The Project Gutenberg EBook of Pepita Jimnez, by Juan Valera

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Title: Pepita Jimnez

Author: Juan Valera

Release Date: December 4, 2005 [EBook #17223]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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Pepita Jimnez

Por

Juan Valera

J. Noguera a cargo de M. Martnez

Madrid, Espaa

1874

El seor den de la catedral de..., muerto pocos aos ha, dej entre sus
papeles un legajo, que, rodando de unas manos en otras, ha venido a dar
en las mas, sin que, por extraa fortuna, se haya perdido uno solo de
los documentos de que constaba. El rtulo del legajo es la sentencia
latina que me sirve de epgrafe, sin el nombre de mujer que yo le doy
por ttulo ahora; y tal vez este rtulo haya contribuido a que los
papeles se conserven, pues creyndolos cosa de sermn o de teologa,
nadie se movi antes que yo a desatar el balduque ni a leer una sola
pgina.

Contiene el legajo tres partes. La primera dice: _Cartas de mi Sobrino_;
la segunda, _Paralipmenos_; y la tercera, _Eplogo_.
_Cartas de mi hermano_.

Todo ello est escrito de una misma letra, que se puede inferir fuese la
del seor den. Y como el conjunto forma algo a modo de novela, si bien
con poco o ningn enredo, yo imagin en un principio que tal vez el
seor den quiso ejercitar su ingenio componindola en algunos ratos de
ocio; pero, mirado el asunto con ms detencin y, notando la natural
sencillez del estilo, me inclino a creer ahora que no hay tal novela,
sino que las cartas son copia de verdaderas cartas, que el seor den
rasg, quem o devolvi a sus dueos, y que la parte narrativa,
designada con el ttulo bblico de _Paralipmenos_, es la sola obra del
seor den, a fin de completar el cuadro con sucesos que las cartas no
refieren.

De cualquier modo que sea, confieso que no me ha cansado, antes bien me
ha interesado casi la lectura de estos papeles; y como en el da se
publica todo, he decidido publicarlos tambin, sin ms averiguaciones,
mudando slo los nombres propios, para que, si viven los que con ellos
se designan, no se vean en novela sin quererlo ni permitirlo.

Las cartas que la primera parte contiene parecen escritas por un joven
de pocos aos, con algn conocimiento terico, pero con ninguna prctica
de las cosas del mundo, educado al lado del seor den, su to, y en el
Seminario, y con gran fervor religioso y empeo decidido de ser
sacerdote.

A este joven llamaremos D. Luis de Vargas.

El mencionado _manuscrito_, fielmente trasladado a la estampa, es como
sigue.




-I-

Cartas de mi sobrino

       *       *       *       *       *

               _22 de Marzo_.

Querido to y venerado maestro: Hace cuatro das que llegu con toda
felicidad a este lugar de mi nacimiento, donde he hallado bien de salud
a mi padre, al seor vicario y a los amigos y parientes. El contento de
verlos y de hablar con ellos, despus de tantos aos de ausencia, me ha
embargado el nimo y me ha robado el tiempo, de suerte que hasta ahora
no he podido escribir a Vd.

Vd. me lo perdonar.

Como sal de aqu tan nio y he vuelto hecho un hombre, es singular la
impresin que me causan todos estos objetos que guardaba en la memoria.
Todo me parece ms chico, mucho ms chico; pero tambin ms bonito que
el recuerdo que tena. La casa de mi padre, que en mi imaginacin era
inmensa, es sin duda una gran casa de un rico labrador; pero ms pequea
que el Seminario. Lo que ahora comprendo y estimo mejor es el campo de
por aqu. Las huertas, sobre todo, son deliciosas. Qu sendas tan
lindas hay entre ellas! A un lado, y tal vez a ambos, corre el agua
cristalina con grato murmullo. Las orillas de las acequias estn
cubiertas de yerbas olorosas y de flores de mil clases. En un instante
puede uno coger un gran ramo de violetas. Dan sombra a estas sendas
pomposos y gigantescos nogales, higueras y otros rboles, y forman los
vallados la zarzamora, el rosal, el granado y la madreselva.

Es portentosa la multitud de pajarillos que alegran estos campos y
alamedas.

Yo estoy encantado con las huertas, y todas las tardes me paseo por
ellas un par de horas.

Mi padre quiere llevarme a ver sus olivares, sus vias, sus cortijos;
pero nada de esto hemos visto an. No he salido del lugar y de las
amenas huertas que le circundan.

Es verdad que no me dejan parar con tanta visita.

Hasta cinco mujeres han venido a verme que todas han sido mis amas y me
han abrazado y besado.

Todos me llaman Luisito o el nio de D. Pedro, aunque tengo ya veintids
aos cumplidos. Todos preguntan a mi padre por el nio, cuando no estoy
presente.

Se me figura que son intiles los libros que he trado para leer, pues
ni un instante me dejan solo.

La dignidad de cacique, que yo crea cosa de broma, es cosa harto seria.
Mi padre es el cacique del lugar.

Apenas hay aqu quien acierte a comprender lo que llaman mi mana de
hacerme clrigo, y esta buena gente me dice con un candor selvtico que
debo ahorcar los hbitos, que el ser clrigo est bien para los
pobretones; pero que yo, soy un rico heredero, debo casarme y consolar
la vejez de mi padre, dndole media docena de hermosos y robustos
nietos.

Para adularme y adular a mi padre, dicen hombres y mujeres que soy un
real mozo, muy salado, que tengo mucho ngel, que mis ojos son muy
pcaros, y otras sandeces que me afligen, disgustan y avergenzan, a
pesar de que no soy tmido y conozco las miserias y locuras de esta
vida, para no escandalizarme ni asustarme de nada.

El nico defecto que hallan en m es el de que estoy muy delgadito, a
fuerza de estudiar. Para que engorde se proponen no dejarme estudiar ni
leer un papel mientras aqu permanezca, y adems hacerme comer cuantos
primores de cocina y de repostera se confeccionan en el lugar. Est
visto: quieren cebarme. No hay familia conocida que no me haya enviado
algn obsequio. Ya me envan una torta de bizcocho, ya un cuajado, ya
una pirmide de pionate, ya un tarro de almbar.

Los obsequios que me hacen no son slo estos presentes enviados a casa,
sino que tambin me han convidado a comer tres o cuatro personas de las
ms importantes del lugar.

Maana como en casa de la famosa Pepita Jimnez, de quien Vd. habr odo
hablar sin duda alguna. Nadie ignora aqu que mi padre la pretende.

Mi padre, a pesar de sus cincuenta y cinco aos, est tan bien que puede
poner envidia a los ms gallardos mozos del lugar. Tiene adems el
atractivo poderoso, irresistible para algunas mujeres, de sus pasadas
conquistas, de su celebridad, de haber sido una especie de D. Juan
Tenorio.

No conozco an a Pepita Jimnez. Todos dicen que es muy linda. Yo
sospecho que ser una beldad lugarea y algo rstica. Por lo que de ella
se cuenta, no acierto a decidir si es buena o mala moralmente; pero s
que es de gran despejo natural. Pepita tendr veinte aos; es viuda;
slo tres aos estuvo casada. Era hija de doa Francisca Glvez, viuda,
como Vd. sabe, de un capitn retirado

               _Que le dej a su muerte_
               _Slo su honrosa espada por herencia_,

segn dice el poeta. Hasta la edad de diez y seis aos vivi Pepita con
su madre en la mayor estrechez, casi en la miseria.

Tena un to llamado D. Gumersindo, poseedor de un mezquinsimo
mayorazgo, de aquellos que en tiempos antiguos una vanidad absurda
fundaba. Cualquier persona regular hubiera vivido con las rentas de este
mayorazgo en continuos apuros, llena tal vez de trampas y sin acertar a
darse el lustre y decoro propios de su clase; pero D. Gumersindo era un
ser extraordinario: el genio de la economa. No se poda decir que
crease riqueza; pero tena una extraordinaria facultad de absorcin con
respecto a la de los otros, y en punto a consumirla, ser difcil hallar
sobre la tierra persona alguna en cuyo mantenimiento, conservacin y
bienestar hayan tenido menos que afanarse la madre naturaleza y la
industria humana. No se sabe cmo vivi; pero el caso es que vivi hasta
la edad de ochenta aos, ahorrando sus rentas ntegras y haciendo crecer
su capital por medio de prstamos muy sobre seguro. Nadie por aqu le
critica de usurero, antes bien le califican de caritativo, porque siendo
moderado en todo, hasta en la usura lo era, y no sola llevar ms de un
10 por 100 al ao, mientras que en toda esta comarca llevan un 20 y
hasta un 30 por 100, y an parece poco.

Con este arreglo, con esta industria, y con el nimo consagrado siempre
a aumentar y a no disminuir sus bienes, sin permitirse el lujo de
casarse, ni de tener hijos, ni de fumar siquiera, lleg D. Gumersindo a
la edad que he dicho, siendo poseedor de un capital, importante sin duda
en cualquier punto, y aqu considerado enorme, merced a la pobreza de
estos lugareos y a la natural exageracin andaluza.

D. Gumersindo, muy aseado y cuidadoso de su persona, era un viejo que no
inspiraba repugnancia. Las prendas de su sencillo vestuario estaban algo
radas, pero sin una mancha y saltando de limpias, aunque de tiempo
inmemorial se le conoca la misma capa, el mismo chaquetn y los mismos
pantalones y chaleco. A veces se interrogaban en balde las gentes unas a
otras a ver si alguien le haba visto estrenar una prenda.

Con todos estos defectos, que aqu y en otras partes muchos consideran
virtudes, aunque virtudes exageradas, D. Gumersindo tena excelentes
cualidades: era afable, servicial, compasivo, y se desviva por
complacer y ser til a todo el mundo aunque le costase trabajo, desvelos
y fatiga, con tal de que no le costase un real. Alegre y amigo de
chanzas y de burlas, se hallaba en todas las reuniones y fiestas, cuando
no eran a escote, y las regocijaba con la amenidad de su trato y con su
discreta aunque poco tica conversacin. Nunca haba tenido inclinacin
alguna amorosa a una mujer determinada; pero inocentemente, sin malicia,
gustaba de todas y era el viejo ms amigo de requebrar a las muchachas y
que ms las hiciese rer que haba en diez leguas a la redonda.

Ya he dicho que era to de la Pepita. Cuando frisaba en los ochenta
aos, iba ella a cumplir los diez y seis. l era poderoso; ella pobre y
desvalida.

La madre de ella era una mujer vulgar, de cortas luces y de instintos
groseros. Adoraba a su hija, pero continuamente y con honda amargura se
lamentaba de los sacrificios que por ella haca, de las privaciones que
sufra y de la desconsolada vejez y triste muerte que iba a tener en
medio de tanta pobreza. Tena adems un hijo mayor que Pepita, que haba
sido gran calavera en el lugar, jugador y pendenciero, a quien despus
de muchos disgustos, haba logrado colocar en la Habana en un emplello
de mala muerte, vindose as libre de l y con el charco de por medio.
Sin embargo, a los pocos aos de estar en la Habana el muchacho, su mala
conducta hizo que le dejaran cesante, y asaetaba a cartas a su madre
pidindole dinero. La madre, que apenas tena para s y para Pepita, se
desesperaba, rabiaba, maldeca de s y de su destino con paciencia poco
evanglica, y cifraba toda su esperanza en una buena colocacin para su
hija que la sacase de apuros.

En tan angustiosa situacin, empez D. Gumersindo a frecuentar la casa
de Pepita y de su madre y a requebrar a Pepita con ms ahnco y
persistencia que sola requebrar a otras. Era, con todo, tan inverosmil
y tan desatinado el suponer que un hombre, que haba pasado ochenta aos
sin querer casarse, pensase en tal locura cuando ya tena un pie en el
sepulcro, que ni la madre de Pepita, ni Pepita mucho menos, sospecharon
jams los en verdad atrevidos pensamientos de D. Gumersindo. As es que
un da ambas se quedaron atnitas y pasmadas cuando, despus de varios
requiebros, entre burlas y veras, D. Gumersindo solt con la mayor
formalidad y a boca de jarro la siguiente categrica pregunta:

--Muchacha, quieres casarte conmigo?

Pepita, aunque la pregunta vena despus de mucha broma, y pudiera
tomarse por broma, y aunque inexperta de las cosas del mundo, por cierto
instinto adivinatorio que hay en las mujeres y sobre todo en las mozas,
por cndidas que sean, conoci que aquello iba por lo serio, se puso
colorada como una guinda, y no contest nada. La madre contest por
ella:

--Nia, no seas mal criada; contesta a tu to lo que debes contestar:
To, con mucho gusto; cuando Vd. quiera.

_Este To, con mucho gusto_; _cuando Vd. quiera_, entonces, y varias veces
despus, dicen que sali casi mecnicamente de entre los trmulos labios
de Pepita, cediendo a las amonestaciones, a los discursos, a las quejas
y hasta al mandato imperioso de su madre.

Veo que me extiendo demasiado en hablar a Vd. de esta Pepita Jimnez y
de su historia; pero me interesa y supongo que debe interesarle, pues si
es cierto lo que aqu aseguran, va a ser cuada de Vd. y madrastra ma.
Procurar, sin embargo, no detenerme en pormenores y referir en resumen
cosas que acaso Vd. ya sepa, aunque hace tiempo que falta de aqu.

Pepita Jimnez se cas con D. Gumersindo. La envidia se desencaden
contra ella en los das que precedieron a la boda y algunos meses
despus.

En efecto, el valor moral de este matrimonio es harto discutible; mas
para la muchacha, si se atiende a los ruegos de su madre, a sus quejas,
hasta a su mandato; si se atiende a que ella crea por este medio
proporcionar a su madre una vejez descansada y libertar a su hermano de
la deshonra y de la infamia, siendo su ngel tutelar y su Providencia,
fuerza es confesar que merece atenuacin la censura. Por otra parte,
cmo penetrar en lo ntimo del corazn, en el secreto escondido de la
mente juvenil de una doncella, criada tal vez con recogimiento exquisito
e ignorante de todo, y saber qu idea poda ella formarse del
matrimonio? Tal vez entendi que casarse con aquel viejo era consagrar
su vida a cuidarle, a ser su enfermera, a dulcificar los ltimos aos de
su vida, a no dejarle en soledad y abandono, cercado slo de achaques y
asistido por manos mercenarias, y a iluminar y dorar, por ltimo, sus
postrimeras con el rayo esplendente y suave de su hermosura y de su
juventud, como ngel que toma forma humana. Si algo de esto o todo esto
pens la muchacha, y en su inocencia no penetr en otros misterios,
salva queda la bondad de lo que hizo.

Como quiera que sea, dejando a un lado estas investigaciones
psicolgicas que no tengo derecho a hacer, pues no conozco a Pepita
Jimnez, es lo cierto que ella vivi en santa paz con el viejo durante
tres aos; que el viejo pareca ms feliz que nunca; que ella le cuidaba
y regalaba con un esmero admirable, y que en su ltima y penosa
enfermedad le atendi y vel con infatigable y tierno afecto, hasta que
el viejo muri en sus brazos dejndola heredera de una gran fortuna.

Aunque hace ms de dos aos que perdi a su madre, y ms de ao y medio
que enviud, Pepita lleva an luto de viuda. Su compostura, su vivir
retirado y su melancola son tales, que cualquiera pensara que llora la
muerte del marido como si hubiera sido un hermoso mancebo. Tal vez
alguien presume o sospecha que la soberbia de Pepita y el conocimiento
cierto que tiene hoy de los poco poticos medios con que se ha hecho
rica, traen su conciencia alterada y ms que escrupulosa; y que,
avergonzada a sus propios ojos y a los de los hombres, busca en la
austeridad y en el retiro el consuelo y reparo a la herida de su
corazn.

Aqu, como en todas partes, la gente es muy aficionada al dinero. Y digo
mal _como en todas partes_: en las ciudades populosas, en los grandes
centros de civilizacin, hay otras distinciones que se ambicionan tanto
o ms que el dinero, porque abren camino y dan crdito y consideracin
en el mundo; pero en los pueblos pequeos, donde ni la gloria literaria
o cientfica, ni tal vez la distincin en los modales, ni la elegancia,
ni la discrecin y amenidad en el trato, suelen estimarse ni
comprenderse, no hay otros grados que marquen la jerarqua social sino
el tener ms o menos dinero o cosa que lo valga. Pepita, pues, con
dinero y siendo adems hermosa, y haciendo, como dicen todos, buen uso
de su riqueza, se ve en el da considerada y respetada
extraordinariamente. De este pueblo y de todos los de las cercanas han
acudido a pretenderla los ms brillantes partidos, los mozos mejor
acomodados. Pero, a lo que parece, ella los desdea a todos con
extremada dulzura, procurando no hacerse ningn enemigo, y se supone que
tiene llena el alma de la ms ardiente devocin y que su constante
pensamiento es consagrar su vida a ejercicios de caridad y de piedad
religiosa.

Mi padre no est ms adelantado ni ha salido mejor librado, segn dicen,
que los dems pretendientes; pero Pepita, para cumplir el refrn de que
no quita lo corts a lo valiente, se esmera en mostrarle la amistad ms
franca, afectuosa y desinteresada. Se deshace con l en obsequios y
atenciones; y, siempre que mi padre trata de hablarle de amor, le pone a
raya echndole un sermn dulcsimo, trayndole a la memoria sus pasadas
culpas y tratando de desengaarle del mundo y de sus pompas vanas.

Confieso a Vd. que empiezo a tener curiosidad de conocer a esta mujer;
tanto oigo hablar de ella. No creo que mi curiosidad carezca de
fundamento, tenga nada de vano ni de pecaminoso; yo mismo siento lo que
dice Pepita; yo mismo deseo que mi padre, en su edad provecta, venga a
mejor vida, olvide y no renueve las agitaciones y pasiones de su
mocedad, y llegue a una vejez tranquila, dichosa y honrada. Slo difiero
del sentir de Pepita en una cosa; en creer que mi padre, mejor que
quedndose soltero, conseguira esto casndose con una mujer digna,
buena y que le quisiese. Por esto mismo deseo conocer a Pepita y ver si
ella puede ser esta mujer, pesndome ya algo, y tal vez entre en esto
cierto orgullo de familia, que si es malo quisiera desechar, los
desdenes, aunque melifluos y afectuosos, de la mencionada joven viuda.

Si tuviera yo otra condicin, preferira que mi padre se quedase
soltero. Hijo nico entonces, heredara todas sus riquezas, y, como si
dijramos, nada menos que el cacicato de este lugar; pero Vd. sabe bien
lo firme de mi resolucin.

Aunque indigno y humilde, me siento llamado al sacerdocio, y los bienes
de la tierra hacen poca mella en mi nimo. Si hay algo en m del ardor
de la juventud y de la vehemencia de las pasiones propias de dicha edad,
todo habr de emplearse en dar pbulo a una caridad activa y fecunda.
Hasta los muchos libros que Vd. me ha dado a leer y mi conocimiento de
la historia de las antiguas civilizaciones de los pueblos del Asia unen
en m la curiosidad cientfica al deseo de propagar la fe, y me convidan
y excitan a irme de misionero al remoto Oriente. Yo creo que, no bien
salga de este lugar, donde Vd. mismo me enva a pasar algn tiempo con
mi padre, y no bien me vea elevado a la dignidad del sacerdocio, y
aunque ignorante y pecador como soy, me sienta revestido por don
sobrenatural y gratuito, merced a la soberana bondad del Altsimo, de la
facultad de perdonar los pecados y de la misin de ensear a las gentes,
y reciba el perpetuo y milagroso favor de traer a mis manos impuras al
mismo Dios humanado, dejar a Espaa y me ir a tierras distantes a
predicar el Evangelio.

No me mueve vanidad alguna; no quiero creerme superior a ningn otro
hombre. El poder de mi fe, la constancia de que me siento capaz, todo,
despus del favor y de la gracia de Dios, se lo debo a la atinada
educacin, a la santa enseanza y al buen ejemplo de Vd., mi querido
to.

Casi no me atrevo a confesarme a m mismo una cosa; pero contra mi
voluntad esta cosa, este pensamiento, esta cavilacin, acude a mi mente
con frecuencia, y ya que acude a mi mente, quiero, debo confesrsela a
Vd.; no me es lcito ocultarle ni mis ms recnditos e involuntarios
pensamientos. Vd. me ha enseado a analizar lo que el alma siente, a
buscar su origen bueno o malo, a escudriar los ms hondos senos del
corazn, a hacer, en suma, un escrupuloso examen de conciencia.

He pensado muchas veces sobre dos mtodos opuestos de educacin: el de
aqullos que procuran conservar la inocencia, confundiendo la inocencia
con la ignorancia y creyendo que el mal no conocido se evita mejor que
el conocido, y el de aqullos que, valerosamente y no bien llegado el
discpulo a la edad de la razn, y salva la delicadeza del pudor, le
muestran el mal en toda su fealdad horrible y en toda su espantosa
desnudez, a fin de que le aborrezca y le evite. Yo entiendo que el mal
debe conocerse para estimar mejor la infinita bondad divina, trmino
ideal e inasequible de todo bien nacido deseo. Yo agradezco a Vd. que me
haya hecho conocer, como dice la Escritura, con la miel y la manteca de
su enseanza, todo lo malo y todo lo bueno, a fin de reprobar lo uno y
aspirar a lo otro, con discreto ahnco y con pleno conocimiento de
causa. Me alegro de no ser cndido, y de ir derecho a la virtud, y en
cuanto cabe en lo humano, a la perfeccin, sabedor de todas las
tribulaciones, de todas las asperezas que hay en la peregrinacin que
debemos hacer por este valle de lgrimas, y no ignorando tampoco lo
llano, lo fcil, lo dulce, lo sembrado de flores que est, en
apariencia, el camino que conduce a la perdicin y a la muerte eterna.

Otra cosa que me considero obligado a agradecer a Vd., es la
indulgencia, la tolerancia, aunque no complaciente y relajada, sino
severa y grave, que ha sabido Vd. inspirarme para con las faltas y
pecados del prjimo.

Digo todo esto porque quiero hablar a Vd. de un asunto tan delicado, tan
vidrioso, que apenas hallo trminos con que expresarle. En resolucin,
yo me pregunto a veces: este propsito mo tendr por fundamento, en
parte al menos, el carcter de mis relaciones con mi padre? En el fondo
de mi corazn, he sabido perdonarle su conducta con mi pobre madre,
vctima de sus liviandades?

Lo examino detenidamente y no hallo un tomo de rencor en mi pecho. Muy
al contrario: la gratitud le llena todo. Mi padre me ha criado con amor;
ha procurado honrar en m la memoria de mi madre, y se dira que al
criarme, al cuidarme, al mimarme, al esmerarse conmigo cuando pequeo,
trataba de aplacar su irritada sombra, si la sombra, si el espritu de
ella, que era un ngel de bondad y de mansedumbre, hubiera sido capaz de
ira. Repito, pues, que estoy lleno de gratitud hacia mi padre; l me ha
reconocido, y adems, a la edad de diez aos me envi con Vd., a quien
debo cuanto soy.

Si hay en mi corazn algn germen de virtud, si hay en mi mente algn
principio de ciencia; si hay en mi voluntad algn honrado y buen
propsito, a Vd. lo debo.

El cario de mi padre hacia m es extraordinario, es grande; la
estimacin en que me tiene, inmensamente superior a mis merecimientos.
Acaso influya en esto la vanidad. En el amor paterno hay algo de
egosta; es como una prolongacin del egosmo. Todo mi valer, si yo le
tuviese, mi padre le considerara como creacin suya, como si yo fuera
emanacin de su personalidad, as en el cuerpo como en el espritu. Pero
de todos modos, creo que l me quiere y que hay en este cario algo de
independiente y de superior a todo ese disculpable egosmo de que he
hablado.

Siento un gran consuelo, una gran tranquilidad en mi conciencia, y doy
por ello las ms fervientes gracias a Dios, cuando advierto y noto que
la fuerza de la sangre, el vnculo de la naturaleza, ese misterioso lazo
que nos une, me lleva, sin ninguna consideracin del deber, a amar a mi
padre y a reverenciarle. Sera horrible, no amarle as y esforzarse por
amarle para cumplir con un mandamiento divino. Sin embargo, y aqu
vuelve mi escrpulo: mi propsito de ser clrigo o fraile, de no aceptar
o de aceptar slo una pequea parte de los cuantiosos bienes que han de
tocarme por herencia y de los cuales puedo disfrutar ya en vida de mi
padre, proviene slo de mi menosprecio de las cosas del mundo, de una
verdadera vocacin a la vida religiosa, o proviene tambin de orgullo,
de rencor escondido, de queja, de algo que hay en m que no perdona lo
que mi madre perdon con generosidad sublime? Esta duda me asalta y me
atormenta a veces; pero casi siempre la resuelvo en mi favor, y creo que
no soy orgulloso con mi padre; creo que yo aceptara todo cuanto tiene
si lo necesitara; y me complazco en ser tan agradecido con l por lo
poco como por lo mucho.

Adis to: en adelante escribir a Vd. a menudo y tan por extenso como
me tiene encargado, si bien no tanto como hoy, para no pecar de prolijo.

       *       *       *       *       *

               _28 de Marzo_.

Me voy cansando de mi residencia en este lugar, y cada da siento ms
deseo de volverme con Vd. y de recibir las rdenes; pero mi padre quiere
acompaarme, quiere estar presente en esa gran solemnidad y exige de m
que permanezca aqu con l dos meses por lo menos. Est tan afable, tan
carioso conmigo, que sera imposible no darle gusto en todo.
Permanecer, pues, aqu el tiempo que l quiera. Para complacerle, me
violento y procuro aparentar que me gustan las diversiones de aqu, las
giras campestres y hasta la caza, a todo lo cual le acompao. Procuro
mostrarme ms alegre y bullicioso de lo que naturalmente soy. Como en el
pueblo, medio de burla, medio en son de elogio, me llaman el santo, yo
por modestia trato de disimular estas apariencias de santidad o de
suavizarlas y humanarlas con la virtud de la eutropelia, ostentando una
alegra serena y decente, la cual nunca estuvo reida ni con la santidad
ni con los santos. Confieso, con todo, que las bromas y fiestas de aqu,
que los chistes groseros y que el regocijo estruendoso me cansan. No
quisiera incurrir en murmuracin ni ser maldiciente, aunque sea con todo
sigilo y de m para Vd.; pero a menudo me doy a pensar que tal vez sera
ms difcil empresa el moralizar y evangelizar un poco a estas gentes, y
ms lgica y meritoria, que el irse a la India, a la Persia o la China,
dejndose atrs a tanto compatriota, si no perdido, algo pervertido.
Quin sabe! Dicen algunos que las ideas modernas, que el materialismo y
la incredulidad tienen la culpa de todo; pero si la tienen, pero si
obran tan malos efectos, ha de ser de un modo extrao, mgico,
diablico, y no por medios naturales, pues es lo cierto que nadie lee
aqu libro alguno ni bueno ni malo, por donde no atino a comprender cmo
puedan pervertirse con las malas doctrinas que privan ahora. Estarn en
el aire las malas doctrinas, a modo de miasmas de una epidemia? Acaso (y
siento tener este mal pensamiento, que a Vd. slo declaro), acaso tenga
la culpa el mismo clero. Est en Espaa a la altura de su misin? Va a
ensear y a moralizar en los pueblos? En todos sus individuos es capaz
de esto? Hay verdadera vocacin en los que se consagran a la vida
religiosa y a la cura de almas, o es slo un modo de vivir como otro
cualquiera, con la diferencia de que hoy no se dedican a l sino los ms
menesterosos, los ms sin esperanzas y sin medios, por lo mismo que esta
_carrera_ ofrece menos porvenir que cualquiera otra? Sea como sea, la
escasez de sacerdotes instruidos y virtuosos excita ms en m el deseo
de ser sacerdote. No quisiera yo que el amor propio me engaase;
reconozco todos mis defectos; pero siento en m una verdadera vocacin y
muchos de ellos podrn enmendarse con el auxilio divino.

Hace tres das tuvimos el convite, del que habl a Vd., en casa de
Pepita Jimnez. Como esta mujer vive tan retirada, no la conoc hasta el
da del convite: me pareci, en efecto, tan bonita como dice la fama, y
advert que tiene con mi padre una afabilidad tan grande que le da
alguna esperanza, al menos miradas las cosas someramente, de que al cabo
ceda y acepte su mano.

Como es posible que sea mi madrastra, la he mirado con detencin y me
parece una mujer singular, cuyas condiciones morales no atino a
determinar con certidumbre. Hay en ella un sosiego, una paz exterior,
que puede provenir de frialdad de espritu y de corazn, de estar muy
sobre s y de calcularlo todo, sintiendo poco o nada, y pudiera provenir
tambin de otras prendas que hubiera en su alma; de la tranquilidad de
su conciencia, de la pureza de sus aspiraciones y del pensamiento de
cumplir en esta vida con los deberes que la sociedad impone, fijando la
mente, como trmino, en esperanzas ms altas. Ello es lo cierto, que o
bien porque en esta mujer todo es clculo, sin elevarse su mente a
superiores esferas, o bien porque enlaza la prosa del vivir y la poesa
de sus ensueos en una perfecta armona, no hay en ella nada que
desentone del cuadro general en que est colocada, y sin embargo, posee
una distincin natural que la levanta y separa de cuanto la rodea. No
afecta vestir traje aldeano, ni se viste tampoco segn la moda de las
ciudades; mezcla ambos estilos en su vestir, de modo que parece una
seora, pero una seora de lugar. Disimula mucho, a lo que yo presumo,
el cuidado que tiene de su persona; no se advierten en ella ni
cosmticos ni afeites; pero la blancura de sus manos, las uas tan bien
cuidadas y acicaladas, y todo el aseo y pulcritud con que est vestida,
denotan que cuida de estas cosas ms de lo que se pudiera creerse en una
persona que vive en un pueblo y que adems dicen que desdea las
vanidades del mundo y slo piensa en las cosas del cielo.

Tiene la casa limpsima y todo en un orden perfecto. Los muebles no son
artsticos ni elegantes; pero tampoco se advierte en ellos nada
pretencioso y de mal gusto. Para poetizar su estancia, tanto en el patio
como en las salas y galeras, hay multitud de flores y plantas. No
tiene, en verdad, ninguna planta rara ni ninguna flor extica; pero sus
plantas y sus flores, de lo ms comn que hay por aqu, estn cuidadas
con extraordinario mimo.

Varios canarios en jaulas doradas animan con sus trinos toda la casa. Se
conoce que el dueo de ella necesita seres vivos en quien poner algn
cario; y, a ms de algunas criadas, que se dira que ha elegido con
empeo, pues no puede ser mera casualidad el que sean todas bonitas,
tiene, como las viejas solteronas, varios animales que le hacen
compaa: un loro, una perrita de lanas muy lavada y dos o tres gatos,
tan mansos y sociables, que se le ponen a uno encima.

En un extremo de la sala principal hay algo como oratorio, donde
resplandece un nio Jess de talla, blanco y rubio, con ojos azules y
bastante guapo. Su vestido es de raso blanco, con manto azul, lleno de
estrellitas de oro, y todo l est cubierto de dijes y de joyas. El
altarito en que est el nio Jess se ve adornado de flores, y alrededor
macetas de brusco y laureola, y en el altar mismo, que tiene gradas o
escaloncitos, mucha cera ardiendo.

Al ver todo esto, no s qu pensar; pero ms a menudo me inclino a creer
que la viuda se ama a s misma sobre todo, y que para recreo y para
efusin de este amor tiene los gatos, los canarios, las flores y al
propio nio Jess, que en el fondo de su alma tal vez no est muy por
encima de los canarios y de los gatos.

No se puede negar que la Pepita Jimnez es discreta: ninguna broma
tonta, ninguna pregunta impertinente sobre mi vocacin y sobre las
rdenes que voy a recibir dentro de poco, han salido de sus labios.
Habl conmigo de las cosas del lugar, de la labranza, de la ltima
cosecha de vino y de aceite y del modo de mejorar la elaboracin del
vino; todo ello con modestia y naturalidad, sin mostrar deseo de pasar
por muy entendida.

Mi padre estuvo finsimo; pareca remozado, y sus extremos cuidadosos
hacia la dama de sus pensamientos eran recibidos, si no con amor, con
gratitud.

Asistieron al convite el mdico, el escribano y el seor vicario, grande
amigo de la casa y padre espiritual de Pepita.

El seor vicario debe de tener un alto concepto de ella, porque varias
veces me habl aparte de su caridad, de las muchas limosnas que haca,
de lo compasiva y buena que era para todo el mundo; en suma, me dijo que
era una santa.

Odo el seor vicario y findome en su juicio, yo no puedo menos de
desear que mi padre se case con la Pepita. Como mi padre no es a
propsito para hacer vida penitente, ste sera el nico modo de que
cambiase su vida, tan agitada y tempestuosa hasta aqu, y de que viniese
a parar a un trmino, si no ejemplar, ordenado y pacfico.

Cuando nos retiramos de casa de Pepita Jimnez y volvimos a la nuestra,
mi padre me habl resueltamente de su proyecto: me dijo que l haba
sido un gran calavera, que haba llevado una vida muy mala y que no vea
medio de enmendarse, a pesar de sus aos, si aquella mujer, que era su
salvacin, no le quera y se casaba con l. Dando ya por supuesto que
iba a quererle y a casarse, mi padre me habl de intereses; me dijo que
era muy rico y que me dejara mejorado, aunque tuviese varios hijos ms.
Yo le respond que para los planes y fines de mi vida necesitaba harto
poco dinero, y que mi mayor contento sera verle dichoso con mujer e
hijos, olvidado de sus antiguos devaneos. Me habl luego mi padre de sus
esperanzas amorosas, con un candor y con una vivacidad tales, que se
dira que yo era el padre y el viejo, y l un chico de mi edad o ms
joven. Para ponderarme el mrito de la novia, y la dificultad del
triunfo, me refiri las condiciones y excelencias de los quince o veinte
novios que Pepita haba tenido, y que todos haban llevado calabazas. En
cuanto a l, segn me explic, hasta cierto punto las haba tambin
llevado; pero se lisonjeaba de que no fuesen definitivas, porque Pepita
le distingua tanto, y le mostraba tan grande afecto, que, si aquello no
era amor, pudiera fcilmente convertirse en amor con el largo trato y
con la persistente adoracin que l le consagraba. Adems, la causa del
desvo de Pepita tena para mi padre un no s qu de fantstico y de
sofstico que al cabo deba desvanecerse. Pepita no quera retirarse a
un convento ni se inclinaba a la vida penitente: a pesar de su
recogimiento y de su devocin religiosa, harto se dejaba ver que se
complaca en agradar. El aseo y el esmero de su persona poco tenan de
cenobticos. La culpa de los desvos de Pepita, deca mi padre, es sin
duda su orgullo, orgullo en gran parte fundado: ella es naturalmente
elegante, distinguida; es un ser superior por la voluntad y por la
inteligencia, por ms que con modestia lo disimule; cmo, pues, ha de
entregar su corazn a los palurdos que la han pretendido hasta ahora?
Ella imagina que su alma est llena de un mstico amor de Dios, y que
slo con Dios se satisface, porque no ha salido a su paso todava un
mortal bastante discreto y agradable que le haga olvidar hasta a su nio
Jess. Aunque sea inmodestia, aada mi padre, yo me lisonjeo an de ser
ese mortal dichoso.

Tales son, querido to, las preocupaciones y ocupaciones de mi padre en
este pueblo, y las cosas tan extraas para m y tan ajenas a mis
propsitos y pensamientos de que me habla con frecuencia, y sobre las
cuales quiere que d mi voto.

No parece sino que la excesiva indulgencia de usted para conmigo ha
hecho cundir aqu mi fama de hombre de consejo: paso por un pozo de
ciencia; todos me refieren sus cuitas y me piden que les muestre el
camino que deben seguir. Hasta el bueno del seor vicario, aun
exponindose a revelar algo como secretos de confesin, ha venido ya a
consultarme sobre vanos casos de conciencia que se le han presentado en
el confesionario. Mucho me ha llamado la atencin uno de estos casos que
me ha sido referido por el vicario, como todos, con profundo misterio y
sin decirme el nombre de la persona interesada.

Cuenta el seor vicario, que una hija suya de confesin tiene grandes
escrpulos, porque se siente llevada con irresistible impulso hacia la
vida solitaria y contemplativa, pero teme a veces que este fervor de
devocin no venga acompaado de una verdadera humildad, sino que en
parte le promueva y excite el mismo demonio del orgullo.

Amar a Dios sobre todas las cosas, buscarle en el centro del alma donde
est, purificarse de todas las pasiones y afecciones terrenales, para
unirse a l, son ciertamente anhelos piadosos y determinaciones buenas;
pero el escrpulo est en saber, en calcular si nacern o no de un amor
propio exagerado. Nacern acaso, parece que piensa la penitente, de que
yo, aunque indigna y pecadora, presumo que vale ms mi alma que las
almas de mis semejantes; que la hermosura interior de mi mente y de mi
voluntad se turbara y se empaara con el afecto de los seres humanos
que conozco y que creo que no me merecen? Amo a Dios, no sobre todas
las cosas, de un modo infinito, sino sobre lo poco conocido que desdeo,
que desestimo, que no puede llenar mi corazn? Si mi devocin tiene este
fundamento, hay en ella dos grandes faltas: la primera, que no est
cimentada en un puro amor de Dios, lleno de humildad y de caridad, sino
en el orgullo; y la segunda, que esa devocin no es firme y valedera,
sino que est en el aire, porque quin asegura que no pueda el alma
olvidarse del amor a su Creador, cuando no le ama de un modo infinito,
sino porque no hay criatura a quien juzgue digna de que el amor en ella
se emplee?

Sobre este caso de conciencia, harto alambicado y sutil para que as
preocupe a una lugarea, ha venido a consultarme el padre vicario. Yo he
querido excusarme de decir nada, fundndome en mi inexperiencia y pocos
aos; pero el seor vicario se ha obstinado de tal suerte, que no he
podido menos de discurrir sobre el caso. He dicho, y mucho me alegrara
de que Vd. aprobase mi parecer, que lo que importa a esta hija de
confesin atribulada, es mirar con mayor benevolencia a los hombres que
la rodean, y en vez de analizar y desentraar sus faltas con el
escalpelo de la crtica, tratar de cubrirlas con el manto de la caridad,
haciendo resaltar todas las buenas cualidades de ellos y ponderndolas
mucho, a fin de amarlos y estimarlos; que debe esforzarse por ver en
cada ser humano un objeto digno de amor, un verdadero prjimo, un igual
suyo, un alma en cuyo fondo hay un tesoro de excelentes prendas y
virtudes, un ser hecho, en suma, a imagen y semejanza de Dios. Realzado
as cuanto nos rodea, amando y estimando a las criaturas por lo que son
y por ms de lo que son, procurando no tenerse por superior a ellas en
nada, antes bien, profundizando con valor en el fondo de nuestra
conciencia para descubrir todas nuestras faltas y pecados, y adquiriendo
la santa humildad y el menosprecio de uno mismo, el corazn se sentir
lleno de afectos humanos, y no despreciar, sino valuar en mucho el
mrito de las cosas y de las personas; de modo que, si sobre este
fundamento descuella luego, y se levanta el amor divino con invencible
pujanza, no hay ya miedo de que pueda nacer este amor de una exagerada
estimacin propia, del orgullo o de un desdn injusto del prjimo, sino
que nacer de la pura y santa consideracin de la hermosura y de la
bondad infinitas.

Si, como sospecho, es Pepita Jimnez la que ha consultado al seor
vicario sobre estas dudas y tribulaciones, me parece que mi padre no
puede lisonjearse todava de ser muy querido; pero si el vicario acierta
a darla mi consejo, y ella le acepta y pone en prctica, o vendr a
hacerse una Mara de greda o cosa por el estilo, o lo que es ms
probable, dejar a un lado misticismos y desvos, y se conformar y
contentar con aceptar la mano y el corazn de mi padre, que en nada es
inferior a ella.

       *       *       *       *       *

               _4 de Abril_.

La monotona de mi vida en este lugar empieza a fastidiarme bastante, y
no porque la vida ma en otras partes haya sido ms activa fsicamente;
antes al contrario, aqu me paseo mucho, a pie y a caballo, voy al
campo, y por complacer a mi padre concurro a casinos y reuniones; en
fin, vivo como fuera de mi centro y de mi modo de ser; pero mi vida
intelectual es nula; no leo un libro ni apenas me dejan un momento para
pensar y meditar sosegadamente: y como el encanto de mi vida estribaba
en estos pensamientos y meditaciones, me parece montona la que hago
ahora. Gracias a la paciencia, que usted me ha recomendado para todas
las ocasiones, puedo sufrirla.

Otra causa de que mi espritu no est completamente tranquilo es el
anhelo que cada da siento ms vivo de tomar el estado a que
resueltamente me inclino desde hace aos. Me parece que en estos
momentos, cuando se halla tan cercana la realizacin del constante sueo
de mi vida, es como una profanacin distraer la mente hacia otros
objetos. Tanto me atormenta esta idea y tanto cavilo sobre ella, que mi
admiracin por la belleza de las cosas creadas; por el cielo tan lleno
de estrellas en estas serenas noches de primavera, y en esta regin de
Andaluca; por estos alegres campos, cubiertos ahora de verdes
sembrados, y por estas frescas y amenas huertas con tan lindas y
sombras alamedas, con tantos mansos arroyos y acequias, con tanto lugar
apartado y esquivo, con tanto pjaro que le da msica y con tantas
flores y yerbas olorosas; esta admiracin y entusiasmo mo, repito, que
en otro tiempo me parecan avenirse por completo con el sentimiento
religioso que llenaba mi alma, excitndole y sublimndole en vez de
debilitarle, hoy casi me parece pecaminosa distraccin e imperdonable
olvido de lo eterno por lo temporal, de lo increado y suprasensible por
lo sensible y creado. Aunque con poco aprovechamiento en la virtud,
aunque nunca libre mi espritu de los fantasmas de la imaginacin,
aunque no exento en m el hombre interior de las impresiones exteriores
y del fatigoso mtodo discursivo, aunque incapaz de reconcentrarme por
un esfuerzo de amor en el centro mismo de la simple inteligencia, en el
pice de la mente, para ver all la verdad y la bondad, desnudas de
imgenes y de formas, aseguro a Vd. que tengo miedo del modo de orar
imaginario, propio de un hombre corporal y tan poco aprovechado como yo
soy. La misma meditacin racional me infunde recelo. No quisiera yo
hacer discursos para conocer a Dios, ni traer razones de amor para
amarle. Quisiera alzarme de un vuelo a la contemplacin esencial e
ntima. Quin me diese alas, como de paloma, para volar al seno del que
ama mi alma? Pero, cules son, dnde estn mis mritos? Dnde las
mortificaciones, la larga oracin y el ayuno? Qu he hecho yo, Dios
mo, para que t me favorezcas?

Harto s que los impos del da presente acusan, con falta completa de
fundamento, a nuestra santa religin de mover las almas a aborrecer
todas las cosas del mundo, a despreciar o a desdear la naturaleza, tal
vez a temerla casi, como si hubiera en ella algo de diablico,
encerrando todo su amor y todo su afecto en el que llaman monstruoso
egosmo del amor divino, porque creen que el alma se ama a s propia
amando a Dios. Harto s que no es as, que no es sta la verdadera
doctrina; que el amor divino es la caridad, y que amar a Dios es amarlo
todo, porque todo est en Dios y Dios est en todo por inefable y alta
manera. Harto s que no peco amando las cosas por el amor de Dios, lo
cual es amarlas por ellas con rectitud; porque qu son ellas ms que la
manifestacin, la obra del amor de Dios? Y, sin embargo, no s qu
extrao temor, qu singular escrpulo, qu apenas perceptible e
indeterminado remordimiento me atormenta ahora, cuando tengo, como
antes, como en otros das de mi juventud, como en la misma niez, alguna
efusin de ternura, algn rapto de entusiasmo, al penetrar en una
enramada frondosa, al or el canto del ruiseor en el silencio de la
noche, al escuchar el po de las golondrinas, al sentir el arrullo
enamorado de la trtola, al ver las flores o al mirar las estrellas. Se
me figura a veces que hay en todo esto algo de delectacin sensual, algo
que me hace olvidar, por un momento al menos, ms altas aspiraciones. No
quiero yo que en m el espritu peque contra la carne; pero no quiero
tampoco que la hermosura de la materia, que sus deleites, aun los ms
delicados, sutiles y areos, aun los que ms bien por el espritu que
por el cuerpo se perciben, como el silbo delgado del aire fresco,
cargado de aromas campesinos, como el canto de las aves, como el
majestuoso y reposado silencio de las horas nocturnas, en estos jardines
y huertas, me distraigan de la contemplacin de la superior hermosura, y
entibien ni por un momento mi amor hacia quien ha creado esta armoniosa
fbrica del mundo.

No se me oculta que todas estas cosas materiales son como las letras de
un libro, son como los signos y caracteres donde el alma, atenta a su
lectura, puede penetrar un hondo sentido y leer y descubrir la hermosura
de Dios, que, si bien imperfectamente, est en ellas como trasunto o ms
bien como cifra, porque no la pintan, sino que la representan. En esta
distincin me fundo a veces para dar fuerza a mis escrpulos y
mortificarme. Porque yo me digo: si amo la hermosura de las cosas
terrenales tales como ellas son, y si la amo con exceso, es idolatra;
debo amarla como signo, como representacin de una hermosura oculta y
divina, que vale mil veces ms, que es incomparablemente superior en
todo.

Hace pocos das cumpl veintids aos. Tal ha sido hasta ahora mi fervor
religioso, que no he sentido ms amor que el inmaculado amor de Dios
mismo y de su santa religin, que quisiera difundir y ver triunfante en
todas las regiones de la tierra. Confieso que algn sentimiento profano
se ha mezclado con esta pureza de afecto. Vd. lo sabe, se lo he dicho
mil veces; y Vd., mirndome con su acostumbrada indulgencia, me ha
contestado que el hombre no es un ngel y que slo pretender tanta
perfeccin es orgullo; que debo moderar esos sentimientos y no empearme
en ahogarlos del todo. El amor a la ciencia, el amor a la propia gloria,
adquirida por la ciencia misma, hasta el formar uno de s propio no
desventajoso concepto; todo ello, sentido con moderacin, velado y
mitigado por la humildad cristiana y encaminado a buen fin, tiene sin
duda algo de egosta; pero puede servir de estmulo y apoyo a las ms
firmes y nobles resoluciones. No es, pues, el escrpulo que me asalta
hoy el de mi orgullo, el de tener sobrada confianza en m mismo, el de
ansiar gloria mundana, o el de ser sobrado curioso de ciencia; no es
nada de esto; nada que tenga relacin con el egosmo, sino en cierto
modo lo contrario. Siento una dejadez, un quebranto, un abandono de la
voluntad, una facilidad tan grande para las lgrimas; lloro tan
fcilmente de ternura al ver una florecilla bonita o al contemplar el
rayo misterioso, tenue y ligersimo de una remota estrella, que casi
tengo miedo.

Dgame Vd. qu piensa de estas cosas; si hay algo de enfermizo en esta
disposicin de mi nimo.

       *       *       *       *       *

               _8 de Abril_.

Siguen las diversiones campestres, en que tengo que intervenir muy a
pesar mo.

He acompaado a mi padre a ver casi todas sus fincas, y mi padre y sus
amigos se pasman de que yo no sea completamente ignorante en las cosas
del campo. No parece sino que para ellos el estudio de la teologa, a
que me he dedicado, es contrario del todo al conocimiento de las cosas
naturales. Cunto han admirado mi erudicin al verme distinguir en las
vias, donde apenas empiezan a brotar los pmpanos, la cepa
Pedro-Jimnez de la balad y de la Don-Bueno! Cunto han admirado
tambin que en los verdes sembrados sepa yo distinguir la cebada del
trigo y el ans de las habas; que conozca muchos rboles frutales y de
sombra; y que, aun de las yerbas que nacen espontneamente en el campo,
acierte yo con varios nombres y refiera bastantes condiciones y
virtudes!

Pepita Jimnez, que ha sabido por mi padre lo mucho que me gustan las
huertas de por aqu, nos ha convidado a ver una que posee a corta
distancia del lugar, y a comer las fresas tempranas que en ella se
cran. Este antojo de Pepita de obsequiar tanto a mi padre, quien la
pretende y a quien desdea, me parece a menudo que tiene su poco de
coquetera, digna de reprobacin; pero cuando veo a Pepita despus, y la
hallo tan natural, tan franca y tan sencilla, se me pasa el mal
pensamiento e imagino que todo lo hace candorosamente y que no la lleva
otro fin que el de conservar la buena amistad que con mi familia la
liga.

Sea como sea, anteayer tarde fuimos a la huerta de Pepita. Es hermoso
sitio, de lo ms ameno y pintoresco que puede imaginarse. El riachuelo
que riega casi todas estas huertas, sangrado por mil acequias, pasa al
lado de la que visitamos: se forma all una presa, y cuando se suelta el
agua sobrante del riego, cae en un hondo barranco poblado en ambas
mrgenes de lamos blancos y negros, mimbrones, adelfas floridas y otros
rboles frondosos. La cascada, de agua limpia y transparente, se derrama
en el fondo, formando espuma, y luego sigue su curso tortuoso por un
cauce que la naturaleza misma ha abierto, esmaltando sus orillas de mil
yerbas y flores, y cubrindolas ahora con multitud de violetas. Las
laderas que hay a un extremo de la huerta estn llenas de nogales,
higueras, avellanos y otros rboles de fruta. Y en la parte llana hay
cuadros de hortaliza, de fresas, de tomates, patatas, judas y
pimientos, y su poco de jardn, con grande abundancia de flores, de las
que por aqu ms comnmente se cran. Los rosales, sobre todo, abundan,
y los hay de mil diferentes especies. La casilla del hortelano es ms
bonita y limpia de lo que en esta tierra se suele ver, y al lado de la
casilla hay otro pequeo edificio reservado para el dueo de la finca, y
donde nos agasaj Pepita con una esplndida merienda, a la cual dio
pretexto el comer las fresas, que era el principal objeto que all nos
llevaba. La cantidad de fresas fue asombrosa para lo temprano de la
estacin, y nos fueron servidas con leche de algunas cabras que Pepita
tambin posee.

Asistimos a esta gira el mdico, el escribano, mi ta doa Casilda, mi
padre y yo; sin faltar el indispensable seor vicario, padre espiritual,
y ms que padre espiritual, admirador y encomiador perpetuo de Pepita.

Por un refinamiento algo sibartico, no fue el hortelano, ni su mujer,
ni el chiquillo del hortelano, ni ningn otro campesino quien nos sirvi
la merienda, sino dos lindas muchachas, criadas y como confidentas de
Pepita, vestidas a lo rstico, si bien con suma pulcritud y elegancia.
Llevaban trajes de percal de vistosos colores, cortos y ceidos al
cuerpo, pauelos de seda cubriendo las espaldas, y descubierta la
cabeza, donde lucan abundantes y lustrosos cabellos negros, trenzados y
atados luego formando un moo en figura de martillo, y por delante rizos
sujetos con sendas horquillas, por ac llamados caracoles. Sobre el moo
o castaa ostentaban cada una de estas doncellas un ramo de frescas
rosas.

Salvo la superior riqueza de la tela y su color negro, no era ms
cortesano el traje de Pepita. Su vestido de merino tena la misma forma
que el de las criadas, y, sin ser muy corto, no arrastraba ni recoga
suciamente el polvo del camino. Un modesto paolito de seda negra cubra
tambin, al uso del lugar, su espalda y su pecho, y en la cabeza no
ostentaba tocado, ni flor, ni joya, ni ms adorno que el de sus propios
cabellos rubios. En la nica cosa que note por parte de Pepita cierto
esmero, en que se apartaba de los usos aldeanos, era en llevar guantes.
Se conoce que cuida mucho sus manos y que tal vez pone alguna vanidad en
tenerlas muy blancas y bonitas, con unas uas lustrosas y sonrosadas,
pero si tiene esta vanidad, es disculpable en la flaqueza humana, y al
fin, si yo no estoy trascordado, creo que Santa Teresa tuvo la misma
vanidad cuando era joven, lo cual no le impidi ser una santa tan
grande.

En efecto, yo me explico, aunque no disculpo, esta pcara vanidad. Es
tan distinguido, tan aristocrtico, tener una linda mano! Hasta se me
figura a veces que tiene algo de simblico. La mano es el instrumento de
nuestras obras, el signo de nuestra nobleza, el medio por donde la
inteligencia reviste de forma sus pensamientos artsticos, y da ser a
las creaciones de la voluntad, y ejerce el imperio que Dios concedi al
hombre sobre todas las criaturas. Una mano ruda, nerviosa, fuerte, tal
vez callosa, de un trabajador, de un obrero, demuestra noblemente ese
imperio; pero en lo que tiene de ms violento y mecnico. En cambio, las
manos de esta Pepita, que parecen casi difanas como el alabastro, si
bien con leves tintas rosadas, donde cree uno ver circular la sangre
pura y sutil, que da a sus venas un ligero viso azul; estas manos, digo,
de dedos afilados y de sin par correccin de dibujo, parecen el smbolo
del imperio mgico, del dominio misterioso que tiene y ejerce el
espritu humano, sin fuerza material, sobre todas las cosas visibles que
han sido inmediatamente creadas por Dios y que por medio del hombre Dios
completa y mejora. Imposible parece que quien tiene manos como Pepita
tenga pensamiento impuro, ni idea grosera, ni proyecto ruin que est en
discordancia con las limpias manos que deben ejecutarle.

No hay que decir que mi padre se mostr tan embelesado como siempre de
Pepita, y ella tan fina y cariosa con l, si bien con un cario ms
filial de lo que mi padre quisiera. Es lo cierto que mi padre, a pesar
de la reputacin que tiene de ser por lo comn poco respetuoso y
bastante profano con las mujeres, trata a sta con un respeto y unos
miramientos tales, que ni Amads los us mayores con la seora Oriana en
el perodo ms humilde de sus pretensiones y galanteos: ni una palabra
que disuene, ni un requiebro brusco e inoportuno, ni un chiste algo
amoroso de estos que con tanta frecuencia suelen permitirse los
andaluces. Apenas si se atreve a decir a Pepita buenos ojos tienes; y
en verdad que si lo dijese no mentira, porque los tiene grandes, verdes
como los de Circe, hermosos y rasgados; y lo que ms mrito y valor les
da, es que no parece sino que ella no lo sabe, pues no se descubre en
ella la menor intencin de agradar a nadie ni de atraer a nadie con lo
dulce de sus miradas. Se dira que cree que los ojos sirven para ver y
nada ms que para ver. Lo contrario de lo que yo, segn he odo decir,
presumo que creen la mayor parte de las mujeres jvenes y bonitas, que
hacen de los ojos un arma de combate y como un aparato elctrico o
fulmneo para rendir corazones y cautivarlos. No son as, por cierto,
los ojos de Pepita, donde hay una serenidad y una paz como del cielo. Ni
por eso se puede decir que miren con fra indiferencia. Sus ojos estn
llenos de caridad y de dulzura. Se posan con afecto en un rayo de luz,
en una flor, hasta en cualquier objeto inanimado; pero con ms afecto
an, con muestras de sentir ms blando, humano y benigno, se posan en el
prjimo, sin que el prjimo, por joven, gallardo y presumido que sea, se
atreva a suponer nada ms que caridad y amor al prjimo, y, cuando ms,
predileccin amistosa, en aquella serena y tranquila mirada.

Yo me paro a pensar si todo esto ser estudiado; si esta Pepita ser una
gran comedianta; pero sera tan perfecto el fingimiento y tan oculta la
comedia, que me parece imposible. La misma naturaleza, pues, es la que
gua y sirve de norma a esta mirada y a estos ojos. Pepita, sin duda,
am a su madre primero, y luego las circunstancias la llevaron a amar a
D. Gumersindo por deber, como al compaero de su vida; y luego, sin
duda, se extingui en ella toda pasin que pudiera inspirar ningn
objeto terreno, y am a Dios, y am las cosas todas por amor de Dios, y
se encontr quizs en una situacin de espritu apacible y hasta
envidiable, en la cual, si tal vez hubiese algo que censurar, sera un
egosmo del que ella misma no se da cuenta. Es muy cmodo amar de este
modo suave, sin atormentarse con el amor; no tener pasin que combatir;
hacer del amor y del afecto a los dems un aditamento y como un
complemento del amor propio.

A veces me pregunto a m mismo, si al censurar en mi interior esta
condicin de Pepita, no soy yo quien me censuro. Qu s yo lo que pasa
en el alma de esa mujer, para censurarla? Acaso, al creer que veo su
alma, no es la ma la que veo? Yo no he tenido ni tengo pasin alguna
que vencer: todas mis inclinaciones bien dirigidas, todos mis instintos
buenos y malos, merced a la sabia enseanza de usted, van sin obstculos
ni tropiezos encaminados al mismo propsito; cumplindolo se satisfaran
no slo mis nobles y desinteresados deseos, sino tambin mis deseos
egostas, mi amor a la gloria, mi afn de saber, mi curiosidad de ver
tierras distantes, mi anhelo de ganar nombre y fama. Todo esto se cifra
en llegar al trmino de la carrera que he emprendido. Por este lado, se
me antoja a veces que soy ms censurable que Pepita, aun suponindola
merecedora de censura.

Yo he recibido ya las rdenes menores; he desechado de mi alma las
vanidades del mundo; estoy tonsurado; me he consagrado al altar, y sin
embargo, un porvenir de ambicin se presenta a mis ojos y veo con gusto
que puedo alcanzarle y me complazco en dar por ciertas y valederas las
condiciones que tengo para ello, por ms que a veces llame a la modestia
en mi auxilio a fin de no confiar demasiado. En cambio esta mujer a qu
aspira ni qu quiere? Yo la censuro de que se cuida las manos; de que
mira tal vez con complacencia su belleza; casi la censuro de su
pulcritud, del esmero que pone en vestirse, de yo no s qu coquetera
que hay en la misma modestia y sencillez con que se viste. Pues qu!
La virtud ha de ser desaliada? Ha de ser sucia la santidad? Un alma
pura y limpia, no puede complacerse en que el cuerpo tambin lo sea? Es
extraa esta malevolencia con que miro el primor y el aseo de Pepita.
Ser tal vez porque va a ser mi madrastra? Pero si no quiere ser mi
madrastra! Si no quiere a mi padre! Verdad es que las mujeres son
raras: quin sabe si en el fondo de su alma no se siente inclinada ya a
querer a mi padre y a casarse con l, si bien, atendiendo a aquello de
que lo que mucho vale mucho cuesta, se propone, pseme Vd. la palabra,
molerle antes con sus desdenes, tenerle sujeto a su servidumbre, poner a
prueba la constancia de su afecto y acabar por darle el plcido s.
All veremos!

Ello es que la fiesta en la huerta fue apaciblemente divertida: se habl
de flores, de frutos, de injertos, de plantaciones y de otras mil cosas
relativas a la labranza, luciendo Pepita sus conocimientos agrnomos en
competencia con mi padre, conmigo y con el seor vicario, que se queda
con la boca abierta cada vez que habla Pepita, y jura que en los setenta
y pico de aos que tiene de edad, y en sus largas peregrinaciones, que
le han hecho recorrer casi toda la Andaluca, no ha conocido mujer ms
discreta ni ms atinada en cuanto piensa y dice.

Cuando volvemos a casa de cualquiera de estas expediciones, vuelvo a
insistir con mi padre en mi ida con Vd. a fin de que llegue el suspirado
momento de que yo me vea elevado al sacerdocio; pero mi padre est tan
contento de tenerme a su lado y se siente tan a gusto en el lugar,
cuidando de sus fincas, ejerciendo mero y mixto imperio como cacique, y
adorando a Pepita y consultndoselo todo como a su ninfa Egeria, que
halla siempre y hallar an, tal vez durante algunos meses, fundado
pretexto para retenerme aqu. Ya tiene que clarificar el vino de yo no
s cuntas pipas de la candiotera; ya tiene que trasegar otro; ya es
menester binar los majuelos; ya es preciso arar los olivares, y cavar
los pies a los olivos: en suma, me retiene aqu contra mi gusto; aunque
no debiera yo decir contra mi gusto, porque le tengo muy grande en
vivir con un padre que es para m tan bueno.

Lo malo es que con esta vida temo materializarme demasiado: me parece
sentir alguna sequedad de espritu durante la oracin; mi fervor
religioso disminuye; la vida vulgar va penetrando y se va infiltrando en
mi naturaleza. Cuando rezo, padezco distracciones; no pongo en lo que
digo a mis solas, cuando el alma debe elevarse a Dios, aquella atencin
profunda que antes pona. En cambio, la ternura de mi corazn, que no se
fija en objeto condigno, que no se emplea y consume en lo que debiera,
brota y como que rebosa en ocasiones por objetos y circunstancias que
tienen mucho de pueriles, que me parecen ridculos, y de los cuales me
avergenzo. Si me despierto en el silencio de la alta noche y oigo que
algn campesino enamorado canta, al son de su guitarra mal rasgueada,
una copla de fandango o de rondeas, ni muy discreta, ni muy potica, ni
muy delicada, suelo enternecerme como si oyera la ms celestial meloda.
Una compasin loca, insana, me aqueja a veces. El otro da cogieron los
hijos del aperador de mi padre un nido de gorriones, y al ver yo los
pajarillos sin plumas an y violentamente separados de la madre
cariosa, sent suma angustia, y, lo confieso, se me saltaron las
lgrimas. Pocos das antes, trajo del campo un rstico una ternerita que
se haba perniquebrado; iba a llevarla al matadero y vena a decir a mi
padre qu quera de ella para su mesa: mi padre pidi unas cuantas
libras de carne, la cabeza y las patas; yo me conmov al ver la
ternerita y estuve a punto, aunque la vergenza lo impidi, de
comprrsela al hombre, a ver si yo la curaba y conservaba viva. En fin,
querido to, menester es tener la gran confianza que tengo yo con Vd.
para contarle estas muestras de sentimiento extraviado y vago, y hacerle
ver con ellas que necesito volver a mi antigua vida, a mis estudios, a
mis altas especulaciones, y acabar por ser sacerdote para dar al fuego
que devora mi alma el alimento sano y bueno que debe tener.

       *       *       *       *       *

               _14 de Abril_.

Sigo haciendo la misma vida de siempre y detenido aqu a ruegos de mi
padre.

El mayor placer de que disfruto, despus del de vivir con l, es el
trato y conversacin del seor vicario, con quien suelo dar a solas
largos paseos. Imposible parece que un hombre de su edad, que debe de
tener cerca de los ochenta aos, sea tan fuerte, gil y andador. Antes
me canso yo que l, y no queda vericueto, ni lugar agreste, ni cima de
cerro escarpado en estas cercanas, a donde no lleguemos.

El seor vicario me va reconciliando mucho con el clero espaol, a quien
algunas veces he tildado yo, hablando con Vd., de poco ilustrado.
Cunto ms vale, me digo a menudo, este hombre, lleno de candor y de
buen deseo, tan afectuoso e inocente, que cualquiera que haya ledo
muchos libros y en cuya alma no arda con tal viveza como en la suya el
fuego de la caridad unido a la fe ms sincera y ms pura! No crea Vd.
que es vulgar el entendimiento del seor vicario: es un espritu
inculto; pero despejado y claro. A veces imagino que pueda provenir la
buena opinin que de l tengo, de la atencin con que me escucha; pero,
si no es as, me parece que todo lo entiende con notable perspicacia y
que sabe unir al amor entraable de nuestra santa religin el aprecio de
todas las cosas buenas que la civilizacin moderna nos ha trado. Me
encantan, sobre todo, la sencillez, la sobriedad en hiperblicas
manifestaciones de sentimentalismo, la naturalidad, en suma, con que el
seor vicario ejerce las ms penosas obras de caridad. No hay desgracia
que no remedie, ni infortunio que no consuele, ni humillacin que no
procure restaurar, ni pobreza a que no acuda solcito con un socorro.

Para todo esto, fuerza es confesarlo, tiene un poderoso auxiliar en
Pepita Jimnez, cuya devocin y natural compasivo siempre est l
poniendo por las nubes.

El carcter de esta especie de culto que el vicario rinde a Pepita, va
sellado, casi se confunde con el ejercicio de mil buenas obras; con las
limosnas, el rezo, el culto pblico y el cuidado de los menesterosos.
Pepita no da slo para los pobres, sino tambin para novenas, sermones y
otras fiestas de iglesia. Si los altares de la parroquia brillan a veces
adornados de bellsimas flores, estas flores se deben a la munificencia
de Pepita, que las ha hecho traer de sus huertas. Si en lugar del
antiguo manto, viejo y rado que tena la Virgen de los Dolores, luce
hoy un flamante y magnfico manto de terciopelo negro, bordado de plata,
Pepita es quien lo ha costeado. Estos y otros tales beneficios el
vicario est siempre decantndolos y ensalzndolos. As es que cuando no
hablo yo de mis miras, de mi vocacin, de mis estudios, lo cual embelesa
en extremo al seor vicario y le trae suspenso de mis labios, cuando es
l quien habla y yo quien escucho, la conversacin, despus de mil
vueltas y rodeos, viene a parar siempre en hablar de Pepita Jimnez. Y
al cabo, de quin me ha de hablar el seor vicario? Su trato con el
mdico, con el boticario, con los ricos labradores de aqu, apenas da
motivo para tres palabras de conversacin. Como el seor vicario posee
la rarsima cualidad en un lugareo, de no ser amigo de contar vidas
ajenas ni lances escandalosos, de nadie tiene que hablar sino de la
mencionada mujer, a quien visita con frecuencia y con quien, segn se
desprende de lo que dice, tiene los ms ntimos coloquios.

No s qu libros habr ledo Pepita Jimnez, ni que instruccin tendr;
pero de lo que cuenta el seor vicario se colige que est dotada de un
espritu inquieto e investigador, donde se ofrecen infinitas cuestiones
y problemas que anhela dilucidar y resolver, presentndolos para ello al
seor vicario, a quien deja agradablemente confuso. Este hombre, educado
a la rstica, clrigo de misa y olla, como vulgarmente suele decirse,
tiene el entendimiento abierto a toda luz de verdad, aunque carece de
iniciativa, y, por lo visto, los problemas y cuestiones que Pepita le
presenta, le abren nuevos horizontes y nuevos caminos, aunque nebulosos
y mal determinados, que l no presuma siquiera, que no acierta a trazar
con exactitud; pero cuya vaguedad, novedad y misterio le encantan.

No desconoce el padre vicario que esto tiene mucho de peligroso, y que
l y Pepita se exponen a dar sin saberlo, en alguna hereja; pero se
tranquiliza porque, distando mucho de ser un gran telogo, sabe su
catecismo al dedillo, tiene confianza en Dios, que le iluminar, y
espera no extraviarse, y da por cierto que Pepita seguir sus consejos y
no se extraviar nunca.

As imaginan ambos mil poesas, aunque informes, bellas, sobre todos los
misterios de nuestra religin y artculos de nuestra fe. Inmensa es la
devocin que tienen a Mara Santsima, Seora nuestra, y yo me quedo
absorto de ver cmo saben enlazar la idea o el concepto popular de la
Virgen con algunos de los ms remontados pensamientos teolgicos.

Por lo que relata el padre vicario entreveo que en el alma de Pepita
Jimnez, en medio de la serenidad y calma que aparenta, hay clavado un
agudo dardo de dolor; hay un amor de pureza contrariado por su vida
pasada. Pepita am a D. Gumersindo, como a su compaero, como a su
bienhechor, como al hombre a quien todo se lo debe; pero la atormenta,
la avergenza el recuerdo de que D. Gumersindo fue su marido.

En su devocin a la Virgen se descubre un sentimiento de humillacin
dolorosa, un torcedor, una melancola que influye en su mente el
recuerdo de su matrimonio indigno y estril.

Hasta en su adoracin al nio Dios, representado en la preciosa imagen
de talla que tiene en su casa, interviene el amor maternal sin objeto,
el amor maternal que busca ese objeto en un ser no nacido de pecado y de
impureza.

El padre vicario dice que Pepita adora al nio Jess como a su Dios,
pero que le ama con las entraas maternales con que amara a un hijo, si
le tuviese, y si en su concepcin no hubiera habido cosa de que tuviera
ella que avergonzarse. El padre vicario nota que Pepita suea con la
madre ideal y con el hijo ideal, inmaculados ambos, al rezar a la Virgen
Santsima, y al cuidar a su lindo nio Jess de talla.

Aseguro a Vd. que no s qu pensar de todas estas extraezas. Conozco
tan poco lo que son las mujeres! Lo que de Pepita me cuenta el padre
vicario me sorprende, y si bien ms a menudo entiendo que Pepita es
buena y no mala, a veces me infunde cierto terror por mi padre. Con los
cincuenta y cinco aos que tiene, creo que est enamorado, y Pepita,
aunque buena por reflexin, puede, sin premeditarlo ni calcularlo, ser
un instrumento del espritu del mal; puede tener una coquetera
irreflexiva e instintiva, ms invencible, eficaz y funesta an que la
que procede de premeditacin, clculo y discurso.

Quin sabe, me digo yo a veces, si a pesar de las buenas obras de
Pepita, de sus rezos, de su vida devota y recogida, de sus limosnas y de
sus donativos para las iglesias, en todo lo cual se puede fundar el
afecto que el padre vicario la profesa, no hay tambin un hechizo
mundano, no hay algo de magia diablica en este prestigio de que se
rodea y con el cual emboba a este cndido padre vicario, y le lleva y le
trae y le hace que no piense ni hable sino de ella a todo momento?

El mismo imperio que ejerce Pepita sobre un hombre tan descredo como mi
padre, sobre una naturaleza tan varonil y poco sentimental, tiene en
verdad mucho de raro.

No explican tampoco las buenas obras de Pepita el respeto y afecto que
infunde por lo general en estos rsticos. Los nios pequeuelos acuden a
verla las pocas veces que sale a la calle y quieren besarla la mano; las
mozuelas le sonren y la saludan con amor; los hombres todos se quitan
el sombrero a su paso y se inclinan con la ms espontnea reverencia y
con la ms sencilla y natural simpata.

Pepita Jimnez, a quien muchos han visto nacer, a quien vieron todos en
la miseria, viviendo con su madre, a quien han visto despus casada con
el decrpito y avaro D. Gumersindo, hace olvidar todo esto, y aparece
como un ser peregrino, venido de alguna tierra lejana, de alguna esfera
superior, pura y radiante, y obliga y mueve al acatamiento afectuoso, a
algo como admiracin amantsima a todos sus compatricios.

Veo que distradamente voy cayendo en el mismo defecto que en el padre
vicario censuro, y que no hablo a Vd. sino de Pepita Jimnez. Pero esto
es natural. Aqu no se habla de otra cosa. Se dira que todo el lugar
est lleno del espritu, del pensamiento, de la imagen de esta singular
mujer, que yo no acierto an a determinar si es un ngel o una refinada
coqueta llena de _astucia instintiva_, aunque los trminos parezcan
contradictorios. Porque lo que es con plena conciencia estoy convencido
de que esta mujer no es coqueta ni suea en ganarse voluntades para
satisfacer su vanagloria.

Hay sinceridad y candor en Pepita Jimnez. No hay ms que verla para
creerlo as. Su andar airoso y reposado, su esbelta estatura, lo terso y
despejado de su frente, la suave y pura luz de sus miradas, todo se
concierta en un ritmo adecuado, todo se une en perfecta armona, donde
no se descubre nota que disuene.

Cunto me pesa de haber venido por aqu y de permanecer aqu tan largo
tiempo! Haba pasado la vida en su casa de Vd. y en el Seminario, no
haba visto ni tratado ms que a mis compaeros y maestros; nada conoca
del mundo sino por especulacin y teora; y de pronto, aunque sea en un
lugar, me veo lanzado en medio del mundo, y distrado de mis estudios,
meditaciones y oraciones por mil objetos profanos.

       *       *       *       *       *

               _20 de Abril_.

Las ltimas cartas de Vd., queridsimo to, han sido de grata
consolacin para mi alma. Benvolo como siempre, me amonesta Vd. y me
ilumina con advertencias tiles y discretas.

Es verdad: mi vehemencia es digna de vituperio. Quiero alcanzar el fin
sin poner los medios; quiero llegar al trmino de la jornada sin andar
antes paso a paso el spero camino.

Me quejo de sequedad de espritu en la oracin, de distrado, de disipar
mi ternura en objetos pueriles; anso volar al trato ntimo con Dios, a
la contemplacin esencial, y desdeo la oracin imaginaria y la
meditacin racional y discursiva. Cmo sin obtener la pureza, cmo sin
ver la luz he de lograr el goce del amor?

Hay mucha soberbia en m, y yo he de procurar humillarme a mis propios
ojos, a fin de que el espritu del mal no me humille, permitindolo
Dios, en castigo de mi presuncin y de mi orgullo.

No creo, a pesar de todo, como Vd. me advierte, que es tan fcil para m
una fea y no pensada cada. No confo en m: confo en la misericordia
de Dios y en su gracia, y espero que no sea.

Con todo, razn tiene Vd. que le sobra en aconsejarme que no me ligue
mucho en amistad con Pepita Jimnez; pero yo disto bastante de estar
ligado con ella.

No ignoro que los varones religiosos y los santos, que deben servirnos
de ejemplo y dechado, cuando tuvieron gran familiaridad y amor con
mujeres, fue en la ancianidad, o estando ya muy probados y quebrantados
por la penitencia, o existiendo una notable desproporcin de edad entre
ellos y las piadosas amigas que elegan; como se cuenta de San Jernimo
y Santa Paulina, y de San Juan de la Cruz y Santa Teresa. Y aun as, y
aun siendo el amor de todo punto espiritual, s que puede pecar por
demasa. Porque Dios, no ms, debe ocupar nuestra alma, como su dueo y
esposo, y cualquiera otro ser que en ella more, ha de ser slo a ttulo
de amigo o siervo o hechura del esposo, y en quien el esposo se
complace.

No crea Vd., pues, que yo me jacte de invencible, y desdee los peligros
y los desafe y los busque. En ellos perece quien los ama. Y cuando el
rey profeta, con ser tan conforme al corazn del Seor y tan su valido,
y cuando Salomn, a pesar de su sobrenatural e infusa sabidura, fueron
conturbados y pecaron, porque Dios quit su faz de ellos, qu no debo
temer yo, msero pecador, tan joven, tan inexperto de las astucias del
demonio, y tan poco firme y adiestrado en las peleas de la virtud?

Lleno de un provechoso temor de Dios, y con la debida desconfianza de mi
flaqueza, no olvidar los consejos y prudentes amonestaciones de usted,
rezando con fervor mis oraciones y meditando en las cosas divinas para
aborrecer las mundanas en lo que tienen de aborrecibles; pero aseguro a
Vd. que hasta ahora, por ms que ahondo en mi conciencia y registro con
suspicacia sus ms escondidos senos, nada descubro que me haga temer lo
que Vd. teme.

Si de mis cartas anteriores resultan encomios para el alma de Pepita
Jimnez, culpa es de mi padre y del seor vicario y no ma; porque al
principio, lejos de ser favorable a esta mujer, estaba yo prevenido
contra ella con prevencin injusta.

En cuanto a la belleza y donaire corporal de Pepita, crea Vd. que lo he
considerado todo con entera limpieza de pensamiento. Y aunque me sea
costoso el decirlo, y aunque a Vd. le duela un poco, le confesar que si
alguna leve mancha ha venido a empaar el sereno y pulido espejo de mi
alma en que Pepita se reflejaba, ha sido la ruda sospecha de usted, que
casi me ha llevado por un instante a que yo mismo sospeche.

Pero no: qu he pensado yo, qu he mirado, qu he celebrado en Pepita,
por donde nadie pueda colegir que propendo a sentir por ella algo que no
sea amistad y aquella inocente y limpia admiracin que inspira una obra
de arte, y ms si la obra es del Artfice soberano y nada menos que su
templo?

Por otra parte, querido to, yo tengo que vivir en el mundo, tengo que
tratar a las gentes, tengo que verlas, y no he de arrancarme los ojos.
Usted me ha dicho mil veces que me quiere en la vida activa, predicando
la ley divina, difundindola por el mundo, y no entregado a la vida
contemplativa en la soledad y el aislamiento. Ahora bien; si esto es
as, como lo es, de qu suerte me haba yo de gobernar para no reparar
en Pepita Jimnez? A no ponerme en ridculo, cerrando en su presencia
los ojos, fuerza es que yo vea y note la hermosura de los suyos, lo
blanco, sonrosado y limpio de su tez; la igualdad y el nacarado esmalte
de los dientes que descubre a menudo cuando sonre, la fresca prpura de
sus labios, la serenidad y tersura de su frente, y otros mil atractivos
que Dios ha puesto en ella. Claro est que para el que lleva en su alma
el germen de los pensamientos livianos, la levadura del vicio, cada una
de las impresiones que Pepita produce puede ser como el golpe del
eslabn que hiere el pedernal y que hace brotar la chispa que todo lo
incendia y devora; pero, yendo prevenido contra este peligro, y
reparndome y cubrindome bien con el escudo de la prudencia cristiana,
no encuentro que tenga yo nada que recelar. Adems que, si bien es
temerario buscar el peligro, es cobarda no saber arrostrarle y huir de
l cuando se presenta.

No lo dude Vd.: yo veo en Pepita Jimnez una hermosa criatura de Dios, y
por Dios la amo, como a hermana. Si alguna predileccin siento por ella
es por las alabanzas que de ella oigo a mi padre, al seor vicario y a
casi todos los de este lugar.

Por amor a mi padre deseara yo que Pepita desistiese de sus ideas y
planes de vida retirada y se casase con l; pero prescindiendo de esto,
y si yo viese que mi padre slo tena un capricho y no una verdadera
pasin, me alegrara de que Pepita permaneciese firme en su casta
viudez, y cuando yo estuviese muy lejos de aqu, all en la India o en
el Japn, o en algunas misiones ms peligrosas, tendra un consuelo en
escribirle algo sobre mis peregrinaciones y trabajos. Cuando, ya viejo,
volviese yo por este lugar, tambin gozara mucho en intimar con ella,
que estara ya vieja, y en tener con ella coloquios espirituales y
plticas por el estilo de las que tiene ahora el padre vicario. Hoy, sin
embargo, como soy mozo, me acerco poco a Pepita; apenas la hablo.
Prefiero pasar por encogido, por tonto, por mal criado y arisco, a dar
la menor ocasin, no ya a la realidad de sentir por ella lo que no debo,
pero ni a la sospecha ni a la maledicencia.

En cuanto a Pepita, ni remotamente convengo en lo que Vd. deja entrever
como vago recelo. Qu plan ha de formar respecto a un hombre que va a
ser clrigo dentro de dos o tres meses? Ella, que ha desairado a tantos,
por qu haba de prendarse de m? Harto me conozco, y s que no puedo,
por fortuna, inspirar pasiones. Dicen que no soy feo, pero soy
desmaado, torpe, corto de genio, poco ameno; tengo trazas de lo que
soy; de un estudiante humilde. Qu valgo yo al lado de los gallardos
mozos, aunque algo rsticos, que han pretendido a Pepita; giles
jinetes, discretos y regocijados en la conversacin, cazadores como
Nembrot, diestros en todos los ejercicios de cuerpo, cantadores finos y
celebrados en todas las ferias de Andaluca, y bailarines apuestos,
elegantes y primorosos? Si Pepita ha desairado todo esto, cmo ha de
fijarse ahora en m y ha de concebir el diablico deseo y ms diablico
proyecto de turbar la paz de mi alma, de hacerme abandonar mi vocacin,
tal vez de perderme? No, no es posible. Yo creo buena a Pepita, y a m,
lo digo sin mentida modestia, me creo insignificante. Ya se entiende que
me creo insignificante para enamorarla, no para ser su amigo; no para
que ella me estime y llegue a tener un da cierta predileccin por m,
cuando yo acierte a hacerme digno de esta predileccin con una santa y
laboriosa vida.

Perdneme Vd. si me defiendo con sobrado calor de ciertas reticencias de
la carta de Vd. que suenan a acusaciones y a fatdicos pronsticos.

Yo no me quejo de esas reticencias; Vd. me da avisos prudentes, gran
parte de los cuales acepto y pienso seguir. Si va Vd. ms all de lo
justo en el recelar consiste sin duda en el inters que por m se toma y
que yo de todo corazn le agradezco.

       *       *       *       *       *

               _4 de Mayo_.

Extrao es que en tantos das, yo no haya tenido tiempo para escribir a
Vd.; pero tal es la verdad. Mi padre no me deja parar y las visitas me
asedian.

En las grandes ciudades es fcil no recibir, aislarse, crearse una
soledad, una Tebaida en medio del bullicio: en un lugar de Andaluca, y
sobre todo teniendo la honra de ser hijo del cacique, es menester vivir
en pblico. No ya slo hasta al cuarto donde escribo, sino hasta a mi
alcoba penetran, sin que nadie se atreva a oponerse, el seor vicario,
el escribano, mi primo Currito, hijo de doa Casilda, y otros mil que me
despiertan si estoy dormido y me llevan donde quieren.

El casino no es aqu mera diversin nocturna sino de todas las horas del
da. Desde las once de la maana est lleno de gente que charla, que lee
por cima algn peridico para saber las noticias, y que juega al
tresillo. Personas hay que se pasan diez o doce horas al da jugando a
dicho juego. En fin, hay aqu una holganza tan encantadora que ms no
puede ser. Las diversiones son muchas, a fin de entretener dicha
holganza. Adems del tresillo se arma la timbirimba con frecuencia; y se
juega al monte. Las damas, el ajedrez y el domin no se descuidan. Y por
ltimo, hay una pasin decidida por las rias de gallos.

Todo esto, con el visiteo, el ir al campo a inspeccionar las labores, el
ajustar todas las noches las cuentas con el aperador, el visitar las
bodegas y candioteras, y el clarificar, trasegar y perfeccionar los
vinos, y el tratar con gitanos y chalanes para compra, venta o
cambalache de los caballos, mulas y borricos, o con gente de Jerez que
viene a comprar nuestro vino para trocarle en jerezano, ocupa aqu de
diario a los hidalgos, seoritos o como quieran llamarse. En ocasiones
extraordinarias, hay otras faenas y diversiones que dan a todo ms
animacin, como en tiempo de la siega, de la vendimia y de la
recoleccin de la aceituna; o bien cuando hay feria y toros aqu o en
otro pueblo cercano, o bien cuando hay romera al santuario de alguna
milagrosa imagen de Mara Santsima, a donde, si acuden no pocos por
curiosidad y para divertirse y feriar a sus amigas cupidos y
escapularios, ms son los que acuden por devocin y en cumplimiento de
voto o promesa. Hay santuario de estos que est en la cumbre de una
elevadsima sierra, y con todo, no faltan an mujeres delicadas que
suben all con los pies descalzos, hirindoselos con abrojos, espinas y
piedras, por el pendiente y mal trazado sendero.

La vida de aqu tiene cierto encanto. Para quien no suea con la gloria,
para quien nada ambiciona, comprendo que sea muy descansada y dulce
vida. Hasta la soledad puede lograrse aqu haciendo un esfuerzo. Como yo
estoy aqu por una temporada, no puedo ni debo hacerlo; pero, si yo
estuviese de asiento, no hallara dificultad, sin ofender a nadie, en
encerrarme y retraerme durante muchas horas o durante todo el da, a fin
de entregarme a mis estudios y meditaciones.

Su nueva y ms reciente carta de Vd. me ha afligido un poco. Veo que
insiste Vd. en sus sospechas, y no s qu contestar para justificarme
sino lo que ya he contestado.

Dice Vd. que la gran victoria en cierto gnero de batallas consiste en
la fuga: que huir es vencer. Cmo he de negar yo lo que el Apstol y
tantos Santos Padres y Doctores han dicho? Con todo, de sobra sabe Vd.
que el huir no depende de mi voluntad. Mi padre no quiere que me vaya;
mi padre me retiene a pesar mo; tengo que obedecerle. Necesito, pues,
vencer por otros medios y no por el de la fuga.

Para que Vd. se tranquilice, repetir que la lucha apenas est empeada;
que Vd. ve las cosas ms adelantadas de lo que estn.

No hay el menor indicio de que Pepita Jimnez me quiera. Y aunque me
quisiese, sera de otro modo que como queran las mujeres que Vd. cita
para mi ejemplar escarmiento. Una seora, bien educada y honesta, en
nuestros das, no es tan inflamable y desaforada como esas matronas de
que estn llenas las historias antiguas.

El pasaje que aduce Vd. de San Juan Crisstomo es digno del mayor
respeto; pero no es del todo apropiado a las circunstancias. La gran
dama, que en Of, Tebas o Dispolis Magna, se enamor del hijo predilecto
de Jacob, debi ser hermossima; slo as se concibe que asegure el
Santo ser mayor prodigio el que Josef no ardiera, que el que los tres
mancebos, que hizo poner Nabucodonosor en el horno candente, no se
redujesen a cenizas.

Confieso con ingenuidad que lo que es en punto a hermosura, no atino a
representarme que supere a Pepita Jimnez la mujer de aquel prncipe
egipcio, mayordomo mayor o cosa por el estilo del palacio de los
Faraones; pero ni yo soy, como Josef, agraciado con tantos dones y
excelencias, ni Pepita es una mujer sin religin y sin decoro. Y aunque
fuera as, aun suponiendo todos estos horrores, no me explico la
ponderacin de San Juan Crisstomo sino porque viva en la capital
corrompida, y semi--gentlica an, del Bajo Imperio; en aquella corte,
cuyos vicios tan crudamente censur, y donde la propia emperatriz
Eudoxia daba ejemplo de corrupcin y de escndalo. Pero hoy que la moral
evanglica ha penetrado ms profundamente en el seno de la sociedad
cristiana, me parece exagerado creer ms milagroso el casto desdn del
hijo de Jacob que la incombustibilidad material de los tres mancebos de
Babilonia.

Otro punto toca Vd. en su carta que me anima y lisonjea en extremo.
Condena Vd. como debe el sentimentalismo exagerado y la propensin a
enternecerme y a llorar por motivos pueriles de que le dije padeca a
veces; pero esta afeminada pasin de nimo, ya que existe en m,
importando desecharla, celebra Vd. que no se mezcle con la oracin y la
meditacin y las contamine. Vd. reconoce y aplaude en m la energa
verdaderamente varonil, que debe haber en el afecto y en la mente que
anhelan elevarse a Dios. La inteligencia que pugna por comprenderle ha
de ser briosa; la voluntad que se le somete por completo es porque
triunfa antes de s misma, riendo bravas batallas con todos los
apetitos y derrotando y poniendo en fuga todas las tentaciones; el mismo
afecto acendrado y ardiente, que, aun en criaturas simples y cuitadas,
puede encumbrarse hasta Dios por un rapto de amor, logrando conocerle
por iluminacin sobrenatural, es hijo, a ms de la gracia divina, de un
carcter firme y entero. Esa languidez, ese quebranto de la voluntad,
esa ternura enfermiza, nada tienen que hacer con la caridad, con la
devocin y con el amor divino. Aquello es atributo de menos que mujeres:
stas son pasiones, si pasiones pueden llamarse, de ms que hombres, de
ngeles. S; tiene Vd. razn de confiar en m, y de esperar que no he de
perderme porque una piedad relajada y muelle abra las puertas de mi
corazn a los vicios transigiendo con ellos. Dios me salvar y yo
combatir por salvarme con su auxilio; pero, si me pierdo, los enemigos
del alma y los pecados mortales no han de entrar disfrazados ni por
capitulacin en la fortaleza de mi conciencia, sino con banderas
desplegadas, llevndolo todo a sangre y fuego y despus de acrrimo
combate.

En estos ltimos das he tenido ocasin de ejercitar mi paciencia en
grande y de mortificar mi amor propio del modo ms cruel.

Mi padre quiso pagar a Pepita el obsequio de la huerta y la convid a
visitar su quinta del Pozo de la Solana. La expedicin fue el 22 de
Abril. No se me olvidar esta fecha.

El Pozo de la Solana dista ms de dos leguas de este lugar y no hay
hasta all sino camino de herradura. Tuvimos todos que ir a caballo. Yo,
como jams he aprendido a montar, he acompaado a mi padre en todas las
anteriores excursiones en una mulita de paso, muy mansa, y que, segn la
expresin de Dientes, el mulero, es ms noble que el oro y ms serena
que un coche. En el viaje al Pozo de la Solana fui en la misma
cabalgadura.

Mi padre, el escribano, el boticario y mi primo Currito, iban en buenos
caballos. Mi ta doa Casilda, que pesa ms de diez arrobas, en una
enorme y poderosa burra con sus jamugas. El seor vicario en una mula
mansa y serena como la ma.

En cuanto a Pepita Jimnez, que imaginaba yo que vendra tambin en
burra con jamugas, pues ignoraba que montase, me sorprendi, apareciendo
en un caballo tordo muy vivo y fogoso, vestida de amazona y manejando el
caballo con destreza y primor notables.

Me alegr de ver a Pepita tan gallarda a caballo; pero desde luego
present y empez a mortificarme el desairado papel que me tocaba hacer
al lado de la robusta ta doa Casilda y del padre vicario, yendo
nosotros a retaguardia, pacficos y serenos como en coche, mientras que
la lucida cabalgata caracoleara, correra, trotara y hara mil
evoluciones y escarceos.

Al punto se me antoj que Pepita me miraba compasiva, al ver la facha
lastimosa que sobre la mula deba yo de tener. Mi primo Currito me mir
con sonrisa burlona, y empez enseguida a embromarme y atormentarme.

Aplauda Vd. mi resignacin y mi valerosa paciencia. A todo me somet de
buen talante, y pronto, hasta las bromas de Currito acabaron, al notar
cun invulnerable yo era. Pero cunto sufr por dentro! Ellos
corrieron, galoparon, se nos adelantaron a la ida y a la vuelta. El
vicario y yo permanecimos siempre _serenos_, como las mulas, sin salir del
paso y llevando a doa Casilda en medio.

Ni siquiera tuve el consuelo de hablar con el padre vicario, cuya
conversacin me es tan grata, ni de encerrarme dentro de m mismo y
fantasear y soar, ni de admirar a mis solas la belleza del terreno que
recorramos. Doa Casilda es de una locuacidad abominable, y tuvimos que
orla. Nos dijo cuanto hay que saber de chismes del pueblo, y nos habl
de todas sus habilidades, y nos explic el modo de hacer salchichas,
morcillas de sesos, hojaldres y otros mil guisos y regalos. Nadie la
vence en negocios de cocina y de matanza de cerdos, segn ella, sino
Antoona, la nodriza de Pepita Jimnez, y hoy su ama de llaves y
directora de su casa. Yo conozco ya a la tal Antoona, pues va y viene a
casa con recados, y en efecto es muy lista: tan parlanchina como la ta
Casilda, pero cien mil veces ms discreta.

El camino hasta el Pozo de la Solana es delicioso; pero yo iba tan
contrariado, que no acert a gozar de l. Cuando llegamos a la casera y
nos apeamos, se me quit de encima un gran peso, como si fuese yo quien
hubiese llevado a la mula, y no la mula a m.

Ya a pie, recorrimos la posesin, que es magnfica, variada y extensa.
Hay all ms de ciento veinte fanegas de via vieja y majuelo, todo bajo
una linde: otro tanto o ms de olivar, y por ltimo un bosque de encinas
de las ms corpulentas que an quedan en pie en toda Andaluca. El agua
del Pozo de la Solana forma un arroyo claro y abundante, donde vienen a
beber todos los pajarillos de las cercanas, y donde se cazan a
centenares por medio de espartos con liga, o con red, en cuyo centro se
colocan el cimbel y el reclamo. All record mis diversiones de la
niez, y cuantas veces haba ido yo a cazar pajarillos de la manera
expresada.

Siguiendo el curso del arroyo, y sobre todo en las hondonadas, hay
muchos lamos y otros rboles altos, que con las matas y yerbas, crean
un intrincado laberinto y una sombra espesura. Mil plantas silvestres y
olorosas crecen all de un modo espontneo, y por cierto que es difcil
imaginar nada ms esquivo, agreste y verdaderamente solitario, apacible
y silencioso que aquellos lugares. Se concibe all en el fervor del
medio da, cuando el sol vierte a torrentes la luz desde un cielo sin
nubes, en las calurosas y reposadas siestas, el mismo terror misterioso
de las horas nocturnas. Se concibe all la vida de los antiguos
patriarcas y de los primitivos hroes y pastores, y las apariciones y
visiones que tenan, las ninfas, de deidades y de ngeles, en medio de
la claridad meridiana.

Andando por aquella espesura, hubo un momento en el cual, no acierto a
decir cmo, Pepita y yo nos encontramos solos: yo al lado de ella. Los
dems se haban quedado atrs.

Entonces sent por todo mi cuerpo un estremecimiento. Era la primera vez
que me vea a solas con aquella mujer, y en sitio tan apartado, y cuando
yo pensaba en las apariciones meridianas, ya siniestras, ya dulces, y
siempre sobrenaturales, de los hombres de las edades remotas.

Pepita haba dejado en la casera la larga falda de montar, y caminaba
con un vestido corto que no estorbaba la graciosa ligereza de sus
movimientos. Sobre la cabeza llevaba un sombrerillo andaluz, colocado
con gracia. En la mano el ltigo, que se me antoj como varita de
virtudes, con que pudiera hechizarme aquella maga.

No temo repetir aqu los elogios de su belleza. En aquellos sitios
agrestes se me apareci ms hermosa. La cautela, que recomiendan los
ascetas, de pensar en ella afeada por los aos y por las enfermedades;
de figurrmela muerta, llena de hedor y podredumbre y cubierta de
gusanos, vino, a pesar mo, a mi imaginacin; y digo a _pesar mo_, porque
no entiendo que tan terrible cautela fuese indispensable. Ninguna idea
mala en lo material, ninguna sugestin del espritu maligno turb
entonces mi razn, ni logr inficionar mi voluntad y mis sentidos.

Lo que s se me ocurri fue un argumento para invalidar, al menos en m,
la virtud de esa cautela. La hermosura, obra de un arte soberano y
divino, puede ser caduca, efmera, desaparecer en el instante; pero su
idea es eterna, y en la mente del hombre vive vida inmortal, una vez
percibida. La belleza de esta mujer, tal como hoy se me manifiesta,
desaparecer dentro de breves aos: ese cuerpo elegante, esas formas
esbeltas, esa noble cabeza, tan gentilmente erguida sobre los hombros,
todo ser pasto de gusanos inmundos; pero si la materia ha de
transformarse, la forma, el pensamiento artstico, la hermosura misma,
quin la destruir? No est en la mente divina? Percibida y conocida
por m, no vivir en mi alma, vencedora de la vejez y aun de la muerte?

As meditaba yo, cuando Pepita y yo nos acercamos. As serenaba yo mi
espritu y mitigaba los recelos que Vd. ha sabido infundirme. Yo deseaba
y no deseaba a la vez que llegasen los otros. Me complaca y me afliga
al mismo tiempo de estar solo con aquella mujer.

La voz argentina de Pepita rompi el silencio, y, sacndome de mis
meditaciones, dijo:

--Qu callado y qu triste est Vd., seor D. Luis! Me apesadumbra el
pensar que tal vez por culpa ma, en parte al menos, da a Vd. hoy un mal
rato su padre trayndole a estas soledades, y sacndole de otras ms
apartadas, donde no tendr Vd. nada que le distraiga de sus oraciones y
piadosas lecturas.

Yo no s lo que contest a esto. Hube de contestar alguna sandez, porque
estaba turbado; y ni quera hacer un cumplimiento a Pepita, diciendo
galanteras profanas, ni quera tampoco contestar de un modo grosero.

Ella prosigui:

--Vd. me ha de perdonar si soy maliciosa, pero se me figura que, adems
del disgusto de verse Vd. separado hoy de sus ocupaciones favoritas, hay
algo ms que contribuye poderosamente a su mal humor.

--Qu es ese algo ms?--dije yo--, pues Vd. lo descubre todo o cree
descubrirlo.

--Ese algo ms-replic Pepita--no es sentimiento propio de quien va a
ser sacerdote tan pronto, pero s lo es de un joven de veintids aos.

Al or esto, sent que la sangre me suba al rostro y que el rostro me
arda. Imagin mil extravagancias, me cre presa de una obsesin. Me
juzgu provocado por Pepita que iba a darme a entender que conoca que
yo gustaba de ella. Entonces, mi timidez se troc en atrevida soberbia,
y la mir de hito en hito. Algo de ridculo hubo de haber en mi mirada,
pero, o Pepita no lo advirti o lo disimul con benvola prudencia,
exclamando del modo ms sencillo:

--No se ofenda Vd. porque yo le descubra alguna falta. Esta que he
notado me parece leve. Vd. est lastimado de las bromas de Currito, y de
hacer (hablando profanamente) un papel poco airoso, montado en una mula
mansa como el seor vicario, con sus ochenta aos, y no en un brioso
caballo, como debiera un joven de su edad y circunstancias. La culpa es
del seor den, que no ha pensado en que Vd. aprenda a montar. La
equitacin no se opone a la vida que Vd. piensa seguir, y yo creo que su
padre de Vd., ya que est Vd. aqu, debiera en pocos das ensearle. Si
Vd. va a Persia, o a China, all no hay ferro-carriles an, y har Vd.
una triste figura cabalgando mal. Tal vez se desacredite el misionero
entre aquellos brbaros, merced a esta torpeza, y luego sea ms difcil
de lograr el fruto de las predicaciones.

Estos y otros razonamientos ms adujo Pepita para que yo aprendiese a
montar a caballo, y qued tan convencido de lo til que es la equitacin
para un misionero, que le promet aprender enseguida, tomando a mi padre
por maestro.

--En la primera nueva expedicin que hagamos--le dije--, he de ir en el
caballo ms fogoso de mi padre, y no en la mulita de paso en que voy
ahora.

--Mucho me alegrar--replic Pepita con una sonrisa de indecible
suavidad.

En esto llegaron todos al sitio en que estbamos, y yo me alegr en mis
adentros, no por otra cosa, sino por temor de no acertar a sostener la
conversacin, y de salir con doscientas mil simplicidades por mi poca o
ninguna prctica de hablar con mujeres.

Despus del paseo, sobre la fresca yerba y en el ms lindo sitio junto
al arroyo, nos sirvieron los criados de mi padre una rstica y abundante
merienda. La conversacin fue muy animada, y Pepita mostr mucho ingenio
y discrecin. Mi primo Currito volvi a embromarme sobre mi manera de
cabalgar y sobre la mansedumbre de mi mula: me llam _telogo_, y me dijo
que sobre aquella mula pareca que iba yo repartiendo bendiciones. Esta
vez, ya con el firme propsito de hacerme jinete, contest a las bromas
con desenfado picante. Me call, con todo, el compromiso contrado de
aprender la equitacin. Pepita, aunque en nada habamos convenido, pens
sin duda como yo que importaba el sigilo para sorprender luego
cabalgando bien, y nada dijo de nuestra conversacin. De aqu provino,
natural y sencillamente, que existiera un secreto entre ambos; lo cual
produjo en mi nimo extrao efecto.

Nada ms ocurri aquel da que merezca contarse.

Por la tarde volvimos al lugar, como habamos venido. Yo, sin embargo,
en mi mula mansa y al lado de la ta Casilda, no me aburr ni entristec
a la vuelta como a la ida. Durante todo el viaje o a la ta sin
cansancio referir sus historias, y por momentos me distraje en vagas
imaginaciones.

Nada de lo que en mi alma pasa debe ser un misterio para Vd. Declaro que
la figura de Pepita era como el centro, o mejor dicho, como el ncleo y
el foco de estas imaginaciones vagas.

Su meridiana aparicin, en lo ms intrincado, umbro y silencioso de la
verde enramada, me trajo a la memoria todas las apariciones, buenas o
malas, de seres portentosos y de condicin superior a la nuestra, que
haba yo ledo en los autores sagrados y los clsicos profanos. Pepita,
pues, se me mostraba en los ojos y en el teatro interior de mi fantasa,
no como iba a caballo delante de nosotros, sino de un modo ideal y
etreo, en el retiro nemoroso, como a Eneas su madre, como a Calmaco
Palas, como al pastor bohemio Kroco la slfide que luego concibi a
Libusa, como Diana al hijo de Aristeo, como al Patriarca los ngeles en
el valle de Mambr, como a San Antonio el hipocentauro en la soledad del
yermo.

Encuentro tan natural como el de Pepita se trastrocaba en mi mente en
algo de prodigio. Por un momento, al notar la consistencia de esta
imaginacin, me cre obseso; me figur, como era evidente, que en los
pocos minutos que haba estado a solas con Pepita junto al arroyo de la
Solana, nada haba ocurrido que no fuese natural y vulgar; pero que
despus, conforme iba yo caminando tranquilo en mi mula, algn demonio
se agitaba invisible en torno mo, sugirindome mil disparates.

Aquella noche dije a mi padre mi deseo de aprender a montar. No quise
ocultarle que Pepita me haba excitado a ello. Mi padre tuvo una alegra
extraordinaria. Me abraz, me bes, me dijo que ya no era Vd. solo mi
maestro, que l tambin iba a tener el gusto de ensearme algo. Me
asegur, por ltimo, que en dos o tres semanas hara de m el mejor
caballista de toda Andaluca; capaz de ir a Gibraltar por contrabando y
de volver de all, burlando al resguardo, con una coracha de tabaco y
con un buen alijo de algodones: apto, en suma, para pasmar a todos los
jinetes que se lucen en las ferias de Sevilla y de Mairena, y para
oprimir los lomos de Babieca, de Bucfalo, y aun de los propios caballos
del Sol, si por acaso bajaban a la tierra y poda yo asirlos de la
brida.

Ignoro qu pensar Vd. de este arte de la equitacin que estoy
aprendiendo; pero presumo que no lo tendr por malo.

Si viera Vd. qu gozoso est mi padre y cmo se deleita ensendome!
Desde el da siguiente al de la expedicin que he referido, doy dos
lecciones diarias. Da hay, durante el cual, la leccin es perpetua,
porque nos le pasamos a caballo. La primera semana fueron las lecciones
en el corraln de casa, que est desempedrado y sirvi de picadero.

Ya salimos al campo, pero procurando que nadie nos vea. Mi padre no
quiere que me muestre en pblico hasta que pasme por lo bien plantado,
segn l dice. Si su vanidad de padre no le engaa, esto ser muy pronto
porque tengo una disposicin maravillosa para ser buen jinete.

--Bien se ve que eres mi hijo!--exclama mi padre con jbilo al
contemplar mis adelantos.

Es tan bueno mi padre, que espero que Vd. le perdonar su lenguaje
profano y sus chistes irreverentes. Yo me aflijo en lo interior de mi
alma, pero lo sufro todo.

Con las continuadas y largas lecciones estoy que da lstima de agujetas.
Mi padre me recomienda que escriba a Vd. que me abro las carnes a
disciplinazos.

Como dentro de poco sostiene que me dar por enseado, y no desea
jubilarse de maestro, me propone otros estudios extravagantes y harto
impropios de un futuro sacerdote. Unas veces quiere ensearme a
derribar, para llevarme luego a Sevilla, donde dejar bizcos a los
ternes y gente del bronce, con la garrocha en la mano, en los llanos de
Tablada. Otras veces se acuerda de sus mocedades y de cuando fue guardia
de corps, y dice que va a buscar sus floretes, guantes y caretas y a
ensearme la esgrima. Y por ltimo, presumiendo tambin mi padre de
manejar como nadie una navaja, ha llegado a ofrecerme que me comunicar
esta habilidad.

Ya se har Vd. cargo de lo que yo contesto a tamaas locuras. Mi padre
replica que en los buenos tiempos antiguos, no ya los clrigos, sino
hasta los obispos andaban a caballo acuchillando infieles. Yo observo
que eso poda suceder en las edades brbaras, pero que ahora no deben
los ministros del Altsimo saber esgrimir ms armas que las de la
persuasin.--Y cuando la persuasin no basta--aade mi padre--, no
viene bien corroborar un poco los argumentos a linternazos?--El
misionero completo, segn entiende mi padre, debe en ocasiones apelar a
estos medios heroicos; y como mi padre ha ledo muchos romances e
histonas, cita ejemplos en apoyo de su opinin. Cita en primer lugar a
Santiago, quien sin dejar de ser apstol ms acuchilla a los moros, que
les predica y persuade en su caballo blanco; cita a un seor de la Vera,
que fue con una embajada de los Reyes Catlicos para Boabdil, y que en
el patio de los Leones se enred con los moros en disputas teolgicas,
y, apurado ya de razones, sac la espada y arremeti contra ellos para
acabar de convertirlos; y cita, por ltimo, al hidalgo vizcano D. igo
de Loyola, el cual, en una controversia que tuvo con un moro sobre la
pureza de Mara Santsima, harto ya de las impas y horrorosas
blasfemias con que el moro le contradeca, se fue sobre l, espada en
mano, y si el moro no se salva por pies, le infunde el convencimiento en
el alma por estilo tremendo. Sobre el lance de San Ignacio, contesto yo
a mi padre, que fue antes de que el santo se hiciera sacerdote, y sobre
los otros ejemplos digo que no hay paridad.

En suma, yo me defiendo como puedo de las bromas de mi padre y me limito
a ser buen jinete, sin estudiar esas otras artes, tan impropias de los
clrigos, aunque mi padre asegura que no pocos clrigos espaoles las
saben y las ejercen a menudo en Espaa, aun en el da de hoy, a fin de
que la fe triunfe y se conserve o restaure la unidad catlica.

Me pesa en el alma de que mi padre sea as; de que hable con
irreverencia y burla de las cosas ms serias; pero no incumbe a un hijo
respetuoso el ir ms all de lo que voy en reprimir sus desahogos un
tanto volterianos. Los llamo un tanto volterianos, porque no acierto a
calificarlos bien. En el fondo, mi padre es buen catlico y esto me
consuela.

Ayer fue da de la Cruz y estuvo el lugar muy animado. En cada calle
hubo seis o siete cruces de Mayo llenas de flores, si bien ninguna tan
bella como la que puso Pepita en la puerta de su casa. Era un mar de
flores el que engalanaba la cruz.

Por la noche tuvimos fiesta en casa de Pepita. La cruz, que haba estado
en la calle, se coloc en una gran sala baja, donde hay piano, y nos dio
Pepita un espectculo sencillo y potico que yo haba visto cuando nio,
aunque no lo recordaba.

De la cabeza de la cruz pendan siete listones o cintas anchas, dos
blancas, dos verdes y tres encarnadas, que son los colores simblicos de
las virtudes teologales. Ocho nios de cinco o seis aos, representando
los Siete Sacramentos, asidos de las siete cintas que pendan de la
cruz, bailaron a modo de una contradanza muy bien ensayada. El bautismo
era un nio vestido de catecmeno con su tnica blanca; el orden otro
nio de sacerdote; la confirmacin, un obispito; la extremauncin, un
peregrino con bordn y esclavina llena de conchas; el matrimonio, un
novio y una novia, y un Nazareno con cruz y corona de espinas, la
penitencia.

El baile, ms que baile, fue una serie de reverencias, pasos,
evoluciones, y genuflexiones al comps de una msica no mala, de algo
como marcha, que el organista toc en el piano con bastante destreza.

Los nios, hijos de criados y familiares de la casa de Pepita, despus
de hacer su papel, se fueron a dormir muy regalados y agasajados.

La tertulia continu hasta las doce, y hubo refresco; esto es, tacillas
de almbar, y, por ltimo, chocolate con torta de bizcocho y agua con
azucarillos.

El retiro y la soledad de Pepita van olvidndose desde que volvi la
primavera, de lo cual mi padre est muy contento. De aqu en adelante,
Pepita recibir todas las noches, y mi padre quiere que yo sea de la
tertulia.

Pepita ha dejado el luto, y est ahora ms galana y vistosa, con trajes
ligeros y casi de verano, aunque siempre muy modestos.

Tengo la esperanza de que lo ms que mi padre me retendr ya por aqu
ser todo este mes. En Junio nos iremos juntos a esa ciudad; y ya Vd.
ver cmo libre de Pepita, que no piensa en m, ni se acordar de m
para malo ni para bueno, tendr el gusto de abrazar a Vd. y de lograr la
dicha de ser sacerdote.

       *       *       *       *       *

               _7 de Mayo_.

Todas las noches, de nueve a doce, tenemos, como ya indiqu a Vd.,
tertulia en casa de Pepita. Van cuatro o cinco seoras y otras tantas
seoritas del lugar, contando con la ta Casilda, y van tambin seis o
siete caballeritos, que suelen jugar a juegos de prendas con las nias.
Como es natural, hay tres o cuatro noviazgos.

La gente formal de la tertulia es la de siempre. Se compone, como si
dijramos, de los altos funcionarios: de mi padre, que es el cacique,
del boticario, del mdico, del escribano y del seor vicario.

Pepita juega al tresillo con mi padre, con el seor vicario y con algn
otro.

Yo no s de qu lado ponerme. Si me voy con la gente joven estorbo con
mi gravedad en sus juegos y enamoramientos. Si me voy con el estado
mayor, tengo que hacer el papel de mirn en una cosa que no entiendo. Yo
no s ms juegos de naipes que el burro ciego, el burro con vista, y un
poco de tute o brisca cruzada.

Lo mejor sera que yo no fuese a la tertulia: pero mi padre se empea en
que vaya. Con no ir, segn l, me pondra en ridculo.

Muchos extremos de admiracin hace mi padre al notar mi ignorancia de
ciertas cosas. Esto de que yo no sepa jugar al tresillo, siquiera al
tresillo, le tiene maravillado.

--Tu to te ha criado--me dice--debajo de un fanal, hacindote tragar
teologa y ms teologa, y dejndote a obscuras de lo dems que hay que
saber. Por lo mismo que vas a ser clrigo y que no podrs bailar ni
enamorar en las reuniones, necesitas jugar al tresillo. Si no, qu vas
a hacer, desdichado?

A estos y otros discursos por el estilo he tenido que rendirme, y mi
padre me est enseando en casa a jugar al tresillo, para que, no bien
lo sepa, lo juegue en la tertulia de Pepita. Tambin, como ya le dije a
Vd., ha querido ensearme la esgrima, y despus a fumar y a tirar la
pistola y a la barra; pero en nada de esto he consentido yo.

--Qu diferencia--exclama mi padre--, entre tu mocedad y la ma!

Y luego aade rindose:

--En sustancia, todo es lo mismo. Yo tambin tena mis horas cannicas
en el cuartel de guardias de Corps: el cigarro era el incensario, la
baraja el libro de coro, y nunca me faltaban otras devociones y
ejercicios ms o menos espirituales.

Aunque Vd. me tena prevenido acerca de estas genialidades de mi padre,
y de que por ellas haba estado yo con Vd. doce aos, desde los diez a
los veintids, todava me aturden y desazonan los dichos de mi padre,
sobrado libres a veces. Pero qu le hemos de hacer? Aunque no puedo
censurrselos, tampoco se los aplaudo ni se los ro.

Lo singular y plausible es que mi padre es otro hombre cuando est en
casa de Pepita. Ni por casualidad se le escapa una sola frase, un solo
chiste de estos que prodiga tanto en otros lugares. En casa de Pepita es
mi padre el propio comedimiento. Cada da parece adems ms prendado de
ella y con mayores esperanzas del triunfo.

Sigue mi padre contentsimo de m como discpulo de equitacin. Dentro
de cuatro o cinco das asegura que podr ya montar en Lucero, caballo
negro, hijo de un caballo rabe y de una yegua de la casta de
Guadalczar, saltador, corredor, lleno de fuego y adiestrado en todo
linaje de corvetas.

--Quien eche a Lucero los calzones encima--dice mi padre--, ya puede
apostarse a montar con los propios centauros; y t le echars calzones
encima dentro de poco.

Aunque me paso todo el da en el campo a caballo, en el casino y en la
tertulia, robo algunas horas al sueo, ya voluntariamente, ya porque me
desvelo, y medito en mi posicin y hago examen de conciencia. La imagen
de Pepita est siempre presente en mi alma. Ser esto amor?, me
pregunto.

Mi compromiso moral, mi promesa de consagrarme a los altares, aunque no
confirmada, es para m valedera y perfecta. Si algo que se oponga al
cumplimiento de esa promesa ha penetrado en mi alma, es necesario
combatirlo.

Desde luego noto, y no me acuse Vd. de soberbia porque le digo lo que
noto, que el imperio de mi voluntad, que Vd. me ha enseado a ejercer,
es omnmodo sobre todos mis sentidos. Mientras Moiss en la cumbre del
Sina conversaba con Dios, la baja plebe en la llanura adoraba rebelde
el becerro. A pesar de mis pocos aos, no teme mi espritu rebeldas
semejantes. Bien pudiera conversar con Dios con plena seguridad, si el
enemigo no viniese a pelear contra m en el mismo santuario. La imagen
de Pepita se me presenta en el alma. Es un espritu quien hace guerra a
mi espritu; es la idea de su hermosura en toda su inmaterial pureza la
que se me ofrece en el camino que gua al abismo profundo del alma donde
Dios asiste, y me impide llegar a l.

No me obceco, con todo. Veo claro, distingo, no me alucino. Por cima de
esta inclinacin espiritual que me arrastra hacia Pepita est el amor de
lo infinito y de lo eterno. Aunque yo me represente a Pepita como una
idea, como una poesa, no deja de ser la idea, la poesa de algo finito,
limitado, concreto, mientras que el amor de Dios y el concepto de Dios
todo lo abarcan. Pero por ms esfuerzos que hago, no acierto a revestir
de una forma imaginaria ese concepto supremo, objeto de un afecto
superiorsimo, para que luche con la imagen, con el recuerdo de la
beldad caduca y efmera que de continuo me atosiga. Fervorosamente pido
al cielo que se despierte en m la fuerza imaginativa y cree una
semejanza, un smbolo de ese concepto que todo lo comprende, a fin de
que absorba y ahogue la imagen, el recuerdo de esta mujer. Es vago, es
oscuro, es indescriptible, es como tiniebla profunda el ms alto
concepto, blanco de mi amor; mientras que ella se me representa con
determinados contornos, clara, evidente, luminosa con la luz velada que
resisten los ojos del espritu, no luminosa con la otra luz intenssima
que para los ojos del espritu es como tinieblas.

Toda otra consideracin, toda otra forma, no destruye la imagen de esta
mujer. Entre el Crucifijo y yo se interpone; entre la imagen devotsima
de la Virgen y yo se interpone; sobre la pgina del libro espiritual que
leo viene tambin a interponerse.

No creo, sin embargo, que estoy haciendo de lo que llaman amor en el
siglo. Y aunque lo estuviera, yo luchara y vencera.

La vista diaria de esa mujer y el or cantar sus alabanzas de continuo,
hasta al padre vicario, me tienen preocupado; divierten mi espritu
hacia lo profano y le alejan de su debido recogimiento; pero no, yo no
amo a Pepita todava. Me ir y la olvidar.

Mientras aqu permanezca, combatir con valor. Combatir con Dios para
vencerle por el amor y el rendimiento. Mis clamores llegarn a l como
inflamadas saetas y derribarn el escudo con que se defiende y oculta a
los ojos de mi alma. Yo pelear como Israel en el silencio de la noche,
y Dios me llagar en el muslo y me quebrantar en ese combate, para que
yo sea vencedor siendo vencido.

       *       *       *       *       *

               _12 de Mayo_.

Antes de lo que yo pensaba, querido to, me decidi mi padre a que
montase en Lucero. Ayer, a las seis de la maana, cabalgu en esta
hermosa fiera, como le llama mi padre, y me fui con mi padre al campo.
Mi padre iba caballero en una jaca alazana.

Lo hice tan bien, fui tan seguro y apuesto en aquel soberbio animal, que
mi padre no pudo resistir a la tentacin de lucir a su discpulo, y
despus de reposarnos en un cortijo que tiene a media legua de aqu, y a
eso de las once, me hizo volver al lugar y entrar por lo ms concurrido
y cntrico, metiendo mucha bulla y desempedrando las calles. No hay que
afirmar que pasamos por la de Pepita, quien de algn tiempo a esta parte
se va haciendo algo ventanera y estaba a la reja, en una ventana baja,
detrs de la verde celosa.

No bien sinti Pepita el ruido y alz los ojos y nos vio, se levant,
dej la costura que traa entre manos y se puso a miramos. Lucero, que,
segn he sabido despus, tiene ya la costumbre de hacer piernas cuando
pasa por delante de la casa de Pepita, empez a retozar y a levantarse
un poco de manos. Yo quise calmarle, pero como extraase las mas, y
tambin extraase al jinete, desprecindole tal vez, se alborot ms y
ms y empez a dar resoplidos, a hacer corvetas y aun a dar algunos
botes; pero yo me tuve firme y sereno, mostrndole que era su amo,
castigndole con la espuela, tocndole con el ltigo en el pecho y
retenindole por la brida. Lucero, que casi se haba puesto de pie sobre
los cuartos traseros, se humill entonces hasta doblar mansamente las
rodillas haciendo una reverencia.

La turba de curiosos, que se haba agrupado alrededor, rompi en
estrepitosos aplausos. Mi padre dijo:

--Bien por los mozos crudos y de arrestos!

Y notando despus que Currito, que no tiene otro oficio que el de
paseante, se hallaba entre el concurso, se dirigi a l con estas
palabras:

--Mira, arrastrado; mira al _telogo_ ahora, y, en vez de burlarte,
qudate patitieso de asombro.

En efecto, Currito estaba con la boca abierta, inmvil, verdaderamente
asombrado.

Mi triunfo fue grande y solemne, aunque impropio de mi carcter. La
inconveniencia de este triunfo me infundi vergenza. El rubor color
mis mejillas. Deb ponerme encendido como la grana, y ms an cuando
advert que Pepita me aplauda y me saludaba cariosa, sonriendo y
agitando sus lindas manos.

En fin, he ganado la patente de hombre recio y de jinete de primera
calidad.

Mi padre no puede estar ms satisfecho y orondo; asegura que est
completando mi educacin; que usted le ha enviado en m un libro muy
sabio, pero en borrador y desencuadernado, y que l est ponindome en
limpio y encuadernndome.

El tresillo, si es parte de la encuadernacin y de la limpieza, tambin
est ya aprendido.

Dos noches he jugado con Pepita.

La noche que sigui a mi hazaa ecuestre, Pepita me recibi
entusiasmada, e hizo lo que nunca haba querido ni se haba atrevido a
hacer conmigo: me alarg la mano.

No crea Vd. que no record lo que recomiendan tantos y tantos moralistas
y ascetas; pero, all en mi mente, pens que exageraban el peligro.
Aquello del Espritu Santo de que el que echa mano a una mujer se expone
como si cogiera un escorpin, me pareci dicho en otro sentido. Sin duda
que en los libros devotos, con la ms sana intencin, se interpretan
harto duramente ciertas frases y sentencias de la Escritura. Cmo
entender, si no, que la hermosura de la mujer, obra tan perfecta de
Dios, es causa de perdicin siempre? Cmo entender tampoco, en sentido
general y constante, que la mujer es ms amarga que la muerte? Cmo
entender que el que toca a una mujer, en toda ocasin y con cualquier
pensamiento que sea, no saldr sin mancha?

En fin, yo respond rpidamente dentro de mi alma a estos y otros
avisos, y tom la mano que Pepita cariosamente me alargaba y la
estrech en la ma. La suavidad de aquella mano me hizo comprender mejor
su delicadeza y primor, que hasta entonces no conoca sino por los ojos.

Segn los usos del siglo, dada ya la mano una vez, la debe uno dar
siempre, cuando llega y cuando se despide. Espero que en esta ceremonia,
en esta prueba de amistad, en esta manifestacin de afecto, si se
procede con pureza y sin el menor tomo de livianidad, no ver Vd. nada
malo ni peligroso.

Como mi padre tiene que estar muchas noches con el aperador y con otra
gente de campo, y hasta las diez y media o las once suele no verse libre
yo le sustituyo en la mesa del tresillo al lado de Pepita. El seor
vicario y el escribano son casi siempre los otros tercios. Jugamos a
dcimo de real, de modo que un duro o dos es lo ms que se atraviesa en
la partida.

Mediando, como media, tan poco inters en el juego, lo interrumpimos
continuamente con agradables conversaciones y hasta con discusiones
sobre puntos extraos al mismo juego, en todo lo cual demuestra siempre
Pepita una lucidez de entendimiento, una viveza de imaginacin y una tan
extraordinaria gracia en el decir, que no pueden menos de maravillarme.

No hallo motivo suficiente para variar de opinin respecto a lo que ya
he dicho a Vd. contestando a sus recelos de que Pepita puede sentir
cierta inclinacin hacia m. Me trata con el afecto natural que debe
tener al hijo de su pretendiente D. Pedro de Vargas, y con la timidez y
encogimiento que inspira un hombre en mis circunstancias; que no es
sacerdote an, pero que pronto va a serlo.

Quiero y debo, no obstante, decir a Vd., ya que le escribo siempre como
si estuviese de rodillas delante de Vd. a los pies del confesionario,
una rpida impresin que he sentido dos o tres veces; algo que tal vez
sea una alucinacin o un delirio, pero que he notado.

Ya he dicho a Vd. en otras cartas que los ojos de Pepita, verdes como
los de Circe, tienen un mirar tranquilo y honestsimo. Se dira que ella
ignora el poder de sus ojos y no sabe que sirven ms que para ver.
Cuando fija en alguien la vista, es tan clara, franca y pura la dulce
luz de su mirada, que, en vez de hacer nacer ninguna mala idea, parece
que crea pensamientos limpios; que deja en reposo grato a las almas
inocentes y castas, y mata y destruye todo incentivo en las almas que no
lo son. Nada de pasin ardiente, nada de fuego hay en los ojos de
Pepita. Como la tibia luz de la luna es el rayo de su mirada.

Pues bien, a pesar de esto, yo he credo notar dos o tres veces un
resplandor instantneo, un relmpago, una llama fugaz devoradora en
aquellos ojos que se posaban en m. Ser vanidad ridcula sugerida por
el mismo demonio?

Me parece que s: quiero creer y creo que s.

Lo rpido, lo fugitivo de la impresin, me induce a conjeturar que no ha
tenido nunca realidad extrnseca; que ha sido ensueo mo.

La calma del cielo, el fro de la indiferencia amorosa, si bien templado
por la dulzura de la amistad y de la caridad, es lo que descubro siempre
en los ojos de Pepita.

Me atormenta, no obstante, este ensueo, esta alucinacin de la mirada
extraa y ardiente.

Mi padre dice que no son los hombres sino las mujeres las que toman la
iniciativa, y que la toman sin responsabilidad, y pudiendo negar y
volverse atrs cuando quieren. Segn mi padre, la mujer es quien se
declara por medio de miradas fugaces, que ella misma niega ms tarde a
su propia conciencia si es menester, y de las cuales, ms que leer,
logra el hombre a quien van dirigidas adivinar el significado. De esta
suerte, casi por medio de una conmocin elctrica, casi por medio de una
sutilsima e inexplicable intuicin se percata el que es amado de que es
amado, y luego, cuando se resuelve a hablar, va ya sobre seguro y con
plena confianza de la correspondencia.

Quin sabe si estas teoras de mi padre, odas por m, porque no puedo
menos de orlas, son las que me han calentado la cabeza y me han hecho
imaginar lo que no hay?

De todos modos, me digo a veces, sera tan absurdo, tan imposible que
lo hubiera? Y si lo hubiera, si yo agradase a Pepita de otro modo que
como amigo, si la mujer a quien mi padre pretende se prendase de m, no
sera espantosa mi situacin?

Desechemos estos temores fraguados sin duda por la vanidad. No hagamos
de Pepita una Fedra y de m un Hiplito.

Lo que s empieza a sorprenderme es el descuido y plena seguridad de mi
padre. Perdone usted, pdale a Dios que perdone mi orgullo; de vez en
cuando me pica y enoja la tal seguridad. Pues qu, me digo, soy tan
adefesio para que mi padre no tema que, a pesar de mi supuesta santidad,
o por mi misma supuesta santidad, no pueda yo enamorar, sin querer, a
Pepita?

Hay un curioso raciocinio, que yo me hago, y por donde me explico, sin
lastimar mi amor propio, el descuido paterno en este asunto importante.
Mi padre, aunque sin fundamento, se va considerando ya como marido de
Pepita, y empieza a participar de aquella ceguedad funesta que Asmodeo u
otro demonio ms torpe infunde a los maridos. Las historias profanas y
eclesisticas estn llenas de esta ceguedad, que Dios permite, sin duda
para fines providenciales. El ejemplo ms egregio quizs es el del
emperador Marco Aurelio, que tuvo mujer tan liviana y viciosa como
Faustina, y, siendo varn tan sabio y tan agudo filsofo, nunca advirti
lo que de todas las gentes que formaban el imperio romano era sabido;
por donde, en las meditaciones o memorias que sobre s mismo compuso, da
infinitas gracias a los dioses inmortales porque le haban concedido
mujer tan fiel y tan buena, y provoca la risa de sus contemporneos y de
las futuras generaciones. Desde entonces, no se ve otra cosa todos los
das, sino magnates y hombres principales que hacen sus secretarios y
dan todo su valimiento a los que le tienen con su mujer. De esta suerte
me explico que mi padre se descuide, y no recele que, hasta a pesar mo,
pudiera tener un rival en m.

Sera una falta de respeto, pecara yo de presumido e insolente, si
advirtiese a mi padre del peligro que no ve. No hay medio de que yo le
diga nada. Adems, qu haba yo de decirle? Que se me figura que una o
dos veces Pepita me ha mirado de otra manera que como suele mirar? No
puede ser esto ilusin ma? No; no tengo la menor prueba de que Pepita
desee siquiera coquetear conmigo.

Qu es, pues, lo que entonces podra yo decir a mi padre? Haba de
decirle que yo soy quien est enamorado de Pepita, que yo codicio el
tesoro que ya l tiene por suyo? Esto no es verdad; y sobre todo, cmo
declarar esto a mi padre, aunque fuera verdad, por mi desgracia y por mi
culpa?

Lo mejor es callarme; combatir en silencio, si la tentacin llega a
asaltarme de veras; y tratar de abandonar cuanto antes este pueblo y de
volverme con Vd.

       *       *       *       *       *

               _19 de Mayo_.

Gracias a Dios y a Vd. por las nuevas cartas y nuevos consejos que me
enva. Hoy los necesito ms que nunca.

Razn tiene la mstica doctora Santa Teresa cuando pondera los grandes
trabajos de las almas tmidas que se dejan turbar por la tentacin: pero
es mil veces ms trabajoso el desengao para quienes han sido, como yo,
confiados y soberbios.

Templos del Espritu Santo son nuestros cuerpos, mas si se arrima fuego
a sus paredes, aunque no ardan, se tiznan.

La primera sugestin es la cabeza de la serpiente. Si no la hollamos con
planta valerosa y segura, el ponzooso reptil sube a esconderse en
nuestro seno.

El licor de los deleites mundanos, por inocentes que sean, suele ser
dulce al paladar, y luego se trueca en hiel de dragones y veneno de
spides.

Es cierto: ya no puedo negrselo a Vd. Yo no deb poner los ojos con
tanta complacencia en esta mujer peligrossima.

No me juzgo perdido; pero me siento conturbado.

Como el corzo sediento desea y busca el manantial de las aguas, as mi
alma busca a Dios todava. A Dios se vuelve para que le d reposo, y
anhela beber en el torrente de sus delicias, cuyo mpetu alegra el
Paraso, y cuyas ondas claras ponen ms blanco que la nieve; pero un
abismo llama a otro abismo, y mis pies se han clavado en el cieno que
est en el fondo.

Sin embargo, an me quedan voz y aliento para clamar con el Salmista:
Levntate, gloria ma! Si te pones de mi lado, quin prevalecer
contra m?

Yo digo a mi alma pecadora, llena de quimricas imaginaciones y de vagos
deseos, que son sus hijos bastardos: Oh, hija miserable de Babilonia;
bienaventurado el que te dar tu galardn: bienaventurado el que deshar
contra las piedras a tus pequeuelos!

Las mortificaciones, el ayuno, la oracin, la penitencia sern las armas
de que me revista para combatir y vencer con el auxilio divino.

No era sueo, no era locura; era realidad. Ella me mira a veces con la
ardiente mirada de que ya he hablado a Vd. Sus ojos estn dotados de una
atraccin magntica inexplicable. Me atrae, me seduce, y se fijan en
ella los mos. Mis ojos deben arder entonces, como los suyos, con una
llama funesta; como los de Amn cuando se fijaban en Tamar; como los del
prncipe de Siqun cuando se fijaban en Dina.

Al mirarnos as, hasta de Dios me olvido. La imagen de ella se levanta
en el fondo de mi espritu, vencedora de todo. Su hermosura resplandece
sobre toda hermosura; los deleites del cielo me parecen inferiores a su
cario; una eternidad de penas creo que no paga la bienaventuranza
infinita que vierte sobre m en un momento con una de estas miradas, que
pasan cual relmpago.

Cuando vuelvo a casa, cuando me quedo solo en mi cuarto, en el silencio
de la noche, reconozco todo el horror de mi situacin, y formo buenos
propsitos, que luego se quebrantan.

Me prometo a m mismo fingirme enfermo, buscar cualquier otro pretexto
para no ir a la noche siguiente en casa de Pepita, y sin embargo voy.

Mi padre, confiado hasta lo sumo, sin sospechar lo que pasa en mi alma,
me dice cuando llega la hora:

--Vete a la tertulia. Yo ir ms tarde, luego que despache al aperador.

Yo no atino con la excusa, no hallo el pretexto, y en vez de
contestar;--no puedo ir--, tomo el sombrero y voy a la tertulia.

Al entrar, Pepita y yo nos damos la mano, y al drnosla me hechiza. Todo
mi ser se muda. Penetra hasta mi corazn un fuego devorante, y ya no
pienso ms que en ella. Tal vez soy yo mismo quien provoca las miradas
si tardan en llegar. La miro con insano ahnco, por un estmulo
irresistible, y a cada instante creo descubrir en ella nuevas
perfecciones. Ya los hoyuelos de sus mejillas cuando sonre, ya la
blancura sonrosada de la tez, ya la forma recta de la nariz, ya la
pequeez de la oreja, ya la suavidad de contornos y admirable modelado
de la garganta.

Entro en su casa, a pesar mo, como evocado por un conjuro; y, no bien
entro en su casa, caigo bajo el poder de su encanto; veo claramente que
estoy dominado por una maga, cuya fascinacin es ineluctable.

No es ella grata a mis ojos solamente, sino que sus palabras suenan en
mis odos como la msica de las esferas, revelndome toda la armona del
universo y hasta imagino percibir una sutilsima fragancia, que su
limpio cuerpo despide, y que supera al olor de los mastranzos que crecen
a orillas de los arroyos y al aroma silvestre del tomillo que en los
montes se cra.

Excitado de esta suerte, no s cmo juego al tresillo, ni hablo, ni
discurro con juicio, porque estoy todo en ella.

Cada vez que se encuentran nuestras miradas, se lanzan en ellas nuestras
almas, y en los rayos que se cruzan, se me figura que se unen y
compenetran. All se descubren mil inefables misterios de amor, all se
comunican sentimientos que por otro medio no llegaran a saberse, y se
recitan poesas que no caben en lengua humana, y se cantan canciones que
no hay voz que exprese ni acordada ctara que module.

Desde el da en que vi a Pepita en el Pozo de la Solana, no he vuelto a
verla a solas. Nada le he dicho ni me ha dicho, y sin embargo nos lo
hemos dicho todo.

Cuando me sustraigo a la fascinacin, cuando estoy solo por la noche en
mi aposento, quiero mirar con frialdad el estado en que me hallo, y veo
abierto a mis pies el precipicio en que voy a sumirme, y siento que me
resbalo y que me hundo.

Me recomienda Vd. que piense en la muerte; no en la de esta mujer, sino
en la ma. Me recomienda Vd. que piense en lo inestable, en lo inseguro
de nuestra existencia, y en lo que hay ms all. Pero esta consideracin
y esta meditacin ni me atemorizan ni me arredran. Cmo he de temer la
muerte cuando deseo morir? El amor y la muerte son hermanos. Un
sentimiento de abnegacin se alza de las profundidades de mi ser, y me
llama a s, y me dice que todo mi ser debe darse y perderse por el
objeto amado. Anso confundirme en una de sus miradas; diluir y evaporar
toda mi esencia en el rayo de luz que sale de sus ojos; quedarme muerto
mirndola, aunque me condene.

Lo que es an eficaz en m contra el amor, no es el temor, sino el amor
mismo. Sobre este amor determinado, que ya veo con evidencia que Pepita
me inspira, se levanta en mi espritu el amor divino, en consurreccin
poderosa. Entonces todo se cambia en m, y aun me promete la victoria.
El objeto de mi amor superior se ofrece a los ojos de mi mente como el
sol que todo lo enciende y alumbra llenando de luz los espacios; y el
objeto de mi amor ms bajo, como tomo de polvo que vaga en el ambiente
y que el sol dora. Toda su beldad, todo su resplandor, todo su
atractivo, no es ms que el reflejo de ese sol increado, no es ms que
la chispa brillante, transitoria, inconsistente, de aquella infinita y
perenne hoguera.

Mi alma, abrasada de amor, pugna por criar alas, y tender el vuelo, y
subir a esa hoguera, y consumir all cuanto hay en ella de impuro.

Mi vida, desde hace algunos das, es una lucha constante. No s cmo el
mal que padezco no me sale a la cara. Apenas me alimento; apenas duermo.
Si el sueo cierra mis prpados, suelo despertar azorado, como si me
hallase peleando en una batalla de ngeles rebeldes y de ngeles buenos.
En esta batalla de la luz contra las tinieblas, yo combato por la luz;
pero tal vez imagino que me paso al enemigo, que soy un desertor infame;
y oigo la voz del guila de Patmos que dice: Y los hombres prefirieron
las tinieblas a la luz; y entonces me lleno de terror y me juzgo
perdido.

No me queda ms recurso que huir. Si en lo que falta para terminar el
mes, mi padre no me da su venia y no viene conmigo, me escapo como un
ladrn; me fugo sin decir nada.

       *       *       *       *       *

               _23 de Mayo_.

Soy un vil gusano y no un hombre: soy el oprobio y la abyeccin de la
humanidad; soy un hipcrita.

Me han circundado dolores de muerte, y torrentes de iniquidad me han
conturbado.

Vergenza tengo de escribir a Vd., y no obstante le escribo. Quiero
confesrselo todo.

No logro enmendarme. Lejos de dejar de ir a casa de Pepita, voy ms
temprano todas las noches. Se dira que los demonios me agarran de los
pies y me llevan all sin que yo quiera.

Por dicha, no hallo sola nunca a Pepita. No quisiera hallarla sola. Casi
siempre se me adelanta el excelente padre vicario, que atribuye nuestra
amistad a la semejanza de gustos piadosos, y la funda en la devocin,
como la amistad inocentsima que l le profesa.

El progreso de mi mal es rpido. Como piedra que se desprende de lo alto
del templo y va aumentando su velocidad en la cada, as va mi espritu
ahora.

Cuando Pepita y yo nos damos la mano, no es ya como al principio. Ambos
hacemos un esfuerzo de voluntad, y nos transmitimos, por nuestras
diestras enlazadas, todas las palpitaciones del corazn. Se dira que,
por arte diablico, obramos una transfusin y mezcla de lo ms sutil de
nuestra sangre. Ella debe de sentir circular mi vida por sus venas, como
yo siento en las mas la suya.

Si estoy cerca de ella, la amo; si estoy lejos, la odio. A su vista, en
su presencia, me enamora, me atrae, me rinde con suavidad, me pone un
yugo dulcsimo.

Su recuerdo me mata. Soando con ella, sueo que me divide la garganta
como Judith al capitn de los asirios, que me atraviesa las sienes con
un clavo, como Jael a Sisara; pero a su lado, me parece la esposa del
_Cantar de los Cantares_, y la llamo con voz interior, y la bendigo, y la
juzgo fuente sellada, huerto cerrado, flor del valle, lirio de los
campos, paloma ma y hermana.

Quiero libertarme de esta mujer y no puedo. La aborrezco y casi la
adoro. Su espritu se infunde en m al punto que la veo, y me posee, y
me domina, y me humilla.

Todas las noches salgo de su casa diciendo: esta ser la ltima noche
que vuelva aqu; y vuelvo a la noche siguiente.

Cuando habla, y estoy a su lado, mi alma queda como colgada de su boca;
cuando sonre, se me antoja que un rayo de luz inmaterial se me entra en
el corazn y le alegra.

A veces, jugando al tresillo, se han tocado por acaso nuestras rodillas,
y he sentido un indescriptible sacudimiento.

Squeme Vd. de aqu. Escriba Vd. a mi padre que me d licencia para
irme. Si es menester, dgaselo todo. Socrrame Vd. Sea Vd. mi amparo!

       *       *       *       *       *

               _30 de Mayo_.

Dios me ha dado fuerzas ara resistir y he resistido.

Hace das que no pongo los pies en casa de Pepita; que no la veo.

Casi no tengo que pretextar una enfermedad porque realmente estoy
enfermo. Estoy plido y ojeroso; y mi padre, lleno de afectuoso cuidado,
me pregunta qu padezco y me muestra el inters ms vivo.

El reino de los cielos cede a la violencia, y yo quiero conquistarle.
Con violencia llamo a sus puertas para que se me abran.

Con ajenjo me alimenta Dios para probarme, y en balde le pido que aparte
de m ese cliz de amargura: pero he pasado y paso en vela muchas
noches, entregado a la oracin, y ha venido a endulzar lo amargo del
cliz una inspiracin amorosa del espritu consolador y soberano.

He visto con los ojos del alma la nueva patria, y en lo ms ntimo de mi
corazn ha resonado el cntico nuevo de la Jerusaln celeste.

Si al cabo logro vencer, ser gloriosa la victoria; pero se la deber a
la Reina de los ngeles, a quien me encomiendo. Ella es mi refugio y mi
defensa; torre y alczar de David, de que penden mil escudos y armaduras
de valerosos campeones; cedro del Lbano que pone en fuga a las
serpientes.

En cambio, a la mujer que me enamora de un modo mundanal, procuro
menospreciarla y abatirla en mi pensamiento, recordando las palabras del
Sabio y aplicndoselas.

Eres lazo de cazadores, la digo; tu corazn es red engaosa y tus manos
redes que atan: quien ama a Dios huir de ti, y el pecador ser por ti
aprisionado.

Meditando sobre el amor, hallo mil motivos para amar a Dios y no amarla.

Siento en el fondo de mi corazn una inefable energa que me convence de
que yo lo despreciara todo por el amor de Dios: la fama, la honra, el
poder y el imperio. Me hallo capaz de imitar a Cristo; y si el enemigo
tentador me llevase a la cumbre de la montaa y me ofreciese todos los
reinos de la tierra, porque doblase ante l la rodilla, yo no la
doblara: pero cuando me ofrece a esta mujer, vacilo an y no le
rechazo. Vale ms esta mujer a mis ojos que todos los reinos de la
tierra; ms que la fama, la honra, el poder y el imperio?

La virtud del amor, me pregunto a veces, es la misma siempre, aunque
aplicada a diversos objetos, o bien hay dos linajes y condiciones de
amores? Amar a Dios me parece la negacin del egosmo y del
exclusivismo. Amndole, puedo y quiero amarlo todo por l, y no me enojo
ni tengo celos de que l lo ame todo. No estoy celoso ni envidioso de
los santos, de los mrtires, de los bienaventurados, ni de los mismos
serafines. Mientras mayor me represento el amor de Dios a las criaturas
y los favores y regalos que les hace, menos celoso estoy y ms le amo, y
ms cercano a m le juzgo, y ms amoroso y fino me parece que est
conmigo. Mi hermandad, mi ms que hermandad con todos los seres, resalta
entonces de un modo dulcsimo. Me parece que soy uno con todo, y que
todo est enlazado con lazada de amor por Dios y en Dios.

Muy al contrario, cuando pienso en esta mujer y en el amor que me
inspira. Es un amor de odio, que me aparta de todo, menos de m. La
quiero para m; toda para m y yo todo para ella. Hasta la devocin y el
sacrificio por ella son egostas. Morir por ella sera por desesperacin
de no lograrla de otra suerte, o por esperanza de no gozar de su amor
por completo, sino muriendo y confundindome con ella en un eterno
abrazo.

Con todas estas consideraciones procuro hacer aborrecible el amor de
esta mujer; pongo en este amor mucho de infernal y de horriblemente
ominoso; pero como si tuviese yo dos almas, dos entendimientos, dos
voluntades y dos imaginaciones, pronto surge dentro de m la idea
contraria; pronto me niego lo que acabo de afirmar, y procuro conciliar
locamente los dos amores. Por qu no huir de ella y seguir amndola sin
dejar de consagrarme fervorosamente al servicio de Dios? As como el
amor de Dios no excluye el amor de la patria, el amor de la humanidad,
el amor de la ciencia, el amor de la hermosura en la naturaleza y en el
arte, tampoco debe excluir este amor, si es espiritual e inmaculado. Yo
har de ella, me digo, un smbolo, una alegora, una imagen de todo lo
bueno y hermoso. Ser para m, como Beatriz para Dante, figura y
representacin de mi patria, del saber y de la belleza.

Esto me hace caer en una horrible imaginacin, en un monstruoso
pensamiento. Para hacer de Pepita ese smbolo, esa vaporosa y etrea
imagen, esa cifra y resumen de cuanto puedo amar por bajo de Dios, en
Dios y subordinndolo a Dios, me la finjo muerta, como Beatriz estaba
muerta cuando Dante la cantaba.

Si la dejo entre los vivos, no acierto a convertirla en idea pura, y
para convertirla en idea pura, la asesino en mi mente.

Luego la lloro, luego me horrorizo de mi crimen, y me acerco a ella en
espritu, y con el calor de mi corazn le vuelvo la vida, y la veo, no
vagarosa, difana, casi esfumada entre nubes de color de rosa y flores
celestiales, como vio el feroz Gibelino a su amada en la cima del
Purgatorio, sino consistente, slida, bien delineada en el ambiente
sereno y claro, como las obras ms perfectas del cincel helnico, como
Galatea, animada ya por el afecto de Pigmalin, y bajando llena de vida,
respirando amor, lozana de juventud y de hermosura, de su pedestal de
mrmol.

Entonces exclamo desde el fondo de mi conturbado corazn: Mi virtud
desfallece; Dios mo, no me abandones. Apresrate a venir en mi auxilio.
Mustrame tu cara y ser salvo.

As recobro las fuerzas para resistir a la tentacin. As renace en m
la esperanza de que volver al antiguo reposo no bien me aparte de estos
sitios.

El demonio anhela con furia tragarse las aguas puras del Jordn, que son
las personas consagradas a Dios. Contra ellas se conjura el infierno y
desencadena todos sus monstruos. San Buenaventura lo ha dicho: No
debemos admirarnos de que estas personas pecaron, sino de que no
pecaron. Yo, con todo, sabr resistir y no pecar. Dios me protege.

       *       *       *       *       *

               _6 de Junio_.

La nodriza de Pepita, hoy su ama de llaves, es, como dice mi padre, una
buena pieza de arrugadillo: picotera, alegre y hbil como pocas. Se cas
con el hijo del Maestro Cencias, y ha heredado del padre lo que el hijo
no hered: una portentosa facilidad para las artes y los oficios. La
diferencia est en que el Maestro Cencias compona un husillo de lagar,
arreglaba las ruedas de una carreta o haca un arado, y esta nuera suya
hace dulces, arropes y otras golosinas. El suegro ejerca las artes de
utilidad: la nuera las del deleite, aunque deleite inocente o lcito al
menos.

Antoona, que as se llama, tiene o se toma la mayor confianza con todo
el seoro. En todas las casas entra y sale como en la suya. A todos los
seoritos y seoritas de la edad de Pepita, o de cuatro o cinco aos
ms, los tutea, los llama nios y nias, y los trata como si los hubiera
criado a sus pechos.

A m me habla de mira, como a los otros. Viene a verme, entra en mi
cuarto, y ya me ha dicho varias veces que soy un ingrato, y que hago mal
en no ir a ver a su seora.

Mi padre, sin advertir nada, me acusa de extravagante; me llama bho, y
se empea tambin en que vuelva a la tertulia. Anoche no pude ya
resistirme a sus repetidas instancias, y fui muy temprano, cuando mi
padre iba a hacer las cuentas con el aperador.

Ojal no hubiera ido!

Pepita estaba sola. Al vernos, al saludarnos, nos pusimos los dos
colorados. Nos dimos la mano con timidez, sin decirnos palabra.

Yo no estrech la suya: ella no estrech la ma; pero las conservamos
unidas un breve rato.

En la mirada que Pepita me dirigi nada haba de amor, sino de amistad,
de simpata, de honda tristeza.

Haba adivinado toda mi lucha interior: presuma que el amor divino
haba triunfado en mi alma; que mi resolucin de no amarla era firme e
invencible.

No se atreva a quejarse de m; no tena derecho a quejarse de m;
conoca que la razn estaba de mi parte. Un suspiro, apenas perceptible,
que se escap de sus frescos labios entreabiertos, manifest cunto lo
deploraba.

Nuestras manos seguan unidas an. Ambos mudos. Cmo decirle que yo no
era para ella, ni ella para m?; Qu importaba separamos para siempre!

Sin embargo, aunque no se lo dije con palabras, se lo dije con los ojos.
Mi severa mirada confirm sus temores: la persuadi de la irrevocable
sentencia.

De pronto se nublaron sus ojos; todo su rostro hermoso, plido ya de una
palidez traslcida, se contrajo con una bellsima expresin de
melancola. Pareca la madre de los dolores. Dos lgrimas brotaron
lentamente de sus ojos y empezaron a deslizarse por sus mejillas.

No s lo que pas en m. Ni cmo describirlo, aunque lo supiera?

Acerqu mis labios a su cara para enjugar el llanto, y se unieron
nuestras bocas en un beso.

Inefable embriaguez, desmayo fecundo en peligros invadi todo mi ser y
el ser de ella. Su cuerpo desfalleca y la sostuve entre mis brazos.

Quiso el cielo que oysemos los pasos y la tos del padre vicario que
llegaba, y nos separamos al punto.

Volviendo en m, y reconcentrando todas las fuerzas de mi voluntad, pude
entonces llenar con estas palabras, que pronunci en voz baja e intensa,
aquella terrible escena silenciosa:

--El primero y el ltimo!

Yo aluda al beso profano; mas, como si hubieran sido mis palabras una
evocacin, se ofreci en mi mente la visin apocalptica en toda su
terrible majestad. Vi al que es por cierto el primero y el ltimo, y con
la espada de dos filos que sala de su boca me hera en el alma, llena
de maldades, de vicios y de pecados.

Toda aquella noche la pas en un frenes, en un delirio interior, que no
s cmo disimulaba.

Me retir de casa de Pepita muy temprano.

En la soledad fue mayor mi amargura.

Al recordarme de aquel beso y de aquellas palabras de despedida, me
comparaba yo con el traidor Judas, que venda besando, y con el
sanguinario y alevoso asesino Joab, cuando al besar a Amas, le hundi
el hierro agudo en las entraas.

Haba incurrido en dos traiciones y en dos falsas. Haba faltado a Dios
y a ella.

Soy un ser abominable.

       *       *       *       *       *

               _11 de Junio_.

An es tiempo de remediarlo todo. Pepita sanar de su amor y olvidar la
flaqueza que ambos tuvimos.

Desde aquella noche no he vuelto a su casa.

Antoona no parece por la ma.

A fuerza de splicas he logrado de mi padre la promesa formal de que
partiremos de aqu el 25, pasado el da de San Juan, que aqu se celebra
con fiestas lucidas, y en cuya vspera hay una famosa velada.

Lejos de Pepita, me voy serenando, y creyendo que tal vez ha sido una
prueba este comienzo de amores.

En todas estas noches he rezado, he velado, me he mortificado mucho.

La persistencia de mis plegarias, la honda contricin de mi pecho han
hallado gracia delante del Seor, quien ha mostrado su gran
misericordia.

El Seor, como dice el Profeta, ha enviado fuego a lo ms robusto de mi
espritu, ha alumbrado mi inteligencia, ha encendido lo ms alto de mi
voluntad, y me ha enseado.

La actividad del amor divino, que est en la voluntad suprema, ha podido
en ocasiones, sin yo merecerlo, llevarme hasta la oracin de quietud
afectiva. He desnudado las potencias inferiores de mi alma de toda
imagen, hasta de la imagen de esa mujer; y he credo, si el orgullo no
me alucina, que he conocido y gozado en paz, con la inteligencia y con
el afecto, del bien supremo que est en el centro y abismo del alma.

Ante este bien todo es miseria; ante esta hermosura es fealdad todo;
ante esta felicidad, todo es infortunio; ante esta altura todo es
bajeza. Quin no olvidar y despreciar por el amor de Dios todos los
dems amores?

S: la imagen profana de esa mujer saldr definitivamente y para siempre
de mi alma. Yo har un azote dursimo de mis oraciones y penitencias, y
con l la arrojar de all, como Cristo arroj del templo a los
condenados mercaderes.

       *       *       *       *       *

               _18 de Junio_.

sta ser la ltima carta que yo escriba a Vd.

El veinticinco saldr de aqu sin falta. Pronto tendr el gusto de dar a
Vd. un abrazo.

Cerca de Vd. estar mejor. Vd. me infundir nimo y me prestar la
energa de que carezco.

Una tempestad de encontradas afecciones combate ahora mi corazn.

El desorden de mis ideas se conocer en el desorden de lo que estoy
escribiendo.

Dos veces he vuelto a casa de Pepita. He estado fro, severo, como deba
estar: pero cunto me ha costado!

Ayer me dijo mi padre que Pepita est indispuesta y que no recibe.

En seguida me asalt el pensamiento de que su amor mal pagado podra ser
la causa de la enfermedad.

Por qu la he mirado con las mismas miradas de fuego con que ella me
miraba? Por qu la he engaado vilmente? Por qu la he hecho creer que
la quera? Por qu mi boca infame busc la suya y se abras y la abras
con las llamas del infierno?

Pero no: mi pecado no ha de traer como indefectible consecuencia otro
pecado.

Lo que ya fue no puede dejar de haber sido, pero puede y debe
remediarse.

El 25, repito, partir sin falta.

La desenvuelta Antoona acaba de entrar a verme.

Escond esta carta, como si fuera una maldad escribir a Vd.

Solo un minuto ha estado aqu Antoona.

Yo me levant de la silla para hablar con ella de pie y que la visita
fuera corta.

En tan corta visita, me ha dicho mil locuras que me afligen
profundamente.

Por ltimo, ha exclamado, al despedirse, en su jerga medio gitana:

Anda, fullero de amor, _indinote_; maldecido seas; _malos chuqueles te
tagelen el drupro_, que has puesto enferma a la nia, y con tus
retrecheras la ests matando!

Dicho esto, la endiablada mujer me aplic de una manera indecorosa y
plebeya, por bajo de las espaldas, seis o siete feroces pellizcos, como
si quisiera sacarme a trdigas el pellejo. Despus se larg echando
chispas.

No me quejo: merezco esta broma brutal, dado que sea broma. Merezco que
me atenacen los demonios con tenazas hechas ascuas.

Dios mo, haz que Pepita me olvide: haz, si es menester, que ame a otro
y sea con l dichosa!

Puedo pedirte ms, Dios mo?

Mi padre no sabe nada; no sospecha nada. Ms vale as.

Adis. Hasta dentro de pocos das, que nos veremos y abrazaremos.

Qu mudado va Vd. a encontrarme! Qu lleno de amargura mi corazn!
Cun perdida la inocencia! Qu herida y qu lastimada mi alma!




-II-

Paralipmenos


No hay ms cartas de D. Luis de Vargas que las que hemos transcrito. Nos
quedaramos, pues, sin averiguar el trmino que tuvieron estos amores, y
esta sencilla y apasionada historia no acabara, si un sujeto,
perfectamente enterado de todo, no hubiese compuesto la relacin que
sigue.

       *       *       *       *       *

Nadie extra en el lugar la indisposicin de Pepita, ni menos pens en
buscarle una causa que slo nosotros, ella, D. Luis, el seor den y la
discreta Antoona, sabemos hasta lo presente.

Ms bien hubieran podido extraarse la vida alegre, las tertulias
diarias y hasta los paseos campestres de Pepita, durante algn tiempo.
El que volviese Pepita a su retiro habitual era naturalsimo.

Su amor por D. Luis, tan silencioso y tan reconcentrado, se ocult a las
miradas investigadoras de doa Casilda, de Currito y de todos los
personajes del lugar que en las cartas de don Luis se nombran. Menos
poda saberlo el vulgo. A nadie le caba en la cabeza, a nadie le pasaba
por la imaginacin, que el _telogo_, _el santo_, como llamaban a D. Luis,
rivalizase con su padre, y hubiera conseguido lo que no haba conseguido
el terrible y poderoso D. Pedro de Vargas: enamorar a la linda,
elegante, esquiva y zaharea viudita.

A pesar de la familiaridad que las seoras de lugar tienen con sus
criadas, Pepita nada haba dejado traslucir a ninguna de las suyas. Slo
Antoona, que era un lince para todo, y ms an para las cosas de su
nia, haba penetrado el misterio.

Antoona no call a Pepita su descubrimiento, y Pepita no acert a negar
la verdad a aquella mujer que la haba criado, que la idolatraba, y que,
si bien se complaca en descubrir y referir cuanto pasa en el pueblo,
siendo modelo de maldicientes, era sigilosa y leal como pocas para lo
que importaba a su dueo.

De esta suerte se hizo Antoona la confidenta de Pepita, la cual hallaba
gran consuelo en desahogar su corazn con quien, si era vulgar o grosera
en la expresin o en el lenguaje, no lo era en los sentimientos y en las
ideas que expresaba y formulaba.

Por lo dicho se explican las visitas de Antoona a D. Luis, sus
palabras, y hasta los feroces, poco respetuosos y mal colocados
pellizcos, con que macer sus carnes y atorment su dignidad la ltima
vez que estuvo a verle.

Pepita, no slo no haba excitado a Antoona a que fuese a D. Luis con
embajadas, pero ni saba siquiera que hubiese ido.

Antoona haba tomado la iniciativa y haba hecho papel en este asunto,
porque as lo quiso.

Como ya se dijo, se haba enterado de todo con perspicacia maravillosa.

Cuando la misma Pepita apenas se haba dado cuenta de que amaba a D.
Luis, ya Antoona lo saba. Apenas empez Pepita a lanzar sobre l
aquellas ardientes, furtivas e involuntarias miradas que tanto destrozo
hicieron, miradas que nadie sorprendi de los que estaban presentes,
Antoona, que no lo estaba, habl a Pepita de las miradas. Y no bien las
miradas recibieron dulce pago, tambin lo supo Antoona.

Poco tuvo, pues, la seora que confiar a una criada tan penetrante y tan
zahor de cuanto pasaba en lo ms escondido de su pecho.

       *       *       *       *       *

A los cinco das de la fecha de la ltima carta que hemos ledo, empieza
nuestra narracin.

Eran las once de la maana. Pepita estaba en una sala alta al lado de su
alcoba y de su tocador, donde nadie, salvo Antoona, entraba jams sin
que llamase ella.

Los muebles de aquella sala eran de poco valor, pero cmodos y aseados.
Las cortinas y el forro de los sillones, sofs y butacas, eran de tela
de algodn pintada de flores; sobre una mesita de caoba haba recado de
escribir y papeles; y en un armario, de caoba tambin, bastantes libros
de devocin y de historia. Las paredes se vean adornadas con cuadros,
que eran estampas de asuntos religiosos; pero con el buen gusto,
inaudito, raro, casi inverosmil en un lugar de Andaluca, de que dichas
estampas no fuesen malas litografas francesas, sino grabados de nuestra
Calcografa, como el Pasmo de Sicilia de Rafael, el San Ildefonso y la
Virgen, la Concepcin, el San Bernardo y los dos medios puntos de
Murillo.

Sobre una antigua mesa de roble, sostenida por columnas salomnicas, se
vea un contadorcillo o papelera con embutidos de concha, ncar, marfil
y bronce, y muchos cajoncitos, donde guardaba Pepita cuentas y otros
documentos. Sobre la misma mesa haba dos vasos de porcelana con muchas
flores. Colgadas en la pared haba por ltimo, algunas macetas de loza
de la Cartuja sevillana, con geranio-hiedra y otras plantas, y tres
jaulas doradas con canarios y jilgueros.

Aquella sala era el retiro de Pepita, donde no entraban de da sino el
mdico y el padre vicario, y donde a prima noche entraba slo el
aperador a dar sus cuentas. Aquella sala era y se llamaba el despacho.

Pepita estaba sentada, casi recostada en un sof, delante del cual haba
un velador pequeo con varios libros.

Se acababa de levantar, y vesta una ligera bata de verano. Su cabello
rubio, mal peinado an, pareca ms hermoso en su mismo desorden. Su
cara, algo plida y con ojeras, si bien llena de juventud, lozana y
frescura, pareca ms bella con el mal que le robaba colores.

Pepita mostraba impaciencia; aguardaba a alguien.

Al fin lleg y entr sin anunciarse la persona que aguardaba, que era el
padre vicario.

Despus de los saludos de costumbre, y arrellanado el padre vicario en
una butaca al lado de Pepita, se entabl la conversacin.

       *       *       *       *       *

--Me alegro, hija ma, de que me hayas llamado; pero sin que te hubieras
molestado en llamarme, ya iba yo a venir a verte. Qu plida ests!
Qu padeces? Tienes algo importante que decirme?

A esta serie de preguntas cariosas, empez a contestar Pepita con un
hondo suspiro. Despus dijo:

--No adivina Vd. mi enfermedad? No descubre Vd. la causa de mi
padecimiento?

El vicario se encogi de hombros y mir a Pepita con cierto susto,
porque nada saba, y le llamaba la atencin la vehemencia con que ella
se expresaba.

Pepita prosigui:

--Padre mo, yo no deb llamar a Vd., sino ir a la iglesia y hablar con
Vd. en el confesonario, y all confesar mis pecados. Por desgracia no
estoy arrepentida; mi corazn se ha endurecido en la maldad, y no he
tenido valor ni me he hallado dispuesta para hablar con el confesor,
sino con el amigo.

--Qu dices de pecados, ni de dureza de corazn? Ests loca? Qu
pecados han de ser los tuyos, si eres tan buena?

--No, padre, yo soy mala. He estado engaando a Vd., engandome a m
misma, queriendo engaar a Dios.

--Vamos, clmate, sernate; habla con orden y con juicio para no decir
disparates.

--Y cmo no decirlos, cuando el espritu del mal me posee?

--Ave Mara Pursima! Muchacha, no desatines. Mira, hija ma: tres son
los demonios ms temibles que se apoderan de las almas, y ninguno de
ellos, estoy seguro, se puede haber atrevido a llegar hasta la tuya. El
uno es Leviatn, o el espritu de la soberbia; el otro Mamn, o el
espritu de la avaricia; el otro Asmodeo, o el espritu de los amores
impuros.

--Pues de los tres soy vctima: los tres me dominan.

--Qu horror!... Repito que te calmes. De lo que t eres vctima es de
un delirio.

--Pluguiese a Dios que as fuera! Es por mi culpa lo contrario. Soy
avarienta, porque poseo cuantiosos bienes y no hago las obras de caridad
que debiera hacer; soy soberbia, porque he despreciado a muchos hombres,
no por virtud, no por honestidad, sino porque no los hallaba acreedores
a mi cario. Dios me ha castigado; Dios ha permitido que ese tercer
enemigo, de que Vd. habla, se apodere de m.

--Cmo es eso, muchacha? Qu diablura se te ocurre? Ests enamorada
quizs? Y si lo ests, qu mal hay en ello? No eres libre? Csate,
pues, y djate de tonteras. Seguro estoy de que mi amigo D. Pedro de
Vargas ha hecho el milagro. El demonio es el tal D. Pedro! Te declaro
que me asombra. No juzgaba yo el asunto tan mollar y tan maduro como
estaba.

--Pero si no es D. Pedro de Vargas de quien estoy enamorada.

--Pues de quin entonces?

Pepita se levant de su asiento; fue hacia la puerta; la abri; mir
para ver si alguien escuchaba desde fuera; la volvi a cerrar; se acerc
luego al padre vicario, y toda acongojada, con voz trmula, con lgrimas
en los ojos, dijo casi al odo del buen anciano:

--Estoy perdidamente enamorada de su hijo.

--De qu hijo?--interrumpi el padre vicario, que an no quera
creerlo.

--De qu hijo ha de ser? Estoy perdida, frenticamente enamorada de D.
Luis.

La consternacin, la sorpresa ms dolorosa se pint en el rostro del
cndido y afectuoso sacerdote.

Hubo un momento de pausa. Despus dijo el vicario:

--Pero ese es un amor sin esperanza: un amor imposible. D. Luis no te
querr.

Por entre las lgrimas que nublaban los hermosos ojos de Pepita, brill
un alegre rayo de luz; su linda y fresca boca, contrada por la
tristeza, se abri con suavidad, dejando ver las perlas de sus dientes y
formando una sonrisa.

--Me quiere--dijo Pepita con un ligero y mal disimulado acento de
satisfaccin y de triunfo, que se alzaba por cima de su dolor y de sus
escrpulos.

Aqu subieron de punto la consternacin y el asombro del padre vicario.
Si el santo de su mayor devocin hubiera sido arrojado del altar y
hubiera cado a sus pies, y se hubiera hecho cien mil pedazos, no se
hubiera el vicario consternado tanto. Todava mir a Pepita con
incredulidad, como dudando de que aquello fuese cierto y no una
alucinacin de la vanidad mujeril. Tan de firme crea en la santidad de
D. Luis y en su misticismo.

--Me quiere!--dijo otra vez Pepita, contestando a aquella incrdula
mirada.

--Las mujeres son peores que pateta!--dijo el vicario--. Echis la
zancadilla al mismsimo mengue.

--No se lo deca yo a Vd.? Yo soy muy mala!

--Sea todo por Dios! Vamos, sosigate. La misericordia de Dios es
infinita. Cuntame lo que ha pasado.

--Qu ha de haber pasado! Que le quiero, que le amo, que le adoro; que
l me quiere tambin, aunque lucha por sofocar su amor y tal vez lo
consiga; y que Vd., sin saberlo, tiene mucha culpa de todo.

--Pues no faltaba ms! Cmo es eso de que tengo yo mucha culpa?

--Con la extremada bondad que le es propia, no ha hecho Vd. ms que
alabarme a D. Luis, y tengo por cierto que a D. Luis le habr Vd. hecho
de m mayores elogios an, si bien harto menos merecidos. Qu haba de
suceder? Soy yo de bronce? Tengo ms de veinte aos?

--Tienes razn que te sobra. Soy un mentecato. He contribuido
poderosamente a esta obra de Lucifer.

El padre vicario era tan bueno y tan humilde que, al decir las
anteriores frases, estaba confuso y contrito, como si l fuese el reo y
Pepita el juez.

Conoci Pepita el egosmo rudo con que haba hecho cmplice y punto
menos que autor principal de su falta al padre vicario, y le habl de
esta suerte:

--No se aflija Vd., padre mo; no se aflija usted, por amor de Dios.
Mire Vd. si soy perversa! Cometo pecados gravsimos y quiero hacer
responsable de ellos al mejor y ms virtuoso de los hombres! No han sido
las alabanzas que Vd. me ha hecho de D. Luis sino mis ojos y mi poco
recato los que me han perdido. Aunque Vd. no me hubiera hablado jams de
las prendas de D. Luis, de su saber, de su talento y de su entusiasta
corazn, yo lo hubiera descubierto todo oyndole hablar, pues al cabo no
soy tan tonta ni tan rstica. Me he fijado adems en la gallarda de su
persona, en la natural distincin y no aprendida elegancia de sus
modales, en sus ojos llenos de fuego y de inteligencia, en todo l, en
suma, que me parece amable y deseable. Los elogios de Vd. han venido
slo a lisonjear mi gusto, pero no a despertarle. Me han encantado
porque coincidan con mi parecer y eran como el eco adulador, harto
amortiguado y debilsimo, de lo que yo pensaba. El ms elocuente encomio
que me ha hecho Vd. de D. Luis no ha llegado, ni con mucho, al encomio
que sin palabras me haca yo de l a cada minuto, a cada segundo, dentro
del alma.

--No te exaltes, hija ma!--interrumpi el padre vicario.

Pepita continu con mayor exaltacin:

--Pero qu diferencia entre los encomios de usted y mis pensamientos!
Vd. vea y trazaba en don Luis el modelo ejemplar del sacerdote, del
misionero, del varn apostlico; ya predicando el Evangelio en apartadas
regiones y convirtiendo infieles, ya trabajando en Espaa para realzar
la cristiandad, tan perdida hoy por la impiedad de los unos y la
carencia de virtud, de caridad y de ciencia de los otros. Yo, en cambio,
me le representaba galn, enamorado, olvidando a Dios por m,
consagrndome su vida, dndome su alma, siendo mi apoyo, mi sostn, mi
dulce compaero. Yo anhelaba cometer un robo sacrlego. Soaba con
robrsele a Dios y a su templo, como el ladrn, enemigo del cielo, que
roba la joya ms rica de la venerada Custodia. Para cometer este robo he
desechado los lutos de la viudez y de la orfandad y me he vestido galas
profanas; he abandonado mi retiro y he buscado y llamado a m a las
gentes; he procurado estar hermosa; he cuidado con infernal esmero de
todo este cuerpo miserable, que ha de hundirse en la sepultura y ha de
convertirse en polvo vil; y he mirado, por ltimo, a D. Luis con miradas
provocantes, y al estrechar su mano he querido transmitir de mis venas a
las suyas este fuego inextinguible en que me abraso.

--Ay, nia, nia! Qu pena me da lo que te oigo! Quin lo hubiera
podido imaginar siquiera!

--Pues hay ms todava--aadi Pepita--. Logr que D. Luis me amase. Me
lo declaraba con los ojos. S; su amor era tan profundo, tan ardiente
como el mo. Su virtud, su aspiracin a los bienes eternos, su esfuerzo
varonil trataban de vencer esta pasin insana. Yo he procurado
impedirlo. Una vez, despus de muchos das que faltaba de esta casa,
vino a verme y me hall sola. Al darme la mano llor; sin hablar me
inspir el infierno una maldita elocuencia muda, y le di a entender mi
dolor porque me desdeaba, porque no me quera, porque prefera a mi
amor otro amor sin mancilla. Entonces no supo l resistir a la tentacin
y acerco su boca a mi rostro para secar mis lgrimas. Nuestras bocas se
unieron. Si Dios no hubiera dispuesto que llegase Vd. en aquel instante,
qu hubiera sido de m?

--Qu vergenza, hija ma! Qu vergenza!--dijo el padre vicario.

Pepita se cubri el rostro con entrambas manos y empez a sollozar como
una Magdalena. Las manos eran, en efecto, tan bellas, ms bellas que lo
que D. Luis haba dicho en sus cartas. Su blancura, su transparencia
ntida, lo afilado de los dedos, lo sonrosado, pulido y brillante de las
uas de ncar, todo era para volver loco a cualquier hombre.

El virtuoso vicario comprendi, a pesar de sus ochenta aos, la cada o
tropiezo de D. Luis.

--Muchacha--exclam--, no seas extremosa! No me partas el corazn!
Tranquilzate. D. Luis se ha arrepentido, sin duda, de su pecado.
Arrepintete t tambin, y se acab. Dios os perdonar y os har unos
santos. Cuando D. Luis se va pasado maana, clara seal es de que la
virtud ha triunfado en l, huye de ti, como debe, para hacer penitencia
de su pecado, cumplir su promesa y acudir a su vocacin.

--Bueno est eso--replic Pepita--; cumplir su promesa... acudir a su
vocacin... y matarme a m antes! Por qu me ha querido, por qu me ha
engredo, por qu me ha engaado? Su beso fue marca, fue hierro candente
con que me seal y sell como a su esclava. Ahora, que estoy marcada y
esclavizada, me abandona, y me vende, y me asesina. Feliz principio
quiere dar a sus misiones, predicaciones y triunfos evanglicos! No
ser! Vive Dios que no ser!

Este arranque de ira y de amoroso despecho aturdi al padre vicario.

Pepita se haba puesto de pie. Su ademn, su gesto tenan una animacin
trgica. Fulguraban sus ojos como dos puales; relucan como dos soles.
El vicario callaba y la miraba casi con terror. Ella recorri la sala a
grandes pasos. No pareca ya tmida gacela, sino iracunda leona.

--Pues qu--dijo encarndose de nuevo con el padre vicario--, no hay
ms que burlarse de m, destrozarme el corazn, humillrmele,
pisotermele despus de habrmelo robado por engao? Se acordar de m!
Me la pagar! Si es tan santo, si es tan virtuoso, por qu me miro
prometindomelo todo con su mirada? Si ama tanto a Dios, por qu hace
mal a una pobre criatura de Dios? Es esto caridad? Es religin esto?
No; es egosmo sin entraas.

La clera de Pepita no poda durar mucho. Dichas las ltimas palabras,
se troc en desfallecimiento. Pepita se dej caer en una butaca,
llorando ms que antes, con una verdadera congoja.

El vicario sinti la ms tierna compasin; pero recobr su bro al ver
que el enemigo se renda.

--Pepita, nia--dijo--, vuelve en ti: no te atormentes de ese modo.
Considera que l habr luchado mucho para vencerse; que no te ha
engaado; que te quiere con toda el alma, pero que Dios y su obligacin
estn antes. Esta vida es muy breve y pronto se pasa. En el cielo os
reuniris y os amaris como se aman los ngeles. Dios aceptar vuestro
sacrificio y os premiar y recompensar con usura. Hasta tu amor propio
debe estar satisfecho. Qu no valdrs t cuando has hecho vacilar y aun
pecar a un hombre como D. Luis! Cun honda herida no habrs logrado
hacer en su corazn! Bstete con esto. S generosa; s valiente!
Compite con l en firmeza. Djale partir; lanza de tu pecho el fuego del
amor impuro; male como a tu prjimo, por el amor de Dios. Guarda su
imagen en tu mente, pero como la criatura predilecta, reservando al
Creador la ms noble parte del alma. No s lo que te digo, hija ma,
porque estoy muy turbado; pero t tienes mucho talento y mucha
discrecin, y me comprendes por medias palabras. Hay adems motivos
mundanos poderosos que se opondran a estos absurdos amores, aunque la
vocacin y promesa de D. Luis no se opusieran. Su padre te pretende;
aspira a tu mano, por ms que t no le ames. Estar bien visto que
salgamos ahora con que el hijo es rival del padre? No se enojar el
padre contra el hijo por amor tuyo? Mira cun horrible es todo esto, y
domnate por Jess Crucificado y por su bendita Madre Mara Santsima.

--Qu fcil es dar consejos!--contest Pepita sosegndose un poco--.
Qu difcil me es seguirlos, cuando hay como una fiera y desencadenada
tempestad en mi cabeza! Si me da miedo de volverme loca!

--Los consejos que te doy son por tu bien. Deja que D. Luis se vaya. La
ausencia es gran remedio para el mal de amores. l sanar de su pasin
entregndose a sus estudios y consagrndose al altar. T, as que est
lejos D. Luis, irs poco a poco serenndote, y conservars de l un
grato y melanclico recuerdo, que no te har dao. Ser como una hermosa
poesa que dorar con su luz tu existencia. Si todos tus deseos pudieran
cumplirse... quin sabe?... Los amores terrenales son poco
consistentes. El deleite que la fantasa entrev, con gozarlos y
apurarlos hasta las heces, nada vale comparado con los amargos dejos.
Cunto mejor es que vuestro amor, apenas contaminado y apenas
impurificado, se pierda y se evapore ahora, subiendo al cielo como nube
de incienso, que no el que muera, una vez satisfecho, a manos del
hasto! Ten valor para apartar la copa de tus labios, cuando apenas has
gustado el licor que contiene. Haz con ese licor una libacin y una
ofrenda al Redentor divino. En cambio, te dar l de aquella bebida que
ofreci a la Samaritana; bebida que no cansa, que satisface la sed y que
produce vida eterna.

--Padre mo! Padre mo! Qu bueno es usted! Sus santas palabras me
prestan valor. Yo me dominar; yo me vencer. Sera bochornoso, no es
verdad que sera bochornoso que D. Luis supiera dominarse y vencerse, y
yo fuera liviana y no me venciera? Que se vaya. Se va pasado maana.
Vaya bendito de Dios. Mire Vd. su tarjeta. Ayer estuvo a despedirse con
su padre y no le he recibido. Ya no le ver ms. No quiero conservar ni
el recuerdo potico de que Vd. habla. Estos amores han sido una
pesadilla. Yo la arrojar lejos de m.

--Bien, muy bien! As te quiero yo, enrgica, valiente.

--Ay, padre mo! Dios ha derribado mi soberbia con este golpe; mi
engreimiento era insolentsimo, y han sido indispensables los desdenes
de ese hombre para que sea yo todo lo humilde que debo. Puedo estar ms
postrada ni ms resignada? Tiene razn D. Luis: yo no le merezco. Cmo,
por ms esfuerzos que hiciera, habra yo de elevarme hasta l, y
comprenderle, y poner en perfecta comunicacin mi espritu con el suyo?
Yo soy zafia aldeana, inculta, necia; l no hay ciencia que no
comprenda, ni arcano que ignore, ni esfera encumbrada del mundo
intelectual a donde no suba. All se remonta en alas de su genio, y a
m, pobre y vulgar mujer, me deja por ac, en este bajo suelo, incapaz
de seguirle ni siquiera con una levsima esperanza y con mis
desconsolados suspiros.

--Pero Pepita, por los clavos de Cristo, no digas eso ni lo pienses. Si
D. Luis no te desdea por zafia, ni porque es muy sabio y t no le
entiendes, ni por esas majaderas que ah ests ensartando! l se va
porque tiene que cumplir con Dios; y t debes alegrarte de que se vaya,
porque sanars del amor, y Dios te dar el premio de tan grande
sacrificio.

Pepita, que ya no lloraba y que se haba enjugado las lgrimas con el
pauelo, contest tranquila:

--Est bien, padre; yo me alegrar; casi me alegro ya de que se vaya.
Deseando estoy que pase el da de maana, y que, pasado, venga Antoona
a decirme cuando yo despierte: Ya se fue D. Luis. Vd. ver cmo
renacen entonces la calma y la serenidad antigua en mi corazn.

--As sea--dijo el padre vicario, y convencido de que haba hecho un
prodigio y de que haba curado casi el mal de Pepita, se despidi de
ella, y se fue a su casa, sin poder resistir ciertos estmulos de
vanidad al considerar la influencia que ejerca sobre el noble espritu
de aquella preciosa muchacha.

       *       *       *       *       *

Pepita, que se haba levantado para despedir al padre vicario, no bien
volvi a cerrar la puerta y qued sola, de pie, en medio de la estancia,
permaneci un rato inmvil, con la mirada fija, aunque sin fijarla en
ningn objeto, y con los ojos sin lgrimas. Hubiera recordado a un poeta
o a un artista la figura de Ariadna, como la describe Catulo, cuando
Teseo la abandon en la isla de Naxos. De repente, como si lograse
desatar un nudo que le apretaba la garganta, como si quebrase un cordel
que la ahogaba, rompi Pepita en lastimeros gemidos, verti un raudal de
llanto, y dio con su cuerpo, tan lindo y delicado, sobre las losas fras
del pavimento. All, cubierta la cara con las manos, desatada ya la
trenza de sus cabellos, y en desorden la vestidura, continu en sus
sollozos y en sus gemidos.

As hubiera seguido largo tiempo, si no llega Antoona. Antoona la oy
gemir, antes de entrar y verla, y se precipit en la sala. Cuando la vio
tendida en el suelo, hizo Antoona mil extremos de furor.

--Vea Vd.--dijo--, ese zngano, pelgar, vejete, tonto, que maa se da
para consolar a sus amigas! Habr largado alguna barbaridad, algn buen
par de coces a esta criaturita de mi alma, y me la ha dejado aqu medio
muerta, y l se ha vuelto a la iglesia, a preparar lo conveniente para
cantarla el gorigori, y rociarla con el hisopo y enterrrmela sin ms ni
ms.

Antoona tendra cuarenta aos, y era dura en el trabajo, briosa y ms
forzuda que muchos cavadores. Con frecuencia levantaba poco menos que a
pulso una corambre con tres arrobas y media de aceite o de vino y la
plantaba sobre el lomo de un mulo, o bien cargaba con un costal de trigo
y lo suba al alto desvn, donde estaba el granero. Aunque Pepita no
fuese una paja, Antoona la alz del suelo en sus brazos, como si lo
fuera, y la puso con mucho tiento sobre el sof, como quien coloca la
alhaja ms frgil y primorosa para que no se quiebre.

--Qu soponcio es ste?--pregunt Antoona--. Apuesto cualquier cosa a
que este zanguango de vicario te ha echado un sermn de acbar y te ha
destrozado el alma a pesadumbres.

Pepita segua llorando y sollozando sin contestar.

--Ea! Djate de llanto y dime lo que tienes. Qu te ha dicho el
vicario?

--Nada ha dicho que pueda ofenderme--contest al fin Pepita.

Viendo luego que Antoona aguardaba con inters a que ella hablase, y
deseando desahogarse con quien simpatizaba mejor con ella y ms
humanamente la comprenda, Pepita habl de esta manera:

--El padre vicario me amonesta con dulzura para que me arrepienta de mis
pecados; para que deje partir en paz a don Luis; para que me alegre de
su partida; para que le olvide. Yo he dicho que s a todo. He prometido
alegrarme de que D. Luis se vaya. He querido olvidarle y hasta
aborrecerle. Pero mira, Antoona, no puedo; es un empeo superior a mis
fuerzas. Cuando el vicario estaba aqu juzgu que tena yo bros para
todo, y no bien se fue, como si Dios me dejara de su mano, perd los
bros, y me ca en el suelo desolada. Yo haba soado una vida venturosa
al lado de este hombre que me enamora; yo me vea ya elevada hasta l
por obra milagrosa del amor; mi pobre inteligencia en comunin
perfectsima con su inteligencia sublime; mi voluntad siendo una con la
suya; con el mismo pensamiento ambos; latiendo nuestros corazones
acordes. Dios me lo quita y se le lleva, y yo me quedo sola, sin
esperanza ni consuelo! No es verdad que es espantoso? Las razones del
padre vicario son justas, discretas... Al pronto me convencieron. Pero
se fue y todo el valor de aquellas razones me parece nulo; vano juego de
palabras, mentiras, enredos y argucias. Yo amo a D. Luis, y esta razn
es ms poderosa que todas las razones. Y si l me ama, por qu no lo
deja todo, y me busca, y se viene a m, y quebranta promesas y anula
compromisos? No saba yo lo que era amor. Ahora lo s: no hay nada ms
fuerte en la tierra y en el cielo. Qu no hara yo por D. Luis? Y l
por m nada hace. Acaso no me ama. No, D. Luis no me ama. Yo me enga:
la vanidad me ceg. Si D. Luis me amase, me sacrificara sus propsitos,
sus votos, su fama, sus aspiraciones a ser un santo y a ser una lumbrera
de la Iglesia; todo me lo sacrificara. Dios me lo perdone... es
horrible lo que voy a decir, pero lo siento aqu en el centro del pecho,
me arde aqu, en la frente calenturienta; yo por l dara hasta la
salvacin de mi alma.

--Jess, Mara y Jos!--interrumpi Antoona.

--Es cierto; Virgen santa de los Dolores, perdonadme, perdonadme...
estoy loca... no s lo que digo y blasfemo!

--S, hija ma: ests algo empecatada! Vlgame Dios y cmo te ha
trastornado el juicio ese telogo pisaverde! Pues si yo fuera que t no
lo tomara contra el cielo, que no tiene la culpa; sino contra el
mequetrefe del colegial, y me las pagara o me borrara el nombre que
tengo. Ganas me dan de ir a buscarle y trartele aqu de una oreja y
obligarle a que te pida perdn y a que te bese los pies de rodillas.

--No, Antoona. Veo que mi locura es contagiosa y que t deliras
tambin. En resolucin, no hay ms recurso que hacer lo que me aconseja
el padre vicario. Lo har aunque me cueste la vida. Si muero por l, l
me amar, l guardar mi imagen en su memoria, mi amor en su corazn; y
Dios, que es tan bueno, har que yo vuelva a verle en el cielo, con los
ojos del alma, y que all nuestros espritus se amen y se confundan.

Antoona, aunque era recia de veras y nada sentimental, sinti al or
esto que se le saltaban las lgrimas.

--Caramba, nia--dijo Antoona--, vas a conseguir que suelte yo el trapo
a llorar y que berree como una vaca. Clmate, y no pienses en morirte,
ni de chanza. Veo que tienes muy excitados los nervios. Quieres que
traiga una taza de tila?

--No, gracias. Djame... ya ves como estoy sosegada.

--Te cerrar las ventanas, a ver si duermes. Si no duermes hace das,
cmo has de estar? Mal haya el tal D. Luis y su mana de meterse cura!
Buenos supiripandos te cuesta!

Pepita haba cerrado los ojos; estaba en calma y en silencio, harta ya
de coloquio con Antoona.

Esta, creyndola dormida, o deseando que durmiera, se inclin hacia
Pepita, puso con lentitud y suavidad un beso sobre su blanca frente, le
arregl y pleg el vestido sobre el cuerpo, entorn las ventanas para
dejar el cuarto a media luz y se sali de puntillas, cerrando la puerta
sin hacer el menor ruido.

       *       *       *       *       *

Mientras que ocurran estas cosas en casa de Pepita, no estaba ms
alegre y sosegado en la suya el seor D. Luis de Vargas.

Su padre, que no dejaba casi ningn da de salir al campo a caballo,
haba querido llevarle en su compaa; pero D. Luis se haba excusado
con que le dola la cabeza, y D. Pedro se fue sin l. D. Luis haba
pasado solo toda la maana, entregado a sus melanclicos pensamientos y
ms firme que roca en su resolucin de borrar de su alma la imagen de
Pepita y de consagrarse a Dios por completo.

No se crea, con todo, que no amaba a la joven viuda. Ya hemos visto por
las cartas la vehemencia de su pasin; pero l segua enfrenndola con
los mismos afectos piadosos y consideraciones elevadas de que en las
cartas da larga muestra y que podemos omitir aqu para no pecar de
prolijos.

Tal vez, si profundizamos con severidad en este negocio, notaremos que
contra el amor de Pepita no luchaban slo en el alma de D. Luis el voto
hecho ya en su interior, aunque no confirmado, el amor de Dios, el
respeto a su padre de quien no quera ser rival, y la vocacin, en suma,
que senta por el sacerdocio. Haba otros motivos de menos depurados
quilates y de ms baja ley.

D. Luis era pertinaz, era terco: tena aquella condicin que bien
dirigida constituye lo que se llama firmeza de carcter, y nada haba
que le rebajase ms a sus propios ojos que el variar de opinin y de
conducta. El propsito de toda su vida, lo que haba sostenido y
declarado ante cuantas personas le trataban, su figura moral, en una
palabra, que era ya la de un aspirante a santo, la de un hombre
consagrado a Dios, la de un sujeto imbuido en las ms sublimes
filosofas religiosas, todo esto no poda caer por tierra sin gran
mengua de D. Luis, como caera, si se dejase llevar del amor de Pepita
Jimnez. Aunque el precio era sin comparacin mucho ms subido, a D.
Luis se le figuraba, que si ceda iba a remedar a Esa y a vender su
primogenitura, y a deslustrar su gloria.

Por lo general, los hombres solemos ser juguete de las circunstancias;
nos dejamos llevar de la corriente y no nos dirigimos sin vacilar a un
punto. No elegimos papel, sino tomamos y hacemos el que nos toca; el que
la ciega fortuna nos depara. La profesin, el partido poltico, la vida
entera de muchos hombres pende de casos fortuitos, de lo eventual, de lo
caprichoso y no esperado de la suerte.

Contra esto se rebelaba el orgullo de don Luis con titnica pujanza.
Qu se dira de l, y sobre todo qu pensara l de s mismo, si el
ideal de su vida, el hombre nuevo que haba creado en su alma, si todos
sus planes de virtud, de honra y hasta de santa ambicin, se
desvaneciesen en un instante, se derritiesen al calor de una mirada, por
la llama fugitiva de unos lindos ojos, como la escarcha se derrite con
el rayo dbil an del sol matutino?

Estas y otras razones de un orden egosta militaban tambin contra la
viuda, a par de las razones legtimas y de sustancia; pero todas las
razones se revestan del mismo hbito religioso, de manera que el propio
D. Luis no acertaba a reconocerlas y distinguirlas, creyendo amor de
Dios, no slo lo que era amor de Dios, sino asimismo el amor propio.
Recordaba, por ejemplo, las vidas de muchos santos, que haban resistido
tentaciones mayores que las suyas, y no quera ser menos que ellos. Y
recordaba, sobre todo, aquella entereza de san Juan Crisstomo, que supo
desestimar los halagos de una madre amorosa y buena, y su llanto y sus
quejas dulcsimas y todas las elocuentes y sentidas palabras que le dijo
para que no la abandonase y se hiciese sacerdote, llevndole para ello a
su propia alcoba y hacindole sentar junto a la cama en que le haba
parido. Y despus de fijar en esto la consideracin, D. Luis no se
sufra a s propio en no menospreciar las splicas de una mujer extraa,
a quien haca tan poco tiempo que conoca, y el vacilar an entre su
deber y el atractivo de una joven, tal vez ms que enamorada, coqueta.

Pensaba luego D. Luis en la alteza soberana de la dignidad del
sacerdocio a que estaba llamado, y la vea por cima de todas las
instituciones y de las mseras coronas de la tierra: porque no ha sido
hombre mortal, ni capricho del voluble y servil populacho, ni irrupcin
o avenida de gente brbara; ni violencia de amotinadas huestes movidas
de la codicia, ni ngel, ni arcngel, ni potestad criada, sino el mismo
Parclito quien la ha fundado. Cmo por el liviano incentivo de una
mozuela, por una lagrimilla quizs mentida, despreciar esa dignidad
augusta, esa potestad que Dios no concedi ni a los arcngeles que estn
ms cerca de su trono? Cmo bajar a confundirse entre la obscura plebe,
y ser uno del rebao, cuando ya soaba ser pastor, atando y desatando en
la tierra para que Dios ate y desate en el cielo, y perdonando los
pecados, regenerando a las gentes por el agua y por el espritu,
adoctrinndolas en nombre de una autoridad infalible, dictando
sentencias que el Seor de las Alturas ratifica luego y confirma, siendo
iniciador y agente de tremendos misterios, inasequibles a la razn
humana, y haciendo descender del cielo no como Elas, la llama que
consume la vctima, sino al Espritu Santo, al Verbo hecho carne y el
torrente de la gracia que purifica los corazones y los deja limpios como
el oro?

Cuando D. Luis reflexionaba sobre todo esto, se elevaba su espritu, se
encumbraba por cima de las nubes en la regin emprea, y la pobre Pepita
Jimnez quedaba all muy lejos, y apenas si l la vea.

Pero pronto se abata el vuelo de su imaginacin y el alma de D. Luis
tocaba a la tierra y volva a ver a Pepita, tan graciosa, tan joven, tan
candorosa y tan enamorada, y Pepita combata dentro de su corazn contra
sus ms fuertes y arraigados propsitos, y D. Luis tema que diese al
traste con ellos.

       *       *       *       *       *

As se atormentaba D. Luis con encontrados pensamientos que se daban
guerra, cuando entr Currito en su cuarto, sin decir oxte ni moxte.

Currito, que no estimaba gran cosa a su primo, mientras no fue ms que
telogo, le veneraba, le admiraba y formaba de l un concepto
sobrehumano desde que le haba visto montar tan bien en Lucero.

Saber teologa y no saber montar desacreditaba a D. Luis a los ojos de
Currito; pero cuando Currito advirti que sobre la ciencia y sobre todo
aquello que l no entenda, si bien presuma difcil y enmaraado, era
D. Luis capaz de sostenerse tan bizarramente en las espaldas de una
fiera, ya su veneracin y su cario a D. Luis no tuvieron lmites.
Currito era un holgazn, un perdido, un verdadero mueble, pero tena un
corazn afectuoso y leal. A D. Luis, que era el dolo de Currito, le
suceda como a todas las naturalezas superiores con los seres inferiores
que se les aficionan. D. Luis se dejaba querer; esto es, era dominado
despticamente por Currito en los negocios de poca importancia. Y como
para hombres como D. Luis casi no hay negocios que la tengan en la vida
vulgar y diaria, resultaba que Currito llevaba y traa a D. Luis como un
zarandillo.

--Vengo a buscarte--le dijo--, para que me acompaes al casino, que est
animadsimo hoy y lleno de gente. Qu haces aqu solo, tonteando y
hecho un papamoscas?

D. Luis, casi sin replicar, y como si fuera mandato, tom su sombrero y
su bastn, y diciendo Vmonos donde quieras sigui a Currito que se
adelantaba, tan satisfecho de aquel dominio que ejerca.

El casino, en efecto, estaba de bote en bote, gracias a la solemnidad
del da siguiente, que era el da de San Juan. A ms de los seores del
lugar, haba muchos forasteros, que haban venido de los lugares
inmediatos para concurrir a la feria y velada de aquella noche.

El centro de la concurrencia era el patio, enlosado de mrmol, con
fuente y surtidor en medio y muchas macetas de don-pedros,
gala-de-Francia, rosas, claveles y albahaca. Un toldo de lona doble
cubra el patio, preservndole del sol. Un corredor o galera, sostenida
por columnas de mrmol, le circundaba; y as en la galera, como en
varias salas a que la galera daba paso, haba mesas de tresillo, otras
con peridicos, otras para tomar caf o refrescos; y, por ltimo,
sillas, banquillos y algunas butacas. Las paredes estaban blancas como
la nieve del frecuente enjalbiego, y no faltaban cuadros que las
adornasen. Eran litografas francesas iluminadas, con circunstanciada
explicacin bilinge escrita por bajo. Unas representaban la vida de
Napolen I, desde Toulon a Santa Elena; otras, las aventuras de Matilde
y Malec-Adel; otras, los lances de amor y de guerra del Templario,
Rebeca, Lady Rowena e Ivanhoe; y otras, los galanteos, travesuras,
cadas y arrepentimientos de Luis XIV y la seorita de la Valire.

Currito llev a D. Luis y D. Luis se dej llevar a la sala donde estaba
la flor y nata de los elegantes, _dandies y cocods_ del lugar y de toda
la comarca. Entre ellos descollaba el conde de Genazahar, de la vecina
ciudad de... Era un personaje ilustre y respetado. Haba pasado en
Madrid y en Sevilla largas temporadas, y se vesta con los mejores
sastres, as de majo como de seorito. Haba sido diputado dos veces y
haba hecho una interpelacin al gobierno sobre un atropello de un
alcalde-corregidor.

Tendra el conde de Genazahar treinta y tantos aos; era buen mozo y lo
saba, y se jactaba adems de tremendo en paz y en lides, en desafos y
en amores. El conde, no obstante, y a pesar de haber sido uno de los ms
obstinados pretendientes de Pepita, haba recibido las enconfitadas
calabazas que ella sola propinar a quienes la requebraban y aspiraban a
su mano.

La herida que aquel duro y amargo confite haba abierto en su endiosado
corazn, no estaba cicatrizada todava. El amor se haba vuelto odio, y
el conde se desahogaba a menudo, poniendo a Pepita como chupa de dmine.

En este ameno ejercicio se hallaba el conde, cuando quiso la mala
ventura que D. Luis y Currito llegasen y se metiesen en el corro, que se
abri para recibirlos, de los que oan el extrao sermn de honras. D.
Luis, como si el mismo diablo lo hubiera dispuesto, se encontr cara a
cara con el conde, que deca de este modo:

--No es mala pcora la tal Pepita Jimnez. Con ms fantasa y ms humos
que la infanta Micomicona, quiere hacernos olvidar que naci y vivi en
la miseria, hasta que se cas con aquel pelele, con aquel vejestorio,
con aquel maldito usurero, y le cogi los ochavos. La nica cosa buena
que ha hecho en su vida la tal viuda es concertarse con Satans para
enviar pronto al infierno a su galopn de marido y librar la tierra de
tanta infeccin y de tanta peste. Ahora le ha dado a Pepita por la
virtud y por la castidad. Bueno estar todo ello! Sabe Dios si estar
enredada de ocultis con algn gan, y burlndose del mundo como si
fuese la reina Artemisa.

A las personas recogidas, que no asisten a reuniones de hombres solos,
escandalizar sin duda este lenguaje; les parecer desbocado y brutal
hasta la inverosimilitud; pero los que conocen el mundo confesarn que
este lenguaje es muy usado en l, y que las damas ms bonitas, las ms
agradables mujeres, las ms honradas matronas, suelen ser blanco de
tiros no menos infames y soeces, si tienen un enemigo, y aun sin
tenerle, porque a menudo se murmura, o mejor dicho, se injuria y se
deshonra a voces para mostrar chiste y desenfado.

Don Luis, que desde nio haba estado acostumbrado a que nadie se
descompusiese en su presencia, ni le dijese cosas que pudieran enojarle,
porque durante su niez le rodeaban criados, familiares y gente de la
clientela de su padre que atendan slo a su gusto, y despus en el
Seminario, as por sobrino del den, como por lo mucho que l mereca,
jams haba sido contrariado, sino considerado y adulado, sinti un
aturdimiento singular, se qued como herido por un rayo cuando vio al
insolente conde arrastrar por el suelo, mancillar y cubrir de inmundo
lodo la honra de la mujer que amaba.

Cmo defenderla, no obstante? No se le ocultaba que, si bien no era
marido, ni hermano, ni pariente de Pepita, poda sacar la cara por ella
como caballero; pero vea el escndalo que esto causara, cuando no
haba all ningn profano que defendiese a Pepita, antes bien todos
rean al conde la gracia. l, casi ministro ya de un Dios de paz, no
poda dar un ments y exponerse a una ria con aquel desvergonzado.

Don Luis estuvo por enmudecer e irse; pero no lo consinti su corazn, y
pugnando por revestirse de una autoridad que ni sus aos juveniles, ni
su rostro, donde haba ms bozo que barbas, ni su presencia en aquel
lugar consentan, se puso a hablar con verdadera elocuencia contra los
maldicientes y a echar en rostro al conde, con libertad cristiana y con
acento severo, la fealdad de su ruin accin.

Fue predicar en desierto o peor que predicar en desierto. El conde
contest con pullas y burletas a la homila: la gente, entre la que
haba no pocos forasteros, se puso de lado del burln, a pesar de ser D.
Luis el hijo del cacique; el propio Currito, que no vala para nada y
era un blandengue, aunque no se ri, no defendi a su amigo; y ste tuvo
que retirarse, vejado y humillado bajo el peso de la chacota.

       *       *       *       *       *

--Esta flor le falta al ramo!--murmur entre dientes el pobre D. Luis
cuando lleg a su casa y volvi a meterse en su cuarto, mohno y
maltratado por la rechifla, que l se exageraba y se figuraba
insufrible. Se ech de golpe en un silln, abatido y descorazonado, y
mil ideas contrarias asaltaron su mente.

La sangre de su padre, que herva en sus venas, le despertaba la clera
y le excitaba a ahorcar los hbitos, como al principio le aconsejaban en
el lugar, y dar luego su merecido al seor conde; pero todo el porvenir
que se haba creado se deshaca al punto, y vea al den, que renegaba
de l; y hasta el Papa, que haba enviado ya la dispensa pontificia para
que se ordenase antes de la edad, y el prelado diocesano, que haba
apoyado la solicitud de la dispensa en su probada virtud, ciencia slida
y firmeza de vocacin, se le aparecan para reconvenirle.

Pensaba luego en la teora chistosa de su padre sobre el complemento de
la persuasin de que se valan el apstol Santiago, los obispos de la
Edad Media, D. igo de Loyola y otros personajes, y no le pareca tan
descabellada la teora, arrepintindose casi de no haberla practicado.

Recordaba entonces la costumbre de un doctor ortodoxo, insigne filsofo
persa contemporneo, mencionada en un libro reciente escrito sobre aquel
pas; costumbre que consista en castigar con duras palabras a los
discpulos y oyentes cuando se rean de las lecciones o no las
entendan; y, si esto no bastaba, descender de la ctedra sable en mano
y dar a todos una paliza. Este mtodo era eficaz principalmente en la
controversia, si bien dicho filsofo haba encontrado una vez a otro
contrincante del mismo orden que le haba hecho un chirlo descomunal en
la cara.

Don Luis, en medio de su mortificacin y mal humor, se rea de lo cmico
del recuerdo; hallaba que no faltaran en Espaa filsofos que
adoptaran de buena gana el mtodo persiano; y si l no le adoptaba
tambin, no era a la verdad por miedo del chirlo, sino por
consideraciones de mayor valor y nobleza.

Acudan, por ltimo, mejores pensamientos a su alma y le consolaban un
poco.

--Yo he hecho muy mal--se deca--, en predicar all; deb haberme
callado. Nuestro Seor Jesucristo lo ha dicho: No deis a los perros las
cosas santas, ni arrojis vuestras margaritas a los cerdos, porque los
cerdos se revolvern contra vosotros y os hollarn con sus asquerosas
pezuas. Pero no; por qu me he de quejar? Por qu he de volver
injuria por injuria? Por qu me he de dejar vencer de la ira? Muchos
santos padres lo han dicho: La ira es peor an que la lascivia en los
sacerdotes. La ira de los sacerdotes ha hecho verter muchas lgrimas y
ha causado males horribles. Esta ira, consejera tremenda, tal vez los ha
persuadido de que era menester que los pueblos sudaran sangre bajo la
presin divina, y ha trado a sus encarnizados ojos la visin de Isaas;
y han visto y han hecho ver a sus secuaces fanticos al manso Cordero
convertido en vengador inexorable, descendiendo de la cumbre de Edn,
soberbio con la muchedumbre de su fuerza, pisoteando a las naciones como
el pisador pisa las uvas en el lagar, y con la vestimenta levantada, y
cubierto de sangre hasta los muslos. Ah no, Dios mo! Voy a ser tu
ministro; t eres un Dios de paz, y mi primera virtud debe ser la
mansedumbre. Lo que ense tu hijo en el sermn de la Montaa tiene que
ser mi norma. No ojo por ojo, ni diente por diente, sino amar a nuestros
enemigos. T amaneces sobre justos y pecadores, y derramas sobre todos
la lluvia fecunda de tus inexhaustas bondades. T eres nuestro Padre,
que ests en el cielo y debemos ser perfectos como t, perdonando a
quienes nos ofendan, y pidindote que los perdones porque no saben lo
que se hacen. Yo debo recordar las bienaventuranzas. Bienaventurados
cuando os ultrajaren y persiguieren y dijeren todo mal de vosotros. El
sacerdote, el que va a ser sacerdote, ha de ser humilde, pacfico, manso
de corazn. No como la encina, que se levanta orgullosa hasta que el
rayo la hiere, sino como las yerbecillas fragantes de las selvas y las
modestas flores de los prados, que dan ms suave y grato aroma cuando el
villano las pisa.

En stas y otras meditaciones por el estilo transcurrieron las horas
hasta que dieron las tres, y D. Pedro, que acababa de volver del campo,
entr en el cuarto de su hijo para llamarle a comer. La alegre
cordialidad del padre, sus chistes, sus muestras de afecto, no pudieron
sacar a D. Luis de la melancola ni abrirle el apetito. Apenas comi,
apenas habl en la mesa.

Si bien disgustadsimo con la silenciosa tristeza de su hijo, cuya
salud, aunque robusta, pudiera resentirse, como D. Pedro era hombre que
se levantaba al amanecer y bregaba mucho durante el da, luego que acab
de fumar un buen cigarro habano de sobremesa, acompandole con su taza
de caf y su copita de aguardiente de ans doble, se sinti fatigado y,
segn costumbre, se fue a dormir sus dos o tres horas de siesta.

Don Luis tuvo buen cuidado de no poner en noticia de su padre la ofensa
que le haba hecho el conde de Genazahar. Su padre, que no iba a cantar
misa y que tena una ndole poco sufrida, se hubiera lanzado al instante
a tomar la venganza que l no tom.

Solo ya D. Luis, dej el comedor para no ver a nadie, y volvi al retiro
de su estancia para abismarse ms profundamente en sus ideas.

       *       *       *       *       *

Abismado en ellas estaba haca largo rato, sentado junto al bufete, los
codos sobre l y en la derecha mano apoyada la mejilla, cuando sinti
cerca ruido. Alz los ojos y vio a su lado a la entrometida Antoona,
que haba penetrado como una sombra, aunque tan maciza, y que le miraba
con atencin y con cierta mezcla de piedad y de rabia.

Antoona se haba deslizado hasta all sin que nadie lo advirtiese,
aprovechando la hora en que coman los criados y D. Pedro dorma, y
haba abierto la puerta del cuarto y la haba vuelto a cerrar tras s
con tal suavidad, que D. Luis, aunque no hubiera estado tan absorto, no
hubiera podido sentirla.

Antoona vena resuelta a tener una conferencia muy seria con D. Luis;
pero no saba a punto fijo lo que iba a decirle. Sin embargo haba
pedido, no se sabe si al cielo o al infierno, que desatase su lengua y
que le diese habla, y habla no chabacana y grotesca como la que usaba
por lo comn, sino culta, elegante e idnea para las nobles reflexiones
y bellas cosas que ella imaginaba que le convena expresar.

Cuando D. Luis vio a Antoona arrug el entrecejo, mostr bien en el
gesto lo que le contrariaba aquella visita y dijo con tono brusco:

--A qu vienes aqu? Vete.

--Vengo a pedirte cuenta de mi nia--contest Antoona sin turbarse--, y
no me he de ir hasta que me la des.

Enseguida acerc una silla a la mesa y se sent en frente de D. Luis con
aplomo y descaro.

Viendo D. Luis que no haba remedio, mitig el enojo, se arm de
paciencia y, ya con acento menos cruel, exclam:

--Di lo que tengas que decir.

--Tengo que decir--prosigui Antoona--, que lo que ests maquinando
contra mi nia es una maldad. Te ests portando como un tuno. La has
hechizado; le has dado un bebedizo maligno. Aquel angelito se va a
morir. No come, ni duerme, ni sosiega por culpa tuya. Hoy ha tenido dos
o tres soponcios slo de pensar en que te vas. Buena hacienda dejas
hecha antes de ser clrigo. Dime, condenado, por qu viniste por aqu y
no te quedaste por all con tu to? Ella, tan libre, tan seora de su
voluntad, avasallando la de todos y no dejndose cautivar de ninguno, ha
venido a caer en tus traidoras redes. Esta santidad mentida fue, sin
duda, el seuelo de que te valiste. Con tus teologas y tiquis-miquis
celestiales, has sido como el pcaro y desalmado cazador que atrae con
el silbato a los zorzales bobalicones para que se ahorquen en la percha.

--Antoona--contest D. Luis--, djame en paz. Por Dios, no me
atormentes. Yo soy un malvado: lo confieso. No deb mirar a tu ama. No
deb darle a entender que la amaba; pero yo la amaba y la amo an con
todo mi corazn, y no le he dado bebedizo, ni filtro, sino el mismo amor
que la tengo. Es menester, sin embargo, desechar, olvidar este amor.
Dios me lo manda. Te imaginas que no es, que no est siendo, que no
ser inmenso el sacrificio que hago? Pepita debe revestirse de fortaleza
y hacer el mismo sacrificio.

--Ni siquiera das ese consuelo a la infeliz--replic Antoona--. T
sacrificas voluntariamente en el altar a esa mujer que te ama, que es ya
tuya; a tu vctima: pero ella, dnde te tiene a ti para sacrificarte?
Qu joya tira por la ventana, qu lindo primor echa en la hoguera, sino
un amor mal pagado? Cmo ha de dar a Dios lo que no tiene? Va a
engaar a Dios y a decirle: Dios mo, puesto que l no me quiere, ah
te lo sacrifico; no le querr yo tampoco? Dios no se re: si Dios se
riera, se reira de tal presente.

Don Luis, aturdido, no saba qu objetar a estos raciocinios de
Antoona, ms atroces que sus pellizcos pasados. Adems, le repugnaba
entrar en metafsicas de amor con aquella sirvienta.

--Dejemos a un lado--dijo--, esos vanos discursos. Yo no puedo remediar
el mal de tu dueo. Qu he de hacer?

--Qu has de hacer?--interrumpi Antoona, ya ms blanda y afectuosa y
con voz insinuante--. Yo te dir lo que has de hacer. Si no remediares
el mal de mi nia, le aliviars al menos. No eres tan santo? Pues los
santos son compasivos y adems valerosos. No huyas como un cobardn
grosero, sin despedirte. Ven a ver a mi nia, que est enferma. Haz esta
obra de misericordia.

--Y qu conseguir con esa visita? Agravar el mal en vez de sanarle.

--No ser as: no ests en el busilis. T irs all, y, con esa chchara
que gastas y esa labia que Dios te ha dado, le infundirs en los cascos
la resignacin, y la dejars consolada, y, si le dices que la quieres y
que por Dios slo la dejas, al menos su vanidad de mujer no quedar
ajada.

--Lo que me propones es tentar a Dios; es peligroso para m y para ella.

--Y por qu ha de ser tentar a Dios? Pues si Dios ve la rectitud y la
pureza de tus intenciones, no te dar su favor y su gracia para que no
te pierdas en esta ocasin en que te pongo con sobrado motivo? No debes
volar a librar a mi nia de la desesperacin y traerla al buen camino?
Si se muriera de pena por verse as desdeada, o si rabiosa agarrase un
cordel y se colgase de una viga, creme, tus remordimientos seran
peores que las llamas de pez y azufre de las calderas de Lucifer.

--Qu horror! No quiero que se desespere. Me revestir de todo mi
valor: ir a verla.

--Bendito seas! Si me lo deca el corazn. Si eres bueno!

--Cundo quieres que vaya?

--Esta noche a las diez en punto. Yo estar en la puerta de la calle
aguardndote y te llevar donde est.

--Sabe ella que has venido a verme?

--No lo sabe. Ha sido todo ocurrencia ma; pero yo la preparar con buen
arte, a fin de que tu visita, la sorpresa, el inesperado gozo, no la
hagan caer en un desmayo. Me prometes que irs?

--Ir.

--Adis. No faltes. A las diez de la noche en punto. Estar a la puerta.

Y Antoona ech a correr, baj la escalera de dos en dos escalones y se
plant en la calle.

       *       *       *       *       *

No se puede negar que Antoona estuvo discretsima en esta ocasin, y
hasta su lenguaje fue tan digno y urbano, que no faltara quien le
calificase de apcrifo, si no se supiese con la mayor evidencia todo
esto que aqu se refiere, y si no constasen adems los prodigios de que
es capaz el ingnito despejo de una mujer, cuando le sirve de estmulo
un inters o una pasin grande.

Grande era, sin duda, el afecto de Antoona por su nia, y vindola tan
enamorada y tan desesperada, no pudo menos de buscar remedio a sus
males. La cita, a que acababa de comprometer a D. Luis, fue un triunfo
inesperado. As es que Antoona, a fin de sacar provecho del triunfo,
tuvo que disponerlo todo de improviso, con profunda ciencia mundana.

Seal Antoona para la cita la hora de las diez de la noche, porque
sta era la hora de la antigua y ya suprimida o suspendida tertulia en
que D. Luis y Pepita solan verse. La seal adems para evitar
murmuraciones y escndalo, porque ella haba odo decir a un predicador
que, segn el Evangelio, no hay nada tan malo como el escndalo, y que a
los escandalosos es menester arrojarlos al mar con una piedra de molino
atada al pescuezo.

Volvi, pues, Antoona a casa de su dueo, muy satisfecha de s misma y
muy resuelta a disponer las cosas con tino para que el remedio que haba
buscado no fuese intil, o no agravase el mal de Pepita en vez de
sanarle.

A Pepita no pens ni determin prevenirla sino a lo ltimo, dicindole
que D. Luis espontneamente le haba pedido hora para hacerle una visita
de despedida y que ella haba sealado las diez.

A fin de que no se originasen habladuras, si en la casa vean entrar a
D. Luis, pens en que no le viesen entrar, y para ello era tambin muy
propicia la hora, y la disposicin de la casa. A las diez estara llena
de gente la calle con la velada, y por lo mismo repararan menos en D.
Luis cuando pasase por ella. Penetrar en el zagun sera obra de un
segundo; y ella, que estara all aguardando, llevara a D. Luis hasta
el despacho, sin que nadie le viese.

Todas o la mayor parte de las casas de los ricachos lugareos de
Andaluca son como dos casas en vez de una, y as era la casa de Pepita.
Cada casa tiene su puerta. Por la principal se pasa al patio enlosado y
con columnas, a las salas y dems habitaciones seoriles; por la otra, a
los corrales, caballeriza y cochera, cocinas, molino, lagar, graneros,
trojes donde se conserva la aceituna hasta que se muele; bodegas donde
se guarda el aceite, el mosto, el vino de quema, el aguardiente y el
vinagre en grandes tinajas; y candioteras o bodegas, donde est en pipas
y toneles el vino bueno y ya hecho o rancio. Esta segunda casa o parte
de casa, aunque est en el centro de una poblacin de veinte o
veinticinco mil almas, se llama casa de campo. El aperador, los
capataces, el mulero, los trabajadores principales y ms constantes en
el servicio del amo, se juntan all por la noche, en invierno, en torno
de una enorme chimenea de una gran cocina, y en verano al aire libre o
en algn cuarto muy ventilado y fresco, y estn holgando y de tertulia
hasta que los seores se recogen.

Antoona imagin que el coloquio y la explicacin, que ella deseaba que
tuviesen su nia y don Luis, requeran sosiego y que no viniesen a
interrumpirlos, y as determin que aquella noche, por ser la velada de
San Juan, las chicas que servan a Pepita vacasen en todos sus
quehaceres y oficios, y se fuesen a solazar a la casa de campo, armando
con los rsticos trabajadores un jaleo probe de fandango, lindas coplas,
repiqueteo de castauelas, brincos y mudanzas.

De esta suerte la casa seoril quedara casi desierta y silenciosa, sin
ms habitantes que ella y Pepita, y muy a proposito para la solemnidad,
transcendencia y no turbado sosiego que eran necesarios en la entrevista
que ella tena preparada, y de la que dependa quizs, o de seguro, el
destino de dos personas de tanto valer.

       *       *       *       *       *

Mientras Antoona iba rumiando y concertando en su mente todas estas
cosas, D. Luis, no bien se qued solo, se arrepinti de haber procedido
tan de ligero y de haber sido tan dbil en conceder la cita que Antoona
le haba pedido.

Don Luis se par a considerar la condicin de Antoona, y le pareci ms
aviesa que la de Enone y la de Celestina. Vio delante de s todo el
peligro a que voluntariamente se aventuraba, y no vio ventaja alguna en
hacer recatadamente y a hurto de todos una visita a la linda viuda.

Ir a verla para ceder y caer en sus redes, burlndose de sus votos,
dejando mal al obispo, que haba recomendado su solicitud de dispensa, y
hasta al Sumo Pontfice, que la haba concedido, y desistiendo de ser
clrigo, le pareca un desdoro muy enorme. Era adems una traicin
contra su padre, que amaba a Pepita y deseaba casarse con ella. Ir a
verla para desengaarla ms an, se le antojaba mayor refinamiento de
crueldad que partir sin decirle nada.

Impulsado por tales razones, lo primero que pens D. Luis fue faltar a
la cita sin dar excusa ni aviso, y que Antoona le aguardase en balde en
el zagun; pero Antoona anunciara a su seora la visita, y l
faltara, no slo a Antoona, sino a Pepita, dejando de ir, con una
grosera incalificable.

Discurri entonces escribir a Pepita una carta muy afectuosa y discreta,
excusndose de ir, justificando su conducta, consolndola, manifestando
sus tiernos sentimientos por ella, si bien haciendo ver que la
obligacin y el cielo eran antes que todo, y procurando dar nimo a
Pepita para que hiciese el mismo sacrificio que l haca.

Cuatro o cinco veces se puso a escribir esta carta. Emborron mucho
papel; le rasg enseguida; y la carta no sala jams a su gusto. Ya era
seca, fra, pedantesca, como un mal sermn o como la pltica de un
dmine: ya se deduca de su contenido un miedo pueril y ridculo, como
si Pepita fuese un monstruo pronto a devorarle; ya tena el escrito
otros defectos y lunares no menos lastimosos. En suma, la carta no se
escribi, despus de haberse consumido en las tentativas unos cuantos
pliegos.

--No hay ms recurso--dijo para s D. Luis--, la suerte est echada.
Valor y vamos all.

Don Luis confort su espritu con la esperanza de que iba a tener mucha
serenidad y de que Dios iba a poner en sus labios un raudal de
elocuencia, por donde persuadira a Pepita, que era tan buena, de que
ella misma le impulsase a cumplir con su vocacin, sacrificando el amor
mundanal y hacindose semejante a las santas mujeres que ha habido, las
cuales, no ya han desistido de unirse con un novio o con un amante, sino
hasta de unirse con el esposo, viviendo con l como con un hermano,
segn se refiere, por ejemplo, en la vida de San Eduardo, rey de
Inglaterra. Y despus de pensar en esto, se senta D. Luis ms consolado
y animado, y ya se figuraba que l iba a ser como otro san Eduardo, y
que Pepita era como la reina Edita, su mujer; y bajo la forma y
condicin de la tal reina, virgen a par de esposa, le pareca Pepita, si
cabe, mucho ms gentil, elegante y potica.

No estaba, sin embargo, D. Luis todo lo seguro y tranquilo que debiera
estar, despus de haberse resuelto a imitar a San Eduardo. Hallaba an
cierto no s qu de criminal en aquella visita que iba a hacer, sin que
su padre lo supiese, y estaba por ir a despertarle de su siesta y
descubrrselo todo. Dos o tres veces se levant de su silla y empez a
andar en busca de su padre; pero luego se detena y crea aquella
revelacin indigna, la crea una vergonzosa chiquillada. l poda
revelar sus secretos; pero revelar los de Pepita para ponerse bien con
su padre era bastante feo. La fealdad y lo cmico y miserable de la
accin se aumentaban notando que el temor de no ser bastante fuerte para
resistir era lo que a hacerla le mova. D. Luis se call, pues, y no
revel nada a su padre.

Es ms: ni siquiera se senta con la desenvoltura y la seguridad
convenientes para presentarse a su padre habiendo de por medio aquella
cita misteriosa. Estaba asimismo tan alborotado y fuera de s por culpa
de las encontradas pasiones que se disputaban el dominio de su alma, que
no caba en el cuarto, y como si brincase o volase, le andaba y recorra
todo en tres o cuatro pasos, aunque era grande, por lo cual tema darse
de calabazadas contra las paredes. Por ltimo, si bien tena abierto el
balcn, por ser verano, le pareca que iba a ahogarse all por falta de
aire, y que el techo le pesaba sobre la cabeza, y que para respirar
necesitaba de toda la atmsfera y para andar de todo el espacio sin
lmites, y para alzar la frente y exhalar sus suspiros y encumbrar sus
pensamientos, de no tener sobre s sino la inmensa bveda del cielo.

Aguijoneado de esta necesidad, tom su sombrero y su bastn y se fue a
la calle. Ya en la calle, huyendo de toda persona conocida y buscando la
soledad, se sali al campo y se intern por lo ms frondoso y esquivo de
las alamedas, huertas y sendas que rodean la poblacin y hacen un
paraso de sus alrededores en un radio de ms de media legua.

       *       *       *       *       *

Poco hemos dicho hasta ahora de la figura de D. Luis. Spase, pues, que
era un buen mozo en toda la extensin de la palabra: alto, ligero, bien
formado, cabello negro, ojos negros tambin y llenos de fuego y de
dulzura. La color triguea, la dentadura blanca, los labios finos,
aunque relevados, lo cual le daba un aspecto desdeoso; y algo de
atrevido y varonil en todo el ademn, a pesar del recogimiento y de la
mansedumbre clericales. Haba, por ltimo, en el porte y continente de
D. Luis aquel indescriptible sello de distincin y de hidalgua que
parece, aunque no lo sea siempre, privativa calidad y exclusivo
privilegio de las familias aristocrticas.

Al ver a D. Luis, era menester confesar que Pepita Jimnez saba de
esttica por instinto.

Corra, que no andaba, D. Luis por aquellas sendas, saltando arroyos y
fijndose apenas en los objetos, casi como toro picado del tbano. Los
rsticos con quienes se encontr, los hortelanos que le vieron pasar,
tal vez le tuvieron por loco.

Cansado ya de caminar sin propsito, se sent al pie de una cruz de
piedra, junto a las ruinas de un antiguo convento de San Francisco de
Paula, que dista ms de tres kilmetros del lugar, y all se hundi en
nuevas meditaciones, pero tan confusas, que ni l mismo se daba cuenta
de lo que pensaba.

El taido de las campanas que, atravesando el aire, lleg a aquellas
soledades, llamando a la oracin a los fieles, y recordndoles la
salutacin del arcngel a la sacratsima Virgen, hizo que D. Luis
volviera de su xtasis, y se hallase de nuevo en el mundo real.

El sol acababa de ocultarse detrs de los picos gigantescos de las
sierras cercanas, haciendo que las pirmides, agujas y rotos obeliscos
de la cumbre se destacasen sobre un fondo de prpura y topacio, que tal
pareca el cielo, dorado por el sol poniente. Las sombras empezaban a
extenderse sobre la vega, y en los montes opuestos a los montes por
donde el sol se ocultaba, relucan las peas ms erguidas como si fueran
de oro o de cristal hecho ascua.

Los vidrios de las ventanas y los blancos muros del remoto santuario de
la Virgen; patrona del lugar, que est en lo ms alto de un cerro, as
como otro pequeo templo o ermita que hay en otro cerro ms cercano, que
llaman el Calvario, resplandecan an como dos faros salvadores, heridos
por los postreros rayos oblicuos del sol moribundo.

Una poesa melanclica inspiraba a la naturaleza, y con la msica
callada, que slo el espritu acierta a or, se dira que todo entonaba
un himno al Creador. El lento son de las campanas, amortiguado y
semi-perdido por la distancia, apenas turbaba el reposo de la tierra y
convidaba a la oracin sin distraer los sentidos con rumores. D. Luis se
quit su sombrero, se hinc de rodillas al pie de la cruz, cuyo pedestal
le haba servido de asiento, y rez con profunda devocin el _Angelus
Domini_.

Las sombras nocturnas fueron pronto ganando terreno; pero la noche, al
desplegar su manto y cobijar con l aquellas regiones, se complace en
adornarle de ms luminosas estrellas y de una luna ms clara. La bveda
azul no troc en negro su color azulado: conserv su azul, aunque le
hizo ms oscuro. El aire era tan difano y tan sutil, que se vean
millares y millares de estrellas, fulgurando en el ter sin trmino. La
luna plateaba las copas de los rboles y se reflejaba en la corriente de
los arroyos, que parecan de un lquido luminoso y transparente, donde
se formaban iris y cambiantes como en el palo. Entre la espesura de la
arboleda cantaban los ruiseores. Las yerbas y flores vertan ms
generoso perfume. Por las orillas de las acequias, entre la yerba menuda
y las flores silvestres, relucan como diamantes o carbunclos los
gusanillos de luz en multitud innumerable. No hay por all lucirnagas
aladas ni cocuyos, pero estos gusanillos de luz abundan y dan un
resplandor bellsimo. Muchos rboles frutales, en flor todava, muchas
acacias y rosales, sin cuento, embalsamaban el ambiente impregnndole de
suave fragancia.

Don Luis se sinti dominado, seducido, vencido por aquella voluptuosa
naturaleza, y dud de s. Era menester, no obstante, cumplir la palabra
dada y acudir a la cita.

Aunque dando un largo rodeo, aunque recorriendo otras sendas, aunque
vacilando a veces en irse a la fuente del ro, donde al pie de la sierra
brota de una pea viva todo el caudal cristalino que riega las huertas,
y es sitio delicioso, D. Luis, a paso lento y pausado, se dirigi hacia
la poblacin.

Conforme se iba acercando, se aumentaba el terror que le infunda lo que
se determinaba a hacer. Penetraba por lo ms sombro de las enramadas,
anhelando ver algn prodigio espantable, algn signo, algn aviso que le
retrajese. Se acordaba a menudo del estudiante Lisardo, y ansiaba ver su
propio entierro. Pero el cielo sonrea con sus mil luces y excitaba a
amar; las estrellas se miraban con amor unas a otras; los ruiseores
cantaban enamorados; hasta los grillos agitaban amorosamente sus
elictras sonoras, como trovadores el plectro cuando dan una serenata; la
tierra toda pareca entregada al amor en aquella tranquila y hermosa
noche. Nada de aviso; nada de signo; nada de pompa fnebre; todo vida,
paz y deleite. Dnde estaba el ngel de la Guarda? Haba dejado a D.
Luis como cosa perdida, o calculando que no corra peligro alguno, no se
cuidaba de apartarle de su propsito? Quin sabe? Tal vez de aquel
peligro resultara un triunfo. San Eduardo y la reina Edita se ofrecan
de nuevo a la imaginacin de D. Luis y corroboraban su voluntad.

Embelesado en estos discursos, retardaba don Luis su vuelta, y an se
hallaba a alguna distancia del pueblo, cuando sonaron las diez, hora de
la cita, en el reloj de la parroquia. Las diez campanadas fueron como
diez golpes que le hirieron en el corazn. All le dolieron
materialmente, si bien con un dolor y con un sobresalto mixtos de
traidora inquietud y de regalada dulzura.

Don Luis apresur el paso a fin de no llegar muy tarde, y pronto se
encontr en la poblacin.

El lugar estaba animadsimo. Las mozas solteras venan a la fuente del
ejido a lavarse la cara, para que fuese fiel el novio a la que le tena,
y para que a la que no le tena le saltase novio. Mujeres y chiquillos,
por ac y por all, volvan de coger verbena, ramos de romero u otras
plantas, para hacer sahumerios mgicos. Las guitarras sonaban por varias
partes. Los coloquios de amor y las parejas dichosas y apasionadas se
oan y se vean a cada momento. La noche y la maanita de San Juan,
aunque fiesta catlica, conservan no s qu resabios del paganismo y
naturalismo antiguos. Tal vez sea por la coincidencia aproximada de esta
fiesta con el solsticio de verano. Ello es que todo era profano y no
religioso. Todo era amor y galanteo. En nuestros viejos romances y
leyendas, siempre roba el moro a la linda infantina cristiana, y siempre
el caballero cristiano logra su anhelo con la princesa mora, en la noche
o en la maanita de San Juan; y en el pueblo se dira que conservaban la
tradicin de los viejos romances.

Las calles estaban llenas de gente. Todo el pueblo estaba en las calles
y adems los forasteros. Hacan asimismo muy difcil el trnsito la
multitud de mesillas de turrn, arropa y tostones, los puestos de
fruta, las tiendas de muecos y juguetes, y las buoleras, donde
gitanas jvenes y viejas, ya frean la masa, infestando el aire con el
olor del aceite, ya pesaban y servan los buuelos, ya respondan con
donaire a los piropos de los galanes que pasaban, ya decan la buena
ventura.

Don Luis procuraba no encontrar a los amigos y, si los vea de lejos
echaba por otro lado. As fue llegando poco a poco, sin que le hablasen
ni detuviesen, hasta cerca del zagun de casa de Pepita. El corazn
empez a latirle con violencia, y se par un instante para serenarse.
Mir el reloj: eran cerca de las diez y media.

--Vlgame Dios!--dijo--, har cerca de media hora que me estar
aguardando.

Entonces se precipit y penetr en el zagun. El farol, que lo alumbraba
de diario, daba poqusima luz aquella noche.

No bien entr D. Luis en el zagun, una mano, mejor diremos una garra,
le asi por el brazo derecho. Era Antoona, que dijo en voz baja:

--Diantre de colegial, ingrato, desaborido, mostrenco! Ya imaginaba yo
que no venas. Dnde has estado, _peal_? Cmo te atreves a tardar,
hacindote de pencas, cuando toda la sal de la tierra se est
derritiendo por ti y el sol de la hermosura te aguarda!

Mientras Antoona expresaba estas quejas, no estaba parada, sino que iba
andando y llevando en pos de s, asido siempre del brazo, al colegial
atortolado y silencioso. Salvaron la cancela, y Antoona la cerr con
tiento y sin ruido; atravesaron el patio, subieron por la escalera,
pasaron luego por unos corredores y por dos salas, y llegaron a la
puerta del despacho, que estaba cerrada.

En toda la casa remaba maravilloso silencio. El despacho estaba en lo
interior y no llegaban a l los rumores de la calle. Slo llegaban,
aunque confusos y vagos, el resonar de las castauelas y el son de la
guitarra, y un leve murmullo, causado todo por los criados de Pepita,
que tenan su jaleo probe en la casa de campo.

Antoona abri la puerta del despacho; empuj a D. Luis para que
entrase, y al mismo tiempo le anunci diciendo:

--Nia, aqu tienes al seor D. Luis, que viene a despedirse de ti.

Hecho el anuncio con la formalidad debida, la discreta Antoona se
retir de la sala, dejando a sus anchas al visitante y a la nia, y
volviendo a cerrar la puerta.

       *       *       *       *       *

Al llegar a este punto no podemos menos de hacer notar el carcter de
autenticidad que tiene la presente historia, admirndonos de la
escrupulosa exactitud de la persona que la compuso. Porque, si algo de
fingido, como en una novela, hubiera en estos _Paralipmenos_, no cabe
duda en que una entrevista tan importante y transcendente como la de
Pepita y D. Luis se hubiera dispuesto por medios menos vulgares que los
aqu empleados. Tal vez nuestros hroes, yendo a una nueva expedicin
campestre, hubieran sido sorprendidos por deshecha y pavorosa tempestad,
teniendo que refugiarse en las ruinas de algn antiguo castillo o torre
moruna, donde por fuerza haba de ser fama que aparecan espectros o
cosas por el estilo. Tal vez nuestros hroes hubieran cado en poder de
alguna partida de bandoleros, de la cual hubieran escapado merced a la
serenidad y valenta de D. Luis, albergndose luego durante la noche,
sin que se pudiese evitar, y solitos los dos, en una caverna o gruta. Y
tal vez, por ltimo, el autor hubiera arreglado el negocio de manera que
Pepita y su vacilante admirador hubieran tenido que hacer un viaje por
mar, y aunque ahora no hay piratas o corsarios argelinos, no es difcil
inventar un buen naufragio, en el cual don Luis hubiera salvado a
Pepita, arribando a una isla desierta o a otro lugar potico y apartado.
Cualquiera de estos recursos hubiera preparado con ms arte el coloquio
apasionado de los dos jvenes y hubiera justificado mejor a D. Luis.
Creemos, sin embargo, que en vez de censurar al autor porque no apela a
tales enredos, conviene darle gracias por la mucha conciencia que tiene,
sacrificando a la fidelidad del relato el portentoso efecto que hara si
se atreviese a exornarle y bordarle con lances y episodios sacados de su
fantasa.

Si no hubo ms que la oficiosidad y destreza de Antoona y la debilidad
con que D. Luis se comprometi a acudir a la cita, para qu forjar
embustes y traer a los dos amantes como arrastrados por la fatalidad a
que se vean y hablen a solas con gravsimo peligro de la virtud y
entereza de ambos? Nada de eso. Si D. Luis se conduce bien o mal en
venir a la cita, y si Pepita Jimnez, a quien Antoona haba ya dicho
que D. Luis espontneamente vena a verla, hace mal o bien en alegrarse
de aquella visita algo misteriosa y fuera de tiempo, no echemos la culpa
al acaso, sino a los mismos personajes que en esta historia figuran y a
las pasiones que sienten.

Mucho queremos nosotros a Pepita; pero la verdad es antes que todo, y la
hemos de decir, aunque perjudique a nuestra herona. A las ocho le dijo
Antoona que D. Luis iba a venir; y Pepita, que hablaba de morirse, que
tena los ojos encendidos y los prpados un poquito inflamados de llorar
y que estaba bastante despeinada, no pens desde entonces sino en
componerse y arreglarse para recibir a D. Luis. Se lav la cara con agua
tibia para que el estrago del llanto desapareciese hasta el punto
preciso de no afear, mas no para que no quedasen huellas de que haba
llorado; se compuso el pelo de suerte que no denunciaba estudio
cuidadoso, sino que mostraba cierto artstico y gentil descuido, sin
rayar en desorden, lo cual hubiera sido poco decoroso; se puli las
uas; y como no era propio recibir de bata a D. Luis, se visti un traje
sencillo de casa. En suma, mir instintivamente a que todos los
pormenores de tocador concurriesen a hacerla parecer ms bonita y
aseada, sin que se trasluciera el menor indicio del arte, del trabajo y
del tiempo gastados en aquellos perfiles, sino que todo ello
resplandeciera como obra natural y don gratuito; como algo que persista
en ella, a pesar del olvido de s misma, causado por la vehemencia de
los afectos.

Segn hemos llegado a averiguar, Pepita emple ms de una hora en estas
faenas de tocador, que haban de sentirse slo por los efectos. Despus
se dio el postrer retoque y vistazo al espejo con satisfaccin mal
disimulada. Y por ltimo, a eso de las nueve y media, tomando una
palmatoria, baj a la sala donde estaba el Nio Jess. Encendi primero
las velas del altarito, que estaban apagadas; vio con cierta pena que
las flores yacan marchitas; pidi perdn a la devota imagen por haberla
tenido desatendida mucho tiempo; y, postrndose de hinojos, y a solas,
or con todo su corazn, y con aquella confianza y franqueza que inspira
quien est de husped en casa desde hace muchos aos. A un Jess
Nazareno, con la cruz a cuestas y la corona de espinas; a un Ecce-Homo,
ultrajado y azotado, con la caa por irrisorio cetro y la spera soga
por ligadura de las manos, o a un Cristo crucificado, sangriento y
moribundo, Pepita no se hubiera atrevido a pedir lo que pidi a Jess,
pequeuelo todava, risueo, lindo, sano y con buenos colores. Pepita le
pidi que le dejase a D. Luis; que no se le llevase; porque l, tan rico
y tan abastado de todo, poda sin gran sacrificio desprenderse de aquel
servidor y cedrsele a ella.

Terminados estos preparativos, que nos ser lcito clasificar y dividir
en _cosmticos_, indumentarios y religiosos, Pepita se instal en el
despacho, aguardando la venida de don Luis con febril impaciencia.

Atinada anduvo Antoona en no decirle que iba a venir, sino hasta poco
antes de la hora. Aun as, gracias a la tardanza del galn, la pobre
Pepita estuvo deshacindose, llena de ansiedad y de angustia, desde que
termin sus oraciones y splicas con el nio Jess hasta que vio dentro
del despacho al otro nio.

       *       *       *       *       *

La visita empez del modo ms grave y ceremonioso. Los saludos de
frmula se pronunciaron maquinalmente de una parte y de otra; y D. Luis,
invitado a ello, tom asiento en una butaca, sin dejar el sombrero ni el
bastn, y a no corta distancia de Pepita. Pepita estaba sentada en el
sof. El velador se vea al lado de ella, con libros y con la
palmatoria, cuya luz iluminaba su rostro. Una lmpara arda adems sobre
el bufete. Ambas luces, con todo, siendo grande el cuarto, como lo era,
dejaban la mayor parte de l en la penumbra. Una gran ventana, que daba
a un jardincillo interior, estaba abierta por el calor, y si bien sus
hierros eran como la trama de un tejido de rosas-enredaderas y jazmines,
todava por entre la verdura y las flores se abran camino los claros
rayos de la luna, penetraban en la estancia y queran luchar con la luz
de la lmpara y de la palmatoria. Penetraban adems por la
ventana-vergel el lejano y confuso rumor del jaleo de la casa de campo,
que estaba al otro extremo, el murmullo montono de una fuente que haba
en el jardincillo, y el aroma de los jazmines y de las rosas que
tapizaban la ventana, mezclado con el de los don-pedros, albahacas y
otras plantas, que adornaban los arriates al pie de ella.

Hubo una larga pausa, un silencio tan difcil de sostener como de
romper. Ninguno de los dos interlocutores se atreva a hablar. Era, en
verdad, la situacin muy embarazosa. Tanto para ellos el expresarse
entonces, como para nosotros el reproducir ahora lo que expresaron, es
empresa ardua; pero no hay ms remedio que acometerla. Dejemos que ellos
mismos se expliquen y copiemos al pie de la letra sus palabras.

       *       *       *       *       *


--Al fin se dign Vd. venir a despedirse de m antes de su partida--dijo
Pepita--. Yo haba perdido ya la esperanza.

El papel que haca D. Luis era de mucho empeo y por otra parte, los
hombres, no ya novicios, sino hasta experimentados y curtidos en estos
dilogos, suelen incurrir en tonteras al empezar. No se condene, pues,
a D. Luis porque empezase contestando tonteras.

--Su queja de Vd. es injusta--dijo--. He estado aqu a despedirme de Vd.
con mi padre, y, como no tuvimos el gusto de que Vd. nos recibiese,
dejamos tarjetas. Nos dijeron que estaba Vd. algo delicada de salud, y
todos los das hemos enviado recado para saber de Vd. Grande ha sido
nuestra satisfaccin al saber que estaba Vd. aliviada. Y ahora, se
encuentra Vd. mejor?

--Casi estoy por decir a Vd. que no me encuentro mejor--replic
Pepita--; pero como veo que viene Vd. de embajador de su padre, y no
quiero afligir a un amigo tan excelente, justo ser que diga a Vd., y
que Vd. repita a su padre, que siento bastante alivio. Singular es que
haya venido Vd. solo. Mucho tendr que hacer D. Pedro cuando no le ha
acompaado.

--Mi padre no me ha acompaado, seora, porque no sabe que he venido a
ver a Vd. Yo he venido solo, porque mi despedida ha de ser solemne,
grave, para siempre quizs; y la suya es de ndole harto diversa. Mi
padre volver por aqu dentro de unas semanas; yo es posible que no
vuelva nunca, y si vuelvo, volver muy otro del que soy ahora.

Pepita no pudo contenerse. El porvenir de felicidad con que haba soado
se desvaneca como una sombra. Su resolucin inquebrantable de vencer a
toda costa a aquel hombre, nico que haba amado en la vida, nico que
se senta capaz de amar, era una resolucin intil. D. Luis se iba. La
juventud, la gracia, la belleza, el amor de Pepita no valan para nada.
Estaba condenada, con veinte aos de edad y tanta hermosura, a la viudez
perpetua, a la soledad, a amar a quien no la amaba. Todo otro amor era
imposible para ella. El carcter de Pepita, en quien los obstculos
recrudecan y avivaban ms los anhelos, en quien una determinacin, una
vez tomada, lo arrollaba todo hasta verse cumplida, se mostr entonces
con notable violencia y rompiendo todo freno. Era menester morir o
vencer en la demanda. Los respetos sociales, la inveterada costumbre de
disimular y de velar los sentimientos, que se adquieren en el gran mundo
y que pone dique a los arrebatos de la pasin, y envuelve en gasas y
cendales y disuelve en perfrasis y frases ambiguas la ms enrgica
explosin de los mal reprimidos afectos, nada podan con Pepita, que
tena poco trato de gentes, y que no conoca trmino medio; que no haba
sabido sino obedecer a ciegas a su madre y a su primer marido, y mandar
despus despticamente a todos los dems seres humanos. As es que
Pepita habl en aquella ocasin y se mostr tal como era. Su alma, con
cuanto haba en ella de apasionado, tom forma sensible en sus palabras,
y sus palabras no sirvieron para envolver su pensar y su sentir sino
para darle cuerpo. No habl como hubiera hablado una dama de nuestros
salones, con ciertas plegueras y atenuaciones en la expresin, sino con
la desnudez idlica con que Cloe hablaba a Dafnis y con la humildad y el
abandono completo con que se ofreci a Booz la nuera de Noemi.

Pepita dijo:

--Persiste Vd., pues, en su propsito? Est usted seguro de su
vocacin? No teme Vd. ser un mal clrigo? Sr. D. Luis, voy a hacer un
esfuerzo; voy a olvidar por un instante que soy una ruda muchacha; voy a
prescindir de todo sentimiento, y voy a discurrir con frialdad, como si
se tratase del asunto que me fuese ms extrao. Aqu hay hechos que se
pueden comentar de dos modos. Con ambos comentarios queda Vd. mal.
Expondr mi pensamiento. Si la mujer que con sus coqueteras, no por
cierto muy desenvueltas, casi sin hablar a Vd. palabra, a los pocos das
de verle y tratarle, ha conseguido provocar a Vd., moverle a que la mire
con miradas que auguraban amor profano, y hasta ha logrado que le d Vd.
una muestra de cario, que es una falta, un pecado en cualquiera y ms
en un sacerdote; si esta mujer, es, como lo es en realidad, una lugarea
ordinaria, sin instruccin, sin talento y sin elegancia, qu no se debe
temer de Vd. cuando trate y vea y visite en las grandes ciudades a otras
mujeres mil veces ms peligrosas? Usted se volver loco cuando vea y
trate a las grandes damas que habitan palacios, que huellan mullidas
alfombras, que deslumbran con diamantes y perlas, que visten sedas y
encajes y no percal y muselina, que desnudan la cndida y bien formada
garganta y no la cubren con un plebeyo y modesto paolito, que son ms
diestras en mirar y herir, que por el mismo boato, squito y pompa de
que se rodean son ms deseables por ser en apariencia inasequibles, que
disertan de poltica, de filosofa, de religin y de literatura, que
cantan como canarios, y que estn como envueltas en nubes de aroma,
adoraciones y rendimientos, sobre un pedestal de triunfos y victorias,
endiosadas por el prestigio de un nombre ilustre, encumbradas en ureos
salones o retiradas en voluptuosos gabinetes, donde entran slo los
felices de la tierra; tituladas acaso, y llamndose nicamente para los
ntimos Pepita, Antoita o Angelita, y para los dems la Excma. Seora
Duquesa o la Excma. Seora Marquesa. Si Vd. ha cedido a una zafia
aldeana, hallndose en vsperas de la ordenacin, con todo el entusiasmo
que debe suponerse, y, si ha cedido impulsado por capricho fugaz, no
tengo razn en prever que va Vd. a ser un clrigo detestable, impuro,
mundanal y funesto, y que ceder a cada paso? En esta suposicin, crame
usted, Sr. D. Luis y no se me ofenda, ni siquiera vale Vd. para marido
de una mujer honrada. Si usted ha estrechado las manos, con el ahnco y
la ternura del ms frentico amante, si Vd. ha mirado con miradas que
prometan un cielo, una eternidad de amor, y si Vd. ha... besado a una
mujer que nada le inspiraba sino algo que para m no tiene nombre, vaya
Vd. con Dios, y no se case Vd. con esa mujer. Si ella es buena, no le
querr a Vd. para marido, ni siquiera para amante; pero, por amor de
Dios, no sea Vd. clrigo tampoco. La Iglesia ha menester de otros
hombres ms serios y ms capaces de virtud para ministros del Altsimo.
Por el contrario, si Vd. ha sentido una gran pasin por esta mujer de
que hablamos, aunque ella sea poco digna, por qu abandonarla y
engaarla con tanta crueldad? Por indigna que sea, si es que ha
inspirado esa gran pasin, no cree Vd. que la compartir y que ser
vctima de ella? Pues qu, cuando el amor es grande, elevado y violento,
deja nunca de imponerse? No tiraniza y subyuga al objeto amado de un
modo irresistible? Por los grados y quilates de su amor debe usted medir
el de su amada. Y cmo no temer por ella si Vd. la abandona? Tiene
ella la energa varonil, la constancia que infunde la sabidura que los
libros encierran, el aliciente de la gloria, la multitud de grandiosos
proyectos, y todo aquello que hay en su cultivado y sublime espritu de
Vd. para distraerle y apartarle, sin desgarradora violencia, de todo
otro terrenal afecto? No comprende Vd. que ella morir de dolor, y que
Vd., destinado a hacer incruentos sacrificios, empezar por sacrificar
despiadadamente a quien ms le ama?

--Seora--contest D. Luis haciendo un esfuerzo para disimular su
emocin y para que no se conociese lo turbado que estaba en lo trmulo y
balbuciente de la voz--. Seora, yo tambin tengo que dominarme mucho
para contestar a Vd. con la frialdad de quien opone argumentos a
argumentos como en una controversia; pero la acusacin de Vd. viene tan
razonada (y Vd. perdone que se lo diga), es tan hbilmente sofstica,
que me fuerza a desvanecerla con razones. No pensaba yo tener que
disertar aqu y que aguzar mi corto ingenio; pero Vd. me condena a ello,
si no quiero pasar por un monstruo. Voy a contestar a los extremos del
cruel dilema que ha forjado Vd. en mi dao. Aunque me he criado al lado
de mi to y en el Seminario, donde no he visto mujeres, no me crea Vd.
tan ignorante ni tan pobre de imaginacin que no acertase a
representrmelas en la mente todo lo bellas, todo lo seductoras que
pueden ser. Mi imaginacin, por el contrario, sobrepujaba a la realidad
en todo eso. Excitada por la lectura de los cantores bblicos y de los
poetas profanos, se finga mujeres ms elegantes, ms graciosas, ms
discretas, que las que por lo comn se hallan en el mundo real. Yo
conoca, pues, el precio del sacrificio que haca, y hasta lo exageraba,
cuando renunci al amor de esas mujeres, pensando elevarme a la dignidad
del sacerdocio. Harto conoca yo lo que puede y debe aadir de encanto a
una mujer hermosa el vestirla de ricas telas y joyas esplendentes, y el
circundarla de todos los primores de la ms refinada cultura y de todas
las riquezas que crean la mano y el ingenio infatigable del hombre.
Harto conoca yo tambin lo que acrecientan el natural despejo, lo que
pulen, realzan y abrillantan la inteligencia de una mujer el trato de
los hombres ms notables por la ciencia, la lectura de buenos libros, el
aspecto mismo de las florecientes ciudades con los monumentos y
grandezas que contienen. Todo esto me lo figuraba yo con tal viveza y lo
vea con tal hermosura, que, no lo dude Vd., si yo llego a ver y a
tratar a esas mujeres de que Vd. me habla, lejos de caer en la adoracin
y en la locura que Vd. predice, tal vez sea un desengao lo que reciba,
al ver cunta distancia media de lo soado a lo real y de lo vivo a lo
pintado.

--Estos de Vd. s que son sofismas!--interrumpi Pepita--. Cmo negar
a Vd. que lo que usted se pinta en la imaginacin es ms hermoso que lo
que existe realmente; pero cmo negar tampoco que lo real tiene ms
eficacia seductora que lo imaginado y soado? Lo vago y areo de un
fantasma, por bello que sea, no compite con lo que mueve materialmente
los sentidos. Contra los ensueos mundanos comprendo que venciesen en su
alma de usted las imgenes devotas; pero temo que las imgenes devotas
no haban de vencer a las mundanas realidades.

--Pues no lo tema Vd., seora--replic don Luis--. Mi fantasa es ms
eficaz en lo que crea que todo el universo, menos Vd., en lo que por los
sentidos transmite.

--Y por qu menos yo? Esto me hace caer en otro recelo. Ser quizs la
idea que Vd. tiene de m, la idea que ama, creacin de esa fantasa tan
eficaz, ilusin en nada conforme conmigo?

--No: no lo es; tengo fe de que esta idea es en todo conforme con Vd.;
pero tal vez es ingnita en mi alma; tal vez est en ella desde que fue
creada por Dios; tal vez es parte de su esencia; tal vez es lo ms puro
y rico de su ser, como el perfume en las flores.

--Bien me lo tema yo! Vd. lo confiesa ahora. Usted no me ama. Eso que
ama Vd. es la esencia, el aroma, lo ms puro de su alma, que ha tomado
una forma parecida a la ma.

--No, Pepita: no se divierta Vd. en atormentarme. Esto que yo amo es
Vd., y Vd. tal cual es; pero es tan bello, tan limpio, tan delicado esto
que yo amo, que no me explico que pase todo por los sentidos, de un modo
grosero, y llegue as hasta mi mente. Supongo, pues, y creo, y tengo por
cierto, que estaba antes en m. Es como la idea de Dios, que estaba en
m, que ha venido a magnificarse y desenvolverse en m, y que sin
embargo tiene su objeto real, superior, infinitamente superior a la
idea. Como creo que Dios existe, creo que existe usted y que vale Vd.
mil veces ms que la idea que de Vd. tengo formada.

--An me queda una duda. No pudiera ser la mujer en general, y no yo
singular y exclusivamente, quien ha despertado esa idea?

--No, Pepita; la magia, el hechizo de una mujer, bella de alma y de
gentil presencia, haban, antes de ver a Vd., penetrado en mi fantasa.
No hay duquesa, ni marquesa en Madrid, ni emperatriz en el mundo, ni
reina ni princesa en todo el orbe, que valgan lo que valen las ideales y
fantsticas criaturas con quienes yo he vivido, porque se aparecan en
los alczares y camarines, estupendos de lujo, buen gusto y exquisito
ornato, que yo edificaba en mis espacios imaginarios, desde que llegu a
la adolescencia, y que daba luego por morada a mis Lauras, Beatrices,
Julietas, Margaritas y Eleonoras, o a mis Cintias, Glceras y Lesbias.
Yo las coronaba en mi mente con diademas y mitras orientales, y las
envolva en mantos de prpura y de oro, y las rodeaba de pompa regia,
como a Ester y a Vasti: yo les prestaba la sencillez buclica de la edad
patriarcal como a Rebeca y a la Sulamita; yo les daba la dulce humildad
y la devocin de Ruth; yo las oa discurrir como Aspasia o Hipatia,
maestras de elocuencia; yo las encumbraba en estrados riqusimos y pona
en ellas reflejos gloriosos de clara sangre y de ilustre prosapia, como
si fuesen las matronas patricias ms orgullosas y nobles de la antigua
Roma; yo las vea ligeras, coquetas, alegres, llenas de aristocrtica
desenvoltura, como las damas del tiempo de Luis XV en Versalles; y yo
las adornaba, ya con pdicas estolas, que infundan veneracin y
respeto, ya con tnicas y peplos sutiles, por entre cuyos pliegues
airosos se dibujaba toda la perfeccin plstica de las gallardas formas;
ya con la _coa_ transparente de las bellas cortesanas de Atenas y Corinto,
para que reluciese, bajo la nebulosa velatura, lo blanco y sonrosado del
bien torneado cuerpo. Pero qu valen los deleites del sentido, ni qu
valen las glorias todas y las magnificencias del mundo, cuando un alma
arde y se consume en el amor divino, como yo entenda, tal vez con
sobrada soberbia, que la ma estaba ardiendo y consumindose? Ingentes
peascos, montaas enteras, si sirven de obstculo a que se dilate el
fuego que de repente arde en el seno de la tierra, vuelan deshechos por
el aire, dando lugar y abriendo paso a la amontonada plvora de la mina
o a las inflamadas materias del volcn en erupcin atronadora. As, o
con mayor fuerza, lanzaba de s mi espritu todo el peso del universo y
de la hermosura creada, que se le pona encima y le aprisionaba
impidindole volar a Dios, como a su centro. No; no he dejado yo por
ignorancia ningn regalo, ninguna dulzura, ninguna gloria: todo lo
conoca y lo estimaba en ms de lo que vale cuando lo despreci por otro
regalo, por otra gloria, por otras dulzuras mayores. El amor profano de
la mujer, no slo ha venido a mi fantasa con cuantos halagos tiene en
s, sino con aquellos hechizos soberanos y casi irresistibles de la ms
peligrosa de las tentaciones: de la que llaman los moralistas tentacin
virgnea, cuando la mente, an no desengaada por la experiencia y el
pecado, se finge en el abrazo amoroso un subidsimo deleite,
inmensamente superior, sin duda, a toda realidad y a toda verdad. Desde
que vivo, desde que soy hombre, y ya hace aos, pues no es tan grande mi
mocedad, he despreciado todas esas sombras y reflejos de deleites y de
hermosuras, enamorado de una hermosura arquetipo y ansioso de un deleite
supremo. He procurado morir en m para vivir en el objeto amado;
desnudar, no ya slo los sentidos, sino hasta las potencias de mi alma,
de afectos del mundo y de figuras y de imgenes, para poder decir con
razn que no soy yo el que vivo, sino que Cristo vive en m. Tal vez, de
seguro, he pecado de arrogante y de confiado, y Dios ha querido
castigarme. Usted entonces se ha interpuesto en mi camino y me ha sacado
de l y me ha extraviado. Ahora me zahiere, me burla, me acusa de
liviano y de fcil: y al zaherirme y burlarme se ofende a s propia,
suponiendo que mi falta me la hubiera hecho cometer otra mujer
cualquiera. No quiero, cuando debo ser humilde, pecar de orgulloso
defendindome. Si Dios, en castigo de mi soberbia, me ha dejado de su
gracia, harto posible es que el ms ruin motivo me haya hecho vacilar y
caer. Con todo, dir a Vd. que mi mente, quizs alucinada, lo entiende
de muy diversa manera. Ser efecto de mi no domada soberbia; pero repito
que lo entiendo de otra manera. No acierto a persuadirme de que haya
ruindad ni bajeza en el motivo de mi cada. Sobre todos los ensueos de
mi juvenil imaginacin ha venido a sobreponerse y entronizarse la
realidad que en Vd. he visto: sobre todas mis ninfas, reinas y diosas,
Vd. ha descollado; por cima de mis ideales creaciones, derribadas,
rotas, deshechas por el amor divino, se levant en mi alma la imagen
fiel, la copia exactsima de la viva hermosura que adorna, que es la
esencia de ese cuerpo y de esa alma. Hasta algo de misterioso, de
sobrenatural, puede haber intervenido en esto, porque am a Vd. desde
que la vi, casi antes de que la viera. Mucho antes de tener conciencia
de que la amaba a Vd., ya la amaba. Se dira que hubo en esto algo de
fatdico; que estaba escrito; que era una predestinacin.

--Y si es una predestinacin, si estaba escrito--interrumpi Pepita--,
por qu no someterse, por qu resistirse todava? Sacrifique Vd. sus
propsitos a nuestro amor. Acaso no he sacrificado yo mucho? Ahora
mismo, al rogar, al esforzarme por vencer los desdenes de Vd., no
sacrifico mi orgullo, mi decoro y mi recato? Yo tambin creo que amaba a
usted antes de verle. Ahora amo a Vd. con todo mi corazn, y sin Vd. no
hay felicidad para m. Cierto es que en mi humilde inteligencia no puede
usted hallar rivales tan poderosos como yo tengo en la de usted. Ni con
la mente, ni con la voluntad, ni con el afecto, atino a elevarme a Dios
inmediatamente. Ni por naturaleza, ni por gracia, subo ni me atrevo a
querer subir a tan encumbradas esferas. Llena est mi alma, sin embargo,
de piedad religiosa, y conozco y amo y adoro a Dios, pero slo veo su
omnipotencia y admiro su bondad en las obras que han salido de sus
manos. Ni con la imaginacin acierto tampoco a forjarme esos ensueos
que usted me refiere. Con alguien, no obstante, ms bello, entendido,
potico y amoroso, que los hombres que me han pretendido hasta ahora,
con un amante ms distinguido y cabal que todos mis adoradores de este
lugar y de los lugares vecinos, soaba yo para que me amara y para que
yo le amase y le rindiese mi albedro. Ese alguien era Vd. Lo present
cuando me dijeron que Vd. haba llegado al lugar: lo reconoc cuando vi
a Vd. por vez primera. Pero como mi imaginacin es tan estril, el
retrato que yo de Vd. me haba trazado no vala, ni con mucho, lo que
Vd. vale. Yo tambin he ledo algunas historias y poesas, pero de todos
los elementos que de ellas guardaba mi memoria no logr nunca componer
una pintura que no fuese muy inferior en mrito a lo que veo en Vd. y
comprendo en Vd. desde que le conozco. As es que estoy rendida y
vencida y aniquilada desde el primer da. Si amor es lo que usted dice,
si es morir en s para vivir en el amado, verdadero y legtimo amor es
el mo, porque he muerto en m y slo vivo en Vd. y para Vd. He deseado
desechar de m este amor, creyndole mal pagado, y no me ha sido
posible. He pedido a Dios, con mucho fervor, que me quite el amor o me
mate, y Dios no ha querido orme. He rezado a Mara Santsima para que
borre del alma la imagen de usted y el rezo ha sido intil. He hecho
promesas al santo de mi nombre para no pensar en Vd. sino como l
pensaba en su bendita esposa, y el santo no me ha socorrido. Viendo
esto, he tenido la audacia de pedir al cielo que Vd. se deje vencer, que
usted deje de querer ser clrigo, que nazca en su corazn de Vd. un amor
tan profundo como el que hay en mi corazn. D. Luis, dgamelo Vd. con
franqueza, ha sido tambin sordo el cielo a esta ltima splica? O es
acaso que para avasallar y rendir un alma pequea, cuitada y dbil como
la ma, basta un pequeo amor, y para avasallar la de Vd., cuando tan
altos y fuertes pensamientos la velan y custodian, se necesita de amor
ms poderoso, que yo no soy digna de inspirar, ni capaz de compartir, ni
hbil para comprender siquiera?

--Pepita--contest D. Luis--, no es que su alma de Vd. sea ms pequea
que la ma, sino que est libre de compromisos, y la ma no lo est. El
amor que Vd. me ha inspirado es inmenso; pero luchan contra l mi
obligacin, mis votos, los propsitos de toda mi vida, prximos a
realizarse. Por qu no he de decirlo, sin temor de ofender a Vd.? Si
usted logra en m su amor, Vd. no se humilla. Si yo cedo a su amor de
Vd., me humillo y me rebajo. Dejo al Creador por la criatura, destruyo
la obra de mi constante voluntad, rompo la imagen de Cristo que estaba
en mi pecho, y el hombre nuevo, que a tanta costa haba yo formado en
m, desaparece para que el hombre antiguo renazca. Por qu, en vez de
bajar yo hasta el suelo, hasta el siglo, hasta la impureza del mundo,
que antes he menospreciado, no se eleva Vd. hasta m por virtud de ese
mismo amor que me tiene, limpindole de toda escoria? Por qu no nos
amamos entonces sin vergenza y sin pecado y sin mancha? Dios, con el
fuego pursimo y refulgente de su amor, penetra las almas santas y las
llena por tal arte, que as como un metal que sale de la fragua, sin
dejar de ser metal reluce y deslumbra, y es todo fuego, as las almas se
hinchen de Dios, y en todo son Dios, penetradas por donde quiera de
Dios, en gracia del amor divino. Estas almas se aman y se gozan
entonces, como si amaran y gozaran a Dios: amndole y gozndole, porque
Dios son ellas. Subamos, juntos en espritu, esta mstica y difcil
escala: asciendan a la par nuestras almas a esta bienaventuranza, que
aun en la vida mortal es posible; mas para ello es fuerza que nuestros
cuerpos se separen; que yo vaya a donde me llama mi deber, mi promesa y
la voz del Altsimo, que dispone de su siervo y le destina al culto de
sus altares.

--Ay, Sr. D. Luis!--replic Pepita toda desolada y compungida--. Ahora
conozco cun vil es el metal del que estoy forjada y cun indigno de que
le penetre y mude el fuego divino. Lo declarar todo, desechando hasta
la vergenza. Soy una pecadora infernal. Mi espritu grosero e inculto
no alcanza esas sutilezas, esas distinciones, esos refinamientos de
amor. Mi voluntad rebelde se niega a lo que Vd. propone. Yo ni siquiera
concibo a Vd. sin Vd. Para m es Vd. su boca, sus ojos, sus negros
cabellos, que deseo acariciar con mis manos, su dulce voz y el regalado
acento de sus palabras que hieren y encantan materialmente mis odos,
toda su forma corporal, en suma, que me enamora y seduce, y al travs de
la cual, y slo al travs de la cual se me muestra el espritu
invisible, vago y lleno de misterios. Mi alma, reacia e incapaz de esos
raptos misteriosos, no acertar a seguir a Vd. nunca a las regiones
donde quiere llevarla. Si Vd. se eleva hasta ellas, yo me quedar sola,
abandonada, sumida en la mayor afliccin. Prefiero morirme. Merezco la
muerte: la deseo. Tal vez al morir, desatando o rompiendo mi alma estas
infames cadenas que la detienen, se haga hbil para ese amor con que Vd.
desea que nos amemos. Mteme Vd. antes, para que nos amemos as; mteme
Vd. antes, y, ya libre mi espritu, le seguir por todas las regiones y
peregrinar invisible al lado de usted velando su sueo, contemplndole
con arrobo, penetrando sus pensamientos ms ocultos, viendo en realidad
su alma, sin el intermedio de los sentidos. Pero viva, no puede ser. Yo
amo en Vd., no ya slo el alma, sino el cuerpo, y la sombra del cuerpo,
y el reflejo del cuerpo en los espejos y en el agua, y el nombre, y el
apellido, y la sangre, y todo aquello que le determina como tal D. Luis
de Vargas; el metal de la voz, el gesto, el modo de andar y no s qu
ms diga. Repito que es menester matarme. Mteme Vd. sin compasin. No:
yo no soy cristiana, sino idlatra materialista.

Aqu hizo Pepita una larga pausa. D. Luis no saba qu decir y callaba.
El llanto baaba las mejillas de Pepita, la cual prosigui sollozando:

--Lo conozco: Vd. me desprecia y hace bien en despreciarme. Con ese
justo desprecio me matar usted mejor que con un pual, sin que se
manche de sangre ni su mano ni su conciencia. Adis. Voy a libertar a
Vd. de mi presencia odiosa. Adis para siempre.

Dicho esto, Pepita se levant de su asiento, y sin volver la cara
inundada de lgrimas, fuera de s, con precipitados pasos se lanz hacia
la puerta que daba a las habitaciones interiores. D. Luis sinti una
invencible ternura, una piedad funesta. Tuvo miedo de que Pepita
muriese. La sigui para detenerla, pero no lleg a tiempo, Pepita pas
la puerta. Su figura se perdi en la oscuridad. Arrastrado D. Luis como
por un poder sobrehumano, impulsado como por una mano invisible, penetr
en pos de Pepita en la estancia sombra.

       *       *       *       *       *

El despacho qued solo.

El baile de los criados deba de haber concluido, pues no se oa el ms
leve rumor. Slo sonaba el agua de la fuente del jardincillo.

Ni un leve soplo de viento interrumpa el sosiego de la noche y la
serenidad del ambiente. Penetraban por la ventana el perfume de las
flores y el resplandor de la luna.

Al cabo de un largo rato, D. Luis apareci de nuevo, saliendo de la
oscuridad. En su rostro se vea pintado el terror; algo de la
desesperacin de Judas.

Se dej caer en una silla: puso ambos puos cerrados en su cara y en sus
rodillas ambos codos, y as permaneci ms de media hora sumido sin duda
en un mar de reflexiones amargas.

Cualquiera, si le hubiera visto, hubiera sospechado que acababa de
asesinar a Pepita.

Pepita, sin embargo, apareci despus. Con paso lento, con actitud de
profunda melancola, con el rostro y la mirada inclinados al suelo,
lleg hasta cerca de donde estaba D. Luis, y dijo de este modo:

--Ahora, aunque tarde, conozco toda la vileza de mi corazn y toda la
iniquidad de mi conducta. Nada tengo que decir en mi abono; mas no
quiero que me creas ms perversa de lo que soy. Mira, no pienses que ha
habido en m artificio, ni clculo, ni plan para perderte. S, ha sido
una maldad atroz, pero instintiva; una maldad inspirada quiz por el
espritu del infierno que me posee. No te desesperes ni te aflijas, por
amor de Dios. De nada eres responsable. Ha sido un delirio: la
enajenacin mental se apoder de tu noble alma. No es en ti el pecado
sino muy leve. En m es grave, horrible, vergonzoso. Ahora te merezco
menos que nunca. Vete: yo soy ahora quien te pide que te vayas. Vete:
haz penitencia. Dios te perdonar. Vete: que un sacerdote te absuelva.
Limpio de nuevo de culpa, cumple tu voluntad y s ministro del Altsimo.
Con tu vida trabajosa y santa, no slo borrars hasta las ltimas
seales de esta cada sino que despus de perdonarme el mal que te he
hecho, conseguirs del cielo mi perdn. No hay lazo alguno que conmigo
te ligue; y si lo hay, yo le desato o le rompo. Eres libre. Bsteme el
haber hecho caer por sorpresa al lucero de la maana; no quiero, ni
debo, ni puedo retenerle cautivo. Lo adivino, lo infiero de tu ademn,
lo veo con evidencia; ahora me desprecias ms que antes, y tienes razn
en despreciarme. No hay honra, ni virtud, ni vergenza en m.

Al decir esto, Pepita hinc en tierra ambas rodillas y se inclin luego
hasta tocar con la frente el suelo del despacho. D. Luis sigui en la
misma postura que antes tena. As estuvieron los dos algunos minutos en
desesperado silencio.

Con voz ahogada, sin levantar la faz de la tierra, prosigui al cabo
Pepita:

--Vete ya, D. Luis, y no por una piedad afrentosa permanezcas ms tiempo
al lado de esta mujer miserable. Yo tendr valor para sufrir tu desvo,
tu olvido y hasta tu desprecio, que tengo tan merecido. Ser siempre tu
esclava, pero lejos de ti, muy lejos de ti, para no traerte a la memoria
la infamia de esta noche.

Los gemidos sofocaron la voz de Pepita, al terminar estas palabras.

D. Luis no pudo ms. Se puso en pie, lleg donde estaba Pepita y la
levant entre sus brazos, estrechndola contra su corazn, apartando
blandamente de su cara los rubios rizos que en desorden caan sobre
ella, y cubrindola de apasionados besos.

--Alma ma--dijo por ltimo don Luis--, vida de mi alma, prenda querida
de mi corazn, luz de mis ojos, levanta la abatida frente y no te
prosternes ms delante de m. El pecador, el flaco de voluntad, el
miserable, el sandio y el ridculo soy yo que no t. Los ngeles y los
demonios deben rerse igualmente de m y no tomarme por lo serio. He
sido un santo postizo, que no he sabido resistir y desengaarte desde el
principio, como hubiera sido justo; y ahora no acierto tampoco a ser un
caballero, un galn, un amante fino, que sabe agradecer en cuanto valen
los favores de su dama. No comprendo qu viste en m para prendarte de
ese modo. Jams hubo en m virtud slida, sino hojarasca y pedantera de
colegial, que haba ledo los libros devotos como quien lee novelas, y
con ellos se haba forjado su novela necia de misiones y
contemplaciones. Si hubiera habido virtud slida en m, con tiempo te
hubiera desengaado y no hubiramos pecado ni t ni yo. La verdadera
virtud no cae tan fcilmente. A pesar de toda tu hermosura, a pesar de
tu talento, a pesar de tu amor hacia m, no, yo no hubiera cado, si en
realidad hubiera sido virtuoso, si hubiera tenido una vocacin
verdadera. Dios, que todo lo puede, me hubiera dado su gracia. Un
milagro, sin duda, algo de sobrenatural se requera para resistir a tu
amor; pero Dios hubiera hecho el milagro si yo hubiera sido digno objeto
y bastante razn para que le hiciera. Haces mal en aconsejarme que sea
sacerdote. Reconozco mi indignidad. No era ms que orgullo lo que me
mova. Era una ambicin mundana como otra cualquiera. Qu digo como
otra cualquiera! Era peor: era una ambicin hipcrita, sacrlega,
simoniaca.

--No te juzgues con tal dureza--replic Pepita, ya ms serena y
sonriendo a travs de las lgrimas--. No deseo que te juzgues as, ni
para que no me halles tan indigna de ser tu compaera; pero quiero que
me elijas por amor, libremente, no para reparar una falta, no porque has
cado en un lazo que prfidamente puedes sospechar que te he tendido.
Vete, si no me amas, si sospechas de m, si no me estimas. No exhalarn
mis labios una queja, si para siempre me abandonas y no vuelves a
acordarte de m...

La contestacin de D. Luis no caba ya en el estrecho y mezquino tejido
del lenguaje humano. Don Luis rompi el hilo del discurso de Pepita,
sellando los labios de ella con los suyos y abrazndola de nuevo.

       *       *       *       *       *

Bastante ms tarde, con previas toses y resonar de pies, entr Antoona
en el despacho diciendo:

--Vaya una pltica larga! Este sermn que ha predicado el colegial no
ha sido el de las siete palabras, sino que ha estado a punto de ser el
de las cuarenta horas. Tiempo es ya de que te vayas, don Luis. Son cerca
de las dos de la maana.

--Bien est--dijo Pepita--, se ir al momento.

Antoona volvi a salir del despacho, y aguard fuera.

Pepita estaba transformada. Las alegras que no haba tenido en su
niez, el gozo y el contento de que no haba gustado en los primeros
aos de su juventud, la bulliciosa actividad y travesura que una madre
adusta y un marido viejo haban contenido y como represado en ella hasta
entonces, se dira que brotaron de repente en su alma, como retoan las
hojas verdes de los rboles, cuando las nieves y los hielos de un
invierno rigoroso y dilatado han retardado su germinacin.

Una seora de ciudad, que conoce lo que llamamos _conveniencias sociales_,
hallar extrao y hasta censurable lo que voy a decir de Pepita; pero
Pepita, aunque elegante de suyo, era una criatura muy a lo natural, y en
quien no caban la compostura disimulada y toda la circunspeccin que en
el gran mundo se estilan. As es que, vencidos los obstculos que se
oponan a su dicha, viendo ya rendido a D. Luis, teniendo su promesa
espontnea de que la tomara por mujer legtima, y creyndose con razn
amada, adorada, de aqul a quien amaba y adoraba tanto, brincaba y rea
y daba otras muestras de jbilo, que, en medio de todo, tenan mucho de
infantil y de inocente.

Era menester que D. Luis partiera. Pepita fue por un peine y le alis
con amor los cabellos, besndoselos despus.

Pepita le hizo mejor el lazo de la corbata.

--Adis, dueo amado--le dijo--. Adis, dulce rey de mi alma. Yo se lo
dir todo a tu padre, si t no quieres atreverte. l es bueno y nos
perdonar.

Al cabo los dos amantes se separaron.

       *       *       *       *       *

Cuando Pepita se vio sola, su bulliciosa alegra se disip, y su rostro
tom una expresin grave y pensativa.

Pepita pens dos cosas igualmente serias: una de inters mundano, otra
de ms elevado inters. Lo primero en que pens fue en que su conducta
de aquella noche, pasada la embriaguez del amor, pudiera perjudicarle en
el concepto de D. Luis. Pero hizo severo examen de conciencia, y,
reconociendo que ella no haba puesto ni malicia, ni premeditacin en
nada, y que cuanto hizo naci de un amor irresistible y de nobles
impulsos, consider que don Luis no poda menospreciarla nunca, y se
tranquiliz por este lado. No obstante, aunque su confesin candorosa de
que no entenda el mero amor de los espritus y aunque su fuga a lo
interior de la alcoba sombra haba sido obra del instinto ms inocente,
sin prever los resultados, Pepita no se negaba que haba pecado despus
contra Dios, y en este punto no hallaba disculpa. Encomendose, pues, de
todo corazn a la Virgen para que la perdonase: hizo promesa a la imagen
de la Soledad, que haba en el convento de monjas, de comprar siete
lindas espadas de oro, de sutil y prolija labor, con que adornar su
pecho; y determin ir a confesarse al da siguiente con el vicario y
someterse a la ms dura penitencia que le impusiera para merecer la
absolucin de aquellos pecados, merced a los cuales venci la terquedad
de D. Luis, quien de lo contrario hubiera llegado a ser cura, sin
remedio.

Mientras Pepita discurra as all en su mente, y resolva con tanto
tino sus negocios del alma, don Luis baj hasta el zagun, acompaado
por Antoona.

Antes de despedirse dijo D. Luis sin preparacin ni rodeos:

--Antoona, t que lo sabes todo, dime, quin es el conde de Genazahar y
qu clase de relaciones ha tenido con tu ama.

--Temprano empiezas a mostrarte celoso.

--No son celos; es curiosidad solamente.

--Mejor es as. Nada ms fastidioso que los celos. Voy a satisfacer tu
curiosidad. Ese conde est bastante tronado. Es un perdido, jugador y
mala cabeza; pero tiene ms vanidad que D. Rodrigo en la horca. Se
empe en que mi nia le quisiera y se casase con l, y como la nia le
ha dado mil veces calabazas, est que trina. Esto no impide que se
guarde por all ms de mil duros, que hace aos le prest don
Gumersindo, sin ms hipoteca que un papelucho, por culpa y a ruegos de
Pepita, que es mejor que el pan. El tonto del conde crey sin duda que
Pepita, que fue tan buena de casada que hizo que le diesen dinero, haba
de ser de viuda tan rebuena para l que le haba de tomar por marido.
Vino despus el desengao con la furia consiguiente.

--Adis, Antoona--dijo D. Luis y se sali a la calle, silenciosa ya y
sombra.

Las luces de las tiendas y puestos de la feria se haban apagado y la
gente se retiraba a dormir, salvo los amos de las tiendas de juguetes y
otros pobres buhoneros, que dorman al sereno al lado de sus mercancas.

En algunas rejas, seguan an varios embozados, pertinaces e
incansables, pelando la pava con sus novias. La mayora haba
desaparecido ya.

En la calle, lejos de la vista de Antoona, don Luis dio rienda suelta a
sus pensamientos. Su resolucin estaba tomada, y todo acuda a su mente
a confirmar su resolucin. La sinceridad y el ardor de la pasin que
haba inspirado a Pepita, su hermosura, la gracia juvenil de su cuerpo y
la lozana primaveral de su alma, se le presentaban en la imaginacin y
le hacan dichoso.

Con cierta mortificacin de la vanidad reflexionaba, no obstante, D.
Luis en el cambio que en l se haba obrado. Qu pensara el den? Qu
espanto no sera el del obispo? Y sobre todo, qu motivo tan grave de
queja no haba dado D. Luis a su padre? Su disgusto, su clera cuando
supiese el compromiso que ligaba a Luis con Pepita, se ofrecan al nimo
de D. Luis y le inquietaban sobre manera.

En cuanto a lo que l llamaba su cada antes de caer, fuerza es confesar
que le pareca poco honda y poco espantosa despus de haber cado. Su
misticismo, bien estudiado, con la nueva luz que acababa de adquirir, se
le antoj que no haba tenido ser ni consistencia; que haba sido un
producto artificial y vano de sus lecturas, de su petulancia de muchacho
y de sus ternuras sin objeto de colegial inocente. Cuando recordaba que
a veces haba credo recibir favores y regalos sobrenaturales, y haba
odo susurros msticos y haba estado en conversacin interior, y casi
haba empezado a caminar por la va unitiva, llegando a la oracin de
quietud, penetrando en el abismo del alma y subiendo al pice de la
mente, D. Luis se sonrea y sospechaba que no haba estado por completo
en su juicio. Todo haba sido presuncin suya. Ni l haba hecho
penitencia, ni l haba vivido largos aos en contemplacin, ni l tena
ni haba tenido merecimientos bastantes para que Dios le favoreciese con
distinciones tan altas. La mayor prueba que se daba a s propio de todo
esto, la mayor seguridad de que los regalos sobrenaturales de que haba
gozado eran sofsticos, eran simples recuerdos de los autores que lea,
naca de que nada de eso haba deleitado tanto su alma como un _te amo_ de
Pepita, como el toque delicadsimo de una mano de Pepita jugando con los
negros rizos de su cabeza.

Don Luis apelaba a otro gnero de humildad cristiana para justificar a
sus ojos lo que ya no quera llamar cada, sino cambio. Se confesaba
indigno de ser sacerdote, y se allanaba a ser lego, casado, vulgar, un
buen lugareo cualquiera, cuidando de las vias y los olivos, criando a
sus hijos, pues ya los deseaba, y siendo modelo de maridos al lado de su
Pepita.

       *       *       *       *       *

Aqu vuelvo yo, como responsable que soy de la publicacin y divulgacin
de esta historia, a creerme en la necesidad de interpolar varias
reflexiones y aclaraciones de mi cosecha.

Dije al empezar que me inclinaba a creer que esta parte narrativa o
_Paralipmenos_ era obra del seor den, a fin de completar el cuadro y
acabar de relatar los sucesos que las cartas no relatan; pero entonces
an no haba yo ledo con detencin el manuscrito. Ahora, al notar la
libertad con que se tratan ciertas materias y la manga ancha que tiene
el autor para algunos deslices, dudo de que el seor den, cuya rigidez
s de buena tinta, haya gastado la de su tintero en escribir lo que el
lector habr ledo. Sin embargo, no hay bastante razn para negar que
sea el seor den el autor de los _Paralipmenos_.

La duda queda en pie porque, en el fondo, nada hay en ellos que se
oponga a la verdad catlica ni a la moral cristiana. Por el contrario,
si bien se examina, se ver que sale de todo una leccin contra los
orgullosos y soberbios, con ejemplar escarmiento en la persona de D.
Luis. Esta historia pudiera servir sin dificultad de apndice a los
_Desengaos msticos_ del Padre Arbiol.

En cuanto a lo que sostienen dos o tres amigos mos discretos, de que el
seor den, a ser el autor, hubiera referido los sucesos de otro modo,
diciendo _mi sobrino_ al hablar de D. Luis, y poniendo sus consideraciones
morales de vez en cuando, no creo que es argumento de gran valer. El
seor den se propuso contar lo ocurrido y no probar ninguna tesis, y
anduvo atinado en no meterse en dibujos y en no sacar moralejas. Tampoco
hizo mal, en mi sentir, en ocultar su personalidad y en no mentar su yo,
lo cual no slo demuestra su humildad y modestia, sino buen gusto
literario, porque los poetas picos y los historiadores, que deben
servir de modelo, no dicen yo, aunque hablen de ellos mismos y ellos
mismos sean hroes y actores de los casos que cuentan. Jenofonte
Ateniense, pongo por caso, no dice yo en su _Anbasis_, sino se nombra en
tercera persona cuando es menester, como si fuera uno el que escribi y
otro el que ejecut aquellas hazaas. Y aun as, pasan no pocos
captulos de la obra sin que aparezca Jenofonte. Slo poco antes de
darse la famosa batalla en que muri el joven Ciro, revistando este
prncipe a los griegos y brbaros que formaban su ejrcito, y estando ya
cerca el de su hermano Artajerjes, que haba sido visto desde muy lejos
en la extensa llanura sin rboles, primero como nubecilla blanca, luego
como mancha negra, y por ltimo, con claridad y distincin, oyndose el
relinchar de los caballos, el rechinar de los carros de guerra, armados
de truculentas hoces, el gruir de los elefantes y el son de los
instrumentos blicos, y vindose el resplandor del bronce y del oro de
las armas iluminadas por el sol; slo en aquel instante, digo, y no de
antemano, se muestra Jenofonte y habla con Ciro, saliendo de las filas y
explicndole el murmullo que corra entre los griegos, el cual no era
otro que lo que llamamos _santo y sea_ en el da, y que fue en aquella
ocasin _Jpiter salvador y Victoria_. El seor den, que era un hombre de
gusto y muy versado en los clsicos, no haba de incurrir en el error de
ingerirse y entreverarse en la historia a ttulo de to y ayo del hroe,
y de moler al lector saliendo a cada paso un tanto difcil y resbaladizo
con un _prate ah_, con un _qu haces_? _mira no te caigas_, _desventurado_!
o con otras advertencias por el estilo. No chistar tampoco, ni oponerse
en alguna manera, hallndose presente, al menos en espritu, sentaba mal
en algunos de los lances que van referidos. Por todo lo cual, a no
dudarlo, el seor den, con la mucha discrecin que le era propia, pudo
escribir estos _Paralipmenos_, sin dar la cara, como si dijramos.

Lo que s hizo fue poner glosas y comentarios de provechosa edificacin,
cuando tal o cual pasaje lo requera; pero yo los suprimo aqu, porque
no estn en moda las novelas anotadas o glosadas, y porque sera
voluminosa esta obrilla, si se imprimiese con los mencionados
requisitos.

Pondr, no obstante, en este lugar, como nica excepcin e incluyndola
en el texto, la nota del seor den, sobre la rpida transformacin de
D. Luis de mstico en no mstico. Es curiosa la nota, y derrama mucha
luz sobre todo.

--Esta mudanza de mi sobrino--dice--, no me ha dado chasco. Yo la
prevea desde que me escribi las primeras cartas. Luisito me alucin al
principio. Pens que tena una verdadera vocacin, pero luego ca en la
cuenta de que era un vano espritu potico; el misticismo fue la mquina
de sus poemas, hasta que se present otra mquina ms adecuada.

Alabado sea Dios, que ha querido que el desengao de Luisito llegue a
tiempo! Mal clrigo hubiera sido si no acude tan en sazn Pepita
Jimnez! Hasta su impaciencia de alcanzar la perfeccin de un brinco
hubiera debido darme mala espina, si el cario de to no me hubiera
cegado. Pues qu, los favores del cielo se consiguen enseguida? No hay
ms que llegar y triunfar? Contaba un amigo mo, marino, que cuando
estuvo en ciertas ciudades de Amrica, era muy mozo, y pretenda a las
damas con sobrada precipitacin, y que ellas le decan con un tonillo
lnguido americano:--Apenas llega y ya quiere!... Haga mritos si
puede!--. Si esto pudieron decir aquellas seoras, qu no dir el cielo
a los audaces que pretenden escalarle sin mritos y en un abrir y cerrar
de ojos? Mucho hay que afanarse, mucha purificacin se necesita, mucha
penitencia se requiere, para empezar a estar bien con Dios y a gozar de
sus regalos. Hasta en las vanas y falsas filosofas, que tienen algo de
mstico, no hay don ni favor sobrenatural, sin poderoso esfuerzo y
costoso sacrificio. Jmblico no tuvo poder para evocar a los genios del
amor y hacerlos salir de la fuente de Edgadara, sin haberse antes
quemado las cejas a fuerza de estudio y sin haberse maltratado el cuerpo
con privaciones y abstinencias. Apolonio de Tiana se supone que se
macer de lo lindo antes de hacer sus falsos milagros. Y en nuestros
das, los krausistas, que ven a Dios, segn aseguran, con vista real,
tienen que leerse y aprenderse antes muy bien toda la _Analtica_ de Sanz
del Ro, lo cual es ms dificultoso y prueba ms paciencia y sufrimiento
que abrirse las carnes a azotes y ponrselas como una breva madura. Mi
sobrino quiso de bbilis-bbilis ser un varn perfecto, y... vean
ustedes en lo que ha venido a parar! Lo que importa ahora es que sea un
buen casado, y que, ya que no sirve para grandes cosas, sirva para lo
pequeo y domstico, haciendo feliz a esa muchacha que al fin no tiene
otra culpa que la de haberse enamorado de l como una loca, con un
candor y un mpetu selvticos.

       *       *       *       *       *

Hasta aqu la nota del seor den, escrita con desenfado ntimo, como
para l solo, pues bien ajeno estaba el pobre de que yo haba de jugarle
la mala pasada de darla al pblico.

Sigamos ahora la narracin.

       *       *       *       *       *

Don Luis, en medio de la calle, a las dos de la noche, iba discurriendo,
como ya hemos dicho, en que su vida, que hasta all haba l soado con
que fuese digna de la _Leyenda urea_ se convirtiese en un suavsimo y
perpetuo idilio. No haba sabido resistir las asechanzas del amor
terrenal; no haba sido como un sinnmero de santos, y entre ellos San
Vicente Ferrer con cierta lasciva seora valenciana; pero tampoco era
igual el caso; y si el salir huyendo de aquella daifa endemoniada fue en
San Vicente un acto de virtud heroica, en l hubiera sido el salir
huyendo del rendimiento, del candor y de la mansedumbre de Pepita, algo
de tan monstruoso y sin entraas, como si cuando Ruth se acost a los
pies de Booz, dicindole Soy _tu esclava_; _extiende tu capa sobre tu
sierva_, Booz le hubiera dado un puntapi y la hubiera mandado a paseo.
D. Luis, cuando Pepita se le renda, tuvo pues que imitar a Booz y
exclamar: _Hija_, _bendita seas del Seor_, _que has excedido tu primera
bondad con sta de ahora_. As se disculpaba D. Luis de no haber imitado
a San Vicente y a otros santos no menos ariscos. En cuanto al mal xito
que tuvo la proyectada imitacin de San Eduardo, tambin trataba de
cohonestarle y disculparle. San Eduardo se cas por razn de Estado,
porque los grandes del reino lo exigan, y sin inclinacin hacia la
reina Edita; pero en l y en Pepita Jimnez no haba razn de Estado, ni
grandes ni pequeos, sino amor finsimo de ambas partes.

De todos modos no se negaba D. Luis, y esto prestaba a su contento un
leve tinte de melancola, que haba destruido su ideal; que haba sido
vencido. Los que jams tienen ni tuvieron ideal alguno no se apuran por
esto; pero D. Luis se apuraba. D. Luis pens desde luego en sustituir el
antiguo y encumbrado ideal con otro ms humilde y fcil. Y si bien
record a D. Quijote, cuando vencido por el caballero de la Blanca Luna
decidi hacerse pastor, maldito el efecto que le hizo la burla, sino que
pens en renovar con Pepita Jimnez, en nuestra edad prosaica y
descreda, la edad venturosa y el piadossimo ejemplo de Filemn y de
Baucis, tejiendo un dechado de vida patriarcal en aquellos campos
amenos; fundando en el lugar que le vio nacer un hogar domstico lleno
de religin, que fuese a la vez asilo de menesterosos, centro de cultura
y de amistosa convivencia, y limpio espejo donde pudieran mirarse las
familias; y uniendo por ltimo el amor conyugal con el amor de Dios,
para que Dios santificase y visitase la morada de ellos, hacindola como
templo, donde los dos fuesen ministros y sacerdotes, hasta que
dispusiese el cielo llevrselos juntos a mejor vida.

Al logro de todo ello se oponan dos dificultades que era menester
allanar antes, y D. Luis se preparaba a allanarlas.

Era una el disgusto, quizs el enojo de su padre, a quien haba
defraudado en sus ms caras esperanzas. Era la otra dificultad de muy
diversa ndole y en cierto modo ms grave.

Don Luis, cuando iba a ser clrigo, estuvo en su papel no defendiendo a
Pepita de los groseros insultos del conde de Genazahar, sino con
discursos morales, y no tomando venganza de la mofa y desprecio con que
tales discursos fueron odos. Pero, ahorcados ya los hbitos, y teniendo
que declarar en seguida que Pepita era su novia y que iba a casarse con
ella, D. Luis, a pesar de su carcter pacfico, de sus ensueos de
humana ternura, y de las creencias religiosas que en su alma quedaban
ntegras, y que repugnaban todo medio violento, no acertaba a compaginar
con su dignidad el abstenerse de romper la crisma al conde
desvergonzado. De sobra saba que el duelo es usanza brbara; que Pepita
no necesitaba de la sangre del conde para quedar limpia de todas las
manchas de la calumnia, y hasta que el mismo conde, por mal criado y por
bruto, y no porque lo creyese, ni quizs por un rencor desmedido, haba
dicho tanto denuesto. Sin embargo, a pesar de todas estas reflexiones,
D. Luis conoca que no se sufrira a s propio durante toda su vida, y
que por consiguiente no llegara a hacer nunca a gusto el papel de
Filemn, si no empezaba por hacer el de Fierabrs, dando al conde su
merecido, si bien pidiendo a Dios que no le volviese a poner en otra
ocasin semejante.

Decidido, pues, al lance, resolvi llevarle a cabo enseguida. Y
parecindole feo y ridculo enviar padrinos, y hacer que trajesen en
boca el honor de Pepita, hall lo ms razonable buscar camorra con
cualquier otro pretexto.

Supuso adems que el conde, forastero y vicioso jugador, sera muy
posible que estuviese an en el casino hecho un tahr, a pesar de lo
avanzado de la noche, y D. Luis se fue derecho al casino.

El casino permaneca abierto, pero las luces del patio y de los salones
estaban casi todas apagadas. Slo en un saln haba luz. All se dirigi
don Luis, y desde la puerta vio al conde de Genazahar, que jugaba al
monte, haciendo de banquero. Cinco personas nada ms apuntaban; dos eran
forasteros como el conde; las otras tres eran el capitn de caballera
encargado de la remonta, Currito y el mdico. No podan disponerse las
cosas ms al intento de D. Luis. Sin ser visto, por lo afanados que
estaban en el juego, D. Luis los vio, y apenas los vio, volvi a salir
del casino, y se fue rpidamente a su casa. Abri un criado la puerta;
pregunt D. Luis por su padre, y sabiendo que dorma, para que no le
sintiera ni se despertara, subi D. Luis de puntillas a su cuarto con
una luz, recogi unos tres mil reales que tena de su peculio, en oro, y
se los guard en el bolsillo. Dijo despus al criado que le volviese a
abrir, y se fue al casino otra vez.

Entonces entr D. Luis en el saln donde jugaban, dando taconazos
recios, con estruendo y con aire de taco, como suele decirse. Los
jugadores se quedaron pasmados al verle.

--T por aqu a estas horas!--dijo Currito.

--De dnde sale Vd., curita?--dijo el mdico.

--Viene Vd. a echarme otro sermn?--exclam el conde.

--Nada de sermones--contest D. Luis con mucha calma--. El mal efecto
que surti el ltimo que prediqu me ha probado con evidencia que Dios
no me llama por ese camino, y ya he elegido otro. Vd., seor conde, ha
hecho mi conversin. He ahorcado los hbitos; quiero divertirme, estoy
en la flor de la mocedad y quiero gozar de ella.

--Vamos, me alegro--interrumpi el conde--; pero cuidado, nio, que si
la flor es delicada, puede marchitarse y deshojarse temprano.

--Ya de eso cuidar yo--replic D. Luis--. Veo que se juega. Me siento
inspirado. Vd. talla. Sabe Vd., seor conde, que tendra chiste que yo
le desbancase?

--Tendra chiste, eh? Vd. ha cenado fuerte!

--He cenado lo que me ha dado la gana.

--Respondonzuelo se va haciendo el mocito.

--Me hago lo que quiero.

--Voto va...--dijo el conde, y ya se senta venir la tempestad, cuando
el capitn se interpuso y la paz se restableci por completo.

--Ea--dijo el conde, sosegado y afable--, desembale Vd. los dinerillos
y pruebe fortuna.

Don Luis se sent a la mesa y sac del bolsillo todo su oro. Su vista
acab de serenar al conde, porque casi exceda aquella suma a la que
tena l de banca, y ya imaginaba que iba a ganrsela al novato.

--No hay que calentarse mucho la cabeza en este juego--dijo D. Luis--.
Ya me parece que le entiendo. Pongo dinero a una carta, y si sale la
carta, gano, y si sale la contraria, gana Vd.

--As es, amiguito; tiene Vd. un entendimiento macho.

--Pues lo mejor es que no tengo slo macho el entendimiento, sino
tambin la voluntad; y con todo, en el conjunto, disto bastante de ser
un macho, como hay tantos por ah.

--Vaya si viene Vd. parlanchn y si saca alicantinas!

Don Luis se call: jug unas cuantas veces, y tuvo tan buena fortuna,
que gan casi siempre.

El conde comenz a cargarse.

--Si me desplumar el nio?--dijo--, Dios protege la inocencia.

Mientras que el conde se amostazaba, D. Luis sinti cansancio y fastidio
y quiso acabar de una vez.

--El fin de todo esto--dijo--es ver si yo me llevo esos dineros o si Vd.
se lleva los mos. No es verdad, seor conde?

--Es verdad.

--Pues para qu hemos de estar aqu en vela toda la noche? Ya va siendo
tarde, y siguiendo su consejo de Vd. debo recogerme para que la flor de
mi mocedad no se marchite.

--Qu es eso? Se quiere Vd. largar? Quiere Vd. tomar el olivo?

--Yo no quiero tomar olivo ninguno. Al contrario. Curro, dime t: aqu,
en este montn de dinero, no hay ms que en la banca?

Currito mir, y contest:

--Es indudable.

--Cmo explicar--pregunt D. Luis--, que juego en un golpe cuanto hay
en la banca contra otro tanto?

--Eso se explica--respondi Currito--, diciendo: copo!

--Pues, copo--dijo D. Luis dirigindose al conde--; va el copo y la red
en este rey de espadas, cuyo compaero har de seguro su epifana antes
que su enemigo el tres.

El conde que tena todo su capital mueble en la banca, se asust al
verle comprometido de aquella suerte; pero no tuvo ms que aceptar.

Es sentencia del vulgo que los afortunados en amores son desgraciados al
juego: pero ms cierta parece la contraria afirmacin. Cuando acude la
buena dicha, acude para todo, y lo mismo cuando la desdicha acude.

El conde fue tirando cartas, y no sala ningn tres. Su emocin era
grande, por ms que lo disimulaba. Por ltimo, descubri por la pinta el
rey de copas, y se detuvo.

--Tire Vd.--dijo el capitn.

--No hay para qu. El rey de copas. Maldito sea! El curita me ha
desplumado. Recoja Vd. el dinero.

El conde ech con rabia la baraja sobre la mesa.

D. Luis recogi todo el dinero con indiferencia y reposo.

Despus de un corto silencio, habl el conde:

--Curita es menester que me d Vd. el desquite.

--No veo la necesidad.

--Me parece que entre caballeros!...

--Por esa regla el juego no tiene trmino--observ D. Luis--. Por esa
regla, lo mejor sera ahorrarse el trabajo de jugar.

--Dme Vd. el desquite--replic el conde, sin atender a razones.

--Sea--dijo D. Luis--. Quiero ser generoso.

El conde volvi a tomar la baraja y se dispuso a echar nueva talla.

--Alto ah--dijo D. Luis--; entendmonos antes. Dnde est el dinero de
la nueva banca de Vd.?

El conde se qued turbado y confuso.

--Aqu no tengo dinero--contest--, pero me parece que sobra con mi
palabra.

D. Luis entonces, con acento grave y reposado, dijo:

--Seor conde, yo no tendra inconveniente en fiarme de la palabra de un
caballero y en llegar a ser su acreedor, si no temiese perder su amistad
que casi voy ya conquistando; pero, desde que vi esta maana la crueldad
con que trat Vd. a ciertos amigos mos, que son sus acreedores, no
quiero hacerme culpado para con Vd. del mismo delito. No faltaba ms
sino que yo voluntariamente incurriese en el enojo de Vd., prestndole
dinero, que no me pagara, como no ha pagado, sino con injurias, el que
debe a Pepita Jimnez.

Por lo mismo que el hecho era cierto, la ofensa fue mayor. El conde se
puso lvido de clera, y ya de pie, pronto a venir a las manos con el
colegial, dijo con voz alterada:

--Mientes, deslenguado! Voy a deshacerte entre mis manos, hijo de la
grandsima...!

Esta ltima injuria, que recordaba a D. Luis la falta de su nacimiento y
caa sobre el honor de la persona cuya memoria le era ms querida y
respetada, no acab de formularse, no acab de llegar a sus odos.

D. Luis, por encima de la mesa, que estaba entre l y el conde, con
agilidad asombrosa y con tino y fuerza, tendi el brazo derecho, armado
de un junco o bastoncillo flexible y cimbreante, y cruz la cara de su
enemigo, levantndole al punto un verdugn amoratado.

No hubo ni grito, ni denuesto, ni alboroto posterior. Cuando empiezan
las manos, suelen callar las lenguas. El conde iba a lanzarse sobre D.
Luis para destrozarle si poda; pero la opinin haba dado una gran
vuelta desde aquella maana, y entonces estaba en favor de D. Luis. El
capitn, el mdico y hasta Currito, ya con ms nimo, contuvieron al
conde, que pugnaba y forcejeaba ferozmente por desasirse.

--Dejadme libre; dejadme que le mate--deca.

--Yo no trato de evitar un duelo--dijo el capitn--. El duelo es
inevitable. Trato slo de que no luchis aqu como dos ganapanes.
Faltara a mi decoro si presenciase tal lucha.

--Que vengan armas--dijo el conde--. No quiero retardar el lance ni un
minuto... En el acto... aqu.

--Queris reir al sable?--dijo el capitn.

--Bien est--respondi D. Luis.

--Vengan los sables--dijo el conde.

Todos hablaban en voz baja para que no se oyese nada en la calle. Los
mismos criados del casino, que dorman en sillas, en la cocina y en el
patio, no llegaron a despertarse.

D. Luis eligi para testigos al capitn y a Currito. El conde, a los dos
forasteros. El mdico qued para hacer su oficio, y enarbol la bandera
de la Cruz Roja.

Era todava de noche. Se convino en hacer campo de batalla de aquel
saln, cerrando antes la puerta.

El capitn fue a su casa por los sables y los trajo al momento, debajo
de la capa que para ocultarlos se puso.

Ya sabemos que D. Luis no haba empuado en su vida un arma. Por
fortuna, el conde no era mucho ms diestro en la esgrima, aunque nunca
haba estudiado teologa ni pensado en ser clrigo.

Las condiciones del duelo se redujeron a que, una vez el sable en la
mano, cada uno de los dos combatientes hiciese lo que Dios le diera a
entender.

Se cerr la puerta de la sala.

Las mesas y las sillas se apartaron en un rincn para despejar el
terreno. Las luces se colocaron de un modo conveniente. D. Luis y el
conde se quitaron levitas y chalecos, quedaron en mangas de camisa y
tomaron las armas. Se hicieron a un lado los testigos. A una seal del
capitn, empez el combate.

Entre dos personas que no saban parar ni defenderse la lucha deba ser
brevsima, y lo fue.

La furia del conde, retenida por algunos minutos, estall y le ceg. Era
robusto, tena unos puos de hierro, y sacuda con el sable una lluvia
de tajos sin orden ni concierto. Cuatro veces toc a D. Luis, por
fortuna siempre de plano. Lastim sus hombros, pero no le hiri.
Menester fue de todo el vigor del joven telogo para no caer derribado a
los tremendos golpes y con el dolor de las contusiones. Todava toc el
conde por quinta vez a D. Luis, y le dio en el brazo izquierdo. Aqu la
herida fue de filo, aunque de soslayo. La sangre de D. Luis empez a
correr en abundancia. Lejos de contenerse un poco, el conde arremeti
con ms ira, para herir de nuevo: casi se meti bajo el sable de D.
Luis. ste, en vez de prepararse a parar, dej caer el sable con bro y
acert con una cuchillada en la cabeza del conde. La sangre sali con
mpetu y se extendi por la frente y corri sobre los ojos. Aturdido por
el golpe, dio el conde con su cuerpo en el suelo.

Toda la batalla fue negocio de algunos segundos.

D. Luis haba estado sereno, como un filsofo estoico, a quien la dura
ley de la necesidad obliga a ponerse en semejante conflicto, tan
contrario a sus costumbres y modo de pensar; pero, no bien mir a su
contrario por tierra, baado en sangre, y como muerto, D. Luis sinti
una angustia grandsima y temi que le diese una congoja. l, que no se
crea capaz de matar un gorrin, acaso acababa de matar a un hombre. l,
que an estaba resuelto a ser sacerdote, a ser misionero, a ser ministro
y nuncio del Evangelio, haca cinco o seis horas, haba cometido o se
acusaba de haber cometido en nada de tiempo todos los delitos y de haber
infringido todos los mandamientos de la ley de Dios. No haba quedado
pecado mortal de que no se contaminase. Sus propsitos de santidad
heroica y perfecta se haban desvanecido primero. Sus propsitos de una
santidad ms fcil, cmoda y _burguesa_, se desvanecan despus. El diablo
desbarataba sus planes. Se le antojaba que ni siquiera poda ya ser un
Filemn cristiano, pues no era buen principio para el idilio perpetuo el
de rasgar la cabeza al prjimo de un sablazo.

El estado de D. Luis, despus de las agitaciones de todo aquel da, era
el de un hombre que tiene fiebre cerebral.

Currito y el capitn, cada uno de un lado, le agarraron y llevaron a su
casa.

       *       *       *       *       *

D. Pedro de Vargas se levant sobresaltado cuando le dijeron que vena
su hijo herido. Acudi a verle, examin las contusiones y la herida del
brazo, y vio que no eran de cuidado, pero puso el grito en el cielo
diciendo que iba a tomar venganza de aquella ofensa, y no se tranquiliz
hasta que supo el lance, y que D. Luis haba sabido tomar venganza por
s, a pesar de su teologa.

El mdico vino poco despus a curar a D. Luis, y pronostic que en tres
o cuatro das estara don Luis para salir a la calle, como si tal cosa.
El conde, en cambio, tena para meses. Su vida, sin embargo, no corra
peligro. Haba vuelto de su desmayo, y haba pedido que le llevasen a su
pueblo, que no dista ms que una legua del lugar en que pasaron estos
sucesos. Haban buscado un carricoche de alquiler y le haban llevado,
yendo en su compaa su criado y los dos forasteros que le sirvieron de
testigos.

A los cuatro das del lance, se cumplieron en efecto los pronsticos del
doctor, y D. Luis, aunque magullado de los golpes y con la herida
abierta an, estuvo en estado de salir, y prometiendo un
restablecimiento completo en plazo muy breve.

El primer deber que D. Luis crey que necesitaba cumplir, no bien le
dieron de alta, fue confesar a su padre sus amores con Pepita y
declararle su intencin de casarse con ella.

D. Pedro no haba ido al campo ni se haba empleado sino en cuidar a su
hijo durante la enfermedad. Casi siempre estaba a su lado acompandole
y mimndole con singular cario.

En la maana del da 27 de Junio, despus de irse el mdico, D. Pedro
qued solo con su hijo; y entonces la tan difcil confesin para D. Luis
tuvo lugar del modo siguiente.

       *       *       *       *       *

--Padre mo--dijo D. Luis--, yo no debo seguir engaando a Vd. por ms
tiempo. Hoy voy a confesar a Vd. mis faltas y a desechar la hipocresa.

--Muchacho, si es confesin lo que vas a hacer, mejor ser que llames al
padre vicario. Yo tengo muy holgachn el criterio, y te absolver de
todo, sin que mi absolucin te valga para nada. Pero si quieres
confiarme algn hondo secreto como a tu mejor amigo, empieza, que te
escucho.

--Lo que tengo que confiar a Vd. es una gravsima falta ma, y me da
vergenza...

--Pues no tengas vergenza con tu padre y di sin rebozo.

Aqu D. Luis, ponindose muy colorado, y con visible turbacin, dijo:

--Mi secreto es que estoy enamorado de... Pepita Jimnez, y que ella...

D. Pedro interrumpi a su hijo con una carcajada y continu la frase:

--Y que ella est enamorada de ti, y que la noche de la velada de San
Juan estuviste con ella en dulces coloquios hasta las dos de la maana,
y que por ella buscaste un lance con el conde de Genazahar a quien has
roto la cabeza. Pues, hijo, bravo secreto me confas. No hay perro ni
gato en el lugar que no est ya al corriente de todo. Lo nico que
pareca posible ocultar era la duracin del coloquio hasta las dos de la
maana, pero unas gitanas buoleras te vieron salir de la casa y no
pararon hasta contrselo a todo bicho viviente. Pepita, adems, no
disimula cosa mayor; y hace bien, porque sera el disimulo de
Antequera... Desde que ests enfermo viene aqu Pepita dos veces al da,
y otras dos o tres veces enva a Antoona a saber de tu salud, y si no
han entrado a verte, es porque yo me he opuesto para que no te
alborotes.

La turbacin y el apuro de D. Luis subieron de punto cuando oy contar a
su padre toda la historia en lacnico compendio.

--Qu sorpresa!--dijo--, qu asombro habr sido el de Vd.!

--Nada de sorpresa, ni de asombro, muchacho. En el lugar slo se saben
las cosas hace cuatro das, y la verdad sea dicha, ha pasmado tu
transformacin. Miren el cgelas a tientas y mtalas callando, miren el
santurrn y el gatito muerto, exclaman las gentes, con lo que ha venido
a descolgarse! El padre vicario, sobre todo, se ha quedado turulato.
Todava est hacindose cruces, al considerar cunto trabajaste en la
via del Seor en la noche del 23 al 24, y cun variados y diversos
fueron tus trabajos. Pero a m no me cogieron las noticias de susto,
salvo tu herida. Los viejos sentimos crecer la yerba. No es fcil que
los pollos engaen a los recoveros.

--Es verdad: he querido engaar a Vd. He sido un hipcrita!

--No seas tonto: no lo digo por motejarte. Lo digo para darme tono de
perspicaz. Pero hablemos con franqueza: mi jactancia es inmotivada. Yo
s punto por punto el progreso de tus amores con Pepita, desde hace ms
de dos meses; pero lo s porque tu to el den, a quien escribas tus
impresiones, me lo ha participado todo. Oye la carta acusadora de tu
to, y oye la contestacin que le di, documento importantsimo de que he
guardado minuta.

D. Pedro sac del bolsillo unos papeles y ley lo que sigue:

_Carta del den_.--Mi querido hermano: Siento en el alma tener que darte
una mala noticia; pero confo en Dios que habr de concederte paciencia
y sufrimiento bastantes para que no te enoje y acibare demasiado.
Luisito me escribe, hace das, extraas cartas, donde descubro, al
travs de su exaltacin mstica, una inclinacin harto terrenal y
pecaminosa hacia cierta viudita, guapa, traviesa y coquetsima, que hay
en ese lugar. Yo me haba engaado hasta aqu, creyendo firme la
vocacin de Luisito, y me lisonjeaba de dar en l a la Iglesia de Dios
un sacerdote sabio, virtuoso y ejemplar; pero las cartas referidas han
venido a destruir mis ilusiones. Luisito se muestra en ellas ms poeta
que verdadero varn piadoso, y la viuda, que ha de ser de la piel de
Barrabs, le rendir con poco que haga. Aunque yo escribo a Luisito
amonestndole para que huya de la tentacin, doy ya por seguro que caer
en ella. No debiera esto pesarme, porque si ha de faltar y ser
galanteador y cortejante, mejor es que su mala condicin se descubra con
tiempo y no llegue a ser clrigo. No vera yo, por lo tanto, grave
inconveniente en que Luisito siguiera ah, y fuese ensayado y analizado
en la piedra de toque y crisol de tales amores, a fin de que la viudita
fuese el reactivo por medio del cual se descubriera el oro puro de sus
virtudes clericales o la baja liga con que el oro est mezclado; pero
tropezamos con el escollo de que la dicha viuda, que habamos de
convertir en fiel contraste, es tu pretendida y no s si tu enamorada.
Pasara, pues, de castao oscuro el que resultase tu hijo rival tuyo.
Esto sera un escndalo monstruoso, y, para evitarle con tiempo, te
escribo hoy, a fin de que, pretextando cualquiera cosa, enves o traigas
a Luisito por aqu, cuanto antes mejor.

Don Luis escuchaba en silencio y con los ojos bajos. Su padre continu:

--A esta carta del den contest lo que sigue:

_Contestacin_.--Hermano querido y venerable padre espiritual: mil
gracias te doy por las noticias que me envas y por tus avisos y
consejos. Aunque me precio de listo, confieso mi torpeza en esta
ocasin. La vanidad me cegaba. Pepita Jimnez, desde que vino mi hijo,
se me mostraba tan afable y cariosa que yo me las prometa felices. Ha
sido menester tu carta para hacerme caer en la cuenta. Ahora comprendo
que, al haberse humanizado, al hacerme tantas fiestas y al bailarme el
agua delante, no miraba en m la pcara de Pepita sino al pap del
telogo barbilampio. No te lo negar: me mortific y afligi un poco
este desengao en el primer momento; pero despus lo reflexion todo con
la madurez debida, y mi mortificacin y mi afliccin se convirtieron en
gozo. El chico es excelente. Yo le he tomado mucho ms afecto desde que
est conmigo. Me separ de l y te le entregu para que le educases,
porque mi vida no era muy ejemplar, y en este pueblo, por lo dicho y por
otras razones, se hubiera criado como un salvaje. T fuiste ms all de
mis esperanzas y aun de mis deseos, y por poco no sacas de Luisito un
Padre de la Iglesia. Tener un hijo santo hubiera lisonjeado mi vanidad;
pero hubiera sentido yo quedarme sin un heredero de mi casa y nombre,
que me diese lindos nietos, y que despus de mi muerte disfrutase de mis
bienes, que son mi gloria, porque los he adquirido con ingenio y
trabajo, y no haciendo fulleras y chanchullos. Tal vez la persuasin en
que estaba yo de que no haba remedio, de que Luis iba a catequizar a
los chinos, a los indios y a los negritos de Monicongo, me decidi a
casarme para dilatar mi sucesin. Naturalmente puse mis ojos en Pepita
Jimnez, que no es de la piel de Barrabs como imaginas, sino una
criatura remonsima, ms bendita que los cielos y ms apasionada que
coqueta. Tengo tan buena opinin de Pepita que si volviese ella a tener
diez y seis aos y una madre imperiosa que la violentara, y yo tuviese
ochenta aos como D. Gumersindo, esto es, si viera ya la muerte en
puertas, tomara a Pepita por mujer para que me sonriese al morir como
si fuera el ngel de mi guarda que haba revestido cuerpo humano, y para
dejarle mi posicin, mi caudal y mi nombre. Pero ni Pepita tiene ya diez
y seis aos, sino veinte, ni est sometida al culebrn de su madre, ni
yo tengo ochenta aos, sino cincuenta y cinco. Estoy en la peor edad,
porque empiezo a sentirme harto averiado, con un poquito de asma, mucha
tos, bastantes dolores reumticos y otros alifafes, y sin embargo,
maldita la gana que tengo de morirme. Creo que ni en veinte aos me
morir, y como le llevo veinticinco a Pepita, calcula el desastroso
porvenir que le aguardaba con este viejo perdurable. Al cabo de los
pocos aos de casada conmigo hubiera tenido que aborrecerme, a pesar de
lo buena que es. Porque es buena y discreta no ha querido, sin duda,
aceptarme por marido, a pesar de la insistencia y de la obstinacin con
que se lo he propuesto. Cunto se lo agradezco ahora! La misma puntita
de vanidad lastimada por sus desdenes se embota ya al considerar que, si
no me ama, ama mi sangre; se prenda del hijo mo. Si no quiere esta
fresca y lozana yedra enlazarse al viejo tronco, carcomido ya, trepe por
l, me digo, para subir al renuevo tierno y al verde y florido pimpollo.
Dios los bendiga a ambos y prospere estos amores. Lejos de llevarte al
chico otra vez, le retendr aqu, hasta por fuerza, si es necesario. Me
decido a conspirar contra su vocacin. Sueo ya con verle casado. Me voy
a remozar contemplando a la gentil pareja, unida por el amor. Y cuando
me den unos cuantos chiquillos? En vez de ir de misionero y de traerme
de Australia o de Madagascar o de la India varios nefitos, con jetas de
a palmo, negros como la tizna, o amarillos como el estezado y con ojos
de mochuelo, no ser mejor que Luisito predique en casa, y me saque en
abundancia una serie de catecumenillos rubios, sonrosados, con ojos como
los de Pepita, y que parezcan querubines sin alas? Los catecmenos que
me trajese de por all, sera menester que estuvieran a respetable
distancia para que no me inficionasen, y stos de por ac me oleran a
rosas del paraso, y vendran a ponerse sobre mis rodillas, y jugaran
conmigo, y me besaran, y me llamaran abuelito, y me daran palmaditas
en la calva, que ya voy teniendo. Qu quieres? Cuando estaba yo en todo
mi vigor, no pensaba en las delicias domsticas; mas ahora, que estoy
tan prximo a la vejez, si ya no estoy en ella, como no me he de hacer
cenobita, me complazco en esperar que har el papel de patriarca. Y no
entiendas que voy a limitarme a esperar que cuaje el naciente noviazgo,
sino que he de trabajar para que cuaje. Siguiendo tu comparacin, pues
que transformas a Pepita en crisol, y a Luis en metal, yo buscar o
tengo buscado ya un fuelle o soplete utilsimo, que contribuya a avivar
el fuego para que el metal se derrita pronto. Este soplete es Antoona,
nodriza de Pepita, muy lagarta, muy sigilosa y muy afecta a su dueo.
Antoona se entiende ya conmigo, y por ella s que Pepita est muerta de
amores. Hemos convenido en que yo siga haciendo la vista gorda y no
dndome por entendido de nada. El padre vicario, que es un alma de Dios,
siempre en Babia, me sirve tanto o ms que Antoona, sin advertirlo l:
porque todo se le vuelve a hablar de Luis con Pepita, y de Pepita con
Luis; de suerte que este excelente seor, con medio siglo en cada pata,
se ha convertido oh milagro del amor y de la inocencia! en palomito
mensajero, con quien los dos amantes se envan sus requiebros y finezas,
ignorndolo tambin ambos. Tan poderosa combinacin de medios naturales
y artificiales debe dar un resultado infalible. Ya te le dir al darte
parte de la boda, para que vengas a hacerla, o enves a los novios tu
bendicin y un buen regalo.

As acab D. Pedro de leer su carta, y al volver a mirar a D. Luis, vio
que D. Luis haba estado escuchando con los ojos llenos de lgrimas.

El padre y el hijo se dieron un abrazo muy apretado y muy prolongado.

       *       *       *       *       *

Al mes justo de esta conversacin y de esta lectura, se celebraron las
bodas de D. Luis de Vargas y de Pepita Jimnez.

Temeroso el seor den de que su hermano le embromase demasiado con que
el misticismo de Luisito haba salido huero, y conociendo adems que su
papel iba a ser poco airoso en el lugar, donde todos diran que tena
mala mano para sacar santos, dio por pretexto sus ocupaciones y no quiso
venir, aunque envi su bendicin y unos magnficos zarcillos, como
presente para Pepita.

El padre vicario tuvo, pues, el gusto de casarla con D. Luis.

La novia, muy bien engalanada, pareci hermossima a todos, y digna de
trocarse por el cilicio y las disciplinas.

Aquella noche dio D. Pedro un baile estupendo en el patio de su casa y
salones contiguos. Criados y seores, hidalgos y jornaleros, las seoras
y seoritas y las mozas del lugar, asistieron y se mezclaron en l, como
en la soada primera edad del mundo, que no s por qu llaman de oro.
Cuatro diestros, o si no diestros, infatigables guitarristas, tocaron el
fandango. Un gitano y una gitana, famosos cantadores, entonaron las
coplas ms amorosas y alusivas a las circunstancias. Y el maestro de
escuela ley un epitalamio, en verso heroico.

Hubo hojuelas, pestios, gajorros, rosquillas, mostachones, bizcotelas y
mucho vino para la gente menuda. El seoro se regal con almbares,
chocolate, miel de azahar y miel de prima, y varios rosolis y mistelas
aromticas y refinadsimas.

D. Pedro estuvo hecho un cadete: bullicioso, bromista y galante. Pareca
que era falso lo que declaraba en su carta al den, del rema y dems
alifafes. Bail el fandango con Pepita, con sus ms graciosas criadas y
con otras seis o siete mozuelas. A cada una, al volverla a su asiento,
cansada ya, le dio con efusin el correspondiente y prescrito abrazo, y
a las menos serias, algunos pellizcos, aunque esto no forma parte del
ceremonial. D. Pedro llev su galantera hasta el extremo de sacar a
bailar a doa Casilda, que no pudo negarse, y que, con sus diez arrobas
de humanidad y los calores de Julio, verta un chorro de sudor por cada
poro. Por ltimo, don Pedro atrac de tal suerte a Currito, y le hizo
brindar tantas veces por la felicidad de los nuevos esposos, que el
mulero Dientes tuvo que llevarle a su casa a dormir la mona, terciado en
una borrica como un pellejo de vino.

El baile dur hasta las tres de la madrugada; pero los novios se
eclipsaron discretamente antes de las once y se fueron a casa de Pepita.
D. Luis volvi a entrar con luz, con pompa y majestad, y como dueo
legtimo y seor adorado, en aquella limpia alcoba, donde poco ms de un
mes antes haba entrado a oscuras, lleno de turbacin y zozobra.

Aunque en el lugar es uso y costumbre, jams interrumpida, dar una
terrible cencerrada a todo viudo o viuda que contrae segundas nupcias,
no dejndolos tranquilos con el resonar de los cencerros en la primera
noche del consorcio, Pepita era tan simptica y don Pedro tan venerado y
D. Luis tan querido, que no hubo cencerros ni el menor conato de que
resonasen aquella noche: caso raro que se registra como tal en los
anales del pueblo.




-III-

Eplogo. Cartas de mi hermano


La historia de Pepita y Luisito debiera terminar aqu. Este eplogo est
de sobra; pero el seor den le tena en el legajo, y ya que no le
publiquemos por completo, publicaremos parte: daremos una muestra
siquiera.

A nadie debe quedar la menor duda en que don Luis y Pepita, enlazados
por un amor irresistible, casi de la misma edad, hermosa ella, l
gallardo y agraciado, y discretos y llenos de bondad los dos, vivieron
largos aos, gozando de cuanta felicidad y paz caben en la tierra; pero
esto, que para la generalidad de las gentes es una consecuencia
dialctica bien deducida, se convierte en certidumbre para quien lee el
eplogo.

El eplogo, adems, da algunas noticias sobre los personajes secundarios
que en la narracin aparecen y cuyo destino puede acaso haber interesado
a los lectores.

Se reduce el eplogo a una coleccin de cartas, dirigidas por D. Pedro
de Vargas a su hermano el seor den, desde el da de la boda de su hijo
hasta cuatro aos despus.

Sin poner las fechas, aunque siguiendo el orden cronolgico,
trasladaremos aqu pocos y breves fragmentos de dichas cartas, y punto
concluido.

       *       *       *       *       *

Luis muestra la ms viva gratitud a Antoona, sin cuyos servicios no
poseera a Pepita; pero esta mujer, cmplice de la nica falta que l y
Pepita han cometido, y tan ntima en la casa y tan enterada de todo, no
poda menos de estorbar. Para librarse de ella, favorecindola, Luis ha
logrado que vuelva a reunirse con su marido, cuyas borracheras diarias
no quera ella sufrir. El hijo del maestro Cencias ha prometido no
volver a emborracharse casi nunca; pero no se ha atrevido a dar un nunca
absoluto y redondo. Fiada, sin embargo, en esta semi-promesa, Antoona
ha consentido en volver bajo el techo conyugal. Una vez reunidos estos
esposos, Luis ha credo eficaz el mtodo homeoptico para curar de raz
al hijo del maestro Cencias, pues habiendo odo afirmar que los
confiteros aborrecen el dulce, ha inferido que los taberneros deben
aborrecer el vino y el aguardiente, y ha enviado a Antoona y a su
marido a la capital de esta provincia, donde les ha puesto de su
bolsillo una magnfica taberna. Ambos viven all contentos, se han
proporcionado muchos marchantes, y probablemente se harn ricos. l se
emborracha an algunas veces; pero Antoona, que es ms forzuda, le
suele sacudir para que acabe de corregirse.

       *       *       *       *       *

Currito, deseoso de imitar a su primo, a quien cada da admira ms, y
notando y envidiando la felicidad domstica de Pepita y de Luis, ha
buscado novia a toda prisa, y se ha casado con la hija de un rico
labrador de aqu, sana, frescota, colorada como las amapolas, y que
promete adquirir en breve un volumen y una densidad superiores a los de
su suegra doa Casilda.

       *       *       *       *       *

El conde de Genahazar; a los cinco meses de cama, est ya curado de su
herida, y segn dicen, muy enmendado de sus pasadas insolencias. Ha
pagado a Pepita, hace poco, ms de la mitad de la deuda; y pide espera
para pagar lo restante.

       *       *       *       *       *

Hemos tenido un disgusto grandsimo, aunque harto le preveamos. El
padre vicario, cediendo al peso de la edad, ha pasado a mejor vida.
Pepita ha estado a la cabecera de su cama hasta el ltimo instante, y le
ha cerrado los ojos y la entreabierta boca con sus hermosas manos. El
padre vicario ha tenido la muerte de un bendito siervo de Dios. Ms que
muerte pareca trnsito dichoso a ms serenas regiones. Pepita, no
obstante, y todos nosotros tambin, le hemos llorado de veras. No ha
dejado ms que cinco o seis duros y sus muebles, porque todo lo reparta
de limosna. Con su muerte habran quedado aqu hurfanos los pobres, si
Pepita no viviese.

Mucho lamentan todos en el lugar la muerte del padre vicario; y no
faltan personas que le dan por santo verdadero y merecedor de estar en
los altares, atribuyndole milagros. Yo no s de esto; pero s que era
un varn excelente, y debe haber ido derechito a los cielos, donde
tendremos en l un intercesor. Con todo, su humildad y su modestia y su
temor de Dios eran tales, que hablaba de sus pecados en la hora de la
muerte, como si los tuviese, y nos rogaba que pidisemos su perdn y que
rezsemos por l al Seor y a Mara Santsima.

En el nimo de Luis han hecho honda impresin esta vida y esta muerte
ejemplares de un hombre, menester es confesarlo, simple y de cortas
luces, pero de una voluntad sana, de una fe profunda y de una caridad
fervorosa. Luis se compara con el vicario, y dice que se siente
humillado. Esto ha trado cierta amarga melancola a su corazn; pero
Pepita, que sabe mucho, la disipa con sonrisas y cario.

       *       *       *       *       *

Todo prospera en casa. Luis y yo tenemos unas candioteras que no las hay
mejores en Espaa, si prescindimos de Jerez. La cosecha de aceite ha
sido este ao soberbia. Podemos permitirnos todo gnero de lujos, y yo
aconsejo a Luis y a Pepita que den un buen paseo por Alemania, Francia e
Italia, no bien salga Pepita de su cuidado y se restablezca. Los chicos
pueden, sin imprevisin ni locura, derrochar unos cuantos miles de duros
en la expedicin y traer muchos primores de libros, muebles y objetos de
arte para adornar su vivienda.

       *       *       *       *       *

Hemos aguardado dos semanas, para que sea el bautizo el da mismo del
primer aniversario de la boda. El nio es un sol de bonito y muy
robusto. Yo he sido el padrino, y le hemos dado mi nombre. Yo estoy
soando con que Periquito hable y diga gracias.

       *       *       *       *       *

Para que todo les salga bien a estos enamorados esposos, resulta ahora,
segn cartas de la Habana, que el hermano de Pepita, cuyas tunanteras
recelbamos que afrentasen a la familia, casi o sin casi va a honrarla y
a encumbrarla hacindose personaje. En tanto tiempo como haca que no
sabamos de l, ha aprovechado bien las coyunturas, y le ha soplado la
suerte. Ha tenido nuevo empleo en las aduanas, ha comerciado luego en
negros, ha quebrado despus, que viene a ser para ciertos hombres de
negocios como una buena poda para los rboles, la cual hace que retoen
con ms bro, y hoy est tan boyante, que tiene resuelto ingresar en la
primera aristocracia, titulando de marqus o de duque. Pepita se asusta
y se escandaliza de esta improvisada fortuna, pero yo le digo que no sea
tonta: si su hermano es y haba de ser de todos modos un pillete, no es
mejor que lo sea con buena estrella?

       *       *       *       *       *

As pudiramos seguir extractando si no temisemos fatigar a los
lectores. Concluiremos, pues, copiando un poco de una de las ltimas
cartas.

       *       *       *       *       *

Mis hijos han vuelto de su viaje bien de salud y con Periquito muy
travieso y precioso.

Luis y Pepita vienen resueltos a no volver a salir del lugar, aunque les
dure ms la vida que a Filemn y a Baucis. Estn enamorados como nunca
el uno del otro.

Traen lindos muebles, muchos libros, algunos cuadros y no s cuntas
otras baratijas elegantes, que han comprado por esos mundos, y
principalmente en Pars, Roma, Florencia y Viena.

As como el afecto que se tienen, y la ternura y cordialidad con que se
tratan y tratan a todo el mundo, ejercen aqu benfica influencia en las
costumbres, as la elegancia y el buen gusto, con que acabarn ahora de
ordenar su casa, servirn de mucho para que la cultura exterior cunda y
se extienda.

La gente de Madrid suele decir que en los lugares somos gansos y soeces,
pero se quedan por all y nunca se toman el trabajo de venir a pulirnos;
antes al contrario, no bien hay alguien en los lugares, que sabe o vale,
o cree saber y valer, no para hasta que se larga, si puede, y deja los
campos y los pueblos de provincias abandonados.

Pepita y Luis siguen el opuesto parecer y yo los aplaudo con toda el
alma.

Todo lo van mejorando y hermoseando para hacer de este retiro su edn.

No imagines, sin embargo, que la aficin de Luis y Pepita al bienestar
material haya entibiado en ellos en lo ms mnimo el sentimiento
religioso. La piedad de ambos es ms profunda cada da, y en cada
contento o satisfaccin de que gozan o que pueden proporcionar a sus
semejantes, ven un nuevo beneficio del cielo, por el cual se reconocen
ms obligados a demostrar su gratitud. Es ms: esa satisfaccin y ese
contento no lo seran, no tendran precio, ni valor, ni sustancia para
ellos, si la consideracin y la firme creencia en las cosas divinas no
se lo prestasen.

Luis no olvida nunca, en medio de su dicha presente, el rebajamiento del
ideal con que haba soado. Hay ocasiones en que su vida de ahora le
parece vulgar, egosta y prosaica, comparada con la vida de sacrificio,
con la existencia espiritual a que se crey llamado en los primeros aos
de su juventud; pero Pepita acude solcita a disipar estas melancolas,
y entonces comprende y afirma Luis que el hombre puede servir a Dios en
todos los estados y condiciones, y concierta la viva fe y el amor de
Dios que llenan su alma, con este amor lcito de lo terrenal y caduco.
Pero en todo ello pone Luis como un fundamento divino, sin el cual, ni
en los astros que pueblan el ter, ni en las flores y frutos que
hermosean el campo, ni en los ojos de Pepita, ni en la inocencia y
belleza de Periquito, vera nada de amable. El mundo mayor, toda esa
fbrica grandiosa del Universo, dice l que sin su Dios providente le
parecera sublime, pero sin orden, ni belleza ni propsito. Y en cuanto
al mundo menor, como suele llamar al hombre, tampoco le amara, si por
Dios no fuera. Y esto, no porque Dios le mande amarle, sino porque la
dignidad del hombre y el merecer ser amado estriban en Dios mismo, quien
no slo hizo el alma humana a su imagen, sino que ennobleci el cuerpo
humano, hacindole templo vivo del Espritu, comunicando con l por
medio del Sacramento, sublimndole hasta el extremo de unir con l su
Verbo increado. Por estas razones, y por otras que yo no acierto a
explicarte aqu, Luis se consuela y se conforma con no haber sido un
varn mstico, exttico y apostlico, y desecha la especie de envidia
generosa que le inspir el padre vicario el da de su muerte; pero tanto
l como Pepita siguen con gran devocin cristiana dando gracias a Dios
por el bien de que gozan, y no viendo base, ni razn, ni motivo de este
bien sino en el mismo Dios.

En la casa de mis hijos hay, pues, algunas salas que parecen preciosas
capillitas catlicas o devotos oratorios; pero he de confesar que tienen
ambos tambin su poquito de paganismo, como poesa rstica
amoroso-pastoril, la cual ha ido a refugiarse extramuros.

La huerta de Pepita ha dejado de ser huerta y es un jardn amensimo con
sus araucarias, con sus higueras de la India, que crecen aqu al aire
libre, y con su bien dispuesta, aunque pequea estufa, llena de plantas
raras.

El merendero o cenador, donde comimos las fresas aquella tarde, que fue
la segunda vez que Pepita y Luis se vieron y se hablaron, se ha
transformado en un airoso templete, con prtico y columnas de mrmol
blanco. Dentro hay una espaciosa sala con muy cmodos muebles. Dos
bellas pinturas la adornan; una representa a Psiquis, descubriendo y
contemplando extasiada, a la luz de su lmpara, al Amor, dormido en su
lecho; otra representa a Cloe, cuando la cigarra fugitiva se le mete en
el pecho, donde creyndose segura, y a tan grata sombra, se pone a
cantar, mientras que Dafnis procura sacarla de all.

Una copia, hecha con bastante esmero, en mrmol de Carrara, de la Venus
de Mdicis, ocupa el preferente lugar, y como que preside en la sala. En
el pedestal tiene grabados, en letras de oro, estos versos de Lucrecio:

               _Nec sine te quidquam dias in luminis oras_
               _Exoritur, neque fit laetum, neque amabile quidquam_.







End of the Project Gutenberg EBook of Pepita Jimnez, by Juan Valera

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Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
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business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
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page at http://pglaf.org

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     Chief Executive and Director
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