piquete de soldados bajo el
mando de un capitan, cuyo piquete tenia por fin el guardar al esplndido
provinciano de los bandoleros y asesinos que infestaban  la sazon el
bosque de Bolonia. Spalo el brillante Alejandro Dumas. Hubo tiempo en
que los vasallos se confesaban para caminar; tiempo en que los
bandoleros y asesinos empedraban el bosque de Bolonia, si el gran
novelista me permite la palabra empedrar.

El capitan que mandaba la escolta se situ en los puntos convenientes,
el buen viajero se vi libre de los huspedes habituales del bosque,
pero cosa imprevista! no se vi libre del capitan. El capitan de los
soldados se puso en lugar de los bandidos, y el pobre Catelan fu robado
y muerto.

Mucho tiempo despues tuvo lugar un baile en palacio, y una seora de las
asistentes llevaba un objeto de que constaba ser portador el asesinado
en el bosque de Bolonia. Dieron principio las sospechas, luego las
pesquisas, por fin se adquiri la evidencia del crmen, el capitan fu
ahorcado, y el clebre bosque vi alzarse una piedra en obsequio y honra
del fiel vasallo Catelan.

Esto es, punto ms, punto menos, lo que acerca de esta columna cuenta la
tradicion, y no deja en verdad de ser un consejo provechoso.

Parece imposible que este bosque tan concurrido, tan guardado, el paseo
de la alta sociedad de Paris, el refugio y el embeleso de las gentes de
coche y librea, haya sido un tiempo guarida de asesinos y de ladrones.

Sin embargo, hoy se invoca an por cierta escuela la moralidad de
aquellos tiempos. Cierta escuela grita aterrada que tocamos ya un
perodo disolvente, que nos precipitamos por instantes en un abismo de
perdicion. La escuela  que me refiero dice bien: corremos por instantes
 la disolucion.... de dicha escuela.

A las once en punto entraba en el patio del hotel de Feydeau. Los
garones me hicieron un saludo apenas perceptible. Esto quiere decir que
no iba bien vestido. En efecto, mi mujer y yo hemos notado repetidas
veces, que los saludos son ms  menos afectuosos, ms  menos
cumplidos,  proporcion del traje que llevamos. Esto es un motivo
curioso de estudio, porque el lector comprender sin duda las infinitas
gradaciones que deben mediar, desde balbucear los buenos dias  un
mendigo, hasta doblar ambas rodillas ante un emperador.

Ay! Cundo y dnde, encontrar un pueblo en la tierra, en que no se me
mire al pecho y  los pis, como para ver si llevo cadena y bota de
charol; para ver si pueden esperar de m una _propina_; sino que se me
mire  la frente y  los ojos, para ver si tengo talento y bondad con
que hacer un bien  este mundo!

Cunta fe necesita el hombre para que su alma no se cuterice, al tocar
la hiel corrosiva de estas nauseabundas experiencias!

No siento odio; acaso no siento desprecio tampoco, pero siento una
profunda lstima, y sobre todo un profundo dolor.

Este es quiz un malvado, un holgazan, un idiota.

--Lleva cadena?

-S.

--Lleva brillantes?

-S.

--Va en coche?

--S.

--Se inclinan ante l sus lacayos?

-S.

--Quin es?

--Un semi-Dios.

Este otro es honrado, caritativo, afectuoso, creador, valiente.

--Lleva los bigotes untados con resina  izquierda y derecha, como si
fuese pregonando la guerra al gran turco?

--No.

--Lleva cadena?

--No.

--Lleva brillantes?

-No.

--Va en coche?

--No.

--Tiene una librea que le idolatre?

-No.

--Quin es?

--Nada; un pobre diablo.

Si esto fuese verdad; si esta fuese la ley moral del mundo, si esta hiel
que devora fuese el espritu de la creacion qu horrible seria la
Omnipotencia del que hizo al hombre! Qu horrible seria la Omnipotencia
del que nos cre, para corroer nuestras entraas con aquella ponzoa!

Afortunadamente no es as; entre aparentes contradicciones, Dios triunfa
siempre; entre huracanes y nublados, el sol siempre brilla.

Mi mujer me esperaba con impaciencia; almorzamos en el restaurant de la
calle del Banco, y emple la tarde en escribir para _La Amrica_, el
primer artculo sobre la Europa. De este modo di fin el dia vigsimo.




=Dia vigsimo=.

Historias.


Pobre Luisa! As se llama la mujer vestida de negro. Cuando volvimos de
almorzar, estuvimos hablando con la lechera, la cual nos revel secretos
que nos afligen profundamente. La jven que habita uno de los cuartos
principales del hotel de enfrente, no es francesa; es de Pisa, una de
las ms clebres ciudades de Toscana, una de las ms bellas ciudades del
mundo. A Pisa fu, con el objeto de convalecer de una enfermedad, cierto
estudiante del partido de Rodhese, departamento de Lyon; el tal
estudiante vi  Luisa, se enamor de ella, hubo de decrselo, y  ella
hubo de parecerla bien: si no bien, no debi parecerla mal, por lo que
luego vern mis lectores. Luisa se enamor tambien, y esto era necesario
para que se cumpliese la verdad constante de que las jvenes se enamoran
siempre, casi siempre, de lo que ha de hacerlas desgraciadas. Es un
arcano incomprensible de la edad, una sombra que lleva consigo la
inocencia. El amante descubre  su familia y  la de la novia, la
intencion que abriga de unirse  Luisa, y ambas familias se opusieron
abiertamente, en atencion  la poca edad de los novios, puesto que l no
tenia veinte aos, y ella acababa de cumplir diez y siete. Los novios
insistieron en sus propsitos, y no slo insistieron, sino que se amaron
con ms ahinco, se amaron con el frenes de la prohibicion; ms claro,
se divinizaron en su fantasa, creyndose hroes de novela, mrtires del
amor. La generalidad de los padres ignora cunto influye esto, y con
cunto cuidado se debe evitar. Creen que esas imaginaciones son
poesa.... Ah! ellos no saben que la poesa es una de las cosas que ms
arrastran  la humanidad, uno de los poderes ms formidables de la vida,
especialmente cuando todava hemos vivido poco, cuando la hiel de los
desengaos no ha acibarado nuestro corazon, cuando nos encontramos en la
poesa del que suea, porque todava no comprende. S; entindanlo los
padres; la fantasa, la emocion potica, es lo que ms seduce  una
jven; eso que ellos creen que es un puro romance de ciegos, es la
tentacion ms fascinadora y ms irresistible. El sueo del alma es lo
que ms puede en el hombre y en la mujer, cuando el alma de las mujeres
y de los hombres se encuentra en la edad de soar. El estudiante y esa
pobre mujer de enfrente se _poetizaron_, se creyeron vctimas
sacrificadas  la violencia,  la tirana, y no hay poder humano que
tenga fuerza contra esa apoteosis de la imaginacion. Y cuanto ms se
sufre, cuanto ms se padece, cuanto ms se llora, tanto ms se ama
aquella desventura, aquella pasion, aquella poesa. Cuantos ms dolores
pasa el mrtir, tanto ms ama la palma del martirio. Luisa y su amante
se habian enamorado con un doble afecto: se habian enamorado de sus
personas y de su infortunio; se amaban por lo que se amaban y por lo que
sufrian; por lo que sentian y por lo que lloraban; es decir, se amaban
como amantes y como hroes. Algunos padres continuarn creyendo que
estas verdades son cuentos de bruja, coplas de Calaino; pero los
resultados tienen una elocuencia que no miente.

La familia del estudiante le mand que volviera  Rodhese; pero el
estudiante no volvia. Los padres de la novia la prohibieron que se
asomara  los balcones con el fin de ver  su amante; pero la novia se
asomaba. Poesas! Pura poesa! Bien, contesto yo; sern poesas  lo
que ustedes quieran; pero el hecho es que los padres mandaban  la novia
que no se asomase, y sin embargo la novia se asomaba; el hecho es que la
familia del estudiante le mandaba que se volviese al departamento de
Lyon, y sin embargo el estudiante no volvia.

Vista la resistencia del muchacho, sus padres acudieron  la poltica, 
que siempre acuden los padres que no tienen talento,  que no conocen el
corazon humano. El modo, dicen estos padres, de que el pjaro vuelva 
la jaula, es hacer de modo que no halle alpiste fuera, y discurriendo
as, les parece que se han salvado con un golpe supremo de sabidura.
Qu ignorancia! Qu error! En efecto, el pjaro vuelve  la jaula,
cuando fuera de ella no encuentra alpiste; vuelve  la jaula para no
morirse de hambre; pero no vuelve l; vuelve la necesidad que le obliga;
vuelve el hambre que siente; no vuelve el hijo; vuelve el hambre. Y
qu? Los padres son padres de esa hambre  de ese hijo? El pjaro
vuelve  la jaula, y en ella permanece encerrado, mientras que no rompe
con el pico algun alambre de la prision. Luego que puede huir, huye.
Luego que puede tender el vuelo al aire libre,  los rayos del sol, lo
hace. Pero hace bien  mal? No lo s; no quiero saberlo, ni
averiguarlo, ni aun oirlo. S que el prisionero ama la libertad; s que
quien est  oscuras ama la luz; s que quien vive emparedado, desea
estirar sus miembros, desea moverse, agitarse, respirar; s que lo desea
fanticamente, con un nsia frentica, con un instinto providencial. Los
padres que opinan de otro modo estn engaados, y mil desgracias que
ocurran cada dia, vienen real y positivamente, menos de la liviandad de
los hijos, que de aquel engao de los padres. _Quitarles el alpiste,
para que vivan encerrados en la jaula!_ No; eso no es tener hijos; eso
es tener cautivos  esclavos; eso no es ser padres; eso es ser
carceleros. Y qu amor quiere un padre que el hijo le tenga, qu
respeto quiere que el hijo le profese, cmo solicita que el hijo le
venere y le ame, cuando no se presenta  l como padre, sino como
cmitre, como tirano, como carcelero?

Yo suplico  los padres que piensan as, que oigan y que contesten; no
que me contesten de palabra, no que me contesten tampoco por escrito;
sino que se respondan  s propios en su conciencia y en su corazon.

Su hijo es un hombre; un hombre que nace para amar, como para amar naci
su padre. Ese hijo ama en virtud de un instinto superior  su voluntad,
 sus ideas,  su poder; superior al poder,  las ideas y  la voluntad
de todo el mundo. Qu intentan los padres contra ese instinto? No
pueden quitar ese instinto del alma de sus hijos, como no pueden remover
los montes,  secarlos mares; qu intentan contra el mar y contra los
montes?

El amor viene como vienen las plagas, las tormentas, los huracanes;
como la luz cae de los astros; como el aire corre por la atmsfera. Qu
intentan los padres contra ese misterio de la vida? Qu quieren hacer
para que el ambiente no corra, y el huracan no sople, y la luz no
descienda, y el contagio no infeste, y el trueno no estalle? Qu
pretenden contra el huracan, contra el contagio, contra el ambiente y
contra la luz?

Su hijo ama por un derecho providencial; por un derecho de orgen
divino. Dios se lo ha dado, l lo tiene porque Dios se lo da: qu
intenta el padre contra lo que da Dios? Qu planes concibe contra la
Providencia que gobierna  todos,  l tambien? Vengan aqu los padres
que as opinan, y que respondan.

Nada ms absurdo, ms brbaro, ms repugnante, que disputar  un padre
el santo derecho del consejo, de la persuasion, de las lgrimas, hasta
el enojo, porque muchas veces nos enojamos por lo que queremos, por el
bien que ansiamos para los objetos de nuestro amor; pero de ningun modo
puede darse  un padre la facultad de que haga un derecho de la
violencia, de un abuso, de un atentado. No hay derecho para hacer lo que
no se debe, por la razon de que no hay abusos legtimos, crmenes
morales. Una traicion, una verdadera traicion, no es nunca leal. Nada de
violencia, especialmente la violencia que se ejerce sobre una pasion de
nuestra alma, una pasion grande, inmensa, divina; sobre todo, en una
poca de nuestra vida en que la pasion entra por tanto, en que la pasion
es casi todo, porque la juventud no es otra cosa que una pasion.
Aconsejo  los hijos humildad, respeto, obediencia; ms que obediencia;
veneracion, una veneracion profunda y religiosa.  los padres no se les
debe nicamente obedecer, sino venerar; aconsejo  los hijos la
veneracion; pero no aconsejo  los padres la violencia. El hijo debe
obedecer; el padre debe aconsejar y persuadir. No alcanzan el consejo,
la persuasion, la splica, el llanto, el enojo? Pues hagamos alto;
encima de la tierra est el cielo; sobre el hombre est Dios. A Dios
toca lo que el hombre no puede arreglar, y un hombre es el padre.

Hay tres cosas en este mundo, sobre las cuales no puede ponerse una
mano airada; tres cosas que todos debemos reverenciar, porque son un
depsito de la Providencia: una idea, una lgrima y un amor. La idea es
el ngel del pasado; la lgrima es el ngel del presente, el amor es el
ngel del porvenir; s, del porvenir, porque la esperanza y la fe son
los primeros de nuestros amores. Cuando el hombre quiera encender fuego
para quemar el mundo, qumelo todo; pero que no arrime la tea  esos
tres ngeles.

Pues volviendo  la historia de Pisa, los padres del novio retiraron al
hijo el dinero; esto es, quitaron el alpiste al pjaro para que volviera
 la jaula. El estudiante encontr manera de hacer que su novia supiese
lo ocurrido, porque no hay manera que no encuentren los que se aman; la
novia se turba, se turba el novio, ambos se creen perdidos en sus
ilusiones, se ven, se miran.... Ah! No hay alpiste que valga contra
estas cosas. Llega un dia en que, al amanecer, se abren las puertas de
una casa, y una jven baja la escalera, con un envoltorio en la mano,
despeinada, trmula, azarosa, paladeando sin cesar, porque la saliva
pegaba sus labios; esa jven atraviesa furtivamente algunas calles, mira
hcia atrs y vuelve  correr, hasta que llega  un punto en donde un
hombre la esperaba. Cerca de ellos estaba un coche, la portezuela se
abre, ambos suben, el carruaje empieza su marcha.... Todo est perdido;
ya no hay remedio. Al dia siguiente estaban en Livorno; al otro dia en
Gnova; al tercero en Marsella, al cuarto en Paris. Se hospedan en uno
de los muchos hoteles de la calle de Buenavista, de la calle en que
estamos nosotros, casi enfrente de nuestro hotel. Nuestros lectores
habrn supuesto seguramente que los viajeros de que hablo son Luisa y el
estudiante de Rodhese. Con el dinero que ella sac de la casa paterna,
vivieron un mes, al cabo del cual el estudiante la manifest que iba 
su casa, con el fin de reconciliarse con su familia, y volver  Paris,
ya para unirse  ella, ya para proseguir sus estudios. Ella lo crey
como era natural, y le di hasta el ltimo maraved para el viaje. El
amante parti; lleg  Rodhese, se avino con sus padres, y se determin
que fuera  seguir su carrera  Estrasburgo, en donde se halla
actualmente. Luisa no ha visto de l una sola letra, y tuvo estas
noticias por medio del amo del hotel, que escribi al pas para
averiguar lo ocurrido. Ella se encuentra sola, en tierra extraa, sin
honor, sin medios, sin amigos, sin ayuda, sin esperanza, sin saber qu
hacer, ni qu pensar, ni qu discurrir. Dice que no quiere vivir de ese
modo, que anhela morirse, que quiere matarse; no duerme, no come, grita
como una loca, y todo anuncia un mal desenlace. Entre tanto el novio
estudia en Estrasburgo, y acaso hace la crte  otra desgraciada. Qu
corazones hay en el mundo! Qu hace esa mujer? Nos preguntaba la
lechera. Cmo vuelve  la casa que ella abandon? Cmo vuelve al
pueblo que ella escandaliz con su locura? Cmo escribe  sus padres, 
quienes ha causado tanta afrenta y tanto dolor? Y si va  su casa, y si
la familia le hace la caridad de abrirla sus brazos, cmo resiste esa
pobre jven la mirada terrible de su madre? Qu ha de responder  su
madre, cuando las dos se queden solas?

Ay! cuntos males causa en este mundo la falta de prudencia! Si la
familia, en vez de repudiarla y de extraarla de su cario; si en vez de
reprenderla y de afrentarla por aquellos amores; si en vez de acercarla
al amante, porque al amante se acercaba todo lo que se desviaba de su
familia; si en vez de esto, la hubiera atraido con paciencia, la hubiera
exhortado con consejos, con cario, con persuasion, con lgrimas, con
splicas, si era menester; si un hombre prudente hubiera dado un plazo 
sus esperanzas; la hubiera alentado, la hubiera tocado el corazon,
estaria ahora esa jven en Paris llamando  la muerte, desamparada,
sola, perdida? No; yo juro por mi alma que no. Perdneme el lector este
arranque ... no s de qu: quiz es orgullo, quiz es vanidad, acaso es
una ridcula jactancia; pero me parece que si yo hubiera sido el padre,
el tio, el hermano, el amigo siquiera, de esa infeliz mujer, esa mujer
estaria en su casa. Tal vez suspiraria por su amante; tal vez lloraria;
pero estaria en su casa; estaria al lado de sus padres, tendria
tranquila su conciencia, limpia su honra, y entero un corazon que ahora
est desgarrado. Tal vez llorara en Pisa; pero qu diferencia entre
aquellas lgrimas, y las que ahora vierte en Paris! Mas el golpe est
dado, y un momento basta para emponzoar la existencia de una mujer.

En este momento se asoma al balcon, mi compaera la ve y me llama. Es
muy blanca y tiene el cabello casi rubio. Hay en su fisonoma esa mezcla
de expresion ardiente y melanclica, triste y apasionada, que es la gran
belleza del tipo italiano. Mira con cierto frenes  uno y otro lado de
la calle, como si esperase  alguna persona. Pobre Luisa! El estudiante
est en Estrasburgo; es intil que mires; no viene. Cunta amargura
debe hervir en el alma de esa mujer! Parece que cruza y confunde sus
miradas, como si una idea agujerease su cerebro, y se pasa la mano por
la frente con mucha frecuencia. Es bien seguro que est sudando de
congoja; es seguro que algun vrtigo la amenaza.

--Esa mujer va  cometer un disparate, exclam vivamente mi compaera, y
yo no esper ms. Bajo en el acto, me voy  casa de la lechera de la
vecindad, la llamo la atencion sobre el estado de Luisa, y la buena
Madama Fonteral deja inmediatamente su quehacer, me mira de un modo
carioso y benvolo:

--_Que voulez-vous que je fasse? (Qu quiere usted que haga?)_

--Quiero, la contest, que se pase usted al hotel de enfrente ahora
mismo, que entregue usted estos veinte francos al amo de la fonda, en
pago de los quince dias de alquiler que Luisa le debe, que d usted
estos otros cuatro napoleones  Luisa para que atienda  sus
necesidades, que averige el nombre y domicilio de los padres del
estudiante de Estrasburgo, y que procure saber de la jven si tiene
algun tio, algun hermano, alguna persona de respeto  quien acudir,
trayndome la nota de los nombres y del punto de residencia. Haga usted
de modo que ella ignore quin la suministra este insignificante recurso,
y quin la hace estas preguntas,  fin de que tenga algo que la
distraiga del pensamiento que la domina, y que acabar por volverla
loca. Dgala usted que no se desespere, que no se apure, que no se
aflija. Dgala usted que el arrepentimiento y el dolor hacen con las
heridas de nuestra alma, lo que el blsamo con las heridas de nuestro
cuerpo.

Madama Fonteral, moviendo afirmativamente la cabeza en seal de contento
y de aprobacion, ech  escape, mientras que yo me volvia  mi cuarto.
Cuando llegu, Luisa no estaba en el balcn, y mi mujer me dijo que
tema una desgracia. Eran ms de las once, y tuvimos precision de salir
para almorzar. Almorzamos en un restaurant del boulevar de la Buena
Nueva,  los cincuenta pasos de nuestra fonda, y nos volvimos para ver
qu noticias nos daba Madama Ponteral. Esta pobre mujer habia subido a
nuestra habitacion, y habiendo sabido que habiamos salido con el objeto
de almorzar, nos estaba esperando en la puerta de su casa. As que nos
vi, entr en el portal de nuestra fonda, y subimos juntos.

--Qu hay, mi buena seora Fonteral? la pregunt.

--Tome usted dos notas. En esta va el nombre del padre del estudiante, y
el pueblo de Rodhese, en donde vive. En esta otra hallar usted el
nombre y apellido de una hermana de Luisa; casada en la misma ciudad en
que est su familia, y  quien sus padres aman en extremo. La he dado el
dinero que usted me entreg, la he dicho que estn pagados los quince
dias de alquiler, la he exhortado  que se arrepienta,  que olvide ese
amor funesto, y  que espere en la misericordia de Dios.

--Y cmo est? la pregunt con impaciencia mi mujer.

--Qued ms tranquila, mucho ms tranquila, y diciendo esto desapareci,
dejndome las notas.

No quise perder tiempo. Aunque en mal francs, escrib una carta al
padre del muchacho, y aunque en mal italiano tambien, escrib otra carta
 la hermana de Luisa, pintando en ambas el abandono, la desesperacion y
el peligro en que se vea esta desgraciada.

Se las traduje  mi mujer, que las crey del caso, las cierro, pongo el
sobre respectivo, y  los pocos minutos atravesbamos la calle de
Buenavista, con el fin de echarlas al correo. Llegamos  la Plaza de la
Bolsa, y las echamos en una estafeta que hay all. Mi mujer ech la que
iba dirigida  la hermana, y yo la que iba dirigida al padre del chico,
como si creyramos que podia ejercer alguna influencia la electricidad
particular de cada sexo. Al arrojar las cartas por el buzon, mi mujer y
yo exclamamos al mismo tiempo:

--_Dios las lleve por buen, camino!_ Ignoro lo que suceder; pero algo
debe valer el buen deseo con que obramos, para conseguir la ayuda del
cielo.

A diez pasos de la estafeta tomamos un coche, y al cuarto de hora nos
encontrbamos en San Sulpicio. Este es uno de los seis  siete edificios
que han despertado en m la emocion potica, sin embargo de que entran
por centenares los monumentos suntuosos que tiene Paris. Al ver esta
iglesia, me parece que estoy en el campo; creo como oler romero 
tomillo. Penetramos, y bajo estas bvedas encuentro lo que no encontr
en la Magdalena; lo que no hall tampoco en el Panteon, esplndida
creacion ateniense. Reina aqu cierto espritu vago y silencioso, que
nos reconcilia con la idea de Dios. Aqu nos acordamos naturalmente de
la piedad, y parece que oramos, an cuando no digamos ninguna oracion.
Voy  decirlo, sin temor de que muchos se escandalicen: este San
Sulpicio, con sus ventanas, sus columnas, sus torreones y sus veletas,
que parecen aspas de un molino de viento; este San Sulpicio, con su gran
prtico; su nave extensa, desnuda, callada, sombra; su coro aislado; su
majestuoso altar mayor; su oculta capilla de la Vrgen, iluminada por
una luz confusa, indecisa, misteriosa, y sus enormes conchas venecianas
que sirven de pilas; este San Sulpicio, vuelvo  decir, es ms iglesia,
ms templo cristiano, que la Magdalena y el Panteon.

Esto nos demuestra que el arte religioso, tanto en arquitectura como en
escultura, como en poesa, como en msica, como en canto, en todo, tiene
un carcter que no es posible equivocar ni confundir. El hombre no
comprende la esencia de Dios, porque no comprende ninguna esencia.
Presiente algo, adivina algo; pero no lo puede explicar; sobre todo, no
puede reflejar su pensamiento en una imgen; es decir, no puede darnos
la nocion artstica de aquel pensamiento, porque no hay nocion artstica
sin figura, sin smil, y no hay figuras que nos representen lo que no se
toca, lo que no se oye, lo que no se ve. Donde no hay imgenes no hay
arte, porque no hay fantasa, y el hombre no halla imgenes para
representarnos la inmensidad, por lo mismo que el hombre vive en el
espacio, el cual no es inmenso. El arte, pues, es nulo para
representarnos netamente la idea de Dios; ese Dios es ms grande que
toda figura, que todo smil, que toda poesa, que toda creacion humana.
El arte no tiene otro recurso que llegarse  la ciencia, que pedirla sus
pensamientos, sus conjeturas, sus arcanos; no tiene otro recurso que
llegarse  la fe, para que le inspire con sus creencias y sus
esperanzas, y copiar en el libro, en el edificio y en la esttua, las
esperanzas de aquella fe, y los arcanos de aquella ciencia.

Esperanza y misterio, h aqu el carcter esencial, el sentido ntimo,
el alma del arte religioso.

No s matemticamente lo que espero, pero s que espero. Fuera de aqu,
fuera de este horizonte indefinible, no hay epopeya para el arte de la
religion.

Viene el arte griego, y lo llena todo de luz, lo hace todo brillante,
esplndido, provocador, casi lascivo. No; eso es el altar de una Vnus,
el festin de unas bodas, una romera, un teatro. Ah todo se toca, todo
se ve, todo se concibe, todo se adivina. Esa no es la casa de Dios,
porque ese Dios es la sombra augusta del universo, el augusto arcano de
la vida, el portento que ninguna mente puede explicar, el abismo que
ninguna sonda puede medir, y aquel festn griego, aquellas bodas,
aquella alegra, no trae  mi imaginacion la idea del abismo, del
portento, del arcano, de la sombra, de aquellas tinieblas sublimes; no
trae  mi pensamiento la idea de Dios, el rumor vago, indefinible,
potico y armonioso del espritu universal. Ese arte, tan excelente para
las formas, es absolutamente nulo, no sirve, para la metafsica
religiosa del espritu.

Y no tenemos ms que concentrarnos por un instante, para comprender
lucidamente la verdad de esta teora.

Cuando nuestra vista no alcanza un objeto, ve sombra; es decir, no ve,
porque el no ver consiste en no ver luz, y el no ver luz no es otra cosa
que ver tinieblas.

Esto mismo sucede  nuestra alma, cuando no comprende un pensamiento. El
pensamiento que no comprende, se la presenta oscuro, vacilante, sombro,
tenebroso. El horizonte de la sombra comienza en donde termina el
horizonte de la luz, como sucede  nuestros ojos.

Nuestra alma no comprende, no se demuestra, no se explica
matemticamente la esencia de Dios, se encuentra sin la luz del dia en
esa atmsfera inconmensurable, y viene la sombra de la noche; huye la
evidencia y se da de cara con el misterio. Y este misterio y aquella
sombra vienen  explicarle, lo que no han podido explicarle aquella luz
y aquella evidencia. De modo, que en el arte de la religion, hace la
sombra lo que hace la luz en el arte gentil; en el arte del espritu,
hace el misterio lo que en el arte de la forma hace la evidencia. Lo que
all es alegra, es aqu tristeza. Lo que all es dolor, es aqu placer.
All se rie cuando aqu se llora, y all se llora cuando aqu se rie.

Por esto sucede que no me gusta oir en una iglesia la msica de
Donizzeti, ni de Bellini, ni de Verdi.  una iglesia no vamos  buscar
el sentimiento de lo apasionado, de lo marcial, de lo atrevido, de lo
voluptuoso, sino el sentimiento de lo solemne, de lo majestuoso, de lo
augusto; ms claro, el sentimiento de lo sublime, la emocion del
pattico, porque la idea de una suprema causa es el pattico por
excelencia. En una iglesia no quiero encontrarme al amante, al poeta, al
caudillo, sino  mi creador. No me gusta encontrar all mi genealoga
humana; para eso iria al teatro; quiero encontrar mi genealoga divina,
porque para eso voy  la iglesia. Y ahora me explico por qu me gusta
ms, cuando estoy en un templo, la msica del Norte, la msica germana.
Y me explico tambien, por qu dos versos de la poesa inglesa, de la
poesa sajona, de la poesa scita, esto es, de la poesa del
Septentrion, me gustan ms, muchsimo ms, que todo lo que ha dicho la
poesa italiana, inclusa la majestuosa poesa del Dante, acerca de un
principio supremo.

Al describir la formacion del mundo, pinta un poeta ingls al supremo
Hacedor ocupado en aquella portentosa tarea, y dice que da fin  la
creacion, _poniendo alrededor de su trono la majestad de la sombra._

    Y pone alrededor del trono excelso
    La augusta majestad de las tinieblas.

Esto es poesa religiosa; estos dos versos valen ms, en este sentido,
que toda la divina comedia del Dante. Eso no es hablar ni del mundo, ni
del hombre; eso es hablar de Dios, de un Dios grande, inmenso,
prodigioso, guardado por un velo, recatado por una nube, porque se habla
de un Dios incomprensible por su grandeza, por su excelsitud, por su
gloria, por su maravilla, por su poder; un Dios que no es tan Dios por
lo que de l se sabe, como por todo lo que se ignora; un Dios que es
menos Dios por su magnificencia que por sus arcanos; menos por la luz
que hierve en la esfera del astro, que por la sombra que pone el poeta
alrededor de su trono, aquella sombra que es el arte infinito de la
eternidad.

La fbula es magnfica, porque es brillante.

Nuestro Dios es magnfico, porque es sombro; es brillante, porque tiene
alrededor de su trono la majestad de las tinieblas. No brilla para
nuestros ojos, sino para otros ojos que hay ms adentro, mucho ms
adentro; unos ojos que ven ms all, y que siempre ven, porque cuando no
ven una luz, ven una sombra: cuando no ven, adivinan, creen y esperan.

En fin, ahora comprendo con seguridad, por qu este San Sulpicio me
gusta ms que el Panteon y la Magdalena, como arquitectura religiosa,
como arte cristiano, como teologa, como espritu. Aqu hallo ese
horizonte vago, indefinible, oscuro, pattico, solemne, augusto, que
est en armona con el pensamiento de Dios, con aquella creacion
austera, imponente y sublime, con aquellas tinieblas majestuosas de que
rodea el poeta al excelso trono.

Hemos comido en el restaurant de Santa Teresa, en donde despedimos al
cochero; luego hemos paseado por el jardin del palacio Real, nos
sentamos durante hora y media, haciendo tertulia al venerable Lesperut,
y volvemos  casa despues de las once.

--Qu har Luisa? dijo mi compaera, al entrar en la calle de
Buenavista.

--Acordarse del estudiante de Estrasburgo, contest yo.

--Es verdad, repuso mi mujer; pero la lechera nos asegur que estaba ms
tranquila.

--Ah! El volcan no aparece cuando no arroja lava; pero cuando no la
vomita, la lava arde dentro. Cmo quieres que olvide en una hora, el
recuerdo ms poderoso de su vida, la emocion ms profunda de su
existencia? Si el estudiante se presentase  ella, jurndola amor y
fidelidad, Pisa, Paris, Francia, Italia, el universo entero,
desapareceria ante los ojos de esa desdichada.

Pero, en fin, como dijo uno de nuestros antiguos trovadores:


    El dolor hay que sufrir,
    Pues plugo  Dios decretar
    Que cause pena llorar
    Para que agrade reir.


Para maana tenemos un plan nuevo.




=Dia vigsimo primero=.

Noticias de Espaa.--Recogida _del Cristianismo y el
Progreso_,--Reflexiones.--La mujer vestida de negro.--Restaurant de
Vefour.--Mr. Guizot.--Un ataque imprevisto.--Banco de Francia.


Mi querido lector, aqu nos tienes con el moco caido  mi mujer y  m.
Hemos recibido cartas de Espaa, y con ellas la infausta nueva de que el
gobierno ha mandado recoger una obra mia, una obra de mi particular
cario, en la cual fundaba por ahora todas mis esperanzas de
subsistencia, porque en ella habia invertido todos mis recursos. En un
dia, en una hora, he perdido diez aos de estudio (diez aos que me
cuestan el sacrificio de mi salud) sin contar dos mil duros en que
consistian mis penossimos ahorros, y sobre quince mil reales con que me
ayudaron algunos excelentes amigos. Vuelta  empezar! Cmo ha de ser!

La obra de que hablo es el CRISTIANISMO Y EL PROGRESO.

Mi mujer calla; pero me mira con un aire que quiere decir: no te lo
dije? Quin te obliga  meterte  redentor, cuando no eres el Mesas
prometido? Yo callaba, pero miraba  mi compaera con una expresion que
equivalia  la siguiente: mujer, no hables de lo que no comprendes; no
hables de un asunto que es tan superior  tu inteligencia y  tu
sentimiento. Hay muchas cosas que parecen errores de nuestra conducta, y
que son verdades de conciencia, inspiraciones inevitables de un deseo
virtuoso, sobre las cuales debe correrse un velo de misterio y de
veneracion. Si los hombres no salieran del crculo en que obran como
hijos, como padres y como esposos; si no salieran de la familia; si no
pisaran los umbrales del mundo; si no les agitara ese algo grande,
inmenso, providencial, con que nos llama el pensamiento de la ciencia,
del arte, de la moral, de la religion; si ese espritu herico no
moviera al hombre; si esa especie de fiebre sagrada no diera calor 
nuestra sangre; en fin, si ese algo celeste  incomprensible no nos
gobernara  despecho nuestro qu seria de la vida humana? Qu seria
del mundo? Arrancad del alma del hombre aquel pensamiento, y la historia
ser un cadver, y la tierra ser un erial; ms que un erial, ms que un
desierto, ms que un pramo: ser una sepultura; la sepultura de aquel
difunto. Arrancad del alma del hombre ese llamamiento indefinible, esa
ltima y suprema expresion de la vida, esa prodigiossima escala de
Jacob que une la tierra al cielo; esa escala por donde subimos  la
cspide de todo lo creado; esa cspide desde la cual comprendemos y
miramos  Dios; arrancad eso de la humanidad, y Babilonia no tendr su
Semramis, ni el pueblo Israelita su Moiss, ni la India su Budda, ni la
China su gran Confucio, ni la Persia su venerable Zoroastro; quitad eso,
y Leonidas no acude  las Termpilas, ni corre Temstocles  Salamina,
ni el noble y virtuoso Arstides se hace eterno en Platea, ni el humilde
poeta Simnides, solo, con la frente caida y los ojos hmedos, escribe
en el campo, sobre una piedra tosca, las siguientes palabras que oy
temblando toda la tierra: _caminante, ve  decir  Esparta, que hemos
muerto aqu por obedecer sus santas leyes_: quitad eso, expulsad ese
husped del mundo, y la Italia latina no tendr un Scbola en la tienda
de Prcena, ni un Scipion en Africa, ni un Ciceron en la tribuna, ni un
Rgulo en el Senado, ni un Julio Csar en todas partes. Haced que se
apague esa voz con que nos llama el mundo,  nombre de la Providencia, y
la Suiza no adorar el polvo de su Guillermo Tell, ni la Inglaterra nos
hablar de Cromwel, ni la Francia pronunciar respetuosa el nombre
querido de su Juana de Arcos, ni la libre y valiente Espaa saludar
entusiasta los manes sangrientos de un Padilla; los manes sangrientos
tambien de una mujer que me estremece el alma; una mujer tan valerosa,
tan cristiana, tan tierna y tan ferviente; una mujer tan noble y tan
hermosa; una mujer que vale tanto como una nacion; Mariana Pineda.
Arrancad del hombre la fe invisible que palpita en el corazon de esa
mujer inmensa, de ese dia de gloria y de infortunio para nuestro pas, y
Galileo no dir al mundo escandalizado que _l siente que la tierra se
mueve bajo sus pis_; ni la ardiente mirada de Coprnico, surcando el
ter, como el guila surca el espacio, volar  la esfera celeste y
robar  los astros su ciencia y sus prodigios: ni un hombre colosal,
fabulosamente colosal, colosalmente grande y atrevido, medir la
extension de los mares y de la tierra con el infalible comps de su
genio, ni su milagrosa voluntad domar las olas del Ocano desde una
frgil caravela; ni un poeta sencillo; ni un romancero oscuro, ni un
pobre manco, pondr la mano sobre el papel, entre las sombras de una
crcel, para admirar al universo con el primer libro que han escrito
los hombres: Miguel de Cervantes Saavedra no hubiera escrito su
ingenioso Hidalgo. En fin, quitad eso, arrancad al mundo la sublime
corona del mrtir, y un monte de Judea no presenciar, en un dia nublado
y misterioso, la redencion de la humanidad  costa de pasion, de
suspiros y de agona;  costa de un madero empapado en sangre;  costa
del primer sacrificio de la tierra. Quitad eso, y el monte Calvario no
ver al Nazareno pendiente de una cruz, y  la Vrgen Mara pendiente de
los clavos del Nazareno. Arrancad esa sangre y esas lgrimas
sacratsimas del alma del hombre, y le arrancareis casi toda su alma.
Verdad, verdad santa, pobre diosa destinada  sufrir y llorar por todos
nosotros; destinada  sacrificarse por todos los hombres, y  recibir en
cambio la burla y el insulto de los mismos que t redimes con tus
dolores; t que has sido quemada en tantas hogueras; t, que con la
cabellera tendida por la espalda, vestida de luto y con los ojos hmedos
y encendidos, subiste tantas veces la escalera infame de tantos
cadalsos; t, envenenada en Scrates; crucificada en Jesucristo;
ajusticiada en la doncella de Orleans; cargada de hierros en Colon;
muerta de miseria en Cervantes; pobre diosa, vive y llora, llora y
triunfa, porque t triunfas an cuando lloras! Te envenenan en Scrates,
pero te haces inmortal en su filosofa; te crucifican en Jesus, pero
trescientos millones de hombres caen de rodillas ante el Evangelio; te
ajustician en Juana de Arcos,  en Mariana de Pineda, pero la fe de esas
dos vctimas ilustres te da una corona; te matan de miseria en
Cervantes, pero llenas el mundo con su Quijote; te cargan de cadenas en
Colon, pero los oleajes y las brisas del Ocano aturdido, nos traen
vagamente el rumor y el saludo de cien millones de criaturas. Te
escarnecieron en Colon; pero ah tienes esas Amricas. Te escarnecieron
en el poeta, pero ah tienes su inmensa poesa. Verdad! oh verdad
adorable! vive y llora! llora y triunfa! Qu importa que un hombre
tan pequeo como yo, sea un poco de aloe quemado en tu altar? Qu
importa que un hombre tan pequeo se sacrifique por una creacion tan
grande? Qu importa que un pedazo de piedra se deshaga, bajo el peso de
una fbrica tan colosal? Adelante! Un gobierno me quita el CRISTIANISMO
Y EL PROGRESO; Dios, que es ms providente, ms justo, ms caritativo y
ms grande que todos los gobiernos reunidos, me abrir camino por otro
lado.

Esta duda desola  mi mujer.

--Qu harmos? me dice.

--No te aflijas, le contesto yo. El gobierno no me puede quitar ser
escritor pblico, ni puede impedir que haya muchos hombres que sepan
leer en el continente y en las Amricas. No te apures. Vstete y vamos.
En ltimo trmino, nadie puede evitar que yo acabe como Licurgo.

--Qu sucedi  Licurgo? pregunta mi mujer.

--Se muri de hambre.

Mientras que mi mujer se dispona para salir, abr las maderas de uno de
los balcones de nuestra habitacion, y me asom, como si quisiera
distraerme de la amarga memoria de la recogida del CRISTIANISMO Y EL
PROGRESO, porque ha de saber el lector que el valor de la obra no bajaba
un maraved de seis mil duros. Cuntas vigilias, cuntos trabajos y
cuntos dolores de cabeza, no van envueltos en esa suma, una suma casi
fabulosa para un escritor espaol! Paciencia y barajar, como se dice en
nuestro pas. Estoy asomado al balcon, y al inclinar la vista un poco
hcia la izquierda, casi frente por frente,  travs de los vidrios de
un balcon principal, veo una mujer vestida de luto, jven, muy blanca,
ms blanca de lo que realmente es, porque va vestida de negro. El
corazon tiene indudablemente su fluido elctrico, y slo as se explica
el que yo me sintiese atraido, invenciblemente atraido, por una
corriente magntica. Esto de la corriente magntica es un clculo mio;
pero algo ha de ser, y yo echo las cargas al magnetismo. Me fij ms, y
aquella mujer me pareci de un aire distinguido: es decir, me pareci lo
que se llama generalmente una seorita. Me fij ms an, me fij con el
tenaz ahinco de una curiosidad entre novelesca y compasiva, entre
parisiense y cristiana, y llegu  distinguir que aquella mujer tenia
apoyado el codo derecho sobre uno de los quicios de las maderas,
mientras que dejaba caer el rostro hcia adelante con un descuido tal,
que su aliento empaaba los cristales. Miraba fijamente hcia un punto,
miraba sin pestaear, como miran las momias  los esqueletos. Esto
quiere decir que no miraba  ninguna parte, lo cual quiere decir tambien
que una idea poderosa tenia embargada su imaginacion. Hay ciertas
pasiones que, sin quitarnos el movimiento, nos ponen enteramente
paralticos. Estirando mucho la retrica, tal vez podria decirse que son
parlisis del corazon. Sea de esto lo que fuere, lo cierto es que
aquella mujer est preocupada, est triste, muy triste. Algo llora, 
algo espera. Yo, adelantando el discurso, como sucede en tales casos,
cre leer en aquel bulto negro una historia de amores y de penas, aunque
historia de penas debe ser siendo historia de amores. El amor es sin
duda alguna lo que cuesta ms penas en este mundo. Yo llam  mi mujer,
que se ponia ya el sombrero, y la dije lo que habia observado. Mi mujer
mir; pero no es ningun lince en materia de vista, y no distingui  la
jven que estaba detrs de los cristales. Ambos convinimos en que
preguntariamos  la mujer que nos traia la leche por la maana,  fin de
adquirir las noticias posibles sobre esta aventura. Gracias  Dios!
Gracias  Dios, lectores mios, que algo nos llama, que algo nos liga,
que algo nos atrae y nos interesa, en esta ciudad en donde somos dos
postizos! Indudablemente, cosa extraordinaria! sin embargo de ser Paris
una ciudad tan iluminada, tan brillante, tan prodigiosamente esplndida,
sin embargo de ser un _coquetismo_ tan fastuoso y deslumbrador, no nos
inspira poticamente, como nos inspira cualquier ciudad de Espaa, de
Italia, de Suiza, de Grecia, de Oriente; como nos inspiran tambien los
caseros del Norte, dejndonos ver entre rocas y nieves sus chozas
hmedas, cubiertas de limo verdoso, que como si fueran peascos negros,
parecen estar incrustadas en las laderas de un monte sombro,  quiz en
los bordes de un abismo insondable. Digo que Paris (perdneme el
brillante novelista Dumas) no nos inspira esas bellas quimeras, con que
la fantasa nos arrebata en otros pases, y esto deber proceder de que
en donde todo es artstico, no tiene inspiracion el arte. En donde todo
es mgia, no tiene oficio el mago. Por esto tal vez me siento como
despegado de esta preciossima ciudad, de este preciossimo dige. Ando
por deseo y por necesidad de saber; no por la esperanza potica de
sentir. Se mueve mi cabeza, estn parados mi fantasa y mi corazon. Todo
lo que veo por aqu, me lo voy explicando  mi manera, y el hombre no
adora lo que es capaz de explicar y de comprender. El hombre no adora
sino misterios, y si misterios hallo por estas tierras, no son misterios
muy adorables. As sucede que mi curiosidad por ver las cosas de Paris
se va resfriando,  medida que me convenzo de que esto es un teatro en
que todos se proponen engaar culta y graciosamente. Lo digo sin rebozo;
ser un africano bravo, un hombre montaraz; pero casi, casi me va
fastidiando este enorme bazar de sonrisas, de genuflexiones, de
perdones, de gracias: esta exposicion universal de exageraciones y de
bicocas. Pero no digo bien; me fastidiaba antes; ahora no. La pena que
creo ver escondida en aquel bulto negro, la lgrima que me parece
adivinar  travs de aquellas vidrieras, me reconcilia con toda esta
magnfica farsa.

--Vamos, me dijo mi mujer.

--Vamos, contest yo, y nos dimos  bajar la escalera. La mujer que
vende la leche, est tres puertas ms abajo de nuestro hotel. Luego que
nos vimos en la calle, mir hcia el balcon de nuestra incgnita. El
bulto negro, aquel bulto que parecia un sudario puesto de pi, estaba
all inmoble. Pobre mujer! Qu la suceder? Esto exclamaba yo
interiormente, cuando llegamos  la puerta de la lechera, y ambos
entramos sin decirnos palabra, como llevados por un sentimiento comun.
Yo hice  la patrona de la casa varias preguntas sobre la jven, con
todo el sigilo y refinamiento que me acudi; pero triste de mi! no me
vali aquella diplomacia.

--Qu curiosos sois los extranjeros! dijo sonrindose madama Fonteral,
que as se llamaba la lechera. Luego aadi, dando  la aventura la
importancia de un cuento: hace cosa de dos meses y medio que esa jven
vino  ocupar uno de los pisos principales de ese hotel, en compaa de
un mancebo muy guapo (d'un brave garon) que parecia ser su marido  su
hermano. Pero desde algunas semanas  esta parte, la veo siempre sola;
el hermano  el marido no parece nunca por el hotel, y la pobre seorita
(mademoiselle) est muy triste.

--No tengais cuidado, aadi vivamente frotndose las manos, y como
anticipndose  mis intenciones; yo hablar con mi vecina la duea del
hotel, y todo lo sabrmos.

Agradec lo mejor que supe su benvola oferta  la buena madama
Fonteral, y emprendimos nuestro camino hcia el restaurant que nos
acomodara. Estos detalles anteriores son necesarios para que sepan los
lectores todo lo ocurrido en la aventura de Luisa. Estbamos cerca del
Palacio Real, y an no nos habiamos decidido. Entonces hice alto, y
detuve  mi preocupada compaera; preocupada, no tanto por la jven
vestida de negro, como por la recogida del CRISTIANISMO.

--Mira, la dije, nosotros somos espaoles, y es necesario que no
olvidemos los usos y costumbres de nuestra tierra. El gobierno nos ha
recogido la obra; nos ha secuestrado seis mil duros. Pues  donde va el
mar, que vayan las arenas. Hoy almorzarmos en el clebre restaurant
_Vefour_, que pasa por ser el primero de Paris, y de este modo tomamos
revancha de la cicatera del gobierno.

--Cuando ms apurados, ms gala, contest mi mujer entre amostazada y
risuea, y me impuls con su brazo hcia adelante.

A los tres minutos nos hallbamos  la puerta del famoso restaurant
Vefour, que ocupa casi el centro de la fachada Norte del Palacio Real,
al lado de los _Hermanos Provenzales_, que tienen tambien un restaurant
de primera tijera. Sin embargo, Vefour pasa, como si dijramos, por el
prncipe de los fondistas de Paris. Es aqu lo que es en Madrid la fonda
del Cisne  la casa de Lhardy. Subimos con el posible coquetismo la
anchurosa y elegante escalera del clebre fondista, del hroe Vefour (la
fama es en Paris una verdadera heroicidad) y ctanos  poco en el primer
piso. Entramos.... Dios nos asista! Si no hubiera sabido que me
encontraba en una fonda, es seguro que me hubiera quitado el sombrero.
La sala principal es una pieza rgia, y podria servir perfectamente para
salon de embajadores. Dicho sea en honor de la verdad; la primera
impresion es fascinadora. En mi vida he visto un comedor que se le
parezca. Pero pasada la primera impresion, herido una vez el sentimiento
de lo maravilloso, que tanto puede y que tanto influye en la imaginacion
del hombre, sucede con esto lo que con los aromas. Un poco de perfume
embalsama el aire, parece que nos suaviza el pulmon, que refrigera
nuestra sangre y que da aliento  nuestro espritu. Pero luego que el
perfume es demasiado, luego que carga ya el ambiente, ahoga. Un poco de
magnificencia, un fausto con cierta sencillez y elegancia, gusta; pero
inmediatamente que se prodiga; inmediatamente que la cosa es ms
magnfica, ms opulenta, ms fastuosa de lo oportuno, parece que se
agobia la fantasa; parece que sentimos un peso sobre la cabeza; cierto
peso que nos oprime y que nos obliga  suspirar. El salon en que estamos
ocupa todo el cuerpo del edificio, de Norte  Sur. Tiene balcones  la
calle y al patio del Palacio Real, un patio que es todo un lindsimo
paseo, con rboles, glorietas y fuentes, y cuya extension excede acaso 
la de la Plaza Mayor de Madrid. El pavimento de la sala es casi
trasparente; las paredes estn tapizadas de un rico papel de terciopelo,
con cenefas doradas; en el techo, altsimo, abovedado, majestuoso,
campean alegremente cien brillantes figuras pintadas al fresco.

Volv una mirada furtiva al ajuar de la fonda, y la ilusion era
perfecta. Sillas de tapicera de terciopelo encarnado, como el papel,
mesas lustrosas, manteles blanqusimos, platos de china, vajilla de
plata, _garones_ de corbata blanca y frac negro.... _Champeaux!
Champeaux!_ Esta fu la terrible palabra que acudi  mi magn,
hacindome temblar. Mi mujer me oprimia del brazo, como si quisiera
decirme que nos furamos, y viendo que yo me resistia, me dice en voz
muy baja:

--Esto va  ser la segunda parte de Champeaux, ms lastimosa y trgica
todava.

Yo la apret su brazo con el mio, querindola significar que ya sabia
que me hallaba en una maroma, y que procuraria equilibrarme para no
caerme. Nos sentamos en el ngulo de la izquierda, casi tocando la
ventana que da vistas al paseo del Palacio Real. Dirigimos una mirada
diplomtica  los paseantes,  las glorietas,  las flores,  las
fuentes, y en aquel momento nos creiamos duques  grandes de Espaa.
Slo que el bolsillo estaba asustado!

Un emperegilado garon que, desde nuestra entrada nos habia seguido la
pista  la conveniente distancia de respeto, se aproxima por fin 
nuestra mesa.

--_Qu'est-ce que vous voulez, monsieur?_ (Qu manda usted, seor?)

--_Attendez, s'il vous plat_. (Srvase usted esperar un poco) le
contest yo en tono distraido y ceremonial. Aquello era una especie de
banquete de Estado, y era preciso no echarlo  perder. Me saco los
guantes con mucha pausa, digo unas palabras  mi mujer sobre la gravedad
y circunspeccion que debe guardar en estas alturas, mi mujer se quita el
sombrero con el mayor aplomo.... El garon esperaba muy complacido.
Nuestra prosopopeya le impresion perfectamente, y no podia suceder de
otro modo. Nuestra estudiada coquetera es un _gnero_ de este pas, un
afeite de este tocador; era otra especie de restaurant Vefour, en una
palabra, era un relumbron, y por fuerza tenia que gustar en el pueblo de
los relumbrones.

--Decididamente, exclamaria el mozo para su sayo: este es algun
embajador de la repblica de la _Plata_,  cosa as.

Mi mujer, sin volver la cabeza (estaba de espaldas al criado), le alarg
el sombrero; yo le d el mio y el baston, y mientras que el mozo iba 
colocar dichos objetos, mi mujer y yo nos miramos y nos sonreimos.
Ancha es Castilla! Hoy nos toc! Hoy somos marqueses!

--Escucha, dije muy aprisa  mi mujer, de manera que el mozo, que ya
volvia, no pudiese oirme. No muestres maravilla delante del garon, por
nada de lo que aqu veas, aunque sea un elefante vestido de mona. Si l
conoce que esto nos asombra, se lo dir al amo, y el amo nos planta en
la cuenta diez  doce francos por el asombro. Aqu se paga todo objeto
de fantasa; la admiracion tambien. Gravedad y palabras entrecortadas y
confusas, de tal modo que nosotros mismos no nos entendamos!

Mi mujer solt una carcajada espaola de ms y mejor, y el mozo que
estaba inclinado hcia nosotros, se puso derecho como un huso.

--Garon!

--Monsieur!

--_Portez-nous deux couverts de six francs chaque, s'il vous
plat.--Srvase usted traernos dos cubiertos de  seis francos cada
uno_. Esto se lo dije ahuecando mucho la voz, casi balbuceando las
palabras, y mirando distraida y desdeosamente hcia el paseo del
Palacio Real. El garon hizo un movimiento de cabeza, y desapareci como
un rehilete.

--Por Dios, no te rias! dije  mi mujer que ya empezaba  fruncir los
labios.

A poco vuelve el mozo con los preparativos, seguido de otro mozo que
traia los entremeses, y de un tercer mozo que traia tambien no s qu
cosa. Me dirigieron varias preguntas, me invadieron de varios modos, me
hablaron de diferentes frutas, vinos y licores; pero yo me parapet
acrrimamente, y no habia santos del cielo que me sacasen de mis
aspilleras. _Merci! Merci!_ contestaba yo  diestro y siniestro  todo
lo que me proponian.

--_Voulez-vous Champagne?_ Quiere usted vino de Champagne?

--Merci!

--_Rhin?_

--_Merci!_

--_Chteau-amer?_

--Merci!

--_Voulez-vous?..._

--Merci!

Mucha pulcritud, mucho hacer que hacemos, platos muy bonitos, mucha
salsa, mucho adobo, muchos requilorios; pero ... hemos almorzado muy
medianamente.  todo este almuerzo, hubiramos preferido  no dudar un
plato de callos de los ventorrillos de Madrid. Lgica portentosa del
temperamento y del carcter! _El lavar la cara, el disfrazarlo todo, el
dar  todo un contorno exterior que agrade  los sentidos, la mogiganga
parisiense, el inexorable palaustre_, ha entrado aqu hasta en la
cocina, como dije en otro lugar.

Engaar con bellas apariencias; engaar de modo que el engaado se vaya
contento; organizar _ese_ engao agradable, hasta el punto de
convertirlo en arte, en ciencia, en moral, en historia, en industria, en
comercio, en oficio, en costumbre, en trato social, en todo, absoluta y
estrictamente en todo, hasta en poltica, hasta en religion: hacer de
ese engao ingenioso todo un poder, un poder grande, dominador,
universal; hacer de un engao casi un genio, un genio que se pasea en
triunfo por todo el globo; h aqu el maravilloso secreto de esta
curiosa  indescriptible sociedad.

A pesar de mi resistencia  todos los asaltos del mozo, me cogi un par
de francos con una chuchera, ms uno de propina por las reverencias que
nos hizo. El almuerzo nos cuesta cerca de tres duros, y si me hago de
miel, no baja un ochavo de tres onzas.

Ya de pi, pregunt al garon, que podria ser hombre de cuarenta y cinco
 cincuenta aos, si recordaba algun convite clebre, dado en aquel
establecimiento.

--He conocido varios, me contest; pero el ms lujoso fu el que di, 
poco de abrirse el restaurant, un embajador ruso  todo el cuerpo
diplomtico extranjero. Cada cubierto sali por ms de mil francos
(doscientos napoleones), y pasaban de ochenta los convidados. Entre los
diferentes vinos que se sirvieron era uno de ellos de una casa de
Alemania, nica en el mundo que lo tiene, cuya botella valia quinientos
francos.

--Sopla! exclam yo, mirando  mi mujer. Pues si ha tenido algunos
convites como ese, bien puede el tal Vefour tener el rion, bien
cubierto.

--_Au revoir, garon_. Hasta la vista, mozo.

--_Au revoir, monsieur et madame_. Hasta la vista, caballero y seora.

Y mi mujer me decia en voz baja:

--S, como tenga que esperarnos, bien tendr tiempo de echarse en
remojo.

Bajamos sonrindonos la brillante escalera, y hnos otra vez en la
calle, camino del paseo del Palacio Real. Al incorporarnos  un obrero
que venia hcia nosotros con su mujer, oigo que aquel hombre la dice:

--_Parbleu! Si tu savais qui est celui-l. Voto al chpiro! Si t
supieras quin es aquel_.

Me volv como un rayo para ver  quin sealaba, y en efecto vi que
miraba  un caballero que iba por la acera de enfrente. Cuando yo me
volv, el caballero pasaba ya, de modo que no pude verle sino de
espaldas. Era ms bien bajo, algo grueso, casi rechoncho, de patillas
negras muy largas. Digo muy largas, porque le sobresalian  uno y otro
lado, de tal modo, que alcanc  vrselas, aunque me cogia de espaldas,
como he dicho. Me qued parado, observndole, calcul, y por instinto
resolv que deba ser M. Guizot. Me llego al menestral, contra el deseo
de mi mujer que me tiraba fuertemente del brazo, y le suplico que tenga
la bondad de decirme quin era el sujeto en cuestion. El menestral me
di las noticias que deseaba con la mayor amabilidad.

M. Guizot me perdone. Pobre M. Guizot! El personaje de que se trataba
era un prestidigitador, que tenia un teatro  cosa parecida, en los
alrededores del Odeon. Confund  M. Guizot con un titiritero! Si lo
supiera M. Thiers, y fuera ahora ministro, apostaria una oreja  que me
regalaba el gran cordon de la Legion de Honor, y veinte cordones que
tuviera  mano.

Dimos una vuelta por el paseo del Palacio Real, alargndonos hasta las
Tulleras. Recorrimos la parte del Louvre en donde soliamos sentarnos
con Lesperut, creyendo hallarle all; pero no le vemos por ninguna
parte. Hace pocos dias nos dijo que tenia un aneurisma en el corazon,
que sentia morirse por instantes, y el no encontrarle aqu nos da
escozores sobre su suerte. Creemos que si estuviera capaz de salir  la
calle, no dejaria de asistir  la cita diaria. Recordamos que vive en la
calle de _Gt-le-coeur_; pero no se nos ocurre el nmero. Nos volvemos
desconsolados, y cuando hablaba todava con mi mujer acerca de lo que
podria suceder  nuestro buen amigo, me doy de cara con una persona muy
allegada al Viejo Lesperut. El sujeto en cuestion nos di noticias de
l, y convinimos en que esta noche nos veriamos en el paseo del Palacio
Real, cerca de una glorieta donde soliamos sentarnos. La conversacion
entre los dos (entre la persona muy allegada  Lesperut y yo), tom
luego un sesgo entera y desgraciadamente distinto. Aquel sujeto no era
digno del venerable anciano, cuyo nombre ofendia en aquel momento. Voy 
decirlo con pesar; pero el lector debe saber cuanto me sucede punto por
punto. Si algun encanto encuentra el lector cuando lea estos apuntes,
sepa que ese encanto consiste en la ingenuidad casi infantil con que
cuento lo que me ocurre.

La persona  quien nos encontramos, el sujeto muy allegado al noble y
bondadoso Lesperut, acaba de abusar de nuestra amistad y de nuestro
cario. Si el honrado viejo lo supiera, sufriria un disgusto de muerte;
pero, de seguro, no lo sabr. Mi atribulado y afligido bolsillo lleva
otro asalto algo mayor que el de Vefour; algo mayor tambien que el otro
asalto del inolvidable Champeaux. Con estos asaltos, y con la recogida
del CRISTIANISMO Y DEL PROGRESO, vive Dios que no dejar de echar luz.

La persona allegada  Lesperut parti, y nosotros seguimos por la calle
de Rvoli,  coger la Plaza de Vendome.

--Cunto te ha pedido? me pregunta con grande y justa sorpresa mi
mujer.

--Nada, contest inmediatamente. No me hables sobre el particular.
Figrate que ha sido una nube de verano; ya pas.

Ahora nos dirigimos al Banco, con el fin de cobrar un billete de mil
francos, y es el tercero que va de marcha. He hecho mentalmente el
balance de mis fondos, y resulta que en el trascurso de dos meses, algo
menos, he gastado sobre dos mil reales con que llegu  Paris, ms dos
billetes de  mil francos, sin contar cerca de cien duros que nos cost
el viaje. De modo que desde nuestra salida de Madrid, hemos gastado,
sobre seiscientos duros, la mitad exacta del capital que destinamos  la
expedicion. Luego que gastemos diez mil reales, tendrmos que acudir al
refrn castellano de _ tu casa, grulla, aunque sea con un pi_. He
dicho diez mil reales, porque los dos que quedan, deben servir para el
viaje. Ay de m, si por una casualidad nos robaran,  perdiramos el
dinero! Ay de m, si mi mujer se viese sin dinero para volver  Espaa,
 su querida,  su adorada Espaa! Si el nombre de Espaa fuese
masculino, casi, casi debera yo tener celos. Mi mujer ama su nacion con
un fervor que raya en fanatismo. Probablemente lo dir en ms de un
pasaje de estos apuntes, porque es una pasion tan grande que no puede
menos de causarme extraeza.

Llegamos al Banco, atravesamos unos pasillos, penetramos en el salon
donde se paga ... Santsimo Sacramento! Esto no es un Banco; esto es un
mar de oro. Pero perdname, lector: me es imposible terminar hoy la
larga resea de este da. Encomendndome  tu indulgencia, te envio 
maana.




Da vigsimo segundo

Banco de Francia.--Consideraciones.--Comida,--Ocurrencia graciosa de un
menestral.--Flor marchita.

Pues como ayer deca, el Banco de Francia era un mar da oro. En mi vida
he visto tanta moneda junta. Bien que tratndose de tal cmulo de metal,
ms fcil que verlo es soarlo. Estaban haciendo la recaudacion de
quinientos millones de francos para el establecimiento de Bancos
agrcolas, segun me han dicho. Ignoro si all habia los dos mil millones
de reales  que subia la recaudacion; ignoro si en aquellas piras de oro
se habian vertido seis mil doscientos cincuenta talegas de onzas; pero
si no habia este nmero, habia tantas, que bastaban para asombrar al
cristiano de ms espritu. Un hombre avariento pasara all el tormento
de Tntalo; yo no pas tormento alguno, sin embargo de que ... la
verdad, algunos deseillos me andaban escociendo por dentro. Siempre que
vinieran por buen camino, de buena gana dara un pellizco  esos
provocativos montones. Y eso que aborrezco,  me hago la ilusion de
aborrecer el _precioso metal_. Y me sucede que cuanto menos tengo, ms
le odio; de manera que lo odio sin duda ... porque no lo tengo. Lo que
odio es no tener. En cuntas cosas nos sucede lo mismo! Esto es capaz
de una ampliacion tan extensa, que casi viene  ser un sistema social.

S, lector mio, estdiate  t propio, sondea tu conciencia y tu
corazn, y vers cuntas veces odiamos una cosa, porque no la tenemos.
Luego que la tenemos, la amamos.

Yo cobr mi billete, los mil francos me parecian una bicoca en presencia
de tanto metal, y me qued esttico mirando al coloso. El dinero es el
coloso de nuestro siglo. Huy la casta, y vino el billete. Misterio
terrible! decia yo para m. Ese promontorio de metal amarillo no es la
gloria, ni la heroicidad, ni el talento, ni la ciencia, ni el arte, ni
la fe, ni la honra, ni la virtud, ni el vestido, ni el alimento, y con
l se compra el alimento, el vestido, la virtud, la honra, el arte, la
ciencia, el talento, hasta la heroicidad, hasta la gloria. Con ese metal
que no piensa, que no siente, que no quiere, que no obra, con esa
inteligencia idiota, con ese brazo inerte y tullido, con esos montones
de oro se allanan montes, se ciegan golfos, se toman ciudades, se
destronan reyes, se conquistan naciones, se queman imperios, se
trastorna el mundo. Cuntas transformaciones no podrian operarse, en el
rden fsico y moral, con esa pirmide de monedas, con ese metal sordo,
mudo, ciego, inanimado; con ese espantoso misterio, amontonado ah!

Oh Dios mio! Qu bien has hecho en morar arriba; ah donde no llega la
mirada del telescopio; ah donde no puede entrar ni la ciencia del
sabio; ah donde nicamente tienen entrada la virtud y la fe! De otro
modo, Dios mio; si la mirada del telescopio pudiera penetrar en tu
morada augusta, ese promontorio que tengo delante pondria andamios 
travs de la atmsfera, escalaria el cielo, y querria sentarse en tu
trono inmortal. Pero no puede ser; t eres ms poderoso y ms grande,
infinita y santamente ms grande y poderoso que el dinero, y tu eterna
mano le marca un lmite, como ha puesto una playa al mar.

Mucho puedes, promontorio terrible; mucho podeis, montones de oro que
deslumbrais mi vista; yo mismo conozco cun fascinador es vuestro poder;
pero el orbe no os pertenece, la creacion no es vuestra, la armona del
universo, la verdad del hombre, el dogma incontrastable de la vida, el
misterio de todo, el vuestro tambien, no est encerrado ah. Sobre
vosotros corre una catarata que todo lo inunda;  vosotros tambien.
Sobre vosotros hay un espritu que os llama idiotas cuando sois
injustos,  vosotros, montones de oro, que ofuscais mi vista, 
vosotros, que me teneis esttico, como si contemplara un prodigio. T,
metal terrible, compras la sublime Concepcion de Murillo, pero no la
pintas; compras el Quijote, pero no lo escribes; compras el pensamiento
de Santa Teresa, pero no lo creas, ni lo juzgas. Compras la chispa
elctrica, pero no sientes su calor divino; compras la flor sencilla y
perfumada; pero no sientes su divino aroma. Gime, tirano de mi siglo,
gime! Sobre t est Dios, Dios te aprisiona, como aprisiona las
tempestades del Ocano. Dios te ha puesto por barrera un espritu, como
ha puesto al Ocano una playa.

Salimos del Banco, y notamos que el restaurant Vefour no ha dejado
nuestros estmagos muy satisfechos.

Caminando al azar, como para sentir esa emocion vaga con que nos
sorprende una ciudad que no se conoce, llegamos  la calle de los
Pequeos Campos, y en una de sus travesas vimos un figon, que aqu
tiene el nombre de _rotisserie_. En estos bodegones suele comer gente de
poco pelo; pero la comida es de sustancia. Ya porque queriamos comer un
buen asado, _(roti)_, ya tambien porque queriamos experimentar el
contraste  que da lugar este figon, comparado al vaporoso restaurant
Vefour, resolvimos entrar, y entramos en efecto. La presencia de una
seora con sombrero y vestido de seda, y la de un varon con sombrero de
jipijapa, frac y guante, no dej de causar cierta sensacion en las
gentes que all comian; pero al poco tiempo cada cual atendi  su
plato, y nosotros quedamos libres de miradas y gestos.

Las mesas estn mondas y lirondas; pero son de piedra roquea, y no
ofrecen nada que pueda repugnar. Las banquetas que sirven de sillas, no
tienen ms inconveniente que el ser ms duras que el pi de Perico. En
fin, nos sentamos....

--Qu gritos son esos? me dice mi mujer. Efectivamente, los mozos del
establecimiento gritaban como unos energmenos; pero un gritar rabioso,
descompasado, que lastimaba las orejas. Aquella gritera descomunal era
el resultado de una costumbre del establecimiento. En el momento en que
el mozo oia lo que cada comensal le encargaba, lo anunciaba gritando
desaforadamente como era necesario para que le oyese el cocinero,  una
distancia de cuarenta  cincuenta pasos. De modo que si pedian  un
tiempo de comer varios comensales, los respectivos mozos gritaban  la
vez; aquellos gritos se confundian y formaban un guirigay y un clamoreo
que nos atolondraba.

Un mozo se lleg  nuestra mesa. Ped dos chuletas de carnero.

--_Deux ctelettes de mouton!_ grit el mozo con una bizarra de voz
tal, que mi mujer estuvo  pique de dar un respingo. A poco estaban all
las dos chuletas, una racion de pan y una botella de vino Macon.

Luego ped una racion de vaca  la moda, y el mozo grita como antes:
_un beuf  la mode!_ Una racion de vaca al natural, y el mozo
proseguia: _un beuf nature!_ Y una racion de habichuelas para mi mujer;
y el bendito mozo continuaba con voz metlica y _desquebrajada: des
haricots verts!_

Al propio tiempo, semejante al centinela casi contnuo que se oye en una
muralla  en un campamento, se oia por todo aquel local el rumor
mltiple y confuso de diez  doce mozos que gritaban simultneamente lo
que los comensales pedian: _Un roti! Des prunes! Un bouillon! Des
alberges! Du gibier! Des abricots! Des pommes de terres!_ etc. _Un
asado, ciruelas, un caldo, melocotones, caza, albaricoques, patatas_, y
as otras varias cosas; pero todo esto mezclado y como en tropel.

Aquello era  la vez comida y concierto vocal, slo que la msica
hubiera podido suprimirse, sin profanar el polvo de Bellini.

El almuerzo nos ha costado lo siguiente: doce sueldos las dos chuletas;
diez la racion de vaca  la moda, y la otra racion al natural; doce la
botella de vino, dos el pan, cuatro las habichuelas, y cuatro de
propina: total, cuarenta y cuatro sueldos,  sea ocho reales y pico.
Qu diferencia entre este figon negro y ruin, y el esplndido
restaurant de Vefour! Sin embargo, hemos comido mucho mejor por la
stima parte de dinero, sin contar el canto.

Durante nuestra expedicion de este dia, nos acordamos varias veces de la
jven vestida de negro, y apretamos el paso hcia nuestro hotel, ya con
el fin de ver si podiamos lograr algunas noticias, ya tambien porque el
dia declinaba y el frio comenzaba  molestamos.

Llegado que hubimos  nuestra calle, nuestra primera diligencia fu
mirar al balcon de la incgnita; pero notamos con sentimiento que no
habia nadie. Entramos luego en la lechera ... todo nuestro gozo se cay
en un pozo. La patrona habia ido  San Club, y no venia hasta el dia
siguiente por la tarde. Era necesario esperar veinticuatro horas.

Al salir de la casa volvimos  mirar al balcon; nada; ni un ruido, ni un
movimiento. Aquello parecia un sepulcro. Slo vimos una maceta con una
flor marchita. Agero fatal! Las mujeres dichosas riegan las flores, y
las flores estn verdes y frescas. Aquella flor mstia del balcon es el
vestido negro de aquella mujer,  el vestido negro de la mujer es la
flor mstia del balcon. El infortunio es lo que tiene en este mundo
concordancias ms peregrinas, y algo de verdad debe haber en la
correspondencia que encuentro entre el luto del traje y el luto de la
flor. Subimos  nuestra habitacion y abrimos las maderas de uno de los
balcones, como para expiar los movimientos de nuestra misteriosa
desconocida. Repetidas veces nos asomamos; pero fu intil; nadie
parecia en el balcon, ni nada tampoco se descubria  travs de los
vidrios. As estuvimos ms de hora y media. Entrada ya la noche,
divisamos en la habitacion de la mujer vestida de negro el fulgor de una
luz, que pasaba de una estancia  otra. Entonces cerramos las maderas, y
mi mujer y yo exclamamos casi al mismo tiempo: hasta maana.

No faltar lector que extrae una curiosidad tan pertinaz y tan
impaciente; pero debo decir en nuestro abono, que la curiosidad es aqu
todo nuestro oficio, amen de que media una mujer, una mujer jven,
vestida de luto, sola, triste: una mujer que tiene flores mstias en su
balcon; una mujer cerca de la cual debe caminar alguna sombra; una mujer
que ha de ser desgraciada. Ojal que pudiramos nosotros evitar su
desgracia! Ojal que pudiramos hacer su dicha! Ojal que pudiramos
hacer que estuviese verde y lozana la flor marchita de ese solitario
balcon!

No tengais cuidado, mis queridos lectores. Mi curiosidad, mi impaciencia
por esa pobre desconocida, es una impaciencia afectuosa y cristiana.

Mi mujer ley un rato, y se acost. Yo escribo hasta las tres de la
maana, aunque no quiero terminar, con perdon de mis prpados que se
cierran, sin dar cuenta al lector de un chiste agudsimo que o en el
figon,  uno de los menestrales que all comian.

A nuestra izquierda, habia una mesa rodeada de obreros, que sin duda
acababan de comer. Ya de sobremesa, pasaban el rato en acertar charadas
 adivinaciones. Uno pregunt: cul es la cosa que ms se pega? Este
decia que era la resina; aquel que el alquitran; el uno que la cola; el
otro que el aceite, el de ms all, que la trementina; el que le sigue,
que la pez, y as cada cual decia su cosa. No, grit uno con mucha
fuerza; con resuelta seguridad; casi, casi con inspiracion. Nadie ha
acertado, y diciendo esto, daba fuertes golpes sobre la mesa. Todos los
comensales que nos pudimos enterar del juego, teniamos la cara vuelta, y
esperbamos, con creciente curiosidad, ver en qu paraba el acertijo.

--Seores, dijo solemnemente el obrero que tenia la palabra, lo que ms
se pega en este mundo es el dinero.

Una carcajada espontnea y unnime, una general aclamacion de risas y de
bravos, contest  la ocurrencia del menestral. En efecto, es un chiste
verdaderamente ingenioso, salado, de buena ley.




=Dia vigsimo tercero al trigsimo=.

Versos.--Asesinato de la calle del Duque de Alba.--Mataderos pblicos.
--Monte-Pio.--Hospicios y hospitales.--Locos del Sena.--Movimiento de la
poblacion.--Casamientos.--Caja de ahorros.--Caja de descuentos.
--Presupuesto de Paris.--Consumos.--Aduana.--Sociedades mercantiles.
--Ferro-carriles.--Correos.--Presupuesto general.--Comercio.--Deuda
pblica.--Estadstica de Inglaterra.--Palacio Real.--Bolsa.
--Tulleras.--Louvre.--Luxemburgo.--Invlidos.--Panteon.--Luisa.


Han pasado ocho dias, y tengo tantas cosas que decir, que no s por
donde comenzar. Mi ida  Sevilla, en un trmino ms  menos prximo, es
cosa resuelta, y por una elaboracion de la fantasa, independiente de la
voluntad, he compuesto  mi tierra natal unos malos versos.

S muy bien, s y conozco perfectamente que no debo al cielo el don de
poeta; s que no se agita en mi alma ese divino espritu, esa especie de
delirio sagrado. Al insertar en estos apuntes aquellos versos, no los
ofrezco como una gala de imaginacion, ni como una muestra de poesa,
(Dios me libre de tan necio orgullo!) sino como un testimonio de mi
cario  la hermosa ciudad, en donde me cupo la ventura de nacer. Adems
de los versos  Sevilla, he escrito un entrems casero para el album de
una amiga nuestra de Madrid, la cual ha escrito  mi compaera,
exigindola el cumplimiento de la palabra que mi mujer la di, hace ms
de un ao. Mi compaera me puso asedio, y los lectores que sean casados,
comprendern que quiero decir: ha sido necesario ceder.

En estos ocho dias hemos recibido cartas de Espaa, en que se nos habla
de un asesinato cometido en la persona de un prestamista, que vivia en
la calle del Duque de Alba, esquina  la de los Estudios. Los asesinos
son una mujer, llamada Manuela Bernaola, y tres hombres, llamados
Ignacio Cabezudo, el Feo y el Pequeo. Con este motivo, he leido los
peridicos de Madrid, y he encontrado noticias tan extraas sobre aquel
crimen horroroso, que no he podido menos de escribir  un amigo, con el
fin de que adquiera los ms datos posibles y me los remita. Presumo que
la historia oculta de dicho atentado no debe carecer de cierto inters,
tengo una fundada confianza en la capacidad y diligencia del amigo, 
quien pido informes sobre el hecho, y casi ofrezco  mis lectores
algunos detalles curiosos.

En la semana transcurrida, en esos ocho dias de huelga, hemos empleado
las vacaciones en visitar el palacio Real, la Bolsa, las Tulleras y el
Louvre, el palacio de Luxemburgo, los Invlidos, el Panteon; hemos visto
tambien, no sin un grande asombro, los mataderos pblicos; el Monte-Pio,
algunos hospicios y hospitales, el establecimiento de los locos del
Sena; hemos adquirido noticias sobre el movimiento de la poblacion;
sobre los casamientos que han tenido lugar en este ao; sobre el estado
y operaciones de la Caja de ahorros y de la de descuentos, y sobre el
fabuloso presupuesto de esta ciudad; sobre sus increibles consumos;
sobre el movimiento de su aduana; sobre las sociedades mercantiles
existentes en todo el imperio; sobre ferro-carriles, renta de correos,
presupuesto general del Estado, comercio, deuda pblica y otros
detalles estadsticos.  fin de poder apreciar la importancia de este
rden de cosas, he tenido que adquirir algunas noticias sobre la
Estadstica de Inglaterra, y me parece que mis lectores no llevarn 
mal el tener idea de estos verdaderos prodigios europeos. Por fin, en
todo el tiempo transcurrido desde mi ltima revista, la pobre Luisa no
ha dejado de vivir en nuestra memoria y en nuestro corazon; lo cual
quiere decir que no ha dejado de vivir con nosotros, como si fuese
nuestra hermana,  nuestra amiga de la niez. Qu poco se figurar esa
pobre mujer, que dos extranjeros piensan en ella, como si se tratara de
un individuo de su propia familia! Pero mi mujer y yo nos preguntamos
muy  menudo: no sabr Luisa el vivo inters que nos inspira su
desgracia? No la habr dicho nada madama Fonteral? No puedo persuadirme
de semejante cosa. Dejaria madama Fonteral de ser mujer. Acaso no
hubiera dicho nada,  al menos hubiera dicho poco, si no la hubisemos
encargado sigilo; pero no hablar sobre el asunto, cuando la encarecimos
el secreto; no decir nada del secreto que se la fia; no revelar aquel
misterio de que ella se enamora; no llevarse el dedo  la boca,
imponiendo silencio  Luisa; no cogerla del brazo; no llevarla aparte;
no mirar con aire aturdido  uno y otro lado como para ver si es oida de
alguno; no cuchichear al odo de aquella pobre jven; no descubrirla
todo lo que nosotros la habiamos suplicado que ocultara; renunciar al
placer supremo de esa _pattica pantomima_, decididamente, lectores
mios, eso no lo ha hecho madama Fonteral; eso no lo hace ninguna mujer;
eso seria un milagro, y el milagro no es el genio de nuestro siglo,
sobre todo, no es la gracia especial de las mujeres de Paris.

Al hablarnos madama Fonteral de la entrevista que con Luisa tuvo, nos
asegur, ponindose el dedo ndice  travs de los labios, que nada la
habia revelado acerca de nosotros. Yo dije para m: esto significa que
se lo ha dicho todo, desde la a hasta la z.

Al dia siguiente, Luisa se asoma al balcon. Qu hace? Mira con
ansiedad. A dnde mira?  uno de los balcones de nuestro hotel,  uno
de los balcones de nuestra estancia; nos mira  nosotros. Cuitada
madama Fonteral! Cuitado de m! Recibo la mirada tmida y vacilante de
la pobre Luisa, y aquella timidez recatada, aquella medrosa vacilacion,
me imponen casi miedo. No s qu hay en aquellos ojos, en aquella
mirada, en aquella terrible confesion de sus dolores, en aquel llanto
mudo de su conciencia, no s qu hay all; pero lo cierto es que yo no
puedo resistir aquella mirada indecisa y ansiosa. Luisa mira desde su
balcon, y mi mujer y yo nos retiramos, porque  mi mujer le sucede lo
propio que  m: no tiene valor para sufrir con calma aquel triste
saludo de un corazon despedazado, no tiene valor para contestar  Luisa
con una mirada de compasion y de inteligencia, que querria decir: pobre
mujer! ya s tu desgracia, tu martirio, tu culpa, tu deshonra.

Para comunicar  mis lectores el gran cmulo de noticias que en estos
ocho dias he adquirido, seguir el rden del sumario.

Empezarmos por los versos: dice el adagio que el mal camino conviene
andarlo pronto.


    I.

      Oye, Sevilla hermosa, este gemido
    Del hijo ingrato que  tu orilla viene:
    Enfermo tiene el cuerpo y dolorido,
    Enferma y dolorida su alma tiene.

      Como en los bordes de la antigua llaga
    Un blsamo se vierte que da vida,
    Deja que evoque una memoria vaga
    Triste recuerdo de una edad querida.

      Aqu mecido en ignorada cuna
    Halag mi niez aura lasciva,
    Al tibio rayo de tu blanca luna,
    Al soplo amante de tu luz nativa.

      Pobre aqu, nio y sin saber qu es gloria,
    Contemplaba quiz los cielos tersos,
    Y era rico y felice con tu historia
    Y la esperanza de mis pobres versos.

      El pecho se me oprime cuando miro
    De remoto fanal flgida llama,
    Y lleva el Btis mi primer suspiro
    Al golfo azul que encadenado brama.

      Y blanco y puro como el puro armio
    Un ngel so aqu mi fantasa,
    Un ngel que he buscado ... Pobre nio!
    Un ngel que en el mundo no exista.

      Nace el hombre  la luz; el bien no halla,
    Y en inventarlo con afan se empea,
    Y al fin encuentra el bien porque batalla,
    Halla la dicha al fin ... cuando la suea.

      Azucenas de amor, divina palma,
    Florestas que so, prados y flores,
    Ya que la vida os marchit en mi alma,
    De corona servid  mis dolores.

      Yo v al ngel vagar entre verdura
    Poniendo flores en su leve falda,
    Y despues esconderse en la espesura
    Suelto el cabello por su rica espalda.

      Me llamaba quiz; yo le seguia;
    Mas sin duda en el bosque se ocultaba,
    Y luego ms all me aparecia
    Y as del pobre nio se burlaba,

      Aqu so festines y placeres,
    Y el rumor de palmeras solitarias,
    Y el suspiro de clicas mujeres,
    Y tumbas, y osamentas y plegarias.

      Gloria! Vision cruel! Cruel martirio!
    Relmpago que alumbra y deja ciego,
    Cardo silvestre bajo hermoso lirio,
    Sol que da luz para quemarnos luego.

      Por t pierdo oh rigor! mi fe sencilla,
    Por t me abraso en insondable anhelo,
    Por t dej mi plcida Sevilla
    Y una santa mujer que est en el cielo.

      Madre mia, perdon! Mstia la frente,
    A ti vulvome al fin, madre piadosa:
    Mrame aqu, poeta penitente
    Ceida el arpa de marchita rosa.

      Pero, si, tu vers mi afan prolijo
    Aunque  mi estrella tu piedad no cuadre:
    Me acusras tal vez si fueras hijo;
    T me perdonars siendo mi madre.

      Por t oh gloria! perdido mi reposo
    Y encomendando  Dios la suerte mia,
    Del Atlntico mar tempestuoso
    A las playas itlicas corria.

      Y  lo ljos v un monte ennegrecido,
    Y en la falda del monte vi una roca,
    Y un nombre colosal hiere mi odo
    Pronuncindolo trmulo mi boca.

      Roma! Vedla; entre esttuas blanquecinas
    Muestra la majestad de su pasado.
    Tambien tienen su pompa las ruinas!
    Tambien tiene el silencio su reinado!

      Roma! Silencio! inmvil, pavorosa,
    Anuncia su altivez en su tristura:
    Nadie la ha dado el hoyo en que reposa;
    Ella se abri su propia sepultura.

      Vedla reinar en la llanura extensa
    Donde Dios entre mrmoles la abisma:
    Antes del mundo fu la tumba inmensa,
    Ahora es la inmensa tumba de s misma.


    II.

      Deja que evoque una memoria vaga
    Triste recuerdo de una edad querida,
    Como en los bordes de la antigua llaga
    Un blsamo se vierte que da vida.

      No vengo aqu  buscar flores y aromas;
    No demando, Sevilla, tus placeres,
    Ni el ardiente arrullar de tus palomas,
    Que palomas de amor son tus mujeres.

      Cuando  mi sino terrenal sucumba,
    Dame una cruz y una silvestre palma;
    Dame una cruz y una escondida tumba,
    Dame una cruz, Sevilla de mi alma.

Vamos ahora al entrems casero, escrito para el album de nuestra amiga.




ENTREMS CASERO.


ESCENA PRIMERA.

LA MADRE Y SU HIJA ROSA.


    LA HIJA. Me muero y no s de qu;
    Ya es intil la cautela....

    LA MADRE. Eso dije yo  tu abuela
    Que en gloria de Dios est.

    LA HIJA. Parece que estoy maldita!
    Quin mi desventura labra?

    LA MADRE. Con esa misma palabra
    Asust yo  tu abuelita.

    LA HIJA. Paso las noches en vela....
    Mam, te burlas de m?

    LA MADRE. Cuando me quejaba asi
    Tambien se burl tu abuela.

    LA HIJA. No como ni duermo ya:
    Que es esta pena prolija?

    LA MADRE. Cuando tengas una hija
    Ella te lo explicar.


    ESCENA II.

    ROSA Y SU HIJA PAULINA.

    LA HIJA. Madre, horrible enfermedad!
    Di, qu dolencia me aflige?

    LA MADRE. Lo propio  tu abuela dije
    Cuando tenia tu edad.

    LA HIJA. No paro noche ni dia;
    El apetito pas....

    LA MADRE. Tampoco coma yo
    Cuando tus aos tenia.

    LA HIJA. Quin me causa tales daos?
    Porque hasta el sueo perd....

    LA MADRE, Bah! yo tampoco dorm
    Cuando tenia tus aos.

    LA HIJA. Yo no s qu afan me incita....
    Quin causa este padecer?

    LA MADRE. Oye; lo quieres saber?
    Vete  hablar con tu abuelita.




    ESCENA III.

    PAULINA, SU ABUELA.

    PAULINA. Abuela, Dios guarde  ust.

    ABUELA. Muchacha, t por aqu?

    PAULINA. Hemos de hablar.

    ABUELA. Sobre qu?

    PAULINA. Sobre qu? Triste de m!
    No s qu fuego me sube,
    Se me oprime el corazon....

    ABUELA. Huy! huy! la misma cancion
    Que yo con tu abuela tuve.

    PAULINA. La paciencia se me acaba.
    Se rie de mi agona?

    ABUELA. Tambien tu abuela reia
    Cuando yo as me quejaba.

    PAULINA. Por Dios, venga usted ac:
    Qu es esto que as me inquieta?

    ABUELA. Cuando tengas una nieta ...
    Tu nieta te lo dir.

    PAULINA. Mi madre al mirar mi tdio,
    Me mand hablar con ust....

    ABUELA. Pues, chica,  tu madre v
    Que ella sabe ya el remedio.

    _No te apesares, Paulina;
    Trs esta viene otra edad:
    El tiempo es la enfermedad
    Y el tiempo es la medicina_


Pasemos  la visita de los establecimientos pblicos, luego seguirn las
curiosidades estadsticas, y terminarmos este largo dia con la noticia
de los monumentos ms notables.

Los mataderos nos han dejado atnitos. Para que el lector se forme una
idea del incalculable movimiento que all debe haber, de la sangre que
all se debe derramar, bastar decir que de all han salido en el ao
pasado sobre ciento veintisiete millones de libras de carne. La carne de
vaca, de ternera, de cerdo y de cabrito, entr en esta cifra por ciento
trece millones de libras,  sea cuatro millones y medio de arrobas.
Cuntas cabezas de ganado supone aquel guarismo monstruoso? Si el
matar  los animales fuera realmente una culpa, como creian no pocos
filsofos de la antigedad, los mataderos de Paris serian una hereja
tan grande, que bastaran ellos solos para que se condenara
irremisiblemente toda la Europa. En fin, sepan, tambien mis lectores,
que esta municipalidad recibe de los mataderos y de los mercados una
contribucion anual que no baja de veinte millones de reales.

En el Monte-Pio se han empeado un millon trescientos mil objetos, y se
han renovado trescientas cuarenta mil papeletas, cuyas operaciones
suponen un total de ms de millon y medio de artculos.

Los empeos han importado noventa y seis millones, y las renovaciones
cerca de treinta y tres, de modo que la cifra total de las operaciones
no baja de ciento veintinueve, a ciento treinta millones de reales.

Se han vendido setenta y seis mil objetos, por valor de cinco millones.
Los sueldos y honorarios de los empleados importan anualmente de
cincuenta y cinco  sesenta mil duros.

En cuanto  los hospicios y hospitales, nos han asegurado personas
fidedignas y autorizadas, que las familias indigentes han sido
veintinueve mil seiscientas, compuestas de ms de setenta mil
individuos.

El Hospicio de expsitos y hurfanos ha recibido tres mil novecientas
cuarenta y tres criaturas, de las cuales han muerto setecientas ochenta
y ocho.

Se han gastado en los hospitales, en el ao anterior, sobre sesenta y
seis millones de reales, en cuya suma entran los artculos siguientes
por las partidas que voy  notar.

Pan; seis millones, ciento noventa mil, setecientos sesenta y cuatro
reales.

Vino; cinco millones, veinte mil, cuatrocientos.

Carne; seis millones, ochocientos trece mil, ochocientos veintiocho.

Comestibles; cinco millones, setecientos ochenta y nueve mil, cuarenta y
cuatro.

Lea y carbon; tres millones, treinta y nueve mil, setecientos setenta y
seis.

Resulta que en los cinco artculos anteriores se ha gastado bastante ms
de un millon de duros,  sea veinticuatro millones de reales.

Los establecimientos de locos ofrecen una estadstica sorprendente.

En 1 de Enero de 1856 existian, en los dos asilos del Sena, tres mil
trescientos cuarenta y un locos. Adems, entraron en el ao mil
quinientos ochenta y nueve, de modo que componan un total de muy cerca
de cinco mil,  sea una especie de pequea ciudad.

En el mismo ao salieron de aquellos dos asilos ochocientos cuarenta y
nueve, y murieron quinientos setenta y cinco. Qued, pues, reducida
aquella poblacion  tres mil, quinientos seis.

El estudio de esta materia no deja de tener sus curiosidades
instructivas, por ms que sean tristes y dolorosas, tales como la
influencia de las profesiones en el desarrollo de la locura. A medida
que se estudia este fenmeno terrible, este, terrible inconveniente de
la razn, este negro ocaso del pensamiento, se va comprendiendo que la
locura pertenece tanto  la medicina, como  la filosofa y  la moral.
El ejercicio, los hbitos, las profesiones y el gnero de vida; es
decir, la conducta, influye ms tal vez que la disposicion
constitucional de los rganos cerebrales. Me he informado minuciosamente
acerca de esto, y he conseguido averiguar que las industrias
manufactureras son las profesiones que han pagado al extravo mental
mayor contingente; pero en una proporcion que asusta.

Luego siguen las profesiones mercenarias;  sean criados y dependientes
de todas clases.

Despues las profesiones liberales, como la poesa, la pintura, la
escultura, la msica la declamacion, la plstica y otras.

Despues las profesiones mercantiles.

Luego las gentes que no tienen profesion.

Por fin, las ocupaciones agrcolas. Estas son las menos castigadas por
aquel espantoso azote, en la proporcion que vamos  ver.

Las profesiones industriales representan un     37 por ciento.
Los oficios mercenarios un                      19
Las profesiones liberales un                     9
El comercio un                                   7
Gentes sin profesion un                          3
La industria agrcola un                         1-1/2

De modo que las ocupaciones que pagan un tributo ms caro  la locura
son la fbrica, la servidumbre y el ingenio; despues viene el comercio,
luego la vagancia; por fin, la industria de los campos.

El movimiento de la poblacion de esta ciudad, nos ofrece tambien algunas
extraas singularidades.

Han nacido en 1856 treinta y ocho mil criaturas; veintiseis mil
legtimas, y doce mil de otras procedencias. Han muerto veintinueve mil
setecientas cuarenta y tres; resultando un aumento de ms de ocho mil.

Se han contraido doce mil cuatrocientos noventa y tres matrimonios, en
la forma siguiente:

Entre solteros; diez mil ciento setenta y siete.

Entre viudos y solteras; mil doscientos sesenta y ocho.

Entre solteros y viudas; quinientos noventa y siete.

Entre viudos y viudas; cuatrocientos cincuenta y uno.

Resulta que la cifra menor es la de los viudos y viudas. Quizs se han
acordado de lo que dice cierto adagio: _pan con pan, comida de tontos_.

En la _Caja de ahorros_ se han verificado doscientas cuarenta y ocho
mil, ciento veintidos imposiciones, hechas por doscientos veintiun mil
imponentes. La Caja ha recibido ciento diez millones; y ha devuelto
sobre ciento quince, habindose operado un movimiento total de
doscientos veinticinco millones, durante el referido ao de 1856. En 31
de Diciembre del mismo ao, deba ciento ochenta y tres millones, 
doscientos veintiun mil trescientos setenta y nueve imponentes.

Las operaciones de la _Caja de descuentos_ se han verificado sobre
setecientos veintidos mil, doscientos sesenta y cinco efectos, por un
valor de dos mil quinientos millones de reales prximamente.

El presupuesto municipal de Paris es mayor que el de algunas naciones de
cierta importancia.

_La concesion de privilegios_ produjo  la villa en 1856 la enorme suma
de ciento ochenta y seis millones de reales, cifra que representa tres
presupuestos como el de toda la Suiza. Para que se comprenda lo
maravilloso de este hecho, sepa el lector que el Austria, toda el
Austria, una poblacion de treinta y cinco  cuarenta millones de almas,
no recaud en el mismo ao por aquel concepto, ms de veintiseis
millones de reales,  sea menos de una stima parte que la sola ciudad
de Paris.

En fin, los ingresos montaron  doscientos ochenta y cuatro millones. Es
muy probable que en el ao presente no bajen de trescientos millones,
poco menos de lo que pagaba al Erario nuestro pas, durante el rgimen
absoluto.

En el presupuesto de gastos hallamos las partidas siguientes:


Instruccion primaria.                          6 millones.
Empedrado.                                    15
Beneficencia.                                 32
Polica.                                      51
Rdito y amortizacion de la deuda municipal.  64


La polica cuesta  Paris ms de siete mil duros diarios.

Los consumos ofrecen resultados no menos admirables. Esta ciudad
consumi en 1856 los artculos y cantidades siguientes:

_Vinos_; siete millones, trescientas mil arrobas.

_Alcohol y aguardiente_; quinientas treinta y nueve mil; idem.

_Barniz_; cincuenta y tres mil, idem.

_Frutas en conserva_; ciento ochenta mil, idem.

_Vinagres_; ciento cincuenta y nueve mil, idem.

_Cerveza_; dos millones, treinta y tres mil, idem.

De esta cerveza, se ha fabricado en Paris un millon, doscientas diez y
siete mil arrobas.

_Aceites_; ochocientas cincuenta y cuatro mil, idem.

_Comestibles_. Carnes de todas clases; ciento cuarenta y tres millones
de libras.

_Queso fresco_; tres millones y medio de libras.

_Sal_; catorce millones, seiscientas mil setecientas, idem.

_Ubas_; siete millones, idem.

_Manteca_; seis millones y medio, idem.

_Huevos_; ciento cuarenta mil arrobas.

_Volatera y caza_; cien mil idem.

_Combustibles_. Lea; cuatrocientos setenta y dos mil pis cbicos.

_Carbon vegetal_; veintitres millones de arrobas.

_Carbon de tierra_; veinticuatro millones, idem.

_Materiales_. Cal; dos millones y medio, idem.

_Yeso_; veinticuatro, idem.

_Baldosas_; cinco millones y medio. (Unidades,)

_Ladrillos_; diez y seis millones, idem.

_Alfarera_; ocho millones de metros cbicos.

_Forraje_; ocho millones y medio de haces.

_Heno_; quince millones, idem.

_Cebada_; ciento sesenta y cuatro mil fanegas.

_Avena_; dos y medio millones de idem.

_Cera blanca_; ciento treinta y seis mil libras.

_Amarilla_; ciento noventa mil, idem.

El importe de las ventas por mayor, verificadas en los mercados,
presentan los siguientes guarismos.

Pescado de agua dulce, cerca de      4 millones de reales.

De mar                              36 idem.

Ostras, cerca de                     8

Volatera y caza                    68

Manteca                             73

Huevos                              35

Estos solos artculos suponen un movimiento comercial de doscientos
veinticuatro millones de reales.

Las declaraciones que se han hecho en la Aduana de esta ciudad, en el
ao indicado, suben  ciento diez y seis mil, quinientas noventa y
siete. El nmero de bultos ha sido el de doscientos doce mil,
setecientos treinta y ocho.

El valor de las mercancas ha montado  casi mil millones (novecientos
ochenta y cuatro), cifra  que asciende el comercio general de muchos
pases.

Esto me ha dado la curiosidad de conocer el comercio general y especial
de Francia, y las noticias que da la estadstica oficial, no han podido
menos de asombrarme.

El importe del comercio general, en 1856, subi  ms de
cinco mil millones de francos                   5.399

El comercio especial represent un valor de cerca
de cuatro mil millones de aquella moneda        3.883
                                               ------
                                                9.282
                                               ------


Hallamos, pues, que el comercio general y especial de Francia, en dicho
ao, representa una suma de ms de treinta mil millones. No quiero
presentar la cifra de nuestro comercio, porque,  pesar de sus progresos
rapidsimos y sorprendentes, ofrece un resultado muy desconsolador, muy
aflictivo, muy penoso.

En el floreciente comercio francs la Europa figura por un
valor de                         3.571 millones de francos.
La Amrica por                   1.207
Las colonias francesas por         368
El frica por                      133
Y el Asia por                      120

Las siete naciones con que Francia ha hecho un comercio
ms importante, son las siguientes:

Inglaterra.                          763
Estados-Unidos.                      660
Blgica.                             447
Suiza.                               399
Zollwerein (Union aduanera alemana). 261
Espaa.                              246
Cerdea.                             220


El comercio francs ha presentado setecientas sesenta quiebras, y se han
disuelto ochocientas catorce sociedades.

El nmero de estas sociedades en 1856, era el de mil cuatrocientas seis,
con los fondos siguientes:


Sociedades colectivas.          93 millones de reales.
Comanditarias ordinarias.      168
Idem por acciones.           7.712
                            ------
            Total.           7.973
                            ------


En los ingresos del Estado hallamos las siguientes partidas:


Contribuciones directas.     1.700 millones de reales.
Idem indirectas.             1.600
Timbre y registro.           1.400
Aduanas y sales.               868

Estos cuatro guarismos montan  ms de cinco mil quinientos millones.

El presupuesto general sube  muy cerca de siete mil millones de reales.

En la srie de gastos nos llaman la atencion cinco cifras.


Intereses y amortizacion de la Deuda pblica.   2.088 millones.
Ministerio de la Guerra.                        1.384
De Marina.                                        532
Correos.                                          155
Emperador y cuerpos colegisladores.               154


Al ver que la renta de Correos costaba  la nacion sobre ciento
cincuenta y cinco millones de reales al ao, he querido tener noticias
acerca del producto de aquella renta, y he hallado que en 1856
circularon ms de doscientos cincuenta y tres millones de cartas, cuyo
franqueo produjo al Estado un ingreso de ciento noventa y dos millones.
El total de los ingresos subi  doscientos veinticuatro millones.

No quiero dejar de hacer mencion de una partida que he encontrado en el
presupuesto de gastos, y que me ha hecho suspirar. La instruccion es
aqu atendida con una suma de ochenta millones prximamente. Cunto
dedica nuestro Gobierno  la instruccion pblica? No quiero decirlo;
tengo bastante con la amargura que siento en mi alma; no quiero aadir 
la amargura otra cosa peor.

Los ferro-carriles presentan el resultado que voy  notar:


Leguas en explotacion.   1.492
Productos.               1.244 millones.


Vayamos ahora al Reino-Unido, atravesemos el Estrecho de la Mancha, y
este rden de cosas nos parecer tal vez pequeo.


Las aduanas y las sales produjeron al Estado
francs.                                        868 millones.
Las aduanas solamente produjeron al Tesoro
ingls, en 1857.                              1.300

Los intereses y amortizacion de los setenta y cinco mil millones
de la Deuda pblica, importaron.              2.755 millones.
El ejrcito y marina.                         4.074
El cuerpo civil.                                650
Los gastos de Hacienda.                         420
                                            --------
                                              7.899
                                            --------

Estas cuatro partidas representan una suma bastante mayor que el
presupuesto de toda la Francia.

Una singularidad he notado entre el presupuesto de ambas naciones.

Francia destina  obras pblicas doscientos cincuenta y seis millones,
mientras que la Inglaterra no destina arriba de noventa millones.

Francia destina a la instruccion pblica ochenta millones, como ya dije,
mientras que el Reino-Unido destina muy cerca de ciento,  sea
novecientas noventa y seis libras esterlinas.

Las cartas circuladas han sido en nmero de cuatrocientos setenta y ocho
millones, ciento veinticinco millones ms que en Francia. La renta de
este ramo subi en 1856  doscientos ochenta y siete millones, sesenta y
tres millones ms que en el imperio francs,  pesar de la diferencia en
el precio del franqueo y certificado.


Los licores espirituosos han dado al Tesoro del Reino-Unido
una renta de.                       1.125 millones de reales.

La cerveza ha producido al Estado.    650

La moneda acuada sube .             447 millones de reales.


Los metales y minerales extraidos y fundidos en 1855, presentan la
siguiente curiosa estadstica:


El carbon representa un valor de.   1.472 millones.
El hierro.                          1.064
Otros metales y minerales.          1.264
                                  --------
                                    3.800
                                  --------


Se emplearon en operaciones metalrgicas doscientos noventa y cinco mil
hombres, y cerca de nueve mil mujeres.

La Inglaterra ha extraido de la Australia, desde 1851  1855,  sea en
el trascurso de cuatro aos, cuarenta y un millones de libras
esterlinas, que vienen  representar prximamente una cifra de cuatro
mil millones.


Para que se conciba una idea de su fabuloso comercio, baste
saber que ha enviado  los Estados-Unidos mercancas por
valor de.                            2.200 millones.
A la India.                          1.048
A las ciudades libres de Alemania.   1.012
A la Australia.                        982
A Francia.                             640

La Compaa de Indias, ese coloso comercial, ese portento de la
asociacion mercantil, en Inglaterra, esa maravilla del mundo moderno, ha
vendido en 1856 cerca de seis millones de libras de pio de Patua y
Benars, percibiendo una suma de ms de trescientos cincuenta millones
de reales.

El valor de los billetes del Banco de Lndres, puestos en circulacion en
dicho ao, fu el siguiente:


Billetes de quinientos reales.    610 millones.
De mil.                           390
De dos mil  diez mil.            570
De veinte  cien mil.             430
                               -------
                                2.000
                               -------


El movimiento de todos los Bancos ingleses, en la poca indicada,
representa una cifra de muy cerca de treinta y nueve millones de libras
esterlinas,  sea tres mil novecientos millones de reales, repartida del
modo siguiente:


Banco de Lndres.      20.062.041 libras esterlinas.
De Irlanda.             7.425.740
De Escocia.             4.444.702
Bancos particulares.    3.355.971
Por acciones.           8.113.886
                     -------------
Total.                39.9022.340
                     -------------


Basta de guarismos. La aritmtica, no crea el lector que la desdeo;
pero no es lo que est ms en armona con mis aficiones, y siento que mi
alma se anega entra el oleaje contnuo de tanto millon. No obstante, me
he detenido en la anterior resea ms de lo que pensaba, atendida la
ndole de estos apuntes, porque la estadstica tiene en nuestro siglo
una influencia incalculable. Esta influencia es mucho mayor de lo que
nosotros creemos, sin embargo de ser nosotros los que la atribuimos y la
damos el influjo que ejerce. En esto, as como en otras muchas cosas,
nos acontece lo que  aquel que se entrega al sueo. El es el que se
duerme, y l es quien menos sabe que se duerme en efecto. La estadstica
hoy no es solamente un ramo de ciencia, una simple materia de
administracion, un punto de historia, una especie de erudicion social,
sino una regla de gobierno, un consejo de Estado, un cdigo, una
constitucion. Observemos de dnde proceden casi todas las revoluciones,
casi todas las turbulencias, la mayor parte de los conflictos en las
sociedades modernas, y en todas esas complicaciones y tumultos
hallarmos algun orgen econmico, algo administrativo, algo que dice
relacion al Tesoro pblico,  la Hacienda, al Erario; hallarmos algo
estadstico. Cuntas caidas de gabinetes no han sido producidas por un
emprstito? Cuntos tumultos no han tenido por causa una contribucion?
A cuntas crsis gubernamentales no han dado lugar los presupuestos?
Cuntos gobiernos no han perdido, y pierden el poder todos los dias,
bajo el peso de una bancarota? En fin, baste decir que una mera crsis
monetaria, la crsis ocurrida no ha mucho, produjo la modificacion de
importantsimos gabinetes europeos. La estadstica entr en los consejos
constitucionales, fu llamada y oida como un personaje de la nacion,
como un gran poder del Estado; la estadstica, la aritmtica social, el
nuevo magnate, expuls  unos hombres, y llam  otros para que ocuparan
las sillas del gobierno. Esto es asombroso; esto no se cree antes de
pensar y de ver con cuidado lo que sucede; pero sucede realmente; es una
verdad; una verdad que anda por todo el mundo; una verdad que
reconstruye, por decirlo as, el sistema de todos los pueblos, aun el de
aquellos pueblos que muestran ms tenacidad en hacer del tiempo presente
un centinela del tiempo pasado. No veis movimiento en la India, en el
mismo Japon, aun en el propio imperio Chino? No veis que ese Japon abre
sus puertos  las naves de ciertas naciones, profanando el misterio
tradicional que la religion atribuye al legado de Sinto,  su oculto y
divino _Diari_? No veis agitarse la atmsfera en la China, en ese
vastsimo imperio, en ese inmenso hogar de centenares de millones de
criaturas? No adverts como cierto vaiven, cierta oleada, en el
ambiente de ese pueblo, convertido, hace miles y miles de aos, en un
guardian que contempla con ojos desencajados la urna veneranda de sus
tradiciones? No hallais algo extrao, sumamente extrao, en esa China,
en esa segunda humanidad, en esos hombres cubiertos de polvo; el polvo
que ha debido dejar detrs de s la pisada autmata de tantos siglos?
S, lector, all hay un espritu nuevo, una nueva palanca, un viento de
otros climas. Pues el espritu que agita  ese imperio fabuloso, esa
palanca que lo remueve, ese huracan que lo airea y lo empuja, el
arquitecto milagroso que echa por tierra su enorme muralla, el mago
invisible que lo hechiza, lo oyes lector mio? ese formidable poder que
aturde  los chinos; ese husped irresistible que les obliga  tolerar
otras religiones; que les obliga  conceder la libertad de cultos,
aunque al oirlo se estremezca la tumba de su sagrado F; eso que all se
mueve, que por all anda, eso que all reina, es la estadstica; la
Economa poltica; la administracion, las matemticas sociales; el
gobierno de nuestros dias. Quitad  Luis Napoleon los siete mil millones
de presupuesto nacional. Qu seria? Nada. Qu haria? Nada. Estaria en
el trono? No. Caeria de ese trono, como cae el rayo de las nubes? S.
Quitad  la Inglaterra su organizacion administrativa; su particular
rgimen econmico; su espritu estadstico, si as puede decirse;
quitadla eso, y la quitareis su importancia, su genio, su poder; la
quitareis el ser Inglaterra. Ni trono, ni Cmaras, ni Parlamento, ni
meetings; nada bastar. India, Australia, California, todo ser intil.
Quitadla su ley y su Banco; su libro y su oro, su ciencia y sus metales,
y rezad un Padre nuestro por su alma.

La Economa poltica, el libro estadstico, hace hoy lo que hacian en
otro tiempo la fuerza, la conquista, la tradicion, la herencia y la
casta. La estadstica es la nueva _casta social_, la nueva sangre de la
poltica, la nueva sangre de los gobiernos. Hoy reina el nmero, como
antes imperaban la guerra, la teologa y el pergamino.

La historia del gobierno humano debe dividirse actualmente de otra
manera que se ha hecho hasta aqu. Aquella division debe hoy hacerse del
siguiente modo,  de un modo anlogo.


    Primero: gobiernos conquistadores; la fuerza.
    Segundo: gobiernos teologales; la religion.
    Tercero: gobiernos tradicionales; la casta.
    Cuarto: gobiernos histricos; la herencia.
    Quinto: gobiernos sociales; la estadstica.


Pitt en Inglaterra, Sully y Colbert en Francia, Campomanes, Florida
Blanca, Jovellanos y Florez Estrada en nuestro pas, son dignsimos
representantes de la nueva historia social.

Y este es el lugar de decir que, desde fines del siglo pasado, se han
verificado dos grandes movimientos en la marcha del mundo; han tenido
lugar dos nuevos y trascendentales juicios en el espritu de los fastos
humanos, en ese espritu que gobernaria la vida del hombre, aunque
aquellos fastos no estuvieran escritos en papel; aquel espritu anterior
y providencial, ley eterna de todos los tiempos, eterna moral de todos
los pueblos y de todas las razas, del cual el libro histrico no es ms
que un signo, como el cuerpo no es otra cosa que un signo del alma;
aquel espritu que se reviste de la forma de la literatura, de la
imprenta, como nuestro nimo se reviste de ojos y de frente, por
ejemplo: es un ngel vestido de bruto.

Digo que en ese espritu que domina al hombre, que gobierna la vida,
como si fuese el interminable reinado de la historia, estn germinando
dos ideas profundas y poderosas, desde fines del siglo pasado hasta
nuestros dias. Aquellas dos ideas se enseorean hoy de todas las formas,
de todos los poderes, de todos los entendimientos, en una palabra, se
enseorean de todas las revoluciones que se operan en la razon del
mundo.

Las dos ideas de que hablo son: la estadstica y la fisiologa: la
estadstica, explicando la sociedad; la fisiologa explicando al hombre.
Quin habia de decir  nuestros antiguos filsofos que la fisiologa es
espiritualista  su manera!

Vase con cuidado lo que pasa en el mundo de hoy, y se hallar tal vez
que la grande lucha, el gran trabajo de nuestro siglo, no es ms que el
resultado del natural antagonismo que existe entre las ciencias
tradicionales y ese genio de la historia, ese nuevo espritu que se ha
despertado en el alma del hombre; ms claro, entre las ciencias
escolsticas por una parte, y las matemticas y la fsica por otra.
Digo, matemticas, porque la estadstica no es otra cosa que las
matemticas aplicadas al rgimen social.

Esas dos ciencias, esas dos geometras, la interna y la externa, la
humana y la social: esas dos creaciones casi fabulosas que llenan el
globo desde fines del siglo pasado, marcan hoy la medida de la
civilizacion de los pueblos; son la manecilla de metal que mide las
horas del mundo en ese reloj oculto y misterioso. La fisiologa y la
estadstica son actualmente lo que eran antes la astronoma, la teologa
y an la mgia. Hoy no es ms civilizada la nacion que ms sabe y que
ms disputa, sino la que ms analiza y ms demuestra. Casi puede decirse
que la fsica de hoy, equivale  la metafsica de ayer.

Pas el tiempo de la palabra.

Estamos en el tiempo de la prueba.

Pas el tiempo de la opinion.

Estamos en el tiempo del experimento.

Pas el tiempo del puro raciocinio, del criterio terico; pas el tiempo
medio caballeresco y medio fantstico, en que la ciencia convencia al
mundo y lo gobernaba ocultamente, empeando _palabras de honor_.

Estamos en el tiempo del criterio prctico, del criterio de aplicacion,
del anlisis geomtrico de la prueba real, casi fsica; en un tiempo en
que el comps explica la idea; en que un pedazo de materia explica un
pensamiento, como el alambre explica la electricidad, como el plomo
explica la imprenta, como la brjula marca el polo Norte; en un tiempo
que no cree en las _palabras de honor que da la ciencia_.

Pasaron los tiempos de Platon y Aristteles.

Estamos en los tiempos de Colon, Guttemberg, de Bichat, de Vaucauson,
de Montgolfier y de Fulton. Pas la dialctica, pas el silogismo, y
vino el instrumento, vino la mquina.

Este gran fenmeno, el ms peregrino y trascendental que se ha realizado
en la historia, tiene una razon profunda, una profunda psicologa. Toda
la civilizacion asitica, como la juda, como la griega, como la romana,
como la feudal, pretendian explicar el cuerpo por el alma, la materia
por el espritu, la criatura por el criador. Y pasan siglos y ms
siglos, pasan espectros y ms espectros, sombras y ms sombras, y por
honrar al Criador se ahorcaba en un cadalso  la criatura; y por redimir
al espritu se ponia en un tormento la materia; y por salvar el alma se
encendian hogueras al cuerpo. El hombre era quemado, como quien tributa
un culto  Dios. As servian y adoraban  Dios las castas antiguas, las
antiguas civilizaciones, ese algo histrico que ha venido reinando en el
mundo hasta el siglo XIV de la era cristiana; ese algo no definido
todava; esa casta revuelta y confusa, que se ha denominado de muchos
modos, pero que en realidad no es otra cosa que la ley de la
contradiccion, la ley de la Persia, un mundo de luz, representado por
_Ormuzd_, y un mundo de tinieblas representado por _Ahriman_: decir, una
gloria, explicando un infierno; un Dios explicando  un diablo. El alma
era Dios, era el dolo, y se le quemaban perfumes; el cuerpo era el
diablo, y se le apedreaba, cuando no se le achicharraba vivo.

Estudiado con imparcialidad y reposo este intrincado asunto, hallarmos
que el mundo antiguo, la humanidad hasta el siglo XIV, no es ms ni
menos que un rden de cosas creado por la ley de la contradiccion, por
la ley de las castas, la ley de arriba declarando pria  la ley de
abajo; la ley de un espritu y de una materia, considerados como poderes
antagonistas; como fuerzas radicales contrarias; la ley terrible que
convertia al hombre en enemigo del hombre y de Dios. Que este enemigo se
llamara sudra en la India, hebreo en Egipto, hierodul en Capadocia,
esclavo en Grecia y Roma, ilota en Esparta, siervo  hereje en la edad
media, poco importa: la filosofa de la historia es la misma. Es una
idea que se ha revelado bajo distintas formas; es un vidrio que ha
reflejado la luz de varios modos, como un libro tiene varias pginas,
como una tormenta tiene varias nubes, como la escama de las serpientes
tiene varias pintas. Repito que el mundo, hasta el siglo XIV de nuestra
era, venia del Asia; y que el Asia venia de la ley de la contradiccion;
esa ley abolida por el Evangelio; ese mnstruo ahogado por la sangre
vertida en la cruz; esa fosa de la humanidad cegada por el mrtir del
monte Calvario. Mundo pagano, mundo gentil, no luches, basta! Si algo
te queda dentro del valladar que Dios ha puesto al hombre, si alguna
gloria te est reservada por el pensamiento de la Providencia, no
hallars esa gloria, ese dia luminoso no brillar en el cielo para t,
sino volviendo tu inteligencia y tu corazon al monte Calvario. No
luches, no huyas, no leas, no esperes, no mires atrs ni adelante; ponte
de rodillas ante un crucifijo. Muda de fe, y adora. Ms claro, ten fe,
porque lo que t tienes ahora no es fe; lo que t haces ahora no es
creer, es soar. Ten fe, repito, y te salvars, como se ha salvado la
humanidad cristiana.

El mundo moderno mud enteramente de pensamiento y de conducta. En vez
de explicar la criatura por el criador, la materia por el espritu, el
cuerpo por el alma, el hombre por la sociedad, tiende  explicar la
sociedad por el hombre, el alma por el cuerpo, el espritu por la
materia, el criador por la criatura, arrojando del mundo una metafsica
simblica, potica, oriental; una especie de augurio pagano, una
adivinacion, egipcia que,  no explica nada,  explica todos los
absurdos y monstruosidades que la mente de un loco puede concebir; todos
esos absurdos y monstruosidades que han venido reinando en la historia
de la humanidad.

Antes sucedia que por el misterio del geroglfico, querian explicar las
figuras del mismo geroglfico, de donde resultaba que no conocian ni las
figuras, ni el misterio, ni modo ni esencia, ni cuerpo ni alma, ni
criatura ni criador. Partian de lo que ignoraban, para llegar  lo que
no sabian. Eran dos ignorancias obstinadas y supersticiosas, creando
todo un mundo; el mundo en que debia vivir el hombre, el sr que piensa
y siente, el sr que raciocina y ama, el sr que crea tambien, la
hechura ms noble, la concepcion ms sbia de la suma sabidura, el
poder ms grande que di  luz el Todopoderoso; el nico poder creado,
capaz de conciencia, capaz de convencerse, capaz de arrepentirse, capaz
de bajar la cabeza y suspirar; el hombre, la criatura que llora y que
espera. Y luego hay cristianos, hoy, en nuestro siglo, pasados mil
ochocientos sesenta y tres aos de la Cruz; hay cristianos, repito
(parece mentira!) que profesan la ley de la contradiccion, la ley de un
alma divinizada y de un cuerpo quemado; la ley de los tormentos y de las
hogueras; la ley de la horca y del cuchillo; la ley de Tiberio que llen
de gemidos las tinieblas sagradas de las catacumbas; la ley de Pilatos,
que hizo caer  Jesucristo bajo la carga de un madero. Y al hablar de
cristianos que profesan hoy aquella ley brbara, no me refiero  hombres
vulgares, sino  personas ilustradas y fervorosas. Yo no puedo expresar
cunto me amarga esa inconcebible y lastimosa contradiccion. No se
comprende cmo esos hombres viven en el mundo, ni cmo han leido la
historia.

El espritu moderno, el mundo cristiano, hizo lo contrario de lo que
hacia el mundo venido del Asia. Para adivinar el misterio del
geroglfico, parti de las figuras: para adivinar el geroglfico, que
estaba dentro, parti del geroglfico que estaba fuera; para adivinar lo
que no veia, parti de un hecho que estaba viendo; y de esta manera
consigui que si no veia lo de dentro, veia al menos lo de fuera; algo
veia. Acaso no logre conocer el espritu, pero conoce la materia; tal
vez no conozca  su criador, pero conoce la criatura; tal vez no logre
explicarse la sociedad humana, pero se explica al hombre. Ya que no la
esencia, conocer el modo; ya que no logre adivinar ese algo infuso, esa
cifra divina, esa ltima duda, esa duda suprema y venerable de que
parece circuirse el espritu providencial, lograr siquiera conocer lo
que se ha revelado, lo que obra en la naturaleza, lo que Dios ha
escrito en esa segunda teologa, lo que Dios promete en esa segunda
religion. Antes no se veia lo visible; no se realizaba lo realizable.
Hoy, s. Este es el gran carcter del cristianismo sobre la civilizacion
gentil y pagana. El hombre cristiano se cree autorizado, se cree con
poderes, se cree hasta con fuero, para ver lo que puede verse; dej de
quemar al que manifestaba que veia lo que no se habia visto antes; dej
de fabricar tormentos, de aparejar cadalsos y de encender hogueras al
altsimo y venerando ministerio de la razon humana; al ministerio de
pensar y de decir lo que se habia pensado; al ministerio de medir, y de
hacer patente lo que se habia medido, y esto, esto solo explica la
incalculable superioridad del mundo moderno sobre el mundo antiguo, la
incalculable superioridad del hombre cristiano sobre el hombre de las
regiones gentiles y paganas. _La ley de la humanidad_, puesta en lugar
de la ley de la contradiccion; la ley de Dios y la del hombre, puesta en
lugar de la ley del diablo y de la del hereje, esto lo explica todo. Sin
este dato, sin esta observacion, sin hallar en las fastos humanos ese
fin adorable, esa providencia que triunfa, sin que nadie vea los
laureles del triunfo; sin que las cosas se miren as por la razon y por
la fe, unidas y hermanadas, no es posible encontrar la filosofa de la
historia. La historia ser un acaso horrible, un fatalismo ciego y
cruel, un _pandemonium_, como la denominan los escpticos, los ateos del
hombre y de Dios. Dicen bien esos desdichados. La historia es un
_pandemonium_ para los que no creen en la providencia y en la humanidad,
como la razon es un delirio para el loco, como la ciencia es una
algarabia para el ignorante, como la luz es una tiniebla para el ciego.
Ms digo y opine lo que quiera esa pobre gente, la historia ha sido, es
y ser siempre la Biblia social, una segunda revelacion, una infalible
geometra del progreso humano.

He dicho antes que hoy no se considera ms civilizada la nacion que ms
sabe y que ms disputa, sino la que ms analiza y ms demuestra. Esta
verdad no admite duda en mi juicio. La Italia, por ejemplo, es ms
teloga, ms metafsica, ms ontolgicamente sbia que la Inglaterra;
sin embargo, la Inglaterra es hoy un pueblo ms civilizado, inmensamente
ms civilizado que la Italia. Esto quiere decir que ha analizado ms en
estudios estadsticos y fisiolgicos, que es ms sbia en la ciencia del
hombre, y en la ciencia de la sociedad, porque hoy se llama ciencia lo
que antes se llamaba hereja, y se llama frrago lo que antes se llamaba
ciencia.

Cada escuela podr traducir este hecho  su modo, dejndose llevar de
sus recuerdos, de sus aficiones  de sus intereses; pero la existencia
de aquel hecho, tan capitalmente trascendental, es indisputable.

Voy  decir ahora dos palabras sobre los monumentos citados en el
sumario de este dia, dando principio por _el palacio de la Bolsa_.

Nada tengo que oponer acerca de la magnificencia del edificio. Es un
verdadero palacio. Tiene efectivamente ese aspecto grave y majestuoso,
esa gallarda reposada, casi circunspecta, de aquel gnero de
arquitectura. Su historia, considerado como edificio, esto es, su
historia de piedra, es muy breve. Considerado como una institucion
social, como _juego pblico_, aquella historia es algo ms larga y ms
difcil.

La Bolsa de hoy ocupa el espacio que ocup en otro tiempo el convento de
las hijas de Santo Toms. Qu cambios tan curiosos y tan elocuentes!
Principi este palacio el primer imperio, y lo termin Crlos X.
Presenta un paralelgramo de setenta y un metros de longitud, sobre
cuarenta y dos de latitud, si no mienten los informes que nos dan,
informes que considero exactos. Al menos no desmienten la impresion que
aqu se recibe. Circuye al suntuoso edificio una gran galera de setenta
columnas de un metro de espesor y diez de altura, sostenidas por un
basamento de tres metros de elevacion. Un slido cornisamento y un
elegante tico coronan las setenta columnas, de rden corintio, las
cuales nos hacen sentir la doble emocion de la majestad y de la fuerza.

Quisimos penetrar, pero los guardas del edificio, herederos histricos
de la gravedad monacal, nos prohibieron la entrada con cara de priores,
envindonos al estanco de la Hacienda pblica, en donde debiamos
proveernos de una especie de credencial, mediante la _limosna_ de dos
francos, uno por cabeza. He dicho limosna, porque esta rara
contribucion, esta curiosa prevision del Erario francs, me huele al
saco del convento. Yo me volv  mi mujer, y la dije en nuestro idioma:
aqu se ha verificado una trasmigracion casi portentosa. El franco que
nos piden, se escap sigilosamente del convento de las hijas de Santo
Toms, y se escondi en el palacio de la Bolsa.

--Qu franco nos piden? Pregunt mi mujer con picante curiosidad. (Para
las mujeres es picante todo lo que tire  dar dinero.)

--Ese bedel, conserje  lo que sea, contest  mi compaera, me dice que
vayamos al estanco, en donde nos darn un billete, cuya presentacion es
indispensable para visitar el edificio. El billete en cuestion nos
costar un franco  cada uno.

Mi mujer agri el gesto de un modo visible.

Esta conversacion pasaba en presencia del conserje, que nos miraba con
estraeza, y que permanecia de pi, custodiando imperiosamente la
entrada, como si se tratase de guardar las manzanas de oro en el jardin
de las Hesprides.

Mi mujer y yo nos dirigimos  un estanco, que hay  pocos pasos del
edificio. Al bajar la magnfica escalinata de la _Bolsa_, mi mujer me
tira del brazo, en seal de llamarme la atencion, y me dice:

--Llvame  la fonda; yo me quedar all, mientras que t vienes 
visitar ese palacio. Me remorderia la conciencia, continu mi compaera
con ms animacion, si los franceses me cogieran un franco por visitar la
_Bolsa_.

--Ese franco que piden, contest yo, no tiene nada de particular; al
contrario, es una gabela natural, y lgica. Se trata de la _Bolsa_, y
por simpata, atacan la bolsa de los curiosos.

--Te lo voy  decir francamente, repuso mi mujer, y apret el paso,
como si lo que me iba  decir la espolease. Yo cre que Paris era un
pueblo de suma caballerosidad, y de sumo idealismo. Yo creia en Espaa
que en Paris se hacian muchas cosas por galanura, por etiqueta, por
urbanidad, por espritu de civilidad y de hidalgua. Pero, amigo mio,
estoy viendo que me engaaba de una manera lastimosa. Esto es mucho peor
que Madrid. Aqu no podemos llevarnos las manos  la cabeza, aqu no se
puede decir el Padre nuestro, aqu no se puede ni rezar, sin tener que
hacer frente al dichoso franco. Odio esta palabra, Qu sujeto tan
descorts! Qu persona tan atribulada y tan agresiva! Franco le llaman,
y en verdad que le han dado con el nombre, pues tan franco es, que se
mete por todas partes como trasquilado por iglesia. Quieres que te diga
la verdad? Segun voy viendo, esto es una batalla contnua, en que los
combatientes no abrigan otra idea que apoderarse del botin de los
enemigos; una guerra que se hace, una lucha que se traba, nicamente por
coger el botin. Ni ms ni menos, ni menos ni ms. Los combatientes son
los hijos de este pas. Los enemigos son los extranjeros. En Espaa, en
el mismo Madrid, el dinero es una gran necesidad. En Paris es una gran
plaga, una gran peste; en fin, es una guerra, con todos los peligros,
con todos los sustos, con todas las calamidades y las desdichas de una
guerra. Mira, aadi resueltamente mi mujer; djame en la fonda; no
quiero dar un franco por ver ese edificio; por una peseta est cavando
un espaol todo el dia en el campo....

Sin embargo d estos sermones de mi compaera, yo me dirig al estanco,
con el fin de comprar el documento que el conserje me reclamaba. Mi
mujer lo not, y se detuvo  despecho mio.

--No te empees, porque no voy. No quiero pagar el derecho de ser
extranjera. Aguantar que me traten como enemiga, en lo que yo no puedo
evitar; pero  sabiendas, no.

--Bien, la contest yo; t dices que no quieres dar un franco por esa
visita. Enhorabuena, no lo des; pero yo quiero darlo; no es cosa tuya,
sino mia, y no debes tener remordimiento alguno. Iba  replicar; pero
la llev hcia adelante con el brazo, y esto la persuadi mucho ms que
si la hubiera predicado un sermon. No s el por qu, mas tengo por cosa
evidente que  las mujeres las convence ms un ademan que veinte
palabras.

Por santa obediencia se resign  entrar en el estanco, y no pude menos
de soltar la risa, cuando observ la cara de vinagre que mi mujer puso
al ver los dos francos en el mostrador.

--Lstima de dinero! dijo furtivamente, y nos dirigimos  la Bolsa.

Buena escalera, excelentes pasillos, galeras espaciosas, hermosas
balaustradas, salas magnficas.... Repito que nada tengo que tachar  la
arquitectura del edificio, aunque desde luego se echa de ver que no fu
construido para que sirviera de palacio. Volviendo ahora los ojos  su
oficio social, si as puede decirse, principio por no estar conforme con
el nombre de _Bolsa_, aplicado al cambio oficial, cambio importado en
Francia por el hacendista escocs Law,  fines del siglo XVII.

La palabra _Bolsa_, no slo es impropia, sino escasa, ruin, grosera,
hasta ridcula, para darnos la idea de un lugar en que se verifican
operaciones mercantiles de cierta monta. No comprendo cmo los
negociantes que se dedican  aquel juego pblico, llevan en paciencia
que se les designe con el apellido de _Bolsistas_. Me parece que en este
nombre hay algo que se rie de la persona que lo lleva, como si dijramos
_bolsillistas_, _faldriqueristas_, _taleguistas_,  palabras por este
jaez. Yo deploro (en este sentido tengo tanto que deplorar!) deploro,
decia, que los espaoles, dominados por un espritu de imitacion
incalificable, desnaturalizando una de las lenguas ms bellas y ms
ricas del mundo, malversando el depsito que muchos siglos y muchas
glorias les han confiado, hayan mendigado de los franceses la plabra
_Bolsa_, condenando tan irreflexiva como injustamente los nombres
castizos de _lonja_ y casa de contratacion. En lugar de _Bolsa_, que
nada significa,  significa una ridiculez, porque ridculo es todo
despropsito qu razon hay para que no pudiera decirse _lonja del
cambio_? Pero ahora caigo en que esto no bastaba; era indispensable
ponerse  la moda; era indispensable llamar la atencion con una cuquera
de nuestros vecinos; era indispensable engalanarse con una palabra
parisiense, como los payasos se visten de siete colores, para que les
sigan los chiquillos,  como se enjaeza un caballo, para venderlo bien
en la feria. Era indispensable el relumbron, el palaustre, y atraves
los Pirineos la palabra _Bolsa_. No slo hay servilismo en poltica; hay
servilismo tambien en conducta, y esas limosnas que el pueblo espaol
recibe de Francia; esas caridades que le implora, cuando tantas podria
hacer, cuando tantas ha hecho  esa misma nacion que nos manda hoy con
sus moneras; esas limosnas vergonzantes que  Francia pide, es un
servilismo de nuestra poca; y no solamente es un servilismo, sino una
sandez. Qu se diria del que fuese  buscar falsas doraduras  pas
extrao, olvidando el oro, el oro fino, que tiene en su pas? Pues eso
es cabalmente lo que debe decirse de los espaoles, que van  Francia
para traerse la grotesca palabra _Bolsa_, arrinconando, para que crie
moho, la palabra lonja; trmino propio, lgico, natural, en relacion
perfecta con las tradiciones de nuestro idioma; con su pensamiento y con
su meloda; es decir, en perfecta relacion con su etimologa, con su
filosofa y con su esthtica.

Nuestra nacion no sufriria que el pueblo francs pusiera el pi en un
palmo de nuestro territorio, y consiente  las mil maravillas una
invasion completa en otro sentido; una invasion ms peligrosa, porque
nos conquista ocultamente, por dentro, en el interior de nuestras casas,
en el interior de nuestras viviendas, en lo ms ntimo, en lo ms
profundo que tiene el hombre: en la palabra. La palabra es lo ltimo que
pierden los pueblos, porque esa palabra es  un mismo tiempo su ciencia,
su poesa, su amor: la palabra es el espritu que sobrevive  la
libertad,  los usos,  las costumbres,  las leyes. Se quema un cdigo,
mil cdigos: no se quema la lengua en que estn escritos. La palabra y
la historia son los dos genios que van al frente en todas las exequias,
son los manes eternos que velan sin cesar sobre la tumba de las
generaciones. Pas el Lacio, pas el pueblo latino; pero queda una
sombra de aquello; queda una huella que no se borra, un alma que no
muere, una ceniza que no se enfria, un sepulcro que no se cierra; queda
un cadver que no se consume; sobre el polvo, sobre las ruinas, sobre la
soledad y el silencio de los cadveres que se extinguieron, queda un
cadver que no se extingue, que no se extinguir, mientras que la tierra
sienta el calor de las plantas del hombre: pas el pueblo latino; pero
nos queda la latinidad. Pas el pueblo; no pas la palabra. Pas el
cometa, no pas su rastro. Pas la tormenta, no pas el celaje.

Los espaoles no sufririan que nos conquistaran un solo palmo de
territorio; que nos invadiesen un grano de arena, y van  Francia para
que nos conquisten en el idioma, para que nos invadan en nuestro
espritu, en la tierra de Dios, porque es la tierra del pensamiento.
Hablar es pensar, y el que trastorna lo que hablo, trastorna
necesariamente lo que pienso. S  m me dijeran: qu es lo que quieres
para apoderarte de una nacion, para mandarla, para ser su amo? yo
contestaria: quiero ante todo apoderarme de su lengua, mandar en su
palabra, ser amo de ese libro en que estn escritos los nombres de Dios,
padre, madre, hijo, hermano, amigo, patria, luz, amor, espacio. Ms,
mucho ms que de su territorio, desearia apoderarme de lo que est
dentro del territorio, de lo que est dentro de las ciudades, de lo que
est dentro de las casas, dentro de la familia, dentro del individuo; de
esa sombra que le acompaa, de ese centinela invisible que le custodia,
de ese misterioso y terrible poder que le defiende; la palabra, la
inteligencia. Mandando en la lengua, mando en el alma; mandando en la
boca, mando en la frente, y este es el gran terreno que hay que invadir,
esta es la gran conquista que hay que hacer, este es el gran pueblo que
hay que conquistar. Sin saberlo nosotros, sin apercibirnos siquiera, sin
soarlo, los franceses nos estn invadiendo; los franceses nos
ametrallan, en una guerra en que se lucha sin disparar tiros. Los
soldados de esa campaa particularsima, son las palabras; la palabra
_Bolsa_ es uno de los tantos y tantos combatientes de ese ejrcito
numeroso, de ese ejrcito irresistible, de ese ejrcito que acabaria por
conquistarnos, si no llegase un dia en que el pueblo espaol, aplicando,
no el odo de fuera, sino el odo de dentro, no aplicando la oreja, sino
la mente, oyese ruido en el interior de su casa, oyese disparos en el
territorio de su inteligencia. Ese dia llegar. Espaa comprender al
cabo que el pensamiento tiene sus estados tambien; comprender que su
idioma es su pensamiento, y defender las fronteras de su inteligencia,
como defenderia las fronteras de su territorio.

Entre tanto, yo expulso de mi casa la palabra _Bolsa_, como rechazaria 
todo el que quisiera arrojarme de mi pas. Llegar una hora en que
Espaa se vuelva  Espaa; yo me he vuelto ya hace algunos dias, an
permaneciendo en Paris.

Pero no es la palabra _Bolsa_ el solo punto en que no estoy conforme, al
estudiar el edificio de que se trata. Tampoco estoy conforme, con que la
_Bolsa_ tenga un palacio, conque haya un palacio que se llame el palacio
de la _Bolsa_. Esto me parece tan indiscreto, tan extravagante, tan
ridculo, como el que hubiese un palacio que se denominara _el palacio
del bolsillo, el palacio de la faldriquera  del talego_. Entre bolsa y
palacio no hay relacion posible, en el rden lgico, por ms que nos
echemos  soar relaciones. No slo no hay analoga entre aquellas
palabras; no slo carecen del ms lejano parentesco, sino que se nos
entra por los ojos su discrepancia, su evidente contradiccion, y no
pueden unirse objetos y atributos que se repugnan, que se contradicen,
que se zahieren. Si esto valiera, podriamos decir: _el palacio del
hambre, el alczar de la mendicidad_, y admitida esta nueva manera de
discurrir, deberia mandarse construir una gran jaula para encerrar al
mundo. No estoy conforme con el palacio de la Bolsa, como no lo estoy
con el palacio de la Industria, ni con otros muchos palacios que por
aqu bullen, despertando en mi alma recuerdos penossimos, tristes y
lamentables contradicciones. Palacio de la Industria! Y el industrial
no tiene dnde vivir! Y el obrero tiene que ir  buscar una vivienda
ms all del recinto de la ciudad,  Batioles! Es un magnate que tiene
un alczar, y ha de andar buscando un asilo de zoca en molondra. Es un
mendigo  quien se ha levantado un palacio; pero que no ha dejado de ser
mendigo, Vanos alardes! Estril pompa! Pobre magnificencia! Aqu se
hacen muchas cosas por el solo gusto de hacer; se dicen muchas cosas por
el solo gusto de decir: hay ostentacion, aparato; no hay intencion, no
hay propsito, no hay ese ntimo y fervoroso trabajo de la conciencia,
que precede  todo deseo,  toda aspiracion, sobre todo cuando es una
aspiracion madura y sensata. Aqu hay muchos principios sin fines. No
encuentro en Francia ese pensamiento anterior, circunspecto, convencido,
inflexible, que hallo en los trabajos de los alemanes; ese bellsimo
sentimiento, esa fantasa aromtica, esa seductora inspiracion de los
italianos; ese clculo fijo, inflexible, tenaz, callado, sigiloso, tal
vez traidor, pero lgico, convencido, sbio, de los ingleses; esa
rusticidad hospitalaria, generosa y fiel; esa barbarie honrada,
creyente, leal y valerosa; esa liga de lo salvaje y de lo hidalgo; esa
mistura indefinible del soldado, del poeta, del pastor y del caballero;
ese algo latino, scita y rabe; ese carcter en que han entrado Rgulo,
Attila y Saladino; esa especialidad, nica en el mundo (como la palabra
hidalgua) que distingue  los espaoles. No digo que sea buena, ni que
sea mala; digo que es nica, y admito el reto que para probar lo
contrario se me haga. No hallo eso aqu. Me parece hallar prisa,
aturdimiento, indeliberacion, exterioridad, lujo, boato: prpura por
fuera; por dentro es otra cosa. Es una gran botella que se destapa.
Mucho ruido, mucho hervidero, mucha espuma;  poco pasa todo aquel
estrpito, y la botella queda medio vaca. No parece sino que esta
ciudad siente que la vida se le va de las manos, y corre detrs
frenticamente, como para cogerla por los cabellos.

En cualquiera otra parte del globo, un palacio es un edificio que sirve
de morada  los reyes,  los pontfices,  los magnates,  los
poderosos,  las grandes corporaciones del Estado, como un Congreso 
una Asamblea. Aqu, no. Aqu es un palacio el depsito de la Industria,
la casa de cambio, el banco, la casa de moneda; sin embargo de que ni la
casa de moneda, ni el banco, ni la industria, son altos cuerpos del
Estado, ni poderosos, ni magnates, ni reyes, ni pontfices. Aqu toma el
nombre fastuoso de palacio, lo que en otros pases se llama simplemente
casa, lonja, depsito, alhndiga, almudin,  cosa semejante. Y aquel
nombre fastuoso, esa rgia estirpe con que se decora  la arquitectura
(ni las piedras estn  salvo del genio francs!) viene de la tendencia
general que ha creado tantas y tantas formas en esta Babilonia del
Occidente; formas colosales algunas de ellas; que ha creado tantos y
tantos intereses, respetables no pocos, porque no hay delirio que no
tenga algo sublime, y el delirio de los franceses ha sido afortunado:
aquel prurito de idealizarlo todo, de hacerlo todo rgio, como si
hubiese dejado de ser belleza la eterna belleza de la sencillez; la
inagotable, la majestuosa, la imponente, la sin igual belleza de la
verdad; la belleza de una ligera nube que atraviesa el cielo solitaria:
aquella pasion, vuelvo  decir, viene de ese espritu mitolgico,
fantstico, visionario casi, que tiene ciegos  los franceses, con que
los franceses quieren cegar  todo el mundo. No es lo doloroso que ellos
lo quieran, porque cada cual realiza su genio como puede: lo doloroso es
que lo quieran y lo consigan. Dejarn de conseguirlo maana, porque la
doradura no brilla siempre como el oro, porque el hervidero de la
cerveza no dura siempre: pero hoy lo consiguen, porque las doraduras
deslumbran, porque el ruido de la botella de cerveza aturde. Hoy lo
consiguen; esta es la verdad.

Y penetrando ms en el asunto de la Bolsa, con la cabeza destocada y
pidiendo perdon  las personas  quienes pueda lastimar, sin que en ello
pueda tener parte mi deseo, porque mi deseo ms deliberado es no herir 
nadie, digo que no estoy tampoco conforme con ese cambio, con ese
negocio, con ese juego que se llama Bolsa, tal como hoy se encuentra
establecido y organizado. Acepto todo juego lcito, como distraccion;
como oficio social, como carrera, como profesion, como jornal de todos
los dias, no lo acepto. Harto se me alcanza que esta opinion
escandalizar  no pocos lectores; adivino que se me llamar
extravagante; enhorabuena; digo y repito en alta voz que no lo acepto.
Jugar para pasar honestamente el rato, s. Jugar para vivir jugando;
para dar  un juego nuestra vida; para desplumarnos dndonos las manos y
sonrindonos; para hacer en un dia una fortuna injustificada,  costa
del prjimo insensato; jugar para que tantos comerciantes dignos y
honrados se quemen el cerebro con una pistola, eso no. Podrn
contestarme lo que quieran; yo no llevo la contra  nadie;  nadie
desmiento; pero digo que no.

Y el que quiera tener ideas de la _Bolsa_; el que quiera saber lo que es
ese juego, ese juego que hace muy poco se llamaba _agiotaje_, que venga
 las dos de la tarde, y sea testigo de lo que pasa en el interior de
este local. Voy  decir lo que yo propio he visto, lo que yo por m
mismo he presenciado, lo que acabo de ver y de presenciar, y ojal que
no lo hubiera visto ni presenciado!

Suena la hora de la cotizacion de fondos, y muchas gentes llegan, se
apian, se hostilizan, se estrujan. Todos se ponen de puntillas, los
cuellos se estiran, las barbas asoman, los rostros se encienden, los
ojos se inflaman.... Madre de Dios! Eso no es un pregon, ni una
gritera; es un ahullido interminable, un galimatas infernal. Eso no es
un cambio, un negocio, un comercio; eso es un frenes, un rapto, una
calentura. Reconozco la existencia de la calentura y del frenes como
enfermedad; no la reconozco como negociacion.

La Francia gana una batalla en Cochinchina, y los fondos suben. La misma
Francia sufre un descalabro en Sebastopol, y los fondos bajan. Y el
francs, el hombre que ha nacido en este pueblo, el hijo de esta madre,
ve  su madre caida, y si la _Bolsa_ lo requiere, vuelve la espalda y la
vende por tres ochavos. El caido se levanta luego, gana una victoria en
los campos de Italia, suena el caon que anuncia el triunfo de
Solferino, y el francs que hace poco vendi  la Francia por tres
ochavos, se vuelve ahora y la ofrece un talego lleno de oro. No se lo
da  la Francia, sino  su juego,  su albur,  su egoismo. Ese es un
juego que negocia con la fortuna y con la desgracia de su pas; con el
honor y con las glorias de su patria. No admito que se jueguen las
lgrimas de una nacion; no puedo admitir que se juegue con los
conflictos de los hombres. No puedo admitir que se juegue con el
espritu que busca un amparo bajo una corona de laurel, una corona
empapada tal vez en sangre, una sangre vertida quiz por un hermano del
que juega con aquella corona. Tambien ha de ser un oficio del hombre el
jugar la palma del mrtir! Qu dejan al mundo, qu dejan  la vida, si
no le dejan esa palma! Comercien en buenhora con la materia; comercien
con todo lo del mundo; pero que dejen al alma del hombre la metafsica
potica de un laurel, la metafsica potica de una gloria!

Dije y vuelvo  decir que eso no es comercio; esa no es la inteligencia
que une  las naciones, que funde las razas, que establece la unidad del
globo, la unidad del hombre, la unidad de la naturaleza, la inmutable y
santa unidad de Dios. Eso no es el comercio, el conquistador universal,
el universal revolucionario, encargado por la Providencia de llevar,
entre sus mercancas, el espritu de tolerancia y civilizacion  todos
los pases. Jugar no es comerciar; comerciar, no jugar, debe ser el
oficio del comerciante. Si su nuevo oficio consiste en un juego, lo
natural es que deje el nombre de comerciante, y tome el nombre de
_jugador_. Si aceptan el nombre, si se avienen  recibir el nuevo
bautismo, _con su pan se lo coman_. Un hijo mio no tomaria seguramente
tal profesion, al menos si mi hijo oyera la voz de su padre.

Ni estoy conforme con la palabra _Bolsa_, ni con que la Bolsa tenga un
palacio, ni con el juego que en el palacio se verifica.

En este momento entra en mi habitacion D. Francisco Javier de Mendoza,
que ha llegado hace poco de Venezuela, y  quien conoc en casa de D.
Jos Segundo Florez. El lector me permitir que dedique dos lneas 
estos dos nuevos personajes, que honrarn las pginas de mis
humildsimos apuntes.

Florea es un hombre metdico, reposado, silencioso, observador,
profundo: es un hombre de estudio, un hombre de letras, como si
dijramos un sbio antiguo; pero con la ciencia de los modernos.

Javier de Mendoza habla con soltura, con elegancia, con pasion. Se
apasiona de todo lo que reputa bueno, y est apasionado de la palabra:
habla mucho y bien, discurre ms que habla; imagina ms que discurre;
calcula y proyecta ms que imagina. El solo digiere mucho ms con su
pensamiento, que veinte personas con el estmago. Llega al punto  donde
se dirige antes de partir. Tal es la fuerza con que su alma mide el
espacio que le separa del objeto que busca. Aquel espacio desaparece, lo
devora, y antes de marchar hcia su pensamiento, se encuentra  su lado.
Este hombre es uno de los caractres ms extensos que yo conozco. Hay en
l cierta mezcla de galan y de literato, de soldado y de artista, de
diplomtico y de banquero. Es un gran taller, una gran oficina, en que
cada uno de esos personajes trabaja, sin que los obreros se incomoden.

Hablando de opiniones polticas, dice que l quiere la igualdad de la
riqueza y de los goces, no de la miseria y del martirio. Es demcrata,
pero quiere ir en coche. Tiene la democracia del sentimiento, y la
aristocracia del carruaje.

Si aspirara  que lo empleasen, su primer empleo seria una cartera de
ministro,  una embajada de primer rden.

Si tuviese el don del colorido, si sintiese mejor la forma artstica,
seria un genio; an sin esas dotes, es un buen talento.

Pues he leido  mi amigo Javier de Mendoza lo referente al palacio de la
_Bolsa_, y al juego pblico denominado as, y ha convenido en la
impropiedad de aquella palabra, y en la impropiedad del nombre de
_palacio_, aplicado  dicho edificio. Por lo que hace al juego, ha
convenido conmigo tambien; pero me ha hecho notar que mis opiniones
acerca de este punto causarn escndalo entre ciertas gentes, pudiendo
hacer dao  la publicacin de mi obra.

Pues aunque mi obra se hunda, y  m me quemen, contest, digo y repito
que no estoy conforme sino con las cosas cristianas, y me parece que
aquel juego no es cristiano. En medio de mis desventuras (que han sido
infinitas) debo al cielo la dicha suma de tener valor para decir  todo
el mundo la verdad de un modo decoroso, y la digo siempre, aunque me
costara subir al cadalso.

Departiendo despues amigablemente sobre el carcter de esta maravillosa
ciudad, hemos convenido en que no extraariamos que el mejor dia se
levantara aqu un edificio suntuoso, con el ttulo de PALACIO DEL
MERCADO. Tal es la comezon que tienen los franceses por _relucir_, que
no nos causaria sorpresa ciertamente que dieran un palacio  los conejos
y  las perdices;  la manteca y  los huevos;  las coles,  las
patatas y  los rbanos.

Se dir que decimos esto con intencion de satirizar  este pas. No ser
yo el que niegue que haya en nosotros algo de esa malicia picaresca, con
que se zahiere una cosa ridcula; algo tal vez de ese sabor spero que
siente el espaol, cuando cata un manjar de nuestros vecinos; puede que
haya eso en nosotros, sin que nosotros lo sepamos, como sin saberlo
nosotros nos pican los mosquitos durante el sueo; pero esto no quita
que en lo que decimos haya un gran fondo de verdad.

Vayamos ahora al Palacio Real, cuya historia es ms breve y galante.
Sepa el lector que durante el trascurso de algunos siglos, ese palacio
fu el centro esplndido de la coquetera parisiense. En ese jardin que
estoy viendo, la astuta cortesana se ofrecia  los espectadores con el
traje muy escotado, luciendo la espalda y el pecho, como si quisiese
hacer gala de la riqueza de sus incentivos, tambien de la riqueza su
pudor. Digo riqueza de pudor, porque si el que da mucho debe ser rico,
aquellas cortesanas debian ser muy ricas de decoro. Pero siendo el
Palacio Real uno de los grandes prodigios de la monarqua absoluta,
claro es que al pasar aquel rgimen, debi perder no poco de su antiguo
esplendor. En espacio es en lo que menos ha perdido, y tres calles se
han hecho  expensas de sus encantadores jardines; las calles de Valois,
de Beaujolais y de Montpensier.

Nada quiero decir de la arquitectura del Palacio, porque los grabados
que acompaarn  la obra, darn una idea ms exacta que todas las
descripciones que yo pudiera hacer, y paso  su resea histrica.

Richelieu, el cardenal ms galanteador que la historia conoce; el brazo
derecho de uno de los reyes ms galanteadores que la historia conoce
tambien; el gran ministro del gran Luis XIV; aquel cardenal ms grande
que aquel rey; Richelieu, el prelado poeta, el poeta hacendista, el
hacendista poltico, el poltico filsofo, el filsofo magnate, levant
de pi el Palacio Real. Despues, hubo de acudirle la memoria de los
grandes tesoros de que era deudor al prdigo cario de sus reyes;
aquellos tesoros debieron hurgarle en la conciencia, se sinti herido;
en una palabra, tuvo remordimiento, y dej el palacio  Luis XIII, que
no pudo tomar posesion.

Cuntos secretos debe encerrar ese monton de piedras! Qu historia tan
curiosa se pudiera escribir, si la mente del hombre fuera capaz de
arrancar al olvido aquellos secretos! Pero no digo bien; muchas de las
cosas que han presenciado esas paredes y esos pavimentos, no podrian
escribirse, porque hay en este mundo muchos arcanos que no pueden
contarse.

Ese palacio fu el local ms clebre, la casa favorita de la
aristocracia del siglo XVII y XVIII; el monumento de los festines, de la
galantera, del amor; una especie de templo ateniense, uno de aquellos
templos griegos que se consagraban  la hermosura, un trono en donde se
sentaba como reina la diosa Vnus.

En ese palacio habia un teatro, el ms brillante de toda la Francia, en
el cual cabian holgadamente tres mil personas; habia una capilla, cuyos
ornamentos eran de oro macizo; una biblioteca magnfica; ricas
colecciones de pinturas,  infinitos retratos de hombres ilustres, de
tal manera que aquellos salones parecian ms bien un campo santo
histrico. El palacio del Cardenal representaba el consorcio extrao de
la cortesana, de la religion, de la ciencia y del arte: alczar,
iglesia, teatro, pinturas y libros.

Ana de Austria, reina de Francia y regente del reino, habit el palacio
de Richelieu con sus dos hijos,  mediados del siglo XVII en 1643, y en
el mismo palacio tuvieron lugar las esplndidas bodas de su hija con el
duque de Orleans, hermano de Luis XIV, cuyo monarca lo cedi despues 
su hermano el duque,  ttulo de infantazgo.

Ese mismo palacio sirvi de morada al regente, hijo del duque de
Orleans, y el alczar fu menos alczar que tlamo. Los libros y los
retratos de hombres ilustres, la ciencia y el arte, dieron lugar  los
brindis y  las orgias. Richelieu abri paso  un prncipe, tristemente
famoso.

Vino Luis Felipe, vinieron las libertades modernas, y tendiendo 
nivelarlo todo, el Palacio Real tuvo que caer, porque el Palacio Real
no era otra cosa que un gran desnivel de las antiguas aristocracias.

Hoy, una gran parte del fastuoso alczar del siglo XVII, se ha
convertido en un bazar inmenso. Esta inesperada y maravillosa
trasformacion, presenta el espectculo interesantsimo de una casta que
conquista  otra casta, de un fausto que sucede  otro fausto, de una
pompa que se pone en lugar de otra pompa. Ese gran bazar es el
comerciante, puesto en lugar del cortesano.

El que viva en el Palacio Real, no tiene precision de salir de all para
proveerse de todas las cosas de la vida, desde el panecillo que cuesta
un sueldo, hasta la sortija que vale diez mil duros. Aquello no es un
edificio; es una gran exposicion; una ciudad; un pueblo.

Tres personajes que llenan la historia de la humanidad, han pisado en un
mismo siglo las escaleras de ese alczar: Richelieu, Luis XIV y Pedro el
Grande.

El Palacio Real ha tenido sucesivamente los nombres que voy  anotar.
Presten atencion mis lectores.

En sus primeros tiempos, se llam:

Palacio de Richelieu y Palacio del Cardenal.

Bajo Ana de Austria, Palacio Real.

Bajo la revolucion, Palacio de la Igualdad.

Despues de la revolucion de Febrero, Palacio Nacional.

Ultimamente, Palacio Real.

Ha servido de alczar, de tribunado, de Bolsa, de tribunal de comercio,
y actualmente de Palacio y bazar.

Vamos al Luxemburgo, cuya historia es ms breve todava, aunque no menos
curiosa y picante. Digo picante, porque en todas las creaciones de esta
sociedad, hay algo que sorprende, que asombra; pero que asombra y que
sorprende, con una sorpresa y con un asombro que tienen un no s qu que
provoca  la risa. Los franceses tienen un pattico particular: es mitad
pattico y mitad irona: una criatura que llora y rie  un mismo tiempo.

En todos los pases del mundo, las instituciones, los sistemas, las
leyes, asisten al entierro de generaciones y generaciones. Aqu una
generacion asiste al entierro de muchas leyes, de muchos sistemas, de
muchas y encontradas instituciones. Esta veleidad infatigable est
reflejada en casi todos los edificios pblicos, en el Luxemburgo
tambien, y por esto dije que tiene una historia curiosa y picante.

Roberto Harlay de Sancy construy un edificio, en el terreno que hoy se
llama Jardin de Luxemburgo, hcia el ao de 1550, y probablemente
aquella fbrica se denominaria Hotel de Harlay.

Trascurridos treinta y tres aos, en 1583, Piney de Luxemburgo, duque
opulento de aquella edad, compr y ensanch el Hotel de Harlay,
conocindose desde entonces con el nombre de Palacio de Luxemburgo.

Trascurren veintinueve aos, Mara de Mdicis lo compra al Duque por
veinte mil libras, levanta un edificio suntuoso, el que ha llegado 
nuestros dias, llamndose en aquella fecha Palacio de Mdicis.

La reina Mara hizo donacion del Palacio al duque de Orleans, su segundo
hijo, y entonces se llam Palacio de Orleans.

Despues lo compra la duquesa de Montpensier, Ana Mara Luisa, la heroina
de la Fronda, por quinientas mil libras.

Luego pasa  manos de la duquesa de Guisa y de Alenon, en 1672.

Ms tarde,  fines del mismo siglo XVII, en 1694, fu propiedad de Luis
XIV.

Posteriormente Luis XVI se lo regal al conde de Provenza, que rein
despues con el nombre de Luis XVIII.

Por ltimo, vinieron los tiempos revolucionarios, y el antiguo palacio
de Luxemburgo, el heredero de tantos reyes, de tantas intrigas, de
tantos misterios y de tantos conflictos, pas  ser una finca nacional.

Bajo la Convencion, se convirti en prision de Estado,  la cual furon
conducidos Hebert, Danton, y otros clebres personajes, incluso
Robespierre.

Bajo el Directorio, el gobierno habit el palacio de Luxemburgo, y  las
tinieblas de la crcel sucede el brillo de un alczar deslumbrador, en
donde Barrs, el aristcrata republicano Barrs, hizo alarde de todo el
fausto y de todas las dilapidaciones de la regencia. Entonces el palacio
de Mara de Mdicis, tom el nombre de Palacio Directorial.

Viene el 18 de Brumario, y el Palacio Directorial se convierte en
Palacio de los Cnsules, habitndole Napoleon, hasta que fij su morada
en las Tulleras. Entonces tom la nueva denominacion de Palacio del
Consulado.

Bajo el imperio, el Palacio de los Cnsules se torna en palacio de los
Senadores, y  la sazon se denomina Palacio del Senado.

Despues de la revolucion de Febrero, que ech por tierra  Luis Felipe,
el Palacio de Luxemburgo abri sus puertas  Luis Blanc, que explic
all el socialismo  los obreros.

De modo que ha sido alternativamente Palacio de la Monarqua, del
Directorio, del Consulado, del Senado, crcel y ctedra socialista.

Visitemos ahora el cuartel de Invlidos.

No lo debo ocultar. Al coger la pluma para describir este grande osario
de la guerra, experimento cierta emocion de religiosidad, cierta
intencion solemne, cierta uncion histrica, si as puede decirse.

El actual cuartel de los Invlidos fu obra del gran rey. As llama
Francia  Luis XIV.

Las ciento treinta y tres ventanas que decoran su fachada principal, dan
al edificio un aspecto grave, reposado, claustral, respetuoso. As debia
ser la fachada del palacio de la Caridad.

El conjunto del edificio comprende un espacio de treinta y cinco 
cuarenta mil varas. Tiene tres pabellones, uno central y dos laterales,
y cuatro pisos de elevacion. Puede alojar  cinco mil hombres.

La puerta principal da  un buen vestbulo, circuido de columnas
jnicas, que sostienen un grande arco, orlado de trofeos militares. Este
vestbulo conduce al patio que se llama _de honor_, cuya longitud no
bajar de ciento cuarenta  ciento cincuenta varas, sobre setenta de
latitud. Es un patio rgio, verdaderamente aristocrtico; pero de una
aristocracia tranquila, desnuda, humilde; la aristocracia de la
extension y de la sencillez; casi una aristocracia del cristianismo. El
grupo de caballos que exorna cada uno de los cuatro ngulos, da al patio
en cuestion no poca fuerza y majestad.

Antes de hablar de las cosas grandes que hay dentro, dir dos palabras
de una cosa muy bella que hay fuera, en lo alto del edificio, recibiendo
la luz del sol y de las estrellas. Aludo  la media naranja de los
Invlidos. Esta media naranja con sus tres cpulas, una de las cuales,
la de los Bienaventurados, tiene un dimetro de veinte  veinte y cinco
varas; con su prtico, con sus esttuas, con su columnata circular, con
sus doce ngulos dorados, con sus trofeos brillantes, con su rica
veleta, es una de las creaciones artsticas ms acabadas que yo he
visto. Al ver la cpula de los Invlidos, experimento lo que experiment
cuando v por primera vez la sublime Concepcion de Murillo. Parece que
hay algo que est nadando sobre nosotros, que nos coge por los cabellos
y nos lleva hcia arriba. Esa arquitectura, como aquel cuadro, tiene un
espritu que nos enaltece, que nos eleva, y esto me convence de que no
hay arte en donde no hay esa belleza ntima, impalpable, invisible,
espiritual; esa exhalacion, esa chispa, esa esencia, ese poco de aroma
sutilsimo que se quema en el interior de nuestra alma. No; no hay
belleza sin metafsica; no hay arte sin espritu; no hay flor aromtica
sin aroma. El arte, el arte verdadero, el arte profundo y caritativo de
aquella Concepcion y de esa cpula, es un Dios que habla al mundo por
boca del hombre. Cuando se hallan creaciones semejantes, el arte se
convierte en una especie de revelacion, y se le adora. S; yo adoro esa
cpula; yo adoro la pintura que se custodia en un palacio que veo desde
aqu. Puesto delante de la Concepcion, yo adoro  Murillo. Puesto
delante de la cpula de los Invlidos, adoro  Mansard, sea  no sea
francs. Si Mansard fuese la Francia entera, yo adoraria toda la
Francia.

Mansard fu el arquitecto de Versalles, uno de los mayores hroes que
contribuyeron  la grandeza y  la gloria de Luis XIV. Sin embargo, creo
que ms que el alczar de Versalles, vale la cpula de los Invlidos.
Creo que Mansard es ms grande, mucho ms grande, en esa cpula que en
aquel alczar.

Cuando aparto los ojos de esa media naranja, siento pesar. Es esbelta,
atrevida, grandiosa. Parece que es capaz de fe y de esperanza; parece
que cree en Dios. Esto har reir  mis lectores, pero es la expresion
genuina de lo que siento. Salud, Mansard!

Indicado lo bello que hay fuera, vamos  lo grande que hay dentro.

Ya nos tiene el lector recorriendo este grande cementerio de muertos que
andan.  pesar de tantos trofeos y de tanto esplendor, aqu se respira
la idea de la muerte. Por eso el cuartel de los Invlidos es el edificio
ms imponente, ms grande de Paris. No es el ms grande por el conjunto
de la piedra, por el arte de la arquitectura, sino por el sentido del
establecimiento, por la ndole de la institucion. Este cuartel es la
casa cristiana de lo que unos llaman heroicidad, de lo que otros llaman
barbarie; pero de todos modos, es casa cristiana, porque la caridad es
tan vecina de todos los pases, que lo mismo puede ejercerse con los
hroes que con los brbaros. Adems, hay otra circunstancia que favorece
ms la idea de que visitamos un cementerio, de que asistimos  un
cortejo fnebre. Al ver tantos caones, tantos grupos de naciones
vencidas, tantas banderas, tantos trofeos, parece que vemos pasar
delante de nosotros una procesion de esqueletos ensangrentados. Pero, en
fin, el hombre que ah duerme; el hombre enterrado en esa tumba que
vamos  ver; ese hombre que queria trastornar el siglo XVIII y el siglo
XIX; que los trastorn hasta cierto punto, como una tempestad trastorna
la atmsfera; el cautivo de Santa Elena, que habl tantas veces por boca
de esas culebrinas, habl tambien ms de una vez por boca de la
inteligencia; estos caones anunciaron un pensamiento, y el pensamiento
es un conquistador de tan alta estirpe, que hay que perdonarle muchas
faltas. Ms valen los errores de la inteligencia que los aciertos de la
ignorancia, porque detrs de la primera siempre queda un rastro
luminoso, como detrs de un astro queda su disco, mientras que detrs de
la segunda queda algo oscuro, como detrs de una tormenta queda siempre
un celaje.

Penetremos ahora en la capilla de San Gernimo. No hay nadie. Un
silencio profundo reina en la iglesia, que fu el sepulcro provisional
de Napoleon, cuando trageron sus cenizas de Santa Elena, en 15 de
Diciembre de 1840, entre la salva del _agradecido_ caon de Invlidos, y
una pompa, y un regocijo, de que apenas se encontrarn ejemplos en la
historia del mundo. Acerca, de ese regocijo y de esa pompa, algo se
pudiera decir. Qu calamidad la del pueblo francs! Adorar hoy para
quemar maana; quemar ayer para adorar hoy. Pero estamos en la capilla
de San Gernimo, en lo que fu tumba de un cautivo, un cautivo que ese
pueblo adora, y ante la sagrada veneracion que un pueblo profesa  un
gran cadver, debo callar.

A travs del sarcfago provisional, en que se depositaron los restos de
Bonaparte, se puso la espada que el muerto habia legado al general
Bertran, y el sombrero que llevaba en Eylau, dado por el mismo al baron
Gros.

Seguimos hcia el fondo. Detrs del altar mayor, hay una escalera de
mrmol, que conduce  una cripta,  bveda subterrnea, en donde se
custodia una sepultura. Bajamos por aquella escalera, hasta llegar  la
puerta de la cripta. Esta puerta es de bronce, y est como guardada por
dos figuras colosales, que representan el poder civil y el poder
militar. Aquellas esttuas inmviles y silenciosas, parecen dos testigos
del otro mundo. En la parte superior de la puerta de bronce, se leen
estas palabras:

Deseo que mi polvo repose cerca de los bordes del Sena, en medio de ese
pueblo francs, que yo he amado tanto. Estas palabras son del mismo
Napoleon.

La puerta se abre, y penetramos en un vestbulo que encierra los
sepulcros de Bertrand y Duroc. Luego pasamos  la sepultura de
Bonaparte.

Napoleon, en el arco del Triunfo, es un canto.

En la capilla de San Gernimo, es una plegaria.

En esta sepultura es una sombra.

Doce figuras colosales rodean las cenizas del Emperador. Este enorme
grupo parece ser como un jurado de la historia. La tumba es de granito y
prfido, sin ornamento alguno. Este es el mejor ornamento. Aquella
desnudez es grande, solemne, religiosa. El espritu que nos domina al
mirar la cpula, el espritu que hay all, ha bajado  este panteon, y
ha enterrado ah un poco de polvo, sin otro ornato ni otra esplendidez
que el polvo mismo.

Qu ornamento mayor puede darse  un sepulcro que la ceniza que
contiene? Qu mayor monumento puede darse al mar, que el inmenso
lquido que inunda sus playas?

Esto me parece muy bien. Salgo complacidsimo. Esta bveda, este
subterrneo, esta sepultura escondida, no olvidada, es un digno sepulcro
de Napoleon. Es la caridad noble, sencilla, humilde y fervorosa que debe
tributarse al genio. Si alguna pompa, si algun fausto, si alguna
esplendidez debe haber aqu, est ah dentro, entre las cenizas de ese
hombre, entre los arcanos de esa memoria. La historia, no la piedra, es
el panteon de los grandes hombres.

Pasamos luego  una especie de cueva, que est enfrente de la puerta de
entrada. Una sola lmpara alumbra este recinto. Entre una atmsfera
indecisa de luz y de sombra, distingo un objeto, tendido  lo largo. Es
una espada de Bonaparte: la espada de Austerlitz.

Dije que Napoleon, en el arco del Triunfo, era un canto; en la capilla
de San Gernimo, una plegaria; en la cripta, una sombra. En esta cueva,
en esta cueva casi sublime, es una vision. Qu elocuencia tan
irresistible tienen las sombras! Qu pattico tan elevado tiene la
oscuridad!

Al ver aquella espada, alumbrada  medias por aquella lmpara fija, cuya
luz no tiene otra oscilacion que la que la produce nuestro aliento; al
ver aquel testigo mudo de tanto estruendo, de tantas luchas, de tanto
heroismo, de tanto entusiasmo; de tanta crueldad y de tanta gloria, el
corazon se oprime, y apenas podemos respirar.

Al ver esa lmpara,  la luz de ese fuego sombro, parece que vemos 
Napoleon, sentado en la arena de su destierro, con el codo apoyado sobre
una roca, con la frente puesta sobre una mano, contemplando la
inmensidad del mar, que lo separaba de aquel mundo que l habia
concebido, de la otra inmensidad que l habia soado. Si la Inglaterra
entera hubiese podido caber en el corazon de aquel hombre, la Inglaterra
entera se hubiese quemado. Del fuego que ardia en aquel corazon, brot
una chispa, y esa chispa quem una pgina de la historia del pueblo
ingls. Napoleon es una pgina quemada de aquella historia.

Al juzgar el pasado en los libros, la conducta de la Gran Bretaa se nos
presenta como una crueldad; juzgando aqu, aquella conducta es un
remordimiento; un remordimiento para esa nacion, que no se puede
definir; misionera hoy, pirata maana, siempre temible, formidable
siempre.

Visto Napoleon en esta pobre cueva, puede decirse que es ms grande
muerto que vivo.

Al salir, di al invlido que me acompaaba una moneda de veinte francos.
No la quiso. Le inst; no la quiso. Volv  instarle, casi le supliqu;
no la quiso. Esto no se encomia con palabras. Aquel viejo soldado
(cuntas veces habr llorado por su Emperador!) tiene conciencia de la
morada en que vive; tiene conciencia de lo que vale la tumba que guarda.
El creer que el Napoleon que all tiene, vale mucho ms que los cuatro
napoleones que yo le daba, y cree muy bien. Salud al viejo, al noble,
al digno veterano!

Durante la revolucion, el cuartel de los Invlidos tom el nombre de
Templo de la Humanidad.

Bajo el imperio, se denomin Templo de Marte.

Ir de la humanidad  Marte, es como ir de la Vrgen  las Sibilas,  del
Evangelio  la fbula. Aqu el monte Olimpo se puso sobre el monte
Calvario, el alfanje sobre la cruz. De este modo la veleidad febril de
los franceses ha estampado su huella, hasta en ese gran monumento, que
basta y sobra para la honra de una nacion, y de una nacion grande. He
aguardado  decir esto en la calle, ljos de la tumba de Napoleon, ljos
de la capilla de San Gernimo.

Pero, mi querido lector, ahora me acuerdo que, al hablar del palacio de
Luxemburgo, he omitido un detalle que pertenece  estos apuntes.

Cerca de aquel palacio, se ve un edificio algo sombro, casi oscuro; una
casa que parece un castillo feudal, cuyo nombre le cuadra perfectamente,
no tanto por lo negruzco de sus piedras, como por lo que tiene de
misterioso, de galante y de aventurero. Lo mand edificar el poderoso
cardenal de Richelieu, que fij en l su residencia, hasta que
terminaron el Palacio Real. Posteriormente, esas paredes silenciosas
dieron alojamiento  un husped ms ilustre an. Bonaparte, elevado 
primer Cnsul, habit ese palacio durante seis meses. Fu su morada el
entresuelo de la derecha, entrando por la calle de Vaugirard. En aquel
entresuelo habia una puerta secreta, la cual daba paso  una escalera
misteriosa. Por aquella escalera se subia al piso principal, en cuyo
piso vivia una mujer hermosa, muy hermosa y muy desgraciada, porque el
llanto es el aura que la mujer respira en los alczares, como si Dios
quisiese castigar el vicio del fausto.  dicha mujer podian aplicarse
los versos siguientes de un clebre poeta italiano:

      Una cautiva que nombrarte temo,
    Cautiva con el nombre de seora;
    Una mujer bellsima en extremo
    Porque es muy bella la mujer que llora.

Habia resuelto no nombrarla, para no profanar un sepulcro lleno de
misterios y de dolores; pero no quiero dejar  los lectores con esa
intranquila curiosidad. Aquella mujer era Josefina.

La visita de los Invlidos me deja sin aliento para emprender la
descripcion de Santa Genoveva. Esta descripcion ser la tarea de otro
dia, porque no debo ser mezquino con un monumento tan esplndido. La
historia de su orgen es una pgina bellsima de la historia del hombre,
y necesito reposarme un poco. Cuando el objeto que tiene que mirarse
est muy alto, hay que pararse para levantar la cabeza. Permtame el
lector que yo alce la frente procurando dominar con los ojos del alma la
cpula grandiosa de ese magnfico panteon, y luego le dir lo que mi
pobre pensamiento ha podido ver y adivinar.

Hoy terminar con algunas curiosidades. He leido en un peridico, que
una casa noble de Madrid ha dado un banquete, cuyos manjares y aderezos
han sido encargados  esta ciudad. El convite se da en la corte de
Espaa, y la corte de Francia envia los platos. Cmo se llama esto?
Qu nombre debe drsele? He pensado durante ms de cinco minutos sobre
el particular, y no se me ocurre cmo bautizar al recien nacido, Es
antojo, rareza, extravagancia, ridiculez, lujo, pompa, locura,
dilapidacion? No; no es nada de eso separadamente; lo es todo junto, con
ms otra cosa que no se puede definir, que acaso no se puede imaginar.

Cada cual se gasta el dinero como quiere, se dir por algunos
moralistas  la violeta. Yo contesto que cuando cualquiera gasta su
dinero de una manera loca, tiene que avenirse  sufrir la nota de
locura, como cuando lo gasta en vestirse de un modo ridculo, tiene que
sufrir que se burlen de su ridiculez. Yo contesto que nadie es dueo de
su dinero, ni de un grano de arena, ni de la hoja seca de un rbol, ni
del aliento de su boca, para hacer despropsitos y sandeces; nadie es
dueo de nada para abusar, porque nadie tiene el poder de cometer
absurdos. Nadie, absolutamente nadie, ni ricos, ni reyes, ni pontfices,
ni emperadores, ni sultanes, son dueos de una cosa para contradecir el
dogma de la moral y de la razon, para usurpar  la Providencia el
sublime misterio con que gobierna el mundo. Ante la idea del deber no
hay ms que una alcurnia; la alcurnia de lo bueno, de lo discreto, de lo
justo, y ante esa alcurnia de la conciencia universal, nadie es
personaje para dar banquetes extravagantes y risibles, haciendo gala de
un orgullo tonto. _Gasta su dinero! Su dinero es suyo!_ Esto responden
siempre los adoradores del seoro feudal. Argumentacion peregrina!
Segun esa filosofa, tambien el que abusa de la fuerza podria decir: es
mi fuerza! Y el que abusa de su entendimiento, podria decir: es mi
entendimiento! Y el que abusa con su avaricia, podria decir: es mi
avaricia! Y el asesino que abusa de un pual, podria decir del mismo
modo: es mi pual! No, mil veces no! Los ricos no son dueos de su
dinero, el dinero no es suyo, para dilapidarlo, como nadie es dueo de
un cuchillo para asesinar, ni del entendimiento para argumentar
falsamente, ni de la fuerza para oprimir al dbil, ni de la avaricia
para dejar secas las entraas del pobre.

_Es mio_! Eso no significa nada, cuando se obra contra la ley sagrada
del deber. Tambien la hipocresa es del hipcrita, y la maldad es del
malvado, y el adulterio es del adltero, y las traiciones son del
traidor.

_Es mio_! No, no es tuyo, para levantarte contra Dios, contra la
creacion y contra el hombre. Para eso no tenemos nada; para eso todos
somos mendigos.

Qu desocupada tendr la cabeza esa familia noble de Madrid, que da un
convite, y encarga  Paris los aderezos y los manjares! Qu poco tendr
en que pensar! Pobre gente! Esa familia creeria que iba  dar una
campanada de buen tono en el mundo, que iba  inmortalizarse con un
escndalo de alta escuela, y no sabe que un escritor oscuro y
desgraciado le tiene lstima. Cunto ms valdria que los miles de duros
dilapidados en ese festin, se hubieran empleado en enjugar las lgrimas
que circundarn aquella fastuosa vivienda, lgrimas que habrn visto
aquel convite con espanto!

Paso  otra curiosidad. Cuando de regreso  la fonda, cruzbamos la
esquina de nuestra calle, nos dimos de cara con Luisa. Como que la
mirada de los tres fu un relmpago, no pude adivinar la emocion que la
habia causado nuestra presencia. No me atrevo  decir que adivino
aquella emocion, porque los secretos del alma son muy difciles de
adivinar. Distbamos ya de la esquina quince  veinte pasos, y aunque
estbamos segursimos de que no podiamos verla, volvimos el rostro. Otro
tanto habr hecho Luisa.

Al pasar tocando con nosotros, su vestido roz instantneamente por mi
pantalon, y sent un estremecimiento convulsivo. Si yo fuese jven y
soltero, llegaria  enamorarme frenticamente de esa mujer; esa mujer
podria tiranizarme. Siendo viejo y casado, cuando apenas me queda otro
resto de vida que la esencia divina de la voluntad, amando como amo  mi
mujer, casi me siento apasionado de nuestra vecina, menos por su belleza
que por su infortunio.  medida que vivo y que observo, me voy
convenciendo de que la poesa ms irresistible es la del dolor.

Paso  la tercera curiosidad. En la calle de Lepelletier vive un ruso,
el cual tira todos los dias  la calle media talega de napoleones. El
buen seor pasa media hora arrojando puados  los transeuntes;
muchachos, menestrales y mujeres del pueblo se agolpan  coger las
monedas; al verlos reunidos en un punto, arroja un puado en otra
direccion; todos corren, se chocan, se apian, gritan, rien, pelean,
exclaman, se insultan, se agarran, y el ruso se divierte. Yo ignoraba
que en Rusia se divertian de este modo.

Algun lector tendr deseo de preguntarme: y qu te parece ms risible,
la costumbre de ese hijo del polo,  el convite francs de la familia de
Madrid? Creo que el convite de la familia de Madrid es una dilapidacion
imbcil, una pltora de vanidad y de tontera. Creo que la costumbre de
tirar diariamente  la calle media talega, es una diversion no vista, un
entretenimiento dscolo, una limosna brbara, rusa, vecina del Cucaso;
pero al fin y al cabo es una limosna, y muchos infelices comen con
aquella mana. Triste es, muy triste, que un hombre medio loco socorra 
semejantes suyos, divirtindose  costa de la miseria de su prjimo;
pero es muy triste todava que se despilfarren miles y miles de onzas de
oro, encargando manjares y bicocas  Paris, cuando Espaa es la tierra
de los manjares.

Lo del ruso es ms extraordinario.

Lo de la familia de Madrid es ms necio.

El ruso se divierte  s mismo.

La familia de Madrid divierte  todo el mundo.

El ruso nos prueba que tiene mucho oro.

La familia de Madrid hace ver que tiene muchos humos en la cabeza.

Si todo el mundo estuviese compuesto de rusos, como el de la calle de
Lepelletier, y de familias, como la del convite de Madrid, la humanidad
ofreceria seguramente un espectculo muy curioso.

Vamos  la ltima novedad. Los peridicos anuncian la llegada  Paris de
un banquero espaol muy clebre; el ms clebre de nuestro pas, quiz
el ms clebre de todo el mundo: D. Jos Salamanca. Un amigo me dice que
debo hacer un paralelo entre Salamanca y el judo Rothschild, y me ha
parecido muy bien la idea.

El dia de maana comprender la visita de Santa Genoveva, y la
comparacion entre aquellos dos grandes dolos de nuestros tiempos.




=Dia trigsimo primero=.

Santa Genoveva.--Rothschild.--Salamanca.--Invitacion.--Nuevas
curiosidades.


La historia del Panteon nos espera. Estamos en el siglo quinto de la era
cristiana. El clebre Pelagio difunde por toda Inglaterra su hereja, la
cual amenaza turbar las verdades fundamentales de la Iglesia catlica.
San German de Augerre y San Loujo de Troyes parten en el acto para la
Gran Bretaa, con el pensamiento de combatir el famoso cisma, pasando
por Nauterre, pequea ciudad que se halla  pocas leguas de Paris. A la
llegada de los dos santos, toda la ciudad se reuni en la plaza, como
para oir y admirar la palabra de aquellos virtuosos varones. San German
habla  la multitud, y en medio del profundo silencio y de la profunda
veneracion con que le escuchaban, se oyen sollozos.

San German calla, las gentes se miran, se interrogan, buscan.... La que
lloraba era una muchacha de Nauterre.

El santo se abre paso  travs de la multitud, se aproxima  la jven,
que an no podia contener las lgrimas, y la pregunta:

--Por qu lloras?

La pobre muchacha que se ve cerca de aquel gran santo, que oye su
pregunta, temblaba y lloraba al mismo tiempo, y con mucha prisa, tal vez
con vergenza, se enjugaba las lgrimas; pero sin poder dejar de llorar.

--Qu tienes, hija ma? volvi  decirla el piadoso viajero, dando ms
dulzura  su palabra y  su ademan. La muchacha, con el rostro
encendido, llorando todava  despecho suyo, balbuce:

--Quiero ser monja.

--Sabes, repuso San German, los sacrificios, las virtudes, el olvido y
la fe que te reclama el estado  que aspiras?

--Yo no s nada, contest la muchacha, turbada an. No s ms, sino que
deseo vivir para mi Salvador. Y diciendo esto, se puso de rodillas, y
bes la mano  San German.

El santo le di su bendicion, y una medalla de metal, en que estaba
esculpida la efigie de Cristo.

Los misioneros parten, Nanterre los saluda con gritos de fervor, y la
muchacha qued all. Es probable que all viviera oscuramente durante
algun tiempo; pero no estaba sola. La fe es una grande y poderosa
compaera. Por fin, la muchacha en cuestion deja su pueblo, su casa y su
familia, buscando una familia, una casa y un pueblo ms grande. Intil
es decir que los hall: el genio lo halla todo.

Pasan algunos aos. El rey de los Hunos, el azote de Dios, el formidable
Atila, se dirige  Paris. Aterrorizada la ciudad, al tener noticia de
que llegaba el Neron del Norte, todo el mundo se disponia  salir,
dejando sus casas en manos del saqueo, de la profanacion y de la
barbarie. He dicho todo el mundo, y esto no es exacto. Una mujer, una
mujer sola, dbil, desconocida, pobre, descalza, con un cordon  la
cintura, con los cabellos sueltos por la espalda, con los ojos
inflamados, con la mano derecha suspendida, mostrando una medalla de
cobre, recorria las calles de Paris, apostrofando  unos, consolando 
otros, exhortando y animando  todos.

--_No temais, no temais! El cielo vela por la ciudad._

Esto gritaba aquella mujer, y luego corria, y volvia  gritar, y corria
nuevamente, y en todas partes se encontraba.

No hay medio posible:  es una santa,  una loca.

Paris se detiene, cobra fe, prepara la defensa, espera al salvaje
conquistador. Atila no tom la ciudad.

Despues de Atila viene Meroveo, y pone  Paris estrecho sitio. El hambre
diezmaba  los sitiados que se contemplaban unos  otros
silenciosamente, y en sus rostros esculidos se veia escrita la terrible
sentencia:  entregarse  morir.

Una mujer recorre las murallas.

--Que me sigan doce guerreros de vosotros, grita, y doce guerreros la
siguen.

Aquella mujer encuentra vveres en las ciudades de Arsi y de Troyes, y
Meroveo no tom  Paris.

Pasan cuatro siglos. Los normandos asedian la ciudad. En el momento en
que el enemigo daba el asalto, el ataud que contenia el polvo de una
mujer, recorre en procesion las murallas. Al mirar entre ellos aquel
ataud, los parisienses gritan de entusiasmo y de jbilo, como si viesen
venir en su auxilio  un ejrcito numeroso y triunfante. Los normandos
no tomaron tampoco  Paris.

La mujer que salv  los parisienses de Atila y Meroveo con su palabra y
con su fe; la que los salv de los normandos con su ataud; aquella mujer
que salv  un pueblo con un puado de cenizas, cuyo polvo fu ms
poderoso y ms valiente que la pica de los guerreros, era una muchacha
llamada Genoveva; la misma muchacha que rompi  llorar, oyendo la voz
de San German de Augerre; la misma  quien di el santo la medalla de
cobre con la efigie del Salvador; una muchacha  quien Nauterre llama
hija,  quien la Iglesia llama santa,  quien Paris llama Patrona, 
quien yo llamo un nobilsimo carcter histrico.

De la resea que acabo de hacer, viene ese monumento que visitamos.

El rey Clovis, cediendo  las instancias de Santa Genoveva y de la reina
Clotilde, levant una iglesia, dedicada  San Pedro y San Pablo, en el
monte llamado Lucotitius, que dominaba al antiguo Paris.

En aquella iglesia furon sepultados los restos de la Santa,  quien
Paris debi tres veces su salvacion, y la fe y la gratitud que inspiraba
aquel nombre, hizo olvidar la primitiva advocacion de los santos
apstoles. La veneracion pblica di al templo de Clovis el nombre de
Santa Genoveva. Vienen los normandos en el ao 887, y la iglesia de
Santa Genoveva fu presa de las llamas. En el siglo XII se reconstruy;
pero en el XIV amenazaba ya ruina, y hasta el XVIII no vi Paris alzarse
ese magnfico monumento. Lo principi Luis XV, y hago mrito de esta
circunstancia, porque quien da su nombre  un monumento de tal tamao,
tiene positivamente derecho  que la posteridad no lo olvide.

Cuando se desemboca  la plaza del Panteon, la fachada de aquel
gigantesco edificio viene  cautivar deliciosamente el nimo del que lo
contempla. Un monumento como el que tengo delante, se contempla, no se
mira. Compnese aquella preciosa fachada de una galera y de un gran
prtico, imitacion del Panteon romano. Tiene veintidos columnas
estriadas de rden corintio, de veinte metros de elevacion, y dos de
dimetro, sosteniendo un fronton triangular de una longitud de treinta y
tres metros, sobre una latitud de siete si son exactos, como creo, los
informes que aqu nos dan. El arte ateniense tiene el genio de hacer que
el mrmol sea casi areo, casi vaporoso, y eso se nota aqu. Parece que
esas columnas y ese enorme fronton se mueven, parece que se disponen 
partir,  dejar la tierra, como cuando un pjaro levanta la cabeza y
agita las alas, en actitud de querer volar.

El plan general de ese atrevido monumento, de esa altsima concepcion,
representa una cruz latina. La componen cuatro naves, poderosamente
dominadas por una sola cpula, que se alza en el centro. Todo el
edificio comprende un espacio de ciento trece metros de longitud,
ochenta y cinco de latitud, y ochenta y tres de altura.

La linterna circular, rodeada de doce columnas, que corona elegantemente
todo el edificio, estar a una altura de ciento cuarenta  ciento
cincuenta metros.

Para ir desde la planta baja  lo alto de la cpula, hay que subir
cuatrocientos setenta y cinco escalones.

Cuando llegamos  una gran baranda de hierro que circuye lo alto de la
cpula, el ingeniero que me acompaaba (ya mis lectores le conocen), se
empe en que yo tenia que asomarme, echando fuera una buena parte del
cuerpo,  fin de dominar el enorme cncavo de la media naranja, y las
lejanas naves y paredes del monumento. Yo experimentaba que mi cabeza se
deprimia por instantes; sentia que una mano de bronce me aplastaba la
frente; ya me creia rodando por aquellas extensas y horribles bvedas;
horribles me parecian  m, pues miraba en ellas el vaco lbrego y
misterioso de una sepultura. En fin,  despecho mio, arrostrando con
cierta vergenza la nota de cobarde, con que queria picarme el
compaero, ech  huir hcia la escalera, casi dando chillidos y con los
cabellos erizados. En mi vida me he creido ms fuera del mundo. Me
parecia que era propiedad de un mago, de un duende, de una bruja.

El ingeniero que me vi huir, echa detrs de m como un rayo y me coge
por los hombros, cuando yo no habia ganado todava la escalera. Aqu
furon mis grandes apuros; sudaba como un pollo; balbuceaba palabras
interrumpidas, porque no podia hablar, y Dios sabe el esfuerzo que tuve
que hacer sobre mi convulsion nerviosa, para no gritar pidiendo auxilio,
como si me viera rodeado de asesinos  de ladrones. Qu sbia ha sido
mi mujer! decia yo para m. Cundo me ver en donde est ella! Mi mujer
no quiso subir, y esperaba abajo. El ingeniero me coge por los hombros,
tira hcia atrs, casi me arrastra, y como quien maneja un cadver, me
lleva  la baranda, me inclina el cuerpo, me baja la cabeza y me obliga
 mirar, mientras que mis manos estaban asidas fuertemente  los
hierros. Es un espectculo maravilloso! exclamaba con cierto frenes de
artista, un frenes que le hacia muchsimo favor, que le honraba en
extremo; pero que yo no podia comprender, mucho menos que comprender,
venerar; y mucho menos que venerar, aplaudir. Yo dej caer la cabeza
sobre la baranda como un muerto, cerraba los ojos como para no
desvanecerme; pero era intil. Todo rodaba; todo me circuia dando
vueltas en una confusion diablica. No s si porque v algo al cerrar
los ojos,  por una adivinacion incomprensible del fluido elctrico que
me volvia loco: ms claro, no s si porque v algo con mis ojos  con mi
gran miedo, me parecia estar mirando aquella formidable concavidad, al
mismo tiempo que me imaginaba dando vuelcos por aquella region, muy
maravillosa, muy sorprendente; pero muy vaca. Dios le pague al buen
ingeniero la excelente intencion con que obraba; pero se acab el ir con
l  la visita de ningun monumento que tenga ms de un piso! Yo no
puedo significar lo que padec, las crueles angustias que pas, las
extravagantes y monstruosas visiones que se apoderaron de mi
imaginacion. El ingeniero, que arrebatado del entusiasmo de su noble
oficio, no veia que yo estaba medio difunto, me pregunt con aire
orgulloso qu me parecia. Yo me apresur  manifestarle que me habia
parecido asombroso, que estaba lleno de admiracion y de regocijo, que no
lo olvidaria en mi vida (era la verdad), y diciendo esto, y estudiando
sus ademanes, me dirigia  la escalera. Luego que baj el primer tramo,
d un suspiro, y saltaba los escalones de dos en dos, temeroso sin duda
de que el ingeniero viniera  cogerme segunda vez. Oiga usted! Venga
usted aca! me gritaba desde arriba. Ver usted un grupo magnfico! Yo
saltaba antes los escalones de dos en dos; ahora los saltaba de tres en
tres, contestndole al mismo tiempo: s, seor, un grupo muy magnfico,
all voy, espreme usted, y miraba hcia bajo, para ver si faltaba mucha
escalera. Cre no llegar; hasta sospech que habia equivocado el camino
y que marchaba hcia las nubes. Por fin llegu, por fin pis tierra, por
fin v  mi mujer que ya estaba impaciente, y que me pareci sumamente
hermosa. Me figur que veia una divinidad.

El ingeniero estuvo por all una media hora. Entre tanto, en union de mi
compaera, visit el interior esplndido de esto que no s cmo
denominar: si necrpolo  templo, si protesta  fe, si reliquia 
profanacion, si monte Calvario  Roca Tarpeya.

Frescos brillantes, fastuosos, casi lascivos; apoteosis de Bonaparte,
hombres ilustres de la repblica y del imperio; Fenelon, Malesherbes,
Mirabeau, Voltaire, Rousseau, Lafayette, Carnot, Manuel, Monge, Laplace,
David, Bichat, Lagrange: es decir, all est todo lo que debe estar en
un arco de triunfo, en una academia, en un teatro, en un cementerio, en
un museo, en un alczar: no hay nada de lo que debe haber en una
iglesia: victorias, apoteosis griegas, pinturas romanas, la libertad, el
genio, el valor, la ciencia, la historia; guerreros, telogos,
protestantes, cismticos, realistas, republicanos, poetas, cirujanos,
matemticos, crticos, filsofos, inventores; todo eso he visto all: no
he visto un santo. Sin embargo, esto que visitamos, esto que vemos, este
resplandor que nos ofusca, que nos fascina, es un templo catlico. En un
templo catlico estn Voltaire, Rousseau, Diderot y otros compaeros de
la Enciclopedia: no estn Bossuet, Bourdaloue, Flechier, Masillon. Ya lo
he dicho en otro lugar de estos apuntes, pero hay cosas tan raras y
originales, que no basta decirlas una vez.

Este edificio, como la Magdalena, es una cosa santa sin santidad: es una
santidad  la fuerza, mandada guardar y cumplir como ley de Estado,  la
manera del Jehovah hebreo. Todo es Dios en esta irreverente iglesia,
menos Dios: todo es iglesia, menos la iglesia. Los franceses deben estar
muy satisfechos de esto, porque, realmente, esto es muy francs.

Muchos franceses creen (yo lo he odo) que el Panteon parisiense es de
un mrito superior  la Baslica Romana. Me parece que esta opinion es
una lisonja con que se adula el espritu nacional. Al comparar estas dos
grandes pginas de la historia del arte, no debemos remontarnos  la
poesa de los templos, porque el Panteon no lo es. Hablarmos de los
edificios; es decir, de la piedra.

Santa Genoveva, obra de un solo hombre, realizacion de un solo
pensamiento, tiene ms unidad, ms simetra, ms rden.

El Vaticano, en donde cada siglo pone muchas esttuas, tiene
infinitamente ms fecundidad, ms grandeza, ms galanura, ms
esplendidez.

En el Panteon hallamos ms escuela, ms regularidad: si se quiere, ms
sabidura.

En el Vaticano admiramos ms arte, ms creacion, ms genio.

Si el Panteon es un edificio, el Vaticano es un monumento.

Si el Panteon es un monumento, el Vaticano es una maravilla.

En Santa Genoveva reina Soufflot: el puritanismo aleman.

En la Baslica de San Pedro, reina Miguel Angel: la magnificencia
italiana.

En Santa Genoveva se admira al hombre.

En el Vaticano se admira  Dios.

En la catedral de Sevilla y de Toledo, se le adora.

Childerico di a la primera iglesia la denominacion de San Pedro y San
Pablo.

La veneracion pblica borr el nombre de San Pedro y San Pablo, para
llamar al nuevo edificio Santa Genoveva.

La Asamblea constituyente borr el nombre de Santa Genoveva, para
denominarlo el Panteon, despojndolo del culto catlico.

Napoleon I no le volvi el nombre de la santa; pero le devolvi su
culto.

La restauracion borra el nombre de Panteon, para llamarlo nuevamente
Santa Genoveva.

La revolucion de Luis Felipe vuelve  borrar el nombre de Santa
Genoveva, para darle el de Panteon.

Napoleon III, en 1852, vuelve  borrar la advocacion revolucionaria de
Panteon, para darle el nombre religioso de Santa Genoveva.

Maana  otro dia volver  llamrsele Panteon, para volverle  llamar
luego Santa Genoveva, Panteon despues, y Santa Genoveva ms tarde, hasta
que por fin venga al suelo, quedando para siempre la memoria confusa y
revuelta de Santa Genoveva y de Panteon.

Si se pudieran averiguar todas las veces que el pueblo francs ha dicho
hoy muera!  lo mismo que ayer dijo viva!, es seguro que se formaria
la historia ms curiosa del universo. No debe negarse que en todos los
pases suceden mil extravagancias; pero lo que es extravagancia en otras
partes, es aqu consecuencia. El prurito, el frenes, casi la locura de
_variar_, es lo nico que en Francia no _varia_: lo nico estable es lo
voluble. Un viva! equivale aqu  una escalera que conduce
irremisiblemente al patbulo. No tengo la ambicion de ser victoreado en
ningun pueblo de la tierra; menos que en ningun otro, en este devorador
Paris. No estoy tan mal con mi pescuezo.

Otro dia bajar al subterrneo, en donde se custodian las cenizas de
Voltaire, Rousseau, Diderot, y algunos otros personajes clebres. No
bajo hoy, ya porque los novecientos cincuenta escalones que he bajado y
subido, han quitado  mis piernas el gusto de subir y bajar; ya tambien
porque llevo un compaero sospechoso. El ingeniero que me acompaa tiene
una frentica aficion  todas las cosas de la antigedad; es un
arquelogo furibundo, y estoy cierto que si bajo con l al Panteon, me
obligar  meter la cabeza por todo nicho, sepultura, grieta, rendija,
escondrijo y recobeco que vaya encontrando. Si hubiese un abismo por
all, es segur, tambien que me obligaria  meter las narices en el
abismo, como me oblig  mirar la cpula desde la baranda de hierro, 
la altura de un dcimo piso. La verdad, dicho sea sin ofender  nadie,
no tengo ninguna comezon por ser hroe ni en las profundidades, ni en
las alturas.

Salimos del templo, atravesamos la plaza, cruzamos luego por San
Sulpicio, y  los cuatro minutos nos vemos en el muelle de Voltaire.
Pasamos uno de los puentes, y vanos el lector en la otra orilla del
Sena, en el momento en que uno de los vapores que van  Versalles se
dispone para partir.

La orilla del ro presenta un espectculo animado, extrao, pintoresco,
delicioso. Unos salen, otros entran, todos corren; se agolpan; se
apian; las marras del buque se sueltan; el humo asoma; las ruedas se
mueven; el agua salta convertida en espuma; el vapor parte. Al clamoreo
festivo de la despedida, sucede un silencio general. El tiuque se
desliza sobre aquella corriente azulosa, como una culebra sobre el musgo
de un prado verde. No bien habia partido, cuando llega una pobre seora
con dos criaturas. Tiene los labios entreabiertos, la boca seca; los
ojos dilatados; la frente sudosa  hinchadas las narices, efecto de
cansancio. La infeliz madre, al mirar que el vapor se alejaba, se qued
inmvil, con un nio en los brazos y el otro cogido de la mano, sin
saber lo que la pasaba. Es seguro que tenia el aliento suspendido.

Luego exclam: _que je suis malheureuse! J'arrive tard toujours!_
(Qu desgraciada soy! Siempre llego tarde.)

Despues de estar en la misma actitud dos  tres minutos, hizo un ademan
de forzosa resignacion, y se volvi con sus dos nios.

Nosotros permanecimos en el muelle, hasta que el buque desapareci. Ver
un vapor en medio de una ciudad populossima, como si nos hallsemos en
las mrgenes del Ocano, es un panorama que me tiene encantado.

Luego que ya no divisamos el buque, nos dirigimos  la plaza de la
Concordia, con nimo de tomar el mnibus que viene del arco de la
Estrella.  los pocos pasos que dimos, nos encontramos con un hombre que
estaba sentado sobre el muelle, inmediato  una cuerda que iba 
sumergirse en el rio. Al ingeniero le falt tiempo para preguntarle qu
significaba aquella cuerda. El hombre contest que era una mquina,
dentro de la cual se bajaba al fondo del rio, pudiendo ir sentado con la
mayor comodidad, y llevar los ojos abiertos. Desde la, mquina en
cuestion se veia el fondo del Sena, la diafanidad de las aguas, los
barquichuelos que pasaban por encima, y otras curiosidades  este tenor.
Nuestro ingeniero hizo una exclamacion de alegra. Se conoce que habia
ido  Paris en busca de lances estupendos, y la cuerda realizaba una de
sus soadas maravillas. Inmediatamente me coge por los hombros, y se
empea en que habia de bajar con l al fondo del rio,  una profundidad
de diez  doce varas. Yo me qued mirndole entre amostazado y risueo:
por fin le dije: pero, hombre, usted se ha formado el propsito de que
yo no salga entero de Paris? Cmo quiere usted que vaya  rastrear el
fondo del Sena, incrustrado en una mquina de vidrio? Y si casualmente
se rompe un cristal, y la mquina se llena de agua y me ahogo? Espere
usted que me haya convertido en cangreo, y entonces bajarmos juntos.

--No, seor; no, seor; exclamaba con mucha prisa, como si la ocasion
se le escapara de las manos, y sin soltar mis hombros. Es necesario
probar la mquina. Qu se diria de nosotros en Madrid, cuando se
supiera que no habiamos bajado por miedo?

--Djeme usted por el amor de Dios, le contestaba yo sonriendo. Madrid
puede decir lo que tenga por conveniente; pero yo no estoy en el caso de
hacer el buzo, para dar un buen rato  las tertulias de Madrid....

--Nada, nada, repetia, y apretndome ms fuertemente, previno al hombre
que subiera la mquina.

Al notar mi mujer que el hombre tiraba de la cuerda, me cogi del brazo
con resolucion, diciendo al ingeniero.

--Usted puede bajar, si gusta; lo que es mi marido no se mete ah, y
tir de m valerosamente hcia la plaza de la Concordia. Mi hombre no se
atrevi  habrselas con una seora, y tuvo que capitular, bien  pesar
suyo. Si mi mujer no se convierte en casa de asilo, me coge y me
empaqueta en la mquina de cristal, como me llev casi en vilo 
colocarme sobre la baranda del Panteon.

--Noto, le dije, al par que caminbamos hcia la Concordia, que la
arqueologa de usted tiene instintos atroces. Seria menester, amigo mio,
que diese usted ms humanidad  sus caballerescos antojos.

--No son antojos caballerescos; son quimeras artsticas.

--Pues seria menester que tuviese usted quimeras artsticas ms amables.

En esto llegamos  la Plaza, cerca de cuyo muelle hay una fragata, surta
en el rio, como ya he dicho en otro lugar de, estos apuntes.

--Una fragata? exclam el ingeniero. Pues vamos all.

Creo que si le muestran en Paris el purgatorio, se mete dentro con
medias y ligas.

Fu preciso ceder. Vimos la fragata, y tomamos encima de cubierta,
debajo de un elegante toldo, varios refrescos que pedimos. Esto es otra
cosa que la mquina de vidrio, y que la baranda de Santa Genoveva.

Salimos de all, cruzamos la Plaza, llega el mnibus, montamos en l, y
 los veinte minutos nos hallbamos en la puerta de nuestra fonda. El
ingeniero no quiso subir, porque tenia que continuar sus excursiones.
Todava no estaba satisfecho, cuando yo tendr que hacer cama por la
batahola del Panteon! Al separarse de nosotros, exclam para mi coleto:
ese hombre ha equivocado el oficio; ha nacido para hacer piruetas en la
maroma.

Vamos  la comparacion entre Rothschild y Salamanca. No voy  hacer una
pintura, sino un boceto, al mismo tiempo concebido y ejecutado. No debo
ocultar que lo escribo con miedo; pero la buena fe me salva.

La Europa presenci, no ha mucho, un congreso de soberanos. En ese
congreso entra Rothschild, y todos los reyes se levantan y se destocan,
menos el de Holanda, que era el nico que no le deba. Despues de esto,
acaso no seria temerario decir que aquellos reyes se destocaron ante su
rey, lo cual significa que el dinero es el rey de los reyes de nuestro
siglo, porque claro es que aquellos soberanos no acataban en Rothschild
otra teologa, otra heroicidad, otra ciencia, otro arte, que el dinero.
Ese es Rothschild; una especie de rey universal, un gran monarca de
nuestros tiempos, ante quien los monarcas dinsticos se destocan.

Hay un rico, muy rico, inmensamente rico, que ha sabido enriquecerse
ms. Hay un hombre, una familia, que hereda un gran tesoro, que sabe
ponerlo  buenas ganancias, que sabe acrecentarlo, hasta reunir la suma
fabulosa de miles de millones de reales, asombrando al mundo con un
prodigio de que no hay ejemplo en la historia de la humanidad: ese es el
judo Rothschild.

Salamanca hizo con su fortuna lo que Dios con el universo: la sac de la
nada.

Muy entrado el presente siglo, hay en Granada un estudiante que va al
caf, y habla de onzas de oro; va al billar, y habla de onzas de oro; y
habla de onzas de oro  su patrona,  sus compaeros, todo el mundo.
Sin embargo, el estudiante es pobre. Cuntas veces se veria en aprieto
para pagar su modesto pupilaje! Cuntas veces esquivara atravesar la
puerta del sastre! Cuntas veces huiria de la calle del zapatero! El
buen escolar de Granada no tenia las onzas de oro en su bolsillo; las
tenia en su imaginacion; no las tiene, las ve; quiz no las ve; las
adivina. De cualquier modo, las onzas, de oro estn all; ya saldrn
cuando llegue la hora. En el alma de aquel estudiante hay una geometra
oculta, una qumica incomprensible, una especi de mgia. Cuando la
sazon llegue, asomar el gemetra, saldr el qumico, aparecer el mago.

El estudiante se licencia en leyes; nuestro licenciado se casa; el
casado se hace juez; el juez no tiene lo que necesita para vivir; pero
no recibe de nadie un maraved por sus legtimos derechos; abandona el
juzgado; el cesante, viene  Madrid; se hace banquero, el banquero se
hace diputado, el diputado se hace ministro. Cae el ministro, cae con
estrpito, ms que con estrpito, con escndalo (un hombre del
desarrollo de Salamanca no admite medias tintas); cae _furiosamente_,
como suele decirse, todo el mundo le vuelve la espalda, su nombre
atemoriza, su firma se rechaza, sus letras se protestan, y tiene que
huir. Est arruinado, desacreditado, y proscrito: tres ruinas pesan  un
mismo tiempo sobre el comerciante. La ruina del dinero, la ruina del
nombre, y la ruina de la libertad. Est perdido! deca todo el mundo. Y
l contestaba en su interior: no, no estoy perdido! Ya no vuelve 
Espaa! volvian  decir, an las personas que le tocaban ms de cerca. Y
l contestaba en sus adentros: s vuelvo  Espaa!

Efectivamente volvi. Antes disponia de quinientos millones: ahora, de
mil. Cmo lo hizo?  esta pregunta contesto yo con otra pregunta: cmo
hizo Galileo para hallar modo de pesar el aire? Pues como Galileo pesaba
el ambiente atmosfrico, pesa D. Jos Salamanca los negocios: Como
Galileo arreglaba su ciencia, arregla D. Jos Salamanca la suya.

Estalla una revolucion; los revolucionarios invaden la casa del
banquero, y la queman. El banquero huye; el banquero emigra.  poco
vuelve de la emigracion. De qu manera vuelve? Antes disponia de mil
millones; ahora dispone de dos mil. Infinitas lneas de ferro-carriles
en Espaa, todas las de Italia, todas las del vecino Portugal; banquero
en Madrid, banquero en Paris, banquero en Lisboa, banquero en Roma,
banquero en Lndres, banquero en todas partes. Pierde en Italia treinta
y cinco millones, gasta quince  veinte millones todos los aos en sus
atenciones particulares, mil y mil compromisos enormes pesan sobre su
caja, y cuando todo el mundo lo cree ms apurado, compra terrenos y
levanta planos para hacer un barrio magnfico, el ms magnfico de
Madrid, por la espalda de su palacio, cuya obra no debe costarle menos
de mil trescientos  mil cuatrocientos millones. Cuando todo el mundo lo
cree embarazado por aquella prdida, una prdida tan enorme, dice 
Manzanedo que l llevar la Puerta del Sol  lo que es hoy Plaza de
Toros; y si vive, es bien seguro que la llevar. Y es casi seguro que no
dejar de vivir, porque hombres de semejante estrella no mueren hasta
que dejan acabados sus planes. S; llegar un dia, en que el terreno que
se llama hoy Plaza de Toros, ser un centro mas rico, ms brillante, de
una vista ms deslumbradora que la actual Puerta del Sol. Llegar un dia
en que los coches de la nobleza inundarn el nuevo barrio, para hacer
sus compras en los iluminados bazares y en los inmensos almacenes del
nuevo Madrid. _Vivir por ver._

Estudiante, abogado, juez, diputado, ministro, tribuno, empresario,
capitalista, caballero, galan, magnate, casi pintor sin saber pintar;
casi poeta sin saber hacer versos; siempre privado, an habiendo perdido
la privanza; siempre en pi, an, cuando est caido: ese es D. Jos
Salamanca.

Al judo Rothschild se le pregunta: cunto tienes? Y l contesta: tanto
millones.

A Salamanca se le pregunta: cunto tienes? Mira en torno suyo, hojea
sus libros; y acaso responde: _no tengo nada._ Luego se concentra,
registra su interior, busca en su fantasa, la encuentra sembrada de
minas preciosas, halla riquezas inagotables, y responde: _lo tengo
todo_. Es un hombre que lo tiene todo, no teniendo nada. Sin un
maraved, es un banquero como Rothschild.

Imaginar en Salamanca equivale  fundir barras de oro. Idear es hacer
dinero. No tiene entendimiento como los dems. Su entendimiento es una
fbrica de moneda, de billetes y talones de Banco. Salamanca camina por
donde camina todo el mundo; nadie oye nada; l oye ruido bajo sus pis;
se baja; escarba con el dedo, y halla un tesoro. Adivina donde hay
tesoros, como Colon adivin la Amrica. No s si es espritu lo que en
l obra tales maravillas; no s si es magnetismo, sonambulismo,
electricidad  cosa parecida; pero lo cierto es que hay en aquel hombre
un instinto maravilloso, unas matemticas que nadie le ha enseado; unas
matemticas que vienen de Dios. Si pudiera reunirse todo lo que ha
gastado y perdido, me atrevo  decir que se formaria un depsito mayor
que el que tiene en sus cavas el Banco de Lndres. Yo conozco una lonja
en Madrid, cuyo dueo se ha enriquecido con los licores que ha
despachado para la casa de Salamanca. Lo que ha consumido en tabaco,
bastaria para dotar lberalmente  cien familias necesitadas. Diez mil
duros da anualmente  su seora, para que pueda satisfacer sus
caritativas inclinaciones. Pero es l quien da esos diez mil duros 
los menesterosos? No, no es l. Esto importa mucho para describir
religiosamente el carcter propio del personaje que nos ocupa. No es l.
El no los da  los pobres, sino  su seora, para que su seora tenga la
piadosa satisfaccion de darlos  los pobres; Cada cual se entiende, y D.
Jos Salamanca es un hombre que se entiende siempre  las mil
maravillas.

Sentados los ligeros datos anteriores, preguntarmos: quin es ms
grande, Rothschild  Salamanca?

La cuestion est reducida  lo siguiente: qu tiene ms mrito, reunir
mil no teniendo nada,  juntar un millon teniendo mil?

Me parece que para partir de los mil y llegar al millon, no se necesita
otra cosa que comerciar.

Creo que para partir de la nada y llegar  mil, es indispensable crear.

El primero cambia.

El segundo elabora.

El uno tiene capital, clculo, diligencia y fortuna.

El otro tiene genio.

Al primero todo se lo da el hombre.

Al segundo, se lo da Dios.

La compaa de Rothschild es un centro inmenso de accion.

Salamanca es su accion misma.

Rothschild es una casa, una sociedad.

Salamanca es l.

Rothschild envia  las Californias buques llenos de plata, y se los
traen llenos de oro.

Salamanca no tiene que salir de su escritorio, para explotar las minas
de las Californias; para Salamanca son Californias todos los pases; las
Californias van consigo.

Salamanca seria el carcter ms extenso, uno de los genios ms grandes
del siglo xix, que es el siglo ms grande que registra la historia del
mundo, si no le faltasen dos cosas.

--Le faltan dos cosas? preguntar el lector.

--S;  ese carcter prodigioso faltan dos cualidades capitalsimas.

--Cules son?

--Las siguientes; y cuidado que cuando yo censuro, tengo derecho  que
se me crea, porque al tachar un vicio, siento dolor. La censura que cae
de mi humilde pluma, es una flor mstia que mi alma deposita en la urna
sagrada de la verdad. Olga D. Jos Salamanca la verdad; esa verdad que
se le ha escondido en las biografas que se le han dedicado; oiga la
verdad de unos apuntes, que no van dedicados  Salamanca, sino  la
opinion de mi pas,  la probidad de mi conciencia, y si pudiera ser, al
espritu de la historia. Oiga la verdad que imprime en estas lneas un
oscuro y pobre escritor, que no tiene en el mundo otro caudal, ni otra
esperanza, ni otro consuelo, que la religion de su penoso y elevado
oficio; oficio que l estima tanto como D. Jos Salamanca su fausto y
sus millones. Oiga una vez la leccion severa de la moral, quien ha
recibido tantas veces las caricias aduladoras de la fortuna.

D. Jos Salamanca tiene el sentimiento de la naturaleza; lo tiene
realmente, y esto no puede menos de suceder, cuando tiene, en alto
grado, el sentimiento de la forma. D. Jos Salamanca es artista sin
saberlo. Por eso ama la luz, los campos, los rboles, las flores, los
perfumes, los rios: por eso sus quintas son las ms poticas que hay en
Espaa. Esto no procede nicamente de que disponga de muchos millones;
de ms millones disponia Crlos III, y en las obras de Crlos III no hay
el orientalismo que en las creaciones de Salamanca. Es cuestion de
dinero y de gusto; es cuestion de oro y de fantasa. D. Jos Salamanca
tiene fantasa, tiene gusto; pero es una fantasa exterior, sensual; es
un gusto que apenas pasa de la sensacion, que no halla pasto suficiente
en las emociones ms elevadas del sentimiento. D. Jos Salamanca es un
idealista que no se contenta con la idealidad; es un artista que no se
contenta con el arte; es un poeta que no tiene bastante con la alta y
verdadera poesa.

En una palabra, ama la naturaleza, porque la naturaleza convida  sus
sentidos con un placer ms: placer de los sentidos; este es el
sentimiento particular de Salamanca. Si la naturaleza no fuera un gran
goce, un gran disfrute, el primero y ms rico de los festines, la
primera y ms seductora de las beldades, D. Jos Salamanca no la amaria.
Pero en que consiste este raro fenmeno? No es raro. Consiste en que D.
Jos Salamanca no sabe amar con el amor de la imaginacion, con el amor
del pensamiento, con el amor pursimo de la fe; don Jos Salamanca no
puede amar con ese rescoldo suave que siente el alma, cuando
contemplamos un cuadro sublime, como cuando vemos en un cielo azul, casi
mojadas por la lluvia de la tempestad, las franjas encendidas del arco
ris. Consiste en que D. Jos Salamanca ama especialmente con los
sentidos, de una manera casi voluptuosa.

Tiene tambien el sentimiento de la vida; por eso se rodea de una
opulencia y de unos placeres que los dems ricos no saben adquirir; tal
vez los codician; pero ni los sabrian tener; por eso idealiza cuanto le
circuye, con una pompa y una imaginacion que deslumbran. En las cosas de
Salamanca, hay lo que antes se llama galanura, hidalgua, gentileza. Es
como si dijeramos el fabuloso Montecristo de nuestra edad. S, tiene el
sentimiento de la vida; pero no lo tiene en relacion con Dios y con el
hombre, sino en relacion con sus deleites. Su voluntad, lo que l desea,
lo que l quiere, no es servir al hombre ni  Dios, sino para lograr que
Dios y el hombre le sirvan  l. Sirve  Dios y  la humanidad quin lo
duda? sin anhelarlo en el fondo de su conciencia, sin cifrar en ello una
grande ilusion de su vida, aun cuando lo hiciera sin comprenderlo, D.
Jos Salamanca seria de todos modos un aventajadsimo obrero de la
civilizacion de un siglo, un laboriossimo menestral de la historia:
sirve  la humanidad y  Dios, todo genio sirve, dejaria de ser genio si
no sirviera; pero su primera intencion no es servir, sino ser servido.
Hace con la vida lo que hace con la naturaleza.

Tiene el sentimiento de la fama; pero no de la fama espiritual,
imaginativa, apasionada, fervorosa: no el sentimiento de ese ngel que
mueve sus alas sobre la silenciosa cavidad de un sepulcro; no el
sentimiento que se exhala en el corazon de los hroes, de los mrtires,
de los sbios; no ese sentimiento que es una de las ms supremas
gerarquas del alma; esa emocion vaga, melanclica, indefinible, que
brota en el espritu del hombre, como nace una violeta al pi de una
cruz. Para D. Jos Salamanca significa poco la fama moral, metafsica,
pstuma; la fama que viene despues, como despues del vivo viene el
muerto, como despues del muerto vienen sus cenizas. D. Jos Salamanca
busca siempre la fama real, sensible, presente, bulliciosa; la fama que
se oiga, que se vea, que se toque; esa fama que equivale al crdito; ese
crdito que es un gran capital, un gran fondo, un grande y universal
gerente. D. Jos Salamanca es un esclavo de la opinion pblica, para
hacerse dueo del pblico. Quema incienso  la sociedad, para que la
sociedad se lo queme  l. Adora  un dolo,  fin de que ese dolo
agradecido se convierta en idlatra suyo. Por eso es generoso  su
manera; es generoso efectivamente, esplndido y hospitalario; da como
nadie, porque da como gana, y nadie gana como l; da, no se lo niego, no
debo negrselo; pero da con su cuenta y razon. Dar siempre, en buen
hora; pero cuando el pblico lo ve, da con alarde; ms que con alarde,
con gala, con orgullo, con engreimiento. De esta manera, si no recibe de
aquel  quien da, consigue recibir de la opinion pblica, que le llama
hroe y personaje por aquella limosna astuta; limosna buena, porque al
cabo hay algo en ella de caridad; limosna astuta, porque es una caridad
ingeniosa, casi mercantil. La generosidad de Salamanca es, en ms de un
caso, una mercanca que vende al pblico, para que el pblico le compre
 l otra mercanca por un precio mayor; es un comercio hbil,
habilsimo; este comercio necesita una tctica tan maestra, que casi,
casi, tiene tanto mrito como la generosidad misma. D. Jos Salamanca
compra con monedas que los dems banqueros no conocen; compra y vende
mercancas que no conocen los dems mercaderes, y en esto consiste que
los dems ricos, los muy ricos, parezcan muy pobres comparados 
Salamanca. La cuestion, la ruidossima cuestion de generosidad, es
muchas veces para el personaje de que me ocupo, un juego de Bolsa, que
nadie comprende como l, porque nadie tiene su talento. Hace con la fama
lo que hace con la vida.

D. Jos Salamanca es el Dios, la naturaleza y la humanidad de s mismo:
una iglesia en que no se rezan oraciones mentales: un rito en que no se
conoce el culto interno. Culto interno; h aqu lo nico que le falta
para ser muy grande, pues para ser muy grande, hay que ser grande por
fuera y por dentro; y ese hombre que revoca tan bien su fachada; ese
atrevido artista que sabe derramar tanto hechizo en el frontis de su
palacio, vive muchas veces en un interior mezquino y estrecho. Ah! si
esa privilegiada fantasa que lo idealiza todo, comprendiera por un
momento la idealidad; si esa razon fecunda y ardorosa que en todo
piensa, rindiese un homenaje al pensamiento; si ese orientalismo que
quema tanta mirra  la materia, guardase un aroma para el espritu; si
esa brujera que hace un Dios de todas las bellezas sensuales,
comprendiese  Dios en la lgrima solitaria que vierte la virtud entre
cuatro paredes negras; si Salamanca fuese capaz de exhalar un suspiro,
al cual no fuese unida una memoria impura; si fuese capaz de una hora de
silencio y de dolor en el ntimo santuario del alma, si fuese capaz de
ese culto interno, D. Jos Salamanca seria indudablemente el carcter
ms general, y acaso el ms bello de su nacion y de su siglo. Pero
vuelvo  decir que le faltan dos cosas: honrar el pensamiento por ser
pensamiento; honrar la virtud por ser virtud.

Reasumamos lo dicho sobre ambos personajes. Un hombre que hereda dos mil
millones de reales, y que hoy cuenta con cuatro mil: un coloso de oro,
de empresas, de fortuna, de crdito; un semi-Dios de nuestra poca; ese
es Rothschild.

Un hombre de facciones expansivas y despejadas, de ademan suelto; de
trato festivo, casi epigramtico; de palabra fcil, aguda, algunas veces
armoniosa; de carcter sencillo en apariencia, doble en el fondo;
ingnuo para los dems; trascendental para sus fines; liberal para
todos; ms liberal para s mismo; ojo de guila; suspicacia de mercader;
galantera de cortesano; pompa de noble, boato de banquero; esplendidez
de favorito, magnificencia de monarca; griego en la fantasa; asitico
en el gusto; sibarita en sus aficiones, en sus hbitos, en sus placeres;
sobre todo, negociante en sus clculos inspirados, vastsimos, fecundos,
inagotables, geomtricos; negociante en su increible actividad, en su
audacia maravillosa; mago, hechicero, adivino, zahor y alquimista, en
materia de sacar oro de los carbones, ese es D. Jos Salamanca.

An con las faltas que le hallo, y que no he debido disimular porque
hablo  la conciencia de un pueblo; an con defectos capitales, que lo
hacen temible, D. Jos Salamanca tiene tanto genio, su fama es tan
brillante, tan provocativa, tan esplndida; sus vicios y virtudes se
ponen un traje tan nuevo, tan magnfico, tan fascinador, que su nombre
es hoy de los que ms suenan en el mundo, de los ms conocidos en
Europa, el ms popular de nuestro pas.

No hace mucho dijo en las Crtes, que es verdad que l se habia
enriquecido; pero tambien lo era que habia dotado  Espaa de
ferro-carriles.

Sus enemigos dirn lo que quieran; yo podr hallarle todos los defectos
que me plazca, cada cual dir, lo que le parezca; pero la nacion debe
estarle reconocida, y se lo est. En este sentido, yo tambien se lo
estoy. Qu curioso seria escribir una biografa, cogiendo el hilo de
aquella existencia tan movible y tan vida, y seguir hilando hasta dar
con el fin de la revueltsima madeja! Si Salamanca viviese encerrado en
una cueva; si tuviese por palacio un desierto; si  su sombra llevase
atadas las dificultades y las amarguras del proscrito yo no tendria
ningun reparo en escribir su vida, que es sin disputa la ms fecunda en
episodios extraordinarios que conoce nuestro pas en el siglo presente;
pero no quiero nada con hombres tan ricos. Por lo menos se creeria que
pensaba adularle, y soy muy avaro de mi pobreza.

Un amigo  quien he leido estos apuntes, me dice:

--Si Salamanca enviase  usted diez mil duros, usted qu haria?

--Devolvrselos.

Hemos sido invitados para concurrir  una tertulia de alto copete, que
tiene lugar en la calle Vivienne. Mi mujer ha dicho que no; yo he dicho
que s. Esta vez espero triunfar.

Voy  concluir este dia con algunas curiosidades.

Hemos ido  un gran establecimiento pblico, en que dan de comer por dos
sueldos,  sea por muy poco ms de tres cuartos. La comida consiste en
un trozo de pan y un plato de patatas guisadas con bastante curiosidad.
Al ver all, colocada en extensas filas, aquella numerosa y callada
congregacion, acude  nuestra mente la idea de la sopa monacal. Sin
embargo, estoy ms por estos conventos sociales, que por aquellas
caridades frailunas.

Otra curiosidad. Todo Paris repite la contestacion que ha dado un nio
en los exmenes de moral. El maestro le pregunt qu era la gratitud. El
examinando no se acordaba de la definicion del libro, y despues de
titubear un momento, como cediendo  una inspiracion, con acento seguro
y altanero, dijo: la gratitud _es la memoria del corazon_.

Una asamblea, mil asambleas de filsofos, de sbios, de poetas y
oradores, reunidas al efecto, no hubieran acertado positivamente con una
respuesta tan profunda, tan graciosa, tan viva, tan moral y tan bella.
El nio en cuestion ha hecho su fortuna, y la merece. La criatura que
consigue, con cuatro palabras, alarmar  una ciudad como Paris, menos
que criatura es un personaje en pequeo. Dios le d tanta suerte, y
tantas expresiones felices, como es admirable, sabia y potica su
definicion de la gratitud!

Otra curiosidad. Hemos visitado una calle clebre, muy clebre, en la
historia oculta de esta ciudad: la calle de Chantres. En esta calle
habia, hace algunos siglos, una casa pequea, baja y hmeda: esta casa
presenci los amores de Abelardo y Eloisa. Mi mujer, que tan desdeosa
se muestra con todas las cosas de Paris, ha visitado aquel lugar
histrico con el mas afectuoso inters. Esto procede de que Abelardo y
Eloisa, antes que  la historia de un pas, tocan  la historia del
corazon, que es la historia ms universal del gnero humano. Al dejar la
calle en cuestion, dirigimos un triste saludo  los desgraciados
amantes.

ltima curiosidad de este dia. Cerca de la Plaza de la Concordia, hemos
visto  la Emperatriz y al Prncipe. Observamos que de la parte de las
Tulleras bajaba un carruaje, en cuyo torno se agrupaban los
transeuntes, nos aproximamos y no tardamos en distinguir  nuestra
paisana, que venia, sola con su hijo. La antigua condesa de Teba es una
fisonoma delicada, noble, bella y majestuosa. Indudablemente es uno de
esos tipos privilegiados, capaces de inspirar una pasion profunda. Pero
me parece que aquella mujer no vive contenta; me parece qu no es feliz.
Detrs de aquellos ojos dulces y apacibles, detrs de aquel ctis
blanqusimo, de aquellas sutilsimas venas azules, de-aquel bello
contorno; ms all del magnfico carruaje que la conduce como en
triunfo; ms all de las galas y de las pedreras que adornan su traje;
ms all de los torreones de aquel suntuoso palacio de donde acaba de
salir, me parece que veo cierto espritu de resignacion y de melancola.
Detrs de esos velos brillantes, me parece que alcanzo  distinguir un
misterio, y casi tengo por seguro que ese misterio es una pena. Detrs
del tinte de la cara, vislumbro yo un tinte que no puedo explicar;
aunque en mi conciencia lo s definir. Esto ha hecho que la Emperatriz
me haya parecido ms hermosa, porque no hay belleza sin algo triste,
porque tal vez en un algo triste consiste la grande y verdadera belleza.
La madre miraba  su hijo; luego, saludaba y se sonreia; pero ay!
aquella sonrisa venia  decirme que tambien los palacios ocultan
lgrimas; que tambien las joyas atavian pechos doloridos, como luces
brillantes alumbran la cara de un muerto.

Una cosa muy rara he notado,  propsito de la Emperatriz, y acerca de
la cual hemos hablado varias veces mi mujer y yo. En Paris todo el mundo
tiene sus historias, sus ancdotas, su chismografa. En un pueblo tan
fabuloso, natural es que todo personaje tenga su fbula. He hablado con
muchos franceses de todas gerarquas; he hablado con muchas francesas
que hablan de todo; (las mujeres en Francia son como en todas partes;)
he provocado la conversacion de la Emperatriz; he procurado esforzar el
asunto; en vano. Nadie nos ha dicho una sola palabra de la esposa del
Emperador. Ni una aventura, ni una limosna, ni un dicho agudo, ni un
ademan, ni un gesto. Por lo que mi mujer y yo hemos observado, sin tener
ms datos que nuestra experiencia personal, podemos decir que la antigua
condesa de Teba es aqu un cadver. Tendr esto su explicacion en que
la condesa de Toba es espaola? No lo s; no quiero atribuir esa
ruindad, esa estrechez,  la nacion francesa; pero es evidente que algo
hay aqu.

Volviendo  la persona de la Emperatriz, he notado tambien que la mujer
perjudica  la reina, y que la reina perjudica  la mujer. Se ven dos
sujetos, y el uno quita encanto al otro. Parece que una mujer tan bella
no necesita ser Emperatriz; y que una Emperatriz tan hermosa, no saca su
diadema ms que de su hermosura; de donde resulta que no es completa la
ilusion de la reina, ni la ilusion de la mujer. La Emperatriz seria ms
Emperatriz con menos belleza; y la mujer seria ms mujer con menos
atavos imperiales.

Si yo tuviese una diplomaca y una cortesania que no tengo que no quiero
tener, es casi seguro que veria  la esposa de Napoleon, y que a travs
del alabastro de su semblante, divisaria las sombras que dan vueltas
alrededor de su alma; porque, no hay duda, en ese cielo hay nubes.
Cuento con un medio, un medio facilsimo, infalible, de abrirme paso
hasta nuestra paisana; nuestra paisana me recibiria; no se me esconde
que esta entrevista seria tal vez la nica pgina interesante de estos
desaliados apuntes; pero aquel palacio negruzco, casi agorero, me
infunde temor, tanto temor, que no me acude nimo ni para describirlo.
Algun dia lo describir; pero hoy me es imposible; porque me inspira
miedo, real y verdaderamente miedo.

     Vivienda de prodigios y de asombro Donde vive agobiada la memoria,
     Como el gigante  quien oprime el hombro El peso horrible de su
     horrible historia.

El coche de la Emperatriz desapareci entre los rboles de los Campos
Elseos; nosotros montamos en el mnibus que va  la Plaza de la
Bastilla, y  los quince minutos nos encontrabamos en nuestra fonda.


Un amigo que nos acompaaba me pregunt con mucho inters durante el
camino:

--Morir en Paris la Emperatriz Eugenia?

--Yo dije: no lo s.

Maana volvermos  la misma plaza de donde venimos;  la Plaza de la
Concordia, y dir  mis lectores varios secretos de la revuelta historia
de Paris.




=Dia trigsimo segundo=.

Visita.--El Brigadier Rotalde.--El Panteon.--Caf cantante de los Campos
Elseos.--Tertulia.--Una madre como hay muchas.--Curiosidades.


Madama Fonteral viene  vernos antes de las ocho de la maana. La pobre
lechera entra en nuestra estancia con cierto aire de aturdimiento, casi
de confusion.

--Qu sucede, mi buena seora Fonteral? la pregunt.

--Luisa est en cama; Luisa est enferma.

Esta noticia nos desconcert  mi mujer y  m.

--Qu tiene? preguntamos aun mismo tiempo mi mujer y yo.

--No s lo que tiene; es decir, no lo s y lo s; lo s; pero no s
decirlo. Est muy mala; tiene los ojos desencajados; su frente arde;
creo que se muere; tendr que ir  llamar  un mdico ...

--Qu mdico ni qu ocho cuartos! Ustedes lo arreglan siempre todo con
los mdicos. El mdico no puede volverla su amante; no puede volverla su
honra; no puede volverla su familia. El mdico no puede echar tierra en
el abismo, en cuyas tenebrosas cavidades yerra perdido el corazon de esa
mujer. Ustedes no ven ms que la medicina del cuerpo: y la mayor parte
de las dolencias no se curan sino con la medicina, del alma. No es
cuestion de botica, madama Fonteral; es cuestion de prudencia y de amor
al prgimo. El verdadero mdico de Luisa es la amistad y el sacrificio.
Tome usted 20 francos, y pague usted otros quince dias al amo de la
fonda, para que la trate con cario, ya que con dinero hay que ganar
cario en un pueblo que se llama cristiano. Tome usted otros 20 francos
y dselos usted  la enferma,  retngalos usted misma,  fin de que
Luisa tenga la asistencia que su estado reclama. Vaya usted volando, y
dgala usted que no se abata, que no se aflija, que no se desespere;
dgala usted que no est sola; que no est abandonada, que hay ojos que
la miran; que hay corazones que la compadecen; que hay enfermeros que
velan por ella  la cabecera de su cama. Dgala usted que tenga
generosidad, abnegacion; la abnegacion del verdadero arrepentimiento.
Dgala usted que hay un deber, el ltimo entre todos los de la vida; el
supremo entre todos los grandes deberes; el que nos imponen nuestras
culpas; el deber de llorar y de pedir que nos perdonen; el deber de
esperar la ventura y la dicha por el merecimiento de la humildad y del
dolor. En fin, dgala usted que se levante de la cama, y que se
tranquilice; que ir  su casa, que ir  Pisa, que su familia la
perdonar, y que si hay virtud en su corazon, si hay vida en su
conciencia, si hay calor en su alma, todava puede ser feliz. Vaya usted
volando; en la inteligencia de que si usted no la dice todo eso,  si no
se lo dice bien, Luisa se muere.

Madama Fonteral se ech  temblar, y me miraba como aquel que pide
compasion.

--Vaya usted corriendo! aadi mi mujer con mucha prisa.

--_Maladroite que je suis_ (Torpe de m!) exclam la buena mujer, y se
dirigi  la escalera apresuradamente volviendo la cara y saludndonos
con la mano.

Inmediatamente que quedamos solos, me pregunt mi compaera:

--Qu piensas hacer?

--Pienso ver  los espaoles y americanos que aqu conozco, y reunir la
suma necesaria para que Luisa vuelva  su pas. Estando en Pisa, una
lgrima y un perdon lo salvan todo. Es una llaga que slo se pura con
aquel blsamo; Crees que hago bien  mal? Pregunt  mi mujer,
mirndola con atencion, como para adivinar sus intenciones.

Mi mujer contest:

--Creo que haces muy bien.

En el Hotel de Bilbao, de que hice mencion al principio de estos
apuntes, he tenido, la satisfaccion de conocer al brigadier Rotalde, tan
excelente caballero como buen pintor. Viene de la Habana, y teniendo que
permanecer pocos dias en Paris, hemos acordado visitar hoy el Panteon, y
tomar luego una botella de cerveza en un caf cantante de los Campos
Elseos. Para maana queda aplazada la visita del Louvre, en donde
podrmos admirar la sublime Asuncion de Murillo, que es el sueo dorado
del brigadier, y que yo no dejo de desear.

--A estilo de campaa, exclam el brigadier artista. Lo que ha de
hacerse luego, hgase ahora.

Y pronunciando estas palabras, abria la portezuela de un carruaje
pblico que estaba enfrente de la fonda, invitndome  que subiera. Subo
en efecto, sube l, el cochero levanta el ltigo, y vanos el lector
rodando, por las calles de esta moderna Nnive. Al pasar por el Mercado
Nuevo, nos apeamos, recorrimos una de sus espaciosas galeras, vimos
camarones, compramos por valor de un franco de esta _fruta martima_,
tornamos al coche, y en el momento de montar, levantamos los ojos, y
vimos  una jven como de diez y ocho  veinte aos, que, sentada en el
balcon de un piso segundo, se entretenia en dar muchos besos al pico de
un loro. El afan de aquella muchacha no dej de causarnos cierta
impresion, y apenas nos sentamos en el carruaje, dije yo al brigadier:

    A un loro; Julia Amengual
    Da de besos un tesoro.
    Y  esto dice Don Pascual
    Qu  falta de otro animal
    Pasa el rato con su loro.

EL brigadier, por un efecto de hidalga galantera, celebr mucho estos
malos versos, y comiendo y conversando como buenos amigos, llegamos 
Santa Genoveva. Despues de visitar el monumento que ya conocen mis
lectores, aunque muy superficialmente, manifestamos, al conserje
nuestro, deseo de visitar el Panteon. Advierta el lector que yo no he
andado esta vez por la linterna circular ni por la cpula, ni he subido
un solo escalon, sino que he esperado  pi firme en la planta baja,
contemplando una pintura al fresco, copia no muy feliz de Rafael de
Urbino. Tem que el brigadier tuviera algun antojo, parecido  los
invasores antojos del travieso ingeniero. Vuelto el brigadier, tratamos
de bajar  la capilla subterrnea, como ya dije; pero se ofrecia una
dificultad. El conserje nos manifest que teniamos que esperar algun
tiempo.

El brigadier, que  su despejo natural, une la impaciencia del soldado,
pregunt al conserje por qu razn teniamos que esperar el tiempo que
deca.

El conserje le contest que debian reunirse doce personas para bajar 
la capilla.

Esto pic la desembarazada curiosidad de mi compaero, que volvi 
replicar  nuestro guia:

--Pero por qu razon tienen que juntarse doce personas, para bajar  la
capilla subterrnea? Es esta costumbre, por ventura, una ritualidad del
establecimiento,  como si dijeramos un estatuto de esta iglesia?

--_Non, monsieur_, (no, seor) murmur el conserje, y baj la cabeza,
pareciendo que rezaba entre dientes. El brigadier me ech una mirada,
como para decirme, si yo comprendia; yo ech otra mirada al brigadier,
como si quisiera contestarle que no entendia una jota de aquella rara
pantomima, y ambos miramos al conserje, el cual tenia vueltos los ojos
hcia la puerta principal, en significacion sin duda de que no queria
responder. Pero mi compaero, que no es hombre que se acorbarda ante la
distraccion estudiada de un conserje, volvi  llamarle la atencion de
un modo resuelto, tan resuelto, que nuestro guia conoci que estaba en
el caso de capitular. Los conserjes son gente en extremo conocedora.

--Entendmonos, si  usted le parece, le dijo el brigadier con ademan
suelto y apremiante. Hay alguna ordenanza de este cabildo, por la cual
se manda que hayan de ser doce personas las que bajen siempre al
Panteon?

--No, seor, no hay tal ordenanza; pero hay la costumbre de que cada
persona que baje al Panteon, tiene que pagar. 25 cntimos (un real de
nuestra moneda), y como yo no abro las puertas de aquel lugar por menos
de tres francos, tengo que esperar que se reunan doce personas....

--Enhorabuena! exclam el brigadier. Nosotros darmos  usted los tres
francos, y todos los francos que sean menester, sin necesidad de esperar
 nadie. Con que  la capilla!

Ante una oratoria tan elocuente, nuestro guia inclina la cabeza, coge
unas llaves, hace seas  tres caballeros y dos seoras que aguardaban,
entra por una puerta lateral, abre otra, baja una escalera, y todos
empezamos  bajar tras l, despues de abrir paso  las dos seoras, qu
parecian ser personas muy distinguidas. Luego supimos casualmente que
eran escocesas.

Estamos  siete  ocho varas de profundidad. Hay poca luz. Los techos
son bajos, abovedados, y no ofrecen nada de grande, de majestuoso, de
imponente, ni de magnfico. Al contrario, despues de admirar el
monumento de arriba, el monumento de abajo parece ruin; mejor dicho, no
parece monumento, porque no hay monumentos ruines. Sin embargo de que la
oscuridad habla tanto  mi corazon; sin embargo de que no hay para m
una poesa tan grande como un sepulcro; sin embargo de que un ciprs me
llama mucho ms la atencion que unas pirmides, declaro con pena que he
recibido una ingrata impresion. Esto dista infinito de ser lo que yo me
habia figurado, lo que todo el mundo se figura y debe figurarse, cuando
sabe que una Asamblea Constituyente decreta que tome el nombre de
Panteon, lo que la creencia y la gratitud de todo un pueblo llamaban
antes Sta. Genoveva. Yo crea, como yo creian los dems, que el Panteon
era un monumento ms grande que la iglesia, puesto que la iglesia habia
desalojado su primer puesto, para cederlo al Panteon. La Asamblea
Constituyente debi darle el sr antes de darle el nombre, porque de
otro modo es un nombre sin sr. Lo declar poema sin darle poesa; lo
declar tiniebla sin darle sombra, y esto es gana de hablar. Ya dije que
en Francia se hacen muchas cosas, infinitas cosas, por ganas de hacer,
como se dicen otras por ganas de decir, como se piensan otras por ganas
de pensar.

Creo que he dado con la expresion: esta capilla subterrnea es una
tiniebla que no tiene sombra,  bien una sombra que no tiene tiniebla.

Estamos en el sepulcro de Voltaire, de este gran revolucionario, de este
gran invasor, de este gran rey, como le apellidaba tan admirablemente
Federico de Prusia. Esto no es una tumba histrica; no es tampoco un
sepulcro; no es ni una sepultura. Es un escondrijo con cuatro paredes;
un cachivache con una esttua, un hoyo, una losa, y un epitafio. Esta
especie de zaquizami dista tanto de estar  la altura de Voltaire, como
la capilla subterrnea de estar  la altura del nombre de Panteon.

La esttua de Voltaire se celebra mucho por los franceses. A m no me
gusta. Esto proceder indudablemente de que no lo entiendo; pero para m
no es cuestion de filosofa, sino de gusto. Creo que el gusto es la gran
escuela de las artes, y no me gusta ese mrmol que miro, porque ah
Voltaire no parece un hombre de talento, sino una inteligencia
maliciosa. Las arrugas de ese semblante, lo hundido de esas sienes, lo
agudo de esos pmulos, lo contraido de esos labios, lo furtivo de esa
mirada, significan, malicia, perspicacia, argucia; no significan un
entendimiento liberal, extenso, vario, rico, fecundo, inagotable; me
significan el entendimiento de un Voltaire. Voltaire en esa piedra es
ms bien un hombre de chispa, no un hombre de genio. Los que comprendan
algo, aunque no sea sino por instinto, por barrunto siquiera, acerca de
lo que es _genio_ y de lo que es _chispa_, podrn explicarse el por qu
no me gusta esa esttua que estoy viendo. Digo de esa esttua lo que
antes dije del subterrneo. El subterrneo no es monumento, porque no
hay monumentos ruines, del mismo modo que esa esttua no es esttua para
m, porqu no hay esttuas que se ven con disgusto.

Yo murmur sobre el particular algunas palabras al odo del brigadier;
el conserje hubo de apercibirse, y empez  explicarme las maravillas de
aquella piedra, como si quisiese tomar  empresa el persuadirme, en
honra del difunto cuyas cenizas nos escuchaban.

Yo dije al conserje: eso que se ve en esa piedra, es la esttua de la
malicia; la malicia es el talento de la ignorancia, y Voltaire, el jefe
de la Enciclopedia, el primer revolucionario de su siglo, el Robespierre
literario del mundo, la admiracion y el susto de la historia, Voltaire,
seor conserje, es algo ms que un ignorante.

El conserje hizo un gesto agridulce.

La inscripcion del sepulcro dice:

_Ses manes sont ici; son gnie est partout_. (Sus manes estn aqu; su
genio est en todas partes.)

Yo, al estilo francs, pido mil perdones al poeta que escribi este
epitafio. No creo que el genio de Voltaire est en todas partes, porque
aqu no est.

Mirado en este mezquino chirivitil aquel enorme personaje histrico,
parece pequeo, muy pequeo; muy escaso, muy pobre. El rey es aqu un
pordiosero que nos pide limosna. Voltaire habla ms, infinitamente ms,
que todo esto. Es una cuna sin sepulcro, un Oriente que no hall su
ocaso.

Luego vimos la tumba de Rousseau. Es menos tumba todava que la de
Voltaire. Sobre la pared de su sepultura tiene pintada una mano que
empua una antorcha, en significacion de que su inteligencia lo alumbra
todo. Digo de esta antorcha lo que dije del epitafio de su ilustre
vecino. La inteligencia de Rousseau lo alumbrar todo, menos el lecho,
en que reposa.

Luego visitamos ligeramente los sepulcros del arquitecto del edificio,
Soufflot, de Bougainville, del mariscal Lannes, y de siete  ocho
generales y senadores del primer imperio. Entre aquellos sepulcros vimos
como escombros  tierra removida.

--Qu es esto? preguntamos  nuestro guia.

--Ah, contest este, estuvieron los restos de Mirabeau y de Marat.

--No estn ahora?

--No, seor.

--Quin desaloj sus cenizas de este asilo sagrado?

--La Convencion Nacional.

--Por qu?

El conserje movi la cabeza. Todos nos echamos  reir. Los franceses son
los nicos hombres del globo que hacen cosas, las cuales obligan  que
los cristianos se rian en el momento de visitar un Panteon. Ya dije, no
h mucho, que el pattico de los franceses hace  un mismo tiempo llorar
y reir, y lo que nos acaba de pasar es una prueba incontestable de que
no los he calumniado. Es un pattico que juega con las cenizas de los
hombres. Al hablar de la _Bolsa_ dije que ni las piedras estn  salvo
del genio francs; ahora debo aadir que no est seguro ni el polvo del
que ha muerto hace muchos siglos.

Atravesamos un pasillo oscuro, muy oscuro, tenebroso. Aqu principia 
ser esto Panteon. El Panteon principia en donde el Panteon concluye.
Despues entramos en una gruta, en donde se percibe confusamente alguna
claridad. Cualquier sepulcro que s pusiera aqu, seria positivamente
ms sepulcro que las covachas que hemos visitado.

El conserje se detuvo y call. Todos nos detuvimos y callamos. El
conserje permanece mudo, todos enmudecimos del mismo modo. Nadie
respira, no se oye ni una mosca. Qu significa esto?  travs de la
escasa luz que all habia, todos queriamos mirarnos mtuamente  las
caras, como para ver qu gestos hacamos  qu nos parecia aquel
silencioso entrems. De pronto, como un rayo cae de las nubes, como el
taido arranca del golpe que el badajo da en una campana, se oye un
estruendo agudo, agudsimo, formidable; un estruendo que viene  caer
encima de nosotros, que parece aplastarnos. Todos creimos que el Panteon
se hundia, y que la cpula, y las naves, y los techos, y las columnas,
aquella enorme masa revuelta y confundida, se desplomaba sobre nuestras
cabezas. Las dos seoras arrojaron un chillido que nos hel la sangre;
yo cre que la tierra faltaba  mis pis, y me agarr frenticamente 
los hombros del brigadier Rotalde.

Sin que nosotros pudiramos verlo, porque no habia la necesaria
claridad, el conserje cogi un gran tambor que tenia oculto en uno de
aquellos rincones, y sacudi en l un fuerte golpe, que aumentado
increiblemente por un notable efecto acstico de aquellas bvedas,
produjo el estrpito de que he hecho mencion.

Luego que nos enteramos de la causa de aquel aparente terremoto, nos
tranquilizamos, y nos dispusimos  saborear el extrao chiste de aquel
espectculo.

El conserj, despues de hacer varias evoluciones con el tambor, baj
la voz todo lo que pudo, y con un acento apenas perceptible, decia: Qu
quieres? quin eres? qu buscas aqu? Y  lo ljos, muy  lo ljos,
como un aviso del otro mundo, con la expresion autmata de un hecho
mecnico, repetia el eco casi apagado: qu quieres? quin eres? qu
buscas aqu? Aquel acento tnue, sutilsimo, se iba haciendo cada vez
ms remoto, hasta que parecia perderse entre los escombros de aquellos
sepulcros, como, el acento de un moribundo parece perderse entre los
misterios de la eternidad. Las seoras chillaban furtivamente  despecho
suyo, y habia hombre all  quien se erizaban los cabellos. En aquel
lugar se experimenta una emocion en que entran  la vez la sorpresa, la
curiosidad, el asombro y la maravilla. Hay algo de arte, de religion y
de fanatismo.

A los pocos minutos estabamos arriba. Nos despedimos de nuestros
_subterrneos_ compaeros, no sin haber dado un napoleon al conserje, y
al mismo tiempo, que atravesamos la esplndida nave de Santa Genoveva,
el brigadier me dice:

--Qu le parece  usted?

--Es una cueva, le contest; no es un Panteon. Son hoyos, no son tumbas.
No nos preocupa la idea de la muerte, sino la idea de un cautiverio. No
hay espritu all, no hay providencia; todo es humano, ni aun humano;
todo es francs.

Esta iglesia, aad, es un templo sin Dios.

Aquel Panteon es un panteon sin sepulcros.

Pasan tres horas, que hemos empleado en comer, el brigadier en su fonda
de Bilbao, yo en el restaurant de las Columnas con mi compaera. All
presenciamos una disputa de que dar cuenta otro dia. Antes de ir  las
Columnas, escrib tres cartas  mis buenos y excelentes amigos de Reus.
Mis lectores ignoran, como no puedo menos de suceder, la grande y
justsima estimacion que profeso  esa ciudad, la cual ha sido uno de
los pueblos de Espaa que ha prestado una hospitalidad ms generosa 
mis pobres escritos, as polticos como literarios y filosficos.
Despues, en circunstancias muy difciles para m; en momentos de
tribulacion y de amargura; en esos momentos trabajosos en que el hombre
conoce si tiene algun amigo, la ciudad de Reus, la noble, la honrada, la
laboriosa, la liberal ciudad de Reus, ha entrado siempre por las puertas
de mi casa, trayndome nimo y consuelo. Dios querr que sea tan feliz
como lo merece por sus sacrificios, por sus deseos, por su cultura y por
sus virtudes! Acepta, pueblo  quien amo sin haberte visto; acepta este
saludo que te envia un hombre humilde, como prenda de eterno cario y de
lealsima gratitud.

Verificada la comida, volv  nuestra fonda con m mujer, la dej all
ocupada en escribir  su familia, y yo me dirig inmediatamente al
boulevart de los Italianos, en donde est la fonda Bilbaina. El
brigadier me esperaba ya, ocupando su puesto en la carretela, acompaado
de otro amigo. Llego, monto, me siento, y el coche arranca. No habian
pasado nueve minutos cuando nos encontramos, cerca de la barrera que
circuye  uno de los cafs cantantes de los Campos Elseos. Entramos,
nos apoderamos de una mesa, se agolpan los mozos (los mozos de los cafs
cantantes son linces), y pedimos cerveza con bizcochos, unos bizcochos
particulares que hacen en Paris. Principia  oscurecer, aunque hace rato
que se han encendido los faroles; miles de luces oscilan en todas partes
 impulsos del viento; no hay rbol, ni arbusto, ni columna, ni espacio
de barrera, en donde no aparezca un resplandor. En este momento se
enciende, la elegante lucerna del teatro, entre cien mecheros de gas que
ya lucian, y entre cien guirlandas de flores que decoran el techo y las
paredes de la escena. Cualquiera diria que en aquel lugar iba 
verificarse la representacion de algun prodigio, de algun encantamiento
 cosa semejante. Parece que en ese teatro de mgia no debe ser actor
otro personaje que un hechicero. Entretenidos en mirar aquella mmica
brillante, nadie tocaba  la cerveza ni  los bizcochos. Yo no quitaba
ojo al brigadier Rotalde, que tan pronto se echaba el sombrero hcia la
frente, como se lo dejaba caer hacia atrs, movindose casi
contnuamente en la silla, en seal sin duda de impaciencia. Yo, que
calculaba en qu vendrian  parar aquellas misas, no podia menos de
reirme en mi interior. En esto asoman los actores por una puerta lateral
de la derecha, clama la muchedumbre que rodea la valla exterior, todo el
mundo fija sus miradas en el reluciente teatro, los artistas saludan con
una profunda cortesa, permanecen un momento de pi, contemplando al
pblico, como si quisiesen tomar posesion anticipada de su benevolencia,
y despues de esta pantomima seductora toman asiento en sus respectivos
sofs. Las hembras, vestidas de blanco, convertidas (por sus vestidos)
en smbolos de la pureza y de la castidad, engalanan el sof de la
derecha, inmediato  la puerta de entrada, mientras que los varones van
 ocupar el otro sof de la izquierda, frente por frente del sof de las
damas.

--Empezar ya el canto? pregunt el brigadier.

--No, seor, respond.

--Pues por qu salen?

--Porque as lo tienen estipulado en sus contratas. Esto es parte de la
funcion. Antes de empezar la tarea, tienen obligacion de exponerse al
pblico,  fin de entretenerle con esta novedad, hasta que llegue la
hora convenida.

--Cual es esa hora?

--Creo que las ocho.

El brigadier sac el reloj con mucha prisa, y vi que eran ms de las
siete y media. Tomamos un sorbo de cerveza, miramos  nuestro alrededor,
principiamos  contar las luces, aunque no pudimos terminar; cruzamos
algunas palabras sobre el viso dramtico que los franceses saben dar
alas cosas, sobre esa habilidad fascinadora que sabe hacer bonito, muy
bonito, lo que es realmente feo, muy feo; sobre ese instinto
trastornador que convierte la realidad en apariencia, y la apariencia
en realidad, ofuscndonos de tal modo, que casi llegamos  perder el
conocimiento natural de lo que es bueno y de lo que es malo;
discurramos, vuelvo  decir, sobre el particular, cuando el clamoreo
confuso y prolongado de la multitud que circuye la barrera, vino 
noticiarnos que la hora del concierto se aproximaba. Dejamos de hablar,
volvemos los ojos  la escena, el brigadier se levanta maquinalmente y
vuelve  sentarse, como si quisiera tomar una posicion ms segura, en
seal de que aguardaba algun portento; los artistas se ponen de pi,
saludan como antes; se abre la puerta del fondo, los _galanes_ se sitan
cortesmente  los lados de la puerta; pasan las _damas_; los galanes las
siguen, y la escena se queda sin nadie. Silencio profundo. Todo el caf,
por dentro y por fuera, aguarda resignado. La orquesta preludia, la
multitud grita, las sillas crugen, las mesas se chocan, los mozos
corren, los curiosos se arremolinan, todos se sientan, la puerta del
fondo se abre, el _carcter cmico_ asoma.... Carcajada general,
unnime! Ovacion completa!

--Qu es eso? me pregunt muy bajo el asombrado brigadier.

--Es que ha salido el gracioso, como si dijramos el payaso.

El brigadier arrug el entrecejo. Esta salida inesperada no fu muy de
su gusto.

El _carcter cmico_ anda de gatas, se pone en cuclillas, de bruces,
canta, llora, chilla, gorgea, ladra, maya, ahulla, hace la gallina, hace
el gallo....

El brigadier se siente dominado por un mpetu de noble y generosa
indignacion; se levanta con aire brusco; la mesa tambalea, los vasos se
vierten, los bizcochos andan por el suelo, los mozos acuden, el
brigadier deja una moneda de cuatro duros: esto es una poca vergenza!
exclama colrico, y todos tres abandonamos el caf cantante.

Luego me dice el brigadier: el que no quiera ser injusto con la Francia,
no debe venir  este infame y grotesco espectculo. Si viene aqu,
tiene que ser injusto por necesidad; tiene que creer que Francia es una
horda civilizada, porque no se concibe que tamaa degradacion de los
sentimientos cristianos pueda caber en la conciencia de un gran pueblo.

Yo dije al digno y pundonoroso Brigadier: tiene usted razon. Lo que
usted siente hoy, lo sent yo del mismo moda cuando vi por primera vez
esa degradante pantomima, y as lo tengo consignado en la obra que
escribo.

--Hace usted bien, muy bien, contest, y nos dirigimos silenciosamente
hcia la Plaza de la Concordia. Habiamos entrado ya en la Plaza, cuando
todava duraba aquel silencio. No parecia sino que nos habia sucedido
una desgracia. S; igalo el Sr. Alejandro Dumas; igalo ese famoso
novelista, que ha hecho tanto dao  este mundo, como la peste que ms
dao haya hecho; igalo esa celebridad que ha descompuesto tantos
matrimonios; que ha torcido tantas ideas; que ha enloquecido tantos
corazones; igalo ese genio francs, cuyas novelas han dado veneno 
tantas jvenes incautas, engaadas y seducidas por sus encantadoras
fantasmagoras, igalo el eminente novelista Dumas; igalo esta Francia
que ha dado tanto oro, tanta fama, tanta honra, tanto aplauso,  los
chismes y  las mentiras de ese novelista sin conciencia, de ese
vendedor de _falsas novedades_: oiga la Francia, esta culta, esta rica,
esta poderossima Francia, lo que voy  decir: tres espaoles, _tres
cafres de allende el Pirineo_, caminan tristes, estn afligidos, porque
acaban de ver un espectculo que desdora  esta gran nacion. _Tres
cafres de allende el Pirineo_ caminan mudos y sienten dolor en su alma,
al cumplir el deber cristiano que tienen de pronunciar esta justa
censura.

--Qu Plaza es esta? pregunta el brigadier, medio amostazado todava
por la aventura del caf-concierto.

--Es la clebre Plaza de la Concordia.

--Y por qu es clebre?

--Por dos grandes bautismos de sangre. Aqu, cuando apenas estaba
concluida la Plaza, tuvieron lugar las fiestas pblicas por el
casamiento de Mara Antonieta con el Delfn, y la multitud aplast en
un dia  ciento treinta y dos personas. Aqu, sobre este suelo que
pisamos, rodaron en el trascurso de tres aos no cumplidos, mil
quinientas cabezas de personajes clebres. Aqu se traslad en el
sangriento 23 de Agosto la guillotina, por rden del Consejo general de
la Municipalidad de Paris, y esa guillotina, ese mnstruo brbaro 
insaciable, devor las cabezas de Luis XVI, de Mara Antonieta, de
Carlota Corday, de la Princesa Isabel, de Madama Roland, de los
Girondinos, de Barnave, de Hebert, de Danton y de Robespierre. Si toda
la sangre humana que aqu se ha derramado, brotase en este instante de
las losas que pisan nuestras plantas, nos llegaria seguramente al
cuello. Al decir yo esto, sucedi una cosa muy particular, que jur no
echar en olvido al escribir este pasaje. La Plaza de la Concordia est
profusamente iluminada, como que la alumbran ciento cuarenta y dos
mecheros de gas; hacia luna, una luna muy clara, de modo que parecia que
nos hallbamos al declinar la tarde. En el momento de pronunciar yo,
_que si la sangre derramada en la Plaza de la Concordia brotara de las
piedras que pisbamos, nos ahogara_, un caballero y una seora pasaron
muy cerca de nosotros, y al oir mis palabras la seora, se levant el
traje y anduvo de puntillas algunos pasos, como si temiera mancharse las
botas y el vestido. Se lo hice notar al brigadier y al otro compaero, y
todos celebramos la admirable ocurrencia de aquella seora, y la
exquisita sensibilidad de la mujer. Debe presumirse que la seora en
cuestion era paisana nuestra, puesto que entendi lo que hablbamos, y
nosotros hablbamos en espaol.

Volviendo  la historia terrible de la Plaza, dije al brigadier: lo malo
tiene la ventaja de que no es necesario que nadie lo extirpe: l tiene
el encargo providencial de extirparse  s mismo. La guillotina mat la
guillotina; el terror mat al terror; la barbarie mat  sus hijos, como
el Saturno de la Fbula, y concluy por matarse  s propia.

--Qu es aquella columna?

--El obelisco de Lougsor, cerca del Cairo, que sirvi de ornamento al
palacio real de la famosa Tebas. Sus geroglficos dicen que fu
principiado bajo Rhamss II, mil quinientos cincuenta aos antes de la
venida del Salvador, y concluido en el reinado de su hermano Rhamss
III, que la historia conoce bajo el nombre de Sesostris, que fu el rey
ms grande de todo Egipto, el rey ms grande de toda el Asia. De modo
que esa piedra tiene tres mil cuatrocientos trece aos. Pesa
prximamente.... Cunto dirn ustedes?

--Quin puede saberlo? contestaron al par mis interlocutores.

--Calculen ustedes poco ms  menos.

--Dos mil quinientos quintales? pregunt el compaero del brigadier.

--Ms de cinco mil. Pesa muy cerca de veintitres mil arrobas.

--Y esa columna es de una sola pieza?

--Una sola pieza. De otra manera no seria obelisco.

--Pues seor, dijo el brigadier, difcilmente puede encontrarse un
personaje de ms peso y de ms edad.

Dej  mis compaeros en su fonda, y el carruaje me llev  mi casa, en
donde encontr  la amable familia americana, la misma que nos habia
convidado  la tertulia de la calle de Lepelletier. Mi compaera estaba
empeada en que no habia de ir, y yo empeado en que no se habia de
quedar, y gracias al cielo! esta vez no se cumpli el refran que dice:
_pdele  Dios que sea bajo!_ Hago aqu mencion de este triunfo de un
marido, porque un hecho tan raro bien merece la pena de que se mencione.

--Es que yo no hablo una palabra en francs, qu papel har en la
tertulia? Todos se reirn de m....

--Mira, dije  mi compaera, Paris tiene la presuncion de ser el pueblo
universal; Espaa est dentro del universo, de modo que t cumples
hablando en espaol.

A las once y cuarto estbamos en la tertulia. Muchas sonrisas, muchos
gestos, muchas contorsiones, muchas luces, muebles magnficos, un gusto
refinado en todas partes, una comedia deliciosamente ejecutada. En
cuanto al recibimiento que merecimos, nada puedo decir que no ceda en
honor de aquella bondadosa y liberal familia. Mi pobre mujer estaba all
como raton en boca de gato,  despecho de su fecunda locuacidad. Una
seora que estaba  su lado, la dirigi no s qu pregunta en francs.
Mi mujer contest en castellano que no entendia; la otra la respondi en
francs que no la comprendia tampoco, y despues de estas amigables
explicaciones, ambas se miraron y movieron la cabeza, como si quedaran
convencidas, sin embargo de que no habian comprendido una palabra.

Se bail muy bien; se cant mejor; se toc  las mil maravillas. El
arte, ms severo nada hubiera podido objetar; pero no hall otra cosa.
He hecho propsito firme de no faltar  la verdad, ni aun por
galantera, ni aun por gratitud. No encontr ese ambiente embalsamado,
esa atmsfera vaporosa, esa idealidad inspirada, esa naturaleza rica,
esos instintos poderosos: no encontr esa aura indefinible, el genio
sencillo con que nos embelesa la sociedad italiana. Qu bella es Roma,
cuando se la mira desde Paris! Voy  hacer mrito de la risible
extravagancia de una mujer de Batioles, que formaba parte de la
tertulia. Esto no es hablar de Paris, ni de Francia, porque ni Francia
ni Paris pueden tener culpa de que haya una vieja ridcula.

En segundo trmino del salon, como las ltimas figuras de un cuadro,
habia una seora con su hija, muchacha graciossima que podria rayar en
los quince  diez y seis aos. Un caballero pregunt  la madre cundo
se casaba la muchacha. La vieja se puso encarnada como un pavo.

--Casarse mi hija! exclam con miedo y casi con clera. Qu delirio!
Haga usted el favor de no hablar de amores y de casamientos  una nia,
que no debe pensar en otra cosa que en vestir y desnudar muecas.
Casarse! Cmo quiere usted que se case esta mocosa? No, seor; yo no
quiero engaar  ningun hombre. Mi hija no se casar un dia antes de los
treinta aos.  los treinta aos se cas su abuela,  los treinta aos
me cas yo, y si mi hija piensa otra cosa, puede hacer cuenta que no
tiene madre.

Al decir esto, aproximaba su asiento al de la muchacha, como si temiera
que alguno viniese  robrsela. Pero advert que mientras que la madre
hablaba, la hija se reia. La vieja lo not, y la tir desabridamente del
traje, y es muy probable que la sermoneara con algun pellizco, esos
pellizcos afectuosos que las madres dan  las hijas.

El caballero quiso replicar.... Aqu fu Troya! La vieja no sabia cmo
estar sentada; sudaba; se llevaba las manos a la cabeza; paladeaba
contnuamente, porque sin duda se le secaba la saliva en la boca.

--Nada! nada! exclamaba fuera de s. Treinta aos cumplidos, y si
falta un dia, no quiero. El caballero tuvo que mudar de conversacion, 
hizo perfectamente, porque es seguro que si no deja el tema comenzado,
hay en la tertulia un soponcio. Yo miraba  la vieja diciendo para m:
qu imbecilidad! Luego miraba  la muchacha, y decia: qu lstima!

Los lectores me permitirn que diga dos palabras sobre una curiosidad
muy rara, sumamente rara, como teora: muy comun, sumamente comun, como
hecho. Quiero decir que est sucediendo  cada instante, y que tal vez
no puede hallarse la razon de una experiencia tan repetida y tan
trivial. H aqu la curiosidad de que hablo. Nadie ama  su hija como
una madre; no hay un carcter ms digno de veneracion, que el santo
carcter de la maternidad. Pero no digo bien; la maternidad es ms que
carcter; es la virtud suprema, la suprema emocion de este mundo; es la
grande heroicidad de la vida. Una madre es el hroe de todos los hroes,
el mrtir de todos los mrtires. El hroe da su vida al sentimiento de
la gloria; el mrtir da su vida al sentimiento de la fe; pero cuando
llega la hora de morir, mueren con dolor. La madre que muere por sus
hijos, muere con placer. La madre mantendria  sus hijos con sus propias
lgrimas. La madre tirita cuando ve que sus hijos tienen frio. Una madre
muri en un lecho hediondo, lleno de harapos. En aquel lecho habia con
ella dos criaturas. Cuando los vecinos entraron al dia siguiente,
hallaron  la madre abrazada  sus hijos; los brazos helados de la
muerta, tenian  las dos criaturas encadenadas contra su pecho, mientras
que sus labios amoratados estaban tocando la frente de uno de los nios,
porque sin duda alguna habia muerto arrojando el aliento sobre aquella
frente, para calentarla con el hlito de su boca y de su corazon. Los
nios vivian. Para arrancrselos  la mujer que ocupaba el lecho, fu
necesario enderezar aquellos brazos rgidos, que tenia presas  las dos
criaturas. Para arrancar esas criaturas  la mujer que ocupaba aquel
lecho hediondo, fu necesario luchar con su cadver. Aquella madre
abrig  sus hijos con su desnudez; los calent con su propio frio, con
el frio de la muerte. Esto es un prodigio, un milagro; pero la madre
tiene el don celestial de hacer milagros y prodigios. Sobre una madre no
hay nada en el mundo, nada absolutamente ms que Dios. No se me puede
tachar de indiferente,  de descastado. Adoro  mi madre, adoro  todas
las madres de la tierra; adoro  las madres, no  las ayas. Misterio
incomprensible! Esas madres que aman tanto  sus hijos, son las que
causan ms frecuentemente su perdicion. No hay ninguna cosa ms temible
para una hija, que el casamiento arreglado por una madre. No hay nada
ms expuesto  error, ms expuesto  ser engaado, que el corazon de una
mujer, cuando se trata de sus hijos. Basta que cualquier hombre mal
intencionado aparente amor  su hija, para que la madre se embobe y lo
eche todo  pique. Cree que va  labrar la felicidad de aquella criatura
que tanto ama, y labra su desdicha con un afan que raya en frenes. La
madre tiene amor, no tiene juicio; tiene abnegacion, no tiene reserva;
sabe criar  sus hijos en sus pechos, no sabe criarlos para el mundo;
tiene el don divino de darles el sr; no tiene el don humano de darles
la felicidad; SON MADRES, NO SON AYAS.

Figrese el lector qu suceder  la pobre muchacha de Batioles, con la
mana que tiene embargada la cabeza de su madre. Tiene que casarse  los
treinta aos,  los treinta aos cumplidos, y si falta un dia, la madre
no quiere. Cuntas luchas, cuntos sinsabores, cuntas amarguras no
esperan  esa pobre hija? Treinta aos! Ahora tiene quince  diez y
seis. Y si ama ya? Y si hoy tiene ya una pasion? Ha de esperar trece
 catorce aos, para satisfacer el sentimiento ms querido de su alma,
la necesidad ms irresistible de su corazon, la fantasa ms grande con
que la ha embellecido la Providencia? Y si despechada, al ver que
contrarian el ms profundo instinto de su existencia, huye de la casa
que la vi nacer, y se pone en brazos de un hombre prfido, como Luisa
se puso en brazos del estudiante de Rodhese la volver su madre la
honra y la dicha que ha perdido? Madre insensata! qu es lo que crees?
Crees que eres madre de tu hija, para sacrificarla  los caprichos de
su madre y de su abuela? Crees que tu hija ha de vivir con la vida
especial de su abuela  de su madre? Crees que eres madre de tu hija,
para encerrar en el canutero de tus agujas el sentimiento ms grande y
poderoso de la existencia, el encanto de todos los vivientes, el secreto
de todas las familias, la lumbre que calienta todos los hogares, el
ngel del mundo que arrulla el sueo, de todas las almas? Crees que
eres madre para poner  para arrancar ese sentimiento del alma de tu
hija, como quitas  pones un garbanzo en tu olla, como clavas  dejas de
clavar tu aguja de coser en una costura? Crees que el cielo te ha dado
la dicha inmensa y el inmenso deber de ser madre, para disponer  tu
antojo de la ventura de ese sr que criaste en tu seno, de quien has de
dar cuenta  la familia, al mundo y  Dios? No, madre indiscreta!

Dios no da privilegios para lo absurdo y lo ridculo. Dios no te ha dado
la alteza, la soberana alteza de ser madre para que le pagues con la
ruindad de hacer infeliz  tu hija.

Suplico  las hijas que se hagan cargo que no hablo con ellas; figrense
que no han leido nada; frmense la ilusion de que estas pginas estn en
blanco. No hablo con las hijas, sino con las madres.

Voy  dar un consejo  los padres, porque  los padres toca el gobierno
de los grandes intereses de su casa; por consecuencia, el gobierno de
sus hijos, puesto que un hijo es el inters capital de la familia.

Cuando tu hija ame y sea amada, no mediando peligro en el casamiento, no
te opongas  que se case. Sobre todo, no te opongas, alegando por causa
los pocos aos de la novia. Semejante causa no es verdadera, ni
legtima. Semejante causa es muchas veces la preocupacion vulgar de que
se vale tu egoismo, porque amas  tu hija, y no tienes bastante
abnegacion para sacrificar tu amor  su felicidad. La mujer, tu hija, es
capaz de casarse, desde luego que es capaz de amar  quien ha de ser su
marido, y un padre sensato no debe pretender legislar esto de otro modo.
La naturaleza, Dios, te ha ahorrado este trabajo, porque legislar estas
cosas tocaba  Dios, y un padre sensato debe calcular que la Providencia
sabe ms que l. Y ljos de evitar que tu hija se case jven, debes
procurar con mucho cuidado que no se case vieja. Por qu? Por cuatro
razones capitales.

1. Casndose tu hija jven, es ms apta para la generacion, en lo cual
gana la sociedad, y tiene que correr muchos menos peligros al ser madre,
en lo cual gana ella. De las veinte mujeres que se casan  cierta edad,
las once sucumben cuando dan  luz la primera criatura.

2. Casndose jven tu hija, aun cuando muera  una edad mediana, dejar
educados  sus hijos; cuando menos,  los mayores, que podrn encargarse
de la educacion y del porvenir de los pequeos, pudiendo morir con la
indecible satisfaccion de que deja en el mundo una familia. Por el
contrario, las que se casan tarde, no pueden vivir lo preciso para dejar
 un hijo establecido y colocado, de donde resulta frecuentemente que
los hurfanos tienen que ser presa de los hospicios, de los hospitales;
de la miseria, de la ignorancia y del vandalismo. Si pudiramos ver la
historia secreta de todos los hechos sociales cuntas lecciones
hallaramos! Cuntos escarmientos vendrian  castigar nuestras
imprudencias! Cuntos desgraciados habrn subido las gradas del
patbulo, por las extravagancias de sus madres, madres como esa madre de
Batioles!

3. Casndose jven tu hija, satisfaciendo  tiempo la necesidad ms
imperiosa y ms sagrada de su corazon, no puede ser vctima, como lo son
tantas mujeres, de una pasion contrariada, de un amor combatido y
tiranizado. Pero aunque su virtud se conserve pura, aunque no halle su
perdicion y su deshonra en un mar de lgrimas y de desdichas; aunque
tenga el necesario desprendimiento de s misma para sacrificarse, por
qu razon ha de sacrificarse esa criatura? Por qu razon ha de ser su
padre quien la sacrifique? Por qu ese martirio sin gloria? Tu hija ama
 los diez y seis aos, y t te empeas en que ha de casarse  los
treinta cumplidos. Quin llena ese vaco de catorce aos? Quin premia
esa lucha? Quin compensa ese sacrificio y esa agona? Y si tu hija
enferma, quin la volver su salud? Y si se muere, quin la arrancar
de su sepulcro?

4. Casndose jven tu hija, se atempera con mucha menos dificultad al
carcter y  las costumbres de su marido; y con mucha menos dificultad
puede recibir esta segunda educacion, infinitamente ms peligrosa, ms
difcil y ms importante que la primera. Crees t, padre de tu hija,
que t slo la educas? Ests en un error gravsimo. T la educas para la
sociedad, para la familia, para todo el mundo. Su marido tiene que
educarla luego para l. T haces con tu hija, lo que hace el sastre que
confecciona un traje para el primer parroquiano que salga. Luego que el
parroquiano se presenta, se pone el traje, y va designando al maestro en
dnde le est estrecho, en dnde le est ancho, en dnde le hace
arrugas, porque no quiere un traje que le haga arrugas, ni que le est
ancho, ni que le est estrecho. T, padre de tu hija, haces un traje sin
tomar la medida de tu yerno; tu yerno ha de ajustrselo despues, y esta
segunda hechura es una medida que tiene ms peligros, porque el nuevo
sastre no cuenta con toda la tela, sino con la tela que tiene el vestido
que le dan, con la tela que t le has dado. Y qu cristiano educa  una
mujer, endurecida en sus costumbres, en sus hbitos, en sus vicios y
preocupaciones? Qu cristiano educa  una mujer de treinta aos, como
la abuela de la muchacha de Batioles? Ms fcil es enderezar  un roble
de cien aos, que  una mujer de quince. Quin ser tan necio que eche
sobre s el andar  pleitos con una de treinta? Ay! An siendo jven,
an sin tener conciencia cabal de s propia, en el perodo inocente de
la generosidad y del amor, an en la aurora de la vida, entre los
alegres albores del amanecer, pasa lo que Dios sabe: qu no pasar,
cuando la mujer se ha explicado  su modo el mundo en que vive; cuando
est celosa y enamorada d sus ideas, de sus opiniones y de sus hbitos,
como de su pelo, de sus ojos  de su vestido?

En favor de la teora contraria no hay ninguna verdadera razon. En abono
de la teora que defiendo, existen, sin esforzar mucho el asunto, las
cuatro razones que acabo de exponer. Encargo  los padres que mediten
despacio sobre este consejo, dado  la ligera; pero que es fruto de una
contnua y madura observacion, no desmentida nunca por la geometra
infalible de la vida, por la experiencia.

Voy  terminar este dia con algunas curiosidades.

Primera curiosidad. Un amigo nos ha referido lo que oy en Sevilla,  un
hombre y  una mujer del pueblo. Es el caso que una mujer, jven y
hermosa, pasaba por cierto lugar. Un hombre se aproxima  ella, y la
dice: oiga usted, cuando ese cuarto se desalquile, puede avisarme,
porque yo lo quiero habitar.

--S, seor, contest con mucho reposo la mujer. Cuando usted guste,
puede pasarse por mi casa, que mi marido le entregar la llave.

Qu retrico, por sbio que fuera, escribiria una alegora ms
vigorosa, ms bien expresada, ms significativa, sin dejar de ser
decorosa y honesta?

Segunda curiosidad. Un peridico literario de Paris hace tres preguntas,
 fin de que los suscritores curiosos se las contesten.

Primera. Qu es lo ms temible de este mundo?

Yo creo que un tonto.

Segunda. Qu debe hacer el hombre para evitar los inconvenientes del
casamiento?

Yo creo que lo mejor es no casarse.

Tercera. Cul es la tendencia favorita de las mujeres?

Voy  contestar con dos redondillas castellanas.


      El dominio, este es su afan;
    Y tan de antiguo lo quiso,
    Que domin el Paraso
    An siendo soltero Adn.

      Con lo que queda expresado
    Que he dicho bastante infiero;
    Si lo enred de soltero
    Qu hubiera sido casado?


Maana nos espera el Louvre. El brigadier Rotalde no habla de otra cosa
que de la Asuncion. Por lo que  m toca, Dios sabe cunto deseo verla.
Animo, mis queridos y benvolos lectores! Hasta maana.




=Dia trigsimo tercero=.

La enferma.--Museo del Louvre.--La Asuncion.--Apoteosis de Rubens.--Otra
pintura de Murillo.--Una respuesta.--Noticia  mis lectoras.--Curiosidades.


Virtud increible la de la sangre! Cario santo el de la familia! La
hermana de Luisa ha llegado con su esposo; Luisa est buena; y no slo
est buena, sino que es feliz, todo lo feliz que puede ser una criatura
que ha perdido la grande ilusion, la grande esperanza y el grande
secreto de su existencia. La honra es en nuestra alma, lo que es el
aroma en las flores: una esencia de aquella vida.

Un abrazo de la mujer con quien se ha criado en la casa paterna, un solo
abrazo de su hermana, ha curado casi las llagas de su corazon. Qu
sentirian aquellas dos mujeres cuando se vieron? Qu sentiria Luisa, al
oir la voz de su segunda madre? Qu hay en l mundo comparable  las
lgrimas, que aquellas dos criaturas derramaron? Qu poder, qu
riqueza, qu fausto, qu ciencia, qu genio, qu gloria, tiene el arcano
arrebatador qu da la Providencia  esas lgrimas ignoradas y mudas?
Ah! Este amor innato de la familia, esta preciosa herencia que las
madres dejan  sus hijos, esta lumbre apacible que calienta  todos los
que viven en una casa, es lo que ms nos reconcilia con la humanidad;
ms que el talento, ms que el heroismo, ms que la virtud. Al ver  un
mendigo,  un criminal,  un traidor,  un leproso, no puedo menos de
exclamar:  ese hombre le ama su madre, le ama su esposa, le ama su
hijo; y en aquel hombre miserable, en aquella criatura abyecta, en aquel
andrajo de la vida, si as puede decirse, encuentro algo digno de
respetarse. S, yo respeto en aquel hombre el amor augusto de la
familia; respeto y adoro esa sacratsima poesa, cuyo poeta no mora en
este mundo. Aquella criatura envilecida lleva consigo un profundo
misterio que Dios le ha dado, y ante ese misterio que Dios nos da, debia
el hombre estudiar en silencio y con la cabeza destocada.

Volviendo  Luisa, Madama Fonteral vino  enterarnos de lo ocurrido, y
el alborozo ahogaba su voz. La buena mujer no sabia por dnde empezar, y
exclamaba-muy  menudo: _estoy loca, estoy loca_! Por fin, nos
particip la noticia, y mi mujer y yo sentimos lo que sentiriamos,
cuando encontrramos  una hermana que se nos hubiera perdido. Mi mujer
miraba  todos lados de la estancia; diciendo: _me parece que somos
ms_. En efecto, todos creiamos que nuestra familia se habia aumentado.
La hermana de Luisa era tambien hermana nuestra, hermana por la
compasion y por la caridad.

Madama Fonteral cogi la escalera, balbuceando palabras que no
comprendimos, y mi Ana y yo nos dirigimos una ojeada, como si nos
quisiramos decir: qu excelente mujer!

Desde este dia, miramos  Madama Fonteral con un verdadero y entraable
cario. Tal vez esa pobre lechera es la persona  quien ms queremos en
Paris.

Mi mujer y yo, con los ojos iluminados por la alegra, nos asomamos al
balcon; Luisa estaba en el de enfrente, con la vista clavada en el
nuestro. Indudablemente esperaba  que nosotros nos asomsemos, para
saludamos. As fu. Nos mir con un aire indecible de regocijo, nos hizo
diferentes saludos con las manos y con la cabeza, pronunci palabras que
no pudimos entender, y se meti dentro como un relmpago, dejando en
nuestro balcon, no  dos criaturas, sino dos esttuas. Al darnos de cara
con Luisa, al recibir el saludo de su ademan y de sus ojos, aquel tierno
saludo de un alma buena y generosa; al vernos casi enfrente de aquella
mujer que poco antes se moria, de aquel cadver resucitado, se nos
oprimi el corazon, y quedamos all como dos figuras de piedra. Pobre
Luisa! Alma tierna! Aquel saludo que nos hizo, fu un consuelo que
quiso darnos, que realmente nos di. Hay jvenes (yo conozco algunas),
que tienen como el sentimiento del vicio, sin embargo de que viven en la
virtud. Hay otras que tienen la conciencia de la virtud, sin embargo de
vivir en el vicio. A estas ltimas pertenece Luisa. Ha pasado por la
deshonra, y no ha perdido totalmente el encanto de la inocencia. Es ms
inocente por su alma, que muchas jvenes lo son por su edad.

Mudemos de decoracion. Es la una de la tarde; el brigadier Rotalde, otro
amigo y yo, paseamos nuestros vidos ojos por una gran sala del Louvre,
denominada el _salon de los Estados_. La gran sala del palacio de
Versalles, y la que ahora examinamos, son las dos piezas ms espaciosas
y magnficas que he visto. Tiene prximamente dos pisos de altura, sobre
ochenta pasos de longitud, y veintiocho  treinta de latitud. El famoso
salon de embajadores del Palacio Real de Madrid, es mucho ms pequeo;
sin embargo, me parece que es ms majestuoso, porque es ms sencillo. El
nico defecto que noto en esta regia estancia, consiste en que la
profusion en el ornato, la quita esplendidez en el conjunto. Con menos
lujo, habria ms grandeza, porque resaltaria ms la grandeza de los
techos, de las paredes, del espacio; la grandeza de la extension. A
pesar de todo, es una pieza deslumbradora. Entre las infinitas cosas
notables que hemos visto en la sala de que hablo, no voy  hacer mencion
ms que de una. Casi al fin del lienzo de la derecha, como en el comedio
de la pared, divisamos un cuadro. Nos aproximamos cuanto pudimos, y
echamos de ver que era el retrato de su pintor. Uno de los curiosos que
visitaban el Museo en aquel dia, contemplaba el retrato con cierta
entusiasta curiosidad, casi con maravilla. Esto nos llam la atencion 
nosotros, que no veiamos en aquella pintura un motivo tan grande de
admiracion y de entusiasmo. Nos fijamos con ms insistencia en el cuadro
que teniamos delante; volvimos los ojos al espectador, y notamos de
nuevo que no dejaba de hacer muecas y contorsiones, como encareciendo la
excelencia de la pintura. En esto nos mir, y nosotros le miramos
tambien, en seal de decirle: que ves t en ese cuadro? Qu prodigio
es ese?

El extranjero (era aleman) nos comprendi, y al pasar cerca de nosotros,
balbuce en mal francs: ese retrato que ustedes ven, esa pintura que
est ah colgada, no es una pintura, no es un cuadro al leo: es un
tapiz, y saludndonos con un ademan, parti.

Los tres nos quedamos asombrados, y permanecimos mucho tiempo
contemplando aquella maravilla. No sabiendo que aquella pintura es un
tapiz de la fbrica de Gobelinos, parece imposible que haya una persona
que distinga el tapiz de una pintura al leo, y de una pintura de buena
escuela. El tejido ha hecho tanto como el pincel; la lana es all rival
de los colores. Sombras, medias tintas, confusion de matices, hasta
vaguedad en el colorido, hasta esa mezcla indefinible, infinitamente
varia y distinta, que slo puede hacerse en la paleta de un pintor, todo
est all. Los Gobelinos son tan pintores como tapiceros,  tan
tapiceros como pintores. Creo que ese retrato que acabamos de ver y
admirar, es una de las ms grandes curiosidades que posee el arte
humano.

Entramos en el Museo de pinturas. Despues de atravesar algunas galeras,
en donde hay ms riqueza de arquitectura, en donde el edificio es mucho
ms notable que el Museo, penetramos en la _sala de preferencia_. En
esta rica sala se custodian todas las obras ms estimadas que el Louvre
posee de los grandes maestros. En medio del ngulo de la derecha, entre
pinturas de Rafael de Urbino, de Rubens, de Ticiano y Poussin, vimos un
cuadro que parecia presidir aquella especie de banquete histrico; un
banquete  que asisten silenciosamente tantos genios.

El brigadier Rotalde se destoca, y con una valenta de sentimiento, que
no fu dueo de reprimir, exclam: _viva Bartolom Estban de Murillo!_
Esta exclamacion improvisada tenia cierto fluido elctrico.

Nuestra curiosidad est satisfecha. La pintura que vemos es la ASUNCION.
Puede explicarse el mrito de ese inmenso cuadro? Creo que no. En esto
sucede lo que con el color y con el sonido. En vano explicaremos el
color al ciego, y el sonido al sordo. El que no reciba estas nociones de
la creacion natural, bajar al sepulcro sin ellas. El que no tenga
entendimiento, fantasa y corazon para comprender y sentir la gran
belleza que el genio de un hombre esculpi en ese lienzo; el que no oiga
dentro de su alma, muy dentro, lo que le dice ese silencio arrebatador,
esa elocuencia que no habla con la boca, esa elocuencia muda, y que por
lo mismo es ms sublime; quien no tenga el talento del entusiasmo, como
tuvo Murillo el talento del arte, apenas podr entender una palabra de
esa lengua divina. Cuando ms se le explique, menos comprender. Sin
embargo, dar cuenta al lector de mis impresiones. No tome el lector 
soberbia, lo que voy  decir por ingenuidad. No veo el mrito de la
ASUNCION, en donde otros lo ven. Lo veo, grande, muy grande,
maravillosamente inspirado y feliz, en donde no se ve generalmente. Creo
que el mrito maestro de ese cuadro no consiste, sino en que teniendo
todas las formas de mujer, no nos hace experimentar la emocion del sexo;
en que tiene esa indecision misteriosa del pensamiento, de la
conciencia, de la esperanza; es decir, de la Vrgen, porque la esperanza
es toda la vida y toda la belleza de la virginidad. Es una mujer en su
cuerpo, y una idealidad en su alma; y la idealidad es tan poderosa, que
la impresion del cuerpo desaparece, y triunfa el espritu. Esa ASUNCION
es una escuela en que el arte se pone de rodillas ante la fe. No veo 
Murillo; no veo  Espaa; no veo  Sevilla; no veo  nadie; no veo ms
que  la ASUNCION. La obra es tan grande, que mata la idea del obrero.

En dnde principia esa Vrgen? No se sabe. Un ropaje magnfico oculta
sus pis.

En dnde acaba? No se sabe. El dedo ndice de su mano derecha seala 
lo alto, y el cielo es un espacio que no tiene confines. Parece que se
va, que se sale del cuadro, que se echa  volar sin alas; parece que
aquella figura tiene su complemento en otro mundo; parece que Murillo
quiso concluirla en el arcano de una esperanza, en la sombra de un
vaticinio, en el pensamiento de Dios. La ASUNCION es un cuadro  que no
falta nada, como creacion artstica, y que considerado como creacion
religiosa, no tiene principio ni fin. El espectador no sabe, no ve, de
dnde arranca, ni en dnde concluye.

En esa ignorancia misteriosa y trascendental, en esa ignorancia sublime
con que la ASUNCION se apodera de nosotros, consiste el gran mrito de
la pintura,  juzgar por lo que yo siento delante de ella.

Voy  dar noticia de algunos detalles, procurando apartar la vista de
otras muchas bellezas, porque cualquiera pincelada de ese lienzo vale un
buen cuadro.

Yo s que los ojos de la figura que contemplo son bellsimos, y sin
embargo, portento que asombra! no sabria decir qu color tienen. Y en
qu consiste esto? dir algun lector. Consiste en que Murillo quiso que
los espectadores no viesen los ojos de la ASUNCION, sino que mirasen al
cielo,  donde mira la inspirada imgen.

Otra cosa me llama mucho la atencion, y es la profunda filosofa que me
revela el pensamiento de ocultar los pis  la Vrgen. Realmente,  una
vrgen no se le deben ver los pis. Todo lo que una vrgen pierde en
sombra, pierde en misterio; y todo lo que pierde de misterio, pierde de
vrgen. Pero qu pliegue para indicar el muslo! Qu contorno para
insinuar la cintura! Qu manto para ocultar los pis! Qu ondulaciones
en el traje! Qu suavidad de colorido! Qu dulzura de sentimiento!
Qu expresion de actitud! Qu pureza y qu fervor de alma! No hablo de
la maestra del pincel. El alma, un alma muy llena de grandes afectos y
de grandes verdades, es el pincel que pinta cuadros como el que miro.

Vuelvo los ojos  otro lado, porque no quiero decir ms. Slo aadir
dos palabras acerca de su historia.

Cierto convento de Sevilla encarg esta ASUNCION  Murillo. El pintor da
cabo  su tarea, coge su cuadro, lo lleva al convento, se enteran los
frailes, y se reune la comunidad. Murillo les presenta su pintura; los
crticos se acercan, examinan, miran con ms cuidado, se contemplan unos
 otros frunciendo el entrecejo, y dicen al pintor: vuestra merced
perdone; no es eso lo que hemos encargado; vuestra ASUNCION no hace al
convento.

--Permitan vuestras reverencias, contest Murillo, que coloque el cuadro
en donde debe estar, y si entonces no agrada  vuestras reverencias, me
lo llevar, porque, gracias  Dios, esta vrgen no come pan en casa de
su amo.

--Poco  nada ganarn en ello pintor y pintura, porque el convento
vuelve  deciros que ese cuadro no sirve. Se conoce, seor Bartolom,
que vuestra merced ha manejado muy aprisa los pinceles.

--Los habr manejado tan aprisa como plazca  vuestras reverencias, pero
djenme con mil santos colocar la pintura, y diciendo y haciendo, la
ASUNCION principi  subir. Los frailes, que la habian mirado de cerca,
no habian visto otra cosa que pinceladas de almazarron, pegones de
albayalde, y casi todos habian vuelto la espalda al gran maestro. Pero
el cuadro subia, y  medida que iba subiendo, se transformaba de una
manera portentosa. La pintura se sita en su lugar, la Vrgen aparece,
el lienzo brilla, la ASUNCION llena todo el convento.

--Si no desagrada  vuestra merced, seor Bartolom, ese cuadro puede
quedar ah, porque,  la vista nos engaa,  casi decimos  vuestra
merced que vuestra vrgen hace al convento.

--No quedar ah, con permiso de vuestras reverencias, contest el
pintor. Antes se vea azotado por mano del verdugo Bartolom Estban
Murillo, que vuelva ese lienzo  pisar los umbrales de la comunidad, si
vuestras reverencias no han de tomarlo  enojo. No valieron ruegos, ni
splicas.  los pocos instantes Murillo salia del convento con su grande
obra.

Ignoro qu hizo de ella. Lo que consta es que el mariscal Soult se
apoder del cuadro, que se lo llev  Paris, y que lo conserv hasta su
muerte, entre las pinturas de familia. Muerto el mariscal, el Museo del
Louvre hizo proposiciones  los herederos, los cuales vendieron la
pintura por la mitad prximamente de su valor, en obsequio del
establecimiento nacional  que se destinaba. El Louvre di por ella
ciento sesenta mil napoleones,  sean ochocientos mil francos. Desde
entonces est situada, en donde ahora la admiran los viajeros de todo el
globo. Quin habia de decir  los buenos frailes de Sevilla, que
aquella ASUNCION que no _hacia  su convento_, habia de ser vendida al
Museo del Louvre en ciento sesenta talegas de napoleones, y que debia
presidir la gran sala de aquel suntuoso Museo, entre pinturas de
Poussin, de Rubens, del Ticiano y de Urbino!

Despues de dirigir la ltima mirada al cuadro espaol, con cierto
orgullo nacional, pasamos  una galera, y luego  un salon, en donde no
hay otras pinturas que la apoteosis de Catalina de Mdicis, por Rubens,
por el gran Rubens. Hasta que se ve esta apoteosis gigantesca, no se
tiene una idea exacta del pintor, conde y diplomtico  la vez; pero en
quien el pintor vale ms, mucho ms que el diplomtico y que el conde.
Los cuadros enormsimos de aquella divinizacion artstica, llenan las
paredes de toda la sala. Hay descuidos, hay prisa en aquel inmenso
trabajo; pero se echa de ver tal fecundidad, tal concepcion, tal
valenta en las actitudes y musculaturas, una profusion tan admirable de
figuras y tipos mitolgicos, que el nimo se pasma de que un solo
hombre haya pintado aquellos lienzos colosales. Aquella apoteosis no es
la de Catalina de Mdicis; es la de Rubens. En esta sala, el arte ha
podido ms que la dinastia.

Despues de visitar todo el Museo, en una de las salas contiguas  la de
preferencia, hemos encontrado otra pintura de Murillo. Es un lienzo de
media vara en cuadro, poco ms  menos. Representa un muchacho de corta
edad, pobre, mendigo, sentado en el suelo, y que tiene una pierna
colocada sobre la otra. Con la mano izquierda vuelve un pi, y con la
derecha pretende sacarse una espina. Los tres compaeros nos clavamos
delante de aquel mendigo, y no sabiamos cmo desasirnos de sus miradas.
Qu pintura ms grande! Si yo fuese rico, daria por estos dos palmos de
lienzo, tanto como di el Louvre por la ASUNCION. Este pequeo cuadro
vale ms que la apoteosis de Rubens, no menos que la Vrgen que hemos
visto hace poco. Apenas se concibe que pueda presentarse un pasaje tan
trivial de la vida humana, de un modo tan encantador, tan elevado, tan
filosfico, tan perfecto. Cabello enredado y mugriento, frente oprimida,
ojos dilatados y tristes, mano tostada y sucia, uas ennegrecidas, cara
chupada, pmulos salientes, tez arrugosa, fisonoma mstia, todo est
all con una ingenuidad que sorprende. Es un chiquillo que nunca ha
conocido  su madre, que desde que naci pide limosna. El hijo que
conoce  la que le di el ser, tiene alguna alegra en su semblante, una
alegra que deja algo all hasta que la criatura se muere. En ese
muchacho no ha dejado aquella alegra ningun vislumbre. Positivamente,
esa criatura no ha visto jams  su madre. Si estuviese vivo, nos lo
llevariamos  Espaa. Viendo su estampa inanimada en ese pedazo de
lienzo, nos da gana de echar mano al bolsillo, y de dejarle una limosna.
Con qu verdad, con qu candor, con qu inocencia, abre los ojos
lnguidos y marchitos, frunce los labios, y alarga dos dedos estirados,
para sacarse la espina del pi! Lo repito; esa media vara de lienzo; ese
hurfano solo, abandonado y triste; ese desecho del orgullo del hombre,
ese olvido del mundo, ese andrajo de nuestras culpas, vale tanto como
la Vrgen.

Y dganme ustedes, seores franceses: cmo ese cuadro inestimable, esa
preciossima pintura, esa tiernsima creacion cristiana, esa bellsima
apoteosis del espritu del Evangelio: cmo ese mendigo no ocupa un lugar
en la sala de preferencia? Creen ustedes que de cien cuadros que se
custodien en aquella sala, hay noventa y nueve que valgan ms que ese
muchacho que est pintado ah? Creen ustedes que hay un solo cuadro en
la sala de preferencia, uno solo, que pertenezca  un arte ms extenso y
ms elevado,  una escuela ms bella, ms fecunda, ms sbia y ms
grande? Por qu ese hurfano casi divino est oculto aqu? Es pequeo
el tamao de la pintura? Cost poco quiz?

Al atravesar el salon de preferencia, hemos notado una novedad. Una
jven lindsima, condesa italiana, est subida al caballete, copiando la
ASUNCION. Si vale juzgar por los pocos detalles que hemos visto, es un
pincel maestro. Ignoro la vida de esa mujer; ignoro los secretos de su
alma; pero si tiene un alma pura, si tiene un corazon vrgen y bueno, la
copia que saca de la ASUNCION debe ser admirable. Cmo es posible que
no se entiendan bien dos vrgenes tan bellas? algo hemos dicho de esto
al descuido; pero un descuido tal que ella pudiera oir, y la noble y
hermosa pintora se ha sonreido deliciosamente. Ah! quin sabe lo que
habr debajo de esa risa! Muchas veces vemos que la flor ms brillante,
es la que oculta con sus frescos tallos  la serpiente ms venenosa.

Si su conciencia es como su cintura, casi me atrevo  presagiar que ver
el reino de los cielos; aunque se ven frecuentemente cinturas muy
estrechas con conciencias muy anchas.




=Dia trigsimo cuarto=.

La columna de Vendome.--El balcon de la fonda.--Dicho del general
Welington.--La Saboyana del Bosque de Bolonia.--Una Colegiala.
--Cuestion atrasada.--Curiosidades.--A ltima hora.


Es el ltimo dia que el brigadier Rotalde piensa permanecer en Paris, y
estoy en el caso de hacerle los honores que son debidos al que se va.
Poco despues de las diez de la maana, estamos en la Plaza de Vendome,
en cuyo centro se levanta una enorme y gallarda columna. El guardian nos
dice que en la fbrica de este monumento, que es de bronce, se han
empleado doce mil caones, apresados por Bonaparte  los enemigos de
Francia.

Los cimientos de esta gigantesca pirmide, imitacion de la columna de
Trajano, en Roma, tienen una profundidad de doce varas; su dimetro no
baja de cinco, y de cincuenta la elevacion. Se llega  la cima por una
escalera de ciento setenta y seis tramos. Corona la columna una esttua
de Napoleon, vestido de _gran Capitan_. Aguilas, guirnaldas de encina y
de laurel, y otros varios trofeos alegricos, ornan este monumento de
triunfo.

Encima de la puerta de entrada, se lee una inscripcion latina que dice:
con el bronce del enemigo, levant el Emperador Napoleon este monumento
 la gloria del gran ejrcito, que, bajo sus rdenes, venci en cinco
meses  toda la Alemania.

Con motivo de la columna de Vendome, se cuentan dos ancdotas muy
curiosas. De la una es hroe el actual emperador de los franceses; de la
otra, el general Welington.

La de Napoleon III es la siguiente. Cuando, ocurrido el movimiento de
1848, vino  Paris el actual emperador, se hosped en una fonda que hay
en la Plaza de Vendome. Sus amigos y adectos le aconsejaron que debia
enviar gente  provincias, para preparar la opinion pblica, y conseguir
que le nombrasen diputado.

--No es preciso enviar  nadie, contest el emigrado de Lndres.

--Por qu? preguntaron con extraeza sus amigos.

--Porque no necesito de los electores.

--Pero cmo se explica que quien quiere ser elegido, no necesite de los
electores?

--Porque tengo bastante con aquel ELECTOR. Y diciendo esto se levanta,
abre los cristales de un balcon que daba  la plaza, y les muestra la
esttua de Bonaparte, que corona (como ya dije) la columna triunfal.

El antiguo emigrado de Lndres tenia razon. El elector de bronce,
aquella grande historia, lo nombr diputado primero, presidente de la
repblica despues, emperador ms tarde. No niego lo que este emperador
haya podido hacer; pero creo que el otro emperador, el ELECTOR de la
columna de Vendome, ha hecho mucho ms.

Vamos  la ancdota del general Welington. La primera esttua de
Bonaparte, que servia de remate  la columna, se baj en 1815, y su
bronce sirvi para fundir la esttua de Enrique IV, que decora hoy el
puente Nuevo. Pues dicen que, al ver el general Welington aquella
esttua de Napoleon I, concibi la idea de mandar hacer otra esttua de
aquel personaje. Efectivamente, la esttua se hizo, y el general ingls
la coloc en el primer rellano de la escalera de su casa. Varios amigos
del general, sorprendidos de que dejase la esttua en la escalera,
pretendieron hacerle ver que aquello no era decoroso, porque podria
entenderse que queria desairar la memoria del hroe.

--La esttua est en donde debe estar, contest Welington, y baj la
cabeza.

--Pero cree usted, argian los otros, que la esttua de Bonaparte debe
servir de adorno en la escalera de Welington?

--La esttua est en donde debe estar, repetia el viejo general; no
puede estar ms que en la escalera, y volvia  bajar la frente.

--Pero por qu no puede estar en otra parte que en la escalera?

--Porque no cabe por las puertas de mi casa.

Esta buena expresion de Welington hubo de inspirar  uno de nuestros
compaeros de expedicion, el cual dijo: esa columna es un digno pedestal
de aquella esttua. Realmente, Napoleon no necesitaba menor cimiento.

Subimos  nuestro carruaje, y  los veinticinco  treinta minutos
estbamos en el bosque de Bolonia. Al fin de una de las calles de
rboles, en sitio bastante lejano, nos encontramos  una jven rubia,
muy rubia, y de un ctis tan blanco y tan terso, que ms que ctis
parecia alabastro. Una mujer en la soledad, y especialmente entre
rboles y flores, tiene un prestigio fascinador. Estaba al pi de un
arbusto, y con una rama se daba golpes en la punta del zapato derecho,
teniendo clavada all la vista de un modo maquinal. Alguna idea
agujereaba el cerebro de aquella mujer; algun pensamiento diablico
volcanizaba aquella cabeza. Sobre esto dijimos algunas palabras  media
voz; pero la jven no levant los ojos para mirarnos. No parecia sino
que tenia los ojos atados  la punta del pi derecho, en donde
continuaba dando golpes con la rama.

Al pasar casi tocando con sus pis, el brigadier dijo, _esta est
maquinando contra algun infeliz_, y al oir esto, todos nos reimos con
cierta algazara. La saboyana (tal parecia por su color y por sus
facciones) no levant tampoco la vista. Dimos un paseo bastante largo, y
 la vuelta la encontramos en el mismo sitio, conservando la misma
actitud, y sin dejar la extraa ocupacion de dar golpes  la punta del
zapato derecho.

Qu pensar? Qu suceder  esa mujer? Esto murmuramos entre nosotros,
y casi tuvimos tentacion de hablarla. Seguramente lo hubiramos hecho,
si aquella mujer hubiera levantado la vista hcia nosotros, pero en
balde. Al pasar esta vez por su orilla, esforzamos la voz, procuramos
hacer ruido; nada: aquellos ojos estaban cosidos al zapato. Nosotros
pasamos por fin, nos alejamos volviendo la cara, hasta que la perdimos
de vista. La saboyana qued all. Hemos hecho bien en no hablarla?
Creo que no; presiento que hemos cometido una falta de caridad, porque
presiento que aquella mujer oculta un plan diablico, debajo de aquel
movimiento maquinal, casi idiota. La memoria de aquella desgraciada
(estoy seguro de que aquella mujer no es dichosa) nos ha preocupado todo
el dia.

Cerca del arco de la Estrella, hemos encontrado  una familia americana,
que ha venido  Paris con el fin de llevarse  una nia, que tenia en un
colegio de esta ciudad. La colegiala, jven de diez y siete  diez y
ocho aos, iba con sus padres y dos hermanitos. La nia en cuestion
parecia una lela revoltosa. La educacion de los colegios es quiz el
inconveniente ms grave de la civilizacion de nuestros dias. La mujer
que en ellos se educa, contrae mil hbitos extravagantes y caprichosos,
pierde una gran parte del cario que debe  los suyos, no sirve para la
vida de la casa, puesto que no se ha criado en familia, ni para la vida
civil, puesto que no se ha criado en sociedad. Tiene la ignorancia del
que no experimenta la realidad de la vida humana, el deseo aturdido y
desordenado del que desea experimentar, y la malicia peligrossima del
que anhela una dicha que ignora. Al salir del colegio se figura la
colegiala que viene al mundo, se figura que acaba de nacer; y an 
despecho suyo, tiene la volubilidad, los antojos y el nsia de un nio.
En un dia, en una hora, quiere disfrutar lo que no ha disfrutado en diez
aos de encierro, y nunca est contenta, nunca est tranquila; siempre
mira impaciente, siempre murmura, siempre anhela ms. Querer verlo todo,
sentirlo todo, devorarlo todo  la vez, esta es la educacion, esta es la
cultura, esta es la moral que la jven saca del colegio.

Padres que leais este libro, antes que  un colegio, antes que  esas
escuelas, en donde pagais tanto dinero para que os desnaturalicen
vuestras hijas, enviadlas  una aldea. En una aldea sern ignorantes: en
el colegio son ignorantes, impacientes, mal habituadas y locas.

Si yo tuviese un hijo y me preguntara: qu cualidad es la primera que
debo buscar en la mujer, que haya de ser mi esposa?

--Que no sea de colegio, contestaria yo.

Quiero decir con esto que no pueda haber colegialas virtuosas y cultas?
No; la virtud est en todas partes; en todas partes hay mujeres educadas
y virtuosas; yo no hablo aqu de la bondad de la mujer, sino de los
peligros, de los graves peligros, de un colegio.

Todava hablbamos con la familia americana, cuando, delante de
nosotros, se para un coche, abre el lacayo la portezuela, y asoma una
mujer de hermosa figura. Pone el pi en el estribo, se suspende el
traje, habla con el lacayo, y as se estuvo un par de minutos, como para
que nosotros admirsemos el bello contorno de su pierna. Parece
imposible que haya mujeres tan insensatas; parece imposible que de tal
manera malversen el caudal que deben al cielo. Quieren darse inters
menosprecindose; quieren ataviarse y deslumbrarnos, cubrindose de
harapos y de girones.

A esa pobre mujer (una mujer puede ser pobre con muchas alhajas y muchas
riquezas) seria necesario ensearla la copla que dice:


      En el amoroso imperio
    Busca el hombre lo que ignora:
    No es la mujer lo que adora,
    Lo que adora es su misterio.


Cunto ms valdrian las mujeres, cun diferente seria el mundo, si se
comprendiera y se practicara la moral de esas cuatro lneas!

Ya lo he dicho en otro lugar, y voy  decirlo aqu otra vez. El que crea
que no necesita leerlo dos veces, que lo pase por alto; pero casi me
atrevo  decir que aunque lo leyera todos los dias, no perderia el
tiempo.

Una virtud moral que se llama _recato_.

Una virtud fsica que se llama _aseo_.

Una virtud social y religiosa que se llama _caridad_.

Dos virtudes domsticas que se llaman _laboriosidad y economa_: h
aqu el verdadero dote, el dote ms grande, que un padre puede dar  su
hija. Con ese dote, la pobre es rica; y la fea es hermosa. Sin ese dote,
la hermosa es fea, y la rica es pobre.

Cuntos pechos exhalarn un profundo suspiro, al leer estos desaliados
renglones!

La francesa parti con el lacayo. Dios la d lo que la hace falta, que
es una buena dsis de juicio.

Hemos tenido un gran placer. Visitamos el _Instituto_, y vimos las
esttuas de Bossuet, de Descartes, de Fenelon y de Tully. Vimos tambien
con gran satisfaccion los bustos de otros hombres clebres, entre ellos
el de Molire, sin embargo de que este gran poeta no perteneci  la
_Academia de su siglo_. Pertenecia  otra Academia mucho ms grande: 
la de la historia,  la del tiempo. El busto tiene esta noble y discreta
inscripcion:

_Rien ne manque  sa gloire, il manquait  la ntre. Nada falta  su
gloria; pero  nuestra gloria faltaba el tenerle aqu_.

Estas palabras son un digno y generoso epitafio. Ilustre Molire! Ya
que un siglo dej tu cadver insepulto; ya que un siglo neg  tus
cenizas el palmo de tierra, que no se niega  tantos idiotas y  tantos
malvados, otro siglo te llama, te hace entrar y te tiene guardado aqu.

Qu arcanos tan raros envuelven el destino de la vida! El genio salva
al mundo, y el mundo lo trata casi siempre como herege. O lo quema,  lo
ahorca,  lo reduce  morir de hambre,  lo deja insepulto. Pero Dios
que est arriba, tan arriba, Dios que ve tanto, que tanto vela, que tan
justo es, entierra luego  los que no tuvieron sepultura, y da pan  los
que se murieron de hambre, y quita la argolla  los que perecieron en
los cadalsos, y junta los miembros, y resucita el polvo de los que
sirvieron de pbulo  brbaras hogueras. Ah estan esas esttuas y esos
bustos. Gloria  ellos, gloria al siglo cristiano que los fabrica, y
gloria al espritu que los ha mandado fabricar!

Vamos  las curiosidades de este dia. Ha caido en mis manos, por una
venturosa casualidad, un memorial antiguo, y en l encuentro noticias,
que no dejan de llamarme la atencion.

_Primera_. En tiempo de San Luis, se di el nombre de _Universidad_  la
reunion de todas las escuelas parisienses, y la universidad se llamaba
entonces LA TRES-HUMBLE ET TRES-DEVOTE FILLE DU ROY: LA MUY HUMILDE y
MUY DEVOTA HIJA DEL REY. Quin habia de decir  San Luis que _la muy
humilde y muy devota hija del rey_, habia de poner pleito  los mismos
reyes!

_Segunda_. La vara toesa de mampostera, que hoy no costar menos de
quince  diez y seis reales, costaba en Francia ocho sueldos,  sean
doce cuartos espaoles,  mediados del siglo XIII.

_Tercera_. En el mes de Febrero de 1377, el Emperador Crlos V recibi
en Paris al Emperador Crlos IV. Entre los multiplicados presentes que
el Preboste y los Sndicos de la ciudad hicieron al recien venido, se
veia un barquichuelo, que pesaba ciento noventa marcos de plata, _neuf
vingt et dix marcs d'argent_, lo que equivale  unas cuatro arrobas de
Castilla.

Si los dems presentes eran por el estilo, bien necesitaba el Emperador
una acmila para cada presente.

A la segunda comida que el rey de Francia di  su husped, asistieron
el Delfin, el duque de Sajonia, las duques de Berry, de Borbon, de
Brabante, de Borgoa, de Bar, el conde de Eu, y cerca de mil caballeros
y barones, as extranjeros como franceses. Durante la comida, se
representaron dos _entremeses_, uno de los cuales tenia por asunto _la
toma de Jerusalem_, por Godofredo de Bullon. Una de las decoraciones
figuraba la gran torre, desde donde los musulmanes proclaman su ley. Un
actor, vestido de sarraceno con la ms minuciosa propiedad, pregonaba la
ley desde la torre en lengua arbiga.

A juzgar por las muestras, debe suponerse que el convite dur todo el
dia. Los dos entremeses no dejarian de durar dos  tres horas; de modo,
que cuando tomaran los postres, las entradas debian estar ya en los
talones. Con qu reposo lo tomaba aquella buena gente!

_Cuarta_. El Memorial cuenta la historia de un compadre que no se anda
en chiquitas. Estban Marcel, de quien ya he hablado en estos apuntes,
era Preboste de Paris  mediados del siglo XIV. Un dia tuvo la idea (en
mala hora la tuvo!) de vender la ciudad  los ingleses. Era el 1. de
Agosto de 1358, y por ms seas que habia nubes. As lo dice el
Memorial. Para el Preboste de Paris estuvo realmente bien nublado. Pues
nuestro buen Estban Marcel se hace amo de las llaves de la ciudad, y 
la media noche, toma el camino de la Bastilla de San Antonio. El
Preboste creia que iba solo; pero se engaaba. Dos hombres le seguian.
Estos dos hombres silenciosos, que avanzaban como dos sombras, eran los
hermanos Juan y Simon Maillard.

--Estban, qu se hace por aqu  estas horas?

--Juan, qu importa  nadie lo que yo hago? Atiendo  mi oficio de
Preboste de la ciudad.

--Voto  brios! exclam Juan Maillard, que era su compadre; el diablo
cargue conmigo, si estais aqu para nada que huela  bueno. Ved, aadi
luego  varios hombres que se habian reunido; intenta vender la ciudad,
y por eso tiene las llaves en la mano.

--Compadre Juan, miente usted!

--Usted es el que miente, compadre Estban! Y si no, ahora lo ver
usted; y acercndose al Preboste, levanta el hacha y le separa la cabeza
del cuerpo. Y eso que era compadre! Qu hubiera hecho,  no mediar el
compadrazgo?

_Quinta_. (Para el Sr. Alejandro Dumas.) El Memorial refiere que en el
siglo XI, estaba Paris lleno de clrigos y de estudiantes, cuyos
clrigos y estudiantes, en su mayora, vivian menos en el santuario de
las artes y de las ciencias, que en medio de las rias y de las
bacanales de la calle de Fouare. Saqueaban las tabernas, violentaban 
las mujeres, apaleaban  sus maridos con _bastones ofensivos_, y
preferian la belleza de las muchachas  las bellezas de Ciceron.

Sepa el Sr. Alejandro Dumas que los clrigos y los estudiantes de Paris,
en el siglo XI, saqueaban las tabernas, violentaban  las mujeres, y
apaleaban  sus maridos con _bastones ofensivos_. Sepa el Sr. Alejandro
Dumas que Paris, en el siglo XI y bastante despues, era una horda,
porque solamente en una horda pueden consentirse tamaas tropelas. Ms
valiera que el Sr. Dumas tuviese presente la historia de su pueblo,
antes de hacer befa de una nacion leal y generosa,  quien paga con
despropsitos, con calumnias y ridiculeces.

_Sexta_. (Para el mismo Sr. Dumas.) Bajo el reinado de San Luis, el jefe
de los mercaderes tom el clebre nombre de Preboste, y  contar de esta
fecha, el Prebostazgo dej de venderse  pblica subasta, como acontecia
en los tiempos anteriores. De aqu resultaba, dice el Memorial, que los
pobres no hallaban amparo contra los ricos,  causa de los muchos
presentes que los ricos hacian  los Prebostes. El bajo pueblo no se
atrevia  morar en las tierras del rey, y se iba en busca de otras
prebostias y otros seoros, por lo cual las tierras del rey estaban tan
desiertas, que cuando el Preboste daba audiencia, no asistian  ellas
arriba de diez  de doce personas; pero en cambio, habia tantos
malhechores y rateros dentro y fuera de la ciudad, que toda la comarca
estaba llena.

Y para que el Sr. Alejandro Dumas no crea que pretendo burlarme,
siguiendo su costumbre, copio  continuacion el texto en francs
antiguo.

Le menu peuple n'osoit demourer en la terre du roy, et alloit demourer
en d'autres prvosts et aultres seigneuries, et la terre du roy etoit
si dserte que, quand le prbost tenoit ses plaids, il n'y avoit pas
plus de dix personnes ou de douze; mais il y avoit tant de malfaicteurs
et larrons  Paris et dehors, que tout le pays en estoit plein.

Sepa tambien el Sr. Dumas que, hasta el reinado de San Luis, Paris y sus
alrededores estaban plagados de malhechores y de rateros, y que los
vasallos de la corona tenian que ir  buscar otros seoros, porque no
podian parar en las tierras del rey. Y cmo llama usted  eso, Sr.
Dumas? Es eso cultura y civilizacion? Eso no es Africa? Para eso no
hay Pirineos?

Basta de _Memorial_. Vamos  curiosidades de otro gnero. Segun un
inventario hecho en 1774, los diamantes de la corona francesa excedian
de ocho mil, de los cuales eran los mejores, y lo son todava, los
denominados el Regente y el Sancy.

El Regente, que ocupaba el tercero  cuarto lugar entre los primeros
diamantes conocidos, fu comprado por el duque de Orleans por
cuatrocientos mil napoleones, en 1717.

La historia de Sancy es ms antigua y novelesca. En el siglo XV, un
suizo poseia este gran diamante, no se sabe cmo, y lo vendi por un
_escudo_  Crlos el Temerario. El tal hombre ignoraba seguramente que
aquel pedacito de piedra encerraba una gran fortuna. De Crlos el
Temerario pas  Nicols de Harlay de Sancy, que lo empe  D. Antonio,
rey de Portugal, en doscientos mil francos. El mismo Sancy lo desempe
luego, mediante una suma de quinientos mil,  sean dos millones de
reales. Qu diria  esto el buen Suizo, que lo vendi por un escudo?

Ultima curiosidad. En la calle de los Pequeos Campos, hemos encontrado
 una seora que caminaba con el aire de una heroina, mientras que la
seguia un corderito, que llevaba sobre el lomo un manojo de parras. La
seora volvia la cara de cuando en cuando, de lo cual inferimos nosotros
que alguna persona interesada quedaba atrs, y as era efectivamente,
segun luego vimos. En estos dares y tomares, atraviesa la acera un
caballero jven, y ambos se saludan con ms afecto del que conviene
manifestar en pblico, sobre todo cuando la mujer es casada, y muy
especialmente, cuando detrs viene un carnero. El recienvenido la
pregunta por su esposo, y ella, con cierto desden, con cierta saciedad
(es muy prosico en el potico Paris el amar  un marido) contesta 
media voz: ah detrs viene. El otro mir, y no vi otra cosa que el
borreguillo que traia las parras. Nosotros presencibamos la escena,
situados delante de un escaparate,  diez  doce pasos de distancia. Mi
mujer me miraba, porque no comprendia el tremendo chiste de la
situacion, hasta que yo me ech  reir, sin ser dueo de contenerme.
Entonces mi mujer me pregunt por qu me reia, y yo la cont el lance,
que la hizo reir tambien.

No comprendo por qu; pero ello sucede que, las cosas ms graves son las
que nos causan ms risa.

Yo no pude menos de poner en verso esta peregrina aventura, aunque en
Paris no tiene nada de peregrina, ni de extraordinaria.

      Va una dama con gran fuero,
    Y gran pompa y grande brillo,
    Siguindola un carnerillo
    Que es animal muy casero.
    Con su manojo de parras
    Iba el animal ufano,
    Cuando llega un Don Fulano
    Que es amigote de marras,
    --Y su esposo? dice luego.
    --Detrs viene, dice ella ...
    Oh prodigio de la estrella!
    Detrs marchaba un borrego.

A lo ljos, muy  lo ljos, apareci una vctima. Era el marido.

_A ltima hora_. Son las once de la noche. En el momento de ponerme 
escribir el noveno artculo para _La Amrica_, nos traen una noticia. No
s cmo anunciarla  mis lectores. Temo lastimar su corazon, como lo
est el de mi mujer y el mio. Luisa ha muerto. Sin duda la sorpresa que
la produjo el ver  su hermana, la caus un derrame cerebral, que devor
su vida en pocos instantes. Pobre mujer! H aqu lo que deben esperar
las jvenes que no saben luchar consigo mismas, que no saben ser lo que
Dios ha querido que sean, y los padres que ponen en olvido que la
paternidad no es una tirana, sino una mision, un sacramento, un
sacerdocio.

Desgraciada Luisa, adios! El cielo tenga ms misericordia de t, que
lstima te tuvo ese hombre infame de Rodhese! Si tuviramos valor para
ello, averiguariamos en dnde te entierran, y antes de volver  nuestro
pas, iriamos  despedirnos de tus cenizas. Mi mujer llora, y yo tengo
el pecho oprimido.

Juro que no he de partir de esta ciudad, sin escribir al estudiante de
Estrasburgo, noticindole la desgracia de una mujer que l no merecia.
S, lo sabr al menos, para que esa sombra vaya sobre su corazon, y no
engae  otra desdichada.




=Dia trigsimo quinto=.

Disputa del _restaurant_ de las Columnas.--Manuela Bernaola.--Una mujer
de Batioles y de Lamartine.--Un caballero vestido de hombre, y un
hombre vestido de caballero.--Un conflicto.--Llanto de mi
mujer.--Cartas--Visitas.--Las cinco y media de la tarde.--Un puente.--El
Napoleon y el guardia civil.


Prometi dar cuenta de una disputa que presenci el otro dia en el
_restaurant_ de las Columnas. Era la siguiente. Dos caballeros discutian
en alta voz, acerca de la prenda que constituia el carcter ms grande
del hombre. Uno opinaba que era la generosidad, la abnegacion. El otro
decia que era el valor  la firmeza. Yo creo que es la _resolucion_ para
emprender, y _la constancia_ para proseguir y terminar. Despues del
genio y de la honradez, me parece que aquellas dos virtudes son las ms
elevadas y trascendentales del mundo. Con resolucion hay casi todo.

Obran en mi poder los datos relativos al asesinato de Manuela Bernaola 
Ignacio Cabezudo; pero no puedo publicarlos aqu, porque un escritor de
Madrid me participa que prepara una historia de aquel atentado, y no
debo perjudicar  mi compaero de letras, anticipando datos curiosos que
quitarian inters  su obra. Dicho escritor me pide un prlogo para la
historia que piensa publicar, y me despido del asunto hasta entonces.

Me han contado hoy cierta aventura muy notable de una mujer de
Batioles. Esta mujer, que es una verdulera, supo que se habia abierto
una suscricion  favor del clebre poeta de Lamartine, con el fin de
que pudiera rescatar un castillo feudal, que tenia empezado. Con este 
semejante motivo, se han abierto ya dos suscriciones, que no habrn
importado menos de trescientos mil duros. Un republicano acude  la
caridad europea, para desempear un castillo feudal! A la suscricion de
un republicano francs, contribuyen en primer lugar los lores ingleses!
Esto seria extrao, muy extrao, en cualquier pas de la tierra; en
Paris, no. En Paris no tienen absolutamente nada de extrao las cosas
ms extraas.

Pues la buena mujer de Batioles supo la suscricion  que me refiero,
supuso que el poeta se hallaba en grandes conflictos, y repetia
frecuentemente: pobre seor Alfonso de Lamartine! Qu apurado estar!
Y hoy guardaba un franco, otro franco maana, y as fu reuniendo hasta
cuatro napoleones. Toma nota del nmero de la casa, se alia lo mejor
que puede, y llena de gozo, como quien sabe que va  practicar una buena
obra, coge el camino de Paris, y al cabo de una hora de buen andar, se
para en la puerta del gran escritor. El corazon saltaba del pecho  la
pobre mujer, imaginndose que iba  encontrar, afligido y pobre, al
eminente autor de las _Melodas_. Pasa el umbral.... No, no es aqu,
dijo en sus adentros la verdulera. En este patio hay coches, veo
lacayos, escudos de armas ... no, no es esta la casa de mi pobre seor
Alfonso de Lamartine. Pregunta  los vecinos, y todos la aseguran que
aquella es la casa del poeta. Pasa segunda vez el umbral, se detiene,
mira, da unos cuantos pasos con recelo.... La vecindad me engaa sin
duda, decia para s la aturdida mujer. Por fin, medio balbuceando,
entera  uno de los criados del objeto que la llevaba, y la hacen entrar
en un gabinete. Alfombras, cortinajes, dorados, tremoles.... Que es
esto? exclamaba la verdulera. Sale del gabinete, atraviesa el patio,
cruza el umbral, camina  marchas dobles por la calle, y como alma que
lleva el diablo, entra en Batioles. Inmediatamente que se vi en su
casa, se sienta, deshace el nudo que tenia la esquina de un pauelo,
saca cuatro napoleones que habia envueltos all, y se los mete en el
bolsillo exclamando: mucha ms falta me hacen  m que al seor Alfonso
de Lamartine. Con estos veinte francos, har un vestido nuevo  mi hijo
Vicente. El nio asoma en este momento, da un grito de alegra, y corre
hcia su madre, que le abre los brazos.

Esta aventura, que no tiene nada de particular para otros, tiene para m
una grandsima importancia, porque tiene una grandsima moralidad. La
accion de la mujer de Batioles vale infinitamente ms que el castillo,
y que mil castillos del poeta de Lamartine.

Otro incidente no ha dejado de impresionarme. En el pasaje de Jouffroi
hemos encontrado  un vizcaino, que viene de la Habana, y que se ha
hecho rico con la trata de negros. Lleva una gran cadena de oro, sortija
de brillantes, alfiler de lo mismo; casi al propio tiempo, pasa por
nuestro lado un hombre modesto y humilde. Era M. Littr, el hombre ms
sbio quiz de todo el Instituto de Francia. Yo dije para m: aquel es
un hombre disfrazado de caballero, y seal al vizcaino: aquel otro es
un caballero vestido de hombre, y seal al sbio y modesto publicista.

Otro incidente me ha impresionado ms. Un amigo llega esta maana, me
mira, calla, y despues de un minuto de silencio, me dice: usted me oye?

--S, seor, le oigo.

--Si usted no me ayuda, dentro de tres horas estoy en la crcel.

--Cmo! Por qu?

--Porque debo ochocientos cincuenta francos.

Vi el conflicto pintado en el semblante de aquel hombre; aquel hombre no
me engaaba; era un amigo mio; sobre todo, era un hombre honrado, la
vergenza quemaba sus mejillas, y no me fu dado vacilar. No quise, ni
pude. Un hombre que tiene corazon, no vacila nunca en tales momentos. Mi
mujer no se habia levantado an. Sin decirla nada, sin saber lo que
hacia, tanto  ms aturdido que mi amigo, abro mi cofre, y le doy los
ciento setenta napoleones que necesita. Aquel hombre coge el dinero, me
aprieta la mano sin decir palabra, y con los ojos humedecidos, sale
precipitadamente de mi habitacion.

Si l no me paga, exclam para m, Dios me lo pagar. No sabemos cmo,
acaso no lo conocemos, tal vez nos quejamos, porque no vemos el interior
de esta enorme mquina que se llama mundo; pero tenga el lector por
cierto que Dios paga siempre estas cosas. Tal vez nos lo paga con
monedas que nosotros no sabemos apreciar; pero nos lo paga. Esta verdad
es la ms evidente y la ms necesaria de la vida.

Pero otra cosa me ha producido todava mayor sensacion. Luego que el
amigo parti con su dinero, cont lo que me quedaba, y despues de pagar
la fonda, no me resta lo necesario para volver  nuestro pas.
Desdichado de m un millon de veces! Cmo se lo digo  mi mujer? Qu
hago? A qu apelo?

Pero otra novedad debia impresionarme ms an.  la vuelta del
_restaurant_ de las Columnas, entrados ya en nuestra calle, hube de
decir algo  mi compaera sobre la aventura del amigo; mi mujer se para
repentinamente, me echa una ojeada terrible, suelta su brazo del mio, se
cubre la cara con ambas manos, y arranca  llorar; pero un llorar que no
podia contener, un llorar sin consuelo. Yo me qued inmvil, esttico;
cruc los brazos, y la miraba sin saber qu hacer, ni qu decir. Debia
estar plido como un cadver. Hice que se cogiera de nuevo  mi brazo,
entramos en la fonda, la seora acudi para saber qu la sucedia, yo la
dije que habiamos recibido la noticia de que mi suegro estaba enfermo de
gravedad, la patrona nos manifest su deseo de que se aliviara, y
subimos. Al entrar en nuestra habitacion, vi algunas cartas sobre la
chimenea. Abro la primera que cog, y con la carta abierta en la mano,
digo  mi compaera:

--Por quin dirs que podemos volver  Espaa cuando queramos?

Mi mujer me miraba con mucha atencion, y con un aire indefinible de
sorpresa y de regocijo.

--Por quin? me pregunt.

--Por la ciudad de Reus.

--Bendita sea! exclam mi mujer.

--Bendita sea! exclamaron tambien otros labios.

Mis amigos de Reus, presumiendo que podia verme en algun apuro, y
deseosos de que no me quedara en Francia, me mandaban cien duros 
Paris, y otros ciento  Madrid, con el objeto de que me encontrase con
recursos  mi llegada. Hay demostraciones tan generosas, tan delicadas y
tan nobles, que no se pueden olvidar nunca, an supuesta la ingratitud,
an supuesto ese negro vicio, el ms negro de todos. Y ya que trato del
captulo de la gratitud, voy  trasladar al papel algunas pginas de mi
corazon, por si sucede que estos apuntes sean el ltimo ensayo que doy
al pblico, como pudiera suceder, si la terrible dolencia que me aflige
avanza algo ms. Estoy seguro de que mis lectores no llevarn  mal este
desahogo de un alma agradecida y lacerada, porque quin no tiene en el
mundo algo que agradecer? Quin no tiene deudas sagradas que pagar?

Cuando la prohibicion de siete obras consecutivas (prohibiciones
sistemticas las ms de ellas) consumieron todos mis recursos, puesto
que las obras prohibidas no valian menos de cuatrocientos mil reales:
cuando me he visto sin medios humanos de vivir, despues de veinticinco
aos de estudios constantes, de constantes vigilias; un artesano, un
menestral, un hombre que no me conocia; un hombre que habia aprendido 
leer en un libro mio, se redujo  comer un pedazo de pan, y me enviaba,
contra mi voluntad, todo el preciossimo capital de sus economas: este
artesano, esta alma grande, es Jos Mallol, natural de Ganda, provincia
de Valencia. Pongo este ejemplo en primer lugar, porque Jos Mallol no
me daba lo que l tenia, sino lo que arrancaba de su existencia.

Si algo he hecho y puedo hacer por mi patria; si alguna huella dejo en
el mundo; si la Providencia ha querido favorecerme con esta altsima
merced,  que seguramente no me considero acreedor, Espaa deberia
agradecerlo al marido de mi hermana Filomena, D. Antonio Miravent y
Bogarin,  su hermano D. Francisco, y al marido de mi hermana Amparo,
D. Juan Mara de Zarandieta, naturales todos de la isla Cristina,
provincia de Huelva. Tambien son dignos de mi gratitud, por su conducta
liberal y caballerosa, D. Miguel Rosell, de las Baleares; D. Cayetano
del Portillo, D. Rafael Molero de la Borbolla, D. Jos Bulnes y Solera,
y mi hermano poltico, D. Salvador de Cantos, de Sevilla; D. Ramon Sans,
de Huesca; el Marqus de Premio Real, y D. Jos Bartorelo y Quintana, de
Cdiz; D. Crlos Cervera y D. Flix Gallac, de Valencia; D. Alejo
Tresario Echevarra, de Bilbao; D. Serafin Martinez y D. Gregorio
Garcern, de la Habana; D. Lcas Cuesta, de Oviedo; D. Juan de Torres y
Gil, de Casariche; D. Antonio Gonzalez y Ciezar, de Ayamonte; D. Vicente
Ramirez Cruzado, de Villarrasa; D. Juan Bautista Revuelta, de Carlet; D.
Policarpo Villalobos, de Dnia, y otros muchos, cuyos nombres no me son
conocidos. Casi, casi puede un hombre ser desgraciado, por tener el
consuelo de verse rodeado de tantas almas buenas. Reciban todos mi
saludo y mi agradecimiento; si me muero, como en seal de despedida; si
vivo, como en seal de testimonio.  la lista de mis amigos y
favorecedores debo aadir tres nombres queridos: D. Juan de la Puerta
Canseco, de Santa Cruz de Tenerife; D. Amaranto Martinez Escobar, de
Palmas de Canarias; y D. Fernando Garca, de Gerona.

Cobramos la letra de Reus, pagamos la fonda, hacemos tres visitas,
compramos algunas frioleras, y nos proveemos de dos billetes. Llegan las
cinco y media, subimos  un coche que nos conduce  una estacion de
ferro-carril; nos acomodamos en nuestros puestos, y el tren arranca.
Pasan algunas horas, y  los rayos de una luna llena, distinguimos los
rboles corpulentos de Orleans, luego las llanuras de Burdeos, despues
las torres de Angulema, de Bayona y de Irun. Irun est delante de
nosotros. Pasamos un puente,  cuya izquierda hay un guardia civil: mi
mujer se baja del carruaje, besa la tierra, y da un napoleon al guardia,
que no quiere tomarlo. Estamos en Espaa. Al oir mi mujer que _estamos
en Espaa_, las rbitas la saltan de los ojos, y tartamudeaba de
alegra. Entre estos regocijos, se vuelve hcia el territorio francs, y
hace una cruz, diciendo; _cruz y raya: una y no ms, Santo Toms_. Entre
tanto, yo murmuraba: Paris, palacio por fuera, sepulcro por dentro;
fbula del mundo, fbula de t propio, adis! Luisa, pobre Luisa,
adis!

FIN.







INDICE.


                                                 Pgs.

Advertencia                                            4
I. Moralidad de Paris con relacion  la ley           17
II. Moralidad de Paris con relacion  la opinion      21
III. Moralidad de Paris con relacion  las costumbres 24
IV. Moralidad con relacion al trato civil             32
V. Moralidad en industria y comercio.                 33
VI. Moralidad de Paris con relacion al arte.          44
VII. Moralidad de Paris con relacion  la familia.    50
VIII. Moralidad francesa con relacion  la poltica.  51
Resmen de esta srie.                                66

PARIS CURIOSO.

DIA PRIMERO. Advertencia del autor.--Llegada  Paris.--mnibus.
--Travesa.--Hotel espaol.--Luisa Noel.--Hotel de los Extranjeros.
--Restaurant.--Garones.--Mi barbarie.--Fin del dia.  68

DIA SEGUNDO. Mi amargor de boca.--Jeannin, sucesor de Sellier.
--Recado de la seora del hotel.--Paseo  pi.--Extravagancias de
una cosa que en Paris se llama gusto civilizado.--Sueldo francs.
--Calcetines.--Sortija.--Chaleco.--Pipa.--Sombrero de paja.
--Programa.--Rtulos.--Cocina francesa.--Fin del dia. 79

DIA TERCERO. Progresos de mi mujer.--Melancola.--Nuevos rtulos.
--Anuncio de la Union Agrcola.--Costumbre de las seoras de
Paris.--Sangre fria de los hombres.--Achaques de raza.--La
soga.--Una mujer en la calle de Richelieu.--La mujer francesa.
--Medallas.--Prodigio del genio francs.--Ms rtulos.--Baston
de Richelieu.--Plaza de la Concordia.--Arco de la Estrella.
--Campos Elseos.--Vuelta al hotel.                   91

DIA CUARTO. Artculo, recuerdo, pesares.             105

DIA QUINTO. La Magdalena.                            109

DIA SEXTO. Calle de Rvoli, casa de la Ciudad, columna de Julio,
arco del Triunfo, Campos Elseos.--Se vive aqu mejor que en
otros puntos?                                        115

DIA STIMO. Casa de Ciudad, arco del Triunfo, Obelisco.  122

DIA OCTAVO. Vistas de Paris.                         134

DIA NOVENO, DCIMO Y UNDCIMO. Dos dias de encierro.--Provisiones.
--Los libros de mi mujer.--Un espaol.--Compras.--Patriotismo
de mi compaera.--Carcter capital de las mujeres.   135

DIA DUODCIMO. Bustos de azcar y de chocolate.--Hombres que no
debian comer.--Apuros.--Primer restaurant del pasaje de los
Panoramas.--Segundo restaurant.--Vajilla de Luis Felipe.
--Francia.--Inglaterra.--Pequeo restaurant de Lndres. 147

DIA DCIMO TERCERO. Almuerzo.--Coche.--Nuestra Seora de Paris.
--Hija deshonrada.--Comida de campo.                 156

DIA DCIMO CUARTO. El sueldo de la paraltica.--Mis humos caballerescos.
--Establecimiento de caldo.--Comida compuesta de tres sopas, de tres
platos de carne, de tres legumbres y de tres postres,  franco y medio
por persona.--Muecas que hablan.--Aleluyas.--Almuerzo.--Estban
Lesperut.--Comida.--Soberbia de mi mujer.--Caf cantante titulado la
Francia musical.--Teatro de la Gran Opera.--Opera francesa.--Zarzuela
espaola.--Harem europeo.                            165

DIA DCIMO QUINTO. Lesperut.--Anatoma de la vejez.--Restaurant de
la calle de Montesquieu.--Elemento sajon.--Elemento rabe.
--Restaurant de San Jacobo.--Historia de un magnate francs.
--Pesares de Lesperut.--Proyecto de visitar  Sevres y Versalles. 187

DIA DCIMO SEXTO Y STIMO. Sevres.--Las dos figuras.--Importancia
social y artstica de una fbrica de porcelana.--Versalles.
--Sus Museos.--La escuela Vernet.--Impresiones varias.--Vuelta 
Paris.--Encuentro en los Campos Elseos.             199

DIA DCIMO OCTAVO. Visita de un ingeniero, excursiones histricas,
epgramas.                                           210

DIA DCIMO NONO. Omnibus.--El Paris de ac y el Paris de all.--Palacio
de Luxemburgo.--Sus esttuas, sus paseos.--Mujeres del
pueblo que hacen labores manuales en las glorietas.--Bosque de
Bolonia.--Catelan.--Fisonomas diferentes de los garones de
mi hotel.--Pesares.                                  222

DIA VIGSIMO. Historias.                             231

DIA VIGSIMO PRIMERO. Noticias de Espaa.--Recogida del _Cristianismo_
y el _Progreso_.--Reflexiones.--La mujer vestida de negro.
--Restaurant de Vefour.--M. Guizot.--un ataque imprevisto.
--Banco de Francia.                                    243

DIA VIGSIMO SEGUNDO. Banco de Francia.--Consideraciones.--Comida.
--Ocurrencia graciosa de un menestral.--Flor marchita. 257

DIA VIGSIMO TERCERO AL TRIGSIMO. Versos.--Asesinato de la calle
del Duque de Alba.--Mataderos pblicos.--Monte-Pio.--Hospicios
y hospitales.--Locos del Sena.--Movimiento de la poblacion.
--Casamientos.--Caja de ahorros.--Caja de descuentos.--
Presupuesto de Paris.--Consumos.--Aduana.--Sociedades mercantiles.
--Ferro-carriles.--Correos.--Presupuesto general.--
Comercio.--Deuda pblica.--Estadstica de Inglaterra.--Palacio
Real.--Bolsa.--Tulleras.--Louvre.--Luxemburgo.--Invlidos.
--Panteon.--Luisa.                                   263

DIA TRIGSIMO PRIMERO. Santa Genoveva.--Rothschild.--Salamanca.
--Invitacion.--Nuevas curiosidades.                  316

DIA TRIGSIMO SEGUNDO. Visita.--El brigadier Rotalde.--El Panteon.
--Caf cantante de los Campos Elseos.--Tertulia.--Una madre
como hay muchas.--Curiosidades.                      340

DIA TRIGSIMO TERCERO. La enferma.--Museo del Louvre.--La Asuncion.
--Apoteosis de Rubens.--Otra pintura de Murillo.--Una
respuesta.--Noticia  mis lectoras.--Curiosidades.   362

DIA TRIGSIMO CUARTO. La columna de Vendome.--El balcon de la
fonda.--Dicho del general Welington.--La saboyana del bosque
de Bolonia.--Una Colegiala.--Cuestion atrasada.--Curiosidades.
--A ltima hora.                                     372

DIA TRIGSIMO QUINTO. Disputa del restaurant de las Columnas.--Manuela
Bernaola.--Una mujer de Batioles y de Lamartine.--Un
caballero vestido de hombre, y un hombre vestido de caballero.
--Un conflicto.--Llanto de mi mujer.--Cartas.--Visitas.--Las
cinco y media de la tarde.--Un puente.--El Napoleon y el guardia
civil.                                               383

FIN DEL INDICE.





End of the Project Gutenberg EBook of Un paseo por Paris, retratos al natural
by Roque  Barcia

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK UN PASEO POR PARIS ***

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with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including including checks, online payments and credit card
donations.  To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.net

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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