The Project Gutenberg EBook of La Espuma, by D. Armando Palacio Valdes

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Title: La Espuma
       Obras completas de  D. ARMANDO PALACIO VALDES, Tomo VII

Author: D. Armando Palacio Valdes

Release Date: March 9, 2004 [EBook #11529]

Language: Spanish

Character set encoding: ASCII

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             LA ESPUMA



          OBRAS COMPLETAS

                DE

      D. ARMANDO PALACIO VALDES

             TOMO VII

             LA ESPUMA

               1922





I

#Presentacion de la farandula.#


A las tres de la tarde el sol enfilaba todavia sus rayos por la calle de
Serrano banandola casi toda de viva y rojiza luz, que heria la vista de
los que bajaban por la acera de la izquierda mas poblada de casas. Mas
como el frio era intenso, los transeuntes no se apresuraban a pasar a la
acera contraria en busca de los espacios sombreados: preferian recibir
de lleno en el rostro los dardos solares, que al fin, si molestaban,
tambien calentaban. A paso lento y menudo, con el manguito de rica piel
de nutria puesto delante de los ojos a guisa de pantalla, bajaba a tal
hora y por tal calle una senora elegantemente vestida. Tras si dejaba
una estela perfumada que los tenderos plantados a la puerta de sus
comercios aspiraban extasiados, siguiendo con la vista el foco de donde
partian tan gratos efluvios. Porque la calle de Serrano, con ser la mas
grande y hermosa de Madrid, tiene un caracter marcadamente provincial:
poco trafago; tiendas sin lujo y destinadas en su mayoria a la venta de
los articulos de primera necesidad; los ninos jugando delante de las
casas; las porteras sentadas formando corrillos, departiendo en voz alta
con los mancebos de las carnicerias, pescaderias y ultramarinos. Asi
que, no era facil que la gentilisima dama pasara inadvertida como en las
calles del centro. Las miradas de los que cruzaban como de los que se
estaban quietos posabanse con complacencia en ella. Se hacian
comentarios sobre los primores de su traje por las comadres, y se decian
chistes espantosos por los nauseabundos mancebos, que hacian prorrumpir
en rugidos de gozo barbaro a sus companeros. Uno de los mas salvajes y
pringosos vertio en su oido, al cruzar, una de esas brutalidades que
enrojeceria subito el cutis terso de una _miss_ inglesa y le haria
llamar al _policeman_ y hasta quiza pedir una indemnizacion. Pero
nuestra valiente espanola, curada de melindres, no pestaneo siquiera:
con el mismo paso menudo y vacilante de quien pisa pocas veces el polvo
de la calle, continuo su carrera triunfal. Porque lo era a no dudarlo.
Nadie podia mirarla sin sentirse poseido de admiracion, mas aun que por
su lujoso arreo, por la belleza severa de su rostro y la gallardia de la
figura. Llegaria bien a los treinta y cinco anos. El tipo de su rostro
extremadamente original. La tez, morena bronceada; los ojos azules; los
cabellos de un rubio ceniciento. Pocas veces se ve tan extrana mezcla de
razas opuestas en un semblante. Si a alguna se inclinaba era a la
italiana, donde tal que otra, suele aparecer esta clase de figuras que
semejan _ladies_ inglesas cocidas por el sol de Napoles. En ciertos
cuadros de Rafael hay algunas que pueden dar idea de la de nuestra dama.

La expresion predominante de su rostro en aquel momento era la de un
orgulloso desden. A esto contribuia quiza la luz del sol, que le
obligaba a fruncir su frente tersa y delicada. Hay que confesarlo; en
aquel rostro no habia dulzura. Debajo de sus lineas correctas y firmes
se adivinaba un espiritu altivo, sin ternura. Aquellos ojos azules no
eran los serenos y limpidos que sirven de complemento adorable a ciertas
fisonomias virginales que pueden admirarse alguna vez en nuestro pais y
mas a menudo en el norte de Europa. Estaban hechos, sin duda, para
expresar un tropel de vivas y violentas pasiones. Quiza alguna vez
tocara su turno al amor ardiente y apasionado, pero nunca al humilde y
mudo que se resigna a morir ignorado. Llevaba en la cabeza un sombrero
apuntado, de color rojo, con pequeno y claro velo, rojo tambien, que le
llegaba solamente a los labios Los reflejos de este velo contribuian a
dar al rostro el matiz extrano que impresionaba a los que a su lado
cruzaban. Vestia rico abrigo de pieles, con traje de seda del color del
sombrero, cubierta la falda por otra de tul o granadina, que era por
entonces la ultima moda.

Llevaba, como hemos dicho, el manguito levantado a la altura de los
ojos: estos posados en el suelo, como quien nada tiene que ver ni partir
con lo que a su alrededor acaece. Por eso, hasta llegar a la calle de
Jorge Juan, no advirtio la presencia de un joven que desde la acera
contraria y caminando a la par con ella la miraba con mas admiracion aun
que curiosidad. Al llegar aqui, sin saber por que, levanto la cabeza y
sus ojos se encontraron con los de su admirador. Un movimiento bien
perceptible de disgusto siguio a tal encuentro. La frente de la dama se
fruncio con mas severidad y se acentuo la altiva expresion de sus ojos.
Apreto un poco el paso: y al llegar a la calle del Conde de Aranda se
detuvo y miro hacia atras, con objeto sin duda de ver si llegaba un
tranvia. El mancebo no se atrevio a hacer lo mismo: siguio su camino, no
sin dirigirla vivas y codiciosas ojeadas, a las que la gentil senora no
se digno corresponder. Llego al fin el coche, monto en el dejando ver,
al hacerlo, un primoroso pie calzado con botina de tafilete, y fue a
sentarse en el rincon del fondo. Como si se contemplase segura y libre
de miradas indiscretas, sus ojos se fueron serenando poco a poco y se
posaron con indiferencia en las pocas personas que en el carruaje habia;
mas no desaparecio del todo la sombra de preocupacion esparcida por su
rostro, ni el gesto de desden que hacia imponente su hermosura.

El juvenil admirador no habia renunciado a perderla de vista. Siguio,
cierto, por la calle de Recoletos abajo; mas en cuanto vio cruzar el
tranvia se agarro bonitamente a el y subio sin ser notado. Y procurando
que la dama no advirtiese su presencia, ocultandose detras de otra
persona que habia de pie en la plataforma, se puso con disimulo a
contemplarla con un entusiasmo que haria sonreir a cualquiera. Porque
era grande la diferencia de edad que habia entre ambos. Nuestro muchacho
aparentaba unos diez y ocho anos. Su rostro imberbe, fresco y sonrosado
como el de una damisela; el cabello rubio; los ojos azules, suaves y
tristes. Aunque vestido con americana y hongo, por su traje revelaba ser
una persona distinguida. Iba de riguroso luto, lo cual realzaba
notablemente la blancura de su tez. Por esa influencia magnetica que los
ojos poseen y que todos han podido comprobar, nuestra dama no tardo
mucho tiempo en volver los suyos hacia el sitio donde el joven vibraba
rayos de admiracion apasionada. Torno a nublarse su rostro; volvio a
advertirse en sus labios un movimiento de impaciencia, como si el pobre
chico la injuriase con su adoracion. Y ya desde entonces empezo
claramente a dar senales de hallarse molesta en el coche, moviendo la
hermosa cabeza ora a un lado, ora a otro, con visibles deseos de
apearse. Mas no lo hizo hasta llegar a San Jose, frente a cuya iglesia
hizo parar y bajo, pasando por delante de su perseguidor con una
expresion de fiero desden capaz de anonadarle.

O muy temerario era o muy poca vergueenza debia de tener este cuando
salto a la calle en pos de ella y comenzo a seguirla por la del
Caballero de Gracia, caminando por la acera contraria para mejor
disfrutar de la figura que tanto le apasionaba. La dama seguia
lentamente su marcha haciendo volver la cabeza a cuantos hombres
cruzaban a su lado. Era su paso el de una diosa que se digna bajar por
un momento del trono de nubes para recrear y fascinar a los mortales,
que al mirarla se embebian y daban fuertes tropezones.

--iMadre mia del Amparo, que mujer!--exclamo en voz alta un cadete
agarrandose a su companero como si fuese a desmayarse del susto.

La hermosa no pudo reprimir una levisima sonrisa, a cuya luz se pudo
percibir mejor la peregrina belleza de que estaba dotada. En carruaje
descubierto bajaban dos caballeros que le dirigieron un saludo
reverente, al cual respondio ella con una imperceptible inclinacion de
cabeza. Al llegar a la esquina, en la misma red de San Luis, se detuvo
vacilante, miro a todas partes, y percibiendo otra vez al rubio mancebo
le volvio la espalda con ostensible desprecio y comenzo a descender con
mas prisa por la calle de la Montera, donde su presencia causo entre los
transeuntes la misma emocion. Tres o cuatro veces se detuvo delante de
los escaparates aunque se advertia que mas que por curiosidad se paraba
por el estado nervioso en que la persecucion tenaz del jovencito la
habia puesto. Cerca de la Puerta del Sol, sin duda para huirla,
resolviose a entrar en la joyeria de Marabini. Sentose con negligencia
en una silla, levanto un poquito el velo del sombrero y se puso a
examinar con distraccion las joyas recien llegadas que el dependiente de
la tienda fue exhibiendo. Era lo peor que pudo hacer para librarse de
las miradas de su adolescente adorador. Porque este, con toda comodidad,
sobre seguro, se las enfilaba por los cristales del escaparate con una
insistencia que la encolerizaba cada vez mas.

La verdad es que aquella tiendecita primorosamente adornada, donde
brillaban por todas partes los metales y las piedras preciosas, era
digno aposento para la bella; el estuche que mejor convenia a joya tan
delicada. Asi debio de pensarlo el joven rubio, a juzgar por el extasis
apasionado de sus ojos y la inmovilidad marmorea de su figura. Al fin la
dama, no pudiendo vencer la irritacion que esto la producia, alzose
bruscamente de la silla y despidiendose con una frase seca del
dependiente, que le guardaba extraordinarias consideraciones, salio del
comercio y llego hasta la Puerta del Sol a toda prisa. Aqui se detuvo;
luego dio algunos pasos hacia un coche de punto, como si fuese a entrar
en el; pero de pronto cambio de rumbo, y con paso firme se dirigio hacia
la calle Mayor, escoltada siempre y no de lejos por el joven. Al llegar
a la mitad de ella proximamente, entro en una casa de suntuosa
apariencia, no sin lanzar antes una rapida y furibunda mirada a su
perseguidor, que la recibio con entera y rara serenidad.

El portero, que estaba plantado en el umbral atusandose gravemente sus
largas patillas, despojose vivamente de la gorra, le hizo una profunda
reverencia y corrio a abrir la puerta de cristales que daba acceso a la
escalera, apretando en seguida el boton de un timbre electrico. Subio
lentamente la escalera alfombrada, y al llegar al principal la puerta
estaba ya abierta y un criado con librea al pie de ella esperando.

La casa pertenecia al Excmo. Sr. D. Julian Calderon, jefe de la casa de
banca _Calderon y Hermanos_, el cual ocupaba todo el principal de ella,
sirviendose por escalera distinta de los demas pisos, que tenia
alquilados. Este Calderon era hijo de otro Calderon muy conocido en el
comercio de Madrid, negociante al por mayor en pieles curtidas, que con
ellas habia hecho una buena fortuna y que en los ultimos anos de su vida
la habia acrecentado, dedicandose, a la par que al comercio, al giro y
descuento de letras. Fallecido el, su hijo Julian continuo su obra sin
apartarse un punto, manejando con el suyo el haber de sus dos hermanas
casadas, la una con un medico, la otra con un propietario de la Mancha.
A su vez estaba casado, bastantes anos hacia, con la hija de un
comerciante de Zaragoza, llamado D. Tomas Osorio, padre tambien del
conocido banquero madrileno del mismo nombre, que tenia su hotel con
honores de palacio en el barrio de Salamanca, calle de Ramon de la Cruz.
La hermosa dama que acaba de entrar en la casa es la esposa de este
banquero, y hermana politica, por lo tanto, de la senora de Calderon.

Paso por delante del criado sin aguardar a que este la anunciase, avanzo
resueltamente como quien tiene derecho a ello, atraveso tres o cuatro
grandes estancias lujosamente decoradas, y alzando ella misma la rica
cortina de raso con franja bordada, entro en una habitacion mas reducida
donde se hallaban congregadas varias personas. En el sillon mas proximo
a la chimenea estaba arrellanada la senora de la casa, mujer de unos
cuarenta anos, gruesa, facciones correctas, ojos negros, grandes y
hermosos, pero sin luz, la tez blanca, los cabellos de un castano claro
excesivamente finos. Al lado de ella, en una butaquita, estaba otra
senora, que formaba contraste con ella; morena, delgada, menuda, de
extraordinaria movilidad, lo mismo en sus ojillos penetrantes que en
toda su figura. Era la marquesa de Alcudia, de la primer nobleza de
Espana. Las tres jovenes que sentadas en sillas seguian la fila, eran
sus hijas, muy semejantes a ella en el tipo fisico, si bien no la
imitaban en la movilidad: rigidas y silenciosas, los ojos bajos, con
modestia y compostura tan afectadas, que pronto se echaba de ver el
regimen severo a que las tenia sometidas su viva y nerviosa mama. Con
una de ellas hablaba de vez en cuando en voz baja la hija de los senores
de Calderon, nina de catorce o quince anos, carirredonda, de ojos
pequenos, nariz arremolachada y algunos costurones en el cuello,
pregoneros de un temperamento escrofuloso. Esta nina gastaba aun los
cabellos trenzados, con un lacito en la punta de la trenza, lo mismo que
la ultima de las de Alcudia, con quien sostenia timida e intermitente
conversacion. Esta, y sus hermanas, llevaban en la cabeza sendos y
caprichosos sombreros, mientras Esperancita (que asi nombraban a la hija
de los amos) andaba con su cabecita redonda al descubierto. El traje una
_matinee_ azul, demasiadamente corta para sus anos. Los senores de
Calderon solo tenian esta hija y un nino de dos anos. Frente a la
senora, reclinado en una butaca igual, estaba el general Patino, conde
de Morillejo. Hallase entre los cincuenta y sesenta, pero conserva en
sus ojos el fuego de la juventud; sus cabellos grises estan
esmeradamente peinados, los largos bigotes a lo Victor Manuel, la
perilla apuntada, la nariz aguilena le dan un aspecto simpatico y
gallardo. Es el tipo perfecto del veterano aristocrata. A su lado, en
otra butaca, estaba Calderon, hombre de unos cincuenta anos, grueso, de
cara redonda y sonrosada, adornada por cortas patillas grises; los ojos
redondos, vagos y mortecinos. Cerca de el una senora anciana, que era la
madre de la esposa de Calderon, aunque mucho se diferenciaba de ella en
el rostro y la figura: delgada al punto de no tener mas que la piel
sobre los huesos, morena, ojos hundidos y penetrantes, revelando en
todos los rasgos de su fisonomia inteligencia y decision. Hablando con
ella esta Pinedo, el inquilino del cuarto tercero. Aunque su bigote no
tiene canas, se adivina facilmente que esta tenido: su rostro es el de
un hombre que anda cerca de los sesenta: fisonomia bonachona, ojos
saltones que se mueven con viveza, como los que poseen un temperamento
observador. Viste con elegancia y manifiesta extraordinaria pulcritud en
toda su persona.

Al ver en la puerta a nuestra bellisima dama, la tertulia se conmovio.
Todos se alzan del asiento, excepto la senora de Calderon, en cuyo
rostro parado se dibujo una vaga sonrisa de placer.

--iAh, Clementina! iQue milagro el verte por aqui, mujer!

La dama se adelanto sonriente, y mientras besaba a las senoras y daba la
mano a los caballeros, respondia a la carinosa reprension de su cunada.

--iAnda! Aplicate la venda, hija, tu que no pareces por mi casa mas que
por semestres.

--Yo tengo hijos, querida.

--iMiren ustedes que disculpa! Yo tambien los tengo.

--En Chamartin.

--Bueno; el tener hijos no te priva de ir al Real y al paseo.

Clementina se sento entre su cunada y la marquesa de Alcudia. Los demas
volvieron a ocupar sus asientos.

--iAy, hija!--exclamo aquella respondiendo a la ultima frase.--iSi
vieras que catarrazo he pillado la otra noche en el teatro! El tonto de
Ramoncito Maldonado es el que ha tenido la culpa. Con tanto saludo y
tanta ceremonia, no acababa de cerrar la puerta del palco. Aquel aire
colado se me metio en los huesos.

--Ha tenido fortuna ese aire--manifesto con sonrisa galante el general
Patino.

Todos sonrieron menos la interesada, que le miro con sorpresa abriendo
mucho los ojos.

--?Como fortuna?

Fue necesario que el general le diese la galanteria mascada; solo
entonces la pago con una sonrisa.

--?No es verdad que ha estado muy bien Gayarre?--dijo Clementina.

--iAdmirable! como siempre--respondio su cunada.

--Yo le encuentro falto de maneras--expreso el general.

--iOh, no, general!... Permitame usted....

Y se empeno una discusion sobre si el famoso tenor poseia o no poseia el
arte escenico, si era o no elegante en su vestir. Las senoras se
pusieron de su parte. Los caballeros le fueron adversos.

Del tenor pasaron a la tiple.

--Es toda una hermosa mujer--dijo el general con la seguridad y el
acento convencido de un inteligente.

--iOh!--exclamo Calderon.

--Pues yo encuentro a la Tosti bastante ordinaria, ?no le parece a
usted, Clementina?

Esta corroboro la especie.

--No diga usted eso, marquesa; el que una mujer sea alta y gruesa no
indica que sea ordinaria, si tiene arrogancia en el porte y distincion
en las maneras--se apresuro a decir el general, echando al mismo tiempo
una miradita a la senora de Calderon.

--Ni yo sostengo eso, general; no tome usted el rabano por las
hojas--manifesto la marquesa con extraordinaria viveza, atacando despues
con brio y un poquillo irritada la gracia y buen talle de la tiple.

Generalizose la disputa, y sucedio lo contrario que en la anterior. Los
caballeros se mostraron benevolos con la cantante mientras las senoras
le fueron hostiles. Pinedo la resumio, diciendo en tono grave y solemne,
donde se notaba, sin embargo, la socarroneria:

--En la mujer, las buenas formas son mas esenciales que en el hombre.

Clementina y el general cambiaron una sonrisa y una mirada
significativas. La marquesa miro al pulcro caballero con dureza y
despues se volvio rapidamente hacia sus hijas, que seguian con los ojos
bajos, en la misma actitud rigida y silenciosa de siempre. Pinedo
permanecio grave e indiferente, como si hubiese dicho la cosa mas
natural del mundo.

--Pues yo, amigo Pinedo, creo que los hombres deben tener tambien buenas
formas--manifesto la panfila senora de Calderon.

Al decir esto se oyo un resuello debil, como de risa reprimida con
trabajo. Era la ultima nina de la marquesa de Alcudia, a quien su mama
dirigio una mirada pulverizante. La fisonomia de la nina volvio
instantaneamente a su primitiva expresion timida y modesta.

--Es una opinion ...--respondio Pinedo, inclinandose respetuosamente.

Este Pinedo, que ocupaba uno de los cuartos terceros de la misma casa
propiedad de Calderon, desempenaba un empleo de bastante importancia en
la Administracion publica. Los vaivenes de la politica no lograban
arrancarle de el. Tenia amigos en todos los partidos, sin que se hubiese
jamas decidido por ninguno. Hacia la vida del hombre de mundo; entraba
en las casas mas aristocraticas de la corte; trataba familiarmente a la
mayoria de los personajes de la banca y la politica; era socio antiguo
del _Club de los Salvajes_, donde se placa en bromear todas las noches
con los jovenes aristocratas que alli se reunian, quienes le trataban
con harta confianza que no pocas veces degeneraba en groseria. Era
hombre afable, inteligente, muy corrido y experto en el trato de los
hombres; tolerante con toda clase de vanidades por el mismo desprecio
que sentia hacia ellas. No obstante, con la apariencia de hombre cortes
e inofensivo, guardaba en el fondo de su alma un fondo satirico que le
servia para vengarse lindamente, con alguna frase incisiva y oportuna,
de las demasias de sus amiguitos los sietemesinos del _Club_. Estos le
profesaban una mezcla de afecto, desprecio y miedo. Nadie conocia su
procedencia, aunque se daba por seguro que habia nacido en humilde cuna.
Unos le hacian hijo de un carnicero de Sevilla; otros le declaraban
granuja de la playa de Malaga en su juventud. Lo que se sabia de
positivo, era que hacia ya muchos anos habia aparecido en Madrid como
parasito de un titulo andaluz, el cual, despues de haber disipado su
fortuna, se salto los sesos. En la compania de este, nuestro Pinedo
adquirio gran numero de relaciones utiles, llego a conocer y tratar a
toda la gente que hacia viso, entre la cual era popular. Tenia el buen
tacto de echarse a un lado cuando tropezaba con un hombre inflado y
soberbio, dejandole paso. No excitaba los celos de nadie y esto es medio
seguro de no ser aborrecido. Al mismo tiempo su ingenio, su caracter
socarron, que procuraba mantener siempre dentro de ciertos limites,
despertaba a menudo la alegria en las tertulias; bastaba para darle en
ellas cierta significacion, que de otro modo no hubiera disfrutado.

No tenia mas familia que una hija de diez y ocho anos llamada Pilar. Su
mujer, a quien nadie conocio, habia muerto muchos anos hacia. Su sueldo
era de cuarenta mil reales, y con el vivian economicamente padre e hija,
en el tercero que Calderon les dejaba por veintidos duros al mes. Los
gastos mayores de Pinedo eran de representacion. Como frecuentaba una
sociedad muy superior a la que, dada su posicion, le correspondia, era
preciso vestir con elegancia y asistir a los teatros. Comprendiendo la
necesidad absoluta de seguir cultivando sus relaciones, que eran las
pilastras en que su empleo se sustentaba, imponiase tales dispendios sin
vacilar, ahorrandolo en otras partidas del presupuesto domestico. Vivia,
pues, en situacion permanente de equilibrio. El empleo le permitia
frecuentar la sociedad de los prepotentes, mientras estos le ayudaban
inconscientemente a mantenerse en el empleo. Ningun ministro se atrevia
a dejar cesante a un hombre con quien iba a tropezar en todas las
tertulias y saraos de la corte. Luego Pinedo tenia el honor de hablar
alguna vez con las personas reales: ciertas frases suyas corrian por los
salones y se celebraban mas quiza de lo que merecian, por lo mismo que
en los salones suele haber poco ingenio: tiraba bastante bien con
carabina y con pistola y era inteligentisimo y poseia una copiosa
biblioteca tocante al arte culinario. Los mas altos personajes se
sentian lisonjeados cuando oian decir que Pinedo elogiaba a su cocinero.

--?Cuando has estado en el colegio, Pacita?--le pregunto en voz baja
Esperanza a la menor de la marquesa de Alcudia.

--Pues el viernes; ?no sabes que mama nos lleva todos los viernes a
confesar? ?Y tu?

--Yo hace lo menos tres semanas que no he estado. Mama y yo nos
confesamos cada mes.

--?Y se conforma con eso el padre Ortega?

--A mi no me dice nada.... No se si a mama....

--No le dira, no: ya sabe muy bien donde pone el pie. ?Has visto a las
de Mariani?

--Si; hace pocos dias, en el Retiro.

--?No sabes que Maria se ha echado un novio?

--No me ha dicho nada.

--Si, de caballeria ... hijo del brigadier Arcos.... iUn tio mas
desgalichado! Feo no es; pero le tiemblan las piernas cuando anda como
si saliese del hospital.... Ya ves, como la mama es querida del
brigadier ... todo queda en casa.

--Y tu, ?sigues con tu primo?

--No te lo puedo decir. El lunes se marcho enfadado y no ha vuelto por
casa. Mi primo no es lo que parece; no es una mosquita muerta, sino un
pillo muy largo, que si le dan el pie se toma la mano.... iAnda! pues si
no anduviese yo con ojo, no se adonde hubiera parado con la marcha que
llevaba.... ?Sabes que estaba empenado en que le regalase mis ligas?

--iJesus!--exclamo la nina de Calderon riendo.

--Lo que oyes, hija.... Por supuesto que yo le puse de sucio y de
gorrino que no habia por donde cogerle.... Se marcho muy amoscado, pero
ya volvera.

--Tu primo monta muy bien. Le he visto ayer a caballo.

--Lo unico que sabe hacer. Las letras le estorban. Se ha examinado ya
seis veces de Derecho romano y siempre ha salido suspenso.

--iQue importa!--exclamo la nina de Calderon con un desprecio que
hubiera estremecido a Heinecio en su tumba. Y anadio en seguida:

--?Esos sombreros os los ha hecho Mme. Clement?

--No, los ha encargado mama a Paris por la senora de Carvajal, que ha
llegado el sabado.

--Son muy bonitos.

--Mas que los que hace Mme. Clement ya son.

Y se enfrascaron por breves momentos en una platica de moda.

La nina de Calderon, que era bastante fea, poseia, no obstante, cierto
atractivo que provenia acaso de sus cortos anos, acaso tambien de una
boca de labios gruesos y frescos y dientes iguales y blancos, donde la
sensualidad habia dejado su sello. La ultima de Alcudia era una chicuela
de temperamento enfermizo, que no tenia mas que huesos y ojos.

--Oye--le dijo Esperanza cuando se hubieron cansado de hablar de
sombreros--, ?sabes que el ultimo dia que he estado en el colegio les
lleve el retrato de mi hermanito?... Veras que paso mas gracioso. Lo han
retratado desnudo, y como tiene aquello descubierto, la hermana Maria de
la Saleta no queria ensenarlo a las ninas. Las chicas comenzaron a
gritar: "iqueremos verlo! iqueremos verlo!" ?Sabes lo que hizo entonces?
Pues lo fue ensenando con la mano puesta encima, dejando solo ver el
pecho y la cabeza.

--iChica, que gracia tiene eso!--exclamo Pacita soltando la carcajada.

Esperanza la secundo, riendo ambas de tan buena gana que concluyeron por
llamar la atencion de la tertulia, sobre todo de la marquesa, que volvio
a dirigir a su hija una mirada severisima.

Entraba en aquel momento una senora que representaba cuarenta anos; el
rostro, hermoso aun, pintado, con senales impresas mas que de los anos,
de una vida agitada y galante.

--Aqui esta Pepa Frias--dijo sonriendo Mariana, la esposa de Calderon.

--Eso es; aqui esta Pepa Frias--respondio con afectado mal humor la
misma--. Una mujer que no tiene pizca de vergueenza al poner los pies en
esta casa.

Los tertulios rieron.

--?Tu te crees por lo visto que soy de la Inclusa? ?que no tengo casa?
Pues si que la tengo, Salesas, 60, principal.... Es decir, la tiene el
casero.... Pero le pago, lo que no haran seguramente todos tus
inquilinos. Perdone usted, Pinedo; no le habia visto.... Y tambien tengo
mis sabados ... y no hay tanto calor como aqui iuf! y doy chocolate y
te, y conversacion y todo ... lo mismo que aqui.

Mientras decia esto, iba saludando a los circunstantes con semblante
furioso. Pero como todos sabian a que atenerse, reian.

Era una mujer metida en carnes, los cabellos artificialmente rubios, los
ojos un poco saltones, pero hermosos, la boca fresca y sensual; una
mujer agradable, en suma, que habia tenido y que seguia teniendo, a
pesar de sus anos, muchos apasionados.

--Lo que no hay--anadio acercandose a la senora de Calderon y dandole
dos sonoros besos en las mejillas--es una mujer tan ingrataza y tan
insignificante como tu.... Por supuesto, que yo no vengo ya a verte a
ti, sino a mi senor D. Julian, que alguna vez que otra sube a darme las
buenas tardes y a decirme como anda la cotizacion.... Y a proposito de
cotizacion, Clementina, dile a tu marido que suspenda aquello hasta que
le avise.... Mejor dicho, no le digas nada; yo pasare esta noche por tu
casa.

--iPero hija, que lios traes siempre con el papel y la Bolsa y las
acciones!--exclamo Mariana.

--Pues los mismos que tu traerias si no tuvieses un marido tan activo
que se encarga de calentarse la cabeza para que tu la tengas fresca y
descansada....

--Vaya, Pepa, no me eche usted piropos, que voy a ponerme colorado--dijo
Calderon.

--No digo mas que la verdad. iSi creeran que es plato de gusto estar
pensando en si baja o si sube el papel, escribir cartas y endosos y
andar camino del Banco!

--Imagino yo, Pepa--manifesto el general con sonrisa galante--que por
mas que diga, usted tiene aficion a los negocios.

--?Imagina usted? iQue raro!

--No tengo tanta imaginacion como usted, pero alguna si--respondio el
general un poco molestado por la risa que la frase de Pepa habia
producido.

Esta Pepa era una mujer que gozaba fama de chistosa en sociedad, aunque
realmente su gracia se confundia a menudo con la desvergueenza. Hablar
siempre con rostro enojado, llamar a las cosas por su nombre, por crudo
que fuese, decir una fresca al lucero del alba; tales eran las
cualidades que habian logrado darle popularidad en los salones. Habia
quedado viuda bastante joven, con dos hijos, un varon que habia seguido
la carrera de marino y que a la sazon estaba navegando, y una hija a
quien habia casado hacia un ano. Su marido habia sido comerciante, y en
los ultimos anos jugaba en la Bolsa con fortuna. En esta temporada, Pepa
contrajo la misma pasion. Una vez viuda siguio alimentandola. La
prudencia, o por mejor decir la timidez que caracteriza a las mujeres en
los negocios, la habian librado de la ruina, que suele ser, tarde o
temprano, inevitable para los apasionados al juego. Algo se habia
mermado su fortuna, pero aun disfrutaba de un envidiable bienestar.

--Pepa, el asunto marcha admirablemente--dijo Pinedo--. De Zaragoza han
pedido un volcan y en la Coruna ha resuelto el Ayuntamiento establecer
dos, al oriente y al poniente de la ciudad.

--Me alegro, me alegro muchisimo. ?De manera que no suelto las acciones?

--Nunca; el sindicato tiene seguridad de que antes de un mes subiran a
trescientos.

Los pocos que estaban en la broma rieron. Los demas fijaron en ellos sus
ojos con curiosidad.

--?Que es eso de los volcanes, Pinedo?--pregunto la esposa de Calderon.

--Senora, se ha formado una sociedad para establecer volcanes en las
poblaciones.

--iAh! ?Y para que sirven esos volcanes?

--Para la calefaccion, y ademas como objeto de adorno.

Todos comprendieron ya la burla menos la linfatica senora, que siguio
preguntando con interes los pormenores del negocio. Los tertulios reian,
hasta que Calderon, entre risueno y enojado, exclamo:

--iPero mujer, no seas tan candida! ?No ves que es una guasa que se
traen Pepa y Pinedo?

Estos protestaron afectando gran formalidad, pero la primera dijo al
oido del segundo:

--Si sera panfila esta Mariana, que hace ya tres meses que el general
Cruzalcobas le esta haciendo el amor y aun no se ha enterado.

Asi llamaba Pepa al general Patino, y no sin fundamento. A pesar de su
apuesta figura un tanto averiada, y de su continente marcial, Patino era
un veterano falsificado. Sus grados habian sido ganados sin derramar una
gota de sangre. Primero como ayo instructor del arte militar de una
persona real; miembro despues de algunas comisiones cientificas, y
empleado ultimamente en el ministerio de la Guerra, cultivando la
amistad de todos los personajes politicos; diputado varias veces;
senador por fin y ministro del Tribunal Supremo de Guerra y Marina, no
habia estado en el campo de batalla sino persiguiendo a un general
revolucionario, y eso con firme proposito de no alcanzarle nunca. Como
habia viajado un poco y se jactaba de haber visto todos los adelantos
del arte de la guerra, pasaba por militar instruido. Estaba suscrito a
dos o tres revistas cientificas; citaba en las tertulias, cuando se
tocaba a su profesion, algunos nombres alemanes; para discutir empleaba
un tono enfatico y sacaba voz de gola que imponia respeto a los oyentes.
Pero la verdad es que las revistas se quedaban siempre por abrir sobre
la mesa de noche, y los nombres alemanes, aunque bien pronunciados, no
eran mas que sonidos en su boca. Preciabase de militar a la moderna por
esto y por vestir siempre de paisano. Amaba las artes, sobre todo la
musica: abonado constante al teatro Real y a los cuartetos del
Conservatorio. Amaba tambien las flores y las mujeres, muy especialmente
a la mujer del projimo. Era catador insaciable de la fruta del cercado
ajeno. Su vida se deslizaba modesta y feliz, regando las gardenias de su
jardincito de la calle de Ferraz y seduciendo a las esposas de los
amigos. Hacia esto ultimo por vocacion, como se deben hacer las cosas, y
ponia en ello todo el empeno y concentraba todas las fuerzas de su
lucida inteligencia, lo cual es de absoluta necesidad para hacer algo
grande y provechoso en el mundo. Sus conocimientos estrategicos, que no
habia tenido ocasion de aplicar en el campo de batalla, servianle
admirablemente para entrar a saco en el corazon de las bellas damas de
la corte. Bloqueaba primero la plaza con miradas languidas, acudiendo a
los teatros, al paseo, a las iglesias que ellas frecuentaban. En todas
partes el sombrero flamante y reluciente de Patino se agitaba en el aire
declarando la ardiente y respetuosa pasion de su dueno. Estrechaba
despues el cerco intimando en la casa, trayendo confites a los ninos,
comprandoles juguetes y libros de estampas, llevandoles alguna vez a
almorzar. Se hacia querer de los criados con regalos oportunos. Venia
despues el asalto; la carta o la declaracion verbal. Aqui desplegaba
nuestro general una osadia y un arrojo singulares que, contrastaban
notablemente con la prudencia y habilidad del cerco. Esta complejidad de
aptitudes ha caracterizado siempre a los grandes capitanes, Alejandro,
Cesar, Hernan Cortes, Napoleon.

Los anos no conseguian ni calmar su pasion por las altas empresas ni
mermar sus extraordinarias facultades. O por mejor decir lo que perdia
en vigor ganabalo en arte, con lo que se restablecia el equilibrio en
aquel privilegiado temperamento. Mas la fortuna, segun ha tenido a bien
comunicar a varios filosofos, se niega a ayudar a los viejos. El insigne
capitan habia experimentado en los ultimos tiempos algunos descalabros
que no podian atribuirse a falta de prevision o valor, sino a la
versatilidad de la suerte. Dos jovenes casadas le habian dado calabazas
consecutivamente. Como sucede a todos los hombres de verdadero genio en
quien los reveses no producen desmayos femeniles, antes sirven para
concentrar y vigorizar las fuerzas de su espiritu. Patino no lloro como
Augusto sobre sus legiones. Pero medito, y medito largamente. Y su
meditacion fue de fecundos resultados. Un nuevo plan estrategico,
asombroso como todos los suyos, surgio del torbellino de sus
pensamientos elevados. Dandose cuenta perfecta del estado y cantidad de
sus fuerzas de ataque y calculando con admirable precision el grado de
resistencia que podian ofrecerle sus dulces enemigos, comprendio que no
debia atacar las plazas nuevas, cuyas fortificaciones son siempre mas
recias, sino aquellas que por su antigueedad empezasen ya a desmoronarse.
Tal viva penetracion del arte y tal destreza en la ejecucion como el
general poseia, anunciaban desde luego la victoria. Y, en efecto, a
consecuencia del nuevo y acertado plan de ataque, comenzaron a rendirse
una en pos de otra, a sus armas, no pocas bellezas de las mejor
sazonadas y maduras de la capital. Y en los brazos de estas Venus de
plateados cabellos siguio recogiendo el merecido premio a su prudencia y
bravura.

Como el cartagines Anibal, Patino sabia variar en cada ocasion de
tactica, segun la condicion y temperamento del enemigo. Con ciertas
plazas convenia el rigor, desplegar aparato de fuerza. En otras era
necesario entrar solapadamente sin hacer ruido. A una dama le gustaba el
aspecto marcial y varonil del conquistador; se deleitaba escuchando las
memorables jornadas de Garravillas y Jarandilla, cuando iba persiguiendo
a los sublevados. A otra le placa oirle disertar en estilo correcto con
su hermosa voz de gola, acerca de los problemas politicos y militares. A
otra en fin, le extasiaba oirle interpretar alguna famosa melodia de
Mozart o Schuman en el violoncelo. Porque nuestro heroe tocaba el
violoncelo con rara perfeccion y fuerza es confesar que este
delicadisimo instrumento le ayudo poderosamente en las mas de sus
famosas conquistas. Arrastraba las notas de un modo irresistible,
indicando bien claramente que, a pesar de su arrojado y belicoso
temperamento, poseia un corazon sensible a las dulzuras del amor. Y por
si este arrastre oportunisimo de las notas no lo decia con toda
claridad, corroboralo un alzar de pupilas y meterlas en el cogote,
dejando descubierto solo el blanco de los ojos, cuando llegaba al punto
algido o patetico de la melodia, que realmente era para impresionar a
cualquier belleza por aspera que fuese.

La maliciosa insinuacion de Pepa Frias tenia fundamento. El bravo
general hacia ya algun tiempo "que estaba poniendo los puntos" a la
senora de Calderon, aunque esta no daba senales de advertirlo. Jamas en
sus muchas y brillantes campanas se le habia presentado un caso
semejante. Disparar contra una plaza durante algunos meses canonazos y
mas canonazos, meter dentro de ella granadas como cabezas y permanecer
tan sosegada, durmiendo a pierna suelta como si le echasen bolitas de
papel. Cuando el general le soltaba algun requiebro a quemarropa,
Mariana sonreia bondadosamente.

--Callese usted, picaro. iBuen pez debio usted de haber sido en sus
buenos tiempos!

Patino se mordia los labios de coraje. iLos buenos tiempos! iEl, que
pensaba que nunca los habia tenido mejores! Pero con su inmenso talento
diplomatico sabia disimular y sonreia tambien como el conejo.

--?Cuando te han comprado esa pulsera?--pregunto Pacita a Esperanza,
reparando en una caprichosa y elegante que esta traia.

--Me la ha regalado el general hace unos dias.

--iAh! ?El general, por lo visto, te hace muchos regalos?--dijo la de
Alcudia con leve expresion ironica que su amiga no entendio.

--Si; es muy bueno, siempre nos trae regalos. A mi hermanito le ha
comprado una medalla preciosa.

--?Y a tu mama no le hace regalos?

--Tambien.

--?Y que dice tu papa?

--?Mi papa?--exclamo la nina levantando los ojos con sorpresa--, ?que ha
de decir?

Pacita, sin contestar, llamo la atencion de una de sus hermanas.

--Mercedes, mira que pulsera tan bonita le ha regalado el general a
Esperanza.

La segunda de Alcudia perdio su rigidez por un momento, y tomando el
brazo de Esperanza la examino con curiosidad.

--Es muy bonita. ?Te la ha regalado el general?--pregunto cambiando al
mismo tiempo con su hermana una mirada maliciosa.

--Aqui esta Ramoncito--dijo Esperanza volviendo los ojos a la puerta.

--iAh! Ramoncito Maldonado.

Un joven delgado, huesudo, palido, de patillas negras que tocaban en la
nariz, como las gastaba entonces el rey, y a su imitacion muchos jovenes
aristocratas, entro sonriente y comenzo a saludar con desembarazo a
todos, apretandoles la mano con leve sacudida y acercandola al pecho,
del modo extravagante que se hace algunos anos entre los pisaverdes
madrilenos. En cuanto el entro esparciose por la habitacion un perfume
penetrante.

--iJesus, que peste!-exclamo por lo bajo Pepa Frias despues de darle la
mano-. iQue afeminado es este Ramoncito!

--iHola, barbian!-dijo el joven tomando de la barba con gran
familiaridad a Pinedo-. ?Que te has hecho ayer? Pepe Castro ha
preguntado por ti....

--?Ha preguntado por mi Pepe Castro? iTanto honor me confunde!

Causaba cierta sorpresa ver a Maldonado tutear a un hombre ya entrado en
anos y de venerable aspecto. Todos los mozalbetes del _Club de los
Salvajes_ hacian lo mismo, sin que Pinedo se diese por ofendido.

--Ahi tienes a Mariana--siguio este--que acaba de hablar perrerias de
ti, y con razon.

--?Pues?

--No haga usted caso, Ramoncito--exclamo la senora de Calderon asustada.

--Y Pepa tambien.

--?Usted, Pepa?-pregunto el mancebo queriendo demostrar desembarazo,
pero inquieto en realidad, porque la de Frias era con razon temida.

--Yo, si. Vamos a cuentas, Ramoncito, ?que se propone usted echando
sobre si tanto perfume? ?Es que pretende usted seducirnos a todas por el
organo del olfato?

--Por cualquier organo me agradaria seducir a usted, Pepa. La tertulia
celebro la respuesta. Se oyo una espontanea carcajada. Pacita la habia
soltado. Su mama se mordio los labios de ira y encargo a la hija que
tenia mas cerca que hiciese presente a la otra, para que a su vez lo
comunicase a la menor, que era una desvergonzada y que en llegando a
casa se verian las caras.

--iHombre, bien! choque usted--exclamo la de Frias, dando la mano a
Ramoncito-. Es la unica frase regular que le he oido en mi vida.
Generalmente no dice usted mas que tonterias.

--Muchas gracias.

--No hay de que.

--Ya hemos leido la pregunta que usted hizo en el Ayuntamiento,
Ramoncito--dijo la senora de Calderon, mostrandose amable para
desvirtuar la acusacion de Pinedo.

--iPs! cuatro palabrejas.

--Por ahi se empieza, joven--manifesto Calderon con acento Protector.

--No; no se empieza por ahi--dijo gravemente Pinedo--. Se empieza por
_rumores_. Luego vienen las _interrupciones.... (iEs inexacto!
iPruebemelo su senoria! La culpa es de los amigos de su senoria.)_ En
seguida llegan los ruegos y las preguntas. Despues la explicacion de un
voto particular o la defensa de una proposicion incidental. Por ultimo,
la intervencion en los grandes debates economicos.... Pues bien. Ramon
se encuentra ya en la tercer categoria, en la de los ruegos.

--Gracias, Pinedito, gracias--respondio el joven algo amoscado--.Pues ya
que he llegado a esa categoria, _te ruego_ que no seas tan guason.

--iHombre, tampoco esta mal eso!--exclamo Pepa Frias con asombro--.
Ramoncito, va usted echando ingenio.

El joven concejal fue a sentarse entre la nina de la casa y la menor de
Alcudia, que se apartaron de mala gana para dejarle introducir su silla.
Este Maldonado, muchacho de buena familia, no enteramente desprovisto de
bienes de fortuna y elegido recientemente concejal por la Inclusa,
dirigia desde hace algun tiempo sus obsequios a la nina de Calderon. Era
un matrimonio bastante proporcionado, al decir de los amigos. Esperanza
seria mas rica que Ramoncito, porque la hacienda de D. Julian era solida
y considerable; pero aquel, que tampoco estaba en la calle, tenia ya
comenzada con buenos auspicios su carrera politica. Los padres de la
chica ni se oponian ni alentaban sus pretensiones. Con el aplomo y la
superioridad que da el dinero, Calderon apenas fijaba la atencion en
quien requeria de amores a su hija, abrigando la seguridad de que no le
faltarian buenos partidos cuando quisiera casarla. Y en efecto, cinco o
seis pollastres de lo mas elegante y perfilado de la sociedad madrilena
zumbaban en los paseos, en las tertulias y en el teatro Real alrededor
de la rica heredera, como zanganos en torno de una colmena. Ramoncito
tenia varios rivales, algunos de consideracion. No era lo peor esto,
sino que la nina, tan apagada de genio, tan timida y silenciosa
ordinariamente, solo con el era atrevida y desenfadada, autorizandose
bromitas mas o menos inocentes, respuestas y gestos bruscos que
mostraban bien claro que no le tomaba en serio. Por eso le decia a
menudo Pepe Castro, su amigo y confidente, que se hiciese valer un poco
mas; que no se manifestase tan rendido ni ansioso; que a las mujeres hay
que tratarlas con un poco de desden.

Este Pepe Castro no solo era el amigo y el confidente de Maldonado, pero
tambien su modelo en todos los actos de la vida social y privada. Los
juicios que pronunciaba acerca de las personas, los caballos, la
politica (de esto hablaba pocas veces), las camisas y los bastones eran
axiomas incontrovertibles para el joven concejal. Imitabale en el
vestir, en el andar, en el reir. Si el otro compraba una jaca espanola
cruzada, ya estaba Ramoncito vendiendo la suya inglesa para adquirir
otra parecida; si le daba por saludar militarmente llevandose la mano
abierta a la sien, a los pocos dias Ramoncito saludaba a todo el mundo
como un recluta; si tomaba una chula por querida, no tardaba mucho
nuestro joven en pasear por los barrios bajos en busca de otra. Pepe
Castro se peinaba echando el pelo hacia adelante, para ocultar cierta
prematura calva. Ramoncito, que tenia un pelo hermoso se peinaba
tambien hacia adelante. Hasta la calva hubiera imitado con gusto por
parecerle mas _chic_. Pues bien, a pesar de tan devota imitacion no
habia podido obedecerle en lo tocante a sus incipientes amores. Y esto
porque, aunque parezca raro, Ramoncito habia llegado a interesarse de
verdad por la nina. El amor pocas veces es un sentimiento simple. A
menudo contribuyen formarle y darle vida otras pasiones, como la
vanidad, la avaricia, la lujuria, la ambicion. Asi formado apenas se
distingue del verdadero amor: inspira el mismo vigilante cuidado y causa
las mismas zozobras y penas. Ramoncito se creia sinceramente enamorado
de Esperancita, y acaso tuviera razon para ello, pues la apetecia,
pensaba en ella a todas horas, buscaba con afan los medios de agradarla
y aborrecia de muerte a sus rivales. Por mas que se esforzaba en seguir
los consejos del admirado Pepe Castro, procurando ocultar su inclinacion
o al menos la vehemencia con que la sentia, no lo lograba. Habia
empezado por calculo a festejarla, con el dominio sobre si de un hombre
que tiene libre el corazon: habia llegado pronto, gracias a la
resistencia desdenosa de la chica, a preocuparse vivamente, a sentirse
aturdido y fascinado en su presencia. Luego la competencia de otros
pollos le encendia la sangre y los deseos de hacerse pronto dueno de la
mano de la nina. En obsequio a la verdad, hay que decir que se habia
olvidado "casi" de los millones de Calderon, que amaba ya a la hija
"casi" desinteresadamente.

--?Conque ha hablado usted en el Ayuntamiento, Ramon?--le pregunto
Pacita--. ?Y que ha dicho usted?

--Nada, cuatro palabras sobre el servicio de alcantarillas--respondio
con afectado aire de modestia el joven.

--?Pueden ir las senoras al Ayuntamiento?

--?Por que no?

--Pues yo quisiera mucho oirle hablar un dia.... Y Esperancita tiene mas
deseos que yo, de seguro.

--iNo, no!... Yo no--se apresuro a decir la nina.

--Vamos, chica, no lo disimules. ?No has de tener ganas de oir hablar a
tu novio?

Esperanza se puso como una amapola y exclamo precipitadamente:

--Yo no tengo novio, ni quiero tenerlo.

Ramoncito tambien se puso colorado.

--iPero que cosas tan horribles tienes, Paz!--siguio aturdida y
confusa--. No vuelvas a hablar asi porque me marcho de tu lado.

--Perdona, hija--dijo la maliciosa nina, que se gozaba en el
aturdimiento de su amiga y del concejal--. Yo creia.... Hay muchos que
lo dicen.... Entonces, si no es Ramon sera Federico.... Maldonado
fruncio el entrecejo.

--Ni Federico ni nadie.... iDejame en paz!... mira, aqui esta el padre
Ortega; levantate.




II

#Mas personajes.#


Un clerigo alto, de rostro palido y redondo, joven aun, con ojos azules
y mirada vaga de miope, aparecio en la puerta. Todos se levantaron. La
marquesa de Alcudia avanzo rapidamente y fue a besarle la mano. Detras
de ella hicieron lo mismo sus hijas, Mariana y las demas senoras de la
tertulia.

--Buenas tardes, padre--. Buenos ojos le vean, padre--. Sientese aqui,
padre.--No, ahi no, padre; vengase cerca del fuego.

El sexo masculino le fue dando la mano con afectuoso respeto. La voz del
sacerdote, al preguntar o responder en los saludos era suave, casi de
falsete, como si en la pieza contigua hubiese un enfermo; su sonrisa era
triste, protectora, insinuante. Parecia que le habian arrancado a su
celda y a sus libros con gran trabajo, que entraba alli con repugnancia,
solo por hacer algun bien con el contacto de su sabia y virtuosisima
persona a aquellos buenos senores de Calderon, de quienes era director
espiritual. Sus habitos y sotana eran finos y elegantes; los zapatos de
charol con hebilla de plata; las medias de seda.

Le dieron la enhorabuena calurosamente por una oracion que habia
pronunciado el dia anterior en el oratorio del Caballero de Gracia. El
se contento con sonreir y murmurar dulcemente:

--Densela a ustedes, senoras, si han sacado algun fruto.

El padre Ortega no era un clerigo vulgar, al menos en la opinion de la
sociedad elegante de la corte, donde tenia mucho partido. Sin pecar de
entremetido frecuentaba las casas de las personas distinguidas. No le
gustaba hacer ruido ni llamar la atencion de las tertulias sobre si. No
daba ni admitia bromas, ni tenia el temperamento abierto y jaranero que
suele caracterizar a los sacerdotes que gustan del trato social. Si era
intrigante, debia de serlo de un modo distinto de lo que suele verse en
el mundo. Discreto y afable, humilde, grave y silencioso cuando se
hallaba en sociedad, procurando borrar y confundir su personalidad
entre las demas, adquiria relieve cuando subia a la catedra del Espiritu
Santo, lo que hacia a menudo. Alli se expresaba con desenfado y
verbosidad sorprendentes. No lograba conmover al auditorio ni lo
pretendia, pero demostraba un talento claro y una ilustracion poco comun
en su clase. Porque era de los poquisimos sacerdotes que estaban al
tanto de la ciencia moderna, o al menos semejaba estarlo. En vez de las
platicas morales que se usan y de las huecas y disparatadas
declamaciones de sus colegas contra la ciencia y la razon, los sermones
de nuestro escolapio trascendian fuertemente a lecturas modernisimas: en
todos ellos procuraba demostrar directa o indirectamente que no existe
incompatibilidad entre los adelantos de la ciencia y el dogma. Hablaba
de la evolucion, del transformismo, de la lucha por la existencia,
citaba a Hegel alguna vez, traia a cuento la teoria de Malthus sobre la
poblacion, el antagonismo del trabajo y el capital. De todo procuraba
sacar partido en defensa de la doctrina catolica. Para rechazar los
nuevos ataques era necesario emplear nuevas armas. Hasta se confesaba,
en principio, partidario de las teorias de Darwin, cosa que tenia
sorprendidos e inquietos a algunos de sus timoratos amigos y penitentes,
pero esto mismo contribuia a infundirles mas respeto y admiracion.
Cuando hablaba para las senoras solamente, prescindia de toda erudicion
que pudiera parecerles enfadosa; adoptaba un lenguaje mundano. Les
hablaba de sus tertulias, de sus saraos, de sus trajes y caprichos, como
quien los conoce perfectamente; sacaba comparaciones y argumentos de la
vida de sociedad, y esto encantaba a las damas y las postraba a sus
pies. Era el confesor de muchas de las principales familias de la
capital. En este ministerio demostraba una prudencia y un tacto
exquisitos. A cada persona la trataba segun sus antecedentes, posicion y
temperamento. Cuando tropezaba con una devota escrupulosa, viva y
ardiente como la marquesa de Alcudia, el buen escolapio apretaba de
firme las clavijas, se mostraba exigente, tiranico, entraba en los
ultimos pormenores de la vida domestica y los reglamentaba. En casa de
Alcudia no se daba un paso sin su anuencia. Y en estos sitios, como si
se gozase en mostrar su poder, adoptaba un continente grave y severo que
en otras partes no se le conocia. Cuando daba con alguna familia
despreocupada, con poca aficion a la iglesia, ensanchaba la manga, se
hacia benigno y tolerante, procurando nada mas que guardasen las formas
y no diesen mal ejemplo a los otros. Hacia cuanto le era posible por
afianzar esa alianza dichosa establecida de poco tiempo a esta parte
entre la religion y el "buen tono" en nuestro pais. Cada dia sacaba una
moda que a ello contribuyese, traducidas unas del frances, otras nacidas
en su propio cerebro. En la capilla u oratorio de alguna familia ilustre
reunia ciertos dias del ano por la tarde a las damas conocidas. Eran
unas agradabilisimas _matinees_, donde se oraba, tocaba el organo
expresivo la mas habil pianista, decia el padre una platica familiar,
departia despues amigablemente con las senoras acerca de asuntos
religiosos, se confesaba la que queria, y por ultimo pasaban al comedor,
donde se tomaba te, cambiando de conversacion. Cuando fallecia alguna
persona de estas familias, el padre Ortega se hacia poner en las
papeletas de defuncion como director espiritual, rogando que la
encomendasen a Dios. Luego repartia entre todos los amigos unos
papelitos impresos o memorias con oraciones, donde se pedia al Supremo
Hacedor con palabras encarecidas y melosas que por tal o cual merito que
resplandecio en su sagrada pasion perdonase al conde de T*** o a la
baronesa de M*** el pecado de soberbia o de avaricia, etc. Generalmente
no era aquel en que mas habia sobresalido el difunto, lo cual hacia el
padre con buen acuerdo para evitar el escandalo y una pena a la familia.
Tambien se encargaba de gestionar la adquisicion del mayor numero
posible de indulgencias, la bendicion papal _in articulo mortis_, las
preces de algun convento de monjas, etc. Siendo su amigo y penitente se
podia tener la seguridad de no ir al otro mundo desprovisto de buenas
recomendaciones. Lo que no sabemos es el caso que Dios hacia de ellas,
si escribia encima de las memorias con lapiz azul, como los ministros,
"hagase", o si preguntaba al padre Ortega, como la senora del cuento:
"?Y a usted quien le presenta?"

Cuando hubo cambiado algunas palabras corteses con casi todos los
tertulios, haciendo a cada cual la reverencia que dada su posicion le
correspondia, la marquesa de Alcudia le tomo por su cuenta, y llevandole
a uno de los angulos del salon y sentados en dos butaquitas, comenzo a
hablarle en voz baja como si se estuviese confesando. El clerigo, con el
codo apoyado en el brazo del sillon, cogiendo con la mano su barba
rasurada, los ojos bajos en actitud humilde, la escuchaba. De vez en
cuando proferia tambien alguna palabra en voz de falsete, que la
marquesa escuchaba con profundo respeto y sumision, lo cual no impedia
que al instante volviese a la carga gesticulando con viveza, aunque sin
alzar la voz.

Habia entrado poco despues que el padre un joven gordo, muy gordo,
rubio, con patillitas que le llegaban poco mas abajo de la oreja, mucha
carne en los ojos y fresco y sonrosado color en las mejillas. La ropa le
estallaba. Su voz era levemente ronca y la emitia con fatiga. Al entrar
nublose la descolorida faz de Ramoncito Maldonado. El recien llegado era
hijo de los condes de Casa-Ramirez y uno de los pretendientes a la mano
de la primogenita de Calderon. Jacobo Ramirez o Cobo Ramirez, como se le
llamaba en sociedad, pasaba por chistoso por el mismo motivo que Pepa
Frias, aunque con menos razon. Caracterizabale una libertad grosera en
el hablar, un desprecio cinico hacia las personas, aun las mas
respetables, y una ignorancia que rayaba en lo inverosimil. Sus chistes
eran de lo mas burdo y soez que es posible tolerar entre personas
decentes. Alguna vez daba en el clavo, esto es, tenia alguna ocurrencia
feliz; mas, por regla general, sus chuscadas eran pura y lisamente
desvergueenzas.

La tertulia, no obstante, se regocijo con su entrada. Una sonrisa feliz
se esparcio por todos los rostros, menos el de Ramoncito.

--Oiga usted, Calderon--entro diciendo, sin saludar--. ?Como se arregla
usted para tener siempre criados tan guapos?... A uno de ellos, el de la
entrada, con la poca luz que habia y la voz de mezzo-soprano que me
gasta, le he confundido con una muchacha.

--iHombre, no!--exclamo riendo el banquero.

--iHombre, si! A mi no me importa nada que usted traiga todos los Romeos
que guste.... ?Viene por aqui su amigo Pinazo?

Los que entendieron adonde iba a parar, que eran casi todos, soltaron la
carcajada.

--iNo viene! ino viene!--dijo Calderon casi ahogado por la risa.

--?De que se rien?--pregunto Pacita por lo bajo a Esperanza.

--No se--respondio esta con acento de sinceridad, encogiendose de
hombros.

--De seguro Cobo ha dicho una barbaridad. Se lo preguntare despues a
Julia que no dejara de haberla cogido.

Volvieron ambas la vista hacia la mayor de Alcudia y la vieron inmovil,
rigida, con los ojos bajos como siempre. En el angulo de sus labios, sin
embargo, vagaba una leve sonrisa maliciosa que mostraba que no sin razon
la hermanita fiaba en sus profundos conocimientos.

--Hola, Ramoncillo--dijo acercandose a Maldonado y dandole una palmada
en la mejilla con familiaridad--. Siempre tan guapote y tan seductor.

Estas palabras fueron dichas en tono entre afectuoso e ironico, que le
sento muy mal al joven.

--No tanto como tu..., pero en fin, vamos tirando--respondio Ramoncito.

--No, no, tu eres mas guapo.... Y si no que lo digan estas ninas.... Un
poco flacucho estas, sobre todo desde hace una temporada, pero ya
doblaras en cuanto se te pase eso.

--No tiene que pasarme nada.... Ya se que nunca podre ser de tantas
libras como tu--replico mas picado.

--Pues tienes mas hierbas.

--Alla nos vamos, chico; no vengas echandotelas de _fanciullo_, porque
es muy cursi, sobre todo delante de estas ninas.

--iPero hombre, que siempre han de estar ustedes rinendo!--exclamo Pepa
Frias--. Acaben ustedes pronto por batirse, ya que los dos no caben en
el mundo.

--Donde no caben los dos--le dijo por lo bajo Pinedo--es en casa de
Calderon.

--Nada de eso--manifesto Cobo en tono ligero y alegre--. Los amigos mas
renidos son los mejores amigos. ?Verdad, barbian?

Al mismo tiempo tomo la cabeza de Ramoncito con ambas manos y se la
sacudio carinosamente. Este le rechazo de mal humor.

--Quita, quita, no seas sobon.

Cobo y Maldonado eran intimos amigos. Se conocian desde la infancia.
Habian estado juntos en el colegio de San Anton. Luego en la sociedad
siguieron manteniendo relaciones estrechas, principalmente en el _Club
de los Salvajes_, adonde ambos acudian asiduamente. Como ambos ejercian
la misma profesion, la de pasear a pie, en coche y a caballo; como ambos
frecuentaban las mismas casas y se encontraban todos los dias en todas
partes, la confianza era ilimitada. Siempre habia habido entre ellos,
sin embargo, una graciosa hostilidad, pues Cobo despreciaba a Ramoncito,
y este, que lo adivinaba, manteniase constantemente en guardia. Esta
hostilidad no excluia el afecto. Se decian mil insolencias, disputaban
horas enteras; pero en seguida salian juntos en coche como si no hubiera
pasado nada, y se citaban para la hora del teatro. Maldonado tomaba las
cosas de Cobo en serio. Este se gozaba en llevarle la contraria en
cuanto decia, hasta que conseguia irritarlo, ponerlo fuera de si. Mas el
afecto desaparecio en cuanto ambos pusieron los ojos en la chica de
Calderon. No quedo mas que la hostilidad. Sus relaciones parecia que
eran las mismas; reunianse en el club diariamente, paseaban a menudo
juntos, iban a cazar al Pardo como antes. En el fondo, sin embargo, se
aborrecian ya cordialmente. Por detras decian perrerias el uno del otro;
Cobo con mas gracia, por supuesto, que Ramoncito, porque le tenia,
fundada o infundadamente, un desprecio verdadero.

--Vamos, les pasa a ustedes lo que a mi hija y su marido....--dijo la
de Frias.

--iNo tanto! ino tanto, Pepa!--interrumpio Ramirez afectando susto.

--iPero que sinvergueenza es usted, hombre!--exclamo aquella tratando de
contener la risa, que no cuadraba a su mal humor caracteristico--. Se
parecen ustedes en que siempre estan reganando y haciendo las paces.

Y se puso a describir con bastante gracia la vida matrimonial de su
hija. Lo mismo ella que el marido eran un par de chiquillos mimosos,
insoportables. Sobre si no la habia pasado el plato a tiempo o no la
habia echado agua en la copa, sobre los botones de la camisa, o si no
cepillaron la ropa, o tenia la ensalada demasiado aceite, armaban
caramillos monstruosos. Los dos eran Igualmente susceptibles y
quisquillosos. A veces se pasaban seis u ocho dias sin hablarse. Para
entenderse en los menesteres de la vida se escribian cartitas y en ellas
se trataban de usted--. "Asuncion me ha pasado un recado diciendome que
vendra a las ocho para llevarme al teatro. ?Tiene usted inconveniente en
que vaya?"--escribia ella dejandole la carta sobre la mesa del
despacho--. "Puede usted ir adonde guste"--respondia el por el mismo
procedimiento--. "?Que platos quiere usted para manana? ?Le gusta a
usted la lengua en escarlata?"--"Demasiado sabe usted que no como
lengua. Hagame el favor de decir a la cocinera que traiga algun pescado,
pero no boquerones como el otro dia, y que no fria tanto las tortillas".
Ninguno de los dos queria humillarse al otro. Asi que, esta tirantez se
prolongaba ridiculamente, hasta que ella, Pepa, los agarraba por las
orejas, les decia cuatro frescas y les obligaba a darse la mano. Luego,
en las reconciliaciones, eran extremosos.

--?Sabe usted, Pepa, que no quisiera estar yo alli en el momento de la
reconciliacion?--dijo Cobo haciendo alarde nuevamente de su malignidad
brutal.

--Tampoco yo, hijo--respondio, dando un suspiro de resignacion que hizo
reir--. Pero ique quiere usted! Soy suegra, que es lo ultimo que se
puede ser en este mundo, y tengo esa penitencia y otras muchas que usted
no sabe.

--Me las figuro.

--No se las puede usted figurar.

--Pues, querida, a mi me gustaria muchisimo ver a mis hijos
reconciliados. No hay cosa mas fea que un matrimonio renido--dijo la
bendita de Mariana con su palabra lenta, arrastrada, de mujer linfatica.

--Tambien a mi ... pero despues que pasa la reconciliacion--respondio
Pepa, cambiando miradas risuenas con Cobo Ramirez y Pinedo.

--iDe que buena gana me reconciliaria yo con usted, Mariana, del mismo
modo que esos chicos!--dijo en voz muy baja el almibarado general
Patino, aprovechando el momento en que la esposa de Calderon se inclino
para hurgar el fuego con un hierro niquelado. Al mismo tiempo, como
tratase de quitarselo para que ella no se molestase, sus dedos se
rozaron, y aun puede decirse, sin faltar a la verdad, que los del
general oprimieron suave y rapidamente los de la dama.

--iReconciliarse!--dijo esta en voz natural--. Para eso es necesario
antes estar enfadados y, a Dios gracias, nosotros no lo estamos.

El viejo tenorio no se atrevio a replicar. Rio forzadamente, dirigiendo
una mirada inquieta a Calderon. Si insistia, aquella panfila era capaz
de repetir en voz alta la atrevida frase que acababa de decirle.

--Por supuesto--siguio Pepa--que yo me meto lo menos posible en sus
reyertas. Ni voy apenas por su casa. iUf! iMe crispa el hacer el papel
de suegra!

--Pues yo, Pepa, quisiera que fuese usted mi suegra--dijo Cobo,
mirandola a los ojos codiciosamente.

--Bueno, se lo dire a mi hija, para que se lo agradezca.

--iNo, si no es por su hija!... Es porque ... me gustaria que usted se
metiese en mis cosas.

--iBah, bah! dejese usted de musicas--replico la de Frias medio enojada.

Un amago de sonrisa que plegaba sus labios pregonaba, no obstante, que
la frase la habia lisonjeado.

Ramoncito volvio a sacar la conversacion del teatro Real, la liebre que
sale y se corre en todas las tertulias distinguidas de la corte. La
opera, para los abonados, no es un pasatiempo, sino una institucion. No
es el amor de la musica, sin embargo, lo que engendra esta constante
preocupacion, sino el no tener otra cosa mejor en que ocuparse. Para
Ramoncito Maldonado, para la esposa de Calderon y para otros muchos, los
seres humanos se dividen en dos grandes especies: los abonados al teatro
Real y los no abonados. Los primeros son los unicos que expresan
realmente de un modo perfecto la esencia de la humanidad. Gayarre y la
Tosti fueron puestos otra vez a discusion. Los que habian llegado
ultimamente dieron su opinion, tanto sobre el merito como sobre la
disposicion fisica de los dos cantantes.

Ramoncito se puso a contar en voz baja a Esperanza y a Paz que la noche
anterior habia sido presentado a la Tosti en su _camerino_. "Una mujer
muy amable, muy fina. Le habia recibido con una gracia y una amabilidad
sorprendentes. Ya habia oido hablar mucho de el, de Ramoncito, y tenia
deseos vivos de conocerle personalmente. Cuando supo que era concejal,
quedo asombrada por lo joven que habia llegado a ese puesto. iYa ven
ustedes que tonteria! Por lo visto, en otros paises se acostumbra a
elegir solo a los viejos. De cerca era aun mejor que de lejos. Un cutis
que parece raso; una dentadura preciosa; luego una arrogante figura; el
pecho levantado y iunos brazos!..."

La vanidad hacia a Ramoncito no solo torpe, porque es regla bien sabida
que cuando se galantea a una mujer no debe alabarse con demasiado calor
a otra, sino un tantico atrevido dirigiendose a ninas. Estas se miraban
sonrientes, brillandoles los ojos con fuego malicioso y burlon que el
joven concejal no observaba.

--Y diga usted Ramon, ?no se ha declarado usted a ella?--le pregunto
Pacita.

--Todavia no--respondio haciendose cargo ya de la intencion burlona de
la pregunta.

--Pero se declarara.

--Tampoco. Estoy ya enamorado de otra mujer. Al mismo tiempo dirigio una
miradita languida a Esperanza. Esta se puso repentinamente seria.

--?De veras? Cuente usted ... cuente usted.

--Es un secreto

--Bien, pero nosotras lo guardaremos.... ?Verdad Esperanza que tu no
diras nada?

Y la escualida chiquilla miraba maliciosamente a su amiga gozandose en
su mal humor y en la inquietud de Ramoncito.

--Yo no tengo gana de saber nada.

--Ya lo oye usted, Ramon. Esperanza no tiene gana de oir hablar de sus
novias. Yo bien se por que es, pero no lo digo....

--iQue tonta eres, chica!--exclamo aquella con verdadero enojo.

El joven concejal quedo lisonjeado por tal advertencia que venia de una
amiga intima. Creyo, sin embargo, que debia cambiar la conversacion a
fin de no echar a perder su pretension, pues veia a Esperanza seria y
cenuda.

--Pues no crean ustedes que es tan dificil declararse a la Tosti y que
ella responda que si.... Y si no ... ahi tienen ustedes a Pepe Castro,
que puede dar fe de lo que digo.

--Es que Pepe Castro no es usted--manifesto la nina de Calderon con
marcada displicencia.

Maldonado cayo de la region celeste donde se mecia. Aquella frase
punzante dicha en tono despreciativo le llego al alma. Porque cabalmente
la superioridad de Pepe Castro era una de las pocas verdades que se
imponian a su espiritu de modo incontrastable. Pudiera ofrecer reparos a
la de Hornero, pero a la de Pepito, no. La seguridad de no poder llegar
jamas, por mucho que le imitase, al grado excelso de elegancia,
despreocupacion, valor desdenoso y hastio de todo lo creado, que
caracterizaba a su admirado amigo, le humillaba, le hacia desgraciado.
Esperanza habia puesto el dedo en la llaga que minaba su preciosa
existencia. No pudo contestar; tal fue su emocion.

Clementina estaba triste, inquieta. Desde que habia entrado en casa de
su cunada, buscaba pretexto para irse. Pero no lo hallaba. Era forzoso
resignarse a dejar transcurrir un rato. Los minutos le parecian siglos.
Habia charlado unos momentos con la marquesa de Alcudia, mas esta la
habia dejado en cuanto entro el padre Ortega. Su cunada estaba
secuestrada por el general Patino, que le explicaba minuciosamente el
modo de criar a los ruisenores en jaula. Las dos chicas de Alcudia que
tenia al lado parecian de cera, rigidas, tiesas, contestando por
monosilabos a las pocas preguntas que las dirigio. Una sorda irritacion
se iba apoderando poco a poco de ella. Dado su temperamento, no se
hubieran pasado muchos minutos en echar a rodar todos los miramientos y
largarse bruscamente. Alas al oir el nombre de Pepe Castro levanto la
cabeza vivamente y se puso a escuchar con avida atencion. La reticencia
de Ramoncito la puso subito palida. Se repuso no obstante en seguida, y,
entrando en la conversacion con amable sonrisa, dijo:

--Vaya, vaya, Ramon; no sea usted mala lengua.... iPobres mujeres en
boca de ustedes!

--No se habla mal sino de la que lo merece, Clementina--respondio este
animado por el cable que impensadamente recibia.

--De todas hablan ustedes. Me parece que su amiguito Pepe Castro no es
de los que se muerden la lengua para echar por el suelo una honra.

--Clementina, hasta ahora no le he cogido tras de ninguna mentira. Todo
Madrid sabe que es hombre de mucha suerte con las mujeres.

--iNo se por que!--replico con un mohin de desden la dama.

--Yo no soy inteligente en la hermosura de los hombres--manifesto el
joven riendo su frase--, pero todos dicen que Pepito es guapo.

--iPs!... Sera segun el gusto de cada cual ... y que me dispense Pacita,
que es su pariente. Yo formo parte de esos _todos_ y no lo digo.

--La verdad es--apunto Esperancita timidamente--que Pepito no pasa por
feo.... Luego, es muy elegante y distinguido, ?verdad tu?

Y se dirigio a Pacita, poniendose al mismo tiempo levemente colorada.

Clementina le dirigio una mirada penetrante que concluyo de ruborizarla.

--?De que se habla?--pregunto Cobo Ramirez acercandose al corro.

Casi nunca se sentaba en las tertulias. Le placa andar de grupo en
grupo, resollando como un buey, soltando alguna frase atrevida en cada
uno. La faz de Ramoncito se nublo al aproximarse su rival. Este no dejo
de notarlo y le dirigio una mirada burlona.

--Vamos, Ramoncillo, di; ?como te arreglas para tener tan animadas a las
damas? Me acaba de decir Pepa que vas echando ingenio.

--No, hombre; ?como voy a echarlo si lo tienes tu todo?--profirio con
irritacion el concejal.

--Vaya, chico, si es que te azaras porque yo me acerco, me voy.

Una sonrisa ironica, amarga y triunfal al mismo tiempo, dilato el rostro
anguloso de Ramoncito. Habia cogido a su enemigo en la trampa. Ha de
saberse que pocos dias antes averiguo casualmente, por medio de un
academico de la lengua, que no se decia _azararse_, sino _azorarse_.

--Querido Cobo--dijo echandose hacia atras con la silla y mirandole con
fijeza burlona--. Antes de hablar entre personas ilustradas, creo que
debieras aprender el castellano.... Digo ... me parece....

--?Pues?--pregunto el otro sorprendido.

--No se dice azarar, sino _azorar_, queridisimo Cobo. Te lo participo
para tu satisfaccion y efectos consiguientes.

La actitud de Ramoncito al pronunciar estas palabras era tan arrogante,
su sonrisa tan impertinente, que Cobo, desconcertado por un momento,
pregunto con furia:

--?Y por que se dice azorar y no azarar?

--iPorque si!... iPorque lo digo yo!... iEso!...--respondio el otro sin
dejar de sonreir cada vez con mayor ironia y echando una mirada de
triunfo a Esperanza.

Se entablo una disputa animada, violenta, entre ambos. Cobo se mantuvo
en sus trece sosteniendo con brio que no habia tal _azorar_, que a nadie
se lo habia oido en su vida y eso que estaba harto de hablar con
personas ilustradas. El joven y perfumado concejal le respondia
brevemente sin abandonar la sonrisilla impertinente, seguro de su
triunfo. Cuanto mas furioso se ponia Cobo, mas se gozaba en humillarle
delante de la nina por quien ambos suspiraban.

Pero la decoracion cambio cuando Cobo irritadisimo, viendose perdido,
llamo en su auxilio al general Patino.

--Vamos a ver, general, usted que es una de las eminencias del ejercito,
?cree que esta bien dicho azorarse?

El general, lisonjeado por aquella oportuna dedada de miel, manifesto
dirigiendose a Maldonado en tono paternal:

--No, Ramoncito, no: esta usted en un error. Jamas se ha dicho en Espana
azorar.

El concejal dio un brinco en la silla. Abandonando subito toda ironia,
echando llamas por los ojos, se puso a gritar que no sabian lo que se
decian, que parecia mentira que personas ilustradas, etc., etc.... Que
estaba seguro de hallarse en lo cierto y que inmediatamente se buscase
un diccionario.

--El caso es, Ramoncito--dijo D. Julian rascandose la cabeza--, que el
que habia en casa hace ya tiempo que ha desaparecido. No se quien se lo
ha llevado.... Pero a mi me parece tambien, como al general, que se dice
azarar....

Aquel nuevo golpe afecto profundamente a Maldonado, que, palido ya,
tembloroso, lanzo con voz turbada un ultimo grito de angustia.

--iAzorar viene de _azor_, senores!

--iQue azor ni que coliflor, hombre de Dios!--exclamo Cobo soltando una
insolente carcajada--. Confiesa que has metido la patita y di que no lo
volveras a hacer.

El despecho, la ira del joven concejal no tuvieron limites. Todavia
lucho algunos momentos con palabras y ademanes descompuestos. Pero como
se contestase a sus energicas protestas con risitas v sarcasmos,
concluyo por adoptar una actitud digna v despreciativa, mascullando
palabras cargadas de hiel, los labios tremulos, la mirada torva. De vez
en cuando dejaba escapar por la nariz un leve bufido de indignacion.
Cobo estuvo implacable: aprovecho todas las ocasiones que se ofrecieron
para dirigirle indirectamente una pullita envenenada que causaba el
regocijo de las ninas y hacia sonreir discretamente a las personas
graves. Nadie en el mundo padecio mas hambre y sed de justicia que
Ramoncito en aquella ocasion.

La llegada de un nuevo personaje puso fin o suspendio por lo menos su
tormento. Anuncio el criado al senor duque de Requena. La entrada de
este produjo en la tertulia un movimiento que indicaba bien claramente
su importancia. Calderon salio a recibirle dandole las dos manos con
efusion. Los hombres se levantaron apresuradamente y se apartaron de los
asientos para salir a su encuentro sonrientes, expresando en su actitud
la veneracion que les inspiraba. Las damas volvieron tambien sus rostros
hacia el con curiosidad y respeto, y Pepa Frias se levanto para
saludarle. Hasta el padre Ortega abandono a su marquesa y se adelanto
inclinado, sumiso, dirigiendole un saludo almibarado, sonriendole con
sus ojos claros al traves de los fuertes cristales de miope que gastaba.
Por algunos instantes apenas se oyo en la estancia mas que "querido
duque", "senor duque". "iOh, duque!"

El objeto de tanta atencion y acatamiento era un hombre bajo, gordo, la
faz amoratada, los ojos saltones y oblicuos, el cabello blanco, y el
bigote entrecano, duro y erizado como las puas de un puerco-espin. Los
labios gruesos y sinuosos y manchados por el zumo del cigarro puro que
traia apagado y mordia paseandolo de un angulo a otro de la boca sin
cesar. Podria tener unos sesenta anos, mas bien mas que menos. Venia
envuelto en un magnifico gaban de pieles que no habia querido quitarse a
la entrada por hallarse acatarrado. Mas al poner los pies en el
saloncito de Calderon, sintiose malamente impresionado por el calor que
alli hacia. Sin contestar apenas a los saludos y sonrisas que a porfia
le dirigian, murmuro en tono brutal, con la voz gruesa y ronca a la vez
que caracteriza a los hombres de cuello corto:

--iPuf! iEsto echa bombas!...

Y lo acompano de una interjeccion valenciana que principia por f. Al
mismo tiempo hizo ademan de despojarse del abrigo. Veinte manos cayeron
sobre el para ayudarle y esto retraso un poco la operacion.

Representose en la tertulia de Calderon la escena de los israelitas en
el desierto que mas se ha repetido en el mundo, la adoracion del becerro
de oro. El recien llegado era nada menos que D. Antonio Salabert, duque
de Requena, el celebre Salabert rico entre los ricos de Espana, uno de
los colosos de la banca y el mas afamado, sin disputa, por el numero y
la importancia de sus negocios. Habia nacido en Valencia. Nadie conocia
a su familia. Decian unos que habia sido granuja del mercadal, otros que
empezo de lacayo de un banquero y luego fue cobrador de letras y
zurupeto, otros que habia sido soldado de Cabrera en la primera guerra
civil, y que el origen de su fortuna estuvo en una maleta llena de onzas
de oro que robo a un viajero. Algunos llegaban hasta a filiarle en una
de las celebres partidas de bandoleros que infestaron a Espana poco
despues de la guerra. Pero el explicaba del modo mas sencillo y grafico
la procedencia de su fortuna, que no bajaba de cien mil millones de
pesetas. Cuando se enfadaba con los empleados de su casa, lo cual
sucedia a menudo, y notaba que se ofendian con sus palabrotas
injuriosas, solia decirles gritando como un energumeno:

--?Sabeis, f...., como he llegado yo a tener dinero?... Pues recibiendo
muchas patadas en el trasero. Solo a fuerza de puntapies se logra subir
arriba. ?Estamos?

Hay que confesar que este dato adolece de ser un poco vago; pero la
perfecta autenticidad de que se halla revestido, le da un valor
inapreciable. Tomandolo como base de la investigacion, acaso se pueda
llegar a definir el caracter y a historiar la vida y las empresas del
opulento banquero.

--Hola, chiquita--dijo avanzando hasta Clementina y tomandole la barba
como se hace con los ninos--. ?Estas aqui? No he visto tu coche abajo.

--He salido a pie, papa.

--Es un milagro. Si quieres, puedes llevarte el mio.

--No; tengo deseos de caminar. Estoy estos dias muy pesada.

El duque de Requena habia prescindido de todos los presentes y hablaba a
su hija con toda la afabilidad de que era susceptible. La veia pocas
veces. Clementina era su hija natural, habida alla en Valencia, cuando
joven, de una mujer de la infima clase social, como el lo era al
parecer. Luego se habia casado en Madrid, ya en camino de ser rico, con
una joven de la clase media, de la cual no tuvo familia. Esta senora,
extremadamente delicada de salud desde su matrimonio, habia cedido o,
por mejor decir, habia ella misma propuesto que la hija de su marido
viniese a habitar la misma casa. Clementina se educo, pues, aqui y fue
amada de la esposa de su padre como una verdadera hija. Ella la quiso y
la respeto tambien como a una madre. Despues que se caso solia visitarla
a menudo; pero como su padre estaba siempre muy ocupado, no entraba en
sus habitaciones, y desde las de su madre (asi la llamaba) se iba a la
calle. Solo en los dias de banquete o recepcion, o cuando casualmente le
tropezaba en las casas o en la calle departia un rato con el.

Despues de preguntarle por su marido y por sus hijos, el duque se puso a
hablar, sin sentarse, con Calderon y Pepa Frias. Un hombre rudo y
campechanote en la apariencia: sonreia pocas veces: cuando lo hacia era
de modo tan leve que aun podia dudarse de ello. Acostumbraba a llamar
las cosas por su nombre y a dirigirse a las personas sin formulas de
cortesia, diciendoles en la cara cosas que pudieran pasar por groserias:
no lo eran porque sabia darles un tinte entre rudo y afectuoso que les
quitaba el aguijon. No era muy locuaz. Generalmente se mantenia
silencioso mordiendo su cigarro y examinando al interlocutor con sus
ojos oblicuos, impenetrables. Mostraba al hablar una inocencia falsa y
socarrona que no le hacia antipatico. Detras se veia siempre al antiguo
granuja del mercadal de Valencia, diestro, burlon, receloso y
marrullero.

Pepa Frias le hablo de negocios. La viuda era incansable en esta
conversacion. Queria enterarse de todo, temiendo ser enganada avida
siempre de ganancias y temblando con terror comico ante la perspectiva
de la baja de sus fondos. Se hacia repetir hasta la saciedad los
pormenores. "?Soltaria las acciones del Banco y compraria _Cubas_? ?Que
pensaba hacer el Gobierno con el amortizable? Habia oido rumores. ?Se
haria en alza la proxima liquidacion? ?No seria mejor liquidar en el
momento con treinta centimos de ganancia que aguardar a fin de mes?"

Para ella las palabras de Salabert eran las del oraculo de Delfos. La
fama inmensa del banquero la tenia fascinada. Por desgracia, el duque,
como todos los oraculos antiguos y modernos, se expresaba siempre que se
le consultaba, de un modo ambiguo. Respondia a menudo con grunidos que
nadie sabia si eran de afirmacion, de negacion o de duda. Las frases que
de vez en cuando se escapaban de su boca entre el cigarro y los labios
humedos y sucios eran oscuras, cortadas, ininteligibles en muchos casos.
Ademas, todo el mundo sabia que no era posible fiarse de el, que se
gozaba en despistar a sus amigos y hacerles caer de bruces en un mal
negocio. Sin embargo, Pepa insistia aspirando a arrancar de aquel
cerebro luminoso el secreto de la mina: bromeaba tomandole de las
solapas de la levita, llamandole viejo, cazurro, zorro, haciendo gala de
una desvergueenza que en ella habia llegado a ser coqueteria. El banquero
no daba fuego. Le seguia el humor respondiendo con grunidos y con tal
cual frase escabrosa que hacia reir a Calderon, aunque no tenia muchas
ganas de hacerlo viendole echar sin miramiento alguno tremendos
escupitajos en la alfombra. Porque el duque con el picor del tabaco
salivaba bastante y no acostumbraba a reparar donde lo hacia, a no ser
en su casa donde cuidaba de ponerse al lado de la escupidera. Calderon
estaba inquieto, violento, lo mismo que si se los echase en la cara. A
la tercera vez, no pudiendo contenerse, fue el mismo a buscar la
escupidera para ponersela al lado. Salabert le dirigio una mirada
burlona y le hizo un guino a Pepa. Ya tranquilo Calderon se mostro
locuaz y pretendio sustituirse al duque dando consejos a Pepa sobre los
fondos. Pero aunque hombre prudente y experto en los negocios, la viuda
no se los apreciaba ni aun queria oirlos. Al fin y al cabo, entre el y
Salabert existia enorme distancia: el uno era un negociante vulgar, el
otro un genio de la banca. Sin embargo, este asentia con sonidos
inarticulados a las indicaciones bursatiles del dueno de la casa. Pepa
no se fiaba.

Salabert se aparto un poco del grupo y se dejo caer sobre el brazo de un
sillon adoptando una postura grosera, para lo cual solo el tenia
derecho. En vez de ser mal vistos aquellos modales libres y rudos,
contribuian no poco a su prestigio y al respeto idolatrico que en
sociedad se le tributaba. Lejos nuevamente de la escupidera volvio a
salivar sobre la alfombra con cierto goce malicioso, que a pesar de su
mascara indiferente y bonachona se le traslucia en la cara. Calderon
torno igualmente a nublarse y fruncirse hasta que, resolviendose a
saltar por encima de ciertos miramientos sociales, le acerco otra vez
la escupidera sin tanto valor como antes, pues lo hizo con el pie. Pepa
sentose en el otro brazo y siguio haciendo carocas al duque. Este
comenzaba a fijar mas la atencion en ella. Sus miradas frecuentes la
envolvian de la cabeza a los pies, notandose que se detenian en el
pecho, alto y provocador. Pepa era una mujer fresca, apetitosa. Al cabo
de algunos minutos el banquero se inclino hacia ella con poca
delicadeza, y acercando el rostro a su cara, tanto que parecia que se la
rozaba con los labios, le dijo en voz baja:

--?Tiene usted muchas _Osunas_?

--Algunas, si, senor.

--Vendalas usted a escape.

Pepa le miro a los ojos fijamente, y dandose por advertida callo. Al
cabo de unos momentos fue ella quien acercando su rostro al del banquero
le pregunto discretamente:

--?Que compro?

--Amortizable--respondio el famoso millonario con igual reserva.

Entraban a la sazon un caballero y una dama, ambos jovencitos, menudos,
sonrientes, y vivos en sus ademanes.

--Aqui estan mis hijos--dijo Pepa.

Era un matrimonio grato de ver. Ambos bien parecidos, de fisonomia
abierta y simpatica, y tan jovenes, que realmente parecian dos ninos.
Fueron saludando uno por uno a los tertulios. En todos los rostros se
advertia el afecto protector que inspiraban.

--Aqui tienes a tu suegra, Emilio. iQue encuentro tan desagradable!
?verdad?...--dijo Pepa al joven.

--Suegra, no; mama ... mama--respondio este apretandole la mano
carinosamente.

--iDios te lo pague, hijo!--replico la viuda dando un suspiro de comico
agradecimiento.

Volvio la tertulia a acomodarse. Los jovenes casados sentaronse juntos
al lado de Mariana. Clementina habia dejado aquel sitio y charlaba con
Maldonado: el nombre de Pepe Castro sonaba muchas veces en sus labios.
Mientras tanto Cobo aprovechaba el tiempo, haciendo reir con sus
desvergueenzas a Pacita; pero aunque intentaba que Esperanza acogiese los
chistes con igual placer, no lo conseguia. La nina de Calderon, seria,
distraida, parecia atender con disimulo a lo que Ramoncito y Clementina
hablaban. Pinedo se habia levantado y hacia la corte al duque. Y el
general, viendo a su idolo en conversacion animada con los jovenes
casados, fatigado de que sus laberinticos requiebros no fuesen
comprendidos, ni tampoco sus restregones poeticos, vino a hacer lo
mismo. La marquesa y el sacerdote seguian cuchicheando vivamente alla en
un rincon, ella cada vez mas humilde e insinuante, sentada sobre el
borde de la butaca, inclinando su cuerpo para meterle la voz por el
oido; el mas grave y mas rigido por momentos, cerrando a grandes
intervalos los ojos como si se hallase en el confesionario.

--iQue par de bebes, eh!--exclamo Pepa en voz alta dirigiendose a
Mariana--. ?No es vergueenza que esos mocosos esten casados? iCuanto
mejor seria que estuviesen jugando al trompo!

Los chicos sonrieron mirandose con amor.

--Ya jugaran ... en los momentos de ocio--manifesto Cobo Ramirez con
retintin.

--iHombre, ca!--exclamo Pepa, volviendose furiosa hacia el--. ?Le han
dado a usted cuenta ellos de sus juegos?

Aquel y Emilio cambiaron una mirada maliciosa. Irenita, la joven casada,
se ruborizo.

--Te estan haciendo vieja, Pepa. Acuerdate que eres abuela--respondio
la senora de Calderon.

--iQue abuela tan rica!--exclamo por lo bajo Cobo, aunque con la
intencion de que lo oyese la interesada.

Esta le echo una mirada entre risuena y enojada, demostrando que habia
oido y lo agradecia en el fondo. Cobo se hizo afectadamente el
distraido.

--?Os ha pasado ya la berrenchina?--siguio la viuda dirigiendose a sus
hijos--. ?Cuanto duraran las paces?... iJesus, que criaturas tan
picoteras!... Mirad, yo no voy a vuestra casa porque cuando os encuentro
con morro me apetece tomar la escoba y romperla en las costillas de los
dos....

Los tertulios se volvieron hacia los jovenes esposos sonriendo. Esta vez
se pusieron ambos fuertemente colorados. Despues, por la seriedad que
quedo bien senalada en el rostro de Emilio, se pudo comprender que no le
hacian maldita la gracia aquellas salidas harto desenfadadas de su
suegra.

El general Patino, por orden de la bella senora de la casa, puso el dedo
en el boton de un timbre electrico. Aparecio un criado: le hizo el ama
una sena: no se pasaron cinco minutos sin que se presentase nuevamente y
en pos de el otros dos con sendas bandejas en las manos colmadas de
tazas de te, pastas y bizcochos. Momento de agradable expansion en la
tertulia. Todos se ponen en movimiento y brilla en los ojos el placer
del animal que va a satisfacer una necesidad organica. Esperancita deja
apresuradamente a su amiga y a Ramirez y se pone a ayudar con solicitud
a su madre en la tarea de servir el te a los tertulios. Ramoncito
aprovecha el instante en que la nina le presenta una taza, para decirla
en voz baja y alterada "que le sorprende mucho que se complazca en
escuchar las patochadas y frases atrevidas de Cobo Ramirez". Esperanza
le mira confusa, y al fin dice "que ella no ha oido semejantes
patochadas, que Cobo es un chico muy amable y gracioso". Ramoncito
protesta con voz debil y lugubre entonacion contra tal especie y
persiste en desacreditar a su amigo, hasta que este, oliendo el
torrezno, se acerca a ellos bromeando segun costumbre. Con lo cual, a
nuestro distinguido concejal se le encapota aun mas el rostro y se va
retirando poco a poco: no sea que al insolente de Cobo se le ocurra
cualquier sandez para hacer reir a su costa.

Llego el momento de hablar de literatura, como acontece siempre en
todas las tertulias nocturnas o vespertinas de la capital. El general
Patino hablo de una obra teatral recien estrenada con felicisimo exito y
le puso sus peros, basados principalmente en algunas escenas subidas de
color. Mariana manifesto que de ningun modo iria a verla entonces. Todos
convinieron en anatematizar la inmoralidad de que hoy hacen gala los
autores. Se dijeron pestes del naturalismo. Cobo Ramirez, que habia
tomado te y luego unos emparedados y se habia comido una cantidad
fabulosa de ensaimadas y bizcochos, expuso a la tertulia que
recientemente habia leido una novela titulada _Le journal d'une dame_
(en frances y todo), preciosa, bonitisima, la mas espiritual que el
hubiera leido nunca. Porque Cobo, en literatura--icaso raro!--, estaba
por lo espiritual, lo delicado. No le vinieran a el con esas nove-lotas
pesadas donde le cuentan a uno las veces que un albanil se despereza al
levantarse de la cama (o los bizcochos y ensaimadas que se come un chico
de buena sociedad), ni le hablaran de partos y otras porquerias
semejantes. En las novelas deben ponerse cosas agradables, puesto que se
escriben para agradar. Esto decia con notable firmeza, resollando al
hablar como un caballo de carrera. Los demas asentian.

La entrada de un caballero ni alto ni bajo, ni delgado ni gordo, alzado
de hombros y cogido de cintura, la color baja, la barba negra y tan
espesa y recortada que parecia postiza, corto rapidamente la platica
literaria. Nada menos que era el senor ministro de Fomento. Por eso
llevaba la cabeza tan erguida que casi daba con el cerebelo en las
espaldas, y sus ojos medio cerrados despedian por entre las negras y
largas pestanas relampagos de suficiencia y proteccion a los presentes.
Hasta los veintidos anos habia tenido la cabeza en su postura natural;
pero desde esta epoca, en que le nombraron vicepresidente de la seccion
de derecho civil y canonico en la Academia de Jurisprudencia, habia
comenzado a levantarla lenta y majestuosamente como la luna sobre el mar
en el escenario del teatro Real, esto es, a cortos e imperceptibles
tironcitos de cordel. Le hicieron diputado provincial; un tironcito.
Luego diputado a Cortes; otro tironcito. Despues gobernador de
provincia; otro tironcito. Mas tarde director general de un
departamento; otro. Presidente de la Comision de presupuestos; otro.
Ministro; otro. La cuerda estaba agotada. Aunque le hicieran principe
heredero, Jimenez Arbos ya no podia levantar un milimetro mas su gran
cabeza.

Su entrada produjo movimiento, pero no tanto como la del duque de
Requena. Este, cuyo rostro carnoso, sensual, no podia ocultar el
desprecio que aquella asamblea le inspiraba, corrio a el sin embargo, y
le saludo con rendimiento y servilismo sorprendentes, teniendo en cuenta
la rusticidad y groseria con que generalmente se comportaba en el trato
social. El ministro comenzo a repartir apretones de manos de un modo tan
distraido que ofendia. Unicamente cuando saludo a Pepa Frias dio
senales de animacion. Esta le pregunto en voz baja tuteandole:

--?Como vienes de frac?

--Voy a comer a la embajada francesa.

--?Vas luego a casa?

--Si.

Este dialogo rapidisimo en voz imperceptible fue observado por el duque,
quien acercandose a Pinedo le pregunto con reserva y haciendo una sena
expresiva:

--Diga usted, ?Arbos y Pepa Frias?...

--Hace ya lo menos dos meses.

La mirada que el banquero le echo entonces a la viuda no fue de la
calidad de las anteriores. Era ahora mas atenta, mas respetuosa y
profunda, quedandose despues un poco pensativo. Calderon se habia
acercado al ministro y le hablaba con acatamiento. Salabert hizo lo
mismo. Pero el personaje no tenia ganas de hablar de negocios o por
ventura le inspiraba miedo el celebre negociante. La prensa hacia
reticencias malevolas sobre los negocios de este con el Gobierno. Por
eso, a los pocos momentos, se fue en pos de Pepa Frias y se pusieron a
cuchichear en un angulo de la estancia.

Clementina estaba cada vez mas impaciente, con unos deseos atroces de
marcharse. Dejaba de hacerlo por el temor de que su padre la acompanase.
El ministro se fue a los pocos minutos, repartiendo previamente otros
cuantos apretones de manos con la misma distraccion imponente, mirando,
no a la persona a quien saludaba, sino al techo de la estancia. Entonces
el duque se apodero de Pepa Frias, mostrandose con ella tan galante y
expresivo, como si fuese a hacerle una declaracion de amor. El general,
observandolo, dijo a Pinedo:

--Mire usted al duque, que animado se ha puesto. De fijo le esta
haciendo el amor a Pepa.

--No--respondio gravemente el empleado--. A lo que esta haciendo el amor
ahora es al negocio de las minas de Riosa.

La viuda anuncio al cabo en voz alta que se iba.

--?Adonde va usted, Pepa, en este momento?--le pregunto el banquero.

--A casa de Lhardy a encargar unas mortadelas.

--La acompano a usted.

--Vamos; le convidare a tomar unos pastelitos.

Al duque le hizo mucha gracia el convite.

--?Vienes, chiquita?--le dijo a su hija.

Clementina aun pensaba quedarse un rato. Pepa, al tiempo de salir del
brazo del banquero, dijo en alta voz volviendose a los Presentes:

--Conste que no vamos en coche.

Lo cual les hizo reir.

--Conste--dijo el duque riendo--que esto lo dice por adularme.

--Que se explique eso: no hemos comprendido ...--grito Cobo Ramirez.

Pero ya el duque y Pepa habian desaparecido detras de la cortina.
Clementina aguardo solo cinco minutos. Cuando presumio que ya no podia
tropezar en la escalera a su padre, se levanto, y pretextando un
quehacer olvidado, se despidio tambien.




III

#La hija de Salabert.#


Bajo con ansia la escalera. Al poner el pie en la calle dejo escapar un
suspiro de consuelo. A paso vivo tomo la del Siete de Julio, entro en la
plaza Mayor y luego en la de Atocha. Al llegar aqui vino a su
pensamiento la imagen del joven que la habia seguido y volvio la cabeza
con inquietud. Nada; no habia que temer. Ninguno la seguia. En la puerta
de una de las primeras casas y mejores de la calle, se detuvo, miro
rapida y disimuladamente a entrambos lados y penetro en el portal. Hizo
una sena casi imperceptible de interrogacion al portero. Este contesto
con otra de afirmacion llevandose la mano a la gorra. Lanzose por la
escalera arriba. Subio tan de prisa, sin duda para evitar encuentros
importunos, que al llegar al piso segundo le ahogaba la fatiga y se
llevo una mano al corazon. Con la otra dio dos golpecitos en una de las
puertas. Al instante abrieron silenciosamente: se arrojo dentro con
impetu, cual si la persiguiesen.

--Mas vale tarde que nunca--dijo el joven que habia abierto, tornando a
cerrar con cuidado.

Era un hombre de veintiocho a treinta anos, de estatura mas que regular,
delgado, rostro fino y correcto, sonrosado en los pomulos, bigote
retorcido, perilla apuntada y los cabellos negros y partidos por el
medio con una raya cuidadosamente trazada. Guardaba semejanza con esos
soldaditos de papel con que juegan los ninos; esto es, era de un tipo
militar afeminado. Tambien parecia su rostro al que suelen poner los
sastres a sus figurines; y era tan antipatico y repulsivo como el de
ellos. Vestia un batin de terciopelo color perla con muchos y primorosos
adornos; traia en los pies zapatillas del mismo genero y color con las
iniciales bordadas en oro. Advertiase pronto que era uno de esos hombres
que cuidan con esmero del alino de su persona; que retocan su figura con
la misma atencion y delicadeza con que el escultor cincela una estatua;
que al rizarse el bigote y darle cosmetico creen estar cumpliendo un
sagrado e ineludible deber de conciencia; que agradecen, en fin, al
Supremo Hacedor, el haberles otorgado una presencia gallarda y procuran
en cuanto les es dado mejorar su obra.

--iQue tarde!--volvio a exclamar el apuesto caballero dirigiendola una
mirada fija y triste de reconvencion.

La dama le pago con una graciosa sonrisa, replicando al mismo tiempo con
acento burlon:

--Nunca es tarde si la dicha es buena.

Y le tomo la mano y se la apreto suavemente, y le condujo luego sin
soltarle al traves de los corredores, hasta un gabinete que debia ser el
despacho del mismo joven. Era una pieza lujosa y artisticamente
decorada; las paredes forradas con cortinas de raso azul oscuro,
prendidas al techo por anillos que corrian por una barra de bronce;
sillas y butacas de diversas formas y gustos; una mesa-escritorio de
nogal con adornos de hierro forjado; al lado una taquilla con algunos
libros, hasta dos docenas aproximadamente. Suspendidos del techo por
cordones de seda y adosados a la pared veianse algunos arneses de
caballo, sillas de varias clases, comunes, bastardas y de jineta con sus
estribos pendientes, frenos de diferentes epocas y tambien paises,
latigos, sudaderos de estambre fino bordados, espuelas de oro y plata;
todo riquisimo y nuevo. Las aficiones hipicas del dueno de aquel
despacho se delataban igualmente en los pasillos, que desde la puerta de
la casa conducian alli; por todas partes monturas colgadas y cuadros
representando caballos en libertad o aparejados. Hasta sobre la mesa de
escribir, el tintero, los pisapapeles y la plegadera estaban tallados en
forma de herraduras, estribos o latigos. Al traves de un arco con
columnas, mal cerrado por un portier hecho de rico tapiz en el que
figuraban un joven con casaca y peluca de rodillas delante de una joven
con traje Pompadour, veiase un magnifico lecho de caoba con dosel.

Asi que llegaron a esta camara, la dama se dejo caer con negligencia en
una butaquita muy linda y volvio a decirle con sonrisa burlona:

--iQue! ?no te alegras de verme?

--Mucho; pero me alegraria de haberte visto primero. Hace hora y media
que te estoy esperando.

--?Y que? ?Es gran sacrificio esperar hora y media a la mujer que se
adora? ?Tu no has leido que Leandro pasaba todas las noches el
Helesponto a nado para ver a su amada?... No; tu no has leido eso ni
nada.... Mejor: yo creo que te sentaria mal la ciencia. Los libros
disiparian esos colorcitos tan lindos que tienes en las mejillas, te
privarian de la agilidad y la fuerza con que montas a caballo y guias
los coches.... Ademas, yo creo que hay hombres que han nacido para ser
guapos, fuertes y divertidos, y uno de ellos eres tu.

--Vamos, por lo que estoy viendo me consideras como un bruto que no
conoce ni la A--respondio triste y amoscado el joven, en pie frente a
ella.

--iNo, hombre, no!--exclamo la dama riendo; y apoderandose de una de sus
manos la beso en un repentino acceso de ternura--.Eso es insultarme. ?Te
figuras que yo podria querer a un bruto?... Toma--anadio despojandose
del sombrero--, pon ese sombrero con cuidado sobre la cama. Ahora ven
aqui, so canalla; ya que eres tan susceptible, ?no consideras que has
principiado diciendome una groseria?... iHora y media!... ?Y que?...
Acercate, ponte de rodillas; deja que te tire un poco de los pelos.

El joven, en vez de hacerlo, agarro una silla-fumadora y se monto en
ella frente a su querida.

--?Sabes por que he tardado tanto?... Pues por el dichoso nino, que me
ha seguido hoy tambien.

Al decir esto, se puso repentinamente seria; una arruga bien pronunciada
cruzo su linda frente.

--iEs insufrible!--anadio--. Ya no se que hacer. A todas horas, salga
por la manana o por la tarde, traigo aquel fantasma detras de mi. He
tenido que refugiarme en casa de Mariana. Luego, una vez alli, no hubo
mas remedio que aguantar un rato. Vino papa, y porque no saliese conmigo
espere otro poquito a que se fuese.... iAhi ves!

--iTiene gracia ese chico!--dijo riendo el caballero.

--iMucha! iSi es muy divertido que le averigueen a una donde va y lo sepa
en seguida todo el mundo, y llegue a oidos de mi marido! iRiete, hombre,
riete!

--?Por que no? ?A quien se le ocurre mas que a ti tomarse un disgusto
por tener un admirador tan platonico? ?Has recibido alguna carta? ?Te ha
dicho alguna palabra al paso?

--Eso es lo que menos importaba. Lo que me excita los nervios es la
persecucion. Luego es un mocoso capaz por despecho, si averigua mis
entradas en esta casa, de escribir un anonimo.... Y tu ya sabes la
situacion especial en que me encuentro respecto a mi marido.

--No es de presumir: los que escriben anonimos no son los enamorados,
sino las amigas envidiosas.... ?Quieres que yo me aviste con el y le
meta un poco de miedo?

--iEso no se pregunta, hombre!--exclamo la dama con voz irritada--.
Mira, Pepe; tu eres hombre de corazon y tienes inteligencia; pero te
hace muchisima falta un poco mas de refinamiento en el espiritu para que
comprendas ciertas cosas. Debieras dedicar menos horas al club y a los
caballos y procurar ilustrarte un poco.

--iYa parecio aquello!--dijo el joven con despecho, muy molestado por la
agria reprension.

--Pues si quieres que no te diga ciertas cosas, procura callarte otras.

Pepe Castro se encogio de hombros con superior desden y se alzo de la
silla. Dio algunas vueltas distraidamente por la estancia y paro al fin
delante de un cuadrito, que descolgo para sacudirle el polvo con el
panuelo. Clementina le miraba en tanto con ojos colericos. Se puso en
pie vivamente, como si la alzara un resorte: luego, refrenando su impetu
y adquiriendo calma, avanzo lentamente hacia la alcoba, penetro en ella,
recogio su sombrero de la cama y comenzo a ponerselo frente al espejillo
de una cornucopia, con ademanes lentos, donde se adivinaba, sin embargo,
en el levisimo temblor de las manos, la sorda irritacion que la
embargaba.

--iBueno!--exclamo por ultimo en tono distraido e indiferente--. Me voy,
chico.... ?Quieres algo para la calle?

El joven dio la vuelta y pregunto con sorpresa:

--?Ya?

--Ya--repuso la dama con exagerada firmeza.

El joven avanzo hacia ella, le echo suavemente un brazo al cuello, y
levantando con la otra mano el velito rojo le dio un beso en la sien.

--iQue siempre ha de pasar lo mismo! Yo soy el descalabrado y tu te
apresuras a ponerte la venda.

--?Que estas diciendo ahi?--replico ella algo confusa--. Me voy porque
tengo que hacer una visita antes de comer.

--Vamos, Clementina, aunque quieras no puedes disimular.... Debes
comprender que no se pueden escuchar con risa los insultos ... y tu me
estas insultando a cada momento.

--Te digo que no te comprendo. No se a que insultos ni a que disimulos
te refieres--replico la dama con afectacion.

Pepe intento con mimo y dulzura quitarle de nuevo el sombrero. Ella le
detuvo con gesto imperioso. Tomola entonces por la cintura y la condujo
hacia el divan. Sentose, y cogiendole las manos se las beso repetidas
veces con apasionado carino. Ella siguio en pie sin dejarse ablandar.
Tan extremado estuvo, sin embargo, en sus caricias y tan sumiso, que al
cabo, arrancando con violencia sus manos de las de el, Clementina dijo
medio riendo, medio enojada aun:

--Quita, quita, que ya estoy hastiada de tus lametones de perro de
Terranova.... iEres un bajo!... Primero que yo me humillase de tal modo
me harian rajas.

Volvio a quitarse el sombrero, y fue ella misma a colocarlo sobre la
cama.

--Cuando se esta tan enamorado como yo--replico el joven un poco
avergonzado--, no puede llamarse nada humillacion.

--?Es de veras eso, chico?--dijo acercandose a el sonriente y tomandole
con sus dedos finos sonrosados la barba--. No lo creo.... Tu no tienes
temperamento de enamorado.... Y si no, vamos a probarlo.... Si yo te
mandase hacer una cosa que pudiera costarte la vida, o lo que es aun
peor, la honra ... algunos anos de presidio..., ?lo harias?

--iYa lo creo!

--?Si?... Pues mira, quiero que mates a mi marido.

--iQue barbaridad!--exclamo asustado, abriendo los ojos
desmesuradamente.

La dama le miro algunos segundos fijamente, con expresion escrutadora,
maliciosa. Luego, soltando una sonora carcajada, exclamo:

--?Lo ves, infeliz, lo ves?... Tu eres un senorito madrileno, un socio
del _Club de los Salvajes_.... Ni yo, ni mujer ninguna te harian cambiar
el frac y el chaleco blanco por el uniforme de presidiario.

--iQue ideas tan extranas!

--Sigue, sigue por donde te arrastra tu naturaleza de sietemesino y no
te metas en honduras. Ya comprenderas que te he hablado en broma. Asi y
todo me has confirmado en lo que ya pensaba.

--Pues si tienes formada esa idea tan pobre de mi carino, no se por que
razon me quieres--expreso el joven volviendo a amoscarse.

--?Por que te quiero?... Pues por lo que yo hago casi todas mis cosas
... por capricho. Un dia te he visto en el Retiro revolviendo un caballo
admirablemente y me gustaste. Luego, a los dos meses, en Biarritz, te vi
en el asalto del casino tirando con un oficial ruso y conclui de
encapricharme. Hice que me fueses presentado, procure agradarte, te
agrade en efecto.... Y aqui estamos.

Pepe concluyo por sufrir con paciencia aquel tono entre cinico y burlon
de su querida. A fuerza de charlar logro hacerlo desaparecer.
Clementina, cuando estaba tranquila, era afectuosa, alegre, pronta a
compadecerse y a los rasgos de generosidad; su rostro, tan bello como
original, no adquiria nunca dulzura, pero si una expresion bondadosa y
maternal que lo hacia muy simpatico. Mas por poco que sus nervios se
excitasen o se viese contrariada en sus pensamientos y deseos, el fondo
de altivez, de obstinacion y aun crueldad que su alma guardaba, subia a
la superficie y agitaba sus ojos azules con relampagos de feroz sarcasmo
o de colera.

Pepe Castro, que no era hombre ilustrado ni ingenioso, sabia no obstante
entretenerla agradablemente con cuentecillos de salon, murmuraciones
casi siempre de las personas por quienes ella sentia marcada antipatia.
El recurso era burdo, pero surtia admirable efecto. "La condesa de T***,
senora a quien Clementina odiaba de muerte por un desaire que en cierta
ocasion le habia hecho, andaba necesitada de dinero; se lo pidio al
viejo banquero Z*** y este se lo habia otorgado mediante un redito muy
poco apetitoso para la deudora. Los marqueses de L***, a quienes tambien
ella profesaba aversion, cuando no estaban en el poder daban reuniones
alla en su finca de la Mancha y ofrecian esplendido _buffet_ a sus
electores: cuando el marques era ministro daban tambien reuniones, pero
suprimian el _buffet_. Julita R***, una jovencita muy linda, que tampoco
inspiraba simpatias a la altiva dama, habia sido arrojada de casa de los
senores de M*** por haberla hallado encerrada en el cuarto del
primogenito, un chico de quince anos". Estas y otras noticias del mismo
jaez dejabalas caer el gallardo mancebo de sus labios con cierta
displicencia comica que despertaba el buen humor de la bella. Era todo
el talento de Pepe Castro en el orden moral. Los demas que poseia
referianse enteramente al fisico.

Se habian disipado las nubes que cubrian la frente de Clementina.
Mostrose locuaz y risuena. Fue prodiga de caricias con su amante en la
hora que con el estuvo. Quedo bien compensado de los alfilerazos que de
ella habia recibido al principio de la entrevista, gozando de toda la
dicha que una mujer hermosa y enamorada puede proporcionar cuando la
soledad y la ocasion convidan.

La noche habia cerrado ya, tiempo hacia. El joven encendio las dos
lamparas de la chimenea sin llamar al criado, que era su unico servidor
y el unico ser viviente asimismo que habitaba con el en aquel cuarto.
Pepe Castro era hijo de una ilustre familia de Aragon. Su hermano mayor
llevaba un titulo conocido y tenia una hermana ademas casada con otro
titulo. Se habia educado en Madrid. A los veinte anos quedo huerfano.
Vivio con su hermano primogenito una temporada. No tardaron en renir
porque este, que era economico hasta la avaricia, no podia sufrir con
paciencia su despilfarro. Trasladose entonces a casa de su hermana; pero
a los pocos meses, existiendo incompatibilidad de caracteres entre el y
su cunado, chocaron de modo tan violento, que se contaba en el club y en
los salones de la corte que se habian abofeteado y aporreado bravamente.
No llego a efectuarse un duelo entre ambos por la intervencion de
algunos respetables miembros de la familia. Despues de vivir en fonda un
poco de tiempo, decidiose a poner casa. Tomo un criado, se hizo traer el
almuerzo de un restaurante y comia cuando en Lhardy, cuando, en casa de
alguno de sus muchos amigos. Su cuadra la tenia muy cerca, en la calle
de las Urosas, y no estaba mal provista: dos jacas de silla, inglesa y
cruzada, un tiro extranjero y otro espanol, berlina, _charrette, milord,
break_. Era un chorro por donde se escapaba rapidamente su hacienda,
aunque no el mas copioso. La mayor parte la habia dejado sobre el tapete
de la mesa de juego del club, y una porcion, no insignificante por
cierto, entre las unas de algunas lindisimas chulas transformadas por el
de la noche a la manana en esplendidas y llamativas cortesanas. Esto
ultimo lo negaba con arrogancia pensando que su gloria de seductor podia
con ello menoscabarse; pero no importa: es exacto como todo lo que aqui
se puntualiza.

Quiere decir esto que Pepe Castro se hallaba arruinado a la hora
presente. A pesar de lo cual, seguia viviendo con, la misma comodidad y
aparato que antes. Su trabajo y sus vueltas le costaba. Emprestitos a su
hermano hipotecandole alguna finca trasconejada en las ventas y
subastas, pagares a algunos arrojados usureros sobre la herencia de un
tio viejo y enfermo reconociendo tres veces la cantidad recibida, joyas
que su hermana le regalaba no pudiendo regalarle dinero, cuentas
exorbitantes con el importador de coches y caballos, con el sastre, con
el perfumista, con Lhardy, con el conserje del club, con todo el mundo.
Parecia imposible que un hombre pudiera vivir tranquilo en tal estado de
trampas y enredos. Sin embargo, nuestro gallardo joven vivia con la
misma admirable serenidad de espiritu e identica alegria de corazon, y
como el otros muchos de sus amigos y consocios segun tendremos ocasion
de ver, tan arruinados aunque no tan gallardos.

--Te preparo una sorpresa--dijo Clementina concluyendo de ponerse el
sombrero y arreglarse el cabello frente al espejo.

El bello gomoso olfateo el aire como un perro que recibe vientos y se
acerco a la dama.

--Si es agradable, veamos.

--Y si es desagradable lo mismo, groserazo. Todo lo que proceda de mi
debe serte agradable.

--Convenido, convenido. Veamos--repuso disimulando mal su afan.

--Bueno, traeme aquel manguito.

Castro se apresuro a obedecer el mandato. Clementina, cuando lo tuvo
entre las manos se sento con afectada calma en el divan, y agitandolo
luego en el aire exclamo:

--?A que no adivinas lo que contiene este manguito?

--Sus ojos resplandecian de alegria y orgullo al mismo tiempo. Los de
Castro chispearon de anhelo. Sus mejillas se colorearon y respondio con
voz alterada entre dudando y afirmando:

--Quince mil pesetas.

La expresion alegre y triunfal del rostro de la dama se troco
instantaneamente en otra de colera y despecho.

--iQuita!, iquita alla, puerco!--exclamo furiosa dandole un fuerte golpe
en la cara con el lujoso manguito--. No piensas mas que en el dinero....
No tienes ni pizca de delicadeza.

--iYo pensaba!...

Tambien hubo cambio de decoracion en la fisonomia de Castro. Se puso mas
triste que la noche.

--En la guita, si; ya acabo de decirtelo.... Pues no, senor; aqui no
viene nada de eso. Solo hay un alfilerito de corbata que yo itonta de
mi! he comprado al pasar, en casa de Marabini, como una prueba de que te
tengo siempre en el pensamiento.

--Y yo te lo agradezco en el alma, pichona--manifesto el joven haciendo
un esfuerzo supremo sobre si mismo para vencer el repentino abatimiento
y resultando de el una sonrisa forzada y amarga--. ?Por que te disparas
de ese modo?... Dame eso.... Bien se conoce que tienes muy mala idea
formada de mi.

Clementina se nego a entregar el recuerdo. El joven insistio
humildemente. Habia, no obstante, en sus ruegos un tinte de frialdad que
dejaba traslucir, para el espiritu penetrante de una mujer, el sordo
disgusto y la tristeza que en el fondo del alma sentia.

--Nada, nada; mi pobre alfilerito que estas despreciando horriblemente
... (ise te conoce en la cara!) ... ira a la cajita donde guardo los
recuerdos de los muertos.

Alzose del divan; bajo el velo del sombrero. Pepe aun insistia por
mostrarse galante y desagraviarla. Al fin, cuando ya estaba cerca de la
puerta, volviose repentinamente y saco del fondo del manguito una
primorosa carterita, que le presento, mirandole al mismo tiempo
fijamente a la cara. Los ojos del joven, despues de posarse en la
cartera con avida expresion de gozo, chocaron con los de su amada.
Contemplaronse unos instantes, ella con expresion maliciosa y
triunfante, el con gratitud y gozo reprimidos.

--iSi siempre lo he dicho yo! iSi no hay otra como mi nena para saber
querer!... Ven aqui, deja que te de las gracias, rica mia; deja que te
adore de rodillas.

Y la arrastro, embargado por el entusiasmo, hacia el divan, la obligo a
sentarse de nuevo y se dejo caer de rodillas besando con fervor sus
manos enguantadas.

--iJesus, que locura!--exclamo la dama un tanto confusa--. iVaya una
cosa para hacer tales extremos!

--No es por el dinero, nena mia; no es por el dinero; es porque tienes
una manera de hacer las cosas original; porque tienes la gracia de Dios;
porque eres una barbiana.... iToma, toma, retemonisima!

Y le abrazaba las rodillas y se las besaba con calurosos ademanes. No
contento, se prosterno aun mas y le beso los pies o por mejor decir, el
tafilete de sus zapatos.

--iQue bajo eres, Pepe!--exclamaba ella riendo.

--No importa que me llames lo que quieras. Soy tuyo, ituyo hasta la
muerte! Te quiero mas que a Dios. Quiero a estos piececitos tan ricos y
los beso. ?Lo ves? A ver; que venga alguien a decirme que no debo
hacerlo.

Clementina le miraba risuena. No era facil averiguar si gozaba en
realidad o se divertia simplemente con aquella adoracion o mas bien
aquel regocijo estrepitoso de perro que se arrastra el sentirse
acariciado y lame los pies de su senor.

--No solo te debo la felicidad, sino tambien la honra. No sabes lo que
he sufrido desde anteayer por la maldita deuda--decia el con voz
conmovida.

--?Volveras a jugar, eh? ?Volveras a jugar, perdido?--preguntaba ella
tirandole de los cabellos, borrando aquella primororosa raya que los
partia tan lindamente.

--No ... particularmente sobre mi palabra te aseguro....

--Ni sobre tu palabra, ni sobre tu dinero, grandisimo trasto.... Me voy,
me voy--anadio con un gesto de mimo, levantandose y corriendo a mirar la
hora al reloj de la chimenea--. iUf, que tarde!... Adios, chiquillo.

Y se precipito a la puerta extendiendo la mano a su amante sin mirarle.
Este no pudo besarle mas que la punta de los dedos. Corrio a abrir, pero
ya ella habia echado mano al cerrojo; por cierto que se encolerizo
porque resistia a sus debiles tirones.

--Adios, adios; hasta el sabado--dijo en voz de falsete.

--Hasta pasado manana.

--No, no; hasta el sabado.

Bajo la escalera con la misma precipitacion con que la habia subido,
hizo otro gesto imperceptible de despedida al portero y salio a la
calle. Siguio a pie hasta la plaza del Angel, y alli detuvo un coche de
punto y se metio en el.

Eran mas de las seis. Hacia una hora que estaban encendidas las luces de
los comercios. Ocultose cuanto pudo en un rincon y dejo vagar su mirada
distraida sin curiosidad por las calles que iba atravesando. Su
fisonomia adquirio la expresion altiva, desdenosa, que la caracterizaba,
a la cual se anadia ahora leve matiz de hastio y preocupacion. Por su
elegancia refinada, por su arrogante porte, y sobre todo por aquella
severa majestad de su rostro peregrino, nadie vacilaria en diputar a
Clementina por una de las mas altas y nobles damas de la corte. No
obstante, si lo era de hecho, dado que figuraba en todos los salones
aristocraticos, en todas las listas de personas distinguidas que los
periodicos publicaban al dia siguiente de cualquier sarao, carreras de
caballos, u otra fiesta cualquiera, de derecho distaba mucho de serlo
por su origen. No podia ser mas humilde. Su padre la habia tenido en una
inglesa, manceba de un tonelero irlandes que habia llegado a Valencia en
busca de trabajo. Llamabase Rosa Coote. Era esplendidamente bella y lo
hubiera sido mas a cuidar algo del adorno o alino de su persona. La
miseria, en que ordinariamente vivia aquel hogar ilicito, la habia hecho
sucia y andrajosa. El granuja del mercadal de Valencia y la bella
inglesa se entendieron a espaldas del tonelero, dueno temporal de las
gracias de esta. Salabert era mas joven, mas gallardo: el vicio de la
borrachera no le tenia dominado como a aquel. Rosa le siguio a su
zaquizami abandonando al primer amante. A los pocos meses de vivir
juntos, Salabert, a quien se presento ocasion de partir a Cuba como
camarero de un vapor, la abandono a su vez. La inglesa, que llevaba ya
en sus entranas el fruto de aquella pasajera union, rodo algun tiempo
sin proteccion, sin recursos, por las calles de la ciudad, hasta que
entro en relaciones con un carpintero del Grao que la recogio y llego a
hacerla su legitima esposa. Clementina se crio como intrusa en aquel
nuevo hogar. Su madre era una mujer violenta, irascible, con rafagas de
ternura, que solo guardaba para sus hijos legitimos. A ella, por todas
las senales, la aborrecia y en ella vengo injustamente el agravio de su
padre. iQue terrible infancia la de Clementina! Si en Madrid se supiesen
ciertos pormenores, si en rapida vision pudiesen ofrecerse a los ojos de
la sociedad elegante algunas escenas por las que aquella altiva y
encopetada dama paso, pocos envidiarian su existencia. iQue torturas,
que refinamientos de crueldad! A los cuatro o cinco anos ya estaba
obligada a ser la vigilante guardadora de otros dos hermanitos. Si en
esta vigilancia decaia un punto, el castigo venia inmediatamente; pero
no el castigo como quiera, el golpe pasajero, el estiron de orejas; no.
El castigo era meditado con ensanamiento, procurando herir donde mas
doliera y donde mas durase el dolor.... Los vecinos habian acudido mas
de una vez a los lamentos de la infeliz criatura; habian increpado a la
madre desnaturalizada. De ello no resultaba mas que alguna reyerta
fragorosa en que la feroz irlandesa, chapurrando el valenciano, se
despachaba a su gusto contra las comadres del barrio, y con mayor encono
despues contra la causante de aquel disgusto. A todas horas gritaba que
iba a meterla en la Inclusa. A esto se oponia el carpintero, que se
jactaba de ser hombre de bien y compasivo, que alguna vez intervenia en
los castigos para aplacarlos, pero que la mayor parte de las veces
dejaba a su esposa "que ensenase a su hija", como el decia a los vecinos
que le recriminaban. Sus ideas pedagogicas chocaban con sus instintos
piadosos, y cuando lograban sobreponerse iay de la desgraciada nina!

Aquella serie de inauditas crueldades terminaron al fin con otra mayor
que trajo consigo la intervencion de la justicia. La madre
desnaturalizada, no sabiendo ya de que modo atormentar a su hija, la
hizo algunas quemaduras en el trasero con una bujia. Una vecina averiguo
el hecho casualmente, lo comunico a otras vecinas, se armo el
consiguiente escandalo en el barrio, dieron parte al juez, se instruyo
causa, y, probado el delito, la inglesa fue condenada a seis meses de
carcel y la nina recogida en un establecimiento de beneficencia.

Un ano despues llego a Valencia Salabert, si no hecho un potentado, con
alguna hacienda. Enteraronle de lo ocurrido. Fue a ver a su hija al
colegio de ninas pobres. La saco de alli y la puso en otro de pago,
adonde por rara casualidad iba a visitarla. En la poblacion, sin
embargo, fue loado su rasgo de generosidad. El sabia hacerlo valer en la
conversacion ofreciendose a los ojos de sus conocidos como un ejemplo
vivo de amor paternal y contraste notable frente a la perversidad de su
antigua querida. Poco mas tarde se caso en Madrid. Fue su esposa la hija
de un comerciante en camas de hierro y colchones metalicos de la calle
Mayor. Era una joven bastante feita y enfermiza; pero buena, afectuosa y
con cincuenta mil duros de dote. Llamabase Carmen. A los tres o cuatro
anos de casados, esta, viendose cada vez mas delicada de salud, perdio
la esperanza de tener familia. Sabiendo que su marido tenia una hija
natural en un convento de Valencia, le propuso, con generosidad no muy
frecuente, traerla a casa y considerarla como hija de ambos. Salabert
acepto con gusto la proposicion. Fue a buscar a Clementina, y desde
entonces cambio por entero la suerte de esta infeliz nina.

Tenia entonces catorce anos y era ya un portento de hermosura, mezcla
dichosa del tipo ingles correcto y delicado y de la belleza severa de la
mujer valenciana. Su tez guardaba los reflejos suaves, nacarados de la
raza sajona. En su mirada azul y sombria habia la misma profundidad y
misterio que en los ojos negros de las valencianas. Poco desarrollada
aun por virtud de su crudelisima infancia, por la vida sedentaria,
despues, del convento, en cuanto cambio de clima y de forma de vida
adquirio en dos o tres anos la elevada estatura y las majestuosas
proporciones con que hoy la vemos. Sus partes morales dejaban bastante
mas que desear. Era su temperamento irascible, obstinado, desdenoso y
sombrio. Si nacio con estos vicios o fueron el resultado de sus barbaros
martirios, de su tristisima infancia, no es facil resolverlo. En el
convento, donde nadie la trataba mal, no fue bien querida de sus
maestras y companeras por su caracter receloso, por la ausencia de
carino que se notaba en su corazon. Los disgustos de sus companeras, no
solo no la conmovian, sino que despertaban en sus labios una sonrisa
cruel, que las dejaba yertas. Luego tenia, de vez en cuando, accesos de
furor que la habian hecho temible y odiosa. En cierta ocasion, a una
nina que le habia dicho algunas palabras ofensivas le echo las manos al
cuello y estuvo muy proxima a asfixiarla. Nunca fue posible despues que
le pidiese perdon, segun exigia la superiora. Prefirio estar recluida un
mes, a humillarse.

Los primeros meses que paso en casa de su padre fueron de prueba para la
buena D. Carmen. En vez de una nina alegre y agradecida al inmenso
favor que la hacia, se encontro frente a frente de una fierecilla, un
ser antipatico sin afecto ni sumision, extravagante y caprichosa hasta
un grado sorprendente, cuya risa no brotaba ruidosa sino cuando algun
criado se caia o el lacayo recibia una coz de los caballos. Pero no se
desanimo. Con el instinto infalible de los corazones generosos,
comprendio que si aquella tierra no daba amor era porque hasta entonces
solo se habia sembrado odio. Los afectos dulces residen en todo ser
humano, como en todo cuerpo la electricidad: mas para hacerlos vibrar,
precisa someterlos a una fuerte corriente de carino por algun tiempo. Y
esto fue lo que hizo D. Carmen con su hijastra. Durante seis meses la
tuvo envuelta en una atmosfera tibia de afecto, en una red espesa de
atenciones delicadisimas, de testimonios constantes de vivo y afectuoso
interes. Al fin, Clementina, que principio por mostrarse desdenosa y
luego indiferente a aquel carino, que pasaba horas y horas encerrada en
su cuarto y solo iba a las habitaciones de su madrastra cuando la
llamaba, que no tenia jamas con esta una expansion viviendo en absoluta
reserva, sucumbio repentinamente; sintio vibrar en su corazon ese algo
maravilloso que une a las criaturas humanas como a todos los cuerpos del
Universo. Cambio de un modo extrano, violento, como todo lo que procedia
de su temperamento singular. Cayo, cuando menos se pensaba, de hinojos
ante D. Carmen, dedicandole un respeto tan profundo, un carino tan
apasionado, que la buena senora quedo estupefacta y le costo gran
trabajo creer en su sinceridad. En su alma se habia operado al fin la
revelacion de la ternura. Al calor maternal de aquella bondadosa senora,
su corazon de hielo se habia derretido. La esencia divina del amor
penetro donde, hasta entonces, solo habia entrado la esencia de Satanas.

Fue un verdadero milagro. En vez de pasar la vida en su cuarto, no sabia
salir del de su madrastra a quien llamaba mama, con un gozo, con un
fuego, con una pronunciacion tan decidida, como solo se observa en los
devotos sinceros al dirigirse a la Virgen. Devocion podia llamarse
tambien lo que Clementina sentia por la esposa de su padre. Asombrada de
que en el mundo existiese un ser tan dulce, tan tierno, no se hartaba de
mirarla como si acabase de bajar del cielo. Queria adivinarle los
pensamientos en los ojos, queria adelantarse a sus menores deseos,
queria que nadie la sirviese mas que ella, queria, en fin, como todo
enamorado, la posesion exclusiva del objeto de su amor. Una levisima
senal de descontento de D. Carmen bastaba para confundirla y sumirla en
el mas acerbo dolor. Aquella criatura tan altanera, que habia llegado a
hacerse odiosa a todos, se humillaba con placer intenso, a su madrastra.
Era su humillacion la del mistico que se postra por una necesidad
invencible del espiritu. Cuando sentia la mano de la senora
acariciandole el rostro, pensaba sentir la de Dios mismo. Apenas se
atrevia a rozar con sus labios aquellos dedos flacos y transparentes.

Solo para su madrastra habia cambiado tan radicalmente. Con los demas,
incluso con su mismo padre, seguia mostrando la misma frialdad
despreciativa, el mismo caracter obstinado y altivo. Si aparecia alguna
vez mas dulce y tratable, no habia que achacarlo a su voluntad, sino al
mandato expreso de D. Carmen. En cuanto este mandato cesaba o se
olvidaba, volvia a su primitivo ser malevolo. Los criados la aborrecian
por el orgullo insufrible que comenzo a manifestar asi que se dio cuenta
de su estado de princesa heredera; por no encontrar tampoco en ella
ninguna compasion para sus faltas. La que mas padecio en su servicio fue
la institutriz inglesa que su padre la habia traido. Era ya entrada en
anos, pero tenia gusto en vestirse y alinarse como una damisela. Esta
inocente mania sirvio tantas veces de burla a la nina, que solo la
necesidad le pudo obligar a tolerarlo. iPobre mujer! Todos sus secretos
tecnicos de tocador fueron entregados sin piedad a la befa de los
criados. Sus imperfecciones fisicas despertaban, contrahechas por la
doncella de la senorita, algazara en la cocina. En cierta solemne
ocasion, un dia de banquete, Clementina le escondio la dentadura, que
tenia sobre el tocador para limpiarla. Cualquiera puede figurarse la
desazon que esto produjo a la vieja _miss_. La cual se vengaba
candidamente de ella llamandola _senorita Capricho y_ poniendole por
temas, en los ejercicios de ingles y frances, algunas maximas y
aforismos que le escociesen, verbigracia: "La soberbia es la lepra del
alma. La nina soberbia es una leprosa de quien todos deben apartarse
con horror"--. "Quien no respeta a los mayores nunca llegara a ser
respetado", etcetera. Clementina se reia de estos desahogos. Alguna vez
llego su insolencia hasta cambiar la sentencia de la profesora por otra
de su invencion. Donde decia: "Nada hay tan feo y despreciable como una
joven altanera", ponia la discipula: "Nada hay tan ridiculo y digno de
risa como una vieja presumida". Alborotabase _la miss_, daba parte a D.
Carmen, llamaba esta a su hijastra, la reprendia dulcemente, y al verla
triste y acongojada desarrugaba el ceno y la besaba carinosamente. Y
hasta otra. La verdad es que tenia razon _miss_ Ana y los demas criados
al decir que la senora era quien echaba a perder a la chica. D. Carmen,
viviendo en una espantosa soledad moral, estaba tan cautivada y
agradecida al vivo carino que a todas horas le demostraba su hijastra,
que no tenia ojos para ver sus faltas, y si los tenia carecia de fuerzas
para corregirlas.

A los diez y ocho anos era Clementina una de las mujeres mas bellas y
uno de los mejores partidos de Madrid. El caudal de su padre habia
crecido como la espuma. Estaba considerado como uno de los banqueros
importantes de la villa y no se le conocia otro heredero ni era ya de
presumir que lo tuviese. Comenzaron los jovenes de la aristocracia, de
la sangre y el dinero, los socios mas eminentes del _Club de los
Salvajes_, a festejarla apremiandola con vivas declaraciones. Si iba a
una tertulia, un grupo de muchachos la tenia constantemente amurallada;
si a la iglesia, otro grupo mayor la esperaba en correcta formacion a la
salida; si al paseo de la Castellana, apuestos caballeros galopaban en
las inmediaciones de su coche sirviendola de escolta. En el teatro
veinte pares de gemelos estaban sin cesar posados sobre ella. El nombre
de Clementina Salabert salia en todas las conversaciones de la juventud
elegante, se veia impreso en todas las cronicas de salones, sonaba en
Madrid como el de una de las mas brillantes estrellas del firmamento
aristocratico. Tuvo buena porcion de amorios o noviazgos que no
produjeron huella alguna en su corazon. Tomaba y dejaba los novios
inconsideradamente, con lo cual adquirio fama de coqueta y casquivana.
Pero esto no es obstaculo para que una muchacha encuentre adoradores. Al
contrario, el amor propio de los hombres les incita a dedicar sus
lisonjas a tal clase de mujeres, siempre con la esperanza vanidosa de
ser el clavo que fije la rueda de la veleta. Tampoco fue serio
inconveniente para ella cierto murmullo grosero y malicioso que se
levanto y corrio por todo Madrid con motivo de la amistad original que
entablo con un joven y celebre torero. La inocencia y debilidad de D.
Carmen tuvo buena parte en ello. No solo consintio esta buena senora que
el torero entrase en la casa y se sentase a su mesa, sino tambien que
las acompanase en publico en mas de una ocasion. Con esto y con
brindarle la muerte de algunos toros, la maledicencia, que anda suelta
en la capital como en las provincias, tuvo suficiente pretexto para
ensanarse ferozmente con la envidiada beldad. Mas como no pudo aportar
otra cosa que sospechas atrevidas y vagas conjeturas, y como por otra
parte existian dos datos positivos que las contrapesaban sobradamente, a
saber, la hermosura y la riqueza excepcionales de la joven, la calumnia
no produjo merma en los adoradores; solo sirvio para que algun
desenganado escupiese con mas facilidad su bilis.

Clementina ofrecia en sus modales y discursos, en esta edad, y la
ofrecio siempre despues, cierta tendencia al _flamenquismo_, o sea a las
formas desenvueltas, a la serenidad burlona, al desgarro especial de las
chulas de Madrid. Semejante tendencia se hallara mas o menos exagerada
en toda la alta sociedad madrilena. Es un signo que la caracteriza y la
distingue de la de otros paises. Hay en esta inclinacion que se observa
en Madrid, en el alcazar como en la zahurda, algo de bueno: no es todo
malo. Por lo pronto significa una protesta contra esa continua mentira
que el refinamiento y la complicacion de las formulas sociales trae
siempre consigo. Es loable la correccion en los modales y la medida en
las palabras; pero exageradas producen la frialdad tediosa que nuestros
diplomaticos observan en los salones extranjeros.

Clementina exageraba un poco su aficion a las palabras y a los gestos
flamencos. El gusto le habia venido no se sabe como, por contagio tal
vez de la atmosfera, dado que las senoras de su categoria no suelen
alternar mucho tiempo con las chulas. Habia tenido una doncellita nacida
y criada en Maravillas. Esta fue en sus ratos de expansion quien le
proporciono mayor cantidad de vocablos y modismos. Luego su amistad con
el torero que hemos mencionado; las relaciones que mantuvo despues con
algunos senoritos cultivadores del genero; los teatros por horas, donde
se copian, no sin gracia, las costumbres de la plebe madrilena; la
amistad con Pepa Frias y otras aristocraticas _manolas_ fueron
iniciandola poco a poco y la introdujeron al cabo en pleno flamenquismo.
Fue entusiasta admiradora de los toros. Por milagro dejaba de asistir a
una corrida desde su palco, ataviada con la consabida mantilla blanca y
los consabidos claveles rojos. Y discutia las suertes, y fulminaba
censuras, y tributaba aplausos, y era tenida entre los aficionados por
acerrima y fervorosa _lagartijista._ El espectaculo nacional, animado y
sangriento, estaba muy conforme con su naturaleza violenta, indomita.
Cuando veia a otras senoras taparse los ojos o hacer otros melindres
ante las peripecias de la corrida, reia sardonicamente, como si dudase
de la sinceridad de su espanto.

Entre los varios adoradores y solicitantes que su mano tuvo, y que
entraban y caian de su gracia alternativa y rapidamente, llego uno que
logro fijar algo mas su atencion. Llamabase Tomas Osorio. Era un joven
de veintiocho a treinta anos de edad, rico, exiguo y delicado de figura,
de rostro agraciado y genio vivo y resuelto. Supo hacerse valer mas que
los otros, o por calculo o por verdadera independencia de caracter. Al
entrar en amores con ella no se entrego por completo ni abdico su
voluntad. En cuantas reyertas de alguna importancia tuvieron durante
sus largas relaciones, pues no duraron menos de dos anos, mantuvo con
energia su dignidad. Era de temperamento bilioso, soberbio,
despreciativo como ella, confiado en su dinero, y poseia un donaire
maligno que le daba prestigio entre las damas. Gracias a estas
cualidades, Clementina no se canso de el tan pronto como de los otros.
Al cabo de dos anos, sin embargo, cuando faltaban solo algunos dias para
realizarse el matrimonio, rompieron de un modo sonado y hasta
escandaloso. Todo Madrid se entero. Los comentarios fueron infinitos. De
ellos resultaba que quien habia tomado la iniciativa para cortar las
relaciones habia sido el novio. Tales dichos, exactos o no, llegaron a
oidos de Clementina e hirieron su orgullo tan vivamente, que le falto
poco para enfermar de ira.

Paso un ano. Tuvo algun noviazgo de poca importancia. Osorio tambien
galanteo a otras jovenes. En ambos se conservaba vivo, no obstante, el
recuerdo de sus amores. A ella la agitaba un deseo punzante de venganza.
Mientras aquel hombre anduviese en sociedad tan contento como
aparentaba, se sentia humillada. En el, a pesar de su disfraz de
indiferencia, ardia el fuego del amor o por lo menos del deseo.
Clementina habia fascinado sus sentidos, habia penetrado en su carne:
por mas esfuerzos que hacia no podia arrancarla de si. A todas horas
sonaba con ella, la veia ante sus ojos cada vez mas incitante y
apetecible. Cuanto mas tiempo pasaba mas crecia el fuego que le consumia
y mas esfuerzo y dolor le costaba adoptar un continente altivo e
indiferente al encontrarse con ella en cualquier sarao. Clementina, con
la sagacidad bastante comun en las mujeres, llego al cabo a adivinar que
su antiguo novio seguia adorandola en secreto y sintio un regocijo
maligno. Desde entonces no se vistio, no se adorno mas que para el; para
aturdirle, para fascinarle, para hacerle beber la amarga copa de los
celos.

De esta epoca data la fama ruidosa que adquirio como mujer elegante.
Clementina en este punto era una gran artista. Sabia vestirse de tal
modo que las telas, ni por sus vivos colores, ni por su riqueza,
atrajesen demasiado la vista en perjuicio de la figura. Comprendiendo
que el traje en la mujer no debe ser un uniforme sino adorno, un medio
de hacer resaltar las perfecciones con que la naturaleza la hubiese
dotado, no obedecia ciegamente a la moda. En cuanto esta atentase poco o
mucho a la exposicion de su belleza, la esquivaba con valor o la
modificaba. Rehuia los colores chillones, la profusion de lazos, los
peinados complicados. Consideraba a su cuerpo como una estatua y la
vestia como tal. De aqui una cierta tendencia, que constantemente se
manifestaba en sus trajes, hacia el ropaje, esto es, hacia la amplitud
de los pliegues, hacia la vestidura larga. Su figura gallarda,
majestuosa, ganaba mucho de esta manera. Algo la pronuncio despues de
casada, pero no llego a exagerarla, retenida por su buen gusto. Solia
vestirse de blanco. Con esto y con peinar sus cabellos del modo
sencillisimo que los tiene la Venus de Milo, semejaba al parecer en los
salones hermosa estatua que llegase de la Grecia. Una cosa hacia muy
digna de censura en el terreno moral, aunque no lo sea en el del arte:
descotarse con exageracion. Una de las sumas bellezas que poseia era el
pecho. Parecia amasado por las Gracias para trastornar a los dioses. No
habia en Madrid una garganta mejor modelada, ni un seno mejor puesto,
mas delicado, mas atractivo. El deseo vanidoso de mostrarlo, no
contenido por la vigilancia saludable de una madre, le hizo incurrir en
mas de una ocasion en las censuras de la sociedad. Porque la infeliz D.
Carmen, a mas de no hallarse muy al tanto de los usos sociales, era tan
debil con los caprichos y fantasias de su hijastra, que los tomaba sin
inconveniente por actos razonables, por expresion de su gusto
indiscutible y su elegancia. Algun disgusto le proporciono tal vanidad.
En cierta ocasion, al presentarse en noche de baile en casa de Alcudia,
la marquesa le dijo al saludarla:

--Muy linda, muy linda, Clementina. Esta usted admirablemente
vestida.... Pero me parece que la han descotado mucho.... Venga usted
conmigo, ya arreglaremos eso.

Y la llevo a su tocador y con maternal solicitud le puso en el pecho
unos cefiros que ocultaron lo que en realidad no debia mostrarse. La
joven procuro disimular su vergueenza achacando la falta a la modista. No
obstante se sintio tan humillada por aquella leccion y por la sonrisa
compasiva que la acompano, que nunca mas pudo ver desde entonces a la
devota marquesa.

Con este soplar incesante y adecuado, la llama de Osorio tomaba cada vez
mas incremento. Ya no era poderoso por mas tiempo a guardarla en el
pecho. Al cabo se confio a su hermana, que era amiga bastante intima de
la joven. Rogola que tantease el terreno a ver si podia avanzar de nuevo
el pie sin peligro de precipitarse. Mariana dio el recado. Clementina
escucholo con mal refrenada alegria y le metio los dedos en la boca
hasta que la panfila senora de Calderon desembucho lo que tenia dentro y
pudo convencerse de que Tomas ardia en amores por ella. Cuando se
cercioro bien, respondio con palabras ambiguas y riendo: "Lo pensaria,
lo pensaria.... Estaba muy agraviada por lo que se habia dicho de la
ruptura de sus relaciones.... Pero en fin, no le quitaba por completo
las esperanzas".

Se puso a meditar con atencion sobre el medio de satisfacer las
exigencias de su amor propio herido, y al cabo de algunos dias formulo a
Mariana la siguiente proposicion: "Para que consintiese en dar su mano a
Tomas, era indispensable que este la pidiese de rodillas a sus padres
delante de los testigos que ella elegiria a su gusto". A ninguna
espanola de pura raza se le hubiera ocurrido semejante extravagancia.
Precisa llevar en las venas sangre britanica para concebir un
refinamiento tan monstruoso de la soberbia. Cuando Osorio tuvo
conocimiento de la resolucion de su ex novia, se enfurecio atrozmente;
declaro con arrogancia que antes que pasar por tal humillacion le
harian cachos. No se volvio, pues, a hablar del asunto. Siguieron las
cosas como antes. Mas como a pesar de sus rabiosos esfuerzos el gusano
del apetito le roia cada vez con mas crueldad las entranas, el misero,
al cabo de dos meses, cayo en gran abatimiento. Sintiose desfallecer de
amor y de deseo. No tuvo fuerzas para alejarse de Madrid. Volvio a rogar
a su hermana que otra vez entablase las negociaciones. Clementina, que
estaba bien penetrada ya de que le tenia en su poder, se mostro
inflexible. O pasar por aquellas singulares horcas caudinas, o nada.

Y Osorio paso. ?Que habia de hacer? Efectuose la extrana ceremonia una
tarde en casa de la novia. Al llegar a ella Osorio se encontro con unas
veinte personas del sexo femenino, que Clementina habia elegido entre
las conocidas mas envidiosas, las que mas habian murmurado con motivo de
su ruptura. Adopto la mejor actitud para semejante caso. Grave, solemne,
suelto de lengua y ademanes, dejando traslucir un poco de ironia, como
si estuviese representando una comedia por satisfacer la fantasia de una
enferma. Dijo algunas palabras previamente acerca de la historia de sus
relaciones. Reconociose culpable. Elogio desmesuradamente a Clementina,
con tan poca medida, que en ocasiones parecia estar burlando. Se confeso
indigno de aspirar a su mano. Por fin manifesto que siendo ella tan
digna de ser adorada y tan grande la ventura de poseer su mano, no creia
hacer nada de mas pidiendola de rodillas a sus padres. Al propio tiempo
doblo una. D. Carmen vino a levantarle riendo y le abrazo con efusion.
Clementina tambien le dio un apreton de manos, mas alegre al ver lo bien
y dignamente que salia del paso, que satisfecha en su orgullo. La verdad
es que en aquella ocasion sintio hacia el lo que nunca mas volvio a
sentir, una migaja de amor. Si hubo humillacion en semejante escena
resulto para ella, por la frescura y el aplomo desdenoso con que su
novio la llevo a termino. Pero no importa. La mujer goza mas viva y mas
intimamente observando la superioridad del hombre que humillandole.
Clementina fue feliz aquella tarde.

Pero si Osorio salio bien del paso, no le perdono jamas la intencion de
humillarle; porque era tan orgulloso como ella. La pasion frenetica que
le habia inspirado sofoco por algun tiempo todo otro sentimiento. Su
luna de miel fue tan pegajosa como breve. El choque entre aquellos dos
caracteres, de igual obstinacion y fiereza, era ineludible. Vino pronto
y vino con una serie de pequenos desabrimientos que hicieron desaparecer
en un instante del corazon de la joven los fugaces destellos de amor que
su marido le habia inspirado. En el duro mas tiempo la pasion. El
conocimiento que cada cual tenia del otro los hizo prudentes, rehuyendo
un choque formidable que habia de ser funesto. Pero vino al fin. Se dijo
entre los murmuradores que Osorio, cansado de la indiferencia y los
desdenes de su esposa, en una hora fatal de ira y desesperacion la habia
ultrajado con su misma doncella y en el mismo talamo nupcial. Despues
de esta escena, que no sabemos si se realizo con los pormenores
horrendos que algunos contaban, quedo roto el matrimonio para siempre.
Osorio, sin derecho ya para intervenir en la conducta de su mujer, se
vio obligado a ser mero espectador de ella. Entregose Clementina sin
reserva, sin disimulo, puede decirse tambien que sin pudor, a todos los
galanteos que se le ofrecieron. El, por su parte, para contrarrestar el
ridiculo, que a causa de ellos pudiera tocarle, diose con mas descaro
aun a la disipacion. Extrajo mujeres de las ultimas clases sociales y
las convirtio en senoras, rodeandolas de un lujo deslumbrador. La
Felipa, la Socorro y la Nati, cortesanas famosas en la capital, que
fueron queridas de muchos personajes, ministros, banqueros y grandes de
Espana, lo habian sido antes de el. El fue quien, por medio de sus
celestinas, las habia sacado de la calle de la Paloma, del barrio de
Triana en Sevilla o del Perchel, de Malaga, y habia gozado de sus
primicias.

Dentro de casa, marido y mujer se hablaban muy poco, lo indispensable
solamente. Para evitar la molestia que les produciria sentarse solos a
la mesa tenian siempre algun convidado. Fuera se trataban con expansiva
y natural confianza. Alguna vez Osorio iba a buscar a su esposa a ultima
hora a la reunion o teatro donde se hallase. Pero esto era valor
entendido en el mundo. Todos sabian a que atenerse respecto a sus
relaciones. Ordinariamente, Clementina salia del brazo de su amante.
Charlaban largo rato en el _foyer_, a presencia de todos, esperando el
coche. Entraba al fin en este. Antes de partir todavia cambiaban en tono
confidencial buena copia de frases entreveradas, de alegres carcajadas.
La moral, la moral elegante quedaba a salvo con que el amante no entrase
en el mismo coche, aunque fuesen pocos minutos despues a juntarse en el
dulce retiro de un gabinete particular.

Cuando Clementina llego a su casa eran las seis y media. Silbo el
cochero. Salio de su pabelloncito el portero a abrir la puerta de la
verja y luego la del coche. El mismo se encargo de pagar al cochero. La
dama, sin decir una palabra, entro en el jardin, que era exiguo pero
lindo y bien cuidado. Subio la escalera de marmol, debajo de una gran
marquesina que ocupaba mas de la mitad de la fachada del _hotel_. No era
este muy grande, pero si fabricado con lujo y arte, de piedra blanca de
Novelda y ladrillo fino. Osorio lo habia hecho construir hacia solamente
cuatro o cinco anos. Como los planos fueron largamente meditados y
discutidos, ofrecia una adecuada distribucion, que lo hacia mas comodo
tal vez que el de su suegro, con ser este tres o cuatro veces mayor.

Hallo a un criado en el recibimiento.

--Estefania ?donde anda?

--Hace ya un buen rato que ha llegado, senora.

Atraveso un magnifico vestibulo iluminado por dos grandes lamparas con
bombas esmeriladas sostenidas por sendas estatuas de bronce, siguio por
el corredor y tomo la escalera que conducia al principal sin tropezarse
con nadie. Cerca ya del salon que daba ingreso a su _boudoir_, hallo a
Fernando, un criadito de catorce anos vestido con librea muy cuca y
adecuada a sus anos.

--?Estefania?

--Debe de estar en la cocina.

--Que suba inmediatamente.

Entro en el _boudoir_, y yendo al espejo de cuerpo entero sostenido por
dos pies derechos de madera dorada, se despojo del sombrero. Era el
gabinete una pieza reducida, vestida toda ella de raso azul con cenefas
de carton-piedra imitando una guirnalda de flores. Sobre la chimenea,
vestida tambien de raso, habia dos magnificos candelabros y un reloj,
obra de nuestros plateros del siglo pasado. Los enseres de la chimenea
eran igualmente de plata. La alfombra blanca con cenefa azul. En medio
un confidente forrado de tisu de oro. Butacas, sillas doradas. En el
suelo dos grandes almohadones de pluma. En un rincon el espejo; en otro
un escritorio de madera taraceada estilo Pompadour; en los otros dos
unas columnas forradas de terciopelo azul sosteniendo dos quinques que
esclarecian ahora la estancia. Comunicaba esta pieza por un lado con el
tocador de la senora y este con su dormitorio; por el otro con un
saloncito donde solia recibir a sus amigos los martes por la tarde o
jugar al tresillo de noche con los intimos. En el _boudoir_ solo
entraban algunas pocas amigas de confianza que iban a visitarla en horas
no senaladas. Aqui era donde celebraba esos coloquios secretos, tan
sabrosos para las mujeres, donde su pensamiento se vacia por entero,
pasando de lo mas escondido y profundo a las frivolidades del dia, los
pormenores del traje y de la moda.

Pocos segundos despues de quitarse el sombrero aparecio Estefania. Era
una jovencita palida con hermosos ojos negros. Vestia, dentro de su
condicion, con elegancia y primor. Por encima del traje traia un
delantal color gris orlado de puntilla blanca.

--iYa podias aguardarme, chiquilla! ?Donde estabas metida?--dijo con
tono de mal humor y distraido a la vez la senora.

--Estaba en la cocina.... Habia ido a darle unas puntadas a la falda de
Teresa, que se le ha roto en un clavo--repuso con afectada humildad la
doncella.

Clementina guardo silencio, absorta sin duda en sus pensamientos.
Colocada frente al espejo se dejo despojar del abrigo, contemplandose al
propio tiempo con esa curiosidad eterna que las mujeres hermosas sienten
por si mismas.

--?Has estado en casa de Escolar?--pregunto al cabo distraidamente.

--Si, senora.

--?Que ha dicho?

--Que no tiene ahora una seda tan doble en ese color, pero que si la
senora quiere enviara por ella.

--iPuf! Para ese viaje no necesitamos alforjas.... ?Y en _La
Perfeccion_?

--Si, senora. Que el sabado enviaran los gorros.

--?Has preguntado como seguia el padre Miguel?

--No he tenido tiempo.... iEsta tan lejos!...

--?Como lejos? ?Pues no has ido en coche?

--No, senora.... Juanito me ha dicho que la yegua estaba desherrada....

--?Por que no te ha puesto uno de los caballos normandos?

--No se.... Siempre encuentra alguna disculpa cuando la senora me manda
salir en coche.

--Tal me parece.... Descuida, hija: ya arreglare yo eso. iBueno esta el
senor Juanito, con sus infulas de indispensable!

Al echar una mirada a su doncella reflejada en el espejo, creyo observar
algo extrano en sus ojos. Se volvio para mejor verlo. En efecto,
Estefania los tenia enrojecidos.

--iTu has llorado, chica!

--?Yo?... No, senora, no.

La manera de negarlo era hipocrita. La senora no tuvo necesidad de
insistir mucho para que se lo confesase y aun la causa de su llanto.

--El jefe, senora--comenzo a gimotear--, el jefe, que las ha tomado de
poco tiempo a esta parte conmigo.... En cuando digo cualquier cosa,
suelta la carcajada o dice una porqueria.... Y los demas claro, los
demas, como me tienen ojeriza porque la senora me quiere, y por adular
al jefe, se rien tambien.... Porque le he dicho hoy que se lo diria a la
senora, me ha llenado de insolencias y me ha echado de la cocina.

--iEchado! ?Y quien es el para echarte?--exclamo con impetu el ama.--Ve
a llamarle. Es menester que yo caliente las orejas, lo mismo a ese necio
que a Juanito. iSi nos descuidamos van a mandar en esta casa los criados
mas que los amos!

--Senora ... yo no me atrevo. ?Quiere que le envie recado por Fernando?

--Haz lo que quieras, pero llamale.

Se habia irritado vivamente al escuchar los sollozos de su doncella.
Estefania era su predilecta, a quien distinguia entre todos los criados
y confiaba gran parte de sus secretos. Como todos los despotas presentes
y pasados, estaba dominada sin darse cuenta de ello. El caracter
zalamero y adulador de la doncellita habia ganado su corazon de tal
manera, que con el, sin saberlo ella misma, le habia entregado la
voluntad. Estefania era de hecho quien mandaba en la casa, pues que
mandaba en la senora. El criado que no entraba en su gracia, podia
prepararse a salir en plazo mas o menos corto. Y sucedia lo que puede
darse como regla segura en tales casos, que la preferida y amada de la
senora era profundamente antipatica a la servidumbre. No acaece esto
solamente por esa pasion vergonzosa que en mayor o menor grado reside en
todos los seres humanos, la envidia, sino tambien porque es condicion
precisa del hipocrita y adulador con el grande, ser al propio tiempo
altanero y malevolo con el pequeno.

Llamado por Fernando, a quien Estefania dio el encargo, no tardo en
presentarse en la puerta del gabinete el cocinero, con los atavios del
oficio, esto es, con mandil y gorra blanca; todo blanquisimo. Era un
moceton de treinta anos, de rostro fresco y no desgraciado, con largas
patillas negras. En el ceno que contraia su frente, en la preocupacion
que se observaba en sus ojos, comprendiase que ya sabia a que venia
llamado. Clementina se habia sentado en el confidente. Estefania se
habia retirado a un rincon y puso los ojos en el suelo al entrar el
jefe.

--Vamos a ver, Cayetano; acabo de saber que despues de tratar con muy
poca consideracion a esta chica, la ha echado usted de la cocina. Le
llamo para decirle que ni yo consiento que ningun criado trate mal a
otro, ni usted esta facultado para echar a nadie dentro de mi casa.

--Senora ... yo no la he tratadu mal.... Es ella, la que nus trata mal a
todus ... pincha aqui, pincha alla, sin dejarnus en paz--tartamudeo el
cocinero con marcado acento gallego.

--Bueno, pues si pincha aqui y pincha alli, ningunu de ustedes esta
facultadu para desvergonzarse con ella.... Se me dice a mi y
concluido--, replico vivamente la senora imitando el acento del jefe.

--Es que....

--Es que, nada. Ya sabe usted lo que le he dicho. Hemos
concluido--manifesto el ama con gesto imperioso.

El cocinero, con la cara encendida y todo el cuerpo tembloroso,
permanecio unos segundos inmovil. Despues, antes de retirarse, dirigio
una larga mirada iracunda a la doncellita, que seguia con los ojos en el
suelo con expresion hipocrita donde se traslucia el triunfo del amor
propio.

--iChismosa!--le vomito al rostro mas que le dijo.

La senora se alzo de su asiento, y rebosando de colera por tal falta de
respeto, le dijo:

--?Y como se atreve usted a insultarla en mi presencia? Marchese usted
pronto.... iQuitese de mi vista!

--Senora, lo que le digu es que ella tiene la culpa....

--Pues si tiene la culpa, mejor.... Vayase usted.

--Todus nus iremus de la casa, senora, porque a esa mentecata no hay
quien la sufra.

--Usted, por lo pronto, como si ya se hubiese ido. Puede usted buscar
otro sitio donde servir, que yo no tolero que ningun criado se me quiera
imponer.

El cocinero quedose otra vez inmovil y estupefacto ante aquella brusca
despedida; pero reponiendose en seguida giro sobre los talones, diciendo
con dignidad:

--Esta bien, senora; lo buscare.

Clementina siguio murmurando despues de haberse ido:

--iPero que atrevido es este gallegazo! ?Habra mastuerzo? No creo que a
nadie mas que a mi le toquen semejantes criados....

Apaciguandose de pronto por virtud de otra idea que le acudio, dijo:

--Anda, ven a vestirme, que ya es tarde.

Entro en su tocador seguida de Estefania. Contra lo que debia
presumirse, esta tenia el semblante grave y nublado. Comenzo a
despojarse rapidamente de su traje de calle para ponerse el de media
ceremonia con que comia y recibia a sus intimos por la noche, mas claro
siempre, con un pequeno descote y los brazos cubiertos. La doncella, a
una indicacion suya, saco un traje color fresa exprimida del gran
armario de espejo que ocupaba enteramente uno de los lienzos de la
pared. Antes de ponerselo le arreglo el pelo y le quito las botinas
bronceadas, sustituyendolas con el zapato adecuado. No habia abierto su
boca la palida doncellita hasta entonces, reflejando en el rostro cada
vez mas tristeza y preocupacion. Al fin, hallandose arrodillada a los
pies de su ama, levanto los ojos para decirla timidamente:

--Senora, voy a rogarle una cosa ... que no despida a Cayetano.

Clementina la miro con sorpresa:

--?Esas tenemos?... Conque despues que has sido tu la que....

--Es que, senora--articulo Estefania poniendose todo lo colorada que
permitia su tez--, si ahora le despide, me van los demas a tomar
ojeriza.

--?Y a ti que te importa?

La doncella insistio con muchas veras y cada vez con palabras mas
suplicantes y persuasivas. La senora nego poco tiempo. Como el asunto
era de poca monta y observaba no sin sorpresa el interes y aun ansiedad
que su predilecta tenia en que el cocinero quedase, no tardo en
concederlo, ordenandole que ella arreglase el asunto. Con esto el
semblante de la chica se animo al instante, se puso como unas pascuas y
comenzo a maniobrar en torno de su ama con extraordinaria presteza.

Dos golpecitos dados en la puerta las sorprendio a ambas.

--?Quien es?--pregunto la senora.

--?Te estas vistiendo, Clementina?--se oyo de fuera.

Era la voz de su marido. La sorpresa de la dama no disminuyo por esto.
Osorio subia rarisima vez a su cuarto estando ella sola.

--Si; me estoy vistiendo. ?Hay gente abajo?

--Los de siempre: Lola, Pascuala y Bonifacio.... Es que tengo que hablar
contigo. Te espero aqui en el salon.

--Bien; alla voy.

Desde entonces hasta que termino de arreglarse, Clementina guardo
silencio obstinado, expresando en el rostro una preocupacion sombria que
no paso inadvertida para su doncella. En sus dedos, al dar los ultimos
toques a los pliegues de la falda, habia un ligero temblor, como el de
las ninas que por primera vez se visten para ir a un baile.

Osorio la esperaba, en efecto, en el saloncito de arriba contiguo a su
_boudoir_. Estaba sentado negligentemente en una butaca; pero al ver a
su esposa se levanto, dejando caer previamente en la escupidera la punta
del cigarro que fumaba. Clementina observo que estaba algo mas palido
que de costumbre. Era el mismo hombrecillo de facciones correctas y mal
color que cuando se caso; pero en los ultimos doce anos se habia gastado
bastante su naturaleza. Muchas arrugas en la cara; el cabello gris y la
barba tambien; los ojos menos vivos.

Fue a cerrar la puerta que su mujer dejo abierta, y acercandose a esta
le dijo con afectada naturalidad:

--El cajero me ha entregado hoy un recibo tuyo de quince mil pesetas....
Aqui esta.

Saco la cartera y de ella un papelito satinado y oloroso, que presento a
su esposa. Esta lo miro un instante con semblante grave, sombrio, sin
pestanear, y guardo silencio.

--Hace quince dias me entrego otro de nueve mil.... Aqui esta.

La misma operacion, y el mismo silencio.

--El mes pasado me presento tres; uno de siete mil, otro de once mil y
otro de cuatro mil.... Aqui los tengo tambien.

Osorio agito el punado de papeles un instante delante de los ojos de la
dama. Viendo que esta no despegaba los labios, pregunto:

--?Estas conforme?

--?Con que?--dijo secamente.

--Con que son exactas estas partidas.

--Lo seran si estan firmados los recibos por mi. Tengo poca memoria,
sobre todo en cuestiones de dinero.

--Es una gran felicidad--repuso sonriendo ironicamente Osorio, mientras
volvia a guardar en la cartera los papeles--. Yo tambien he intentado
muchas veces prescindir de ella. Desgraciadamente, el cajero se encarga
siempre de refrescarsela a uno.... iBueno!--anadio, viendo que su mujer
no replicaba--. Pues no he subido a otra cosa mas que a hacerte una
pregunta, y es la siguiente: ?Crees que las cosas pueden seguir de este
modo?

--No entiendo.

--Me explicare: ?crees que puedes seguir tomando de la caja cada pocos
dias cantidades tan crecidas como estas?

Clementina, que estaba palida cuando entro, se habia puesto fuertemente
encarnada.

--Mejor lo sabras tu.

--?Por que mejor?... Tu debes de saber adonde llega tu fortuna.

--Bien, pues no lo se--replico refrenando con trabajo su despecho.

--Nada mas claro. Los seiscientos mil duros que tu padre me ha entregado
al casarme, como estan en fincas producen, segun puedes enterarte de los
libros, unos veintidos mil duros. El gasto de la casa, sin contar con
el mio particular, suma bien tres veces esa cantidad.... Saca ahora, si
quieres, la consecuencia.

--Si te pesa que se gaste de tu dinero, puedes vender las casas--dijo
Clementina con desdenosa sequedad, volviendo a ponerse palida.

--Es que si se vendiesen, manana seria yo responsable con mi dinero de
su importe. ?No sabes eso?

--Firmare cualquier papel diciendo que no se te haga cargo de nada.

--No basta, querida, no basta. La ley no me exime nunca de responder de
la dote mientras tenga dinero.... Ademas, si tu te lo gastases
_alegremente_ (recalco esta palabra), el negocio seria para ti muy
bueno, pero para mi deplorable, porque siempre me quedaba en la
obligacion de ... subvenir a tus necesidades.

--?De mantenerme, verdad?--dijo ella con ironia amarga.

--Queria evitar esa palabra ... pero, en efecto, es la mas exacta.

Hablaba Osorio en un tonillo impertinente y protector que estaba
desgarrando por varios sitios la soberbia de su esposa. Desde las
feroces reyertas que habian producido su separacion debajo del mismo
techo, no habian tenido una entrevista de tal especie como la presente.
Cuando por la convivencia se originaba algun rozamiento, resolvianlo por
una breve y seca explicacion de pasada, en que ambos, sin deponer el
orgullo, usaban de prudencia por temor del escandalo. Pero ahora el
asunto tocaba en lo mas vivo a Osorio. Para un banquero, por esplendido
que sea, lo mas vivo es el dinero. Ademas su amor propio, aunque otra
cosa aparentase, habia sufrido mucho en los ultimos anos. No basta
fingir indiferencia y desden ante los extravios de una esposa; no basta
pagarle en igual moneda paseandole por delante de los ojos las queridas,
hacer gala de ellas ante el publico. Las armas seran iguales, pero las
heridas que la mujer causa son mas profundas y mas graves que las del
hombre. El malestar que la conducta libre de su esposa le causaba no
disminuia con el tiempo. El abismo que los separaba era cada vez mas
profundo. Por eso, la airada venganza cogia esta ocasion por los pelos.

Clementina le miro un instante. Luego, encogiendose de hombros y
haciendo con los labios una leve mueca de desden, dio la vuelta y se
dispuso a salir de la estancia. Osorio avanzo unos pasos colocandose
entre ella y la puerta.

--Antes de irte quiero que sepas que el cajero tiene orden de no pagar
ningun recibo que no vaya visado por mi.

--Enterada.

--Para tus gastos tendras una cantidad fija, que ya determinaremos cual
ha de ser. No quiero mas sorpresas en la caja.

Clementina, que iba a salir por la puerta de la antesala, retrocedio
para hacerlo por la de su _boudoir_. Antes de desaparecer, teniendo el
portier levantado con una mano y encarandose con su marido, le dijo con
reconcentrada ira:

--Al fin resultas un puerco como tu cunado; solo que este no las echa
como tu de generoso.

Dejo caer el portier y dio un gran portazo.

Osorio hizo un movimiento para arrojarse detras de ella; pero
reponiendose instantaneamente grito mas que dijo para que le oyese bien:

--iEs claro! soy un puerco porque no quiero mantener senoritos
hambrientos. iQue los mantengan las viejas que los utilizan!

Despues de proferida esta ferocidad quedo satisfecho al parecer, porque
en sus labios se dibujo una sonrisa de triunfo y sarcasmo.

Cinco minutos despues ambos esposos estaban en el comedor riendo y
bromeando con los tres o cuatro convidados que tenian.




IV

#Como alentaba a la virtud el senor duque de Requena.#


A ver, a ver, explica eso.

--Senor duque, el negocio es clarisimo. Hoy he hablado con Regnault. La
mina puede producir, cambiando los hornos, construyendo algunas vias y
estableciendo maquinaria a proposito, una mitad mas de lo que
actualmente rinde. Puede llegar a producir sesenta mil frascos de
azogue. El dinero necesario para lograr esto no pasa de ciento a ciento
cincuenta mil duros.

--Me parece mucho.

--?Mucho, para un resultado como ese?

--No; me parecen muchos frascos.

--Pues a mi no me cabe duda de que es verdad lo que dice Regnault. Es un
ingeniero inteligente y practico. Seis anos ha estado explotando las de
California. Ademas, el ingeniero ingles que ha ido con el asegura lo
mismo.

Los que asi hablaban eran el duque de Requena y su secretario, primer
dependiente o como quiera llamarse, pues en la casa no habia apelativo
designado para el. Llamabasele simplemente Llera. Era un mozo asturiano,
alto, huesudo, de rostro palido y anguloso, brazos y piernas
larguisimos, grandes manos y pies, brusco y desgarbado de ademanes y con
unos ojos grandes de mirar franco y sincero donde brillaba la voluntad y
la inteligencia. Era un trabajador infatigable, asombroso. No se sabia a
que horas comia ni dormia. Cuando llegaba a las ocho de la manana al
escritorio, ya traia hecha la tarea de cualquier hombre en todo el dia.
A las doce de la noche aun se le podia ver muchas veces con la pluma en
la mano en su despacho. Con ese don especial para conocer a los hombres,
que poseen todos los que han de lograr exito feliz en el mundo, Salabert
penetro, al poco tiempo de tenerle por infimo escribiente, el caracter
y la inteligencia de Llera. Y sin darle gran consideracion en
apariencia, porque esto no entraba jamas en su proceder, se la dio de
hecho acumulando sobre el los trabajos de mas importancia. En poco
tiempo llego a ser el hombre de confianza del celebre especulador, el
alma de la casa. Su laboriosidad humillaba a todos los demas empleados y
de ella se servia Salabert para cargarlos de trabajo en horas
excepcionales. Llera, a un mismo tiempo, era su secretario, su mayordomo
general, el primer oficial de su oficina, el inspector de las obras que
tenia en construccion y el agente de casi todos sus negocios. Por llevar
a cabo este trabajo inconcebible, superior a las fuerzas de cuatro
hombres medianamente laboriosos, le daba seis mil pesetas al ano. El
dependiente se creia bien retribuido, considerabase feliz pensando que
hacia seis anos nada mas, ganaba mil quinientas. Todos los dias, antes
de dar su paseo matinal y emprender sus visitas de negocios, daba el
duque una vuelta por el despacho de Llera, se enteraba de los asuntos y
conversaba con el un rato largo o corto segun las circunstancias.

El duque tenia las oficinas en los altos de su palacio del paseo de
Luchana, soberbio edificio levantado en medio de un jardin que, por lo
amplio, merecia el nombre de parque. En el verano, los arboles, tupidos
de follaje, apenas dejaban ver la blanca cresteria de la azotea. En el
invierno, las muchas coniferas y arbustos de hoja permanente que alli
crecian, le daban todavia aspecto muy grato. Era el centro de reunion de
todos los pajaros del distrito del Hospicio. Tenia acceso por una gran
escalinata de marmol. Ademas del piso bajo donde se hallaban los salones
de recibir y el comedor poseia otros dos. Parte del ultimo era lo que
ocupaban las oficinas, que no eran muy considerables. A Salabert le
bastaba para la direccion de sus negocios con una docena de empleados
expertos. El lujo desplegado en la casa era sorprendente: el mobiliario
valia no pocos millones. Chocaba con la avaricia, que todo el mundo
atribuia a su dueno. Esta y otras contradicciones parecidas se iran
resolviendo segun vayamos penetrando en su caracter, uno de los mas
curiosos y mas dignos de fijar la atencion del lector. Las cocinas
estaban en los sotanos, que eran espaciosos y bien dispuestos. El
comedor, que ocupaba la parte trasera del piso bajo, tenia por
complemento un invernadero de excepcionales dimensiones, donde crecian
gran numero de arbustos y flores exoticas y donde el agua que manaba
profusamente formaba estanquecillos y cascadas muy gratos de ver; todo
imitando, en lo posible, a la naturaleza. Las cuadras estaban en
edificio aparte al extremo del jardin, lo mismo que la habitacion de
algunos criados, no todos.

El duque, repantigado en el unico sillon que habia en el despacho de
Llera, mientras este se mantenia frente a el de pie dando vueltas en la
mano a unas grandes tijeras de cortar papel, paseo tres o cuatro veces
de un angulo a otro de la boca el negro y mojado cigarro, sin contestar
a las ultimas palabras de su secretario. Al fin gruno mas que dijo:

--iHum! El ministro esta cada dia mas terco.

--iQue importa! ?No sabe usted el secreto de hacerle ceder?...
Telegrafie usted a Liverpool y antes de quince dias el frasco de azogue
baja desde sesenta a cuarenta duros.

El duque de Requena habia formado por iniciativa y consejo de Llera,
hacia cuatro anos, una sociedad o sindicato de azogues con el objeto de
acaparar todo el mercurio que saliese al mercado. Gracias a ello, este
producto habia subido extraordinariamente. La sociedad se encontraba con
un deposito inmenso en Liverpool. El plan de Llera era lanzarlo al
mercado en un momento dado, produciendo una baja enorme que asustase al
Gobierno. Esto, realizado en la epoca misma del pago del emprestito de
cien millones de pesetas que el Gobierno habia hecho hacia diez anos a
una casa extranjera, le empujaria a pensar en la venta de la mina de
Riosa. Si por otra parte se ayudaba a la empresa sacrificando algunos
millones, subvencionando periodicos y personajes, podia darse por seguro
el exito. Este plan, formado por Llera y madurado por el duque, venia
desenvolviendose con regularidad y tocaba a su termino.

--Alla veremos--manifesto el opulento banquero quedandose unos instantes
pensativo--. Cuando salga a subasta--dijo al cabo--, sera necesario
formar otra sociedad. La de azogues no nos sirve para el caso.

--iClaro que se formara!

--El caso es que yo no quiero comprometer en este negocio mas de ocho
millones de pesetas.

--Eso ya es otra cosa--manifesto Llera poniendose serio--. Apoderarse de
un negocio de esa entidad con tan poco dinero me parece imposible. La
gerencia ira a parar a otras manos y entonces queda reducido a un tanto
por ciento mayor o menor.... ies decir, a nada!

--Verdad, verdad--mascullo Salabert quedandose otra vez profundamente
pensativo. Llera tambien permanecio silencioso y meditabundo.

--Ya le he indicado a usted el unico medio que hay para conseguir la
direccion....

Este medio consistia en tomar una cantidad bastante crecida de acciones
en la mina al ser comprada por la sociedad; seguir comprando todas las
que se pudiesen; luego comenzar a venderlas mas baratas, hasta llegar a
producir el panico en los accionistas. Comprar y vender perdiendo
durante algun tiempo este era el medio que proponia Llera para conseguir
la baja de las acciones y poder adquirir con mucho menos dinero la mitad
mas una y apoderarse por completo del negocio. Salabert no lo veia tan
claro como su secretario. Era la suya una inteligencia perspicaz,
minuciosa, penetrante; pero le faltaba grandeza e iniciativa en los
negocios, aunque otra cosa pensasen los que le veian acometer empresas
de excepcional importancia. El pensamiento primordial, la que pudieramos
llamar idea madre de un negocio, casi nunca nacia en su cerebro; le
venia de afuera. Pero en el germinaba y se desarrollaba quiza como en
ningun otro de Espana. Poco a poco lo iba analizando, disecando mejor,
penetraba hasta las ultimas fibras, lo contemplaba en sus multiples
aspectos, y una vez convencido de que le reportaria ventajas, se lanzaba
sobre el con rara y sorprendente audacia. Esto era lo que acerca de sus
dotes de especulador habia producido el engano del publico. Estaba bien
convencido de que una vez resuelto a acometer la empresa, cualquier
vacilacion resultaba perjudicial. Tal audacia no procedia, pues,
directamente de su temperamento, sino de la reflexion. Era una muestra
de su astucia incomparable.

Por lo demas, su fondo era timido. Este defecto, en vez de corregirse
con la felicidad casi nunca interrumpida de sus exitos, se aumentaba
cada dia. La avaricia es medrosa y suspicaz. Salabert era cada vez mas
avaro. Ademas, con los anos, el pesimismo va penetrando en el espiritu
del hombre. Acostumbrado a grandes resultados en sus especulaciones,
nuestro banquero juzgaba deplorable el negocio en que no percibia
pinguees ganancias. Si por acaso no obtenia ninguna o habia leve perdida,
creia el caso digno de ser lamentado largamente. Asi que, sin el
concurso de Llera, sin su caracter osado y su imaginacion fecunda en
invenciones, el duque de Requena haria ya tiempo que no se aventuraria
en un negocio de mediana importancia. En cambio, lo que habia perdido de
inventiva y audacia habialo reemplazado por un tacto y habilidad
verdaderamente pasmosos, un conocimiento de los hombres que solo la edad
y una atencion constante pueden lograr. En tal sentido puede decirse que
Llera y el se completaban a maravilla. Esta sagacidad y este
conocimiento del corazon humano llegaban en Salabert a pecar de
excesivos; esto es, se pasaba de listo en ocasiones. En su trato con los
hombres, mirandoles siempre del lado de los intereses materiales, habia
llegado a formarse tan triste idea de ellos, que resultaba monstruosa y
le expuso a serios percances. Quiza lo que veia en los otros no era mas
que el reflejo de su propia imagen como nos sucede a todos los humanos.
Para el no habia hombre ni mujer incorruptibles. Un poco mas caras o un
poco mas baratas las conciencias, todas estaban a la venta. En los
ultimos anos el soborno llego a ser en el una mania. Si tropezaba con
personas que no se dejaban comprar, nunca imaginaba que lo hacian de
buena fe, sino porque se estimaban en mayor precio del que ofrecia. Era
una de las tareas mas pesadas de Llera arrancarle de la cabeza los
proyectos de soborno cuando recaian en hombres que sin duda habian de
rechazarlos con indignacion. Si tenia un pleito, lo primero que pensaba
era cuanto dinero iban a costarle los magistrados que habian de
fallarlo. Si estaba interesado en un expediente gubernativo, separaba
_in mente_ la cantidad que debia destinar al ministro o al subsecretario
o a los consejeros de Estado. Desgraciadamente este lapiz negro que
tenia siempre en la mano para tiznar el rostro de la humanidad, se
empleaba con resultado positivo en bastantes ocasiones.

El duque de Requena ni tenia sentido moral ni nunca lo habia conocido.
Su vida de granuja anonimo en Valencia, estaba senalada por una serie de
travesuras y manas chistosas, por una fecundidad tan grande en trazas
para sacar al projimo su dinero, que lo hicieron digno emulo del
_Lazarillo de Tormes, El picaro Guzman de Alfarache_ y otros heroes
famosos de la novela espanola. Por cierto que antes de ir adelante
conviene expresar que un grupo de socios del Ateneo habia puesto a
Salabert el sobrenombre de _El picaro Guzman_ con que le conocian. Pero
este apodo no salio del circulo de amigos. Mejor exito tuvo una frase
del presidente del Consejo de Ministros explicando las iniciales del
duque. Decia que a estas iniciales A.S. debia ponerseles signo de
admiracion para que dijeran: _iA Ese!_

Contabase con visos de verosimilitud que en Cuba, adonde habia ido a
buscar fortuna, compro un tabernucho en los arrabales de la Habana, con
todo su mobiliario, incluyendo en el una negra destinada a su servicio.
Esta negra, durante los anos que tuvo aquel comercio, fue su criada, su
ama de gobierno, su dependiente y su concubina. De ella tuvo varios
hijos. Cuando hubo ahorrado algunos miles de duros para restituirse a
Espana, liquido sus cuentas vendiendo la taberna, el mobiliario, la
negra.... iy los hijos!

Luego comenzaron los equipos para la tropa, los negocios de tabacos, la
subasta de carreteras, cediendolas unas veces con primas, otras
construyendolas sin las condiciones exigidas por el contrato, los
emprestitos al Gobierno, etc., etc. En todos ellos desplego nuestro
negociante su rara sagacidad, su talento positivo y un "organo de la
adquisividad" tan poderoso, que con razon le hicieron celebre entre los
personajes de la banca.

No era antipatico su trato. Al reves de casi todos los que aspiran a las
riquezas o al poder, ni era fino en los modales ni meloso en las
palabras. Era mas bien brusco que cortes; pero sabia admirablemente
distinguir de personas y se suavizaba cuando hacia falta. Esta misma
tosquedad nativa serviale para disfrazar lo astuto y sutil de su
pensamiento. Parecia que aquel exterior burdo, rustico, aquellos modales
exageradamente libres y campechanos no podian menos de guardar un
corazon franco y leal. Era (por fuera nada mas) el tipo acabado del
castellano viejo, honradote, sincero e impertinente. Hablaba poco o
mucho segun le convenia, se expresaba con dificultad real o fingida (que
esto nunca llego a averiguarse), tenia de vez en cuando salidas
chistosas, aunque siempre tocadas de groseria, y solia decir en la cara
algunas cosas desagradables que le hacian temible en los salones. La
preponderancia adquirida por sus riquezas habia hecho crecer este ultimo
defecto. A la mayor parte de las personas, aun a las damas, solia
hablarles con una franqueza rayana en el cinismo y la desvergueenza;
signos del desprecio que en realidad le inspiraban. No obstante, cuando
tropezaba con un personaje politico de los que a el le convenia tener
propicios, esta franqueza tomaba otro giro muy distinto y se
transformaba en adulacion y casi casi en servilismo. Mas esta farsa,
aunque admirablemente desempenada, no enganaba a nadie. El duque de
Requena era tenido por un zorro de marca. Por milagro creia ya alguno en
sus palabras ni se dejaba cautivar por aquel aspecto rudo y bonachon.
Los que le hablaban estaban siempre en guardia, aunque fingiendo
confianza y alegria. Como sucede a todos los que han conseguido
elevarse, los defectos que universalmente se le reconocian, mejor dicho,
la mala fama que tenia, no era obstaculo para que se le respetase, para
que todos le hablasen con el sombrero en la mano y la sonrisa en los
labios, aunque nunca hubiesen de necesitar de el. Los hombres muchas
veces se humillan por el solo placer de humillarse. Salabert conocia
esta innata tendencia que tiene la espina dorsal del hombre a doblarse y
abusaba de ella. Muchos que vivian con independencia, no solo le
toleraban impertinencias que les hubieran parecido intolerables en algun
amigo de la infancia, sino que apetecian y buscaban su trato.

--Veremos, veremos--repitio de nuevo cuando Llera le recordo el medio de
apoderarse de la gerencia--. Tu eres muy fantastico; tienes la cabeza
demasiado caliente. No sirves para los negocios. A ver si nos pasa aqui
lo que con las alhondigas.

Por consejo de Llera, el negociante habia construido alhondigas en
algunas capitales de Espana, las cuales no habian tenido el exito que
esperaban. Como despues de todo el negocio no era de gran entidad, las
perdidas tampoco fueron cuantiosas. A pesar de eso, el duque, que las
habia llorado como si lo fuesen y no habia escaseado a su secretario
frases groseras e insultantes, le recordaba a cada instante el asunto.
Serviale de arma para despreciar sus planes, aunque despues los
utilizase lindamente y a ellos debiese un aumento considerable de su
hacienda. Teniale de esta suerte sumiso, ignorante de su valer y presto
a cualquier trabajo por enojoso que fuera.

Un poco avergonzado por el recuerdo, Llera insistio en afirmar que el
negocio de ahora era de exito infalible si se le conducia por los
caminos que el senalaba. Salabert corto bruscamente la discusion pasando
a otros asuntos. Informose rapidamente de los del dia. La perdida de una
fianza que habia hecho por un pariente de Valencia, le puso fuera de si,
bufo y pateo como un toro cuando le clavan las banderillas, se llamo
animal cien veces y tuvo la desfachatez de decir, en presencia de Llera,
que su bondadoso corazon concluiria por arruinarle. La perdida, en
total, representaba unas veintidos mil pesetas. Las fianzas que el duque
hacia por sus mas intimos amigos o parientes eran del tenor siguiente:
Las hacia generalmente en papel, exigia al afianzado un seis por ciento
del capital depositado, y se encargaba ademas de cortar y cobrar los
cupones. De suerte que el capital, en vez de redituarle lo que a todos
los tenedores de valores del Estado, le producia un seis por ciento
mas. Asi eran los negocios que el duque hacia, no tanto por interes como
por impulso irresistible de su corazon.

Salio furioso del despacho de su secretario, fuese a la caja y
aprendiendo alli que iban a mandar a cobrar al Banco nueve mil duros de
cuenta corriente, el mismo recogio el _talon_ despues de firmarlo. Debia
pasar por alla a celebrar una Junta como consejero, y de paso ningun
trabajo le costaba hacerlo efectivo. Salio a pie como era su costumbre
por las mananas. En las hermosas coniferas que bordaban los caminos del
jardin-parque cantaban alegremente los pajaros. Se comprendia que no
habian puesto fianza alguna y la habian perdido. El senor duque maldita
la gana que tenia de cantar ni aun escuchar sus regocijados trinos. Paso
de largo con el semblante torvo, sin responder a los saludos de los
jardineros y del portero, mordiendo con mas ensanamiento que nunca su
enorme cigarro. En la calle no tardo en colorearse un poco su rostro.
Tuvo un encuentro agradable y util. El presidente del Consejo de Estado,
a quien le gustaba tambien madrugar, le saludo en el paseo de Recoletos.
Hablaron algunos momentos y los aprovecho para recomendarle, con la
brusquedad calculada que le caracterizaba, un expediente de ciertas
marismas en que estaba interesado. Despues, a paso lento, mirando con
sus ojos saltones, inocentes, a los transeuntes, deteniendolos
particularmente en las frescas domesticas que regresaban a sus casas con
la cesta de la compra llena y las mejillas mas coloradas por el
esfuerzo, se dirigio al Banco de Espana. Era mucha la gente que le
quitaba el sombrero. De vez en cuando se detenia un instante, daba un
apreton de manos, y cambiando con el conocido que tropezaba cuatro
palabras en tono familiar y desenfadado, seguia su camino.

Era temprano aun. Antes de llegar al Banco se le ocurrio subir a casa de
su amigo y compariente Calderon. Tenia este su almacen y su escritorio
en la calle de San Felipe Neri, tal cual su padre lo habia dejado, esto
es, pobrisimo de apariencia y hasta lobrego y sucio. En aquel local,
donde la luz se filtraba con trabajo al traves de unos cristales
polvorientos resguardados por toscos barrotes de hierro, donde el olor
de las pieles curtidas llegaba a producir nauseas, el viejo Calderon
habia ido amontonando con mecanica regularidad duro sobre duro, onza
sobre onza, hasta formar algunas pilas de millon. Su hijo Julian nada
habia cambiado. A pesar de ser uno de los banqueros mas ricos de Madrid,
no habia querido prescindir del almacen de pieles, y eso que este
comercio, comparado con el de letras y efectos publicos que la casa
llevaba a cabo, poco le representaba. Calderon era un tipo de banquero
distinto de Salabert. Tenia un temperamento esencialmente conservador,
medroso hasta el exceso para los negocios, prefiriendo siempre la
ganancia pequena a la grande cuando esta se logra con riesgo. De
inteligencia bastante limitada, cauteloso, vacilante, minucioso. Toda
empresa nueva le parecia una locura. Cuando veia fracasar a un
companero en alguna, sonreia maliciosamente y se daba a si mismo el
parabien por el gran talento de que estaba dotado. Si rendia ganancias,
sacudia la cabeza murmurando con implacable pesimismo: "Al freir sera el
reir". Economico, avaro mejor dicho, hasta un grado escandaloso en su
casa. Si la tenia puesta con relativo lujo habia sido a fuerza de
suplicas de su mujer, de burlas de sus amigos, y sobre todo porque habia
llegado a convencerse de que necesitaba gozar de cierto prestigio
exteriormente si habia de competir con los muchos e inteligentes
banqueros establecidos en la corte. Los tiempos habian cambiado mucho
desde que su padre acaparaba una parte considerable de los giros de la
plaza. Pero despues de comprados cuidaba con tal esmero de la
conservacion de los muebles, exigia tal refinamiento de vigilancia a los
criados, a su mujer y a sus hijos, que en realidad eran todos esclavos
de aquellos costosos artefactos. Pues si vamos al coche, no es posible
imaginarse los temores, las agitaciones sin cuento que le costaba. Cada
vez que el cochero le decia que un caballo estaba desherrado, era un
disgusto. Tenia un tronco de yeguas francesas de bastante precio. Las
mimaba tanto o mas que a sus hijos. Sacabalas a paseo por las tardes;
pero no le conducian al teatro por miedo a una pulmonia. Preferia que su
mujer fuese a pie o en coche de alquiler, a exponerse a la perdida de
una de ellas. No hay que decir, si alguna se ponia enferma, lo que
pasaba por nuestro banquero. La preocupacion, el abatimiento se pintaban
en su semblante. Visitabala a menudo, la acariciaba, y no pocas veces
ayudaba al cochero y al veterinario a las curas, aunque consistiesen en
ponerle lavativas. Hasta que la enferma sanase no habia buen humor en la
casa.

Era un marido cominero. Para eso tal vez no le faltaba razon. La apatia
de su mujer era tan grande, que si el no se encargase de tomar la cuenta
a la cocinera y manejar las llaves de los armarios, Dios sabe como
andaria la casa. Mariana no disponia ni ejecutaba nada. Su papel era el
de una hija de familia, y lo aceptaba sin pesar. Otra mujer cualquiera
se creeria humillada necesitando acudir a cada instante a su marido para
los menesteres mas insignificantes de la vida domestica. Ella juzgabalo
natural, y sobre todo muy comodo cuando la sordida economia de Calderon
no la apretaba demasiado. La que alguna vez protestaba sordamente contra
esta exclusiva centralizacion de las atribuciones administrativas era su
madre, aquella senora delgadisima, de ojos hundidos, de quien hicimos
mencion en el primer capitulo. Tales protestas no eran, sin embargo,
frecuentes ni duraderas. En el fondo habia un acuerdo perfecto entre la
suegra y el yerno. La vieja, como viuda de comerciante de provincia, a
quien habia ayudado a labrar su capital, era mas amante aun del orden y
la economia, mejor dicho, era todavia mas tacana que el. Por esto no
habia podido vivir jamas con su hijo: su excesivo gasto, y sobre todo el
despilfarro, los caprichos escandalosos de Clementina, la irritaban, la
amargaban todos los instantes de la existencia. En casa de Calderon, su
papel era el de vigilante o inspector de la servidumbre, el cual
desempenaba a maravilla. Su yerno descansaba confiadamente en ella.
Gracias a esto y a que esperaba que mejorase a Mariana en el testamento,
la guardaba mas consideraciones que a esta.

Salabert era, en el fondo, tan avaro como Calderon y casi tan timido,
pero mucho mas inteligente. Su timidez estaba contrapesada por una buena
dosis de fanfarroneria: su avaricia por un conocimiento profundo de los
hombres. Sabia bien que el aparato, la ostentacion de las riquezas,
influye notablemente hasta en el animo de los mas despreocupados;
contribuye en sumo grado a inspirar la confianza necesaria para acometer
empresas importantes. De aqui el lujo con que vivia, su palacio, sus
trenes, los bailes famosos que de vez en cuando daba a la sociedad
madrilena. El caracter de Calderon le inspiraba un desprecio profundo:
al mismo tiempo le despertaba el buen humor. Al ver la pequenez de su
amigo se crecia, contemplabase mas grande de lo que en realidad era y
experimentaba viva satisfaccion. No se juzgaba solamente mas habil, mas
astuto (unicas ventajas que positivamente le llevaba), sino generoso y
liberal, casi un prodigo.

Penetro resoplando en el tenebroso almacen de la calle de San Felipe
Neri, dejando como siempre estupefactos, abatidos, aniquilados a los
dependientes, para los cuales el duque de Requena no era solo el primer
hombre de Espana, sino un ser sobrenatural. Produciales su vista la
misma impresion de espanto y entusiasmo, de temor y fervorosa adoracion
que a los japoneses el gran Mikado. Y si no se prosternaban y hundian su
frente en el polvo como aquellos, por lo menos se ponian colorados hasta
las orejas y no acertaban en algunos minutos a colocar la pluma sobre el
papel ni prestaban atencion a lo que el parroquiano les decia. Mirabanse
con senales de pavor y decianse en voz baja lo que de sobra sabian
todos: "iEl duque!" "iEl duque!" "iEl duque!"

El duque paso, como solia cuando por casualidad iba por alli, sin
dignarse arrojarles una mirada, y se fue derecho al pequeno departamento
donde Calderon solia estar. Mucho antes de llegar a el comenzo a decir
en voz alta:

-iCaramba, Julian! ?cuando saldras de esta cueva? Esto no es una casa de
banca; es una cuadra. No tiene vergueenza el que viene a visitarte. iPuf!
?Pero desollais aqui tambien las reses, o que? Hay un hedor insufrible.

Calderon ocupaba, al final del almacen, un rincon separado del resto por
un biombo de tabla pintada con una puertecita de resorte. Pudo escuchar,
pues, todas las palabras de su amigo antes que este empujase la mampara.

--iQue quieres, hombre!--dijo algo amoscado por haberse enterado los
dependientes de la filipica--; no todos somos duques ni se nos enredan
los millones en los pies.

--iQue millones! ?Se necesitan millones para tener un despacho limpio y
confortable? Lo que debes confesar es que te duele gastar una peseta en
adecentarle. Te lo he dicho muchas veces, Julian; eres un pobre y toda
la vida lo seras. Yo con mil reales sere mas rico siempre que tu con mil
duros; porque se gastarlos.

Calderon gruno algunas protestas y siguio trabajando. El duque, sin
quitarse el sombrero, dejose caer en la unica butaca que alli habia
forrada de badana blanca, o que debio de ser blanca. Ahora presentaba un
color indefinible entre amarillo de ambar, ceniza y verde botella, con
fuertes toques negros en los sitios de apoyar la cabeza y las manos.
Habia ademas tres o cuatro banquetas forradas de lo mismo y en identico
estado, una estanteria de pino llena de legajos, una caja pequena de
valores, una mesa de escribir antiquisima de nogal y forrada de hule
negro, y detras de ella un sillon tosco y grasiento donde se hallaba
sentado el jefe de la casa. Aquel pequeno departamento estaba
esclarecido por una ventana con rejas. Para que los transeuntes no
pudiesen registrarlo habia visillos que, a mas de ser de lo mas
ordinario y barato en el genero, ofrecian la curiosa circunstancia de
ser el uno demasiado largo y el otro tan corto que le faltaba cerca de
una cuarta para tapar por completo el cristal de abajo.

--Pero hombre, ya que no te mudes de casa deja ese dichoso comercio de
pieles, que no es digno de un hombre de tu representacion y tu fortuna.

--Fortuna ... fortuna--mascullo Calderon sin dejar de mirar el papel en
que escribia--. Ya se que se habla de mi fortuna.... iSi fuesemos a
liquidar, quien sabe lo que resultaria!

Calderon no confesaba jamas su dinero: gozaba en echarse por tierra.
Cualquier alusion a su riqueza le molestaba en extremo. Por el
contrario, a Salabert le gustaba dar en rostro con sus millones y
representar el _nabab_; por supuesto, a la menor costa posible.

--Ademas--siguio diciendo con mal humor--, todo el mundo se fija en lo
que entra, pero nadie atiende a lo que sale. Los gastos que uno tiene
son cada vez mayores. ?A que no sabes lo que llevo gastado este ano,
vamos a ver?

--Poca cosa--respondio el duque con sonrisa despreciativa.

--?Poca cosa? Pues pasa de setenta y cinco mil duros, y aun estamos en
Noviembre.

--?Que dices?--manifesto el duque con viva sorpresa--. No puede ser.

--Lo que oyes.

--Vaya, vaya, no me metas los dedos por los ojos, Julian.... A no ser
que en esos setenta y cinco mil duros esten incluidos los gastos de la
casa que estas fabricando en el Horno de la Mata.

--Pues naturalmente.

Al duque le acometio al oir esto tal golpe de risa, que por poco se
ahoga. Cayosele el cigarro. La faz, ordinariamente amoratada, se puso
ahora que daba miedo. El golpe de tos que le vino, acompanando a la
risa, fue tan vivo, que parecia que iba a desplomarse presa de la
congestion.

--iHombre, tiene gracia! itiene muchisima gracia eso!--dijo al cabo
entre los flujos de la risa y de la tos--. No se me habia ocurrido hasta
ahora.... De aqui en adelante incluire en los gastos de mi casa todas
las compras de valores y todas las casas que edifique. Voy a aparecer
con mas gasto que un rey.

La risa tan franca y ruidosa del duque molesto y corrio
extraordinariamente a Calderon.

--No se a que viene esa risa.... Si sale de la caja, en el capitulo de
gastos esta.... De todas maneras, Antonio, mas sabe el loco en su casa
que el cuerdo en la ajena.

El duque, de algun tiempo a esta parte, menudeaba las visitas a su amigo
y companero. Empezaba a hacerle la rosca para atraerle al negocio de las
minas de Riosa. Se aproximaba el momento en que habia de efectuarse la
subasta. Necesitaba para entonces contar con algunos accionistas de
consideracion. D. Julian lo era, tanto por el capital que representaba,
como por su caracter mismo. Gozaba en el mundo de los negocios fama de
precavido, de receloso mejor. De suerte que el hecho de tomar parte en
cualquier especulacion la acreditaba de segura, y esto era lo que
Salabert necesitaba. No quiso molestarle, pues, muy fuertemente y cambio
la conversacion. Con la gran flexibilidad, con la finura que poseia bajo
su corteza ruda, supo ponerle de buen temple loando su prevision en
cierto negocio fracasado donde no se dejo coger, desollando a otros
negociantes enemigos y reconociendole tacitamente sobre ellos
superioridad de talento y penetracion. Cuando le tuvo bien trasteado,
hablole por tercera o cuarta vez, en terminos vagos, del negocio de la
mina. Ofrecialo como un ideal inaccesible para meterle en apetito. iSi
algun dia fuera posible comprar esa mina, que gran negocio! No habia
conocido otro mas claro en su vida. Lo peor era que el Gobierno no
estaba dispuesto a soltarla. Sin embargo, f..., con un poco de habilidad
y trabajandolo bien, acaso con el tiempo.... Para entonces necesitabanse
algunos hombres que no tuviesen inconveniente en invertir un buen
capital. Si no los hallaba en Espana, iria al extranjero a buscarlos....

Calderon, al oir hablar de un negocio, se encogia como los caracoles
cuando los tocan. El de ahora era tan gordo, por los datos indecisos que
el duque le suministraba, que le obligo a meterse de golpe en la
cascara. Asi que Salabert comenzo a precisar un poco, pusose torvo y
sombrio, mostrose receloso e inquieto, como si entonces mismo le fuesen
a exigir una cantidad exorbitante.

Cuando hubo concluido su largo discurso, un poco incoherente, que
parecia mas bien un monologo, el duque se levanto bruscamente.

--Vaya, Julianito, me voy de aqui al Banco.

Al mismo tiempo saco otro cigarro de la petaca, y sin ofrecerle, porque
no fumaba, lo encendio por formula, pues los dejaba apagarse en seguida
para seguir mordiendolos.

D. Julian respiro con satisfaccion.

--iTu siempre con esa actividad febril!--dijo, sonriendo y alargandole
la mano.

--iSiempre detras del dinero!

Cuando ya iba a trasponer la puerta, Calderon se acordo de que podia
utilizar aquella visita.

--Oye, Antonio: tengo ahi un monton de _londres_.... ?Las quieres? Te
las doy baratas.

--No me hacen falta ahora. ?Como las cedes?

--A cuarenta y siete.

--?Son muchas?

--Ocho mil libras entre todas.

--Siento no necesitarlas. Es buena ocasion. Adios.

Trasladose al Banco, asistio a la reunion, y despues de hacer efectivos
los nueve mil duros del _talon_, salio con su amigo Urreta, otro de los
celebres banqueros de Madrid. Al llegar cerca de la Puerta del Sol, se
dieron la mano para despedirse.

--?Adonde va usted?--le pregunto Salabert.

--Voy de aqui a casa de Calderon, a ver si puede facilitarme _londres_.

--Es inutil el paseo--repuso vivamente el primero--. Todas las que tenia
acabo yo de tomarselas.

--Hombre, lo siento. ?Y a como se las ha puesto?

--A cuarenta y seis, diez.

--No son baratas; pero me hacen mucha falta y aun asi las tomaria.

--?Le hacen a usted falta de verdad?--dijo Salabert echandole al mismo
tiempo el brazo sobre los hombros.

--De verdad.

--Pues voy a ser su Providencia. ?Que cantidad necesita usted?

--Bastante. Diez mil libras lo menos.

--No puedo tanto; pero por ocho mil, puede usted enviar esta tarde.

El rostro de Urreta se ilumino con una sonrisa de agradecimiento.

--iHombre, no puedo permitir!... A usted le haran falta tambien....

--No tanto como a usted.... Pero aunque asi fuera.... Ya sabe usted que
se le quiere mucho. Es usted el unico guipuzcoano con talento que he
tropezado hasta ahora.

Al mismo tiempo, como le llevara abrazado, le daba afectuosas palmaditas
en el hombro. Estrecharonse de nuevo la mano, y despues que Urreta se
deshizo en frases de gratitud, a las cuales contestaba Salabert en ese
tono brusco y campechanote que tanto realza el merito de cualquier
servicio, se despidieron.

El duque tomo inmediatamente un coche de alquiler.

--A la calle de San Felipe Neri, numero....

--Esta bien, senor duque--repuso el cochero.

Alzo la cabeza el procer para mirarle.

--iHola! ?Me conoces?

Y sin aguardar la contestacion se metio adentro y cerro la portezuela.

--Julian.... Julian--grito a su amigo antes de abrir la mampara del
escritorio--. Vengo a hacerte un favor.... iQue suerte tienes, maldito!
Mandame esas _londres_ a casa.

--iHola!--exclamo el banquero con sonrisa triunfal--. ?Las necesitas?

--iSi, f...., si! Siempre me ha de hacer falta a mi lo que a ti te
conviene soltar.... Adios....

Y sin entrar en el despacho dejo libre la mampara de resorte que tenia
sujeta y se fue. Dio las senas al cochero de un hotel situado en el
barrio Monasterio y se reclino en un angulo, mordiendo su cigarro y
resoplando con evidente satisfaccion. Experimentola nuestro banquero
despues de cometer aquella granujada, despues de despojar a su amigo
Calderon de unas cuantas pesetas, como el justo al concluir un acto de
justicia o de caridad. Su imaginacion, siempre alerta para los asuntos
donde hubiese dinero, vago, mientras el carruaje le conducia al
Hipodromo, al traves de los varios negocios en que estaba comprometido;
pero se detuvo muy particularmente en el de la mina de Riosa. La
combinacion de Llera le iba pareciendo cada vez mejor. Sin embargo,
tenia sus puntos flacos. A reforzarlos se aplico con el pensamiento,
hasta que el coche se detuvo delante de la verja de un hotelito de
construccion barata, con muchos adornos de yeso y madera que le hacian
semejar a las obras de confiteria.

Apresurose el portero a abrirle con acatamiento. Salvo en tres pasos el
diminuto jardin. Al subir las pocas escaleras del piso bajo salio a la
puerta una criada joven.

--Hola, Petra: ?y tu ama?

--Duerme todavia, senor duque.

--Pues ya son las doce--dijo sacando su cronometro--. Voy a subir de
todos modos.

Y pasando por delante de ella, entro en la antesalita ochavada.
Despojose del gaban que la domestica recibio y se encargo de colgar.
Subio al piso principal. El dormitorio donde penetro era un gabinete con
alcoba, separados por columnas y una gran cortina de brocatel. Estaba
amueblado con lujo de gusto dudoso. En vez del sello que imprime
cualquier persona, si no es enteramente vulgar, al decorado y adorno de
sus habitaciones, observabase la mano del mueblista que cumple el
encargo que le han dado, segun el patron corriente. Las puertas de
madera del balcon estaban abiertas. La luz penetraba por un transparente
que representaba un paisaje de color de chocolate. Las paredes estaban
acolchadas con damasco amarillo; las sillas eran doradas igual que una
mesilla de centro y un armarito para colocar chucherias.

Observabase en aquella estancia, perteneciente a una mujer, el mismo
desorden que suelen presentar los cuartos de los estudiantes o
militares. Diversas prendas de vestir, enaguas, corse, medias, andaban
esparcidas por las sillas. Sobre la rica alfombra de terciopelo habia
algunos escupitajos y puntas de cigarro. En la delicada mesilla del
centro una licorera con las botellas casi vacias y las copas fuera de su
sitio. El duque echo una mirada torva a esta licorera y alzo suavemente
la cortina de la alcoba. En primoroso lecho de ebano con incrustaciones
de marfil, reposaba una joven de tez blanca, blanquisima, y cabellos
negros, negrisimos. Reposaba con un abandono sin delicadeza, en una
posicion de animal bien cebado. Hasta en el sueno es posible conocer la
condicion y espiritualidad de la persona.

Salabert tuvo un momento la cortina suspendida. Luego la sujeto con
cuidado, y sentandose en una butaquita que habia al lado de la cama, se
puso a contemplar con fijeza a la bella dormida. Porque era bella en
efecto y en grado excelso. Sus facciones, notablemente correctas y
delicadas: perfil griego, frente pequena y bonita, nariz recta, labios
rojos un poco gruesos; la tez, un prodigio de la naturaleza, mezcla de
alabastro y nacar, de rosas y leche, debajo de la cual corria la vida
abundante y rica. Los cabellos, negros y brillantes, estaban sueltos,
manchando con el aceite perfumado la almohada de batista. A pesar de lo
frio del tiempo, tenia un brazo y casi medio cuerpo fuera de las
sabanas. Verdad que en el gabinete ardia con vivo e intenso fuego la
chimenea. El brazo estaba enteramente desnudo y era de lo mas hermoso y
mejor torneado que pudiera verse en el genero. Pero la mano que estaba
al cabo de este brazo no correspondia a su belleza. Era una mano donde
la holganza presente no habia conseguido borrar las huellas del trabajo
pasado, mano pequena, pero deformada, con los dedos macizos y
aporretados, mano plebeya elevada de repente al patriciado.

Aunque el banquero no se movia, la fijeza y avidez de sus ojos posados
sobre la joven ejercieron sobre ella la consabida influencia magnetica.
Al cabo de algunos minutos cambio de postura, suspiro con fuerza y abrio
los ojos, que eran negros como la tinta. Fijaronse un instante con vaga
expresion de asombro en el duque, y cerrandolos de nuevo murmuro una
interjeccion de carretero, hundiendo al mismo tiempo su cara en la
almohada. Luego, como si repentinamente cruzara por su mente la idea de
que habia hecho una cosa fea, dio la vuelta, abrio de nuevo los ojos y
dijo sonriendo:

--iHola! ?Eres tu?

Al mismo tiempo le alargo la mano. El duque se la estrecho, y alzandose
de la butaca le dio un sonoro beso en la mejilla, diciendo:

--Si quieres dormir mas te dejare. No he venido mas que a darte un beso.

Pero no era uno, sino buena porcion los que le estaba aplicando en
ambas mejillas. La joven fruncio el entrecejo, disgustada de aquellas
caricias, que por venir de un viejo no debian de serle agradables.
Ademas, ya se ha dicho que los labios del duque, por efecto de la mania
de morder el tabaco, solian estar sucios.

iQuita, quita!--dijo al fin rechazandole--. No me sobes mas. Bastante me
has sobado ayer tarde. Me he lavado tres veces. Eche sobre mi un frasco
de rosa blanca y todavia a las doce de la noche me olia mal.

--Olor de tabaco.

No: el olor del tabaco me gusta. Olor de viejo.

Esta salida brutal no desperto la indignacion del duque como era de
presumir. Solto una carcajada y le dio una palmadita carinosa en la
mejilla.

--Pues no me salen baratos los besos.

Tampoco esta cinica replica altero a la bella, que en el mismo tono de
mal humor dijo:

--Ya lo creo. Y cuantos mas anos tengas, mas caros te iran saliendo....
Dame un cigarro.

El duque saco la petaca.

--No traigo mas que tabacos.

--No quiero eso.... Ahi, sobre ese chisme de escribir, debe de haber.
Traeme.

El banquero tomo de encima de un pequeno escritorio taraceado algunos
cigarritos y se los presento. La joven preparo uno con la destreza de un
consumado fumador y lo encendio con el fosforo que el duque se apresuro
a sacar. Este intento otra vez aproximar sus labios repugnantes al
hermoso rostro de la fumadora, pero fue rechazado con violencia.

--iMira, o te estas quieto o te vas!--dijo ella con energia--. Sientate
ahi.

Y le senalo la butaquita proxima al lecho.

El banquero se dejo caer en ella, mirando a la joven con sus grandes
ojos saltones, que expresaban temor.

--Eres una gatita cada dia mas arisca. Abusas de mi carino, mejor dicho,
de mi locura.

Poseia, en efecto, uno de los temperamentos mas lubricos que pudiera
encontrarse. Toda la vida habia sido, en achaque de mujeres, ardiente,
voraz. En vez de corregirse con los anos, esta aficion fue creciendo
hasta dar en una mania repugnante. Era notoria en Madrid. Sabiase que
para satisfacerla, despues que habia llegado a la opulencia, tuvo mil
extranos caprichos que pago con enormes caudales. Se le habian conocido
queridas de extranos y remotos paises, entre ellas una circasiana y una
negra. Era en realidad esta pasion la compuerta por donde se escapaba
como un rio su dinero. Pero era al mismo tiempo el unico que no le dolia
gastar. El boato de su casa le causaba dolor, un cosquilleo punzante: lo
mantenia por calculo y por fanfarroneria, pero le pesaba en el alma,
aunque aparentase otra cosa. Alla, en las intimidades secretas de su
casa, cuando no habia de trascender al publico, escatimaba, regateaba,
sustraia de una cuenta cualquier cantidad por insignificante que fuese;
no tenia inconveniente en mentir descaradamente para escamotear a un
comerciante algunas pesetas. El dinero que las mujeres le costaban
entregabalo sin vacilaciones ni remordimientos, como si todos sus
trabajos y desvelos, sus grandes y continuos calculos para extraer el
jugo a los negocios no tuviesen otra significacion ni otro destino que
el de adquirir combustible para aumentar el fuego de su liviandad.

Entre las muchas queridas pagadas que habia tenido, ninguna adquirio
tanto ascendiente sobre el como la que tenemos delante. Era esta una
joven de Malaga, llamada Amparo, que hacia tres o cuatro anos vendia
flores por los teatros y tenia su kiosco en Recoletos. Desde luego llamo
la atencion por su belleza y desenvoltura y se hizo popular entre los
elegantes. Festejaronla, persiguieronla, y aunque al principio resistio
a los ataques, cuando estos vinieron en forma positiva, se dejo vencer.
Fue, durante algun tiempo, la querida del marques de Davalos, un joven
viudo con cuatro hijos, que gasto con ella sumas cuantiosas que no le
pertenecian. Por gestiones activas de su familia, por escasearle ya el
dinero y por desvio de la misma Amparo, que hallo otro pollo mejor para
desplumar, se rompio esta relacion, no sin sentimiento tan vivo del
joven marques que le produjo cierto trastorno intelectual. Despues del
sustituto de este, tuvo Amparo otros varios queridos en la aristocracia
de la sangre y el dinero. Fue conocida y popular en Madrid con el nombre
de Amparo la malaguena. En los paseos, en los teatros, adonde acudia con
asiduidad, constituyo durante tres o cuatro anos un precioso elemento
decorativo. Porque a mas de su hermosura singular, habia llegado a
adquirir en poco tiempo, si no distincion, elegancia. Sabia vestirse,
facultad que no es tan comun como parece, sobre todo en esta clase de
mujeres. Tenia bastante instinto para buscar la armonia de los colores,
la sencillez y pureza de las lineas. No pretendia llamar la atencion,
como la mayor parte de sus iguales, por lo exagerado de los sombreros y
el vivo contraste de los colores. Por esta razon habia entre las damas
madrilenas cierta indulgencia hacia ella. En sus natos de murmuracion le
guardaban mas consideraciones que a las otras; la reconocian un cutis
muy fino, unos ojos muy hermosos, y gusto.

Fuera de esta dote natural que la acercaba a las senoras de verdad,
Amparo era en su trato tan tosca, tan incivil, tan bestia y tan
ignorante como lo son casi siempre en Espana las criaturas de su
condicion, al menos en el presente momento. Mas adelante quiza lleguen a
ser tan cultas y refinadas como las cortesanas de la Grecia. Hoy son lo
que arriba se ha dicho, sin animo, por supuesto, de ofenderlas. Despues
de pertenecer al marques de Davalos y a otros tres personajes, sin
perjuicio de los devaneos furtivos que se autorizaba, vino al poder del
duque de Requena, o este al poder de ella, que es lo mas exacto.
Salabert, segun iba envejeciendo y menguando en energia (para todo lo
que no fuese adquirir dinero, se entiende), crecia en sensualidad. El
vicio se transformaba en desorden vergonzoso, en pasion desenfrenada,
como suele acaecer a los viejos y a los ninos viciosos. Amparo dio con
el en esta ultima etapa y logro apoderarse de su voluntad sin
premeditacion. Era demasiado necia para concebir un plan y seguirlo. Su
caracter desigual, brutalmente soberbio, su misma estupidez, que la
hacia no prever las consecuencias de sus actos, la ayudaron a dominar al
celebre banquero. Hacia un ano que era su querida y que estaba instalada
en aquel hotelito del barrio de Monasterio. Al principio procuraba
refrenar su genio y tenerle contento mostrandose dulce y amable. Pero
como esto le costaba un esfuerzo, y como, por otra parte, pudo
cerciorarse en seguida de que los desdenes, el mal humor v hasta los
insultos, lejos de enfriar la pasion del duque la encendian mas, dio
rienda suelta a su genio. Aparecio la criatura salida del cieno, con su
groseria, sus inclinaciones plebeyas, su caracter agresivo y
desvergonzado. El duque, que hasta entonces habia logrado mantener su
independencia frente a sus queridas y eso que de algunas llego a
prendarse fuertemente, se encapricho de tal modo por esta, que al poco
tiempo le toleraba frisos que ajaban su dignidad y tiempo adelante actos
que aun mas la escarnecian. Por supuesto, este dominio duraba solamente
los momentos de sensualidad, las horas que consagraba al placer. Asi que
salia del templo de Venus, recobraba su razon el imperio, volvia a sus
empresas con creciente ambicion.

Amparo fumaba tranquilamente en silencio, enviando pequenas nubes de
humo al techo. De pronto hizo un movimiento brusco, e incorporandose
dijo:

--Voy a vestirme. Toca ese boton.

El duque se levanto para cumplir el mandato. A los pocos instantes se
presento Petra a vestirla. Mientras lo llevaba a cabo, ama y doncella
cambiaron algunas impresiones con excesiva familiaridad, mientras el
banquero seguia con fijeza entre atento y distraido, los movimientos de
la faena.

--Senorita, ?ha visto usted ayer a la Felipa guiando dos jaquitas que
parecian ratones? Por aqui paso.... iQue preciosidad! No he visto cosa
mas mona en la vida.... A ver cuando el senor duque le compra otra
pareja asi--dijo Petra mirando con el rabillo del ojo al banquero,
mientras ataba las cintas de la bata a su ama.

--iPs!--exclamo esta alzando los hombros con desden--. No me ha dado
nunca por guiar. Es oficio de los cocheros. Pero si me diese, iya lo
creo que me compraria un tronco igual!

Y al mismo tiempo se volvio un poco, con media sonrisa, hacia el duque,
que dejo escapar un grunido corroborante, pasando con su peculiar
movimiento de boca el cigarro al lado contrario.

--Pues son muy lindas para ir a los toros. iY que no estaria bien la
senorita con su mantilla blanca guiando!

--?Mantilla para guiar? iEstas aviada, hija!

--Bueno, pues de sombrero. El caso es que estaria de misto: no como esa
desorejada de la Felipa que ya no tiene carne para hartar a un gato....

La doncella, mientras le recogia el pelo, charlaba por los codos. El
fondo de su charla era constantemente adulador. Amparo escuchaba con
cierta complacencia. Alguna vez la interrumpia con frases del mismo jaez
que las que la domestica usaba, en mas de una ocasion, acompanadas de
interjecciones que aquella no se atrevia a pronunciar. Contaba que el
dia anterior habia tropezado en la calle con Moratini, y que el famoso
torero le habia dicho al pasar: "Recuerdos a tu ama". Al mismo tiempo la
maligna doncella miraba de reojo al duque. Amparo sonrio lisonjeada;
pero hizo una fingida mueca de desden.

--Lo mismo da. Ya sabes que me carga.

--Pues tiene muchos partidarios.

--iCalla! icalla! que ni tu ni el valeis un perro chico.... Anda; traeme
pronto esa gorra, y largate.

Asi que la doncella se hubo marchado, el duque, en quien los recuerdos
del torero despertaron los celos y el mal humor, dijo saliendo al
gabinete y tendiendose groseramente en el sofa:

--Parece que esta noche has tenido media juerga. ?Quien ha estado aqui?

Amparo dirigio la vista a la licorera, donde el duque la tenia posada.

--Pues han estado Socorro y Nati hasta cerca de las tres.

--?Nadie mas?

--Con sus amigos Leon y Rafael.

--?Nadie mas?

--Nadie mas, hombre. ?Me vas a examinar?

--Es que yo he sabido que ha estado tambien Manolito Davalos.

El duque no lo sabia. Quiso sacar de mentira verdad.

--Cierto: tambien ha estado Manolo--replico con indiferencia.

--Bueno, pues sera la ultima vez--dijo mordiendo con rabia el cigarro.

--Eso sera si a mi se me antoja--manifesto la bella ex florista
levantando hacia el los ojos con expresion provocativa.

Salabert dejo escapar ciertos grunidos que Amparo considero ofensivos.
Hubo una escena violenta. La bella reclamo con fiereza su independencia;
le canto lo que ella llamaba con clasica erudicion "verdades del
barquero". El banquero, excitado, contesto con su groseria habitual. El
era quien pagaba; por lo tanto, tenia derecho a prohibir la entrada en
aquella casa a quien le pareciese. La disputa se fue agriando en
terminos que ambos levantaron bastante la voz, sobre todo Amparo, en
quien a poco que la rascaran aparecia la criatura de plazuela.
Cruzaronse frases de pesimo gusto, aunque pintorescas. La malaguena
llamo al duque tio lipendi, gorrino, y concluyo por arrojarle del
gabinete. Pero aquel no hizo maldito el caso, antes enfurecido la falto
abiertamente al respeto, empleando en su obsequio algunos epitetos
expresivos de su exclusiva invencion y otros recogidos con cuidado de su
larga experiencia. Por ultimo, quiso dejar sentado de un modo
incontrovertible que alli era el amo. Con este fin, puramente logico,
dio una tremenda patada a la mesilla dorada donde reposaba la aborrecida
licorera, que se derrumbo con estrepito y se hizo cachos. Amparo, que no
se dejaba sobar por nadie, segun decia a cada momento, aunque a cada
momento se pusiese en contradiccion consigo misma, presa de un furor
irresistible, con los ojos llameantes de ira, alzo la mano tomando vuelo
y descargo en las limpias y amoratadas mejillas del procer una sonora
bofetada.

Los cabellos del lector se erizaran seguramente al representarse lo que
alli pasaria despues de este acto barbaro e inaudito. Acaso seria
conveniente dejarlo en suspenso como la famosa batalla del heroe
manchego y el vizcaino. Sin embargo, para no atormentar su curiosidad
inutilmente, nos apresuramos a decir lo que paso desdenando este recurso
de efecto. El caso no fue tragico, por fortuna, si bien digno de
atencion y de meditarse largamente. El duque se llevo la mano al sitio
del siniestro y exclamo sonriendo con benevolencia:

--iDemonio, Amparito, no crei que tuvieras la mano tan pesada!

Aquella, que se habia puesto palida despues de su irreflexivo arranque,
quedo estupefacta ante la extrana salida del banquero. Tardo algunos
segundos en darse cuenta de su sinceridad.

--Eres una gran chica--siguio aquel echandole un brazo al cuello y
obligandola a sentarse de nuevo, y el junto a ella--. Esta bofetada no
la tasaria en menos de cien pesos cualquier perito inteligente. Fuerte,
sonora, oportuna.... Reune todas las condiciones que se pueden
apetecer....

--Vamos, no te guasees, que tengo hoy muy mala sangre--dijo la Amparo,
escamada y presta otra vez a enfurecerse.

--No es broma, y la prueba de ello es que voy a pagartela en el acto.
Pero mucho ojo con que vuelva por aqui Manolito Davalos, porque no
vuelves tu a ver el color de mis billetes.

--iSi fue una casualidad, hombre!--dijo la Amparo dulcificandose--. Vino
esta noche porque habia ido de juerga con Leon y Rafael, y a ultima hora
se le ocurrio a Nati hacerme una visita.

--Pues basta de casualidades. Yo no aspiro a que me adores, ?sabes?;
pero no quiero pagar las queridas a esos perdularios de sangre azul. ?Lo
has oido, salero?

Al mismo tiempo llevo la mano al bolsillo en busca de la cartera. Su
semblante, que sonreia con la expresion triunfal del que lleva en el
bolsillo la llave de todos los goces de este mundo, se contrajo de
pronto. Una nube de inquietud paso subito por el. Busco con afan. La
cartera no estaba en aquel sitio. Paso a los demas bolsillos. Lo mismo.

--iF....! ime han robado la cartera!

Amparo le miro con ojos donde se reflejaba la duda.

--iF....! ime han robado la cartera!--volvio a exclamar con mas
energia--. iMe han robado diez mil y pico de duros!

--iVaya, vaya, que guasoncillo esta el tiempo!--dijo Amparo ya enojada
otra vez. No tuvo penetracion para distinguir el susto verdadero del
fingido.

--iSi, si; no ha sido mala guasa! iMaldita sea mi suerte! iSi cuando un
dia principia mal!... Tres mil duros de la fianza y cerca de once mil
ahora.... iPues senor, no ha sido mal empleada la manana!

Se levanto bruscamente del sofa y principio a dar vueltas por la
estancia, presa de una agitacion sorprendente en quien tantos millones
poseia. Un torrente de palabras, de grunidos, de sucias interjecciones
que expresaban demasiado a lo vivo su disgusto, se escapo de sus labios.
Arrojo con furia el cigarro, que en el era signo de gravisima
preocupacion. Amparo, viendole tan excitado, se rindio a la evidencia, y
preocupada tambien por el caso le dijo:

--Quiza no te la hayan robado. Puede ser que la perdieses.... ?Donde has
estado?

--?Crees tu que alguna vez se hayan perdido once mil duros?--repuso en
tono amargo parandose frente a ella--. Es decir, se pierden, si; pero
otros los encuentran antes de llegar al suelo.

Acabando de decir esto, quedo repentinamente suspenso, como si brillase
una luz salvadora en su cerebro. Miro con ojos escrutadores por algunos
instantes a su querida, y haciendo un esfuerzo por sonreir, dijo,
tornando a sentarse al lado de ella:

--iPero que animal soy! iVaya una bromita salada, y que bien que te
habras reido de mi!

--?Que dices?--pregunto la Amparo estupefacta.

--iVenga esa cartera, picaruela! Venga esa cartera.

Y el duque, riendo sincera o fingidamente, la echo un brazo al cuello y
comenzo por un lado y por otro a manosearla como buscando el sitio donde
tuviera oculto el dinero.

Dando una fuerte sacudida la joven se desprendio de sus brazos y se
levanto:

--Oye, tu.... ?Me tomas por una ladrona?--exclamo enfurecida.

--No, sino por una guasoncilla. ?Te has querido reir de mi, verdad?

La joven replico con energia que el guason era el y que bastaba de
bromas, que no estaba dispuesta a tolerarlas en esa materia. El duque
insistio todavia; pero viendo la indignacion real de su querida y no
teniendo dato alguno para suponer que fuese ella quien le sustrajo la
cartera, recogio velas. En cuanto perdio esta esperanza, su rostro se
nublo de nuevo. Aunque dio satisfacciones a Amparo, no fueron estas muy
calurosas. Quedabale, en el fondo, la duda. Bien lo echo de ver ella,
por lo que siguio enojada. Concluyo por decirle:

--Mira, lo mejor que puedes hacer es irte a almorzar. No quiero mas
historias.... iAh! y no dejes de traerme esta noche guita, que me esta
haciendo mucha falta.... A no ser que prefieras que te mande a casa las
cuentas....

Salio el duque echando pestes del coruscante hotelito. Como por las
inmediaciones no habia coches y no queria utilizar el de su querida, por
mas que el lo pagara, encaminose a pie hacia su casa. Cayo en ella como
una bomba, no de polvora o dinamita, porque no entraban en su
temperamento los procedimientos fragorosos, sino de acido sulfurico o
sublimado corrosivo que se extendio por toda ella molestando y
requemando a los habitantes. Su mujer, el portero, el cocinero, Llera y
casi todos los empleados recibieron en mitad del rostro alguna frase
grosera pronunciada en el tono cinico y burlon que caracterizaba su
discurso. Despues de almorzar encerrose en el escritorio con su mal
humor a cuestas. No hacia una hora que alli estaba, cuando entraron a
avisarle que un cochero de punto deseaba hablar con el.

--?Que quiere?

--No lo se. Desea hablar con el senor duque.

Este, iluminado repentinamente por una idea, dijo:

--Que pase.

El cochero que entro era el mismo que le habia conducido desde casa de
Calderon a la de su querida. Salabert le miro con ansiedad.

--?Que traes?

--Esto, senor duque, que sin duda debe de ser de vuecencia--dijo
presentandole la cartera perdida.

El banquero se apodero de ella, la abrio prontamente, y sacando el
monton de billetes que contenia, se puso a contarlos con la destreza y
rapidez propias de los hombres de negocios. Cuando concluyo dijo:

--Esta bien: no falta nada.

El cochero, que, como es natural, esperaba una gratificacion, quedose
algunos instantes inmovil.

--Esta bien, hombre, esta bien. Muchas gracias.

Entonces, con el despecho pintado en el semblante, el pobre hombre dio
las buenas tardes y se dirigio a la puerta. El duque le echo una mirada
burlona, y antes de llegar a ella le dijo, sonriendo con sorna:

--Oye, chico. No te doy nada, porque para los hombres tan honrados como
tu, el mejor premio es la satisfaccion de haber obrado bien.

El cochero, confuso e irritado a la vez, le miro de un modo indefinible.
Sus labios se movieron como para decir algo; mas al fin salio de la
estancia sin articular palabra.




V

#Precipitacion.#


Raimundo Alcazar, que asi se llamaba aquel joven rubio tan pertinaz y
enfadoso que siguio a Clementina cuando hemos tenido el honor de
conocerla al comienzo de la presente historia, recibio la mirada
iracunda que aquella le dirigio al entrar en casa de su cunada con
admirable sosiego y resignacion. Espero un momento a ver si solo iba a
dejar algun recado, y como no saliese se alejo tranquilamente en
direccion a la plazuela de Santa Cruz. Se detuvo en un puesto de flores.
La florista, al verle llegar, le sonrio como a un antiguo parroquiano y
echo mano al ramo de rosas blancas y violetas que sin duda estaba ya
preparado para el. Dirigiose a la Plaza Mayor y tomo el tranvia de
Carabanchel. Dejolo donde se bifurca con el camino que conduce al
cementerio de San Isidro y siguio hacia este a pie. Ascendio con rapidez
la cuesta, llego y penetro en el nuevo recinto, donde, como exige la
ley, a los muertos se les da tierra, no se les encajona en largas y
sombrias galerias. Con paso rapido avanzo hasta una sepultura con losa
de marmol blanco rodeada de una pequena verja, y se detuvo. Permanecio
algunos minutos inmovil contemplandola. Sobre la losa estaba escrito con
caracteres negros este nombre: ISABEL MARTINEZ DE ALCAZAR. Debajo de el
estas dos fechas separadas por un guion: 1842-1883, que indicaban sin
duda las del nacimiento y la muerte de la persona alli enterrada. Habia
sobre la losa algunas flores marchitas. Raimundo las recogio con
cuidado, deshizo luego el ramo que traia, esparcio las frescas flores
sobre la tumba, y con la misma cuerda hizo otro ramo con las marchitas.
Con este en una mano y el sombrero en la otra, permanecio otra vez algun
tiempo de pie contemplando con ojos humedos aquella sepultura. Luego se
alejo rapidamente y salio del cementerio sin echar una mirada de
curiosidad en torno suyo.

Raimundo Alcazar habia perdido a su madre hacia ocho o nueve meses. No
habia conocido a su padre, o, por mejor decir, no tenia recuerdo de el,
pues desaparecio de este mundo cuando solo contaba el cuatro anos.
Llamabase tambien Raimundo, y era, al morir, catedratico de la
Universidad de Sevilla. Cuando se caso con su madre nada mas que un
joven en espera de colocacion. Por eso el padre de Isabel, comerciante
en ferreteria en la calle de Esparteros, se habia negado a autorizar
aquellos amores, los persiguio con tenacidad y solo consintio en el
matrimonio cuando Alcazar llevo por oposicion la catedra mencionada. Era
hombre de excepcional inteligencia, publico algunos libros de la ciencia
a que se habia dedicado, que era la Geologia. Su muerte, acaecida cuando
solo contaba treinta y dos anos de edad, fue llorada en la pequena
esfera en que los hombres de ciencia viven en Espana. Isabel, con su
hijo Raimundo, se volvio a Madrid a la casa paterna, donde tres meses
despues de fallecido su esposo, dio a luz una nina que tomo el nombre de
Aurelia.

Era Isabel una mujer singularmente hermosa. Como hija unica de un
comerciante que pasaba por bien acomodado, no le faltaron pretendientes.
Rechazo todas las proposiciones de matrimonio. Pasaba por romantica
entre las amigas, quiza porque poseia alguna mas inteligencia y corazon
que la mayor parte de ellas. Era admiradora del talento: le repugnaban
los seres prosaicos que constituian casi la totalidad de las relaciones
de su padre. Idolatraba la memoria de su marido a quien habia adorado en
vida como a un hombre superior, eminente. Conservaba como precioso
tesoro todas las frases de elogio que la prensa habia tributado a sus
obras. El unico deseo, el unico afan de su vida era que su hijo siguiese
las huellas de su padre, fuese un hombre respetado por su talento e
ilustracion. Dios quiso colmar sus votos. Primero comenzo a ver alzarse
ante sus ojos la imagen corporal de su marido reproducida en el hijo. No
solo en el rostro, sino en los ademanes, los gestos y el timbre de voz
parecia una copia exacta. Luego el nino, por su comportamiento en el
colegio, principio a causarle vivos placeres: era inteligente y
aplicado. Los maestros se mostraban de el muy satisfechos. Cada frase de
elogio que llegaba a sus oidos, cada nota de sobresaliente que veia
escrita debajo del nombre de su hijo, producia a la pobre madre espasmos
de alegria. Ya no abrigaba duda alguna de que heredaba el talento de su
padre.

Alguna vez sentia remordimientos pensando que distribuia con poca
equidad el carino entre sus dos hijos. Por mas esfuerzos que hacia para
mantener el equilibrio, no podia menos de confesarse que amaba mucho mas
a Raimundo. Su inmenso carino se traducia en constantes caricias, en
nimios cuidados que enervaban y enmollecian el temperamento del nino. Le
criaba, en suma, con demasiado mimo. El, por su parte, le profesaba una
aficion tan ardiente, tan exclusiva, que en ciertos momentos se
convertia en verdadera fiebre. Cada vez que tenia que apartarse de sus
faldas para ir al colegio le costaba lagrimas. Exigia que se pusiera al
balcon para despedirle. Antes de doblar la esquina de la calle, se
volvia mas de veinte veces para enviarle besos con la mano. Era ya
hombre y estudiante de Facultad, y todavia Isabel conservaba esta
costumbre de salir al balcon para despedirle cuando iba a sus clases.
Por su natural, o tal vez por esta educacion un poco afeminada, Raimundo
fue un nino timido, retraido de los juegos de sus companeros, luego un
adolescente melancolico, por fin un joven serio y de pocas palabras.
Apenas tuvo amigos. En la Universidad paseaba con sus condiscipulos
antes de entrar en catedra; pero en cuanto daba la hora tornabase a casa
y no le gustaba salir sino acompanando a su madre y hermana. Mucho antes
de esta epoca, cuando contaba solamente diez anos, habia muerto su
abuelo. Asi que, en cuanto llego a los diez y seis, comenzo a desempenar
el papel de hombre en la casa. Llevaba a su madre al teatro, la
acompanaba a hacer visitas: algunas noches, cuando hacia buen tiempo,
salia de paseo con ella por las calles, dandole el brazo como un marido
o un galan. La belleza de Isabel no disminuia con la edad. Al verlos
juntos, nadie imaginaba que eran madre e hijo, sino hermanos, cuando no
esposos. Esto era causa para el joven de cierto malestar. Porque como en
Madrid los hombres no se distinguen por un excesivo respeto a las damas,
oia, a su pesar, frases de admiracion, requiebros, lo que ha dado en
llamarse _flores_, que los transeuntes dirigian a su madre. Sentia, al
escucharlas, una mezcla extrana de vergueenza y placer, de celos y de
orgullo que le agitaba.

El viejo Martinez, despues de retirado del comercio, habia tenido
quiebras en su fortuna, consistente en acciones de una fabrica de
polvora que sufrieron depreciacion, y en valores del Estado. Solo les
dejo una renta de siete a ocho mil pesetas. Con ella vivian los tres con
economia, pero sin faltarles lo necesario, en un cuarto segundo de la
calle de Gravina. Raimundo siguio la carrera de ciencias. Queria ser
catedratico como su padre, y, dada la brillantez con que salia en los
examenes, nadie dudaba que lo consiguiera pronto. Mostraba tambien, como
su padre, decidida aficion a las ciencias naturales; pero en vez de
dedicarse a la Geologia, fijose con predileccion en la Zoologia, y de
esta en aquella parte que comprende el estudio interesantisimo de las
mariposas. Comenzo a hacer acopio de ellas, y desplego un afan y una
inteligencia que pronto le hicieron poseedor de una rica coleccion.
Antes de terminar la carrera, era ya un notable _entomologo._ Se habia
hecho construir escaparates que cubrian las paredes de su habitacion,
donde estaban expuestos los cartones con las mas raras y preciosas
especies. Estuvo ahorrando dos anos para comprar un microscopio, y por
fin adquirio uno bastante bueno que le proporciono grato solaz al par
que utilidad. Porque si bien aquel estudio particular no era suficiente
para obtener una catedra, le ayudaba no poco, dado que no es posible
profundizar cualquier ramo de la ciencia sin estudiar las relaciones
que mantiene con los demas, sobre todo con los mas proximos.

El dia que se hizo doctor, y fue justamente acabados de cumplir los
veintiun anos, la pobre Isabel experimento una de esas alegrias solo
comprensibles para las madres. Le abrazo derramando un raudal de
lagrimas.

--Mama--le dijo Raimundo--. Estoy ya en aptitud de hacer oposicion a una
catedra. Me voy a dedicar con ahinco a prepararme, y en cuanto la lleve,
renuncio a lo que puedas dejarme en herencia para que hagas una dote a
Aurelia. Yo tengo pocas necesidades y me bastara con el sueldo.

Estas palabras generosas conmovieron a la madre. Cada dia hallaba mas
razones para adorar aquel hijo modelo.

Dedicose Raimundo con ardor al estudio, profundizando las materias de
algunas asignaturas, sin abandonar por eso sus aficiones entomologicas.
Gracias a estas y al nombre glorioso que su padre le habia legado, se
dio a conocer pronto entre los hombres de ciencia. Escribio algunos
articulos, se puso en relacion con varios sabios extranjeros y tuvo la
satisfaccion de recibir de ellos frases de elogio que le alentaron. Bien
puede decirse que era un muchacho feliz. Sin deseos imposibles que le
royeran las entranas, sin amores tormentosos ni amistades molestas,
disfrutando de la tranquilidad del hogar, del carino de la familia y de
los puros goces de la ciencia, deslizabanse sus dias serenos y dichosos.
A las amigas de su madre les sorprendia tanta formalidad. ?No tenia
novia Raimundo? ?No le gustaban siquiera las muchachas? Isabel
contestaba sonriendo y con transparente satisfaccion.

--No se: creo que hasta ahora no le ha dado por ahi. Esta tan metido por
mis faldas que parece un nino de tres anos.... La verdad es que le ha de
costar trabajo hallar una mujer que le quiera tanto como yo.

Y asi era como ella lo decia. Teniale envuelto en una atmosfera de
proteccion, de tibios y amorosos cuidados que le seria casi imposible
hallar al lado de una esposa por tierna que fuese. Solo las madres
poseen esa abnegacion absoluta, infatigable, sin esperanza ni deseo
siquiera de reciprocidad. Todo lo que la vida material exige, lo tenia
satisfecho Raimundo con un refinamiento que pocos hombres disfrutarian.
Jamas se le habia ocurrido pensar ni en su alimento, ni en su ropa o
calzado, ni aun en aquellos menesteres de que las mujeres no suelen
entender. Todo estaba previsto y regularizado perfectamente en su vida.
Podia consagrarse con entera libertad al ejercicio de su inteligencia.
Si se quejaba de mal sabor de boca, ya tenia a su madre por la manana al
lado de la cama con un vaso de limon y polvos laxantes: si le dolia la
cabeza, con el agua sedativa o los panos de leche y adormideras. Si por
la noche tosia, por poco que fuese, ya estaba intranquila y no paraba
hasta que silenciosamente y en camisa iba a cerciorarse de que su hijo
no se habia destapado. Cuando Aurelia estuvo en edad de hacerlo,
tambien comenzo a ayudar a la madre en esta tarea de ahuyentar todo
dolor, de arrancar las espinas, por pequenas que fuesen, del camino del
joven entomologo.

Desgraciadamente, mejor pudieramos decir naturalmente, pues que la
felicidad es imposible en este mundo, esta existencia dichosa tuvo
pronto un termino. Isabel cayo enferma con pulmonia. No quedo bien
curada por haberla quiza descuidado o por no haberse atrevido el medico
a aplicarle ciertos remedios un poco crueles. Quedole un catarro
pulmonar que la debilito bastante. Por consejo del medico fue a
Panticosa en compania de Raimundo, quedando Aurelia en casa de unos
parientes. Se repuso un poco, pero fue para recaer pocos dias despues de
llegar a Madrid. Descaecio notablemente, hasta el punto de que la gente
de fuera vio con claridad que se moria. A Raimundo no se le paso por la
cabeza. Aquella existencia estaba tan ligada a la suya, que las dos no
formaban mas que una. Le pasaba como a casi todos los enfermos que no
saben que se mueren. Aunque muy enferma, Isabel seguia con la misma
diligencia gobernando la casa. Raimundo la habia rogado, y luego,
prevalido del inmenso ascendiente que sobre ella tenia, la habia
prohibido que se ocupara en ningun menester. Pero ella, burlando su
vigilancia, arrastrada de esa inclinacion invencible que sienten las
mujeres hacendosas hacia el trabajo, no abandonaba sus tareas. Un dia,
cuando ya puede decirse que estaba moribunda, la sorprendio Raimundo de
rodillas limpiando con un pano el pie de una mesa. Quedo estupefacto, y
despues de renirla carinosamente la levanto cubriendola de besos.

Una amiga devota que vino a visitarla la insinuo que debia confesarse.
Isabel se impresiono tristemente. Su hijo, que la encontro llorando,
enfureciose y prorrumpio en denuestos contra los beatos. A pesar de
esto, la enferma, que iba ya penetrandose de su estado, exigio con
dulzura y firmeza a la par que viniese el cura. Raimundo, disgustado,
llamo en su apoyo, para negarse a ello, al medico. Este contesto al
principio evasivamente. Por ultimo, dijo que eso nunca estaba de mas,
que si los sanos se hallaban expuestos a una muerte repentina, con mayor
razon los enfermos. Ni aun con eso entro la luz en el espiritu del
joven. Despues de confesada, Isabel siguio lo mismo, lo cual contribuyo
a mantener su ilusion. Levantabase, corria a la mesa, paseaba del brazo
de Raimundo por la sala y pasaba la mayor parte del dia en una butaca.
Estaba, sin embargo, tan demacrada, que los que la veian a intervalos
largos quedaban sorprendidos. Lejos de perder con esto la belleza,
parece que se habia aumentado. Su tez era mas fina y transparente; los
ojos mas brillantes.

Una manana dijo que no tenia deseos de levantarse. Raimundo se sento al
lado del lecho y se puso a leerla una novela. Al cabo de un rato le
dijo:

--Estoy mal a gusto. Incorporame un poco, que no tengo fuerzas yo.

Fue a hacerlo y en el mismo instante su madre dejo caer la cabeza hacia
un lado y se quedo muerta, sin un suspiro, sin una contraccion que
acusase dolor, como un pajaro, segun la expresiva imagen del vulgo.

El grito desgarrador del joven atrajo a la gente de casa. Sacaronle de
ella unos parientes y le llevaron a la suya, lo mismo que a su hermana.
En el estado de estupor en que quedo, les fue facil conducirlo adonde
les plugo. Aquella tarde fueron unos amigos a verle. Le hallaron
relativamente animado. No dejo de sorprenderles un poco, porque sabian
el frenetico carino que profesaba a su madre. Hablo de su ciencia con
ellos, y hablo largo rato, expresandose con verbosidad en el inusitada.
Por donde vinieron a sospechar que estaba bajo una fuerte excitacion.
Esta sospecha se confirmo al oirle proponerles jugar al tresillo.
Cumplieron su gusto, pero al poco rato el joven comenzo a desvariar
tristemente.

--Oyes, mama, ?que te parece de este juego?--dijo llamando a una senora
que alli estaba.

Los circunstantes se miraron unos a otros aterrados y compadecidos. Y
desde entonces no hizo ni dijo ya cosa con cosa. Su exaltacion fue
creciendo; empezo a reir de modo tan extemporaneo, que nadie dudo que
aquello terminaria por una fuerte explosion nerviosa. En efecto, cuando
menos se esperaba, alzose repentinamente de la silla, corrio al balcon,
lo abrio, y si no le hubieran sujetado a tiempo se hubiera precipitado a
la calle. Al fin cayo con un fuerte ataque del que por fortuna salio
pronto. Despues vino el aplanamiento que le obligo a guardar cama tres o
cuatro dias. Por ultimo, el tiempo fue ejerciendo su operacion sedante.
A los quince dias estaba bueno, aunque bajo el peso de un abatimiento
grande que en vano lucharon sus parientes y amigos por aliviar.

Propusieronle sus tios quedarse a vivir con ellos, dado que era
demasiado joven para ponerse al frente de una casa, y sobre todo para
guardar y autorizar a su hermana. El contaba entonces veintitres anos, y
ella poco mas de diez y ocho. Ni uno ni otro aceptaron el arreglo.
Quisieron vivir solos y juntos. Tomaron un cuarto tercero en la calle de
Serrano, muy lindo y alegre, trasladaron a el sus muebles, y despues de
instalados empezo a deslizarse su vida, triste si por el recuerdo
siempre presente de su madre, pero apacible y serena. Raimundo fijo su
atencion y cuidados en Aurelia. Penetrado de su papel de padre y
protector de aquella nina huerfana, hizo con ella lo que su madre habia
hecho con el hasta entonces; la atendio y la mimo con un amor y un
esmero que conmovia a los amigos que los visitaban. Aurelia no era
hermosa ni tenia gran talento; pero sentia hacia su hermano, porque su
madre se la habia infundido, una adoracion idolatrica. Sin embargo, aun
en lo referente a la vida material, sintio el joven el vacio de su
madre. Aurelia se esforzaba en que no echase de menos nada; pero estaba
bastante lejos de alcanzar la suprema delicadeza de aquella. Poco a
poco, no obstante, se fue adiestrando en el gobierno de la casa. Ademas,
Raimundo ya no exigia los refinamientos de antes. El sentimiento de
proteccion, la conciencia de los deberes que tenia que llenar hacia su
hermana, le hacia no pensar en si mismo. Al contrario, cualquier
atencion de Aurelia le sorprendia, y la agradecia como si viniese de un
nino. Ambas existencias se fueron compenetrando.

Vivian modestamente. El cuarto les costaba veinte duros. No tenian mas
que una criada. Asi que la renta de ocho mil pesetas que poseian, les
bastaba. Como procedia de papel del Estado y acciones de una fabrica, su
administracion era facilisima. Raimundo pudo dedicarse con mas ardor que
nunca al estudio. Deseaba cumplir, respecto a su hermana, la promesa que
habia hecho a la madre, de renunciar a su parte de herencia y
constituirla una dote que la permitiese casarse bien. Despues que salio
de casa, fue dos veces por semana al cementerio a esparcir algunas
flores sobre la tumba de su madre. Los domingos llevaba consigo a
Aurelia. Salia poco habitualmente. El estudio preparatorio para hallarse
apercibido a una oposicion, de un lado, y de otro su mania de colector y
escrutador del mundo de los insectos, absorbian casi todo su tiempo. Por
milagro entraba en los cafes, ni al teatro podia asistir por razon del
luto.

Un dia, hallandose en una libreria de la Carrera de San Jeronimo, donde
solia pasar algunos ratos hojeando las obras recien llegadas del
extranjero, acerto a entrar en la tienda una hermosa dama elegantemente
vestida. Al verla, los ojos de Raimundo se dilataron expresando el
asombro: se posaron en ella con una intensidad que la obligo a volver la
cabeza hacia otro lado. Mientras compraba unas novelas francesas la
estuvo contemplando extasiado, con senales de alteracion en su
fisonomia. El libro que tenia asido temblaba ligeramente entre sus
manos. Al salir ella, dejolo caer y trato de seguirla; pero a la puerta
estaba un carruaje esperandola. El lacayo, sombrero en mano, le abrio la
portezuela, y los caballos arrancaron al instante con velocidad.

--?Que es eso, D. Raimundo?--le dijo el dependiente, viendole entrar de
nuevo en la tienda--. ?Le ha hecho a usted impresion mi parroquiana?

El joven sonrio disimulando su turbacion, y respondiendo con fingida
indiferencia:

--A cualquiera le llamara la atencion una mujer tan hermosa. ?Quien es?

--?No la conoce usted? Es la senora de Osorio, un banquero, hija de
Salabert.

--iAh! ?hija de Salabert? ?Vive en aquel palacio grande del paseo de
Luchana?

--No, senor; vive en un hotel de la calle de Don Ramon de la Cruz.

No queria saber mas, y se despidio. Aquella dama se parecia de un modo
asombroso a su madre. La situacion de su espiritu, todavia agitado y
dolorido, hizo que tal semejanza adquiriese mas relieve a sus ojos del
que realmente tenia, le produjese una viva expresion. Pocos momentos
despues pasaba por delante del hotel de Osorio tres o cuatro veces; pero
no logro ver nuevamente a la senora. Al otro dia fue al paseo del Retiro
y alli la hallo. Desde entonces espio y siguio sus pasos con una
constancia que revelaba el profundo sentimiento que embargaba su
espiritu. Aunque tenia bien presente la fisonomia de su madre, el
semblante de Clementina Salabert se lo traia a la memoria con mayor
energia. Esto le producia vivo dolor, en el cual se placa, aunque
parezca paradojico. Bien lo entendera el que haya visto desaparecer de
este mundo a un ser querido. Suele haber cierta voluptuosidad en
escarbar la llaga, en renovar la pena y el llanto. Raimundo no podia
contemplar mucho tiempo el rostro de Clementina sin sentir las lagrimas
correr por sus mejillas. Por esto, quiza, era por lo que la buscaba en
todas partes. Sin embargo, habia una dureza y severidad en el que no
habia tenido jamas el de su madre; pero cuando sonreia, al desaparecer
esta dureza, la semejanza era realmente maravillosa.

No se le oculto a nuestro mancebo el enojo que la dama recibia de su
tenaz persecucion. Y no podia menos de reirse interiormente de aquel
extrano error. Si supiese esta senora--se decia cuando veia un gesto de
desden en sus labios--por que me gusta tanto, ique grande seria su
asombro! Una corriente de simpatia y hasta, es posible decir, de
adoracion le iba ligando a ella. Si no fuese por aquel aspecto imponente
que tenia, es facil que le hubiera dirigido la palabra, la hubiera hecho
entender que gran consuelo le daba con su presencia. Pero Clementina
estaba colocada en una esfera tan alta, que temia su desden. Bastante
era el que le mostraba por el solo delito de contemplarla. Por otra
parte, habian llegado a sus oidos rumores que la desacreditaban. No
procuro confirmarlos, primero porque no le importaba, y despues porque
una vez confirmados se veria obligado a despreciarla, y no queria que
una mujer que tanto se parecia a su madre en la figura fuera un ser
despreciable. Se abstuvo de pedir noticias de ella. Contentose con
satisfacer siempre que podia aquel extrano deseo de renovar su dolor, de
conmoverse hasta derramar lagrimas. Como no frecuentaba la alta sociedad
ni podia asistir al teatro, para procurarse este placer necesitaba
seguirla en la calle o en el paseo cuando no iba en coche. Tambien
averiguo que iba los domingos a misa de dos en los Jeronimos; alli la
pudo contemplar con mas espacio y sosiego.

Habia dado cuenta a su hermana del hallazgo, pero no hizo ningun
esfuerzo para mostrarselo. Temia que Aurelia no viese tan clara como el
la semejanza y le arrancase parte de su ilusion. Dos o tres veces a la
semana, Clementina solia salir a pie por la tarde, como el dia en que
por vez primera la vimos. Raimundo, desde el mirador de su gabinete de
la calle de Serrano, convertido en observatorio, espiaba su llegada. En
cuanto la columbraba a lo lejos se echaba a la calle para seguirla
hasta donde pudiese. A la dama le molestaba esta persecucion
fuertemente, por ser la hora en que iba a casa de su amante. No que le
importase mucho que se divulgasen sus nuevos amores, sino por un resto
de pudor que conservaba. Ademas, sabia, porque se lo habian dicho
recientemente, que los maridos, cuando sorprenden a sus esposas en
flagrante adulterio y las matan, estan exentos de responsabilidad. Como
estaba convencida de que el suyo la detestaba, temia que se aprovechase
de este recurso para deshacerse de ella. Estos vagos terrores, unidos al
residuo de vergueenza que le quedaba, fomentaban su irritacion contra
Raimundo. Su caracter violento, caprichoso, despotico, se alteraba con
aquel obstaculo imprevisto. Ni siquiera habia reparado bien en la
fisonomia del joven. Le odiaba sin dignarse hacerse cargo de su figura.
Luego, el sosiego con que recibia los gestos provocativos de desprecio
que no le escatimaba, le parecian una ofensa. Bien mirado, aquel
chicuelo se estaba burlando de ella: porque no era creible que un
enamorado mostrase tanta serenidad y cinismo. Sin duda, despues que
advirtio que la molestaba, se propuso mortificarla para vengarse. Y no
cabia duda que lo lograba cumplidamente. Las vueltas que se veia
precisada a dar para huirle, las visitas que hacia sin gana, todas las
zozobras que aquel muchacho le costaba, se lo hacian cada dia mas
aborrecible y le iban requemando la sangre. Ideo salir en coche, meterse
en las Calatravas y despedirlo alli; pero Raimundo, al verse privado por
varios dias de verla, tambien dio en la flor de tomar un coche de punto
y seguir el suyo. Esto hizo rebosar su enojo y se prometio a si misma
cortar aquella impertinente y molesta persecucion, aunque no sabia como.
Primero penso en que Pepe Castro hablase y amenazase al muchacho. Al ver
la sangre fria con que aquel lo tomaba, se indigno y no volvio a
mentarle el asunto. Luego imagino abordarle ella misma en la calle y
rogarle con pocas palabras frias y desdenosas que no la molestase mas.
Cuando llego la ocasion no se atrevio a hacerlo, aunque no pecaba de
timida: el trance le parecio grave.

En estas dudas y vacilaciones se hallaba, cuando, bajando por la calle
de Serrano, al levantar los ojos casualmente hacia arriba, acerto a ver
en un mirador bastante alto a su enemigo. Cruzole entonces por la mente
la idea de averiguar su nombre y escribirle. Y en efecto, con la
violencia que caracterizaba todas sus acciones, al pasar por delante de
la casa entro en el portal y se dirigio a la garita de los porteros.

--?Tiene usted la amabilidad de decirme quien habita el cuarto tercero
de esta casa?

--Son dos senoritos muy jovenes, hermano y hermana. Solo viven aqui
desde hace cuatro meses. Han quedado huerfanos, al parecer, hace poco
tiempo....

La portera, al ver una senora tan elegante, se mostro locuaz y
complaciente; pero Clementina la atajo en seguida.

--?Como se llama el senorito?

--D. Raimundo Alcazar.

--Mil gracias.

Y se alejo inmediatamente. Salio a la calle y dio unos cuantos pasos.
Mas de pronto, se le ocurrio que el escribirle tenia sus inconvenientes,
y que en realidad era preferible una explicacion verbal de la cual nadie
que la conociera podia enterarse en aquellos momentos. Detuvose un
momento indecisa, y bruscamente dio la vuelta y se metio de nuevo en el
portal. Cruzo sin decir nada por delante de la portera y subio con pie
ligero las escaleras. Al llegar al piso tercero, a pesar del brio y
entereza de su caracter, sintio un poco desfallecida la voluntad y
estuvo a punto de dar la vuelta. Su temperamento orgulloso y obstinado
la empujo, sin embargo, al pensar que el joven la habia visto entrar y
se enteraria de su arrepentimiento. En el piso tercero habia dos
cuartos, derecha e izquierda. Clementina habia visto papeles en uno.
Llamo sin vacilar en el de la derecha observando que tenia un felpudo
para los pies delante de la puerta, senal evidente de que era el
habitado.

Salio a abrirle una criada a quien pregunto por D. Raimundo Alcazar.

--Deseo verle--dijo despues que se entero de que estaba en casa.

La criada la introdujo en la sala, y como le pareciese rara aquella
visita, le pregunto:

--?Aviso a la senorita?

--No, no; avise usted al senorito, que es a quien deseo hablar.

Se hallaba este, en tanto, en su despacho, presa de violenta agitacion.
Al ver a la dama entrar en el portal por primera vez se habia
sobresaltado sin motivo preciso para ello. Tranquilizose al verla salir,
y otra vez se altero cuando entro nuevamente. Cruzo por su mente la idea
de que pudiese subir a su casa; pero al instante la desecho como
inverosimil. Imagino mas bien que vendria a visitar a alguno de los
inquilinos de los cuartos principal o segundo, que eran personas de
calidad. No obstante, a despecho de su razon, no se tranquilizaba.
Cuando oyo sonar el timbre de la puerta quedo aterrado. Apenas tuvo
animo para dirigirse hacia la antesala. Antes que pudiese hacer una sena
a la criada ya esta habia abierto, obligandole a retirarse vivamente a
su despacho. Estuvo tentado a negarse, aunque ya estaba la dama en la
sala. Al fin se decidio a salir, reflexionando que no habia motivo
racional para ello.

Raimundo no tenia mucho trato de gente. Las relaciones de su madre
habian sido escasas; unos cuantos parientes, algunas familias conocidas.
Por su parte, tampoco habia hecho nada por ensanchar este circulo. Ya
hemos dicho que no habia estrechado amistad intima con ninguno de sus
condiscipulos. Menos habia procurado la entrada en los casinos,
tertulias y saraos de la corte. Su adolescencia y los dias que llevaba
de juventud se habian deslizado serenos en el seno del hogar,
estudiando y coleccionando mariposas. Conocia la vida por los libros. La
naturaleza le habia dotado, no obstante, de un claro y simpatico
ingenio, de facil palabra y de cierta dignidad de modales que suplia
bastante bien a esa elegancia y distincion que el roce continuado con la
espuma de la sociedad engendra.

Entro en la sala tranquilo ya y aun con una vaga predisposicion a la
hostilidad que el estrambotico paso de aquella senora le infundia.
Hizole una profunda reverencia. La situacion era tan extrana, que
Clementina, a pesar de su orgullo, su experiencia, su desenfado, y hasta
bien puede decirse su desgarro, se encontro repentinamente cohibida.
Tuvo necesidad de hacer un esfuerzo para adquirir brio.

--Aqui me tiene usted--le dijo en tono agrio que resulto inoportuno y
descortes.

--Usted me dira a que debo el honor de esta visita--repuso Raimundo con
voz un poco temblorosa.

--Pues.... (la dama vacilo unos instantes) lo debe usted al honor que
me hace siguiendome hace dos meses como una sombra chinesca a todas
partes. ?Le parece a usted agradable traer un espantajo detras en cuanto
una sale a la calle? Ha conseguido usted ponerme nerviosa. Para no
enfermar como el lego de los _Madgyares_, he dado el paso ridiculo de
subir hasta aqui a rogarle que cese en su persecucion. Si usted tiene
que decirme algo interesante, digamelo de una vez y concluyamos.

Fueron estas palabras pronunciadas arrebatadamente, como quien se
encuentra en una situacion falsa y quiere salir de ella exagerando el
enojo. Raimundo la miro lleno de asombro, cosa que molesto a Clementina
y aun mas la precipito.

--Senora, siento en el alma haberla ofendido.... Estaba muy lejos de mi
animo.... iSi usted supiera los sentimientos que en mi despierta su
figura!... (balbucio con trabajo).

Clementina le atajo diciendo:

--Si usted va a declararme su amor, puede ahorrarse la molestia. Soy
casada ... y aunque no lo fuese seria lo mismo.

--No, senora, no voy a hacerle una declaracion--repuso el joven
entomologo sonriendo--. Voy a explicarle a usted mi persecucion.
Comprendo bien que usted se haya equivocado respecto a los sentimientos
que me inspira, y encuentro natural que le hayan ofendido. iQue lejos
estara usted de sospechar la verdad! Yo no estoy enamorado de usted. Si
lo estuviese, es bien seguro que no la seguiria como un pirata callejero
... sobre todo en las circunstancias en que ahora me encuentro....

Raimundo se puso serio al llegar aqui e hizo una pausa. Luego dijo
precipitadamente, con voz alterada por la emocion:

--Senora, mi madre se ha muerto hace poco tiempo ... y usted se parece
muchisimo a mi madre.

Al pronunciar estas palabras se quedo mirandola con una atencion
ansiosa, humedos los ojos, haciendo esfuerzos heroicos por no romper a
sollozar.

Esta revelacion produjo en Clementina asombro y duda al mismo tiempo.
Permanecio inmovil y muda mirandole tambien fijamente. Raimundo
comprendio lo que pasaba por su espiritu, y dijo empujando la puerta de
su despacho:

--Vea usted, vea usted si no es verdad lo que le digo.

La dama avanzo dos pasos y vio en la pared fronteriza, sobre el sillon
mismo de la mesa de escribir, el retrato en fotografia ampliada de una
senora excepcionalmente hermosa, y que, sin duda, guardaba cierto
parecido con ella, aunque no tan claro como el joven decia. Sobre el
retrato, sujeto al marco, habia un ramo de siemprevivas.

--Algo nos parecemos--dijo despues de contemplar el retrato con
atencion--. Pero esa senora era mas hermosa que yo.

--No; mas hermosa, no. Tenia mas dulzura en los ojos, y eso daba a su
fisonomia un encanto indecible. Era su alma pura y bondadosa que
brillaba en ellos.

Pronuncio estas palabras con entusiasmo, sin reparar en la falta de
galanteria que estaba cometiendo. El orgullo de Clementina padecio aun
mas por la inocencia y sinceridad con que fueron pronunciadas. Ambos
contemplaron el retrato en silencio algunos segundos. En los ojos de
Raimundo temblaban dos lagrimas. La dama dijo al cabo:

--?Que edad tenia su mama?

--Cuarenta y un anos.

--Yo tengo treinta y cinco--replico con mal disimulada satisfaccion.

Raimundo volvio hacia ella la vista.

--Es usted joven aun y muy bella.... Pero mi madre tenia la tez mas
fresca a pesar de llevarle algunos anos. Su cutis era terso como el
raso. En los ojos no se notaba cansancio alguno. Parecian los de un
nino.... Es natural. La vida de mama fue suave y tranquila. Ni su cuerpo
ni su alma se habian gastado.

No observaba que indirectamente estaba diciendo algunas groserias a la
senora que tenia presente. Esta se sintio fuertemente picada; pero no
oso mostrarlo porque el dolor del joven y la sinceridad con que hablaba
le impusieron respeto. Lo que hizo fue cambiar de conversacion, echando
una mirada de curiosidad por el despacho.

--Parece que se dedica usted a coleccionar mariposas.

--Si, senora; desde nino. He logrado reunir una cantidad de especies
bastante respetable. Las tengo muy lindas y curiosas. Mire usted.

Clementina se acerco a uno de los armarios. Raimundo se apresuro a
abrirlo y le puso en la mano un carton donde estaban fijadas algunas
lindisimas de vivos y brillantes colores.

--En efecto, son bonitas y originales. ?Que utilidad saca usted de
coleccionarlas? ?Las vende usted?

--No, senora--repuso sonriendo el joven--. Es con un fin puramente
cientifico.

--iAh!

Y le echo una rapida mirada de curiosidad. Clementina no simpatizaba
mucho con los hombres de ciencia, pero le infundian cierto vago respeto
mezclado de temor, como seres extranos a quienes una parte del mundo
concede superioridad.

--?Es usted naturalista?--le pregunto despues.

--Estudio para serlo. Mi padre lo ha sido....

Mientras le mostraba su preciosa coleccion con el gozo especial no
exento de desden con que los sabios ensenan sus trabajos a los profanos,
le fue enterando de su vida sencilla. Al llegar a la enfermedad de su
madre volvio a conmoverse y las lagrimas a brotar a sus ojos. Clementina
le escuchaba con atencion, recorriendo con la vista los cartones que le
ponia delante, dejando escapar algunas palabras, ora de elogio a los
matizados insectos, bien de compasion cuando Raimundo llego a
describirle la muerte de su madre. Afectaba desembarazo, distraccion. No
lograba, sin embargo disipar la confusion en que la ponia el extrano
paso que habia dado, la situacion anomala en que se hallaba. Salio de
ella bruscamente, como hacia siempre las cosas. Se puso seria y tendio
la mano al joven, diciendole:

--Mil gracias por su amabilidad, senor Alcazar. Me voy, celebrando mucho
que no haya sido el objeto de su persecucion el que yo sospechaba.... De
todos modos, sin embargo, le ruego no continue en ella.... Ya ve usted;
soy casada, y cualquiera podria pensar que yo la aliento o doy algun
motivo....

--Pierda usted cuidado, senora. Desde el momento en que a usted le
molesta me guardare de seguirla. Perdoneme usted en gracia del
motivo--respondio el joven apretandole la mano con naturalidad y
afectuosa simpatia que lograron interesar a la dama. Pero no lo
demostro. Al contrario, se puso mas seria y emprendio la marcha hacia la
sala. Raimundo la siguio. Al pasar delante de ella para abrirle la
puerta, le dijo con franqueza seductora:

--No valgo nada, senora; pero si algun dia quisiera usted servirse de mi
insignificante persona, ino sabe usted el placer que me causaria con
ello!

--Gracias, gracias--repuso secamente Clementina sin detenerse.

Al llegar a la puerta de la escalera y al tirar del pasador, el joven
vio asomar la cabecita curiosa de su hermana en el fondo del pasillo.

--Ven aqui, Aurelia--le dijo.

Pero la nina no hizo caso y se retiro velozmente.

--Aurelia, Aurelia.

Bien a su pesar, esta salio al pasillo y avanzo hacia ellos sonriente y
roja como una cereza.

--Aqui tienes a la senora de quien te he hablado, que tanto se parece a
mama.

Aurelia la miro sin saber que decir, sonriente y cada vez mas
ruborizada.

--?No se parece muchisimo? Di.

--Yo no lo encuentro ...--respondio la joven despues de vacilar.

--?Lo ve usted?--exclamo la dama volviendose a Raimundo con la sonrisa
en los labios--. No ha sido mas que una fantasia, una alucinacion.

Trasluciase un poco de despecho debajo de estas palabras. La presencia
de Aurelia hacia mas falsa aun su situacion.

--No importa--repuso Raimundo--. Yo veo claro el parecido, y basta.

La puerta estaba ya abierta.

--Tanto gusto ...--dijo Clementina dirigiendose a Aurelia sin extenderle
la mano, inclinandose con una de esas reverencias frias, desdenosas, con
que las damas aristocratas establecen rapidamente la distancia que las
separa del interlocutor.

Aurelia murmuro algunas frases de ofrecimiento. Raimundo salio hasta la
escalera para despedirla, repitiendole algunas frases amables y
cordiales que no impresionaron a la dama, a juzgar por su continente
grave.

Bajo las escaleras descontenta de si misma, embargada por una sorda
irritacion. No era la primera vez, ni la segunda tampoco, que su
temperamento impetuoso la colocaba en estas situaciones anomalas y
ridiculas.




VI

#Desde el "Club de los Salvajes" a casa de Calderon.#


Pintorescamente diseminados por los divanes y butacas de la gran sala de
conversacion del _Club de los Salvajes_, yacen a las dos de la tarde
hasta una docena de sus miembros mas asiduos. Forman grupo en un rincon
el general Patino, Pepe Castro, Cobo Ramirez, Ramoncito Maldonado y
otros dos socios a quienes no tenemos el gusto de conocer. Algo mas
lejos esta Manolito Davalos, solo. Mas alla Pinedo con algunos socios,
entre los cuales solo conocemos a Rafael Alcantara y a Leon Guzman,
conde de Agreda, por haber sido los de la fiesta nocturna en casa de la
Amparo que tanto disgusto al duque de Requena. Las posturas de estos
jovenes (porque lo son en su mayoria) responden admirablemente a la
elegancia que resplandece en todas las manifestaciones de su espiritu
refinado. Uno tiene puesta la nuca en el borde del divan y los pies en
una butaca, otro se retuerce con la mano izquierda el bigote y con la
derecha se acaricia una pantorrilla por debajo del pantalon; quien se
mantiene reclinado con los brazos en cruz; quien se digna apoyar la
suela de sus primorosas botas en el rojo terciopelo de las sillas.

Este _Club de los Salvajes_ es mas bien un arreglo que una traduccion
del ingles (_Savage Club_). Por mejor decir, se ha traducido con una
graciosa libertad que mantiene vivo dentro de el el genio espanol en
estrecha alianza con el britanico. A mas del titulo, pertenece al ingles
todo el aparato o exterior de la sociedad. Los miembros se ponen
indefectiblemente el frac por las noches si es invierno, el _smoking_ si
es verano; los criados gastan calzon corto y peluca. Hay un elegante y
espacioso comedor, sala de armas, gabinete de _toilette_, cuartos de
bano y dos o tres habitaciones para dormir. Tiene el club, asimismo,
servicio particular de coches y caballos de silla. El genio espanol se
manifiesta en multitud de pormenores internos. El que mas lo caracteriza
es el de la ausencia de metal acunado. Esto da origen a muchas y
extranas relaciones de los socios entre si y de los socios con el mundo
exterior, que constituyen una complicada y hermosa variedad que no se
hallara en ningun otro pueblo de la tierra. Da lugar, sobre todo, a un
desarrollo inmenso, inconcebible, de esa palanca poderosa con que el
siglo XIX ha llevado a termino las mas grandiosas y estupendas de sus
empresas, el _Credito_. Realizanse dentro del _Club de los Salvajes_
tantas operaciones de credito como en el Banco de Londres. No solo se
prestan los socios entre si dinero y juegan sobre su palabra, sino que
tambien realizan la misma operacion con el club, considerado como
persona juridica, y hasta con el conserje en calidad de funcionario y
como particular. Fuera del circulo, los salvajes, arrastrados de su
entusiasmo y veneracion por el credito, lo hacen jugar en casi todas sus
relaciones con el sastre, el casero, el constructor de coches, el
importador de caballos, el joyero, etc., sin mencionar aqui otras
grandes operaciones de la misma clase que de vez en cuando realizan con
algun banquero o propietario. Gracias, pues, a este inapreciable
elemento economico, se habia hecho casi innecesario, entre los socios
del club, el numerario, reemplazandolo dichosamente por otro medio
enteramente abstracto y espiritual, la palabra; la palabra oral o
escrita. Vivian, gastaban lo mismo que sus colegas y modelos de Londres,
sin libras esterlinas, ni chelines, ni pesetas, ni nada.

Es evidente, pues, la superioridad del club espanol sobre el ingles en
este respecto. Tambien lo es en cuanto a la franqueza y cordialidad con
que los socios se tratan entre si. Poco a poco se habian ido alejando de
las formas correctas, ceremoniosas, que caracterizan a los graves
_gentlemen_ de la Gran Bretana, dando a su trato cada vez mas color
local, acercandolo en lo posible al de nuestros pintorescos barrios de
Lavapies y Maravillas. El medio, la raza y el momento son elementos de
los cuales no se puede prescindir, lo mismo en la politica que en las
sociedades de recreo.

El club empieza a animarse siempre despues de las doce de la noche,
llega a su periodo algido a las tres de la madrugada, y desde esta hora
comienza a descender. A las cinco o seis de la manana se retiran todos
santamente en busca de reposo. Durante el dia suele verse poco
concurrido. Solo dos o tres docenas de socios van por las tardes, antes
del paseo, a culotear sus boquillas. Embotados aun por el sueno, hablan
poco. Les hace falta la excitacion de la noche para que muestren en todo
su esplendor sus facultades nativas. Estas parecen concentradas en la
nobilisima tarea de poner la boquilla de un hermoso color de caramelo.
Si los objetos de arte han sido en otro tiempo objetos utiles, si el
Arte arrastra consigo la idea de inutilidad como algunos afirman, hay
que confesar que los socios del _Club de los Salvajes_, en materia de
boquillas obran como verdaderos artistas. Hacenlas venir de Paris y de
Londres; traen grabadas las iniciales de sus duenos y encima la
correspondiente corona de conde o marques si el fumador lo es;
guardanlas en preciosos estuches, y cuando llega el caso de sacarlas
para fumar lo realizan con tales cuidados y precauciones, que en
realidad se convierten en objetos molestos mas que utiles. Hay salvaje
que se estraga fumando sin gana cigarro sobre cigarro, solo por el gusto
de ahumar la boquilla antes que alguno de sus colegas. Y si no es asi,
por lo menos, nadie se cuida de saborear el tabaco. Lo importante es
soplar el humo sobre la espuma de mar y que vaya tomando color por
igual. De vez en cuando sacan el fino panuelo de batista, y con una
delicadeza que les honra se dedican largo rato a frotarla mientras su
espiritu reposa dulcemente abstraido de todo pensamiento terrenal.
Graves, solemnes, armoniosos en sus movimientos, los socios mas
distinguidos del _Club de los Salvajes_ chupan y soplan el humo del
tabaco de dos a cuatro de la tarde. Hay en esta tarea algo de intimo y
contemplativo, como en toda concepcion artistica, que les obliga a bajar
los parpados y a subir las pupilas para mejor recrearse en la pura
vision de la Idea.

En este elevadisimo estado de alma se hallaba nuestro amigo Pepe Castro
ahumando una que figuraba la pata de un caballo, cuando le saco de su
extasis la voz de Rafael Alcantara que desde lejos le grito:

--?Conque es verdad que has vendido la jaca, Pepe?

--Hace ya unos dias.

--?La inglesa?

--?La inglesa?--exclamo levantando los ojos hacia su amigo con asombro y
reconvencion--. No, hombre, no; la cruzada.

--Chico, como no hace dos meses siquiera que la has comprado, no creia
que te deshicieses de ella.

--Ahi veras tu--replico el bello calavera adoptando un continente
misterioso.

--?Algun defecto oculto?

--A mi no se me oculta ningun defecto--dijo con orgullo.

Y todos lo creyeron; porque en este ramo del saber humano no tenia rival
en Madrid, si no era el duque de Saites, reputado como el primer mayoral
de Espana.

--Ah, vamos, falta de _luz_.

--Tampoco.

Rafael Alcantara se encogio de hombros y se puso a hablar con los que
tenia cerca. Era un joven rubio, de fisonomia gastada, ojos pequenos y
verdosos, malignos y duros. Como otros tres o cuatro de los que asistian
a diario al club, entraba en el y alternaba con toda la alta
aristocracia, sin derecho alguno. Alcantara era de familia humilde, hijo
de un tapicero de la calle Mayor. En muy poco tiempo se habia gastado la
pequena hacienda que le dejo su padre y despues vivio del juego y a
prestamo. A todo Madrid debia y hacia gala de ello. La condicion que le
mantenia abiertas las puertas de la alta sociedad era su valor y su
cinismo. Alcantara era hombre bravo de veras, se habia batido tres o
cuatro veces y estaba apercibido a hacerlo por el mas minimo pretexto.
Ademas, era un desvergonzado, hablaba siempre en tono despreciativo,
aunque fuese a la persona mas respetable, dispuesto a burlarse de todo
el mundo. Estas cualidades le habian hecho adquirir gran prestigio entre
los jovenes salvajes. Se le trataba como a un igual, se contaba con el
en todas las francachelas; pero nadie preguntaba por su dinero.

--Mi general, le habra a usted gustado ayer la Tosti, ?eh?--dijo
Ramoncito Maldonado dirigiendose a Patino.

--En la romanza solamente,--repuso el guerrero sensible despues de
dirigir con destreza una larga bocanada de humo a su boquilla que
representaba un obus montado sobre su curena.

--No diga usted que el duo ha estado mal.

--iVaya si lo digo!

--Pues, senor, entonces declaro que no entiendo una palabra porque me ha
parecido sublime--replico el joven con senales de hallarse picado.

--Esa declaracion te honra, Ramon. Sabes hacerte justicia--dijo Cobo
Ramirez, que no perdia ocasion de vejar a su amigo y rival.

--iYa lo creo, como que solo tu eres el inteligente!--exclamo vivamente
el concejal--. Mira, Cobo, aqui el general puede hablar porque tiene
motivo, ?estamos?... pero tu debes callarte porque me gastas una oreja
como la de una cocinera.

--Pero hombre, ?por que se picara tanto Ramoncito, en cuanto usted le
dice algo?--pregunto el general riendo.

--No se--repuso Cobo dando un chupeton al cigarro mientras sus facciones
se contraian con una leve sonrisa burlona--. Si le contradigo se enfada,
y si repito lo que el dice, lo mismo.

--iSe entiende, chico, se entiende! Si ya sabemos que eres un guason de
primera fuerza. No necesitas esforzarte mas delante de estos senores....
Pero lo que es ahora, has dado una buena pifia.

--Yo sostengo lo mismo que el general. El duo estuvo muy mal
cantado--dijo con calma provocativa Cobo.

--iQue importa que tu sostengas uno u otro!--exclamo ya fuera de si
Maldonado--. iSi no conoces una nota de musica!

--iAlto! Tengo mas derecho a hablar de musica, puesto que no cencerreo
como tu el piano. Por lo menos soy un ser inofensivo.

Siguio una disputa larga entre ambos, viva y descompuesta por parte de
Ramoncito, tranquila y sarcastica por la de Cobo, que se gozaba en sacar
a aquel de sus casillas. No poco se divertian tambien los presentes,
poniendose unos de parte del concejal y otros de su competidor para mas
prolongar el recreo.

--?Sabeis que esta tarde se bate Alvaro Luna?--dijo uno cuando ya iban
hastiados de los dimes y diretes del concejal y Cobo.

--Eso me han dicho--respondio Pepe Castro cerrando los ojos con
voluptuosidad, mientras chupaba el cigarro--. En el jardin de Escalona,
?verdad?

--Creo que si.

--?A sable?

--A sable.

--Vamos, un chirlo mas--manifesto Leon Guzman desde su asiento.

--Con punta.

--iOh! ya es otra cosa.

Y los salvajes presentes mostraron entonces interes en el duelo.

--Alvaro tira poco. El coronel debe llevarle ventaja. Es mas hombre, y
ademas tira con energia.

--Con demasiada--dijo Pepe Castro sacando el panuelo despues de haber
arrojado la punta del cigarro y poniendose a frotar con esmero la
boquilla.

Todos volvieron los ojos hacia el porque tenia fama de habilisimo
tirador.

--?Crees tu?

--Desde luego. La energia es conveniente hasta cierto limite. Pasando de
el, muy expuesta, sobre todo cuando los sables tienen punta. Si se las
cortasen, todavia redoblando los ataques sin descanso se puede hacer
algo. Por lo menos, es posible aturdir al contrario. Pero cuando la
llevan hay que andarse con ojo. Alvaro no tira mucho; pero es frio,
tiene un juego cerrado y estira el pico que es un primor. Que no se
descuide el coronel.

--?La cuestion ha sido por la cunada de Alvaro?

--Al parecer.

--?Y a el que diablos le importa?

--iPs ... ahi veras!

--Como no este enamorado, no comprendo....

--Todo podria ser.

--iLa nina es de oro! Este verano, en Biarritz, ella y el chico de
Fonseca se ponian de un modo por las noches en la terraza del casino,
que era cosa de sacar fotografias iluminadas.

--Alla Cobo, antes de irse, hizo tambien algunos cuadros disolventes en
los jardinillos.

--iSi, si; bien me ha comprometido esa chica!--manifesto Cobo en tono
comicamente desesperado.

--Ya no tenias mucho que perder. Desde el negocio de Teresa estas
deshonrado--dijo Alcantara.

--Siempre va la desgracia con la hermosura--apunto con tonillo ironico
Ramoncito.

--?Tambien tu, Ramon?--exclamo con afectado asombro Cobo--. Vamos, llego
el momento de que los pajaros tiren a las escopetas.

--Pues, senores, confieso mi debilidad. No puedo estar al lado de esa
chica sin ponerme malo--dijo Leon Guzman.

--Ni esa nina puede tampoco estar al lado de un chico tan guapo y tan
risueno como tu sin ponerse enferma tambien--dijo Rafael Alcantara.

--?Me quieres seducir, Rafael?

--Si, chico, para que me dejes manana la llave de tu cuarto y no
parezcas en toda la tarde por alla. Lo necesito.

--Es que tengo una colcha preciosa de raso.

--Se cuidara de la colcha.

--Y hay ademas un criado que se dedica, con gran aficion, al dibujo por
las tardes.

--Se le daran dos duros al criado para que vaya a dibujar a otro lado.

--Y una vecinita que pasa la vida acechando desde su ventana lo que hay
y lo que no hay en mi habitacion.

--Se la convidara ... digo, se bajaran las persianas.... Oye, Manolito,
?te vas a pasar toda la juventud tirado en ese divan sin decir palabra?

Manolito Davalos descansaba, en efecto, en actitud sombria y
melancolica, sin que le hubiesen impulsado a levantar la cabeza los
dichos de su amigo. Al oirse nombrar la alzo con sorpresa y mal humor.

--Si tu te encontrases en mi posicion, que poca gana tendrias de
bromear, Rafael!--dijo exhalando un suspiro.

Hay que advertir que el joven marques de Davalos, que nunca habia
poseido una inteligencia muy clara, teniala de algun tiempo a esta parte
bastante perturbada. Segun la expresion vulgar estaba un poco chiflado o
tocado. Sus amigos sabian todos que este trastorno procedia de la
ruptura con la Amparo, que le habia comido en poco tiempo su fortuna y
de quien estaba aun profundamente enamorado. Tratabanle con cierta
proteccion entre burlona y benevola; pero se abstenian, si no es muy
embozadamente y con precauciones, de bromearle con su ex-querida, porque
alguna vez que se propasaron, Manolito fue victima de ataques de colera
muy semejantes a la locura. Tenia poco mas de treinta anos; estaba
calvo, la tez y los labios marchitos, los ojos apagados. Sus cuatro
hijos habialos recogido la suegra. Vivia en una fonda con la pension que
le pasaba una tia vieja de quien era presunto heredero. Sobre la
esperanza de esta herencia algunos usureros le prestaban dinero.

--Si yo me encontrara en tu caso, ?sabes lo que haria, Manolo?...
Casarme con mi tia.

Los amigos rieron, porque la tia de Davalos tenia cerca de ochenta anos.

--Bueno, bueno--exclamo este con acento doloroso. Bien se conoce que no
has tenido que luchar con indecentes usureros toda la manana para
concluir por dejarles algo ... que es una infamia empenar--anadio por lo
bajo.

--iA mi con ingleses!... ?Tu no sabes, Manolito, que todos los meses
tengo que renovar el timbre de la puerta de mi casa porque lo gastan
ellos de tanto tirar?... Pero yo lo tomo con mas filosofia. Lejos de
disgustarme, experimento una gran satisfaccion cada vez que viene a
visitarme un acreedor, porque es la prueba de que soy un buen hijo, de
que cumplo la ultima voluntad de mi padre.

Los salvajes de los dos grupos le miraron con curiosidad, sonriendo.

--?Como es eso, Rafael?--pregunto Pepe Castro.

--Habeis de saber que mi padre se murio diciendome: "iEl deber, hijo!
iel deber! iAnte todo el deber!"... Fueron sus ultimas palabras. Yo,
cumpliendo con este sagrado consejo, procuro deber todo lo posible.

Hizo gracia a sus companeros este rasgo cinico; lo celebraron con
algazara. Rafael, sustrayendose modestamente a sus aplausos, se acerco a
Davalos, y pasandole una mano por encima del hombro le dijo, bajando la
voz aunque no tanto que no pudiesen oirle los amigos:

--Pues si, Manolito, no es broma. Yo me casaria con mi tia. ?Que se
pierde con ello? Es una vieja.... iMejor! Asi se morira mas pronto. Pero
en cuanto te cases entras a manejar su fortuna y no tienes necesidad de
aguardar los anos que a ella se le antoje vivir. A ti lo que te hace
falta como a mi es _guita_. Desenganate; si la tuvieramos nos pondriamos
mas gordos que Cobo Ramirez.... Ademas, en cuanto seas rico, le birlas
la Amparo a Salabert, ?no comprendes?

El marquesito levanto la vista hacia su amigo abriendo mucho los ojos,
donde se reflejaba la duda de si hablaba en serio o en broma. No
advirtiendo en el rostro imperturbable de Alcantara senal de burla,
comenzo a enternecerse. Hablo de su antigua querida con tal entusiasmo y
veneracion que haria reir a cualquiera. El proyecto ya no le parecio tan
insensato. Se entretuvo en pensarlo largamente y estudiarlo por todas
sus fases. Mientras tanto Rafael le escuchaba con afectada atencion,
animandole a proseguir con signos y frases de afirmacion. Nadie pensaria
que se estaba mofando de el, a no ser porque de vez en cuando,
aprovechando los instantes en que el tocado marques miraba a la punta de
sus botas buscando alguna frase bastante expresiva para ponderar su
amor, hacia guinos maliciosos a los amigos que los contemplaban con
curiosidad burlona.

Abriose la mampara del salon. Aparecio Alvaro Luna. Los salvajes le
acogieron con exclamaciones de afecto y burla.

--iBravo, bravo! Aqui esta el reo en capilla.

--Mirad que cara trae.

--iComo que esta al borde de la tumba!

El recien llegado sonrio vagamente y tendio una mirada escrutadora por
el salon. Alvaro Luna, conde de Soto, era hombre de treinta y ocho a
cuarenta anos, delgado, de mediana estatura, ojos vivos y duros y rostro
bilioso.

--?Habeis visto a Juanito Escalona?--pregunto.

--Si--dijo uno--. Aqui ha estado hace una media hora. Me ha dicho que
le aguardases, que a las cuatro menos cuarto en punto vendria.

--Bueno, esperaremos--repuso avanzando con calma y sentandose al lado de
ellos.

La broma continuo.

--Veamos, veamos como esta ese pulso--dijo Rafael cogiendole por la
muneca y sacando al mismo tiempo el reloj.

El conde entrego su mano sonriendo.

--iJesus, que atrocidad! iCiento treinta pulsaciones por minuto! Ningun
condenado a muerte las ha tenido.

No era verdad. El pulso estaba normal. Asi lo manifesto el mismo
Alcantara a los amigos haciendo una sena negativa. Alvaro no se altero
por la mentira. Poseido de su valor y convencido de que no dudaban de
el, siguio con la misma vaga sonrisa en los labios.

--Vaya, manana a las cuatro de la tarde el entierro. Lo siento, porque
tenia que ir de caza con Briones--dijo uno.

--iY que no es pequena la carrera desde la casa mortuoria a San
Isidro!--respondio otro.

--No, hombre, no--apunto un tercero--; lo llevaran a la estacion del
Norte para conducirlo a Soto, al panteon de familia.

Las bromas no eran de buen gusto. Sin embargo, el conde no se
impacientaba, quiza temiendo que el mas pequeno signo de impaciencia, en
aquella ocasion, hiciese dudar de su serenidad. Alentados con esta
paciencia, los jovenes salvajes cada vez le apretaban mas con su vaya,
repitiendo con variantes la misma idea del entierro. La verdad es que se
iban haciendo pesados; pero no lograron ahuyentar su fria y vaga
sonrisa. Respondiales pocas veces. Cuando lo hacia era con breves
palabras displicentes. Al fin, sacando el reloj, dijo:

--Son las tres. Quedan tres cuartos de hora. ?Quien quiere echar un
tresillo?

Era un pretexto para librarse de aquellas moscas y al mismo tiempo un
acto que confirmaba su sangre fria. Tres de los amigos se fueron con el
a la sala de juego. No tardaron en rodearles los demas. La broma siguio
lo mismo que en el salon.

--iMiradle, como le tiembla la mano!

--Dentro de una hora ese hombre habra dejado de existir.

--Oyes, Alvaro, debias de legarme la Conchilla.

--No hay inconveniente--repuso aquel arreglando sus cartas.

--Ya lo oyen ustedes, senores; la Conchilla es mia por testamento....
?Como se llama este testamento, Leon?

--Testamento nuncupativo--dijo este, que sabia algo de leyes por andar
en pleito hacia tiempo con unos primos.

--La Conchilla me pertenece por testamento nuncupativo. Gracias, Alvaro.
Hare que vista luto y respetaremos tu memoria hasta donde se pueda.
?Tienes algo que encargarme?

--Si, que la sacudas el polvo cada ocho o diez dias. Si no suelta
algunas lagrimas todas las semanas se pone enferma.

--Corriente. Asi se hara.

--iAh! y que sea con el baston. Se ha acostumbrado a ello y no lo tolera
con la mano.

--Perfectamente.

Cada vez era mayor la algazara. La imperturbabilidad del conde hacia muy
buen efecto. Detras de aquellas bromas se adivinaba que sus amigos le
querian y respetaban su valor. En esto aparecio un criado y le presento
una carta en bandeja de plata. La tomo y la abrio con curiosidad. Al
recorrerla volvio a sonreir y la paso a los que tenia al lado. Era del
dueno de la Funeraria ofreciendole sus servicios y remitiendole un
prospecto con los precios. Alguno de aquellos chicos se habia divertido
en pasarle aviso. Tampoco se ofendio: parecia interesado en el juego.

Al fin entro en la sala Juanito Escalona en su busca. Despues de ajustar
cuentas se levanto de la silla. Todos le rodearon.

--iBuena suerte, Alvaro!

--Me da el corazon que lo ensartas.

--No seas tonto; nada de ensartar. A concluir pronto, aunque sea con un
rasguno.

En aquel momento terminaban las bromas y estallaba el companerismo. El
conde encendio un cigarro puro con toda calma y dijo con la mayor
naturalidad:

--Hasta luego, senores.

Habia una parte efectiva de valor en aquella actitud serena,
imperturbable del conde; pero habia tambien buena porcion de esfuerzo y
estudio. Los jovenes salvajes, aunque poco dados en general a la
literatura, recibian no obstante su influencia. Lo que entre ellos priva
son los folletines y las novelas de salon. Estas, novelas trazan la
figura de un hombre ideal lo mismo que los libros de caballeria.
Solamente que en las antiguas novelas, el hombre dechado era el que por
amor a las nobles ideas de justicia y caridad acometia empresas
superiores a sus fuerzas. En las modernas es el que por temor al
ridiculo se abstiene de todo entusiasmo y de toda accion generosa. Al
hombre que arriesgaba su vida en todos los momentos por una causa util a
sus semejantes, ha sustituido el que la arriesga por las nonadas de la
vanidad o la soberbia. Al caballero ha sucedido el espadachin.

Quedaronse los contertulios comentando la serenidad del conde. Se le
ensalzo aunque no muy vivamente ni por mucho tiempo. Es regla primera
del buen tono no asombrarse jamas. La segunda hablar prolijamente de las
cosas leves y con sobriedad de las graves. Deshizose al fin la tertulia
vespertina. Salieron casi todos sus preclaros miembros y se esparcieron
por Madrid a difundir sus doctrinas, las cuales pueden resumirse de este
modo: "El hombre nacio destinado a firmar pagares y gastar bigotes
retorcidos. El trabajo, la instruccion, el orden, son atentatorios al
estado de naturaleza y deben proscribirse de toda sociedad bien
organizada".

Ramoncito Maldonado, como siempre, se agarro a los faldones de su amigo
Pepe Castro. El lector esta enterado ya de la profunda admiracion que le
profesaba. Ahora le toca saber que Pepe Castro se dejaba admirar lleno
de condescendencia, y que de vez en cuando se dignaba iniciarle en
algunos inefables secretos referentes a sus altas concepciones sobre las
yeguas inglesas y las boquillas de ambar. Ramoncito iba poco a poco
adquiriendo nociones claras, no solo de estas cosas, sino tambien del
modo mas adecuado de combinar el idioma frances con el espanol en la
conversacion familiar. Pepe Castro poseia el don admirable de olvidar,
en un momento dado, la palabra castellana, y despues de algunas
vacilaciones pronunciar la francesa con perfecta naturalidad. Ramoncito
tambien lo hacia, pero con menos elegancia. Asimismo iba distinguiendo
bastante bien las ostras de Arcachon de las que no son de Arcachon, el
Chateau-Laffite del Chateau-Margaux, la voz de pecho, en los tenores, de
la voz de cabeza, y la pasta dentifrica de Akinson de las otras pastas
dentifricas. No obstante, Ramoncito, como todos los neofitos, mucho mas
si poseen un temperamento exaltado y entusiasta, exageraba la doctrina
del maestro. Sean ejemplo de esta exageracion los cuellos de camisa.
Porque Pepe Castro los gastase altos y apretados ?habia razon para que
Ramoncito anduviese por esas calles de Dios con la lengua fuera,
padeciendo todo el dia los preliminares de la pena del garrote? Y si
Pepe Castro, por motivo de una enfermedad nerviosa que habia tenido de
nino, cerraba el ojo izquierdo con frecuencia, lo cual sin duda le
agraciaba, ?con que derecho pasaba el dia Ramoncito haciendo guinos a la
gente con el suyo? Ademas, el joven concejal cargaba de perfumes no tan
solo el panuelo y la barba, sino toda su ropa, de suerte que a los diez
metros aun trascendia y de cerca producia mareos. Pues bien, despues de
examinadas detenidamente, no hemos hallado en las ideas de su venerado
maestro nada que justifique esta censurable tendencia. Los mas bellos y
elevados preceptos de los grandes hombres, degeneran y se pervierten al
realizarse por sectarios y continuadores. Pepe Castro, aunque advertia
estas deficiencias e imperfecciones de su discipulo, no se las echaba en
cara. Antes, con la nobleza propia de los grandes caracteres, extendia
sobre el su clemencia para perdonarlas y ocultarlas. Nadie osaba, en su
presencia, hacer burla de los cuellos ni de los guinos de Ramoncito.

Eran poco mas de las cuatro cuando entrambos salvajes salieron del club
abrochandose los guantes. A la puerta estaba la _charrette_ de Castro,
que este despidio dando hora al cochero para el paseo. Antes debia hacer
una visita a ruego de Ramoncito. Caminaron por la calle del Principe,
donde el club esta situado, a paso lento, observando con fijeza a las
mujeres que cruzaban. Detenianse a veces un instante para hacer algunas
indicaciones luminosas sobre su garbo y elegancia, no como el timido
transeunte que contempla y suspira, sino como dos bajaes que entrasen en
un mercado de esclavas y antes de elegir discutiesen las cualidades de
cada una. A los hombres arrojabanles una rapida mirada despreciativa. Y
por si esto no bastaba se envolvian en una fuerte bocanada de humo para
hacerles presente que ellos, Pepe y Ramon, pertenecian a un mundo
superior, y que si caminaban por la calle del Principe era solo por
capricho y momentaneamente. Siempre que se dignaban pasear un poco a pie
entre calles como ahora, en la expresion de su rostro habia cierto matiz
de sorpresa al ver que su paso no era acogido por la muchedumbre con
rumores de admiracion.

Maldonado era mas locuaz que su amigo. Sobre lo que iba y venia
expresaba su opinion levantando el rostro sonriente hacia Castro. Este
permanecia grave, solemne, respondiendo con monosilabos y adecuados
grunidos. Digamos que Ramoncito era mucho mas bajo que su maestro, no
solo moral, sino tambien fisicamente. Cuando paseaban a pie
representaban verdaderamente, el uno al sabio profesor que va dejando
caer gota a gota el raudal de su ciencia; el otro al ardoroso neofito
avido de enterarse y penetrar cuanto abarca su vista.

--?Adonde vamos?--pregunto distraidamente Castro al llegar a las cuatro
calles.

--Hombre, ?no habiamos quedado en casar por casa de Calderon?--dijo
timidamente y un poco despechado Ramoncito.

--iAh! si; se me habia olvidado.

El joven concejal suardo silencio, admirando en su fuero interno aquella
singular facultad de olvidarlo todo, que poseia su amigo. Y siguieron
por la Carrera de San Jeronimo hguardoa Puerta del Sol.

--?Como estas con Esperancita?--se digno preguntar Castro, soltando una
bocanada de humo y parandose a mirar un escaparate.

Ramoncito se puso serio repentinamente, casi casi palido, y comenzo a
balbucir a tropezones:

--Lo mismo, chico.... Tan pronto arriba como abajo.... Unos dias la
encuentro muy amable ... es decir, amable, no; pero al menos habladora.
Otros con un hocico de tres varas: se marcha en cuanto entro: apenas
contesta al saludo, como si la hubiese ofendido.... Comprendo que alguna
vez ha tenido motivos para estar enfadada. En el Real suelo ir al palco
de las de Gamboa, y pienso que se le ha metido en la cabeza que me gusta
Rosaura.... iMira tu que tonteria! iRosaura!... Pero hace lo menos un
mes que no subo a saludarlas ... y lo mismo; ilo mismo, chico, lo
mismo!... El otro dia la pude pillar sola en el gabinete unos momentos,
y de prisa y corriendo le he dicho que deseaba saber en que quedabamos.
Porque ya ves tu, no es cosa de estar haciendo el oso eternamente.... Me
escucho con paciencia.... Te advierto que yo estaba enteramente
arrebatado y apenas sabia lo que iba diciendo. Cuando conclui me dijo
que no tenia motivos para estar enfadado y se escapo a la sala. Despues
de esto ?quien no habia de entender que estaba el asunto arreglado?
Vamos a ver, cualquiera en mi caso ?no pensaria que ibamos a entrar en
el terreno de la formalidad?... Pues nada, a los dos dias voy por alla;
intento hablarle aparte en calidad de novio y me da un bufido que me
dejo helado.... Y asi estoy. Ni se si me quiere o si deja de quererme,
ni tengo tranquilidad para dedicarme a mis quehaceres ni hago otra cosa
que pensar en esa maldita chiquilla.

--Yo creo--respondio Castro sin dejar de contemplar con atencion el
escaparate frente al cual estaban--que esa nina te ha cogido la accion.

Ramoncito le miro sorprendido y respetuoso a la vez.

--?Como la accion?--se aventuro a preguntar.

--Si; la accion. Lo importante, en cualquier combate, es coger la accion
al contrario. Si en el momento en que el piensa atacarte atacas tu con
decision, es casi seguro que llegas. Si vacilas eres perdido.

Al pronunciar las ultimas palabras, dejo de contemplar el escaparate y
siguio su marcha majestuosa por la acera. Ramon hizo lo mismo. No habia
entendido bien la aplicacion que podia tener este simil arrancado a la
esgrima en su caso; pero se abstuvo de pedir explicaciones.

--?De modo que tu opinas...?

--Opino que estas demasiado enamorado de esa nina y que ella lo sabe.

--Pero vamos a ver, Pepe, ?que motivos puede tener para
rechazarme?--comenzo a decir sulfurado Ramoncito y como hablandose a si
mismo--. ?Que es lo que espera esa chiquilla?... Su padre tiene dinero;
pero seran varios hermanos a repartirlo. Mariana es joven, y cuando
menos se pensaba ha principiado otra vez a echar al mundo hijos. Ademas,
ya sabes como es don Julian. Antes que soltar un cuarto le haran rajas.
Y francamente, esperar a que se muera no me parece negocio. Yo no soy un
potentado, pero tengo fortuna regular, que es mia ya, sin esperar a que
se muera nadie.... Puedo proporcionarla las mismas comodidades que tiene
en su casa y el mismo lujo ... mayor lujo--anadio sacudiendo la cabeza
con plausible resolucion--.Luego, tengo por delante una carrera
politica. ?Sabe ella si el dia menos pensado no sere subsecretario o
director? Mi familia es mejor que la suya: mi abuelo no ha sido un
tendero como el padre de D. Julian.... Luego, no es una divinidad ni
mucho menos, una de esas chicas que llamen la atencion, ?sabes tu? ?Por
que hace tantos remilgos cuando yo soy quien le hago favor? ?Sabes quien
tiene la culpa? Pues Cobo Ramirez y otros babiecas como el, que la han
llenado la cabeza de viento.... iSin duda espera la tonta que venga un
principe de sangre real a buscarla!...

Ramoncito negaba belleza a su adorada. Es signo de hallarse profunda y
sinceramente enamorado el hombre; no ser hija de la vanidad su aficion.
El exceso de amor le arrastraba a injuriarla.

Castro medito que tal vez, la circunstancia de ser un poco desgalichado
y tener el cutis lleno de pecas, influiria para que su amigo no lograse
exito lisonjero en esta como en otras empresas que habia acometido: pero
se abstuvo de manifestar tal sospecha. Prefirio asentar, cerrando los
ojos y soplando el humo del cigarro, esta verdad de caracter general:

--Las chicas son muy estupidas.

Ramoncito, de acuerdo con ella en principio, insistio, no obstante, en
determinarla por medio de aplicaciones mas o menos legitimas.

--iEs una mentecata!... No sabe ella misma lo que quiere.... ?Crees que
sera posible llevarla al terreno de la formalidad algun dia?

Esto del terreno de la formalidad era una frase a la cual profesaba
marcada predileccion el joven concejal. Siempre que hablaba de
Esperancita brotaba de sus labios tres o cuatro veces, como si
necesariamente fuera asociada a sus amores.

Pepe Castro sintio un malestar indecible: guino su ojo izquierdo
infinitas veces. En realidad, nunca le habia gustado anticipar ideas
sobre los acontecimientos futuros. Era mas caballista que profeta. Pero
en este caso le repugnaba doblemente porque nada halagueeno podia
anunciar a su amigo y admirador. Sacole del compromiso la aparicion de
una joven hermosa y elegantemente vestida que venia al encuentro de
ellos por la acera del Principal.

--Aqui esta la Amparo--dijo con la gravedad displicente y desdenosa que
Ramoncito admiraba.

La querida de Salabert se acerco a ellos sonriente, saludandoles con
efusion, particularmente a Pepe Castro. Este le apreto la mano sin
perder de su gravedad ni separar la boquilla de los dientes, lo mismo
que a un camarada a quien se acaba de ver en el cafe.

--?Adonde vais, granujas?

--Pues a casa de Calderon a pasar un rato.

--Venid conmigo. Voy a comprar un joyero. Me ayudareis a elegirlo ... y
me lo pagareis.

Hablaba en tono alegre y afectuoso: no parecia la misma criatura
desabrida y mal humorada que hemos visto en su hotelito del barrio de
Monasterio. Sin duda, todo el mal humor lo reservaba para Salabert.

--iEsto es bueno!--exclamo Castro dignandose sonreir levemente--. ?Nos
pides joyas a nosotros cuando tienes en tu casa el bolsillo de Salabert?
Mete la mano en el, tonta.

--Ya lo hago, hijo. Descuida.

--Pues bien podias proteger un poco al pobre Manolo, que anda a oscuras
hace tiempo.

--iPobrecillo! ?Pero de veras anda tan mal de guita? Yo crei que solo
era de la cabeza.

--Eso es: riete despues que le has desplumado.

--Oye, nino: yo no le he desplumado, por una razon muy sencilla: cuando
vino a mi poder ya no tenia plumas--dijo la Amparo poniendose seria.

--No es verdad eso. Manolo ha gastado contigo mas de cuarenta mil duros.

--iEche usted duros! Asi me lucia a mi el pelo cuando le puse a la
puerta. Si tardo un poco mas en hacerlo, voy a San Bernardino a la
_grand Dumond_.

--Bien, pues no los ha gastado. ?A mi que?--repuso el gallardo Pepe
alzando los hombros--. ?Quieres venir a cenar hoy con nosotros a Fornos?

--?Con quien?

--Con este y conmigo. Invitaremos tambien a Leon y a Rafael para que
lleven a Nati y Socorro. ?Tienes inconveniente en que vaya Manolo?

--iAl contrario, hijo, si a Manolo le quiero mas de lo que te figuras!

--Pues harias bien en darle de vez en cuando alguna conferencia intima;
si no, me temo que haya que llevarlo pronto al manicomio.

--No creas que esta siempre en mi mano. El otro tio es muy escamon.
Despues del Real ?verdad? No me lleveis mas gente. El ruido no me
conviene ahora que estoy bien colocada ?sabeis? Hasta luego. Oye, tu,
feo--dirigiendose a Ramon--, ?por que no hablas? Ya me han dicho que
quieres casarte con la chiquilla de Calderon.... Pues hijo, tu horroroso
y ella mas fea que azotar a un Cristo, vais a echar unos nenes que habra
que ensenarlos en una barraca. Adios, Pepe: no te olvides de los
boquerones. Ya sabes que no ceno sin ellos. Hasta luego.

Ramoncito se habia puesto rojo de ira al oir tratar con tal desprecio a
su adorada, sin tener presente que un momento antes habia hecho el lo
mismo. Y hubiera arremetido a la Amparo con alguna insolencia gorda, si
esta no se hubiese alejado sin fijarse poco ni mucho en la desazon que
causaba. Contentose con murmurar fatidicamente rechinando un poco los
dientes:

--iMe parece que voy a ponerte yo la vergueenza que no tienes!

El encuentro con la querida de Salabert en el momento en que se hallaba
en lo mas culminante de sus confidencias, le habia turbado, y por eso no
habia despegado los labios. Apresurose a anudar el hilo por donde
aquella lo habia roto, preguntando a su amigo y maestro:

--Vamos a ver, Pepe: tu en mi caso ?que harias?

Castro camino en silencio un rato mirando con fijeza a los balcones de
las casas, sorprendido sin duda de que la gente no saliese a verle
pasar. Luego, dando tres o cuatro largos chupetones al cigarro y
revistiendo un aire reflexivo y grave, respondio:

--Hombre (pausa); yo, en tu caso, principiaria por no estar enamorado.
El amor es para los _fanciullos_, no para ti y para mi.

--iEso es inevitable, Pepe!--exclamo el concejal en un estado tan triste
y miserable que daba pena verlo.

--Bien, pues si no puedes vencer esa _chifladura_, lo mejor es no darla
a conocer. ?Por que tratas de persuadir a Esperancita de que te mueres
por ella? ?Crees que eso sirve para algo? Procura convencerla de lo
contrario y veras cuanto mejor es el resultado.

--?Que quieres que haga?--pregunto con angustia.

--Que no te manifiestes tan rendido, hombre. Que no seas tan melon. No
vayas tanto a su casa. No la mires con ojos de carnero a medio degollar.
Llevale la contraria cuando diga alguna tonteria: insinuala que hay
mujeres que te gustan mucho mas. Date un poco de tono, y ya veras como
el asunto toma mejor aspecto....

--iNo puedo, no puedo, Pepe!--exclamo Ramoncito pasandose la mano por la
frente en el colmo de la congoja--. Al principio todavia era dueno de
mi; podia hablarle con desembarazo y coquetear con otras.... iHoy me es
imposible! Asi que la tengo delante me aturdo, me atortolo, no digo mas
que necedades. Si la encuentro de mal humor sobre todo. Cada
contestacion suya me deja helado. No puedes figurarte que tono tan
displicente sabe sacar esa chiquilla cuando quiere. Si trato de hablar
con otra, basta que Esperanza me ponga la cara risuena para que la deje
inmediatamente. He llegado a pasar un mes sin dirigirle apenas la
palabra; pero al fin no pude resistir mas y volvi a entregarme. Prefiero
su conversacion, aunque me maltrate, a la de todas las demas....

Ambos guardaron silencio como si caminasen bajo el peso de una grave
desgracia. Pepe Castro meditaba.

--Estas perdido, Ramon--dijo al fin tirando la punta del cigarro y
frotando la boquilla con el panuelo antes de guardarla--. Estas
completamente perdido. Todo eso que me cuentas no tiene sentido comun.
Si supieses conducirte no hubieras llegado a semejante estado. A las
mujeres se las trata siempre con la punta de la bota: entonces marchan
admirablemente....

Despues de verter estas breves y profundas palabras, se paro delante de
un escaparate.

--Hombre, mira que collar tan bonito. Si le viniese bien al _Perl_ se lo
compraba.

Ramoncito miro el collar sin verlo, enteramente absorto en sus
tristisimos pensamientos.

--Pues, si, Ramoncillo--continuo el distinguido salvaje echandole un
brazo sobre el hombro--, estas perdido.... Sin embargo, yo me
comprometia a lograr que Esperanza te quisiera con tal que hicieses lo
que te he dicho.... Ensaya mi metodo.

--Ensayare lo que quieras. Deseo salir a todo trance de esta
situacion--repuso el concejal conmovido.

--Pues mira, por lo pronto no iras a casa de Calderon sino cada ocho o
diez dias.... Iremos juntos o nos encontraremos alla. No debes quedar
solo: en un momento de debilidad echarias a perder toda la obra.
Hablaras poco con Esperanza y mucho con las chicas que alli esten.
Procura ensalzar a las rubias, a las altas, a las blancas, en fin, a las
mujeres que tienen el tipo opuesto al de ella y no dejes de
entusiasmarte bastante. Llevale la contraria, pero sin apurarte mucho.
Eres muy testarudo y no conviene disputar demasiado. Un tono suave y
despreciativo surte mejor efecto. Lo mas conveniente es que me mires de
vez en cuando. Yo te hare alguna sena con disimulo: de este modo iras
siempre pisando en firme....

Todavia, antes de llegar a la puerta de la casa de Calderon, tuvo tiempo
Castro para ampliar con otros valiosos datos esta gallarda muestra de su
talento didascalico. Solo una inteligencia maravillosamente perspicua
unida a larga y aprovechada experiencia, solo un espiritu refinado podia
penetrar tan hondamente en el secreto conflicto que la resistencia de
Esperanza a consagrar su corazon a Ramoncito, habia creado. Al mismo
tiempo era el unico que podia darle una solucion satisfactoria. El joven
concejal llego al domicilio de su adorada en un estado de relativa
tranquilidad. En cuanto a sus propositos intimos, solo podemos decir que
iba determinado a revestirse de un gran aspecto de dignidad y a oponer
abierta resistencia a las tendencias invasoras de la nina de Calderon.

Para comenzar juzgo oportuno meter las manos en los bolsillos y plegar
los labios con una sonrisilla ironica y protectora. De esta suerte entro
en el gabinete donde estaba reunida la familia del opulento banquero,
balanceando la cabeza como si no pudiese con ella a causa del numero
incalculable de pensamientos que guardaba dentro, de los modales
elegantes a los modales groseros no hay mas que un paso, como de lo
sublime a lo ridiculo. Asi que, no nos atrevemos a asegurar que
Ramoncito, en la primera etapa de su conversacion con Esperancita, se
mantuviese siempre del lado de aca de la elegancia. Hay algun fundamento
para pensar que no fue asi. Lo que, salvando nuestra conciencia de
historiadores veraces podemos afirmar, es que Esperancita tardo bastante
tiempo en advertirlo, y que despues de advertirlo no causo en ella la
honda impresion que debia esperarse.

En el gabinete costurero donde los introdujeron, estaban bordando D.
Esperanza, Mariana y Esperancita. O hablando con exactitud, las que
bordaban eran dona Esperanza y Esperancita: Mariana se mantenia sentada
en una butaca, mirando al vacio en perfecto estado de inmovilidad. Pepe
Castro y Ramon eran amigos intimos de la familia y se les recibia sin
ceremonia y con agrado. Despues de algunos elusivos apretones de manos,
con la sola excepcion del de Maldonado a Esperancita, que no llego a
realizarse porque aquel se distrajo intencionalmente para dar comienzo
digno a la gran serie de desaires de todas clases con que pensaba
atormentar a su adorada, acomodaronse en sendas sillas. Pepe al lado de
Mariana; Ramon junto a D. Esperanza. Antes de hacerlo, el joven
concejal tuvo ya un momento de debilidad. Viendo a Esperancita algo
apartada de su madre y abuela, penso que era propicia ocasion para
mantener con ella conversacion secreta, y vacilo en llevar alla su
silla. Una mirada expresiva de Castro le hizo volver en su acuerdo.

--Buenos ojos le vean a usted, Pepe--dijo Esperancita clavando los
suyos, risuenos y nada feos, en el famoso salvaje.

--Preciosos son los que le estan viendo ahora--se apresuro a decir
Ramoncito.

Castro, antes de responder, le volvio a mirar severamente. El concejal,
aturdido, dijo para amenguar un poco su torpeza:

--Porque esta es la familia de los ojos bonitos.

--Gracias, Ramon. Ya empieza usted a ser falso como todos los
politicos--manifesto Mariana.

--iSiempre justiciero, Mariana!--exclamo aquel, rojo de placer, oyendose
llamar hombre publico.

--?Cuantos dias hace que no he estado aqui?--pregunto Castro a la nina.

--Lo menos quince.... Vera usted: ha estado la ultima vez, un lunes....
Estaba aqui Pacita.... Hoy es sabado.... Trece dias justos.

Nunca habia tenido tan presentes los dias en que Maldonado visitaba la
casa. Castro acogio esta prueba de interes con indiferencia.

--Pense que no hacia tantos dias.... iComo se pasa el tiempo! anadio
profundamente.

--iClaro! A usted se le pasa volando, lejos de nosotros.

El joven sonrio bondadosamente y pidio permiso para encender un cigarro.
Despues dijo:

--No; aun se me pasa mas de prisa al lado de ustedes.

--?Mas que en casa de tia Clementina?--pregunto la nina en un tono
inocente que hacia dudar de su intencion.

Castro se puso serio y la miro fijamente. Sus relaciones con la hija de
Salabert se habian mantenido hasta entonces bastante secretas. El que se
descubriesen en casa de la hermana del marido, le inquieto. Esperancita
se puso como una cereza bajo la penetrante mirada del joven.

--Lo mismo--concluyo por decir con frialdad--. Todos son buenos amigos.

--?Va usted hoy a casa de mi cunada?--dijo Mariana sin advertir lo que
pasaba.

--Iremos Ramon y yo: ?no es sabado hoy? ?Y ustedes?

--Yo no tengo gana de recepcion. Hace unos dias que me encuentro un poco
molesta de la garganta.

--No digas que estas enferma, mama. Di que te gusta mas meterte en la
cama temprano--manifesto Esperancita con mal humor.

La madre la miro con sus ojos grandes, apagados.

--Tengo la garganta irritada, nina.

--iQue casualidad!--exclamo esta en tonillo ironico--. No te he oido eso
hasta ahora.

--Si es que tu tienes ganas de ir--repuso Mariana acabando de
adivinarlo--, que te lleve tu papa.

--Bien sabes que papa, no saliendo tu, no quiere salir.

El tono de Esperancita revelaba despecho. Por los ojos de Ramoncito paso
un relampago de alegria legitima y dirigio una mirada de triunfo a su
amigo Pepe. La nina mostraba deseos de ir desde que supo que el
asistiria tambien.

La conversacion comenzo a rodar sobre lugares comunes, deteniendose con
predileccion en el mas comun de todos en la corte, o sea sobre los
artistas del teatro Real. Se hablo de la belleza de la Tosti. Ramoncito,
enternecido por el triunfo que acababa de obtener, quiso negarsela;
maldijo de las mujeres altas, y sobre todo de las rubias. A el no le
gustaban mas que los tipos morenitos, carirredondos, de mediana estatura
y de ojos negros (en fin, el de Esperancita; no le faltaba mas que
nombrarla). Su amigo Pepe, alarmado por este desahogo que daba al traste
con todos los planes de asedio en que habian convenido, le hizo una
porcion de guinos disimulados hasta que consiguio traerlo al buen
camino. Pero lo hizo tal mal, esto es, comenzo a contradecirse de un
modo tan lamentable, que las senoras se lo hicieron notar en seguida. Se
aturdio y se hizo un lio, del cual no hubiera podido salir sin un capote
que muy a tiempo le echo su amigo y maestro. Para reparar un poco la
torpeza se puso a contarles lo que habia pasado el dia anterior en el
Ayuntamiento, con tales pormenores, que Mariana no tardo en bostezar
como una bendita que era, y D. Esperanza se enfrasco en su bordado y
dio senales de estar pensando en cosas muy distintas. Esperancita
termino por hacer una sena a Castro para que se acercase. Este obedecio
trasladandose a una sillita cerca de la de ella.

--Oiga, Pepe--le dijo la nina en voz baja y temblorosa--. Hace poco le
he visto a usted ponerse serio conmigo. No se si habre dicho algo que le
pudiera molestar. Si fue asi, perdoneme.

--No se a que alude usted. A mi no puede molestarme nada de lo que me
diga una nina tan linda y tan simpatica como usted--manifesto el joven
con su bella sonrisa de sultan.

--Me alegro de que haya sido unicamente aprension.... Muchas gracias por
las flores, si es que usted las siente, que lo dudo.... A mi me doleria
en el alma causarle a usted un disgusto....

Al decir estas ultimas palabras, la nina se ruborizo hasta las orejas.

--Pues tengo noticia de que es usted aficionada a darlos.

--iOh, no!

--Eso dice mi amigo Ramon.

El rostro de Esperancita se oscurecio al oir este nombre. Una arruguita
severa cruzo su frente virginal.

--No se por que lo dice.

--?No le remuerde a usted nada la conciencia?

--Ni pizca.

--iOh, que corazon tan emperdenido!

--?Por que? Si le he proporcionado alguna pena sera que el se la habra
buscado.

--Eso mismo le he dicho yo.... Pero, en fin, creo que el enfermo ya esta
en vias de curacion y que no se pondra mas al alcance de sus dardos....
Le veo bastante mas alegre y despreocupado de algunos dias a esta parte.

Castro trabajaba sinceramente y de buena fe por su amigo.

--Mucho me alegraria de que asi sucediese--respondio la nina con
perfecta naturalidad.

Castro hizo una defensa apasionada de su amigo, lo recomendo con toda
eficacia a la benevolencia de Esperanza. Mas al verter en el oido de
esta algunas exageradas frases de elogio, el tono displicente con que
las pronunciaba y la sonrisa burlona que no se le caia de los labios,
las desvirtuaban bastante. Aunque asi no fuese, la hija de Calderon las
hubiera acogido con la misma hostilidad.

--iVamos, Pepe, usted tiene ganas de guasearse!

--iQue si, Esperancita, que si! Ramon tiene un gran porvenir y no seria
dificil que con el tiempo le veamos ministro.

El concejal, mientras tanto, explicaba con la fluidez que le
caracterizaba, a Mariana y D. Esperanza, de que modo habia descubierto
un fraude de consideracion en los derechos de consumos. Trescientos
cincuenta jamones se habian introducido, hacia pocos dias, de matute con
la anuencia de algunos empleados del municipio. Ramoncito pensaba llevar
a estos empleados a la barra en brevisimo plazo. Mariana le suplicaba
que no fuese excesivamente severo con ellos; serian tal vez padres de
familia. Mas no lograba ablandarle. Indudablemente, sus principios de
justicia municipal eran mas inflexibles que sus musculos cervicales, a
juzgar por el numero incalculable de veces que volvia la cabeza hacia el
sitio en que Esperancita y Pepe departian. No estaba celoso. Tenia
confianza plena en la lealtad de su amigo. Pero le gustaba que su
adorada le escuchase cuando pronunciaba las frases: "_a la barra_", "_yo
pienso dictaminar en mal sentido_", "_la ley municipal exige que los
aforos_", _etc._, a fin de que el angel de sus amores se fuera
penetrando de los altos destinos a que la suerte la tenia reservada
uniendose a un hombre tan energico y tan administrativo. Todos aquellos
discursos pronunciados en alta voz, no eran mas que una continua y
tierna invitacion para que de una vez entrase "en el terreno de la
formalidad".

Oyeronse en esto pasos en la habitacion contigua, y una tos que los
presentes conocian admirablemente. D. Esperanza, al escucharla, entrego
con precipitacion, mejor dicho, arrojo la labor que tenia entre manos en
el regazo de su hija. Cuando Calderon entro, Mariana bordaba con
afectada aplicacion mientras su Madre se mantenia mano sobre mano, como
si hiciese largo rato que se hallase en tal postura. Ramoncito y Castro
apenas se fijaron en esta maniobra. La razon de ella era que Calderon no
perdonaba a su esposa la apatia, la pereza, juzgando estos vicios como
verdaderas calamidades, considerandose muchas veces desgraciado por
haberse unido a una mujer tan holgazana. No es que el trabajo de ella
importase poco ni mucho en su casa; pero su temperamento de trabajador
infatigable se revelaba en presencia de otro tan diametralmente
contrario. La flojedad, el abandono de Mariana crispaban sus nervios,
daban lugar a agrias contestaciones y a reyertas frecuentes. Ella se
defendia suavemente. Alegaba que sus padres no la habian criado para
jornalera, porque tenian medios suficientes para hacerla vivir como
senora. Con esto D. Julian se enfurecia aun mas; gritaba que todo el
mundo tiene el deber de trabajar, por lo menos de hacer algo. La
completa ociosidad es incomprensible. La mujer esta obligada a cuidar de
que no se desperdicie la hacienda de la casa, ya que no contribuya a
acrecentarla, etc., etc. En fin, que la causa de los disgustos
domesticos era esta irremediable holgazaneria de la senora. D.
Esperanza era muy diversa de su hija. Temperamento activo, vigilante,
tan avara o mas que su yerno, no podia jamas estar un cuarto de hora sin
tener algo entre manos. En los negocios interiores de la casa no tenia
intervencion muy senalada. Calderon se complacia en ordenarlo y
manejarlo por si mismo todo. Y esto significa una contradiccion que
debemos hacer resaltar para que se comprenda bien su caracter. Quejabase
amargamente porque su mujer no servia para llevar el gobierno de la
casa, porque el se veia obligado a hacerse cargo de el; y no obstante,
sabiendo que su suegra servia muy bien para el caso, no queria
entregarselo. Esto hace sospechar que, aunque Mariana fuese un prodigio
de actividad y de orden, no consentiria tampoco en abandonar la
direccion de los asuntos interiores como de los exteriores. Su caracter
receloso y sordido le hacia preferir siempre el trabajo al descanso.
Quisiera tener cien ojos para ponerlos todos sobre los objetos de su
pertenencia.

Dona Esperanza tambien deploraba el caracter de su hija; marchaba muy de
acuerdo con la ruindad de su yerno, ayudandole no poco en la vigilancia
de la casa. Mas, aunque la reprendiese a menudo por su apatia, como al
fin habia salido de sus entranas, le dolia que Calderon lo hiciese,
sentia vivamente las reyertas matrimoniales. Por eso, siempre que podia
las evitaba aunque fuese a costa de un sacrificio, tapando las faltas de
Mariana, haciendose ella misma voluntariamente culpable de ellas. Tal
era la razon de haberle entregado con tanta premura el cojin que estaba
bordando.

D. Julian entro con un libro en la mano, que no era el _Diario_, ni el
_Mayor_, ni el _Copiador de cartas_, sino lisamente el folletin de _La
Correspondencia_, que acostumbraba a recortar con gran esmero y luego
cosia. Aunque parezca raro, D. Julian era aficionado a las novelas; pero
no leia mas que las de _La Correspondencia_, las piadosas que regalaban
a su hija en el colegio. Por impulso propio no habia entrado jamas en
una libreria a comprar alguna. No solo era aficionado a leerlas, sino lo
que aun es mas raro, se enternecia notablemente con ellas. Porque
guardaba en su pecho un gran fondo de sensibilidad. Era una flaqueza de
su organismo, lo mismo que el asma y el reuma. Las desgracias del
projimo, la miseria, le compadecian extremadamente. Si pudiesen
remediarse de cualquier otro modo que no fuese con dinero, es seguro que
las haria desaparecer en seguida. Los rasgos de generosidad le hacian
llorar de entusiasmo; pero se juzgaba, y con razon, impotente para
llevarlos a cabo. Asi y todo hacia esfuerzos supremos por violentar su
naturaleza. En realidad, no era de los ricos menos limosneros que
hubiese en Madrid. Tenia una cantidad fija destinada a los pobres y les
llevaba la cuenta en sus libros como si fuesen acreedores. Una vez
agotada la cantidad mensual, creemos que si viese morirse de hambre en
la calle a un desgraciado, no le socorreria con una peseta, no por falta
de sensibilidad, sino por las profundas raices que tenian en su corazon
los numeros. La idea de desprenderse de algo suyo por otro medio de
enajenacion que no fuese la compra-venta, era para el casi
incomprensible. Sus limosnas tenian por esto un merito muy superior a
las de otras personas.

Cuando entro en el costurero manifestaba en el rostro senales de
hallarse conmovido. Despues de haber saludado a los forasteros, profirio
sentandose en una butaca:

--Acabo de leer en esta novela un capitulo precioso ... iprecioso!... No
pude resistir a la tentacion de venirselo a leer a estas....

Se detuvo porque no se atrevia a proponerselo a Castro y Ramoncito,
aunque lo deseaba. Era muy amigo de leer en alta voz, por lo mismo que
lo hacia medianamente. Mariana se complacia mucho en oir leer. De modo
que, por este lado, marchaba bien el matrimonio.

--Leelo, hombre.... Creo que a Pepe y Ramon no les molestara--dijo
aquella.

Castro hizo un leve signo de aquiescencia, Ramoncito se apresuro a
manifestar con ademanes extremosos que tendrian un gran placer ... que
el era muy aficionado a los bellos capitulos, etc. iPocas gracias!
Viniendo del padre de su amada, seria capaz de escuchar con atencion la
lectura de la tabla de logaritmos.

D. Julian se calo las gafas y se puso a leer, con una voz blanca de gola
que tenia reservada para estas ocasiones, cierto capitulo en que se
describian los sufrimientos de un nino perdido en las calles de Paris.
Al instante comenzaron a arrasarsele los ojos y a alterarsele la voz.
Concluyo por anudarsele de tal suerte, que apenas se le entendia.
Ramoncito se vio necesitado a tomarle el legajo y a continuar la lectura
hasta el fin. Castro, en presencia de aquellas ridiculeces, ocultaba su
sonrisa de hombre superior detras de grandes bocanadas de humo.

Terminado el capitulo y comentado en los terminos mas lisonjeros para
todos los presentes, Mariana volvio los ojos hacia su labor. Observo que
iba a hacer falta un pedazo de seda para el forro, pues estaba a punto
de terminarse. D. Esperanza, con quien comunico este pensamiento, fue
de la misma opinion.

--Ramoncito--dijo la primera--hagame el favor de oprimir ese boton.

El concejal se apresuro a cumplir el mandato. Al cabo de un instante se
presento la doncella de la senora.

--Tiene usted que salir a comprar una vara de seda--le dijo esta.

La domestica, despues de enterarse de las particularidades del encargo,
se dispuso a salir para darle cumplimiento. D. Julian, que habia
escuchado atentamente, la detuvo con un gesto.

--Aguardese un momento.... Voy a ver si por casualidad tengo yo lo que
les hace falta.

Y salio con paso vivo de la estancia. No tardo tres minutos en regresar
con un paraguas viejo entre las manos.

--A ver si os puede servir la seda de este paraguas--dijo--. Me parece
que es del mismo color....

Castro y Maldonado cambiaron una mirada significativa.

Mariana lo tomo ruborizandose.

--En efecto, es del mismo color ... pero esta todo picado.... No sirve.

Esperancita fingia estar absorta en su labor; pero tenia el rostro como
una amapola. Tan solo D. Esperanza tomo en serio el asunto y lo
discutio. Al fin fue desechado, con disgusto del banquero, que quedo
murmurando algunas frases poco halagueenas acerca del orden y economia de
las mujeres.

Ramoncito ya no podia sufrir mas aquella pena de Tantalo a que la
experiencia de su amigo le condenaba. No cesaba de mirar hacia el sitio
donde este y Esperancita departian. Principio por levantarse de la silla
con pretexto de estirar un poco las piernas y dio unos cuantos paseos.
Poco a poco fue acercandose a ellos: concluyo por detenerse delante.

--Que tal, Esperanza.... ?Hace mucho que no ha visto a su amiga
Pacita?

iQue pretexto tan burdo para detenerse! El mismo lo comprendio asi y se
ruborizo al pronunciar estas palabras. Castro le dirigio una mirada
fulminante; pero, o no la vio, o se hizo como que no la veia.
Esperancita fruncio el entrecejo y contesto secamente que no se acordaba
con precision.

Esto bastaria para que cualquiera se diese por advertido. Ramoncito no
se dio. Antes quiso prolongar la conversacion con frases absurdas o
insustanciales. Hasta tuvo conatos de agarrar una silla y sentarse al
lado de ellos: pero Castro se lo impidio dandole, al descuido, un feroz
y expresivo pisoton en los callos que le hizo volver en su acuerdo.
Continuo, pues, su paseo melancolico y no tardo en sentarse de nuevo
junto a sus futuras suegra y abuela. Al poco rato estaba empenado en una
discusion animada con Calderon sobre si el adoquinado de las calles
debia de hacerse por contrata o por administracion. De buena gana
hubiera cedido. Su interes estaba en hacerlo, porque al fin se trataba
del hombre en cuya mano estaba su felicidad o su desgracia; pero aquel
picaro temperamento terco y disputon con que la naturaleza le dotara, le
arrastraba a proseguir, aunque veia a su suegro encendido y a punto de
enfadarse.

Afortunadamente para el, antes que llegase este punto, se presento en la
estancia un criado.

--?Que hay, Remigio?--le pregunto el banquero.

--Acaba de llegar un amigo del Pardo, el cochero de los senores de
Mudela, y me ha dicho que el senorito Leandro se encontraba un poco
enfermo....

--iClaro! iQue le habia de pasar a ese chiquillo!... No esta
acostumbrado a tales juergas. Toda la vida en el colegio o pegado a las
faldas de su madre. De pronto le sacan a esta vida agitada.... ?Y que es
lo que tiene?

Leandro era un sobrino carnal de D. Julian, hijo de una hermana que
residia en la Mancha. Habia venido a pasar una temporada a Madrid y la
pasaba alegremente reunido a otros muchachos de la misma edad. Para
cierta excursion de campo habia pedido a su tio el carruaje. Este, por
no ofender a su hermana a quien por razon de intereses estaba obligado a
guardar consideraciones, se lo habia otorgado, aunque con gran dolor de
su corazon.

--Me parece que le ha hecho dano el sol y la comida....

--Bueno, una indigestion.... Eso pasara pronto.

--Yo creo que debias ir alla, Julian--, manifesto Mariana.

--Si hubiese necesidad, claro que iria. Pero por ahora no la veo.... Di
tu, Remigio, ?no puede trasladarse aqui? ?Se ha quedado en la cama?

--Ahi esta el caso, senor--, dijo el criado dando vueltas a la gorra y
bajando los ojos como si temiese dar una noticia muy grave--. La
cuestion es que una de las yeguas, la _Primitiva_, esta enfosada.

Calderon se puso palido.

--?Pero no puede venir?

--No, senor, esta bastante malita, segun dice el cochero de Mudela....
iClaro! como esos chicos no entienden, la han hartado de agua....

D. Julian se levanto presa de violenta agitacion, y sin decir palabra
salio de la estancia seguido de Remigio.

Castro y Ramoncito cambiaron otra vez una mirada y una sonrisa.
Esperancita las sorprendio y se puso colorada.

--iQue a pecho toma papa estas cosas!

--iPodria no tomarlo, nina!--exclamo D. Esperanza con voz irritada--.
Un tronco que ha costado quince mil pesetas.... iPues digo yo si es una
gracia de Leandrito!

Y siguio buen rato desahogando su furia, casi tan grande como la de su
yerno. Castro y Ramoncito se levantaron, al fin, para irse. Mariana, que
habia tomado con mucha filosofia la desgracia, les invito a comer.

--Quedense ustedes.... Ya ha pasado la hora de paseo.

--No puedo--dijo Castro--. Hoy como en casa de su hermano.

--iAh! verdad que es sabado, no me acordaba. Nosotras iremos (si no
estoy peor) a las diez, a la hora del tresillo.

--?Come usted todos los sabados en casa de tia Clementina?--preguntole
por lo bajo Esperancita con inflexion extrana.

El lechuguino la miro un instante.

--Casi todos como en casa de su tio Tomas.

--Tia Clementina es muy guapa y muy amable.

--Esa fama goza--repuso Castro un poco inquieto ya.

--Tiene muchos admiradores. ?No es usted uno de los entusiastas?

--?Quien se lo ha dicho a usted?

--Nadie; lo supongo.

--Hace usted bien en suponerlo. Su tia es, a mi juicio, una de las
senoras mas hermosas y distinguidas de Madrid.... Vaya, hasta otro rato,
Esperancita.

Y le alargo la mano con un aire displicente que hirio a la nina. El
despecho de esta se manifesto llamando a Ramoncito, que se mantenia un
poco alejado.

--Y usted, Ramon, ?por que no se queda? ?Come usted tambien en casa de
tia Clementina?

--No: yo no....

--Pues quedese usted, hombre. Ya procuraremos que no se aburra.

--iYo aburrirme al lado de usted!--exclamo el concejal, casi
desfallecido de placer.

--Nada, nada: definitivamente se queda ?verdad? Que se vaya Pepe, ya que
tiene otros compromisos.

Ramoncito iba a decir que si con todas las veras de su alma; mas por
encima de la cabeza de la nina, Castro principio a hacerle signos
negativos, con tanta furia, que el pobre dijo con voz apagada:

--No ... yo tampoco puedo....

--?Por que, Ramon?

--...Porque ... tengo que hacer.

--Pues lo siento.

El concejal estaba tan conmovido que apenas pudo murmurar algunas
palabras de gracias. Salio de la estancia casi a rastras. Una vez en la
calle, Pepe le felicito calurosamente y le anuncio que aquella firmeza
daria buenos resultados. Pero el acogio las enhorabuenas con marcada
frialdad. Se obstino en guardar silencio hasta su casa, donde su amigo y
maestro le dejo al fin llena la cabeza de lugubres presentimientos y mas
triste que la noche.




VII

#Comida y tresillo en casa de Osorio.#


Al dia siguiente de haber subido a casa de Raimundo, Clementina estaba
mas avergonzada y pesarosa de haberlo hecho que en el momento de bajar
la escalera. Los seres orgullosos sienten remordimientos por una accion
que en su concepto los ha humillado, como los justos cuando han faltado
a la humildad. En su interior confesaba que habia dado un paso en falso.
La serenidad y la cortesia de aquel muchacho, a la vez que lo elevaban a
sus ojos, irritaban su amor propio. iQue comentarios no habrian hecho el
y su hermana despues de aquella ridicula y extemporanea visita! Al
pensar en ello se le subian los colores a la cara. Por no ver ni ser
vista de Alcazar desde su mirador, dejo de salir a pie. El joven cumplia
su promesa: no hallo rastro de el por ninguna parte.

Mas sin saber por que causa, la imagen de este flotaba siempre delante
de sus ojos; con frecuencia acudia a su mente. ?Era por aversion? ?por
resentimiento? Clementina no podia de buena fe afirmarlo. Su ex
perseguidor no tenia nada en la figura ni en el trato que lo hiciese
aborrecible. ?Seria, por el contrario, que le hubiese impresionado
demasiado favorablemente su presencia? Tampoco. Veia diariamente en
sociedad muchos jovenes mas gallardos y de mas agradable conversacion.
Asi que, la sorprendia tanto como la irritaba encontrarse pensando en
el. Nunca dejaba de protestar interiormente contra esta involuntaria
inclinacion, y de enfadarse consigo misma. Transcurridos algunos dias
despues de la escena relatada decidiose a salir una tarde a pie. El no
hacerlo le iba pareciendo cobardia, conceder demasiado honor a aquel
chiquillo. Cuando paso cerca de su casa levanto los ojos y le vio como
siempre al mirador con un libro en la mano. Bajolos instantaneamente y
cruzo de largo seria y erguida. Mas a los pocos pasos sintio vago
malestar como si no quedase satisfecha de si misma. La verdad es que el
no saludar o no haber siquiera esperado el saludo del joven, no habia
estado bien hecho despues de sus francas explicaciones y de la
amabilidad que con ella habia usado mostrandole la rica coleccion de sus
mariposas y ofreciendosele tan finamente.

Al dia siguiente salio tambien a pie y reparo la injusticia del anterior
clavando con fijeza su vista en el alto mirador. Raimundo le envio un
saludo tan respetuoso y una sonrisa tan inocente, que la hermosa dama se
sintio halagada. No pudo ocultarse que aquel joven tenia singular
dulzura en los ojos, que le hacia muy simpatico, y que su conversacion,
si no repleta de donaires, revelaba firmeza de entendimiento y un
espiritu culto. Estas observaciones debio de hacerlas a su debido
tiempo; pero no las hizo por causas que ignoramos. Desde este dia
comenzo a salir como antes. Al cruzar por delante de la casa de Raimundo
nunca dejaba de enviar su cabezadita amistosa al mirador, desde donde le
contestaban con verdadera efusion. Y segun iban transcurriendo los dias,
el saludo era cada vez mas expresivo. Sin hablarse una palabra parece
que se establecia la confianza entre ellos.

Clementina no trato de analizar el sentimiento que le inspiraba el joven
Alcazar. Era poco aficionada a mirarse por dentro. Creia vagamente que
hacia una obra de caridad mostrandose cortes con el. "iPobre
muchacho!--se decia--. iComo adoraba a su madre! Y ella ique feliz debio
de haber sido con un hijo tan bueno y carinoso!" Una tarde, cuando va
llevaba mas de un mes de estos saludos, le pregunto Pepe Castro:

--Oyes: ?ha dejado de seguirte ya aquel chiquillo rubio de marras?

Clementina sintio un estremecimiento raro: se puso levemente colorada
sin saber ella misma por que.

--Si ... hace ya lo menos un mes que no le he visto.

?Por que mentia? Castro estaba tan lejos de pensar que entre aquel
perseguidor desconocido y su querida mediase ninguna relacion, que no
advirtio el rubor. Paso en seguida a otra cosa con indiferencia. Mas,
para nuestra dama, aquel singular sacudimiento y aquel calorcillo en las
mejillas fue una especie de revelacion vaga de lo que en su espiritu
acaecia. El primer dato concreto de esta revelacion fue que al salir de
casa de su amante, en vez de ir pensando en el, reflexiono que Alcazar
cumplia demasiado fielmente su palabra de no seguirla. El segundo fue
que al detenerse en un escaparate de joyeria y ver un imperdible de
brillantes en figura de mariposa, se dijo que algunas de las que habia
visto en casa de su amiguito rubio eran mucho mas hermosas y brillantes.
El tercero lo adquirio al entrar en casa de Fe a comprar unas novelas
francesas. Ocurriosele al ver tanto libro, que su amante Pepe Castro no
habia leido ninguno de ellos, ni lo leeria probablemente. Antes, le
hacia gracia esta ignorancia: ahora la encontraba ridicula.

Transcurrian los dias. La senora de Osorio, hastiada de la vida
elegante, habiendo agotado todas las emociones que ofrece a una dama
ilustre por su hermosura y su riqueza, se iba placiendo extremadamente
en aquel saludo inocente que casi todos los dias cambiaba con el joven
del mirador. Una tarde, habiendose bajado del coche en el Retiro para
dar algunas vueltas a pie, tropezo con Alcazar y su hermana en una de
las calles de arboles. Dirigioles un saludo muy expresivo. Raimundo
respondio con el mismo afectuoso respeto de siempre; pero Clementina
observo que la nina lo hizo con marcada frialdad. Esto la preocupo y la
puso de mal humor para todo el dia, por mas que nunca quiso confesarse
que la causa de su malestar y melancolia era esta. Poco a poco, debido a
su temperamento irritable y caprichoso, aquella aventura amorosa que
habia muerto al nacer, iba ocupando su espiritu haciendo brotar en el un
deseo. Los deseos en esta dama eran siempre apetitos violentos, sobre
todo si hallaban algun obstaculo: como tales, pasajeros tambien.

Cierta manana, despues de haber saludado a Raimundo cerrando y abriendo
la mano repetidas veces con la gracia peculiar de las damas espanolas, y
despues de haber andado poco trecho, por un movimiento casi involuntario
volvio la cabeza y levanto de nuevo los ojos al mirador. Raimundo la
estaba mirando con unos gemelos de teatro. Se puso fuertemente colorada:
apreto el paso embargada por la vergueenza. ?Por que habria hecho aquella
tonteria? ?Que iba a pensar el joven naturalista? Cuando menos, se
figuraria que estaba enamorada de el. Pues a pesar de que estas ideas
bullian alborotadas en su cabeza mientras caminaba de prisa para doblar
la esquina y ocultarse a las miradas de aquel, no estaba tan irritada
contra si misma como otras veces. Sentia vergueenza, es verdad; pero
luego que pudo caminar despacio, una emocion dulce invadio su espiritu,
sintio un cosquilleo grato alla en el corazon como hacia ya muchisimo
tiempo que no sentia. "iSi volvere a mis tiempos de _fanciulla_!" se
dijo sonriendo. Y comenzo a recrearse con su propia emocion
considerandose feliz con aquel retorno a las inocentes turbaciones de la
primera edad. Tan embebida marchaba en su pensamiento, que al llegar a
la Cibeles, en vez de tomar la calle de Alcala para ir a casa de Castro
con quien estaba citada para aquella hora dio la vuelta como si
estuviera paseando por aquel sitio. Cuando lo advirtio se detuvo
vacilante. Al fin se confeso que no tenia grandes deseos de acudir a la
cita. "Voy a ver a mama--se dijo,--. La pobre hace ya dias que no pasa
un rato conmigo." Y emprendio la marcha hacia el paseo de Luchana. Se
puso de un humor excelente. Un piano mecanico tocaba el brindis de
_Lucrecia_ por alli cerca y se paro a escucharlo, iella que se aburria
en el Real oyendolo a las mas famosas contraltos! Pero la musica es una
voz del cielo y solo se comprende bien cuando el cielo ha penetrado ya
un poco en nuestro corazon.

Por la acera de Recoletos bajaba Pinedo, aquel memorable personaje que
vivia con un pie en el mundo aristocratico y otro en la clase
media-covachuelista a la que en realidad pertenecia. Traia a su lado a
una linda joven que debia de ser su hija, aunque Clementina no la
conocia. Pinedo la tenia alejada de la sociedad que frecuentaba, la
ocultaba cuidadosamente lo mismo que Triboulet. La esposa de Osorio
siempre habia tratado a este personaje con un poco de altaneria, lo cual
no era raro en ella como ya sabemos. Mas ahora el estado placentero de
su espiritu la torno expansiva y llana por algunos instantes. Como
Pinedo cruzase grave dirigiendole un sombrerazo ceremonioso segun su
costumbre, la dama se detuvo y le abordo con la sonrisa en los labios.

--Amigo mio, usted es hombre practico; tambien aprovecha estas horas de
la manana para respirar el aire puro y tomar un bano de sol.

Contra su costumbre y naturaleza, Pinedo quedo un poco turbado, tal vez
porque no le hiciera gracia presentar su hija a esta vistosa senora.
Repusose instantaneamente, sin embargo, y respondio inclinandose con
galanteria:

--Y a ver si Dios me concede unos tropezones tan desagradables como el
que ahora he tenido.

Clementina sonrio con benevolencia.

--No debe usted echar flores aunque sea de este modo indirecto trayendo
a su lado una joven tan linda. ?Es su hija?

--Si, senora.... La senora de Osorio--anadio volviendose a la nina.

Esta se puso roja de placer al oirse llamar linda por aquella dama a
quien tanto conocia de vista y de nombre. Era una muchacha alta y
esbelta, de rostro moreno, con facciones menudas y bien trazadas y unos
ojillos dulces y alegres.

--Pues habia oido decir que tenia usted una nina muy bonita; pero veo
que la fama se ha quedado corta.

La chica enrojecio aun mas y apenas pudo murmurar las gracias.

--Vamos, Clementina, no siga usted que se lo va a creer.... Esta senora,
Pilar--anadio volviendose a ella--, se complace en decir mentiras
agradables como otros en decir verdades amargas.

--Ya lo veo que es muy amable--repuso la nina.

--No haga usted caso. Que es usted hermosa, esta a la vista.

--iOh, senora!...

--Y diga usted, padre tirano, ?por que no la divierte usted un poco mas?
?Esta bien hecho que a usted se le vea en todos los teatros, bailes y
reuniones y tenga encerrada a esta nina preciosa? ?O es que se le figura
que tenemos mas gusto en verle a usted que a ella?

El pobre Pinedo sintio un estremecimiento de dolor que trato de ocultar.
Clementina habia tocado con frivolidad en la parte mas sensible de su
corazon. Su sueldo ya sabemos que no le consentia mas que vivir
modestamente. Si entraba en una sociedad que no le correspondia era
precisamente para conservar el empleo, que era su unico sosten y el de
su hija. Esta nada sabia aun de aquel plan de vida. Pinedo esperaba
casarla con un hombre modesto y trabajador y que no conociese jamas
aquel mundo en que no podia vivir y que el despreciaba en el fondo del
alma, aunque tal vez, por la fuerza de la costumbre, no pudiese ya vivir
a gusto en otro.

--Es muy joven aun.... Tiene tiempo de divertirse--repuso con sonrisa
forzada.

--iBah, bah! diga usted que es usted un grandisimo egoista.... ?Y cuanto
tiempo hace que no ha estado usted en casa de Valpardo?--anadio la dama
pasando a otra conversacion.

--Pues el lunes. La condesa me ha preguntado con mucho interes por usted
y se lamenta de que la haya abandonado.

--iPobre Anita: es verdad!

Sobre los duenos de la casa y sobre sus tertulios, Pinedo y Clementina
comenzaron una conversacion animada, inagotable. Pilar escucho con
atencion al principio; pero como no conocia a la mayor parte de aquellos
personajes concluyo por distraerse paseando su vista por las
inmediaciones, fijandola en los pocos transeuntes que a aquella hora
acertaban a pasar por alli.

--Papa:--dijo aprovechando un momento de pausa--. Ahi viene aquel joven
amigo tuyo, que mantiene a su madre y a sus hermanas.

Clementina y Pinedo volvieron al mismo tiempo la cabeza y vieron llegar
a Rafael Alcantara, el celebre calavera que hemos conocido en el _Club
de los Salvajes_.

--iQue mantiene a su madre y a sus hermanas!--exclamo la dama con
asombro.

--Si, un joven muy bueno, amigo de papa, que se llama Rafael Alcantara.

Al volver la vista, cada vez mas sorprendida, a Pinedo, este le hizo una
sena bastante expresiva. No sabiendo lo que aquello significaba, pero
calculando que su amigo tenia interes en que no se calificase a
Alcantara como merecia, Clementina se callo. El joven salvaje, al
cruzar, les hizo un saludo entre familiar y respetuoso.

Pinedo alargo al instante la mano para despedirse.

--Ya sabe usted que hoy es sabado--dijo la dama--. Vaya usted a comer.

--Con mucho gusto. Recuerdos a Osorio.

--Y lleve usted a esta joven tan monisima.

--Ya veremos; ya veremos--replico el covachuelista otra vez
desconcertado--. Si hoy no pudiera, otro dia sera.

--Hoy ha de ser, padre tirano.... Hasta luego, ?verdad, preciosa?

Y le cogio el rostro a la nina y le dio un beso en cada mejilla,
diciendole al mismo tiempo:

--He tenido una gran suerte en conocerla. Hacen falta en mi salon ninas
lindas y simpaticas.

Y cada vez mas alegre, sin saber por que, se despidio y siguio adelante
diciendose: "?Que diablo de interes tendra Pinedo en convertir en santo
a ese perdido de Alcantara?" El pie ligero, las mejillas rojas, los ojos
brillantes como en los dias de su adolescencia, llego a la verja del
gran jardin que rodeaba el palacio de su padre. El portero se apresuro a
abrirle y a sonar la campana. Entro en la mansion ducal y, contra su
costumbre, dirigio una leve sonrisa a dos criados de librea, que la
esperaban en lo alto de la escalinata. Paso en silencio por delante de
ellos y fue derecha a las habitaciones de su madrastra como quien ha
recorrido aquel camino muchos anos.

La duquesa estaba, en aquel momento, de conferencia con el medico
director de un asilo de ancianas pobres, que ella habia fundado hacia
poco tiempo en union de otras senoras. Al levantarse la cortina y ver a
su hijastra, sonrio con dulzura.

--?Eres tu, Clementina? Pasa, hija mia, pasa.

Esta sintio encogersele el corazon al ver el rostro palido y marchito de
su madre. Abalanzose a ella y la beso con efusion.

--?Te sientes bien, mama? ?Como has pasado la noche?

--Perfectamente.... Tengo mala cara ?verdad?

--iNo!--se apresuro a decir la dama.

--Si, si. Ya lo he visto al espejo. Me siento bien.... Solamente la
debilidad me atormenta.... Y como he perdido enteramente el apetito, no
puedo vencerla.... Vamos a ver, Iradier--dijo encarandose de nuevo con
el medico que estaba de pie frente a ella--, de manera que usted se
encargara de vigilar a las criadas y enfermeras para que nunca dejen de
guardar las debidas consideraciones a las viejecitas ?no es cierto?

El medico era un joven simpatico, de fisonomia inteligente.

--Senora duquesa--respondio con firmeza--. Yo hare cuanto este de mi
parte por que las asiladas no tengan motivo de queja. Sin embargo, debo
repetirle que, a pesar de nuestros esfuerzos, es posible que siga usted
recibiendo alguna. No puede usted comprender hasta que punto son
impertinentes y maliciosas ciertas mujeres. Sin motivo alguno, solo por
placer de herir lo mismo a mi que a mis companeros, nos llenan a veces
de insolencias. Cuanto mas atentos nos mostramos con ellas, mas se
ensoberbecen. Yo pruebo el caldo y el chocolate todos los dias y no he
hallado hasta ahora lo que esa mujer le ha dicho. Las horas son siempre
fijas. Jamas he visto retraso alguno en las comidas. Procure usted
enterarse y se convencera de que quien tiene motivo a quejarse, son las
pobres criadas a quienes las asiladas tratan groseramente....

El medico se habia ido exaltando al pronunciar estas palabras con acento
de sinceridad. La duquesa sonrio dulcemente.

--Lo creo, lo creo, Iradier.... Las viejas solemos ser muy
impertinentes....

--iOh, senora, eso es segun!...

--Por regla general lo somos.... Pero esta impertinencia ya es por si
una enfermedad y debe excitar compasion en los que no padecen de ella. A
usted no necesito recomendarsela, porque tiene un corazon muy
caritativo. A los que no lo tengan tan bondadoso supliqueles usted, en
mi nombre, la suavidad con las pobrecitas asiladas.

--Se hara, senora, se hara--respondio el medico, sanado por la singular
dulzura de la fundadora--. El jueves la esperamos a usted ?verdad?

--No se si esta fatiga lo permitira.

--Si, si, se lo garantizo yo.

Y comprendiendo que estaba ya de mas, el joven corto la conferencia,
estrechando con afecto y respeto que se le traslucia en los ojos, la
mano de la duquesa, y saludando ceremoniosamente a Clementina.

Luego que salio, esta, que habia estado contemplando con emocion
reprimida el semblante descompuesto de su madrastra, conmovida por la
bondad que respiraban todas sus palabras, se levanto del asiento y fue a
arrodillarse delante de ella. Apoderose de sus manos blancas y
descarnadas y las beso con efusivo transporte de carino. Esta mujer tan
altanera con todo el mundo, sentia un goce especial, semejante al de los
misticos, en humillarse ante su madrastra. La voz de esta removia como
un conjuro magico las debiles chispas de bondad y de ternura que ardian
en su corazon y les prestaba por un instante el aspecto de incendio. D.
Carmen le quito suavemente el sombrero, lo puso en un sillon contiguo y
se inclino para besarla amorosamente en la frente.

--Hace cuatro dias justos que no has venido a verme, picara.

--Ayer no he podido, mama. Pase casi todo el dia arreglando mis cuentas,
haciendo numeros. iOh, que horribles numeros!

--?Y por que los haces? ?No esta ahi tu marido?

--Pues, precisamente, por miedo a mi marido los hago. ?Usted no sabe que
se ha vuelto un miserable, un tacano, lo mismo que su cunado?

D. Carmen sabia que los negocios de Osorio no andaban muy bien, que
recientemente habia experimentado fuertes perdidas en la Bolsa: pero no
se atrevio a decir nada a su hija.

--iPobre hija mia! iOcuparte tu en esas cosas cuando solo has nacido
para brillar como una estrella de los salones!

--Ya no le faltaba mas que eso para hacerse del todo antipatico,
iodioso! iSi las cosas pudiesen hacerse dos veces!

Bruscamente, la expresion de ternura habia desaparecido de sus ojos,
reemplazandola otra sombria y feroz. Una arruga profunda surco su tersa
frente de estatua. Y con voz sorda comenzo a exponer sus quejas, a
descubrir los agravios que su marido le hacia diariamente. A nadie en el
mundo, mas que a su madrastra, haria tales confidencias, que en ella no
provocaban lagrima alguna. D. Carmen era quien las vertia una a una de
sus ojos cansados.

--iHija de mi alma! iYo que hubiera dado mi vida por verte feliz! iQue
ciegos hemos estado, lo mismo tu padre que yo, al entregarte a ese
hombre!

--iMi padre! iOtro que tal! iUn hombre que no ha sabido jamas que tiene
en casa una santa a quien debia adorar de rodillas! La verdad es que
cuando pienso....

--iCalla, calla: es tu padre!--exclamo la duquesa tapandole la boca con
la mano--. Yo soy feliz. Si tu padre tiene algunos defectos, yo tengo
mas aun: de modo, que no hay merito en perdonarselos, si el me perdona
en cambio los mios.... No hablemos de tu padre, hablemos de ti misma....
No sabes lo que me duelen esos apuros de dinero, a los cuales no estas
acostumbrada. Yo, si pudiera, los remediaria al instante.... Pero bien
sabes que manejo poco dinero. Del que saco de la caja tengo que dar
cuenta a Antonio, y a este no se le engana facilmente. Algun punadito de
oro, si, puedo poner aparte para ti; pero mis ahorros no te sacaran de
pilancos. Sin embargo, confio en que tus apuros no duraran mucho
tiempo....

Hizo una pausa la bondadosa senora; quedose mirando al vacio
tristemente, y luego, abrazando a su hijastra que aun permanecia de
rodillas y acercando los labios a su oido, le dijo en voz baja:

--Mira, hija mia, yo no tardare en morir y pienso dejarte todo cuanto
tengo. La mitad de la fortuna de tu padre es mia, segun me ha dicho el
abogado de la casa.

Clementina sintio una vibracion en el alma que a un psicologo le
costaria mucho trabajo definir. Fue una mezcla de dolor, de asombro, y
acaso tambien, de un poquito de alegria. El dolor predomino, no
obstante, y abrazo a su madrastra y la beso carinosamente repetidas
veces.

--?Que esta usted diciendo ahi?... iMorirse! No: yo no quiero que usted
se muera. Usted me hace mucha mas falta que su dinero. Sin usted yo
hubiera sido una mujer muy perversa.... Temo que el dia en que usted me
falte lo sea. Los unicos momentos en que siento un poco de blandura en
el corazon son los que paso a su lado. Parece, mama, como si usted me
transmitiera algo de esa virtud tan grande que tiene....

--Basta, basta, aduladora--dijo D. Carmen poniendole otra vez la mano
en la boca--. Tu te tienes por peor de lo que eres. Tu corazon es bueno.
Lo que te hace parecer mala alguna vez es el orgullo iel orgullito! ?no
es verdad?

--Si, mama, si, es cierto.... Usted no sabe lo que es el orgullo y los
tormentos que proporciona a quien lo siente tan vivo como yo. Estar
pensando constantemente en que nos hieren. Ver enemigos en todas partes.
Sentir una mirada como la hoja de un punal en el corazon. Escuchar una
palabra y darle un millon de vueltas en la cabeza hasta marearse y
ponerse enferma. Vivir con el corazon ulcerado, con el alma
inquieta.... iOh, cuantas veces he envidiado a las personas virtuosas y
humildes como usted! iQue feliz seria yo si no llevase a cuestas este
caracter triste y receloso, esta soberbia que me consume!... iY quien
sabe--anadio despues de una pausa--, quien sabe si hubiera sido mas
dichosa en otra esfera! Tal vez si fuera una pobre y me hubiera casado
con un joven modesto, trabajador, inteligente, seria mejor mi suerte.
Obligada a ayudar a mi marido, a cuidar de la hacienda, a pensar en los
pormenores de la casa como las demas mujeres que trabajan y luchan, no
hubiera quiza llegado adonde llegue.... Yo necesitaba un marido
afectuoso, dulce, un hombre de talento que supiese dirigirme.... Hoy
mismo, mama, acostumbrada como estoy al lujo y a la vida de sociedad, me
retiraria con gusto de ella, me iria a vivir a un rinconcito alegre,
alla en el campo, lejos de Madrid. No me haria falta mas que un poco de
amor y tenerla a usted a mi lado para inspirarme buenos sentimientos.

El espiritu de Clementina, gratamente impresionado por la nineria de la
calle de Serrano, por aquella inocente aventura de colegiala, se
inclinaba a los sentimientos idilicos. La buena D. Carmen la escuchaba
y la animaba con sonrisa carinosa. Las confidencias de la hermosa dama
se prolongaron largo rato. Recordaba sus tiempos de nina, cuando contaba
a su madrastra las declaraciones de amor que le habian hecho en el baile
de la noche anterior y le leia los billetitos que le remitian sus
adoradores. Aquel retorno a los tiempos pasados la hacia feliz. Tentada
estuvo de hablarle de Pepe Castro y de Raimundo y exponerle las
emociones pueriles que agitaban su alma aquella manana; pero un
sentimiento de respeto la contuvo. La duquesa era tan excesivamente
condescendiente que tocaba en los limites de la estupidez. Es probable
que si la hubiera hecho confidente de sus adulterios la hubiera
escuchado sin escandalizarse. Almorzaron juntas y solas porque el duque
lo hacia aquel dia con un ministro. Por la tarde, despues de aligerada y
refrescada el alma con larga e intima charla, ambas se trasladaron en
coche a San Pascual, rezaron alli una estacion al Santisimo, siempre
expuesto en aquella iglesia, y se trasladaron al paseo del Retiro. Antes
de oscurecer, porque el relente de la noche no le convenia a la duquesa
y Clementina necesitaba ir temprano a su casa, dieron orden al cochero
de retirarse.

Era sabado, dia de comida y tresillo en el hotel de Osorio. Antes de
subir a vestirse, Clementina dio una vuelta por el comedor: contemplo la
mesa con detenimiento y ordeno algunos cambios en los canastillos de
frutos que sobre ella habian colocado. Se hizo traer el paquete de los
_menu_ escrito en un papel imitacion de pergamino con las iniciales
doradas del dueno de la casa; llamo al secretario de su marido; le hizo
escribir sobre cada uno el nombre de los invitados y luego fue por si
misma colocandolos sobre los platos. En el medio ella y su marido, uno
frente a otro; a la derecha e izquierda de Osorio los dos puestos de
honor para dos damas: a la derecha e izquierda de ellas dos puestos para
dos caballeros, y asi sucesivamente segun la categoria, la edad o la
afeccion particular que sentia por sus invitados. Hablo algunos minutos
con el _maitre d'hotel_. Despues de dar las ultimas disposiciones se
fue. Al llegar a la puerta se volvio, echo una nueva mirada penetrante a
la mesa, y dijo:

--Quite usted esas flores con perfume que estan cerca del puesto de la
senora marquesa de Alcudia y cacambielasor camelias u otras que no lo
tengan.

La devota marquesa no podia sufrir los aromas a causa de sus frecuentes
neuralgias. Clementina, odiandola en el fondo del alma, le guardaba mas
consideraciones que a ninguna de sus amigas. La alta nobleza de su
titulo, su caracter severo, y hasta su fanatismo la hacian respetada en
los salones, a los cuales prestaba realce su presencia.

Subio a su cuarto seguida de Estefania, aquella doncellita tan enemiga
del cocinero. Estrenaba un magnifico traje color crema, descotado.
Ordinariamente se ponia para estas comidas de los sabados trajes de
media etiqueta, esto es, con las mangas hasta el codo. Ahora quiso lucir
su celebrado descote en honor de un diplomatico extranjero que comia por
vez primera en su casa. Mientras se dejaba arreglar el pelo, su espiritu
vagaba distraido por los sucesos del dia. No habia acudido a la cita de
Pepe: de seguro vendria furioso. Su labio inferior se alargo con
displicencia y sus ojos brillaron maliciosamente como diciendo: "?Y a mi
que?" Despues se acordo del saludo a su juvenil ex perseguidor, de
aquella inoportuna vuelta de cabeza. Un sentimiento de vergueenza volvio
a acometerla. Sus mejillas lo atestiguaron adquiriendo un poco mas de
color. Torno a llamarse para su fuero interno, tonta, imprevisora, loca.
Por fortuna, el chico parecia modesto y discreto. Otro cualquiera
formaria castillos en el aire al instante. Penso bastante en el y penso
con simpatia. La verdad es que tenia una presencia agradable y un modo
de hablar suave y firme a la vez, que impresionaba. Luego aquel carino
entranable a la memoria de su madre, su vida retirada, su extrana mania
de las mariposas, todo le hacia muy interesante. Cuantas veces habia
pensado Clementina esto mismo desde hacia dos meses no podremos decirlo;
pero si que lo habia pensado un numero bastante considerable. Su
espiritu, embargado por dulce somnolencia, volvio a inclinarse al
idilio. Aquel cuarto tercero, aquel despacho alegre, aquella vida dulce
y oscura. iQuien sabe! La felicidad se encuentra donde menos se piensa.
Un punado de trapos, otro de joyas, algunos platos mas sobre la mesa no
pueden darla a nadie. Pero un pensamiento lugubre, que hacia algun
tiempo amargaba todos sus suenos, le cruzo por la mente. Ella era ya una
vieja; si, una vieja; no habia que forjarse ilusiones. A Estefania le
costaba cada vez mas trabajo ocultar las hebras plateadas que en sus
rubios cabellos aparecian. Aunque se resistia tenazmente a echar sobre
su hermosa cabeza ningun producto quimico, presentia que no iba a haber
otro remedio. El amor candoroso, vivo, feliz con que la aventura del
joven Alcazar le habia hecho sonar, estaba vedado para ella. No le
quedaba ya, y eso por poco tiempo, mas que los devaneos vulgares,
insulsos, de los tenorios aristocratas, iguales unos a otros en sus
gustos, en sus palabras y en su inaguantable vanidad. ?Que relacion
podia ya existir entre aquel nino y ella, como no fuese la de madre a
hijo? Algunas veces dudaba si el sentimiento de Raimundo por ella fuese
enteramente el que el habia manifestado en su entrevista: mas ahora veia
con perfecta claridad que hablaba ingenuamente, que entre un chico de
veinte anos y una mujer de treinta y siete (porque tenia treinta y siete
por mas que se quitase dos) el amor era imposible, al menos el amor que
ella apetecia en aquel momento. Estas reflexiones labraron una arruguita
en su frente, la arruga de los instantes fatales. Hizo un esfuerzo sobre
si misma para pensar en otra cosa.

Mirando a su doncella en el espejo observo que estaba densamente palida.
Volviose para mejor cerciorarse, y le dijo:

--?Te sientes mal, chica? Estas muy palida.

--Si, senora--manifesto la doncellita algo confusa.

--?Las nauseas de otras veces?

--Creo que si.

--Pues, anda, vete y que suba Concha. iEs raro! Manana avisaremos al
medico a ver si te da algun remedio.

--No, senora, no--se apresuro a contestar Estefania--. Esto no es nada.
Ya pasara.

Algunos minutos despues bajaba la dama al salon, deslumbrante de
belleza. Estaba ya en el Osorio paseando con su amigo y comensal, casi
cotidiano, Bonifacio. Era un senor grave y rigido, de unos sesenta anos
de edad, calvo, de rostro amarillo y dientes negros. Habia sido
gobernador en varias provincias y ultimamente desempenaba el cargo de
jefe de seccion en un ministerio. Hablaba poco, nunca llevaba la
contraria, primera e indispensable virtud de todo el que quiere comer
bien sin gastar dinero, y ostentaba eternamente en el frac una cruz roja
de Calatrava, de cuya orden era caballero. Por cierto que lo primero que
se veia en la sala de su casa era un gran retrato del propio Bonifacio
en traje de ceremonia, con una pluma muy alta en la gorra y un manto
blanco de extraordinaria longitud sobre los hombros. Este caballero de
Calatrava, personaje misterioso del cual decia Fuentes (otro personaje
mas alegre del cual hablaremos) que era un hombre "con vistas al patio",
tenia una mania bastante original, la de coleccionar fotografias
obscenas. Guardaba en su casa dos o tres baules llenos hasta arriba.
Pero esta aficion no la conocia nadie mas que los libreros y fotografos,
que tenian buen cuidado de pasarle recado asi que llegaba de Paris,
Londres o Viena alguna remesa. En un rincon estaban sentadas Pascuala,
una viuda sin recursos que servia a Clementina mitad de amiga, mitad de
dama de compania, y Pepa Frias que acababa de llegar. Al pasar por
delante de los dos hombres para ir a saludar a Pepa, las miradas de los
esposos se cruzaron rapidamente como relampagos tristes y siniestros. El
rostro de Osorio, ordinariamente sombrio, bilioso, estaba ahora
imponente de ferocidad. No fue mas que un instante. En cuanto las damas
cambiaron algunas palabras, el banquero se acerco a ellas con Bonifacio
y empezo a embromar con acento carinoso a su esposa sobre el traje.

--iVaya un talle que me gasta mi mujer!... Chica, aunque no quieras
oirlo te dire que te vas ajamonando a pasos de gigante.

--No diga usted eso, Osorio, si precisamente Clementina es una de las
mujeres que tienen el cutis mas terso en Madrid--dijo Pascuala.

--iToma! Buen dinero me ha costado el estucado que se ha puesto en Paris
esta primavera.

Clementina seguia tambien la broma; pero le costaba mas trabajo fingir.
Al traves de las sonrisas nerviosas que iluminaban su rostro por
momentos y de las cortadas frases enigmaticas, se percibia el malestar,
la inquietud y hasta un dejo de odio.

Sono la campana de la verja repetidas veces. El salon se poblo en pocos
minutos con las quince o veinte personas que estaban invitadas. Llego la
marquesa de Alcudia sin ninguna de sus hijas. Rara vez las traia a casa
de Osorio. Vino tambien la marquesa de Ujo, una mujer que habia sido
hermosa: ahora estaba demasiado marchita; languida como una americana,
aunque era de Pamplona, algo romantica, presumiendo de incomprensible y
con aficiones literarias. La acompanaba una hija bastante agraciada, mas
alta que ella y que debia tener lo menos quince anos, a pesar de lo cual
su madre la traia con faldas a media pierna porque no la hiciese vieja.
La pobre nina sufria esta vergueenza con resignacion, poniendose colorada
cuando alguno dirigia la vista a sus pantorrillas.

Llego el general Patino, conde de Morillejo: no faltaba ningun sabado.
Vinieron tambien el baron y la baronesa de Rag por primera vez.
Clementina les dio la preferencia colmandoles de delicadas atenciones.
El baron era plenipotenciario de una nacion importante. El ministro de
Fomento Jimenez Arbos, Pinedo, Pepe Castro y los condes de Cotorraso
entraron casi a la vez. A ultima hora, cuando faltaban pocos minutos
para las siete, llego Lola Madariaga y su marido. Esta senora, mucho mas
joven que Clementina, era no obstante su intima amiga, el confidente de
sus secretos. Comia tres o cuatro veces a la semana con ella, y raro era
el dia que no salian juntas a paseo. No podia llamarsela hermosa; pero
su fisonomia tenia tal animacion, sus ojos brillaban con tanta gracia y
su boca se plegaba con tal malicia al sonreir dejando ver unos dientes
de raton blancos y menudos, que siempre habia tenido muchos adoradores.
De soltera fue una coquetuela redomada: trajo al retortero los hombres,
gozando en acapararlos todos, prodigando las mismas sonrisas
insinuantes, identicas miradas abrasadoras al hijo de un duque que a un
empleadillo de ocho mil reales, al viejo de venerable calva y nariz
arremolachada que al mancebo de veinte anos gallardo y apuesto, al rico
como al pobre, al noble como al plebeyo. Su coqueteria, parecida en esto
al amor de Jesucristo a la humanidad, igualaba todas las castas, todos
los estados, unia a los hombres en santa fraternidad para participar del
fuego admirable de sus ojos negros, de unos hoyitos muy lindos que
formaban sus mejillas al reir y de otra multitud de dones y frutos con
que la providencia de Dios la habia dotado. Despues de casada, seguia
mostrando la misma entranable benevolencia hacia el genero humano, si
bien de un modo mas sucesivo, esto es, un hombre despues de otro o, a lo
sumo, de dos en dos. Su marido era un mejicano rico con rasgos de indio
en la fisonomia.

Poco despues que estos entro en el salon Fuentes, un hombrecillo
vivaracho, feo, raquitico, bastante marcado por las viruelas. Nadie
sabia de que vivia: suponiansele algunas rentas. Frecuentaba todos los
salones de algun viso de la corte y se sentaba a las mesas mejor
provistas. Sus titulos para ello eran los de pasar por hombre de animada
y chispeante conversacion, ingenioso y agradable. Mas de veinte anos
hacia que Fuentes venia alegrando las comidas y los saraos de la
capital, desempenando en ellos el papel de primer actor comico. Algunos
de sus chistes habian llegado a ser proverbiales; repetianse no solo en
los salones sino en las mesas de los cafes, y hasta llegaban a las
provincias. Contra lo que suele suceder en esta clase de hombres no era
maldiciente. Sus chistes no tendian a herir a las personas, sino a
alegrar el concurso y obligarle a admirar lo facil, lo vivo y lo sutil
de su ingenio. Todo lo mas que se autorizaba era apoderarse de las
ridiculeces de algun amigo ausente y formar sobre ellas una frase
graciosa; pero nunca o casi nunca a costa de la honra. Estas cualidades
le habian hecho el idolo de las tertulias. Ninguna se consideraba
completa si Fuentes no daba al menos una vueltecita por ella.

--iOh, Fuentes! iOh, Fuentes!--gritaron todos viendole aparecer.

Y una porcion de manos se extendieron para saludarle. Apretando las
primeras que llegaron a chocar con la suya se dirigio desde luego a la
senora de la casa, con voz cascada que ayudaba mucho al efecto comico,
diciendo:

--Perdone usted, Clementina, si llego con un poco de retraso. Viniendo
aca me cogio por su cuenta Perales, ya sabe usted iPerales!, no tengo
mas que decir. Luego, cuando pude desprenderme de sus manos, ahi en la
esquina del ministerio de la Guerra, cai en las manos del conde de
Sotolargo, y ese ya sabe usted que es pesado con un cincuenta por ciento
de recargo.

--?Por que?--se apresuro a preguntar Lola Madariaga.

--Porque es tartamudo, senora.

Los convidados rieron, algunos a carcajadas; otros mas discretamente. La
frase venia preparada: se conocia a la legua; pero asi y todo produjo el
efecto apetecido, parte porque en efecto habia hecho gracia, parte
tambien porque todo el mundo se creia en el deber de ponerse risueno en
cuanto Fuentes abria la boca.

Un instante despues un criado de librea abrio de par en par las puertas
del salon, diciendo en alta voz:

--La senora esta servida.

Osorio se apresuro a ofrecer el brazo a la baronesa de Rag y rompio la
marcha hacia el comedor seguido de todos los convidados. Cerrando la
comitiva iba el baron conduciendo a Clementina.

Los criados esperaban puestos en fila con la servilleta al brazo,
capitaneados por el _maitre_. Osorio fue designando a cada invitado su
puesto. No tardaron en acomodarse todos. La mesa ofrecia un aspecto
elegante, armonioso. La luz, que caia de dos grandes lamparas con
reflectores, hacia resaltar los vivos colores de las flores y las
frutas, la blancura del mantel, el brillo del cristal y la porcelana.
Sin embargo, esta luz, demasiado cruda, hace dano a la belleza de las
damas, las desfigura como un aparato fotografico. Para templarla y
producir una iluminacion suave y normal, Clementina hacia colocar dos
candelabros con numerosas bujias a los extremos de la mesa. Todas las
senoras estaban mas o menos descotadas: alguna, como Pepa Frias,
escandalosamente. Los caballeros, de frac y corbata blanca.

La conversacion fue en los primeros momentos particular: cada cual
hablaba con su vecino. La baronesa de Rag, una belga de pelo castano y
ojos claros, bastante gruesa, preguntaba a Osorio los nombres de los
objetos que habia sobre la mesa. Hacia poco tiempo que estaba en Espana
y apetecia con ansiedad conocer el castellano. Clementina y el baron
hablaban en frances. Pepa Frias, que estaba entre Pepe Castro y Jimenez
Arbos, le dijo al primero por lo bajo:

--?Que le parece a usted de la _jeta_ del marido de Lola? ?verdad que
para gaucho no es del todo mala?

Castro sonrio con la superioridad que le caracterizaba.

--Si, debio de haber _lazado_ muchas vacas en la pampa.

--Hasta que al fin una vaca le _lazo_ a el.

--Pero no fue en la pampa.

--Ya se: en los jardinillos: no me diga usted nada.

El general Patino, fiel a su naturaleza y a su tradicion militar, se
desplego en guerrilla para atacar a la marquesa de Ujo, que tenia al
lado.

--Marquesa, las perlas le sientan admirablemente. Un cutis suave y
levemente bronceado como el de usted, donde se transparenta toda la
savia y todo el fuego del mediodia, exige el adorno oriental por
excelencia.

--Usted tan lisonjero como siempre, general. Me pongo las perlas porque
es lo mejor que tengo. Su tuviese unas esmeraldas tan hermosas como
Clementina, dejaria las perlas en sus estuches--respondio la dama,
mostrando al sonreir unos dientes bastante desvencijados donde brillaba
en algunos puntos el oro del dentista.

--Haria usted mal. Las mujeres hermosas estan en la obligacion de
ponerse lo que les va mejor. Dios quiere que sus obras maestras se
manifiesten en todo su esplendor. Las esmeraldas sientan bien a las
linfaticas; pero usted es como la uva de Jerez, doradita por fuera y
guardando en el corazon un licor que marea y embriaga.

--iSi dijera usted como una pasa!

--iOh, no, marquesa! ioh, no!...

Y el general rechazo con fuego la especie y empleo toda su elocuencia en
desbaratarla como si tuviese delante un ejercito enemigo.

Mientras tanto los criados comenzaban a dar vuelta a la mesa presentando
los platos. Otros, con la botella en la mano, murmuraban al oido de los
invitados: _Sauterne, Jerez, Margaux_, en un tono cavernoso semejante al
que emplean los cartujos para recordarse mutuamente la muerte.

--Yo no bebo mas que _champagne frappe_ hasta el fin--dijo Pepa Frias al
que tenia detras.

--iCuanto calor, Pepa, cuanto calor!--exclamo Castro.

--No lo sabe usted bien--repuso la viuda con entonacion maliciosa.

--Por desgracia.

--O por fortuna. ?Esta usted ya cansado de Clementina?

Fuentes no se encontraba bien con aquel cuchicheo. Le dolia desperdiciar
su ingenio en conversacion particular, para una sola persona. Asio la
primera ocasion por los cabellos para levantar la voz y atraerse la
atencion de los comensales.

--Ayer le he visto a usted por la manana en la carrera de San Jeronimo,
Fuentes--le dijo la condesa de Cotorraso que estaba tres o cuatro
puestos mas alla.

--Segun a lo que usted llame manana, condesa.

--Serian las once, poco mas o menos.

--Entonces, permitame usted que lo dude, porque hasta las dos estoy
siempre en la cama.

--iOh, hasta las dos!--exclamaron varios.

--Eso ya es una exageracion, Fuentes--dijo la marquesa de Alcudia.

--Pero es una exageracion aristocratica, marquesa. ?Quien se levanta
primero en Madrid? Los barrenderos, los mozos de cuerda, los pinches de
cocina. Un poco mas tarde encontrara usted a los horteras abriendo las
tiendas, alguna vieja que va a oir misa, lacayos que salen a pasear los
caballos, etc. Luego empiezan a salir los empleaditos de las casas de
comercio y los escribientes de las oficinas del Estado que llevan todo
el peso de ellas, las modistillas, etc., etc. A las once ya hallara
usted gente mas distinguida, oficiales del ejercito, estudiantes,
empleados de tres mil pesetas, corredores de comercio, etc. A las doce
comienzan a salir los peces gordos, los jefes de negociado, los
banqueros, algunos propietarios; pero solo despues de las dos de la
tarde podra usted ver en la calle a los ministros, a los directores
generales, a los titulos de Castilla, a los grandes literatos....

Los comensales escuchaban embelesados aquella ingeniosa defensa de la
pereza y se creian en el caso de reir y decirse unos a otros por lo
bajo:

--iEste Fuentes! ioh! ieste Fuentes tiene la gracia de Dios!

Y alguno, por el placer de oirle nada mas, le llevaba la contraria.

--Pero hombre, ?habra nada mas agradable que levantarse por la manana a
respirar el aire puro y banarse con la luz del sol?

--Prefiero banarme en agua tibia con una botellita de Kananga.

--?Me negara usted que el sol es hermoso?

--Es hermoso, pero un poco cursilon. Yo no digo que alla al principio
del mundo no fuese una cosa asombrosa, digna de verse; pero ustedes
comprenderan que ahora esta anticuado. ?Hay nada mas ridiculo en una
epoca tan positivista como la presente que llamarse Febo y gastar
cabellera de oro? Ademas, el sol no tiene merito alguno intrinseco. Esta
ahi ardiendo porque Dios lo ha puesto. Pero la luz del gas, la luz
electrica representan el esfuerzo de un hombre de genio, es el triunfo
de la inteligencia, hace recordar nuestro poder sobre la materia, la
soberania del espiritu en todo el Universo.... Luego--anadio bajando un
poco la voz--, al sol se le puede ver sin que cueste dinero, y yo
siempre he aborrecido los espectaculos gratis.

Los comensales no cesaban de reir. Fuentes, animado por aquellas risas,
se desbordaba en paradojas, en frases ingeniosas y sutiles, cayendo a
ojos vistas en el amaneramiento. Le pasaba lo que a los grandes actores
demasiado aplaudidos. No sabia contenerse a tiempo y entraba al fin en
el terreno de la extravagancia. De aqui a lo insulso no hay mas que un
paso, y Fuentes lo daba con frecuencia.

El conde de Cotorraso persistia en defender al astro del dia para
excitar el ingenio de su detractor. El sol era quien animaba la
Naturaleza, quien calentaba nuestro cuerpo aterido, etc.

--Eso de que el sol produzca animacion, lo niego--replicaba Fuentes--;
Madrid esta mucho mas animado por la noche que por el dia, y para
calentarme prefiero el cok, que no ocasiona tabardillos.... Vamos a ver,
conde, fijese bien: ?que merito puede tener una cosa que a la fuerza ha
de ver siempre su lacayo primero que usted?

Como alguien dijera riendo que Fuentes tenia "buena sombra", este
replico vivamente:

--?Lo ve usted, conde? Hasta para decir que un hombre tiene gracia se
dice que tiene buena sombra. A nadie se le ocurre decir que tiene buen
sol.

Y con motivo de las sombras se hablo de la del manzanillo. La marquesa
de Ujo pregunto al mejicano, marido de Lola, si en su pais habia
manzanillos. Ballesteros, que asi se llamaba, replico que no, pero que
habia visto muchos en el Brasil. La marquesa se informo con viva
curiosidad de las particularidades del arbol; pero quedo sumamente
disgustada cuando el mejicano le dijo que la sombra no mataba y que solo
su fruto desprendia un agua corrosiva.

--?De modo que durmiendo debajo de el no se muere?

--Senora, yo no he dormido ?sabe?; pero he almorsado con varios amigo
debaho de uno y no nos ha pasao na.

--Entonces, ?como se suicida Selika en _La Africana_ acostandose a la
sombra de ese arbol?

--Eso es una patrana, una invension de los poeta ?sabe? Sera una cosa
bonita, pero no tiene nada de verda.

La marquesa, desencantada por aquel dato realista, no quiso salir de su
poetica creencia; arguyo que tal vez los manzanillos de la India fuesen
distintos de los del Brasil.

Hablose de las producciones de Mejico.

--?Es verdad que usted posee ochocientas mil vacas,
Ballesteros?--pregunto Clementina.

--iOh, senora; eso es una exagerasion! A lo sumo que llegara mi rebano
es a tresientas mil.

--Si fuesen mias--dijo Fuentes--, construiria un estanque mayor que el
del Retiro, lo llenaria de leche y navegaria por el.

--Nosotro no utilisamo la leche, senor, ni la manteca tampoco. La carne
alguna vese la convertimo en tasaho ?sabe? y la esportamo. Mas por lo
regula solo sacamo partido de las piele ?sabe? Los cuerno tambien los
vendemo para la fabricacion de los objeto de asta.

--iQue te quemas! ique te quemas!--exclamo Pepe Castro por lo bajo.

Pero no tanto que no lo oyese Jimenez Arbos, que estaba del otro lado de
Pepa Frias, y no le acometiese un acceso de risa que procuro con todas
sus fuerzas sofocar.

--Anda, barbiana, alargame ese frasquito de mostaza--dijo Pepa Frias
dirigiendose a Clementina para disimular tambien la risa que le habia
acometido.

--Bajbiana, bajbiana.... ?Que es que bajbiana?--pregunto, la baronesa de
Rag a Osorio en su afan de aprender pronto el espanol.

Este se apresuro a explicarselo como pudo.

Pepa hablaba de vez en cuando por lo bajo con Jimenez Arbos. Solian ser
algunas frases rapidas que probaban la inteligencia en que estaban y al
mismo tiempo el deseo de mostrarse prudentes. La conversacion con Pepe
Castro, que tenia a su izquierda, era mas animada.

--?Por que no aconseja usted a Arbos que coma mas carne?--le preguntaba
el lechuguino al oido.

--?Para que?

--Para lo que se come carne generalmente; para nutrirse y adquirir
fuerzas con que soportar las fatigas que nuestros deberes nos imponen.

--iYa!--exclamo la viuda con entonacion ironica--. Mire usted por si y
deje a los demas arreglar sus cuentas como Dios les de a entender.

--Ya ve usted que procuro nutrirme.

--Si, pero que vaya un poco tambien al cerebro, porque el dia menos
pensado se cae usted en la calle de tonto.

--?Se ha ofendido usted?--pregunto riendo el elegante como si hubiese
dicho la cosa mas descabellada del mundo.

--No, hombre, no: es que lo creo asi. No entiendo como Clementina puede
sufrir semejante narciso.

--iChis, chis! iPrudencia, Pepa, prudencia!--exclamo Castro con susto,
levantando los ojos hacia su querida.

--?Sabe usted que disimula muy bien? No la he visto dirigirle a usted
una sola mirada hasta ahora.

Castro, que hacia dias estaba un poco despechado por la frialdad de su
dueno, sonrio forzadamente frunciendo en seguida el entrecejo. A Pepa no
le paso inadvertido este gesto.

--Mire usted que cara tan nublada tiene en este momento Osorio. iInspira
horror! Y toda la culpa la tiene usted, picaro.

--iYo! Nada de eso. Deben de ser cuestiones de guita las que le ponen
tan amarillo. Me han dicho que esta arruinado o muy proximo a
arruinarse.

Pepa se estremecio visiblemente.

--?Que dice usted? ?Por donde ha sabido usted eso?

--Pues me lo han dicho ya varios.

La viuda se volvio bruscamente hacia Jimenez Arbos sin ocultar su
agitacion y le pregunto en voz baja y alterada:

--?Has oido algo de que Osorio este arruinado?

--Si, lo he oido. Osorio viene jugando a la baja hace tiempo y los
fondos se empenan en subir--respondio el estadista levantando la cabeza
con gesto petulante de pavo real.

En el tono con que pronuncio estas palabras se advertia satisfaccion.
Para un ministro, jugar a la baja es siempre un crimen digno de castigo.

--Yo no se lo que tendra comprometido en esta liquidacion; pero si es
mucho esta perdido, porque el consolidado ha subido un entero. Y si se
empena en no liquidar inmediatamente, a fin de mes puede tener muy bien
dos enteros de alza.

Todo el buen humor de Pepa habia desaparecido de repente. Bajo la cabeza
y dejo caer el tenedor sin animo para concluir el trozo de jamon de York
que se habia puesto. El ministro, observando su silencio y su tristeza,
le pregunto:

--?Tienes por casualidad fondos en su poder?

--Por casualidad, no ... ipor estupidez mia! Tiene en su mano casi toda
mi fortuna.

--iOh diablo, diablo!

--Se me esta haciendo rejalgar en el cuerpo lo que he comido. Creo que
me voy a poner mala--dijo la viuda poniendose realmente palida.

Arbos hizo esfuerzos por tranquilizarla. Tal vez no fuese cierto todo.
En las ruinas como en las fortunas improvisadas se exagera siempre
mucho. Ademas, si algun compromiso habia sagrado para Osorio, debia ser
el de ella, una dama que le confia su dinero por pura amistad.

Aunque hablaban en falsete, sus fisonomias graves y sus ademanes
decididos llamaron la atencion del general Patino, el cual, con
admirable penetracion, dijo a la marquesa de Ujo:

--Mire usted a Pepa y a Arbos. Hay nube de verano entre ellos. iQue
hermoso es el amor hasta en sus fugaces tormentas!

Mientras tanto, los condes de Cotorraso, Lola Madariaga, Clementina y
los barones de Rag hablaban del arsenico como medicamento para engordar
y poner terso y brillante el cutis. Lola Madariaga era la primera vez
que lo oia y se mostraba llena de jubilo, y anunciaba que iba
inmediatamente a ensayar la virtud milagrosa del veneno.

--iDios mio, Lolita!--exclamo Fuentes--. Si usted, como es ahora, causa
tales estragos en los corazones masculinos, ique va a suceder cuando
lleve cuatro o cinco meses con un regimen de arsenico! Senor
Ballesteros, no consienta usted que lo tome: es tratarnos con demasiada
crueldad.

--Vamos, amigo Fuentes--repuso la graciosa morena dirigiendo una mirada
insinuante a Castro, porque se le habia metido en la cabeza arrancarsele
a Clementina--?me quiere usted tomar el pelo?

--iTomaj el pelo!... ?Que es que tomaj el pelo?--pregunto la baronesa de
Rag a Osorio.

A esta baronesa la estaba desvistiendo con la imaginacion Bonifacio,
contemplandola desde lejos sin pestanear. Hacia dias que habia comprado
entre otras fotografias obscenas la de una mujer desnuda meciendose en
una hamaca. Se le antojaba que la baronesa se parecia mucho a aquella
mujer, y trataba de averiguar, por medio de un prolijo examen exterior,
si interiormente guardaria la misma semejanza.

Termino al fin la comida no sin dedicar, por supuesto, un buen rato de
conversacion al teatro Real, a Gayarre y a la Tosti. No la hubieran
digerido bien si les faltase. El cafe, como era costumbre en casa de
Osorio, se sirvio en el mismo comedor. Luego, las senoras con algunos
hombres se fueron al salon. Otros se quedaron fumando, pero no tardaron
en ir a reunirse con los demas. Hacia alli un calor insufrible.

Pepe Castro aprovecho la confusion de la salida para preguntar a
Clementina:

--?Como no has ido esta manana?

Clementina detuvo el paso, le miro con sonrisa protectora.

--?Esta manana?... No se.

--?Como no sabes?--dijo frunciendo su augusta frente el real mozo.

--No se; no se--y dio un paso para alejarse sin dejar de sonreir con
leve matiz de burla.

--?Y manana iras?

--Veremos--respondio alejandose.

Castro sintio aquella sonrisa como un golpe en medio del pecho. Se
mordio el labio inferior y murmuro:--?Coqueteamos, eh? iYa me la
pagaras, hermosa!

En el salon habia ya algunas personas, entre ellas Ramon Maldonado y la
hija de Pepa Frias con su marido. En otro saloncito contiguo estaban
preparadas hasta seis mesas de tresillo. Algunos se sentaron desde luego
a jugar. Otros esperaron a que llegasen los companeros de costumbre. No
tardaron, en efecto, en poblarse entrambos salones. Llego D. Julian
Calderon con Mariana y Esperancita, Cobo Ramirez con Leon Guzman y otros
tres o cuatro pollastres, el general Pallares, los marqueses de Veneros
y otras varias personas, entre las cuales predominaban los banqueros y
hombres de negocios.

Uno de los ultimos en llegar fue el duque de Requena, a quien se hizo la
misma acogida ruidosa y lisonjera que en todas partes. Entro jadeando,
fumando, escupiendo, con la seguridad insolente que su inmensa fortuna
le habia hecho adquirir. Hablaba poco, reia menos; emitia sus opiniones
con rudeza y se dejaba adorar del corro de senoras que le rodeaba. Tenia
las mejillas mas amoratadas que nunca, los ojos sanguinolentos, los
labios negros. Estaba tan feo, que Fuentes dijo a Pinedo y a Jimenez
Arbos senalandole:

--Ahi tienen ustedes al diablo recibiendo a sus brujas en el aquelarre
de los sabados.

Se le invito a jugar al tresillo como siempre; pero rehuso. Habia visto
a dos banqueros a quienes queria pescar para su negocio de la mina de
Riosa. Ademas le convenia hacer la corte a Jimenez Arbos algunos
momentos. Ya habia conseguido que la mina saliese a subasta con todos
sus accesorios de montes y pertenencias. En la _Gaceta_ se habia
insertado el anuncio. La compania para comprarla estaba ya formada. Pero
entre los socios habia desavenencia. Unos pretendian comprarla al
contado (entre ellos estaba Salabert) y otros querian aprovechar los
diez plazos que el Gobierno concedia. La diferencia en la tasacion de
una a otra forma, era enorme.

El duque se acerco a Biggs, el representante de una casa inglesa que
entraba con parte muy considerable en la compania y que capitaneaba el
partido de la compra a plazos. Le echo familiarmente el brazo sobre el
hombro y le llevo al hueco de un balcon, diciendole con rudeza:

--?Conque ustedes empenados en que nos arruinemos?

Y comenzo a tratar el asunto con una franqueza que desconcerto al
ingles. Este respondia a las salidas brutales del duque con
razonamientos corteses y suaves, sonriendo siempre benevolamente. El
duque acentuaba su rudeza, que en el fondo era muy diplomatica.

--Yo no tengo gana de tirar mi dinero. Me ha costado mucho trabajo
adquirirlo, ?sabe usted? Probablemente, al fin y al cabo, me vere
obligado a cortar por lo sano, separandome del negocio.

--Senor duque, yo no tengo culpa--respondia Biggs con marcado acento
ingles--. He recibido instrucciones.

--Las instrucciones son dadas segun los consejos de un zorro viejo que
hay en Madrid.

--iOh, duque!--exclamo Biggs riendo,--no hay _sorro vieco_, no.

Y la discusion continuo sin que el banquero espanol pudiese obtener nada
del ingles, pero dejandole bastante preocupado.

Pepa Frias, vivamente agitada, hablaba aparte con Jimenez Arbos, despues
de haberse enterado, preguntando a algunos banqueros, de que los
negocios de Osorio no marchaban bien. No obstante, todos le suponian con
medios de hacer frente a sus compromisos. Su capital era grande, y,
aunque en las ultimas liquidaciones de Bolsa habia experimentado
perdidas fuertes, no creian que eran lo bastante para producir una
quiebra. Hay que advertir que ninguno de aquellos senores operaba sobre
diferencias como Osorio. Este se habia enviciado. A pesar de las
advertencias de sus amigos y companeros, no podia vencer aquella pasion
del juego, que tarde o temprano habia de conducirle a la ruina. Pepa le
observaba disimuladamente, y con la penetracion maravillosa de las
mujeres adivinaba debajo de su exterior frio, tranquilo, mucha mar de
fondo. Mientras Arbos procuraba tranquilizarla con frase correcta,
atildada (ni aun hablando a su querida prescindia de las formas
oratorias), la viuda meditaba un plan salvador. Este plan consistia en
dar la voz de alarma a Clementina y arrancarla la promesa de librar sus
fondos de la quema, si es que la habia, anclando a su propio dote.
Fiando mucho en su diplomacia y en el temperamento desprendido de su
amiga, serenose un poco. Arbos tuvo ocasion una vez mas, viendo acudir
la calma a su rostro, de penetrarse de las excepcionales dotes
persuasivas con que la providencia de Dios le habia favorecido.

Pepa tuvo animos para sentarse a jugar al tresillo con Clementina,
Pinedo y Arbos. Al cruzar el salon grande vio sentados en un rincon a su
hija y a su yerno en la actitud de dos tortolas enamoradas. Acercose a
ellos. Como no habia logrado barrer de su espiritu la preocupacion,
habloles con cierta aspereza.

--iAyer os mandabais cartitas y hoy hay que traer agua caliente para
despegaros! Por lo visto, hijos, tomais el matrimonio a turno impar....
Vamos, vamos, separaos que no esta bien aparecer tan sobones delante de
gente.

Emilio se sintio herido por aquel tono autoritario, y con las mejillas
encendidas iba a responder una descantada a su suegra; pero esta paso de
largo, entrando en la sala de tresillo. Asi y todo quedo murmurando
pestes, diciendo que el no habia aguantado jamas ancas de nadie y que
menos las aguantaria ahora de su suegra, con otra porcion de frases
igualmente energicas que derramaron la tristeza por el rostro de
Irenita. Y hubieran concluido por hacerla llorar, si el, volviendo en su
acuerdo, no le hubiera regalado un pellizquito en el brazo muy sentido y
amoroso, rogandole al propio tiempo que le diese la mitad de la pastilla
de menta que su linda mujercita tenia en la boca. Con esto volvieron a
arrullarse como si estuvieran en una selva virgen y no en el hotel de
Osorio.

Un grupo de cinco o seis ninas, entre las cuales estaba Esperancita,
hablaba animadamente con algunos pollastres. Cobo Ramirez y nuestro
inteligente amigo Ramoncito Maldonado, eran dos de ellos. Dificil es
exponer las ideas que entre aquella florida juventud se cambiaban. Todas
debian de ser muy finas, muy alegres, muy intencionadas, a juzgar por la
algazara que producian. Sin embargo, aplicando el oido, se observaba
pronto que los gestos de las ninas, aquel levantar de ojos, aquel agitar
la cabeza, aquel mirar picaresco, aquel romper en sonoras carcajadas, no
correspondian exactamente a las palabras que se pronunciaban. Decia un
pollo verbigracia:

--Manolita; ayer la he visto a usted en San Jose confesando con el padre
Ortega.

La interesada reia con gozo extremado.

--iNo es verdad, Paco; no me ha visto usted!

Decia otro:

--Pilar, ?donde compra usted esos abanicos tan monisimos?

Pilar prorrumpia en carcajadas.

--iQue guason! Y ?donde ha comprado usted aquel perro tan feo que
llevaba usted hoy en el paseo?

--Feo, si; pero gracioso. Confieselo usted.

Tales frases hacian desbordar la alegria de aquellos pechos juveniles.
Se hablaba recio, se reia mas aun, se gesticulaba. Las ninas, sobre
todo, parecia que tenian azogue, mostrando sin cesar las dos filas de
sus dientes cuando los tenian bonitos o tapandoselos con el abanico
cuando no eran presentables. Pero, sobre todo, lo que alboroto el grupo
y levanto mas tempestad de carcajadas, fue una contestacion de Leon
Guzman. Manolita, una chatilla de ojos negros y boca grande con dientes
preciosos, pregunto a Leon que hora era. Este, sacando el reloj,
respondio que las diez y cuarto. El reloj del conde estaba parado: eran
ya cerca de las doce. Esta equivocacion hizo gozar vivamente a las
ninas. Manolita, sobre todo, queria desvestirse de risa. Cuanto mas
hacia para reprimir el influjo de sus carcajadas, con mas impetu salian
a su boca fresca y humeda.

Indudablemente, en las frases, en la apariencia vulgares y hasta
estupidas de los pollos, debe de existir un fondo de humorismo tan
profundo como vivo, que solo las jovenes de quince a veinte anos son
capaces de recoger y gustar.

Pero Leon Guzman, una vez sosegada la risa, pudo con mana retirarse un
poco y entablar conversacion aparte con Esperancita. Esto lleno de
dolor y sobresano a Ramon. Hacia dias que venia observando que el conde
de Agreda miraba con buenos ojos a su dueno adorado. Considerabale mas
temible que a Cobo, por ser hombre de brillante posicion. Cobo, segun lo
que veia, no adelantaba un paso, lo cual le tranquilizaba. Pero el
asunto cambiaba ahora de aspecto. Por eso ya no tomaba parte en la
alegria del grupo y dirigia a la pareja unos ojos de carnero que
despertaban lastima. Sin embargo, la nina, a su gran satisfaccion, no se
mostraba demasiado amable con el conde. Parecia preocupada, triste, y
dirigia frecuentes y rapidas miradas hacia el sitio donde el propio
Ramon estaba. Verdad que detras de el, en un divan, se hallaban sentados
Pepe Castro y Lola Madariaga, charlando con gran animacion. Pero el
concejal no se hizo cargo de esto.

Cuando Leon se levanto, Ramoncito le llevo aparte a un rincon y le dio
con frase sentida sus quejas. Debia de saber que el, Maldonado, hacia
tiempo que obsequiaba a Esperanza, que estaba enamorado de ella
perdidamente. Sentia en el alma que un amigo tan intimo le viniese a
hacer dano. Recordole con enternecimiento la infancia, sus juegos, el
colegio. Concluyo por suplicarle con voz entrecortada por la emocion que
si no tenia un gran interes por Esperancita dejase de darle celos. Leon
le escucho entre impaciente y confuso. Por librarse de el prometio
cuanto quiso. Luego, cuando se vio entre los amigos, conto la ridicula
conferencia y se rio en grande a costa del desdichado concejal.

El duque de Requena, despues que dijo a Biggs lo que se proponia, se
sento a jugar al tresillo con la condesa de Cotorraso, el mejicano,
marido de Lola, y el general Pallares. Poco despues bufaba lleno de
furia porque le venian malas cartas. A pesar de su opulencia jugaba
siempre con el mismo afan que si le importase mucho la perdida o la
ganancia de unos cuantos duros. Si la suerte le era adversa se ponia de
un humor endiablado, murmuraba y hasta llegaba a decir frases
inconvenientes a los companeros. Su hija se veia muchas veces obligada a
templarle y a quitarle las cartas de la mano para ponerse ella en su
lugar.

Ahora Clementina estaba de buen talante jugando en la mesa proxima: se
reia de Pepa Frias porque se mostraba silenciosa y preocupada.

--Oiga usted, Pinedo, no me acordaba ya--dijo arreglando el abanico de
cartas que tema en la mano--, ?por que tenia usted interes esta manana
en hacer pasar por un santo delante de su hija al perdido de Alcantara?

--Es un secreto--respondio el gran vividor.

--iQue se diga, que se diga!--exclamaron a un tiempo Pepa y Clementina.

Se hizo de rogar un poco. Al fin, obligandoles a prometer antes que lo
guardarian fielmente, se lo dijo. Habia observado en las ninas tendencia
senalada a enamorarse de los calaveras, de los vagos, de los malvados, y
a rechazar a los hombres laboriosos y formales. Para que su hija no
cayera en poder de alguno de aquellos invertia las referencias que le
hacia de cada cual. Cuando pasaba a su lado un chico honrado y
trabajador, le ponia de loco y de perdido que no habia por donde
cogerlo; si, por el contrario, pasaba uno que mereciese en realidad
tales dictados, como Alcantara, se hacia lenguas de el.

Pepa, Clementina y Arbos suspendieron el juego para escuchar sonrientes
aquel singular relato.

--?Y produce efecto el procedimiento?--pregunto el ministro.

--Hasta ahora admirable. Jamas se le ocurre a mi hija mentar en la
conversacion a los que yo le doy por buenos muchachos. En cambio,
icuantas veces me dice muy risuena!: "?Sabes, papa, que hoy he visto a
aquel amigo tuyo tan _perdis_? No se puede negar que tiene gracia en la
cara y que parece un chico fino. iEs lastima que no formalice!"

En aquel momento, Cobo Ramirez, que andaba por alli resoplando como un
buey cansado, se acerco a la mesa y quiso saber de que se reian. No le
fue posible arrancarles el secreto. Pinedo les hizo una sena prohibitiva
porque tenia mucho miedo a su lengua. Tambien Pepe Castro, harto de dar
celos a Clementina con su amiga Lola, sin que aquella pareciese siquiera
advertirlo, se levanto y se fue aproximando silenciosamente afectando
melancolia. Se puso detras de Pepa Frias y apoyo los brazos en el
respaldo de la silla. La viuda estaba tan escandalosamente descotada que
en aquella actitud se podia ver mas de lo que la decencia permite.

--iNo vale mirar, Pepe!--exclamo Cobo con maligna sonrisa.

--Miro las cartas--respondio aquel.

--iVamos, no sea usted desvergonzado, Cobo!--dijo Pepa dandole con ellas
en las narices y volviendose a Castro.

--Quitese de ahi, Pepe. No quiero que se me contemple a vista de pajaro.

Fuentes se acerco para despedirse.

--?No toma chocolate?--le pregunto Clementina dandole la mano.

--?Como quiere usted que tome chocolate un hombre a quien le acaban de
descerrajar un soneto a quema ropa?

--?Mariscal?

--El mismo. En el comedor y a traicion.

Mariscal era un joven poeta, empleado en el Ministerio de Ultramar, que
hacia sonetos a la Virgen y odas a las duquesas.

--Pero ya me he vengado como un marroqui--siguio.--Le he presentado al
conde de Cotorraso que le esta dando una conferencia sobre los aceites.
Miren ustedes que cara de sufrimiento tiene el pobre.

Los tresillistas volvieron la cabeza. Alla en un rincon estaban, en
efecto, los dos. El conde hablaba con calor y le tenia cogido por la
solapa segun su costumbre. El desgraciado poeta, con el rostro
contraido, echando miradas de socorro a todas partes, se dejaba sacudir
como un hombre a quien conducen a la carcel.

--Arbos, ?no cree usted que he llevado mi venganza demasiado lejos?

Para no destruir el efecto de la frase se marcho bruscamente. Todas las
noches recorria dos o tres tertulias, donde se celebraban su gracia y
sus ingeniosidades.

Los criados entraban con bandejas de chocolates y de helados. Cobo
Ramirez cogio una mesilla japonesa, la llevo a un rincon, sentose frente
a ella y se apercibio a engullir.

Pepa Frias echo una mirada en torno, y viendo al general Patino
acercarse, le dijo:

--General, tome usted estas cartas: estoy cansada de jugar. Daselas tu a
Pepe, Clementina; vamos un poco al salon.

El general y Castro ocuparon el sitio de las damas. Estas se fueron al
salon grande: mas antes de llegar a el, dijo Pepa:

--Mira, tengo que hablarte de un asunto importante. Vamos a otro sitio.

Clementina la miro con sorpresa.

--?Quieres que vayamos al comedor?

--No; mejor es que subamos a tu cuarto.

Volvio a mirarla con mas sorpresa aun, y, alzando los hombros, dijo:

--Como quieras. iCosa grave debe de ser!

Mientras subian la escalera, Clementina imaginaba que su amiga iba a
hablarle de Pepe Castro, de sus amores. Y como en realidad el asunto no
le interesaba como antes, marchaba con cierta indiferencia no exenta de
aburrimiento. Cuando se encontraron frente a frente en el _boudoir_, le
dijo Pepa cogiendola por las munecas y mirandola fijamente:

--Vamos a ver, Clementina, ?tu sabes como andan los negocios de tu
marido?

Fue un golpe en medio del pecho. Clementina, aunque sin precision, tenia
noticias de las perdidas de Osorio, de su creciente y febril afan de
jugar. El mismo, en una explicacion que con ella tuvo, la habia
amedrentado para arrancarle la firma. Ademas le veia cada dia mas
delgado y mas sombrio. Pero aunque se preocupaba un instante de estas
cosas, el tren complicado de su vida de mujer elegante, ayudado por el
deseo de no pensar en asuntos enfadosos, se las apartaban pronto de la
memoria. Nunca se le paso por la imaginacion que tales perdidas pudiesen
afectar seriamente a sus comodidades, a su ostentacion, ni aun a sus
caprichos. La conducta de Osorio, que nada le habia dicho de restringir
los gastos, daba pretexto a perseverar en esta creencia. Pero el gusano
permanecia vivo alla en el fondo. No habia mas que hostigarle como hizo
Pepa, para que royese lindamente.

--?Los negocios de mi marido?--dijo balbuciendo, como si no
entendiese--. Yo nunca me entero ... ni le pregunto.

--Pues me han dicho que ha tenido grandes perdidas en estos ultimos
tiempos....

--Alla el--exclamo la dama reponiendose y alzando los hombros con
supremo desden.

--Es que a ti tambien te puede chamuscar el pelo, hija mia. ?Tienes
asegurada tu dote?

--No se lo que es eso.... ?No te he dicho que no entiendo de negocios?

--Pues en este asunto debieras procurar enterarte.

--Pues yo te digo que no me preocupa nada y te ruego que hablemos de
otra cosa.

Clementina se mostraba mas altanera y desdenosa cuanta mas insistencia
veia en Pepa. Su orgullo, siempre alerta, le hacia suponer que esta
habia preparado aquella conferencia para mortificarla.

--Es que ... querida mia, debo advertirte que tu marido no especula
solamente con su capital--dijo la viuda picada ya.

--iAh! iYa parecio aquello! Vamos, tu tienes algunos ochavos en poder de
Osorio y temes perderlos, ?verdad?--dijo Clementina con sonrisa
sarcastica, reprimiendo su colera con trabajo.

Pepa se puso palida. Una ola de ira le subio tambien del corazon a los
labios. Estuvo a punto de echarlo todo a rodar y ponerse a renir como
una verdulera, para lo cual tenia dotes especialisimas; pero un
pensamiento interesado, un pensamiento de conservacion la contuvo. Si
rompia con su amiga, si la irritaba, las probabilidades de salvar su
capital disminuian. Comprendio que el mejor partido era no excitar su
naturaleza indomita, esperar que la amistad o su mismo orgullo la
impulsasen a la generosidad. Hizo un esfuerzo para reprimir sus impetus
ante la mirada altiva y provocativa de su amiga y dijo con abatimiento:

--Pues si, Clementina, te lo confieso. Tu marido tiene en su poder lo
poco que poseo. Si lo pierdo me quedo sin una peseta. No se que sera de
mi.... Antes que depender de mi yerno, prefiero pedir limosna.

--Pedir limosna, no. Te traere a casa para acompanarme en lugar de
Pascuala--dijo con desden la dama, en quien la soberbia aun no se habia
apaciguado.

Pepa sintio mas este flechazo que el anterior, pero logro contenerse
tambien.

--Vamos, chica--dijo volviendo a cogerla por las munecas
carinosamente--, no me eches a la cara los millones. Si he venido a
aburrirte con estas cosas, es porque te tengo por mi mejor amiga. Ya se
yo que se exagera mucho, y que la envidia anda suelta por el mundo. La
mayor parte de lo que cuentan de las perdidas de Osorio, probablemente
no sera verdad....

--Y si lo fuese, la cosa tiene poca importancia para mi. Figurate que
hoy mismo me ha dicho mi madrastra que me deja por heredera de toda su
fortuna.

Pepa abrio los ojos con sorpresa.

--?La duquesa? iOh, pues no son mas que cincuenta millones de pesetas!
Creo que la pobre esta muy enferma....

--Bastante.

La soberbia se sobreponia en aquel instante a todo sentimiento
afectuoso en el corazon de Clementina. Pronuncio aquel bastante en un
tono que daba frio.

Las dos amigas, al cabo de unos minutos, se entendian perfectamente.
Pepa, afectando siempre desenfado, adulaba de todos los modos posibles a
su amiga, como hermosa, como rica, como elegante. Clementina se dejaba
adular, respiraba con delicia aquel tufillo de incienso. En cambio
prometia que ni un centimo perderia Pepa de su capital.

Bajaron la escalera cogidas por la cintura, charlando como cotorras. Al
llegar a la puerta del salon, antes de soltarse se dieron un apretado y
carinoso beso. Ninguna de las dos penso que lo que las tenia enlazadas
no eran sus propios brazos, sino los de un cadaver: el cadaver de una
santa y generosa senora.




VIII

#Cena en Fornos.#


Al salir del hotel de Osorio, Pepe Castro y Ramoncito se metieron en la
berlina que esperaba al primero y se trasladaron a Fornos. Les costo
trabajo desembarazarse de Cobo Ramirez, que habia olido algo de cena y
deseaba ser de la partida. Ramon dio un codazo a Castro para manifestar
que no le veria con gusto en ella. Este, a quien tampoco placa el
caracter desvergonzado del primogenito de Casa-Ramirez, hizo lo posible
por desprenderse de el enganandole.

El terror de los maridos estaba de muy mal humor. La indiferencia real o
fingida que Clementina le habia mostrado toda la noche le roia el
corazon. Siempre habian sido prudentisimos en sociedad, sobre todo en
casa del marido; pero nunca le falto ocasion, hasta entonces, a la dama,
con una mirada intensa, con alguna palabrilla fugaz, de expresarle su
amor. Y como esto llovia sobre mojado, porque hacia ya bastantes dias
que la encontraba despegada, distraida, la picadura era mas viva. Castro
no estaba enamorado de la esposa de Osorio. Era incapaz de enamorarse.
Pero tenia una idea extraordinaria de sus dotes de conquistador y, como
consecuencia, un amor propio exagerado. Ademas, ya sabemos que
Clementina era para el, no solo la tortola enamorada, sino el cuervo que
le traia en su pico el sustento. Envuelto en su gaban de pieles y
arrellanado en el rincon del coche, no despego los labios en todo el
camino. Era la una. La noche fria y despejada, una noche de Madrid, en
que el ambiente produce cosquillas en los ojos y la nariz. Ramoncito,
entregado tambien a sus melancolias, limpiaba con el panuelo el cristal
de la ventanilla para sumergir la mirada en las calles solitarias y en
el cielo poblado de estrellas.

Cuando llegaron a Fornos vieron el coche de la Amparo, en espera.

--Llegamos un poco tarde. Nos va a sacar los ojos esa tia--dijo Castro
apresurandose a entrar.

Un mozo les dijo que arriba, en el gabinete de la izquierda, les
esperaban tres senoras y dos caballeros. Antes de subir dio las
disposiciones necesarias para la cena que habia encargado. En el
gabinete, dispersos por las sillas, estaban Rafael Alcantara, Manolito
Davalos, la Nati, la Socorro y la Amparo, que los recibieron con
_fueras_ y silbidos. Todos cinco venian del Real: hacia muy cerca de
media hora que esperaban.

--iQue poca vergueenza tienes, hijo!--dijo la Amparo con el hermoso
entrecejo fruncido--. Y menos aun los que toman en serio tus convites.

--Chica, me figure que saldrias mas tarde del Real.

--iEso! Di que estabas a gusto en casa de mi hijastra, y entonces puedes
tener cierta disculpa.

Amparo solia llamar en broma su hijastra a Clementina.

--iQue hijastra, ni que madrastra!--exclamo el lechuguino con gesto de
mal humor--. iSi pensaras que hay mujer que me retenga a mi cuando no
quiero!

El despecho, incubado toda la noche, rompia ahora con fuerza la cascara.

--iOle mi nino! Asi hablan los hombres--exclamo la Nati, una chulilla de
Lavapies que descubria el pano, no solo en la conversacion, sino tambien
en el peinado, en los andares, en todo.

--iQue simple eres, criatura!--dijo la Amparo volviendose a ella--. ?Te
figuras que eso es cierto? Clementina le tiene mas sumiso que un
perrillo de lanas. Si se le antoja, le hace lamer la planta de sus pies.

--iSi; lo mismo que tu a su papa!--respondio furioso Castro--?Vosotras,
por lo visto, os habeis llegado a figurar que soy un cadete de
infanteria? Pues ya vereis lo que me importa por esa senora....

--?De veras?--pregunto Alcantara.

--De veras: me voy aburriendo ya.

Castro, previniendo una proxima ruptura con su amante, preparaba una
cama blanda a su reputacion de seductor para que no sufriese
desperfecto.

--Os enfadais conmigo--siguio--porque llego tarde.... ?Y Leon? ?Donde
esta Leon?

--Leon, aqui esta--profirio una voz sonora detras.

Y el propio Leon avanzo hasta el medio de la estancia y se puso a
parodiar, con entonacion y mimica de comico de la legua, una zarzuela
muy conocida:

      Yo soy aquel conde de Agreda llamado,
      que en lides sin cuento probo su valor.

--Oye, nene--dijo Socorro tirandole de los faldones del frac--, tengo
que ajustarte una cuenta.

--iTu tambien!--exclamo con afectado espanto--.iCielos! ?Donde me metere
que no me presenten cuentas?

Y se dejo llevar, fingiendo susto, a un rincon por su querida, que le
pregunto en voz baja:

--Di, babieca, ?por que no me has dicho que era Amparo de la partida?
?No sabes que estamos politicas hace ya dias?

--iBah! ibah!--exclamo alzando la voz y apartandose--. En cuanto tengais
unas copas de Jerez en el cuerpo, se van a oir los besos que os deis,
desde la calle.

-Socorro quedo acortada mordiendose los labios. Temia que Amparo hubiese
advertido algo. Y en efecto, la querida de Salabert les habia echado una
mirada penetrante sospechando lo que hablaban, y arrugo el entrecejo:
"iAnda, anda! iA buena parte iban con recaditos! iComo la picasen un
poco era capaz de agarrar por el mono a aquella panfila y batirla contra
la pared!"

La Socorro era una rubia linfatica, de tez nacarada y ojos claros, un
poco romantica y un mucho susceptible. Se decia hija de un comandante y
se agarraba el derecho de despreciar a sus companeras nacidas del seno
de la plebe. Era mas instruida que ellas porque leia todos los
folletines que le venian a las manos: cuidaba de no decir palabras feas:
no solia emplear tampoco locuciones flamencas. Tenia alguna mas edad que
la Amparo y la Nati.

--A la mesa, a la mesa--dijo Alcantara--. Estas operas alemanas me
excitan un hambre de lobo.

Levantaronse todos del asiento y se aproximaron a la mesa, mientras
Castro hacia sonar el timbre para avisar al mozo. El conde de Agreda los
detuvo con un gesto.

--Caballeros, hay aqui dos princesas que han renido por cuestiones
diplomaticas que no nos incumben. ?Opinan ustedes que se den un beso
antes que nos sentemos?

--Que se lo den: que se lo den--exclamaron los tres hombres y Nati,
mirando a la Socorro y Amparo.

Esta se encaro furiosa con Leon.

--iJa, ja!... Chica, no empieces ya a soltar gracias porque nos va a
hacer dano la cena.

La Socorro se hizo la indiferente inspeccionando la mesa.

--Que se besen--volvio a decir el coro.

--Oid, preciosos, ?nos habeis traido para reiros de nosotras o a darnos
de cenar?--dijo la Amparo cada vez mas irritada.

Castro trato de calmarla.

--No hay motivo para enfadarse, Amparito. Leon, lo mismo que yo y todos
los demas, deseariamos que los que nos sentemos a cenar fuesemos buenos
amigos. Si hay algun resentimiento debe olvidarse, sobre todo si, como
presumimos, no ha sido por cosa grave.

--iQue se besen!--gritaron con mas fuerza los comensales.

No hubo mas remedio. Castro y Alcantara se apoderaron de la Amparo,
Ramon y el conde de la Socorro y las fueron aproximando casi a viva
fuerza, no sin que ambas protestasen, sobre todo Amparo, que se defendia
con energia. Al cabo concluyo por reirse.

--iPero esto es estupido! ?Que mosca os ha picado?

Y acercandose con decision a Socorro, le dio un beso sonoro en la
mejilla.

--Besemonos, hija, porque si no temo que a estos chicos simpaticos les
de un ataque de nervios.

La Socorro le pago el beso con otro mas timido, manifestandose reservada
y circunspecta.

--Bueno, ahora dejadme calentar un poco, que estoy aterida--dijo
sentandose al lado de la chimenea, tan cerca que, por milagro, no ardia.

Se tosto por delante y por detras, en tal forma, que, cuando Rafael fue
a coger la silla, quemaba.

--iQue atrocidad! Mirad, chicos, como ha dejado Amparo la silla.

Todos pusieron las manos sobre ella y se admiraron.

--iComo tendra esa mujer el cuerpo! Vamos a verlo--dijo Castro avanzando
hacia ella.

--iEh, nino, alto! que yo soy de mirame y no me toques.... Bueno, si
quereis tocad la espalda--anadio generosamente.

Y uno tras otro fueron poniendo la palma de la mano en la espalda de
aquel hermoso animal que, efectivamente, casi quemaba.

--Ahora vais a ver como me las compongo con los boquerones--dijo
sentandose--. Porque supongo que te habras acordado de mi--anadio
levantando la vista hacia Pepe Castro.

Este hizo una senal afirmativa y empujo suavemente a Manolito Davalos
para que se sentase al lado de su ex querida. Era curioso ver la extrana
turbacion que se apoderaba del tocado marques cuando se ponia cerca de
la Amparo. Esta mujer le fascinaba de tal suerte que se mostraba
confuso, ruborizado, sin saber que decir ni hacer. Los companeros, que
lo sabian, mirabanle con disimulo y enviaban sonrisas y guinos a la
joven, la cual adoptaba un continente protector, maternal, con el. Se
reia como los demas de aquella extrana y furiosa pasion; pero en el
fondo se sentia halagada por ella.

Rafael Alcantara, que ya habia pellizcado en todos los platos de
entremeses, volvio a gritar:

--Senores, que venga por Dios esa cena, porque voy a pillar una
indigestion de aceitunas.

Acomodaronse todos, al fin. Dos mozos comenzaron a servir los platos.
Amparo desdeno el _consomme_; pero cuando trajeron unos filetes de
_boeuf macedoine_ se colmo de tal modo el plato que los amigos
comenzaron a darse de codo y a reir.

--iAh! ?vosotros pensais que soy una nina tisica de las que cantan _La
Stella confidente_?... iYa vereis, ya!

Rafael saco la conversacion del duque de Requena, pero la Amparo corto
las bromas.

--Vamos, dejadle en paz. Ya que paga, que se divierta el pobre como
pueda.

Aunque todo el mundo sabia que tenia esclavizado al archimillonario, no
gustaba que se rieran a su costa. Del duque pasaron a su hija. Rafael
contaba pormenores terribles, repugnantes. Las mujeres se ensanaron con
ella vengandose de su hermosura, su elegancia y su orgullo. Castro, en
vez de acudir a la defensa, contentose con sonreir discretamente y
exclamar con negligencia:

--iNo sabeis lo que decis!

Aquella sonrisa, aquel tono superior y desdenoso, querian sin duda
significar que era ridiculo hablar de las interioridades de Clementina
en presencia de el. Pusieronse sobre el mantel las honras de otra
porcion de senoras y caballeros. Entre copa y copa de _borgona_, entre
bocado y bocado de salmon con mayonesa quedaron todas perfectamente
arregladas. Manolito no terciaba en la conversacion. Feliz con sentir el
traje de Amparo rozando con sus piernas, echandole de vez en cuando
miradas intensas de apasionado deseo, acudiendo a servirla con solicitud
de esclavo medroso, se apretaba a veces mas de la cuenta contra su
idolo, acometido de rabiosa pasion. Cuando esto sucedia, el idolo le
arrimaba por debajo de la mesa crueles taconazos y pellizcos que le
volvian a la razon. Fuera de esto se mostraba amable con el, le trataba
como a un nino, le daba bocaditos del plato en que ella comia y le hacia
mimos cogiendole la barba con la punta de los dedos. Pero el pobre,
antes de terminar la cena, se vio acometido de un golpe de tos; se puso
rojo; queria echar, con grandes esfuerzos de su cuerpo, algo que no
acababa de salir. Este algo era nada menos que una sarta de rails de
ferrocarril que al loco marques se le antojaba que tenia dentro del
cuerpo. Los demas, que sabian de esta alucinacion, sonreian con
expresion de lastima y burla. Rafael Alcantara exclamo cinicamente:

--iDale, dale, que es lagarto!

El pobre Manolo se volvio hacia el, sudoroso, encendido, y le dijo con
acento de reproche:

--Si tu te encontrases como yo, no te reirias, Rafael.

--iTiene razon, tiene razon!--exclamo la Amparo indignada--.Vaya una
gracia, burlarse de un amigo enfermo.

Y para indemnizarle de aquel agravio le ayudo a sentarse en un divan, le
limpio el sudor con su panuelo y le dio unos cuantos besos. Luego vino a
sentarse de nuevo y siguio devorando lo que le ponian delante. Llego el
turno a los boquerones preparados expresamente para ella. Era uno de los
gustos plebeyos que conservaba. Tantos engullo, que excito la admiracion
y la risa de los comensales. Socorro dijo, sin embargo, por lo bajo a su
querido, "que daba asco verla comer". Creia de buen tono padecer de
dispepsia y comer poco. Amparo remojaba los bocados con tantos y tan
formidables sorbos de _borgona_, que dejaba siempre la copa temblando.
Comia y bebia como un labrador en dia de boda, y hacia gala de ello.

Ramoncito no se hallaba en disposicion de experimentar los goces de la
nutricion animal. Dijo que habia tomado chocolate en casa de Osorio;
pero no era cierto. Lo que habia tomado era veneno, con los obsequios
que su amigo, el conde de Agreda, tributo por mas de una hora a
Esperanza.

--Oye, feo, ?por que no comes?--le dijo Amparo volviendose de repente
hacia el--. ?Es verdad que la chiquilla de Calderon no te hace caso? Te
doy la enhorabuena, hijo, porque debe de tener mucho humor herpetico.

Maldonado, que estaba ya desabrido con ella desde la frase de la tarde,
se puso encendido. Conteniendose a duras penas le dijo con voz ronca:

--Lo que te prevengo seriamente es que no vuelvas a ocuparte delante de
mi de esa nina....

Amparo le miro fijamente con aire de desafio.

--?Y por que, rico mio?

--Porque las mujeres como tu no pueden hablar de ciertas cosas sin
profanarlas--dijo temblando de colera el concejal.

--iJa, ja! Abrid los balcones, chicos, porque este chavo tiene
calor--dijo con risa sarcastica; y enfureciendose de pronto:--iMira,
nino, no me vengas con infundios! Tu eres un mamarrachillo y ella un
saco de pus. ?Lo oyes bien?

La noble faz de Ramoncito se descompuso al escuchar estas pesadas
palabras. Todo su cuerpo se estremecio de furor. No se sabe que acto
barbaro e insano hubiera realizado a no sujetarle Castro por la manga
del frac, diciendole:

--Dejala, hombre. ?No ves que tiene ya mucho alcohol en la cabeza?

Castro tenia del otro lado a la Nati. Sin saber por que razon, pues
nunca le habia sido muy simpatica, le dio toda la noche por servirla y
requebrarla en voz baja. Cuando se puso un poco alegre, le dijo a
Alcantara que estaba del otro lado:

--Con tu permiso, Rafael, voy a dar un beso a Nati.

Y se lo dio sin aguardar respuesta.

Rafael no hizo maldito el caso. Poco despues volvio a decir:

--?Permites, Rafael?

Y izas! le encajo otro beso. La bromita le parecio tan bien, que no se
pasaban cinco minutos sin que la repitiese. Nati la encontraba
deliciosa; se reia, presentando la mejilla a los labios del hermoso
salvaje. Rafael, al principio, tambien la encontro graciosa y respondia
gravemente a la pregunta de su amigo:

--Lo tienes. Pene, lo tienes.

Pero al cabo fue pareciendole pesada, y entre bromas y veras concluyo
por decirle:

--Basta, Pepe; no abuses del fisico.

A los postres, el mozo les dijo que un senorito que cenaba en un
gabinete proximo con una senora, bebia una copa de _champagne_ a su
salud.

--?Quien es ese senorito? ?Le conoces?

El mozo sonrio discretamente.

--Me ha prohibido decir su nombre.

--?Es un amigo?

--Si, senor conde: es un amigo.

--Pues alla voy--dijo Leon.

Y salio de la estancia. A los pocos instantes volvio a entrar con
Alvaro Luna y su querida la Conchilla. Les hicieron una ovacion. Rafael
se adelanto con la copa en la mano y canto:

      --Murio Alvarito,
      Dios le tenga en gloria;
      Bebamas una copa a su memoria.

Hizo gracia la ocurrencia porque Alvaro se habia batido por la tarde.
Pepe Castro le abrazo.

--Ya sabiamos que habias salido bien. ?Has pinchado al coronel?

--Si, en un brazo.

--?Como fue eso?

--Veras tu....

Y le conto los pormenores del lance. Todas se acercaron para escuchar.
El coronel se habia levantado los pantalones al llegar al jardin y se
habia remangado la camisa como un carnicero. Ataco furiosamente; pero se
fatigaba en seguida, como hombre obeso que era y algo tocado del
corazon. Descansaron seis veces. Al fin, harto ya de tanto bregar, le
habia tirado con decision una estocada al pecho amagandole antes un tajo
a la cabeza. No tuvo tiempo mas que a poner delante el brazo izquierdo,
que quedo atravesado.

--Crei que le habia matado, porque cayo redondo al suelo.

--Asi, asi. No hay cosa mas ridicula que andar dibujando tajos en el
aire y haciendo ruido con los sables como en el teatro. Un buen golpe
recto, partiendo de la inmovilidad, iesa es la manera de concluir
pronto!

      --Murio Alvarito,
      Dios le tenga en gloria;
      Bebamos una copa a su memoria.

volvio a cantar Rafael con voz engolada levantando la copa de
_champagne_.

--Vamos, a este chavo ya se le ha subido San Telmo a la gavia--dijo la
Amparo.

Pepe y Alvaro sonrieron y continuaron comentando el lance. Los demas,
menos Conchilla, les fueron dejando; se pusieron a charlar con
animacion, trincando a la vez de lo lindo. Rafael estaba empenado en que
Ramoncito les contara sus amores. ?Se habia declarado ya a la hija de
Calderon? ?Le habia dado esperanzas? La verdad es que la nina no
encontraria, por mucho que buscase, partido tan ventajoso como el de
Ramoncito, un muchacho formal, en buena posicion, con un porvenir en la
politica....

Aunque Alcantara parecia que hablaba en serio y expresaba las mismas
ideas que al propio Ramoncito le bullian constantemente en la cabeza,
este recelaba, y con razon, de su buena fe. Ademas, la presencia de
aquellas mujeres, y mas especialmente la de Leon, le molestaba mucho.
Rechazo, pues, con mal humor todas las instancias que le hicieron para
que abriese su pecho, y les rogo, muy fruncido y encrespado, "que
hiciesen el favor de no romperle mas la cabeza". Con esto desistieron de
reirse a su costa y la emprendieron con Manolita Davalos. El joven
marques, desde un divan donde yacia solitario, contemplaba sin pestanear
en extatica adoracion a su ex querida.

--Ven aca, Manolito; acercate un poco, hombre--le dijo Leon.

--?Para que?--pregunto el marques aproximandose con semblante
avergonzado.

--Para que charlemos un poco.... Y para que estes cerca de lo que mas
quieres.... Haces bien en estar enamorado de esta barbiana. Todo se lo
merece. No hay en Madrid una mujer que le ponga el pie delante en
hermosura, en garbo, en salero.... iQue ojos! ique cejas! ique boquita
de rosa!... iHasta las orejas! iMira que primor de oreja!... Me las
comeria cada una de un bocado.... iUy! iuy! iuy!

Nati le habia echado un feroz pellizco en el brazo.

--Para que no vuelvas a echar piropos a nadie delante de tu mujer--dijo
medio en serio, medio burlando.

--Chico, si me hubieses dicho todo eso por la manana me hubiera durado
todo el dia--le dijo Amparo riendo--. Pero ahora ... ya ves, nos
dormiremos en seguida....

--Pero vamos a ver. Amparo--manifesto Rafael afectando seriedad--. ?Por
que has dejado a Manolo, un chico joven, simpatico, de las primeras
familias de Espana, por un tio asqueroso, viejo, baboso como Salabert?

El chiflado marques hizo un gesto de contrariedad.

--Dejanos en paz, Rafael.

Amparo, poniendose seria tambien, le contesto:

--Yo no le he dejado. Nos hemos dejado mutuamente, por conveniencia de
ambos. No dira el que yo le he despedido....

Manolo asintio con la cabeza por no contrariar a su idolo, aunque otra
cosa le constase.

--Pues es una lastima, porque el sigue mas chalao por ti que nunca.... Y
tu, aunque aparentes lo contrario, creo que algo te queda alla en el
fondo.

Leon se mordio los labios para no soltar el trapo.

--Mira, tu, nino--expreso la Amparo con tono y ademanes persuasivos--;
vosotros nos juzgais peores de lo que somos. Yo no dire que algunas
veces no obremos por capricho, y que no seamos ligeras e interesadas....
Pero hay ocasiones en que las circunstancias nos arrastran. Una mujer se
pone en tren de vestir con elegancia, de tener palco en los teatros, de
gastar coche, y llega a acostumbrarse a estas cosas como vosotros a
fumar y tomar cafe. Llega un dia en que si quiere dar gusto a su
corazon, va a verse privada de todo esto, y a caer en la miseria. Tu
comprenderas que se necesita mucha virtud y mas amor que el de Romeo y
Julieta para echarlo todo a rodar y sacrificarse a vestir de percal otra
vez y a vivir en una buhardilla. Chico, por lo mismo que nosotras hemos
conocido bien la pobreza, sabemos mejor que vosotros lo agradable que
es. Yo me he comprometido con Salabert porque tiene mucho dinero y puede
satisfacer todos mis caprichos. No necesitaba decirtelo.... Por lo
demas, si fuera a dar gusto a mi corazon demasiado sabeis, y demasiado
lo sabe el, que yo nunca he querido a nadie de verdad mas que a Manolo.

Escuchando estas palabras, al loco marques se le arrasaron los ojos de
lagrimas. Tomo la mano de su ex querida y la beso con la misma devocion
y ternura que una reliquia. Leon se levanto de prisa porque no podia
tener la risa en el cuerpo. Las mujeres, siempre compasivas con los
extravios de la pasion por ridiculos que sean, le contemplaron con
curiosidad y lastima. Solo Rafael permanecio grave.

--Francamente, no puedo presenciar ciertas escenas sin conmoverme--dijo
levantandose de la silla afectando una tristeza que hizo sonreir a la
misma Amparo.

Justamente en aquel momento, Alvaro Luna se despojaba del frac para
mostrar a Castro y a su querida una pequena herida que el sable del
coronel le habia hecho. Rafael, Leon, Nati, Ramoncito y Manolo Davalos
se acercaron. El noble salvaje se remango la camisa y dejo ver el
antebrazo, donde habia una senal roja bastante larga.

--Diablo; ha sido un golpecito regular--dijo Castro.

--Un planazo--manifesto Alvaro.

--No; mas bien parece que ha sido con el corte. Lo que hay es que
pegando enteramente a plomo y no tirando un poco del sable al mismo
tiempo, el corte suele embotarse. Por eso no ha rajado la piel, y en vez
de herida resulto contusion.

Conchilla, que miraba el brazo de su amante con tristeza y sobresalto,
se precipito al fin sobre el y le beso la cicatriz con transporte, sin
importarle las risas y las cuchufletas que esto produjo.

Amparo y Socorro se habian quedado sentadas al lado de la mesa, una
frente a otra. Si se ha de decir la verdad, Amparo, naturaleza violenta,
irascible, sin pizca de imaginacion y de inteligencia limitadisima,
habiase olvidado enteramente del desabrimiento que con la Socorro habia
tenido; le dirigia la palabra con la misma confianza y desenfado que
antes. Mas esta, porque su caracter fuese mas receloso y susceptible, o
porque el vino la privase del juicio, o por ambas cosas a la vez seguia
mostrandose taciturna y hostil hacia su amiga. Respondia con marcada
frialdad a sus observaciones y hasta algunas veces se advertia en sus
labios cierto gesto de desden. La Amparo, que no tenia un temperamento
observador, concluyo sin embargo por observarlo.

--Oyes, chica, ?que es lo que tienes? ?Te dura todavia el enfado?

--?A mi? iCa! Yo no puedo enfadarme contigo.

Estas palabras parecian un testimonio de carino y confianza. Sin
embargo, las pronuncio en un tono tan extrano, que la Amparo se la quedo
mirando fijamente antes de replicar.

--Pues hija--dijo al cabo--, yo te confieso que puedo enfadarme con
todo el mundo y contigo tambien si me llegases a hacer alguna ofensa.

--Pues yo, contigo, no--replico con una sonrisa particular la Socorro.

Amparo volvio a mirarla fijamente y con sorpresa.

--?Que quieres decir con eso, que me desprecias?

--Lo que tu quieras--profirio con el mismo gesto de desden.

Una arruga profunda aparecio en el entrecejo de Amparo; senal de
tormenta.

--Mira, chica, tengamos la fiesta en paz. Te vas haciendo muy picante y
ya sabes que tengo muy poca paciencia--dijo con voz sorda.

--De lo que menos caso hago yo es de tu paciencia, hija mia. Te he
venido a decir bien claramente que no quiero trato contigo. Al parecer,
no quieres acabar de entenderlo. Tu y yo no hemos mamado la misma leche
ni hemos tenido los mismos principios. Por eso no nos entendemos. Si
algun resentimiento tienes conmigo, como yo jamas te he tenido miedo
ninguno, podemos resolverlo cuando quieras. Mira, aqui traigo este
juguete para castigar a los desvergonzados.

Al mismo tiempo saco del bolsillo una llave inglesa y la puso sobre la
mesa.

Verla Amparo, apoderarse de ella con impetu feroz, y dar un terrible
golpe en la cara a su duena, fue instantaneo. La Socorro cayo de la
silla soltando cuatro chorros de sangre por los cuatro agujeros que los
pinchos del instrumento la hicieron. El susto, para los que alli estaban
fue grande, pues no habian advertido la disputa. Todos corrieron
presurosos a levantar a la herida. Hubo unos instantes de confusion en
que nadie se daba cuenta de lo que en realidad habia pasado. La Amparo
se habia puesto terriblemente palida y aun murmuraba sordamente
denuestos. En cuanto Leon Guzman averiguo, viendo en sus manos la llave,
lo que habia pasado quiso arrojarse sobre ella, y lo hubiera hecho
faltando a lo que se debe un caballero, si Pepe Castro y Rafael no le
hubieran sujetado. No pudiendo realizar sus propositos comenzo a
increparla.

--iEsto es una infamia! iUna vileza! iEs la accion de un asesino! Desde
aqui debes ir a la carcel, porque has cometido un delito.

Los mozos, que habian acudido a los gritos, viendo tanta sangre y oyendo
las palabras del conde, se dispersaron. Alguno de ellos bajo al cafe a
dar parte a un inspector de policia que alli estaba el cual se presento
inmediatamente: otros corrieron a avisar a un medico. Subieron dos. La
herida era de importancia y de consecuencias, porque quedarian senales
en el rostro. Ordenaron que llevasen acto continuo a la enferma a la
casa de socorro. Alli no disponian de medios para la cura. El inspector
manifesto que se veia en la necesidad de conducir la agresora a la
prevencion y tomar el nombre de los presentes. Entonces todos
intervinieron con ruegos para que dejase a la Amparo libre,
respondiendo ellos de las consecuencias. El inspector se nego
resueltamente. Lo unico que podia hacer era conducirla al Gobierno civil
en vez de la prevencion y detener el parte al juzgado algun tiempo.
Aunque casi todos pertenecientes a familias muy distinguidas, ninguno de
los presentes era un personaje politico (con paz sea dicho de Ramoncito)
que pudiese desviar ni contener el curso de la justicia. Pero el duque
de Requena si lo era. Por eso Rafael le dijo en voz baja a la Amparo:

--Mira, chica, lo mejor que puedes hacer es pasar un aviso a Salabert.
Si no, estas perdida.

--Ya se habra acostado. ?Te encargas tu de llevarselo?

El perdulario vacilo un instante, pero al fin se decidio a prestarle
aquel servicio, contando sacar de el buen partido.

La herida fue conducida a la casa de socorro en el coche de Pepe Castro,
acompanada por Leon y un guardia. Amparo fue al Gobierno civil en su
propio carruaje, con el inspector y Manolito Davalos, que se lo pidio a
este por favor con lagrimas en los ojos. Alvaro Luna, la Conchilla,
Nati, Pepe Castro y Ramon les prometieron seguirlos inmediatamente y
acompanar a la hermosa agresora en su odisea. Pero ya a la puerta de
Fornos hubo deserciones. Alvaro declaro que le dolia un poco el brazo y
que iba a curarselo. Conchilla, como es natural, le acompano. La Nati,
con Castro y Ramon, siguieron a pie hasta el Gobierno. Una vez alli,
antes de entrar celebraron consejillo. Ramoncito presentaba algunas
dificultades. El era concejal y no podia "meterse en ruidos", maximo
cuando las relaciones del Gobernador con el Ayuntamiento venian siendo
un poco tirantes. Por su parte. Castro declaro laconicamente que todo
aquello era ridiculo. Naturalmente, siendo ridiculo ?que iba a hacer un
hombre como el alli? Ademas, anuncio que tenia sueno y este era ya un
argumento sobradamente poderoso sin necesidad del primero. La Nati tal
vez hubiera desistido tambien de subir; pero se creia en la obligacion
de aguardar a Rafael.

En una habitacion bastante sucia del Gobierno esperaban la Amparo y
Manolito Davalos cuando Nati se les junto. El maniaco marques estaba tan
tembloroso, tan desencajado y livido como si sobre el pesase una
terrible desgracia. Su confusion y dolor se aumentaron cuando Amparo le
ordeno marcharse. No convenia que le viese Salabert alli. Rogo con los
mayores extremos que le permitiese aguardar el fin de la aventura; pero
fue en vano. No pudiendo conseguirlo salio al cabo de la estancia, pero
fue para rondar por los alrededores del edificio como un perro fiel.
Pocos momentos despues, la Amparo fue llevada al despacho de uno de los
oficiales, que la recibio sin miramiento alguno, sin levantarse del
sillon y hablandola en un tono autoritario que la produjo gran
irritacion. La bilis se le revolvio en el estomago. En poco estuvo que
no se desvergonzase con aquel mequetrefe; pero el temor de la carcel la
contuvo. Sin embargo, a pesar de su paciencia, no estuvo en mucho que
fuese. Si no llegan a la sazon el duque de Requena y Rafael hubiera sido
mas que probable.

Salabert entro resoplando como de costumbre. A este resuello debia,
quiza, parte del respeto que en todas partes inspiraba. Solo un hombre
con cien millones de pesetas de capital se podia autorizar tanto
resoplido y escupitajo. El oficial se turbo un poco a su vista. El
banquero, con la perspicacia que le caracterizaba, supo aprovechar este
predominio.

--?De que se trata, eh? Disputas de chicas.... Algunos golpes.... Nada
entre dos platos.... Esto se arregla en dos segundos.... Tu, chiquita, a
la cama.... Manana le daras un beso; la regalaras un brazalete.... Todo
arreglado, todo arreglado--comenzo a grunir con el desenfado del que
esta en su casa.

El oficial apenas tuvo valor para murmurar:

--Senor duque, tendria mucho gusto en complacerle ... pero mi
obligacion....

--A ver, ?donde esta Perico? ?Anda por ahi Perico?--pregunto con el
mismo despotismo.

--El senor Gobernador se ha retirado ya--manifesto el oficial.

--Pues el secretario.... ?Donde esta el secretario?... A ver, el
secretario.

Condujeronle a su despacho y se encerro con el. Al cabo de unos minutos
salio con las mejillas un poco mas amoratadas. El secretario le despidio
a la puerta con una fina sonrisa burlona. La Amparo se acerco y le
pregunto:

--?Esta arreglando el asunto?

--Por ahora, si--respondio mordiendo el sempiterno cigarro.

--Pues quiero irme en tu coche--dijo, bajando la voz.

La fisonomia del banquero se oscurecio.

--Demasiado sabes que no puede ser.

--?Que no puede ser?... Ahora veras.... Dame el brazo.... En marcha.

Y cogiendose con fuerza de su brazo le empujo hacia la escalera seguido
de Nati y Rafael entre las miradas atonitas del oficial, del inspector y
de los tres o cuatro empleados que alli habia a tales horas.

Una vez en la calle, la hermosa tirana ofrecio su coche a Nati y Rafael,
y se metio sin vacilar en el del duque, que la siguio taciturno pero
sumiso. Los nervios de la antigua florista se desataron asi que se vio a
solas con su querido. Las palabras mas soeces del repertorio de los
cocheros de punto brotaron a sus labios temblorosos. Pateo, juro,
rechino los dientes, profirio mil estupidas amenazas. Por ultimo,
cogiendo al banquero por la solapa de su gaban de pieles, le dijo
atropellandose por la ira:

--Por supuesto; esos dos puercos, el empleado y el inspector, quedaran a
escape cesantes.

--Veremos, veremos--respondio el duque, inquieto y confuso.

--Ya esta visto. Hasta que me traigas su cesantia no te presentes en mi
casa, porque no te recibo.




IX

#Los amores de Raimundo.#


La nueva aventura amorosa de Clementina se desenvolvia de un modo tan
pueril como grato para ella. Despues de aquella inoportuna vuelta de
cabeza, que tanto la habia avergonzado, se guardo bien, durante algunos
dias, de mirar hacia atras, aunque el saludo que enviaba a Raimundo
fuese cada vez mas expresivo y afectuoso. El capricho (por no darle
mejor nombre, pues no lo merecia) fue echando, no obstante, tanta raiz
en su imaginacion, que concluyo por volverse otra vez; al dia siguiente
tambien; al otro igual, encontrando siempre los gemelos del joven
clavados sobre ella. Por fin, un dia se volvio desde la esquina y le
hizo un nuevo saludo con la mano.

"Vamos, he perdido la vergueenza", murmuro despues poniendose colorada. Y
tan verdad era, que desde entonces no paso otra vez sin hacer lo mismo.

Pero aquella situacion, aunque graciosa y original, iba pareciendole
pesada. Su temperamento fogoso no le permitia gozar jamas con
tranquilidad del presente, la impulsaba a buscar con afan un mas alla, a
precipitar los acontecimientos, aunque muchas veces, en lugar del placer
apetecido, quedase envuelta en los escombros del alcazar que su fantasia
habia levantado. En esta ocasion, sin embargo, tenia mejores motivos que
otras veces para desear salir de ella. Era tan falsa, que tocaba en los
lindes de lo ridiculo. A solas consigo misma solia confesarselo.

"La verdad es que, bien mirado, yo le estoy haciendo el oso a ese
muchacho. Parezco una dama de la isla de San Balandran."

Mas, aunque todos los dias se proponia dar un corte a aquella aventura
no saliendo mas a pie, o cruzando por delante de la casa de Raimundo sin
levantar la mirada o, a todo mas, dirigiendole un saludo frio, es lo
cierto que no tenia fuerza de voluntad para llevar a cabo su proposito.
Ni siquiera para dejar de enviar el consabido adios desde la esquina.
Una cosa la preocupaba sobremanera. Y es que el joven, viendo las
claras senales que ella daba de arrepentimiento, las pruebas un tanto
humillantes de su simpatia hacia el, no se apartase de la obediencia, no
la siguiese jamas ni buscase ocasion de encontrarse con ella en el
paseo. Esto, a la larga, iba irritando su amor propio. Parecia que aquel
senor tomaba con demasiada aficion el papel contrario. Pensando en esto,
algunas veces llega a encolerizarse. Mas al cruzar de nuevo por delante
de el le veia tan risueno, tan feliz, con tales deseos de saludarla, que
el negro fantasma de la soberbia se desvanecia y entraban de nuevo en su
pecho a torrentes la simpatia y el caprichoso deseo de amar y ser amada
de aquel nino.

?En que pararia todo aquello? En nada probablemente. Sin embargo, hacia
lo posible por que siguiese adelante y cuajase; no cabia duda. Al ver
paralizado su deseo por causas que no podia definir claramente, crecia y
se transformaba poco a poco en aspero apetito. Una tarde en que el
desencanto y la amargura habian invadido su pecho en que iba pensando
seriamente, al caminar por la calle de Serrano, en abandonar por
completo aquella ridicula aventura, al pasar por debajo del mirador
despues de haber saludado al joven, sintio caer sobre ella un punado de
flores deshechas. Levanto la vista y le envio una afectuosa sonrisa de
reconocimiento. Aquella lluvia refresco su alma, reanimo su desmayado
capricho. Entonces se puso a buscar con afan un medio de acercarse
nuevamente a Raimundo. Penso en escribirle pidiendole perdon de su
visita y sus palabras severas; pero ya era tarde para ello. Despues
imagino que acaso entre sus amigos, particularmente entre los
periodistas, hubiese alguno que le conociera y por el cual le podia
enviar un recado de atencion. Lo desecho como peligroso. Hasta se le
paso por la cabeza hacerle sena para que bajase y darle una explicacion
de palabra; pero tampoco oso hacerlo. Era demasiado humillante.

La casualidad vino en su ayuda resolviendo el asunto a su placer, cuando
menos lo pensaba. Una noche se encontraron en el teatro de la Comedia.
Raimundo, que transcurrido el ano de luto solia ir de vez en cuando,
estaba con su hermana en las butacas. Ella ocupaba un palco bajo frente
a ellos. Se saludaron carinosamente, y durante largo rato hubo entre el
joven y la hermosa dama un tiroteo de miradas y sonrisas que llamo
extremadamente la atencion de Aurelia.

--?Pero, que es esto? ?Has vuelto a hablar con esa senora?

--No.

--Entonces, ?que significa tanta sonrisa? Pareceis amigos intimos.

--No se--replico el joven algo confuso--. Se manifiesta muy afectuosa
conmigo. Quiza suponga que me ha ofendido cuando fue a casa y quiera
desagraviarme.

En el primer entreacto Aurelia recibio un hermoso ramo de camelias que
le trajo una florista.

--De parte de aquella senora que esta en el palco numero once.

La nina alzo los ojos y vio a Clementina que la miraba risuena. Los dos
hermanos dieron las gracias con fuertes cabezadas. Aurelia se puso muy
colorada.

--?No te parece--le dijo su hermano--que debo subir a dar las gracias a
esa senora?

Era natural. Raimundo, cuando bajo el telon por segunda vez, la dejo por
unos instantes sola y subio al palco de la dama. Una sonrisa feliz
ilumino el semblante de esta al ver al joven en la puerta. Le recibio
como a un antiguo amigo; le mando sentarse a su lado; entablo con el
platica reservada, dejando en completo abandono a su obligada companera
Pascuala. Por fortuna para esta no tardo en llegar Bonifacio, que no
tomaba jamas butaca cuando sabia que la familia de Osorio tenia palco en
algun teatro.

--Veo con satisfaccion que no me guarda usted rencor--le dijo en voz
baja dirigiendole una larga mirada insinuante--. Hace usted bien. Eso
prueba que tiene usted corazon y talento. Le confieso con toda
ingenuidad que me equivoque de medio a medio en la apreciacion de su
conducta y su persona. Es tan cierto esto que cuando sali de su casa de
buena gana me hubiera vuelto a pedirle a usted perdon.... Si no de
palabra, con los ojos y el gesto debio usted comprender que se lo he
pedido despues muchas veces....

Todavia le dio otros tres o cuatro pases superiores, de verdadero
maestro, con los cuales arreglo la cabeza al pobre Raimundo, esto es, le
dejo inmovil, confuso, fascinado, como ella le queria, en suma. Al mismo
tiempo explico con habilidad aquellas manifestaciones de simpatia un
poco extranas cuyo recuerdo la avergonzaba.

Sin dejarle tiempo a reponerse le pregunto con interes por su hermanita,
por su vida, por sus mariposas. Raimundo contestaba a sus preguntas con
sobrado laconismo, no por frialdad, sino por su falta de mundo. Pero
ella no se desconcertaba. Seguia cada vez mas carinosa envolviendole en
una red de palabritas lisonjeras y de miradas tiernas. Cuando mas
embebida y aun puede decirse entusiasmada se hallaba reconquistado a su
juvenil adorador, he aqui que aparece en el pasillo de las butacas Pepe
Castro, correctamente vestido de frac, las puntas del bigote engomadas,
finas como agujas, los bucles del cabello pegados coquetamente a las
sienes, el aire suelto, varonil, displicente. Derramo primero su mirada
fascinadora, olimpica, por las butacas, dejando temblorosas y subyugadas
a todas las ninas casaderas que por alli andaban esparcidas: despues,
con arranque sereno como el vuelo de un aguila, alzola al palco numero
once. No pudo reprimir un movimiento de sorpresa. ?Con quien hablaba
Clementina tan intimamente? No conocia a aquel joven. Le dirigio sus
diminutos gemelos. Nada, no le habia visto en su vida. Clementina, que
advirtio la sorpresa de su amante, despues de responder al saludo
redoblo su amabilidad con Raimundo, volviendose enteramente hacia el,
acercando el rostro para hablarle, haciendo mil monerias destinadas a
llamar la atencion del noble salvaje y a preocuparle. Sentia un goce
maligno en ello. Castro habia llegado a serle indiferente. Dirigio este
por largo rato los gemelos a Raimundo de un modo impertinente y hasta
provocativo. Nuestro joven le pago con algunas inocentes miradas de
curiosidad, porque no tenia el honor de conocer al terror de los
maridos.

Comprendiendo que su hermana estaria impaciente, aunque desde el palco
no la perdia de vista, se alzo de la silla para despedirse.

--Seremos amigos ?verdad?--le dijo la hermosa dama reteniendole por la
mano--. Muchos recuerdos a su hermanita. Necesito darle una satisfaccion
de aquella brusca y extrana visita, y se la dare. Digale usted que uno
de estos dias la voy a sorprender en medio de sus faenas caseras.... Me
interesan ustedes muchisimo, dos hermanitos tan jovenes viviendo
solos.... Adios, Alcazar: lo dicho.

Cuando bajo del palco un poco aturdido y se sento de nuevo al lado de
Aurelia, le dijo esta:

--iQue hermosa es esa senora!... Pero yo sigo creyendo que no se parece
a mama.

Raimundo, que no se acordaba en aquel momento de tal parecido, sintio un
leve estremecimiento y balbucio:

--Pues yo le encuentro un cierto aire....

Ahora ya no era mas que aire. El joven comenzaba a sentir
remordimientos. La impresion que Clementina le causaba no era la misma
de respetuosa devocion que antes de haber trabado de tan singular manera
conocimiento con ella.

Pepe Castro, asi que le vio en las butacas, comenzo a mirarle con fijeza
tratando sin duda de analizarle. Como quiera que aquel muchacho rubio no
pertenecia a la elevada sociedad que el frecuentaba, pasosele por la
imaginacion (porque tenia imaginacion y todo), que bien pudiera ser el
mismo perseguidor de quien tanto se habia quejado en otro tiempo
Clementina. Como es natural, esta sospecha no le excito a mirarle con
mas simpatia. Raimundo estaba tan atento a contemplar el palco de la
senora de Osorio, que no reparo en la provocativa insistencia del
tenorio. Este, cansado al fin, subio a saludar a su querida. Sentose a
su lado, en la misma posicion que un momento antes habia estado
Raimundo, quien al verle de esta suerte sintio un extrano malestar,
cierta vaga tristeza que no trato de definir. Sin embargo, observo que
la dama estaba muy risuena y el gallardo caballero muy serio, y que a
ella no le faltaba tiempo para echar frecuentes miradas a las butacas,
lo cual ponia al otro cada vez mas enfurrunado y sombrio.

--?Has reparado como te mira esa senora?--pregunto Aurelia a su
hermano--. Parece como si le gustases.

--iQue tonteria! exclamo el ruborizandose--. iVaya un buen mozo que soy
yo! Si fuese el caballero que ahora tiene al lado....

Aurelia protesto riendo. No; su hermano era mas guapo que aquel soldado
de cromo con rosetas en las mejillas como las bailarinas.

Cuando termino la representacion, Raimundo pudo ver, no sin cierto
sentimiento de celos, a Clementina aguardando en el vestibulo su lando
en compania del mismo caballero. Saludole aquella con tanto afecto, que
Castro, cada vez mas inquieto, volvio a dirigirle una larga e intensa
mirada de analisis.

Por espacio de algunos dias el joven entomologo espero con zozobra que
Clementina se detuviese a la puerta de su casa y subiera a cumplir la
promesa. Sus esperanzas quedaron defraudadas. La dama cruzaba como
siempre con su pasito vivo y menudo, le saludaba carinosamente primero,
y desde la esquina volvia a hacerle el consabido adios con la mano. Cada
vez que salvaba la puerta, el corazon de Raimundo se encogia, se ponia
de mal humor. "Vaya, se le ha olvidado, decia para si: no volvere a
hablar mas con ella, como la casualidad no nos vuelva a juntar en algun
sitio". Empezo a ayudar a la casualidad asistiendo con mas frecuencia al
teatro de la Comedia, pero no logro verla. Al teatro Real, donde
seguramente estaba, no se atrevia a ir por el temor de que pensase que
aun duraba la persecucion. Por que se le habia metido en la cabeza que
habia de subir a su casa precisamente a aquella hora y no a otra, no lo
podemos explicar. Lo que si afirmaremos es que fueron inmensos su
asombro y turbacion cuando una manana Clementina se dejo entrar por la
casa. Pregunto desde luego por la senorita. Aurelia la recibio en la
sala y paso inmediatamente recado a su hermano. Cuando este se presento,
la dama se hallaba instalada en el sofa charlando con el desembarazo de
una amiga que el dia anterior les hubiese visitado.

--Conste que esta visita no es para usted--le dijo sonriendo y
tendiendole su mano enguantada.

--No me atreveria yo a imaginarlo, senora--replico el apretandosela
timidamente.

--iPor si acaso! No le creo a usted fatuo, pero las mujeres debemos
siempre vivir prevenidas.

En la soltura y en el tono jocoso que adoptaba se podia advertir cierta
afectacion. Su voz estaba ligeramente alterada. Alrededor de los ojos
habia esa palidez que denuncia siempre la emocion que embarga el
espiritu. La visita fue corta, pero en ella tuvo tiempo para lisonjear a
la nina con muchas palabras delicadas, con efusivos ofrecimientos. La
hizo prometer que iria a verla algun dia. Si no le gustaba la sociedad,
que fuese por la tarde y charlarian un rato solitas. Le ensenaria su
casa y algunas labores. La orfandad y la juventud de Aurelia la
impresionaban. Ya que ella tenia la dicha de parecerse a su madre un
poco, como afirmaba Raimundo, se creia con cierto derecho a su afecto.

--Nada; cuando usted se aburra aqui sola, se viene usted a mi casa que
esta cerquita, y nos aburriremos juntas, que siempre es mas llevadero.

La pobre Aurelia, confundida por aquella amabilidad y charla
mundanales, no hacia mas que sonreir. Cuando se levanto para
despedirse, dijo:

--Queda usted encargado, Alcazar, de recordar a Aurelia su palabra. En
cuanto a usted puede hacer lo que guste. Con los sabios no me atrevo a
insistir porque se les molesta cuando menos se piensa....

Habiendo recobrado por completo su aplomo les hablaba en un tono amable,
protector, un poco maternal. Todavia en la escalera les entretuvo unos
momentos con su conversacion desenvuelta e insinuante a la vez y les
reitero con gracia todos sus ofrecimientos. No consintio que Raimundo la
acompanase. Se fue sola dejando una estela perfumada que este aspiro con
mas placer que su hermana. Porque Aurelia luego que cerraron la puerta
guardo silencio. A las frases de elogio que Raimundo tributo
calurosamente a la dama, asintio en un tono laconico que le apago los
fuegos.

Hay que confesarlo. La impresion primera de adoracion filial que
Clementina inspiro al joven entomologo se habia ido desvaneciendo poco a
poco o, por mejor decir, confundiendo con otra inclinacion menos santa,
aunque guardando algo de ella. Como en todos los hombres alejados del
trato de mujeres, dedicados exclusivamente al estudio, la vision del
sexo y el reconocimiento de la ley divina del amor fueron vivos e
intensos. Al dia siguiente de la visita de Clementina ya queria que
Aurelia se la pagase, manifestando por supuesto tal deseo timidamente y
con palabras embozadas. Pero su hermana le demostro la conveniencia de
aguardar algun tiempo y el se resigno. Al fin se realizo la visita.
Aurelia paso una tarde en el _boudoir_ de la senora de Osorio. Raimundo,
despues de muchas vacilaciones, no se atrevio a ir con ella.

A los tres o cuatro dias se presento de nuevo Clementina en casa de los
jovenes a convidarles para ir por la noche al Real. Fue un verdadero
apuro para ellos. Raimundo no tenia frac, Aurelia no poseia tampoco un
guardarropa muy provisto. Sin embargo, fueron. Un pariente presto al
joven su frac: Aurelia se puso los mejores trapitos del armario. Al dia
siguiente Raimundo se encargo un traje de etiqueta en la mejor sastreria
de Madrid. No solo hizo esto, sino que tambien, sin dar parte a su
hermana, fue a la contaduria del teatro Real y tomo un abono de butaca
cerca de la platea de Osorio, en el mismo turno.

La intimidad crecio pronto entre ellos, gracias a los esfuerzos de
Raimundo. Porque su hermana, aunque elogiaba tambien la amabilidad de su
nueva amiga, oponia una resistencia sorda y pasiva a frecuentar su
trato. Por mas que hacia no lograba borrar de su espiritu la manera
extrana de comenzar aquella amistad, ni se le podia ocultar el fondo de
falsedad que en ella existia. Conociendolo Raimundo procuraba con afan
desvanecer sus aprensiones, unas veces directa, otras indirectamente.
Era Aurelia una muchacha mas bien fea que linda, como ya hemos dicho, de
buen sentido y de honrado corazon. La adoracion que sentia por
Raimundo, inculcada por su difunta madre, no le impedia conocer las
partes flacas de su caracter, debil, impresionable con exceso y pueril.
Realmente en este aspecto ella representaba el elemento masculino y el
el femenino dentro de la casa. Lloraba el con extremada facilidad; ella
dificilmente. Sentia el extranas aprensiones, desfallecimientos, a veces
verdaderas alucinaciones; ella tenia el sistema nervioso perfectamente
equilibrado. Era sana y maciza; el, enfermizo y lacio. En los meses que
siguieron a la muerte de la madre, Raimundo, sacando fuerzas de flaqueza
con la idea de proteger a su hermana, se habia mostrado mas resuelto y
varonil. Andando el tiempo el temperamento recobro sus derechos, cayo de
nuevo en sus manias pueriles, en su impresionabilidad femenil, al paso
que ella se crecia descubriendo un temperamento firme, equilibrado y
recto.

No le costo mucho trabajo a Clementina someter, fascinar enteramente al
joven naturalista. Unas veces yendo los chicos a su hotel, otras yendo
ella a casa de los chicos o llevandolos consigo al teatro o al paseo, se
veian la mayor parte de los dias. Pepe Castro, la primera noche que
encontro a Raimundo en el salon de Osorio comprendio perfectamente lo
que pasaba, y se lleno de despecho.

--A esta grandisima ... le da ahora por los bebes--murmuro rechinando
los dientes--. Todas las perdidas concluyen por estas extravagancias.

Penso en dirigirse al joven y provocarle. No tardo en persuadirse de que
este paso seria para el desastroso. ?Que iba ganando en ello?
Absolutamente nada porque Clementina le detestaria. El escandalo pondria
de manifiesto su derrota, tanto mas vergonzosa cuanto que el vencedor
era un chicuelo absolutamente desconocido. Determinose, pues,
prudentemente a no dar su brazo a torcer ante el mundo y a alejarse de
su querida temporalmente, dejandola que satisficiese su capricho. Quiza
mas adelante, cansada de triscar con aquel corderillo, volveria la oveja
al redil.

Raimundo no era tan nino como Castro le suponia, pues contaba veintitres
anos cumplidos: pero tenia una figura infantil y delicada que no le
dejaba aparentar mas de diez y ocho. Su salud era vacilante y
quebradiza. Padecia frecuentes ataques, sobre todo desde la muerte de su
madre, en que perdia unas veces la vista, otras el habla, con otra
variedad de fenomenos extranos que por fortuna duraban poco tiempo.
Ademas se veia acometido de profundas melancolias, crisis violentas que
terminaban por un llanto copioso y prolongado corno en las mujeres
histericas. La vista de las aranas le producia espasmos; el bisturi de
un medico le estremecia. La aprension de volverse loco le hacia padecer
horriblemente algunas veces: otras era el temor de suicidarse contra su
propia voluntad. Jamas tenia armas al alcance de la mano, y por el miedo
de arrojarse desde el balcon llego a cerrar de noche el de su cuarto con
candado, entregando la llave a su hermana, unica testigo y confidente de
estos desvarios. Su temperamento y la educacion afeminada que habia
tenido eran la causa de ellos. Guardabalos, sin embargo, con cuidado
como todos los que los padecen, que son mas de los que se piensa:
procuraba con grandes esfuerzos refrenarse comprendiendo el ridiculo que
cae sobre los hombres asi constituidos.

Cualquiera se representara bien lo que pasaria por este muchacho cuando
una mujer tan hermosa, tan coqueta y tan experimentada como Clementina
se resolvio a hacer su conquista. Primero su extremada timidez le
impidio darse cuenta de la conducta de la dama. Pensaba que aquellos
saludos afectuosos, aquellas sonrisas no eran mas que la expresion de
una subita simpatia que su orfandad habia excitado en ella. Todavia,
cuando trabo amistad con ellos y se multiplicaron las senales de su
inclinacion, y su hermana le dio la voz de alerta, no pudo imaginarse
que pudiera existir entre ambos otra cosa que una amistad mas o menos
estrecha protectora y maternal por parte de ella, rendida y fervorosa
por la de el. Sin embargo, el elixir de amor que gota a gota iba dejando
caer Clementina en sus labios, llego al fin al corazon. Cuando menos lo
pensaba se encontro enamorado, loco. Pero al tiempo que hizo este
descubrimiento le acometio una vergueenza inmensa; penso que jamas
tendria el valor de declararselo. Por un lado la conducta de su idolo
con el, los constantes testimonios de simpatia que le prodigaba, se
prestaban a forjarse ilusiones. Pero le parecia tan extrano e
inverosimil que un hombre timido, inexperto, desprovisto de atractivos
mundanos pudiese obtener los favores de senora tan rica y tan hermosa,
que al instante las abandonaba o se mecia en ellas dulcemente a
sabiendas de que eran pura quimera. Ademas, no podia librarse de los
agudos remordimientos que de vez en cuando le asaltaban. Aquella senora
se parecia a su madre, no cabia duda. Por esto solo se habia fijado en
ella, y habia sido su perseguidor callejero algun tiempo. ?No era una
verdadera profanacion, una cosa abominable que la imagen de su madre le
inspirase deseos carnales?

Pues a despecho de estos remordimientos, de su invencible timidez y de
los clamores de la razon, Raimundo se sentia cada dia mas subyugado por
aquella mujer. Verdad que Clementina puso en juego todas las armas de
que disponia, que no eran pocas ni mohosas todavia. A medida que
aumentaba la timidez de su juvenil adorador crecia en ella la osadia y
el aplomo. En el amor esto pasa casi siempre; pero aqui, por las
circunstancias especiales de ambos, adquiria mayor relieve. La timidez
en el llego a ser una enfermedad, una cosa extrana, de cuya ridiculez se
daba perfecta cuenta sin que por medio alguno pudiese vencerla. Al
contrario, cuantos mas esfuerzos hacia para adquirir aplomo y
desembarazo delante de ella, mejor se mostraba la emocion que le
embargaba. Al principio la hablaba con cierta serenidad, se autorizaba
alguna bromita o frase ingeniosa; despues esta serenidad se fue
perdiendo, las bromas cesaron. No se podia acercar a ella sin turbarse,
no podia darle la mano sin un leve temblor. Si la dama le miraba
fijamente, sus mejillas se encendian.

Clementina no podia menos de sonreir ante esta inocente alborada de
amor. Gozaba con ella llena de curiosidad, alegre de sentirse aun
bastante hermosa para inspirar a un nino tan rendida pasion. Unas veces
se entretenia malignamente en atortolarle, en ponerle colorado,
mostrandose viva y desenvuelta como una chula: otras se placa en
seguirle el humor apareciendo melancolica, dirigiendole miradas timidas
como una colegiala: otras, en fin, le trataba con tierna familiaridad,
enterandose de su vida, de sus actos y sus pensamientos, como una madre
o una hermana carinosas. Entonces era cuando Raimundo recobraba un poco
de libertad y osaba mirar a la diosa cara a cara. Clementina le
embromaba a menudo por sus aficiones cientificas, entraba en su despacho
y dejaba esparcidos por la mesa o por el suelo los cartones de las
mariposas. Esto, que si otra persona lo ejecutase produciria en la casa
una catastrofe, hacia reir al joven naturalista.

Comenzaba a susurrarse entre los intimos de la dama algo sobre estos sus
nuevos y extravagantes amores, adelantandolos, por supuesto, mucho mas
de lo que en realidad estaban. Una noche de comida y tresillo, decia
Pepa Frias a tres o cuatro elegantes salvajes que estaban en torno suyo
discutiendo el asunto:

--Desenganense ustedes. Clementina concluye enamorandose de un perro de
Terranova o de un periodista.

Cuando entraba Raimundo en el salon con su cabeza de querubin rubia y
melancolica, con su aspecto humilde y embarazado, todas las miradas se
posaban sobre el con curiosidad. Habia sonrisas, murmullos, frases
ingeniosas y estupidas. Se le discutia. En general, entre los hombres
sobre todo, juzgabase ridicula la conducta de la esposa de Osorio: pero
algunas damas miraban con simpatia al mancebo, encontraban muy agradable
su aire candoroso, y comprendian el capricho de Clementina. Hubo entre
ellas quien procuro seducirlo.

Era ya nuestro joven considerado como amante oficial de Clementina,
cuando aun no la habia rozado con los labios la punta de los dedos ni
sonaba con ello. Sin embargo, el amor iba haciendo tales progresos en su
pecho que temia caer el dia menos pensado de rodillas ante ella como los
galanes de comedia. Sufria horriblemente a la menor senal de desden, y
gozaba como un angel cuando la dama le expresaba de cualquier modo su
afecto. Clementina no tenia prisa en hacerle amante afortunado, aunque
estaba decidida a ello. Le gustaba prolongar aquella situacion,
observando con secreto placer la marcha de la pasion y los fenomenos que
ofrecia en el joven. Hastiada de los devaneos cortesanos, encontraba
vivo atractivo en ser adorada de aquel modo frenetico y mudo, en
desempenar el papel de diosa. Una mirada suya hacia empalidecer o
enrojecer a aquel nino; una palabra le alegraba o le entristecia hasta
la desesperacion.

Raimundo iba al Real todas las noches que le tocaba el turno a
Clementina. Subia al palco a saludarla, y muchas veces, por exigencia de
ella, se quedaba alli uno o dos actos. En estas ocasiones solia la dama
retirarse al antepalco y charlar con el intimamente a la sombra discreta
de las cortinas. Cuando se cansaba, o en la escena se cantaba una pieza
de empeno, guardaba silencio, volvia la espalda al joven y escuchaba un
rato. Raimundo, guardando en los oidos el eco de su voz y en su corazon
el fuego de sus miradas, quedaba tambien silencioso, mas atento, en
verdad, a la musica que sonaba dentro de su alma, que a la que venia del
escenario. Seguro de no ser observado, contemplaba con religiosa
atencion la alabastrina espalda de su idolo, los finisimos y dorados
tolanos de su cuello, acercaba la cabeza con pretexto de mejor escuchar
y aspiraba el perfume que se desprendia de ella, cerrando los ojos y
embriagandose durante unos instantes. Una noche, tanto pego el rostro a
la cabeza de la dama, que ioh prodigio! se arrojo a rozar con los labios
sus cabellos peinados hacia abajo en trenza doblada. Despues que lo hizo
se asusto terriblemente y escruto con anhelo si Clementina lo habia
sentido. La dama continuo impasible, extatica, escuchando la musica. Sin
embargo, por sus claros y hermosos ojos resbalaba una leve sonrisa que
el joven no pudo advertir. Alentado con este exito, siempre que ella
traia el cabello peinado de tal forma, con mucho disimulo y despues de
largos preparativos y vacilaciones osaba posar los labios sobre el.
Aquella sensacion era tan viva, tan deliciosa, que la guardaba muchos
dias en la boca y le hacia feliz. Pero una noche, o porque la dama
estuviese de mal humor, o porque se gozase en mortificarle un poco, le
trato con bastante despego mientras estuvo en el palco, le dejo
abandonado a Pascuala mientras ella charlaba placenteramente con uno de
sus jovenes y aristocraticos amigos. El pobre Raimundo se abatio con
este desprecio de un modo horrible. Ni siquiera tuvo fuerzas para
despedirse. Estaba palido, demudado. Una arruga dolorosa surcaba su
frente. Clementina le echaba de vez en cuando miradas furtivas. Cuando
el joven aristocrata se levanto para irse, tambien quiso hacer lo mismo.
La dama le retuvo por la mano.

--No: quedese un momento, Alcazar. Tenemos que hablar.

Y se retiro como otras veces al antepalco y comenzo a charlar con la
amabilidad y franqueza de siempre.

El joven cobro aliento. Pero cuando ella le volvio la espalda para
escuchar la opera, estaba tan alterado aun y confuso que no se atrevio a
besar el cabello, aunque el peinado era bajo y la ocasion mas propicia
que nunca.

Al cabo de un rato, Clementina se volvio de pronto y le dijo en voz
baja:

--?Por que no besa usted hoy el pelo como otras noches?

La emocion fue inmensa, abrumadora. La sangre se le agolpo toda al
corazon y quedo blanco como un cadaver. Despues le subio al rostro y se
puso como una amapola.

--iYo!... iEl pelo!--balbucio miserablemente.

Y tuvo que agarrarse con fuerza a la silla para no caer.

--iNo se asuste usted, hombre!--exclamo ella posando carinosamente su
mano sobre la de el--. Cuando yo lo he consentido es prueba de que no me
desagradaba.

Pero viendo que la miraba con ojos extraviados, como si no comprendiese,
anadio con desenfado y riendo:

--?Acaso se figura que yo no se que me quiere un poquito?

--iOh!--dijo el joven con un grito comprimido.

--Si; lo se hace tiempo--continuo bajando mas la voz y acercando la boca
a su oido--. Pero usted puede que no sepa una cosa, y es que yo tambien
le quiero a usted....

Y echando una rapida mirada hacia fuera para cerciorarse de que no los
observaban, se apodero de sus manos, y le dijo caldeandole con su
aliento las mejillas:

--Si; te quiero, te quiero mas de lo que te puedes imaginar. Ven manana
a las tres a casa.

Clementina no contaba con la femenil impresionabilidad de su adorador.
La violenta emocion que acababa de experimentar unida a la dicha que
estas palabras evocaron en su pecho le trastornaron de tal modo, que se
echo a llorar como un nino. Entonces ella le empujo hacia un rincon y se
alzo vivamente, tapando con su gallarda figura el espacio que la cortina
dejaba descubierto. Su rostro hechicero resplandecia de felicidad. Si un
pintor tuviese la fortuna de sorprender aquel momento y el don de
fijarlo en el lienzo, podria representar, como nadie hasta hoy, a Danae
recibiendo en su prision la conocida lluvia de oro.

Fueron unos amores tiernos y poeticos, candidos y voluptuosos a la par
los de la hermosa dama y el joven naturalista. Para ella fue una
resurreccion de las impresiones dulces de la adolescencia maduradas de
pronto, transformadas en felices realidades. Hasta entonces los devaneos
que habia tenido se parecian unos a otros tanto, que ya desde el
comienzo llevaban dentro un germen de aburrimiento. Siempre le quedaba
en el fondo del corazon un sentimiento de despecho contra aquellas
relaciones que no le traian ninguna viva emocion, ni siquiera nuevos
placeres. La de ahora ofrecia una originalidad que la encantaba. Su
amante era un nino a quien casi doblaba la edad. Habia comenzado a
adorarla por el parecido que la hallaba con su madre. Aquel respeto y
amor filiales se transformaron con un soplo en pasion y deseo. Todo esto
era gracioso, original; tenia un fondo estetico que en ninguno de sus
amores anteriores habia encontrado. Ademas, no pertenecia a la raza de
los lechuguinos y petimetres con quienes tropezaba a todas horas en los
sitios que frecuentaba, seres cortados por un patron, sin espontaneidad
alguna, con los mismos vicios, las mismas vanidades y hasta los mismos
chistes. Raimundo se apartaba de ellos, no solo por su posicion modesta
y retirada, no solo por su ilustracion y talento, sino tambien,
particularmente, por su caracter. iQue alma tan adorable la de aquel
chico! iQue inocencia, que sensibilidad, que delicadeza y que fuerza
para amar al mismo tiempo! Acostumbrada a la monotonia de los Pepes
Castro, cada nueva fase psicologica, cada sacudimiento de entusiasmo,
cada desmayo o alegria o pena que sucesivamente advertia en su enamorado
doncel le producian una grata sorpresa. Escrutaba su espiritu, se metia
dentro de el con afanosa curiosidad y a la vez con apasionado carino. Le
confesaba, le hacia narrar y describir cien veces sus sentimientos, sus
recuerdos, sus propositos y sus esperanzas. A veces le acometian dudas
sobre aquel extrano amor.

--?Pero de veras estas enamorado? ?No consideras que soy una vieja?...
?que puedo ser tu madre?

Raimundo respondia siempre con alguna caricia apasionada, con una humeda
mirada donde se leia el infinito de su pasion.

Desde el primer dia, Clementina le habia tuteado a solas, acostumbrada a
aquellas transiciones y conciertos secretos de mujer galante, que ahora
favorecia la diferencia de edad. Raimundo no podia acostumbrarse a darla
el tu. Hacia esfuerzos por conseguirlo; pero a lo mejor volvia al usted
y seguia la platica tratandola de este modo, hasta que la dama se
irritaba y le reprendia asperamente. "No; por mas que lo negase, el la
consideraba como una vieja. En todo se estaba echando de ver. Si
continuaba de este modo perderia con el la confianza". Sin embargo,
Clementina estaba equivocada en este punto. No tenia bastante
penetracion y delicadeza para comprender que el amor en Raimundo era,
como en todos los seres verdaderamente sensibles, adoracion extatica mas
que deseo, esclavitud voluntaria, un enajenamiento de su propia vida
para mejor vivir en la soberana de su corazon. Hay que hacerse cargo,
ademas, de que hasta entonces no habia experimentado jamas tal
sentimiento. Alejado de la sociedad de las mujeres y sin echarlas de
menos, quiza porque dentro de su casa tenia lo mas grande y exquisito
que ellas pueden dar, el carino tierno, vigilante, la dulzura en la
palabra, la abnegacion en todos los momentos: dedicado en absoluto al
estudio y a su magnifica coleccion de mariposas, el encuentro con
Clementina fue para el la revelacion de ese mundo encantado, poetico,
que a casi todos se aparece mas temprano. Aquel primer suspiro de Venus
al salir de la espuma del mar que repitio el Universo entero, sono
entonces en su alma y la estremecio dulcemente. Su alma, que estaba muda
y triste como la Naturaleza antes que la diosa de la hermosura
suspirase. Muy pocos hombres alcanzan una dicha parecida: poseer la
primera mujer que se ama, llegar a tiempo para recoger el fruto sazonado
del amor. Para Raimundo, esa inclinacion timida y anhelante del
adolescente llena de zozobras y melancolias, se fundio con el amor de la
edad viril, apetitoso y sensual. ?Que extrano, pues, que absorbiera toda
la energia de su ser, toda su inteligencia y todos sus sentidos?

Desde aquella noche memorable no volvio a pensar mas que en Clementina.
Para el, el Universo se redujo de pronto al tamano y a la forma de una
mujer. No solo se creyo obligado a vivir y respirar para ella, sino
tambien a pensar en todos los instantes del dia y hasta a sonar con ella
por la noche. En un principio la dama le recibia en su casa. Esto le
parecio en seguida peligroso y feo, y alquilaron un cuarto en la calle
del Caballero de Gracia, un entresuelo pequenito que amueblaron con
elegancia. La vida de Raimundo experimento un cambio radical. De aquel
retiro absoluto en que vivia, paso subito al bullicio del mundo
aristocratico; teatros, bailes, comidas, carreras de caballos y partidas
de caza. Clementina le arrastraba sujeto a su carro, le exhibia en todos
los salones sin desdenarse de el. Porque nuestro joven, de figura
delicada y elegante, de caracter apacible y clara inteligencia, se hacia
simpatico dondequiera que entraba. A nadie le importaba gran cosa si era
rico o pobre, noble o plebeyo.

Aurelia le acompanaba algunas veces, pero siempre contra su gusto.
Aunque no usaba contrariar la marcha adoptada por su hermano, era facil
de adivinar que la condenaba en el fuero interno, que se hallaba fuera
de su centro en el hotel de Osorio. Se habia hecho reflexiva y
taciturna. Su mirada, cuando la posaba en Raimundo, era profunda y
melancolica, como si temiese una catastrofe. Clementina la agasajaba
cuanto podia; pero no lograba entrar en su corazon. Al traves de las
sonrisas de la nina, de su modestia y rubor, creia observar un
sentimiento de hostilidad que a menudo la desconcertaba.

La esposa de Osorio continuaba desplegando el mismo boato, esparciendo
profusamente el dinero a despecho de la ruina inminente de su esposo,
que tanto habia alarmado a Pepa Frias. Esta ruina no habia estallado
como se pensaba. El banquero logro conjurarla habilmente, haciendo
entender a los que tenian valores en sus manos, que de nada les serviria
arrojarse repentinamente sobre el, pues no salvarian ni un veinticinco
por ciento del capital. En cambio, si aguardaban lo recuperarian entero
y con su redito. Su mujer iba a heredar una fortuna inmensa en breve
plazo. Los acreedores entraron en razon; guardaron secreto acerca del
estado de sus negocios: solo exigieron que Clementina firmase, en union
con su marido, los pagares renovados. Poco despues, la suerte favorecio
un poco en la Bolsa a Osorio y pudo aletear como antes, aunque bajo la
mirada recelosa de los hombres de dinero, que le pronosticaban
unanimemente la quiebra mas tarde o mas temprano. Su esposa, viendose en
salvo, no volvio a pensar en estos enojosos asuntos. Tan solo cuando iba
a casa de su padre y veia el rostro palido y demudado de D. Carmen,
sentia su corazon agitado por una extrana emocion que ella misma huia de
definir, apresurandose a ahogarla con el ruido de los besos y las
palabritas carinosas.

El amor de Raimundo le hizo gozar extremadamente. Veiase envuelta, como
nunca lo habia estado, en una ola de pasion devota y exaltada que la
cariciaba dulcemente. El papel de diosa la seducia. Gustaba de mostrarse
unas veces amable y tierna, otras terrible, haciendo pasar a su adorador
por todas las pruebas posibles a fin de cerciorarse bien, decia ella, de
que era suyo, enteramente suyo. La costumbre de tratar con hombres muy
distintos, no obstante, la hizo incurrir en fatales equivocaciones que
atormentaron mucho al joven. Un dia, despues de haberse hecho servir el
almuerzo en su cuarto del Caballero de Gracia, le dijo sonriendo:

--Voy a hacerte un regalo, Mundo (asi le llamaba por mas carino).

Se levanto a buscar su manguito y saco de el una cartera muy linda.

--iOh! Es muy bonita--dijo el tomandola y llevandola a los labios--. La
traere siempre conmigo.

Pero al abrirla quedo consternado. Dentro habia un monton de billetes de
Banco.

--Te has olvidado aqui el dinero--dijo alargandole otra vez la cartera.

--No me he olvidado. Es para ti tambien.

--?Para mi?--exclamo el poniendose palido.

--?No lo quieres?--pregunto ella con timidez poniendose encarnada.

--No; no lo quiero--replico el con firmeza.

Clementina no se atrevio a insistir. Tomo de nuevo la cartera, saco de
ella los billetes y la volvio a entregar al joven. Hubo unos instantes
de silencio embarazoso. Raimundo apoyo el codo sobre la mesa, puso la
mejilla sobre la mano y quedo pensativo y serio. Ella le observaba con
el rabillo del ojo entre colerica y curiosa. Al fin una sonrisa ilumino
su rostro, levantose de la silla, y cogiendo el del joven entre sus dos
manos, le dijo en tono alegre:

--Bien; este acto te enaltece; pero de mi podias tomar ese dinero sin
desdoro. ?No soy tu mama?

Raimundo se contento con besar las manos que le aprisionaban. No se
volvio a hablar de dinero entre ellos.

Aquel conservaba en los modales y en las palabras, a pesar de sus
veintitres anos, un sello infantil que a Clementina le placa sobremodo.
La educacion afeminada y solitaria que habia tenido era la causa
principal. Enganabasele con suma facilidad y divertiasele lo mismo. No
tenia esos aburrimientos negros de los hombres gastados: no se le
ocurria jamas una frase ironica, incisiva, de las que aun entre
enamorados suelen usarse. Sus alegrias eran bulliciosas y pueriles hasta
rayar en ridiculas. Divertiase en correr por las habitaciones del
pequeno entresuelo detras de Clementina, o en esconderse de ella y
asustarla. Otras veces la entretenia con juegos de prestidigitacion, en
que era un poco inteligente. O bien jugaban ambos a los naipes con
extraordinaria atencion o empeno, como si disputasen algo de provecho. O
bien bailaban al son de algun piano mecanico que se paraba en las
cercanias de la casa. Ponianse a comer confites y hacian apuestas a
quien engullia mas. En una ocasion quiso hacer sorbete de pina: se decia
muy perito en la fabricacion de helados. Le trajeron todos los enseres
de un cafe vecino. Despues de bregar con afan bastante tiempo, salio al
fin una quisicosa fea y desabrida, lo cual le entristecio tanto, que
Clementina, para alegrarle, tomo sin deseo alguno una gran copa del
brebaje. Le gustaba imitar los gestos y las palabras de las personas que
veia en casa de ella, y lo ejecutaba tan a la perfeccion que la dama
reia con verdadera gana. A veces le suplicaba por favor que cesase, pues
le hacia dano tanta risa. Raimundo poseia este don de observar los mas
insignificantes modales de las personas y reproducirlos despues
admirablemente. Se creia estar oyendo a la persona que imitaba. Pero
solo en el seno de la confianza le gustaba mostrar esta habilidad.

Algunas veces, cuando estaba de humor, inventaba una recepcion
palaciega. Hacia sentar a Clementina en un trono que armaba rapidamente
en medio de la sala. Los ministros, los altos personajes de la politica
desfilaban por delante de la reina y pronunciaba cada cual su discurso.
Clementina, que a todos los conocia, gozaba en adivinarlos a las pocas
palabras. Raimundo, que habia asistido con frecuencia a las tribunas del
Congreso, les habia cogido bastante bien, a casi todos, el acento, la
accion y los gestos. Particularmente imitando a Jimenez Arbos, a quien
trataba por verle en casa de Osorio, estaba graciosisimo. Por supuesto,
despues de cada discurso se inclinaba reverentemente y besaba la mano de
la soberana, volviendo a ponerse el tricornio de papel que se habia
hecho para el caso. Estas ninerias alegraban a la dama, dilataban su
corazon, casi siempre encogido por la soberbia o el hastio. De aquellas
largas entrevistas salia rejuvenecida, los ojos brillantes, el pie
ligero, saludando con afecto a personas a quienes en otra ocasion
hubiera dirigido una fria y desdenosa cabezada.

Luego Raimundo la llenaba de asombro, a lo mejor, con algun acto
inconcebible de candor infantil. En una ocasion, habiendo entrado sin
hacer ruido en el cuarto de la calle del Caballero de Gracia (los dos
tenian llave), le sorprendio barriendo afanoso la sala. El muchacho
quedo confuso al verla delante; se puso colorado hasta las orejas.
Clementina, entre alegres carcajadas, le abrazo y le cubrio el rostro de
besos, exclamando:

--iChiquillo, eres delicioso!




X

#Un poco de derecho civil.#


Era manana de gran trajin en las oficinas de Salabert. Se hacian unos
pagos de consideracion. El duque habia ido en persona a la caja a
presenciarlos y ayudaba al cajero en la tarea de contar los billetes. A
pesar de los anos que llevaba manejando dinero, nunca le tocaba pagar
una cantidad crecida que no le temblasen un poco las manos. Ahora estaba
nervioso, atento, mordiendo crispadamente el cigarro y sin escupir.
Tenia las fauces resecas. En varias ocasiones llamo la atencion al
empleado creyendo que pasaba dos billetes en vez de uno; pero se
equivoco en todas. El cajero era diestrisimo en su oficio. Cuando
terminaron, el duque se retiro a su despacho, donde le estaba esperando
M. Fayolle, el famoso importador de caballos extranjeros, proveedor de
toda la aristocracia madrilena.

--_Bonjour, monsieur_--, dijo rudamente el duque dandole una palmada en
la espalda--. ?Viene usted a encajarme algun otro penco?

--Oh, senor duque; los caballos que yo le he vendido no son pencos, no.
Los mecores animales que nunca he tenido se los ha llevado usted--,
respondio con acento extranjero, sonriendo de un modo servil M. Fayolle.

--Los desechos de Paris es lo que usted me trae. Pero no crea usted que
me engana. Lo se hace tiempo, _monsieur_; lo se hace tiempo. Solo que yo
no puedo ver esa cara tan frescota y tan risuena sin rendirme.

M. Fayolle sonrio abriendo la boca hasta las orejas, dejando ver unos
dientes grandes y amarillos.

--La cara es el especo del alma, senor duque. Puede tener confiansa en
mi, que no le dare nada que no sea superior. ?Es que _Polion_ ha salido
malo?

--Medianejo.

--iVamos, tiene gana de bromear! El otro dia le he visto por la calle
de Alcala enganchado al faeton. Bien de mundo se paraba a mirarlo.

Hablaron un rato de los caballos que el duque le habia comprado. Este
ponia tachas a todos. Fayolle los defendia con entusiasmo de aficionado
y de comerciante. En un momento de pausa dijo sacando el reloj:

--No quiero molestarle mas.... Venia a cobrar la cuentesita ultima.

La faz del duque se oscurecio. Luego dijo entre risueno y enfadado:

--iPero, hombre; que no esten ustedes jamas contentos sino sacandole a
uno el dinero!

Y al mismo tiempo echo mano al bolsillo y saco la cartera. M. Fayolle
sonreia siempre, diciendo que lo sentia, porque el senor duque era un
pobrecito y no le gustaba echar a nadie a pedir limosna, etc., etc. Una
porcion de bromitas que el banquero no parecia escuchar, atento a contar
los billetes. Conto siete de quinientas pesetas y se los entrego,
oprimiendo al mismo tiempo el timbre para que un dependiente extendiese
el recibo. Fayolle tambien los conto y dijo:

--Se ha equivocado, senor duque. El presio del caballo era cuatro mil
pesetas. Aqui no hay mas que tres mil quinientas.

El duque no dio senales de oir. Con los parpados caidos, bufando y
paseando el cigarro de un angulo a otro de la boca, se mantuvo
silencioso y guardo de nuevo la cartera despues de haberla apretado con
una goma.

--Faltan quinientas pesetas, senor duque--, repitio Fayolle.

--?Como? ?Faltan quinientas pesetas? No puede ser.... A ver; cuente
usted otra vez.

El comerciante conto.

--Hay aqui tres mil quinientas....

--iYa lo ve usted! No me habia equivocado.

--Es que el caballo cuesta cuatro mil: asi lo hemos acustado.

La cara del duque expreso admirablemente el asombro.

--?Como cuatro mil? No, hombre, no; el caballo cuesta tres mil
quinientas. En esa inteligencia lo he comprado.

--Senor duque, esta usted equivocado--dijo Fayolle poniendose serio--.
Recuerde usted que habiamos quedado en las cuatro mil.

--Recuerdo perfectamente. El que tiene mala memoria es usted.... A ver
(dirigiendose al dependiente que vino a extender el recibo), uno de
vosotros que baje a la cochera y pregunte a Benigno en cuanto se ha
ajustado el _Polion_.

Al mismo tiempo, aprovechando el momento en que Fayolle miraba al
empleado, le hizo un guino expresivo.

El cochero respondio por boca del dependiente que el caballo se habia
ajustado en tres mil quinientas pesetas.

Entonces el comerciante se irrito. Estaba segurisimo de que habian
quedado en las cuatro mil. En ese supuesto lo habia entregado. De otro
modo nunca hubiera dejado salir el caballo de la cuadra. El duque le
dejo hablar cuanto quiso, lanzando solo algun grunido de duda, pero sin
alterarse poco ni mucho. Solo cuando Fayolle hablo de quedarse otra vez
con el caballo, le dijo con sorna:

--Por lo visto, ha encontrado usted quien de las cuatro mil y quiere
deshacer el trato, ?verdad?

--Senor duque, juro a usted por lo mas sagrado que no hay nada de
eso.... Solamente que estoy seguro de que es como digo.

Al banquero le acometio entonces oportunamente un recio golpe de tos. Se
le pusieron los ojos encendidos, las mejillas carmesies. Luego se limpio
sosegadamente con el panuelo la boca y las narices, y dijo con acento
campechano:

--Hombre, no sea usted tacano. No se altere usted por esas miserables
pesetas.

Pero el no las solto. El comerciante quiso llevarse el caballo. Tampoco
pudo lograrlo. Hubo un momento de silencio. Fayolle estuvo a punto de
echarlo todo a rodar y desvergonzarse; pero se reprimio considerando que
nada adelantaria: menos con llevar el asunto a los tribunales. ?Quien
iba a pleitear por quinientas pesetas y mas con un personaje como el
duque de Requena? Resignado, pues, con las mejillas encendidas aun, se
despidio no sin que el duque le llevase hasta la puerta muy cortesmente,
dandole afectuosas palmaditas en la espalda.

Cuando el procer volvio a ocupar su sillon frente a la mesa, por debajo
de sus parpados fatigados brillaba una sonrisa burlona de triunfo. Al
cabo de unos minutos apreto el boton del timbre otra vez:

--Vaya usted a ver si la senora duquesa esta sola en su habitacion o
tiene visita--dijo al criado que se presento al punto.

Mientras desempenaban la comision permanecio inactivo, con el cuerpo
echado hacia atras y las manos cruzadas, en actitud reflexiva.

--La senora duquesa esta de visita con el padre Ortega--entro a decir el
criado.

Salabert hizo un gesto de impaciencia y volvio a quedar sumido en sus
reflexiones. Estaba decidido a celebrar una conferencia con su esposa
acerca de intereses. Esta jamas le habia hablado nada de dinero. El no
se creyo jamas en el caso de darle cuenta de sus especulaciones y
negocios. D. Carmen tampoco entenderia nada si se la diese. Creiase
dueno absoluto de su fortuna sin que se le pasase por la imaginacion los
derechos que sobre ella tenia su mujer. Pero ultimamente un amigo le
abrio los ojos. Hablando de la enfermedad que aquejaba a la duquesa, le
pregunto con naturalidad si tenia otorgado testamento. Este amigo, que
era abogado, daba por resuelto que la mitad de la hacienda pertenecia a
D. Carmen. Salabert quedo hondamente preocupado. Viendo a su esposa
descaecer le entro miedo. A su muerte los parientes le exigirian la
mitad de lo que el habia adquirido, meterian la nariz en sus asuntos,
hasta en los mas intimos.... iUn horror! Consulto con su abogado. El
medio mas sencillo de desvanecer aquellos temores y dejar en la
impotencia a los parientes de su esposa, era que esta hiciese testamento
a su favor. El duque lo encontro naturalisimo. En la conferencia que iba
a tener con ella, se lo propondria del modo mas diplomatico que le fuera
posible, a fin de no alarmarla respecto a su enfermedad.

Aguardo, pues, entretenido en revisar papeles hasta que creyo llegado el
momento de enviar nuevamente el criado a saber si el padre Ortega habia
despejado. Mas cuando iba a hacerlo entraron a avisarle que estaban alli
unos cuantos senores, entre ellos Calderon, que deseaban verle. El
banquero fruncio el entrecejo.

--?Habeis dicho que estaba en casa?

--Como el senor duque no se niega nunca por la manana....

--iF....! imalditos seais!--murmuro con horrible expresion de disgusto.
Pero alzando la voz en seguida y adoptando las maneras campechanotas y
bruscas que le eran peculiares, grito:

--Que pasen, que pasen esos senores.

Se presentaron Calderon, Urreta y otros dos banqueros no menos
importantes y conocidos en Madrid. La expresion de todos ellos era seria
y hasta hosca. Salabert, sin reparar en ello, empezo a repartir abrazos
y palmaditas en la espalda, haciendo un ruido formidable con sus voces y
risotadas.

--iBuen negocio! Buen negocio secuestrar ahora a los cuatro y exigir un
millon de pesos por cada uno.... iOh! ioh! Se me han colado en el
despacho los cuatro peces mas gordos que tiene Madrid ... icuatro
tiburones!... ?Como va de ese reuma, Urreta? Me parece que usted tambien
necesita una buena carena como yo.... Y tu, Manuel, ?cuando piensas
reventar?... Ya ves que a tu sobrino le corre mucha prisa.

Los banqueros se mostraron corteses y reservados, procurando cortar con
su actitud grave aquel flujo de chanzonetas. El caso no era para menos.
Hacia cosa de un ano que Salabert les habia vendido la propiedad del
ferrocarril de B*** a S***, ya en explotacion y con todo su material.
Aunque no se determino en la escritura, convinose entre ellos que cuando
saliese a subasta el ferrocarril desde S*** a V***, como quiera que
estaba enlazado con el otro, material y economicamente, Salabert no
presentaria pliego de licitacion, dejandoles el negocio a ellos. Pues
bien; acababan de saber que el duque, faltando a su palabra, se lo
trataba de birlar decaradamente: habia presentado el correspondiente
pliego en la subasta. El primero que hablo fue Calderon.

--Antonio, venimos a renir contigo seriamente....

--No puede ser. ?Renir con un hombre tan inofensivo como yo?...

--Recordaras muy bien que al realizar la compra de tu ferrocarril se ha
convenido, o por mejor decir, nos has prometido solemnemente no
presentarte en la subasta de la linea de S*** a V***.

--Ya lo creo que me acuerdo ... iadmirablemente!

--Pues hoy hemos visto con sorpresa que hay un pliego tuyo....

--iComo! ?Un pliego?--exclamo lleno de asombro, abriendo
desmesuradamente sus grandes ojos saltones--. ?Quien les ha contado
semejante patrana?

--No es patrana: yo mismo he visto su firma de usted--dijo uno de ellos,
el marques de Arbiol.

--?Mi firma? No puede ser.

--Amigo Salabert, le digo a usted que yo mismo he visto la firma:
"Antonio Salabert, duque de Requena"--replico Arbiol con firmeza y muy
serio.

--iNo puede ser! ino puede ser!--repitio el duque poniendose a dar
vueltas por el despacho, presa al parecer de violenta agitacion--. Me
habran suplantado la firma.

El marques de Arbiol sonrio desdenosamente.

--Traia el sello de su casa.

--?Traia el sello?--replico parandose de pronto--. Entonces me la han
suplantado dentro de mi misma casa. iSi, si!... Aqui me la han
suplantado.... No sabeis entre que canalla estoy metido. Necesito tener
cien ojos....

Y cada vez mas enfurecido fue a apretar el boton del timbre.

--iAhora veran! Ahora veran ustedes si me la han robado o no.... A ver
(dirigiendose al dependiente que entro), que se presenten inmediatamente
Llera y todos los empleados de la oficina.... iAl instante!

Arbiol dirigio una mirada a sus companeros y alzo los hombros con
desprecio. Pero el duque, que vio perfectamente el ademan, no quiso
hacerse cargo de el: siguio grunendo, resoplando, dejando escapar
interjecciones violentas y paseando furiosamente por la estancia. Hasta
que se presento Llera y con el un grupo de sujetos encogidos, mal
trajeados, de fisonomia vulgar. Salabert se planto delante de ellos
cruzando los brazos con energia:

--Vamos a ver, Llera: es necesario averiguar quien ha sido el tuno que
ha presentado un pliego en mi nombre, suplantando mi firma, para la
licitacion del ferrocarril de S*** a V***. ?Tu sabes algo de este
asunto?

Llera, despues de haberle mirado fijamente a la cara, bajo la cabeza sin
contestar.

--?Y vosotros sabeis algo? ?eh? ?sabeis algo?

Los empleados le miraron tambien con fijeza. Luego miraron a Llera y
tambien bajaron la cabera al fin sin despegar los labios.

Salabert paseo varias veces sus ojos saltones por ellos con expresion
teatral de colera, y exclamo al fin dirigiendose a los banqueros:

--?Lo ven ustedes claro? Nadie contesta. Entre estos se esconde el
culpable io los culpables! porque sospecho que ha de ser mas de uno.
Pierdan ustedes cuidado, que yo dare con ellos y hare un escarmiento....
iSi, un terrible escarmiento! No he de parar hasta que los mande a
presidio.... Retiraos vosotros (dirigiendose a los empleados), y ya
podeis temblar los delincuentes. Muy pronto caera sobre vosotros el peso
de la justicia.

Los criminales debian de ser bien empedernidos a juzgar por la absoluta
indiferencia con que recibieron aquellas siniestras palabras
pronunciadas con acento patetico. Cada cual se retiro sosegadamente a su
departamento y reanudo su tarea, como si la terrible espada de Nemesis
no estuviese aparejada a segarles el cuello.

Los banqueros se miraron entre risuenos y colericos. Al fin uno de
ellos, mordiendose los labios para no soltar la carcajada, le tendio la
mano con ademan desdenoso:

--Adios, Salabert; hasta la vista.

Los demas hicieron lo mismo sin decir otra palabra del asunto. El duque
no se desconcerto. Fue a despedirlos solicito hasta la escalera,
dirigiendo todavia al pasar miradas iracundas a sus empleados que las
recibieron con la misma punible indiferencia. Al volver a su despacho ya
no les hizo caso alguno. Paso por entre ellos como un actor que
atraviesa los bastidores despues de haber estado un rato en escena.

Unos minutos despues torno a salir bajando a las habitaciones de su
esposa. Hallola sola, entretenida en leer un libro devoto. D. Carmen,
que siempre habia sido muy piadosa, en los ultimos tiempos se habia
entregado por completo a las practicas religiosas. La enfermedad la
separaba cada vez mas de las ideas mundanas, la entregaba triste y
sumisa a los curas. Salabert nunca habia puesto obstaculo a esta
devocion: la miraba con indiferencia compasiva, como una mania inocente.
Pero en los ultimos tiempos, algunas limosnas harto crecidas de la
duquesa le alarmaron un poco y le obligaron a reprenderla paternalmente.
Acostumbrado a hallar a su mujer sometida, apartada de toda ambicion,
ajena enteramente al exito de sus especulaciones, la trataba como a una
nina, si no como a un perro fiel a quien de vez en cuando se pasa la
mano por la cabeza. Nunca le habia estorbado aquella infeliz senora, ni
en sus trabajos ni en sus vicios. Aunque sus queridas, sus
extravagancias en el orden erotico eran conocidas de todo el mundo, D.
Carmen o las ignoraba o fingia ignorarlas. Sin embargo, la ultima
infidelidad del duque, la relacion con la Amparo habiale acarreado
disgustos. Aquella mujer dominante y soez se gozaba en vejarla de mil
modos, cosa que no habia hecho ninguna de sus antecesoras. En el paseo,
cuando iba con su marido en coche, el de la Amparo se colocaba a su
lado: con cinico descaro la ex florista cambiaba con el duque sonrisas
de inteligencia. Cuando la buena senora se quejo suavemente de este
proceder, Salabert nego en redondo, no solo sus miradas y sonrisas, sino
toda relacion con aquella mujer. No la conocia mas que de vista. Jamas
habia hablado con ella. En el teatro Real lo mismo. Amparo se obstinaba
en mirar toda la noche al palco del duque. Luego en los toros, en las
carreras de caballos, ostentaba un lujo escandaloso que llamaba
fuertemente la atencion publica. Algunas amigas bien intencionadas, que
nunca faltan, compadeciendola muchisimo enteraban a D. Carmen de las
cuantiosas sumas que aquella mujer costaba al duque, de todas sus
extravagancias y caprichos.

Esta serie de alfilerazos padecidos en secreto, sin confiarlos a nadie
mas que a su confesor, habian labrado la salud de la senora,
reduciendola a un estado de flaqueza tal que por milagro se sostenia.
Salabert tenia mas que hacer que reparar en tales sufrimientos. Pensaba
que con el titulo de duquesa, y tantisima riqueza acumulada en aquel
palacio, D. Carmen debia de ser la mujer mas feliz de la tierra.

--?Que hace la viejecita? ?que hace?--entro preguntando en tono medio
brutal medio carinoso, que revelaba bien la profunda indiferencia que su
mujer le inspiraba.

D. Carmen levanto los ojos sonriendo.

--Hola ?eres tu? Milagro, por aqui a esta hora.

--Antes hubiera venido a saber de ti, si no me hubieran dicho que estaba
el padre Ortega. ?Como has pasado la noche? Bien ?eh? Ya lo creo.... Tu
no estas tan mala como te figuras. ?A que viene eso de rodearte de curas
como si fueses a morirte?

--?Los curas no hacen falta mas que cuando uno se muere?

--Si, los curas son indispensables para dar respetabilidad a las
casas--dijo repantigandose en una butaca y extendiendo groseramente las
piernas--. Sin un poco de pano negro, los palacios recien pintados como
este chillan demasiado.... Solo que a la larga se hacen muy molestos: no
se cansan de pedir. Tienen tantas tragaderas como las ballenas.... Yo
los compraria de buena gana figurados, de cera o de carton, y harian el
mismo efecto....

--Calla, calla, Antonio; no empieces a soltar disparates. Cualquiera que
te oyese te juzgaria un hereje, y gracias a Dios no lo eres.

--iVaya una ganga el ser hereje! ?Que utilidad trae el ser hereje?...--Y
cambiando bruscamente de tema preguntole:--?Como va ese aquelarre que
habeis hecho en los Cuatro Caminos?

Se referia al asilo de ancianas, del cual era D. Carmen la principal
protectora.

--Va muy bien. Solo que la marquesa de Alcudia no quiere continuar
siendo tesorera. No sabemos a quien se ha de nombrar.

--Por supuesto, los sabados se despoblara aquello.

--?Pues?--pregunto inocentemente la senora.

--Porque se marcharan a Sevilla todas sobre escobas.

--iBah, bah! No hagas burla de las pobres ancianas--replico riendo--.
Tambien tu y yo somos dos viejos....

--Verdad, verdad--dijo el banquero poniendose afectadamente grave y
triste--. Somos un par de trampas que el dia menos pensado nos
escurrimos para el otro barrio, sin sentirlo.

Habia visto una entrada oportuna para la conversacion que apetecia: se
apresuraba a aprovecharla.

--No; tu estas fuerte y robusto. Aun puedes dar mucha guerra en el
mundo.... Pero yo, querido, ya tengo un pie en el estribo.

--Los dos lo tenemos, los dos. En pasando de los sesenta no hay dia
seguro....

--Si esos pensamientos te sirviesen para acordarte mas de Dios y
trabajar en su santo servicio, me alegraria de que los tuvieses.

--?Te parece que no trabajo bastante por el, y me lleva todos los anos
mas de cinco mil duros en misas y novenas?

--iVamos, Antonio, no hables asi!

--Hija mia; bueno es pensar en lo de alla, pero es tambien prudente
pensar en lo de aca.... Mira, precisamente estos dias estaba yo
imaginando que si se muriese uno de nosotros, al que sobreviviese le
quedarian bastantes enredos....

--?Por que?

--Porque el marido y la mujer no son herederos forzosos el uno del otro,
y, como es natural, si nos muriesemos sin testamento, nuestros parientes
vendrian a molestar al que quedase.

--Eso tiene facil remedio. Con hacerlo se arregla.

--Precisamente es lo que yo pensaba--dijo el duque resollando mucho para
mostrar indiferencia y aplomo, que no sentia--. Habia imaginado que en
vez de testar cada uno por su parte, hiciesemos un testamento mutuo.

--?Que es eso?

--Un testamento en el cual nos instituimos mutuamente por herederos.

D. Carmen bajo la vista al libro que traia en la mano y guardo silencio
un rato. El duque, inquieto, la observaba con atencion por debajo de sus
parpados medio caidos, mordiendo con impaciencia el cigarro.

--No puede ser--dijo al cabo gravemente la senora.

--?Que no puede ser? ?Y por que?--replico con viveza incorporandose un
poco en la butaca.

--Porque yo pienso en dejar por heredera de lo que tenga, poco o mucho,
a tu hija. Asi se lo he prometido ya.

No creia Salabert tropezar con aquel obstaculo. Juzgaba cosa hecha lo
del testamento mutuo. Quedo tan sorprendido como turbado. Pero
recobrandose instantaneamente, adopto un continente grave y digno para
decir:

--Esta bien, Carmen. Yo no trato de imponer mi voluntad a la tuya. Eres
duena de dejar tus bienes a quien te parezca, por mas que estos bienes
hayan sido ganados por mi a costa de muchos trabajos. En los anos que
llevamos unidos, las cuestiones de intereses jamas han producido ninguna
reyerta entre nosotros. Deseo que continuemos siempre lo mismo. El
dinero, comparado con los afectos del corazon, no tiene ningun valor. Lo
unico que siento es que otra persona, por mas que sea una hija
queridisima, me haya perjudicado hasta tal punto en tu carino, me haya
desterrado de tu corazon....

Al pronunciar estas ultimas palabras su voz se altero un poco.

--No, Antonio, no--se apresuro a decir D. Carmen--; ni tu hija ni nadie
puede arrancarte el carino que te pertenece.... Pero considera que tu
eres bastante rico sin necesidad de mi fortuna, y que ella la necesita.

--No; no trates de desfigurarlo.... El golpe esta dado: lo siento en el
fondo del corazon--replico Salabert en tono patetico llevandose la mano
al lado izquierdo--. Treinta y cinco anos de vida matrimonial, treinta y
cinco anos compartiendo pesares y alegrias, temores y esperanzas, no han
bastado a conquistarme la primer plaza en tu carino. Todo lo que se diga
es inutil ya. Pensaba que nuestro matrimonio, la vida de felicidad y de
amor que hemos llevado tantos anos, debia cerrarse por medio de un acto
que la resumiese, instituyendonos herederos de lo que juntos hemos
ganado.... El carino de los esposos nunca se demuestra mejor que en la
ultima voluntad....

El discurso de Salabert adquiria un tono de elevacion moral que parecio
preocupar por un instante a su esposa. Sin embargo, replico al fin con
dulzura y firmeza a la vez:

--Aunque no la he llevado en mis entranas, yo quiero a Clementina como
si fuese mi hija; la he mirado siempre como tal. Me parece una
injusticia privar a una hija de su parte de herencia.

--iPero mujer!--exclamo con viveza el duque:--yo ?para quien quiero lo
que tengo sino para mi hija? Dejame por heredero, que yo te prometo
transmitirselo integro y aun con aumento....

D. Carmen guardo silencio limitandose a hacer un signo negativo con la
cabeza. El duque se levanto como si fuese presa de una violenta emocion.

--Si, si; bien lo comprendo. Tu no me perdonas algunos leves extravios
hijos del capricho y la tonteria. Aprovechas la ocasion que se te
presenta para vengarte. Esta bien: satisface tu venganza; pero sabe que
yo no he querido de veras a ninguna mujer mas que a ti. En el corazon no
se manda, Carmen, y si yo te quisiera arrancar del corazon, mi corazon
diria: "No, no puedes arrancarla sin que yo me rompa...." Es triste, muy
triste llevar al fin de la vida este terrible desengano.... Si manana te
murieses tu, lo que Dios no consienta, icuantos disgustos, cuantas penas
me esperan ademas de la perdida de una esposa adorada! Acaso este pobre
anciano se viera precisado a salir de la casa donde ha vivido, que ha
fabricado con ilusion para morir en ella en brazos de su esposa.

La voz del duque se alteraba por momentos; sus ojos se arrasaban de
lagrimas. Todavia siguio en este tono patetico un rato. Al fin cayo como
desfallecido en la butaca, llevandose el panuelo a los ojos.

Pero D. Carmen, aunque caritativa y sensible, no dio senales de
hallarse conmovida. Antes, con firmeza, dijo:

--Bien sabes tu que nada de eso es cierto. Ni soy capaz de vengarme, ni
seria fuerte venganza dejar cuanto tengo a una hija tuya, que solo es
mia por el carino que la tengo.

El duque cambio de tactica. Miro un rato a su esposa con ojos
compasivos. Al cabo dijo sonriendo con amargura:

--Tu quieres mucho a Clementina, ?verdad?... Pues mira; lo mejor que
puedes hacer para darle un alegron es reventar cuanto mas antes. El
pobre Osorio esta con el agua al cuello. Ahora me explico por que sus
acreedores no acaban de tragarselo. Sin duda tu le has hablado a su
mujer algo de testamento, y como estas un poquillo delicada aguardan tu
muerte como agua de Mayo. Conque no te descuides.

D. Carmen se puso mucho mas palida de lo que estaba al oir estas
sangrientas palabras. Necesito agarrarse a los brazos del sillon para no
desfallecer. Lo que decia su marido era horrible, pero muy verosimil.
El, que advirtio su emocion, se apresuro a ofrecerle todos los datos
necesarios para confirmar la sospecha. Le expuso en un cuadro completo
la situacion economica de Osorio, insistiendo en lo raro de que sus
acreedores aguardaran si no contasen con alguna esperanza positiva, que
no podia ser mas que la muerte de ella.

Entonces aquella infeliz mujer tuvo una frase sublime.

--Pues aunque Clementina desee mi muerte, yo la quiero lo mismo, con
todo mi corazon. Para ella sera cuanto tengo.

El duque salio de la estancia furioso, bufando como un toro con
banderillas de fuego, o como un actor a quien acaban de propinar una
silba.

D. Carmen permanecio inmovil largo rato, en la misma postura que la
habia dejado, con los ojos clavados en el vacio. Dos lagrimas temblaron
al fin en sus ojos y rodaron silenciosamente por sus mejillas marchitas.




XI

#Baile en el palacio de Requena.#


Transcurrieron los dias y los meses. Clementina paso el verano, como
siempre, en Biarritz. Raimundo la siguio, dejando a su hermana confiada
a unos parientes, y regreso cuando aquella a ultimos de Septiembre. Por
la casa de los huerfanos soplaba un viento tormentoso que la habia
removido por completo. Raimundo, abandonando en absoluto sus estudios y
costumbres metodicas, se habia lanzado con ardor de neofito a los
placeres mundanos. Su hermana, aterrada por este cambio, le hizo
suavemente algunas advertencias, sin resultado. El joven se enfadaba
como nino mimoso. Cuando la reprension era mas dura, se echaba a llorar
desconsoladamente, llamandose desgraciado, diciendo que no le queria,
que mas le hubiera valido morirse cuando su madre, etc., etc. Aurelia,
en vista de esto, habia determinado callarse, padeciendo en silencio,
llena de aprensiones y presentimientos tristes. Bien adivinaba la causa
de aquel cambio; pero en sus conversaciones ninguno de los dos oso hacer
referencia a ella: Raimundo, porque no podia dignamente declarar a su
hermana las relaciones que sostenia con Clementina: aquella, porque
creia indecoroso darse por advertida.

Aquellas relaciones obligaron a nuestro joven a hacer gastos
extraordinarios que no permitia su renta. Para seguir el carruaje de su
amante entre la balumba de ellos en los paseos del Retiro y la
Castellana compro un bonito caballo, despues de dar previamente algunas
lecciones de equitacion. Los teatros, las flores y los regalitos a su
idolo, las francachelas con sus nuevos amigos del _Club de los
Salvajes_, los trajes y las joyas, todo lo que constituye, en suma, el
tren de un lechuguino en la corte, le hicieron desembolsar sumas enormes
con relacion a su hacienda. Para ello hubo necesidad de echar mano del
capital. Este consistia, como ya sabemos, en acciones de una fabrica de
polvora y en titulos de la Deuda. Unos y otros documentos guardabalos
su madre en un cofrecito de hierro dentro de su armario. Cuando murio,
el pariente de los chicos a quien correspondia la tutela vino a
examinarlos y tomo nota de ellos. Pero como Raimundo gozaba tal fama de
muchacho formal, de conducta intachable, como hacia ya tiempo que
manejaba y cobraba los cupones, y como en fin no le faltaban mas que
tres anos para llegar a la mayor edad, su tio no quiso recogerlos. Los
dejo en el mismo cofrecito que estaban. Pues bien; Raimundo, necesitando
a toda costa dinero, y no atreviendose a pedirselo a nadie, falto a esta
confianza vendiendo poco a poco algunos titulos. Y es lo raro del caso
que siendo un chico hasta entonces tan puro de costumbres, tan recto en
el pensar y tan honrado de corazon, llevo a cabo esta villania sin
grandes remordimientos. Hasta tal punto su desatinada pasion le habia
desequilibrado y aturdido.

No solo hizo esto sino otra cosa peor, si cabe. Su curador, al enterarse
de sus gastos excesivos y de la vida que llevaba, s presento un dia en
su casa, encerrose con el en el despacho y le interpelo bruscamente:

--Vamos a cuentas, Raimundo. Por lo que me han dicho y por lo que veo,
estas haciendo unos gastos que de ningun modo puedes sostener con tu
renta. El caso es grave. Yo, como curador, necesito saber de donde sale
ese dinero, no solo por ti, sino principalmente por tu hermana....

Experimento una violenta emocion. Se puso palido y balbucio algunas
palabras ininteligibles. Luego, viendose apurado, comprendiendo
rapidamente que de aquella entrevista dependia su salvacion, esto es, la
salvacion de su amor, no tuvo inconveniente en mentir descaradamente.

--Tio, es cierto que hago gastos considerables, muy superiores a los que
podria hacer con mi renta.... Pero nada tiene que ver en ellos el
capital que herede de mis padres.

--?Entonces?...

--Entonces--... dijo bajando la voz y como si le costase trabajo
hablar--, entonces ... yo no puedo decirle a usted el origen de este
dinero, tio.... Es una cuestion de honor.

El curador quedo estupefacto.

--?De honor?... No se lo que quieres decir; pero mira, chico, yo no
puedo quedar conforme.... Mi posicion es delicada. Si no velo como debo
sobre vuestros intereses, manana se me puede pegar al bolsillo y no
tiene gracia.

Raimundo guardo silencio unos momentos. Al fin, vacilando y tropezando
mucho, dijo:

--Puesto que es necesario decirlo todo, lo dire.... Usted habra oido
hablar quiza de mis relaciones con una senora....

--Si, algo he oido de que haces el amor a la hija de Salabert.

--Pues ya tiene usted explicado el misterio ...--dijo poniendose
fuertemente colorado.

--?De modo que esa senora?...--replico el tio haciendo resbalar la yema
del dedo pulgar sobre la del indice.

Raimundo bajo la cabeza y no dijo nada, o, mas exactamente, lo dijo todo
con su silencio. El, que habia rechazado con indignacion y tristeza los
billetes de Banco de su querida, confesabase ahora culpable, sin serlo,
de tal indignidad, bajo la influencia del miedo.

Su tio era un hombre vulgar, un almacenista de la calle del Carmen. La
confesion de su sobrino, lejos de sublevarle, le hizo gracia.

--iBien, hombre!... Me alegro de que hayas salido del cascaron y sepas
lo que es el mundo. iAh, tunante, que callado te lo tenias!

Pero como todavia se quedase en el despacho adivinandose en su actitud
un resto de inquietud, Raimundo, con esa audacia peculiar de las mujeres
y de los hombres debiles en las circunstancias criticas, dijo con
firmeza:

--El capital de mi hermana y el mio esta integro. Ahora mismo va usted a
ver los titulos....

Y saco la llave y se dirigio al armario. Su tio le detuvo.--No hace
falta, chico.... ?Para que?

Asi salio, casi milagrosamente, de aquel terrible compromiso, que de
otro modo hubiera producido una catastrofe. Sin embargo, la victoria le
costo muchos momentos de cruel amargura, un gran desfallecimiento fisico
y moral que por poco le hace enfermar. No es posible romper bruscamente
con nuestras ideas y sentimientos, con lo que constituye nuestro
caracter, sin que la ruptura produzca vivo dolor.

Por esta epoca vino a visitarle un caballero chileno, aficionado a la
zoologia y dedicado tambien a la especialidad de las mariposas como el.
Venia de Alemania y se disponia a regresar a su pais. Habia leido
algunos de sus articulos cientificos, y teniendo ademas noticia de su
coleccion, no quiso pasar por Madrid sin verla. Raimundo le recibio con
alegria y un poco de vergueenza tambien. Hacia ya algunos meses que no se
ocupaba poco ni mucho en asuntos de ciencia, que tenia su coleccion
abandonada. A pesar de eso el chileno la hallo muy notable y simpatizo
extremadamente con el. Le dijo que tenia encargo de su Gobierno para
llevar algunos jovenes de valer que se pusiesen al frente de las
catedras recien creadas en Santiago de Chile. Si queria venirse, una de
ellas seria para el. El sueldo que se le ofrecia era bastante crecido,
la posicion brillante en un pais nuevo y ansioso de instruccion. En
otras circunstancias, Raimundo, que ya no tenia mas vinculo en Espana
que su hermana, quiza se hubiera decidido a emigrar con ella. Mas ahora,
enloquecido por el amor, encontro tan absurda la proposicion que no pudo
menos de sonreir con cierta lastima al rechazarla cortesmente, como si
fuese un millonario o un hombre colocado en la cima de la sociedad
espanola.

Para costear su viaje a Biarritz necesito enajenar mas papel de la
Deuda. Llevo en metalico a Francia unas cinco mil pesetas, cantidad mas
que suficiente para pasar el verano. Sin embargo, a los pocos dias,
arrastrado del ejemplo de sus amigos, se le antojo jugar en el Casino a
_los caballitos_. En dos sesiones perdio todo el dinero. No estando
avezado a estos lances, lo unico que se le ocurrio fue regresar
precipitadamente a Madrid, vender mas titulos y volverse otra vez. Su
hacienda mermaba de dia en dia. Cuando empezo el invierno tenia ya de
menos algunos miles de duros; mas esto no le impidio seguir gastando
lindamente. Aurelia, que tal vez por indicacion de su tio y curador, o
por propias sospechas, creia saber de donde procedia aquel dinero,
andaba melancolica, recelosa. No podia menos de mirar a su hermano con
ojos donde se reflejaba la pena, la lastima y la indignacion tambien.

Asi continuaran las cosas hasta Carnaval. La duquesa de Requena habia
mejorado bastante en unos banos de Alemania, adonde su marido la habia
llevado. Desde que tenia hecho testamento a favor de su hijastra, este
la prodigaba extremados cuidados, sabiendo cuanto le importaba su vida.
Los negocios del celebre especulador marchaban tambien prosperamente. La
mina de Riosa se habia comprado como el pretendia, al contado. Desde
entonces, sordamente, habia comenzado a hacer guerra a las acciones,
vendiendolas cada vez mas baratas para depreciarlas. Llevaba buen camino
para conseguirlo. En pocos meses habian bajado desde ciento veinte, a
que se habian puesto poco despues de la venta, hasta ochenta y tres.
Salabert esperaba de un momento a otro, por medio de una gran oferta que
tenia preparada, introducir el panico en el mercado y hacerlas bajar a
cuarenta. Entonces, por medio de sus agentes en Madrid, en Paris y en
Londres, se haria dueno de la mitad mas una, y por lo tanto del negocio.

Porque le interesaba para sus fines politicos y economicos y por
satisfacer al genio fanfarron que, a pesar de su avaricia, habitaba
dentro de el, resolvio dar un gran baile de trajes en su magnifico
palacio, invitando a toda la aristocracia madrilena y a las personas
reales. Los preparativos comenzaron dos meses antes. Aunque el palacio
estaba esplendidamente amueblado, el duque hizo desterrar de los salones
algunos muebles demasiado grandes y pesados y traer de Paris otros mas
sencillos y ligeros. Se quitaron algunos tapices; se compraron muchos
objetos de arte, de los cuales estaba un poco necesitada la casa. Veinte
dias antes del designado para el baile, se enviaron las grandes tarjetas
de invitacion. Era necesario todo este tiempo para que los invitados
pudiesen preparar sus disfraces. Exigiase traje de capricho: a los
caballeros, cuando menos, la talmilla veneciana sobre los hombros. La
prensa comenzo a esparcir el anuncio del baile por todos los rincones de
Espana.

Como su madrastra ni entendia mucho en estos asuntos, ni estaba en
disposicion, a causa de su quebrantada salud, de tomar parte activa en
los preparativos, el alma de ellos fue Clementina. Pasaba el dia en
casa de su padre, robando solo algunos ratos que dedicaba a Raimundo.
Osorio tuvo la mala ocurrencia de traer a las dos ninas que tenia en el
colegio de Chamartin, una de diez y otra de once anos, a pasar unos dias
con ellos. Las pobrecitas tuvieron que marcharse antes de lo que les
habia prometido su padre, porque Clementina estaba tan ocupada que
apenas podia fijar en ellas la atencion. Esto indigno tanto a Osorio,
que un dia, sin que se despidiesen de su madre, las metio en el coche y
las llevo el mismo al colegio. Por cierto que a la noche, cuando
Clementina regreso, hubo con este motivo una escena violenta entre los
esposos. Raimundo tambien padecia con las ocupaciones de su amante. Pero
no dejaba de gozar puerilmente con la perspectiva del baile, al cual
pensaba asistir vestido de paje de los Reyes Catolicos. Fue una idea que
le suministro Clementina. El modelo lo sacaron de un celebre cuadro que
habia en el Senado. Ella estaba enamorada del retrato de D. Margarita
de Austria, esposa de Felipe III, hecho por Pantoja. Se mando hacer un
traje igual de terciopelo negro muy ajustado al talle, con saya interior
color de rosa recamada de plata. Este traje era muy a proposito para
realzar la gallardia de su figura y la belleza majestuosa de su rostro.

El duque trabajaba tambien en la parte menos delicada de los
preparativos, en la ereccion del estrado para la orquesta, que hizo
colocar adosado a la pared medianera de los dos grandes salones de baile
contiguos, rodeandolo de plantas y arbustos, en el arreglo del
guardarropa, en la colocacion de alfombras, en la traslacion de muebles,
etc. Salabert era un terrible sobrestante para sus operarios, un
verdadero mayoral de _ingenio_. No los dejaba reposar: les exigia un
cuidado incesante: jamas se le daba gusto en nada. Se trataba un dia de
trasladar cierto armario de ebano tallado, desde el salon que iba a ser
de conversacion, a la sala destinada a jugar. Los obreros, dirigidos por
el maestro carpintero, lo llevaban suspendido, mientras el duque los
seguia recomendandoles atencion con una sarta de interjecciones que
dejaba escapar oscuramente entre el cigarro y sus labios sinuosos,
nauseabundos.

--iF...., despacio!... iDespacio tu, papanatas, el de las narices
largas!... Cuidado con esa lampara.... Baja un poco tu. Pepe ... iF....,
no seas jumento, baja mas!... iEh! ieh! arriba ahora....

Al llegar al hueco de una puerta, el maestro, viendo que era facil
lastimarse, les grito:

--iCuidado con las manos!

--iCuidado con los relieves, F....!--se apresuro a gritar el duque--.
iLo que menos me importa a mi son vuestras manos, babiecas!

Uno de los obreros levanto la vista y le clavo una mirada indefinible de
odio y desprecio.

Cuando el mueble estuvo en su sitio, el duque mando enganchar y se
dirigio a sus habitaciones a quitarse el polvo. Poco despues bajaba por
la gran escalinata del jardin y montaba en coche, dando orden que le
condujesen al hotel de su querida.

La pasion brutal del banquero por la Amparo habia crecido mucho en los
ultimos tiempos. Todavia fuera conservaba su razon; pero en cuanto ponia
el pie en la casa de la hermosa malaguena, la perdia por completo, se
transformaba en una bestia que aquella hacia bailar a latigazos. Ni se
crea que esto es enteramente figurado. Contabase en Madrid que el duque
traia un aro de hierro con una argolla al brazo en senal de esclavitud,
y que la Amparo le ataba con cadena cuando bien le placa. Algunos
amigos, para cerciorarse, le habian apretado el brazo burlando y
certificaban que era cierto. La ex florista, aunque de inteligencia
limitadisima y de cultura mas limitada aun, tenia suficiente instinto
para remachar los clavos de esta esclavitud. Con su genio arisco y
desigual, aumentaba el fuego de la sensualidad en aquel viejo lubrico.
El duque habia llegado a persuadirse de que su querida, a pesar de las
sumas fabulosas que con ella gastaba, era muy capaz de dejarle plantado
si un dia se atufaba. Esta conviccion le tenia siempre sobresaltado y
rendido, dispuesto a humillarse, a cometer cualquier bajeza por
complacerla. Aunque muy sagaz, su lascivia le cegaba hasta el punto de
no comprender que la Amparo era mas interesada y astuta de lo que el se
figuraba.

Cuando llego al hotelito de mazapan, serian las tres de la tarde. Amparo
estaba conferenciando gravemente con la modista; de modo que se vio
obligado a esperar un rato leyendo los periodicos. Al salir del
gabinete, la joven exclamo:

--iAh! ?Estaba usted ahi duque?

--Si; no he querido sorprender secretos de Estado.

--iY que lo diga! ?Verda uste?--dijo la ex florista echando una mirada
significativa a la modista.

Esta sonrio discretamente y se fue. El duque abrazo por el talle a su
querida y la llevo al gabinete.

--?Como te va, chiquita? ?Bien, eh?

--iAl pelo, hijo! ?Como quieres que me vaya con un hombre tan
retrechero?

Al mismo tiempo se colgo de su cuello y le dio un largo y sonoro beso en
la mejilla. Los parpados del duque temblaron de placer; mas por sus ojos
paso al mismo tiempo un reflejo de inquietud. Siempre que la Amparo se
le colgaba del cuello era para darle un sablazo formidable, una entrada
a saco en el bolsillo.

--iY que no tiene quita el gacho! iY que no sabe lo que son
mujeres!--siguio la hermosa contemplandole con admiracion.

"iMalo! imalo!" dijo para si el banquero. Sin embargo, las caricias de
su querida le hacian feliz.

--Mira, Tono, no hay cosa que mas me guste que decirles por lo bajo a
todas las sin vergueenzas que pasean por el Retiro: "iAndad, andad,
hambronas, que si a mi se me antoja os puedo enterrar en billetes de
Banco!..." ?Verda tu, salao?

"iMalisimo!" volvio a decir el duque en su interior; y en voz alta:

--Algunos hay, preciosa; algunos hay en casa.

Y llevando la mano al bolsillo para sacar la cartera, dijo brutalmente:

--?Cuantos necesitas?

--iNinguno, canalla!--exclamo ella soltando a reir--. Pensabas que me
estaba preparando para darte un sablazo, ?eh?

--iClaro! No te veo carinosa sino cuando necesitas dinero.

--iHabra embusterazo, marrullero! Cualquiera que te oyese, pensaria que
es cierto. Confieso que soy un poco bruta y testaruda, ipero no siempre,
hijo, no siempre!... Ademas, no me sienta mal este geniecillo agrio,
?verda tu?

La hermosa odalisca se habia sentado sobre las rodillas del duque y le
daba fuertes palmadas con entrambas manos en sus carrillos de trompetero
recien rasurados. Vestia una bata de color azul oscuro con adornos mas
claros, que le sentaba admirablemente. Su tez era cada dia mas fina, mas
tersa, mas nacarada. Era un milagro de la naturaleza. Y sobre aquella
tez lucian sus grandes ojos negros sombrios, salvajes, con un fuego
misterioso y sensual. Sus cabellos, que daban en azules de tan negros,
caian ondeados sobre la frente ocultandola a medias. Su garganta,
amasada con leche y rosas, pedia a gritos el homenaje de los labios. El
duque estaba contentisimo desde que habia conjurado el peligro: se
derretia en caricias, que la Amparo aceptaba sumisa contra su costumbre.

--Espera un poquito. Hoy quiero que tomes cafe conmigo.

--Ya lo he tomado, hija.

--No importa, lo vas a tomar otra vez. Hace ya muchos dias que no lo
tomamos juntos. iClaro, con ese dichoso baile te van a saltar los sesos!

Al mismo tiempo se levanto y comenzo a maniobrar con los enseres de
hacer cafe, que estaban dispuestos sobre la mesa.

--Yo mismita te lo voy a hacer para que te relamas, so canalla: y voy a
echar en el unos polvitos que me ha vendido una gitana para ponerte
blandito, ?sabes?... Porque tengo que pedirte una cosa.

Los ojos del duque volvieron a reflejar inquietud. Pero se apresuro a
disimularla riendo.

--iYa lo decia! ?Que tienes que pedirme, rubita?

--En tomando el cafe lo sabras.

No pudo arrancarle antes el secreto. Arrimo una mesilla japonesa a la
butaca donde estaba el duque. Para si trajo una sillita dorada. Y
charlaron con animacion o, por mejor decir, charlo ella mientras el la
escuchaba arrobado, con la cabeza echada hacia atras, acercando de vez
en cuando con su mano tremula de hombre gastado la taza a los labios.

--Oye, Tono--dijo ella cuando terminaron, poniendo con decision los
codos sobre la mesa y mirandole fijamente:--?que te parece de ir yo a tu
baile?

Otro que no fuese Salabert hubiese dado un brinco al oir semejante
atrocidad. El no hizo mas que abrir los ojos repentinamente, para dejar
caer los parpados otra vez quedando en la misma actitud sonolienta.

--No me parece mal.

--?De modo que puedo ir?

--iYa lo creo que puedes ir! Lo que no podras sera entrar.

--?Pues?--exclamo ya encrespada la bella.

--Porque no te recibirian.

Amparo se levanto furiosa.

--?Y por que no me recibirian, di, por que?--profirio sacudiendole un
brazo y acercando su cara a la de el.

--iCalma, chica, calma! Porque mi hija no puede soportar a su lado una
mujer mas bonita que ella. Si te presentases en mi casa, todas las
miradas se irian tras de ti: serias la verdadera reina del baile.... Ya
comprendes que eso no le haria maldita la gracia.

Amparo miro al duque fijamente para averiguar "si se estaba quedando con
ella". La fisonomia de aquel permanecia inalterable.

--Bien; pues de todos modos quiero ir--dijo con mal humor y recelosa--.
Me traeras una invitacion.

--?Que mas quisiera yo, querida, que traerte una invitacion? Si sabes de
alguna persona a quien yo deseara mas ver en el baile que a ti, dilo....
Pero mi mujer y mi hija me sacarian los ojos, ?sabes?

--?Y que tengo yo que ver con tu mujer y tu hija?--pregunto la irascible
malaguena--. Tu eres el amo. Yo quiero una invitacion y la tendre.
Quedamos, pues, en que manana me la traeras....

--Dispensa, chiquita....

--iAh! ?Conque no quieres? ?Conque te niegas a darme ese gusto?
Entonces, grandisimo gorrino, embustero, ?por que no hablas claro? Es
decir que yo te estoy aguantando, viejo sucio, te estoy siendo fiel como
si fueses el chico mas guapo de Madrid, y cuando se trata de complacerme
en una cosa insignificante te llamas andana. iAy, que tio! La tonta es
una en guardar consideraciones a quien no las merece. Y luego, ?quien me
va a rechazar? iLa de Osorio! iOle mi vida!... Siento mucho decirtelo,
hijo, aunque bien debes saberlo. Clementina, en cuanto a conducta, vale
tanto como yo ... menos que yo, porque al fin y al cabo soy libre, y
ella no.... Pero tu tienes menos vergueenza que ella.... iQue se puede
esperar de un hombre que se pone de rodillas delante de una p... y se
deja abofetear por ella! Lo mismo que de todos esos pendones viejos que
iran a tu baile y que nos pueden poner a nosotras escuela de porquerias.

La bella soltaba o mejor vomitaba estos y otros insultos acompanados de
interjecciones de cochero, paseando furiosa por la estancia. De pronto
se paro delante del duque y le grito hecha una hiena:

--iSal de aqui, so gorrino! Sal de mi casa. Me escupo yo en ti y en tus
millones.

Salabert solto una carcajada.

--Amparito, nunca te he visto tan enfadada, ni tan guapa tampoco....
Aqui esta la invitacion--dijo sacando la cartera.

--Metela en ...--exclamo la sultana con desprecio.

Fue preciso que el banquero se humillase a rogarle que la aceptara. Al
cabo de muchas suplicas se digno tomarla.

--Bien; dejala ahi y vete al pasillo por haberme puesto tan nerviosa.

Esto de mandarle al pasillo era un castigo que la Amparo habia inventado
ultimamente. Cuando el duque la impacientaba o la aburria, echabale de
la habitacion y le tenia a veces horas enteras en la antesala o en el
pasillo esperando como un perro. Ahora no tardo tanto en abrirle de
nuevo. Estaba sonriente y serena y le abrazo carinosamente.

--Oye, Tono, ?estaria bien, disfrazada de Maria Estuardo?

--Estarias admirablemente. Creo que debes encargarte el traje en
seguida.

Amparo sonrio maliciosamente

--Ya esta encargado y ya esta hecho. Mira.

Y abriendo el cuarto guardarropa le mostro un maniqui vestido de reina
de Escocia.

Llego al fin el dia del baile. Los periodicos lo anunciaron por ultima
vez haciendo resonar fuertemente el bombo y los platillos. El duque de
Requena habia gastado en los preparativos mas de un millon de pesetas,
segun contaban los revisteros a sus lectores. Decian ademas ioh caso
inaudito! que las flores habian venido casi todas de Paris. Y era
cierto. El duque, nacido en Valencia, el mas hermoso jardin de Europa,
para su baile hacia traer las flores de Francia. Un capital de algunos
miles de duros en flores. Las camelias rodaban por el suelo sirviendo de
alfombra en la antesala y los corredores. Centenares de plantas, casi
todas exoticas, adornaban aquella, el vestibulo y los dos salones de
baile. Legiones de criados con calzon corto y vistosas casacas
aguardaban apostados estrategicamente en todos los puntos necesarios.
Una pareja de guardias de caballeria permanecia al lado de la verja del
jardin manteniendo el orden en los coches, ayudada de algunos agentes de
orden publico. El guardarropa, construido nuevamente, era una estancia
lujosa donde todo estaba prevenido para que los magnificos abrigos,
sereneros o _salidas de baile_, como ahora se nombran, no sufriesen el
mas minimo desperfecto. La gran escalinata estaba iluminada con luz
electrica: el vestibulo y el comedor con gas: los salones de baile con
bujias. En la sala de conversacion y en la de juego habia algunas
lamparas de petroleo con enormes y artisticas pantallas. En estas ardia
ademas un fuego claro y brillante en las chimeneas.

Clementina recibia a los invitados en el primer salon, cerca de la
antesala. Sustituia a su madrastra porque esta, a causa de su debilidad,
no podia mantenerse tanto tiempo en pie. La duquesa estaba en la sala de
conversacion rodeada de algunas amigas: alli recibia a los que iban a
saludarla. El duque y Osorio, a la puerta de la antesala, ofrecian el
brazo a las damas que iban llegando y las conducian hasta Clementina. El
atavio de esta realzaba, como habia presumido bien, su esplendida
belleza. Su gallarda figura parecia aun mas fina y mas esbelta con aquel
traje ajustadisimo. Su linda cabeza rubia resaltaba sobre el terciopelo
negro como una rosa blanca. El rey Felipe III hubiera trocado de buena
gana su Margarita autentica por esta contrahecha. Un pormenor que
comenzo a correr por los salones y que al dia siguiente noticiaron los
revisteros, era que habia venido un peluquero de Paris en el
_sud-expres_ exprofeso a peinarla.

La abigarrada muchedumbre comenzo a invadir los salones. Todas las
epocas de la historia, todos los pueblos de la tierra mandaron su
representacion al baile de Requena. Moras, judias, chinas, damas godas,
venecianas, griegas, romanas, de Luis XIV, del Imperio, etc., etc.;
reinas, esclavas, ninfas, gitanas, amazonas, sibilas, chulas, vestales,
paseaban amigablemente del brazo o formaban grupos charlando y riendo
entre caballeros del siglo pasado, soldados de los tercios de Flandes,
pajes y nigromanticos. La mayoria de los hombres, no obstante, habia
limitado el disfraz a la talma veneciana. La orquesta habia tocado ya
dos o tres valses y rigodones; pero nadie bailaba. Se esperaba la
llegada de las personas reales para dar comienzo.

Raimundo se deslizaba por todos los salones con cierta seguridad de
favorito. Hablaba con los conocidos, sonriendo a todo el mundo con su
especial modestia, que le hacia mas extrano que simpatico en una
sociedad donde los modales frios y levemente desdenosos son signo de
elevacion y grandeza. Vivia el joven entomologo, desde hacia tiempo, en
un delicioso aturdimiento, una especie de sueno de oro, como algunas
veces suelen tenerlos las personas de condicion mas humilde. Su atavio
de paje de los Reyes Catolicos le sentaba muy bien. Mas de una linda
joven volvio la cabeza para contemplarle. De vez en cuando se acercaba
al sitio donde Clementina se hallaba cumpliendo sus deberes, y sin
dirigirle la palabra cambiaban algunas miradas y sonrisas amorosas. Una
de las veces, al tiempo que lo hacian, se aproximo a la dama Pepe
Castro, disfrazado de caballero de la corte de Carlos I.

--?Que es eso?--le dijo al oido--. ?No te has cansado aun de tu
_bambino_?

Cuando se encontraban solos. Pepe se autorizaba el tutearla y Clementina
lo admitia.

--Yo no me canso de lo bueno--repuso ella sonriendo.

--Muchas gracias--replico el ironicamente.

--No hay de que. ?Por que me buscas la lengua?

--Porque me gusta. Ya lo sabes.

La dama alzo los hombros, hizo un mohin de desden, y pugnando por no
reir se dirigio a la condesa de Cotorraso que en aquel instante pasaba
cerca.

Raimundo los habia contemplado mientras hablaron. El tono confidencial
en que lo hicieron le hirio. Permanecio un instante inmovil. Por delante
de el paso, sin que lo advirtiera, la nina de Calderon, que acudia por
vez primera a un baile. Traia un lindisimo traje de joven veneciana
color carmesi, y escote bajo. Su madre otro riquisimo de dama holandesa;
saya de color noguerado recamada de oro y plata, voluminosa gorguera con
puntas de encaje y doble collar de diamantes y perlas. iCuanta hiel
habian hecho tragar aquellos vestidos al bueno de Calderon! Al
principio, cuando se hablo del baile de trajes, penso que con cualquier
disfraz de mala muerte cumpliria y no tuvo inconveniente en otorgar su
permiso. Cuando vio los trajes y la cuenta de la modista, quedo
estuperfacto: estuvo por gritar iladrones! Maldijo de su colega
Salabert, de la hora en que se le habia ocurrido dar aquel baile y de
todas las damas venecianas y holandesas que habian existido. Lo que mas
hondamente trabajaba su espiritu abatido era la consideracion de que
aquellos trajes costosos no servirian mas que para una noche. Cuatro mil
pesetas tiradas a la calle, como el dijo mas de cien veces aquellos
dias.

Esperancita dirigio una mirada a Alcazar buscando su saludo; pero
viendole distraido volvio los ojos al grupo de Clementina y se hizo
cargo inmediatamente de lo que ocurria. Tambien por su frente paso una
nube de tristeza como por la de Raimundo. Mas, repentinamente, se
ilumino; sus ojos brillaron; todo su rostro, que era asaz
insignificante, se transfiguro adquiriendo cierto encanto indefinible.
Era que Pepe Castro se acercaba a saludarla.

--iPreciosa, preciosa!--dijo el adonis en tono distraido, inclinandose
con afectacion.

La nina se puso fuertemente colorada.

--?Quiere usted bailar el primer vals conmigo?

Justamente en aquel instante se acerco a ellos un grupo de pollastres de
los que revoloteaban en torno de los millones de Calderon, felicitando
calurosamente a la nina. Entre ellos estaba Cobo Ramirez. Todos se
apresuraron a pedirle bailes, apuntando en el primoroso librito de
Esperanza la inicial de su preclaro nombre. Ramoncito Maldonado, que se
hallaba a unas cuantas varas de distancia, no se acerco al grupo, fiel a
la consigna de no prodigarse, de hacerse desear, que hacia mas de un ano
le habia dado su amigo y mentor Pepe Castro. Hasta entonces de poco o
nada le habia servido aquella tactica. Esperancita permanecia insensible
a sus asiduos y rendidos obsequios. Pero no lo atribuia el a deficiencia
del metodo, sino a su falta de valor para seguirlo rigurosamente sin
desmayos ni contemplaciones. En cuanto la nina le ponia los ojos dulces,
le dirigia alguna palabra afectuosa, iadios, plan estrategico! Ahora
echaba miradas torvas al grupo contestando distraidamente al conde de
Cotorraso, que desde hacia algun tiempo le mostraba una terrorifica
predileccion cogiendole de la solapa dondequiera que le hallaba para
explicarle su nuevo metodo de destilacion del aceite. Con su lujosa
casaca y peluca blanca de caballero del siglo pasado, el joven concejal
no habia ganado en dignidad. Parecia un lacayo.

Hubo gran agitacion, de pronto, en los salones. Llegaban las personas
reales. La muchedumbre se agolpo en las inmediaciones de la puerta. El
duque, la duquesa, Clementina y Osorio bajaron la escalinata del jardin
para recibirlas. La orquesta toco la Marcha Real. Los soberanos pasaron
lentamente, sonriendo, por entre las apretadas filas de los invitados,
deteniendose cuando veian alguna persona de su conocimiento para
dirigirle una palabra afectuosa. Esta se inclinaba profundamente y les
besaba la mano con emocion, que se traslucia en la cara. Particularmente
las senoras se humillaban con un deleite que no eran poderosas a
disimular, con un sentimiento de ternura y adoracion que las ponia
rojas. Organizose poco despues el rigodon de honor. Clementina abandono
su puesto para tomar parte en el. El monarca bailo con la duquesa, que
hizo un esfuerzo por contentar a su marido. Una triple fila de curiosos
formaban circulo viendoles bailar.

Salabert triunfaba. El granuja del mercadal de Valencia traia los reyes
a su casa. Sus ojos saltones, mortecinos, de hombre vicioso, brillaban
con el fuego del triunfo. La explosion de la vanidad hacia volar en
pedazos las inquietudes sordidas que aquel baile le habia causado, la
lucha a muerte que habia sostenido con su avaricia. Manana tal vez estos
pedazos se volverian a juntar para darle tormento. Pero ahora, ebrio de
orgullo, aspiraba a grandes bocanadas el aire de grandeza y de fuerza
que sus millones le daban. Tenia las mejillas encendidas, congestionadas
por la vanidad satisfecha.

--Mirad que cara resplandeciente tiene Salabert en este momento--decia
Rafael Alcantara a Leon Guzman y a otros intimos que formaban grupo--.
iQue felicidad respira por todos los poros! Gran ocasion para pedirle
diez mil duros prestados....

--?Los daria?--pregunto uno.

--Si, al siete por ciento con buena hipoteca--replico el perdis--.
Mirad, mirad, ahi viene Lola Madariaga..., la mujer mas graciosa y mas
remonisima que ha pisado el salon hasta ahora--anadio elevando un poco
la voz para que lo oyese la interesada.

Lola le envio una sonrisa de gratitud. Su marido, el mejicano de las
vacas, que tambien oyo el piropo, saludo al grupo con afabilidad.
Aquella estaba realmente muy linda disfrazada de dama de Luis XIV;
vestido rojo recamado de oro, y manto amarillo, tambien bordado; el
cabello empolvado, y al cuello una cinta de terciopelo negro con brincos
de plata.

Terminado el rigodon de honor, los jovenes comenzaron a bailar. Pepe
Castro vino a recoger a Esperancita, que paseaba con su intima la ultima
de Alcudia. Ambas asistian por vez primera a un baile de importancia.
Estaban alegrisimas contemplando con viva emocion el mundo bajo su
aspecto mas risueno, gorjeandose discretamente al oido sus dulces y
reconditas impresiones. Paseo un instante con ellas, hasta que un pollo
vino a invitar a Paz, y ambas parejas se lanzaron a la vez en la
corriente del baile. El mundo desaparecio para Esperancita. Un
delicioso y vago sentimiento de dicha y libertad, como el que tendria un
pajaro al volar si estuviese dotado de alma, penetro en su corazon y lo
inundo de alegria. Era tambien la primera vez que Pepe Castro le
apretaba la cintura. Sentiase arrebatada por el en medio del torbellino
de parejas y se creia sola. iElla y el!, y la musica acariciando los
oidos y el corazon, interpretando dulcemente las inefables impresiones
que palpitaban en el fondo de su alma. Al descansar unos instantes, su
rostro expresaba de tal modo intenso este divino sentimiento del primer
amor, que su tia Clementina, al cruzar del brazo del presidente del
Congreso, no pudo menos de sonreir dirigiendole una mirada mitad
carinosa, mitad burlona que la hizo enrojecer. Pepe Castro se esforzaba
por sacarle las palabras del cuerpo. Aquella noche, el exceso de la
emocion la tenia semimuda. La dicha que embargaba su alma se traducia,
como casi siempre acontece, en un sentimiento de benevolencia hacia todo
el mundo. El baile le parecia encantador. Todos los hombres eran
chistosos. Todas las mujeres estaban admirablemente vestidas. Hasta
Ramoncito, que acerto a pasar por delante, pudo recibir algunas gotas de
este rocio bienhechor.

--?No baila usted, Ramon?--le pregunto con una sonrisa tan amable, que
el ilustre concejal se sintio desfallecer de felicidad.

--Me ha entretenido el conde de Cotorraso hasta ahora.

--Pues a buscar pareja.... Mire usted: alli esta Rosa Pallares que no
baila.

El futuro estadista se apresuro a invitarla, pensando con su penetracion
caracteristica que Esperancita le daba esa pareja porque era bastante
fea. Mecido en este grato y dulcisimo pensamiento paso un rato feliz
bailando con la hija del general Pallares, "uno de nuestros mas bellos
bacalaos", al decir de Cobo Ramirez. Creia estar cumpliendo con un
mandato de su adorada, dandole un testimonio irrecusable de que sus
celos, si los sentia, eran infundados.

Cuando termino el vals, vino, como un caballero de la Edad Media que
sale del torneo, a recibir el galardon de las manos de su dama. Pero
como no hay dicha completa en este mundo, al mismo tiempo que el se
acerco a la nina Cobo Ramirez. Ambos se sentaron a su lado y la
atosigaron a requiebros y atenciones. El uno le pedia el abanico, el
otro el panuelo. Los dos procuraban atraer su atencion sacando
conversaciones divertidas, lisonjeando su orgullo por todos los medios
que podian. En honor de la verdad hay que confesar que, aunque Ramoncito
era mucho mas profundo y politico, la conversacion de Cobo era mas
amena. Sin embargo, por uno de esos caprichos inexplicables de las
jovenes, Esperancita mostrabase mas afectuosa y deferente con Maldonado,
contra su costumbre. Y los tres ofrecian un espectaculo curioso y
divertido.

Los criados circulaban con bandejas llenas de sorbetes, jarabes,
confites y frutas heladas. Ramon llamo a uno para ofrecer a Esperanza
ciertas yemas a las cuales sabia que era aficionada. Al mismo tiempo
invito con empeno a su antagonista a que tomase un helado. Cobo lo
rehuso. Le apremio con tal afan, que el conde de Agreda, Alcantara y
otros varios que estaban cerca lo notaron.

--Mirad a Ramon que empeno tiene en que Cobo tome un helado--dijo uno.

--iClaro! Le ve sudando y quiere matarlo. Es logico--repuso Leon.

Pepe Castro, cuando vio acercarse a Cobo y Ramoncito, se habia retirado
discretamente. En el camino tropezo con Clementina, que parecia
multiplicarse. Acudia a todos los sitios donde hacia falta, volviendo a
cada instante junto a los soberanos, que se habian retirado con la
duquesa, el duque y las personas de su servidumbre a una sala donde
nadie oso entrar.

--Ya te he visto bailando con mi sobrinita--le dijo--. ?Por que no le
haces el amor?

--?Para que?

--Para casarte.

--iHorror! Pero chica, ?que te he hecho yo para que me aborrezcas tanto?

--Vamos, ven aqui. Has de ser formal--dijo ella poniendose grave,
adoptando un aire maternal--. Esperanza no es hermosa, pero tampoco
desagradable. Tiene la frescura de la juventud y esta enamorada de ti
... me consta....

--Si; lo mismo que tu--manifesto el gallardo salvaje, sonriendo con un
poco de amargura.

Ella lo advirtio y quiso dejarle satisfecho.

--Lo mismo que yo ... si te hubiese conocido a los diez y seis anos. Te
digo que te quiere, y mucho. Nosotras las mujeres cogemos al vuelo estas
cosas. Casate, no seas tonto.... Calderon es muy rico....

Cuando Pepe quiso contestar, la dama ya se habia alejado con pie rapido.
Quedo unos instantes inmovil y pensativo. Luego, a paso lento,
balanceandose, comenzo a dar la vuelta a los salones, deteniendose ante
las mujeres hermosas, examinandolas con mirada impertinente, como un
baja en el mercado de esclavas.

Lola Madariaga se habia apoderado de Raimundo. Le tenia a su lado alla
en un angulo de la gran sala de conversacion, y desplegaba uno tras
otro, con arte infinito, todos los recursos de su coqueteria para
conquistarle. Esta era la mania de la graciosa morena. No podia
cualquiera de sus amigas tener un galan sin que al momento no se le
antojase arrancarselo. Importaba poco que fuese guapo o feo, airoso o
encogido. Para ella, lo interesante era satisfacer la violenta necesidad
que siempre habia sentido de ser idolatrada, de triunfar de todas las
demas. Tenia unos ojos de mirar suave, inocente, que enganaban. Nadie
creyera que detras de aquella mirada se ocultaba una voluntad tan firme
y tan astuta. Alcazar la encontraba linda y su conversacion placentera;
pero influia mucho en esta simpatia la consideracion de ser amiga
intima de Clementina y la de versar la platica casi siempre acerca de
esta. No pudiendo bailar con su adorada ni hablar a solas, tanto por
prudencia como por las muchas obligaciones que aquella noche pesaban
sobre ella, se consolaba oyendo a Lola relatar pormenores referentes a
su amiga. Todo le interesaba al mancebo; el vestido que habia llevado al
baile de la embajada francesa; los menudos accidentes que le habian
ocurrido en la caceria de Cotorraso; las escenas que habia tenido con su
marido, etc. La linda morena seguia el plan de atraer primero su
atencion, captarse su simpatia a fin de ponerle blando.

Clementina llego a la sala cuando mas enfrascados estaban en la charla.
Quedose un instante a la puerta mirandoles sorprendida e irritada. Hacia
tiempo que Lola cayera de su gracia. Aunque Pepe Castro ya no le
interesaba, cuando su amiguita trato de birlarselo, se produjo cierto
enfriamiento en sus relaciones. Luego observo que Lola miraba a Raimundo
con buenos ojos y bromeaba con el en cuanto se le presentaba ocasion.
Esto desperto en su pecho un odio, que le costaba trabajo disimular.

Les clavo una mirada intensa y colerica: avanzo hasta el medio de la
estancia y dijo con voz un poco alterada:

--Alcazar, le necesitamos para bailar. ?Esta usted muy cansado?

--iOh, no!--se apresuro a decir el joven levantandose--. ?Con quien
quiere usted que baile?

No respondio. Lola le habia enviado una sonrisita sarcastica que acabo
de exasperarla. Se dirigio a la puerta.

--Siento mucho haberle molestado a usted--le dijo friamente cuando
estuvieron lejos.

Raimundo la miro sorprendido. Cuando nadie los oia acostumbraba a
tutearle.

--?Molestia? Ninguna.

--Si; porque, al parecer, estaba usted muy a gusto al lado de esa
senora....

Y no pudiendo refrenar sus impetus mas tiempo, le dijo sordamente:

--Ven conmigo.

Le llevo al comedor donde las mesas estaban ya esperando a los
invitados. Alli, en el hueco de un balcon, desahogo su ira. Le lleno de
insultos y dio por definitivamente rotas sus relaciones. Llego a
sacudirle violentamente por el brazo. Alcazar quedo tan estupefacto, tan
aterrado, que no supo contestar. Esto le salvo. Al ver su rostro
descompuesto donde se pintaban el dolor y la sorpresa, Clementina no
pudo menos de comprender que la ira la enganaba. En Raimundo no habia
existido intencion de coquetear. Sosegandose un poco, admitio las
disculpas que aquel le dio al fin.

--Si precisamente, para hablar de ti es para lo que yo me acerco a ella.

--iAh! ?Para hablar de mi?... Pues mira, de aqui en adelante no hables
de mi. Basta con que me quieras.

Los criados, que por alli andaban, los miraban con el rabillo del ojo y
se hacian guinos maliciosos. Al salir tropezaron con Pepa Frias. La
frescachona viuda estaba muy bien ataviada: habia oido infinitos
requiebros. Vestia de princesa extranjera del tiempo de Carlos III, de
lama plata con recamos de oro, y manto de terciopelo azul. Un escote
cuadrado dejaba ver con harta claridad lo que Pepa debia de considerar
mas interesante en su persona, a juzgar por la predileccion con que lo
mostraba.

--iChica, tengo un hambre de lobo!--entro diciendo--. ?Cuando acabais de
abrir el _buffet_? iAh! ?Conque os vais por los rincones? iPrudencia,
Clementina, prudencia!... Hija, yo no puedo aguardar mas: dame algo de
comer, o me caigo.

Clementina la llevo riendo a un rincon y le hizo servir algunas viandas.
Alcazar se volvio a los salones muy alegre, pero tembloroso aun por la
violenta emocion que su querida le habia hecho experimentar. Nunca la
habia visto tan furiosa.

La amistad de ella con Pepa se habia remachado desde la escena que hemos
descrito mas atras. La viuda se habia persuadido de que la salvacion de
su fortuna se fundaba en este carino y procuraba fomentarlo. Gracias a
el habia rescatado ya, poco a poco, una gran parte de ella. El resto no
le apuraba. Sabia que Da. Carmen tenia hecho testamento a favor de su
hijastra, y aunque esta senora habia mejorado un poco, era segura su
muerte en plazo breve. Los medicos habian descubierto en ella un tumor.
No se atrevian a operarla a causa de su extremada debilidad.

A Clementina le hacia muchisima gracia el desenfado, mejor aun, el
cinismo de Pepa. Ambas se entendian admirablemente. Ambas eran chulapas,
dos manolas nacidas demasiado tarde y en condicion social poco acomodada
a su naturaleza. Por supuesto, Pepa lo era mucho mas legitima que
Clementina, quien no lo llevaba en la masa de la sangre: veniale de
aficion.

--Mira, Clemen, que te estas desacreditando--le decia aquella, mientras
engullia vorazmente un pedazo de pavo en galantina--. Deja ese nino que
no vale un perro chico.... Para capricho ya ha sido bastante.

--?Que sabes tu lo que vale?--replicaba riendo Clementina.

--Por las trazas, hija.... Parece hecho en la _Dulce Alianza_. Lleva mas
de un ano en relaciones contigo, y todavia se pone colorado como un pavo
cuando le miras.

--Pues eso es precisamente lo que a mi me gusta.

Pepa alzo los hombros con indiferencia.

--?De veras? Para mi seria una calamidad, hija.

--Y Arbos, ?que tal se porta?

--Ese es un tonto de capirote, ?sabes?--dijo con la boca llena--; pero
al menos tiene fachada. En diciendole que es un gran hombre se tira de
cabeza al agua por ti.... Tu no sabes.... Me ha colocado en el
Ministerio mas de dos docenas de parientes.... Luego da gusto tener
cierta influencia en la politica y que los diputados la mimen a una.
Ayer, precisamente, tuve la visita de Mauricio Sala, que quiere a todo
trance ser subsecretario. Al parecer, esta seguro de que, siendolo,
Urreta le dara su hija.

--Yo detesto la politica.... ?Sabes que Irenita esta monisima con su
traje de cazadora?...

--iPs! vistosilla....

--No, no, monisima. ?Donde anda su marido, que no le he visto mas que al
entrar?

--?Su marido? iValiente tuno esta su marido!--exclamo levantando furiosa
la cabeza--. iAy que disgustos, querida, que disgustos tan grandes tengo
sobre mi--anadio con la boca llena.

--?Maria Huerta?--pregunto Clementina en tono confidencial.

--La misma--dijo entre dientes la viuda, mirando fijamente al pavo.
Luego encrespandose de pronto:--Es un bribon ?sabes? un sinvergueenza,
que no sabe siquiera guardar el decoro de su mujer. La mayor parte de
los dias la espera a la salida de San Pascual y la acompana a pie hasta
su casa. En el teatro no le quita los gemelos de encima. iUna porqueria!
Aunque sea un mal marido, que tenga dignidad. Y la panfila de mi hija,
loca, perdida por el. iHas visto que imbecil! No hace mas que llorar y
pedirle celos.... iQue mas quiere ese monigotillo que verla
humillada!... Si yo estuviera en su caso iya le diria!... Le ponia en
seguidita un armatoste en la cabeza que no cabia por esa puerta.

La exaltacion de su espiritu no le impedia engullir lindamente.

--Dios te lo pague, hija--concluyo por decir levantandose--. A ver si
este corazon se esta quieto un rato.

Pepa pretendia padecer de cierto mal de corazon que solo se le calmaba
comiendo.

Pocos minutos despues de salir ambas amigas del comedor, Clementina dio
las ordenes oportunas y el _buffet_ se abrio solemnemente. Las personas
reales entraron primero acompanadas de su servidumbre y de los amos de
la casa. Salabert habia echado el resto en la cena. El gran comedor de
techo artesonado parecia un ascua de oro. Las flores de vividos colores,
las frutas exoticas, la vajilla de plata, la cristaleria, bajo las
poderosas lamparas de gas titilaban como el cielo estrellado, producian
un fuerte deslumbramiento. Los criados con casaca y peluca blanca,
aguardaban inmoviles, pegados a la pared, tiesos y solemnes. En las dos
cabeceras del salon ardian enormes troncos de encina dentro de sendas
chimenas con retablos de roble tallado, cuyos adornos casi llegaban al
techo. Todos los manjares que estaban sobre la mesa habian venido de
Paris acompanados de una comitiva de criados y marmitones. Se exceptuaba
el pescado, que procedia del Cantabrico, y un _pudding_ llegado por la
tarde de Londres. Eran fiambres en su mayoria. No obstante, habia
_consomme_ caliente para el que lo pedia.

Las personas reales estuvieron muy cortos momentos en el comedor. Asi
que salieron precipitose en el la ola de la muchedumbre con harto poca
ceremonia. Los salones quedaron silenciosos en poder de los criados, que
con la regularidad y precision de soldados cambiaron las bujias proximas
a extinguirse por otras nuevas, mientras el comedor resonaba con el
campanilleo de los platos y las copas, la charla y las carcajadas de los
convidados.

Cobo Ramirez abandono por un rato a Esperancita dejandola en poder de su
rival, para sentarse en un rincon delante de una mesita volante y
devorar algunos trozos de _boeuf d'Hambourg_ y jamon. Naturalmente,
Ramoncito aprovecho este desahogo para poner de manifiesto el contraste
entre su parquedad poetica y la glotoneria prosaica de Cobo; hasta que
Esperancita le paro los pies diciendo con mal humor a su amiguita Paz,
que estaba del otro lado:

--Pues a mi me gustan los hombres que comen mucho.

--A mi tambien--repuso Pacita--. Al menos indica que no tienen enfermo
el estomago.

--Yo no lo tengo tampoco--se apresuro a decir el concejal, sofocado y
molesto por la actitud hostil en que las dos amiguitas se habian
colocado.

Paz se contento con sonreir desdenosamente.

El general Patino, fatigado de enviar mortiferos proyectiles a la esposa
de Calderon sin que la plaza se diese siquiera por enterada, habia
levantado el cerco para sitiar a la marquesa de Ujo, que a las primeras
granadas habia capitulado abriendo las puertas al enemigo. Sin embargo,
el general, como estrategico consumado, no perdia de vista a Mariana,
esperando cualquier incidente favorable para caer de nuevo sobre ella.
Se decia en los periodicos que iba a ser nombrado ministro de la Guerra.
Este cargo, sin duda, le daria mas prestigio y autoridad para entrar a
rebato en cualquier parte. La marquesa de Ujo vestia de turca y le
sentaba tan bien, que, segun Alcantara, apetecia soltarle un tiro. Su
languidez era tanta aquella noche, que apenas tenia fuerzas para
articular las palabras. A cada paso el ilustre general se veia en la
necesidad de ayudarla en tan improba tarea. Mientras roia con sus
dientes desvencijados algunas pastas, pues no admitia otra cosa su
estomago, tambien un poquito averiado, disertaba, mejor dicho, exhalaba
una serie de exclamaciones acerca de cierta novela recien publicada en
Francia.

--iQue escena!... iAh! ipero que cosa tan linda!... Cuando ella le dice:
"Entrad en el cuarto si quereis: podreis manchar mi cuerpo, pero no mi
alma...." iAh! iY cuando va al lugar del duelo y recibe la bala que iba
dirigida a su marido!... iQue cosa mas linda!...

Pepe Castro caracoleaba (perdon por el simil) en torno de Lola
Madariaga. Esta le contaba con risa maligna lo acaecido hacia un rato,
cuando Clementina se presento de improviso donde ella estaba con
Alcazar. Hablaba como si le hubiese arrancado el galan a su amiga, con
acento protector y desdenoso que hubiera hecho dar un salto a la
orgullosa hija de Salabert si por ventura la hubiese oido.

--iPobre Clemen! Se esta haciendo vieja, ?verdad? iQue figura tiene
todavia! Claro que es a fuerza de apretarse, y esto tarde o temprano le
va a hacer dano; pero de todos modos.... La cara no corresponde a la
figura, ?no cree usted? Sobre todo ahora que se le esta empanando el
cutis de un modo horroroso. Siempre ha tenido la fisonomia muy dura.

Y al mismo tiempo sus ojos claros y suaves miraban a Castro con tal
dulzura, que realmente era para empacharse. Le habian dicho siempre (y
era cierto) que tenia el semblante muy dulce. Para dar mas realce a esta
cualidad ponia cara de idiota.

Castro asentia a todo, tanto por lisonjearla como por la mala voluntad
que tenia a Clementina. No sentia interes por Lola, pero a raiz de su
ruptura con aquella se habia consolado un poco festejandola: aunque en
ello habia tenido no poca parte el deseo de no aparecer derrotado a los
ojos del mundo.

--?Y usted cree que esta enamorada realmente de ese nino que parece una
colegiala del Sagrado Corazon?

--iVaya usted a saber! Clementina presume mucho de original. Esta ultima
aventura la acredita de ello.... Mire usted que miraditas tiernas le
esta echando el bebe desde lejos.

Raimundo, en pie, alla en el extremo de una de las mesas, no quitaba ojo
a su amada, que iba y venia de un sitio a otro previniendo los deseos de
aquellos invitados a quienes mas deseaba complacer. De vez en cuando le
enviaba una imperceptible sonrisa de inteligencia que transportaba al
joven al septimo cielo.

Pepa Frias, si no comia porque estaba ahita, pellizcaba en las frutas y
confites, teniendo detras de su silla a Calderon, Pinedo, Fuentes y
otros tres o cuatro caballeros maleantes que gozaban en tirarle de la
lengua. No se la mordia, en verdad, la fresca viuda. Se defendia
admirablemente de todos ellos parando y contestando los golpes con
maestria.

--?Donde dice usted que tiene gota, Pepa?

--En los pies, Pinedo, en los pies ... donde tiene usted el talento.

--Aunque usted me insulte, quisiera que me traspasase esa gota ... ipor
tener siquiera una gota de usted!

--iPocas gracias! Seria una gota de esencia aromatica--dijo un consejero
de Estado harto dulzon.

--?Y usted que sabe, hombre, si no ha metido la nariz mas que en el coro
de ambos sexos?

El consejero se puso colorado. Todos rieron de la alusion.

--iPero que cruel es usted, Pepa!--exclamo Fuentes riendo todavia--. Los
que aqui estamos no sabemos nada ... (digo, senores, yo hablo por mi),
del olor, del color, ni del sabor de usted; pero no nos quitara el
derecho de figurarnos que es usted una cosa apetitosa y tierna.

--?Tierna?... Esta usted en un error lamentable.

--Yo lo digo por lo que veo ...--dijo acercando el rostro al exuberante
seno de la viuda ...--Y a proposito: ?que lleva usted en ese alfiler?
?es un retrato de familia?

El alfiler representaba un mono.

--No. Fuentes--replico furiosa--, es un espejo.

De todo el grupo salio una carcajada espontanea que hizo volver la
cabeza a los que estaban cerca.

Fuentes quedo acortado un instante; pero como hombre de ingenio que era
supo reponerse.

--Yo sere mono, Pepa, pero usted es monisima.

--iBravo, Fuentes, bravo!--exclamo Calderon, a quien, como hombre
exclusivamente de _debe y haber_, causaba asombro cualquier frase
oportuna.

El tiroteo siguio aun despues de haber salido la mayor parte de la gente
a los salones. El grupo se habia reforzado con algunos pollastres. Esta
fue la razon de que Pepa se levantase bruscamente al cabo, diciendo:

--Me voy. Por mi causa estan ustedes escandalizando a estos seres
tiernos y candorosos.

Los pollos protestaron con algazara.

Poco despues de poblarse nuevamente los salones de baile se retiraron
las personas reales. Hubo para despedirlas el mismo ceremonial, esto es,
las filas apretadas a la puerta de la antesala, la Marcha Real por la
orquesta y la despedida de los duenos hasta la escalinata.

Clementina respiro con libertad. A paso lento, gozando el placer del que
ha terminado una tarea dificil, atraveso los salones dirigiendo sus ojos
risuenos a todas partes, dejando fluir de sus labios palabritas amables
a los amigos con quien tropezaba. Aquel baile esplendido, quiza el mas
suntuoso que hubiese dado jamas un particular en Espana, era obra suya
casi exclusivamente. Su padre habia suministrado el dinero: pero ella la
actividad, el gusto, el artificio. Escuchaba las enhorabuenas que todos
al paso la murmuraban, mecida en una embriagadora satisfaccion del amor
propio. La felicidad le hizo pensar en el amor, su complemento
indispensable. Acometiole un deseo penetrante de cambiar con Raimundo, a
solas, algunas tiernas palabras de carino, algunas caricias fugitivas. Y
buscole con los ojos entre la muchedumbre.

Raimundo habia vagado toda la noche por los salones casi siempre solo.
Habia esperado el baile con deseo pueril, prometiendose vivos e
ignorados placeres. Jamas habia asistido a una de estas fiestas
brillantes de la sociedad aristocratica. La realidad no correspondio a
su esperanza, como siempre acontece. Toda aquella vana ostentacion, el
lujo escandaloso desplegado ante su vista, en vez de acariciar su
orgullo lo hirio cruelmente. Nunca se sintio tan forastero en aquel
mundo que hacia tiempo frecuentaba. Sus pensamientos, encaminados hacia
la melancolia, representaronle su pobre hogar, donde por su culpa iba a
faltar muy pronto lo necesario, la modestia de su santa madre, que no
vacilaba en desempenar las tareas mas humildes de la casa, y la de su
inocente hermana, que con ella habia aprendido a ser economica y
trabajadora. Un remordimiento feroz le mordio el corazon. Observaba,
ademas, que en los jovenes salvajes que le rodeaban existia contra el
cierta hostilidad latente. Tenia a muchos por amigos, le recibian
agradablemente, jugaba con ellos, les acompanaba en algunas excursiones
de placer: pero habia llegado a comprender que para ellos no tenia otra
personalidad que la que le daba el ser amante de Clementina. En casi
todos los que trataba, percibia, o su exagerada susceptibilidad le hacia
percibir, un dejo desdenoso que le humillaba horriblemente. El amor
frenetico que profesaba a Clementina le compensaba bien de esta tortura
y hasta se la hacia olvidar muchas veces. Pero aquella noche su dueno
adorado, aunque no le olvidase, andaba lejos. Y le pasaba lo que a los
misticos cuando Dios no les tiende la mano: acometiale una gran
sequedad, un tedio abrumador. Bailo por compromiso dos o tres veces;
converso un poco. Harto al fin de dar vueltas se retiro al mas oscuro
rincon de una de las salas, y sentandose en un divan quedo sumido en
tristeza profunda.

Clementina le busco en vano durante algunos minutos, hasta
impacientarse. Cuando entro en la sala de juego le vio al fin venir
hacia ella con la faz radiante. Toda su tristeza se habia disipado al
verla y al observar que le buscaba.

--Si quieres que hablemos un momentito, vente al despacho de papa.
Saliendo al corredor lo hallaras a mano derecha--le dijo rapidamente y
con acento carinoso.

Y se fue. Raimundo, por disimular, se acerco a una de las mesas de
juego: estuvo algunos instantes mirando.

Clementina se deslizo disimuladamente por los salones, salio al corredor
y se dirigio al despacho del duque, una pieza regia que solo tenia de
respeto, pues siempre trabajaba arriba. Estaba profusamente iluminada,
como todas las estancias del piso principal. Al poner el pie en el creyo
percibir un sollozo ahogado, que la lleno de sorpresa y temor. Derramo
la vista por todo el ambito y percibio, alla en el fondo, a una senora
tumbada en el sofa, ocultando el rostro con el panuelo, en actitud de
llorar. Acercose, y por el traje la conocio en seguida. Era Irenita.

--iIrenita! Hija mia, ?que tienes?--exclamo inclinandose sobre ella con
solicitud.

--Ay, perdon, Clementina.... Me he metido aqui sin saber lo que
hacia.... iSoy tan desgraciada!

Y las lagrimas brotaron con abundancia de sus ojos.

--Pero, ?que te ha pasado, criatura?

--iNada, nada!--replico la nina sollozando.

Hubo unos segundos de silencio. Clementina la contemplaba con lastima.

--Vamos--dijo acercando la boca a su oido--. Emilio te ha dado algun
disgusto esta noche.

Irenita no contesto.

--No te aflijas, tonta. Con eso no adelantas nada. Procura, aunque sea
haciendo un gran esfuerzo, aparecer indiferente. Ese es el medio mejor
de que no te desprecie.... Digo ... el medio mejor es otro ... pero no
te lo aconsejo, porque no esta bien aconsejar ciertas cosas.... Si estas
enamorada de el no des tu brazo a torcer, por Dios.... Que no sepa estas
penas tuyas, porque eres perdida.... Dejale que satisfaga su capricho,
que el volvera a ti.

Irenita levanto su rostro banado de lagrimas.

--?Pero ha visto usted lo que ha hecho hoy? iEs horrible!

En aquel momento Clementina oyo pasos en el corredor. Sospechando de
quien eran fue rapidamente a la puerta, diciendo:

--Espera un poco: dejame cerrar.

Fue bien a tiempo. En aquel instante llegaba Raimundo. La dama puso el
dedo en los labios haciendole sena de que se alejase. Irenita no
advirtio nada. Cuando Clementina volvio a su lado le dio cuenta, entre
lagrimas y suspiros, de los agravios que su marido le habia inferido
aquella noche. En primer lugar, Emilio se vistio de hungaro para venir
al baile. Irene habia observado en cuanto entro, que Maria Huerta vestia
tambien de hungara. Debian de estar convenidos, lo cual era una afrenta,
que mas de una persona habia notado. Luego bailaron un vals y un
rigodon. Mientras duro este, Emilio no habia cesado de hablarle al oido.
Toda la noche la habia estado sirviendo lo mismo que un criado,
presentandole el mismo las fuentes de confites y frutas heladas. Una
vez, al darle una de estas, le habia apretado los dedos; bien lo habia
visto. iEsto era una indecencia! Irenita queria suicidarse. Preferia
morir mil veces a padecer semejantes tormentos. Clementina la consolo
como pudo. Emilio la queria muchisimo: le constaba. Solo que los hombres
tienen a lo mejor estos sofocos, lo que llaman los toreros, _extranos_.
Como el corazon no esta interesado, dejandoles sueltos un momento se
hastian y vuelven a lo que verdaderamente aman.

Para arreglarse un poco y lavar los ojos no quiso llevarla al tocador
del baile: subiola al de la duquesa. Al cabo de unos minutos bajaron
ambas. Irenita prometio no dar a conocer su pena. En cuanto Clementina
entero a Pepa de lo que habia pasado, se sulfuro de tal modo que tuvo
necesidad de contenerla para que no fuese a aranar a su yerno.

--Bien, si no le arano ahora, le aranare despues--dijo alzando los
hombros con indiferencia. Tan resuelta estaba a ello--. Suceda lo que
suceda, yo no puedo consentir que ese _titi_ mate a mi hija, ?sabes?...
Y en cuanto a esa pendona desorejada, no he de parar hasta que la escupa
en la cara ... y al cabronazo de su marido, lo mismo.... iPues estamos
aviados!

--?No sera mejor que procures desembarazarte de ellos? Huerta esta en el
Ministerio. Mira a ver si le mandas de gobernador a cualquier parte....

--iPues es verdad! Ahora mismo voy a hablar a Arbos.... iPero lo que es
a mi senor yerno no le perdono!... Esta noche me las ha de pagar, o no
me llamo Pepa.

El duque, rodeado siempre de un grupo de fieles, se dejaba atufar a
golpes de incensario, soltando a largos intervalos algun grunido
espiritual que los electrizaba, les hacia prorrumpir en exclamaciones de
alegria. Las senoras eran las que mas se distinguian por su entusiasmo.
El genio especulador de Salabert les infundia vertigos de asombro, como
si se pusiesen a calcular cuantos vestidos podrian comprarse con sus
millones. Y el, tan flexible generalmente, que habia llegado al puesto
que ocupaba, segun propia confesion, a fuerza de puntapies en el
trasero, al hallarse entre sus adoradores los maltrataba sin piedad. Sus
chistes brutales, lo mismo caian sobre los hombres que sobre las
senoras. Gozaba en la ostentacion barbara de su fuerza. Si aquellos sus
devotos admiradores se dejaban humillar tan pacientemente no dandoles
nada, ?que no sucederia si repartiese entre ellos sus millones, si el
becerro de oro comenzase a vomitar monedas?

En la sala de juego, adonde se fue despues de haber despedido a los
soberanos, le tenian materialmente bloqueado una porcion de
especuladores de segunda y tercera fila.

--?Como van las acciones de Riosa, duque?--se atrevio a preguntarle uno.

--No me hable usted de eso--gruno el procer poniendo los ojos torvos.

El plan de Llera se estaba desenvolviendo puntualmente: esto es, el
duque, despues de haber tomado un numero crecido de acciones, se ocupaba
en producir el panico entre los accionistas. Hacia ya algunos meses que
por medio de agentes secretos compraba acciones para venderlas al
instante con perdida. Gracias a estas operaciones, el papel habia bajado
considerablemente. Ahora preparaba el golpe definitivo, comprando mayor
cantidad para lanzarlo repentinamente al mercado, aprovechar la baja que
esto produciria y adquirir la mitad mas una de las acciones.

--No todos los negocios han de salir bien--replico el otro sonriendo con
mal disimulada satisfaccion--. Usted ha sido siempre afortunado....

--No es a la fortuna a quien debe sus exitos el duque. A su genio, a su
habilidad inconcebible es a quien los debe--manifesto un tercero
arreandole una tufarada de incienso.

--Sin duda, sin duda--se apresuro a decir el otro tratando a su vez de
apoderarse del incensario--. El duque es el primer genio financiero que
ha salido en nuestro pais. Yo no comprendo como no se le entrega la
Hacienda espanola. Si el no la arregla, no hay que esperar salvacion
para nosotros....

--Pues si acierto a salvarla como he acertado en el negocio de Riosa,
aviados quedan los espanoles--profirio estoposamente el duque con acento
de mal humor.

--?Pero ha salido tan malo el negocio?

--iF....! para el Gobierno, no; pero para mi, que he tomado a la par
las acciones, me parece que no ha sido bueno.

El duque echaba la culpa de haberse metido en el al animal de su
administrador, a Llera, que se lo habia metido por la cabeza contra
todos sus presentimientos.

--Los hombres como usted no deben fiarse de nadie mas que de su
instinto--le decian--. Cuando se tiene el genio de los negocios....

Y la palabra _genio_ venia a cada instante a los labios de los fieles
idolatras del becerro.

Subito aparecio en la puerta de la sala Clementina seguida de Osorio, de
Mariana y de Calderon. Los cuatro traian el semblante inquieto y
asustado. Sus ojos se clavaron a la vez en Salabert, hacia el cual
avanzaron precipitadamente.

--Papa, escucha una palabra--le dijo Clementina.

Salabert se destaco del grupo y fue a reunirse con los otros en el
opuesto rincon.

--iEsa mujer esta ahi!...--dijo aquella con voz alterada, los ojos
relampagueantes de ira.

--iEs un escandalo!--manifesto Osorio.

--Algunas personas ya se han ido, y en cuanto se enteren, se iran
todas--apunto con mas sosiego Calderon.

--?Que mujer esta ahi?--pregunto el duque abriendo mucho sus ojos
saltones.

--iEsa mujer!... esa Amparo la malaguena--replico su hija buscando el
tono mas despreciativo.

--iComo!--exclamo el duque con profundo estupor--. ?Se ha atrevido esa
z---- a presentarse en el baile? ?Quien la ha dejado pasar? Manana mismo
despido al portero.

--No; a quien hay que despedir ahora mismo es a ella ... ien
seguidita!--dijo Clementina atropellandose por la colera.

--iSi, si ... ahora mismo! ?Como es eso? iAtreverse esa desvergonzada a
poner los pies en esta casa y en un dia semejante! ?Ya no hay pudor? ?Ya
no hay vergueenza? ?En que pais estamos? ?Pero como ha podido pasar? iUna
fiesta que habia comenzado tan bien!

--Traia invitacion, al parecer.

--Pues la ha robado o estara falsificada.

--Bien, bien; concluyamos pronto--dijo Clementina con voz irritada--.
Esta en los salones. Es necesario que vayas a alla y la notifiques que
haga el favor de salir, del modo que mejor te parezca.... iPero pronto!
antes que lo perciba la gente ... y sobre todo, mama....

--No, chica; yo no voy.... Me conozco bien y se que no podria contener
mi indignacion. No nos conviene llamar la atencion en este momento....
Ve tu, ve tu ... y que se largue pronto....

Clementina, sin pronunciar otra palabra, se alejo con paso rapido, el
rostro palido y contraido, los labios tremulos. Lanzose en el torbellino
de los salones y busco ansiosamente a la intrusa. No tardo muchos
minutos en hallarla ioh vergueenza! del brazo del marques de Davalos.

Estaba esplendidamente hermosa la ex florista con su traje de Maria
Estuardo. Llevaba un sobretodo acuchillado de mangas abiertas, color
carmesi recamado de oro; un elegante prendido de encaje y menudas
florecillas de esmalte y perlas. Su incomparable belleza irrito aun mas
la ira de Clementina.

La hermosa odalisca de Salabert, aunque de inteligencia limitadisima,
habia tenido tiempo a reflexionar que su presencia en el baile podria
acarrear un conflicto. Pero su antojo era tan vivo y desordenado, que de
ningun modo quiso dejar de satisfacerlo, de lucir su costoso vestido de
reina de Escocia. Penso que podria sortear aquella dificil situacion
yendo a ultima hora, dando un par de vueltas por los salones y
retirandose en seguida. Hizose acompanar de una amiga vieja de aspecto
venerable. Amargo desengano debio de experimentar cuando al penetrar en
los salones y tropezar con una porcion de distinguidos salvajes a
quienes trataba con intimidad, Pepe Castro, el conde de Agreda,
Maldonado y otros, observo que todos le volvian la espalda y se
apresuraban a alejarse. Tan solo el fiel Manolo, el loco marques de
Davalos, la reconocio y consintio en la mengua de ofrecerla el brazo.

Pocos minutos pudo disfrutar de su apoyo la malaguena. Cuando una
sonrisa de triunfo plegaba ya sus labios y a paso lento y majestuoso iba
dando su apetecida vuelta por los salones, se encontro repentinamente
frente a Clementina. Sin previo saludo ni la mas leve inclinacion de
cabeza, ni hacer caso alguno de su acompanante, esta le puso la mano en
el hombro, diciendola:

--Tenga usted la bondad de escuchar una palabra.

Maria Estuardo empalidecio, titubeo unos instantes, y por fin dijo con
firmeza y ademan orgulloso:

--Nada tengo que hablar con usted. A quien deseo ver es al dueno de la
casa, al duque de Requena.

Margarita de Austria le clavo una mirada iracunda, que la otra sostuvo
sin pestanear. Luego, acercando la boca a su oido, le dijo con rabioso
acento:

--Si usted no me sigue ahora mismo, llamo a dos criados para que la
saquen del salon a viva fuerza.

La reina de Escocia se estremecio; pero tuvo aun animos para contestar:

--Deseo ver al senor duque.

--El senor duque no esta visible para usted.... iSigame, o llamo!

Y al mismo tiempo echo una mirada en torno como en ademan de cumplir su
promesa.

La Estuardo empalidecio aun mas. Desprendiendose del brazo de Davalos la
siguio al fin.

Esta escena habia sido observada por varias personas; pero nadie oso
seguirlas si no es el demente Manolo, que lo hizo de lejos. La esposa
de Felipe III se dirigio a la antesala y alli dijo a un lacayo:

--El abrigo de esta senora.

No se hablo otra palabra. El lacayo entrego el abrigo. Maria Estuardo se
lo puso sin ayuda de nadie, con mano temblorosa. Luego avanzo unos
cuantos pasos, y volviendose de pronto, dirigio una mirada de odio
mortal a D. Margarita de Austria, que se la devolvio acompanada de una
sonrisa de desprecio.

Estaba de Dios que la desgraciada reina de Escocia habia de ser
humillada siempre. Primero lo fue por su tia Isabel de Inglaterra. Ahora
la reina Margarita la ponia sin miramientos de patitas en la calle.
Donde encontro a su venerable amiga dentro ya del coche. Al ver el
comienzo de la escena pasada se habia escabullido prudentemente. Antes
que partiesen, el marques de Davalos se junto a ellas. No sabemos lo que
los salones de Requena ganaron en su aspecto moral con la marcha de
Maria Estuardo; pero si podemos afirmar que perdieron mucho en el
estetico. Porque, a la verdad, estaba lindisima.

El baile tocaba a su fin. Comenzaron los preparativos para el gran
cotillon. La muchedumbre se habia aclarado un poco. Algunos se fueron
antes de terminar el baile, viejos en su mayoria a quienes hacia dano el
trasnochar. Entre las damiselas hubo la agitacion y el movimiento que
precede siempre al cotillon. En esta ultima etapa el baile adquiere un
aspecto de recreo familiar muy grato. El arte y la imaginacion
intervienen para arrancarle sensualidad y hacerle un pasatiempo
inocente, al estilo de las hermosas fiestas que en el siglo XIV se
celebraban en los palacios de Inglaterra y Francia. Para las ninas
casaderas suele ser tambien el momento en que termina el primer acto de
la comedia amorosa que han empezado a representar.

Pepe Castro habia recibido el consejo de su ex querida Clementina
referente a la conveniencia de festejar a la nina de Calderon, con risa
como ya hemos visto. Sin embargo, no le cayo en saco roto. Mientras
bailaba y bromeaba con otras jovenes, no dejo de acordarse mas de una
vez. Al llegar el cotillon se acerco a Esperancita preguntandole si
queria ser su pareja, a sabiendas de que esto no podia ser, pues todos
los pollastres se apresuran a pedir tal merced a las damas asi que
entran en el baile. Pero le convenia para el plan que comenzaba a
desenvolverse en su cerebro, fecundo en abstracciones. La nina lo tenia,
en efecto, comprometido con el conde de Agreda; mas al oir la demanda de
Castro, sintio tales deseos de acceder a ella, que con sorprendente
audacia respondio que si.

La duquesa designo como dama directora a la condesa de Cotorraso, a la
cual se unio Cobo Ramirez. Este se imponia en todos los bailes como
habilisimo director de cotillones. Tan era asi, que muchos dias antes
del baile ya habia celebrado largas conferencias con Clementina acerca
de este punto esencialisimo.

Formose el corro de sillas. Pepe Castro fue a sacar a Esperanza, que
tomo su brazo de buen grado. Mas antes de dar un paso llego el conde de
Agreda.

--iComo, Esperancita! ?No me habia usted concedido el
cotillon?--pregunto sorprendido.

La audacia no abandono a la nina, la audacia de la mujer enamorada.

--iAy, perdoneme usted, Leon! Cuando se lo concedi a usted no me
acordaba que ya lo tenia comprometido con Pepe--respondio en un tono que
podia envidiar la mas consumada actriz.

El conde se retiro diciendo algunas palabras de cortesia, que no
pudieron ocultar su mal humor. Cuando quedaron solos, Esperancita,
asustada de aquel testimonio de interes que habia dado a Castro, se
apresuro a disculparse ruborizada.

--La verdad es que no me acordaba de que lo tenia comprometido con
Leon.... Y como ya habia tomado el brazo de usted ... y ademas el conde
baila de un modo que me fatiga mucho....

Pepe Castro no abuso de su triunfo; se manifesto modesto y sumiso. En
vez de galantearla descaradamente, adopto un temperamento mas
insinuante, colmandola de atenciones delicadas, estableciendo mayor
confianza entre ellos, mostrandola, en una palabra, mucho carino, pero
sin hablarla de amor. La nina rebosaba de dicha. Espezaba a sentirse
adorada. Creia que la simpatia y el afecto con que siempre se habian
tratado Pepe y ella se transformaban al fin en amor. Su corazon empezo a
saltar alegremente dentro del pecho.

Tambien Ramoncito estaba satisfecho con aquel trueque. El conde de
Agreda le era de poco tiempo atras muy antipatico, casi tan antipatico
como Cobo Ramirez, porque empezo a sentir de el los mismos celos que del
otro. En cambio, a Pepe Castro considerabalo como su mismo yo; otro
concejal mas esbelto. Las atenciones que Esperancita le guardase, las
tomaria como dirigidas a su propia persona. Asi que, al verlos del
brazo, se conmovio profundamente, y al acercarse a ellos para decirles
algunas palabras insignificantes no pudo menos de ruborizarse. Pepe le
hizo un guino malicioso como diciendo: "Has triunfado en toda la linea".
El joven concejal sintio que se acercaba a pasos de gigante el logro de
sus esperanzas y el apogeo de su dicha.

El cotillon fue digno remate de aquel baile brillantisimo. La fantasia
de Cobo Ramirez, apretada por la gravedad del caso, fascino a los
invitados con peregrinas trazas y artificios delicados: los tuvo
enajenados cerca de una hora. Llamo la atencion, y le valio unanimes
aplausos, un juego de sortija que se organizo en el medio del salon.
Cobo dividio a los caballeros en dos cuadrillas, que tiraron
alternativamente flechas con unos primorosos arcos dorados a la sortija
suspendida por una cinta del techo. Los vencedores tenian derecho a
bailar con las damas de los vencidos, mientras estos los habian de
seguir dandoles aire con el abanico. Organizose despues otro juego de
cintas para las damas. La vencedora salio un momento del salon y
aparecio en seguida en un magnifico carro tirado por cuatro lacayos
vestidos de esclavos negros: dio asi una vuelta rodeada de todas las
demas, al compas de una marcha triunfal. Estas y otras invenciones no
menos famosas, dejaron para siempre sentada sobre bases solidas la fama
del hijo de los marqueses de Casa-Ramirez.

Terminado el cotillon, comenzo el desfile de la gente. Fue una retirada
estrepitosa. Toda aquella muchedumbre se agolpo en el vestibulo y en la
escalinata, charlando en voz alta, riendo, gritando alguna vez en
demanda del coche. El vasto jardin, iluminado por algunos focos de luz
electrica, ofrecia un aspecto fantastico, inverosimil, como los paisajes
de los cosmoramas de feria. Aquellas luces blancas, intensas, hacian aun
mas negro y profundo el follaje, borraban los linderos del parque
extendiendolo desmesuradamente. La noche era despejada. En el oriente
azuleaba ya la aurora. Hacia un frio intenso. Envueltos en sus gabanes
de pieles, los jovenes salvajes quemaban los ultimos cartuchos de su
ingenio en honor de las hermosas damas que tenian cerca. Los costosos y
pintorescos abrigos de estas chillaban debajo de las bombillas
electricas. Los caballos piafaban, los lacayos gritaban, y los coches,
al acercarse lentamente a la escalinata, hacian crujir la arena de los
caminos. Sonaban golpes de portezuelas, ruido de besos, voces de
despedida. La rueda de los coches, al pasar por delante de la gran
escalinata, iba arrebatando poco a poco a los que alli estaban para
dispersarlos por todo Madrid en busca de reposo.

Pepe Castro se habia colocado al lado de Esperancita y la hablaba
dulcemente al oido. La nina, embozada hasta los ojos, sonreia sin
mirarle. Cuando su coche llego al fin, se estrecharon las manos
largamente.

--Supongo que no nos tendra tanto tiempo olvidados como hasta ahora; que
ira por casa mas a menudo--dijo ella teniendo aun su mano entre las del
gallardo salvaje.

--?Usted quiere de verdad que vaya a menudo por su casa?--dijo
mirandola fijamente como un magnetizador.

--iYa lo creo que quiero!

Al decir esto se ruborizo fuertemente debajo del embozo, y desprendiendo
bruscamente su mano, siguio a su mama que entraba en el carruaje.

Pepa Frias habia dicho a su hija:

--Mira, chica, cuando nos vayamos, deseo que Emilio me acompane. Estoy
nerviosa y no podria dormir si no le ajustase antes las cuentas. No
quiero mas escandalos, ?sabes? Le voy a dirigir el _ultimatum_. Si
persiste, tu te vienes conmigo y el que se vaya al infierno.

Estaba furiosa. Su hija, aunque quisiera poner reparos a esto de la
separacion, pues adoraba a su infiel marido, no se atrevio. Bajo sumisa
la cabeza. Cuando llego el momento de marchar, Pepa se dirigio a su
yerno:

--Emilio, haz el favor de acompanarme. Deseo hablar contigo.

"iMalo!" dijo para si el joven.

--?E Irene?

--Que vaya sola. No se la comeran los lobos--respondio asperamente.

"iMalisimo!" torno a decirse Emilio.

En efecto, Irenita dirigiendo ojeadas de temor y ansiedad a su mama y su
marido, se metio sola en su berlina, mientras ellos subian a la de la
primera.

Cuando el carruaje comenzo a rodar, Emilio, para desarmar a su suegra,
quiso, como un chiquillo que era, desviar el rayo sacando una
conversacion que pudiese entretenerla.

--?Ha visto usted que audacia la de Amparo? La creia capaz de muchos
desatinos, pero no de uno semejante.

Y hablo de la Amparo con gran verbosidad sin conseguir que su suegra
desplegase los labios. Lo mismo sucedio cuando principio a hacer
comentarios acerca de la fortuna de Salabert, de los gastos del baile,
del extraordinario honor que habia merecido de los soberanos aquella
noche, etc., etc. Pepa reclinada en su rincon, guardaba un silencio
feroz que no anunciaba nada bueno. Pero Emilio, sin desanimarse, toco
con habilidad la tecla que responde en todas las mujeres.

--?Sabe usted, Pepa (asi la seguia llamando, lo mismo que cuando era
novio de su hija), que en un grupo donde estaba el presidente del
Consejo, oi, sin querer, grandes elogios de usted? Elogiaban mucho el
traje; pero mas aun la figura. Decian que no habia ninguna nina en el
baile que pudiera competir con la frescura de usted; que tenia usted un
cutis como raso, cada dia mas terso y brillante.

--iJesus, que tonteria! Esas son payasadas, Emilio. En otro tiempo, no
digo....

--No, Pepa, no; el cutis de usted es proverbial en Madrid. Ya daria
Irene algo por tenerlo como usted.

--?Es mejor que el de Maria Huerta?--pregunto con tonillo ironico, donde
no se adivinaba, sin embargo, gran irritacion.

Pepa habia cambiado de plan: penso que seria mucho mejor adoptar la via
diplomatica. A un chiquillo como Emilio, que no habia sido indocil hasta
entonces, era facil atraerlo con el carino. Aquel, en la oscuridad del
coche, se habia puesto colorado.

--El de Maria Huerta no vale nada.

--Por eso te gusta. Todos los hombres sois lo mismo en eso de cambiar
las orejas por el rabo. Mira, Emilito--anadio cogiendole una mano,--yo
tenia que renirte mucho, hablarte muy seriamente, decirte cosas muy
amargas ... pero no puedo, tengo un corazon tan estupido que para todas
las ofensas encuentra disculpas. Hoy has hecho una barrabasada de marca,
lo bastante para que Irene se separase de ti; pero a mi se me antoja que
no es tan grande como parece, porque eres un chiquillo aturdido. Estoy
segura de que tu mismo no te explicas la gravedad de ella....

Pepa continuo su sermon en tono dulce y persuasivo. Emilio, que esperaba
una rociada de injurias, quedo gratamente sorprendido. Escucholo con
sumision, y despues, con voz conmovida, empezo a disculparse. Verdad que
habia coqueteado un poco con Maria Huerta, pero juraba que no estaba
interesado por ella. Era una cuestion de amor propio. Cuando el se habia
casado con Irene, esta Maria habia dicho en casa de Osorio que no
comprendia como Irene aceptaba por marido un chico tan feo y tan
insustancial. Entonces juro que se tragaria aquellas palabras: ya estaba
conseguido. Por lo demas ique amor ni que calabazas! Nunca habia estado
enamorado de Maria Huerta ni pensaba estarlo.

--Yo no podia creer que estuvieses enamorado, porque siempre has tenido
buen gusto.... Porque en resumen, esa mujer no es mas que un paquete de
trapos.... Si vistes el palo de la escoba como ella, puede muy bien
hacer sus veces.... Pero ya ves, Irene lo cree y tienes la obligacion de
evitarla esos disgustos. Si yo estuviese en su caso no me los darias,
monigote--anadio cogiendole carinosamente de la oreja--. Ya sabria yo
tenerte bien amarradito a mis faldas.

--Lo creo--repuso el joven dirigiendola una larga mirada que nada
tenia de filial--. Usted tiene mas recursos que Irene.

--?Pues?--pregunto ella con otra mirada poco maternal.

--Porque usted es una mujer mas complicada; que necesita mas estudio.
Por lo mismo, no me dejaria tiempo a aburrirme seguramente.

--?Que sabes tu de eso, mamarrachillo? Hablas de mi como si me supieses
de memoria.

--iQue mas quisiera yo!

--iVaya, Emilio, no seas payaso! Mira que me estas faltando al respeto.

La conversacion siguio en este tono alegre y carinoso mientras el
carruaje rodaba por las calles sombrias. En aquel rincon oscuro,
sacudidos por el vaiven de los resortes y aturdidos por el estrepito de
las ruedas al saltar sobre el pavimento, el cuchicheo se hizo cada vez
mas intimo, mas insinuante, animado a cada momento por risas ahogadas y
palabritas dulces. De ambos se habia apoderado un suave enternecimiento;
de Pepa por haber hallado a su yerno tan docil; este por ver a su suegra
tan carinosa y transigente, creyendo encontrarla hecha una furia.
Animado con su exito, acariciado por aquella dulce confianza que
repentinamente se establecio entre ellos, no cesaba de piropearla. Pepa
se enfadaba o fingia enfadarse, le daba pellizcos feroces, le llamaba
hipocrita, coqueton, desvergonzado. Concluyo por decir:

--Todo eso que me dices es una farsa tuya. Si fuese verdad me alegraria,
porque asi tendria cierta influencia contigo para hacerte un buen
marido.

Al salir del coche, con el rostro encendido, mas hermosa que nunca, le
dijo:

--Sube un momento: tengo que darte el reloj de Irene, que se le ha
olvidado ayer.

Emilio la subio del brazo y entro con ella en su gabinete.

Mientras tanto, Irenita llegaba a casa en un estado de agitacion facil
de comprender en una nina tan sensible y enamorada de su marido. La
conducta de Emilio aquella noche la habia trastornado, la habia puesto
excesivamente nerviosa. Y para fin de fiesta, la escena violenta que
preveia entre su madre y su marido, de la cual tal vez saldria su
ruptura definitiva con este, la llenaba de espanto. Asi que, apenas
salto en tierra delante de la puerta, acometida subito de un vivo e
irresistible anhelo, volvio a montar apresuradamente, diciendo al
cochero:

--A casa de mama.

Le abrio el sereno la puerta exterior: la del piso el criado que habia
estado velando y que aguardaba la salida del senorito para irse a
costar.

--?Donde esta mama?

--En las habitaciones de adelante con el senorito Emilio.

Irenita se dirigio con precipitacion a la sala. No estaban alli. Paso
luego al _boudoir_. Tampoco, ni se oia el mas leve ruido. Entro en el
gabinete. Nada. Entonces, sobrecogida de terror, de duda, de ansiedad,
lanzose hacia la alcoba oculta por cortinas de brocatel donde creyo
percibir algun rumor. En aquel momento se alzaron las cortinas y
aparecio su marido agitado y descompuesto, contemplandola con ojos de
espanto. Irenita dio un grito y se desplomo sobre el pavimento.




XII

#Matinee religiosa.#


Pocos dias despues, a las once de la manana de un viernes de Cuaresma,
el salvaje mas elegante de Madrid salia de un sueno tranquilo y profundo
con el firme proposito de casarse con la hija de Calderon. Abrio los
ojos, los paseo por los adornos hipicos que colgaban de las paredes de
su cuarto, se desperezo con elegancia, bebio un vaso de limon que tenia
sobre la mesa de noche y se preparo a levantarse. No afirmaremos que el
mencionado proposito viniese a su espiritu durante el sueno; pero es
innegable que debio de operarse en el una misteriosa labor que lo
favorecio sensiblemente. Porque en el momento de acostarse, Castro solo
pensaba vagamente en esta union provechosa. Al abrir los ojos, su
decision de lograr la mano de Esperancita por cuantos medios estuviese a
su alcance era ya irrevocable. Felicitemos, pues, de todo corazon a la
afortunada nina y sigamos atentamente al noble salvaje en la tarea de
perfeccionar la obra primorosa que la Naturaleza habia llevado a cabo al
crearle.

El criado tenia ya el bano dispuesto. Despues de dar un vistazo al
espejo para observar el semblante del dia, esto es, el suyo, cogio unas
bolas de hierro e hizo con ellas algunos movimientos. Tomo un florete y
se tiro a fondo unas cuantas veces. En seguida aplico unas docenas de
punetazos rectos sobre la almohadilla de un dinamometro. Hecho lo cual
creyo llegado el instante de meterse en el agua. Dentro de ella se
hallaba aun cuando aparecio en la habitacion, sin previo anuncio, Manolo
Davalos.

--Pepe, tengo que hablarte de una cosa muy seria--, dijo el lunatico
marques, con aparato de misterio, los ojos mas extraviados que nunca.

--Aguarda un poco: dejame salir del bano.

--Sal pronto, que corre prisa.

El marquesito se levanto de la silla donde se habia sentado y comenzo a
dar vueltas por la estancia con cierta agitacion estrambotica, a la cual
ya estaban acostumbrados sus amigos. No podia estarse quieto cinco
minutos. Si cualquiera hiciese al cabo del dia la mitad de movimientos
que el, caeria rendido antes de llegar la noche. Castro seguia sus
movimientos con ojos burlones y desdenosos. Pero estos ojos se tornaron
serios e inquietos al ver que su amigo se acercaba a la mesa de noche y
se ponia a jugar con un precioso revolver que alli tenia.

--Mira que esta cargado, Manolo.

--Ya lo veo, ya--respondio este sonriendo; y volviendose de pronto:

--?Que dirian en Madrid, si yo te matase ahora de un tiro?

Pepe Castro sintio cierto hormigueo en la espalda, que no era producido
solamente por el agua, y rio de un modo extrano.

--Y que, hoy por hoy, lo podria hacer impunemente--siguio muy risueno el
marques--. Porque como todos dicen que estoy loco....

--iJe, je!

El tenorio volvio a reir como el conejo. No era cobarde: al contrario,
tenia fama de quisquilloso y espadachin: pero, como casi todos los
valientes, necesitaba publico. La perspectiva de una muerte oscura a
manos de un loco, no le hizo maldita la gracia. Los ejemplos de Seneca,
Marat, y otros hombres notables que murieron violentamente en el bano,
no lograron darla ninguna amenidad, quiza porque no tuviese noticia de
ellos. El marques avanzo con el revolver amartillado, diciendole:

--?Que dirian en Madrid? ?eh? ?que dirian?

Castro se sitio penetrado de frio como si estuviese metido entre hielo y
no en agua tibia. Pero tuvo aun serenidad para gritarle:

--iDeja ese revolver, Manolo! Si no lo dejas no vuelves a ver en tu vida
a Amparo.

--?Por que?--pregunto aquel bajando el arma con el desconsuelo pintado
en los ojos.

--Porque yo no quiero; porque la aconsejare que no te deje entrar mas en
su casa....

--Bueno, hombre, no te incomodes.... Ha sido una broma--replico
apresurandose a colocar el revolver en su sitio.

Castro salio al instante del bano. Lo primero que hizo, cuando estuvo
envuelto en el capuchon turco con que se secaba, fue coger el revolver y
guardarlo bajo llave. Tranquilo ya, pero irritado por el susto que su
majadero amigo le habia dado, comenzo a hablarle en tono malhumorado y
despreciativo, mientras delante del espejo prodigaba a su bella figura,
con el respeto debido, todos los cuidados a que era acreedora.

--Vamos a ver, hombre, desembucha ese secreto.... Sera una gansada de
las que tu acostumbras.... Desenganate, Manolo, que tu ya no estas para
salir a la calle. Debes ponerte en cura--decia mientras se frotaba los
brazos con una pomada olorosa que habia tomado de la bateria de tarros y
frascos de todos tamanos que tenia delante.

El marques echo mano al bolsillo, y sacando la cartera y de ella un
billetito de mujer, dijo con no poca solemnidad:

--Amparo me acaba de escribir esta carta. Deseo que te enteres de ella.

Pepe no volvio siquiera los ojos para mirar el documento que su amigo le
exhibia. Absorto en la tarea de atusarse el bigote con un cepillito de
barba, repuso en tono distraido:

--?Y que dice la Amparo?

El marques le miro sorprendido de la poca importancia que daba a aquella
preciosa misiva.

--?Quieres que te la lea?

--Si no es muy larga....

Manolo la desdoblo con el mismo cuidado y respeto que si fuese un
autografo de Santa Teresa de Jesus y leyo con voz conmovida:

"Mi queridisimo Manolo: Hazme el favor de mandarme por el dador dos mil
pesetas que necesito con urgencia. Si ahora no las tienes, no dejes de
traermelas esta tarde a casa. Tuya de corazon siempre:

"AMPARO."

--iSopla! iQue voracidad la de esa chica! ?No tiene bastante con el
bolsillo de Salabert? Supongo que no se las habras mandado.

--No.

--Has hecho bien.

--Es que no las tenia. Precisamente para ver si tu puedes facilitarmelas
es para lo que he venido.

Castro se volvio hacia el y le contemplo unos momentos entre irritado y
sorprendido. Tornando luego la vista al espejo, dijo con calma
despreciativa:

--Querido Manolo; eres un melon de gran tamano. Estoy seguro de que si
heredases ahora a tu tia, entregarias la herencia a la Amparito para que
la engullese como ha hecho con la de tus papas.

Manolo se enfurecio al oir esto. Defendio con energia a su ex querida.
No era ella, no, quien le habia arruinado, sino los tunos de los
mayordomos. Amparo era una chica de excelentes condiciones para ama de
casa, un portento de arreglo domestico: al mismo tiempo generosa, capaz
de acomodarse a cualquier vida por el carino, etc., etc.

El maniaco marques se expreso con calor y elocuencia haciendo el
panegirico de su adorada.

--?Sabes donde esta el mal de todo?--dijo sordamente despues de larga
pausa--. En que mi familia me privo, sin razon, de casarme con ella.
iQue obstinacion tan estupida! Se empenaban en que yo estaba
perdidamente enamorado de esa mujer. iQue habia de estar enamorado!...
Lo que yo queria era dar una madre a mis hijos, ?sabes? Nada mas que
eso. Ellos hubieran sido felices y yo tambien.

Pepe Castro se volvio estupefacto. Por las palidas mejillas del marques
rodaban algunas lagrimas de enternecimiento. Hizo un mohin de lastima y
siguio arreglandose los bigotes. Al cabo de unos momentos de silencio,
dijo:

--Dispensa, chico. No tengo esas dos mil pesetas; pero aunque las
tuviera puedes estar seguro de que me guardaria de dartelas si las ibas
a emplear como dices.

El marques permanecio silencioso y comenzo a pasear de traves por el
espacioso dormitorio.

--?A quien me aconsejas que se las pida?--dijo parandose de pronto.

--A Salabert--respondio Castro sonriendo burlonamente al espejo.

Manolito se encrespo terriblemente al oirlo; sus ojos llamearon
siniestramente; se dirigio frenetico, agitando los punos, hacia Pepe,
que se volvio hacia el y dio un paso atras preparandose a rechazarle.

--iEso que me has dicho es una porqueria! iEs una infamia que merece una
estocada o un tiro! Es una cobardia porque estas en tu casa....

Y se puso a crujir los dientes y a rodar los ojos que daba espanto
verle; pero no llego a agredir a su amigo. Haciendo un esfuerzo supremo
por contenerse, desahogo su furor arrojando contra el suelo el sombrero,
de tal modo que lo destrozo. Castro quedo aturdido, hecho una estatua.
Mil veces habia bromeado con el diciendolo cosas mucho mas fuertes,
verdaderas insolencias sin que jamas se le hubiese ocurrido enfadarse. Y
ahora, por una chanza sencillisima, montaba en colera de aquel modo
extrano. Procuro calmarle con algunas palabras de disculpa: pero
Manolito no le escuchaba. Aunque desistio de la primera idea de
arrojarse sobre el, comenzo a pasear como una fiera enjaulada,
murmurando amenazas, moviendo los brazos y gesticulando vivamente. No
tardo en enternecerse, sin embargo.

--Nunca lo creyera de ti, Pepe--concluyo por decir con voz alterada--.
Nunca pense que el mayor amigo que tengo me habia de insultar, me habia
de clavar el punal hasta el pomo....

--iPero, hombre de Dios!...

--No me hables, Pepe.... Me has matado con una palabra.... Dejame
tranquilo.... Dios te perdone como yo te perdono.... Yo soy como un
conejo a quien hiere el cazador y corre a morir a su madriguera.... No
me hurgues mas.... Dejame morir en paz.

Este simil del conejo le hizo tal impresion despues de haberlo
proferido, que se dejo caer sollozando en una butaca. Al mismo tiempo le
acometio un fuerte golpe de tos, en el cual solto por la boca una
cantidad prodigiosa de rails: pero la locomotora que tenia atravesada en
la garganta, por mas esfuerzos que hizo, en manera alguna pudo
arrojarla. Castro le hizo beber una taza de tila con azahar.

Cuando el insensato marques se fue al cabo, estaba aquel terminando el
aderezo de su persona. La cual salio a la calle correcta y severamente
vestida en traje de ceremonia diurna. Almorzo en Lhardy, dio una vuelta
por _Los Salvajes_, y a las tres de la tarde, poco mas o menos, se
dirigio a casa de su tia la marquesa de Alcudia, sita en la calle de San
Mateo. Esta severisima senora era muy celosa de la religion como ya
sabemos. Lo mismo de su alcurnia, por no decir mas. Castro era sobrino
segundo de ella, y aunque con su vida de calavera la habia disgustado
bastante, siempre le habia tratado con mucho afecto procurando atraerle
al buen camino. Para la marquesa, los timbres nobiliarios imprimian
caracter como el sacramento del orden. Por mas vilezas que un hombre
hiciese, siempre era un noble, como un sacerdote es siempre un
sacerdote. En esta devota senora penso Castro para que le secundase en
su empresa. Su instinto (que era mucho mas admirable que su
inteligencia) le dijo que si la marquesa se encargase de casarle con la
nina de Calderon lo conseguiria seguramente. Era grande el prestigio que
tenia en la sociedad aristocratica: mayor aun entre los que estaban
agregados a ella por razon del dinero, como Calderon.

El palacio de Alcudia era una fabrica sombria levantada a principios del
siglo pasado. Un piso bajo con grandes ventanas enrejadas, otro piso
alto, y nada mas; pero la casa ocupaba un perimetro inmenso y detras
tenia un vasto jardin bastante descuidado. El portal era chato y poco
decoroso: la escalera de piedra toscamente labrada y gastada por el uso.
El difunto marques estaba pensando en una reforma cuando lo arrebato la
muerte. Su viuda abandono este proyecto, no tanto por avaricia, como por
el horror que le inspiraban toda clase de reformas aunque fuesen de cal
y canto. Por dentro, la mansion era suntuosa: los muebles antiguos y
riquisimos. Tapices de gran valor vestian las paredes, cuadros de los
mejores pintores antiguos adornaban las de algunas piezas, como el
despacho y el oratorio. Este era una maravilla de lujo. Ocupaba un
rincon de la planta baja, pero su techo era el del principal: tan
elevado por consiguiente como el de una iglesia. Tenia grandes ventanas
con cristales de colores como las catedrales goticas: estaba alfombrado
como un salon de baile; habia una pequena tribuna con su organo: el
altar era primoroso, de gusto frances, y en medio se veia un magnifico
_Ecce-Homo_ de Morales. Era, en fin, una estancia agradable y elegante,
calentada por una gran estufa subterranea.

En el salon de familia estaban solas las chicas con la labor entre las
manos. La marquesa, segun le dijeron, estaba en el despacho ocupada en
escribir cartas. Se dirigio alla despues de bromear un instante con las
primas.

--?Se puede, tia?

--Adelante.... iAh! ?eres tu, Pepe?--dijo la marquesa alzando los ojos y
mirandole por encima de las gafas que se habia puesto para escribir.

--Si la interrumpo me voy. Queria celebrar con usted una
conferencia--dijo el galan sonriendo.

--Sientate un instante. Estoy terminando una carta.

Acomodose en un sillon, y mientras la tia Eugenia hacia crujir la pluma
con su mano seca y nerviosa, empezo a coordinar el exordio del discurso
que pensaba dirigirla. Aquella dio a los pocos minutos un gran plumazo
estridente que debio corresponder a su rubrica, y arrancandose vivamente
las gafas, dijo:

--Ya soy tuya, Pepe.

Este bajo los ojos al suelo en demanda, sin duda, de inspiracion, se
atuso el bigote, tosio ligeramente y al fin dijo con acento solemne:

--Tia, no se si es que Dios me ha tocado en el corazon o es que me voy
cansando de la vida que llevo; pero es lo cierto que de poco tiempo a
esta parte me acuerdo mucho de los consejos que me ha dado muchas veces,
que ando con deseos de formalizar, de romper con estos habitos poco
dignos que la falta de un padre y, sobre todo, de una madre como usted
me han hecho adquirir. Friso ya en los treinta y me parece hora de
acordarse del nombre que llevo. Debo cumplir con el, y tambien con mi
cualidad de cristiano.... Porque en medio de mis excesos yo no me he
olvidado jamas de que pertenezco a una familia catolica y que hoy en
Espana nuestra clase es la encargada de velar por la religion, dando
buen ejemplo como usted hace.... El medio mejor para favorecer este
cambio que siento en mi corazon es casarme....

No pudo el gallardo joven escoger mejor sus palabras para catequizar a
la tia Eugenia. Tan buena impresion le hicieron, que levantandose del
sillon vino a ponerle la mano sobre el hombro, exclamando:

--iCuanto me alegro, Pepito! iNo sabes el placer que me has dado! iY
dices que no sabes si Dios te ha tocado en el corazon! ?Como habia de
realizarse este cambio repentino en tu ser si Dios no lo moviese? Dios
ha sido, hijo mio, Dios ha sido, y un poco tambien la buena sangre que
tienes en las venas.... ?Tienes escogida ya esposa?

El joven sonrio haciendo un signo afirmativo.

--?Quien es?

--He pensado en Esperancita Calderon. ?Que le parece?

--Perfectamente. Es una nina muy bien educada, muy simpatica: ademas yo
la quiero como una hija. Ya ves; ha sido siempre la amiga intima de mi
Paz.... Has tenido una eleccion feliz....

Castro volvio a sonreir maliciosamente y repuso:

--Mire usted, tia, yo bien quisiera casarme con una mujer de nuestra
clase.... Pero usted bien sabe que estoy completamente arruinado.... Las
jovenes de la nobleza, por desgracia, no suelen tener en el dia fortuna.
Las que la tienen, no me querran a mi que no puedo ofrecerles mas que lo
que ellas poseen ya, esto es, un nombre. Por eso me he fijado en una que
carezca de el y tenga dinero.

--Esta bien pensado. Aunque sea transigiendo un poco, debemos salvar
nuestros nombres de la ignominia.... Pero Esperanza es una nina
excelente. Se ha educado ya entre nosotros. Sera una dama cumplida que
te honrara.

El bizarro joven no abandonaba aquella sonrisa de ironia maliciosa.
Guardo silencio un instante, y dijo al cabo:

--?Sabe usted, tia, que nombre damos entre nosotros al casarse de este
modo?

--?Como?

--Tomar estiercol.

La marquesa sonrio con el borde de los labios; pero poniendose grave en
seguida, replico:

--No; aqui no se puede decir eso, Pepe. Te repito que esa nina merece un
partido brillante. El que va ganando en este asunto eres tu.... ?Sois
novios ya? Hasta ahora no tengo noticia....

--No le he dicho nada aun.... Se que no le soy antipatico. Nos miramos
con buenos ojos; pero de relaciones, nada. Antes de pedirselas he
querido consultar con usted, la persona mas caracterizada que hoy tengo
dentro de la familia en Madrid.

--Muy bien hecho. Has procedido dignamente. Cuando se trata de contraer
matrimonio, que al fin y al cabo es un sacramento de la Iglesia, hay que
guardar circunspeccion y formalidad. En otros tiempos mejores que estos,
no se realizaba una boda entre nosotros sin escuchar antes la opinion de
los mayores. Te agradezco mucho la confianza que haces de mi, y desde
luego puedes contar con mi aprobacion.

--?Y con su ayuda puedo contar? Mire usted que temo que surjan algunas
dificultades por parte de su padre.... Es un hombre metalizado....
Francamente, no quisiera sufrir un desaire....

La marquesa quedo pensativa algunos instantes.

--Dejalo de mi cuenta. Hare lo posible por arreglarlo.... Pero es
necesario que me prometas no dar un paso sin consultarme. Es un negocio
diplomatico que hay que llevar con prudencia y habilidad.

--Prometido, tia.

--Sobre todo, con la nina mucho cuidado.... No me la alarmes.

--Hare lo que usted me mande.

Pocos momentos despues salian ambos del despacho y entraron en el salon,
donde ya habia algunas personas de fuera. Durante la Cuaresma la
marquesa de Alcudia recibia a sus amigos en las tardes de los viernes,
dedicandose con ellos a la oracion y a las practicas religiosas. Estaban
alli ya la marquesa de Ujo y su hija, siempre con las sayas a media
pierna, el general Patino, Lola Madariaga y su marido, Clementina
Salabert con su dama de compania Pascuala y otras varias personas, entre
ellas el padre Ortega. Como en realidad a el le correspondian los
honores de la tarde y era el director de la fiesta, todos le rodeaban
formando grupo en medio del salon. Pero todos hablaban en voz mas alta
que el. La palabra del ilustrado escolapio era siempre suave, apagada,
como si jamas saliese de la sala de un enfermo. Cuando el hablaba, sin
embargo, estableciase el silencio en el grupo, se le escuchaba con
placer y veneracion. La marquesa, al acercarse, le beso la mano
rendidamente y le pregunto con interes por el catarro que hacia dias
padecia.

--?Pero esta usted acatarrado, padre?--preguntaron a la vez muchas
senoras.

--Un poquito nada mas--respondio el sacerdote sonriendo dulcemente.

--Un poquito, no; bastante. Ayer no cesaba usted de toser en San
Jose--dijo la marquesa.

Y se puso a dar cuenta de la dolencia del padre con solicitud y
minuciosidad, no omitiendo ningun pormenor que pudiese contribuir a
esclarecer tan importante punto. El clerigo sonreia, con los ojos en el
suelo, diciendo en voz baja:

--No la hagan ustedes caso. La senora marquesa es muy aprensiva. Veran
ustedes como resulto en ultimo grado de tisis.

--Padre, hay que cuidarse ... hay que cuidarse.... Usted trabaja
demasiado.... Por el bien mismo de la religion debe usted cuidarse.

Todos se apresuraban a aconsejarle con afectuoso interes. Una senorita
de treinta y siete anos, muy correosa y espiritada, que se confesaba con
el, llego a decir entre burlas y veras:

--Padre, ique seria de mi si usted se muriese!

Lo cual hizo reir a los circunstantes y parecio molestar un poco al
correcto sacerdote. La marquesa quiso prohibirle que pronunciase aquella
tarde la platica de costumbre; pero el se nego rotundamente a ello.

En esto fueron entrando otras muchas personas en el salon. Llegaron
Mariana Calderon y su hija Esperanza, los condes de Cotorraso, Pepa
Frias y su hija Irene. Esta ultima traia el semblante palido y ojeroso:
como que salia de la cama donde habia estado algunos dias retenida por
una afeccion nerviosa. Ya que estuvo poblado, la marquesa les invito a
pasar al oratorio y asi lo hicieron. Las senoras se colocaron cerca del
altar, donde todas tenian preparados sendos y lujosos reclinatorios: los
caballeros permanecieron detras y solo tenian un almohadon de terciopelo
para arrodillarse. Comenzo la sesion rezando todos el Rosario detras del
padre Ortega. Las senoras lo hicieron con una compostura y un
recogimiento que edificaba: las eburneas manos, donde los diamantes y
esmeraldas lanzaban destellos, cruzadas humildemente; la hermosa cabeza
hundida en el pecho. Estaban irresistibles. Aunque no fuese mas que por
galanteria, el Supremo Hacedor estaba obligado a concederles lo que
pedian. No era la menos humilde, la menos bella y edificante, Pepa
Frias. La mantilla negra iba admirablemente a sus cabellos rubios y a su
tez blanca y sonrosada. Lo mismo decimos de Clementina Salabert, que era
mas esbelta, mas delicada de facciones y que no le cedia nada en la
tersura y brillo de la tez. Aquellas actitudes languidas y artisticas
que las damas adoptaban, debian de estar destinadas a mover la Voluntad
Divina. Pero como un fin enteramente secundario tambien tenian por
objeto la edificacion de los fieles salvajes que las contemplaban. Y si
por casualidad hubiese entre ellos algun librepensador ique confusion y
vergueenza se apoderarian de su animo al ver que el Senor tenia de su
lado a lo mas distinguido y elegante de la _high life_ madrilena!

Terminado el Rosario, dos de las mas espirituales tertulianas subieron a
la pequena tribuna acompanadas de un salvaje baritono y de otro que
tecleaba el piano y cantaron uno de los mas preciosos numeros del
_Stabat Mater_ de Rosini. Al escucharles todas aquellas almas misticas
sintieron la nostalgia del teatro Real, de la Tosti y de Gayarre. Se
confesaron con dolor que si en el Paraiso celeste habia tantos
inteligentes como en el de la plaza de Isabel II, la _pita_ que en aquel
instante estaban dando a sus amiguitos debia de ser monumental. A
seguida del canto vino la platica o conferencia del padre Ortega.
Acomodose el sabio escolapio en un rico sillon de ebano y marfil en el
centro de la capilla. Rodearonle las senoras sentadas en sillitas y
cojines; acercaronse los caballeros formando en segunda fila. Despues de
meditar unos minutos para recoger las ideas, comenzo a exponer con voz
suave y palabra lenta y solemne algunas consideraciones acerca de la
familia cristiana. Ya sabemos que el padre Ortega era un sacerdote a la
altura de la civilizacion contemporanea. Al hablar de la familia estuvo
profundo y elocuente. Para el padre Ortega lo que constituia la familia
era el respeto y el amor a la tradicion, el respeto y el amor a los
antepasados. "La familia es una tradicion; tradicion de glorias, de
nombres, de honores, de virtudes y de recuerdos; y todo eso significa
una misma cosa; amor, estimacion y respeto a los mayores, es decir, a lo
mas generoso y conservador que hay en la familia". Con este motivo el
conferenciante trono contra la revolucion, contra ese viento que sopla
del infierno para destruir todo lo antiguo y glorificar lo nuevo, contra
ese desprecio barbaro de las costumbres, de las leyes, de las
instituciones, de las glorias de nuestros antepasados. "La revolucion
lleva escrito en su bandera: _desprecio a los mayores_. ?Como no, si las
creencias antiguas, las costumbres antiguas, las instituciones antiguas,
las aristocracias antiguas, a pesar de lo que en ellas, como en todo lo
humano, puede echarse de menos, representan el trabajo de nuestros
antepasados, la inteligencia, la gloria, el alma, la vida y el corazon
de nuestros padres? Y siendo asi, ?como la ciencia revolucionaria que
lanza sobre todas las cosas antiguas sus estupidos desdenes, no habia de
lanzar tambien sobre los antepasados sus groseros desprecios?" Un
principio de disolucion de la familia es el ataque que se dirige por las
escuelas revolucionarias a la propiedad. Esta agresion no solo es un
atentado directo contra la sociedad, sino que es un atentado todavia mas
directo contra la familia. "La propiedad, la herencia y el patrimonio,
?que son sino el culto de los antepasados y el amor a los hijos? La
propiedad es el presente, el pasado y el porvenir de la familia; es el
lugar donde crece y se dilata en el tiempo; es el suelo que aseguraron
los abuelos que se van, puesto hoy bajo las plantas de la posteridad que
se eleva bendiciendolos".

Cerca de una hora estuvo el sabio escolapio asentando sobre solidas
bases la existencia de la familia cristiana. Estas bases no eran otras
que la religion, la propiedad y la tradicion. Hablaba con autoridad, en
un tono sencillo y persuasivo, con palabra atildada y correcta. El
auditorio le escuchaba atento, sumiso, convencido de que era el Espiritu
Santo quien por boca del venerable sacerdote les ordenaba tener mucho
cuidado con la tradicion, con la religion, y sobre todo con la
propiedad. Este sublime pensamiento les edificaba de tal modo, que el
conde de Cotorraso y algunos otros grandes propietarios que alli habia,
se sentian unidos eternamente al Ser Supremo por el vinculo sagrado de
la propiedad territorial y se prometian combatir por ella heroicamente y
oponerse en el Senado a toda ley que directa o indirectamente atentara a
su integridad.

Al terminar el escolapio se le cumplimento con sonrisas y reprimidas
exclamaciones de entusiasmo. Todos hablaban en voz de falsete respetando
el sagrado del recinto. La senorita correosa que habia preguntado antes
que seria de ella si el padre Ortega le faltase, corrio a tomarle la
mano y se la beso repetidas veces con arrebato que hizo cambiar algunas
miradas de burla a los circunstantes. El padre se la retiro bruscamente
con visible desagrado. Y otra vez subieron a la tribuna varias damas y
caballeros, y _ejecutaron_, en toda la extension de la palabra, algunas
melodias religiosas de Gounod.

Al fin salieron del oratorio todas aquellas almas beatas y se dirigieron
al salon.

La marquesa de Alcudia, cuya voluntad no podia estar jamas en reposo, se
dispuso a cumplir lo que habia prometido a su sobrino. Este la vio
llamar aparte a Mariana y salir con ella. Al cabo de un rato ambas
volvieron. Castro comprendio que se habia hablado de el, en la mirada
timida y afectuosa que la esposa de Calderon le dirigio al entrar. Luego
observo que la marquesa se retiraba hacia un rincon con el padre Ortega
y hablaban reservadamente. Sospecho que tambien el estaba sobre el
tapete. El sacerdote le dirigio dos o tres miradas con sus ojos vagos de
miope. No se habia acercado a Esperancita en todo el tiempo, pero de
lejos se miraban y se sonreian. La nina parecia sorprendida de aquella
actitud reservada. Pepe la habia festejado bastante en los ultimos dias.
Comenzo a inquietarse. Al fin, ella misma vino hacia el.

--No ha estado usted anoche en el Real. ?Guarda usted la Cuaresma?

--iOh, no!--dijo riendo el joven--. Es que me dolia un poco la cabeza y
me acoste temprano.

--iClaro! ?que habia de suceder? Por la tarde montaba usted un caballo
que no cesaba de saltar. Hubo un momento en que pense que le tiraba.

Castro sonrio lleno de condescendencia. La nina se apresuro a decir:

--Ya se que es usted un gran jinete; pero de todos modos, siempre puede
suceder una desgracia.

--?Que hubiera usted hecho si me hubiese tirado?--pregunto el mirandola
a los ojos fijamente.

--iQue se yo!--exclamo la nina alzando los hombros y ruborizandose.

--?Daria usted un grito?--insistio sin dejar de mirarla.

--iVaya unas preguntas extranas que usted hace!--dijo Esperancita mas
ruborizada cada vez--. Lo daria quiza ... o no lo daria....

En aquel momento se acerco la marquesa de Alcudia llamandola.

--Esperanza, tengo que decirte una cosa....

Y al pasar junto a su sobrino, murmuro muy bajo:

--iPrudencia, Pepe! Esos apartes no estan en el programa.

Al verlas alejarse y salir de la estancia, otro hombre menos superior
sentiria alguna inquietud, cierto anhelo por saber lo que iba a pasar en
aquella conferencia memorable. Pero nuestro joven estaba tan por encima
del vulgo en estas y otras materias, que se puso a bromear con las damas
con la misma tranquilidad que si Esperancita y la marquesa se hubiesen
ido a hablar de modas. Cuando al cabo de un rato tornaron a entrar, la
nina de Calderon tenia la carita encendida, los ojos brillantes, con una
expresion sumisa y dichosa a la vez, que si no temieramos cometer una
profanacion en viernes de Cuaresma, comparariamos a la de la Virgen
Maria cuando el angel Gabriel le anuncio que concebiria del Espiritu
Santo.

Continuo la reunion con un caracter semirreligioso. Aquellos espiritus
asceticos no podian olvidarse de que era un dia consagrado por las
penitencias de Jesus en el desierto. En su consecuencia, las ninas que
se acercaron al piano abstuvieronse de cantar el vals de _La Bujia
Elegante_. Sus gargantas piadosas no modularon mas que el _Ave Maria_ de
Schubert, la de Gounod y otras piezas donde se exhala el amor divino. Se
hablaba y se reia con discrecion, bajando el tono. Si algun pollo se
desmandaba un poco de palabra, las damas le llamaban al orden
recordandole que en viernes de Cuaresma no se debe aludir a ciertas
cosillas prohibidas. El espiritu de Dios estaba en la asamblea, a juzgar
por la gran conformidad, por la dulce serenidad con que todos se
resignaban a vivir en este valle de lagrimas. Una sonrisa feliz vagaba
por los labios de ellas y ellos. Entre canticos melodiosos, entre amenas
platicas y bromas delicadas se paso la tarde. Los revisteros podian
decir, sin faltar a la verdad al dia siguiente, que los "viernes del
Supremo Hacedor" eran deliciosos, y que la marquesa de Alcudia hacia los
honores en su nombre con exquisita amabilidad.

Al cabo, la piadosa reunion se disperso. Todas aquellas almas
bienaventuradas y temerosas de Dios salieron del palacio de Alcudia y se
dirigieron a sus moradas, donde les aguardaba la sopa de tortuga
humeante, el salmon con salsa mayonesa, las ricas ensaladas de col de
Bruselas y las apetitosas _bouchees de crevettes_. La oracion de
quietud, aquellas horas de union contemplativa con la Divinidad, les
habia abierto de par en par el apetito. No hay nada que vigorice el
estomago como la conviccion de tener de su parte al Omnipotente y la
esperanza fundada de que mas alla de esta vida, si hay fuego y
tormentos eternos para los pelagatos y descamisados que se atreven a
discutirle, para las familias cristianas, esto es, para las que tienen
religion y propiedad y antepasados, no puede haber mas que bienandanza,
una eternidad de salmon con mayonesa y de _crevettes a la parisienne_.




XIII

#Viaje a Riosa.#


El duque de Requena habia dado la ultima sacudida al arbol. La naranja
cayo en sus manos dorada y apetitosa. En un momento dado sus agentes de
Paris, Londres y Madrid adquirieron mas de la mitad de las acciones de
Riosa. La gerencia vino pues a sus manos, o, lo que es igual, la mina.
Algunos habian sospechado ya el juego; se resistian a vender, sobre todo
en Madrid, donde el caracter del banquero era conocido. A no apresurarse
a dar el golpe decisivo, seguramente las acciones hubieran subido. Llera
olfateo el peligro y dio la senal de avance. iQue dia mas feliz para el
asturiano aquel en que se recibieron los telegramas de Paris y Londres!
Su cara angulosa resplandecia como la de un general que acaba de ganar
una batalla. Sus largas, descomunales extremidades se movian como las
aspas de un molino, al dar cuenta del suceso a los hombres de negocios
que habia acudido a casa del duque en demanda de noticias. Fluian
sonoras, homericas carcajadas de su pecho levantado de esternon como el
de un pollo: abrazaba a los amigos hasta asfixiarlos, y cuando el duque
le dirigia alguna pregunta respondiale con cierto desden desde la altura
de su gloria. Y sin embargo, en aquel colosal negocio, el no llevaba ni
un medio por ciento. Ni una sola peseta de tantos millones de ellas como
iban a salir por la boca de la mina, vendria a caer en sus manos. iPero
que importa! Sus calculos se realizaban, aquella intriga seguida con
sigilo, con perseverancia, con maravillosa actividad y talento llego al
desenlace apetecido. Su alegria era la del artista que triunfa,
comparados con la cual todos los goces sordidos de la tierra no valen un
comino.

Los del duque no fueron todos de esta especie. Tambien su vanidad se
sintio halagada por aquel ruidoso triunfo. Pensaba sinceramente que
habia llevado a cabo una empresa maravillosa digna de ser esculpida en
marmoles y cantada por los poetas. Lo que en pura verdad no pasaba de
una estafa consentida por las leyes, por una extrana aberracion del
sentido moral se transformaba en gloriosa manifestacion de la
inteligencia, no solo a sus propios ojos, sino a los de la sociedad.
Para festejar el exito y tambien para enterarse por si mismo de las
reformas que debian llevarse a cabo a fin de que la mina produjese lo
que tenia pensado, proyecto una excursion con los ingenieros y algunas
personas de su intimidad. Al principio no penso en llevar consigo mas de
ocho o diez. Poco a poco se fue ampliando el numero, de suerte que al
llegar el dia de la marcha pasaban de cincuenta los convidados. Este
aumento era debido principalmente a la iniciativa de Clementina, a quien
sedujo la idea de aquel viaje. Lo que en el pensamiento del duque habia
sido una excursioncita modesta, familiar, en el de su encopetada hija
adquirio el caracter de un acontecimiento publico, un viaje resonante y
ostentoso que preocupo algunos dias a la sociedad elegante.

Salabert hizo poner un tren especial para sus convidados. Unos dias
antes habia mandado los criados y las provisiones. Todo debia estar
preparado para recibirles dignamente. Corria el mes de mayo. Empezaba a
sentirse el calor. A las nueve de la manana se veia en las inmediaciones
de la estacion de las Delicias una multitud de carruajes de lujo, de los
cuales salieron las damas y los caballeros ataviados segun las
circunstancias; ellas con vistosos trajes de fantasia para las
excursiones campestres, ligeros y claros; ellos de americana y hongo,
pero imprimiendo en este sencillisimo traje el sello de su capricho,
procurando, como es justo, apartarse de los hongos y americanas
conocidos hasta el dia. Quien llevaba un terno de franela blanca como el
ampo de la nieve con guantes y sombrero negros; quien lo lucia de color
de lagarto con un sombrerito azul de alas microscopicas; quien, por fin,
habia creido oportuno vestirse de _tricot_ negro con guantes, botines y
sombrero blancos. Muchos llevaban colgados de los hombros por correas
charoladas magnificos gemelos para que no se les escapasen los minimos
detalles del paisaje. Y abundaban asimismo los bastones alpestres como
si marchasen a alguna expedicion peligrosa al traves de las montanas.

El tren especial constaba de dos coches-salon, un _sleeping-car_ y un
furgon. Con la algazara que el caso requeria se fue acomodando en los
primeros aquella crema delicada de la salvajeria madrilena. Predominaban
los hombres. Las damas se habian retraido por no hallar suficiente grata
la perspectiva de visitar una mina. Pero aun habia bastantes para
amenizar la excursion, y entorpecerla tambien. Estaban alli las que de
algun modo por sus padres o maridos se relacionaban con el negocio, como
la esposa y la hija de Calderon, la chica de Urreta, la senora de Biggs,
Clementina Salabert y otras. Al lado de estas algunas que por amistad
intima con ellas se habian decidido a acompanarlas, como Pacita y
Mercedes Alcudia, cuya amistad con Esperancita era notoria. Estaban
tambien aquellas que no podian faltar dondequiera que hubiese holgorio,
verbigracia: Pepa Frias, Lola Madariaga, etc. Habia hombres de negocios,
personajes politicos, titulos rancios y nuevos. Al montar en el tren
podia observarse la solicitud servil de los empleados de la estacion, la
extrema turbacion que en aquel recinto producian los poderosos de la
tierra.

Al fin, el mas poderoso de todos, el egregio duque de Requena saco el
panuelo y lo agito en la ventanilla. Sono un pito, respondio la maquina
con prolongado y fragoroso ronquido, y resoplando y bufando, el tren
comenzo a mover sus anillos metalicos y a arrastrarse lentamente
alejandose de la estacion. Los convidados, desde las ventanillas,
saludaban con los panuelos a los que habian ido a despedirles. Gran
agitacion y algazara en los coches, apenas se encontraron corriendo por
los campos yermos de la provincia de Madrid. Todo el mundo hablaba en
voz alta y reia: esto y el ruido del tren hacia que apenas se
entendieran. Poco a poco se fue operando, sin embargo, en aquella
asamblea el fenomeno quimico de la afinidad electiva. El duque se vio
rodeado, en una berlina o mirador que habia en la trasera del coche, de
varios personajes de la banca y la politica. Clementina, Pepa Frias,
Lola Madariaga y otras damas formaban grupo conversando con los
aficionados a la charla desenvuelta y picante, Pinedo, Fuentes,
Calderon. Las ninas y los pollastres se decian mil frases espirituales
que les regocijaba hasta un grado indecible. Una de las cosas que mas
alegria les causo fue la aparicion de Cobo Ramirez en la ventanilla con
la gorra galoneada de un empleado exigiendoles el billete. Cobo estaba
en el otro salon y habia venido por el estribo, arriesgandose un poco,
pues el tren llevaba extraordinaria velocidad. Se le acogio con
aplausos. Las chicas enviaron recaditos a sus vecinas las del otro
coche. Los pollos escribieron cartas de declaracion. De todo se encargo
el primogenito de Casa-Ramirez, quien iba y venia de un coche a otro con
gran firmeza a pesar de su obesidad. Esto les divirtio un rato. Los
billetes amorosos escritos con lapiz se leian en voz alta y provocaban
los aplausos y la risa.

Raimundo charlaba con el mejicano de las vacas y con Osorio. Este habia
llegado a mirarle con cierta benevolencia. De los amantes de su mujer
era el que habia hallado mas simpatico y mas inocente. Aunque nino en la
apariencia, observaba que era inteligente, instruido, cualidades que
hasta entre salvajes concede cierto prestigio a la persona. Nuestro
joven habia concluido por adaptarse bastante bien al medio en que hacia
tiempo vivia. No solo en su traje podian observarse los refinamientos de
la moda secundada por la propia fantasia, sino que en su trato y en sus
modales se iba operando un cambio visible. En sus relaciones con
Clementina continuaba siendo el nino timido, el mismo esclavo sumiso que
vivia pendiente de un gesto o una mirada de su dueno. El amor echaba en
su corazon cada vez mas hondas raices. Pero en el comercio social se
habia ido atemperando a lo que en torno suyo veia. Hizo lo posible por
reprimir los impetus de su naturaleza expansiva y afectuosa: adopto un
continente grave, impasible, ligeramente desdenoso: procuro burlarse de
cuanto se decia en su presencia, como no tocase a los usos y fueros de
la salvajeria: adquirio un cierto tonillo ironico, semejante al de sus
companeros de club. Y sobre todo se guardo muy bien de emitir ninguna
idea cientifica o filosofica, pues por experiencia sabia que esto era lo
que no se perdonaba en aquella sociedad. Hasta procuro refrenarse cuando
alguno de aquellos jovenes le inspiraba mas simpatia y afecto que los
otros. El carino es en si ridiculo y precisa guardarlo en el fondo del
corazon. De otra suerte se exponia a que el mismo objeto de sus
expansiones carinosas le respondiese con alguna cuchufleta como le
sucedio mas de una vez. Gracias a estas diligencias y a tal aprendizaje
que fue para el rudo, logro que se le respetase algo mas, que se le
mirase como hombre _chic_, suprema felicidad a que no es facil llegar en
esta misera existencia planetaria.

Cuando Cobo hubo realizado varios de aquellos viajes de un coche a otro,
que no dejaban de ser peligrosos por la velocidad del tren, Lola
Madariaga, fijando una mirada burlona, primero en Clementina, luego en
Alcazar, dijo a este:

--Alcazar, ?se atreve usted a ir a pedir a la condesa de Cotorraso su
frasco de sales? Me siento un poco mareada.

Raimundo era, como ya sabemos, un chico debil, que no habia tenido la
educacion gimnastica de los jovenes aristocratas, sus amigos. Aquel
viajecito por el estribo, con la marcha rapidisima del tren, que para
ellos era cosa baladi, para el, que sentia vertigos al atravesar un
puente o subir a una torre, era realmente peligrosisimo. Asi lo
comprendio y vacilo un instante, pero la honrilla le hizo responder:

--Voy al momento, senora.

Y se dispuso a dar cumplimiento al encargo. Pero Clementina, que habia
fruncido el entrecejo al oir la exigencia de su amiga, le detuvo
exclamando con energia:

--iNo vaya usted, Alcazar! Ya se lo encargaremos a Cobo cuando vuelva.

El joven vacilo todavia con la mano en la portezuela; pero Clementina
repitio aun con mas fuerza, y ruborizandose:

--No vaya usted. No vaya usted.

Raimundo manifesto sonriendo a Lola:

--Perdone usted, senora. Hoy no puedo ser lacayo sino de Clementina.
Otro dia tendre el honor de serlo de usted.

Ni la carcajada de Lola, ni la sonrisa burlona de las otras damas
consiguieron extinguir la emocion gratisima que el vivo interes de su
amada le hizo experimentar.

Ramoncito Maldonado se hallaba en el otro coche acompanando a
Esperancita, a su madre y a otras damas y damiselas a quienes tenia el
decidido proposito de encantar con su platica. Les contaba, esforzandose
en dar a su palabra un giro parlamentario, ciertos curiosos incidentes
de las ultimas sesiones del Ayuntamiento. Manejaba ya perfectamente
todos los lugares comunes de la oratoria municipal y conocia hasta lo
mas profundo el tecnicismo reglamentario. Hablaba de _orden del dia,
votos de confianza, particulares, nominales, secretos, proposiciones
incidentales, previas, y de no ha lugar a deliberar, interpelaciones,
preguntas_, etc., etc., como si fuese el inventor de este aparato
maravilloso del ingenio humano. Conocia ya las Ordenanzas municipales
como si las hubiese parido. Trataba las cuestiones de aforos, rasantes,
alcantarillado, decomisos, etc., etc., que daba gloria oirle.
Finalmente, como hombre desmedidamente ambicioso que era, se habia
metido en una conjuracion contra el alcalde, de la cual pensaba sacar su
nombramiento de individuo de la comision de paseos publicos. Hacia ya
tiempo que sostenia una lucha sorda, pero terrible, con Perez, otro
concejal no menos ambicioso, para obtener este puesto, en el cual sus
grandes dotes de innovador podrian brillar esplendidamente. El Retiro,
Recoletos, la Castellana, el Campo del Moro esperaban un redentor que
les diese nueva y deslumbrante vida, y este redentor no podia ser otro
que Maldonado. En el fondo de su cerebro, entre otros mil proyectos
portentosos, habia uno audacisimo que no se atrevia a comunicar a nadie,
pero que incubaba con particular carino, resuelto a luchar por el hasta
el fin de sus dias. Este proyecto era nada menos que el de trasladar la
fuente de Apolo del Prado al centro de la Puerta del Sol. iY que un
mercachifle indigno como Perez, de criterio estrecho, sin gusto y sin
estetica, se atreviese a disputarle el puesto!

Cuando mas embebido estaba, dando cuenta de la habilisima intriga que
habian urdido para dar un voto de censura al alcalde, Cobo isu eterno
estripacuentos! acercose al grupo, y despues de escuchar un momento, le
atajo diciendo:

--Vaya, Ramon, no te des tono. Ya sabemos que en el Ayuntamiento no
representas nada. Gonzalez te lleva por las narices adonde le da la
gana.

Fue aquel un golpe rudo para Maldonado. Considerese que estaba delante
de Esperancita y de otra porcion de senoras y senoritas. Tan rudo fue
que le aturdio como si le hubiesen dado en la frente con una maza. Se
puso livido, sus labios temblaron antes de poder articular una palabra.
Por fin, dijo con voz alterada:

--?A mi Gonzalez?... ?Por las narices? iEstas loco!... A mi no me lleva
nadie por las narices ... y mucho menos Gonzalez.

Pronuncio las ultimas palabras con afectado desprecio. Nego a Gonzalez
por la misma razon que San Pedro nego a su Maestro, por el picaro
orgullo. La conciencia le decia que faltaba a la verdad, aunque no
cantase el gallo. Gonzalez era el _leader_ de la minoria municipal, y
Ramoncito le tenia en el fondo del alma una gran veneracion.

--iAnda, anda! isi querras negarme que Gonzalez te maneja como un
maniqui! iEstariais buenos los disidentes si no fuese por el!

Ramoncito recobro subito el uso de la palabra, y tan plenamente que
pronuncio mas de mil en pocos minutos, con impetu feroz, soltando
espumarajos de colera. Rechazo como debia aquella absurda especie del
maniqui y explico cumplidamente la significacion que Gonzalez tenia
dentro del municipio y la posicion que el mismo ocupaba. Pero lo hizo
con tal exaltacion y ademanes tan descompuestos que las damas le
contemplaban sorprendidas y risuenas.

--iPero este Ramoncito que genio tiene!... iQuien lo diria!... Vamos,
Cobo, no le maree usted mas, que puede ponerse malo.

La compasion de las senoras le llego al alma al enfurecido concejal.
Callose de pronto, y crujiendo los dientes de un modo lamentable, se
encerro lo menos por una hora en un silencio digno y temeroso.

En una estacion secundaria, en medio de campos yermos y dilatados que
formaban, como el mar, horizonte, se detuvo el tren para que los
viajeros pudiesen almorzar. Los criados del duque, enviados delante, lo
tenian todo preparado a este fin. Ramoncito se convirtio en caballero
_servant_ de Esperancita. Esta se dejaba obsequiar con semblante
benevolo, lo cual le tenia medio loco de alegria. La razon de esta
condescendencia era que Pepe Castro no habia venido por mandato expreso
de su tia la marquesa de Alcudia. Las negociaciones matrimoniales,
llevadas con gran sigilo, exigian cada vez mas prudencia. Como Maldonado
era tan intimo amigo del dueno de su corazon, Esperancita sentia cierto
deleite teniendole a su lado. Al mismo tiempo evitaba que le fuesen
llevando cuentos sobre si hablaba con el conde de Agreda o con Cobo.
iPobre Ramon! iCuan ajeno estaba de estas complicadas psicologias!

Montaron de nuevo en el tren. Siguieron caminando al traves de llanuras
interminables, amarillentas, sin que a ninguno se le ocurriese enderezar
hacia el paisaje los magnificos gemelos ingleses. Y llegaron a Riosa
poco antes del oscurecer. Las minas de Riosa estan situadas en el centro
de dos cumbres poco elevadas, estribaciones de una famosa sierra.
Rodeanlas por todas partes terrenos asperos, lomas y colinas de escasa
elevacion, donde abundan, no obstante, las quebraduras y asperezas que
le dan aspecto triste y siniestro. Entre aquellas dos cumbres hay una
villa edificada desde la mas remota antigueedad. Nuestros viajeros no
llegaron a ella. Detuvieronse dos kilometros mas atras, en un burgo
denominado Villalegre, donde los ingenieros y empleados habian situado
su domicilio para sustraerse a las emanaciones mercuriales y sulfurosas
que envenenan lentamente, no solo a los mineros, sino a los vecinos de
Riosa. Se hallaba separado de esta por una colina y ofrece, con la villa
de las minas, notable contraste. Riega sus terrenos un riachuelo y lo
fecunda y lo convierte en ameno jardin, donde crecen en abundancia los
lirios silvestres, el jazmin y el heliotropo y sobre todo las rosas de
Alejandria, que han tomado alli carta de naturaleza como en ninguna otra
region de Espana. Los aromas penetrantes del tomillo y del hinojo
embalsaman y purifican el ambiente. Lo mejor y mas florido de estos
terrenos pertenecia a la Compania. Separada de la aldea como unos
trescientos pasos y en el centro de un parque se levanta soberbia
fabrica de piedra. Es la habitacion del director y el centro
administrativo de las minas. No lejos, diseminados a uno y otro lado,
hay unos cuantos pabelloncitos con su jardin enverjado. Moran alli
algunos empleados de la administracion y algunos facultativos, aunque
los mas de estos tienen su domicilio en Riosa.

Villalegre no tiene estacion. El tren se detuvo cerca de la carretera
que va a la capital de la provincia. Alli les esperaban algunos coches
que los condujeron en diez minutos al palacio de la Direccion. A la
puerta del parque y en las inmediaciones habia una muchedumbre que
saludo a la comitiva con vivas apagados. Eran los obreros, los que no
estaban de tarea, a quienes el director habia hecho venir desde Riosa
con tal objeto. Todos ellos tenian la tez palida, terrosa, los ojos
mortecinos: en sus movimientos podia observarse, aun sin aproximarse
mucho, cierta indecision que de cerca se convertia en temblor. La
brillante comitiva llego a tocar aquella legion de fantasmas (porque
tales parecian a la luz moribunda de la tarde). Los ojos de las hermosas
y de los elegantes se encontraron con los de los mineros, y si hemos de
ser veridicos, diremos que de aquel choque no broto una chispa de
simpatia. Detras de la sonrisa forzada y triste de los trabajadores, un
hombre observador podia leer bien claro la hostilidad. El cortejo de
Salabert atraveso en silencio por medio de ellos, con visible malestar,
los rostros serios, y con cierta expresion de temor. Las damas se
apretaron instintivamente contra los caballeros. Al entrar en el parque
murmuraron algunas: "iDios mio, que caras!" Ellos respiraron con
satisfaccion al verse libres de aquellas miradas profundas y
misteriosas. Solo Rafael Alcantara se atrevio a responder con una
chanzoneta:

--Verdad. El pueblo soberano no anda por aqui muy bien de fisonomia.

El director presento a Salabert los empleados. Los facultativos eran
casi todos extranjeros, tipos rubios y sonrosados que nada ofrecian de
particular. Menos aun los administrativos. El unico que llamaba un poco
la atencion entre ellos era un joven delgado y palido, con fino bigote
negro, cuyos ojos negros y duros se fijaban con tal decision en los
convidados que rayaba en insolencia. Sin saber por que, los que
cambiaban con el una mirada se sentian molestos y separaban prontamente
la vista. El director lo presento como el medico de las minas.

Los invitados tenian sus habitaciones preparadas, unos en el edificio de
la direccion (los de mas cuenta, por lo que pudo verse), otros en los
pabelloncitos adyacentes. Cuando hubieron reposado un instante, todos se
trasladaron al gran salon del director, y desde alli, en procesion
solemne, las damas cogidas del brazo de los caballeros, a la vasta sala
de oficinas que se habia habilitado para comedor. Fue una comida
esplendida la que el duque les ofrecio. No se echo menos ninguno de los
refinamientos de los comedores aristocraticos, ni en el lujo de la
vajilla, ni en el aderezo de los platos, ni en la correccion del
servicio. Mientras comian, el vasto parque se ilumino a la veneciana. Al
levantarse de la mesa todos corrieron a admirar desde los balcones el
golpe de vista, que era magnifico, deslumbrador. Una orquesta, oculta en
uno de los grandes cenadores, tocaba con brio aires nacionales. Lo mismo
damas que caballeros, empujados por el calor que era sofocante, atraidos
tambien por la belleza del espectaculo, salieron de casa y se
diseminaron por los jardines. Los pollos consiguieron llevar a algunas
muchachas hasta las inmediaciones del cenador, donde estaba la orquesta,
y se pusieron a bailar. Cobo Ramirez, acercandose al grupo, les grito:

--?Sabeis lo que pareceis, chicos? Viajantes de comercio en el soto de
_Migascalientes_.

Este parecido debio de llegarles a lo mas vivo del alma. El baile perdio
su encanto para aquellos jovenes ilustres, y no tardo en extinguirse.
Pero como la inspiracion de Terpsicore ardia en sus corazones, tomaron
el acuerdo de trasladarse al salon y alli continuaron rindiendole culto,
libre la conciencia de aquel horrible peso que Cobo les habia echado.

La fiesta nocturna no dejo de ser grata. Hubo muy lindos fuegos de
artificio traidos de Madrid. Las damas y los caballeros discurrian por
los caminos enarenados aspirando con delicia el fresco de la noche,
embalsamado por los aromas de las flores. Solo habia un punto negro en
aquella deliciosa velada. Al aproximarse a la verja vislumbraban a la
muchedumbre de obreros, mujeres y ninos que habian acudido de Riosa al
ruido de la fiesta. Eran los mismos rostros palidos, los ojos tristes,
sonreir, que les habian saeteado al entrar. Asi que, procuraban no
llegar hasta las lindes, mantenerse en los caminos y glorietas del
centro. Solo Lola Madariaga, que se enorgullecia de ser muy caritativa y
era presidenta, secretaria y tesorera de tres sociedades de
beneficencia, respectivamente, fue la unica que se aventuro a hablar con
ellos y aun esparcio algunas monedas de plata. Pero de la oscuridad
partieron al cabo frases obscenas, algunos insultos que la obligaron a
retirarse. El conde de Cotorraso monto en colera al saberlo:

--iY piden libertades y derechos para estos beduinos! Que los hagan
honrados, agradecidos, decentes ... y luego hablaremos.

Por la misma ley de afinidad electiva de que hemos hablado mas arriba,
Raimundo se encontro paseando con un personaje que se despegaba un poco
del resto de aquella sociedad. Era un caballero de cincuenta a sesenta
anos, bajo, delgado, con bigote y perilla canosos, ojos saltones y
distraidos, resguardados por gafas. Llamabase D. Juan Penalver. Era
catedratico de Filosofia en la Universidad y habia sido ministro. Gozaba
fama de sabio, con justicia, y de una respetabilidad que pocos habian
alcanzado en Espana. Por esta razon los jovenes salvajes le miraban con
hostilidad y afectaban tratarle con cierta familiaridad desdenosa. Es
evidente que no hay nada que moleste tanto a los salvajes como la
Filosofia. Luego la superioridad intelectual, la gloria que rodeaba a
Penalver heria su orgullo. El no advertia este desden. Tenia un caracter
jovial, afectuoso, y sobre todo muy distraido. Era incapaz de fijarse en
los diversos matices del trato social, que apenas cultivaba desde que
se habia retirado de la politica para consagrarse exclusivamente a la
ciencia. Habia formado parte de aquella excursion por complacer a su
cunado Escosura, que poseia un numero considerable de acciones en la
mina. Ultimamente se habia consagrado con ardor al estudio de las
ciencias naturales, de donde partian los tiros mas certeros contra la
metafisica idealista a que el habia consagrado su vida. Al tropezarse
casualmente con un joven tan entendido en ellas como Raimundo, sintio un
verdadero placer. Aquella sociedad le aburria espantosamente. Tomole del
brazo, y sin reparar en si le molestaba o no, se puso a charlar
animadamente de Fisiologia.

Raimundo se hallaba en un momento de tristeza y desmayo. Hacia tiempo
que observaba que Escosura tenia proyectos amorosos respecto a
Clementina. La festejaba con todo descaro donde quiera que la veia,
afectando desconocer sus relaciones, sin reparar siquiera en el. Este
Escosura era fisica y moralmente lo contrario de su cunado Penalver.
Alto y corpulento, de pecho levantado y facciones pronunciadas, rico,
hombre de cuenta en la politica, orador fogoso, de una voz tan sonora y
descomunal que, segun sus enemigos, a ella debia la mayor parte de sus
exitos parlamentarios. Tendria unos cuarenta anos. No habia sido aun
ministro, pero se contaba que lo fuese en plazo muy breve. Clementina
habia rechazado repetidas veces sus instancias. Raimundo lo sabia y
estaba orgulloso de este triunfo. Sin embargo, no podia arrancar de si
cierta inquietud cada vez que le veia hablando con ella como en este
momento. Estaban sentados, en una de las glorietas con otras varias
personas y charlaban animadamente aparte. Cada vez que pasaba por
delante de ellos con Penalver, su corazon se encogia: apenas entendia ni
escuchaba siquiera las sabias disquisiciones que su ilustre companero le
iba vertiendo en el oido. Clementina comprendio por sus miradas
angustiosas lo que estaba sufriendo, y despues de aguardar malignamente
un rato (que en esto todas son iguales), se levanto al cabo y vino hacia
ellos sonriente:

--?Que conspiran los sabios?

--Hagamelo usted bueno--respondio con sonrisa modesta el joven--. Aqui
no hay mas sabio que el senor.

--Pues el senor se va a poner catedra a la condesa de Cotorraso, que
desea hablar con el, y usted se viene conmigo a ver una catedral gotica
que el pirotecnico va a quemar ahora mismo--dijo colgandose con
desenfado del brazo de su amante.

Alcazar se sintio feliz. No quiso informarla de la pena que habia
sentido hacia un momento, porque otras veces que lo hizo padecio
doblemente: Clementina le respondia en un tono ligero y burlon que le
heria en lo vivo del pecho. Contemplaron la maravillosa catedral de
fuego hasta que se extinguio. La dulce presion del brazo de la hermosa,
aquel suave perfume, siempre el mismo, que exhalaba de su gentil
persona, enajenaban al joven entomologo, ya predispuesto a enternecerse
por la prueba de carino que su amada acababa de darle. Esta, que le
conocia perfectamente, al sentir que le oprimia con mas fuerza el
brazo, le miro a la cara con fijeza, segura de encontrar lagrimas en sus
ojos. En efecto, Raimundo lloraba silenciosamente. Al verse sorprendido
sonrio avergonzado.

iSiempre tan chiquillo!--exclamo ella riendo y dandole un carinoso
tironcito--. Razon tiene Pepa en decir que pareces una colegiala del
Sagrado Corazon. Vamos a pasear, que pueden fijarse en ti.

Dieron una vuelta por las calles mas solitarias del jardin. Desde uno de
los rincones se veia un trozo de paisaje bastante singular. La luna
iluminaba de lleno la cresteria de la colina mas proxima, la que
separaba a Villalegre de Riosa y la hacia aparecer como las ruinas de un
castillo. Clementina quiso cerciorarse de la verdad. Salieron por una de
las puertas de atras, despejadas de gente, y se aproximaron lentamente a
la colina. Esta en la cumbre se hallaba desnuda de vegetacion, erizada
en cambio de pedruscos de formas caprichosas que le daban aspecto de un
monton de ruinas. Necesitabase estar muy cerca de ella para no
equivocarse. Cuando la dama hubo satisfecho su capricho, dieron la
vuelta al parque para entrar por la puerta contraria. Por aquella parte
ya se veian algunos grupos de personas. Antes de llegar a la verja, en
un rincon del camino oscurecido por la sombra de algunos arboles, los
pies de Clementina tropezaron con un objeto que por poco la hace caer.
Dio un grito: se le figuro que el obstaculo era el de un cuerpo humano.
Raimundo saco un fosforo, y en efecto, reconocieron que era un chico de
diez a doce anos el que alli estaba tirado. Pusieronle en pie. El
muchacho abrio los ojos y les miro con espanto. Luego, como por subita
inspiracion, se apodero del baston que Alcazar traia en la mano y
comenzo a moverlo cadenciosamente a un lado y a otro como si desempenase
una tarea dificil. Clementina y su amante le contemplaban llenos de
asombro sin poder darse cuenta de lo que aquello significaba. Algunos
obreros se acercaron. Uno solto la carcajada exclamando:

--iSi es uno de los chicos de la bomba! iDale, dale, nino, que esta
duro!

Los otros tambien soltaron a reir brutalmente y comenzaron a animar al
pobrecito sonambulo.

--iDuro, duro!... iAnda con ello!... iMas fuerte, chico, que no sube el
agua!

El desdichado nino, con las voces, redoblaba sus esfuerzos imaginarios
moviendose cada vez con mayor velocidad. Era una criatura enteca, de
rostro palido: con el sueno estaba desencajado. Sus cabellos negros
revueltos, erizados, le daban aspecto de aparecido. La alegria salvaje
de los obreros ante aquel cuadro lastimoso produjo penosa impresion en
Raimundo. Cogio al nino entre los brazos, lo sacudio un poco hasta que
logro hacerle despertar, le beso en la frente con afecto, y sacando un
duro del bolsillo se lo entrego, alejandose despues con Clementina. Ceso
la algazara de los obreros. Uno dijo con tonillo de envidia:

--iAnda, que hoy poco trabajo te ha costado ganarte el jornal!

A la una de la noche los convidados de Salabert se retiraron a
descansar. Estaba en el programa que a las nueve de la manana se
reuniesen todos en el salon para ir desde alli a visitar los trabajos y
la mina. Y se cumplio, no estrictamente, porque en Espana esto no puede
suceder, pero si con una hora de diferencia. A las diez salio la
comitiva, bastante mermada por supuesto, en coche para Riosa. Apearonse
a la entrada de la villa y la atravesaron por el medio, produciendo,
como es consiguiente, no poca turbacion en ella. Las mujeres salian a
las puertas y ventanas contemplando con ansia y curiosidad aquel
brillante cortejo de damas y caballeros ataviados con trajes que no
habian visto en su vida. Lo mismo que sus esposos, hijos y hermanos, el
color de aquellas mujeres era palido, enfermizo, sus facciones menudas,
su mirada languida, sus manos y sus pies pequenos. Al pasar vieron
tambien algunos hombres atacados de fuerte temblor.

--?Que es eso? ?Por que tiemblan asi esos hombres?--pregunto asustada
Esperancita.

--Son _modorros_--le respondio un empleado.

--?Y que son modorros?

--Los que enferman por trabajar en la mina.

--?Y enferman muchos?

Todos--dijo el medico que habia oido la pregunta--. El temblor mercurial
ataca a cuantos bajan a la mina.

--?Y por que bajan?--pregunto candidamente la nina.

--Por mania--repuso el medico sonriendo--. Yo creo que vale mucho mas
respirar el aire fresco, que no el de alla abajo.

--iClaro! Yo seria cualquier cosa antes que minero.

Desembocaron al fin en una plaza o plazoleta, en el centro de la cual
trabajaban algunos obreros levantando un artistico pedestal de marmol.

--Es el pedestal para la estatua del senor duque--dijo el director de
las minas en voz alta.

--iAh! ?Con que van a colocar ahi su estatua, duque?--exclamaron unos
cuantos rodeando al procer.

Este se encogio de hombros haciendo un gesto de desprecio.

--No se. Es una payasada que se le ha ocurrido al casino de los mineros.

--iOh, no, senor duque!--exclamo el director, a quien realmente
correspondia la iniciativa, aunque por encargo de Llera sugestionado a
su vez por el duque--. iOh, no! El pueblo de Riosa quiere dar una prueba
de respeto y gratitud a su decidido protector, al que en circunstancias
criticas no ha vacilado en exponer un enorme capital comprando este
desacreditado establecimiento y salvandolo de la ruina.

--iQue hermoso es hacer bien!--exclamo Lola Madariaga con voz conmovida,
posando en Salabert con admiracion sus dulcisimos ojos.

Todos le felicitaron, aunque muchos de ellos sabian a que atenerse
respecto a aquel admirable desprendimiento. Examinaron un momento las
obras y siguieron despues su marcha hacia el establecimiento minero.

Este se halla situado a la salida misma de la villa. Al exterior ofrecia
el aspecto de una pequena fabricacion con algunas chimeneas que
despedian humo negro. No daba idea de su importancia colosal. La
comitiva entro y recorrio los cercos donde se ejecutan los trabajos
auxiliares de la mineria, donde se hallan ademas la mayor parte de las
dependencias, carpinteria, cerrajeria, sala y gabinete de los
ingenieros, etc. Lo que les llamo vivamente la atencion fue el aspecto
triste, enfermizo, de los operarios. Todos estaban marcados con un sello
de decrepitud, que obligo a la condesa de Cotorraso a decir de pronto:

--Aqui, al parecer, no trabajan mas que los viejos.

El director sonrio.

--Parecen viejos; pero no lo son, senora.

--iPero si todos tienen la piel arrugada, los ojos hundidos y
apagados!...

--No importa; ninguno de ellos llega a cuarenta anos. Los que trabajan
aqui son mineros que ya no pueden bajar. Los empleamos en el exterior,
aunque con menos sueldo.

--?Y se necesita estar mucho tiempo en la mina para ponerse
asi?--pregunto Ramoncito.

--Poco, poco--murmuro el director; y anadio despues:--Ahi donde ustedes
les ven, todavia se me escapan al menor descuido a la mina.... iEl
jornal de fuera es tan pequeno!

--?Cuanto ganan?

--Una peseta.... El maximum una cincuenta.

Penetraron en seguida en el cerco de destilacion. El duque iba delante
con los ingenieros ingleses encargados de proponerle las reformas
necesarias para dar impulso al establecimiento. En este cerco se
encuentran los hornos y grandes depositos de cinabrio. Visitaron los
almacenes de azogue y el sitio donde se pesa. Todos los operarios
temblaban mas o menos y ofrecian las mismas senales de decrepitud.

El director les propuso ir a ver el hospital. Algunos mostraron
repugnancia; pero Lola Madariaga, que no perdia ocasion de exhibir sus
sentimientos beneficos, rompio la marcha y la siguieron la mayor parte
de las senoras y algunos caballeros. Otros se quedaron. El duque
prescindio por un rato de sus convidados, escuchando atentamente a los
ingenieros, que le iban apuntando lo que pensaban acerca del negocio.

El hospital de mineros estaba fuera de los cercos, muy proximo al
cementerio, sin duda para que los enfermos se fuesen acostumbrando a la
idea de la muerte y tambien para que si no fuesen poderosos a matarles
los vapores mercuriales, les secundasen en la tarea las dulces
emanaciones cadavericas. Era un caseron viejo, agrietado, humedo y
sombrio. Las damas no retrocedieron, al poner las delicadas plantas en
el, de vergueenza. El medico, que se habia encargado de demostrarlo, las
introdujo en las salas, y puso ante su vista el cuadro espantoso de la
miseria humana. La mayor parte de los infelices enfermos estaban
vestidos y sentados, unos sobre las camas, otros en sillas. Sus rostros
cadavericos, desencajados, daban miedo: su cuerpo se estremecia con
incesante temblor, cual si estuviesen acometidos de terror panico. En
los semblantes de las damas, sonrosados y frescos, se dibujo el miedo y
la angustia. El medico sonrio de aquel modo extrano que lo hacia,
mirandolas con sus grandes ojos negros, insolentes.

--No es un cuadro muy agradable, ?verdad?--les dijo.

--iPobrecillos!--exclamaron varias--. ?Son todos mineros?

--Si, senoras; la atmosfera viciada por vapores mercuriales, la
insuficiencia del aire respirable engendra fatalmente, no solo los
temblores, el hidrargirismo cronico o agudo, que es lo que mas les
llamara a ustedes la atencion, sino tambien los catarros pulmonares
cronicos, la disenteria, la tuberculosis, la estomatitis mercurial y
otra porcion de enfermedades que concluyen con la existencia del obrero
o le dejan inutil para el trabajo a los pocos anos de bajar a la mina.

--iPobrecillos! ipobrecillos!--repetian las damas pasando revista con
sus ojos aterrados a aquellas fisonomias tristes y demacradas que se
volvian hacia ellas sin expresion alguna, ni siquiera de curiosidad.

--?Y no habria medio de remediar estos efectos tan
desastrosos?--pregunto Clementina con arranque.

--De remediarlos en absoluto, no; pero de aliviarlos bastante,
si--repuso el joven clavando en ella su mirada penetrante--. Si los
mineros trabajasen tan solo dos o tres dias a la semana y esos pocas
horas; si se les hiciese vivir alejados del establecimiento minero, en
Villalegre por ejemplo; si se prohibiesen esos trabajos a los ninos
menores de diez y seis anos; si se cambiasen la ropa inmediatamente que
salen de la mina; y sobre todo si se alimentasen bien, pienso que los
estragos del mercurio disminuirian notablemente. Hoy, para alimentarse
malamente, necesitan bajar a la mina todos los dias y permanecer alli un
numero considerable de horas. A los cuatro o seis anos se inutilizan.
Hay que sacarlos al exterior, y entonces el jornal es tan exiguo que ni
patatas con agua y sal pueden comer: de modo que en vez de curar
empeoran. El unico medio para mejorar la condicion del minero es
disminuir las horas de trabajo y elevar el jornal.... Pero
entonces--anadio bajando un poco la voz y sonriendo frente a
Clementina--, la mina de Riosa no seria un negocio para su senor padre.

A Clementina le hirio aquella sonrisa como una bofetada.

--Ni para usted tampoco--repuso procurando sonreir--. ?No es usted el
medico de las minas?

--Si, senora. Mi negocio consiste en dos mil quinientas pesetas al ano y
en una mijita de temblor que he logrado en los tres anos que aqui llevo.

En efecto, las manos del joven tenian un ligero estremecimiento que se
hacia visible cuando se atusaba su fino bigote negro. El grupo de
convidados le contemplo unos instantes con atencion no exenta de
hostilidad. Adivinaban en el un enemigo. La seguridad familiar que tenia
para hablarles les molestaba. Pagoles el con otra mirada de impenetrable
expresion y siguio diciendo sin embarazo alguno:

--En otro tiempo los jornales eran un poco mayores; la alimentacion era,
por lo tanto, mas sana y mas abundante. Pero desde que los azogues han
comenzado a bajar ... no se por que causa (_aqui bajo la voz y tosio_),
el salario, como es natural, sufrio igualmente una baja considerable.
Han llegado al _minimum_. Con lo que hoy ganan los mineros no se mueren
materialmente de hambre en un dia o en un mes; pero al cabo de cuatro o
cinco anos, si. La mayor parte de los que aqui sucumben son victimas, en
realidad, del hambre. Bien alimentados podrian resistir el
hidrargirismo. Ademas, como los salarios son tan insuficientes, se ven
precisados a dedicar a sus hijos, cuando apenas tienen ocho o diez anos,
a estos trabajos peligrosos (porque todos lo son cuando se anda sobre
mercurio). Los ninos, por su menor resistencia organica, son los que
primero se intoxican. Perecen muchos, y los que consiguen salvar, a los
veinte anos son viejos....

Las damas y los pocos caballeros que con ellas habian venido, le
escuchaban con atencion y con pena. Jamas habian visto un cuadro tan
espantoso. El trabajo, que es por si un castigo, aqui se complicaba con
el envenenamiento. Y con el corazon enternecido, llenas de buen deseo,
proponian medios para aliviar a aquellos desgraciados. Unas pretendian
que debia fundarse un buen hospital; otras hablaban de una tienda-asilo
donde los obreros encontrasen los alimentos mas baratos; otras aspiraban
a que se prohibiese trabajar a los ninos; otras a que los operarios
trabajasen una horita al dia nada mas.

El medico sacudia la cabeza sonriendo.

--Esta muy bien eso: yo lo creo asi tambien.... Pero vuelvo a decirles a
ustedes que entonces no seria un negocio.

Distribuyeron algunas monedas entre los enfermos, visitaron la capilla,
donde dejaron tambien algun dinero para hacer un traje nuevo al nino
Jesus. Al fin abandonaron aquel recinto lobrego. Al respirar el aire
fresco sintieron una alegria que no procuraron disimular. Hablando y
riendo fueron a juntarse con el resto de la comitiva.

Los ingenieros explicaban a Salabert un nuevo metodo de destilacion que
podia introducirse, con el cual no solo se elevaria enormemente la
produccion, sino que podria utilizarse el _vacisco_, o sea la parte
menuda del mineral. Se trataba de unos condensadores formados de camaras
de ladrillos, de paredes delgadas en el primer trozo de recorrido de los
humos y de camaras de madera y cristal en lo restante hasta la chimenea.
El horno con ellos podia estar encendido y en marcha constantemente.
Escuchabales el duque con atencion, tomaba notas, hacia objeciones,
procurando ponerse al corriente de aquel negocio, en el cual su fina
nariz olfateaba cuantiosas ganancias. Al llegar las damas quiso ser
galante; suspendio la platica.

--?Como van mis enfermos, senoras? No han tenido hoy poca suerte--les
dijo.

--Mal, duque, mal.... El hospital deja mucho que desear....

Y aquellas damas se pusieron todas a lamentarse de las deficiencias que
ofrecia el asilo, a pintarlo con negros colores, a proponer reformas en
el para dejarlo confortable.

El duque las escuchaba con risuena indiferencia, con la atencion un poco
burlona que se presta a un nino mimoso.

--Bien, bien; ya arreglaremos eso; pero antes dejenme ustedes poner el
negocio en marcha, ?verdad Regnault?

El ingeniero asintio con la cabeza, sonriendo tambien con galanteria.

--Ademas es necesario, duque, que los operarios trabajen menos
horas--dijo la condesa de la Cebal.

--Y que se les aumenten los jornales--manifesto Lola Madariaga.

--Y que se hagan casas para ellos en Villalegre--anadio la marquesa de
Fonfria.

--iOh! ioh! ioh!--exclamo el duque soltando una sonora y barbara
carcajada como las de los heroes de la Iliada--. ?Y por que no les hemos
de traer a Gayarre y a la Tosti para recrearles por las noches? Deben
ser muy aburridas aqui las noches.

Las damas sonrieron avergonzadas.

--Vamos, duque, no bromee usted, que la cosa es seria--dijo la condesa
de la Cebal.

--iY tan seria, condesa! iComo que me ha costado ya quince millones de
pesetas! ?Le parecen a usted poco serios estos millones?

Las senoras le contemplaron con admiracion, fascinadas por el caudal
enorme que aquel hombre manejaba.

--?Pero a esos millones no piensa usted sacarles un redito?--dijo Lola
que presumia de entender algo de negocios.

El duque volvio a soltar otra carcajada.

--No, senora, no, ique redito! Pienso dejarlos aqui para el primero que
pase.

Y poniendose grave de pronto:

--?Quien diablos les ha metido por la cabeza esas ideas? Crean ustedes,
senoras, que lo que hace aqui falta ipero mucha falta! es moralidad.
Moralicen ustedes al obrero y todos estos estragos que ustedes han visto
desapareceran. Que no beban, que no jueguen, que no malgasten el jornal,
y esos efectos del mercurio no seran para ellos funestos.... Pero, claro
esta--anadio volviendose hacia los caballeros que se habian acercado--:
?como ha de resistir en la mina un cuerpo que en vez de alimento, sea el
que sea, tiene dentro un jarro de aguardiente amilico? Estoy convencido
de que la mayor parte de las enfermedades que aqui hay son borracheras
cronicas. Sepan ustedes, senores, que en Riosa se desconoce por
completo el ahorro ... iel ahorro! sin el cual "no es posible el
bienestar ni la prosperidad de un pais...."

Esta frase la habia oido el duque muchas veces en el Senado. La repitio
con enfasis y convencimiento.

--Pero duque, ?como quiere usted que ahorren con una o dos pesetas de
jornal?--se atrevio a apuntar la condesa de la Cebal.

--Perfectamente, condesa. El ahorro es ante todo una idea (_esto lo
habia oido a un economista amigo suyo_), la idea de separar algo del
goce de hoy para evitarse el dolor de manana. Dos pesetas para un obrero
son lo mismo que dos mil para usted. ?No puede usted separar algo de las
dos mil? Pues ellos pueden de igual modo separar algo de las dos.
Considere usted que se trata de quince centimos, de diez ... aunque sean
cinco centimos. La cuestion es ahorrar algo. El que ahorra algo esta
salvado.

--iOh Dios mio!--exclamo por lo bajo la condesa dando un suspiro--. Lo
que yo no comprendo es como se puede vivir con dos pesetas, cuanto mas
ahorrar.

Los ingenieros les invitaron a visitar su sala de estudio y laboratorio.
En este habia un magnifico microscopio, que fue lo que les llamo la
atencion. El medico era quien mas lo manejaba por dedicarse con mucha
aficion a los trabajos de histologia. El director le invito a que
mostrase a aquellos senores algunas de sus preparaciones. Vieron una
porcion de diatomeas: las senoras se entusiasmaron con sus
caprichosisimas formas. Tambien vieron el gusano que habia concluido con
el celebre puente de Milan. No se cansaban de admirarse de que un bicho
tan pequenisimo pudiese demoler una fabrica tan inmensa.

--Calculen ustedes los millones de estos seres que habran tenido que
trabajar en la demolicion--dijo un ingeniero.

Quiroga (que asi se llamaba el medico) concluyo mostrandoles una gota de
agua. Uno por uno todos fueron contemplando el mundo invisible que
dentro de ella existe.

--Veo un animal mayor que los otros--manifesto el duque, aplicando con
afan uno de sus grandes ojos saltones al agujerito del aparato.

--Observara usted que delante de el todos los demas huyen--dijo el
medico.

--Es cierto.

--Ese animal se llama el _rotifero_. Es el tiburon de la gota de agua.

--Aguarde usted un poco.... Me parece que ahora se oculta detras de una
cosa asi como algas....

--Algas se pueden llamar en efecto. Quiza se ponga ahi para acechar una
presa.

--iSi, si! iAhora se arroja sobre otro bicho mas pequeno!... El bicho
desaparecio; sin duda se lo ha comido.

El duque levanto su rostro, radiante de satisfaccion, por haber tenido
ocasion de observar aquella tragedia curiosa.

Quiroga fijo en el sus ojos atrevidos, y dijo con su eterna sonrisa
ironica:

--Es la historia de siempre. En la gota de agua, como en el mar, como
en todas partes, el pez grande se traga al chico.

La sonrisa del duque se apago. Dirigio una mirada oblicua al medico, que
no aparto la suya fija y misteriosa, y dijo bruscamente:

--Creo, senoras, que deben ustedes ir aburridas de ciencia. Es hora de
almorzar.

El gran atractivo de la excursion, el que habia arrancado a casi toda
aquella gente de sus palacios para trasladarla a region tan aspera y
triste, era un proyectado almuerzo en el fondo de la mina. Cuando
Clementina lo anuncio a los tertulios en uno de sus tresillos, hubo una
verdadera explosion de entusiasmo--. "iQue cosa tan original!... iQue
extrano!... iQue hermoso!" Las damas, sobre todo, mostraban deseo tan
vivo, que bien parecia antojo. A una indicacion del duque, todas se
proveyeron de magnificos impermeables y botinas altas, pues la mina
destilaba agua por muchos sitios y formaba charcos. Sin embargo, la
noche anterior, ante la proximidad del suceso, muchas, atemorizadas,
habian desistido. El duque se vio precisado a dar ordenes para que se
sirviese el almuerzo en la direccion y en la mina. Las valientes que
persistian en bajar, no pasaban de ocho o diez.

Toda la comitiva se dirigio a una de las bocas de la mina llamada "Pozo
de San Jenaro". Cerca de este pozo hay un edificio destinado a la
inspeccion y al peso, donde las damas y los caballeros cambiaron de
calzado y se pusieron los impermeables. Al verlos de aquel modo
ataviados, un estremecimiento de anhelo y de entusiasmo corrio por el
resto de los excursionistas. Acometidas subito de una rafaga de valor,
casi todas las damas declararon que estaban dispuestas a bajar con sus
companeras. Fue necesario enviar inmediatamente a Villalegre por los
impermeables.

La jaula, movida por vapor, estaba preparada para recibir a los ilustres
expedicionarios. Constaba de dos pisos, en cada uno de los cuales cabian
ocho personas en pie. Se la habia tapizado con franela y se le habian
anadido algunas argollas de bronce para sujetarse. Acomodaronse en ella
el director, el duque y las damas valientes que no habian vacilado
nunca, para bajar los primeros. Diose orden al maquinista para que el
descenso fuese lento. La jaula se estremecio subiendo y bajando algunos
centimetros con rapidez. De pronto se sumergio de golpe en el agujero.
Las senoras ahogaron un grito y quedaron mudas y palidas. Las paredes
del agujero eran sombrias, desiguales y destilaban agua. En cada
departamento de la jaula un minero sujetaba, con su mano tremula de
modorro, una lampara. Todos, menos el director y los mineros avezados a
subir y bajar, sentian cierta ansiedad en el estomago. Un vago terror
les imposibilitaba de hablar y les crispaba las manos con que se
agarraban a las argollas.

--El primer piso--dijo el director al pasar por delante de una abertura
negra.

Nadie hizo observacion alguna. Aquella suspension en el abismo, en lo
desconocido, paralizaba su lengua y hasta su pensamiento.

--El segundo piso--volvio a decir el director al cruzar rapidamente otro
agujero negro.

Y asi fue dando cuenta de todos hasta llegar al noveno. Alli percibieron
ruido de voces y vieron iluminada la abertura.

--Aqui es donde vamos a almorzar. Antes visitaremos el onceno para ver
los trabajos.

Despues de pasar el decimo, grito con toda su fuerza:

--?Estan echados los taquetes?

Se oyo una voz lejana en el fondo que decia:

--No.

--iEcharlos ahora mismo!--grito el director agitado.

--iNo puede ser!--respondieron de abajo.

--iComo! iComo!... iEsos taquetes! iEchar esos taquetes!

Y con las mejillas inflamadas, agitado, convulso, gritaba como un
energumeno mientras la jaula descendia lentamente.

Un frio glacial penetro en el corazon de todos. En el compartimiento de
arriba algunas damas lanzaban chillidos penetrantes. Las de abajo
gritaban tambien y se cogian con fuerza al brazo de los caballeros.
Algunas se desmayaron. Fue un momento de angustia indescriptible. Creian
llegado el fin de su vida.

Y el director no cesaba de gritar:

--iEsos taquetes! iEsos taquetes!

Y las voces de abajo se oian cada vez menos distantes:

--iNo puede ser! iNo puede ser!

Cuando ya se creian rodando por el abismo, la jaula se detuvo
tranquilamente. Oyeron unas frescas carcajadas y sus ojos espantados
miraron, a la tremula luz de los candiles, un grupo de mineros cuyos
rostros risuenos cambiaron repentinamente de expresion reflejando el
temor y el asombro.

--?Que es eso? ?Que broma es esta?--exclamo el director saltando furioso
de la jaula y dirigiendose a ellos.

Los obreros se despojaron del sombrero respetuosamente. Uno de ellos,
sonriendo avergonzado, balbucio:

--Perdone usted, senor director.... Creimos que eran companeros y
queriamos darles un susto....

--?No sabiais que bajabamos ahora nosotros?--volvio a decir con
irritacion.

--Senor director, nosotros pensabamos que se detenian en el noveno,
donde han hecho preparativos estos dias....

--iCreiais, creiais!... Pues tened cuidado con creer estupideces.

El duque recobro el uso de la palabra.

--iSabeis, hijos mios, que gastais unas bromas ligeras con vuestros
companeros!... iPonerles la muerte delante de los ojos!

--iLa muerte!--exclamo el minero que habia hablado.

--No, senor duque--dijo el director--. Si no echan los taquetes nos
hubieramos banado hasta la cintura.

--?Nada mas?

--?Le parece a usted poco meternos en agua sucia?

--Hombre, no era plato de gusto; pero al verle a usted tan agitado y
furioso, todos creimos en un peligro de muerte, ?verdad, senoras?

Las damas se deshacian en exclamaciones, llorando unas, riendo otras. Se
prodigaron cuidados a dos que se habian desmayado, refrescandoles las
sienes con agua y haciendoles aspirar el frasco de sales de la condesa
de Cotorraso. Volvieron por fin al sentido. Las demas se fueron calmando
felicitandose con alegria de haber escapado de aquel espantoso peligro,
pues no se resignaban a no haberlo pasado. Todas se proponian conmover a
sus amigas de Madrid con el relato de tan horrible aventura. Creianse ya
heroinas de una novela de Julio Verne.

El espectaculo que se ofrecio a su vista cuando tuvieron ojos para
contemplarlo era grandioso y fantastico. Inmensas galerias embovedadas
cruzandose en todas direcciones e iluminadas solamente por la palida luz
de algunos candiles colgados a largos trechos. Y por aquellas galerias
discurriendo con trafago incesante una muchedumbre de obreros, cuyas
gigantescas siluetas alla a lo lejos temblaban a la vacilante y tenue
luz que reinaba. Oianse sus gritos unidos al chirrido de las
carretillas: parecian presa de un vertigo, como si tuvieran que cumplir
su labor misteriosa en plazo brevisimo. Las paredes de algunas galerias,
tapizadas con los cristales del mercurio, que en muchos puntos se
presentaba nativo, brillaban cual si fuesen de plata. Escuchabanse
detras de aquellas paredes golpes sordos, acompasados. Por ciertas
aberturas que de trecho en trecho tenian, caminando algunos pasos en la
oscuridad, veiase al fin una cueva iluminada, donde cuatro o seis
hombres desgrenados y palidos agujereaban el mineral con barrenos. A
poco que se reposasen, observabase en sus miembros el temblor
caracteristico del mercurio.

Creiase uno transportado al hogar mismo de los gnomos, al centro de sus
trabajos profundos y misteriosos. El hombre roia aquella tierra con
esfuerzo incesante como un topo, llenandola de agujeros. Pero al
morderla se envenenaba. Sin ayuda de gato, los dioses se desembarazaban
perfectamente del raton humano.

Lola Madariaga dio un grito penetrante que hizo volver la cabeza a
todos. Luego solto una carcajada. Un hilito de agua que caia del techo
se le habia introducido por el cuello. Hizo reir el suceso, pero sin
espontaneidad. En el fondo, todos experimentaban un vago temor, cierta
ansiedad que trataban de ocultarse. La jaula trajo de la superficie otro
monton de gente. La tercera vez llego casi vacia. El resto de la
comitiva habia optado por quedarse en el noveno piso: el trabajo de los
mineros no les interesaba. Los que habian descendido hasta alli tambien
sentian vivos deseos de encontrarse en paraje mas comodo. Preguntaban a
cada instante al director si aquello estaba seguro; si no habia casos de
hundimientos.

--iOh, no!--decia el director sonriendo--. Los hundimientos son de las
minas particulares. Esta pertenecio al Estado, y todo se hace con lujo
de seguridad.

--En ciertas minas donde yo he estado--apunto un ingeniero--tenia que
ir una cuadrilla detras de los mineros para desenterrarlos.

--iQue horror!--exclamaron a una voz todas las damas.

Acomodaronse al fin de nuevo en la jaula, y subieron al noveno piso.
Aqui la decoracion era distinta. En este piso no se trabajaba hacia
tiempo. Habiase tomado en la galeria mas ancha un trozo; se habia
cerrado, tillado y luego alfombrado. De suerte que parecia el salon de
un palacio. El techo y las paredes estaban tapizados con tela
impermeable, adornados con trofeos de mineria. Veiase una mesa
esplendida en medio de el para cincuenta o mas cubiertos. Estaba
profusamente iluminado por medio de grandes aranas con centenares de
bujias. Se habian prodigado, en suma, todos los refinamientos del lujo y
la elegancia en aquel recinto. De tal modo, que una vez dentro de el
costaba trabajo representarse que se estaba en el fondo de una mina, a
trescientos metros de la superficie.

Los convidados se sentaron en medio de una agitacion entre placentera y
angustiosa, que se revelaba en sus caras risuenas y palidas a la vez.
Los criados, correctamente vestidos, ocupaban sus puestos como si se
hallasen en el palacio de Requena. Al empezar el servicio del primer
plato, la orquesta, que estaba oculta en una de las galerias contiguas,
empezo a tocar un precioso vals, cuyos sones, amortiguados por la
distancia, llegaban dulces y halagueenos. Las damas, con las manos
tremulas, los ojos brillantes, murmuraban a cada instante--: "Que
original es todo esto!... iCuanto me alegro de haber venido!... Ha sido
un capricho magnifico el de Clementina". Y todas procuraban encontrar el
equilibrio de espiritu charlando de cosas indiferentes. Mas no lo
lograban. La idea de tener encima tanta tierra pesaba sobre su
pensamiento y lo turbaba. Con algunos hombres pasaba lo mismo. Otros
estaban perfectamente serenos. Entre estos, el que menos pensaba en su
situacion corporal era, sin duda, Raimundo, absorto por completo en la
que ocupaba moralmente. Clementina, a despecho de su amor y de sus
promesas, no dejaba de coquetear con Escosura. Estaban sentados en dos
sillas contiguas, frente al asiento que el ocupaba. Veialos charlar
animadamente, reir a cada momento: veiale a el rendido, obsequioso,
prodigandola mil atenciones galantes; a ella complacida, risuena,
aceptando con gratitud sus finezas. Y aunque de vez en cuando le clavaba
una larga mirada amorosa para indemnizarle, Raimundo la consideraba como
una limosna, el mendrugo que se arroja a un pobre para que no se muera
de hambre. iQue le importaba a el en aquel instante hallarse en la
superficie o en el centro de la tierra, ni aun que esta se hundiese y le
aplastase como un insecto!

Otro que tampoco se preocupaba poco ni mucho con la situacion geografica
era Ramoncito, aunque por contrario modo. Esperancita estaba con el
amabilisima, tal vez porque creyera con ello guardar mejor la ausencia a
su prometido Pepe Castro. El concejal, ebrio, loco de alegria, no se
apartaba de ella ni un milimetro mas de lo que exige la decencia. _Pio,
feliz, triunfador_, dirigia de vez en cuando al concurso vagas miradas
de piedad y condescendencia. Y cuando sus ojos tropezaban con la faz
rentistica de Calderon, se enternecia visiblemente y le costaba ya
trabajo no llamarle papa.

A medida que el almuerzo avanzaba, la tierra pesaba menos sobre ellos.
Los ricos vinos enardecian su sangre, la charla los animaba. Todo el
mundo se olvidaba de la mina, creyendose, como otras veces, en algun
comedor aristocratico. Rafael Alcantara se divertia en emborrachar a
Penalver. Animado por la risa de sus companeros, que le contemplaban,
hacia lo posible por burlarse del filosofo, tuteandole en voz alta,
guinando el ojo a sus amigos cada vez que proferia una cuchufleta,
abusando, en fin, groseramente del caracter benevolo y la inocencia del
insigne pensador. Era el encargado de vengar a todos aquellos ilustres
_culoteadores_ de pipas, de las altas dotes intelectuales que toda
Espana reconocia en Penalver.

Al llegar los postres levantose a brindar Escosura. A este le respetaban
algo mas los salvajes por su corpulencia, por su caracter fogoso y sobre
todo por su dinero. Presumia de orador tribunicio. Con voz potente y
campanuda hizo el panegirico del duque, a quien llamo "genio financiero"
unas cuantas veces. Hablo del trabajo, del capital, de la produccion,
pasando en seguida a la politica, que era su fuerte. Escosura no vivia
hacia tiempo mas que para la politica. Desde el fondo de aquella galeria
subterranea dirigio terribles dardos contra el presidente del Consejo de
ministros, que no le habia dado una cartera en la ultima crisis.
Salabert contesto con palabra estropajosa dando las gracias, echandose
por los suelos. Para llegar al puesto que ocupaba no tenia otros meritos
que el trabajo y la honradez. (_Murmullos de aprobacion._) La nacion, el
soberano, al ennoblecerle a el habia ennoblecido a un hijo del trabajo.
Luchando toda su vida contra infinitos obstaculos habia logrado reunir
un punado de oro. Este oro le servia ahora para alimentar a algunos
miles de obreros. Era su mayor satisfaccion. (_Aplausos._) Brindaba por
las hermosas damas que con tal valentia habian llegado hasta aquel
agujero, dejando en el un perfume de caridad y alegria que no se
borraria jamas del corazon de los mineros.

En aquel instante, al destaparse algunas botellas de _champagne_, se
oyeron en la mina algunas detonaciones estruendosas que hicieron
empalidecer a los comensales.

--No hay que asustarse--dijo el director--. Son los barrenos. Ha llegado
la hora de darlos.

Momento grandioso e imponente a la verdad. El estrepito de cada uno,
centuplicado por los mil ecos y resonancias que las galerias producian,
no podia menos de infundir alguna chispa de pavor hasta en el corazon de
los mas bravos. Todos guardaron silencio. Por algunos segundos
escucharon con recogimiento y ansiedad aquellos ecos formidables que
hacian retemblar la tierra. La mesa se estremecia y el cristal de la
vajilla y el de las aranas cantaban con agudo repiqueteo.

En tal momento se alzo de su silla el medico de las minas, y despues de
pasear su negra mirada agresiva por los comensales, alzo una copa y
dijo:

--El egregio duque de Requena nos acaba de decir, con una modestia que
le honra, que el secreto de su fortuna estaba simplemente en el trabajo
y la honradez. Permitidme que lo dude. El senor duque de Requena
representa algo mas que estas cualidades vulgares; representa la fuerza
ila fuerza!, unico sosten del Universo. Esta fuerza esta repartida
desigualmente entre los organismos. A unos les ha tocado una parte
mayor, a otros menor. Y en esta batalla incesante que sostienen los unos
contra los otros perecen los mas debiles; se salvan los mas aptos y los
mas fuertes. Adoremos, pues, en nuestro ilustre anfitrion, a la fuerza.
Merced a esta fuerza de que la Naturaleza le ha dotado, ha podido
someter y aprovechar el esfuerzo particular de millares de hombres que
inconscientemente sirven a sus planes. Merced a esta fuerza ha podido
reunir su inmenso capital. Al tender la vista por esta distinguida
asamblea, observo con jubilo que todos los que la componen han sido
dotados tambien de una buena parte de esta fuerza nativa o acumulada por
la herencia. Por ello les felicito con toda mi alma. Lo esencial en este
mundo que habitamos es nacer aptos para la lucha. Para no ser aplastados
es menester aplastar. Y yo me felicito, repito, de encontrarme entre los
elegidos de los dioses, aquellos que su providencia ha marcado con el
sello de la felicidad....

--Oye, chica--dijo Pepa Frias acercando su boca al oido de
Clementina:--esto parece el brindis de Mefistofeles.

Clementina sonrio ligeramente.

En efecto, en el rostro palido y fino del medico, en sus cabellos negros
y revueltos, y sobre todo en sus ojos que, aunque pretendian aparecer
inocentes, estaban cargados de ironia, habia algo de mefistofelico.

--En todos los tiempos ha existido en una u otra forma la esclavitud. Ha
habido hombres destinados a vivir en el refinamiento de los goces
espirituales, en el cultivo de las artes, en el lujo y la elegancia, en
los placeres que proporciona el comercio entre personas inteligentes y
cultas, y otros hombres tambien dedicados a proporcionarles los medios
necesarios para vivir de tal modo con un trabajo rudo y doloroso. Los
parias trabajaban para los bramanes, los ilotas para los espartanos, los
esclavos para los romanos, los siervos para los senores feudales. ?Y hoy
no sucede lo mismo? ?Que importa que en las leyes este abolida la
esclavitud? Los que trabajan en el fondo de esta mina y absorben el
veneno que les mata, si no son esclavos por la ley lo son por el hambre.
El resultado es identico. Es ley de la naturaleza, y por lo tanto santa
y respetable, que para que unos gocen padezcan otros.... Vosotras,
hermosas senoras, sois las herederas de aquellas ilustres damas romanas
que enviaban a estas minas sus esclavos a arrancar el bermellon para
embellecer su rostro, y de aquellas otras arabes que lo hacian traer
para decorar sus minaretes en los alcazares de Cordoba y Sevilla. Por
vosotras brindo, pues, embargada el alma de admiracion y respeto, como
representantes en la tierra de lo que hay en ella mas sublime, el amor,
la belleza, la alegria.

El brindis, aunque galante, parecio estrambotico.

Algunos de los mas avisados murmuraron. Crecio la hostilidad que contra
el joven medico existia. Hubo quien dijo por lo bajo que aquel quidam
habia querido "quedarse con ellos".

Rafael Alcantara tuvo conatos de decirle alguna frase provocativa; pero
advirtio en sus ojos que no la soltaria sin proporcionarse un serio
disgusto y prefirio quedarse con ella en el cuerpo. Las damas le miraron
con mas benevolencia. Le encontraban muy original.

De todos modos el brindis produjo cierta penosa impresion que no logro
desvanecer Fuentes, aunque solto el chorro de sus paradojas mas
graciosas.

--Senoras, yo no brindo--decia a las que tenia cerca--, porque no soy
orador. Espero que pronto sera esto una distincion honorifica en Espana;
que no tardara en decirse con respeto al pasar un individuo por la
calle: "Ese no es orador", como ya se dice: "Ese no tiene la gran cruz
de Isabel la Catolica...."

Las damas reian y celebraban los chistes. Pero en el fondo, sea por el
discurso del medico o porque la mina volviera a inspirarles temor,
sentiase un vago malestar. Todos los ojos brillaron con alegria cuando
se anuncio que la jaula les esperaba. Los ultimos que ascendieron oyeron
poco despues de comenzar la ascension un canto lejano que rapidamente se
fue aproximando, sono muy cerca de ellos como si cantaran a su lado y
rapidamente tambien se alejo perdiendose alla en el fondo sin que
hubiesen visto a nadie. Fue de un efecto fantastico. Lo que oyeron era
una playera andaluza cuya letra decia:

      Rio arriba, rio arriba,
      nunca el agua subira;
      que en el mundo, rio abajo,
      rio abajo todo va.

Un ingeniero manifesto con indiferencia:

--Es una cuadrilla de mineros que baja en la jaula que sirve de
contrapeso a esta.

--iLo ve usted, condesa!--exclamo Salabert en tono triunfal dirigiendose
a la condesa de la Cebal--. Cuando tienen humor para cantar, no seran
tan desgraciados como usted supone.

La condesa callo un instante, y dijo al cabo sonriendo tristemente:

--La copla no es muy alegre, duque.

Esto se hablaba en el compartimiento superior. En el inferior, Escosura
decia con tono desdenoso al director de las minas:

--?Sabe usted que ese jovencito medico ha estado bastante imprudente al
emitir sus ideas materialistas?

--Materialista no se si es. Lo que hace gala de ser, y por eso le adoran
los operarios, es socialista.

--iPeor que peor!

--La verdad es--dijo Penalver dando un suspiro--que del fondo de una
mina se sale siempre un poco socialista.

A las nueve de la noche, despues de comer en Villalegre, partio el tren
especial que debia conducirlos a Madrid. Todos volvian muy contentos de
la excursion. Esperaban extasiar a sus amigos con el relato del banquete
subterraneo. El unico que padecia entre ellos era Raimundo. Las
alternativas de alegria y dolor por que Clementina le hacia pasar con su
coqueteria le tenian destrozado el corazon.

Ultimamente, viendole tan triste, tan fatigado, la hermosa habia tenido
piedad, le habia hecho sentar a su lado en el coche, y sin escandalo del
concurso (porque estaban curados de espantos) habia charlado casi toda
la noche con el y al fin se habia dormido dejando caer la cabeza sobre
su hombro.

Aunque el tren arrastraba un _sleeping-car_, pocos habian hecho uso de
el. La mayor parte prefirio quedarse en los salones de tertulia. Solo al
amanecer, el sueno los fue rindiendo a todos y se quedaron transpuestos
en su asiento adoptando posturas caprichosas, algunas de ellas poco
esteticas.

Ramoncito Maldonado estaba en el pinaculo de su gloria y fortuna.
Esperancita, a juzgar por todas las apariencias, le amaba. Encontrabase
despegado, por decirlo asi, de la tierra, no solo a causa de la
elevacion natural de su alma, sino por la voluptuosidad del triunfo. Su
faz municipal resplandecia como la de un dios. iAtras para siempre todas
las luchas, todos los obstaculos que amargaran su preciosa existencia
hasta entonces! Exento para siempre de la servidumbre del dolor, como
los inmortales, gozaba sereno, majestuoso, de su apoteosis.

Tambien se habia sentado al lado de la amada de su heroico corazon, y le
hablo durante algunas horas, con dulce sosiego, de las jacas inglesas y
de las grandes batallas que a la sazon se libraban en el seno de la
corporacion municipal, en las cuales el tomaba una parte tan activa.
Hasta que, mecida por aquella platica suave, insinuante, la candida nina
quedo dulcemente dormida con la cabeza reclinada en el almohadon.

Ramoncito Maldonado velaba. Velaba y meditaba en su suerte feliz. La
aurora divina, escalando las alturas de la sierra lejana, cruzando con
vuelo raudo la llanura, levantaba con sus rosados dedos las cortinillas
del carruaje y esparcia una tenue y discreta claridad, sin que el
hubiese dejado de pensar en su dicha.

Esperancita abrio los ojos y le dirigio una tierna sonrisa de amor, que
hizo vibrar hasta las ultimas cuerdas de su alma poetica.

La alondra canto en aquel instante. Entonces, en Ramoncito, el dios se
fue separando cada vez mas del hombre. Ebrio de amor y felicidad
tambien, canto en el oido de la nina, con voz temblorosa, una porcion de
frases incoherentes, hijas de su locura divina. La nina cerro los ojos
para escuchar mejor aquella musica armoniosa....

Cuando hubo agotado los superlativos del diccionario para pintar su
amor, el sublime concejal quiso terminar su obra de seduccion
desplegando ante la hermosa todas las grandezas que podia
proporcionarle, como hizo Satanas con Jesus. "Era hijo unico: sus padres
tenian ciento diez mil reales de renta: en las proximas elecciones a
diputados a Cortes se presentaria candidato por Navalperal, donde tenia
familia y hacienda, y saldria con poco que el Gobierno le ayudase: como
el partido conservador estaba necesitado de jovenes de valer, creia que
en breve plazo podria ser subsecretario: y iquien sabe! acaso mas tarde,
en una combinacion, podria obtener siquiera la cartera de Ultramar...."

La nina escuchaba siempre con los ojos cerrados. Ramoncito, cada vez mas
inflamado, al terminar esta brillante enumeracion se inclino hacia su
adorada y le pregunto en voz baja y conmovida:

--?Me quieres, preciosa, me quieres?

La nina no contesto.

--?Me quieres? ?me quieres?--volvio a preguntar.

Esperancita, sin abrir los ojos, respondio al fin secamente:

--No.




XIV

#Una que se va.#


Algunas semanas despues, la enfermedad de D. Carmen se agravo
extremadamente. Ya no cabia duda a los medicos de que su fin estaba muy
proximo. La postracion era absoluta. No le quedaba en el rostro mas que
la piel y sus grandes ojos tristes y benevolos que se fijaban con
extrana intensidad en cuantos se acercaban a ella, cual si tratase de
leer en las fisonomias el terrible secreto de su muerte. Con tal motivo
asomaban la cabeza mil pasiones sordidas en el alma de los que mas
debieran tenerla atribulada. Salabert pensaba con disgusto en la
herencia que revertia a su hija. Hizo nuevos esfuerzos para que su
esposa revocase el testamento, pero inutilmente. Por primera vez en su
vida D. Carmen daba senales de gran firmeza de caracter. Aunque incapaz
de vengarse habia tal vez en su empeno cierto deseo de terminar la
existencia con un acto de justicia. Una vida de completa sumision, sin
oponer el mas minimo obstaculo a la voluntad de su marido, a sus planes
economicos, ni a sus pasiones ilicitas, bien merecia que a la hora de la
muerte reivindicase su libertad para satisfacer los impulsos del
corazon. Osorio espiaba silenciosamente, con disimulada ansiedad, los
progresos de la enfermedad, cuyo desenlace arrastraria consigo a la vez
el termino de sus apuros. D. Carmen se desprenderia de su envoltura
carnal y el de sus acreedores. La misma Clementina, objeto predilecto de
la ternura de la angelical senora, no podia menos de gozar con la
perspectiva de tanto millon como iba a caer en sus manos. Procuraba
sofocar sus deseos, apagar la impaciencia; mas a despecho suyo un diablo
tentador hacia brincar su corazon de gozo cada vez que tal pensamiento
le acudia al cerebro.

Con astucia infernal, Salabert hacia lo posible por introducir la
desconfianza en el animo de su esposa. Unas veces de un modo solapado,
otras cinico y brutal, vertia en su alma el veneno de la sospecha.
Clementina y Osorio esperaban su muerte como agua de Mayo. iQue
desahogados quedarian cuando pagasen todas sus trampas! Y hasta otra: ia
vivir, a gozar con el dinero de la infeliz senora! Esta permanecia muda,
indignada ante las malevolas insinuaciones de su marido. Pero en su alma
entristecida y debilitada por la enfermedad, la punta de aquella acerada
flecha se revolvia causando vivos dolores que procuraba ocultar. Cada
vez que Clementina venia a visitarla, y ultimamente lo hacia dos veces
cada dia, los ojos de su madrastra se fijaban en ella con muda
interrogacion, procurando leer en los suyos las ideas que le pasaban por
el cerebro. Esta atencion anhelante embarazaba a la esposa de Osorio, le
hacia experimentar una turbacion que, aunque leve, no dejaba algunas
veces de ser visible.

A medida que la enfermedad avanzaba, este afan de D. Carmen fue
aumentando hasta convertirse en mania. Clementina representaba en la
soledad moral en que vivia el unico lazo de amor que la unia a la
tierra. Por lo mismo que su hijastra habia sido siempre fria y altanera
con todos, menos con ella, jamas habia dudado de la sinceridad de su
carino. Estaba con el satisfecha y orgullosa. Le bastaba para
compensarle de la indiferencia despreciativa que observaba en cuantos se
acercaban a ella. La horrible sospecha que a viva fuerza habia penetrado
en su corazon lo llenaba de amargura. Un espiritu bondadoso y amante
como el suyo necesitaba creer en la bondad y en el amor. Al arrancarle
esta ultima creencia sangraba de dolor.

Una tarde se hallaban juntas y solas. La duquesa, inmovil en la butaca,
con la cabeza echada hacia atras, escuchaba a su hijastra leer una
historia devota, la aparicion de la Virgen de la Saleta. Su pensamiento
no estaba en el asunto: tenialo agitado, como siempre, por aquella duda
fatal que acibaraba aun mas que la dolencia corporal sus miseros dias.
Con la mirada fija y zahori del que se acerca a la tumba, atravesaba la
hermosa frente de Clementina inclinada sobre el libro y deletreaba
confusamente alla dentro sin lograr adquirir la certidumbre que ansiaba.
Mas de una vez, al levantar aquella la cabeza, se habia encontrado con
esta mirada opaca y desconsolada: habia bajado prontamente la suya,
acometida de subito malestar. En el alma de la enferma habia nacido un
deseo, un capricho mas bien, vivo y abrasador como los que sienten los
moribundos. Queria que su hijastra le refrescase con alguna palabra
dulce la horrible quemadura que su duda le causaba. Varias veces
temblaron sus labios para formular la pregunta. Una vergueenza invencible
la detenia.

--Deja el libro, hija mia: estaras fatigada--dijo al cabo. Y su voz
salio de la garganta temblorosa como si hubiese pronunciado alguna frase
grave.

--Lo estara usted de oir. Yo no: a Dios gracias, tengo sana la garganta.

--Dios te la conserve, hija mia, Dios te la conserve--repuso la senora
con acento de ternura mirandola fijamente.

Hubo unos instantes de silencio.

--?Sabes lo que me han dicho?--se atrevio a pronunciar despues. Y su
voz salio tan apagada que las ultimas silabas casi no se oyeron.

Clementina, que se disponia a continuar la lectura, levanto la cabeza.
Las pocas gotas de sangre que dona Carmen tenia ya en su arruinado
cuerpo le subieron de golpe al rostro y lo tineron levemente de rojo.

--Me han dicho ... que estabas deseando mi muerte.

A su vez la rica sangre de Clementina acudio atropelladamente a sus
mejillas y las encendio con vivos colores. Ambas se miraron un instante
confusas. La joven exclamo con energia al fin frunciendo la tersa
frente:

--Ya se quien se lo ha dicho a usted.

Y su sangre, al proferir estas palabras, huyo del rostro nuevamente como
una marea de reflujo instantaneo. La de su madrastra tambien se
concentro en su lastimado corazon. Inclino la blanca y fatigada cabeza,
diciendo:

--Si lo sabes, no pronuncies su nombre.

--?Y por que no?--exclamo la hijastra enfurecida--. Cuando un padre, sin
motivo alguno, solo por unos miserables ochavos injuria a su hija y
martiriza a su mujer, no tiene derecho a que se le quiera ni a que se le
respete.... Lo dire con todas sus letras.... iEso es una infamia!...
Papa es un hombre que no tiene mas Dios ni mas amor que el dinero. Sabia
que el testamento de usted me habia enajenado su carino ... (si es que
me lo ha tenido alguna vez....)

--iOh!

--Si; lo sabia muy bien. Pero nunca creyera que llegaria a cometer
semejante vileza, a calumniarme de ese modo.... A usted le consta que la
he querido siempre mas que a el ... isi, si, mas que a el! no tengo
ningun reparo en decirlo.... Dire mas: yo no he querido de veras a nadie
mas que a usted y a mis hijos.... Si ese testamento es la causa de que
usted dude de mi carino, rompalo usted.... Rompalo, si: su tranquilidad
y su afecto me importan mucho mas que su dinero....

La voz de la dama vibraba de indignacion al pronunciar estas palabras.
Sus ojos se clavaban en el vacio con dureza, cual si quisieran ver
levantarse delante de ella la figura de su padre para pulverizarlo. En
aquel momento hablaba con sinceridad.

Los ojos opacos de D. Carmen, a medida que hablaba, iban brillando con
alegria. Al fin se nublaron de lagrimas, y exclamo:

--iTe creo, hija mia, te creo!... iAh, no sabes el bien que me haces!

Al mismo tiempo se apodero de sus manos y las beso con efusion.
Clementina dio un grito de vergueenza.

--iOh, no, no, mama!... yo soy quien debo....

Y le echo los brazos al cuello con ternura. Quedaron largo rato
abrazadas, llorando silenciosamente. Fue una de las pocas veces en que
Clementina lloro de enternecimiento y no de despecho.

Pero en los dias siguientes, aunque subsistio vivo en ambas el recuerdo
de esta escena tierna, tambien quedo el del motivo que la habia
producido. Clementina sentiase avergonzada al presentarse delante de su
madrastra. Sus atenciones, sus frases de carino eran exageradas unas
veces: queria borrar con ellas el pensamiento que claramente leia en los
ojos de aquella. Otras veces, imaginando que podrian servir para que
sospechase de su sinceridad, las atajaba de golpe y tomaba una actitud
indiferente y fria. De todos modos existia entre ambas una corriente de
inquietud que las hacia padecer, por diverso modo, los ratos en que
estaban juntas.

D. Carmen cayo al fin en la cama para no levantarse. Clementina pasaba
alli todo el dia. El terrible momento se acercaba. Al fin una madrugada,
entre dos y tres, llamaron con alarma en el hotel de Osorio dos criados
del duque. La senora agonizaba. Preguntaba por su hija con insistencia.
Esta se levanto del lecho apresuradamente, y a todo el escape de sus
caballos volo al palacio de Requena. Osorio la acompanaba. Al entrar en
la habitacion de la enferma tropezaron con el duque, que les miro con
semblante hosco.

--iLlegais a tiempo! illegais a tiempo!--gruno sordamente. Y se alejo
sin decir mas.

Clementina creyo notar en estas palabras una intencion malevola y se
mordio los labios de ira. La tristisima escena que se ofrecio a su
vista, apenas se aproximo al lecho de D. Carmen, consiguio apagar su
odio breve instante. La infeliz senora presentaba ya en su rostro los
signos de la muerte, la palidez cadaverica, el afilamiento de la nariz,
los ojos vidriosos y en torno de ellos un circulo oscuro, amoratado. A
su lado y en pie estaba el sacerdote que la exhortaba a arrepentirse.
(?De que?) A los pies del lecho, Marcela, su antigua doncella, lloraba
ocultando el rostro con el panuelo. Otras dos criadas contemplaban de
mas lejos con rostros asustados, mas que doloridos, aquel cuadro
lastimoso. Alla en un rincon el medico de cabecera escribia una receta.

Al divisar a su hija, la duquesa volvio los ojos hacia ella con
expresion de ansiedad y extendio una mano para llamarla.

Acercate, hija mia--dijo con voz bastante clara. Y luego que se acerco
tomandole una mano entre las dos suyas amarillas, descarnadas, exclamo
mirandola con fijeza terrible a los ojos:

--iMe muero, hija, me muero! ?No es verdad que lo sientes?... ?por lo
menos que no te alegras?

--iOh, mama!

--Di que no te alegras--insistio con ansiedad sin apartar su mirada de
los ojos de la joven.

--iMama, por Dios!--exclamo esta aturdida y aterrada a la vez.

--iDi que no te alegras!--repitio con mas energia aun levantando a costa
de grandes esfuerzos la cabeza, mirandola con dureza.

--iNo, mama del alma, no! Si pudiera conservar su vida a costa de la
mia, le juro a usted que lo haria.

Los grandes ojos opacos de la moribunda se dulcificaron. Volvio a dejar
caer la cabeza sobre la almohada, y despues de breve silencio dijo con
voz apagada y vacilante:

--Serias muy ingrata ... si, muy ingrata.... iTu pobre mama te ha
querido tanto!... Dame un beso.... No llores.... No siento dejar el
mundo.... Lo que me doleria es que tu, hija de mi corazon ... que tu....
iQue pensamiento tan horrible! iCuanto me ha hecho sufrir!

El sacerdote se interpuso en aquel momento invitandola a dejar los
pensamientos mundanos. La enferma le escucho con humildad, repitio
devotamente las oraciones que le leia en alta voz. El medico y el duque
se acercaron para ponerle un revulsivo; pero observando que comenzaba el
estertor, el medico hizo un gesto y cogio por el brazo al duque para
sacarlo fuera de la estancia.

D. Carmen paseo una mirada extraviada, vidriosa, por todos ellos, y
deteniendola en Clementina le hizo sena otra vez de que se aproximase.

--Adios, hija mia--dijo sin mirarla, con los ojos fijos en el techo--.
Haces bien en alegrarte de mi muerte....

--iQue dice, mama!--exclamo aquella con un grito de espanto.

--Yo tambien me alegro.... Me alegro de que mi muerte te sirva de
algo.... Si hubiera podido darte en vida lo que me pertenece ... todo te
lo hubiera dado.... Es triste ?verdad?... Tener que morir para hacerte
feliz.... iHubiera gozado tanto viendote feliz!... Adios, hija mia,
adios ... acuerdate alguna vez de tu pobre mama....

--iMadre de mi alma!--grito la dama cayendo de rodillas deshecha en
sollozos--. iYo no quiero que muera, no!... He sido muy mala ... pero
siempre la he querido ... y la he respetado....

--No seas tonta--dijo la moribunda haciendo un esfuerzo para sonreir y
acariciandole la cabeza con su mano de esqueleto--. Ya no me duele que
te alegres.... iQue importa!... Muero satisfecha sabiendo que vas a
deberme un poco de felicidad.... Te recomiendo a las ancianitas del
asilo.... Protegelas, hija mia ... y a esta buena Marcela, tambien....
Adios, adios todos.... Perdonadme el mal que os haya hecho....

El estertor crecia, sonaba mas estridente y mas lugubre por momentos.
Los sollozos de Clementina y Marcela cortaban por intervalos las notas
de aquel ronquido fatal. El duque, tremulo, alterado, se dejo al fin
arrastrar de la habitacion.

D. Carmen no volvio a hablar. Tenia los ojos cerrados, la boca
entreabierta, el cuerpo tranquilo. De vez en cuando levantaba un poco
los parpados y dirigia una mirada afectuosa a su hijastra arrodillada.
El sacerdote leia con voz nasal, quejumbrosa, las oraciones de su libro.

Asi murio la duquesa de Requena. iDejadla, dejadla partir!

Algunos dias despues, Clementina y su marido, a pesar del odio
inextinguible que se profesaban, celebraban largas y frecuentes
conferencias. La magna cuestion de la herencia los unia momentaneamente.
Clementina visitaba manana y tarde a su padre. Osorio tambien iba con
frecuencia al palacio de Requena. Uno y otro prodigaban al viejo mil
atenciones, compadecian su soledad, le mimaban. Habia en su
comportamiento cierta familiaridad afectuosa que cuadraba muy bien a
unos hijos que van a proteger la venerable ancianidad de un padre. El
duque se dejaba venerar observandolos con mirada mas socarrona que
enternecida. Cuando volvian la espalda para irse, seguialos con los
ojos, bajaba los parpados lentamente, revolvia entre los labios la breva
americana y se iba bosquejando en su rostro una sonrisa burlona que
duraba todavia algunos segundos despues de perderlos de vista.

Las cosas siguieron en el estado de antes. A pesar de que el testamento
de la duquesa era terminante, Salabert no se digno hablarles una palabra
de intereses. Continuo disponiendo en jefe de su caudal, entregado a los
negocios con absoluta tranquilidad. Su hija y su yerno la perdieron al
ver esta actitud. Comenzaron a vivir agitados, a comunicarse a cada
instante con violencia sus impresiones, a formar planes para provocar
una explicacion. Clementina pretendia que Osorio le hablase. Este creia
que era ella quien debia pedirle carinosamente una explicacion antes de
formular ninguna queja. Despues de algunos dias de vacilacion, al fin se
decidio la esposa a dirigir algunas palabras a su padre, si bien con
cierta indecision y embarazo, pues conocia bien el caracter de este y
mejor aun el suyo propio.

--Vamos a ver, papa--le dijo, hallandole solo en el despacho, con
afectada jovialidad--. ?Cuando me hablas de dinero?

--?De dinero?... ?Para que?--respondio el duque con sorpresa, mirandola
con rostro tan inocente que daba ganas de darle una bofetada.

--?Para que ha de ser? para enterarme de lo que me concierne. ?No soy la
unica y universal heredera de mama?--replico sin abandonar el tono
jovial, pero con cierta alteracion en la voz bien perceptible.

--iAh, si!--exclamo el duque haciendo con la mano un ademan de
indiferencia--. De eso hablaremos mas adelante ... imucho mas adelante!

Clementina se puso palida. La ira hizo dar un salto a toda su sangre.
Sus labios temblaron y estuvo a punto de decir un disparate.

--Seria bueno, sin embargo, que nos entendiesemos ...--murmuro con voz
debil.

--Nada, nada; no hablemos ahora. Cuando tenga humor y tiempo ya me
ocupare de esas cosas.

Hablaba con tal seguridad e indiferencia no exenta de desden, que su
hija tenia que optar entre dar rienda suelta a la lengua, romper con su
padre de un modo violento, o marcharse. Decidiose, despues de un
instante de vacilacion, por esto. Giro sobre los talones, y sin una
palabra de adios salio de la estancia y se metio en el coche, en un
estado de excitacion que hacia temblar todo su cuerpo.

Cuando llego a casa corrio a encerrarse en su habitacion y dio salida al
furor que la embargaba. Lloro, pateo, desgarro sus vestidos, rompio una
porcion de cachivaches. Osorio tambien monto en colera y dijo que iba a
hacer y acontecer. De todo ello no resulto, sin embargo, mas que una
carta en que aquel, con bastante respeto, invitaba a su suegro a que le
manifestase el estado de su hacienda, a fin de dar comienzo a las
primeras operaciones del inventario. Salabert no contesto a esta carta.
Se escribio otra. Tampoco. Dejaron de visitarle. Clementina no queria ir
"por no armar un escandalo". Osorio no se consideraba con fuerza moral
suficiente, dado el estado de sus relaciones matrimoniales, para
reclamar con energia el caudal de su mujer. En tal aprieto hablaron con
algunas personas de respeto amigas del duque, y se las enviaron como
medianeras. Cumplieron estas su cometido: hablaron con el viejo, y
despues de varias entrevistas se resolvieron a provocar una reunion
amistosa a fin de que el asunto no fuese a los tribunales. Efectuose
esta, despues de alguna resistencia por parte de Clementina, en el
palacio de su padre. Asistieron a ella, a mas de las partes interesadas,
el padre Ortega, el conde de Cotorraso, Calderon y Jimenez Arbos. Este
ultimo (que habia dejado de ser ministro y estaba en la oposicion) dio
comienzo a la sesion espetandoles un discurso "de tonos conciliadores"
excitandoles a la concordia para que no diesen al publico el espectaculo
de una disputa entre padre e hija por cuestiones de dinero, espectaculo
que, dada su altisima posicion en el mundo, no podia menos de ser
repugnante. Siguiole en el uso de la palabra el padre Ortega, que con el
acento persuasivo y untuoso que le caracterizaba, despues de darles, lo
mismo al duque que a sus hijos un buen jabon de elogios disparatados
para ponerlos suaves, apelo a sus sentimientos cristianos, les hizo
presente el mal ejemplo que darian, les pinto las dulzuras del carino y
del sacrificio mutuo y concluyo prometiendoles la gloria eterna.

Clementina respondio la primera, que ella no tenia otro deseo que
continuar manteniendo con su padre las mismas relaciones de carino y
respeto que hasta entonces, y que para conseguirlo estaba dispuesta a
hacer todo lo que fuera posible. El acento seco y duro con que pronuncio
estas palabras y el gesto cenudo con que las acompano no daban
testimonio muy claro de su sinceridad. Sin embargo, el duque se
manifesto muy conmovido.

--iArbos! ipadre! ivosotros, hijos mios! Todos conocen perfectamente mi
caracter.... Para mi, fuera de la familia no hay felicidad posible....
Despues del golpe terrible que acabo de sufrir, lo unico que me queda en
el mundo es mi hija.... En ella tengo concentrado todo mi carino, mis
esperanzas y mi orgullo.... Para ella he trabajado, he luchado sin
descanso, he reunido el capital que poseo.... Puedo decir que nunca he
sentido la necesidad del dinero mas que por mi mujer (que en gloria
este) y por mi hija...; por verlas a ellas felices rodeadas de bienestar
y de lujo.... A mi me han bastado siempre cuatro cuartos para vivir,
bien lo sabeis. Hoy que soy viejo, con mayor razon.... ?Para que quiero
ya los millones? Dentro de poco me vere obligado a tomar el tren para el
otro barrio, ?verdad, Julian? Y tu lo mismo. Por consiguiente, ?a quien
puede ocurrirsele que voy a renir por cuestion de ochavos con la hija
de mi corazon?... Aqui no ha habido mas que una equivocacion. Yo
necesitaba tiempo para poner en claro mis asuntos.... Eso es todo....
Pero si es que has podido suponer otra cosa, hija mia, solo puedo
decirte esto.... Lo que hay en esta casa es tuyo y siempre lo ha sido.
Tomalo cuando se te antoje.... Tomalo, hija, tomalo.... A mi me basta
con nada....

Al pronunciar estas ultimas palabras visiblemente enternecido, quisieron
arrasarsele los ojos de lagrimas. Todos dieron muestras igualmente de
enternecimiento y prorrumpieron en frases de conciliacion. El padre
Ortega empujo suavemente a Clementina hacia los brazos de su padre, y
aunque ella era la menos conmovida, al fin se dejo abrazar por el, que
la tuvo un buen rato apretada. Cuando la solto se llevo el panuelo a los
ojos y se dejo caer en una butaca, vencido por el peso de tanta emocion.

Despues de esta escena conmovedora nadie oso acordarse de intereses. La
reunion se disolvio apretandose todos la mano cordialmente y
felicitandose con calor por el exito lisonjero de sus gestiones. Pero
Osorio y Clementina se metieron en su coche serios, cejijuntos, y no se
hablaron en todo el camino una palabra. Solo al llegar a casa murmuro la
esposa con acento colerico:

--iYa veremos en que para la comedia!

Osorio se encogio de hombros y respondio:

--Yo lo doy por visto.

Ni uno ni otro se equivocaron.

El duque ni les dio una peseta ni volvio a hablarles para nada de la
herencia. Estaba muy carinoso con ellos: les hacia comer muchos dias en
su casa, quejandose de su soledad; hasta les hablaba algunas veces de
los negocios que tenia pendientes; pero nada de liquidar la parte que
les correspondia.

Clementina llego a irritarse tanto que dejo bruscamente de ir a su casa.
Volvieron a mediar cartas. No pudieron sacar mas que respuestas
ambiguas, vagas esperanzas. Al fin se decidieron a entablar la demanda,
y comenzo un pleito que hizo estremecer de gozo a la curia.

Ceso para Clementina toda felicidad. Desde entonces vivio en un estado
de perpetua irritacion, siguiendo con afanoso interes los incidentes del
litigio, apurando al procurador, a los abogados, buscando influencias
que contrarrestasen las poderosas del duque. Este conducia el asunto con
mucha mas calma, lo enredaba con habilidad desesperante, aprovechandose
de la violencia que ella mostraba para hacerla aparecer a los ojos de la
sociedad como ambiciosa y desnaturalizada. Esto no obstaba para que
entre sus intimos soltase de vez en cuando alguna de sus frases burlonas
y cinicas, que al llegar a oidos de ella la hacian estallar de furor. La
lucha se fue haciendo cada dia mas encarnizada. Por otra parte, los
acreedores de Osorio, defraudados en sus esperanzas, empezaban a
revolverse contra el y amenazaban dejarle arruinado. Es facil
representarse la agitacion, la violencia, el malestar que reinarian en
el hotel de la calle de Don Ramon de la Cruz.

De este malestar, y aun puede decirse desdicha, participaba el hasta
entonces afortunado Raimundo. El espiritu y el cuerpo de Clementina,
alterados por el tumulto de otras pasiones, no podian reposarse en las
dulzuras del amor. Los momentos que aquella le concedia eran cada vez
mas cortos y sin sosiego. Se extinguieron las platicas alegres,
bulliciosas, que en otro tiempo mantenian. La hermosa dama ya no gustaba
de embromar a su juvenil amante. No se acordaba siquiera de aquellas
gozosas y pueriles escenas en que se deleitaban, ora haciendo ella de
reina que recibe en corte a sus ministros, ya jugando besos a los naipes
o en otras mil ninerias que la tornaban a la adolescencia. Ahora apenas
sabia hablar de otra cosa mas que de su pleito. Tenia los nervios tan
excitados, que con la palabra mas insignificante se le disparaban y
montaba en furiosa colera. Ademas, por el interes vehementisimo de
triunfar de su padre, crecian sus coqueterias con Escosura, recien
nombrado ministro. Esto era, como debe suponerse, lo que mas desgraciado
hacia al joven entomologo.

Un dia, en que estaba mas carinosa que de costumbre, teniendole sentado
a sus pies y acariciandole los cabellos con sus hermosos, delicados
dedos cargados de sortijas, le dijo con acento meloso:

--Tu sigues con tus celos de Escosura. ?verdad, Mundo?... Pues haces muy
mal.... No me gusta poco ni mucho ese hombre....

--Si: eso me has dicho muchas veces ... pero....

--No hay pero que valga, nino discolo--repuso alegremente tirandole de
la oreja--. Ni he querido, ni puedo querer a nadie mas que a ti. Todos
los hombres me parecen feos, tontos y presuntuosos a tu lado.... Pero
(iaqui viene mi pero!) desgraciadamente tu no eres ministro, aunque lo
mereces mas que todos los que conozco.... Bien sabes que mi fortuna esta
hoy en manos de la justicia, que de la noche a la manana puedo quedar
sin una peseta. Acostumbrada como estoy a las comodidades y al lujo, ya
comprenderas que no seria un plato de gusto. Mi amor propio tambien
padeceria mucho: tengo infinitos envidiosos, gente que me odia sin saber
por que.... En fin, que seria el hazme reir de ellos, ?entiendes? Y yo
no quiero que eso suceda. Mi padre cuenta con muchos amigos.... se
esperan de el favores (aunque sea incapaz de hacer uno solo), se le
tiene miedo.... Yo, aunque trato a casi todos los politicos de Madrid,
carezco de un verdadero amigo que se interese por mi asunto como si
fuese propio, que se atreva a ponerse frente a mi padre.... Y como no lo
tengo necesito buscarlo, ?sabes?... Figurate ahora que ese amigo es
Escosura, quien por su posicion politica y por su dinero es
independiente por completo.... Figurate que estoy en relaciones con
el.... Figurate que es mi amante a los ojos del mundo.... Y figurate
tambien que rompo contigo en apariencia, aunque sigas secretamente
siendo mi verdadero amor, el unico querido de mi corazon.... ?Que te
parece del arreglo? ?Lo encuentras aceptable?

Raimundo se puso encendido ante aquella singular y humillante
proposicion. Tardo unos instantes en contestar y al fin dijo entre
colerico y desdenoso:

--Me parece sencillamente una infamia y una asquerosidad.

La arruga, aquella arruga fatal que cruzaba la frente de Clementina cada
vez que la colera agitaba su alma turbulenta, aparecio honda y
siniestra. Levantose bruscamente, y despues de mirarle con fijeza, entre
airada y desdenosa, le dijo con acento glacial:

--Tienes razon. Ese arreglo no puede convenirte.... Mejor sera que
cortemos de una vez nuestras relaciones.

Y se dispuso a marchar. Raimundo quedo anonadado.

--iClementina!--grito con desconsuelo cuando se hallaba ya cerca de la
puerta.

--?Que hay?--dijo ella, con la misma frialdad, volviendo la cabeza.

--Escucha, por Dios, un momento.... Te he dicho eso arrebatado por los
celos, pero sin intencion de herirte.... ?Como he de ofenderte yo a ti
cuando te quiero, te adoro como a un ser sobrenatural?...

A estas siguieron otras muchas palabras fogosas empapadas de carino,
mejor aun, de devocion. Clementina las escucho en la misma actitud
altanera. No se dejo ablandar hasta que le contemplo bien humillado,
pidiendole de rodillas, como precioso favor, aquel mismo arreglo que
hacia un instante habia calificado de infamia y asquerosidad.

Por aquellos dias la dama experimento una rabieta tan viva que estuvo a
punto de enfermar. Y no le falto motivo. El duque, su padre, cuyas
relaciones con la Amparo eran cada dia mas publicas y descaradas, llevo
su cinismo o su servidumbre humillante hasta traerla a su palacio y
hacer vida marital con ella. No se hablaba de otra cosa en la alta
sociedad madrilena. Todo el mundo consideraba que Salabert tenia
perturbado el cerebro, por no decir, como en otro tiempo, que estaba
hechizado por su querida. Esta, con su estupidez inveterada, en vez de
disimular su poder y hacerse perdonar del mundo aquella inaudita
usurpacion, la pregonaba a son de trompeta en los teatros y paseos,
donde se presentaba colgada del brazo del duque. Poco despues comenzo a
circular por Madrid la noticia de que se casaban. El asombro y la
indignacion que produjo fueron vivisimos.

Un acontecimiento imprevisto vino a deshacer o por lo menos a aplazar
aquella boda. En cierta reunion de accionistas de las minas de Riosa, a
Salabert, como presidente, le toco dar cuenta de su gestion y proponer
las modificaciones necesarias en la marcha de la sociedad.
Ordinariamente lo hacia con mucha concision y claridad. Era, ante todo,
hombre de negocios y no gustaba de andarse por las ramas o decir mas
palabras de las indispensables. Mas con sorpresa de la asamblea, donde
se hallaban muchos banqueros y algunos personajes politicos, comenzo a
pronunciarles un discurso por todo lo alto. Abandonando el asunto por
completo, entro dandoles amplias explicaciones de su conducta como
hombre publico; trazo una verdadera biografia de su persona,
deteniendose en pormenores del todo impertinentes; canto con la mayor
impudencia sus propias alabanzas, ofreciendose como el prototipo de la
consecuencia politica, del desinteres y la abnegacion; pregono sus
servicios al pais, por haber prestado dinero al Gobierno en momentos de
apuro, y a la causa de la humanidad coadyuvando poderosamente a la
ereccion de hospitales, escuelas y asilos. Hasta tuvo la desvergueenza de
decir que el asilo de ancianas de los Cuatro Caminos era obra suya.

Los circunstantes se miraban unos a otros con estupor y se murmuraban al
oido juicios poco lisonjeros sobre el estado intelectual del orador.
Cuando apuro la lista de sus meritos y se proclamo _urbi et orbi_ el
primer hombre de la nacion, principio a desatarse contra sus enemigos.
Presentose como victima de una persecucion tenaz, insidiosa, de mil
intrigas urdidas para desacreditarle y en las que intervenian una
porcion de personajes de la banca y la politica. En confirmacion de este
aserto leyo con voz campanuda y fogosa entonacion ciertos articulos
insertos en un periodico de provincia (la provincia en que estaban las
minas de Riosa), en que segun el se le atacaba "de un modo indigno y
asqueroso". Lo que venia a decir, en resumen, el articulista, era que
Salabert no era acreedor a que se le erigiese una estatua.

Los circunstantes, cada vez mas cansados y aburridos, se decian ya en
voz baja:

--iEsto es ridiculo! iEste hombre esta loco!

A medida que leia se iba enardeciendo. Su rostro, ordinariamente un poco
amoratado, se oscurecio de tal modo que parecia el de un estrangulado.
Al fin, sin terminar la lectura, cayo en el sillon presa de un ataque
que le privo del sentido. Y por entrambas vias su naturaleza pletorica
comenzo al instante a desahogarse de tan formidable manera, que solo un
medico que asistia a la reunion en calidad de socio oso acercarse a el.




XV

#Genio que se apaga.#


Despues de aquel ataque, las facultades mentales del duque
experimentaron una merma considerable, al decir de cuantos a el se
acercaban. Padecia extranas distracciones. Su palabra era perezosa y mas
confusa que antes. Tenia caprichos fantasticos. Se contaba que habia
entregado ya a la Amparo sumas enormes o las habia puesto a su nombre en
el Banco; que se enfurecia por livianos motivos y gritaba y gesticulaba
como un demente, llegando sus arrebatos hasta maltratar de obra a los
criados o dependientes; que comia vorazmente y sin medida, y que decia
de su hija horrores inconcebibles, imposibles de repetir entre personas
decentes. Su genio socarron y maligno se habia trocado en adusto y
violento.

Sin embargo, en los negocios no dio senales de faltarle la cordura. La
rueda de la avaricia no se habia gastado aun en su organismo. Verdad que
la mayor parte de ellos marchaban por si mismos. Ademas tenia consigo a
Llera, cuyas dotes de especulador astuto y audaz habian llegado al
apogeo. Donde se mostraba en realidad la perturbacion, o por mejor
decir, la flaqueza de su inteligencia, era en el seno de la vida
domestica. No se contento con hacer reina y senora de la casa a su
querida, pero admitio en ella tambien a la madre y los hermanos de esta,
gente ordinaria y soez que la tomo por asalto, dandose harturas de
esclavos en saturnal, viviendo en perpetua orgia. El dominio de la
Amparo se hizo absoluto. Ella fue quien comenzo a ordenar, o por mejor
decir, a desordenar los gastos ostentando un lujo escandaloso en sus
vestidos, joyas y trenes. Y como no faltan en Madrid hambrones de levita
y de frac, al instante tuvo una corte de parasitos que cantaron sus
alabanzas. Dio tes y comidas; se jugo al tresillo. Se hizo, en suma, lo
que en todas las casas opulentas, menos bailar. Y aunque el personal por
dentro dejaba mucho que desear, por fuera parecia tan pomposo y
brillante como el de los demas palacios. Hasta habia titulos de
Castilla que honraban la tertulia con su presencia, entre ellos el
marques de Davalos, tan loco y enamorado como siempre. La Amparo, a
quien lisonjeaba este amor frenetico conocido de todo Madrid, lo
desdenaba en publico y lo alimentaba en secreto. Por donde flaqueaban
mas los saraos de aquella era por el lado femenino, si bien no faltaban
tampoco algunas senoras de la clase media que, a trueque de pisar regios
salones y verse servidas por lacayos de calzon corto, consentian en
alternar con la querida de Salabert. Verdad que acallaban sus escrupulos
diciendose que Amparo muy pronto seria la duquesa de Requena, en cuanto
terminase el luto de la anterior esposa.

Seguia el pleito entre el duque y su hija, mas empenado cada dia y
encendido. La Amparo se declaraba parte en el entre sus amigos; gozaba
soltando contra Clementina el odio mortal que la profesaba en palabras
tabernarias. Salian a relucir en su tertulia todos los devaneos de la
dama, corregidos y aumentados por los parasitos; se contaban anecdotas
que harian ruborizar a un guardia civil; se atacaban hasta sus prendas
corporales, diciendo que los dientes eran postizos, que tenia una cadera
torcida y otras calumnias por el estilo. Cierta noche tuvo exito
prodigioso un muchachuelo al manifestar que Clementina, segun datos
irrecusables, gastaba pantalones de franela a raiz de la carne.

Algunos de estos dichos llegaban a oidos de la interesada y la hacian
empalidecer de ira, amargaban extremadamente su agitada existencia. El
pleito era ya para ella una lucha personal con la Amparo. Lo que mas
temia, y Osorio tambien, era que se realizase el anunciado matrimonio de
su padre. Si esto sucedia no habia mas remedio que ver a la ex florista
ostentando la corona ducal, tratando de potencia a potencia con ellos.
Aunque al principio la sociedad la rechazase, como con el tiempo todo se
olvida, quiza aquella vil mujer llegaria a ser una verdadera duquesa.
Afortunadamente para ellos, aunque Salabert estaba sometido en todo a su
voluntad, les constaba que se oponia tenazmente a casarse, que la Amparo
hacia inutiles esfuerzos para decidirle, que habia habido escenas
violentas entre ellos. La ex florista, al principio, lo habia tomado por
la tremenda. Se contaba que en un arrebato habia herido al duque con
unas tijeras, que los criados escuchaban frecuentemente gritos
descompasados de la bella injuriando al viejo, llenandole de denuestos.
Uno juraba que la habia oido gritar:

--?Por que no te casas? idi, canalla!... ?Crees que te deshonras con
eso? ?No sabes que por ahi todo el mundo dice que eres un ladron? ?que
tus iniciales significan _ia ese!_...? Sere una p... pero una p... ?no
vale tanto como un ladron?

Ciertos o no estos horrores, lo que constaba de un modo indudable era la
resistencia de el y el afan de ella. Alguien le hizo entender que no era
este el mejor sistema y que corria riesgo, por quererlo todo, de
perderlo todo. Cambio de tactica. Se dedico a sacar de su querido todo
el dinero que pudo y a empujarle suavemente, pero con tenacidad, al
matrimonio. Mas aunque por lo que se refiere a esto ultimo sus asaltos
continuaban siendo infructuosos, Clementina y Osorio estaban con el alma
en un hilo. Deciase que el duque se hallaba realmente enfermo, que
sufria una paralisis progresiva. En vista de ello se determinaron,
despues de escuchar el parecer de algunos celebres abogados, a pedir
ante los tribunales su inhabilitacion o la incapacidad para administrar
sus bienes.

Por estos dias se dijo que aquel habia experimentado un nuevo ataque y
que de resultas habia quedado casi enteramente imbecil. Confirmaba este
rumor el que no salia de casa y el que sus amigos intimos no conseguian
verle cuando iban a visitarle.

En tales circunstancias, bien por un arranque de su temperamento
impetuoso o porque no faltara entre sus intimos quien se lo aconsejara,
Clementina se resolvio a dar un golpe decisivo que de una vez zanjase el
litigio y todos los problemas a el anejos. "Mi padre esta
secuestrado--dijo--. Yo voy alla y arrojo a esa mujer de casa". Osorio
trato de disuadirla, pero inutilmente.

Una manana se hizo trasladar en su coche al palacio de Requena. Pasmo
del portero al abrir la verja y encontrarse con la senorita Clementina,
y visible alegria tambien. Porque, aunque no era tan llana como la ex
florista ni tan prodiga, el sentimiento de justicia obligaba a los
criados del duque a despreciar a esta y respetar a aquella. La orgullosa
dama se contento con decir, sin mirarle: "Hola, Rafael", y se dirigio
rapidamente a la escalinata.

?Como esta papa?--pregunto al criado que hallo en el recibimiento.

Tan aturdido quedo que no pudo responderle inmediatamente.

--iVamos, hombre!--repitio con impaciencia--. ?Que tal papa? ?Esta en
las oficinas o en sus habitaciones?

--Dispense V.E. ... el senor duque esta bueno.... Me parece que aun esta
en su gabinete....

En aquel momento una doncella, que desde el fondo del corredor la vio y
escucho sus preguntas, corrio toda azorada a avisar a la senora.
Clementina tambien subio con pie rapido la escalera del piso principal.
Antes de llegar a la puerta del gabinete de su padre, la Amparo se
interpuso delante de ella, palida, mirandola fijamente, con ojos
agresivos.

--?Donde va usted?--pregunto con voz ligeramente ronca por la emocion.

--?Quien es usted?--respondio la dama alzando la cabeza con soberano
desden y mirandola de arriba abajo.

--Yo soy la senora de esta casa--repuso la malaguena poniendose aun mas
palida.

--Querra usted decir la secuestradora. No tengo noticia de que aqui haya
senora alguna.

--iAh! Viene usted a insultarme a mi misma casa--exclamo la ex florista
poniendose en jarras como en la plazuela.

--No; vengo a arrojarte de ella antes que llegue la policia a hacerlo.

--iNo me tutee usted o me pierdo!--grito la Amparo arrebatada de furor,
presta a arrojarse sobre su orgullosa enemiga.

--Repito que vengo a echarte de esta casa y del puesto que
usurpas--repuso esta con tranquilidad amenazadora, desafiandola con la
mirada.

La Amparo hizo un movimiento de arrojarse sobre ella, pero deteniendose
subito se puso a gritar con voces descompasadas:

--iPepe, Gregorio, Anselmo! A ver, que vengan todos. iPepe, Gregorio!
iEchadme esta tia de casa, que me esta insultando!

A los gritos acudieron algunos criados, que se detuvieron confusos,
atonitos, contemplando aquella escena extrana. Tambien se abrio la
puerta del gabinete y aparecio en ella la figura del duque, de bata y
gorro. En poco tiempo habia envejecido de un modo sorprendente. Tenia
los ojos apagados, el color caido, las mejillas pendientes y flacidas.

--?Que es eso? ?que pasa aqui?--pregunto con torpe lengua. Y al ver a su
hija dio un paso atras y todo su cuerpo se estremecio.

--Esta mujer, que despues de pedir que te declaren loco viene a
insultarme--grito Amparo con voz chillona de rabanera colerica.

--Papa, no hagas caso--dijo Clementina yendo hacia el.

Pero el duque retrocedio, y extendiendo al mismo tiempo sus manos
convulsas, exclamo:

--iFuera! iFuera! iNo te acerques!

--iEscucha, papa!

--iNo te acerques, ingrata, perversa!--repitio el duque con voz
temblorosa y tono melodramatico.

--Fuera de aqui, sin vergueenza. ?Tiene usted valor para presentarse
despues de lo que ha hecho con su padre?--chillo la malaguena animada
por la actitud del viejo.

Clementina quedo petrificada, livida, mirandoles con ojos donde se
pintaba mas el espanto que la colera. Hubo un instante en que estuvo a
punto de perder el sentido, en que todo comenzo a dar vueltas en torno
suyo. Pero su orgullo hizo un esfuerzo supremo y permanecio clavada al
suelo, inmovil como una estatua de yeso, y tan blanca. Luego giro
lentamente sobre los talones por miedo a caerse y dio algunos pasos
hacia la escalera, que comenzo a bajar con pie vacilante. Su padre,
excitado por los gritos de la Amparo, avanzo hasta la barandilla y
siguio repitiendo, cada vez mas colerico, extendiendo su mano tremula
como un barba de teatro:

--iFuera! iFuera de mi casa!

Mientras, su querida vomitaba una sarta de injurias acompanadas de
movimientos de caderas, risas sarcasticas y tal cual interjeccion del
repertorio antiguo.

Cuando llego a poner el pie en el jardin, las mejillas de Clementina
comenzaron a echar fuego. Se apoyo un instante en la columna de uno de
los faroles, y en seguida se dio a correr como una loca hacia su coche.
Monto en el de un salto y cayo en un ataque de nervios. La sacaron en
malisimo estado y la subieron a su cuarto entre dos criadas. Cuando
Osorio se presento no pudo enterarle mas que con palabras sueltas e
incoherentes de lo que habia acaecido. Ocho o diez dias estuvo postrada
en la cama. Al fin salio de ella con un deseo tal de vengarse, que
algunos pensaron que se habia vuelto loca.

El pleito, con el habito de venganza que ella soplo sobre el, encendiose
de un modo imponente. Llego a ser en Madrid un acontecimiento publico.
Acerca de la locura del duque hubo pareceres encontrados de los medicos
mas insignes, espanoles y extranjeros. Los unos le ponian de idiota,
degenerado y embrutecido que no habia por donde cogerlo. Los otros
declaraban que su inteligencia brillaba cada dia mas clara, que era un
portento de penetracion y buen sentido. Pero todos coincidian en exigir,
por sus dictamenes, disparatados honorarios. La prensa intervino en
favor de una u otra de las partes. Clementina subvencionaba algunos
periodicos. La Amparo (porque el duque, en realidad, ya no se hallaba en
estado de dirigir el asunto) tenia comprados otros. Y desde las columnas
de ellos se decian, mas o menos veladas, mil insolencias; se sacaban a
relucir en cuentos alegoricos muchas historias escandalosas.

En esta guerra la hija llevaba la peor parte: no podia ser tan liberal
como la querida. Amparo distribuia los billetes de Banco a manos llenas.
En cambio, a Clementina le ayudaban los acreedores de su marido, sus
amigas Pepa Frias, que no cesaba un momento de ir y venir visitando a
los medicos, a los magistrados, a los periodistas, la condesa de
Cotorraso, la marquesa de Alcudia, su cunado Calderon, sus amigos el
general Patino y Jimenez Arbos, y mas que todos ellos, como quien mas
obligacion tenia, su amante Escosura. Este, por el alto puesto que
ocupaba, ejercia considerable influencia en la marcha del litigio.

iQue agitacion! ique vida afanosa y miserable! Clementina no comia, no
dormia: siempre en conferencias con el abogado, con el procurador,
siempre escribiendo cartas. Hasta en sus tertulias o comidas no sabia
hablar de otra cosa. De suerte que algunos, los indiferentes, murmuraban
e iban desertando de su casa. Pero a otros logro comunicarles su fuego:
eran sus parciales apasionados y traian y llevaban cuentos y daban
consejos y prorrumpian en exclamaciones de indignacion cada vez que en
cualquier parte oian nombrar a la Amparo. Aunque Clementina, en general,
no era simpatica a la sociedad madrilena por su caracter altanero, como
al fin representaba el derecho y la moral, su causa era la popular.
Contribuyo a hacerla mas la estupidez de su enemiga, que se presentaba
en todas partes queriendo deslumbrar con su lujo, llevando a su lado
aquel viejo imbecil y degradado.

Porque el duque de Requena se desmoronaba a ojos vistas. Despues del
periodo de exaltacion y violencia en que parecia un loco furioso, vino
el aplanamiento de los nervios. Poco a poco se acercaba al completo
idiotismo. Perdio la vivacidad del espiritu y hasta la facultad de
comprender los negocios. Quedaron en manos de Llera. Esto no era malo:
pero si que la Amparo se ingiriese en ellos con autoridad, porque no
hacia mas que disparates. Se daba, sin embargo, bastante mana para
ocultar la locura de su querido. Los dias en que le veia sobrexcitado o
incoherente en sus palabras teniale encerrado. Solo cuando estaba mas
tranquilo y racional se aventuraba a salir con el en coche y procurando
que no hablase con nadie.

Mas a la postre tales precauciones resultaron inutiles. Salabert se
escapo de casa en distintas ocasiones y dio publicas senales de su
enajenacion. Una vez se le hallo a las cuatro de la manana cerca de
Carabanchel. Otra vez entro en una joyeria, y despues de ajustar algunas
alhajas sustrajo otras creyendo que no le veian. El joyero lo advirtio
perfectamente, pero no le dijo nada porque le conocia. Lo que hizo fue
enviar la cuenta de las alhajas robadas a la Amparo. Esta se apresuro a
pagarlas y vino en persona a rogarle que no divulgase el hecho.

Pronto se persuadio el publico de que, a pesar de los pareceres
encontrados de los medicos, la locura del duque era evidente. Comenzo a
susurrarse que el fallo del tribunal asi lo declararia. Dos dias antes
de que se publicase, la Amparo abandono el palacio de Requena despues de
haberlo puesto a saco. Se llevo multitud de objetos de gran valor. Su
hacienda ascendia ya a una porcion de millones. En prevision de lo que
podia suceder la habia sacado del Banco de Espana y la tenia en valores
extranjeros. Pocos dias despues se marcho a Francia. Algunos meses mas
tarde circulo por Madrid la noticia de que se casaba con el marques de
Davalos.

La misma tarde del dia en que la Amparo huyo (porque huida se puede
llamar) de la casa de Requena, entro Clementina con su marido y se
posesiono de ella. Hallo a su padre en un estado tristisimo,
completamente idiota. Hablaba como si la hubiera visto el dia anterior y
no hubiera pasado nada; le preguntaba con mucho interes por la Amparo y
hasta algunas veces la confundia con ella. El corazon de la hija, hay
que confesarlo, no padecio gran cosa. Aquella desgracia no apagaba por
entero el rencor que despertaba en su alma el recuerdo de los
amarguisimos dias que acababa de pasar. Su venganza no estaba satisfecha
porque veia a la Amparo rica y feliz. Queria a todo trance perseguirla
criminalmente, mientras su marido, satisfecho con la fortuna colosal que
caia en sus manos, no se preocupaba poco ni mucho de semejante cosa.

El duque de Requena, el celebre banquero que tuvo atentos y admirados
durante veinte anos a los negociantes espanoles y extranjeros, el hombre
que habia dado tanto que decir al publico y a la prensa, paso muy pronto
a ser en el palacio de Osorio un trasto inutil y despreciable. Por no
dar que murmurar, o por asegurarse mejor de su persona, o quiza por un
vago temor de que pudiera curarse, los esposos Osorio no le enviaron a
un manicomio: tuvieronle guardado en casa. Salabert se habia convertido
en nino. No se preocupaba ya de otra cosa que del alimento. Hablaba
poco. Pasaba horas y horas mirandose las unas o frotandose una mano con
la otra, dejando escapar de vez en cuando gritos extranos,
inarticulados. Tenia cerca un criado que, cuando se mostraba
desobediente y se enfurecia, le castigaba. Pero a quien mas respeto
tenia, y aun puede decirse verdadero temor, era a su hija. Bastaba que
Clementina le mirase cenuda y le dirigiese una seca reprension para que
el loco se sometiese repentinamente. En cambio, no hacia caso alguno de
su yerno.

Cuando el criado que le cuidaba, viendole tranquilo iba a recrearse un
poco con sus companeros, el loco acostumbraba a vagar por las
habitaciones del palacio mirandose con atencion a los espejos. Su mania
principal era la de recoger los pedacitos de pan que hallaba y
amontonarlos en un rincon de su cuarto hasta que alli se pudrian. Cuando
el monton era ya demasiado grande, los criados venian a recogerlos en
cestos y lo tiraban al carro de la basura. Al entrar en su habitacion y
echarlo de menos se enfurecia. Necesitaba su guardian hacer uso de algun
medio violento para volverle el sosiego.

Cierta tarde, poco despues de almorzar los senores (el loco almorzaba en
su cuarto), se hallaban reunidos tres o cuatro criados en el gran
comedor del palacio limpiando la vajilla y colocandola en los
aparadores. Estaban de buen humor y retozaban cambiando latigazos con
los panos que tenian en la mano, corriendo en torno de la mesa y
soltando sonoras carcajadas. La senora no podia escucharles porque
estaba arriba. En esto aparecio el loco en la puerta con una bandeja en
la mano, la bandeja en que acostumbraba a transportar los mendrugos,
como preciosa mercancia, a su habitacion. Vestia una bata grasienta ya y
traia la cabeza descubierta. Pero aquella cabeza, a pesar de sus blancos
cabellos, no era venerable. Las mejillas palidas, terrosas, los labios
amoratados y caidos, la mirada opaca sin expresion alguna, no reflejaban
la ancianidad que tiene su hermosura, sino la decrepitud del vicio
siempre repugnante y la senal de la idiotez, aterradora siempre.

Permanecio un instante indeciso al ver tanta gente. Al fin se resolvio a
entrar; fue derecho a los cajones de los aparadores y comenzo con afan a
registrarlos sacando todos los mendrugos que habia y colocandolos en su
bandeja. Los criados le contemplaban sonrientes con mirada burlona.

--Busca, busca--dijo uno--. ?Cuando nos convidas a gazpacho, tio
lipendi?

El viejo no hizo caso: siguio afanoso en su tarea.

--Gazpacho, no--dijo otro--. Mejor sera que nos convides a un billete de
cien pesetas.

--A ti no te convido. A Anselmo, si--dijo el duque tartamudeando mucho y
mirandole airado.

--iToma! ya se por que convidas a Anselmo; porque te anda con el bulto.
Descuida, que si es por eso ya me convidaras.

Los otros soltaron la carcajada. El mas joven de ellos, un chico de diez
y seis anos, al verle con la bandeja colmada y dispuesto a marcharse, se
fue por detras, y dandole un manotazo hizo saltar todos los mendrugos,
que cayeron esparcidos por el suelo. El duque se enfurecio
terriblemente, y lanzando gritos de colera, y echandoles miradas de
fiera acosada, se tiro al suelo y se puso a recoger de nuevo los
mendrugos, mientras los criados celebraban con algazara la gracia de su
companero. Cuando ya los tenia todos en la bandeja y corria hacia la
puerta para librarse de sus burlas, el mismo rapaz se fue tras el y otra
vez se los tiro. El furor del loco no tuvo limites. Convulso, rechinando
los dientes, con los ojos encendidos, se arrojo sobre el burlador; pero
los demas le sujetaron. El pobre demente comenzo entonces a lanzar
bramidos que nada tenian de humanos.

En aquel instante se oyo en el corredor la voz irritada de Clementina.

--?Que es eso? ?Que hacen ustedes a papa?

Los criados soltaron al loco y se dieron a correr desapareciendo del
comedor.




XVI

#Amor que se extingue.#


Los amores de Raimundo estaban presos por un hilo. En los ultimos
tiempos, Clementina, enteramente embargada por su anhelo de triunfo y
venganza, apenas hacia caso de el. Veianse a menudo, porque el joven no
dejaba de frecuentar la casa; pero sus citas amorosas eran cada dia mas
raras. Cuando aquel se quejaba timidamente de su abandono, la dama se
disculpaba con los celos de Escosura. Por mas que hacia no lograba
convencer a este de que se hallaban rotas sus antiguas relaciones; la
vigilaba con disimulo, espiaba sus pasos; el dia menos pensado
averiguaria la verdad. "Ya ves, el engano seria muy feo: tendria razon
para ponerse furioso".

El pobre Raimundo estaba tan perdido que aceptaba como buenas estas
razones o aparentaba aceptarlas. En medio de aquella abyeccion vivia
feliz forjandose la ilusion de que su idolo le preferia, le amaba en el
fondo del alma; que solo mantenia relaciones con el ministro por el
interes del pleito. Contribuia a conservarle en ella el que de vez en
cuando Clementina, por arrancarse quiza momentaneamente a sus afanes y
enojos, le escribia una cartita diciendole: "Hoy a las cuatro", o bien:
"Ve por la tarde a la Casa de Campo". Y en estas entrevistas, acometida
de subito capricho, recordando las primeras y gozosas etapas de su amor,
se mostraba tierna y carinosa, le juraba eterna fidelidad. iOh, Dios!
ique infinita, que celestial felicidad experimentaba el joven entomologo
oyendo tales juramentos de aquellos labios adorados!

Pero toda felicidad es breve en este mundo. La de el, brevisima. Al dia
siguiente de aquel deliquio amoroso, encontraba a su dueno frio como el
marmol, displicente, y, lo que es peor, en largas y reservadas platicas
con Escosura alla por los rincones del salon. Creia inocentemente que al
terminar el pleito cambiaria su suerte, que Clementina, no necesitando
ya al ministro, volveria de nuevo a ser enteramente suya, sin aquel
odioso reparto que le entristecia aun mas que le avergonzaba. Sus
esperanzas se desvanecieron como el humo. Terminose el pleito del modo
mas feliz para ella; y no obstante, lejos de despedir a su amante
oficial, cada dia se mostraba hacia el mas respetuosa y enamorada.

Cierta manana, dos meses despues de haberse fallado el litigio, recibio
un billetito que decia: "Voy esta tarde a las dos". Le dio un salto el
corazon. Hacia mas de quince dias que su adorada no parecia por el
entresuelito del Caballero de Gracia. A la una ya estaba aguardandola. Y
en cuanto la columbro de lejos, corrio a abrirla con la misma emocion
que si fuese una reina y con mucha mayor ternura. Mostrose ella
reconocida, afectuosa; recibio con agrado sus vivas y apasionadas
caricias.

Al cabo de una hora, hallandose los dos sentados en el pequeno sofa
donde tantos coloquios amorosos habian pasado, ella le dirigio una larga
mirada compasiva y le dijo con sonrisa triste:

--?Sabes una cosa, Mundo?... Que hoy es el ultimo dia que nos vemos asi
solos y juntos.

El joven la miro con estupor, sin comprender, o sin querer comprender.

--Si; ... no puedo continuar manteniendo estas relaciones secretas
contigo.... Escosura ya esta advertido y se ha ofendido mucho con
razon.... Ademas, me parece feo el tener dos amantes.... Eso queda para
Lola Madariaga. Hasta ahora he pasado por ello porque comprendo que me
has querido y que me quieres mucho.... Yo tambien te he demostrado
siempre amor verdadero. No puedes quejarte. Si a algun hombre he querido
de corazon es a ti.... La prueba de ello es lo que han durado nuestras
relaciones.... Pero nada es eterno en el mundo.... Puesto que ya
nuestros amores estan desde hace tiempo medio deshechos (porque el amor
es exclusivo y no admite repartos), lo mejor es que lo rompamos por
completo... Asi como asi me voy haciendo vieja, Mundo.... Tu eres un
muchacho. Si yo no diese la voz de separacion, tarde o temprano la
darias tu. Esta es la vida.... Hoy, todavia me encontraras bonita: son
las ultimas llamaradas. Necesito despedirme de las muchas locuras que
hemos hecho.... Pero siempre las recordare con placer, te lo juro.... Tu
reprensentaras en mi vida, tal vez la epoca mas feliz... Seamos de aqui
en adelante buenos amigos. Tendria un placer inmenso en poder serte
util, en que me debieses algun favor de importancia, ya que te debo yo
tantos momentos de dicha...

El joven escucho todas estas infamias inmovil, atonito. Una densa
palidez iba cubriendo sus facciones.

--?Pero hablas de veras?--concluyo por preguntar con voz temblorosa.

--Si, querido, si; hablo de veras--respondio la dama con la misma
sonrisa triste y protectora.

--iEso no puede ser!... ino puede ser!--profirio el con energia,
levantandose del asiento y mirandola colerico y espantado al mismo
tiempo.

Aquella mirada basto para remover la soberbia de Clementina.

--iVaya si puede ser!--replico en tonillo ironico que resultaba en
aquella ocasion de una crueldad feroz.

Quedo helado. Permanecio en pie unos instantes mirandola con indefinible
expresion de angustia y terror: por fin se dejo caer a sus pies
exclamando con las manos cruzadas:

--iOh, por Dios, no me mates! ino me mates!

El semblante de Clementina se dulcifico y la voz tambien.

--Vamos, no seas nino, Mundo.... Levantate.... Tenia que suceder.... Tu
hallaras mujeres que valgan mucho mas que yo....

Pero el joven se habia abrazado a sus rodillas con fuerza y se las
besaba con transportes freneticos, y lo mismo los pies, sacudido su
cuerpo por los sollozos.

--iEsto es horrible! ies horrible!--repetia--. ?Que te hice para que asi
me mates?

Vamos, Mundo, vamos.... Arriba.... Seamos formales--decia ella
dulcemente, acariciandole los cabellos--. ?No comprendes que es
ridiculo?

--iQue me importa el ridiculo!--replicaba el desgraciado entre sollozos,
con el rostro pegado a la seda de su vestido--. Por ti me pondria en
ridiculo delante del mundo entero.

Clementina hacia esfuerzos por calmarle, pero sin apiadarse. No hay
fiera mas cruel que una mujer hastiada. Le dejo desahogarse un rato, y
cuando le vio mas sosegado, se levanto del sofa.

--Te agradezco muchisimo ese sentimiento, Mundo.... Yo tambien he tenido
que luchar bastante tiempo con mi corazon para resolverme a separarme de
ti....

--iMientes!--dijo el de rodillas aun, con los codos apoyados sobre el
sofa--. Si me hubieses querido no serias tan cruel, itan infame!

La dama permanecio un instante silenciosa mirandole por la espalda con
ojos irritados. Al fin, venciendo la compasion, dijo:

--Te perdono esas groserias por el estado de exaltacion en que te
hallas. Por mucho que me injuries no lograras que deje de recordarte
siempre con carino.... Algun dia cuando tu ya me hayas olvidado por
completo, todavia tu imagen y los dichosos momentos que hemos pasado
juntos estaran grabados en mi corazon.... Pero ahora conviene
formalizarse--anadio cambiando de tono--. Concluyamos de un modo digno,
Raimundo.... Me vas a hacer el favor de tomar un coche, ir a tu casa y
traer todas las cartas que te he dirigido para que las quememos. Yo no
conservo ninguna tuya. Ya sabes que las rompo en cuanto las recibo.

Raimundo no se movio. Despues de esperar unos momentos, Clementina se
acerco a el por detras, se inclino silenciosamente y le puso las dos
manos en las mejillas, diciendole con acento dulce:

--iRetonto! ?no hay mas mujeres que yo en el mundo?

Raimundo se estremecio al contacto de aquellas manos delicadas. Volviose
bruscamente y apoderandose de ellas las beso repetidas veces con
frenesi, las llevo a su corazon, las puso sobre su frente.

--No, Clementina, no; no hay mas mujeres que tu ... o si las hay, yo no
lo se, ni quiero saberlo.... Pero ?es cierto eso que me has dicho?...
?Es verdad que ya no me quieres?

Y su mirada humeda se alzaba con tal expresion de angustia, que ella,
sonriendo confusa, se vio obligada a mentir.

--Yo no te he dicho que no te queria ... sino que conviene que cortemos
nuestras relaciones.

--iEs igual!

--iNo, chiquillo, no! no es igual.... Puedo quererte, y sin embargo, por
circunstancias especiales, no convenir que tenga contigo entrevistas
secretas.... No todo lo que uno quiere se puede hacer en el mundo....

Y se perdio en un laberinto de razones especiosas, de cuya falsedad ella
misma se daba cuenta turbandose un poco al decirlas. Daba vueltas a unas
mismas ideas, vulgarisimas todas, supliendo la fuerza y el peso de que
carecian con lo vivo y exagerado de los ademanes.

Raimundo no la escuchaba. Al cabo de unos momentos se levanto
bruscamente, se enjugo las lagrimas y salio de la estancia sin decir
palabra. Clementina le miro alejarse con sorpresa.

--Te aguardo--le grito cuando ya estaba en el pasillo.

Veinte minutos despues se presento de nuevo con un paquete entre las
manos.

--Aqui tienes las cartas--dijo con aparente tranquilidad.

Su voz estaba alterada. Una palidez densa cubria su semblante.
Clementina le dirigio una penetrante mirada de curiosidad donde se
pintaba asimismo la inquietud. Pero dominandose le dijo con naturalidad:

--Muchas gracias, Mundo. Ahora las quemaremos si te parece.... Iremos a
la cocina....

El joven no replico. Se dirigieron a esta pieza del cuarto fria y
desmantelada, porque nadie la usaba, y Clementina coloco por su mano el
paquete sobre el fogon. Mas de repente, cuando ya tenia entre los dedos
el fosforo encendido que el joven le habia dado, se detuvo. Quedo
suspensa un instante y dijo sonriendo:

--iSabes que esto es muy prosaico! iQuemar mis cartas de amor en un
fogon! iUf!... Me parece que debemos concluir con ellas de un modo mas
poetico.... ?Quieres que nos vayamos a quemarlas al campo?... De este
modo daremos juntos un ultimo paseo; nos despediremos dignamente.

--Como gustes--articulo el joven en voz apenas perceptible.

--Bueno, ve a buscar un coche.

--Lo tengo abajo.

--Salgamos entonces.

Volvio a coger el paquete Raimundo. Ambos dejaron aquel cuartito donde
nunca mas habian de reunirse. Montaron en coche y este les condujo
camino de las Ventas del Espiritu Santo. Era una tarde de primavera,
nublada y fresca. Clementina habia echado los cierres de las
ventanillas para no ser vista de algun conocido; pero en cuanto salieron
de la Puerta de Alcala pidio Raimundo que los bajase; por cierto con tan
poca oportunidad, que en aquel momento cruzo a su lado una carretela
abierta donde iban Pepe Castro y Esperancita Calderon, recien casados.
No tuvo tiempo mas que para echarse hacia atras y llevar una mano a la
cara. Quedole la duda de si la habian reconocido.

Raimundo, a costa de grandes esfuerzos, habia conseguido dominarse, pero
solo a medias. Clementina hacia lo posible por distraerle. Le hablaba,
como una buena amiga, de asuntos indiferentes, de sus conocidos, dando
por supuesto que seguiria frecuentando su casa. Cuando pasaron Castro y
su mujer, emprendio una conversacion animada acerca de ellos.

--Ya ves, Mundo; sucedio lo que yo decia. No hace tres meses que se han
casado y ya andan a la grena Pepe y su suegro por cuestion de la
dote.... Nadie conoce a Calderon mejor que yo.... Si no lo entierran
pronto, los pobres se han de ver muy apurados, porque lo que es dinero
han de tardar en sacarselo....

Raimundo respondia a sus observaciones, afectando serenidad; pero su voz
tenia un timbre especial que la dama no dejaba de advertir. Parecia que
llegaba humeda, como si hubiese atravesado una region de lagrimas.

Al fin, en un paraje que vieron mas solitario, hicieron parar el coche y
se bajaron.

--Aguardenos usted aqui. Vamos a dar un paseo--dijo Raimundo al cochero.

Mas creyendo observar cierta inquietud en los ojos del auriga, se volvio
a los pocos pasos, saco un billete de cinco duros y se lo entrego
diciendo:

Ya me dara usted la vuelta. Hasta luego.

Abandonaron la carretera y se pusieron a caminar por los campos aridos y
tristes del Este de Madrid. El terreno ofrecia leves ondulaciones y se
extendia rojizo y desierto, cortando a lo lejos el horizonte con una
raya bien pura. Ni un arbol, ni una casa. Los finos zapatos de
Clementina se hundian en la tierra y quedaban manchados. Caminaban
silenciosos. Raimundo ya no tenia fuerzas para hablar. Ella tambien se
sintio dominada por la tristeza de la situacion, a la cual ayudaba la
del paisaje, y tuvo la delicadeza de no desplegar los labios. De vez en
cuando volvia la cabeza para cerciorarse de si podian ser vistos desde
la carretera. Cuando se convencio de que estaban bastante lejos se
detuvo.

--?Para que andar mas?... ?No te parece buen sitio?

Raimundo se detuvo tambien y no respondio. Dejo caer el paquete al suelo
y dirigio la vista a lo lejos, a los confines del horizonte. Clementina
deshizo el paquete. Despues de echar una ojeada de curiosidad a sus
cartas, esmeradamente conservadas en los sobres, hizo con ellas un
montoncito. Aguardo un instante a que Raimundo volviese la cabeza, y
viendo que no lo hacia, le dijo:

--Dame un fosforo.

El joven saco el fosforo y se lo entrego encendido, con el mismo
silencio. Volvio de nuevo la cabeza y siguio mirando fijamente el
horizonte, mientras Clementina pegaba fuego al monton de cartas y las
veia arder poco a poco. Tardaron algunos momentos en consumirse:
necesitaba arreglar con sus manos enguantadas el montoncito para que el
fuego no se apagase. De vez en cuando dirigia una mirada entre inquieta
y compasiva a su amante, que se mantenia inmovil y atento como un marino
que contempla el cariz de la mar.

Cuando no quedaron mas que las cenizas negras, Clementina, que estaba en
cuclillas, se alzo. Estuvo un momento indecisa sin atreverse a turbar la
profunda distraccion de Raimundo. Al fin, pasando por su hermoso rostro
una rafaga de ternura, despues de mirar rapidamente a todos lados, se
acerco a el, le paso un brazo por la espalda y le dijo con acento
carinoso:

--Y ahora que estamos solos por ultima vez y que nadie nos ve, ?no nos
despediremos de un modo mas efusivo?

--?Como quieres que nos despidamos?--respondio el mirandola y haciendo
un esfuerzo supremo para sonreir.

--iAsi!--replico la dama vivamente.

Y al mismo tiempo le echo los brazos al cuello y le cubrio el rostro de
fuertes y apasionados besos.

Raimundo se estremecio. Dejose besar por algunos instantes como un
cuerpo inerte. Al fin, doblandosele las piernas, exclamo con acento
desgarrador:

--iOh, Clementina, me estas matando!

Y cayo al suelo privado de sentido. El susto de ella fue grande. No
habia nadie que la auxiliase. No habia siquiera agua. Alzo la cabeza del
joven, la puso sobre su regazo, le dio aire con su sombrero y le hizo
oler un pomito con perfume que traia. Al cabo de pocos minutos abrio los
ojos: no tardo en ponerse en pie. Estaba avergonzado de su flaqueza.
Clementina se mostraba con el afectuosa y compasiva. Cuando vio que
estaba ya sereno y en disposicion de marchar, se cogio a su brazo y le
dijo:

--Vamos.

Y procuro distraerle, mientras caminaban, hablandole de una _sauterie_
que proyectaba y a la cual le pedia con insistencia que no dejase de
asistir.

--Y lo mismo los sabados ?verdad? Cuidado con abandonarme. Uno es uno y
otro es otro.... Tu seras en mi casa el amigo de siempre, y en mi
corazon ocuparas, mientras viva, un lugar de preferencia.

Raimundo se contentaba con sonreir forzadamente.

Asi llegaron otra vez al sitio donde estaba el coche. Dentro, la dama
siguio locuaz. El, a medida que se acercaban a Madrid, se iba poniendo
mas palido. Ya no sonreia.

Viendole de tal modo, con la desesperacion impresa en el semblante,
Clementina dejo al cabo de hablarle en aquel tono. Movida de piedad
comenzo de nuevo a besarle carinosamente. Pero el rechazo sus caricias;
la aparto con suavidad diciendo:

--iDejame! idejame!... Asi me haces mas dano.

Dos lagrimas asomaron a sus pupilas y estuvieron largo rato alli
detenidas. Al fin se volvieron otra vez, sin caer, al sitio misterioso
de donde brotan.

El coche llego a la Puerta de Alcala. Clementina lo hizo detener delante
de la calle de Serrano.

--Conviene que te bajes aqui. Estas cerca de tu casa.

Raimundo, sin decir palabra, abrio la portezuela.

--Hasta el sabado, Mundo.... No dejes de ir.... Ya sabes que te espero.

Al mismo tiempo le apreto la mano con fuerza.

Raimundo, sin mirarla, murmuro secamente:

--Adios.

Se bajo de un salto, y la dama le vio alejarse con paso vacilante de
beodo sin volver la vista atras.


FIN




INDICE

   I.--Presentacion de la farandula.
  II.--Mas personajes.
 III.--La hija de Salabert.
  IV.--Como alentaba la virtud el senor duque de Requena.
   V.--Precipitacion.
  VI.--Desde el "Club de los Salvajes" a casa de Calderon.
 VII.--Comida y tresillo en casa de Osorio.
VIII.--Cena en Fornos.
  IX.--Los amores de Raimundo.
   X.--Un poco de derecho civil.
  XI.--Baile en el palacio de Requena.
 XII.--Matinee religiosa.
XIII.--Viaje a Riosa.
 XIV.--Una que se va.
  XV.--Genio que se apaga.
 XVI.--Amor que se extingue.





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entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.

1.B.  "Project Gutenberg" is a registered trademark.  It may only be
used on or associated in any way with an electronic work by people who
agree to be bound by the terms of this agreement.  There are a few
things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
even without complying with the full terms of this agreement.  See
paragraph 1.C below.  There are a lot of things you can do with Project
Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
works.  See paragraph 1.E below.

1.C.  The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
Gutenberg-tm electronic works.  Nearly all the individual works in the
collection are in the public domain in the United States.  If an
individual work is in the public domain in the United States and you are
located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
copying, distributing, performing, displaying or creating derivative
works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
are removed.  Of course, we hope that you will support the Project
Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by
freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of
this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with
the work.  You can easily comply with the terms of this agreement by
keeping this work in the same format with its attached full Project
Gutenberg-tm License when you share it without charge with others.

1.D.  The copyright laws of the place where you are located also govern
what you can do with this work.  Copyright laws in most countries are in
a constant state of change.  If you are outside the United States, check
the laws of your country in addition to the terms of this agreement
before downloading, copying, displaying, performing, distributing or
creating derivative works based on this work or any other Project
Gutenberg-tm work.  The Foundation makes no representations concerning
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States.

1.E.  Unless you have removed all references to Project Gutenberg:

1.E.1.  The following sentence, with active links to, or other immediate
access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently
whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the
phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project
Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed,
copied or distributed:

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.net

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from the public domain (does not contain a notice indicating that it is
posted with permission of the copyright holder), the work can be copied
and distributed to anyone in the United States without paying any fees
or charges.  If you are redistributing or providing access to a work
with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the
work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1
through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
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with the permission of the copyright holder, your use and distribution
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terms imposed by the copyright holder.  Additional terms will be linked
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License terms from this work, or any files containing a part of this
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electronic work, or any part of this electronic work, without
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     the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
     you already use to calculate your applicable taxes.  The fee is
     owed to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he
     has agreed to donate royalties under this paragraph to the
     Project Gutenberg Literary Archive Foundation.  Royalty payments
     must be paid within 60 days following each date on which you
     prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax
     returns.  Royalty payments should be clearly marked as such and
     sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the
     address specified in Section 4, "Information about donations to
     the Project Gutenberg Literary Archive Foundation."

- You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
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     License.  You must require such a user to return or
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     and discontinue all use of and all access to other copies of
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- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any
     money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
     electronic work is discovered and reported to you within 90 days
     of receipt of the work.

- You comply with all other terms of this agreement for free
     distribution of Project Gutenberg-tm works.

1.E.9.  If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by
your equipment.

1.F.2.  LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
liability to you for damages, costs and expenses, including legal
fees.  YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH F3.  YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

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received the work on a physical medium, you must return the medium with
your written explanation.  The person or entity that provided you with
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providing it to you may choose to give you a second opportunity to
receive the work electronically in lieu of a refund.  If the second copy
is also defective, you may demand a refund in writing without further
opportunities to fix the problem.

1.F.4.  Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
WARRANTIES OF MERCHANTIBILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
the applicable state law.  The invalidity or unenforceability of any
provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

1.F.6.  INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org

Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including including checks, online payments and credit card
donations.  To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.

Each eBook is in a subdirectory of the same number as the eBook's
eBook number, often in several formats including plain vanilla ASCII,
compressed (zipped), HTML and others.

Corrected EDITIONS of our eBooks replace the old file and take over
the old filename and etext number.  The replaced older file is renamed.
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