The Project Gutenberg EBook of La nia robada, by Hendrik Conscience

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Title: La nia robada

Author: Hendrik Conscience

Release Date: October 12, 2007 [EBook #22975]

Language: Spanish

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BIBLIOTECA de LA NACIN

H. CONSCIENCE

LA NIA ROBADA

BUENOS AIRES

1919

Derechos reservados.

Imp. de LA NACIN.--Buenos Aires




LA NIA ROBADA




I


La maana era hermosa; el cielo estaba claro y profundo como un mar
azul; el sol desprenda del follaje de las encinas un perfume penetrante
que dilataba los pulmones y daba bienestar al corazn.

Catalina sali de su choza y se adelant hasta la orilla del bosque, por
un sendero que, dando varios circuitos, conduca a la calzada de la
aldea de Orsdael.

Aunque caminase muy ligero, iba mirando al suelo como una persona cuyo
espritu est oprimido por el peso de alguna inquietud. Y hasta de
cuando en cuando meneaba la cabeza, volviendo los ojos hacia el
castillo, con expresin de tristeza. Pensaba, sin duda, en la suerte de
Marta Sweerts, en las sangrientas afrentas que tena que sufrir todos
los das, en la inutilidad de los esfuerzos para descubrir el
impenetrable secreto.

Cuando lleg a la carretera, advirti al intendente que iba unos cien
pasos delante de ella. Esto la alegr porque no haba visto a Marta
desde haca una semana. Esperaba que si poda entrar en conversacin con
Mathys, sabra noticias de su amiga, y quiz esta ocasin le permitira
decirle algunas palabras en su favor.

Apresur el paso hasta que alcanz al intendente. Cuando estuvo a su
lado le dijo en tono corts, casi acariciador:

--Buen da, seor Mathys. Qu cielo tan claro! Qu aire tan puro!
Parece que uno se sintiera rejuvenecido, verdad?

--S, hace buen tiempo... Buenos das--murmur Mathys sin mirar a la
campesina.

Dicho esto, acort el paso como si quisiera quedarse ms atrs.

--Perdone, seor intendente, que me atreva a hacerle una pregunta: mi
respeto, mi afecto por usted son mi disculpa. Parecis estar enfermo,
pero confo que no ser nada.

--No estoy enfermo--respondi Mathys refunfuando.

--Quiz tendris un disgusto o habris sido tambin objeto de una
injusticia?

--S, he tenido un disgusto y estoy incomodado. Vos, Catalina, habis
contribudo a ello ms que nadie; pero quiero creer que vos, lo mismo
que yo, habris sido engaada por una falsa apariencia.

--Que yo soy la causa de vuestra tristeza!--exclam la campesina con
sorpresa--. Imposible, seor intendente!

--No me ha hecho en toda ocasin elogios exagerados de la nueva aya?
No me habis pintado a vuestra amiga como una mujer buena, atenta y
amable? No llegasteis hasta hacerme creer vos misma que estaba
agradecida a mi amistad y me tena algn afecto?

--Y no es as, seor?

--Callaos, Catalina; el aya es orgullosa, mal educada y colrica. Al
principio supo disimular sus defectos; pero ahora apenas si se digna
responderme. Tiene un humor spero y sombro. Casi estoy por creer,
cuando reflexiono respecto de su conducta arrogante, que me mira como su
sirviente. Para protegerla contra la condesa, me expongo de la maana a
la noche a sufrir altercados y disgustos... Y ser recompensado por un
fro desdn! No, no, esto no puede continuar. Hace demasiado tiempo que
dejo turbar mi tranquilidad en beneficio de una ingrata. Es preciso que
parta de Orsdael!

Sorprendida y profundamente conmovida por estas palabras, Catalina
inclin la cabeza y escuchaba temblando. Quiz estaba absorbida en sus
pensamientos y trataba de encontrar un medio de desviar el golpe fatal
que amenazaba a su desgraciada amiga. Mathys, satisfecho de haber
encontrado motivo para dar rienda suelta a su mal humor, prosigui:

--Os parece advertir en mi fisonoma que estoy disgustado? Pues bien,
s, tengo motivos para estarlo. Cmo ha sucedido esto, no lo s; pero
desde la primera vez que vi a Marta, se despert en m un sincero afecto
por ella. La he protegido y defendido sin cesar, hice cuanto pude por
serle agradable. Qu peda yo en recompensa? Un poco de amistad, nada
ms... y ella, ella parece temerme u odiarme. Eso me da pena; pero ahora
se acab, empiezo a detestarla. Sabis qu pensaba, Catalina, cuando
vinisteis a interrumpirme? Me preguntaba si despedira maana mismo al
aya o si tendra paciencia ocho das ms. Es natural que esta idea os
entristezca; pero reconoceris, sin duda, que os habis engaado tanto
como yo respecto al carcter de vuestra amiga... Qu os pasa? Por qu
me miris con esa expresin tan extraa, Catalina?

La campesina tena los ojos fijos en l, con una expresin de dolor y de
compasin, meneando la cabeza silenciosamente.

--No os comprendo--murmur Mathys sorprendido--. Qu significa esa
triste sonrisa?

--No me atrevo a hablar--murmur Catalina suspirando--. Puede que
traicionara un secreto que mi pobre amiga quiere mantener oculto; pero,
creedme, seor intendente, vuestro despecho no es fundado. Si pudierais
leer en el corazn de Marta, quiz reconocerais a vuestra vez hasta qu
punto vuestro espritu se aleja de la verdad.

--S, vais a contarme otra vez la misma cancin; pero es intil. No os
imaginis su conducta para conmigo; no veis su frialdad despreciativa.
Es preciso que se marche del castillo, mi tranquilidad exige que se
vaya; no quiero dejarme despreciar por alguien que, a no ser por m, no
hubiera puesto nunca los pies en Orsdael.

--Y si su frialdad no fuera ms que una simulacin para ocultar un
sentimiento que se reprocha a s misma?

--Un sentimiento que se reprocha a s misma!--repiti Mathys
sorprendido--. Un sentimiento de amor?

--As parece.

--Por quin?

--Ah! se es mi secreto.

--Os res seguramente, Catalina. Pero es igual, acortad un poco el paso.
Explicadme lo que creis saber.

La campesina fingi asustarse de una revelacin importante. Se detuvo,
mir a su rededor para ver si nadie los escuchaba, y dijo con voz
vacilante:

--Yo no s si hago bien en tratar de penetrar lo que pasa en el corazn
de mi amiga; pero tambin a vos os debo considerar y no quiero dejaros
en un error que os entristece. Debis saber que Marta tiene principios
muy severos respecto de la virtud de las mujeres, y que, su corazn es
todava puro y sencillo como el de una nia de veinte aos.

--Cmo! pretenderais hacerme creer...

--Es muy natural, seor. Ha sido criada en un convento y no sali de l
ms que para casarse con un hombre viejo ya, que ella no conoca casi.
Su marido muri poco tiempo despus. Os dais cuenta? Es como si no
hubiese estado casada nunca.

--Pero eso, qu tiene que ver conmigo? Sed ms clara; adnde queris
llegar?

--Hago cuanto puedo, seor, para que adivinis lo que no me atrevo a
deciros abiertamente. Escuchad todava un momento con paciencia, os lo
ruego... Quiz ya lo hayis olvidado; pero cuando se es joven o se
conserva el corazn joven, hay momentos en la vida en que se suea
noche y da, en que la misma imagen est sin cesar ante nuestros ojos,
en que se lucha en vano contra un sentimiento que se quera sofocar,
pero cuyo poder nos domina con una tirana implacable. Entonces uno se
vuelve triste, y la persona cuya presencia nos impresiona es aquella a
que demostramos frialdad para ocultarle el secreto de nuestra debilidad.

Catalina, a propsito, haba hablado lentamente y en tono misterioso.
Quera hacer impresin en el espritu de Mathys, y despertar en su
corazn, por medio de palabras ambiguas, una esperanza que fuera un
obstculo a la partida de Marta. Pareca haber ya conseguido en parte su
objeto, porque una sonrisa haba plegado los labios del intendente, y
durante algn tiempo baj los ojos con aire pensativo. Sin embargo,
sacudi de nuevo la cabeza con desconfianza.

--Qu significa esto?...--dijo irnicamente--. Esas slo son
conjeturas que no prueban nada. Sabis acaso algo ms? Por qu os
detenis a medio camino? Acabad de una vez.

--Pues bien, el hombre cuya imagen est siempre delante de sus ojos, el
hombre que ha interesado tan profundamente su corazn, el hombre a quien
ama con toda la fuerza tmida de su primer amor...

--Acabad, pues!

--Si fuerais vos, seor intendente?

--Yo? Bah! es imposible!--exclam Mathys, que ocultaba con pena su
emocin y fingi completa incredulidad para arrancar a Catalina el
secreto cuya revelacin deba colmarle de alegra--. Marta no es
insensible a mi amistad? Vamos, hablemos claramente. Marta me ama? Os
lo ha dicho?

--Una mujer, una mujer honesta y pura como Marta, nunca dice semejantes
cosas...

--Cmo podis saberlo entonces?

--El aya tiene mucha confianza en m, seor; harto he comprendido por
sus palabras que su espritu es presa de una pasin secreta. Y como
siempre habla de vuestra amabilidad y de vuestra amistad, creo poder
deducir que es en vos en quien piensa.

Una sonrisa irnica apareci en los labios de Mathys, aunque creyera
interiormente en la sinceridad de Catalina, y aunque estuviera inclinado
a embriagarse en la esperanza halagadora que, por clculo, ella le haba
hecho sorber gota a gota.

--De manera que ella no os ha dicho nada?--pregunt con expresin
indiferente--. Eso no es ms que una sospecha. Seguid vuestro camino,
Catalina; tengo que ir hasta la aldea, pero no camino tan ligero como
vos.

Entristecida por el fracaso aparente de su tentativa, Catalina le dijo
con voz suplicante:

--Puedo preguntaros, seor intendente, qu es lo que habis decidido
respecto de mi amiga? Ah, tenedle compasin! Si le quitis vuestra
generosa proteccin no tendr ningn recurso de vida, y quiz se vea
reducida a ser sirvienta en una casa humilde. Una mujer de nacimiento
tan distinguido, y tan bien educada! Puedo confiar en vuestra bondad,
seor?

--Dentro de dos das se habr marchado--respondi el intendente que
crea que Catalina saba ms de lo que haba dicho, y que el temor le
inducira a hacer una declaracin ms completa.

--Tened lstima, seor!--exclam la campesina con verdadera inquietud.

--Nada de lstima; su ingratitud tiene que ser castigada; quiero
recuperar mi tranquilidad.

Catalina sigui durante algn tiempo indecisa; era evidente que luchaba
contra un sentimiento doloroso; pero de pronto exhal un profundo
suspiro; acerc la boca al odo del intendente, y balbuci con voz
agitada:

--Vos lo habis querido! Me arrancis el secreto de mi desgraciada
amiga... Pues bien, s, os ama, piensa en vos, y ese amor irresistible
es la causa de su pena. Me lo ha dicho y repetido ms de una vez,
derramando abundantes lgrimas. Estis contento ahora, seor?

El intendente tom ambas manos de la campesina, y, mirndola en los ojos
con una alegra casi insensata, exclam:

--Oh Catalina! Catalina! repetdmelo, afirmdmelo una vez ms. De
veras, esa frialdad es slo la mscara de un amor secreto? Me ama
Marta, de veras, con sinceridad de un alma pura...? Estis bien cierta
de esto, en verdad? Ella misma os lo ha dicho de un modo claro y
distinto, que haga imposible toda equivocacin?

--Ay, seor--suspir Catalina con una tristeza verdadera--, por qu me
habis arrancado esta revelacin? No voy a ser capaz de mostrarme a los
ojos de mi amiga despus de semejante deslealtad.

--Pero no, os alarmis sin motivo. Marta, por el contrario, debe estaros
agradecida. Sin vos yo hubiera cometido una injusticia; maana mismo
habra recibido la orden de dejar Orsdael para siempre.

--Y ahora, quin sabe si se quedar?

--Ahora se quedar, y si la condesa quisiera hacerle la vida demasiado
amarga y no la tratara bien, yo soy capaz de todo por defenderla. Podis
estar tranquila, os recompensar a vos tambin; los honorarios de
vuestro marido sern aumentados; tendris ms tierras que cultivar.
Seguid, Catalina; ahora me siento ms gil y con el corazn ms
contento. Mientras vamos andando volveremos a hablar de este asunto.

Volvieron a ponerse en marcha. El intendente sigui demostrando su
alegra. Cuanto antes tratara de hablar a Marta y pedirle perdn por
sus sospechas mal fundadas, y hacerle comprender por medio de palabras
buenas que conoca la causa de su pesar.

Catalina no haca ms que suspirar mientras l hablaba.

--Qu es lo que os apena tanto?--le pregunt--. Parece que tuvierais
ganas de llorar.

Catalina estaba muy triste, en efecto. Para salvar a su amiga amenazada,
haba tenido que recurrir a una mentira peligrosa. Qu iba a suceder
ahora; si el intendente, alentado por la falsa revelacin, se pona a
asediar a Marta con su afecto ms vivamente que nunca? La spera acogida
con que lo recibira lo llenara de enojo, y la viuda sera
inexorablemente despedida. Catalina no saba qu hacer; su nica
esperanza era conseguir que aquel hombre presuntuoso se condujera con
Marta respetuosa y moderadamente. El le repiti su pregunta:

--Por qu estis tan afligida?

--Vuestras palabras me asustan, seor--le respondi--. Tenis la
intencin de declararle a mi pobre amiga que sents afecto por ella y
que sabis que su corazn no es indiferente a vuestra amistad. Por
Dios os pido evitadle esa vergenza! No la hagis sonrojarse en vuestra
presencia; huira indudablemente de Orsdael...

--Cmo es eso!--murmur Mathys--, ahora s que no os comprendo. Me ama,
yo la amo; no se atreve a decrmelo; quiero hacer lo posible para que la
confesin sea ligera y fcil, y eso la hara huir como si fuera objeto
de un sangriento ultraje. Qu significa eso? hay acaso otros secretos
que yo no conozco?

--No, seor intendente, no hay otros; pero tenis que ser justo y
reconocer la delicadeza de vuestra posicin delante de mi pobre amiga.
Qu sois para ella? Un amo que le demuestra amistad; y ella no es para
vos, verdad?, ms que una sirvienta que os debe obediencia. Es, pues,
natural que haga esfuerzos para ocultar un sentimiento que debe
inspirarle temor y vergenza.

El intendente baj la cabeza y sonri a sus propios pensamientos, como
si aquellas palabras hubiesen determinado en su espritu una reflexin
brusca.

--Sera generoso de vuestra parte--continu Catalina--, que
considerarais de vuestra parte la timidez de Marta. No podris darle
mayor prueba de afecto que contentaros con la revelacin que me habis
arrancado... Por Dios, seor, os lo ruego, no le hablis de amor.
Ofenderais su honesta reserva, y no debo ocultroslo, y se marchara de
Orsdael para preservar su honor de toda apariencia de debilidad.

--Est bien, Catalina, podis estar tranquila; conozco un medio seguro
de salvar todas las dificultades--dijo victoriosamente Mathys--. Maana,
probablemente, el aya os traer la noticia de que me ha confesado su
afecto sin haber temblado ni sonrojado.

La campesina lo mir con sorpresa.

--Es bien sencillo--exclam--, voy a proponerle que se case conmigo...
Por qu lanzis ese grito de inquietud? Os he comprendido. Mientras
Marta no sea para m ms que una sirvienta, tiene que sonrojarse de su
amor; pero as que tenga la certidumbre de ser mi mujer, tendr, por el
contrario, mil razones para estar orgullosa de mi amistad. No es se
vuestro modo de pensar?

--S, s--balbuci Catalina estremecindose--. Pero, acaso queris
proponerle el matrimonio tan pronto, maana mismo?

--Para qu esperar y prolongar su tristeza? Ese era desde hace tiempo
mi propsito. Despus de la feliz seguridad que me habis dado, no tengo
por qu vacilar.

--Creo que eso la llenar de felicidad... pero... pero, y si por
casualidad no aceptara?

--Si no aceptara?--repiti el intendente con una mueca de
desconfianza--sera la prueba de que me habis engaado, Catalina, y
claro que despus de este ultraje, no soportara ni un momento su
presencia en el castillo. Pero bah! bah! no es posible que me rechace.
Este casamiento debe hacerla feliz, yo poseo una linda fortunita, Marta
no tendra que servir a nadie y pasara una vida fcil y agradable...

Catalina camin silenciosamente durante algn tiempo mientras Mathys se
restregaba las manos y se entregaba a rientes reflexiones. La campesina
se detuvo de pronto a la entrada de un sendero.

--Disculpadme, seor intendente, es muy honroso para la mujer de un
pobre guardabosque ir a la aldea as, en compaa de su amo, pero es
preciso pasar all por la pequea huerta para comprar lino para la
cortijera que me espera a las nueve.

--Est bien, Catalina, os doy los buenos das. Pasado maana, el aya os
har saber que va a ser la esposa legtima de Mathys. Ser una alegre
boda, y como me habis sido til en este asunto, har de modo que
asistis a ella. Hay tras de vuestra casa, cerca del bosque, un retazo
en que hubo cebada. Desde maana podis cultivarla, os la doy en
locacin.

La campesina balbuce un agradecimiento, y se alej por el sendero que
estaba cercado de zarzas a ambos lados. Caminaba muy lentamente y
echaba, de cuando en cuando, una mirada a travs del follaje, para ver
si el intendente no haba llegado a la vuelta del camino. As que lo vi
desaparecer tras el ngulo del bosque, se volvi hacia el camino y se
dirigi a pasos precipitados al castillo.

Estaba asustada y triste; el corazn le lata con violencia.

Qu imprudencia haba cometido! Reducida por la necesidad a emplear un
medio extremo, crey que deba salvar a su amiga de una mentira, y ahora
esa mentira se iba a volver contra ella para asestarle un golpe
irreparable y hacerla echar de Orsdael.

Al caminar se hablaba a s misma y se torturaba el espritu a fin de
reparar, si era posible, el mal que haba hecho involuntariamente. No
le quedaba ms esperanza que decidir a Marta a representar hasta el fin
su triste comedia con el intendente. Catalina saba bien que su amiga
acogera ese consejo con horror, tanto ms cuanto que haba sorprendido
por sus palabras que el odio del aya hacia l no haba hecho sino
aumentar; pero, qu hacer contra un concatenamiento de circunstancias
fatales? Y puesto que Marta haba emprendido una lucha legtima contra
los ladrones y verdugos de su hija, por qu retrocedera ante el papel
que tena que proseguir, cuando la libertad de su pobre Laura poda ser
el precio de ese nuevo sacrificio?

Catalina lleg pronto al llano en medio del cual se levantan las torres
de Orsdael, y, desde la elevacin en que se encontraba, mir hacia todos
los lados. De pronto lanz una exclamacin de alegra y de sorpresa.
Vea al aya sentada con Elena en un banco del jardn, detrs del
castillo.

Estaban completamente solas; all slo estaba el jardinero, y estaba
trabajando a una gran distancia.

La campesina acort el paso, afect un aire indiferente, y se puso a
avanzar despacio, como si se paseara, hacia el cerco y penetr en l.
Desde lejos hizo un llamado premioso al aya. Esta, sorprendida por
aquellos ademanes inslitos, se levant y le dijo a la seorita:

--Elena, qudate aqu en el banco, Catalina tiene algo importante que
decirme, finge que no la has visto.

--Est bien, mi buena Marta--respondi la joven--, no me mover de aqu.

La campesina avanz silenciosamente por el sendero, y se aproxim a la
viuda, que se haba ido a sentar en un banco algo apartado, vuelto de
espaldas al castillo.

--Sintese a mi lado, Catalina--le dijo--, y hbleme despacio, pues el
bosque puede ocultar espas. Qu os pasa? Tenis los ojos llorosos.

--S, el corazn oprimido por el espanto. Vais a pasar por una prueba
suprema, Marta, y tiemblo al pensar que os falten las fuerzas
necesarias.

--Qu nuevo dolor me espera? No importa, mi valor no sucumbir.

--Fatales ilusiones!--suspir la campesina--. Sois tan dichosa en poder
saborear el amor de vuestra hija, que lo olvidis todo y no hacis ms
esfuerzo para librarla de su triste esclavitud. Me temo que vuestra
debilidad y vuestra imprevisin van a ser causa de una gran desgracia.

--Qu infundado es vuestro reproche, Catalina! No transcurre un minuto
que yo no tenga presente el fin sagrado que me he propuesto.

--Lo creo, pero desde hace algunas semanas os negis a hacer sacrificios
para conseguirlo. Habis tratado al seor Mathys con una frialdad tan
altanera que ha acabado por declarar su intencin de alejaros del
castillo maana mismo.

--Dios mo!--exclam la viuda con voz ahogada--. Verme separada quizs
para siempre de mi desgraciada hija! Y no s nada an; nada, sino que no
tengo derechos para hacer reconocer mis derechos maternos.

--Tened paciencia, Marta, todo depende de vuestra voluntad y resolucin
de espritu: se os deja el derecho de elegir; estis llamada a decidir
vos misma vuestra suerte. S, s, conocis hasta qu punto puede y debe
extenderse el sacrificio de una madre; pronto vais a saberlo, porque
contis para ello con un medio infalible. Si vacilis, si llega a
faltaros la energa necesaria, maana os veris lejos de Orsdael y
vuestra hija seguir siendo la vctima de la seora Bruinsteen, hasta
que una muerte prematura o una enajenacin mental corone la maldad de
sus verdugos.

--Por Dios, tenedme lstima, Catalina; hablad claramente! Por qu me
torturis as?

--Es necesario, Marta; tenis que comprender que la menor debilidad
puede volverse un crimen, y que vuestra respuesta va a decidir como un
fallo supremo respecto de la vida de vuestra hija y de vuestra felicidad
misma.

Dicho esto, tom la mano de su amiga y agreg con tierna compasin:

--Tened valor y escuchadme con calma... El seor Mathys quiere hacer
para con vos una tentativa solemne y decisiva. Maana os propondr... os
preguntar si queris ser su mujer. No lo rechacis.

--La mujer de Mathys--exclam la viuda con extrema palidez en las
mejillas--. Yo la mujer de ese hombre vulgar y bajo?

--Os equivocis respecto al sentido de mis palabras--interrumpi la
campesina--. No digo que debis ser la esposa de ese hombre
despreciable. Aceptad su proposicin en apariencia. Hay cien medios para
retroceder despus. Mientras tanto, como prometida de Mathys, tendris
el derecho de interrogarle sobre su vida pasada, y, si sois hbil, el
descubrimiento del secreto no podr escaparos. La felicidad de vuestra
hija es el precio de vuestro sacrificio. No encontraris en vuestro
corazn de madre la fuerza necesaria para conquistarla? Vamos, querida
Marta, tranquilizadme; decidme que tambin soportaris con valor esta
ltima prueba. Cmo no me respondis?

--Oh, dejadme llorar!--dijo Marta sollozando--; las lgrimas calmarn
un poco mi angustia y disiparn el aturdimiento de la cabeza.

--Por amor de Dios, Marta, no perdamos tiempo. Pueden sorprendernos a
cada instante e interrumpirnos en nuestra conversacin. La suerte de
vuestra hija est en vuestras manos, tened piedad de ella. Decidid:
ser Laura libre y feliz, o estar condenada a una muerte lenta?
Hablad, libradme del miedo que os hace temblar!

Marta respondi con una sonrisa penosa.

--Hacerle creer que consiento en ser su mujer? Eso es hoy lo que se
exige de m. Pues bien, si creis que esa palabra puede salvar a mi
hija, la pronunciar. Orad, Catalina, para que mi valor sea ms fuerte
que mi desprecio, que mi indignacin.

--Gracias, gracias; hice mal en dudar de vuestra fuerza de voluntad.

--Chito! No hablis ms, oigo un ruido tras de las plantas--interrumpi
Marta.

Se pusieron a escuchar en silencio; era el jardinero que pasaba por el
sendero cargado con un haz de largas ramas que rozaban con el follaje.
Pas sin reparar, aparentemente al menos, en las dos mujeres. Dirigi,
sin embargo, una mirada de soslayo a la seorita, y se encogi de
hombros con una expresin medio irnica, medio compasiva, vindola
sentada en el banco con la cabeza gacha, como una verdadera loca.

--Escuchad, querida Marta--prosigui Catalina--, preparaos para recibir
la declaracin de amor del intendente; en esa solemne entrevista no
dejar de demostraros una exaltacin de afecto. Si lo rechazis con una
frialdad visible, se convencer de que le odiis, y llevar a cabo su
primera resolucin.

--No, Catalina, me dominar para hacerle creer que le escucho con toda
gratitud.

--Eso no basta, porque l se imagina que lo amis.

--Qu insolente!--interrumpi el aya--. Amar a ese monstruo! As que
lo veo, mi corazn se oprime, y la indignacin me embarga.

--Ya lo s, tendris que fingir lo contrario y si os obliga a semejante
confesin decidle claramente que lo amis. Os espanta esta idea?
Temblis como una caa? Es tan grande la adversin que os inspira
Mathys?...

--Un horror que no puedo expresaros, Catalina. Odme y juzgad. La semana
pasada castig tan cruelmente a mi pobre Laura, que durante varios das
le quedaron las marcas en el cuerpo, los rastros de su crueldad. El
miserable marc sus uas en las mejillas de mi hija! Y puedo decirle
que le amo? Quin sera capaz de violentar as sus sentimientos? Ah!
por la felicidad de mi hija sera capaz de afrontar mil muertes crueles,
pero me falta valor para esta abdicacin de mi conciencia, para este
suicidio moral.

--Y, sin embargo, no hay ms remedio--dijo la campesina--, o someteros a
la odiosa necesidad o ser despedida de Orsdael, dejando a vuestra hija
entregada a sus verdugos.

La viuda estaba soportando dolores indecibles; su rostro se haba puesto
de una palidez mortal, sus manos temblaban de fiebre, los
estremecimientos nerviosos recorran todo su cuerpo.

--Qu situacin tan terrible!--murmur--El enemigo ms cruel de mi hija
me hablar de amor. Tendr que prestar odo a sus galanteras
abominables... y decirle: Os amo!, manchar mis labios con estas
palabras impas!

Hubo un silencio bastante largo. Cuando Catalina crey que la emocin de
su amiga se haba calmado un tanto, repuso:

--Mi buena Marta, sta es una batalla decisiva, tenis que calcular las
probabilidades con fra prudencia, como un soldado que ve al mismo
tiempo la muerte y la victoria ante sus ojos. Quiz no tengis que hacer
un esfuerzo semejante sobre vos misma. Le he suplicado a Mathys que
respete vuestro recato; quiz consigis dejarlo satisfecho con algunas
palabras ambiguas. Esperemos que se mantendr dentro de los lmites ms
estrictos; pero, sea como fuese, acordaos que tendris que arrepentiros
eternamente si, por falta de voluntad, os condenarais a vuestra hija y a
vos a la desesperacin y a la esclavitud. Tened compasin de vuestra
triste suerte. Dara gracias a Dios si pudiera sufrir en vuestro lugar,
pero...

En ese momento se abri violentamente una de las ventanas del castillo,
y una voz irritada llam al aya por su nombre.

--Es la condesa--exclam Marta asustada--, he dejado pasar la hora...
Tenemos que entrar en casa... Alejaos, Catalina. Ay! cmo voy a ser
regaada e insultada!

La campesina se alej diciendo:

--Cueste lo que cueste, Marta, es preciso que os vuelva a ver hoy;
quiero retemplaros para la prueba suprema. Yo tambin he emprendido un
combate contra los verdugos de vuestra hija.

La viuda murmur acercndose a la joven:

--Sgueme, Elena, la seora condesa... tu madre nos llama.

La joven se puso a caminar silenciosamente al lado de su aya, hasta que
siguiendo por un sendero estuvieron fuera de la vista de la ventana.
Entonces le pregunt con voz casi ininteligible:

--Marta, qu os ha dicho Catalina? Qu plida estis! Estis
disgustada, verdad?

--No ha sido nada--balbuce Catalina--, una triste noticia; en seguida
se me pasar esto.

--Esa Catalina! no le tengo mucha confianza, Marta. Es muy amable con
vos, pero siempre le sonre con afecto al intendente. Puede que sea una
mala mujer.

--Una mala mujer!--repiti la viuda--. Es la bondad y la abnegacin
misma; te quiere como si fueras su propia hija.

--Entonces, la habis transformado con vuestro incomprensible poder?
Antes vena con frecuencia al castillo y ms de una vez oy las crueles
injurias que mi madre me infera y nunca not en su rostro la menor
seal de compasin.

--Elena, Elena, eres injusta sin saberlo. Esa mujer dara su sangre por
verte dichosa. Un da te explicars este enigma... Ahora, cllate; ah
viene el jardinero y podra ornos.




II


El aya estaba sentada en su cuarto con la cabeza baja y los ojos
cerrados. De cuando en cuando, su pecho se alzaba y dejaba escapar un
triste suspiro.

Por fin irgui lentamente la cabeza y dirigi una mirada extraviada al
espacio. Una triste sonrisa vag por sus labios; la expresin de su
rostro era mezcla de sufrimiento, resignacin y desprecio. Muy luego,
sus sentimientos tomaron otra direccin. Busc con la mano en su pecho,
sac una caja de oro y la abri. Mir durante algn tiempo con expresin
de espanto el retrato que encerraba. En la disposicin de espritu en
que Marta se encontraba, le pareci que los ojos del soldado se animaban
y la miraban con airado reproche. Esta ilusin adquiri en su espritu
agitado una especie de realidad y apart instintivamente aquella imagen
como la de un terrible acusador, y aproxim el retrato a sus ojos,
murmurando con voz trmula:

--Oh mi Hctor, qu severa es tu mirada! No, no dudes de mi valor;
cumplir con la misin que me impusiste en tu lecho de muerte. Si he
vacilado al acercarse esta prueba suprema, era por amor a ti, era por
defender el corazn que sigue amndote ms all de la tumba, hasta la
apariencia de una mancha. Ahora, la lucha ha terminado, la madre ha
vencido en m a la esposa y vaciar el cliz hasta el fondo. Ah! es un
martirio horrible descender as al abismo de la degradacin, aunque ello
sea para defender a nuestra hija, el gaje de nuestro amor.

Marta se puso de repente en pie como si algn golpe violento la hubiese
herido y escuch palideciendo... Le pareca haber odo un ruido en el
corredor. Permaneci inmvil hasta que sali de su error; pero se le
escap un grito de angustia y se puso a temblar murmurando:

--Valor y energa; y ya tiemblo y palidezco al solo pensar en su
aparicin.

Se dej caer en una silla. Sin duda una confianza nueva iba penetrando
en ella, porque una sonrisa de reto se dibuj lentamente en sus labios,
mientras una chispa de coraje brill en sus ojos. Se levant y pas al
otro cuarto, se detuvo delante del postigo y mir, a travs del vidrio,
a la nia que estaba en un rincn leyendo y estudiando sus lecciones.
Marta se detuvo, inmvil, para no distraerla. Fij en ella sus ojos como
si buscara en aquella larga y profunda mirada la fuerza necesaria para
no sucumbir en la prueba temida.

En aquel momento sinti claramente que abran la puerta. Una ligera
palidez decolor sus pupilas. Su pecho se dilat y su respiracin se
hizo penosa, mientras volva a su cuarto. Pero aquella emocin pareca
ms bien signo de una fuerte voluntad que un acceso de temor. Dirigi
una mirada suplicante al cielo y se sent junto a la mesa. All tom su
labor y esper con indiferencia afectada la llegada de Mathys.

El intendente apareci en la pieza y balbuce algunas palabras corteses.
Aunque fuere da de trabajo, vesta sus mejores ropas, y para ponerse
sin duda a la altura de la situacin, habase puesto guantes blancos. Su
aparicin en aquel traje solemne hizo temblar a Marta en los primeros
momentos, pero luego, dominada por la necesidad, se puso de pie
sonriendo y respondi al saludo de Mathys con suave amabilidad.

Esta acogida amistosa alent al intendente, que se aproxim triunfante,
y le dijo con expresin ligera:

--Mi querida Marta, estis sin duda sorprendida de verme en este traje,
verdad? Hace tiempo que algo me oprime el corazn... Separados por una
enojosa desinteligencia, una pena que no nos atrevamos a confesar, nos
haca sufrir a los dos; ahora vengo a romper el hielo... El hombre es
dbil, no os enojis... yo no tengo la culpa, Marta, de que vos seis
hermosa... y que yo no sea insensible...

El intendente haba credo que no le costara el menor esfuerzo hacer su
pedido. Por lo que le haba dicho Catalina, saba que el aya acogera su
proposicin con una alegra, si no ruidosa, por lo menos sincera.

Sin embargo, su tono familiar y el giro atrevido de sus frases haban
asustado a Marta, y, aunque hubiese conservado en sus labios una sonrisa
fingida, haba en su mirada algo de severo que detuvo a Mathys
imponindole ser ms respetuoso y reservado. No saba ya qu decir, y
balbuce confusamente:

--De veras... es algo extrao... cuando se est herido en el corazn...
las ideas se confunden. El asunto me pareca tan fcil y sencillo!...
En fin, a los cuarenta o a los veinte, el amor es siempre el amor... He
venido para hablaros de una cosa que sin duda tiene que seros agradable
y no s por dnde comenzar.

--Hacis mal, seor--dijo el aya con voz dulce--. Hablad; sea lo que
fuere lo que tengis que decirme, os escuchar con atencin. Servos
tomar asiento.

--En efecto, as estaremos mejor--prosigui Mathys algo cohibido--.
Sentaos vos tambin, Marta. Parecis estar inquieta. Temis que la
condesa nos sorprenda, verdad? No tengis cuidado; la he hecho ir con
un pretexto ftil a la granja grande. Estar ausente una hora por lo
menos. Vamos, no somos nios. Puedo hablaros, Marta, con franqueza?

--Con toda franqueza, seor.

--S, pero no es como intendente del castillo, ni como vuestro superior
que os lo pregunto, sino como amigo.

--Sois demasiado bondadoso, seor.

--Est bien, no comenzamos mal--dijo Mathys restregndose las manos--.
En seguida nos entenderemos, Marta. Escuchadme: Habris notado, verdad,
cmo desde el primer da de vuestra llegada a Orsdael os demostr
amistad, cmo os proteg contra la crueldad y el odio de la condesa,
cmo espiaba vuestros pasos y os segua para tener la felicidad de
encontraros y hablaros? No habis adivinado, acaso, la causa de este
afecto?

--Creo haberla adivinado, seor. Os confesar que me asusto porque slo
soy una sirvienta.

--Una sirvienta! Pero si tenis la belleza, los ojos de una reina.
Desde la primera vez que os vi, Marta, me impresionaron los encantos de
vuestra persona, de vuestro lenguaje, de vuestra seductora sonrisa... No
temblis as, amiga ma; mis intenciones son puras y honradas. Ya s que
en materia de pudor sois muy severa y hasta muy hosca. Esa reserva me
enga en un principio, hacindome creer que me despreciabais. Pero
atribuyo un alto precio a la bondad, sobre todo en vos, hermosa Marta.
As, pues, es superfluo que os diga que os amo, lo sabis de hace
tiempo; sin embargo, todava no conocis la extensin de mi afecto.
Noche y da pienso en vos, y vuestra imagen no me deja sosiego; mi ms
hermoso sueo consiste en haceros la compaera de mi vida, para jams
apartarme de vos, buena y querida Marta.

Al pronunciar estas palabras apasionadas, Mathys tom la mano de la
viuda.

Esta estaba plida y a pesar de los violentos esfuerzos que haca sobre
s misma, no poda dominar sus emociones, ni su visible estremecimiento.

Felizmente Mathys se equivoc con respecto a aquella emocin.

--Perdonad, Marta--dijo con ms calma--, perdonad el sentimiento que me
arrebata. Ah! os lo ruego, antes de que os declare formalmente el
objeto de mi visita, decidme que no habis permanecido indiferente a mi
cario. S que vuestro corazn es sensible y agradecido, pero me sera
muy dulce sentir una palabra halagea de vuestros labios queridos.

--Qu queris que os diga?--balbuce Marta casi dominada por la
angustia--. Qu deseis que os responda?

--Una sola palabra: un s quedo y breve, Marta. Marta, me amis?

El aya baj silenciosamente la cabeza; su frente y sus mejillas se
cubrieron de un vivo sonrojo. Sufra atrozmente y luchaba con
desesperacin contra la vergenza que le causaba y le oprima el
corazn. Mathys la miraba con expresin de alegra y de triunfo. El, que
era ya viejo, conseguira por mujer una criatura hermosa, buena y que se
sonrojaba como un nio a la primera palabra que pudiera rozar su rubor.
Respet un momento su silencio y pregunt:

--No me decs nada, Marta? Me negis la palabra que ha de hacerme
feliz?

--Una mujer... mi posicin respecto a vos. Me exigs, me arrancis esa
confesin?

--Os lo suplico, Marta.

--Pues bien, s--dijo el aya con voz casi ininteligible.

Mathys abri los brazos y lanz un grito; pero la viuda se alz de un
salto de su silla, y con una mirada, que la indignacin y el miedo
hacan irresistible, exclam:

--Seor, seor, no ofendis mi dignidad de mujer. Si queris convencerme
de que realmente me amis, respetad al menos vuestro amor por m.

--Tenis razn, Marta; la felicidad me hace perder la cabeza--murmur el
intendente, dominado y casi desconcertado--. Volvamos a sentarnos y
escuchadme. Hacis mal en asustaros por la demostracin primera de mi
amor sincero, y vais a reconocerlo inmediatamente. Odme, querida
amiga; hace quince aos que soy intendente de la condesa de Bruinsteen,
he ganado bastante dinero y gastado poco. He reunido una pequea
fortuna, y puedo hacer independiente y feliz a la mujer que elija por
compaera. Mi corazn es joven, mi salud es buena y estoy lleno de vida.
Vuestro dulce lenguaje, vuestras maneras honestas, algo inexplicable, el
encanto misterioso de vuestros ojos... Ay, ay! me estoy poniendo
hablador... Bueno, bueno, ya sospechis lo que os quiero decir, Marta.
Consents con alegra, verdad? Vuestra vacilacin... Pero, acaso no me
comprendis?

--No me atrevo a comprenderos, seor--respondi el aya--. Un favor, un
honor semejante para una pobre sirvienta...

--Me habis comprendido, Marta. Pues bien, hablar claramente. Queris
ser mi mujer y compartir mi fortuna? Dadme la mano y no agreguemos nada
ms.

Marta puso su mano en la suya.

--Estis conmovida, temblis--exclam alegremente Mathys--. Es natural,
yo mismo tiemblo de alegra. Calmaos ahora, Marta, que todo ha
concludo. No me agradezcis, querida amiga, que os ofrezca una
existencia libre y exenta de inquietudes, porque vos me aportis todo lo
que un hombre necesita para ser feliz. Estamos, pues, a mano. Hay
personas que van a tratar de impedir nuestro casamiento; no les dejemos
tiempo para que nos susciten serios obstculos.

--S, la condesa!--dijo el aya suspirando--. Me echar del castillo as
que sepa lo que acabis de decirme.

--Echaros!--exclam el intendente con una sonrisa de desprecio--. La
condesa se pondr furiosa y os injuriar probablemente; pero no temis
nada; haga y diga lo que quiera, tendr que someterse a mi voluntad.
Poseo medios infalibles para vencer su resistencia.

Una chispa de secreta esperanza brot en los ojos de Marta; alz la
cabeza, di a su fisonoma una expresin seria, y dijo:

--Perdonadme, seor; pero me parece que, sin ser indiscreta, he
conquistado desde hace un momento el derecho de interrogaros respecto de
cosas que me inspiran cierta desconfianza y que me inquietan.

--Tenis, Marta, todos los derechos de una prometida.

--Pues bien, seor, demostradme que sois sincero. Desde hace tiempo me
pregunto por qu la condesa os persigue y espa sin cesar. Por qu la
amistad que me tenis le inspira una especie de celos y la pone
furiosa?...

--Bah! es slo porque me odia, y no le agrada que los servidores tengan
por m ms respeto y afecto que por ella.

--Quiero creeros... Si me engaarais, sin embargo?

--Qu ideas tenis, Marta.

--Est bien! Si no fuera ms que por esas apariencias, seor, hara
mal en estar inquieta; pero hay otro misterio que me espanta; a pesar de
vuestro importante cargo de intendente, estis al servicio de la
condesa, es vuestra ama, tiene derecho a vuestra obediencia. Cmo es,
entonces, que cuando ello es necesario, se encuentra bajo vuestro
dominio y tenga que someterse a vuestra voluntad, como decs vos mismo?

Aquella pregunta pareci confundir a Mathys, porque balbuce una
respuesta confusa. Esta vacilacin hizo que Marta se estremeciera de
esperanza y alegra; pero, sin embargo, prosigui con fingida tristeza:

--La causa de vuestra influencia sobre la condesa no ser acaso de tal
naturaleza que no pueda conocerla la mujer a quien habis ofrecido
vuestra mano, y no podra suceder que si yo la descubriese me viera en
el caso de rechazar vuestras proposiciones? Disculpad que os hable as,
porque me veo obligada, a pesar mo, a sospechar de vuestra sinceridad.

--Nada de eso, querida Marta, estis equivocada. El asunto de que
hablis no puede tener influencia sobre nuestro afecto recproco ni
afectar en nada mi lealtad.

--Por qu ese inters en ocultarme esa razn con tanto empeo?

--Hay cosas que no pueden decirse--murmur Mathys--, sobre todo cuando
carecen de inters para aquella que... que desea conocerlas.

--Entonces es un secreto?--exclam el aya--. Un secreto entre vos y
yo... ya.

--Pues bien, s, es un secreto--respondi Mathys--. Mi honor, y, por
consiguiente el vuestro, Marta, puede depender de la menor indiscrecin
a ese respecto.

--Oh! tranquilizadme, seor, disipad esta duda de mi espritu,
acordadme esa prueba de vuestro amor.

--No, Marta, slo mi mujer puede tener el mismo inters que yo en
guardar este secreto.

La viuda junt ambas manos y suspir acaricindolo con la mirada, y
palpitando de emocin:

--Mathys, Mathys, os lo ruego, os lo suplico!

--El da de nuestro casamiento conoceris el secreto, antes no. Tengo
que permanecer inflexible por grande que sea la emocin que experimento
bajo vuestra mirada... Pero, qu es lo que oigo? Esa voz que se oye
abajo... Es la condesa! Se ha vuelto a toda prisa, furiosa sin duda de
que la haya engaado. Tengo que irme, Marta. Cuando esta causa de mal
humor haya pasado, le anunciar nuestro casamiento. Estis de nuevo
temblando, calmaos. Si la seora llega a venir y os interroga decidle
que os he reprendido. Eso la alegrar. Adis! La condesa anda gritando
como una loca; me busca. Ms tarde hablaremos de los medios de apresurar
nuestro casamiento.

Marta lo sigui y acompa hasta la puerta; pero, habiendo pasado un
brusco capricho por el espritu del intendente, se volvi y tom a Marta
en los brazos. El aya di un salto hacia atrs dando un grito, y Mathys
sali de la pieza echndose a rer.

La viuda se dej caer en una silla y se puso a llorar de vergenza y de
dolor. De cuando en cuando alzaba los ojos al cielo. No le dejaron
tiempo, sin embargo, de aliviar el corazn. La condesa entr bruscamente
en el cuarto y echando a todas partes miradas furibundas, se puso a
gritar:

--Dnde est el intendente? Os pregunto, dnde est el intendente? No
me os acaso, insolente?

--Estaba aqu hace un momento, seora--respondi Marta.

--A dnde ha ido?

--No lo s, seora.

--Qu significan, veamos, esas lgrimas y esa palidez?

--Me ha retado, seora.

--Os ha retado! y por eso lloris?--exclam la condesa dulcificando el
tono--, os ha maltratado acaso?

--Me ha dicho palabras que me han afectado mucho.

--Es un hombre falso y cruel, verdad?

--S, seora, es un hombre falso y cruel.

--Bah! no reparis en sus maneras brutales. Ahora lo voy a arreglar yo
a ese insolente... Burlarse de m, hacerme ir hasta la granja grande por
un motivo ridculo... Vamos, Marta, consolaos, ms vale que l os
maltrate a que quiera engaaros con su falsa amistad. Secad vuestras
lgrimas e id a pasear al jardn.

--Seora--dijo el aya cuya atencin se haba despertado al or estas
ltimas palabras--, deseara ir hasta la casa de Catalina, la mujer del
guardabosque. Eso me consolara un poco en medio de mi desgracia.

--No hay ningn inconveniente para negaros esa distraccin, Marat, pero
preferira que, desde maana, permanecierais ms tiempo en el jardn con
Elena; me desagrada el tener que llamaros como ayer casi al caer la
noche. Mirad, llevad a Elena a casa del guardabosque. Catalina es una
mujer prudente. Colocad a la loca en un rincn y cuando hayis
conversado con vuestra amiga, volveos al jardn; pero tened cuidado de
no perder de vista a Elena ni un solo instante.

--Ni un instante, seora.

--De modo que no sabis dnde est el intendente?

--No, seora, se march corriendo en cuando sinti vuestra voz abajo.

--Qu cobarde! se habr ido a esconder, pero lo encontrar. Tengo que
averiguar por qu se ha burlado de m.

Dichas estas palabras, sali renegando, y se alej rpidamente.

Esta conversacin le devolvi a la viuda las fuerzas necesarias para
dominar los impulsos de su corazn. Tena, en efecto, un gran deseo de
ver a Catalina? O ms bien deseaba alejarse de la casa para evitar en
lo posible una entrevista con el intendente? Reflexion un instante, se
sec los ojos y las mejillas y abri la puerta del cuarto de Elena.

--Querida nia, guarda tu libro--le dijo--. Vamos a ir a pasear. Tu
madre nos ha dado permiso para ir hasta la casa de Catalina.

La joven se puso de pie rpidamente y, como si aquella sonrisa la
colmase de felicidad, uni sus manos; pero inmediatamente las dej caer
y qued inmvil; luego le pregunt a su aya:

--Marta, qu os ha sucedido? Tenis los ojos colorados. Si habis
llorado!

--No ha sido nada, mi buena Elena, el intendente me reprendi.

--Ah! Dios mo, os maltrat como a m?

--No, no; de palabra, de palabra solamente. Te asustas sin motivo.
Aprate; tu chal. Est el tiempo ms hermoso!

La joven estaba acostumbrada, desde haca tiempo, a obedecer sin
replicar, y a no insistir nunca cuando el aya le expresaba el deseo de
no ser interrogada. Estaba convencida de que Marta le ocultaba muchos
secretos; pero crea que de eso dependa la permanencia en Orsdael, de
su protectora. Se prepar silenciosa y luego sigui al aya.

Al llegar a la puerta del castillo trat de consolar a Marta, dicindole
palabras alegres; pero viendo que estaba absorta en sus pensamientos
melanclicos, camin silenciosamente a su lado.

La casa del guarda estaba abierta; no haba nadie en ella; pero despus
de buscar algn tiempo vieron a Catalina, ocupada en arrancar las malas
hierbas en el jardn.

As que la campesina vi a la joven y a su aya, se incorpor y fu a
recibirlas. Una ardiente curiosidad se lea en sus ojos, y, mientras se
iba acercando, interrogaba al aya con la mirada. Despus de haber
saludado cortsmente a la jovencita se volvi hacia su amiga, y murmur:

--Vuestra venida a mi casa me indica que Mathys os ha halado. Cmo han
pasado las cosas? Quedaris en Orsdael?

Marta le hizo comprender por una sea misteriosa que no poda hablar de
esas cosas delante de la seorita. Pase la vista por todos los puntos
del jardn. Este estaba rodeado por una espesa cerca, y al fondo haba
un banco cubierto de yedras y madreselvas. Se vea en verdad una
abertura en la cerca, pero quedaba cerca de la casa, y alguien que
estuviera bajo aquel techo de follaje no podra ser visto desde afuera.

--Anda, Elena, sintate en el banco, bajo la glorieta--dijo el aya--.
Tengo que entrar en la casa con Catalina, para hablar de un asunto
importante. Toma, aqu tienes mi bolsa de labores, en ella encontrars
un tejido. Ten paciencia, que volver a buscarte dentro de algunos
minutos.

Se alej, y entr en la casa con Catalina, cuyo corazn palpitaba de
curiosidad.

La joven camin lentamente por el sendero; recogi aqu y all algunas
flores, e hizo un ramito, que se puso en el seno. Despus se sent en el
banco y se puso a concluir la gorra que Marta haba comenzado. Mientras
que sus manos manejaban rpidamente las agujas, su mirada vagaba delante
de s, meditabunda y olvidada de lo que haca. El aya tardaba ms de lo
que haba dicho; pero Elena no pareca reparar en ello. Quiz pensaba en
las huellas de las lgrimas sorprendidas en los ojos de Marta; quiz se
preguntaba cul poda ser la causa del misterio que la rodeaba. Quiz
tambin una imagen querida se alzaba ante sus ojos; porque a veces una
sonrisa se dibujaba en sus labios. Sea lo que fuera, sus pensamientos
se fueron volviendo tan absorbentes que dej de tejer y su cabeza se
inclin suavemente sobre su pecho como si sus ojos se hubieran cerrado
para mirar ms profundamente dentro de s misma.

Mientras estaba sumida en sus meditaciones, un hombre atraves el
agujero de la cerca y penetr en el sendero.

Se detuvo y lanz una mirada casi indiferente al jardn. Era un joven de
buena presencia y vestido con esmero. Iba a proseguir su paseo cuando
not a la joven sentada bajo la glorieta, inmvil y con la cabeza
inclinada. Se le escap un grito ahogado. Se desliz a lo largo de la
cerca y se aproxim sin ruido. A cinco o seis pasos de ella se puso un
dedo sobre los labios y balbuce:

--Elena, querida Elena!

La joven se puso de pie temblando y pronta a lanzar un grito de alarma;
pero la seal que le haca el joven y la muda plegaria que se lea en
sus ojos detuvieron la voz en los labios de Elena.

--Federico! Ah, Federico! idos, apartaos de este sitio.

--Silencio, silencio, os lo ruego! No me privis de este instante de
felicidad--murmur.

--No, no; es preciso que os hable, cueste lo que cueste.

--Ay!--suspir la joven--, mi madre despidi a Rosala porque vos me
hablasteis. Si Marta, mi protectora, me fuera quitada, me morira de
pena.

--No es lo mismo; por otra parte el destino lo quiere; no hay que
vacilar. Vamos, querida ma, calmaos; sentaos en el banco; as ser
menos fcil que nos vean.

Tom a la joven de la mano y la condujo al banco a pesar de las splicas
y de la resistencia de ella. Una vez sentado junto a la joven,
prosigui:

--Elena, he estado enfermo en Bruselas, en peligro de morir;
tranquilizaos, no temblis as.

--En peligro de morir--repiti la joven--. Oh! era por eso que mi
corazn estaba lleno de temores y que lloraba cuando pensaba en vos...

--Gracias, Elena, por vuestro recuerdo. De modo que no me habis
olvidado?

--Olvidado, Federico? Vos y Marta sois las nicas criaturas que me
habis amado en la tierra.

El joven mene la cabeza, y dijo precipitadamente:

--No tenemos tiempo para cambiar palabras dulces. Decidme, Elena, de
dnde procede vuestra aya?

--De Bruselas, Federico.

--Cul es su apellido?

--Se llama Marta, Marta Sweerts.

--Quin es?

--No lo s.

--No es una parienta del conde, vuestro finado padre? No es vuestra
prima o ta?

--No.

--No ha sido mandada por alguien de vuestra familia para protegeros?

--No lo creo.

--No lo creis, no lo sabis?--murmur Federico con decepcin--. La
presencia de esa mujer oculta acaso un secreto?

--S, s, muchos secretos; pero no intentis penetrarlos, tal vez de
ellos dependa mi felicidad.

--Vuestra felicidad? Estis bien cierta de que esa mujer sea sincera?

--Oh! amigo mo; esa duda es una gran injusticia. Sospechar de Marta,
un ngel de generosidad y compasin!

--Estis cierta? No finge? Entonces, Elena, debe ser sin duda de la
familia de vuestro padre, porque slo la voz de la sangre puede inspirar
palabras y sentimientos como los que ha expresado delante de m. Y si no
supiera que sois la hija de la condesa de Bruinsteen dudara de que
fuera sta, y no Marta, vuestra Marta...

--S, s--exclam la joven con orgullosa alegra--, es mi madre por el
alma, por el corazn! Ah, Federico, qu felices deben ser los hijos que
tengan una madre as!

--Y no os ha dicho por qu os quiere de una manera tan sorprendente, ni
quin pueda haberla mandado para consolaros o defenderos?

--Ah, Federico! Marta cuenta a ese respecto cosas extraas. Sabis
quin la ha enviado a m? Un hombre que hace cerca de veinte aos que
est en el cielo. Un hroe, un oficial de hsares, condecorado con la
cruz de honor.

--Un oficial de hsares!--exclam el joven.

--S, un oficial de hsares, que me quera antes que yo naciese.

--Ah! ah est el secreto, seguid hablando, Elena.

--Pues bien, fu l quien la mand hacia aqu; y cuando Marta ruega por
m se le aparece a menudo, y siempre le ordena que me quiera mucho. Es
singular, no lo comprendo, pero es cierto, porque lo dice Marta, y lo
que ella dice...

Una grosera carcajada vino a interrumpirles.

Un hombre que estaba en la abertura de la cerca y que extenda el puo
hacia ellos, grit con toda la fuerza de sus pulmones:

--Ah, ah, bribona, ests otra vez ah! Corro en busca de la condesa
para hacerle saber lo que pasa aqu. Esta vez te va a salir mal.

Elena se puso vivamente de pie, azorada por aquella amenaza, y huy
hacia la casa dando gritos agudos. Federico trat de calmarla; pero
viendo que no lo escuchaba, pas por la abertura y desapareci tras de
la cerca.

--Qu hay? Qu ha sucedido?--exclamaron a un mismo tiempo la viuda y
la campesina, que haban acudido al jardn--. Quin ha hablado de la
condesa en voz tan alta y amenazadora?

--Ah, Marta, querida Marta, perdname!--suplic la joven asustada
echando los brazos al cuello de su aya y ponindose a llorar sobre su
pecho--. He hecho mal. Seris despedida, y yo morir de pena y de dolor.

--No, no; tranquilzate, querida Elena--dijo la viuda prodigndole sus
caricias para calmarla--. Habla. Qu ha sucedido?

--Federico, Federico estuvo en el jardn...

--Ah, Dios mo!--exclamaron las dos mujeres--. Federico estuvo con vos
en el jardn?

--S, yo quera llamaros; pero me pidi tanto que no lo hiciera. No tuve
el valor de hacerlo. Sus ojos, su voz... Mientras que yo lo oa en un
culpable abandono de m misma, el pen jardinero se acerc a la abertura
del cerco. Vi a Federico y corri al castillo para avisrselo a mi
madre. Ay, mi buena Marta! lo que yo tendr que sufrir no es nada, me
lo merezco; pero vos... Sostenedme, no puedo ms, mis fuerzas me
abandonan.

El aya oprimi a la joven contra su pecho, y la bes con ternura,
murmurando a su odo palabras de consuelo.

--Ven, Elena--dijo la viuda tomndola del brazo--, no podemos permanecer
aqu. Tu madre estar aun ms irritada si no nos viera regresar
inmediatamente.

Antes de salir de la casa del guardabosque, Catalina tom la mano a la
viuda y le dijo:

--Marta, sois la hija de un soldado. Veo lo que pasa en vuestro corazn
y admiro vuestro valor. El seor Mathys os defender a las dos de las
crueldades de la condesa. Id a buscarlo en seguida, llamadlo en vuestro
auxilio; l ser vuestro protector.

Cuando la viuda y la jovencita se vieron en el camino del castillo se
pusieron a caminar a toda prisa; y volvieron a cambiar entrecortadas
frases. Elena suplicaba a su aya le perdonara lo que ella llamaba su
culpable olvido de s misma, y deploraba de antemano la prdida de su
generosa protectora; Marta, aunque medio muerta de inquietud, ocultaba
su emocin para calmar la desesperacin de su hija; y darle el valor
necesario para soportar el cruel castigo que sin duda la esperaba.

Vieron a la vieja cocinera que acuda hacia ella con el pen jardinero.
Este ltimo, cuando estuvieron cerca, le grit a Marta con altanera:

--Seora, dadle las llaves del cuarto alto a Mariana; la condesa lo
manda. Y no resistis a su orden, porque si no, recurrir a la violencia
para quitaros las llaves. Os est prohibido subir.

--Es cierto, Marta--dijo en tono ms dulce la cocinera--. Tenis que
confiarme a la seorita. La condesa os espera en el saln.

--Las llaves--murmur el aya con espanto--. Y con la seorita, qu van
a hacer?

--Ah! va a ser severamente castigada por su imprudencia--suspir
Mariana--. Sin embargo, la compadezco.

--La van a maltratar?

La cocinera hizo un gesto afirmativo, y viendo que Marta palideca y
temblaba, le murmur al odo:

--No os alarmis, tratar de estar junto a la seorita hasta que se
acabe este asunto.

--Y el intendente, dnde est, Mariana, el intendente?--exclam la
viuda.

--No est en el castillo; creo que ha ido al bosque a hablar con los
aserradores. Id en seguida a hablar con la condesa; tal vez, Marta, no
se muestre tan terrible como creis.

--Ten valor, Elena, no llores as--dijo la viuda a la joven
atemorizada--. Yo soy la nica causante de esto; yo sola soportar las
consecuencias de mi fatal imprudencia.

--Ah, no, no!--exclam Elena--. Sois inocente. Se lo dir a mi madre.
Si quiere vengarse de lo que ha pasado, que sea slo en m. Os lo
ruego, Marta, no me hagis doblemente desgraciada.

Pero una mirada severa y un ademn imperioso le indicaron que deba
someterse sin rplica. Call y baj la cabeza.

El aya le di las llaves a Mariana, mir ansiosamente una vez ms a su
hija con ansiedad y corri al castillo temblorosa.




III


Cuando Marta entr en la sala, vacil un instante, pero luego, armndose
de valor, golpe suavemente a la puerta de la pieza.

--Entrad--respondi una voz en tono seco.

La seora de Bruinsteen estaba sentada en un silln. Sus ojos inflamados
parecan lanzar relmpagos; tena, sin embargo, una sonrisa en los
labios, una expresin de alegra sarcstica y triunfante. Estaba
contenta porque un acontecimiento inesperado haba entregado indefensa a
sus manos a aquella mujer a quien odiaba. Al entrar la viuda murmur
algunas palabras de disculpa; pero la condesa no le dej tiempo para
hablar claramente y exclam en tono irnico:

--Ah, ah! Estis aqu? Vamos a ver, hipcrita, cobarde, cunto dinero
os ha dado Federico para traicionarme? Hasta dnde puede llegar la
falsedad! La seora es modesta, instruda, reservada; hay que medir las
palabras con ella, es tan sensible!... Y esta miserable ladrona vende
el honor de mi casa, por dinero! S, s! Atreveos a disculparos; sois
una desvergonzada; pero vos misma habis cado en vuestra celada. Nada
puede salvaros, se acab. Si no me contuviera os pateara como a una
vbora; pero quiero contenerme; tengo curiosidad por ver qu medios
ridculos vais a emplear para eludir el castigo de vuestra baja
debilidad. Hablad, sed breve; porque todo es intil; dentro de pocos
minutos vuestra suerte se habr fijado.

Marta uni las manos y dijo con voz suplicante, mientras las lgrimas
corran por sus mejillas:

--Ah, seora! comprendo vuestra justa clera, pero dejadme explicaros
cmo sucedi esa desgracia. Quiz veais en mis palabras una razn para
no ser inexorable con vuestra pobre e inocente sirvienta...

--No os andis con tantas vueltas, os digo.

--Yo llev con vuestro permiso a la seorita a casa del guarda. Catalina
estaba en el jardn; hice sentar a Elena en una glorieta y entr en la
casa con mi amiga, para que la seorita no oyera nuestra conversacin.
Entonces el seor de Bergmans se desliz al jardn por una abertura de
la cerca y habl con la seorita.

--Y vos no sabais que deba ir all? Y os imaginis que me vais a
hacer creer eso?--exclam la condesa.

--Creedme, seora; yo ignoraba por completo su presencia en Orsdael.

--Vamos, vamos! Me expresis el deseo de ir a casa del guarda; sois
bastante astuta para elegir la hora de vuestro paseo habitual para
arrancarme el permiso; colocis a Elena en el jardn para que pueda
hablar con entera libertad con su cobarde adorador; ste acude all...
Y todo este juego, hbilmente combinado, resulta ser ahora una mera
casualidad? Debis tener una opinin muy triste de m si esperis
engaarme con esas nieras!

--Soy inocente, seora, os lo juro!

La condesa se ech a rer.

--Un juramento!--exclam la condesa--. Qu significa eso en los labios
de una infidente descarada? No os di orden de que no perdierais un solo
instante de vista a Elena?

--En efecto, seora, en eso falt a vuestras rdenes. Me arrepiento
sinceramente de ello; sa es la nica falta que tengo que reprocharme; y
por eso es que imploro vuestro perdn.

--Perdn! ahora veremos. Permaneci mucho tiempo Federico con Elena?

--Dos o tres minutos, seora.

--Tanto tiempo, y qu le dijo?

--No lo s, seora.

--Y ella no os llam?

--Creo que s, seora, pero yo no la o.

--Hipcrita, no le oisteis y estabais a diez pasos de distancia! Os
habis arreglado con la loca para engaarme. Aunque finjis estar triste
y asustada, interiormente, verdad?, estis contenta. El dinero que
Federico os ha dado o prometido, os indemnizar de los resultados de
vuestra vil traicin. Marchaos, salid del castillo, y esperad delante de
la puerta vuestros bagajes. Suplicad y rogad cuanto queris; no
volveris a poner los pies en el castillo.

--Oh, seora, no seis inexorable conmigo!--exclam Marta trmula de
emocin--, me despeds de aqu. Adnde ir? Tened compasin de una
pobre viuda. Me acusis de deslealtad? Creis que he consentido por
dinero en exponerme a vuestra justa clera? Ah! si supierais que dara
la mitad de mi vida por seguir a vuestro servicio!

La condesa pareci no escucharla y se puso de pie animada por un nuevo
furor.

--En cuanto a la estpida loca--exclam--, en seguida tendr su
merecido. Voy a tratar de que no olvide este da; para que no se le
vuelva a ocurrir el deseo de ver a mi enemigo. S; quiero que en
adelante tiemble y tenga miedo al slo or pronunciar su nombre.

Estas palabras le arrancaron a Marta un grito de desesperacin. Se ech
a los pies de la condesa, abraz sus rodillas y recurri a las ms
ardientes splicas, para mitigar su clera; pero la seora de
Bruinsteen, que la miraba con triunfante irona, se alej y la rechaz
duramente, mientras le indicaba la puerta, diciendo:

--Idos, idos de aqu! No os perdonar. Durante demasiado tiempo os
entendisteis con el intendente para desafiarme y burlaros de m. Ahora
estis perdida. El mismo Mathys, si estuviera aqu, os echara, del
castillo. Marchaos, basta de cobardas intiles, basta de mentiras;
marchaos os digo. Vais a obligarme a llamar a mis sirvientes para verme
libre de vuestras splicas hipcritas?

Pero la viuda sigui arrastrndose a sus pies y balbuceando todas las
splicas que la desesperacin ms profunda poda sugerirle. Estas
palabras slo sirvieron para aumentar la clera y la indignacin de la
condesa.

--Cmo?--exclam--, os he entendido bien? Perdn? Peds perdn para
la loca? Entonces le tenis cario? Os asusta la idea de que reciba el
justo castigo de su maldad?

--Oh! No, no, seora! Os pido perdn para m.

--Acabaris de una vez--grit la seora de Bruinsteen--. Ya habis dicho
vuestra ltima palabra en Orsdael. Vamos, queris marcharos? s o no?

Y como Marta siguiera de rodillas y llorara tendindole los brazos, se
puso de pie violentamente, la empuj rabiosa y le di como adis un
golpe tan violento, que la pobre Marta se golpe contra la pared y
permaneci un instante aturdida.

La puerta de la pieza volvi a abrirse, y una cruel amenaza le devolvi
a la viuda la conciencia de su posicin.

--Vamos--grit la condesa--, estis empeada en que os eche a la calle?

Marta camin hacia la puerta y sali de la casa vacilante, aniquilada,
deshecha y casi sin ideas. Se imaginaba la escena de violencias y
crueles tormentos que Elena iba a sufrir, y su imaginacin estaba tan
impresionada por aquel doloroso espectculo, que permaneci inmvil y
como petrificada delante del castillo:

Una voz que pronunciaba su nombre le hizo alzar la cabeza y le arranc
un grito de alegra. Tendi las manos hacia el intendente, que acuda
hacia ella dando muestras de impaciencia y de clera.

--Ya s lo que ha pasado--exclam--. Catalina me lo ha contado todo.
Pero, qu ha dicho la condesa? Estis llorando? Os ha maltratado?

--Cruelmente maltratado, seor. Me ha echado, seor; no puedo subir
siquiera a buscar mi ropa.

--Est loca, Marta; acaso tenis la culpa de que ese bribn de Federico
haya tenido la idea de reaparecer de repente? Vamos, vamos, reos de la
injusticia de la condesa y volved a vuestro cuarto.

--No me atrevo--dijo la viuda con verdadero miedo--; me hara echar a la
calle por los sirvientes.

Mathys la tom la mano y la arrastr, diciendo con gran agitacin:

--Echaros a la calle? Quisiera ver que os tocara con un dedo solamente.
Se aferra a ese pretexto para echaros. No es de vos de quien se venga,
es de m. Sabe que me hiere al maltrataros; pero ahora veremos cmo van
a andar las cosas. No temblis, aunque estuviera cien veces irritada,
cedera, y se volvera mansa como un cordero. No slo le impondr que en
adelante os deje en paz y os respete, sino que le declarar a la vez que
os he elegido por mujer y que pronto seris mi esposa.

--No, Mathys, no hagis eso; su furor no reconocera lmites--exclam la
viuda.

--Ya lo s; pero, aunque se volviera loca furiosa, poseo los medios de
desarmarla. No tengis temor; si yo se lo exijo, os pedir perdn por su
brutalidad.

--No, no la humillis, emplead la, persuasin; limitaos a demostrarle mi
inocencia, para que me perdone mi descuido de un instante.

--Eso corre de mi cuenta, Marta; yo tambin tengo que vengarme.
Permaneced aqu y tened valor; no saldris de Orsdael.

El intendente entr y cerr la puerta. Momentos despus Marta oy los
ecos de una voz irritada, y apenas hubo dicho algunas palabras la voz
ms agria aun de la condesa se mezcl a sus amenazas; ora era un rumor
sordo; ora era una tempestad que iba siempre creciendo; hubo momentos en
que hasta el piso temblaba al choque de violentas patadas.

Marta estaba de pie y toda trmula en la escalera; con la mirada fija en
la puerta, escuchando aquella disputa, de la que poda depender su
felicidad y la de su hija. Por mucha atencin que pusiera no poda
entender una palabra; el ruido de las voces amortiguado por la pesada
puerta, slo le llegaba de un modo indistinto y confuso.

El altercado duraba desde haca largo rato, sin que la seora de
Bruinsteen ni Mathys perdieran terreno, ni parecieran rendirse. La voz
del intendente haba llegado poco a poco al diapasn ms elevado, y sin
duda la obstinacin de la condesa lo llenaba de furor, porque lleg a
gritar tan fuerte que la viuda crey distinguir algunas de sus amenazas.
Las palabras de madre falsa, ladrona de herencias llegaron a sus odos
y la hicieron estremecer. Sus enemigos estaban hablando del secreto cuyo
conocimiento ella persegua al precio de las ms sangrientas
humillaciones y los ms crueles sufrimientos.

Impresionada hasta el punto de que casi le faltaban las fuerzas, apoy
la mano en la pared y se desliz hasta la puerta. Su corazn lata
violentamente y poco faltaba para que la angustia la venciera.

La voz del intendente segua gritando con la misma violencia; pero la
condesa hablaba al mismo tiempo que l, y Marta slo pudo or sonidos
mezclados y confusos, y palabras sin ningn sentido. Crey entender, sin
embargo, que hablaban de Elena, del viejo conde y de su herencia.
Temblando de impaciencia y de esperanza, apoy el odo a la puerta; pero
su esperanza qued frustrada porque las voces parecieron calmarse y se
debilitaron...

De pronto, como si la condesa le hubiera inferido una injuria
sangrienta, el intendente le replic con nuevo furor. La viuda se
inclin y peg el odo contra el agujero de la cerradura. En esa actitud
oa casi todo lo que deca Mathys.

--Ja, ja!--gritaba burlonamente--. Conque tambin me echaris a m?
Est bien, os conozco desde hace tiempo, seora, he tomado mis
precauciones a tiempo. Habis sido lo bastante tonta para darme un
escrito de vuestro puo y letra. Este documento es una espada suspendida
sobre vuestra cabeza. Me obedeceris, me obedeceris os digo... o si no,
la miseria, la ruina, la crcel os espera. Yo fu vuestro cmplice,
vuestro instrumento, pero para vengarme...

Marta, mediante un esfuerzo nervioso, concentr todas las fuerzas de su
alma en el odo; suspendi la respiracin; el secreto que hubiera pagado
con su vida iba probablemente a serle revelado.

Pero tuvo que erguirse y retroceder lanzando un grito sofocado. La vieja
cocinera bajaba la escalera y se le acercaba sonriendo.

Mariana haba visto que el aya tena el odo pegado a la puerta.

--Qu est pasando ah dentro, Marta, para que lo estis oyendo con
tanta inquietud? Hablan de vos?

--S, s, de m--murmur la viuda.

--No quiero molestaros con mi presencia; dentro de un rato me diris lo
que haya pasado, verdad?

La viuda aplic de nuevo el odo a la cerradura; pero la pelea se haba
calmado sensiblemente y las voces slo zumbaban confusas en una
conversacin comn. Despus de haber escuchado largo rato e intilmente,
Marta exhal un doloroso suspiro y se alej de la puerta. Tena los ojos
llenos de lgrimas; pero consigui dominar su dolor, al ver que la
cocinera estaba todava en la escalera.

--Y qu es lo que han dicho de vos? Os despiden o podis quedaros?

--- Me echan--balbuce Marta temblando de emocin y sin entender casi lo
que la cocinera le preguntaba.

--Despedida y sin remedio, no queda ninguna esperanza? Es una
desgracia, Marta, y os compadezco sinceramente. La seorita me cont
cmo pasaron las cosas. Vos no tenis la culpa.

--La seorita?--pregunt Marta--. Cmo se siente? Est muy afligida,
verdad?

--Pobre criatura loca! Es cosa de llorar de lstima, aunque se tenga el
corazn de piedra.

--Teme que la maltraten, no es cierto?

--No, no; otra persona pensara en ello; pero una pobre loca! Creis
que no piensa en ella? Todo lo que grita es: Marta, Marta, y slo la
preocupa el que vos tengis que sufrir las consecuencias de su
imprudencia. Es singular; no os demostraba, sin embargo, mucho cario;
hasta crea que os odiaba, y sin embargo, en el momento de perderos,
demuestra por vos un cario extraordinario. Su cabeza est perdida; no
sabe lo que dice ni lo que hace.

Se abri la puerta de la sala y apareci el intendente en el corredor;
estaba colorado, y tena los ojos rojos de clera. La presencia de
Mariana pareci molestarle, e hizo un gesto imperioso para alejarla;
pero cambi de idea, le tom a la cocinera las dos llaves que tena en
la mano y le dijo a Marta, dirigindose a la escalera:

--Seguidme, Marta.

La viuda obedeci. La condujo a su propio cuarto, la hizo sentar cerca
de la mesa, y le dijo:

--Aqu tenis vuestras llaves, Marta. El asunto est arreglado; pero no
fu sin trabajo; he tenido que emplear los medios ms enrgicos para
vencerla; podis quedaros en Orsdael y no tenis nada que temer.

--Me ha perdonado!--exclam el aya.

--Una mujer como la condesa no perdona jams.

--Pero, con todo, puedo quedarme?

--Eso no era lo difcil; la seora de Bruinsteen consinti en ello sin
mayor resistencia; pero cuando le dije que ibais a ser mi mujer casi le
di de rabia un ataque de apopleja... Esto os sorprende, Marta? Se
dira verdad? que est celosa porque yo distingo a otra mujer. Nada de
eso; me odia, pero tiene necesidad de m, y me teme. Si yo quisiera
podra hacerle mucho dao y hasta arruinarla por completo. Por eso
querra tenerme bajo su dependencia; pero se acab, estoy cansado de
esta existencia.

--Qu terribles secretos hay entonces entre vos y la condesa?--dijo
Marta con terror fingido--. Quiz la seora condesa ha cometido alguna
falta y vos la sabis...

--No me preguntis nada de eso--replic Mathys--. El da de nuestro
casamiento lo sabris todo. Antes no me arrancaris una palabra. Vos
misma reconoceris que este silencio era una plausible prudencia.
Hablemos ahora de asuntos serios. La escena que acaba de producirse
entre la condesa y yo, no nos permite esperar largo tiempo. Debemos
apurar cuanto se pueda nuestro casamiento. La maldad de la seora
Bruinsteen hallar todava medio de romperlo. Esta misma noche
escribiris las cartas para que os manden los papeles necesarios de
Bruselas, y si tenis tanta prisa como yo, nos casaremos dentro de seis
semanas.

La viuda pareca que ya no le oa y diriga la mirada con atencin
particular al fondo del cuarto. Haba un escritorio de caoba entre unos
bonitos muebles y sillones de terciopelo. Haba tambin cuatro cuadros
con marcos dorados. Pero el objeto en que Marta fijaba los ojos, era un
cofre con fuertes herrajes que estaba al pie del pupitre.

--Estis distrada, Marta?--observ el intendente--. Decidme, querida
amiga, escribiris esta tarde para que os manden de Bruselas los
papeles necesarios? Haris lo posible, a fin de que no perdamos un
instante en celebrar nuestro casamiento?

--S, s--replic la viuda cuya mirada se encontraba irresistiblemente
atrada por el cofre de hierro.

--Estis mirando mis muebles?--pregunt alegremente el intendente--.
S, Marta, no tendremos que comprar muchos para instalar nuestra casa.
Todo lo que veis aqu me pertenece. Un buen escritorio, magnficos
sillones, no es cierto?

Marta trat de sonrer y pregunt con fingido buen humor:

--Me imagino que este cofre ser el mueble principal de la casa. Es sin
duda en el que guardis las economas?

--Sin duda, y tambin papeles.

--Papeles? Papeles preciosos?

--Con qu expresin me preguntis eso, Marta!--dijo Mathys vacilante--.
Podis imaginaros que en un cofre as, no se guarda todo lo que uno
quiere conservar?

--En efecto, no hay nada que excite tanto la curiosidad de una mujer
como una caja de hierro que parece encerrar cosas misteriosas. Dentro de
algunas semanas ser vuestra esposa. Sed, pues, bueno, y decidme de
antemano qu encierra ese cofre.

--Vamos, loca, estis bromeando. Qu puede haber en l? Un poco de
dinero y ttulos de deudas pblicas; porque ya os imaginaris que no
soy tan estpido como para guardar mi dinero sin que produzca. Cuando
volvamos de la iglesia, ya marido y mujer, os entregar las llaves del
cofre y de los armarios. Hasta entonces, querida, tendris que dominar
vuestra ansiedad, porque todo permanecer bien cerrado. Vamos, dejad a
un lado esos caprichos. Escuchadme, Marta: una vez casados podremos
seguir viviendo en el castillo, si no prefers tener una casa vuestra;
podis escoger. Aqu se pueden conseguir muchos provechos, se puede
vivir sin gastos y redondear tranquilamente la fortuna.

--Preferira seguir en Orsdael--dijo Marta que pensaba en su hija.

--Eso me agrada--replic el intendente--; tanto ms cuanto no seris ms
sirvienta ni aya, y no tendris que servir a nadie.

--Y la seorita, quin la cuidar?

--Ya se ha pensado en eso, Marta. Dentro de pocos das estar lejos del
castillo, y tengo razones para creer que no volver nunca a l.

--Cmo es eso? Qu queris decir?--balbuce la viuda presa de una
sbita ansiedad.

--Es cosa resuelta; la seorita entrar en un convento.

--En un convento? En un convento de religiosas?

--Naturalmente. Parece que eso os agita violentamente. Os imaginis
quiz que cuando Elena no est aqu, la condesa podr despediros, no
necesitando ya vuestros servicios?

--S, Mathys, en efecto; esa noticia me hace temblar.

--Estis en un error. Esta decisin ha sido tomada a instancias mas,
para hacer desaparecer toda causa de desavenencias y discordias, y para
estar seguros de tener una vida agradable.

--Pero, a qu convento la mandarn?

--Lo ignoro an, la condesa se encargar de buscarlo.

--Queris hacer una monja de Elena? Sin embargo, eso es imposible. Una
loca!

--No; estar all como pupila mientras se resuelva otra cosa... Oigo
regaar a la condesa; est descargando su clera sobre los sirvientes.
Voy a tratar de calmarla, ahora que ha consentido en todo. As que sepa
algo nuevo, vendr a decroslo. Id a vuestro cuarto, Marta, y tratad de
descansar de vuestras emociones.

--Oh! No me atrevo!

--Por qu? Qu temis?

--A la condesa. Ir all y me castigar.

--No, se lo he prohibido. Me ha prometido que no hablar de lo que ha
jurado. Si os dice, sin embargo, alguna frase desagradable, haced como
si no la oyerais; pero no creis que llegue hasta maltrataros.

--Vendr a verme, sin embargo. Ah! Tiemblo ante la sola idea de
encontrarme con ella.

--Y por qu ha de ir?

--Para retar y castigar a la seorita.

--Es cierto, pero eso, qu os importa? Dejad que le aplique a la loca
el castigo que merece su falsedad. Si tuviera tiempo, me parece que le
hara sentir a esa tonta que no tiene derecho a rerse de nosotros.

--Pero comprended, Mathys; yo estar junto a ella, y la condesa en su
enojo se exaltar tanto contra m como contra ella. Estoy cansada de
estas escenas odiosas; si tengo que seguir soportndolas, prefiero huir
de Orsdael.

--Oh! Qu significa esto ahora?--murmur el intendente descontento--.
Al fin y al cabo yo no le puedo impedir a la seora de Bruinsteen que se
acerque a su hija.

Marta le tom las manos y le dijo con extremada suavidad, mirndolo con
aire de cario:

--Mathys, buen Mathys, todo lo podis obtener de la condesa. Dadme una
nueva prueba de vuestro afecto. Exigidle la promesa de que no vaya a ver
a la seorita al menos hasta dentro de tres o cuatro das. De esta
manera evitar el peligro de ser maltratada e injuriada por ella.
Mathys, sed complaciente, libradme de esta inquietud, os lo ruego!

El intendente, conmovido por su mirada y por su acento, inclin un
momento la cabeza, y murmur sonriendo:

--Qu hechicera sois! Hacis de m lo que queris. Vamos, quedad
tranquila, har lo que deseis.

--La condesa no ir a ver a la seorita?

--Hasta dentro de tres das.

--Oh, gracias, gracias!

Mathys se levant y sali del cuarto. En la puerta se detuvo y le dijo a
la sirvienta que lo haba seguido:

--Quedaos en paz, Marta; as que estis ms tranquila, escribid las
cartas para pedir vuestros papeles. Ya sabis lo que necesitis; os lo
he dicho ya. Consolaos de vuestras desgracias. Nuestro casamiento os
har olvidar vuestras penas. Estad segura de que seremos felices.

La viuda lo mir alejarse para estar segura de que no retrocedera, y
as que hubo bajado la escalera comprimi un grito de alegra y corri a
su cuarto.

Antes de que hubiese llegado a la puerta, sus labios murmuraron
alegremente:

--Elena, Elena, hija ma, mi querida nia! Me quedo, me quedo! No me
separar de ti mientras viva!




IV


La seorita de Bruinsteen estaba sentada delante de una mesa y copiaba
pasajes de un libro. Por grande que fuera la atencin que pusiera en su
trabajo, de cuando en cuando volva la cabeza para dirigir una triste
sonrisa a su aya, que, sentada junto a la pared y con los ojos
entornados, pareca sumida en sombros pensamientos.

Un silencio completo reinaba en el cuarto; los rayos del sol oblicuos y
su dbil claridad anunciaban el declinar del da.

Marta estaba triste e inquieta. No le haba dicho todava a Elena que
haban resuelto mandarla al convento. Tena miedo de desgarrarle el
corazn con aquella triste noticia. Por otra parte, tena la esperanza
de que con ayuda de Mathys conseguira parar el golpe fatal que las
amenazaba a las dos. En realidad, el intendente, que no comprenda por
qu Marta deseaba impedir la partida de la joven, haba rechazado sus
tentativas como absurdas; pero todava poda contar con algunos das, y
crea que conseguira convencer a Mathys, sin traicionar los motivos que
la inspiraban. Por desgracia, el intendente haba salido muy temprano
aquel da del castillo; haba salido en el coche grande y slo volvera
muy tarde. Por qu no le haba hablado Mathys de aquel viaje? Qu le
ocultaba? Al hacer esta reflexin, se puso plida y empez a temblar,
porque una sospecha terrible acababa de cruzarle el espritu. El
convento... Sera una casa de sanidad? Horror! Su hija encerrada
entre criaturas dementes y condenada a encierro perpetuo! Despus,
Marta rechaz esta idea y pas a suposiciones menos atroces. Las
palabras de Mathys le haban hecho pensar que se dejaba llevar por
suposiciones mal fundadas. Y vacilando as entre una dbil esperanza y
una angustiosa ansiedad, la pobre Marta alzaba los ojos al cielo y se
dola de la suerte que la amenazaba tan cruelmente, en el momento mismo
en que estaba cerca de descubrir el secreto de sus enemigos.

Elena volvi la cabeza hacia ella y exhal un suspiro de compasin; no
se atreva a hablarle porque Marta le haba rogado que terminara
silenciosamente su trabajo. Sin embargo, un momento despus haba
terminado su tarea; se levant, se acerc al aya, le mostr el escrito,
y dijo:

--Mirad, querida Marta, he terminado.

--Est muy bien, querida--dijo el aya echando una distrada mirada al
papel--. Ya escribes mejor; tu aplicacin supera mis esperanzas.

La joven acerc una silla, tom la mano de la viuda, y le dijo en tono
suplicante:

--Marta, estis disgustada, verdad? Oh! por qu no podr rescatar mi
fatal desobediencia? Sufrs por culpa ma, vos que sois la bondad y el
cario mismos. Es como si me traspasaran el corazn a pualadas.
Consolaos, Marta, eso no volver a suceder jams; si alguna vez Federico
llega a aproximarse, pedir auxilio y escapar al instante. Hasta me
empear en olvidarlo por completo.

--No, no; te equivocas, mi querida Elena; se no es el motivo de mi
melancola--respondi Marta.

--No me atrevo a preguntaros ese motivo porque no os gusta que se os
interrogue. Pero, me dais pena, Marta! Lo conozco bien en vuestra
fisonoma; tenis pena y tenis miedo. Podis quedaros a mi lado, sin
embargo; mi madre nos ha perdonado a las dos, segn decs. Esta
felicidad inesperada, debiera alegraros; sin embargo, estis plida, y
vuestra mirada est obscurecida por pensamientos inquietos. Vamos,
vamos, quiero que mis besos os hagan sonrer.

Le di un beso a Marta y la aproxim con fuerza contra su corazn,
mientras que aqulla se entregaba pacientemente a las caricias de la
nia, retribuyndolas y tratando de sonrer. Permanecieron luego mudas y
mirndose con expresin afectuosa, hasta que un ligero golpe en la
puerta las vino a turbar en la expansin de su mutuo afecto.

Marta se apresur a ver quin era la que llamaba a la puerta, y
volvindose inmediatamente a la joven, le dijo:

--Elena, es Mariana, la cocinera; tu madre me ordena que baje en seguida
contigo.

--Mi madre nos llama?--exclam la joven--. Dios mo, qu ir a
suceder?

La viuda no estaba menos asustada, pero se domin, y dijo con aparente
tranquilidad:

--Por qu palideces, pobrecilla? Yo voy contigo. No temas nada, no me
apartar de ti.

--Ay! no es por m por quien tiemblo, querida Marta; es por vos que
sufro tanto sin ser culpable. Mi madre puede castigarme cruelmente. Eso
no es nada; pero, y si se le ocurriera castigar mi falta en vos, en mi
presencia?

--No, no; te ests agitando por un vano temor. Vamos, no podemos hacer
esperar a tu madre. Ten calma y sgueme.

Marta baj con la joven, y abri la puerta de la sala. Un suspiro
ahogado se le escap. Vi sentado al lado de la condesa a un hombre
vestido de negro, de una fisonoma fra y sonriente, cuya mirada le hel
la sangre en las venas.

--Est bien--dijo con sequedad la condesa--. Dejad a la seorita con
nosotros, cerrad la puerta, idos arriba y esperad all mis rdenes...
No me comprendis?

La viuda sali de la pieza, pero permaneci en el corredor. Sus piernas
se negaban a alejarse de un sitio en que sin duda iba a decidirse la
suerte de su hija y a pronunciarse una sentencia irrevocable. Un ruido
en la cerradura le hizo temer que la condesa fuera a sorprenderla. Subi
rpidamente la escalera y fu a refugiarse a su cuarto, donde se dej
caer sobre una silla, y escondi la cabeza entre las manos.

Quin era ese hombre vestido de negro? Probablemente un mdico. Qu
iba a hacer a Orsdael, donde nadie estaba enfermo? Por qu tena que
quedar solo con Elena? La casa de sanidad! En efecto, la desgraciada
madre lo saba desde haca tiempo; las leyes que protegen la libertad
personal, no velan con la vigilancia necesaria la puerta del abismo, que
se llama la casa de sanidad. La declaracin de un solo mdico basta para
condenar a reclusin perpetua; y una vez encerrada la pobre vctima en
esa tumba muda, quin reconocera la fatal equivocacin en un lugar tan
atroz y tan extraordinario que hasta los gestos y las palabras de las
personas razonables toman apariencias de locura? La viuda qued como
aplastada bajo el peso de tales pensamientos, hasta que el repiqueteo de
la campanilla le di la orden de bajar. Al pie de la escalera, vi que
el visitante suba a un coche.

Cuando hubo abierto la puerta de la sala, la condesa le dijo con un tono
y una expresin en que estallaba la alegra:

--Marta, acompaad a la seorita a su cuarto; cerrad cuidadosamente las
puertas y volved pronto; tengo que hablaros de un asunto importante.

Elena lloraba y temblaba; pareca estar muy asustada; comenzaba a
explicarse la causa de aquel miedo, cuando Marta le hizo comprender con
una mirada imperiosa que deba reservar aquella confidencia para cuando
estuviesen solas. Cuando llegaron al cuarto de Elena, Marta cerr las
puertas y pregunt:

--Qu es lo que te ha sucedido, querida nia? Habla pronto, que tu
madre me espera.

--Ay de m! Me mandan a un convento, lejos de aqu!--dijo sollozando
la joven--. Huir de mi prisin, salir de Orsdael, sera un cielo; pero
separarme de vos, Marta, me matar; no puedo vivir sin vos!

--Ten valor y consulate--dijo Marta sofocando su propia emocin--. En
cualquier parte que ests, yo estar siempre a tu lado. Qu hizo y qu
dijo el desconocido? Es preciso que yo lo sepa; pero aprate, aprate,
que ya empieza a repicar la campanilla.

--El seor desconocido me tom la mano; fij largo rato sus ojos
penetrantes en los mos, como si quisiera indagar con su mirada el fondo
de mi alma. Mi corazn lata violentamente, mi espritu se extraviaba,
una nube me empaaba la vista.

--Pero, qu te pregunt?

--Una porcin de cosas extraas e incomprensibles; en qu pienso, en qu
sueo, si me agradara jugar con otras seoritas o si me agradara
entrar en un convento para hacerme religiosa...

--Y t, qu le respondiste?

--No recuerdo, balbuc. Su mirada fija y profunda me quitaba toda
conciencia de m misma.

--Debieron sorprenderle mucho tus respuestas, no es cierto?

--No, pareca muy satisfecho y meneaba la cabeza con aire aprobador;
despus se dirigi a la mesa y escribi algo sobre un gran papel.

--Oh Dios mo!--exclam Marta, levantando las manos al cielo.

Elena la mir temblando; pero la viuda evit la explicacin, dicindole,
mientras se iba del cuarto:

--No temas, querida. Hay secretos que un da conocers. Por ahora no
tienes nada que temer. Vuelvo dentro de un momento.

--Sentaos, Marta--le dijo la condesa cuando ella hubo entrado a la
sala--. Tengo muchos motivos para estar enojada con vos; pero quiero
olvidar el pasado, sobre todo ahora que la nica causa de mi clera y
dolor va a alejarse de Orsdael. Lo que voy a deciros os alegrar a vos
tambin; es para vos como para m una noticia feliz. Elena entra maana
en un convento, de manera que os veris libre de su guarda, y podris
pasearos todo el da y hacer lo que queris... Por qu parecis
disgustada? yo cre que os iba a causar gran alegra.

Marta comprenda muy bien que deba fingir una gran satisfaccin. Trat
de sonrer a la vez que balbuca un agradecimiento; pero, a pesar de sus
esfuerzos, poda leerse en su fisonoma una inquietud cruel.

--Me imagino que temis perder vuestro empleo despus de la partida de
Elena; estis equivocada, Marta; he convenido con Mathys que
permaneceris en Orsdael hasta vuestro casamiento, y aun despus, si as
lo queris. Me agradara mucho que hicierais esto ltimo. Una vez que
Elena no est ante mi vista, y encerrada en un sitio seguro, yo no
estar ni apenada ni colrica. Me haris compaa, y yo har cuanto me
sea posible para haceros agradable vuestra permanencia en mi castillo.
Mi lenguaje os sorprende, verdad? No acostumbro a hablar tan
amistosamente? Es que hoy me sucede una felicidad por la cual suspiraba
desde hace mucho tiempo, como por la libertad de la esclavitud ms dura.
La loca era para m una fuente de dolor y un peso tan penoso como el
grillete de un presidiario. Me veo libre de esa cadena y respiro por vez
primera a mi placer. La alegra vuelve bueno y amable.

Marta haba tenido el tiempo necesario para recuperar su propio dominio.

Mientras la condesa hablaba, murmur sonriendo algunas palabras de
asentimiento, y se haba armado de valor para averiguar lo que deseaba
saber.

--Qu buena sois, seora!--dijo--. Entonces, puedo quedar en Orsdael?
Sois tan generosa que me hagis este favor? Y no tendr que guardar
ms a la seorita? Oh, cunto os agradezco que me libris de ese penoso
servicio! Pero, y si Elena no quiere seguir en el convento y vuelve
aqu?... Es obcecada y no es posible tenerla siempre encerrada.

--No, no volver--exclam alegremente la condesa--. Va a entrar a un
lugar del que no se sale nunca.

--Yo no me fiara--dijo malignamente la viuda--. El seor de Bergams
sabr adnde est y le proporcionar los medios de salir del convento.

--Bah! Federico no lo sabr; no lo sabremos ms que yo y el intendente;
en el sitio a que va las ventanas tienen estrechas rejas de hierro, por
donde no se podra escapar ni un gato. Ja! Ja! Por qu ocultaros lo
que va a complaceros tanto como a m? Escuchad; os lo voy a decir en
confianza; pero no lo digis a nadie, porque es preciso que todos crean
realmente que Elena va a entrar a un convento para hacerse religiosa. De
este modo se hablar menos de su desaparicin.

--Cmo! No va a entrar a un convento?

--S, va a entrar a un convento porque es una casa habitada y dirigida
por religiosas.

La seora de Bruinsteen inclin la cabeza sobre el hombro de la viuda y
murmur algo al odo:

--Vi usted a ese seor que estuvo aqu? Un seor que vino para juzgar
la razn y la inteligencia de mi hija. Las cosas pasaron muy felizmente;
Elena se mostr mucho ms estpida y loca de lo que realmente es; en
seguida me firm una declaracin en que afirma que su cerebro se halla
desequilibrado... y... ya os imaginaris lo dems.

--El qu? el qu, seora?... No comprendo--balbuce Marta casi
desfallecida.

--Es fcil de comprender, sin embargo: Elena va a entrar en una casa de
sanidad.

Un grito penetrante se le escap a la pobre viuda; pero se domin en
seguida y estall en una carcajada.

--Y ese grito?--murmur la condesa estupefacta.

--Es de alegra, seora, de alegra--dijo Marta--. Ahora me podr casar,
vos seris libre y feliz, estaris libre de todo pesar. Ah, qu
satisfecha estoy! Menos por m que por vos, que sois mi buena y generosa
seora.

Engaada por estas halagadoras palabras, la condesa exclam alegremente:

--Os creo, la victoria me ha causado a m tambin una viva impresin.
Desde que estoy cierta del triunfo, mi corazn se ha aliviado de un peso
enorme. Es un verdadero martirio verse abrumada durante muchos aos por
una loca, que ha recibido de la naturaleza un carcter detestable, que
no tiene ms propsito que deshonrar mi nombre y arrancarme la vida.

--S, seora, es un martirio cruel para una madre verse obligada,
despus de tantos sufrimientos, a encerrar a su hija nica en una casa
de sanidad.

--Qu queris, Marta; cuando no hay ms remedio!...

--Va ir lejos de aqu?

--S, bastante lejos.

--Cuanto ms lejos, mejor ser para vos y para m... De esta modo habr
menos peligro de que el seor de Bergams descubra su paradero. La
seorita ir, sin duda, al extranjero?

--No me preguntis eso--respondi la condesa visiblemente molestada por
la curiosidad del aya--. Mathys ha ido esta maana a hablar con la
directora del convento y a anunciarle la llegada de Elena. Si regresa
antes de la noche, podris preguntarle lo que os interesa. Si cree que
debe decroslo, est bien; pero yo le hecho prometer formalmente que
callara el sitio adonde va a ser conducida Elena maana.

--Ah! maana! tan pronto!

--Maana, a las diez en punto, vendr a buscarla un coche de la ciudad.
Estaremos ausentes.

--Estaremos ausentes durante mucho tiempo, seora? Porque tendr, por
supuesto, que preparar algunos equipajes, y llevar ropa para m.

--Vos permaneceris a mi lado, Marta.

--Y qu mujer acompaar entonces a vuestra hija?

--Ninguna, ir Mathys solamente. Ya est todo concludo y arreglado. Por
otra parte, no es lejos, porque Mathys estar de regreso al da
siguiente. El sol se ha ocultado ya tras del bosque; id, Marta, a
vuestro cuarto y preparad las ropas de Elena. Har que os lleven dentro
de un momento un par de valijas y unas cajas de cartn. Ocupaos en
colocar en ellas las cosas de mi hija, para no tener que apresuraros
demasiado maana. Sed discreta, no digis nada de lo que os he dicho...,
y que la loca llore o grite, no os importe, dejadla que grite como si no
la oyerais. Es la ltima vez que os molestar.

Marta sali de la sala con la sonrisa en los labios y murmurando
palabras de agradecimiento, pero as que estuvo sola las lgrimas
brotaron de sus ojos y se vi obligada a apoyarse en la barandilla de la
escalera, porque sus piernas vacilantes se negaban a sostenerla.

En el primer piso se detuvo en medio del pasillo con el pecho jadeante
para que su espritu tuviera tiempo de recogerse y su valor de templarse
a fin de preparar a su hija contra el dolor de la separacin, o de
consolarla con una falsa esperanza. Era una fatalidad implacable que
pesaba sobre ella desde que haba pisado a Orsdael; tena que disimular,
fingir, mentir siempre, lo mismo a su hija que a sus indignos verdugos.

Permaneci un momento inmvil, absorta en sus sombros pensamientos.
Luego, de golpe, irgui la cabeza. En sus ojos negros brillaba una
especie de altivez dolorosa y una especie de audacia amenazadora, como
si lanzara un reto a sus enemigos invisibles; sus facciones contradas
se distendieron de pronto, sin embargo, y su expresin se torn
tranquila y paciente, al dirigirse a pasos lentos al cuarto de Elena;
una suave serenidad iluminaba su rostro, y le dijo a la joven que se
arroj desesperada a su cuello con los ojos llenos de lgrimas:

--Vamos, Elena, mi querida hija; no llores as. Tu desesperacin no es
razonable. Lo que temes, no suceder.

--Oh, Dios sea loado!--exclam la joven con una risa nerviosa--. Tena
razn en confiar en vuestro maravilloso poder. Habis convencido a mi
madre? Ya no ir al convento? Puedo quedarme con vos? Oh! Gracias,
gracias, mi ngel bueno!

--Sintate, Elena--dijo la viuda conducindola hasta una silla--, y
trata de escucharme con calma. El da toca a su fin: tengo que trabajar
todava y no me alcanza el tiempo para conversar largo rato contigo. Es
cosa resuelta que vayas al convento.

--Oh, Marta, mirad cmo tiemblo!

--Haces mal. Escucha lo que voy a decirte. Maana a las diez, vendr un
coche a buscarte... Por qu te asustas tanto? No hay la menor razn
para ello. Es acaso tan dulce y agradable la vida en este estrecho
calabozo?

--Con vos, Marta, este obscuro cuarto es para m un paraso en la
tierra.

--Estars seguramente mejor en el convento.

--Oh! Entonces, Marta, vienes conmigo? S, s, estoy contenta. Si
pudiera irme en seguida de este sitio en que he sufrido tanto!

--Es cierto, hija ma, pero seguramente no partir en el mismo coche que
t y no me vers en todo el viaje... Te pones plida otra vez? Trata
de dominar tu espanto.

--Por amor de Dios, no me engais, Marta!

--Cundo os he engaado?

--Jams!... Jams!... perdonadme esta duda. No s lo que me pasa,
tengo el corazn oprimido, apenas puedo respirar, tiemblo de pies a
cabeza; una voz secreta me dice que voy a perderos para siempre. Antes
preferira morir, Marta, a no volveros a ver ms!

La viuda, aunque su corazn sangraba cruelmente, dulcific an ms la
voz y trat de calmar a la joven, asegurndole que no se separara nunca
de ella y que estara siempre a su lado para quererla y protegerla. Por
fin, cuando crey haberlo conseguido agreg:

--Pues bien, Elena, ya que este viaje te asusta tanto, todava creo que
lo podr impedir. El intendente sali esta maana y volver tarde esta
noche. Espiar su vuelta e ir a verlo en su cuarto. Por medio de l
quiz consiga que tu madre vuelva sobre su decisin. Si esta ltima
tentativa no da resultado, es preciso que demuestres que tienes valor y
juicio, y que no dificultes mi proteccin con tu debilidad. Sube al
coche, djate conducir sin quejas ni resistencias; aunque tengas que
pasar algunos das sin m en el convento, soporta con paciencia esta
corta ausencia, segura de que me tendrs pronta a tu lado, ms abnegada
y poderosa que antes. Es posible, Elena, que tus enemigos hayan querido
prepararte una existencia dolorosa en el convento, pero debes saber que
tengo bastante amor y fuerzas para triunfar de su maldad.

Marta consigui, por fin, fingiendo una confianza absoluta, dar a su
hija el valor necesario. Elena prometi que hara el viaje sin quejarse,
retemplada por la idea de que su protectora estara presente en el
momento de la partida para alentarla y sostenerla.

Era tiempo de que la joven fuera a acostarse y tratara de descansar
despus del golpe terrible que su corazn haba recibido. Los consuelos
y las predicciones del aya le haban hecho esperar que su existencia
sera menos amarga en el convento que en el castillo de Orsdael.

La viuda sali despus de abrazar tiernamente a Elena.

Apenas hubo Marta cerrado la puerta, la expresin de su rostro cambi
por completo. Las seales de espanto reaparecieron alrededor de sus
labios, y sus ojos abiertos sondeaban los espacios con una especie de
extravo, su propio pensamiento la arrastraba, y, sin embargo, era ese
mismo pensamiento el que, haca un instante, le haba inspirado el valor
de arrojar a sus enemigos un victorioso reto. Ahora pareca vacilar y
retroceder ante la ejecucin, aunque la felicidad de su hija fuera el
premio de su audacia.

Su cuarto estaba casi a obscuras; el crepsculo de la noche no permita
distinguir los objetos, sino como formas grises...

De pronto lanz un grito extrao; su resolucin era ya inquebrantable.

--Soy madre--se dijo--; Dios me perdonar.

Corri con precipitacin febricitante hacia el cuarto del intendente, se
dej caer sobre la puerta, apoy contra ella el hombro, se arque sobre
las piernas, contrajo los msculos para vencer el obstculo de la
cerradura. La puerta haba sido sin duda mal cerrada, porque se abri al
primer empuje. Un grito ronco sali de la garganta de la viuda
semienloquecida. Salt hacia el cofre de hierro, tante por todas partes
la cerradura, la sacudi temblando y jadeando, bram de desesperacin
cuando comprendi que era imposible violentarla. Sin embargo, en aquel
cofre haba un objeto, un escrito cuya posesin hubiera comprado al
precio de su sangre. La libertad de su hija, su derecho de madre, su
felicidad, slo estaban separados de sus manos trmulas, por las
delgadas paredes de aquel cofre; y tendra que dejarlo all, que
renunciar a toda esperanza y sucumbir bajo el peso de su impotencia!
Pero no se di por vencida an. Acudi a la chimenea y tom las pinzas
de hierro. Se arroj al suelo delante del cofre, introdujo el
instrumento con una violencia insensata, entre la tapa y la cerradura,
se apoy con tal fuerza contra las tenazas, que las dobl, como si
fueran de plomo. Sudaba copiosamente; jadeaba como si un gran peso le
oprimiera el pecho; su corazn lata con furia. Nada, todo era intil.

Por fin, hizo un ltimo esfuerzo, rompi las tenazas, y Marta sinti con
terror inexplicable que tena sangre en las manos.

Recogi los pedazos del instrumento roto y corri a su cuarto, cayendo
sin conocimiento en una silla.

Volvi en s largo rato despus. Primero se sinti desalentada y como
aniquilada por la fatiga; una nueva claridad ilumin su espritu,
comenz a reflexionar, y a buscar en aquella necesidad extrema, si no
exista algn ltimo medio de continuar su lucha contra el destino.

Despertara su hija? La vestira apresuradamente y emprendera la fuga
con ella a favor de la obscuridad? Pero, a dnde ira? No la
perseguiran y muy luego daran con ella? La pondran en la crcel... Y,
cul sera la suerte de su pobre Elena? Ira a hablar a la condesa, le
declarara su nombre y reclamara su derecho de madre sobre la joven? No
poda probar ese derecho, la nica prueba estaba en poder de sus
enemigos y a la menor sospecha destruiran infaliblemente ese
testimonio. Huira sola del castillo? Correra horas enteras a travs
de los bosques, para invocar el socorro de Federico? Quin le indicara
el camino? Y qu podra hacer aquel joven ms que ella?

La inutilidad de sus meditaciones le arrancaba penosos suspiros. La
atroz conviccin de que la puerta de la casa de sanidad iba a cerrarse
sobre su hija querida, le oprima el corazn y haca correr por todo su
cuerpo un fro glacial.

Despus de haber permanecido un rato inmvil y como inerte, una
inspiracin brusca y misteriosa la hizo erguirse vivamente con un rayo
de alegra en los ojos.

--S--exclam--, lo que voy a intentar sera culpable en otra
circunstancia de mi vida, pero no me es dado escoger, debo salvar a todo
precio la vida de mi hija.




V


Eran las once de la noche cuando el coche en que viajaba el intendente
lleg a todo galope por el camino que conduca al castillo y se detuvo
delante de la puerta. Los caballos, fatigados por aquella rpida
carrera, estaban jadeantes y cubiertos de sudor. Mathys salt al suelo y
llam; la puerta se abri en seguida.

--Veo luz en la ventana. La seora est despierta todava?

--S, seor, os est esperando--le respondieron.

A la vez que refunfuaba con singular vivacidad, abri la puerta de la
sala y, en vez de responder al saludo, al alegre saludo y las preguntas
premiosas de la condesa, se dej caer en una silla exhalando un suspiro.

--Dios mo! qu os pasa, mi buen Mathys?--exclam la condesa--, qu
sudoroso y plido estis!

--Dejadme respirar, dejadme reponer del susto mortal que he sentido.

--Hablad, os lo ruego. Qu es lo que ha pasado? Me hacis temblar,
Mathys!

--Es cosa de temblar, seora; he estado a punto de ser asesinado a una
legua de aqu.

--Asesinado! Qu queris decir?

--Os contar eso maana; pero no, ya veo que no tenis compasin de mi
estado, y no me concederis un minuto de reposo hasta que lo sepis
todo. Pues bien, he aqu en pocas palabras lo que me ha pasado. Cuando
llegamos a la aldea en que vive Federico Bergams, el cochero me propuso
que atravesramos el bosque de Muraster para acortar el camino. Yo no
acept porque la obscuridad es intensa, y confieso que no me gusta andar
por los caminos apartados, sobre todo de noche. Pero como ya era tarde y
tena ganas de encontrarme en mi cama, me dej convencer por el cochero,
y tomamos por el camino travieso. Todo march bien durante una hora.
Pero tuvimos que pasar por un valle rodeado por todas partes por bosques
espesos. Yo no me senta a gusto porque la sombra era tal que no poda
distinguir ni al cochero ni a los caballos, y ya empezaba a pensar en
aquel crimen cometido en ese sitio hace aos, cuando de pronto oigo un
silbido agudo detrs de m. Le grito al cochero que castigue a los
caballos; pero un silbido anlogo se hace sentir por todas partes,
delante y detrs de nosotros. Yo estaba ms muerto que vivo y ya me vea
rodeado de una banda de asesinos. El cochero estaba quiz ms asustado
que yo, quiz los caballos tuvieron conciencia del peligro, porque se
pusieron a volar como el viento. Yo ya me felicitaba de que hubiramos
escapado, cuando tres o cuatro hombres salieron del bosque y nos
gritaron que nos detuviramos; pero algunos buenos fustazos despertaron
el valor de los caballos. Uno de los bandidos invisibles hizo un disparo
de pistola y la bala pas tan cerca de mis odos, que todava me siguen
zumbando. Desde ese momento los caballos galoparon sin cesar hasta el
castillo. Son unos animales soberbios y el cochero debe ser muy hbil.
No s como no nos rompimos el pescuezo en esta carrera salvaje. Ah!
comienzo a tranquilizarme, pero necesito descansar, y os ruego que me
permitis retirarme.

La condesa abri la puerta de un armario y sac una botella y una copa.

--Mi pobre Mathys--le dijo tomndole la mano--, vuestro susto debe haber
sido grande. Tomad, bebed una copa de vino de Espaa, esto os repondr.
Ahora estis en seguridad en el castillo, todo temor ha desaparecido. Os
dejara marchar a pesar de mi ardiente deseo de saber si habis
conseguido el objeto de vuestro viaje; pero no podis iros a la cama tan
agitado, y debis darle a vuestro espritu el tiempo necesario para que
se calme. Bebed un sorbo, os digo, esto os repondr, mi buen amigo.

El intendente mir a la condesa con sorpresa; haba en el timbre de su
voz y en su fisonoma algo tan suave y carioso, que no supo qu pensar
y se pregunt si no ocultara alguna celada bajo aquella amabilidad
extraordinaria. Supuso que la condesa haba sido dominada por completo
por sus amenazas de la vspera y que no le halagaba ms que para impedir
las realizara en un momento de clera.

--Vamos, Mathys--dijo la seora de Bruinsteen--, olvidad vuestra
aventura de esta noche, y hacedme el favor de darme algunas
explicaciones sobre el resultado de vuestro viaje. Le hablasteis a la
directora de la casa de sanidad?

--Estuve cerca de una hora junto con ella.

--Aceptarn a Elena sin dificultad?

--Sin ninguna dificultad. La declaracin del mdico y vuestro pedido,
eso es todo lo que pide.

--Por fin vamos a vernos libres de esa loca desnaturalizada! Es cosa
segura, Mathys, que se la vigilar con cuidado y que no se dejar que
nadie se acerque a ella?

--Le he explicado a la directora que un joven interesado y codicioso la
persigue por su fortuna, y que ese cobarde seductor tratar de verla o
le aconsejar por medio de cartas o de intermediarios que se escape de
la casa. Se me ha tranquilizado a ese respecto. Puesto que no
repararemos en los gastos, se le dar una guardiana severa que estar
junto con ella siempre, y dormir en el mismo cuarto.

--Y no volver a salir jams de la casa de sanidad?

--Jams, a menos que lo pidis.

--Entonces, no tendr que esperar poco!--dijo la condesa restregndose
las manos--. Puede estar segura de que no volver a saber lo que es el
campo libre y el espacio azul. Se acab, ahora que ha sido declarada
loca, y que va a ser encerrada para siempre, nadie se preocupar de
ella. El secreto de su nacimiento quedar encerrado en la casa de
sanidad. Yo me vuelvo curadora de su fortuna, y si muere, de fastidio o
de enfermedad, heredar, naturalmente, sus bienes, en calidad de madre.

S, s, seris inmensamente rica, y yo, que he sacrificado toda mi vida
en favor de vuestro bienestar y de vuestros intereses, qu recompensa
tendr? Un puado de oro, economizado sueldo a sueldo.

--Un puado de dinero?--dijo la seora de Bruinsteen, riendo de
incredulidad--. Pensis que no s cuntas acciones de la deuda del
Estado y cuntos ttulos de emprstitos encerris all arriba, en
vuestra caja de hierro? Vamos, vamos, no os enojis, mi buen Mathys, no
os envidio de ningn modo vuestro tesoro. Ahora que hemos conseguido el
fin de nuestra vida, quiero demostraros mi agradecimiento con un legado
considerable. El molino de agua de Lisck es una linda propiedad, no es
cierto?

--El molino de agua--repiti el intendente--. Y qu hay con eso?

--Es una linda granja, con quince cuadras de tierra gorda.

--En efecto, seora; qu es lo que queris decir?

--Que estoy decidida a regalaros ese molino, Mathys.

El intendente lanz un grito de alegre sorpresa, y tom entre las suyas
la mano de la condesa.

--Ay, seora, qu generosa sois!--dijo--. Ahora ya no deploro todo lo
que he hecho por vos. Me dais entonces el molino de agua con la granja?
Irrevocablemente, en plena propiedad?

--Es decir--respondi la condesa--que tendris el usufructo y gozaris
de los arriendos.

--Ya me pareca--dijo el intendente con amarga decepcin.

--Sois injusto, Mathys--observ la seora de Bruinsteen--. Hago todo lo
que puedo por disponer de ellos a mi antojo. Si muere, el molino de agua
ser vuestro; pero, mientras tanto, tenis que contentaros con la renta
y los rditos. Es una bonita renta anual.

--S, pero es revocable, seora, y no s que estis dispuesta a mi favor
el ao que viene; y si se os ocurre casaros, ahora que la loca no os
estorba el camino?

--No, no temis nada, Mathys.

--Queris, seora, que aprecie vuestro regalo y lo considere como
recompensa de los sacrificios que he hecho por vos?

--Ciertamente que s.

--Pues entonces, dadme un escrito de vuestra mano.

--Qu escrito?--murmur inquieta la condesa--. Un escrito de mi mano?

--Es fcil de comprender, seora; un vale por una suma de dinero
bastante considerable para compensar el valor del molino de agua y de la
granja. Slo entonces le dar realmente las gracias.

--Pero--dijo la condesa con clera mal contenida--, si la casualidad
hiciera que yo no heredase los bienes de Elena, seguira siendo, sin
embargo, vuestra deudora. Ya me habis hecho vuestra esclava exigindome
un primer escrito. No me he de poner por segunda vez bajo vuestra
dependencia.

Mathys se levant para retirarse y repiti con amarga sonrisa:

--Est bien, seora. Vuestra extraa amabilidad, vuestro lenguaje
halageo me hacan prever que querais engaarme. Cul puede ser
vuestra intencin secreta lo ignoro, pero creedme, jugis una partida
peligrosa. La loca partir maana, pero todo no ha concludo por eso.
Ya sabis que aunque Elena estuviera encerrada varios aos, me bastara
decir una palabra para libertarla a ella y sumiros a vos en la pobreza.

--Pero, mi querido Mathys, os equivocis; yo no tengo ningn propsito
secreto--dijo la condesa con tono suave y humilde--. Mi nico proyecto
era recompensar vuestra abnegacin, y crea que os causara placer esta
noticia. No desconfiis de m, os lo ruego; el molino de agua ser
vuestro, si no es ahora, ser ms adelante. Hablaremos ms detenidamente
de este asunto cuando volvis del convento, y estad seguro que os dejar
satisfecho, aunque tenga que daros otra vez mi firma. Id a descansar
ahora, mi buen amigo; maana tendris que partir bastante temprano.
Tomad esta lmpara. Que pasis buena noche. Dormid tranquilo, Mathys;
vais a quedar sorprendido de mi generosidad.

El intendente sali de la sala refunfuando. Subi lentamente la
escalera, reflexionando sobre la amable sorpresa que le haba hecho la
condesa, y su modo astuto de ofrecerle con mucho nfasis una donacin
que poda retirarle al da siguiente. Qu hbil maniobra ocultaba
aquello? Quera la seora de Bruinsteen tenderle una celada? Buscaba
algn medio de impedir su casamiento con Marta? Cmo saba la condesa
que posea ttulos de renta? Quin le haba dicho que sus papeles
estaban encerrados en el cofre de hierro?

Se aproxim a su cuarto pensativo y desconfiado. Cuando fu a poner la
llave en la cerradura, la puerta se abri sola. Esto le sorprendi y se
detuvo inquieto. Se habra olvidado de echar la llave al salir? Haba
entrado alguno en su cuarto durante su ausencia? Iba a darse cuenta de
ello.

De pronto se estremeci y volvi la cabeza; era un ruido de pasos que se
deslizaba en el piso.

--Sois vos, Marta?--dijo--. Cmo! Todava estis en pie? Son cerca
de las doce. Querais hablarme antes de acostaros? Os agradezco esa
benvola atencin, querida amiga.

Pero la viuda se coloc misteriosamente el ndice sobre los labios, y
mientras l la miraba estupefacto, ella le tom el brazo derecho y le
condujo silenciosamente al fondo de la pieza, le indic una silla y se
sent a su lado, junto a la mesa.

--Qu significa este silencio y este aire de misterio? Me hacis
temblar.

--Hablad despacio, que nadie nos oiga--dijo Marta con voz sofocada--. Un
gran peligro pende de vuestra cabeza. Vuestros enemigos han tendido una
celada a vuestros pies y de antemano celebran vuestra prdida...
Respondedme, Mathys, y no os sorprendis de mis preguntas. Es cierto
que una vez cometisteis una accin que podra entregaros, a la menor
indiscrecin, a la justicia?

El intendente murmur algunas palabras confusas, como si no
comprendiera bien lo que se le preguntaba.

--Quiera Dios que me hayan engaado!--prosigui Marta--. Oh Mathys,
hoy he sabido cosas atroces! Durante toda la tarde he reflexionado en la
penosa situacin con que me amenaza esa inesperada revelacin. Me
pregunto con inquietud si puedo ser la esposa de un hombre a quien
acusan de haber cometido un crimen.

--Cmo! qu decs?--exclam el intendente palideciendo--. Un crimen?
Y os refers a m?

--Chito! chito! dejadme proseguir. Manteneos tranquilo y escuchadme
hasta el fin; la felicidad de toda vuestra vida, quiz dependa de
vuestra sangre fra... Despus de pensarlo bien, me acord del afecto
que me tenis; la gratitud y la compasin vencieron, y he pensado que
sois sin duda vctima de personas perversas que quieren librarse de un
testigo inocente, mediante alguna cobarde traicin.

--No os comprendo--balbuce el intendente.

--Puede ser que, en efecto, no me comprendis. Hablar ms claro, pero
dadme antes vuestra palabra de que vais a dominar vuestra indignacin, y
a no salir de esta pieza hasta que yo os lo permita. Si no os conservais
dueo de vos, os perderis irremisiblemente.

--Os prometo, Marta, conservar mi sangre fra.

--Y hablar en voz baja?

--Muy baja.

--Si tomo estas precauciones, Mathys, es solamente para preservaros de
un gran peligro. No podr, sin duda, ser vuestra mujer; pero me habis
demostrado afecto, y quiero demostraros, al menos, que soy agradecida.

--Que no podris ser mi mujer? Oh! os juro, Marta, que me han
calumniado.

--Yo as lo creo, seor, y me lo va a demostrar la sinceridad de
vuestras palabras. Os ruego, Mathys, que, para bien vuestro, no me
ocultis la verdad.

--Pero hablad claramente; qu es lo que queris saber?

Aproximndose a l, la viuda le pregunt con voz contenida:

--Decidme, Mathys, Elena es realmente hija de la seora de Bruinsteen?

Al or esta pregunta, Mathys pareci haberse vuelto mudo; sin embargo,
despus de un rato de silencio, respondi tratando de sonrer:

--Yo lo creo por lo menos; de quin sera, si no, la hija?

--Eso no est bien, seor--dijo Marta con un tono de triste reproche--.
Yo trato de obtener la consoladora conviccin de que he sido engaada, a
lo menos respecto a la parte que habis tomado en ella; pero si os
parece que debis fingir conmigo, me es imposible protegeros y tengo
que abandonaros a la muerte atroz que os amenaza. No pensis en nuestro
casamiento: cmo podra resolverme a llevar un nombre que hoy o maana
puede ser deshonrado por una sentencia infamante?

--Dios mo! qu decs?--balbuce el intendente espantado por las
palabras de Marta, pero retrocediendo ante la revelacin que ella le
quera arrancar--. Os he prometido confiar ciertos secretos as que
estemos casados. Por qu no esperis ese momento para interrogarme?

--Porque ese momento no llegar, si no obtengo de vuestra boca toda la
verdad.

--Decidme de qu se me acusa y ver si puedo responder ahora con entera
franqueza.

Marta pareci ofendida por aquella resistencia y permaneci algunos
minutos muda. Despus dijo, como adoptando una brusca resolucin:

--Elena no es la hija de la seora Bruinsteen; es hija de un oficial de
hsares, y tuvo como nodriza una campesina, en Elterbeck, cerca de
Bruselas...

--Dios mo! quin os ha dicho eso?

--Lo sabris si por vuestra parte me demostris alguna confianza. Vamos,
respondedme: Elena es hija de la condesa de Bruinsteen, s o no?

--Pues bien, no--suspir Mathys como si aquella confesin le hubiera
atemorizado.

Marta dej escapar un grito de alivio; porque bien que no hubiese dudado
de que la joven era su hija, la confirmacin de esa creencia la llen de
una alegra infinita. Pero, como viera que el intendente la mirara con
desconfianza, prosigui con acento ms tranquilo:

--Ah, Mathys, qu feliz me hace esta prueba de vuestra sinceridad! Ella
me permite esperar que os hayan acusado injustamente. Se pretende que
vos robasteis a esa nia y la trajisteis a casa del conde de Bruinsteen
sin que l ni la condesa supieran nada de antemano.

--Mentira, calumnia!--exclam el intendente.

--Chist!--murmur el aya--, acordaos de vuestra promesa. Yo tambin
creo que se trata de traicionaros a fin de que vos solo carguis con la
pena de un delito que la ley castiga con cinco aos de presidio. Quiero
salvaros por gratitud, por abnegacin.

--Quin puede haberos revelado cosas semejantes?

--No lo adivinis? La nodriza ha muerto, pero hay otras personas que
conocen el secreto del robo de la nia.

--Otras personas? No existen, Marta.

--No hay otros testigos? Estis seguro?

--Ni uno solo, el marido de la nodriza muri hace catorce aos.

Esta certidumbre le caus a la viuda una sensacin dolorosa; pero ocult
su emocin y prosigui:

--El secreto se habr entonces revelado por s solo, a menos que la
seora...

--La condesa? Es imposible!

--Sin embargo, ha sido la condesa quien me lo ha confiado.

--Es preciso entonces que est loca, o que el mismo diablo la haya
empujado a hacer tal extravagancia--exclam Mathys--. Oh! yo lo sabr,
tendr que darme cuenta de su traicin.

Y se puso de pie para salir.

Pero el aya, que ya haba previsto ese movimiento, lo retuvo del brazo
dicindole:

--Dominad vuestra indignacin, seor; si sals de esta pieza antes de
orme hasta el fin, nada podr salvaros del deshonor y de la crcel.

--Pero es algo incomprensible--murmur Mathys desalentado--. Entonces
ella misma me quiere poner en peligro para perderme? Qu la puede
impulsar a cometer semejante locura? Qu fin puede tener en vista?

--Lo que la impulsa es el odio ardiente que os tiene; y al acusaros de
un crimen ante mi, quiere impedir nuestro casamiento. Pero vos no sois
culpable del robo de la criatura: VERDAD? Vamos, Mathys, os lo suplico,
no me dejis en esta penosa duda: vacilis an?

--No s qu responder. Me parece que estoy soando.

--Quiz hayis prestado vuestra ayuda--dijo la viuda con dulzura
pacfica--, pero, si no habis hecho ms que cumplir las rdenes de
vuestros seores, slo habis sido el instrumento pasivo de las personas
que tenan derecho a vuestra obediencia.

--S, s, es as--afirm Mathys.

--En este caso, quiz os fuera fcil justificar vuestra intervencin, y
probar vuestra inocencia... Vamos, decidme cmo pasaron las cosas. Lo s
todo, pero deseo encontrar en vuestro relato, medio de defensa de
vuestros enemigos. No me ocultis nada. Despus os dir el infame
proyecto formado para perderos.

El intendente vacilaba an e inclinaba la cabeza para reflexionar.

Marta tena sus ojos encendidos fijos en l; la esperanza y la
impaciencia le hacan saltar el corazn en el pecho.

--La condesa debe estar loca! revelar semejantes cosas a mi futura
esposa! Ah! Con razn presuma yo algn ardid de serpiente bajo su
falsa amabilidad. Pero jams hubiese credo que el odio y la maldad la
cegaran hasta este punto. Marta--agreg--, no puedo pretender que soy
inocente del todo, pero hay alguien ms culpable que yo, y no creo que
os sea difcil encontrarme excusas.

--Tened valor, Mathys--dijo la viuda--, yo le he de perdonar mucho al
hombre que me ha protegido y defendido.

--Pues bien, escuchad, vais a saberlo todo. La seora... o ms bien
Margarita de Schminspaen, era sirvienta, y yo lacayo, en Bruselas, en
casa del conde de Bruinsteen, un hombre gastado y loco que se pasaba
ocho meses del ao en su silln, paralizado por la gota. Margarita, por
medio de halagos y adulaciones, lo tena dominado por completo. El conde
no tena ms que parientes lejanos por el lado materno, y ella los tena
alejados, para hacerse duea de l por completo. Yo crea que proceda
as por amor, por gratitud a nuestro seor, y como se mostraba atenta y
amistosa conmigo, yo la ayudaba por todos los medios. Es esto
censurable?

--La gratitud es un noble sentimiento--murmur el aya, la cual,
previendo que Mathys tratara de justificarse, pona toda su atencin en
discernir de sus palabras la verdad y la mentira.

--Margarita me engaaba, sin embargo--prosigui el intendente--. Tena
un fin secreto, y quera poseer su fortuna despus de su muerte. El
mejor medio de conseguirlo, era el casamiento, segn ella. El seor
Bruinsteen, vencido por sus largas instancias y por sus maniobras de
una habilidad infinita, se dej por fin llevar hasta eso. Pero Margarita
se vi en parte defraudada en sus esperanzas, porque el contrato
estipulaba que la considerable fortuna del conde perteneca a sus
legtimos herederos, si no tena hijos de su casamiento.

--Y ella no tuvo familia?--interrumpi la viuda.

--Vais a saberlo; Margarita vivi dos largos aos de inquietud. El
conde, que mejor un poco en su salud, recuper un tanto la claridad de
espritu; pareci deplorar su casamiento, y su mujer le inspir
aversin. Ella tena poca esperanza de que favoreciera en su testamento
a aquella que le haba inducido a contraer un matrimonio deshonroso. El
deseo ms ardiente de Margarita, se vi, sin embargo, cumplido. En el
tercer ao de su unin el Cielo le acord una hija, que recibi el
nombre de Elena. Pero su alegra fu de corta duracin; la nia naci
enferma, y al cabo de dos o tres semanas se puso tan flaca que no cupo
duda de que vivira poco tiempo ms. Podis imaginaros la desesperacin
de la seora. No slo sufra su cario de madre, sino que, si su hija
mora, la fortuna del conde se le escapaba. El doctor pretendi que no
quedaba otra esperanza que darle a la criatura una nodriza robusta y
hacerle respirar el aire del campo. Yo me haba informado de una
nodriza, y conoca una robusta campesina no lejos de Bruselas, que se
haba presentado a ofrecerse. Como la pequea Elena estaba casi muerta,
parti al da siguiente con una sirvienta y la nia. Pero en casa de la
campesina, ya encontr el sitio ocupado por otra criatura.

--La hija del oficial de hsares!--suspir Marta con voz casi
ininteligible.

--S, de su viuda, porque al da siguiente, supe que su padre haba
muerto. Yo no saba qu hacer y me encontraba en una gran dificultad,
porque tema que la pequea Elena muriera en mis brazos por falta de
prximos auxilios. Merced a la promesa de una generosa recompensa, hice
consentir a la campesina en que cuidara y amamantara a la nia durante
algunos das, hasta que encontrara otra nodriza. Al volver, a la condesa
le di cuenta de mi aventura, tratando de prepararla para la fatal
noticia que iba a recibir sin duda al da siguiente. La certidumbre de
que su hija estaba por morir llen a la condesa de indecible
desesperacin, y al mismo tiempo la llen de rabia; sin embargo, ya
deba haber pensado en recurrir a algn expediente supremo porque me
rog que no dijera nada a nadie de aquello, y durante la tarde fingi
dormir para combinar y madurar un proyecto tan hbil como criminal. Era
de noche, cuando me hizo llamar... Ay! pluguiera al Cielo que nunca
hubiera hallado a tan prfida mujer. Mi vida no estara amenazada por un
terror incesante y por arrepentimiento continuo. Mi corazn es honrado y
soy incapaz de cometer espontneamente una injusticia; pero la
compasin que me inspiraba...

--Qu os dice?--interrumpi la viuda, que escuchaba palpitante las
palabras que recoga de los labios del culpable.

--Le resist, me negu; pero ella me rog, me suplic, reg mis manos
con sus lgrimas, y tanto hizo que hubiera ablandado el corazn ms
insensible. Despus me amenazaba con su venganza e iba a echarme a la
calle. Si, por el contrario, consenta en ayudarla, prometa
enriquecerme.

--Pero, qu era lo que os exiga?

--Vencido por la compasin, ced a sus deseos, y me encargu de la
ejecucin de su proyecto... Estis impaciente, Marta. Yo mismo tengo
miedo de esta revelacin. Mi espritu se revela y mi conciencia sufre.
La seora estaba dispuesta a arriesgar una tentativa desesperada, para
colocar a la nia ajena, en el lugar de Elena si sta llegaba a morir, a
fin de conservar as la posibilidad de poseer la fortuna del conde. Con
el bolsillo lleno de oro y autorizado para las ms brillantes promesas,
part aquella misma noche y golpe a las puertas de la nodriza, con el
pretexto de informarme del estado de la criatura. La nia viva an,
pero la nodriza no dudaba de que no pasara del da siguiente. Qu os
dir? Me cost gran esfuerzo hacerle comprender a aquella simple lo que
deseaba de ella, y en un principio rechaz con horror mi proposicin;
pero la vista del oro y la promesa de una renta anual, acabaron de
triunfar de sus escrpulos. Las circunstancias favorecieron de una
manera muy particular la ejecucin del proyecto de la condesa. El cambio
proyectado poda hacerse sin despertar la sospecha de nadie... Las cosas
pasaron de este modo: La pequea Elena muri al da siguiente por la
tarde. Se le anunci a la viuda del oficial que su hija haba muerto.
Una persona extraa vino a asistir al entierro. Nadie sospech la menor
superchera, y, tres meses despus, el conde de Bruinsteen estrechaba
entre sus brazos a la nia robada, dando gracias a Dios por haberle
conservado a su nica heredera... Veo, Marta, que tenis los ojos
llorosos. Es una triste historia y soy muy digno de que se me tenga
lstima, verdad? Ser dominado por una mujer falsa y perversa, y sufrir
toda mi vida por cumplir una orden de mis seores, cuando todava
ignoraba por completo lo que es el mundo!

Marta se haba afectado profundamente al or el final del relato del
intendente. Haba despertado en ella dolorosos recuerdos y hecho sangrar
viejas heridas. Sin embargo, no le faltaron fuerzas para ocultar su
emocin y simular otra aparente. Todo lo que haca, por otra parte, lo
haba premeditado; en la soledad de sus reflexiones haba previsto con
tanto acierto todas las fases posibles de esta conversacin, que se
diriga a su fin preciso, con paso firme a travs de todas las
dificultades. Despus de un breve silencio, prosigui suspirando:

--Pobre Mathys! Sois la vctima de una ciega abnegacin. Os compadezco;
el terrible peligro que os amenaza me arranca lgrimas de compasin y de
angustia. La maldad es muy grande en los corazones perversos. Aquella
por quien os habis sacrificado, quiere preparar ella misma vuestra
prdida y entregaros a la justicia.

--La condesa?--exclam el intendente.

--S, la condesa.

--Eso es imposible! Tengo pruebas que le impiden tramar algo contra m.

--Poseis un documento firmado por ella, ya lo s.

--Lo sabis?--murmur el intendente estupefacto.

La viuda aproxim su silla como para revelarle secretos importantes.

--Escuchad, Mathys; sofocad por el momento vuestra indignacin y hablad
quedo--le dijo con tono misterioso--. Lo que vais a saber os llenar de
temor y de clera; pero cobrad coraje y no temis nada; yo luchar junto
con vos contra vuestros enemigos, y estad seguro de que, uniendo
nuestros esfuerzos, haremos fracasar sus prfidas maquinaciones.

--Os doy las gracias por vuestra abnegacin--respondi Mathys--, y me
felicito de que la condesa no haya conseguido con su calumnia quitarme
vuestra estimacin... Pero no me doy cuenta de lo que temis, Marta. La
seora no puede hacer nada contra m, os lo repito.

--Creis eso? Estais tranquilo porque tenis en vuestro poder un
documento firmado por ella? Y si os robara ese papel, no estarais por
completo en su poder? No podra pretender entonces que ignora por
completo el robo de la nia? Quin podra demostrar entonces que Elena
no es su hija, puesto que todos los testigos han muerto, y que vuestra
acusacin sera considerada como una accin perversa?

--Pero ella no puede quitarme ese papel, no sabe dnde est.

--En la caja de hierro--dijo el aya.

--No, no es cierto!--exclam el intendente, estremecindose de temor y
de sorpresa.

--Mathys, Mathys, por qu queris engaarme? No me queris entonces
permitir que os salve?

--Ya no s ni lo que digo!--murmur el intendente--. S, s, Marta;
est en el cofre.

--El hierro es duro, Mathys; pero el acero es ms duro an. Y si
fracturaran ese cofre durante vuestra ausencia y os quitaran ese
documento?

El intendente, asaltado por una inquietud secreta, se puso vivamente de
pie, sac una llave del bolsillo y abri el cofre. Luego lo volvi a
cerrar con la misma rapidez, y volvi junto a la viuda, con una sonrisa
en los labios.

--Ah est todava, nadie lo ha sacado--exclam respirando
ruidosamente--. Pero la verdad es que parece que hubieran tratado de
forzar el cofre--agreg examinando la cerradura--. Pero es absurdo que
me asuste. Cmo hara una mujer para forzar un mueble como ste?

--Hay cerrajeros en la aldea.

--Pero, qu queris decir? Sera capaz la condesa de consumar un acto
tan criminal?

--Juzgad por vos mismo, Mathys. Mientras estabais en viaje, la seora me
hizo llamar. Me interrog durante ms de una hora para convencerse de
que yo estaba dispuesta a asociarme a ella contra vos. Intent volveros
tan perverso y miserable ante mis ojos, que os hubiera tomado por un
demonio si no os hubiera conocido. Me ha prometido una fortuna y una
existencia feliz hasta el fin de mis das. Inspirada por mi gratitud
hacia vos y por mi odio hacia ella, fing entrar por entero en sus
proyectos; y promet ayudarla sinceramente, libertarla, como deca ella,
de vuestra cruel tirana, que est envenenando su vida desde hace ms de
quince aos. Tened calma, os lo suplico, Mathys... De esa manera le
arranqu el secreto de sus intenciones y obtuve de ella los medios de
defenderos contra ella:

--Pero, qu le pasa por la cabeza?--murmur Mathys, aplastado por
aquella revelacin--. Se ha vuelto loca entonces?

--No, sabe muy bien lo que quiere. Su objeto es aniquilar la prueba de
su complicidad, y teneros sometido a sus pies, como un instrumento
impotente; a fin de pretender que ella no ha sabido nunca nada, si el
secreto de la substitucin llega a descubrirse algn da.

--Y se imagina que substraer el documento que contiene esa caja?

--Maana tenis que hacer un viaje y permaneceris ausente hasta el da
siguiente. Tiene tiempo para fracturar veinte cofres como ste.

--Su esperanza quedar defraudada, porque me quedar en casa y no har
el viaje. De ese modo...

La viuda haba probablemente previsto esta respuesta, que no pareci
hacer gran impresin en ella.

--Imposible. Es preciso, Mathys, que partis--le replic--. Si no
queris salir de la casa tenis que declararle a la condesa la causa de
vuestra negativa. Me acusara a m, con razn, de falsedad; y yo
quedara ay! perdida, y a vos no os quedara la menor esperanza de ver
realizados vuestros deseos.

--Entonces hay otro medio, pondr el documento en mi cartera y lo
llevar conmigo.

--No hagis eso, Mathys; la condesa lo ha previsto todo. Que dejis la
prueba en la casa o que os la llevis consigo, ha jurado apoderarse de
ella; y tened la seguridad de que lo conseguir si no encontramos otro
medio de engaarla.

--En verdad, Marta, que no os comprendo. Cmo se podra apoderar la
condesa de un papel que yo llevo conmigo? Mientras estoy en viaje, ella
no...

Pero la viuda no quera dejarle tiempo para que reflexionara; haba
sabido por un sirviente lo pasado en el bosque y lo interrumpi con voz
trmula:

--Esperad lo peor que pueda imaginarse, Mathys. La condesa no se ha
atrevido a decirme abiertamente su pensamiento, pero he comprendido muy
bien por sus palabras que no retrocedera ni ante un atentado. Se ha
puesto en el caso de que os llevis con vos el documento, y me ha
hablado en trminos encubiertos de hombres pagados para espiaros y
atacaros...

--Hombres pagados para atacarme?--pregunt el intendente, cuyo espritu
conturbado asoci las palabras de Marta con la emboscada de esa noche--.
Estis cierta de que la condesa haya dicho algo parecido?

--Completamente segura.

--Pues entonces no viajar ms que de da; no saldr de la carretera, y
me har acompaar por gente segura.

--Vanas precauciones. Aunque tuviera que hacer ocultar a la gente en su
propia alcoba para haceros registrar al regreso, se apoderara del
documento, no lo dudis...

--En ese caso no saldr.

--Y la seorita? Es preciso que parta, Mathys. Todo retardo podra
inspirar sospechas e impedir su reclusin.

--Es que maana mismo le dir a la condesa que conozco su cobarde
proyecto contra m. La obligar a renunciar a l, amenazndola con mi
venganza. Quiero que se eche a mis pies, y que me pida perdn.

--Dios mo! entonces queris sacrificarme!--exclam Marta con ansiedad
simulada--. Cmo! Os atreverais, despus de eso, a dejarme un solo
instante en Orsdael, junto con la condesa? No, no; si revelis mi
traicin, huir de aqu al despuntar el da. Es preciso que no lo sepa
nunca, jams.

--Y qu medio puedo emplear para que el documento no pueda caer en
manos de la condesa?

Marta se pas la mano por la cabeza, fingiendo torturar su espritu,
buscando una idea que pudiera salvarlos. De pronto se puso de pie
lanzando un grito de alegra.

--Dios sea loado!--exclam--. Conozco un medio infalible para engaarla
y burlar sus tentativas. Dadme el documento, Mathys; lo coser al fondo
de mi falda. Nadie lo buscar all, y por ms que busque y haga vuestra
enemiga, jams encontrar el testimonio de su crimen.

--Daros ese documento, mi sola arma contra su maldad, mi seguridad, mi
fuerza?--dijo entre dientes el intendente, con sonrisa irnica--. No,
no, ese tesoro no se separar de m.

--Os lo suplico, Mathys--dijo la viuda plida y temblorosa--. Dejadme
salvaros. Ah! No me neguis el nico medio de salvaros de las celadas
de vuestros enemigos.

El intendente, engandose respecto a la agitacin del aya, le dijo con
el tono de una resolucin irrevocable:

--Vamos, Marta, estis exagerando el peligro que me amenaza. En todo
caso, la firma de la condesa es un medio infalible de defendernos
victoriosamente contra sus proyectos perversos. Os agradezco vuestras
simpatas, pero el documento no estar nunca en otras manos que las
mas. No me hablis ms de eso, que ya sabr encontrar un sitio oculto
en el que nadie lo descubrir.

Marta, herida por una cruel decepcin, se puso las manos delante de los
ojos, lanzando un grito penetrante. La ltima esperanza que le quedaba
en la ltima extremidad, se haba desvanecido.

En el momento mismo en que crea aferrar la prueba tan ardientemente
deseada, acababa de anonadarla una vez ms el convencimiento de su
impotencia. Su hija, su pobre hija, iba a ser encerrada en una casa de
locos, perdera en ella la razn, y sin duda alguna morira!

Esta certidumbre le desgarr el corazn, apag el ltimo fervor de su
esperanza y abati la fuerza de espritu que an le quedaba. Se entreg
por entero a su dolor, sollozando en alta voz, y llorando en tal
abundancia, que las lgrimas le empapaban las mejillas.

Mathys, que la crey ofendida por su negativa, trat de hacerla
comprender que se equivocaba. Le dijo que no dudaba de su afecto por l
y que tena una confianza ilimitada en su abnegacin; pero que, respecto
a ese asunto, haba tomado haca largos aos, una resolucin firme de la
que no poda apartarse; poda estar tranquila a ese respecto; l sabra
muy bien poner el documento al abrigo de las asechanzas de la condesa, y
como el fin que impulsaba a Marta era conseguirlo de otra manera, no
haba razn alguna para que se inquietara de esa manera.

Pero, dijera Mathys lo que dijera, la viuda, aniquilada, agotadas las
fuerzas y las ideas, qued abismada por su dolor, y slo respondi por
medio de suspiros y sollozos.

El intendente la mir durante un rato, siguiendo con la mirada las
lgrimas que caan de sus mejillas. Sacudi la cabeza contrariado, y
pareci luchar con un pensamiento penoso. Poco a poco, sin embargo, su
rostro tom una expresin compasiva. La desesperacin de Marta haca ms
fuerza en l que sus recursos ms hbiles.

--Est bien--dijo al fin--, os dar la prueba de confianza que me
exigs. Ah! si supierais lo que me peds!

Dichas estas palabras, se adelant lentamente hacia el cofre.

La viuda le dirigi una mirada de soslayo; la silla temblaba, movida por
el estremecimiento de su cuerpo y tena que apretarse el pecho para
contener los latidos de su corazn. El intendente se aproxim a ella y
le entreg el documento en un sobre sellado.

--Tomad, Marta--le dijo--; conservad esto con cuidado hasta que yo
vuelva de viaje. No lo abris; ocultadlo entre las ropas; que no se os
separe ni un instante. Ya veis que tengo tanta confianza en vos como si
fuerais mi mujer... Qu emocionada estis! Calmaos, querida amiga, os
habis equivocado respecto a mis intenciones.

Trmula y casi desfallecida de alegra, Marta escondi el sobre en su
seno. En el primer momento no poda hablar y balbuceaba palabras
confusas; pero la posesin del precioso documento pronto le devolvi la
energa. Domin su conmocin y exclam apretando con ansia febril la
mano del intendente:

--Oh Mathys! Si supierais cun feliz me siento! El ms bello sueo de
mi vida pareca desvanecerse para siempre y hete aqu que se realiza de
golpe. Gracias, gracias! Guardar el documento, como si de l
dependiera mi salvacin eterna. Aunque me pusieran la punta de un pual
en el pecho, no lo entregara. Os lo juro!... Pasado maana--prosigui,
cambiando de tono--os lo devolver tal cual est, y entonces
deliberaremos sobre lo que tenemos que hacer. Ahora, Mathys, id a
descansar; estis probablemente muy cansado del viaje de hoy, y tenis
que volverlo a hacer maana. No temis nada; ni aun la muerte podra
arrancarme este precioso depsito.

--S, me siento deshecho, no slo por el viaje sino por todo lo dems, y
sobre todo, por las emociones que he sufrido hoy.

El aya, devorada por una fiebre interior, se puso de pie, y dirigindose
a la puerta:

--Podis estar tranquilo, Mathys. Maana temprano estar levantada para
ir a hablar a la seora, y si durante la noche hubiera inventado nuevas
celadas contra vos, vendr en seguida a revelroslas. En todo caso, no
le digis nada antes de que nos volvamos a ver. Buenas noches!

--Buenas noches!--dijo el intendente mirando con fijeza al aya.

Esta mirada singular no le pas inadvertida a Marta y le hel la sangre,
porque crey leer en sus ojos que le haba acometido un mpetu furioso
de correr tras ella y recuperar el documento.

Se dirigi lentamente hacia la puerta, y hasta volvi la cabeza para
decir sonriendo: Buenas noches, buenas noches! pero as que sali al
comedor obscuro, se puso a correr hacia su cuarto en puntas de pie con
una rapidez como si tuviera alas.

Ech la llave a la puerta, corri a la ventana que daba al campo, la
abri, midi su altura, se alej de ella murmurando algunas palabras
sofocadas; se acerc en seguida a la mesa, encendi una pequea lmpara,
sac el sobre de su seno y rompi el sello con mano trmula.

--Oh! Dios mo!--balbuce--. El reconocimiento de mi derecho de
madre! La condesa declara que ella orden el robo! El nombre, el dulce
nombre de mi Laura.

Fu interrumpida por un murmullo que lleg hasta su odo; crey or que
la llamaban.

Una sonrisa de felicidad ilumin su rostro. Se levant, guard el papel
en el seno y corri al cuarto de Elena. Cuando abri la puerta oy un
quejido doloroso.

--Oh Marta! sois vos, de veras? Soaba que no os volvera a ver ms!

Pero un beso ahog las palabras en sus labios.

--Mi hija, mi hija, mi hija querida!--dijo la viuda con voz trmula--;
calla, calla, no llores. No irs al convento. Ya no ms penas, no ms
dolores, algrate. Maana sers feliz. No irs al convento. Rete, ponte
contenta. Maana vers a tus enemigos arrastrarse a tus pies e implorar
tu piedad.

La joven, asustada por aquellas efusiones, y por el tono ardiente de la
voz, apart la cabeza y murmur:

--Pero, quin sois, entonces?

--Quin soy? Quin soy?...--repiti la viuda casi loca y con una
vehemente imprudencia--. Quin soy?... El secreto de mi amor, de mi
vida. Yo soy tu... Oh! Dios mo! qu locura iba a hacer!

Y retrocedi temblando.

Elena, cuyo corazn haca temblar el presentimiento de una revelacin
suprema, tendi las manos en la obscuridad, haciendo un gesto
suplicante; pero Marta haba recuperado un poco de sangre fra y
murmur, mientras depositaba otro beso ms en la frente de su hija:

--No, no, no ha llegado todava el momento de la revelacin. Cllate,
luz de mis ojos, mi esperanza, mi felicidad, no me preguntes nada. No me
conocers hasta el momento de la liberacin. Maana, Laura; maana,
Elena; sabrs qu vnculos nos unen... Tengo que apartarme de ti, hija
ma; podra sucumbir a una tentacin que nos sera fatal a las dos.
Duerme, duerme en paz... maana un nuevo sol lucir para ti y para m.

Y huy rpidamente del cuarto, cerrando la puerta tras s.




VI


Las sombras eran intensas; los campos y los bosques estaban cubiertos de
tiniebla; pero ya una claridad dudosa temblaba en el horizonte; la
aurora iba muy luego a aparecer y a llenar el espacio con la luz dorada
de una maana esplndida.

En aquel momento, el follaje de las encinas verdes se abra detrs de la
casa de Andrs, el guardabosque. Una sombra de mujer surgi entre los
arbustos espesos que flanqueaban el camino. Se detuvo, mir con
desconfianza hacia todos los lados, trat de penetrar con la mirada la
obscuridad gris y se desliz lentamente hacia la casa del guarda.

Entr en el jardn por una abertura de la cerca, se aproxim a una
pequea ventana, golpe en ella misteriosamente y dijo con la voz pegada
a los vidrios:

--Catalina! Catalina!

Abrise la puerta.

--Sois vos, Marta?--dijo la mujer del guardabosque, sorprendida--Dios
mo! y todava es de noche! Qu es lo que os pasa?

--Apresuraos, venid pronto; tengo que hablaros en seguida--balbuce el
aya.

Al cabo de cinco minutos, Catalina abri la puerta, y apareci junto con
su marido en el jardn.

--Vos aqu, Marta, a estas horas!--dijo--. Os han obligado a salir del
castillo antes que fuera de da?

La viuda le ech los brazos al cuello, la atrajo a su pecho y le
murmur:

--Catalina! ah, Catalina! Dios me ha dado la victoria! Que me proteja
an durante algunas horas, y mi Laura ser libre para siempre. Hoy
podr llamarme madre, delante de todo el mundo!

--Cmo! Qu queris decir?

--Callaos, Catalina, vuestro marido podra ornos. Quiero estar sola con
vos.

--Vamos, entrad, Andrs cuidar la puerta.

Catalina habl un momento a su marido y luego entr en la casa con la
viuda. La condujo a una pieza aparte, cerr la puerta, y le tom las
manos diciendo:

--Aqu nadie puede ornos, Marta. Satisfaced mi ardiente curiosidad.
Vuestra Laura quedar hoy libre! Quiera Dios que vuestra esperanza se
realice!

La viuda le cont en pocas palabras y de prisa lo que haba sucedido;
cmo haban resuelto encerrar a su hija en una casa de sanidad
desconocida; lo que haba sufrido ante ese peligro extremo; cmo,
inspirada por la desesperacin, haba osado intentarlo todo, y cmo el
intendente, despus de una larga resistencia, le haba entregado la
prueba de su derecho de madre, y del rapto de su hija.

Ms de una vez, durante aquel rpido relato, Catalina haba lanzado, a
pesar suyo, un grito de admiracin y de triunfo; pero luego, calmada y
llamada a silencio por la viuda, se puso a llorar, y lgrimas de
felicidad corran por sus mejillas, en la obscuridad.

--Calmaos, Catalina, el tiempo para m es precioso--dijo la viuda--.
Comprenderis ahora por qu vengo aqu? Estando en posesin de este
documento, no me atrevo a permanecer en el castillo. Mathys y la condesa
me lo quitaran por la violencia y hasta cometeran un nuevo crimen, si
fuera preciso. Yo slo soy una mujer y necesito del auxilio de los
hombres para defenderme de los enemigos de mi hija. Voy a la casa de
Federico Bergams; su to es notario y l conoce las leyes. Me dirn lo
que tengo que hacer, y vendrn conmigo a Orsdael a oponerse a la partida
de Elena. Vive a dos leguas de aqu; es de noche, no conozco los
caminos, tengo miedo de que me suceda algo. Vuestro marido puede
acompaarme y conducirme... No temis nada, Catalina; es el ltimo
sacrificio que os pido, y sea cual fuere el resultado definitivo de la
lucha, os recompensar y asegurar vuestra suerte, hasta el fin de
vuestros das...

--Vos recompensarme!--dijo Catalina con tristeza--. No est bien que me
hablis as. Mi mayor recompensa es vuestra felicidad.

--Ya lo s, amiga ma; pero vuestro marido no puede ser vctima de
vuestra generosidad. No discutamos a ese respecto. Yo tengo que partir
de aqu; pueden notar mi ausencia, buscarme, perseguirme, oh Dios mo!
si me sorprendieran, podran todava arrancar la libreta de mi hija, mi
vida!

--Voy a confiaros a mi marido; fiad en l, Marta; llevar su fusil y os
defender si es necesario a costa de su sangre.

Cuando el guardabosque entr en el cuarto, su mujer le dijo:

--Andrs, es preciso que partas en seguida con el aya. Est encargada de
una misin importante, y como es de noche todava, y los caminos no sean
quiz seguros para una mujer, la condesa quiere que la acompaes.

--Est bien, mujer. En dos minutos me pongo la blusa y estoy listo.

--La seora va a casa de Federico Bergams. Eso te parecer raro,
verdad?

--Nada de eso. Poco me importa donde me mande la condesa--respondi el
guardabosque, listo para partir.

--Un momento--dijo Catalina--. El mensaje que la seora va a cumplir, es
un secreto. Nadie debe verla ni encontrarla, por lo menos hasta media
legua de distancia de Orsdael. La llevars, pues, por caminos apartados
y por el bosque.

--Muy bien--dijo el guarda, subiendo una pequea escalera para ir a
vestirse.

--Pero decidme, Marta--murmur la campesina despus de un momento de
silencio--. Quin os abri la puerta del castillo?

--Nadie, Catalina; baj por la ventana de mi cuarto.

--Cmo! desde tan alto? Pero eso es imposible!

--Pues creedme, Catalina--respondi el aya--; as que me encontr sola
en mi cuarto, con la prueba inestimable sobre mi corazn, me fu
imposible tener un momento de reposo. Temblaba, el sudor de la angustia
corra por mi cuerpo. Hostigada por el miedo, por el mortal
convencimiento de que Mathys aparecera para que le devolviera el
documento, calcul, inclinando la cabeza en la ventana, la altura del
salto que tendra que dar para escapar de aquel peligro inminente. El
menor ruido me haca temblar, el grito de un pjaro casi me hizo
desvanecer de angustia. Oh! tena en mi pecho la salvacin de mi hija y
estaba todava en poder de mis tiranos. No poda permanecer en aquella
dolorosa perplejidad, y quiz, ofuscada hasta la locura, por un ruido en
el corredor, iba a precipitarme hacia el vaco, cuando se me ocurri una
idea salvadora. Un las sbanas de la cama con un fuerte nudo, las at a
la baranda de la ventana y trat de bajar al suelo. La vehemencia del
deseo me prest una fuerza sobrenatural, y mi ngel bueno me protegi
sin duda, porque las sbanas eran demasiado cortas y ca de una gran
altura, sin herirme, sin embargo. Despus, deslizndome a lo largo de
las paredes, corr hasta el puente. Lo atraves, ech a andar entre los
arbustos y las zarzas hasta que...

La llegada del guardabosque interrumpi su explicacin. Andrs descans
despacio la culata de su fusil en el suelo, y dijo:

--Seora, estoy pronto; cuando gustis.

En la puerta las dos mujeres se abrazaron y cambiaron algunas palabras
ms; despus Marta sigui al guarda a travs del bosque.

Andrs condujo al aya por senderos cubiertos y di muchos rodeos para
evitar las carreteras. Permaneca silencioso, y slo haca alguna
advertencia en voz baja, cuando algn paso o algn pozo interceptaba el
paso.

Despus de media hora larga, condujo a la viuda por un camino ancho. La
primera luz del alba empezaba a esparcirse en el espacio, y ya podan
distinguirse los objetos a travs da la niebla.

--No corremos el riesgo de encontrar a alguien por aqu?--pregunt la
viuda.

--No me parece, seora. Todava es muy temprano--respondi el guarda.

--Si me viese alguien que fuera a Orsdael--suspir Marta.

--El camino es recto, seora; mirar a lo lejos; si alguien viene nos
internaremos en el bosque.

--Este misterio tiene que sorprenderos, amigo mo; pero antes de
medioda conoceris la causa.

--No es necesario. Yo hago lo que me mandan y no me meto en lo dems.

--Estn pasando cosas muy extraas en Orsdael, y pronto se producirn
all sucesos extraordinarios que llenarn a todos de asombro. Vos sois
un hombre bueno y fiel y seris recompensado.

--Cosas extraas! S, s; pero no es cuenta ma... Caminis ligero,
seora.

--El mensaje que llevo es urgente, amigo mo; pero si os sents
cansado...

--No, no; es una observacin. Puesto que lo deseis, apresurar el paso.

El guarda, para demostrar que no se cansaba tan pronto, alarg el paso y
continu con tanta rapidez, que la viuda apenas poda seguirlo, aunque
aquella rapidez secundaba sus deseos.

Marta pronunciaba de tiempo en tiempo palabras para interrumpir el
silencio y mostrarse reconocida para con su gua; pero ste, creyendo
que cumpla, en circunstancias importantes, una orden de la condesa, no
responda sino con un s o un no y cortaba en seguida la conversacin.

Entretanto el cielo se iba aclarando poco a poco, y cuando por fin se
vi el campanario de la iglesia que les indicaba como un faro el trmino
de su viaje, el sol, surgiendo del horizonte, circundaba toda la
naturaleza con su luz esplendorosa.

Se haban cruzado en el camino con algunos campesinos que, con la azada
al hombro, se dirigan al trabajo de los campos. Cuanto ms se acercaban
a la aldea, ms gente encontraban; pero como Marta se consideraba ya
libre del alcance de sus enemigos, no repar en las miradas de sorpresa
de los campesinos y sigui su camino hasta que el guardabosque se detuvo
delante de una gran casa y le dijo sonriendo:

--Seora, sta es la casa del seor Bergams; puedo volverme a Orsdael?

--S, volveos a vuestra casa, amigo mo--respondi la viuda.

Pero, cambiando de opinin, dijo en seguida:

--No, no, permaneced aqu; no podis volveros a Orsdael.

--Pues entonces, seora, con vuestro permiso, cerca de aqu hay un
mesn. Si me llegis a necesitar, hacedme llamar all.

Una vieja sirvienta abri la puerta, y pregunt mirando al aya con ojos
escrutadores:

--Ah! es para un testamento. No es eso? Entrad, el notario todava
duerme; voy a despertarlo.

Marta le dijo al entrar:

--Buena mujer, os equivocis; deseo hablar al joven seor Bergams.

--Tan temprano?

--Y en seguida.

--Es que no s, no me atrevo--dijo la sirvienta con desconfianza--. El
seor est acostado todava. No podrais esperar una media horita?

--No, os ruego que vayis en seguida y digis al seor Federico que el
aya del castillo de Orsdael ha venido a hablarle de cosas importantes.

--El aya de la seorita de Bruinsteen!--exclam la sirvienta con
sorpresa--. Oh, ya comprendo! S, s, voy a llamarlo. Sentaos, seora.
Es preciso darle al menos tiempo para vestirse.




VII


Mathys haba pasado una mala noche. Aunque estuviera muy agitado por los
acontecimientos del da, la fatiga lo haba sumido en un pesado sueo,
que no fu turbado hasta el otro da a la maana por espantosas
pesadillas.

Cuando el sol se hubo alzado, cuando la campana del castillo llam a los
obreros al trabajo, Mathys despert con la frente cubierta de sudor.
Trat de volverse a dormir, pero el recuerdo de las imgenes horrorosas
que haba visto en sueo le asediaba an el espritu y haca latir su
corazn con violencia. Salt fuera del lecho y se visti a la vez que
murmuraba entre dientes:

--Qu temor absurdo me agita? Era un sueo, un sueo espantoso,
insensato. Marta me estima, sus intereses son los mismos que los mos.
Por qu me engaara? No, no, pues hara pedazos su felicidad sin razn
ni provecho para ella. En todo caso, he cometido una imprudencia.
Entregarme as indefenso a una mujer! Estara embriagado o habra
perdido el juicio?... La condesa tiene la culpa de todo. El odio que me
tiene debe ser muy grande para que la haya impulsado a cometer un acto
tan perverso y estpido. Revelarle a una persona extraa el secreto del
que dependa su propia fortuna, su honor, su vida. Es incomprensible, y
si la duda fuera posible, dira que Marta me ha mentido descaradamente.
Pero nadie en la tierra sabe de este desgraciado asunto ms que la
condesa y yo. Es ella, pues, la que nos ha traicionado. Cmo me
vengar? Quiero verla arrastrarse otra vez a mis pies antes de la
partida de la loca... Pero, ante todo, ir a pedirle a Marta que me
devuelva la prueba; sin esa arma soy impotente. Oh, vamos a verlo! La
condesa me dar cuenta de su infame complot.

Al decir estas palabras, se dirigi al cuarto de la viuda y golpe a la
puerta. Esper un rato, volvi a golpear y dijo:

--Marta... Marta... soy yo. Esperar que estis vestida; pero os lo
ruego, respondedme.

El silencio ms completo sigui reinando en su derredor. Una rara
ansiedad lo domin...

Llam al aya en alta voz y golpe con el puo contra la puerta; pero fu
en vano, el cuarto permaneci silencioso como una tumba.

Un grito de espanto se le escap al intendente, que se puso lvido
aunque tratara de tranquilizarse dicindose que probablemente Marta se
haba levantado temprano.

Estas ltimas palabras hicieron renacer una sonrisa de alivio en los
labios del intendente.

Baj la escalera corriendo y le pregunt al portero si no haba visto
al aya. Este le respondi negativamente; le nombr todas las personas,
obreros o no, que haban salido del castillo, y le asegur que nadie ms
haba salvado la puerta, puesto que l tena la nica llave y no se
haba movido de all desde el llamado de la campana.

Estas ltimas palabras hicieron reaparecer una sonrisa de alivio en los
labios de Mathys. El aya estaba, pues, en el castillo, porque no exista
otra salida que la portalada. Sin embargo, no estaba tranquilo y se puso
a recorrer la casa de arriba abajo, preguntando a todo el mundo si haba
visto bajar al aya. Record que Marta haba expresado la intencin de ir
a hablar temprano con la condesa; se dispona, pues, a subir la escalera
que conduca al departamento de la seora de Bruinsteen, cuando la
camarera le detuvo, dicindole que acababa de ver a su seora, sumida en
el ms profundo sueo. Mathys recorri todo el edificio hasta las
buhardillas. La inutilidad de sus esfuerzos le llenaba de una inquietud
inexplicable. Quiz Marta estuviera enferma, quiz las sacudidas de la
vspera haban perturbado violentamente su sistema nervioso. Al
asaltarle esta idea, corri tras la sirvienta y le dijo:

--Ve a ver a la seora, y pdele las llaves de las piezas del aya. Las
necesito en seguida, ir a buscarlas yo mismo. Corred, volad, es preciso
que la seora se levante. Puede que haya sucedido una desgracia!

La sirvienta trajo dos llaves; sin escuchar lo que quera decirle de
parte de la condesa, Mathys subi la escalera corriendo. Abri la puerta
del cuarto de Marta y ech una ojeada sobre el lecho. Estaba vaco.

Plido y trmulo, puso la llave en la cerradura, de la segunda puerta.
Vi a la joven sentada en una silla en el fondo de su cuarto; ya estaba
levantada y vestida, a pesar de la hora tan inslita. Tena, pues, que
saber lo que haba pasado.

Mathys se acerc a la joven, la mir con los ojos hechos ascuas y
exclam, apretndole las muecas hasta deshacrselas:

--Ten cuidado, dime la verdad, porque si me engaaras, sera capaz de
todo... Dnde est el aya?

--No lo s--balbuce la joven, que temblaba de miedo.

--Imprudente, no me mientas o te aplasto bajo mis pies. Dnde est
Marta?

--Tened compasin de m; yo no lo s, seor. Aunque me quitarais la vida
yo no podra deciros otra cosa.

--Por qu ests levantada y vestida?

--Porque me despert un ruido extrao, seor.

--Qu ruido?

--Un golpe, como si alguien hubiera cado...

Pero la joven se asust, pensando que si deca la verdad poda exponer
a su benefactora a un peligro. Se puso a balbucear y dijo:

--Un ruido, un crujido...

--No me hagas hervir la sangre, desgraciada!--dijo Mathys--. Vamos,
qu es lo que has odo?

--Sin duda a los pjaros nocturnos en la torre.

El intendente estaba seguro de que la joven saba las cosas, y no las
quera decir; conoca su inflexible tenacidad y la idea de que
permanecera indomable lo hizo arder en furor. Volvindose hacia la
puerta, le grit con acento atronador:

--Esprate un momento y ya vers si te hago hablar!

Iba a salir del cuarto, cuando not en el suelo un papelito doblado que
haba sido empujado por la puerta cuando l la abri.

Desdobl el papel y ley estas lneas escritas en lpiz con mano
trmula. Elena, parto para salvarte. Suceda lo que suceda, no temas
nada. Mi promesa ser cumplida. Dentro de dos horas quedars libre para
siempre.

Mathys mir el papel durante algn tiempo con aire extraviado, despus
lanz un grito de rabia y corri al otro cuarto, buscando algn objeto
con qu golpear a la pobre Elena; su mirada tropez con la ventana y vi
las sbanas atadas a los barrotes de hierro.

--Se ha ido! Huy esta noche!--exclam--. Ya est a varias horas de
Orsdael! Dios mo! Dios mo! Y se lleva mi vida! Estoy perdido!
Estoy perdido!

Ebrio de clera, azorado por el terror, se precipit sobre la joven, la
tom de los hombros, la sacudi violentamente y le pregunt:

--Dnde est Marta?... Qu es lo que te ha prometido?... Qu es lo
que quiere hacer? Habla o te mato!

Pero la joven volvi la cabeza, dobl la espalda y permaneci muda,
aunque el intendente repitiera varias veces su amenaza; en su furor le
golpe con el puo la espalda y la cabeza y luego sali del cuarto,
jurando y blasfemando. Se detuvo, sin embargo, en el corredor y se puso
a reflexionar sobre su crtica situacin. Estaba plido como la muerte,
vacilaba sobre sus piernas, las ideas se confundan en su cabeza. Cul
poda ser la intencin de Marta? Quera sin duda vengarse de la condesa
que la haba maltratado; pero no se daba cuenta, la insensata, de que
iba a perder al mismo tiempo a su amigo y protector.

Baj la escalera y entr en la sala, donde encontr a la sirvienta, la
que le dijo que la seora estaba ya levantada e iba a bajar en seguida.

Se dej caer en una silla, angustiado de nuevo por sus terribles
perplejidades. Todava quedaba cierta duda en su espritu. El aya no
poda quererle mal, y sin duda no se haba dado cuenta de las
consecuencias de lo que iba a hacer. Quiz le fuera posible todava
impedir la revelacin del secreto, porque Marta seguira sus consejos,
as que l pudiera hablarle. En esa certidumbre, resolvi no decirle
nada a la condesa, que se haba dejado arrancar por Marta la prueba de
la substitucin de criaturas. Estaba profundamente avergonzado de
aquella imbecilidad, estando bien seguro, por otra parte, de que la
condesa no le temera ni le tendra la menor consideracin, as que
supiera que aquella arma no estaba en sus manos.

Cuando la seora de Bruinsteen entr en la sala, vi que haba lgrimas
en los ojos del intendente.

--Estis llorando, Mathys?--le pregunt asustada--. Qu ha sucedido?
La sirvienta me ha hablado de una desgracia; pero confo en que no os ha
sucedido nada, verdad?

El intendente ech llave a las dos puertas y detenindose con los brazos
cruzados y los ojos echando llamas ante la condesa:

--Sentaos, seora! Sentaos, os lo ordeno! Habis cometido una cobarde
traicin; quiero ser vuestro juez, vuestro juez inexorable. Qu le
habis dicho a Marta?

--Pero, qu significa esto?--murmur la condesa retrocediendo--. Me
dais miedo!

--Respondedme, respondedme--bram Mathys, mirndola en los ojos, con los
dientes apretados y los labios contrados--. Qu le habis dicho ayer a
Marta?

--Pero, por Dios, qu os pasa?--balbuce la condesa de Bruinsteen
asustada--. Se dira que queris asesinarme. No deis un paso ms porque
grito pidiendo auxilio.

--Si dais un slo grito, os rompo la cabeza--grit el intendente fuera
de s--. Respondedme en seguida.

--Qu le dije al aya? Oh, poca cosa, Mathys! Es cierto que le dije que
Elena iba a ser llevada hoy a la casa de sanidad.

--No, no ha sido eso.

--Pero hasta le ocult el nombre del establecimiento a que va a ser
llevada.

--Despreciable, hipcrita!--exclam Mathys--. Queris ahorraros la
confesin de vuestra falsa! Voy a arrancaros la careta, seora; lo s
todo.

--Qu sabis? Os lo ruego, hablad ms claro, me hacis temblar.

--No le revelasteis a Marta el secreto del nacimiento de Elena?

--Yo! Qu idea tan insensata! Cmo se me podra ocurrir perderme a m
misma?

--No le habis dicho que Elena es hija de un oficial de hsares y que
fu robada a una nodriza cerca de Bruselas?

--Qu pregunta! A Dios gracias, no se me escap una palabra a ese
respecto.

--Qu impavidez y qu osada! Pero la denegacin es intil. Habis
querido vengaros de m y le habis dicho a Marta que la nia fu
conducida al castillo sin que vos lo supierais. De ese modo, cobarde
mentirosa, queris hacer pesar sobre m solo la falta; pero os habis
engaado. La crcel...

--Callaos, callaos, imprudente!--exclam la condesa--. Podran oros.
Qu pesadilla os ha revuelto de ese modo la cabeza? Estis
completamente ofuscado. Que yo le he revelado a Marta el secreto del
nacimiento de Elena? Que yo he vendido mi libertad y mi honor para
satisfacer mi venganza contra vos? Pero, no veis que eso es absurdo e
imposible?

--Traidora!--bram Mathys.

--No queris creerme--prosigui la seora de Bruinsteen--. Si llegis a
probarme que he dejado sospechar ese secreto por una sola palabra, os
doy la mitad de mi fortuna... Os res? No os parece bastante? Si me
convencis de esa estupidez tan cobarde, os doy el derecho ante Dios y
ante los hombres de vengaros de m, aunque sea matndome.

Al or estas palabras, pronunciadas con una energa que no dejaba lugar
a dudas, Mathys dej caer la cabeza sobre el pecho. Convencido al fin de
que haba acusado a la condesa sin razn, se sinti embargado por una
desesperacin profunda; se estremeci de vergenza al pensar que se
haba dejado arrastrar por un ciego amor, a hacer una revelacin fatal,
y que l era el nico traidor para con su cmplice. Resolvi ms
firmemente que nunca el no confesar que haba confiado la prueba del
crimen a Marta. Aunque lo dominara el miedo tena la confusa esperanza
de que el aya no quera hacer nada contra l. Pero, como esta esperanza
era muy dudosa, un sudor fro baaba la frente del intendente
consternado.

--Vamos, mi buen Mathys--dijo la condesa--, estis enfermo. Tengo piedad
de vuestros terrores inexplicables. Tratad de calmar vuestros sentidos
agitados. Hay un medio infalible de convenceros de que vuestras
sospechas eran infundadas. Voy a hacer llamar a Marta.

--Es intil!--exclam el intendente--. Marta ya no est en Orsdael.
Esta noche at las sbanas a las varas de su ventana, y huy del
castillo. Sabe Dios si ya no est a cuatro o cinco leguas de aqu...
Con nuestro secreto! Ay de nosotros! Qu nos ir a suceder?

La condesa lo mir un momento en silencio, como aturdida por la noticia.

--Huy? El aya ha hudo durante la noche del castillo?--murmur--.
Por qu? Qu queris decir?

Se aproxim a Mathys con expresin de clera contenida y pregunt con
voz severa:

--Ha hudo con nuestro secreto, habis dicho, seor? Qu significa
esto? Habis sido lo bastante indiscreto para confirselo?

--Era intil; lo saba todo.

--Pero, por quin? Quin se lo haba dicho? Como no fu yo, tenis que
haber sido vos. Ah! Cuntas veces tem que vuestro estpido amor por
esa mujer nos trajera una desgracia; pero nunca pens que llegarais a
encegueceros hasta ese exceso de locura y de crimen...

--Siento que se me va la cabeza. No s lo que me pasa--dijo sollozando
el intendente, completamente anonadado--. Es un enigma que llena de
espanto; yo no le dije nada; vos tampoco le hicisteis revelacin alguna.
Cmo se explica entonces que lo sepa todo? Existe en el mundo alguna
otra persona que sepa nuestros secretos?

--Nadie ms que nosotros... Pero no os comprendo--dijo la condesa--.
Estis sombro y espantado, como si vuestra condena resonara ya en
vuestros odos! Os crea ms valiente, Mathys! Qu importa lo que ha
sucedido? Que Marta se pondr, a propalar que Elena no es mi hija? Pues
bien, yo sostendr que me calumnia, y en caso de necesidad la demandar,
para que repare ese ultraje a mi honor. Nada ms sencillo; no quedan ni
pruebas ni testigos, y aunque le hubierais revelado el secreto, bastar
decirle que miente descaradamente.

El intendente exhal un profundo suspiro, pero no dijo nada.

Despus de unos instantes de silencio, la seora de Bruinsteen murmur:

--Qu aventura tan sorprendente! Me torturo el espritu para adivinar
qu es lo que se propone Marta. Huir de esa manera en medio de la
noche! Eso debe ser alguna otra tentativa de Federico Bergams. Elena
est en su cuarto?

--S, s, la seorita est en su cuarto--respondi buscando algo en el
bolsillo--. Mirad, le haban deslizado esta carta por debajo de la
puerta. Quiz esto os explique las intenciones de Marta.

La condesa tom el billete y lo ley. Al principio sus labios se
contrajeron de rabia; pero en seguida una sonrisa irnica apareci en
sus labios.

--Parto para salvarte. Dentro de algunas horas sers libre para
siempre... Ah! Ah! No es ms que esto? Ya veremos! El cuarto de
Elena est cerrado, no es cierto, Mathys? No comprendis que es una
nueva molestia que Federico quiere causarnos? Ha corrompido a Marta como
a Rosala, por medio de dinero y de promesas, para favorecer sus
proyectos. Ahora lo comprendo todo. Ha hudo para ir a advertir a
Federico que Elena va a ser conducida a la casa de sanidad. Tiene
esperanza de impedirlo. Vamos, Mathys, poseemos los medios infalibles
para frustrar su esperanza.

--Medios infalibles?--repiti el intendente sumido ms que nunca en sus
temores.

--Ciertamente.

--Y si viniera con los representantes de la justicia?

--Los representantes de la justicia no tienen nada que hacer aqu, y,
por otra parte, no encontraran a Elena. No esperemos el coche que ha de
venir de la ciudad. Haced enganchar el nuestro, y partiris con la
loca. Sea lo que fuere lo proyectado por Marta y Federico, su propsito
fracasar, as que Elena est a algunas leguas de aqu. No temo nada;
todo lo que podra hacerse sera retrasar algunos das la partida de la
loca. Pero una vez que ella est en el camino, me sobrar tiempo para
intentar un proceso contra Marta y su cmplice. No comprendo cmo podis
abatiros tanto por un hecho desagradable, es cierto, pero nada, nada
grave para nosotros. Las cosas pasarn como cuando la visita del
procurador del Rey. Qu se puede intentar contra nosotros, sin ninguno
de los testigos, sin una prueba? Recobrad vuestra calma, amigo mo;
preparaos para el viaje, partid sin demora, haced volar los caballos
hasta que Elena est fuera del alcance de nuestros perseguidores.

Mathys se haba puesto de pie y reflexionaba. Una especie de sonrisa
ilumin su fisonoma, mientras deca con precipitacin:

--S, s, partamos en seguida!... Vamos lejos, muy lejos, muy lejos. Se
me ocurre una idea. Si partiera para Pars con Elena?

--Y por qu no para la casa de sanidad?

--No hay pocas casas de sanidad en Francia.

--No comprendo vuestra intencin.

--Reparad, seora, que la autoridad podra preguntarnos el nombre de la
casa de sanidad, y quiz nuestros enemigos consiguieran de ese modo su
objeto. En Francia todas las pesquisas seran intiles; ms adelante,
cuando todo est cumplido y pueda volver aqu con la loca, tomar
dinero, bastante dinero, para poder salvar all todas las dificultades.

La condesa lo mir con aire burln.

--Mathys, Mathys--le dijo--, tenis miedo como un nio. Me parece que
pensis ms en vuestra seguridad que en la de Elena. No me sorprendera
que a causa de vuestro temor exagerado, quisierais llevaros todo nuestro
dinero. Sea como fuere, id a Francia; quiz sea una medida prudente.
Pero haced ante todo preparar el coche, para que no tengis que esperar
cuando estis prontos. No creo que tengamos que temer nada por ahora;
con todo, apresuraos, porque es necesario preverlo todo.

El intendente se dirigi a la puerta.

La condesa le grit:

--Tened valor, Mathys; la situacin no es tan desesperada como creis.

Pero apenas estuvo delante de la casa se puso plido como un muerto, y
todos los miembros le temblaban.

--Demasiado tarde! Demasiado tarde!--se deca el intendente, dejando
caer los brazos.

--All, por el camino, viene un coche!... Federico Bergams y Marta
estn sentados en el banco delantero. Hay otras personas en el coche...
Pobres de nosotros, estamos perdidos!

--Perdidos?--exclam la condesa despus de un instante de reflexin--.
Perdidos? Todava no, Mathys, y aunque nos tenga que pasar algo
enojoso, nos vengaremos de nuestros delatores. No triunfarn. Vamos,
daos prisa, conducid a Elena a la bodega; bajo la torre de la escalera
secreta. Nadie la encontrar all. Permaneced a su lado hasta que yo os
llame. Dir que ya ha partido. Dejadme hacer; fiad en m. Vuestros
enemigos se marcharn del castillo sin haber descubierto nada. Entonces,
llevaris a la loca a Francia. Pero, Dios mo! qu indeciso y
consternado estis!

Tom al intendente por los hombros, lo empuj fuera de la puerta y lo
mir salir y subir hasta que desapareci en el pasillo. Luego se volvi
hacia la sala, se sent en un silln y tom una actitud indiferente.

Momentos despus se abri la puerta y entr Marta seguida de Federico y
el notario.

--Vil mentirosa!--grit la condesa indicndole la puerta con el dedo--,
salid de mi vista. Marchaos, o llamo a mis sirvientes para que os
arrojen fuera del castillo. La justicia castigar vuestra perversidad.

Se precipit para tocar el cordn de la campanilla; pero el notario le
sujet la mano.

--Qu significa esto?--exclam--. Queris hacerme violencia en mi
propia casa? No soy ms que una mujer, pero...

--Sentaos, seora, os lo ruego, a fin de evitaros una vergenza--dijo el
notario reconducindola a su silln con una frialdad imperiosa--.
Escuchadme un momento. Vais a reconocer que el escndalo os sera
desfavorable.

--En fin, qu es lo que tenis que decirme?--dijo la condesa trmula de
despecho.

--Seora, la nia nacida de vuestro matrimonio con el conde de
Bruinsteen ya no existe, muri en 10 de febrero de 1816. Mediante una
culpable substitucin, fu trada a vuestra casa la hija de un oficial
de hsares que se llamaba Hctor Hagens. Corresponde a la justicia
examinar qu castigo merece un acto semejante, pero nosotros venimos en
nombre de la madre legtima para que su hija nos sea inmediatamente
entregada. No os resistis, seora, porque eso sera obligarnos a
invocar la autoridad de la ley, y pensad en la vergenza pblica que eso
os acarreara.

--Oh! Oh!--dijo sardnicamente la condesa--, no negaris que os he
escuchado con calma. Esa historia de la joven, de un oficial, es un
cuento inventado por los envidiosos; en cuanto a Elena, ya no est en
Orsdael.

--Dios mo!--exclam Marta palideciendo.

--Os imaginabais que no saba por qu habais hudo del castillo
durante la noche como una ladrona?--replic victoriosamente la
condesa--. Ah, sobre la mesa, est el papel que deslizasteis bajo la
puerta de Elena, sirvienta infiel. Querais libertarla? Es decir, la
querais vender a alguien que os haba pagado para traicionarme? Sea
cual fuese el medio que empleis, vuestra infame maquinacin ha sido
descubierta de antemano. Elena ha partido lejos de aqu, para el
extranjero.

Un grito desgarrador se hizo or, y Marta cay sin conocimiento contra
la pared de la sala.

Federico corri hacia ella, le pas el brazo debajo de la cabeza y trat
de volverla en s.

--Seora--dijo el notario a la condesa--. Os estis perdiendo vos misma.
Tenemos pruebas, pruebas irrecusables. La crcel va a abrirse para vos!

--Qu pruebas podis tener de una historia que es mentira?

--Un documento firmado por vos, seora.

--Un documento falso.

--Esperad, vais a quedar anonadada.

El notario corri hacia la viuda desmayada y se puso a buscar con prisa
febril entre los pliegues de su bata para encontrar la prueba escrita.
Los esfuerzos resultaron infructuosos. Temblaba de impaciencia y de
ansiedad, pensando que se hubiera perdido el precioso papel.

--Dios mo! Dios mo! Marta, no es posible! Marta, Marta.

En ese momento se oyeron gritos confusos en el castillo, y antes de que
nadie pudiera hacer un movimiento, la puerta se abri con violencia.
Elena, perseguida por el intendente, entr en la sala y cay a los pies
de la condesa.

Mathys, que pareca ciego de rabia, quiso detenerla; pero Federico dej
caer a Marta en brazos del notario, salt sobre el intendente, lo asi
por el cuello y lo arroj con fuerza irresistible a la pared, mientras
le gritaba fuera de s:

--Si das un solo paso te aplasto!

Mientras tanto, dominada por el terror, la joven gritaba, con los brazos
tendidos hacia la condesa:

--Oh madre ma, perdn, tened piedad de m, me va a asesinar Yo soy
vuestra hija, defendedme, madre, madre querida!

Aquel grito desesperado, aquel dulce nombre de madre, repercuti en el
corazn de Marta. Abri los ojos, pas una mirada vaga a su rededor, y
lanz un profundo suspiro, tendiendo los brazos.

El notario le tom la mano y dijo con voz trmula:

--El papel! La prueba! Aqu est!

Y volvindose a la condesa:

--Ahora, seora, tendris que reconocer que fuisteis vos quien orden
que robara la nia a vuestro sirviente. Es imposible negarlo. Todas las
circunstancias agravantes acompaan al crimen; ya sabis lo que os
espera: la prdida de vuestra fortuna, el eterno deshonor y cinco aos
de presidio!

La seora de Bruinsteen fij un momento la mirada en el papel. Se puso
plida como la muerte, y todo su cuerpo se estremeci. Ech una mirada
de venganza sobre Mathys, que estaba como petrificado; despus lanz un
grito de desesperacin, y dej caer la cabeza sobre la mesa ocultando la
cara con la mano.

--Madre, qu ha sucedido? qu peligro os amenaza?--pregunt la joven
de rodillas, dominada por el miedo y la piedad.

Pero una voz conocida le provoc otra emocin.

--Laura... Elena...!--exclam la viuda completamente vuelta en s--.
No llames madre a esa mujer! Ven aqu, sobre mi corazn, querida ma...

Pero call de pronto, por el temor de que una revelacin inesperada
fuera a causar a su hija una emocin fatal.

--Oh Marta! Vos aqu! Ahora ya no me puede suceder nada
malo!--exclam la joven arrojndose en sus brazos.

Esta, despus de haberla besado tiernamente, la apart de s y dijo con
calma aparente:

--Elena, t no eres hija de esa mujer. Fuiste robada en la cuna. Slo
era tu verdugo, y nada te vincula a ella ni por la sangre ni por el
afecto. Dios te ha dado otra madre.

La joven mir muda y trmula.

--Otra madre?... Oh!... Y vive an!--murmur con voz imperceptible.

--Vive! Vive! domina tu emocin...

--Oh!--exclam la joven--, esa sonrisa divina, esa mirada ardiente, esa
alma en vuestros ojos... Oh! Marta! Marta! si fuerais mi madre, me
morira de felicidad.

--Pues bien; s, Elena... Laura, eres mi hija: yo soy tu madre.

La joven cay casi desmayada sobre el pecho de la viuda; lgrimas de
ternura indecible rodaron por sus mejillas; acarici a la madre, la bes
y luego le dijo ligero:

--Y tambin tengo padre, verdad? Madre, madre ma, dnde est?

--Ay! tu buen padre ya no existe. Toma, hija ma, aqu tienes su
retrato.

Y le entreg a su hija su relicario de oro.

--Hctor! Era mi padre!--exclam la joven arrojndose a sus
rodillas--. Ahora comprendo los secretos que me rodeaban. Oh, que Dios
sea bendecido! He sufrido, he sufrido mucho; pero la recompensa es ms
grande que los dolores soportados!

Federico segua junto a la joven, con la sonrisa de felicidad y la
admiracin en el rostro. Todas aquellas revelaciones y todas aquellas
sacudidas se haban sucedido tan rpidamente, que Elena no haba tenido
an tiempo para advertir su presencia.

Marta le tom la mano y le hizo ponerse de pie, y le dijo:

--Laura, te llamas Laura, hija ma, le has dado gracia a Dios porque le
plugo devolverte una buena madre, pero an no conoces los tesoros de su
bondad para contigo; adems, te ha dado, Laura, un esposo fiel y digno
de ser amado.

--Ah! Federico, Federico!

Y los dos jvenes cayeron en los brazos el uno del otro...

--Bueno, ahora partamos--dijo Marta, tomando a su hija de la mano--.
Huyamos de esta casa de odiosa memoria. Nuestra alegra necesita aire,
alegra, libertad, seguridad...

Pero la condesa, que hasta ese instante haba estado sumida en la
desesperacin, oy estas ltimas palabras con un pnico extremo. Se dej
caer a los pies de Laura, se arrastr sobre las rodillas y se puso a
decir, mientras abundantes lgrimas brotaban de sus ojos, y le caan por
las mejillas:

--Oh seorita, tened compasin de mi desgracia! perdn, perdn, para
una pobre mujer. Maldecidme, tomad mi fortuna, pero no me entreguis a
la justicia. Ser pobre, me arrepentir de mi crimen. Mandadme lo que
queris y obedecer como una esclava; pero no me mandis a la crcel.
Elena... Laura... estoy a vuestros pies. Oh! tened piedad de m, no
rechacis mi splica!

Mathys, al ver a la condesa a los pies de la joven, tambin se puso de
rodillas y se arrastr temblando hasta donde estaba Marta. Implor su
piedad con las manos juntas, y los ojos llorosos. No le dirigi ningn
reproche, se reconoci culpable y confes que, como madre, tena que
proceder como lo haba hecho; pero record su afecto por ella, aquel
sentimiento sincero a que deba la recuperacin de su hija, y le suplic
que no entregara a la vindicta ley a aquel que haba contribudo tanto a
su felicidad.

Esta splica tan humilde hizo que Marta mirara a Mathys profundamente
impresionada e indecisa respecto a lo que deba hacer. Su hija fu a
ponerse con las manos juntas delante de ella.

--Oh madre querida, perdn, perdn para la seora de Bruinsteen!
Perdonadla!

--Quiero olvidarlo todo, hija ma--murmur la viuda--. Mi felicidad no
necesita de la desdicha de la seora ni de la de Mathys. Pero, qu
puedo hacer? No lo s.

--Escuchadme todos--interrumpi el notario--. Puesto que la seora y el
intendente parecen arrepentidos, existe un medio para substraerlos de
la ley y hasta de asegurarles la posesin de lo que les pertenece
personalmente. Pueden expatriarse hoy mismo. Si aceptan mis
proposiciones, les prometo mi ayuda. De ese modo evitarn la prisin, y
nos evitarn graves molestias. Tomad, Marta, recuperad esta prueba.
Guardadla muy bien. Ahora, marchaos; yo me quedo aqu, para terminar
asuntos importantes. Estar a vuestro lado a medioda.

Marta tom a su hija de una mano y a Federico de la otra, conducindola
as hasta el coche que estaba en la puerta del castillo.

La viuda lanz un grito de alegra al ver a Catalina, que estaba parada
en el camino, junto al carruaje. Arrastr a su hija hacia aqulla,
exclamando:

--Ven, Laura, ven; sta es la mujer que te ha devuelto a tu madre; que
se ha sacrificado por tu felicidad y por la ma. Te he dicho que la
abrazaras algn da con tierna gratitud; pues bien, hija ma,
estrchala entre tus brazos; es un corazn noble el que sentirs latir
sobre tu pecho.

Marta y Laura se echaron al cuello de la campesina, y la colmaron de
agradecimientos y de caricias. La vieja lavandera estaba tan emocionada,
que un torrente de lgrimas le corra por los ojos, sin que pudiera
hablar. De pronto, Marta la tom de una mano y la arrastr hasta el
coche.

--Catalina, querida Catalina--le dijo--. Tenis que venir con nosotros.
Vuestro marido os espera en Maraghem. Habr fiesta, quiero que estis a
mi lado; tenis el porvenir asegurado. Mi yerno tiene un corazn noble,
y os pagar vuestra deuda. Vuestro marido ser intendente de sus
tierras, viviris a mi lado, seguiris siendo mi compaera fiel y mi
amiga, hasta que la tumba nos separe. Venid! Venid!

La pobre Catalina estaba aturdida, la alegra la abrumaba; sin embargo,
resisti a la suave violencia de Marta, y rechaz el honor que se le
ofreca. Pero Federico la tom por la cintura, Marta y Laura por los
brazos, y de ese modo Catalina se encontr en el coche, sin saber cmo.

El ltigo resta; el coche parti como una flecha; se alzaron nubes de
polvo en el camino; se oyeron gritos de alegra y el carruaje
desapareci en la vuelta del camino, con la rapidez del viento.

FIN





End of the Project Gutenberg EBook of La nia robada, by Hendrik Conscience

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA NIA ROBADA ***

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