The Project Gutenberg EBook of Los pazos de Ulloa, by Emilia Pardo Bazn

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Title: Los pazos de Ulloa

Author: Emilia Pardo Bazn

Release Date: March 16, 2006 [EBook #18005]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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Nota:  No haba captulo n V en el original. Pues, el captulo VII
sigue el captulo V.



Los pazos de Ulloa

Emilia Pardo Bazn




Tomo I




-I-


Por ms que el jinete trataba de sofrenarlo agarrndose con todas sus
fuerzas a la nica rienda de cordel y susurrando palabritas calmantes y
mansas, el peludo rocn segua empendose en bajar la cuesta a un trote
cochinero que descuadernaba los intestinos, cuando no a trancos
desigualsimos de loco galope. Y era pendiente de veras aquel repecho
del camino real de Santiago a Orense en trminos que los viandantes, al
pasarlo, sacudan la cabeza murmurando que tena bastante ms declive
del no s cuntos por ciento marcado por la ley, y que sin duda al
llevar la carretera en semejante direccin, ya sabran los ingenieros lo
que se pescaban, y alguna quinta de personaje poltico, alguna
influencia electoral de grueso calibre deba andar cerca.

Iba el jinete colorado, no como un pimiento, sino como una fresa,
encendimiento propio de personas linfticas. Por ser joven y de miembros
delicados, y por no tener pelo de barba, pareciera un nio, a no
desmentir la presuncin sus trazas sacerdotales. Aunque cubierto de
amarillo polvo que levantaba el trote del jaco, bien se adverta que el
traje del mozo era de pao negro liso, cortado con la flojedad y poca
gracia que distingue a las prendas de ropa de seglar vestidas por
clrigos. Los guantes, despellejados ya por la tosca brida, eran
asimismo negros y nuevecitos, igual que el hongo, que llevaba calado
hasta las cejas, por temor a que los zarandeos de la trotada se lo
hiciesen saltar al suelo, que sera el mayor compromiso del mundo. Bajo
el cuello del desairado levitn asomaba un dedo de alzacuello, bordado
de cuentas de abalorio. Demostraba el jinete escasa maestra hpica:
inclinado sobre el arzn, con las piernas encogidas y a dos dedos de
salir despedido por las orejas, lease en su rostro tanto miedo al
cuartago como si fuese algn corcel indmito rebosando fiereza y bros.

Al acabarse el repecho, volvi el jaco a la sosegada andadura habitual,
y pudo el jinete enderezarse sobre el aparejo redondo, cuya anchura
inconmensurable le haba descoyuntado los huesos todos de la regin
sacro-ilaca. Respir, quitse el sombrero y recibi en la frente
sudorosa el aire fro de la tarde. Caan ya oblicuamente los rayos del
sol en los zarzales y setos, y un pen caminero, en mangas de camisa,
pues tena su chaqueta colocada sobre un mojn de granito, daba
lnguidos azadonazos en las hierbecillas nacidas al borde de la cuneta.
Tir el jinete del ramal para detener a su cabalgadura, y sta, que se
haba dejado en la cuesta abajo las ganas de trotar, par
inmediatamente. El pen alz la cabeza, y la placa dorada de su sombrero
reluci un instante.

--Tendr usted la bondad de decirme si falta mucho para la casa del
seor marqus de Ulloa?

--Para los Pazos de Ulloa?--contest el pen repitiendo la pregunta.

--Eso es.

--Los Pazos de Ulloa estn all--murmur extendiendo la mano para sealar
a un punto en el horizonte.--Si la bestia anda bien, el camino que queda
pronto se pasa.... Ahora tiene que seguir hasta aquel pinar ve? y luego
le cumple torcer a mano izquierda, y luego le cumple bajar a mano
derecha por un atajito, hasta el crucero.... En el crucero ya no tiene
prdida, porque se ven los Pazos, una _costrucin_ muy grandsima....

--Pero..... como cunto faltar?--pregunt con inquietud el clrigo.

Mene el pen la tostada cabeza.

--Un bocadito, un bocadito....

Y sin ms explicaciones, emprendi otra vez su desmayada faena,
manejando el azadn lo mismo que si pesase cuatro arrobas.

Se resign el viajero a continuar ignorando las leguas de que se compone
un _bocadito_, y talone al rocn. El pinar no estaba muy distante, y
por el centro de su sombra masa serpeaba una trocha angostsima, en la
cual se colaron montura y jinete. El sendero, sepultado en las oscuras
profundidades del pinar, era casi impracticable; pero el jaco, que no
desmenta las aptitudes especiales de la raza caballar gallega para
andar por mal piso, avanzaba con suma precaucin, cabizbajo, tanteando
con el casco, para sortear cautelosamente las zanjas producidas por la
llanta de los carros, los pedruscos, los troncos de pino cortados y
atravesados donde hacan menos falta. Adelantaban poco a poco, y ya
salan de las estrecheces a senda ms desahogada, abierta entre pinos
nuevos y montes poblados de aliaga, sin haber tropezado con una sola
heredad labrada, un planto de coles que revelase la vida humana. De
pronto los cascos del caballo cesaron de resonar y se hundieron en
blanda alfombra: era una camada de estircol vegetal, tendida, segn
costumbre del pas, ante la casucha de un labrador. A la puerta una
mujer daba de mamar a una criatura. El jinete se detuvo.

--Seora, sabe si voy bien para la casa del marqus de Ulloa?

--Va bien, va....

--Y... falta mucho?

Enarcamiento de cejas, mirada entre aptica y curiosa, respuesta ambigua
en dialecto:

--La carrerita de un can....

Estamos frescos!, pens el viajero, que si no acertaba a calcular lo
que anda un can en una carrera, barruntaba que debe ser bastante para un
caballo. En fin, en llegando al crucero vera los Pazos de Ulloa..... Todo
se le volva buscar el atajo, a la derecha..... Ni seales. La vereda,
ensanchndose, se internaba por tierra montaosa, salpicada de manchones
de robledal y algn que otro castao todava cargado de fruta: a derecha
e izquierda, matorrales de brezo crecan desparramados y oscuros.
Experimentaba el jinete indefinible malestar, disculpable en quien,
nacido y criado en un pueblo tranquilo y sooliento, se halla por vez
primera frente a frente con la ruda y majestuosa soledad de la
naturaleza, y recuerda historias de viajeros robados, de gentes
asesinadas en sitios desiertos.

--Qu pas de lobos!--dijo para s, ttricamente impresionado.

Alegrsele el alma con la vista del atajo, que a su derecha se
columbraba, estrecho y pendiente, entre un doble vallado de piedra,
lmite de dos montes. Bajaba findose en la maa del jaco para evitar
tropezones, cuando divis casi al alcance de su mano algo que le hizo
estremecerse: una cruz de madera, pintada de negro con filetes blancos,
medio cada ya sobre el muralln que la sustentaba. El clrigo saba que
estas cruces sealan el lugar donde un hombre pereci de muerte
violenta; y, persignndose, rez un padrenuestro, mientras el caballo,
sin duda por olfatear el rastro de algn zorro, temblaba levemente
empinando las orejas, y adoptaba un trotecillo medroso que en breve le
condujo a una encrucijada. Entre el marco que le formaban las ramas de
un castao colosal, erguase el crucero.

Tosco, de piedra comn, tan mal labrado que a primera vista pareca
monumento romnico, por ms que en realidad slo contaba un siglo de
fecha, siendo obra de algn cantero con pujos de escultor, el crucero,
en tal sitio y a tal hora, y bajo el dosel natural del magnfico rbol,
era potico y hermoso. El jinete, tranquilizado y lleno de devocin,
pronunci descubrindose: Adormoste, Cristo, y bendecmoste, pues por
tu Santsima Cruz redimiste al mundo, y de paso que rezaba, su mirada
buscaba a lo lejos los Pazos de Ulloa, que deban ser aquel gran
edificio cuadrilongo, con torres, all en el fondo del valle. Poco dur
la contemplacin, y a punto estuvo el clrigo de besar la tierra, merced
a la huida que peg el rocn, con las orejas enhiestas, loco de terror.
El caso no era para menos: a cortsima distancia haban retumbado dos
tiros.

Quedse el jinete fro de espanto, agarrado al arzn, sin atreverse ni a
registrar la maleza para averiguar dnde estaran ocultos los agresores;
mas su angustia fue corta, porque ya del ribazo situado a espaldas del
crucero descenda un grupo de tres hombres, antecedido por otros tantos
canes perdigueros, cuya presencia bastaba para demostrar que las
escopetas de sus amos no amenazaban sino a las alimaas monteses.

El cazador que vena delante representaba veintiocho o treinta aos:
alto y bien barbado, tena el pescuezo y rostro quemados del sol, pero
por venir despechugado y sombrero en mano, se adverta la blancura de la
piel no expuesta a la intemperie, en la frente y en la tabla de pecho,
cuyos dimetros indicaban complexin robusta, supuesto que confirmaba la
isleta de vello rizoso que divida ambas tetillas. Protegan sus piernas
recias polainas de cuero, abrochadas con hebillaje hasta el muslo; sobre
la ingle derecha flotaba la red de bramante de un repleto morral, y en
el hombro izquierdo descansaba una escopeta moderna, de dos caones. El
segundo cazador pareca hombre de edad madura y condicin baja, criado o
colono: ni hebillas en las polainas, ni ms morral que un saco de
grosera estopa; el pelo cortado al rape, la escopeta de pistn,
viejsima y atada con cuerdas; y en el rostro, afeitado y enjuto y de
enrgicas facciones rectilneas, una expresin de encubierta sagacidad,
de astucia salvaje, ms propia de un piel roja que de un europeo. Por lo
que hace al tercer cazador, sorprendise el jinete al notar que era un
sacerdote. En qu se le conoca? No ciertamente en la tonsura, borrada
por una selva de pelo gris y cerdoso, ni tampoco en la rasuracin, pues
los duros caones de su azulada barba contaran un mes de antigedad;
menos an en el alzacuello, que no traa, ni en la ropa, que era
semejante a la de sus compaeros de caza, con el aditamento de unas
botas de montar, de charol de vaca muy descascaradas y cortadas por las
arrugas. Y no obstante trascenda a clrigo, revelndose el sello
formidable de la ordenacin, que ni aun las llamas del infierno
consiguen cancelar, en no s qu expresin de la fisonoma, en el aire y
posturas del cuerpo, en el mirar, en el andar, en todo. No caba duda:
era un sacerdote.

Aproximse al grupo el jinete, y repiti la consabida pregunta:

--Pueden ustedes decirme si voy bien para casa del seor marqus de
Ulloa?

El cazador alto se volvi hacia los dems, con familiaridad y dominio.

--Qu casualidad!--exclam--. Aqu tenemos al forastero..... T,
Primitivo.... Pues te cay la lotera: maana pensaba yo enviarte a Cebre
a buscar al seor.... Y usted, seor abad de Ulloa.... ya tiene usted
aqu quien le ayude a arreglar la parroquia!

Como el jinete permaneca indeciso, el cazador aadi:

--Supongo que es usted el recomendado de mi to, el seor de la Lage?

--Servidor y capelln...--respondi gozoso el eclesistico, tratando de
echar pie a tierra, ardua operacin en que le auxili el abad--. Y
usted...--exclam, encarndose con su interlocutor--es el seor marqus?

--Cmo queda el to? Usted... a caballo desde Cebre, eh?--repuso ste
evasivamente, mientras el capelln le miraba con inters rayano en viva
curiosidad. No hay duda que as, varonilmente desaliado, hmeda la piel
de transpiracin ligera, terciada la escopeta al hombro, era un cacho de
buen mozo el marqus; y sin embargo, despeda su arrogante persona
cierto tufillo bravo y montaraz, y lo duro de su mirada contrastaba con
lo afable y llano de su acogida.

El capelln, muy respetuoso, se deshaca en explicaciones.

--S, seor; justamente.... En Cebre he dejado la diligencia y me dieron
esta caballera, que tiene unos arreos, que vaya todo por Dios.... El
seor de la Lage, tan bueno, y con el humor aqul de siempre.... Hace
rer a las piedras.... Y guapote, para su edad.... Estoy reparando que si
fuese su seor pap de usted, no se le parecera ms.... Las seoritas,
muy bien, muy contentas y muy saludables.... Del seorito, que est en
Segovia, buenas noticias. Y antes que se me olvide....

Busc en el bolsillo interior de su levitn, y fue sacando un pauelo
muy planchado y doblado, un _Semanario_ chico, y por ltimo una cartera
de tafilete negro, cerrada con elstico, de la cual extrajo una carta
que entreg al marqus. Los perros de caza, despeados y anhelantes de
fatiga, se haban sentado al pie del crucero; el abad picaba con la ua
una tagarnina para liar un pitillo, cuyo papel sostena adherido por una
punta al borde de los labios; Primitivo, descansando la culata de la
escopeta en el suelo, y en el can de la escopeta la barba, clavaba sus
ojuelos negros en el recin venido, con pertinacia escrutadora. El sol
se pona lentamente en medio de la tranquilidad otoal del paisaje. De
improviso el marqus solt una carcajada. Era su risa, como suya,
vigorosa y pujante, y, ms que comunicativa, desptica.

--El to--exclam, doblando la carta--siempre tan guasn y tan clebre....
Dice que aqu me manda un santo para que me predique y me convierta....
No parece sino que tiene uno pecados: eh, seor abad? Qu dice usted a
esto? Verdad que ni uno?

--Ya se sabe, ya se sabe--mascull el abad en voz bronca.... Aqu todos
conservamos la inocencia bautismal.

Y al decirlo, miraba al recin llegado al travs de sus erizadas y
salvajinas cejas, como el veterano al inexperto recluta, sintiendo all
en su interior profundo desdn hacia el curita barbilindo, con cara de
nia, donde slo era sacerdotal la severidad del rubio entrecejo y la
compostura asctica de las facciones.

--Y usted se llama Julin lvarez?--interrog el marqus.

--Para servir a usted muchos aos.

--Y no acertaba usted con los Pazos?

--Me costaba trabajo el acertar. Aqu los paisanos no le sacan a uno de
dudas, ni le dicen categricamente las distancias. De modo que....

--Pues ahora ya no se perder usted. Quiere montar otra vez?

--Seor! No faltaba ms.

--Primitivo--orden el marqus--, coge del ramal a esa bestia.

Y ech a andar, dialogando con el capelln que le segua. Primitivo,
obediente, se qued rezagado, y lo mismo el abad, que encenda su
pitillo con un misto de cartn. El cazador se arrim al cura.

--Y qu le parece el rapaz, diga? Verdad que no mete respeto?

--Boh.... Ahora se estila ordenar _miquitrefes_.... Y luego mucho de
alzacuellitos, guantecitos, perejiles con escarola.... Si yo fuera el
arzobispo, ya les dara el demontre de los guantes!




-II-


Era noche cerrada, sin luna, cuando desembocaron en el soto, tras del
cual se eleva la ancha mole de los Pazos de Ulloa. No consenta la
oscuridad distinguir ms que sus imponentes proporciones, escondindose
las lneas y detalles en la negrura del ambiente. Ninguna luz brillaba
en el vasto edificio, y la gran puerta central pareca cerrada a piedra
y lodo. Dirigise el marqus a un postigo lateral, muy bajo, donde al
punto apareci una mujer corpulenta, alumbrando con un candil. Despus
de cruzar corredores sombros, penetraron todos en una especie de stano
con piso terrizo y bveda de piedra, que, a juzgar por las hileras de
cubas adosadas a sus paredes, deba ser bodega; y desde all llegaron
presto a la espaciosa cocina, alumbrada por la claridad del fuego que
arda en el hogar, consumiendo lo que se llama arcaicamente un mediano
monte de lea y no es sino varios gruesos cepos de roble, avivados, de
tiempo en tiempo, con rama menuda. Adornaban la elevada campana de la
chimenea ristras de chorizos y morcillas, con algn jamn de aadidura,
y a un lado y a otro sendos bancos brindaban asiento cmodo para
calentarse oyendo hervir el negro _pote_, que, pendiente de los llares,
ofreca a los sculos de la llama su insensible vientre de hierro.

A tiempo que la comitiva entraba en la cocina, hallbase acurrucada
junto al pote una vieja, que slo pudo Julin lvarez distinguir un
instante--con greas blancas y rudas como cerro que le caan sobre los
ojos, y cara rojiza al reflejo del fuego--, pues no bien advirti que
vena gente, levantse ms aprisa de lo que permitan sus aos, y
murmurando en voz quejumbrosa y humilde: Buenas _nochias_ nos d
Dios, se desvaneci como una sombra, sin que nadie pudiese notar por
dnde. El marqus se encar con la moza.

--No tengo dicho que no quiero aqu pendones?

Y ella contest apaciblemente, colgando el candil en la pilastra de la
chimenea:

--No haca mal..., me ayudaba a pelar castaas.

Tal vez iba el marqus a echar la casa abajo, si Primitivo, con mayor
imperio y enojo que su amo mismo, no terciase en la cuestin,
reprendiendo a la muchacha.

--Qu ests _parolando_ ah...? Mejor te fuera tener la comida lista. A
ver cmo nos la das corriendito? Menate, despablate.

En el esconce de la cocina, una mesa de roble denegrida por el uso
mostraba extendido un mantel grosero, manchado de vino y grasa.
Primitivo, despus de soltar en un rincn la escopeta, vaciaba su
morral, del cual salieron dos perdigones y una liebre muerta, con los
ojos empaados y el pelaje maculado de sangraza. Apart la muchacha el
botn a un lado, y fue colocando platos de peltre, cubiertos de antigua
y maciza plata, un mollete enorme en el centro de la mesa y un jarro de
vino proporcionado al pan; luego se dio prisa a revolver y destapar
tarteras, y tom del vasar una sopera magna. De nuevo la increp
airadamente el marqus.

--Y los perros, vamos a ver? Y los perros?

Como si tambin los perros comprendiesen su derecho a ser atendidos
antes que nadie, acudieron desde el rincn ms oscuro, y olvidando el
cansancio, exhalaban famlicos bostezos, meneando la cola y levantando
el partido hocico. Julin crey al pronto que se haba aumentado el
nmero de canes, tres antes y cuatro ahora; pero al entrar el grupo
canino en el crculo de viva luz que proyectaba el fuego, advirti que
lo que tomaba por otro perro no era sino un rapazuelo de tres a cuatro
aos, cuyo vestido, compuesto de chaquetn acastaado y calzones de
blanca estopa, poda desde lejos equivocarse con la piel bicolor de los
perdigueros, en quienes pareca vivir el chiquillo en la mejor
inteligencia y ms estrecha fraternidad. Primitivo y la moza disponan
en cubetas de palo el festn de los animales, entresacado de lo mejor y
ms grueso del pote; y el marqus--que vigilaba la operacin--, no dndose
por satisfecho, escudri con una cuchara de hierro las profundidades
del caldo, hasta sacar a luz tres gruesas tajadas de cerdo, que fue
distribuyendo en las cubetas. Lanzaban los perros alaridos
entrecortados, de interrogacin y deseo, sin atreverse an a tomar
posesin de la pitanza; a una voz de Primitivo, sumieron de golpe el
hocico en ella, oyndose el batir de sus apresuradas mandbulas y el
chasqueo de su lengua glotona. El chiquillo gateaba por entre las patas
de los perdigueros, que, convertidos en fieras por el primer impulso del
hambre no saciada todava, le miraban de reojo, regaando los dientes y
exhalando ronquidos amenazadores: de pronto la criatura, incitada por el
tasajo que sobrenadaba en la cubeta de la perra Chula, tendi la mano
para cogerlo, y la perra, torciendo la cabeza, lanz una feroz
dentellada, que por fortuna slo alcanz la manga del chico, obligndole
a refugiarse ms que de prisa, asustado y lloriqueando, entre las sayas
de la moza, ya ocupada en servir caldo a los racionales. Julin, que
empezaba a descalzarse los guantes, se compadeci del chiquillo, y,
bajndose, le tom en brazos, pudiendo ver que a pesar del mugre, la
roa, el miedo y el llanto, era el ms hermoso angelote del mundo.

--Pobre!--murmur cariosamente--. Te ha mordido la perra? Te hizo
sangre? Dnde te duele, me lo dices? Calla, que vamos a reirle a la
perra nosotros. Pcara, malvada!

Repar el capelln que estas palabras suyas produjeron singular efecto
en el marqus. Se contrajo su fisonoma: sus cejas se fruncieron, y
arrancndole a Julin el chiquillo, con brusco movimiento le sent en
sus rodillas, palpndole las manos, a ver si las tena mordidas o
lastimadas. Seguro ya de que slo el chaquetn haba padecido, solt la
risa.

--Farsante!--grit--. Ni siquiera te ha tocado la Chula. Y t, para qu
vas a meterte con ella? Un da te come media nalga, y despus
lagrimitas. A callarse y a rerse ahora mismo! En qu se conocen los
valientes?

Diciendo as, colmaba de vino su vaso, y se lo presentaba al nio que,
cogindolo sin vacilar, lo apur de un sorbo. El marqus aplaudi:

--Retebin! Viva la gente templada!

--No, lo que es el rapaz... el rapaz sale de punta--murmur el abad de
Ulloa.

--Y no le har dao tanto vino?--objet Julin, que sera incapaz de
bebrselo l.

--Dao! S, buen dao nos d Dios!--respondi el marqus, con no s qu
inflexiones de orgullo en el acento--. Dle usted otros tres, y ya
ver.... Quiere usted que hagamos la prueba?

--Los chupa, los chupa--afirm el abad.

--No seor; no seor.... Es capaz de morirse el pequeo.... He odo que el
vino es un veneno para las criaturas.... Lo que tendr ser hambre.

--Sabel, que coma el chiquillo--orden imperiosamente el marqus,
dirigindose a la criada.

sta, silenciosa e inmvil durante la anterior escena, sac un repleto
cuenco de caldo, y el nio fue a sentarse en el borde del lar, para
engullirlo sosegadamente.

En la mesa, los comensales mascaban con buen nimo. Al caldo, espeso y
harinoso, sigui un cocido slido, donde abundaba el puerco: los das de
caza, el imprescindible puchero se tomaba de noche, pues al monte no
haba medio de llevarlo. Una fuente de chorizos y huevos fritos
desencaden la sed, ya alborotada con la sal del cerdo. El marqus dio
al codo a Primitivo.

--Trenos un par de botellitas.... De el del ao 59.

Y volvindose hacia Julin, dijo muy obsequioso:

--Va usted a beber del mejor _tostado_ que por aqu se produce.... Es de
la casa de Molende: se corre que tienen un secreto para que, sin perder
el gusto de la pasa, empalague menos y se parezca al mejor jerez....
Cuanto ms va, ms gana: no es como los de otras bodegas, que se vuelven
azcar.

--Es cosa de gusto--asever el abad, rebaando con una miga de pan lo que
restaba de yema en su plato.

--Yo--declar tmidamente Julin--poco entiendo de vinos.... Casi no bebo
sino agua.

Y al ver brillar bajo las cejas hirsutas del abad una mirada compasiva
de puro desdeosa, rectific:

--Es decir... con el caf, ciertos das sealados, no me disgusta el
anisete.

--El vino alegra el corazn.... El que no bebe, no es hombre--pronunci el
abad sentenciosamente.

Primitivo volva ya de su excursin, empuando en cada mano una botella
cubierta de polvo y telaraas. A falta de tirabuzn, se descorcharon con
un cuchillo, y a un tiempo se llenaron los vasos chicos trados _ad
hoc_. Primitivo empinaba el codo con sumo desparpajo, bromeando con el
abad y el seorito. Sabel, por su parte, a medida que el banquete se
prolongaba y el licor calentaba las cabezas, serva con familiaridad
mayor, apoyndose en la mesa para rer algn chiste, de los que hacan
bajar los ojos a Julin, bisoo en materia de sobremesas de cazadores.
Lo cierto es que Julin bajaba la vista, no tanto por lo que oa, como
por no ver a Sabel, cuyo aspecto, desde el primer instante, le haba
desagradado de extrao modo, a pesar o quizs a causa de que Sabel era
un buen pedazo de lozansima carne. Sus ojos azules, hmedos y sumisos,
su color animado, su pelo castao que se rizaba en conchas paralelas y
caa en dos trenzas hasta ms abajo del talle, embellecan mucho a la
muchacha y disimulaban sus defectos, lo pomuloso de su cara, lo tozudo y
bajo de su frente, lo sensual de su respingada y abierta nariz. Por no
mirar a Sabel, Julin se fijaba en el chiquillo, que envalentonado con
aquella ojeada simptica, fue poco a poco deslizndose hasta llegar a
introducirse entre las rodillas del capelln. Instalado all, alz su
cara desvergonzada y risuea, y tirando a Julin del chaleco, murmur en
tono suplicante:

--Me lo da?

Todo el mundo se rea a carcajadas: el capelln no comprenda.

--Qu pide?--pregunt.

--Qu ha de pedir?--respondi el marqus festivamente--. El vino, hombre!
El vaso de tostado!

--_Mama_!--exclam el abad.

Antes de que Julin se resolviese a dar al nio su vaso casi lleno, el
marqus haba aupado al mocoso, que sera realmente una preciosidad a no
estar tan sucio. Parecase a Sabel, y an se le aventajaba en la
claridad y alegra de sus ojos celestes, en lo abundante del pelo
ensortijado, y especialmente en el correcto diseo de las facciones. Sus
manitas, morenas y hoyosas, se tendan hacia el vino color de topacio;
el marqus se lo acerc a la boca, divirtindose un rato en quitrselo
cuando ya el rapaz crea ser dueo de l. Por fin consigui el nio
atrapar el vaso, y en un decir Jess traseg el contenido, relamindose.

--ste no se anda con requisitos!--exclam el abad.

--Qui!--confirm el marqus--. Si es un veterano! A que te zampas otro
vaso, Perucho?

Las pupilas del angelote rechispeaban; sus mejillas despedan lumbre, y
dilataba la clsica naricilla con inocente concupiscencia de Baco nio.
El abad, guiando picarescamente el ojo izquierdo, escancile otro vaso,
que l tom a dos manos y se emboc sin perder gota; en seguida solt la
risa; y, antes de acabar el redoble de su carcajada bquica, dej caer
la cabeza, muy descolorido, en el pecho del marqus.

--Lo ven ustedes?--grit Julin angustiadsimo--. Es muy chiquito para
beber as, y va a ponerse malo. Estas cosas no son para criaturas.

--Bah!--intervino Primitivo--. Piensa que el rapaz no puede con lo que
tiene dentro? Con eso y con otro tanto! Y si no ver.

A su vez tom en brazos al nio y, mojando en agua fresca los dedos, se
los pas por las sienes. Perucho abri los prpados y mir alrededor con
asombro, y su cara se sonrose.

--Qu tal?--le pregunt Primitivo--. Hay nimos para otra _pinguita_ de
tostado?

Volvise Perucho hacia la botella y luego, como instintivamente, dijo
_que no_ con la cabeza, sacudiendo la poblada zalea de sus rizos. No era
Primitivo hombre de darse por vencido tan fcilmente: sepult la mano en
el bolsillo del pantaln y sac una moneda de cobre.

--De ese modo...--refunfu el abad.

--No seas brbaro, Primitivo--murmur el marqus entre placentero y grave.

--Por Dios y por la Virgen!--implor Julin--. Van a matar a esa
criatura! Hombre, no se empee en emborrachar al nio: es un pecado, un
pecado tan grande como otro cualquiera. No se pueden presenciar ciertas
cosas!

Al protestar, Julin se haba incorporado, encendido de indignacin,
echando a un lado su mansedumbre y timidez congnita. Primitivo, de pie
tambin, mas sin soltar a Perucho, mir al capelln fra y
socarronamente, con el desdn de los tenaces por los que se exaltan un
momento. Y metiendo en la mano del nio la moneda de cobre y entre sus
labios la botella destapada y terciada an de vino, la inclin, la
mantuvo as hasta que todo el licor pas al estmago de Perucho.
Retirada la botella, los ojos del nio se cerraron, se aflojaron sus
brazos, y no ya descolorido, sino con la palidez de la muerte en el
rostro, hubiera cado redondo sobre la mesa, a no sostenerlo Primitivo.
El marqus, un tanto serio, empez a inundar de agua fra la frente y
los pulsos del nio; Sabel se acerc, y ayud tambin a la aspersin;
todo intil: lo que es por esta vez, Perucho _la tena_.

--Como un pellejo--gru el abad.

--Como una cuba--murmur el marqus--. A la cama con l en seguida. Que
duerma y maana estar ms fresco que una lechuga. Esto no es nada.

Sabel se alej cargada con el nio, cuyas piernas se balanceaban
inertes, a cada movimiento de su madre. La cena se acab menos
bulliciosa de lo que empezara: Primitivo hablaba poco, y Julin haba
enmudecido por completo. Cuando termin el convite y se pens en dormir,
reapareci Sabel armada de un veln de aceite, de tres mecheros, con el
cual fue alumbrando por la ancha escalera de piedra que conduca al piso
alto, y ascenda a la torre en rpido caracol. Era grande la habitacin
destinada a Julin, y la luz del veln apenas disipaba las tinieblas, de
entre las cuales no se destacaba ms que la blancura del lecho. A la
puerta del cuarto se despidi el marqus, desendole buenas noches y
aadiendo con brusca cordialidad:

--Maana tendr usted su equipaje.... Ya irn a Cebre por l.... Ea,
descansar, mientras yo echo de casa al abad de Ulloa.... Est un poco....
eh? Dificulto que no se caiga en el camino y no pase la noche al
abrigo de un vallado!

Solo ya, sac Julin de entre la camisa y el chaleco una estampa
grabada, con marco de lentejuela, que representaba a la Virgen del
Carmen, y la coloc de pie sobre la mesa donde Sabel acababa de
depositar el veln. Arrodillse, y rez la media corona, contando por
los dedos de la mano cada diez. Pero el molimiento del cuerpo le haca
apetecer las gruesas y frescas sbanas, y omiti la letana, los actos
de fe y algn padrenuestro. Desnudse honestamente, colocando la ropa en
una silla a medida que se la quitaba, y apag el veln antes de echarse.
Entonces empezaron a danzar en su fantasa los sucesos todos de la
jornada: el caballejo que estuvo a punto de hacerle besar el suelo, la
cruz negra que le caus escalofros, pero sobre todo la cena, la bulla,
el nio borracho. Juzgando a las gentes con quienes haba trabado
conocimiento en pocas horas, se le figuraba Sabel provocativa, Primitivo
insolente, el abad de Ulloa sobrado bebedor y nimiamente amigo de la
caza, los perros excesivamente atendidos, y en cuanto al marqus.... En
cuanto al marqus, Julin recordaba unas palabras del seor de la Lage:

--Encontrar usted a mi sobrino bastante adocenado.... La aldea, cuando se
cra uno en ella y no sale de all jams, envilece, empobrece y
embrutece.

Y casi al punto mismo en que acudi a su memoria tan severo dictamen,
arrepintise el capelln, sintiendo cierta penosa inquietud que no poda
vencer. Quin le mandaba formar juicios temerarios? l vena all para
decir misa y ayudar al marqus en la administracin, no para fallar
acerca de su conducta y su carcter.... Con que... a dormir...




-III-


Despert Julin cuando entraba de lleno en la habitacin un sol de otoo
dorado y apacible. Mientras se vesta, examinaba la estancia con algn
detenimiento. Era vastsima, sin cielo raso; alumbrbanla tres ventanas
guarnecidas de anchos poyos y de vidrieras faltosas de vidrios cuanto
abastecidas de remiendos de papel pegados con obleas. Los muebles no
pecaban de suntuosos ni de abundantes, y en todos los rincones
permanecan seales evidentes de los hbitos del ltimo inquilino, hoy
abad de Ulloa, y antes capelln del marqus: puntas de cigarros
adheridas al piso, dos pares de botas inservibles en un rincn, sobre la
mesa un paquete de plvora y en un poyo varios objetos cinegticos,
jaulas para codornices, _gayolas_, collares de perros, una piel de
conejo mal curtida y peor oliente. Amn de estas reliquias, entre las
vigas pendan plidas telaraas, y por todas partes descansaba
tranquilamente el polvo, enseoreado all desde tiempo inmemorial.

Miraba Julin las huellas de la incuria de su antecesor, y sin querer
acusarle, ni tratarle en sus adentros de cochino, el caso es que tanta
porquera y rusticidad le infunda grandes deseos de primor y limpieza,
una aspiracin a la pulcritud en la vida como a la pureza en el alma.
Julin perteneca a la falange de los pacatos, que tienen la virtud
espantadiza, con repulgos de monja y pudores de doncella intacta. No
habindose descosido jams de las faldas de su madre sino para asistir a
ctedra en el Seminario, saba de la vida lo que ensean los libros
piadosos. Los dems seminaristas le llamaban _San Julin_, aadiendo que
slo le faltaba la palomita en la mano. Ignoraba cundo pudo venirle la
vocacin; tal vez su madre, ama de llaves de los seores de la Lage,
mujer que pasaba por beatona, le empuj suavemente, desde la ms tierna
edad, hacia la Iglesia, y l se dej llevar de buen grado. Lo cierto es
que de nio jugaba a cantar misa, y de grande no par hasta conseguirlo.
La continencia le fue fcil, casi insensible, por lo mismo que la guard
inclume, pues sienten los moralistas que es ms hacedero no pecar una
vez que pecar una sola. A Julin le ayudaba en su triunfo, amn de la
gracia de Dios que l solicitaba muy de veras, la endeblez de su
temperamento linftico-nervioso, puramente femenino, sin ardores ni
rebeldas, propenso a la ternura, dulce y benigno como las propias
malvas, pero no exento, en ocasiones, de esas energas sbitas que
tambin se observan en la mujer, el ser que posee menos fuerza en estado
normal, y ms cantidad de ella desarrolla en las crisis convulsivas.
Julin, por su compostura y hbitos de pulcritud-aprendidos de su madre,
que le sahumaba toda la ropa con espliego y le pona entre cada par de
calcetines una manzana camuesa--cogi fama de seminarista _pollo_, mxime
cuando averiguaron que se lavaba mucho manos y cara. En efecto era as,
y a no mediar ciertas ideas de devota pudicicia, l extendera las
abluciones frecuentes al resto del cuerpo, que procuraba traer lo ms
aseado posible.

El primer da de su estancia en los Pazos bien necesitaba chapuzarse un
poco, atendido el polvo de la carretera que traa adherido a la piel;
pero sin duda el actual abad de Ulloa consideraba artculo de lujo los
enseres de tocador, pues no vio Julin por all ms que una palangana de
hojalata, a la cual serva de palanganero el poyo. Ni jarra, ni tohalla,
ni jabn, ni cubo. Quedse parado delante de la palangana, en mangas de
camisa y sin saber qu hacer, hasta que, convencido de la imposibilidad
de refrescarse con agua, quiso al menos tomar un bao de aire, y abri
la vidriera.

Lo que abarcaba la vista le dej encantado. El valle ascenda en suave
pendiente, extendiendo ante los Pazos toda la lozana de su ladera ms
feraz. Vias, castaares, campos de maz granados o ya segados, y
tupidas robledas, se escalonaban, suban trepando hasta un montecillo,
cuya falda gris pareca, al sol, de un blanco plomizo. Al pie mismo de
la torre, el huerto de los Pazos se asemejaba a verde alfombra con
cenefas amarillentas, en cuyo centro se engastaba la luna de un gran
espejo, que no era sino la superficie del estanque. El aire, oxigenado y
regenerador, penetraba en los pulmones de Julin, que sinti disiparse
inmediatamente parte del vago terror que le infunda la gran casa
solariega y lo que de sus moradores haba visto. Como para renovarlo,
entreoy detrs de s rumor de pisadas cautelosas, y al volverse vio a
Sabel, que le presentaba con una mano platillo y jcara, con la otra, en
plato de peltre, un plpito de agua fresca y una servilleta gorda muy
doblada encima. Vena la moza arremangada hasta el codo, con el pelo
alborotado, seco y volandero, del calor de la cama sin duda: y a la luz
del da se notaba ms la frescura de su tez, muy blanca y como
infiltrada de sangre. Julin se apresur a ponerse el levitn,
murmurando:

--Otra vez haga el favor de dar dos golpes en la puerta antes de
entrar.... Conforme estoy a pie, pudo cuadrar que estuviese en la cama
todava... o vistindome.

Mirle Sabel de hito en hito, sin turbarse, y exclam:

--Disimule, seor.... Yo no saba.... El que no sabe, hace como el que no
ve.

--Bien, bien.... Yo quera decir misa antes de tomar el chocolate.

--Hoy no podr, porque tiene la llave de la capilla el seor abad de
Ulloa, y Dios sabe hasta qu horas dormir, ni si habr quin vaya all
por ella.

Julin contuvo un suspiro. Dos das ya sin misar! Cabalmente desde que
era presbtero se haba redoblado su fervor religioso, y senta el
entusiasmo juvenil del nuevo misacantano, conmovido an por la impresin
de la augusta investidura; de suerte que celebraba el sacrificio
esmerndose en perfilar la menor ceremonia, temblando cuando alzaba,
anonadndose cuando consuma, siempre con recogimiento indecible. En
fin, si no haba remedio....

--Ponga el chocolate ah--dijo a Sabel.

Mientras la moza ejecutaba esta orden, Julin alzaba los ojos al techo y
los bajaba al piso, y tosa, tratando de buscar una frmula, un modo
discreto de explicarse.

--Hace mucho que no duerme en este cuarto el seor abad?

--Poco.... Har dos semanas que baj a la parroquia.

--Ah.... Por eso.... Esto est algo... sucio, no le parece? Sera bueno
barrer... y pasar tambin la escoba por entre las vigas.

Sabel se encogi de hombros.

--El seor abad no me mand nunca que le barriese el cuarto.

--Pues, francamente, la limpieza es una cosa que a todo el mundo gusta.

--S, seor, ya se sabe.... No pase cuidado, que yo lo arreglar muy
arregladito.

Lo pronunci con tanta sumisin, que Julin a su vez quiso mostrarle un
poco de caritativo inters.

--Y el nio?--pregunt--. No le hizo mal lo de ayer?

--No, seor.... Durmi como un santio y ya anda corriendo por la huerta.
Ve? All est.

Mirando por la abierta ventana, y hacindose una pantalla con la mano,
Julin divis a Perucho, que, sin sombrero, con la cabeza al sol,
arrojaba piedras al estanque.

--Lo que no sucede en un ao sucede en un da, Sabel--advirti gravemente
el capelln--. No debe consentir que le emborrachen al chiquillo: es un
vicio muy feo, hasta en los grandes, cuanto ms en un inocente as!
Para qu le aguanta a Primitivo que le d tanta bebida? Es obligacin
de usted el impedirlo.

Sabel fijaba pesadamente en Julin sus azules pupilas, siendo imposible
discernir en ellas el menor relmpago de inteligencia o de
convencimiento. Al fin articul con pausa:

--Yo qu quiere que le haga.... No me voy a reponer contra mi seor padre.

Julin call un momento atnito. De modo que quien haba embriagado a
la criatura era su propio abuelo! No supo replicar nada oportuno, ni
siquiera lanzar una exclamacin de censura. Llevse la taza a la boca
para encubrir la turbacin, y Sabel, creyendo terminado el coloquio, se
retiraba despacio, cuando el capelln le dirigi una pregunta ms.

--El seor marqus anda ya levantado?

--S, seor.... Debe estar por la huerta o por los alpendres.

--Haga el favor de llevarme all--dijo Julin levantndose y limpindose
apresuradamente los labios sin desdoblar la servilleta.

Antes de dar con el marqus, recorrieron el capelln y su gua casi toda
la huerta. Aquella vasta extensin de terreno deba haber sido en otro
tiempo cultivada con primor y engalanada con los adornos de la
jardinera simtrica y geomtrica cuya moda nos vino de Francia. De todo
lo cual apenas quedaban vestigios: las armas de la casa, trazadas con
mirto en el suelo, eran ahora intrincado matorral de bojes, donde ni la
vista ms lince distinguira rastro de los lobos, pinos, torres
almenadas, roeles y otros emblemas que campeaban en el preclaro blasn
de los Ulloas; y, sin embargo, persista en la confusa masa no s qu
aire de cosa plantada adrede y con arte. El borde de piedra del estanque
estaba semiderruido, y las gruesas bolas de granito que lo guarnecan
andaban rodando por la hierba, verdosas de musgo, esparcidas aqu y
acull como gigantescos proyectiles en algn desierto campo de batalla.
Obstruido por el limo, el estanque pareca charca fangosa, acrecentando
el aspecto de descuido y abandono de la huerta, donde los que ayer
fueron cenadores y bancos rsticos se haban convertido en rincones
poblados de maleza, y los tablares de hortaliza en sembrados de maz, a
cuya orilla, como tenaz reminiscencia del pasado, crecan libres,
espinosos y altsimos, algunos rosales de variedad selecta, que iban a
besar con sus ramas ms altas la copa del ciruelo o peral que tenan
enfrente. Por entre estos residuos de pasada grandeza andaba el ltimo
vstago de los Ulloas, con las manos en los bolsillos, silbando
distradamente como quien no sabe qu hacer del tiempo. La presencia de
Julin le dio la solucin del problema. Seorito y capelln emparejaron
y alabando la hermosura del da, acabaron de visitar el huerto al
pormenor, y aun alargaron el paseo hasta el soto y los robledales que
limitaban, hacia la parte norte, la extensa posesin del marqus. Julin
abra mucho los ojos, deseando que por ellos le entrase de sopetn toda
la ciencia rstica, a fin de entender bien las explicaciones relativas a
la calidad del terreno o el desarrollo del arbolado; pero, acostumbrado
a la vida claustral del Seminario y de la metrpoli compostelana, la
naturaleza le pareca difcil de comprender, y casi le infunda temor
por la vital impetuosidad que senta palpitar en ella, en el espesor de
los matorrales, en el spero vigor de los troncos, en la fertilidad de
los frutales, en la picante pureza del aire libre. Exclam con
desconsuelo sincersimo:

--Yo confieso la verdad, seorito.... De estas cosas de aldea, no entiendo
jota.

--Vamos a ver la casa--indic el seor de Ulloa--. Es la ms grande del
pas--aadi con orgullo.

Mudaron de rumbo, dirigindose al enorme casern, donde penetraron por
la puerta que daba al huerto, y habiendo recorrido el claustro formado
por arcadas de sillera, cruzaron varios salones con destartalado
mueblaje, sin vidrios en las vidrieras, cuyas descoloridas pinturas
maltrataba la humedad, no siendo ms clemente la polilla con el
maderamen del piso. Pararon en una habitacin relativamente chica, con
ventana de reja, donde las negras vigas del techo semejaban remotsimas,
y asombraban la vista grandes estanteras de castao sin barnizar, que
en vez de cristales tenan enrejado de alambre grueso. Decoraba tan
ttrica pieza una mesa-escritorio, y sobre ella un tintero de cuerno, un
viejsimo bade de suela, no s cuntas plumas de ganso y una caja de
obleas vaca.

Las estanteras entreabiertas dejaban asomar legajos y protocolos en
abundancia; por el suelo, en las dos sillas de baqueta, encima de la
mesa, en el alfizar mismo de la enrejada ventana, haba ms papeles,
ms legajos, amarillentos, vetustos, carcomidos, arrugados y rotos;
tanta papelera exhalaba un olor a humedad, a rancio, que cosquilleaba
en la garganta desagradablemente. El marqus de Ulloa, detenindose en
el umbral y con cierta expresin solemne, pronunci:

--El archivo de la casa.

Desocup en seguida las sillas de cuero, y explic muy acalorado que
aquello estaba revueltsimo-aclaracin de todo punto innecesaria--y que
semejante desorden se deba al descuido de un fray Venancio,
administrador de su padre, y del actual abad de Ulloa, en cuyas manos
pecadoras haba venido el archivo a parar en lo que Julin vea....

--Pues as no puede seguir--exclamaba el capelln--. Papeles de
importancia tratados de este modo! Hasta es muy fcil que alguno se
pierda.

--Naturalmente! Dios sabe los desperfectos que ya me habrn causado, y
cmo andar todo, porque yo ni mirarlo quiero.... Esto es lo que usted
ve: un desastre, una perdicin! Mire usted..., mire usted lo que tiene
ah a sus pies! Debajo de una bota!

Julin levant el pie muy asustado, y el marqus se baj recogiendo del
suelo un libro delgadsimo, encuadernado en badana verde, del cual
penda rodado sello de plomo. Tomlo Julin con respeto, y al abrirlo,
sobre la primera hoja de vitela, se destac una soberbia miniatura
herldica, de colores vivos y frescos a despecho de los aos.

--Una ejecutoria de nobleza!--declar el seorito gravemente.

Por medio de su pauelo doblado, la limpiaba Julin del moho, tocndola
con manos delicadas. Desde nio le haba enseado su madre a reverenciar
la sangre ilustre, y aquel pergamino escrito con tinta roja, miniado,
dorado, le pareca cosa muy veneranda, digna de compasin por haber sido
pisoteada, hollada bajo la suela de sus botas. Como el seorito
permaneca serio, de codos en la mesa, las manos cruzadas bajo la barba,
otras palabras del seor de la Lage acudieron a la memoria del capelln:
Todo eso de la casa de mi sobrino debe ser un desbarajuste.... Hara
usted una obra de caridad si lo arreglase un poco. La verdad es que l
no entenda gran cosa de papelotes, pero con buena voluntad y cachaza....

--Seorito--murmur--, y por qu no nos dedicamos a ordenar esto como Dios
manda? Entre usted y yo, mal sera que no acertsemos. Mire usted,
primero apartamos lo moderno de lo antiguo; de lo que est muy
estropeado se podra hacer sacar copia; lo roto se pega con cuidadito
con unas tiras de papel transparente....

El proyecto le pareci al seorito de perlas. Convinieron en ponerse al
trabajo desde la maana siguiente. Quiso la desgracia que al otro da
Primitivo descubriese en un maizal prximo un bando entero de perdices
entretenido en comerse la espiga madura. Y el marqus se terci la
carabina y dej para siempre jams amn a su capelln bregar con los
documentos.




-IV-


Y el capelln lidi con ellos a brazo partido, sin tregua, tres o cuatro
horas todas las maanas. Primero limpi, sacudi, planch sirvindose de
la palma de la mano, peg papelitos de cigarro a fin de juntar los
pedazos rotos de alguna escritura. Parecale estar desempolvando,
encolando y poniendo en orden la misma casa de Ulloa, que iba a salir de
sus manos hecha una plata. La tarea, en apariencia fcil, no dejaba de
ser enfadosa para el aseado presbtero: le sofocaba una atmsfera de
mohosa humedad; cuando alzaba un montn de papeles depositado desde
tiempo inmemorial en el suelo, caa a veces la mitad de los documentos
hecha aicos por el diente menudo e incansable del ratn; las polillas,
que parecen polvo organizado y volante, agitaban sus alas y se le metan
por entre la ropa; las correderas, perseguidas en sus ms secretos
asilos, salan ciegas de furor o de miedo, obligndole, no sin gran
repugnancia, a despachurrarlas con los tacones, tapndose los odos para
no percibir el _chac_! estremecedor que produce el cuerpo estrujado del
insecto; las araas, columpiando su hidrpica panza sobre sus
descomunales zancos, solan ser ms listas y refugiarse prontsimamente
en los rincones oscuros, a donde las gua misterioso instinto
estratgico. De tanto asqueroso bicho tal vez el que ms repugnaba a
Julin era una especie de lombriz o gusano de humedad, fro y negro, que
se encontraba siempre inmvil y hecho una rosca debajo de los papeles, y
al tocarlo produca la sensacin de un trozo de hielo blando y pegajoso.

Al cabo, a fuerza de paciencia y resolucin, triunf Julin en su
batalla con aquellas alimaas impertinentes, y en los estantes, ya
despejados, fueron alinendose los documentos, ocupando, por efecto
milagroso del buen orden, la mitad menos que antes, y cabiendo donde no
cupieron jams. Tres o cuatro ejecutorias, todas con su colgante de
plomo, quedaron apartadas, envueltas en paos limpios. Todo estaba
arreglado ya, excepto un tramo de la estantera donde Julin columbr
los lomos oscuros, fileteados de oro, de algunos libros antiguos. Era la
biblioteca de un Ulloa, un Ulloa de principios del siglo: Julin
extendi la mano, cogi un tomo al azar, lo abri, ley la portada...
_La Henriada_, poema francs, puesto en verso espaol: su autor, el
seor de Voltaire.... Volvi a su sitio el volumen, con los labios
contrados y los ojos bajos, como siempre que algo le hera o
escandalizaba: no era en extremo intolerante, pero lo que es a Voltaire,
de buena gana le hara lo que a las cucarachas; no obstante, limitse a
condenar la biblioteca, a no pasar ni un mal pao por el lomo de los
libros: de suerte que polillas, gusanos y araas, acosadas en todas
partes, hallaron refugio a la sombra del risueo Arouet y su enemigo el
sentimental Juan Jacobo, que tambin dorma all sosegadamente desde los
aos de 1816.

No era tortas y pan pintado la limpieza material del archivo; sin
embargo, la verdadera obra de romanos fue la clasificacin. Aqu te
quiero! parecan decir los papelotes as que Julin intentaba
distinguirlos. Un embrollo, una madeja sin cabo, un laberinto sin hilo
conductor. No exista faro que pudiese guiar por el pilago insondable:
ni libros becerros, ni estados, ni nada. Los nicos documentos que
encontr fueron dos cuadernos mugrientos y apestando a tabaco, donde su
antecesor, el abad de Ulloa, apuntaba los nombres de los pagadores y
arrendatarios de la casa, y al margen, con un signo inteligible para l
solo, o con palabras ms enigmticas an, el balance de sus pagos. Los
unos tenan una cruz, los otros un garabato, los de ms all una
llamada, y los menos, las frases _no paga, pagar, va pagando, ya pag_.
Qu significaban pues el garabato y la cruz? Misterio insondable. En
una misma pgina se mezclaban gastos e ingresos: aqu apareca Fulano
como deudor insolvente, y dos renglones ms abajo, como acreedor por
jornales. Julin sac del libro del abad una jaqueca tremebunda. Bendijo
la memoria de fray Venancio, que, ms radical, no dejara ni rastro de
cuentas, ni el menor comprobante de su larga gestin.

Haba puesto Julin manos a la obra con sumo celo, creyendo no le sera
imposible orientarse en semejante caos de papeles. Se desojaba para
entender la letra antigua y las enrevesadas rbricas de las escrituras;
quera al menos separar lo correspondiente a cada uno de los tres o
cuatro principales partidos de renta con que contaba la casa; y se
asombraba de que para cobrar tan poco dinero, tan mezquinas cantidades
de centeno y trigo, se necesitase tanto frrago de procedimientos, tanta
documentacin indigesta. Perdase en un ddalo de foros y subforos,
prorrateos, censos, pensiones, vinculaciones, cartas dotales, diezmos,
tercios, pleitecillos menudos, de atrasos, y pleitazos gordos, de
partijas. A cada paso se le confunda ms en la cabeza toda aquella
papelera trasconejada; si las obras de reparacin, como poner carpetas
de papel fuerte y blanco a las escrituras que se deshacan de puro
viejas le eran ya fciles, no as el conocimiento cientfico de los
malditos papelotes, indescifrables para quien no tuviese lecciones y
prctica. Ya desalentado se lo confes al marqus.

--Seorito, yo no salgo del paso.... Aqu convena un abogado, una persona
entendida.

--S, s, hace mucho tiempo que lo pienso yo tambin.... Es indispensable
tomar mano en eso, porque la documentacin debe andar perdida.... Cmo
la ha encontrado usted? Hecha una lstima? Apuesto a que s.

Dijo esto el marqus con aquella entonacin vehemente y sombra que
adoptaba al tratar de sus propios asuntos, por insignificantes que
fuesen; y mientras hablaba, entretena las manos ciendo su collar de
cascabeles a la Chula, con la cual iba a salir a matar unas codornices.

--S, seor...--murmur Julin--. No est nada bien, no.... Pero la persona
acostumbrada a estas cosas se desenreda de ellas en un soplo.... Y tiene
que venir pronto quien sea, porque los papeles no ganan as.

La verdad era que el archivo haba producido en el alma de Julin la
misma impresin que toda la casa: la de una ruina, ruina vasta y
amenazadora, que representaba algo grande en lo pasado, pero en la
actualidad se desmoronaba a toda prisa. Era esto en Julin aprensin no
razonada, que se transformara en conviccin si conociese bien algunos
antecedentes de familia del marqus.

Don Pedro Moscoso de Cabreira y Pardo de la Lage qued hurfano de padre
muy nio an. A no ser por semejante desgracia, acaso hubiera tenido
carrera: los Moscosos conservaban, desde el abuelo afrancesado,
enciclopedista y francmasn que se permita leer al _seor de Voltaire_,
cierta tradicin de cultura trasaeja, medio extinguida ya, pero
suficiente todava para empujar a un Moscoso a los bancos del aula. En
los Pardos de la Lage era, al contrario, axiomtico que ms vale asno
vivo que doctor muerto. Vivan entonces los Pardos en su casa solariega,
no muy distante de la de Ulloa: al enviudar la madre de don Pedro, el
mayorazgo de la Lage iba a casarse en Santiago con una seorita de
distincin, trasladando sus reales al pueblo; y don Gabriel, el
segundn, se vino a los Pazos de Ulloa, para acompaar a su hermana,
segn deca, y servirle de amparo; en realidad, afirmaban los
maldicientes, para disfrutar a su talante las rentas del cuado difunto.
Lo cierto es que don Gabriel en poco tiempo asumi el mando de la casa:
l descubri y propuso para administrador a aquel bendito exclaustrado
fray Venancio, medio chocho desde la exclaustracin, medio idiota de
nacimiento ya, a cuya sombra pudo manejar a su gusto la hacienda del
sobrino, desempeando la tutela. Una de las habilidades de don Gabriel
fue hacer partijas con su hermana cogindole maosamente casi toda su
legtima, despojo a que asinti la pobre seora, absolutamente inepta en
materia de negocios, hbil slo para ahorrar el dinero que guardaba con
srdida avaricia, y que tuvo la imprudente niera de ir poniendo en
onzas de oro, de las ms antiguas, de premio. Cortos eran los rditos
del caudal de Moscoso que no se deslizaban de entre los dedos temblones
de fray Venancio a las robustas palmas del tutor; pero si lograban pasar
a las de doa Micaela, ya no salan de all sino en forma de peluconas,
camino de cierto escondrijo misterioso, acerca del cual iba poco a poco
formndose una leyenda en el pas. Mientras la madre atesoraba, don
Gabriel educaba al sobrino a su imagen y semejanza, llevndolo consigo a
ferias, cazatas, francachelas rsticas, y acaso distracciones menos
inocentes, y ensendole, como decan all, a cazar la perdiz blanca; y
el chico adoraba en aquel to jovial, vigoroso y resuelto, diestro en
los ejercicios corporales, groseramente chistoso, como todos los de la
Lage, en las sobremesas: especie de seor feudal acatado en el pas, que
enseaba prcticamente al heredero de los Ulloas el desprecio de la
humanidad y el abuso de la fuerza. Un da que to y sobrino se
deportaban, segn costumbre, a cuatro o seis leguas de distancia de los
Pazos, habindose llevado consigo al criado y al mozo de cuadra, a las
cuatro de la tarde y estando abiertas todas las puertas del casern
solariego, se present en l una gavilla de veinte hombres enmascarados
o tiznados de carbn, que maniat y amordaz a la criada, hizo echarse
boca abajo a fray Venancio, y apoderndose de doa Micaela, le intim
que ensease el escondrijo de las onzas; y como la seora se negase,
despus de abofetearla, empezaron a mecharla con la punta de una navaja,
mientras unos cuantos proponan que se calentase aceite para frerle los
pies. As que le acribillaron un brazo y un pecho, pidi compasin y
descubri, debajo de un arca enorme, el famoso escondrijo, trampa
hbilmente disimulada por medio de una tabla igual a las dems del piso,
pero que suba y bajaba a voluntad. Recogieron los ladrones las hermosas
medallas, apoderronse tambin de la plata labrada que hallaron a mano,
y se retiraron de los Pazos a las seis, antes que anocheciese del todo.
Algn labrador o jornalero les vio salir, pero qu haba de hacer? Eran
veinte, bien armados con escopetas, pistolas y trabucos.

Fray Venancio, que slo haba recibido tal cual puntapi o puada
despreciativa, no necesit ms pasaporte para irse al otro mundo, de
puro miedo, en una semana; la seora se apresur menos, pero, como suele
decirse, no levant cabeza, y de all a pocos meses una apopleja serosa
le impidi seguir guardando onzas en un agujero mejor disimulado. Del
robo se habl largo tiempo en el pas, y corrieron rumores muy extraos:
se afirm que los criminales no eran bandidos de profesin, sino gentes
conocidas y acomodadas, alguna de las cuales desempeaba cargo pblico,
y entre ellas se contaban personas relacionadas de antiguo con la
familia de Ulloa, que por lo tanto estaban al corriente de las
costumbres de la casa, de los das en que se quedaba sin hombres, y de
la insaciable constancia de doa Micaela en recoger y conservar la ms
valiosa moneda de oro. Fuese lo que fuese, la justicia no descubri a
los autores del delito, y don Pedro qued en breve sin otro pariente que
su to Gabriel. ste busc para el sitio de fray Venancio a un sacerdote
brusco, gran cazador, incapaz de morirse de miedo ante los ladrones.
Desde tiempo atrs les ayudaba en sus expediciones cinegticas
Primitivo, la mejor escopeta furtiva del pas, la puntera ms certera,
y el padre de la moza ms guapa que se encontraba en diez leguas a la
redonda. El fallecimiento de doa Micaela permiti que hija y padre se
instalasen en los Pazos, ella a ttulo de criada, l a ttulo de...
montero mayor, diramos hace siglos; hoy no hay nombre adecuado para el
empleo. Don Gabriel los tena muy a raya a entrambos, olfateando en
Primitivo un riesgo serio para su influencia; pero tres o cuatro aos
despus de la muerte de su hermana, don Gabriel sufri ataques de gota
que pusieron en peligro su vida, y entonces se divulg lo que ya se
susurraba acerca de su casamiento secreto con la hija del carcelero de
Cebre. El hidalgo se traslad a vivir, mejor dicho a rabiar, en la
villita; otorg testamento legando a tres hijos que tena sus bienes y
caudal, sin dejar al sobrino don Pedro ni el reloj en memoria; y
habindosele subido la gota al corazn, entreg su alma a Dios de
malsima gana, con lo cual hallse el ltimo de los Moscosos dueo de s
por completo.

Gracias a todas estas vicisitudes, socalias y pellizcos, la casa de
Ulloa, a pesar de poseer dos o tres decentes ncleos de renta, estaba
enmaraada y desangrada; era lo que presuma Julin: una ruina. Dada la
complicacin de red, la subdivisin atomstica que caracteriza a la
propiedad gallega, un poco de descuido o mala administracin basta para
minar los cimientos de la ms importante fortuna territorial. La
necesidad de pagar ciertos censos atrasados y sus intereses haba sido
causa de que la casa se gravase con una hipoteca no muy cuantiosa; pero
la hipoteca es como el cncer: empieza atacando un punto del organismo y
acaba por inficionarlo todo. Con motivo de los susodichos censos, el
seorito busc asiduamente las onzas del nuevo escondrijo de su madre;
tiempo perdido: o la seora no haba atesorado ms desde el robo, o lo
haba ocultado tan bien, que no diera con ello el mismo diablo.

La vista de tal hipoteca contrist a Julin, pues el buen clrigo
empezaba a sentir la adhesin especial de los capellanes por las casas
nobles en que entran; pero ms le llen de confusin encontrar entre los
papelotes la documentacin relativa a un pleitecillo de partijas,
sostenido por don Alberto Moscoso, padre de don Pedro, con.... el
marqus de Ulloa!

Porque ya es hora de decir que el marqus de Ulloa autntico y legal, el
que consta en la _Gua de forasteros_, se paseaba tranquilamente en
carretela por la Castellana, durante el invierno de 1866 a 1867,
mientras Julin exterminaba correderas en el archivo de los Pazos. Bien
ajeno estara l de que el ttulo de nobleza por cuya carta de sucesin
haba pagado religiosamente su impuesto de _lanzas y medias anatas_, lo
disfrutaba gratis un pariente suyo, en un rincn de Galicia. Verdad que
al legtimo marqus de Ulloa, que era Grande de Espaa de primera clase,
duque de algo, marqus tres veces y conde dos lo menos, nadie le conoca
en Madrid sino por el ducado, por aquello de que baza mayor quita menor,
aun cuando el ttulo de Ulloa, radicado en el claro solar de Cabreira de
Portugal, pudiese ganar en antigedad y estimacin a los ms eminentes.
Al pasar a una rama colateral la hacienda de los Pazos de Ulloa, fue el
marquesado a donde corresponda por rigurosa agnacin; pero los
aldeanos, que no entienden de agnaciones, hechos a que los Pazos de
Ulloa diesen nombre al ttulo, siguieron llamando marqueses a los dueos
de la gran huronera. Los seores de los Pazos no protestaban: eran
marqueses por derecho consuetudinario; y cuando un labrador, en un
camino hondo, se descubra respetuosamente ante don Pedro, murmurando:
Vaya usa muy dichoso, seor marqus, don Pedro senta un cosquilleo
grato en la epidermis de la vanidad, y contestaba con voz sonora:
Felices tardes.




-V-


Del famoso arreglo del archivo sac Julin los pies fros y la cabeza
caliente: l bien quisiera despabilarse, aplicar prcticamente las
nociones adquiridas acerca del estado de la casa, para empezar a ejercer
con inteligencia sus funciones de administrador, mas no acertaba, no
poda; su inexperiencia en cosas rurales y jurdicas se trasluca a cada
paso. Trataba de estudiar el mecanismo interior de los Pazos: tombase
el trabajo de ir a los establos, a las cuadras, de enterarse de los
cultivos, de visitar la granera, el horno, los hrreos, las eras, las
bodegas, los alpendres, cada dependencia y cada rincn; de preguntar
para qu serva esto y aquello y lo de ms all, y cunto costaba y a
cmo se venda; labor intil, pues olfateando por todas partes abusos y
desrdenes, no consegua nunca, por su carencia de malicia y de
gramtica parda, poner el dedo sobre ellos y remediarlos. El seorito no
le acompaaba en semejantes excursiones: harto tena que hacer con
ferias, caza y visitas a gentes de Cebre o del seoro montas, de
suerte que el gua de Julin era Primitivo. Gua pesimista si los hay.
Cada reforma que Julin quera plantear, la calificaba de imposible,
encogindose de hombros; cada superfluidad que intentaba suprimir, la
declaraba el cazador indispensable al buen servicio de la casa. Ante el
celo de Julin surgan montones de dificultades menudas, impidindole
realizar ninguna modificacin til. Y lo ms alarmante era observar la
encubierta, pero real omnipotencia de Primitivo. Mozos, colonos,
jornaleros, y hasta el ganado en los establos, pareca estarle
supeditado y propicio: el respeto adulador con que trataban al seorito,
el saludo, mitad desdeoso y mitad indiferente que dirigan al capelln,
se convertan en sumisin absoluta hacia Primitivo, no manifestada por
frmulas exteriores, sino por el acatamiento instantneo de su voluntad,
indicada a veces con slo el mirar directo y fro de sus ojuelos sin
pestaas. Y Julin se senta humillado en presencia de un hombre que
mandaba all como indiscutible autcrata, desde su ambiguo puesto de
criado con ribetes de mayordomo. Senta pesar sobre su alma la ojeada
escrutadora de Primitivo que avizoraba sus menores actos, y estudiaba su
rostro, sin duda para averiguar el lado vulnerable de aquel presbtero,
sobrio, desinteresado, que apartaba los ojos de las jornaleras garridas.
Tal vez la filosofa de Primitivo era que no hay hombre sin vicio, y no
haba de ser Julin la excepcin.

Corra entre tanto el invierno, y el capelln se habituaba a la vida
campestre. El aire vivo y puro le abra el apetito: no senta ya las
efusiones de devocin que al principio, y s una especie de caridad
humana que le llevaba a interesarse en lo que vea a su alrededor,
especialmente los nios y los irracionales, con quienes desahogaba su
instintiva ternura. Aumentbase su compasin hacia Perucho, el rapaz
embriagado por su propio abuelo; le dola verle revolcarse
constantemente en el lodo del patio, pasarse el da hundido en el
estircol de las cuadras, jugando con los becerros, mamando del pezn de
las vacas leche caliente o durmiendo en el pesebre, entre la hierba
destinada al pienso de la borrica; y determin consagrar algunas horas
de las largas noches de invierno a ensear al chiquillo el abecedario,
la doctrina y los nmeros. Para realizarlo se acomodaba en la vasta
mesa, no lejos del fuego del hogar, cebado por Sabel con gruesos
troncos; y cogiendo al nio en sus rodillas, a la luz del triple mechero
del veln, le iba guiando pacientemente el dedo sobre el silabario,
repitiendo la montona salmodia por donde empieza el saber: _be-a b,
be-e b, be-i b_.... El chico se deshaca en bostezos enormes, en muecas
risibles, en momos de llanto, en chillidos de estornino preso; se
acorazaba, se defenda contra la ciencia de todas las maneras
imaginables, pateando, gruendo, escondiendo la cara, escurrindose, al
menor descuido del profesor, para ocultarse en cualquier rincn o
volverse al tibio abrigo del establo.

En aquel tiempo fro, la cocina se converta en tertulia, casi
exclusivamente compuesta de mujeres. Descalzas y pisando de lado, como
recelosas, iban entrando algunas, con la cabeza resguardada por una
especie de mandiln de picote; muchas geman de gusto al acercarse a la
deleitable llama; otras, tomando de la cintura el huso y el copo de
lino, hilaban despus de haberse calentado las manos, o sacando del
bolsillo castaas, las ponan a asar entre el rescoldo; y todas,
empezando por cuchichear bajito, acababan por charlotear como urracas.
Era Sabel la reina de aquella pequea corte: sofocada por la llama, con
los brazos arremangados, los ojos hmedos, reciba el incienso de las
adulaciones, hunda el cucharn de hierro en el pote, llenaba cuencos de
caldo, y al punto una mujer desapareca del crculo, refugibase en la
esquina o en un banco, donde se la oa mascar ansiosamente, soplar el
hirviente bodrio y lengetear contra la cuchara. Noches haba en que no
se daba la moza punto de reposo en colmar tazas, ni las mujeres en
entrar, comer y marcharse para dejar a otras el sitio: all desfilaba
sin duda, como en mesn barato, la parroquia entera. Al salir cogan
aparte a Sabel, y si el capelln no estuviese tan distrado con su
rebelde alumno, vera algn trozo de tocino, pan o _lacn_ rpidamente
escondido en un justillo, o algn chorizo cortado con prontitud de las
ristras pendientes en la chimenea, que no menos velozmente pasaba a las
faltriqueras. La ltima tertuliana que se quedaba, la que secreteaba ms
tiempo y ms ntimamente con Sabel, era la vieja de las greas de
estopa, entrevista por Julin la noche de su llegada a los Pazos. Era
imponente la fealdad de la bruja: tena las cejas canas, y, de perfil,
le sobresalan, como tambin las cerdas de un lunar; el fuego haca
resaltar la blancura del pelo, el color atezado del rostro, y el enorme
_bocio_ o papera que deformaba su garganta del modo ms repulsivo.
Mientras hablaba con la frescachona Sabel, la fantasa de un artista
poda evocar los cuadros de tentaciones de San Antonio en que aparecen
juntas una asquerosa hechicera y una mujer hermosa y sensual, con pezua
de cabra.

Sin explicarse el porqu, empez a desagradar a Julin la tertulia y las
familiaridades de Sabel, que se le arrimaba continuamente, a pretexto de
buscar en el cajn de la mesa un cuchillo, una taza, cualquier objeto
indispensable. Cuando la aldeana fijaba en l sus ojos azules, anegados
en caliente humedad, el capelln experimentaba malestar violento,
comparable slo al que le causaban los de Primitivo, que a menudo
sorprenda clavados a hurtadillas en su rostro. Ignorando en qu fundar
sus recelos, crea Julin que meditaban alguna asechanza. Era Primitivo,
salvo tal cual momentneo acceso de brusca y selvtica alegra, hombre
taciturno, a cuya faz de bronce asomaban rara vez los sentimientos; y
con todo eso, Julin se juzgaba blanco de hostilidad encubierta por
parte del cazador; en rigor, ni hostilidad poda llamarse; ms bien
tena algo de observacin y acecho, la espera tranquila de una res, a
quien, sin odiarla, se desea cazar cuanto antes. Semejante actitud no
poda definirse, ni expresarse apenas. Julin se refugi en su cuarto,
adonde hizo subir, medio arrastro, al nio, para la leccin
acostumbrada. As como as, el invierno haba pasado, y el calor de la
_lareira_ no era apetecible ya.

En su habitacin pudo el capelln notar mejor que en la cocina la
escandalosa suciedad del angelote. Media pulgada de roa le cubra la
piel; y en cuanto al cabello, dorman en l capas geolgicas,
estratificaciones en que entraba tierra, guijarros menudos, toda suerte
de cuerpos extraos. Julin cogi a viva fuerza al nio, lo arrastr
hacia la palangana, que ya tena bien abastecida de jarras, toallas y
jabn. Empez a frotar. Mara Santsima y qu primer agua la que sali
de aquella empecatada carita! Leja pura, de la ms turbia y espesa.
Para el pelo fue preciso emplear aceite, pomada, agua a chorros, un
batidor de gruesas pas que desbrozase la virgen selva. Al paso que
adelantaba la faena, iban saliendo a luz las bellsimas facciones,
dignas del cincel antiguo, coloreadas con la ptina del sol y del aire;
y los bucles, libres de estorbos, se colocaban artsticamente como en
una testa de Cupido, y descubran su matiz castao dorado, que acababa
de entonar la figura. Era pasmoso lo bonito que haba hecho Dios a
aquel mueco!

Todos los das, que gritase o que se resignase el chiquillo, Julin lo
lavaba as antes de la leccin. Por aquel respeto que profesaba a la
carne humana no se atreva a baarle el cuerpo, medida bien necesaria en
verdad. Pero con los lavatorios y el carcter bondadoso de Julin, el
diablillo iba tomndose demasiadas confianzas, y no dejaba cosa a vida
en el cuarto. Su desaplicacin, mayor a cada instante, desesperaba al
pobre presbtero: la tinta le serva a Perucho para meter en ella la
mano toda y plantarla despus sobre el silabario; la pluma, para
arrancarle las barbas y romperle el pico cazando moscas en los vidrios;
el papel, para rasgarlo en tiritas o hacer con l cucuruchos; las
arenillas, para volcarlas sobre la mesa y figurar con ellas montes y
collados, donde se complaca en producir cataclismos hundiendo el dedo
de golpe. Adems, revolva la cmoda de Julin, deshaca la cama
brincando encima, y un da lleg al extremo de prender fuego a las botas
de su profesor, llenndolas de fsforos encendidos.

Bien aguantara Julin estas diabluras con la esperanza de sacar algo en
limpio de semejante hereje; pero se complicaron con otra cosa bastante
ms desagradable: las idas y venidas frecuentes de Sabel por su
habitacin. Siempre encontraba la moza algn pretexto para subir: que se
le haba olvidado recoger el servicio del chocolate; que se le haba
_esquecido_ mudar la toalla. Y se endiosaba, y tardaba un buen rato en
bajar, entretenindose en arreglar cosas que no estaban revueltas, o
ponindose de pechos en la ventana, muy risuea y campechanota,
alardeando de una confianza que Julin, cada da ms reservado, no
autorizaba en modo alguno.

Una maana entr Sabel a la hora de costumbre con las jarras de agua
para las abluciones del presbtero, que, al recibirlas, no pudo menos de
reparar, en una rpida ojeada, cmo la moza vena en justillo y enaguas,
con la camisa entreabierta, el pelo destrenzado y descalzos un pie y
pierna blanqusimos, pues Sabel, que se calzaba siempre y no haca ms
que la labor de cocina y sa con mucha ayuda de criadas de campo y
comadres, no tena la piel curtida, ni deformados los miembros. Julin
retrocedi, y la jarra tembl en su mano, vertindose un chorro de agua
por el piso.

--Cbrase usted, mujer--murmur con voz sofocada por la vergenza--. No me
traiga nunca el agua cuando est as... no es modo de presentarse a la
gente.

--Me estaba peinando y pens que me llamaba...--respondi ella sin
alterarse, sin cruzar siquiera las palmas sobre el escote.

--Aunque la llamase no era regular venir en ese traje.... Otra vez que se
est peinando que me suba el agua Cristobo o la chica del ganado... o
cualquiera....

Y al pronunciar estas palabras, volvase de espaldas para no ver ms a
Sabel, que se retiraba lentamente.

Desde aquel punto y hora, Julin se desvi de la muchacha como de un
animal daino e impdico; no obstante, an le pareca poco caritativo
atribuir a malos fines su desalio indecoroso, prefiriendo achacarlo a
ignorancia y rudeza. Pero ella se haba propuesto demostrar lo
contrario. Poco tiempo iba transcurrido desde la severa reprimenda,
cuando una tarde, mientras Julin lea tranquilamente la _Gua de
Pecadores_, sinti entrar a Sabel y not, sin levantar la cabeza, que
algo arreglaba en el cuarto. De pronto oy un golpe, como cada de
persona contra algn mueble, y vio a la moza recostada en la cama,
despidiendo lastimeros ayes y hondos suspiros. Se quejaba de una
_aflicin_, una cosa repentina, y Julin, turbado pero compadecido,
acudi a empapar una toalla para humedecerle las sienes, y a fin de
ejecutarlo se acerc a la acongojada enferma. Apenas se inclin hacia
ella, pudo--a pesar de su poca experiencia y ninguna malicia--convencerse
de que el supuesto ataque no era sino bellaquera grandsima y
sinvergenza calificada. Una ola de sangre encendi a Julin hasta el
cogote: sinti la clera repentina, ciega, que rarsima vez fustigaba su
linfa, y sealando a la puerta, exclam:

--Se me va usted de aqu ahora mismo o la echo a empellones..., entiende
usted? No me vuelve usted a cruzar esa puerta.... Todo, todo lo que
necesite, me lo traer Cristobo.... Largo inmediatamente!

Retirse la moza cabizbaja y mohna, como quien acaba de sufrir pesado
chasco. Julin, por su parte, qued tembloroso, agitado, descontento de
s mismo, cual suelen los pacficos cuando ceden a un arrebato de ira:
hasta senta dolor fsico, en el epigastrio. A no dudarlo, se haba
excedido; debi dirigir a aquella mujer una exhortacin fervorosa, en
vez de palabras de menosprecio. Su obligacin de sacerdote era ensear,
corregir, perdonar, no pisotear a la gente como a los bichos del
archivo. Al cabo Sabel tena un alma, redimida por la sangre de Cristo
igual que otra cualquiera. Pero quin reflexiona, quin se modera ante
tal descaro? Hay un movimiento que llaman los escolsticos _primo
primis_ fatal e inevitable. As se consolaba el capelln. De todos
modos, era triste cosa tener que vivir con aquella mala hembra, no ms
pdica que las vacas. Cmo poda haber mujeres as? Julin recordaba a
su madre, tan modosa, siempre con los ojos bajos y la voz almibarada y
suave, con su _casab_ abrochado hasta la nuez, sobre el cual, para
mayor recato, caa liso, sin arrugas, un pauelito de seda negra. Qu
mujeres! Qu mujeres se encuentran por el mundo!

Desde el funesto lance tuvo Julin que barrerse el cuarto y subirse el
agua, porque ni Cristobo ni las criadas hicieron caso de sus rdenes, y
a Sabel no quera verle ni la sombra en la puerta. Lo que ms extraeza
y susto le caus fue observar que Primitivo, despus del suceso, no se
recataba ya para mirarle con fijeza terrible, midindole con una ojeada
que equivala a una declaracin de guerra. Julin no poda dudar que
estorbaba en los Pazos: por qu? A veces meditaba en ello
interrumpiendo la lectura de Fray Luis de Granada y de los seis libros
de San Juan Crisstomo sobre el sacerdocio; pero al poco rato,
descorazonado por tanta mezquina contrariedad, desesperando de ser til
jams a la casa de Ulloa, se enfrascaba nuevamente en sus pginas
msticas.

Arriba De los prrocos de las inmediaciones, con ninguno haba hecho
Julin tan buenas migas como con don Eugenio, el de Naya. El abad de
Ulloa, al cual vea con ms frecuencia, no le era simptico, por su
desmedida aficin al jarro y a la escopeta; y al abad de Ulloa, en
cambio, le exasperaba Julin, a quien sola apodar _mariquita_; porque
para el abad de Ulloa, la ltima de las degradaciones en que poda caer
un hombre era beber agua, lavarse con jabn de olor y cortarse las uas:
tratndose de un sacerdote, el abad pona estos delitos en parangn con
la simona. Afeminaciones, afeminaciones, grua entre dientes,
convencidsimo de que la virtud en el sacerdote, para ser de ley, ha de
presentarse bronca, montuna y cerril; aparte de que un clrigo no
pierde, _ipso facto_, los fueros de hombre, y el hombre debe oler a
bravo desde una legua. Con los dems curas de las parroquias cercanas
tampoco frisaba mucho Julin; as es que, convidado a las funciones de
iglesia, acostumbraba retirarse tan pronto como se acababan las
ceremonias, sin aceptar jams la comida que era su complemento
indispensable. Pero cuando don Eugenio le invit con alegre cordialidad
a pasar en Naya el _da del patrn_, acept de buen grado,
comprometindose a _no faltarle_.

Segn lo convenido, subi a Naya la vspera, rehusando la montura que le
ofreca don Pedro. Para legua y media escasa! Y con una tarde
hermossima! Apoyndose en un palo, dando tiempo a que anocheciese,
detenindose a cada rato para recrearse mirando el paisaje, no tard
mucho en llegar al cerro que domina el casero de Naya, tan
oportunamente que vino a caer en medio del baile que, al son de la
gaita, bombo y tamboril, a la luz de los _fachones_ de paja de centeno
encendidos y agitados alegremente, preludiaba a los regocijos
patronales. Poco tardaron los bailarines en bajar hacia la rectoral,
cantando y _atruxando_ como locos, y con ellos descendi Julin.

El cura esperaba en la portalada misma: recogidas las mangas de su
chaqueta, levantaba en alto un jarro de vino, y la criada sostena la
bandeja con vasos. Detvose el grupo; el gaitero, vestido de pana azul,
en actitud de cansancio, dejando desinflarse la gaita, cuyo _punteiro_
caa sobre los rojos flecos del roncn, se limpiaba la frente sudorosa
con un pauelo de seda, y los reflejos de la paja ardiendo y de las
luces que alumbraban la casa del cura permitan distinguir su cara
guapota, de correctas facciones, realzada por arrogantes patillas
castaas. Cuando le sirvieron el vino, el rstico artista dijo
cortsmente: A la salud del seor abade y la compaa! y, despus de
echrselo al coleto, an murmur con mucha poltica, pasndose el revs
de la mano por la boca: De hoy en veinte aos, seor abade. Las
libaciones consecutivas no fueron acompaadas de ms frmulas de
atencin.

Disfrutaba el prroco de Naya de una rectoral espaciosa, alborozada a la
sazn con los preparativos de la fiesta y asista impvido a los
preliminares del saco y ruina de su despensa, bodega, leera y huerto.
Era don Eugenio joven y alegre como unas pascuas, y su condicin, ms
que de padre de almas, de pilluelo revoltoso y ladino; pero bajo la
corteza infantil se esconda singular don de gentes y conocimiento de la
vida prctica. Sociable y tolerante, haba logrado no tener un solo
enemigo entre sus compaeros. Le conceptuaban un _rapaz_ inofensivo.

Tras el pocillo de aromoso chocolate, dio a Julin la mejor cama y
habitacin que posea, y le despert cuando la gaita floreaba la
alborada, rayando sta apenas en los cielos. Fueron juntos los dos
clrigos a revisar el decorado de los altares, compuestos ya para la
misa solemne. Julin pasaba la revista con especial devocin, puesto que
el patrn de Naya era el suyo mismo, el bienaventurado San Julin, que
all estaba en el altar mayor con su carita inocentona, su esttica
sonrisilla, su chupa y calzn corto, su paloma blanca en la diestra, y
la siniestra delicadamente apoyada en la chorrera de la camisola. La
imagen modesta, la iglesia desmantelada y sin ms adorno que algn
rizado cirio y humildes flores aldeanas puestas en toscos cacharros de
loza, todo excitaba en Julin tierna piedad, la efusin que le haca
tanto provecho, ablandndole y desentumecindole el espritu. Iban
llegando ya los curas de las inmediaciones, y en el atrio, tapizado de
hierba, se oa al gaitero templar prolijamente el instrumento, mientras
en la iglesia el hinojo, esparcido por las losas y pisado por los que
iban entrando, despeda olor campestre y fresqusimo. La procesin se
organizaba; San Julin haba descendido del altar mayor; la cruz y los
estandartes oscilaban sobre el remolino de gentes amontonadas ya en la
estrecha nave, y los mozos, vestidos de fiesta, con su pauelo de seda
en la cabeza en forma de _burelete_, se ofrecan a llevar las insignias
sacras. Despus de dar dos vueltas por el atrio y de detenerse breves
instantes frente al crucero, el santo volvi a entrar en la iglesia, y
fue _pujado_, con sus andas, a una mesilla al lado del altar mayor muy
engalanada, y cubierta con antigua colcha de damasco carmes. La misa
empez, regocijada y rstica, en armona con los dems festejos. Ms de
una docena de curas la cantaban a voz en cuello, y el desvencijado
incensario iba y vena, con retintn de cadenillas viejas, soltando un
humo espeso y aromtico, entre cuya envoltura algodonosa pareca
suavizarse el desentono del _introito_, la aspereza de las broncas
laringes eclesisticas. El gaitero, prodigando todos sus recursos
artsticos, acompaaba con el _punteiro_ desmangado de la gaita y
haciendo oficios de clarinete. Cuando tena que sonar entera la
orquesta, mangaba otra vez el _punteiro_ en el _fol_; as poda
acompaar la elevacin de la hostia con una solemne marcha real, y el
postcomunio con una mueira de las ms recientes y brincadoras, que, ya
terminada la misa, repeta en el vestbulo, donde tandas de mozos y
mozas se desquitaban, bailando a su sabor, de la compostura guardada por
espacio de una hora en la iglesia. Y el baile en el atrio lleno de luz,
el templo sembrado de hojas de hinojos y espadaa que magullaron los
pisotones, alumbrado, ms que por los cirios, por el sol que puerta y
ventanas dejaban entrar a torrentes, los curas jadeantes, pero
satisfechos y habladores, el santo tan currutaco y lindo, muy risueo en
sus andas, con una pierna casi en el aire para empezar un minueto y la
cndida palomita pronta a abrir las alas, todo era alegre, terrenal,
nada inspiraba la augusta melancola que suele imperar en las ceremonias
religiosas. Julin se senta tan muchacho y contento como el santo
bendito, y sala ya a gozar el aire libre, acompaado de don Eugenio,
cuando en el corro de los bailadores distingui a Sabel, lujosamente
vestida de domingo, girando con las dems mozas, al comps de la gaita.
Esta vista le agu un tanto la fiesta.

Era a semejante hora la rectoral de Naya un infierno culinario, si es
que los hay. All se reunan una ta y dos primas de don Eugenio--a
quienes por ser muchachas y frescas no quera el prroco tener consigo a
diario en la rectoral--; el ama, viejecilla llorona, estorbosa e intil,
que andaba dando vueltas como un palomino atontado, y otra ama bien
distinta, de rompe y rasga, la del cura de Cebre, que en sus mocedades
haba servido a un cannigo compostelano, y era clebre en el pas por
su destreza en batir mantequillas y asar capones. Esta fornida
guisandera, un tanto bigotuda, alta de pecho y de ademn brioso, haba
vuelto la casa de arriba abajo en pocas horas, barrindola desde la
vspera a grandes y furibundos escobazos, retirando al desvn los
trastos viejos, empezando a poner en marcha el formidable ejrcito de
guisos, echando a remojo los lacones y garbanzos, y revistando, con
rpida ojeada de general en jefe, la hidrpica despensa, atestada de
ddivas de feligreses; cabritos, pollos, anguilas, truchas, pichones,
ollas de vino, manteca y miel, perdices, liebres y conejos, chorizos y
morcillas. Conocido ya el estado de las provisiones, orden las
maniobras del ejrcito: las viejas se dedicaron a desplumar aves, las
mozas a fregar y dejar como el oro peroles, cazos y sartenes, y un par
de mozancones de la aldea, uno de ellos idiota de oficio, a desollar
reses y limpiar piezas de caza.

Si se encontrase all algn maestro de la escuela pictrica flamenca, de
los que han derramado la poesa del arte sobre la prosa de la vida
domstica y material, con cunto placer vera el espectculo de la gran
cocina, la hermosa actividad del fuego de lea que acariciaba la panza
reluciente de los peroles, los gruesos brazos del ama confundidos con la
carne no menos rolliza y sangunea del asado que aderezaba, las rojas
mejillas de las muchachas entretenidas en retozar con el idiota, como
ninfas con un stiro atado, arrojndole entre el cuero y la camisa
puados de arroz y cucuruchos de pimiento! Y momentos despus, cuando el
gaitero y los dems msicos vinieron a reclamar su _parva_ o desayuno,
el guiso de intestinos de castrn, hgado y bofes, llamado en el pas
_mataburrillo_, cun digna de su pincel encontrara la escena de
rozagante apetito, de expansin del estmago, de carrillos hinchados y
tragos de mosto despabilados al vuelo, que all se represent entre
bromas y risotadas!

Y qu vala todo ello en comparacin del festn homrico preparado en
la sala de la rectoral? Media docena de tablas tendidas sobre otros
tantos cestos, ayudaban a ensanchar la mesa cuotidiana; por encima dos
limpios manteles de lamanisco sostenan grandes jarros rebosando tinto
aejo; y hacindoles frente, en una esquina del aposento, esperaban
turno ventrudas ollas henchidas del mismo lquido. La vajilla era
mezclada, y entre el estao y barro vidriado descollaba algn _talavera_
legtimo, capaz de volver loco a un coleccionista, de los muchos que
ahora se consagran a la arcana ciencia de los pucheros. Ante la mesa y
sus apndices, no sin mil cumplimientos y ceremonias, fueron tomando
asiento los padres curas, porfiando bastante para ceder los asientos de
preferencia, que al cabo tocaron al obeso Arcipreste de Loiro--la persona
ms respetable en aos y dignidad de todo el clero circunvecino, que no
haba asistido a la ceremonia por no ahogarse con las apreturas del
gento en la misa--, y a Julin, en quien don Eugenio honraba a la
ilustre casa de Ulloa.

Sentse Julin avergonzado, y su confusin subi de punto durante la
comida. Por ser nuevo en el pas y haber rehusado siempre quedarse a
comer en las fiestas, era blanco de todas las miradas. Y la mesa estaba
imponente. La rodeaban unos quince curas y sobre ocho seglares, entre
ellos el mdico, notario y juez de Cebre, el seorito de Limioso, el
sobrino del cura de Bon, y el famossimo cacique conocido por el apodo
de _Barbacana_, que apoyndose en el partido moderado a la sazn en el
poder, imperaba en el distrito y llevaba casi anulada la influencia de
su rival el cacique _Trampeta_, protegido por los unionistas y mal visto
por el clero. En suma, all se juntaba lo ms granado de la comarca,
faltando slo el marqus de Ulloa, que vendra de fijo a los postres. La
monumental sopa de pan rehogada en grasa, con chorizo, garbanzos y
huevos cocidos cortados en ruedas, circulaba ya en gigantescos
tarterones, y se coma en silencio, jugando bien las quijadas. De vez en
cuando se atreva algn cura a soltar frases de encomio a la habilidad
de la guisandera; y el anfitrin, observando con disimulo quines de los
convidados andaban remisos en mascar, les instaba a que se animasen,
afirmando que era preciso aprovecharse de la sopa y del cocido, pues
apenas haba otra cosa. Creyndolo as Julin, y no parecindole corts
desairar a su husped, carg la mano en la sopa y el cocido. Grande fue
su terror cuando empez a desfilar interminable serie de platos, los
veintisis tradicionales en la comida del patrn de Naya, no la ms
abundante que se serva en el arciprestazgo, pues Loiro se le aventajaba
mucho.

Para llegar al nmero prefijado, no haba recurrido la guisandera a los
artificios con que la cocina francesa disfraza los manjares
bautizndolos con nombres nuevos o adornndolos con arambeles y
engaifas. No, seor: en aquellas regiones vrgenes no se conoca, loado
sea Dios, ninguna salsa o pebre de origen gabacho, y todo era neto,
varonil y clsico como la olla. Veintisis platos? Pronto se hace la
lista: pollos asados, fritos, en pepitoria, estofados, con guisantes,
con cebollas, con patatas y con huevos; aplquese el mismo sistema a la
carne, al puerco, al pescado y al cabrito. As, sin calentarse los
cascos, presenta cualquiera veintisis variados manjares.

Y cmo se burlara la guisandera si por arte de magia apareciese all
un cocinero francs empeado en redactar un _men_, en reducirse a
cuatro o seis principios, en alternar los fuertes con los ligeros y en
conceder honroso puesto a la legumbre! Legumbres a m!, dira el ama
del cura de Cebre, rindose con toda su alma y todas sus caderas
tambin. Legumbres el da del patrn! Son buenas para los cerdos.

Ahto y mareado, Julin no tena fuerzas sino para rechazar con la mano
las fuentes que no cesaban de circular pasndoselas los convidados unos
a otros: a bien que ya le observaban menos, pues la conversacin se
calentaba. El mdico de Cebre, atrabiliario, magro y disputador; el
notario, coloradote y barbudo, osaban decir chistes, referir ancdotas;
el sobrino del cura de Bon, estudiante de derecho, muy enamorado de
condicin, hablaba de mujeres, ponderaba la gracia de las seoritas de
Molende y la lozana de una panadera de Cebre, muy nombrada en el pas;
los curas al pronto no tomaron parte, y como Julin bajase la vista,
algunos comensales, despus de observarle de reojo, se hicieron los
desentendidos. Mas dur poco la reserva; al ir vacindose los jarros y
desocupndose las fuentes, nadie quiso estar callado y empezaron las
bromas a echar chispas.

Mximo Juncal, el mdico, recin salido de las aulas compostelanas,
solt varias puntadas sobre poltica, y tambin malignas pullas
referentes al grave escndalo que a la sazn traa muy preocupados a los
revolucionarios de provincia: Sor Patrocinio, sus manejos, su influencia
en Palacio. Alborotronse dos o tres curas; y el cacique _Barbacana_,
con suma gravedad, volviendo hacia Juncal su barba florida y luenga,
djole desdeosamente una verdad como un templo: que muchos hablaban de
lo que no entendan, a lo cual el mdico replic, vertiendo bilis por
ojos y labios, que pronto iba a llegar el da de la gran barredura, que
luego se armara el tiberio del siglo, y que los neos iran a contarlo a
casa de su padre Judas Iscariote.

Afortunadamente profiri estos tremendos vaticinios a tiempo que la
mayor parte de los prrocos se hallaban enzarzados en la discusin
teolgica, indispensable complemento de todo convite patronal. Liados en
ella, no prest atencin a lo que el mdico deca ninguno de los que
podan volvrselas al cuerpo: ni el bronco abad de Ulloa, ni el belicoso
de Bon, ni el Arcipreste, que siendo ms sordo que una tapia, resolva
las discusiones polticas a gritos, alzando el ndice de la mano derecha
como para invocar la clera del cielo. En aquel punto y hora, mientras
corran las fuentes de arroz con leche, canela y azcar, y se agotaban
las copas de _tostado_, llegaba a su periodo lgido la disputa, y se
entreoan argumentos, proposiciones, objeciones y silogismos.

--_Nego majorem_....

--_Probo minorem_.

--Eh.... Bon, que con mucho disimulo me ests echando abajo la gracia....

--Compadre, cuidado.... Si adelanta usted un poquito ms nos vamos a
encontrar con el libre albedro perdido.

--Cebre, mira que vas por mal camino: mira que te marchas con Pelagio!

--Yo a San Agustn me agarro, y no lo suelto.

--Esa proposicin puede admitirse _simpliciter_, pero tomndola en otro
sentido... no cuela.

--Citar autoridades, todas las que se me pidan: a que no me citas t ni
media docena? A ver.

--Es sentir comn de la Iglesia desde los primeros concilios.

--Es punto opinable, _quoniam_! A m no me vengas a asustar t con
concilios ni concilias.

--Querrs saber ms que Santo Toms?

--Y t querrs ponerte contra el Doctor de la gracia?

--Nadie es capaz de rebatirme esto! Seores... la gracia....

--Que nos despeamos de vez! Eso es hereja formal; es pelagianismo
puro!

--Qu entiendes t, qu entiendes t.... Lo que t censures, que me lo
claven....

--Que diga el seor Arcipreste.... Vamos a aventurar algo a que no me deja
mal el seor Arcipreste.

El Arcipreste era respetado ms por su edad que por su ciencia
teolgica; y se soseg un tanto el formidable barullo cuando se
incorpor difcilmente, con ambas manos puestas tras los odos,
vertiendo sangre por la cara, a fin de dirimir, si caba lograrlo, la
contienda. Pero un incidente distrajo los nimos: el seorito de Ulloa
entraba seguido de dos perros perdigueros, cuyos cascabeles acompaaban
su aparicin con jubiloso repique. Vena, segn su promesa, a tomar una
copa a los postres; y la tom de pie, porque le aguardaba un bando de
perdices all en la montaa.

Hzosele muy corts recibimiento, y los que no pudieron agasajarle a l
agasajaron a la Chula y al Turco, que iban apoyando la cabeza en todas
las rodillas, lamiendo aqu un plato y zampndose un bizcocho all. El
seorito de Limioso se levant resuelto a acompaar al de Ulloa en la
excursin cinegtica, para lo cual tena prevenido lo necesario, pues
rara vez sala del Pazo de Limioso sin echarse la escopeta al hombro y
el morral a la cintura.

Cuando partieron los dos hidalgos, ya se haba calmado la efervescencia
de la discusin sobre la gracia, y el mdico, en voz baja, le recitaba
al notario ciertos sonetos satrico-polticos que entonces corran bajo
el nombre de _belenes_. Celebrbalos el notario, particularmente cuando
el mdico recalcaba los versos esmaltados de alusiones verdes y
picantes. La mesa, en desorden, manchada de salsas, ensangrentada de
vino tinto, y el suelo lleno de huesos arrojados por los comensales
menos pulcros, indicaban la terminacin del festn; Julin hubiera dado
algo bueno por poderse retirar; sentase cansado, mortificado por la
repugnancia que le inspiraban las cosas exclusivamente materiales; pero
no se atreva a interrumpir la sobremesa, y menos ahora que se
entregaban al deleite de encender algn pitillo y murmurar de las
personas ms sealadas en el pas. Se trataba del seorito de Ulloa, de
su habilidad para _tumbar_ perdices, y sin que Julin adivinase la
causa, se pas inmediatamente a hablar de Sabel, a quien todos haban
visto por la maana en el corro de baile; se encomi su palmito, y al
mismo tiempo se dirigieron a Julin seas y guios, como si la
conversacin se relacionase con l. El capelln bajaba la vista segn
costumbre, y finga doblar la servilleta; mas de improviso, sintiendo
uno de aquellos chispazos de clera repentina y momentnea que no era
dueo de refrenar, tosi, mir en derredor, y solt unas cuantas
asperezas y severidades que hicieron enmudecer a la asamblea. Don
Eugenio, al ver aguada la sobremesa, opt por levantarse, proponiendo a
Julin que saliesen a tomar el fresco en la huerta: algunos clrigos se
alzaron tambin, anunciando que iban a _echar completas_; otros se
escurrieron en compaa del mdico, el notario, el juez y Barbacana, a
menear los naipes hasta la noche.

Refugironse al huerto el cura de Naya y Julin, pasando por la cocina,
donde la algazara de los criados, primas del cura, cocineras y msicos
era formidable, y los jarros se evaporaban y la comilona amenazaba durar
hasta el sol puesto. El huerto, en cambio, permaneca en su tranquilo y
potico sosiego primaveral, con una brisa fresquita que columpiaba las
ltimas flores de los perales y cerezos, y acariciaba el recio follaje
de las higueras, a cuya sombra, en un ribazo de mullida grama, se
tendieron ambos presbteros, no sin que don Eugenio, sacando un pauelo
de algodn a cuadros, se tapase con l la cabeza, para resguardarla de
las importunidades de alguna mosca precoz. A Julin todava le duraba el
sofoco, la llamarada de indignacin; pero ya le pesaba, de su corta
paciencia, y resolva ser ms sufrido en lo venidero. Aunque bien
mirado....

--Quiere _escotar_ un sueo?--pregunt el de Naya al verle tan cabizbajo
y mustio.

--No; lo que yo quera, Eugenio, era pedirle que me dispensase el enfado
que tom all en la mesa.... Conozco que soy a veces as... un poco
vivo... y luego hay conversaciones que me sacan de tino, sin poderlo
remediar. Usted pngase en mi caso.

--Pongo, pongo.... Pero a m me estn embromando tambin a cada rato con
las primas..., y hay que aguantar, que no lo hacen con mala intencin;
es por rerse un poco.

--Hay bromas de bromas, y a m me parecen delicadas para un sacerdote las
que tocan a la honestidad y a la pureza. Si aguanta uno por respetos
humanos esos dichos, acaso pensarn que ya tiene medio perdida la
vergenza para los hechos. Y qu s yo si alguno, no digo de los
sacerdotes, no quiero hacerles tal ofensa, pero de los seglares, creer
que en efecto...?

El de Naya aprob con la cabeza como quien reconoce la fuerza de una
observacin; pero, al mismo tiempo, la sonrisa con que luca la desigual
dentadura era suave e irnica protesta contra tanta rigidez.

--Hay que tomar el mundo segn viene...--murmur filosficamente--. Ser
bueno es lo que importa; porque quin va a tapar las bocas de los
dems? Cada uno habla lo que le parece, y gasta las guasas que quiere....
En teniendo la conciencia tranquila....

--No, seor; no, seor; poco a poco--replic acaloradamente Julin--. No
slo estamos obligados a ser buenos, sino a parecerlo; y an es peor en
un sacerdote, si me apuran, el mal ejemplo y el escndalo, que el mismo
pecado. Usted bien lo sabe, Eugenio; lo sabe mejor que yo, porque tiene
cura de almas.

--Tambin usted se apura ah por una chanza, por una tontera, lo mismo
que si ya todo el mundo le sealase con el dedo.... Se necesita una vara
de correa para vivir entre gentes. A este paso no le arriendo la
ganancia, porque no va a sacar para disgustos.

Caviloso y cejijunto, haba cogido Julin un palito que andaba por el
suelo, y se entretena en clavarlo en la hierba. Levant la cabeza de
pronto.

--Eugenio, es mi amigo?

--Siempre, hombre, siempre--contest afable y sinceramente el de Naya.

--Pues same franco. Hbleme como si estuvisemos en el confesonario. Se
dice por ah... _eso_?

--Lo qu?

--Lo de que yo... tengo algo que ver... con esa muchacha, eh? Porque
puede usted creerme, y se lo jurara si fuese lcito jurar: bien sabe
Dios que la tal mujer hasta me es aborrecible, y que no le habr mirado
a la cara media docena de veces desde que estoy en los Pazos.

--No, pues a la cara se le puede mirar, que la tiene como una rosa.... Ea,
sosiguese: a m se me figura que nadie piensa mal de usted con Sabel.
El marqus no invent la plvora, es cierto que no, y la moza se
distraer con los de su clase cuanto quiera, dgalo el bailoteo en la
gaita de hoy; pero no iba a tener la desvergenza de pegrsela en sus
barbas, con el mismo capelln.... Hombre, no hagamos tan estpido al
marqus.

Julin se volvi, ms bien arrodillado que sentado en la grama, con los
ojos abiertos de par en par.

--Pero... el seorito..., qu tiene que ver el seorito...?

El cura de Naya salt a su vez, sin que ninguna mosca le picase, y
prorrumpi en juvenil carcajada. Julin, comprendiendo, pregunt
nuevamente:

--Luego el chiquillo... el Perucho....

Torn don Eugenio a rer hasta el extremo de tener que limpiarse los
lagrimales con el pauelo de cuadros.

--No se ofenda...--murmuraba entre risa y llanto--. No se ofenda porque me
ro as.... Es que, de veras, no me puedo contener cuando me pega la
risa; un da hasta me puse malo.... Esto es como las cosqui...
cosquillas... involuntario....

Aplacado el acceso de risa, aadi:

--Es que yo siempre lo tuve a usted por un bienaventurado, como nuestro
patrn San Julin..., pero esto pasa de castao oscuro.... Vivir en los
Pazos y no saber lo que ocurre en ellos! O es que quiere hacerse el
bobo?

--A fe, no sospechaba nada, nada, nada. Usted piensa que iba a quedarme
all ni dos das, caso de averiguarlo antes? Autorizar con mi presencia
un amancebamiento? Pero... usted est seguro de lo que dice?

--Hombre.... tiene usted gana de cuentos? Es usted ciego? No lo ha
notado? Pues reprelo.

--Qu s yo! Cuando uno no est en la malicia! Y el nio..., infeliz
criatura! El nio me da tanta compasin.... All se cra como un
morito.... Se comprende que haya padres tan sin entraas?

--Bah.... Esos hijos as, nacidos por detrs de la Iglesia.... Luego, si
uno oye a los de aqu y a los de all.... Cada cual dice lo que se le
antoja.... La moza es alegre como unas castauelas; todo el mundo en las
romeras le debe dos cuartos: uno la convida a rosquillas, el otro a
_resolio_, ste la saca a bailar, aqul la empuja.... Se cuentan mil
enredos.... Usted se ha fijado en el gaitero que toc hoy en la misa?

--Un buen mozo, con patillas?

--Cabal. Le llaman el _Gallo_ de mote. Pues dicen si la acompaa o no por
los caminos.... Historias!

Por detrs de la tapia del huerto se oy entonces vocero alegre y
argentinas carcajadas.

--Son las primas...--dijo don Eugenio--. Van a la gaita, que est tocando
en el crucero ahora. Quiere usted venir un ratito? A ver si se le pasa
el disgusto.... Ah en casa unos rezan y otros juegan.... Yo no rezo nunca
sobre la comida.

--Vamos all--contest Julin, que se haba quedado ensimismado.

--Nos sentaremos al pie del crucero.




-VII-


Volva Julin preocupado a la casa solariega, acusndose de excesiva
simplicidad, por no haber reparado cosas de tanto bulto. l era sencillo
como la paloma; slo que en este pcaro mundo tambin se necesita ser
cauto como la serpiente.... Ya no poda continuar en los Pazos.... Cmo
volva a vivir a cuestas de su madre, sin ms emolumentos que la misa?
Y cmo dejaba as de golpe al seorito don Pedro, que le trataba tan
llanamente? Y la casa de Ulloa, que necesitaba un restaurador celoso y
adicto? Todo era verdad: pero, y su deber de sacerdote catlico?

Le acongojaban estos pensamientos al cruzar un maizal, en cuyo lindero
manzanilla y cabrifollos despedan grato aroma. Era la noche templada y
benigna, y Julin apreciaba por primera vez la dulce paz del campo,
aquel sosiego que derrama en nuestro combatido espritu la madre
naturaleza. Mir al cielo, oscuro y alto.

--Dios sobre todo!--murmur, suspirando al pensar que tendra que habitar
un pueblo de calles angostas y encontrarse con gente a cada paso.

Sigui andando, guiado por el ladrido lejano de los perros. Ya divisaba
prxima la vasta mole de los Pazos. El postigo deba estar abierto.
Julin distaba de l unos cuantos pasos no ms, cuando oy dos o tres
gritos que le helaron la sangre: clamores inarticulados como de alimaa
herida, a los cuales se una el desconsolado llanto de un nio.

Engolfse el capelln en las tenebrosas profundidades de corredor y
bodega, y lleg velozmente a la cocina. En el umbral se qued paralizado
de asombro ante lo que iluminaba la luz fuliginosa del candiln. Sabel,
tendida en el suelo, aullaba desesperadamente; don Pedro, loco de furor,
la brumaba a culatazos; en una esquina, Perucho, con los puos metidos
en los ojos, sollozaba. Sin reparar lo que haca, arrojse Julin hacia
el grupo, llamando al marqus con grandes voces:

--Seor don Pedro..., seor don Pedro!

Volvise el seor de los Pazos, y se qued inmvil, con la escopeta
empuada por el can, jadeante, lvido de ira, los labios y las manos
agitadas por temblor horrible; y en vez de disculpar su frenes o de
acudir a la vctima, balbuci roncamente:

--Perra..., perra..., condenada..., a ver si nos das pronto de cenar, o
te deshago! A levantarse... o te levanto con la escopeta!

Sabel se incorporaba ayudada por el capelln, gimiendo y exhalando
entrecortados ayes. Tena an el traje de fiesta con el cual la viera
Julin danzar pocas horas antes junto al crucero y en el atrio; pero el
_mantelo_ de rico pao se encontraba manchado de tierra; el dengue de
grana se le caa de los hombros, y uno de sus largos zarcillos de
filigrana de plata, abollado por un culatazo, se le haba clavado en la
carne de la nuca, por donde escurran algunas gotas de sangre. Cinco
verdugones rojos en la mejilla de Sabel contaban bien a las claras cmo
haba sido derribada la intrpida bailadora.

--La cena he dicho!--repiti brutalmente don Pedro.

Sin contestar, pero no sin gemir, dirigise la muchacha hacia el rincn
donde hipaba el nio, y le tom en brazos, apretndole mucho. El
angelote segua llorando a moco y baba. Don Pedro se acerc entonces, y
mudando de tono, pregunt:

--Qu es eso? Tiene algo Perucho?

Psole la mano en la frente y la sinti hmeda. Levant la palma: era
sangre. Desviando entonces los brazos, apretando los puos, solt una
blasfemia, que hubiera horrorizado ms a Julin si no supiese, desde
aquella tarde misma, que acaso tena ante s a un padre que acababa de
herir a su hijo. Y el padre resurga, maldicindose a s propio,
apartando los rizos del chiquillo, mojando un pauelo en agua, y
atndolo con cuidado indecible sobre la descalabradura.

--A ver cmo lo cuidas...--grit dirigindose a Sabel--. Y cmo haces la
cena en un vuelo.... Yo te ensear, yo te ensear a pasarte las horas
en las romeras sacudindote, perra!

Con los ojos fijos en el suelo, sin quejarse ya, Sabel permaneca
parada, y su mano derecha tentaba suavemente su hombro izquierdo, en el
cual deba tener alguna dolorosa contusin. En voz baja y lastimera,
pero con suma energa, pronunci sin mirar al seorito:

--Busque quien le haga la cena..., y quien est aqu.... Yo me voy, me
voy, me voy, me voy....

Y lo repeta obstinadamente, sin entonacin, como el que afirma una cosa
natural e inevitable.

--Qu dices, bribona?

--Que me voy, que me voy.... A mi casita pobre.... Quin me trajo aqu!
Ay, mi madre de mi alma!

Rompi la moza a llorar amargusimamente, y el marqus, requiriendo su
escopeta, rechinaba los dientes de clera, dispuesto ya a hacer alguna
barrabasada notable, cuando un nuevo personaje entr en escena. Era
Primitivo, salido de un rincn oscuro; dirase que estaba all oculto
haca rato. Su aparicin modific instantneamente la actitud de Sabel,
que tembl, call y contuvo sus lgrimas.

--No oyes lo que te dice el seorito?--pregunt sosegadamente el padre a
la hija.

--Oi-go, siii-see-oor, oi-go-tartamude la moza, comindose los
sollozos.

--Pues a hacer la cena en seguida. Voy a ver si volvieron ya las otras
muchachas para que te ayuden. La Sabia est ah fuera: te puede encender
la lumbre.

Sabel no replic ms. Remangse la camisa y baj de la espetera una
sartn. Como evocada por alguna de sus compaeras en hechiceras, entr
en la cocina entonces, pisando de lado, la vieja de las greas blancas,
la Sabia, que traa el enorme mandil atestado de lea. El marqus tena
an la escopeta en la mano: cogisela respetuosamente Primitivo, y la
llev al sitio de costumbre. Julin, renunciando a consolar al nio,
crey llegada la ocasin de dar un golpe diplomtico.

--Seor marqus..., quiere que tomemos un poco el aire? Est la noche
muy buena.... Nos pasearemos por el huerto....

Y para sus adentros pensaba:

En el huerto le digo que me voy tambin.... No se ha hecho para m esta
vida, ni esta casa.

Salieron al huerto. Oase el cuarrear de las ranas en el estanque, pero
ni una hoja de los rboles se mova, tal estaba la noche de serena. El
capelln cobr nimos, pues la oscuridad alienta mucho a decir cosas
difciles.

--Seor marqus, yo siento tener que advertirle....

Volvise el marqus bruscamente.

--Ya s..., chist!, no necesitamos gastar saliva. Me ha pescado usted en
uno de esos momentos en que el hombre no es dueo de s.... Dicen que no
se debe pegar nunca a las mujeres.... Francamente, don Julin, segn
ellas sean.... Hay mujeres de mujeres, caramba..., y ciertas cosas
acabaran con la paciencia del santo Job que resucitase! Lo que siento
es el golpe que le toc al chiquillo.

--Yo no me refera a eso...--murmur Julin--. Pero si quiere que le hable
con el corazn en la mano, como es mi deber, creo no est bien maltratar
as a nadie.... Y por la tardanza de la cena, no merece....

--La tardanza de la cena!--pronunci el seorito--. La tardanza! A ningn
cristiano le gusta pasarse el da en el monte comiendo fro y llegar a
casa y no encontrar bocado caliente; pero si esa mala hembra no tuviese
otras maas...! No la ha visto usted? No la ha visto usted todo el
da, all en Naya, bailoteando como una descosida, sin vergenza? No la
ha encontrado usted a la vuelta, bien acompaada? Ah!... Usted cree
que se vienen solitas las mozas de su calaa? Ja, ja! Yo la he visto,
con estos ojos, y le aseguro a usted que si tengo algn pesar, es el de
no haberle roto una pierna, para que no baile ms por unos cuantos
meses!

Guard silencio el capelln, sin saber qu responder a la inesperada
revelacin de celos feroces. Al fin calcul que se le abra camino para
soltar lo que tena atravesado en la garganta.

--Seor marqus--murmur--, dispnseme la libertad que me tomo.... Una
persona de su clase no se debe rebajar a importrsele por lo que haga o
no haga la criada.... La gente es maliciosa, y pensar que usted trata
con esa chica.... Digo _pensar_ Ya lo piensa todo el mundo.... Y el caso
es que yo..., vamos..., no puedo permanecer en una casa donde, segn la
voz pblica, vive un cristiano en concubinato.... Nos est prohibido
severamente autorizar con nuestra presencia el escndalo y hacernos
cmplices de l. Lo siento a par del alma, seor marqus; puede creerme
que hace tiempo no tuve un disgusto igual.

El marqus se detuvo, con las manos sepultadas en los bolsillos.

--_Leria, leria_...--murmur--. Es preciso hacerse cargo de lo que es la
juventud y la robustez.... No me predique un sermn, no me pida
imposibles. Qu demonio!, el que ms y el que menos es hombre como
todos.

--Yo soy un pecador--replic Julin--, solamente que veo claro en este
asunto, y por los favores que debo a usted, y el pan que le he comido,
estoy obligado a decirle la verdad. Seor marqus, con franqueza, no le
pesa de vivir as encenagado? Una cosa tan inferior a su categora y a
su nacimiento! Una triste criada de cocina!

Siguieron andando, acercndose a la linde del bosque, donde conclua el
huerto.

--Una bribona desorejada, que es lo peor!--exclam el marqus despus de
un rato de silencio--. Oiga usted...--aadi arrimndose a un castao--. A
esa mujer, a Primitivo, a la condenada bruja de la Sabia con sus hijas y
nietas, a toda esa gavilla que hace de mi casa merienda de negros, a la
aldea entera que los encubre, era preciso cogerlos as (y agarraba una
rama del castao triturndola en menudos fragmentos) y deshacerlos. Me
estn saqueando, me comen vivo..., y cuando pienso en que esa tunanta me
aborrece y se va de mejor gana con cualquier gan de los que acuden
descalzos a alquilarse para majar el centeno, tengo mientes de
aplastarle los sesos como a una culebra!

Julin oa estupefacto aquellas miserias de la vida pecadora, y se
admiraba de lo bien que teje el diablo sus redes.

--Pero, seor...--balbuci--. Si usted mismo lo conoce y lo comprende....

--Pues no lo he de comprender? Soy estpido acaso para no ver que esa
desvergonzada huye de m, y cada da tengo que cazarla como a una
liebre? Slo est contenta entre los dems labriegos, con la hechicera
que le trae y lleva chismes y recados a los mozos! A m me detesta. A la
hora menos pensada me envenenar.

--Seor marqus, yo me pasmo!--arguy el capelln eficazmente--. Que
usted se apure por una cosa tan fcil de arreglar! Tiene ms que poner
a semejante mujer en la calle?

Como ambos interlocutores se haban acostumbrado a la oscuridad, no slo
vio Julin que el marqus meneaba la cabeza, sino que torca el gesto.

--Bien se habla...--pronunci sordamente--. Decir es una cosa y hacer es
otra.... Las dificultades se tocan en la prctica. Si echo a ese enemigo,
no encuentro quien me guise ni quien venga a servirme. Su padre....
Usted no lo creer? Su padre tiene amenazadas a todas las mozas de que
a la que entre aqu en marchndose su hija, le mete l una perdigonada
en los lomos.... Y saben que es hombre para hacerlo como lo dice. Un da
cog yo a Sabel por un brazo y la puse en la puerta de la casa: la misma
noche se me despidieron las otras criadas, Primitivo se fingi enfermo,
y estuve una semana comiendo en la rectoral y hacindome la cama yo
mismo.... Y tuve que pedirle a Sabel, de favor, que volviese....
Desengese usted, pueden ms que nosotros. Esa comparsa que traen
alrededor son paniaguados suyos, que les obedecen ciegamente. Piensa
usted que yo ahorro un ochavo aqu en este desierto? Qui! Vive a mi
cuenta toda la parroquia. Ellos se beben mi cosecha de vino, mantienen
sus gallinas con mis frutos, mis montes y sotos les suministran lea,
mis hrreos les surten de pan; la renta se cobra tarde, mal y arrastro;
yo sostengo siete u ocho vacas, y la leche que bebo cabe en el hueco de
la mano; en mis establos hay un rebao de bueyes y terneros que jams se
uncen para labrar mis tierras; se compran con mi dinero, eso s, pero
luego se dan a parcera y no se me rinden cuentas jams....

--Por qu no pone otro mayordomo?

--Ay, ay, ay! Como quien no dice nada! Una de dos: o sera hechura de
Primitivo y entonces estbamos en lo mismo, o Primitivo le largara un
tiro en la barriga.... Y si hemos de decir verdad, Primitivo no es
mayordomo.... Es peor que si lo fuese, porque manda en todos, incluso en
m; pero yo no le he dado jams semejante mayordoma.... Aqu el
mayordomo fue siempre el capelln.... Ese Primitivo no sabr casi leer ni
escribir; pero es ms listo que una centella, y ya en vida del to
Gabriel se echaba mano de l para todo.... Mire usted, lo cierto es que
el da que l se cruza de brazos, se encuentra uno colgadito.... No
hablemos ya de la caza, que para eso no tiene igual; a m me faltaran
los pies y las manos si me faltase Primitivo.... Pero en los dems
asuntos es igual.... Su antecesor de usted, el abad de Ulloa, no se vala
sin l; y usted, que tambin ha venido en concepto de administrador,
same franco: ha podido usted amaarse solo?

--La verdad es que no--declar Julin humildemente--. Pero con el
tiempo..., la prctica....

--Bah, bah! A usted no le obedecer ni le har caso jams ningn
paisano, porque es usted un infeliz; es usted demasiado bonachn. Ellos
necesitan gente que conozca sus mculas y les d ciento de ventaja en
picarda.

Por depresiva que fuese para el amor propio del capelln la observacin,
hubo de reconocer su exactitud. No obstante, picado ya, se propuso
agotar los recursos del ingenio para conseguir la victoria en lucha tan
desigual. Y su caletre le sugiri la siguiente perogrullada:

--Pero, seor marqus..., por qu no sale un poco al pueblo? No sera
se el mejor modo de desenredarse? Me admiro de que un seorito como
usted pueda aguantar todo el ao aqu, sin moverse de estas montaas
fieras.... No se aburre?

El marqus miraba al suelo, aun cuando en l no haba cosa digna de
verse. La idea del capelln no le coga de sorpresa.

--Salir de aqu!--exclam--. Y a dnde demontre se va uno? Siquiera aqu,
mal o bien, es uno el rey de la comarca.... El to Gabriel me lo deca
mil veces: las personas decentes, en las poblaciones, no se distinguen
de los zapateros.... Un zapatero que se hace millonario metiendo y
sacando la lesna, se sube encima de cualquier seor, de los que lo somos
de padres a hijos.... Yo estoy muy acostumbrado a pisar tierra ma y a
andar entre rboles que corto si se me antoja.

--Pero al fin, seorito, aqu le manda Primitivo!

--Bah.... A Primitivo le puedo yo dar tres docenas de puntapis, si se me
hinchan las narices, sin que el juez me venga a empapelar.... No lo hago;
pero duermo tranquilo con la seguridad de que lo hara si quisiese.
Cree usted que Sabel ir a quejarse a la justicia de los culatazos de
hoy?

Esta lgica de la barbarie confunda a Julin.

--Seor, yo no le digo que deje esto... nicamente, que salga una
temporadita, a ver cmo le prueba.... Apartndose usted de aqu algn
tiempo, no sera difcil que Sabel se casase con persona de su esfera, y
que usted tambin encontrase una conveniencia arreglada a su calidad,
una esposa legtima. Cualquiera tiene un desliz, la carne es flaca; por
eso no es bueno para el hombre vivir solo, porque se encenaga, y como
dijo quien lo entenda, es mejor casarse que abrasarse en
concupiscencia, seor don Pedro. Por qu no se casa, seorito?--exclam,
juntando las manos--. Hay tantas seoritas buenas y honradas!

A no ser por la oscuridad, vera Julin chispear los ojos del marqus de
Ulloa.

--Y cree usted, santo de Dios, que no se me haba ocurrido a m? Piensa
usted que no sueo todas las noches con un chiquillo que se me parezca,
que no sea hijo de una bribona, que contine el nombre de la casa...,
que herede esto cuando yo me muera... y que se llame _Pedro Moscoso_,
como yo?

Al decir esto golpebase el marqus su fornido tronco, su pecho varonil,
cual si de l quisiese hacer brotar fuerte y adulto ya el codiciado
heredero. Julin, lleno de esperanza, iba a animarle en tan buenos
propsitos; pero se estremeci de repente, pues crey sentir a sus
espaldas un rumor, un roce, el paso de un animal por entre la maleza.

--Qu es eso?--exclam volvindose--. Parece que anda por aqu el zorro.

El marqus le cogi del brazo.

--Primitivo...--articul en voz baja y ahogada de ira--. Primitivo que nos
atisbar hace un cuarto de hora, oyendo la conversacin.... Ya est usted
fresco.... Nos hemos lucido.... Me valga Dios y los santos de la corte
celestial! Tambin a m se me acaba la cuerda. Vale ms ir a presidio
que llevar esta vida!




-VIII-


Mientras se raa con la navaja de barba los contados pelos rubios que
brotaban en sus carrillos, Julin maduraba un proyecto: afeitado y
limpio que fuese, emprendera el camino de Cebre un pie tras otro, en el
caballo de San Francisco; all le pedira al cura una jcara de
chocolate, y esperara en la rectoral hasta las doce, hora en que pasa
la diligencia de Orense a Santiago; malo sera que en interior o cup no
hubiese un asiento vacante. Tena dispuesto su maletn: lo enviara a
buscar desde Cebre por un mozo. Y calculando as, miraba contristado el
paisaje ameno, el huerto con su dormiln estanque, el umbro manchn del
soto, la verdura de los prados y maizales, la montaa, el limpio
firmamento, y se le prenda el alma en el atractivo de aquella dulce
soledad y silencio, tan de su gusto, que deseaba pasar all la vida
toda. Cmo ha de ser! Dios nos lleva y trae segn sus fines.... No, no
era Dios, sino el pecado, en figura de Sabel, quien lo arrojaba del
paraso.... Le agit semejante idea y se cort dos veces la mejilla....
Estuvo prximo a inferirse el tercer rasguo, porque le dieron una
palmada en el hombro.

Se volvi.... Quin haba de conocer a don Pedro, tan metamorfoseado
como vena? Afeitado tambin, aunque sin detrimento de su barba, que
brillaba suavizada por el aceite de olor, trascendiendo a jabn y a ropa
limpia, vestido con traje de mezclilla, chaleco de piqu blanco, hongo
azul, y al brazo un abrigo, pareca el seor de Ulloa otro hombre nuevo
y diferente, con veinte grados ms de educacin y cultura que el
anterior. De golpe lo comprendi todo Julin... y la sangre le dio
gozoso vuelco.

--Seorito...!

--Ea, despachar, que corre prisa.... Tiene usted que acompaarme a
Santiago y necesitamos llegar a Cebre antes de medioda.

--De veras viene usted? Mismo parece cosa de milagro! Yo estuve hoy
arreglando la maleta. Bendito sea Dios! Pero si usted determina que me
quede aqu entretanto....

--No faltaba otra cosa! Si salgo solo, se me agua la fiesta. Voy a dar
una sorpresa al to Manolo, y a conocer a las primas, que slo las he
visto cuando eran unas mocosas.... Si ahora me desanimo, no vuelvo a
animarme en diez aos. Ya he mandado a Primitivo que ensille la yegua y
ponga el aparejo a la borrica.

En aquel punto asom por la puerta un rostro que a Julin se le antoj
siniestro, y acaso pens otro tanto el marqus, pues pregunt
impaciente:

--Vamos a ver, qu ocurre?

--La yegua--respondi Primitivo sin alzar la voz--no sirve para el camino.

--Por qu razn? Puede saberse?

--Est sin una ferradura siquiera--declar serenamente el cazador.

--Mal rayo que te parta!--vocifer el marqus echando fuego por los
ojos--. Ahora me dices eso! Pues no es cuenta tuya cuidar de que est
herrada? O he de llevarla yo al herrador todos los das?

--Como no saba que el seorito quisiese salir hoy....

--Seor--intervino Julin--, yo ir a pie. Al fin tena determinado dar ese
paseo. Lleve usted la burra.

--Tampoco hay burra--objet el cazador sin pestaear ni alterar un solo
msculo de su faz broncnea.

--Que... no... hay... bu... rraaaaa?--articul, apretando los puos, don
Pedro--. Que no... la... hayyy? A ver, a ver.... Repteme eso, en mi
cara.

El hombre de bronce no se inmut al reiterar framente.

--No hay burra.

--Pues as Dios me salve! La ha de haber y tres ms, y si no por quien
soy que os pongo a todos a cuatro patas y me llevis a caballo hasta
Cebre!

Nada replic Primitivo, incrustado en el quicio de la puerta.

--Vamos claros, cmo es que no hay burra?

--Ayer, al volver del pasto, el rapaz que la cuida le encontr dos
pualadas.... Puede el seorito verla.

Dispar don Pedro una imprecacin, y baj de dos en dos las escaleras.
Primitivo y Julin le seguan. En la cuadra, el pastor, adolescente de
cara estpida y escrofulosa, confirm la versin del cazador. All en el
fondo del establo columbraron al pobre animal, que temblaba, con las
orejas gachas y el ojo amortiguado; la sangre de sus heridas, en negro
reguero, se haba coagulado desde el anca a los cascos. Julin
experimentaba en el establo sombro y lleno de telaraas impresin
anloga a la que sentira en el teatro de un crimen. Por lo que hace al
marqus, quedse suspenso un instante, y de sbito, agarrando al pastor
por los cabellos, se los mes y refreg con furia, exclamando:

--Para que otra vez dejes acuchillar a los animales..., toma..., toma...,
toma....

Rompi el chico a llorar becerrilmente, lanzando angustiosas miradas al
impasible Primitivo. Don Pedro se volvi hacia ste.

--Pilla ahora mismo mi saco y la maleta de don Julin.... Volando.... Nos
vamos a pie hasta Cebre.... Andando bien, tenemos tiempo de coger el
coche.

Obedeci el cazador sin perder su helada calma. Baj la maleta y el
saco; pero en vez de cargar ambos objetos a hombros, entreg cada bulto
a un mozo de campo, diciendo lacnicamente:

--Vas con el seorito.

Sorprendise el marqus y mir a su montero con desconfianza. Jams
perdonaba Primitivo la ocasin de acompaarle, y extraaba su
retraimiento entonces. Por la imaginacin de don Pedro cruzaron rpidas
vislumbres de recelo; y como si Primitivo lo adivinase, prob a
disiparlo.

--Yo tengo ah que atender al rareo del soto de Rendas. Estn los
castaos tan apretados, que no se ve.... Ya andan all los leadores....
Pero sin m, no se desenvuelven....

Encogise de hombros el seorito, calculando que acaso Primitivo se
propona ocultar en el soto la vergenza de su derrota. No obstante,
como crea conocerle, hacasele duro que abandonase la partida sin
desquite. Estuvo a punto de exclamar: Acompame. Presinti
resistencias, y pens para su sayo: Qu demonio! Ms vale dejarle.
Aunque se empee, no me ha de cortar el paso.... Y si cree que puede
conmigo....

Fij sin embargo una mirada escrutadora en las escuetas facciones del
cazador, donde crea advertir, muy encubierta y disimulada, cierta
contraccin diablica.

--Qu estar rumiando este zorro?--cavilaba el seorito--. Sin alguna no
escapamos. No, pues como se desmande! Me coge hoy en punto de caramelo.

Subi don Pedro a su habitacin y volvi con la escopeta al hombro.
Julin le miraba sorprendido de que tomase el arma yendo de viaje. De
pronto el capelln record algo tambin y se dirigi a la cocina.

--Sabel!--grit--. Sabel! Dnde est el nio, mujer? Le quera dar un
beso.

Sabel sali y volvi con el chiquillo agarrado a sus sayas. Le haba
encontrado escondido en el pesebre de las vacas, su rincn favorito, y
el diablillo traa los rizos entretejidos con hierba y flores
silvestres. Estaba precioso. Hasta la venda de la descalabradura le
asemejaba al Amor. Julin le levant en peso, besndole en ambos
carrillos.

--Sabel, mujer, lvelo de vez en cuando siquiera.... Por las maanas....

--Vmonos, vmonos...--apremi el marqus desde la puerta, como si
recelase entrar junto a la mujer y el nio--. Hace falta el tiempo.... Se
nos va a marchar el coche.

Si Sabel deseaba retener a aquel fugitivo Eneas, no dio de ello la ms
leve seal, pues se volvi con gran sosiego a sus potes y trbedes. Don
Pedro, a pesar de la urgencia alegada para apurar a Julin, aguard dos
minutos en la puerta, quizs con la ilusin recndita de ser detenido
por la muchacha; pero al fin, encogindose de hombros, sali delante, y
ech a andar por la senda abierta entre vias que conduca al crucero.
Era el paraje descubierto, aunque el terreno quebrado, y el seorito
poda otear fcilmente a derecha e izquierda todo cuanto sucediese: ni
una liebre brincara por all sin que sus ojos linces de cazador la
avizorasen. Aunque departiendo con Julin acerca de la sorpresa que se
le preparaba a la familia de la Lage, y de si amenazaba llover porque el
cielo se haba encapotado, no descuidaba el marqus observar algo que
deba interesarle muchsimo. Un instante se par, creyendo divisar la
cabeza de un hombre all lejos, detrs de los paredones que cerraban la
via. Pero a tal distancia no consigui cerciorarse. Vigil ms atento.

Acercbanse al soto de Rendas, situado antes del crucero; desde all el
arbolado se espesaba, y se dificultaba la precaucin. Orillaron el soto,
llegaron al pie del santo smbolo y se internaron en el camino ms agrio
y estrecho, sin ver nada que justificase temores. En la espesura oyeron
el golpe reiterado del hacha y el ham! de los leadores, que rareaban
los castaos. Ms adelante, silencio total. El cielo se cubra de nubes
cirrosas, y la claridad del sol apenas se abra paso, filtrndose velada
y crdena, presagiando tempestad. Julin record un detalle melanclico,
la cruz a la cual iban a llegar en breve, que sealaba el teatro de un
crimen, y pregunt:

--Seorito?

--Eh?--murmur el marqus, hablando con los dientes apretados.

--Aqu cerca mataron un hombre, verdad? Donde est la cruz de madera.
Por qu fue, seorito? Alguna venganza?

--Una pendencia entre borrachos, al volver de la feria--respondi
secamente don Pedro, que se haca todo ojos para inspeccionar los
matorrales.

La cruz negreaba ya sobre ellos, y Julin se puso a rezar el _Padre
nuestro_ acostumbrado, muy bajito. Iba delante, y el seorito le pisaba
casi los talones. Los mozos portadores del equipaje se haban adelantado
mucho, deseosos de llegar cuanto antes a Cebre y echar un traguete en la
taberna. Para or el susurro que produjeron las hojas y la maleza al
desviarse y abrir paso a un cuerpo, necesitbanse realmente sentidos de
cazador. El seorito lo percibi, aunque tenue, clarsimo, y vio el
can de la escopeta apuntado tan diestramente que de fijo no se
perdera el disparo: el can no amagaba a su pecho, sino a las espaldas
de Julin. La sorpresa estuvo a punto de paralizar a don Pedro: fue un
segundo, menos que un segundo tal vez, un espacio de tiempo
inapreciable, lo que tard en reponerse, y en echarse a la cara su arma,
apuntando a su vez al enemigo emboscado. Si el tiro de ste sala, la
bala se cruzara casi con otra bala justiciera. La situacin dur pocos
instantes: estaban frente a frente dos adversarios dignos de medir sus
fuerzas. El ms inteligente cedi, encontrndose descubierto. Oy el
marqus el roce del follaje al bajarse el can que amenazaba a Julin,
y Primitivo sali del soto, blandiendo su vieja escopeta certera,
remendada con cordeles. Julin precipit el _Gloria Patri_ para decirle
en tono corts:

--Hola.... Se viene usted con nosotros por fin hasta Cebre?

--S, seor--contest Primitivo, cuyo semblante recordaba ms que nunca el
de una estatua de fundicin--. Dejo dispuesto en Rendas, y voy a ver si
de aqu a Cebre sale algo que tumbar....

--Dame esa escopeta, Primitivo--orden don Pedro--. Estoy oyendo cantar la
codorniz ah, que no parece sino que me hace burla. Se me ha olvidado
cargar mi carabina.

Diciendo y haciendo, cogi la escopeta, apunt a cualquier parte, y
dispar. Volaron hojas y pedazos de rama de un roble prximo, aunque
ninguna codorniz cay herida.

--Marr!--exclam el seorito fingiendo gran contrariedad, mientras para
s discurra: No era bala, eran postas.... Le quera meter grajea de
plomo en el cuerpo.... Claro, con bala era ms escandaloso, ms
alarmante para la justicia. Es zorro fino!.

Y en voz alta:

--No vuelvas a cargar; hoy no se caza, que se nos viene la lluvia encima
y tenemos que apretar el paso. Marcha delante, ensanos el atajo hasta
Cebre.

--No lo sabe el seorito?

--S tal, pero a veces me distraigo.




-IX-


Como ya dos veces haba repicado la campanilla y los criados no llevaban
trazas de abrir, las seoritas de la Lage, suponiendo que a horas tan
tempranas no vendra nadie de cumplido, bajaron en persona y en grupo a
abrir la puerta, sin peinar, con bata y chinelas, hechas unas fachas.
As es que se quedaron voladas al encontrarse con un arrogante mozo, que
les deca campechanamente:

--A que nadie me conoce aqu?

Sintieron impulsos de echar a correr; pero la tercera, la menos linda de
todas, frisando al parecer en los veinte aos, murmur:

--De fijo que es el primo Perucho Moscoso.

--Bravo!--exclam don Pedro--. Aqu est la ms lista de la familia!

Y adelantndose con los brazos abiertos fue para abrazarla; pero ella,
hurtando el cuerpo, le tendi una manecita fresca, recin lavada con
agua y colonia. En seguida se entr por la casa gritando:

--Pap!, pap! Est aqu el primo Perucho!

El piso retembl bajo unos pasos elefantinos.... Apareci el seor de la
Lage, llenando con su volumen la antesala, y don Pedro abraz a su to,
que le llev casi en volandas al saln. Julin, que por no malograr la
sorpresa de la aparicin del primo se haba quedado oculto detrs de la
puerta, sala riendo del escondite, muy embromado por las seoritas, que
afirmaban que estaba gordsimo, y se escurra por el corredor, en busca
de su madre.

Vindoles juntos, se observaba extraordinario parecido entre el seor de
la Lage y su sobrino carnal: la misma estatura prcer, las mismas
proporciones amplias, la misma abundancia de hueso y fibra, la misma
barba fuerte y copiosa; pero lo que en el sobrino era armona de
complexin titnica, fortalecida por el aire libre y los ejercicios
corporales, en el to era exuberancia y pltora; condenado a una vida
sedentaria, se adverta que le sobraba sangre y carne, de la cual no
saba qu hacer; sin ser lo que se llama obeso, su humanidad se
desbordaba por todos lados; cada pie suyo pareca una lancha, cada mano
un mazo de carpintero. Se ahogaba con los trajes de paseo; no caba en
las habitaciones reducidas; resoplaba en las butacas del teatro, y en
misa reparta codazos para disponer de ms sitio. Magnfico ejemplar de
una raza apta para la vida guerrera y monts de las pocas feudales, se
consuma miserablemente en el vil ocio de los pueblos, donde el que nada
produce, nada ensea, ni nada aprende, de nada sirve y nada hace. Oh
dolor! Aquel castizo Pardo de la Lage, naciendo en el siglo XV, hubiera
dado en qu entender a los arquelogos e historiadores del XIX.

Mostr admirarse de la buena presencia del sobrino y le habl
llanotamente, para inspirarle confianza.

--Muchacho, muchacho! A dnde vas con tanto doblar? Cuidado que ests
ms hombre que yo.... Siempre te imitaste ms a Gabriel y a m que a tu
madre que santa gloria haya.... Lo que es con tu padre, ni esto.... No
saliste Moscoso, ni Cabreira, chico; saliste Pardo por los cuatro
costados. Ya habrs visto a tus primas, eh? Chiquillas, qu le decs
al primo?

--Qu me dicen? Me han recibido como a la persona de ms cumplimiento....
A sta le quise dar un abrazo, y ella me alarg la mano muy fina.

--Qu borregas! Maras Remilgos! A ver cmo abrazis todas al primo,
inmediatamente.

La primera que se adelant a cumplir la orden fue la mayor. Al
estrecharla, don Pedro no pudo dejar de notar las bizarras proporciones
del bello bulto humano que oprima. Una real moza, la primita mayor!

--T eres Rita, si no me equivoco?--pregunt risueo--. Tengo muy mala
memoria para nombres y puede que os confunda.

--Rita, para servirte...--respondi con igual amabilidad la prima--. Y sta
es Manolita, y sta es Carmen, y aqulla es Nucha....

--Sttt.... Poquito a poco.... Me lo iris repitiendo conforme os abrace.

Dos primas vinieron a pagar el tributo, diciendo festivamente:

--Yo soy Manolita, para servir a usted.

--Yo, Carmen, para lo que usted guste mandar.

All entre los pliegues de una cortina de damasco se esconda la
tercera, como si quisiese esquivar la ceremonia afectuosa; pero no le
vali la treta, antes su retraimiento incit al primo a exclamar:

--Doa Hucha, o como te llames?... Cuidadito conmigo..., se me debe un
abrazo....

--Me llamo Marcelina, hombre.... Pero stas me llaman siempre Marcelinucha
o Nucha....

Costbale trabajo resolverse, y permaneca refugiada en el rojo dosel de
la cortina, cruzando las manos sobre el peinador de percal blanco, que
rayaban con doble y largo trazo, como de tinta, sus sueltas trenzas. El
padre la empuj bruscamente, y la chica vino a caer contra el primo,
toda ruborizada, recibiendo un apretn en regla, amn de un frote de
barbas que la oblig a ocultar el rostro en la pechera del marqus.

Hechas as las amistades, entablaron el seor de la Lage y su sobrino la
imprescindible conversacin referente al viaje, sus causas, incidentes y
peripecias. No explicaba muy satisfactoriamente el sobrino su impensada
venida: pch... ganas de _espilirse_.... Cansa estar siempre solo.... Gusta
la variacin.... No insisti el to, pensando para su chaleco: Ya Julin
me lo contar _todo_.

Y se frotaba las manos colosales, sonriendo a una idea que, si
acariciaba tiempo haca all en su interior, jams se le haba
presentado tan clara y halagea como entonces. Qu mejor esposo podan
desear sus hijas que el primo Ulloa! Entre los numerosos ejemplares del
tipo del padre que desea _colocar_ a sus nias, ninguno ms vehemente
que don Manuel Pardo, en cuanto a la voluntad, pero ninguno ms
reservado en el modo y forma. Porque aquel hidalgo de cepa vieja senta
a la vez gana ardentsima de casar a las chiquillas y un orgullo de raza
tan exaltado, bajo engaosas apariencias de llaneza, que no slo le
vedaba descender a ningn ardid de los usuales en padres casamenteros,
sino que le impona suma rigidez y escrpulo en la eleccin de sus
relaciones y en la manera de educar a sus hijas, a quienes traa como
encastilladas y aisladas, no llevndolas sino de pascuas a ramos a
diversiones pblicas. Las seoritas de la Lage, discurra don Manuel,
deben casarse, y sera contrario al orden providencial que no apareciese
tronco en que injertar dignamente los retoos de tan noble estirpe; pero
antes se queden para vestir imgenes que unirse con cualquiera, con el
teniente que est de guarnicin, con el comerciante que medra midiendo
pao, con el mdico que toma el pulso; eso sera, vive Dios!,
profanacin indigna; las seoritas de la Lage slo pueden dar su mano a
quien se les iguale en calidad. As pues, don Manuel, que se desdeara
de tender redes a un ricachn plebeyo, se propuso inmediatamente hacer
cuanto estuviese en su mano para que su sobrino pasase a yerno, como el
Sandoval de la zarzuela.

Conformaban las primitas con las opiniones de su padre? Lo cierto es
que, apenas el primo se sent a platicar con don Manuel, cada nia se
escurri bonitamente, ya a arreglar su tocado, ya a prevenir alojamiento
al forastero y platos selectos para la mesa. Se convino en que el primo
se quedaba hospedado all, y se envi por la maleta a la posada.

Fue la comida alegre en extremo. Rpidamente se haba establecido entre
don Pedro y las seoritas de la Lage el gnero de familiaridad inherente
al parentesco en grado prohibido pero dispensable: familiaridad que se
diferencia de la fraternal en que la sazona y condimenta un picante
polvito de hostilidad, germen de graciosas y galantes escaramuzas.
Cruzbase en la mesa vivo tiroteo de bromas, piropos, que entre los dos
sexos suele preludiar a ms serios combates.

--Primo, me extraa mucho que estando a mi lado no me sirvas el agua.

--Los aldeanos no entendemos de poltica: ve ensendome un poco, que por
tener maestras as....

--Glotn, quin te da permiso para repetir?

--El plato est tan rico, que supongo que es obra tuya.

--Vaya unas ilusiones! Ha sido la cocinera. Yo no guiso para ti. Te
fastidiaste.

--Prima, esta yemecita. Por m.

--No me robes del plato, goloso. Que no te lo doy, ea. No tienes ah la
fuente?

--A que te lo atrapo? Cuando ms descuidada ests....

--A que no?

Y la prima se levantaba y echaba a correr con su plato en las manos,
para evitar el hurto de un merengue o de media manzana, y el juego se
celebraba con estrepitosas carcajadas, como si fuese el paso ms
gracioso del mundo. Las mantenedoras de este torneo eran Rita y
Manolita, las dos mayores; en cuanto a Nucha y Carmen, se encerraban en
los trminos de una cordialidad mesurada, presenciando y riendo las
bromas, pero sin tomar parte activa en ellas, con la diferencia de que
en el rostro de Carmen, la ms joven, se notaba una melancola perenne,
una preocupacin dominante, y en el de Nucha se adverta tan slo
gravedad natural, no exenta de placidez.

Hllabase don Pedro en sus glorias. Al resolverse a emprender el viaje,
recel que las primas fuesen algunas seoritas muy cumplimenteras y
espetadas, cosa que a l le pondra en un brete, por serle extraas las
frmulas del trato ceremonioso con damas de calidad, clase de _perdices
blancas_ que nunca haba cazado; mas aquel recibimiento franco le
devolvi al punto su aplomo. Animado, y con la clida sangre despierta,
consideraba a las primitas una por una, calculando a cul arrojara el
pauelo. La menor no hay duda que era muy linda, blanca con cabos
negros, alta y esbelta, pero la mal disimulada pasin de nimo, las
crdenas ojeras, amenguaban su atractivo para don Pedro, que no estaba
por romanticismos. En cuanto a la tercera, Nucha, asemejbase bastante a
la menor, slo que en feo: sus ojos, de magnfico tamao, negros tambin
como moras, padecan leve estrabismo convergente, lo cual daba a su
mirar una vaguedad y pudor especiales; no era alta, ni sus facciones se
pasaban de correctas, a excepcin de la boca, que era una miniatura. En
suma, pocos encantos fsicos, al menos para los que se pagan de la
cantidad y morbidez en esta nuestra envoltura de barro. Manolita ofreca
otro tipo distinto, admirndose en ella lozanas carnes y suma gracia,
unida a un defecto que para muchos es aumento singular de perfeccin en
la mujer, y a otros, verbigracia a don Pedro, les inspira repulsin: un
carcter masculino mezclado a los hechizos femeniles, un bozo que iba
pasando a bigote, una prolongacin del nacimiento del pelo sobre la
oreja que, descendiendo a lo largo de la mandbula, quera ser, ms que
suave patilla, atrevida barba. A la que no se podan poner tachas era a
Rita, la hermana mayor. Lo que ms cautivaba a su primo, en Rita, no era
tanto la belleza del rostro como la cumplida proporcin del tronco y
miembros, la amplitud y redondez de la cadera, el desarrollo del seno,
todo cuanto en las valientes y armnicas curvas de su briosa persona
prometa la madre fecunda y la nodriza inexhausta. Soberbio vaso en
verdad para encerrar un Moscoso legtimo, magnfico patrn donde
injertar el heredero, el continuador del nombre! El marqus presenta en
tan arrogante hembra, no el placer de los sentidos, sino la numerosa y
masculina prole que deba rendir; bien como el agricultor que ante un
terreno frtil no se prenda de las florecillas que lo esmaltan, pero
calcula aproximadamente la cosecha que podr rendir al terminarse el
esto.

Pasaron al saln despus de la comida, para la cual las muchachas se
haban emperejilado. Ensearon a don Pedro infinidad de quisicosas:
esterescopos, lbumes de fotografas, que eran entonces objetos muy
elegantes y nada comunes. Rita y Manolita obligaban al primo a fijarse
en los retratos que las representaban apoyadas en una silla o en una
columna, actitud clsica que por aquel tiempo imponan los fotgrafos; y
Nucha, abriendo un lbum chiquito, se lo puso delante a don Pedro,
preguntndole afanosamente:

--Le conoces?

Era un muchacho como de diecisiete aos, rapado, con uniforme de alumno
de la Academia de artillera, parecidsimo a Nucha y a Carmen cuanto
puede parecerse un peln a dos seoritas con buenas trenzas de pelo.

--Es mi nio--afirm Nucha muy grave.

--Tu nio?

Rironse las otras hermanas a carcajadas, y don Pedro exclam cayendo en
la cuenta:

--Bah!, ya s. Es vuestro hermano, mi seor primo, el mayorazgo de la
Lage, Gabrielio.

--Pues claro: quin haba de ser? Pero esa Nucha le quiere tanto, que
siempre le llama su nio.

Nucha, corroborando el aserto, se inclin y bes el retrato, con tan
apasionada ternura, que all en Segovia el pobre alumno, vctima quiz
de los rigores de la cruel _novatada_, debi sentir en la mejilla y el
corazn una cosa dulce y caliente.

Cuando Carmen, la tristona, vio a sus hermanas entretenidas, se
escabull del saln, donde ya no apareci ms. Agotado todo lo que en el
saln haba que ensear al primo, le mostraron la casa desde el desvn
hasta la leera: un casern antiguo, espacioso y destartalado, como an
quedan muchos en la monumental Compostela, digno hermano urbano de los
rurales Pazos de Ulloa. En su fachada severa desafinaba una galera de
nuevo cuo, ideada por don Manuel Pardo de la Lage, que tena el costoso
vicio de hacer obras. Semejante solecismo arquitectnico era el
quitapesares de las seoritas de Pardo; all se las encontraba siempre,
posadas como pjaros en rama favorita, all hacan labor, all tenan un
breve jardn, contenido en macetas y cajones, all colgaban jaulas de
canarios y jilgueros; tal vez no parasen en esto los buenos oficios de
la galera dichosa. Lo cierto es que en ella encontraron a Carmen,
asomada y mirando a la calle, tan absorta que no sinti llegar a sus
hermanas. Nucha le tir del vestido; la muchacha se volvi, pudiendo
notarse que tena unas vislumbres de rosa en las mejillas, descoloridas
de ordinario. Hablle Nucha vivamente al odo, y Carmen se apart del
encristalado antepecho, siempre muda y preocupada. Rita no cesaba de
explicar al primo mil particularidades.

--Desde aqu se ven las mejores calles... se es el Preguntoiro; por ah
pasa mucha gente.... Aquella torre es la de la Catedral.... Y t no has
ido a la Catedral todava? Pero de veras no le has rezado un Credo al
Santo Apstol, judo?--exclamaba la chica vertiendo provocativa luz de
sus pupilas radiantes--. Vaya, vaya.... Tengo yo que llevarte all, para
que conozcas al Santo y lo abraces muy apretadito.... Tampoco has visto
an el Casino?, la Alameda?, la Universidad? Seor! Si no has visto
nada!

--No, hija.... Ya sabes que soy un pobre aldeano... y he llegado ayer al
anochecer. No hice ms que acostarme.

--Por qu no te viniste ac en derechura, descastado?

--A alborotaros la casa de noche? Aunque salgo de entre tojos, no soy
tan mal criado como todo eso.

--Vamos, pues hoy tienes que ver alguna notabilidad.... Y no faltar al
paseo.... Hay chicas muy guapas.

--De eso ya me he enterado, sin molestarme en ir a la Alameda--contest el
primo echando a Rita una miradaza que ella resisti con intrepidez
notoria, y pag sin esquivez alguna.




-X-


Y en efecto, le fueron enseadas al marqus de Ulloa multitud de cosas
que no le importaban mayormente. Nada le agrad, y experiment mil
decepciones, como suele acontecer a las gentes habituadas a vivir en el
campo, que se forman del pueblo una idea exagerada. Parecironle, y con
razn, estrechas, torcidas y mal empedradas las calles, fangoso el piso,
hmedas las paredes, viejos y ennegrecidos los edificios, pequeo el
circuito de la ciudad, postrado su comercio y solitarios casi siempre
sus sitios pblicos; y en cuanto a lo que en un pueblo antiguo puede
enamorar a un espritu culto, los grandes recuerdos, la eterna vida del
arte conservada en monumentos y ruinas, de eso entenda don Pedro lo
mismo que de griego o latn. Piedras mohosas! Ya le bastaban las de los
Pazos. Ntese cmo un hidalgo campesino de muy rancio criterio se
hallaba al nivel de los demcratas ms vandlicos y demoledores. A pesar
de conocer a Orense y haber estado en Santiago cuando nio, discurra y
fantaseaba a su modo lo que debe ser una ciudad moderna: calles anchas,
mucha regularidad en las construcciones, todo nuevo y flamante, gran
polica, qu menos puede ofrecer la civilizacin a sus esclavos? Es
cierto que Santiago posea dos o tres edificios espaciosos, la Catedral,
el Consistorio, San Martn.... Pero en ellos existan cosas muy sin razn
ponderadas, en concepto del marqus: por ejemplo, la Gloria de la
Catedral. Vaya unos santos ms mal hechos y unas santas ms flacuchas y
sin forma humana!, unas columnas ms toscamente esculpidas! Sera de
ver a alguno de estos sabios que escudrian el _sentido_ de un monumento
religioso, consagrndose a la tarea de demostrar a don Pedro que el
prtico de la Gloria encierra alta poesa y profundo simbolismo.
Simbolismo! Jerigonzas! El prtico estaba muy mal labrado, y las
figuras parecan pasadas por tamiz. Por fuerza las artes andaban
atrasadsimas en aquellos tiempos de maricastaa. Total, que de los
monumentos de Santiago se atena el marqus a uno de fbrica muy
reciente: su prima Rita.

La proximidad de la fiesta del Corpus animaba un tanto la soolienta
ciudad universitaria, y todas las tardes haba lucido paseo bajo los
rboles de la Alameda. Carmen y Nucha solan ir delante, y las seguan
Rita y Manolita, acompaadas por su primo; el padre cubra la
retaguardia conversando con algn seor mayor, de los muchos que existen
en el pueblo compostelano, donde por ley de afinidad parece abundar ms
que en otras partes la gente provecta. A menudo se arrimaba a Manolita
un seorito muy planchado y tieso, con cierto empaque ridculo y
exageradas pretensiones de elegancia: llambase don Vctor de la
Formoseda y estudiaba derecho en la Universidad; don Manuel Pardo le
vea gustoso acercarse a sus hijas, por ser el seorito de la Formoseda
de muy limpio solar montas, y no despreciable caudal. No era ste el
nico mosquito que zumbaba en torno de las seoritas de la Lage. A las
primeras de cambio not don Pedro que as por los tortuosos y lbregos
soportales de la Ra del Villar, como por las frondosidades de la
Alameda y la Herradura, les segua y escoltaba un hombre joven,
melenudo, enfundado en un gabn gris, de corte raro y antiguo. Aquel
hombre pareca la sombra de las muchachas: no era posible volver la
cabeza sin encontrrsele: y don Pedro repar tambin que al surgir
detrs de un pilar o por entre los rboles el rondador perpetuo, la cara
triste y ojerosa de Carmen se animaba, y brillaban sus abatidos ojos. En
cambio don Manuel y Nucha daban seales de inquietud y desagrado.

Ya sobre la pista, don Pedro sigui acechando, a fuer de cazador
experto. Nucha no deba tener ningn adorador entre la multitud de
estudiantes y vagos que acudan al paseo, o si lo tena, no le haca
caso, pues caminaba seria e indiferente. En pblico, Nucha pareca
revestirse de gravedad ajena a sus aos. Respecto a Manolita, no perda
ripio coqueteando con el seorito de la Formoseda. Rita, siempre animada
y provocadora, lo era mucho con su primo, y no poco con los dems, pues
don Pedro advirti que a las miradas y requiebros de sus admiradores
corresponda con ojeadas vivas y flecheras. Lo cual no dej de dar en
qu pensar al marqus de Ulloa, el cual, tal vez por contarse en el
nmero de los hombres fcilmente atrados por las mujeres vivarachas,
tena de ellas opinin detestable y para sus adentros la expresaba en
trminos muy crudos.

Dorman en habitaciones contiguas Julin y el marqus, pues Julin,
desde su ordenacin, haba ascendido de categora en la casa, y mientras
la madre continuaba desempeando las funciones de ama de llaves y duea,
el hijo coma con los seores, ocupaba un cuarto de importancia, y era
tratado en suma, si no de igual a igual, pues siempre quedaban matices
de proteccin, al menos con gran amabilidad y deferencia. De noche,
antes de recogerse, el marqus se le entraba en el dormitorio a fumar un
cigarro y charlar. La conversacin ofreca pocos lances, pues siempre
versaba sobre el mismo proyecto. Deca don Pedro que le admiraban dos
cosas: haberse resuelto a salir de los Pazos, y hallarse tan decidido a
_tomar estado_, idea que antes le pareca irrealizable. Era don Pedro de
los que juzgan muy importantes y dignas de comentarse sus propias
acciones y mutaciones--achaque propio de egostas--y han menester tener
siempre cerca de s algn inferior o subordinado a quien referirlas,
para que les atribuya tambin valor extraordinario.

Agradaba la pltica a Julin. Aquellas proyectadas bodas entre primo y
prima le parecan tan naturales como juntarse la vid al olmo. Las
familias no podan ser mejores ni ms para en una; las clases iguales;
las edades no muy desproporcionadas, y el resultado dichossimo, porque
as redima el marqus su alma de las garras del demonio, personificado
en impdicas barraganas. Solamente no le contentaba que don Pedro se
hubiese ido a fijar en la seorita Rita: mas no se atreva ni a
indicarlo, no fuese a malograrse la cristiana resolucin del marqus.

--Rita es una gran moza...--deca ste explayndose--. Parece sana como una
manzana, y los hijos que tenga heredarn su buena constitucin. Sern
ms fuertes an que Perucho, el de Sabel.

Inoportuna reminiscencia! Julin se apresuraba a replicar, sin meterse
en honduras fisiolgicas:

--La casta de los seores de Pardo es muy saludable, gracias a Dios....

Una noche cambiaron de sesgo las confidencias, entrando en terreno
sumamente embarazoso para Julin, siempre temeroso de que cualquier
desliz de su lengua desbaratase los proyectos del seorito, y le echase
a l sobre la conciencia responsabilidad gravsima.

--Sabe usted--insinu don Pedro--que mi prima Rita se me figura algo
casquivana? Por el paseo va siempre entretenida en si la miran o no la
miran, si le dicen o no le dicen... jurara que toma varas.

--Que toma varas?--repiti el capelln, quedndose en ayunas del sentido
de la frase grosera.

--S, hombre..., que se deja querer, vamos.... Y para casarse, no es cosa
de broma que la mujer las gaste con el primero que llega.

--Quin lo duda, seorito? La prenda ms esencial en la mujer es la
honestidad y el recato. Pero no hay que fiarse de apariencias. La
seorita Rita tiene el genio as, franco y alegre....

Crease Julin salvado con estas evasivas, cuando, a las pocas noches,
don Pedro le apret para que _cantase_:

--Don Julin, aqu no valen misterios.... Si he de casarme, quiero al
menos saber con quin y cmo.... Apenas se reiran si porque vengo de los
Pazos me diesen de buenas a primeras gato por liebre. Con razn se dira
que sal de un soto para meterme en otro. No sirve contestar que usted
no sabe nada. Usted se ha criado en esta casa, y conoce a mis primas
desde que naci. Rita.... Rita es mayor que usted, no es verdad?

--S, seor--respondi Julin, no teniendo por cargo de conciencia revelar
la edad--. La seorita Rita cumplir ahora veintisiete o veintiocho
aos.... Despus viene la seorita Manolita y la seorita Marcelina, que
son seguidas..., veintitrs y veintids... porque en medio murieron dos
nios varones..., y luego la seorita Carmen, veinte.... Cuando naci el
seorito Gabriel, que andar en los diecisiete o poco ms, ya no se
pensaba que la seora volviese a tener sucesin, porque andaba delicada,
y le prob tan mal el parto, que falleci a los pocos meses.

--Pues usted debe conocer perfectamente a Rita. Cante usted, ea.

--Seorito, a la verdad.... Yo me cri en esta casa, es cierto; pero sin
manualizarme con los seores, porque mi clase era otra muy distinta.... Y
mi madre, que era muy piadosa, no me permiti jams juntarme con las
seoritas para jugar ni nada... por razones de decoro.... Ya usted me
comprende! Con el seorito Gabriel s que tuve algn trato; lo que es
con las seoritas... buenos das y buenas noches, cuando las encontraba
en los pasillos. Luego ya fui al Seminario....

--Bah, bah! Tiene usted gana de cuentos...? Harto estar usted de saber
cosas de las chicas. Basta su madre de usted para enterarle. Acert? Se
ha puesto usted colorado.... Aj! Por ah vamos bien! A ver con qu
cara me niega que su madre le ha informado de algunas cosillas...!

Julin se torn purpreo. Que si le haban contado! Pues no haban de
contarle! Desde su llegada, la venerable duea que rega el llavero en
casa de la Lage no haba cogido a solas a su hijo un minuto sin ceder a
la comezn de tocar ciertos asuntos, que nicamente con varones graves y
religiosos pueden conferirse.... Misa Rosario no lo iba a charlar con
otras comadres envidiosas, eso no; por algo coma el pan de don Manuel
Pardo; pero con la gente grave y de buen consejo, v.g., su confesor don
Vicente el cannigo, y Julin, aquel pedazo de sus entraas elevado a la
ms alta dignidad que cabe en la tierra, quin le vedaba el gustazo de
juzgar a su modo la conducta del amo y las seoritas, de alardear de
discrecin, censurando melosa y compasivamente algunos de sus actos que
ella si fuese seora no realizara jams, y de or que personas de
respeto alababan mucho su cordura, y conformaban del todo con su
dictamen? Que si le haban contado a Julin, Dios bendito! Pero una
cosa era que se lo hubiesen contado, y otra que l lo pudiese repetir.
Cmo revelar la mana de la seorita Carmen, empeada en casarse contra
viento y marea de su padre, con un estudiantillo de medicina, un nadie,
hijo de un herrador de pueblo (oh baldn para la preclara estirpe de
los Pardos!), un loco de atar que la comprometa siguindola por todas
partes a modo de perrito faldero, y de quien adems se aseguraba que era
un materialista, metido en sociedades secretas? Cmo divulgar que la
seorita Manolita haca novenas a San Antonio para que don Vctor de la
Formoseda se determinase a pedirla, llegando al extremo de escribir a
don Vctor cartas annimas indisponindole con otras seoritas cuya casa
frecuentaba? Y sobre todo, cmo indicar ni lo ms somero y mnimo de
_aquello_ de la seorita Rita, que maliciosamente interpretado tanto
poda daar a su honra? Antes le arrancasen la lengua.

--Seorito...--balbuci--. Yo creo que las seoritas son muy buenas e
incapaces de faltar en nada; pero si lo contrario supiese, me guardara
bien de propalarlo, toda vez que yo..., que mi agradecimiento a esta
familia me pondra..., vamos... como si dijramos... una mordaza....

Detvose, comprendiendo que se empantanaba ms.

--No traduzca mis palabras, seorito.... Por Dios, no saque usted
consecuencias de mi poca habilidad para explicarme.

--Segn eso--pregunt el marqus mirando de hito en hito al capelln--,
usted juzga que no hay absolutamente nada censurable? Clarito. Las
considera usted _a todas_ unas seoritas intachables... perfectsimas...
que me convienen para casarme? Eh?

Medit Julin antes de responder.

--Si usted se empea en que le descubra cunto uno tiene en el corazn...
francamente, aunque las seoritas son cada una de por s muy simpticas,
yo, puesto a escoger, no lo niego..., me quedara con la seorita
Marcelina.

--Hombre! Es algo bizca... y flaca.... Slo tiene buen pelo y buen genio.

--Seorito, es una alhaja.

--Ser como las dems.

--Es como ella sola. Cuando el seorito Gabriel qued sin mam de
pequeito, lo cuid con una formalidad que tena la gracia del mundo,
porque ella no era mucho mayor que l. Una madre no hiciera ms. De da,
de noche, siempre con el chiquillo en brazos. Le llamaba su hijo: dicen
que era un sainete ver aquello. Parece que el peso del chiquillo la
rindi y por eso qued ms delicada de salud que las otras. Cuando el
hermano march al colegio, estuvo malucha. Por eso la ve usted
descolorida. Es un ngel, seorito. Todo se le vuelve aconsejar bien a
las hermanas....

--Seal de que lo necesitan--arguy don Pedro maliciosamente.

--Jess! No puede uno deslizarse.... Bien sabe usted que sobre lo bueno
est lo mejor, y la seorita Marcelina raya en perfecta. La perfeccin
es dada a pocos. Seorito, la seorita Marcelina, ah donde usted la ve,
se confiesa y comulga tan a menudo, y es tan religiosa, que edifica a la
gente.

Quedse don Pedro reflexionando algn rato, y asegur despus que le
agradaba mucho, mucho, la religiosidad en las mujeres; que la
conceptuaba indispensable para que fuesen buenas.

--Con que beatita, eh?--aadi--. Ya tengo por dnde hacerla rabiar.

Y tal fue en efecto el resultado inmediato de aquella conferencia donde,
con mejor deseo que diplomacia, haba intentado Julin presentar la
candidatura de Nucha. Desde entonces el primo gast con ella bastantes
bromas, algunas ms pesadas que divertidas. Con placer del nio
voluntarioso cuyos dedos entreabren un capullo, gozaba en poner colorada
a Nucha, en araarle la epidermis del alma por medio de chanzas subidas
e indiscretas familiaridades que ella rechazaba enrgicamente. Semejante
juego mortificaba al capelln tanto como a la chica; las sobremesas eran
para l largo suplicio, pues a las ancdotas y cuentos de don Manuel,
que versaban siempre sobre materias nada pulcras ni bien olientes
(costumbre inveterada en el seor de la Lage), se unan las continuas
inconveniencias del primo con la prima. El pobre Julin, con los ojos
fijos en el plato, el rubio entrecejo un tanto fruncido, pasaba las de
Can. Imaginbase l que ajar, siquiera fuese en broma, la flor de la
modestia virginal era abominable sacrilegio. Por lo que su madre le
haba contado y por lo que en Nucha vea, la seorita le inspiraba
religioso respeto, semejante al que infunde el camarn que contiene una
veneranda imagen. Jams se atreva a llamarla por el diminutivo,
parecindole _Nucha_ nombre de perro ms bien que de persona; y cuando
don Pedro se resbalaba a chanzonetas escabrosas, el capelln, juzgando
que consolaba a la seorita Marcelina, tomaba asiento a su lado y le
hablaba de cosas santas y apacibles, de alguna novena o funcin de
iglesia, a las cuales Nucha asista con asiduidad.

No lograba el marqus vencer la irritante atraccin que le llevaba hacia
Rita; y con todo, al crecer el imperio que ejerca en sus sentidos la
prima mayor, se fortaleca tambin la especie de desconfianza instintiva
que infunden al campesino las hembras ciudadanas, cuyo refinamiento y
coquetera suele confundir con la depravacin. Vamos, no lo poda
remediar el marqus; segn frase suya, Rita _le escamaba_ terriblemente.
Es que a veces ostentaba una desenvoltura! Se mostraba con l tan
incitadora; tenda la red con tan poco disimulo; se esponjaba de tal
suerte ante los homenajes masculinos!

El aldeano que llega al pueblo ha odo contar mil lances, mil jugarretas
hechas a los bobos que all entran desprevenidos como incautos peces.
Lleno de recelo, mira hacia todas partes, teme que le roben en las
tiendas, no se fa de nadie, no acierta a conciliar el sueo en la
posada, no sea que mientras duerme le birlen el bolso. Guardada la
distancia que separaba de un labriego al seor de Ulloa, ste era su
estado moral en Santiago. No hera su amor propio ser dominado por
Primitivo y vendido groseramente por Sabel en su madriguera de los
Pazos, pero s que le _torease_ en Compostela su artificiosa primilla.
Adems, no es lo mismo distraerse con una muchacha cualquiera que tomar
esposa. La hembra destinada a llevar el nombre esclarecido de Moscoso y
a perpetuarlo legtimamente haba de ser limpia como un espejo.... Y don
Pedro figuraba entre los que no juzgan limpia ya a la que tuvo amorosos
tratos, an en la ms honesta y lcita forma, con otro que con su
marido. An las ojeadas en calles y paseos eran pecados gordos. Entenda
don Pedro el honor conyugal a la manera calderoniana, espaola neta,
indulgentsima para el esposo e implacable para la esposa. Y a l que no
le dijesen: Rita no estaba sin algn enredillo.... Acerca de Carmen y
Manolita no necesitaba discurrir, pues bien vea lo que pasaba. Pero
Rita....

Ningn amigo ntimo tena en Santiago don Pedro, aunque s varios
conocidos, ganados en el paseo, en casa de su to o en el Casino, donde
sola ir maana y noche, a fuer de buen espaol ocioso. All se le
embromaba mucho con su prima, comentndose tambin la desatinada pasin
de Carmen por el estudiante y su continuo atalayar en la galera, con el
adorador apostado enfrente. Siempre alerta, el seorito estudiaba el
tono y acento con que nombraban a Rita. En dos o tres ocasiones le
pareci notar unas puntas de irona, y acaso no se equivocase; pues en
las ciudades pequeas, donde ningn suceso se olvida ni borra, donde
gira perpetuamente la conversacin sobre los mismos asuntos, donde se
abulta lo nimio y lo grave adquiere proporciones picas, a menudo tiene
una muchacha perdida la fama antes que la honra, y ligerezas
insignificantes, glosadas y censuradas aos y aos, llevan a su autora
con palma al sepulcro. Adems, las seoritas de la Lage, por su
alcurnia, por los humos aristocrticos de su padre, y la especie de
aureola con que pretenda rodearlas, por su belleza, eran blanco de
bastantes envidillas y murmuraciones: cuando no se las motejaba de
orgullosas, se recurra a tacharlas de coquetas.

Luca el Casino entre su maltratado mueblaje un caduco sof de
gutapercha, gala del gabinete de lectura: sof que pudiera llamarse
tribuna de los maldicientes, pues all se reunan tres de las ms
afiladas tijeras que han cortado sayos en el mundo, triunvirato digno de
ms detenido bosquejo y en el cual descollaba un personaje eminentsimo,
maestro en la ciencia del _mal saber_. As como los eruditos se precian
de no ignorar la ms mnima particularidad concerniente a remotas pocas
histricas, este sujeto se jactaba de poder decir, sin errar punto ni
coma, lo que disfrutaban de renta, lo que coman, lo que hablaban y
hasta lo que pensaban las veinte o treinta familias de viso que
encerraba el recinto de Santiago. Hombre era para pronunciar con suma
formalidad y gran reposo:

--Ayer, en casa de la Lage, se han puesto en la mesa dos principios:
croquetas y carne estofada. La ensalada fue de coliflor, y a los postres
se sirvi carne de membrillo de las monjas.

Comprobada la exactitud de tales pormenores, resultaban rigurosamente
ciertos.

Tan bien informado individuo consigui encender ms recelos en el nimo
del suspicaz seor de Ulloa, bastndole para ello unas cuantas
palabritas, de sas que tomadas al pie de la letra no llevan malicia
alguna, pero vistas al trasluz pueden significarlo todo.... Encomiando el
salero de Rita, y la hermosura de Rita, y la buena conformacin
anatmica del cuerpo de Rita, aadi como al descuido:

--Es una muchacha de primer orden.... Y aqu difcilmente le saldra
novio. Las chicas por el estilo de Rita siempre encuentran su media
naranja en un forastero.




-XI-


Haca un mes que don Manuel Pardo se preguntaba a s mismo: Cundo se
determinar el rapaz a pedirme a Rita?.

Que se la pedira, no lo dud un momento. La situacin del marqus en
aquella casa era tcitamente la del novio aceptado. Los amigos de la
familia de la Lage se permitan alusiones desembozadas a la prxima
boda; los criados, en la cocina, calculaban ya a cunto ascendera la
propineja nupcial. Al recogerse, sus hermanas daban matraca a Rita. A
todas horas rean fraternalmente con el primo y una rfaga de alegra
juvenil trocaba la vetusta casa en alborotada pajarera.

Descabezaba una tarde la siesta el marqus, cuando llamaron a la puerta
con grandes palmadas. Abri: era Rita, en chambra, con un pauelo de
seda atado a lo curro, luciendo su hermosa garganta descubierta. Blanda
en la diestra un plumero enorme, y pareca una guapsima criada de
servir, semejanza que lejos de repeler al marqus, le hizo hervir la
sangre con mayor mpetu. Sofocada y risuea la muchacha echaba lumbres
por ojos, boca y mejillas.

--Perucho? Peruchn?

--Ritia, Ritona?--contest don Pedro devorndola con el mirar.

--Dicen las chicas que vengas.... Estamos muy enfaenadas arreglando el
desvn, donde hay todos los trastos del tiempo del abuelo. Parece que se
encuentran all cosas fenomenales.

--Y yo para qu os sirvo? Supongo que no me mandaris barrer.

--Todo ser que se nos antoje. Ven, holgazn, dormiln, marmota.

Conduca al desvn empinadsima escalera, y no era el sitio muy oscuro,
pues reciba luz de tres grandes claraboyas, pero s bastante bajo; don
Pedro no poda estar all de pie, y las chicas, al menor descuido, se
pegaban coscorrones en la cabeza contra la armazn del techo.
Guardbanse en el desvn mil cachivaches arrumbados que haban servido
en otro tiempo a la pompa, aparato y esplendor de los Pardos de la Lage,
y hoy tenan por compaeros al polvo y la polilla; por esperanza, la
visita de muchachas bulliciosas, que de vez en cuando lo exploraban, a
fin de desenterrar alguna presea de antao, que reformaban segn la moda
actual. Con las antiguallas que all se pudran, pudiera escribirse la
historia de las costumbres y ocupaciones de la nobleza gallega, desde un
par de siglos ac. Restos de sillas de manos pintadas y doradas;
farolillos con que los pajes alumbraban a sus seoras al regresar de las
tertulias, cuando no se conoca en Santiago el alumbrado pblico; un
uniforme de maestrante de Ronda; escofietas y ridculos, bordados de
abalorio; chupas recamadas de flores vistosas; medias caladas de seda,
rancias ya; faldas adornadas con caireles; espadines de acero tomados de
orn; anuncios de funciones de teatro impresos en seda, rezando que la
_dama de msica_ haba de cantar una chistosa tonadilla, y el gracioso
representar una divertida _pitipieza_; todo andaba por all revuelto con
otros chirimbolos anlogos, que trascendan a casacn desde mil leguas,
y entre los cuales distinguanse, como prendas ms simblicas y
elocuentes, los trebejos masnicos: medalla, tringulo, mallete,
escuadra y mandil, despojos de un abuelo afrancesado y grado 33..., y
una lindsima chaqueta de grana, con las insignias de coronel bordadas
en plata por bocamangas y cuello, herencia de la abuela de don Manuel
Pardo, que segn costumbre de su poca, autorizada por el ejemplo de la
reina Mara Luisa, usaba el uniforme de su marido para montar
diestramente a horcajadas.

--A buena parte me trajisteis--deca don Pedro, ahogado entre el polvo y
contrariadsimo por no poder moverse del asiento.

--Aqu te queremos--le replicaban Rita y Manolita, palmoteando
triunfantes--, porque aunque te empees, no hay medio de correr tras de
nosotras, ni de hacernos barrabasadas. Lleg la nuestra. Te vamos a
vestir con espadn y chupa. Ya vers.

--Buena gana tengo de ponerme de mscara.

--Un minuto solamente. Para ver qu facha haces.

--Os digo que no me visto de mamarracho.

--Cmo que no? Se nos ha puesto a nosotras en el moo.

--Mirad que os pesar. La que se me acerque ha de arrepentirse.

--Y qu nos hars, fantasmn?

--Eso no se dice hasta que se vea.

La misteriosa amenaza pareci infundir temor en las primas, que se
limitaron por entonces a inofensivas travesuras, a algn plumerazo ms o
menos. Adelantaba la limpieza del desvn: Manolita, con sus brazos
nervudos, manejaba los trastos; Rita los clasificaba; Nucha los sacuda
y doblaba esmeradamente; Carmen tomaba poca parte en el trajn, y menos
an en la jarana: dos o tres veces se eclips, para asomarse a la
galera sin duda. Las dems le soltaron indirectas.

--Qu tal est el da, Carmucha? Llueve o hace sol?

--Pasa mucha gente por la calle? Contesta, mujer.

--sa siempre est pensando en las musaraas.

A medida que las prendas iban quedando limpias de polvo, las chicas se
las probaban. A Manolita le sentaba a maravilla el uniforme de coronel,
por su tipo hombruno. Rita era un encanto con la dulleta de seda
verdegay de la abuela. Carmen slo consinti en dejarse poner un
estrafalario adorno, un penacho triple, que all cuando se estren se
llamaba _Las tres potencias_. Tocle a Nucha la probatura de las
mantillas de blonda. A todo esto la tarde caa, y en el telaraoso
recinto del desvn se vea muy poco. La penumbra era favorable a los
planes de las muchachas; aprovechando la ocasin propicia, acercronse
disimuladamente las dos mayores a don Pedro, y mientras Rita le plantaba
en la cabeza un sombrero de tres picos, Manolita le echaba por los
hombros una chupa color trtola, con guirnaldas de flores azules y
amarillas.

Fue de confusin el momento que sigui a esta diablura sosa. Don Pedro,
medio a gatas porque de otro modo no se lo consenta la poca altura del
desvn, persegua a sus primas, resuelto a tomar memorable venganza; y
ellas, exhalando chillidos ratoniles, tropezando con los muebles y
cachivaches esparcidos aqu y acull, procuraban buscar la puertecilla
angosta, para evitar represalias. Mientras Rita se atrincheraba tras los
restos de una silla de manos y una desvencijada cmoda, huyeron dos
chicas, las menos valientes; y habiendo tenido Manolita la buena
ocurrencia de cegar momentneamente a su primo arrojndole a la cabeza
un chal, pudo evadirse tambin Rita, jefe nato del motn. Desenredarse
del chal hacindolo jirones, y lanzarse a la puerta y a la escalera en
seguimiento de la fugitiva, fueron acciones simultneas en don Pedro.

Salt impetuosamente los peldaos, precipitndose en el corredor a
tientas, guiado por su instinto de perseguidor de alimaas giles, que
oye delante de s el apresurado trotecillo de la hermosa res. En una
revuelta del pasillo le dio alcance. La defensa fue blanda, entrecortada
de risas. Don Pedro, determinado a infligir el castigo ofrecido, lo
aplic en efecto cerca de una oreja, largo y sonoro. Parecile que la
vctima no se resista entonces; mas deba ser errnea tan maliciosa
suposicin, porque Rita aprovech un segundo de suspensin de
hostilidades para huir nuevamente, gritando:

--A que no me coges otra vez, cobarde?

Engolosinado, olvidando el peligro del juego, el marqus ech detrs de
la prima, que se haba desvanecido ya en las negruras del pasadizo.
ste, irregular y tortuoso, serpeaba alrededor de parte de la casa,
quebrndose en inesperados codos, y a veces estrechndose como longaniza
mal rellena. Rita llevaba ventaja en sus familiares angosturas. Oy el
marqus chirriar puertas, indicio de que la chica se haba acogido al
sagrado de alguna habitacin. No estaba don Pedro para respetar
sagrados. Empuj la puerta tras la cual juzgaba parapetada a Rita. La
puerta resista como si tuviese algn obstculo delante; mas los puos
de don Pedro dieron cuenta fcilmente de la endeble trinchera de un par
de sillas, que vinieron al suelo con estrpito. Penetr en un cuarto
completamente oscuro, y por instinto alarg las manos a fin de no
tropezar con los muebles; advirti que algo rebulla en las tinieblas;
tante el aire y palp un bulto de mujer, que aprision en sus brazos
sin decir palabra, con nimo de repetir el castigo. Oh sorpresa! La
resistencia ms tenaz y briosa, la protesta ms desesperada, unas
manitas de acero que no poda cautivar, un cuerpo nervioso que se
sacuda rehuyendo toda presin, y al mismo tiempo varias exclamaciones
de profunda y verdadera congoja, dos o tres gritos ahogados que
demandaban socorro.... Diantre! Aquello no se pareca a lo otro, no....
Por ciego y exaltado que estuviese el marqus, hubo de comprender....
Sinti una confusin inslita en l, y solt a la chica.

--Nuchia, no llores.... Calla, mujer.... Ya te dejo; no te hago nada....
Aguarda un instante.

Registr precipitadamente sus bolsillos, rasc un fsforo, mir
alrededor, encendi una vela puesta en un candelabro.... Nucha, vindose
libre, callaba; pero se mantena a la defensiva. Volvi el marqus a
disculparse y a consolarla.

--Nucha, no seas chiquilla.... Perdona, mujer.... Dispensa, no crea que
eras t.

Conteniendo un sollozo, exclam Nucha:

--Fuese quien fuese.... Con las seoritas no se hacen estas brutalidades.

--Hija ma, tu seora hermanita me busc..., y el que me busca, que no se
queje si me encuentra.... Ea, no haya ms, no ests as disgustada. Qu
va a decir de m el to? Pero an lloras, mujer? Cuidado que eres
sensible de veras. A ver, a ver esa cara.

Alz el candelabro para alumbrar el rostro de Nucha. Estaba sta
encendida, demudada, y por sus mejillas corra despacio una lgrima;
pero al darle la luz en los ojos, no pudo menos de sonrer ligeramente y
secar el llanto con su pauelo.

--Hija! Cualquiera se te atreve! Eres una fierecita! Y hasta fuerza
en los puos descubres en esos momentos! Diantre!

--Vete--orden Nucha recobrando su seriedad--. sta es mi habitacin, y no
me parece decente que te ests metido en ella.

Dio el marqus dos pasos para salir; y volvindose de pronto, pregunt:

--Quedamos amigos? Se hacen las paces?

--S, con tal que no vuelvas a las andadas--respondi con sencillez y
firmeza Nucha.

--Qu me hars si vuelvo?--interrog risueo el hidalgo campesino--. Capaz
eres de dejarme en el sitio de una manotada, chica.

--No por cierto.... No tengo yo fuerzas para tanto. Har otra cosa.

--Cul?

--Decrselo a pap, muy clarito, para que se fije en lo que de seguro no
se le habr pasado por la cabeza: que no parece natural vivir t aqu no
siendo nuestro hermano y siendo nosotras muchachas solteras. Ya s que
es un atrevimiento meterme a enmendarle la plana a pap; pero l no ha
reparado en esto, ni te cree capaz de gracias como las de hoy. En cuanto
note algo, se le ha de ocurrir sin que yo se lo sople al odo, pues no
soy quin para aconsejar a mi padre.

--Caramba! Lo dices de un modo..., como si fuese cuestin de vida o
muerte!

--Pues as.

Marchse con estas despachaderas el marqus, y a la hora de la cena
estuvo taciturno y metido en s, haciendo caso omiso de las zalameras
de Rita. Nucha, aunque un poco alterada la fisonoma, se mostr como
siempre, afable, tranquila y atenta al buen servicio y orden de la mesa.
Aquella noche el marqus no dej dormir a Julin, entretenindole hasta
las altas horas con larga y tendida pltica. Los das siguientes fueron
de tregua; don Pedro sala bastante, y se le vea mucho en el Casino,
junto a la tribuna de los maldicientes. No perda all el tiempo.
Informbase de particularidades que le importaban, por ejemplo, el
verdadero estado de fortuna de su to. En Santiago se deca lo que l
sospechaba ya: don Manuel Pardo mejoraba en tercio y quinto a su
primognito Gabriel, que entre la mejora, su legtima y el vnculo,
vendra a arramblar con casi toda la casa de la Lage. No restaba ms
esperanza a las primitas que la herencia de una ta soltera, doa
Marcelina, madrina de Nucha por ms seas, que resida en Orense,
atesorando srdidamente y viviendo como una rata en su agujero. Estas
nuevas dieron en qu pensar a don Pedro, que desvel a Julin algunas
noches ms. Al cabo adopt una resolucin definitiva.

Estremecise de placer don Manuel Pardo viendo al sobrino entrar en su
despacho una maana, con la expresin indefinible que se nota en el
rostro y continente de quien viene a tratar algo de importancia. Haba
odo don Manuel que donde hay varias hermanas, lo difcil es deshacerse
de la primera, y despus las otras se desprenden de suyo, como las
cuentas de una sarta tras la ms prxima al cabo del hilo. Colocada
Rita, lo dems era tortas y pan pintado. Con Manolita cargara por
ltimo el finchado seorito de la Formoseda; a Carmen se le quitaran de
la cabeza ciertas locuras y siendo tan linda no le faltara buen
acomodo; y Nucha.... Lo que es Nucha no le haca a l peso en casa, pues
la gobernaba a las mil maravillas; adems, a fuer de heredera presunta
de su madrina, no necesitaba ampararse casndose. Si no hallaba marido,
vivira con Gabriel cuando ste, acabada la carrera, se estableciese
segn conviene al mayorazgo de la Lage. Con tan gratos pensamientos, don
Manuel abri los odos para mejor recibir el roco de las palabras de su
sobrino.... Lo que recibi fue un escopetazo.

--Por qu se asusta usted tanto, to?--exclamaba don Pedro gozando en sus
adentros con la mortificacin y asombro del viejo hidalgo--. Hay
impedimento? Tiene Nucha otro novio?

Comenz don Manuel a poner mil objeciones, callndose algunas que no
eran para dichas. Sali la corta edad de la muchacha, su delicada salud,
y hasta su poca hermosura aleg el padre, sazonando la observacin con
alusiones no muy reservadas al buen palmito de Rita y al mal gusto de no
preferirla. Dio al sobrino manotadas en los hombros y en las rodillas;
gast chanzas, quiso aconsejarle como se aconseja a un nio que escoge
entre juguetes; y por ltimo, tras de referir varios chascarrillos
adecuados al asunto y contados en dialecto, acab por declarar que a las
dems chicas les dara algo al contraer matrimonio, pero que a Nucha...
como esperaba heredar lo de su ta.... Los tiempos estaban malos,
_abof_.... Luego, encarndose con el marqus, le interrog:

--Y qu dice esa mosquita muerta de Nucha, vamos a ver?

--Usted se lo preguntar, to.... Yo no le dije cosa de sustancia...! Ya
vamos viejos para andar haciendo cocos.

Oh y qu marejada hubo en casa de la Lage por espacio de una quincena!
Entrevistas con el padre, cuchicheos de las hermanas entre s,
trasnochadas y madrugonas, batir de puertas, lloreras escondidas que
denunciaban ojos como puos, trastornos en las horas de comer,
conferencias con amigos sesudos, curiosidades de duea oficiosa que
apaga el ruido de su pisar para sorprender algo al abrigo de una
cortina, todas las dramticas menudencias que acompaan a un grave
suceso domstico.... Y como en provincia las paredes son de cristal, se
murmur en Santiago desaforadamente, glosando los _escndalos_ ocurridos
entre las seoritas de la Lage por causa del primo. Se acus a Rita de
haber insultado agriamente a su hermana porque le quitaba el novio, y a
Carmen de ayudarla, porque Nucha reprenda su ventaneo. Se censur a
Nucha tambin por falsa e hipcrita. Se le royeron los zancajos a don
Manuel, afirmando que haba dicho en toda confianza a persona que lo
repiti en toda intimidad: El sobrino no me haba de salir de aqu sin
una de las chicas, y como se le antoj Nucha, hubo que drsela. Se
asegur que las hermanas no cruzaban ya palabra alguna en la mesa, y lo
confirm ver a Rita en paseo sola con Carmen delante, mientras el primo
segua detrs con don Manuel y Nucha. sta iba como avergonzada,
cabizbaja y modesta. Crecieron los comentarios cuando Rita sali para
Orense, a acompaar una temporada a la ta Marcelina, segn dijo, y don
Pedro para una posada, por no considerarse decoroso que los novios
viviesen bajo un mismo techo en vsperas de boda.

sta se efectu llegada la dispensa pontificia, hacia fines del mes de
agosto. No faltaron los indispensables requisitos: finezas mutuas,
regalos de amigos y parientes, cajas de dulces muy emperifolladas para
repartir, buen ajuar de ropa blanca, las _galas_ venidas de Madrid en un
cajn monstruo. Dos o tres das antes de la ceremonia se recibi un
paquetito procedente de Segovia, y dentro de l un estuche. Contena una
sortija de oro muy sencilla, y una cartulina figurando tarjeta, que
deca: A mi inolvidable hermana Marcelina, su ms amante hermano,
Gabriel. La novia llor bastante con el obsequio de _su nio_, psolo
en el dedo meique de la mano izquierda, y all se le reuni el otro
anillo que en la iglesia le cieron.

Casronse al anochecer, en una parroquia solitaria. Vesta la novia de
rico gro negro, mantilla de blonda y aderezo de brillantes. Al regresar
hubo refresco para la familia y amigos ntimos solamente: un refresco a
la antigua espaola, con almbares, sorbetes, chocolate, vino generoso,
bizcochos, dulces variadsimos, todo servido en macizas salvillas y
bandejas de plata, con gran etiqueta y compostura. No adornaban la mesa
flores, a no ser las rosas de trapo de las _tartas_ o ramilletes de
pionate; dos candelabros con bujas, altos como mecheros de catafalco,
solemnizaban el comedor; y los convidados, transidos an del miedo que
infunde el terrible sacramento del matrimonio visto de cerca, hablaban
bajito, lo mismo que en un duelo, esmerndose en evitar hasta el repique
de las cucharillas en la loza de los platos. Pareca aquello la comida
postrera de los reos de muerte. Verdad es que el seor don Nemesio
Angulo, eclesistico en extremo cortesano y afable, antiguo amigo y
tertuliano de don Manuel y autor de la dicha de los cnyuges, a quienes
acababa de bendecir, intent soltar dos o tres cosillas festivas, en
tono decentemente jovial, para animar un poco la asamblea; pero sus
esfuerzos se estrellaron contra la seriedad de los concurrentes. Todos
estaban--es la frase de cajn--_muy afectados_, incluso el seorito de la
Formoseda, que acaso pensaba cuando la barba de tu vecino..., y
Julin, que viendo colmados sus deseos y votos ardentsimos, triunfante
su candidatura, senta no obstante en el corazn un peso raro, como si
algn presentimiento cruel se lo abrumase.

Seria y solcita, la novia atenda y serva a todo el mundo; dos o tres
veces su pulso desasentado le hizo verter el Pajarete que escanciaba al
buen don Nemesio, colocado en sitio preferente, a su derecha. El novio
entretanto conversaba con los hombres, y, al alzarse de la mesa,
reparti excelentes cigarros de que tena rellena la petaca. Nadie
aludi al trascendental acontecimiento, ni se atrevi a decir la menor
chanza que pudiese poner colorada a la novia; pero al despedirse los
convidados, algunos caballeros recalcaron maliciosamente las _buenas
noches_, mientras matronas y doncellas, besando con estrpito a la
desposada, le chillaban al odo: Adis, _seora_.... Ya eres _seora_,
ya no es posible llamarte _seorita_..., celebrando tan trivial
observacin con afectadas risas, y mirando a Nucha como para
aprendrsela de memoria. Cuando todos fueron saliendo, don Manuel Pardo
se acerc a su hija, y la oprimi contra el pecho colosal, sellndole la
frente con besos muy cariosos. Hallbase realmente conmovido el seor
de la Lage: era la primera vez que casaba una hija; senta desbordarse
en su alma la paternidad, y al tomar de la mano a Nucha para conducirla
a la cmara nupcial, alumbrndoles el camino Misia Rosario con un
candelabro de cinco brazos cogido de la mesa del comedor, no acertaba a
pronunciar palabra, y un poco de humedad se asomaba a sus lagrimales
ridos, y una sonrisa de orgullo y placer entreabra al mismo tiempo su
boca. En el umbral pudo exclamar al cabo:

--Si levantase la cabeza tal da como hoy tu madre que en gloria est!

Ardan en el tocador de la estancia dos velas puestas en candeleros no
menos empinados y majestuosos que los candelabros del refresco; y como
no la iluminaba otra luz, ni se haba soado siquiera en el clsico
globo de porcelana que es de rigor en todo voluptuoso camarn de novela,
impregnaba la alcoba ms misterio religioso que nupcial, completando su
analoga con una capilla u oratorio la forma del tlamo, cuyas cortinas
de damasco rojo franjeadas de oro se parecan exactamente a colgaduras
de iglesia, y cuyas sbanas blanqusimas, tersas y almidonadas, con
randas y encajes, tenan la casta lisura de los manteles de altar.
Cuando el padre se retiraba ya, murmurando Adis, Nuchia, hija
querida, la novia le asi la diestra y se la bes humildemente, con
labios secos, abrasados de calentura. Qued sola. Temblaba como la hoja
en el rbol, y al travs de sus crispados nervios corra a cada instante
el escalofro de la _muerte chiquita_, no por miedo razonado y
consciente, sino por cierto pavor indefinible y sagrado. Parecale que
aquella habitacin donde reinaba tan imponente silencio, donde ardan
tan altas y graves las luces, era el mismo templo en que no haca dos
horas an se haba puesto de hinojos.... Volvi a arrodillarse, divisando
all en la sombra de la cabecera del lecho el antiguo Cristo de bano y
marfil, a quien el cortinaje formaba severo dosel. Sus labios murmuraban
el consuetudinario rezo nocturno: Un Padrenuestro por el alma de
mam.... Oyronse en el corredor pisadas recias, crujir de botas
flamantes, y la puerta se abri.




Tomo II




-XII-


Quedaban migajas, no muy aejas an, del pan de la boda, cuando don
Pedro celebr con Julin una conferencia, conviniendo ambos en lo
urgente de que el capelln se adelantase a salir a los Pazos para
adoptar varias precauciones indispensables y civilizar algo la huronera,
mientras no iban a vivirla sus dueos. Julin acept la comisin, y
entonces el seorito mostr remordimientos o escrpulos de habrsela
encomendado.

--Mire usted--advirti--que all se necesitan muchas agallas.... Primitivo
es hombre de malos hgados, capaz de darle a usted cien vueltas....

--Dios delante. Matar no me matar.

--No lo diga usted dos veces--insisti el seor de Ulloa, impulsado por
voces de su conciencia, que en aquel momento se dejaban or claras y
apremiantes--. Ya le avis a usted en otra ocasin de cmo es Primitivo:
capaz de cualquier desafuero.... Lo que yo no creo es que vaya a cometer
barbaridades por gusto de cometerlas, ni aun en el primer momento,
cuando le ciega el deseo de la venganza.... Con todo....

No era sta la nica vez que don Pedro manifestaba sagacidad en el
conocimiento de caracteres y personas, don esterilizado por la falta de
nociones de cultura moral y delicadeza, de sas que hoy exige la
sociedad a quien, mediante el nacimiento, la riqueza o el poder, ocupa
en ella lugar preeminente.

Prosigui el seorito:

--Primitivo no es un brbaro.... Pero es un bribn redomado y taimadsimo,
que no se para en barras con tal de lograr sus fines.... Demontres!
Harto estoy de saberlo.... El da que nos vinimos... si l pudiese
detenernos soplndonos un tiro a mansalva... no doy dos cuartos por su
pellejo de usted ni por el mo.

Estremecise Julin, y se le borraron las rosadas tintas de los pmulos.
No era de madera de hroes, lo cual le sala a la cara. A don Pedro le
diverta infinito el miedo del capelln. En la ndole de don Pedro haba
un fondo de crueldad, sostenido por su vida grosera.

--Apostemos--exclam rindose--que la cruz aqulla del camino va usted a
pasarla rezando.

--No digo que no--contest Julin repuesto ya--; mas no por eso me niego a
ir. Es mi deber; de suerte que no hago nada de extraordinario en
cumplirlo. Dios sobre todo.... A veces no es tan fiero el len como lo
pintan.

--No le tiene cuenta ahora a Primitivo meterse en dibujos.

Call Julin. Al cabo exclam:

--Seorito, si usted adoptase una buena resolucin! Echar a ese hombre,
seorito, echarlo!

--Calle usted, hombre, calle usted.... Le pondremos a raya.... Pero eso de
echar.... Y los perros? Y la caza? Y aquellas gentes, y todo aquel
cotarro, que nadie me lo entiende sino l? Desengese usted: sin
Primitivo no me arreglo yo all.... Haga usted la prueba, slo por gusto,
de aquillotrarme algunas cosas de las que Primitivo maneja durmiendo....
Adems, crea usted lo que le digo, que es como el Evangelio: si echa
usted a Primitivo por la puerta, se nos entrar por la ventana.
Diantre! Si sabr yo quin es Primitivo!

Julin balbuci:

--Y... de lo dems...?

--De lo dems.... Arrglese usted como quiera.... Lleva usted plenos
poderes.

Ya lo creo que los llevaba! As llevase tambin alguna receta eficaz
para servirse de ellos! Investido de autoridad omnmoda, Julin senta
en el fondo del alma una especie de compasin por la desvergonzada
manceba y el hijo espurio. Este ltimo sobre todo. Qu culpa tena el
pobre inocente de las bellaqueras maternales? Siempre pareca duro
arrojarle de una casa donde, al fin y al cabo, el dueo era su padre.
Julin no se hubiera encargado jams de tan ingrata comisin a no
parecerle que iba en ello la salvacin eterna de don Pedro, y tambin el
sosiego temporal de la que l segua llamando _seorita Marcelina_,
contra el dictamen de las convidadas a la boda.

No sin aprensin cruz de nuevo el triste pas de lobos que anteceda al
valle de los Pazos. El cazador le aguardaba en Cebre, e hicieron la
jornada juntos; Primitivo, por ms seas, se mostr tan sumiso y
respetuoso, que Julin, quien al revs que don Pedro posea el don de
errar en el conocimiento prctico de las gentes, guardando los aciertos
para el terreno especulativo y abstracto, fue poco a poco desechando la
desconfianza, y persuadindose de que ya no tena el zorro intenciones
de morder. El rostro impasible de Primitivo no revelaba rencor ni enojo.
Con su laconismo y seriedad habituales, hablaba del tiempo desapacible y
metido en agua, que casi no haba consentido majar, ni segar el maz, ni
vendimiar como Dios manda, ni cumplir en paz ninguna de las grandes
faenas agrcolas. Estaba en efecto el camino encharcado, lleno de
aguazales, y como haba llovido por la maana tambin, los pinos dejaban
escurrir de las verdes y brillantes pas de su ramaje gotas de agua que
se aplastaban en el sombrero de los viajeros. Julin iba perdiendo el
miedo y un gozo muy puro le inundaba el espritu cuando salud al
crucero con verdadera efusin religiosa.

Bendito seas, Dios mo--pensaba para s--, pues me has permitido cumplir
una obra buena, grata a tus ojos. He encontrado en los Pazos, hace un
ao, el vicio, el escndalo, la grosera y todas las malas pasiones; y
vuelvo trayendo el matrimonio cristiano, las virtudes del hogar
consagrado por ti. Yo, yo he sido el agente de que te has valido para
tan santa obra.... Dios mo, gracias.

Cortaron el soliloquio ladridos vehementes: era la jaura del marqus,
que sala a recibir al montero mayor, haciendo locas demostraciones de
regocijo, zarandeando los rabos mutilados y abriendo de una cuarta las
fresqusimas bocas. Acaricilos Primitivo con su enjuta mano, pues era
sumamente afectuoso para los perros; y al nieto, que en pos de los
perros vena, le dio una especie de festivo soplamocos. Quiso Julin
besar al nio, pero ste se puso en polvorosa antes de que pudiese
lograrlo; y el capelln experiment otra vez compasivos remordimientos,
causados por la vista de la ya repudiada criatura. A Sabel la hall en
el sitio de costumbre, entre sus pucheros, pero sin el antiguo squito
de aldeanas viejas y mozas, de la Sabia y su dilatada progenie. Reinaba
en la cocina orden perfecto: todo limpio, sosegado y solitario; la
persona ms severa y amiga de censurar no encontrara qu. El capelln
comenzaba a sentirse confuso viendo en ausencia suya tanto arreglo, y a
temer que su venida lo trastornara: idea dictada por su nativa timidez.
A la hora de cenar aument su sorpresa. Primitivo, ms blando que un
guante, le daba cuenta en voz reposada de lo ocurrido all durante medio
ao, en materia de vacas paridas, obras emprendidas, rentas cobradas; y
mientras el padre reconoca as su autoridad superior, la hija le serva
diligente y humilde, con pegajosa dulzura de animal domstico que
implora caricias. No saba Julin qu cara poner en vista de una acogida
tan cordial.

Crey que mudaran de actitud al da siguiente, cuando, haciendo uso de
los plensimos poderes y facultades omnmodas de que vena investido,
orden a la Agar y al Ismael de aquel patriarcado emigrar al desierto.
Milagro asombroso! Tampoco se alter entonces la mansedumbre de
Primitivo.

--Los seoritos traern cocinera de all, de Santiago...--explicaba
Julin, para fundar en algo la expulsin.

--Por supuesto...--respondi Primitivo con la mayor naturalidad del
mundo--. All en la _vila_ gusase de otro modo.... Los seores tienen la
boca acostumbrada.... Cuadra bien, que yo tambin le iba a pedir que le
escribiese al seor marqus de traer quien cocinase.

--Usted?--exclam Julin, estupefacto.

--S, seor.... La hija se me quiere casar....

--Sabel?

--Sabel, s, seor, anda en eso.... Con el gaitero de Naya, el _Gallo_....
Por de contado se empea en irse para su casa, as que les echen las
bendiciones....

Sinti Julin un sofocn de pura alegra. No pudo menos de pensar que en
todo aquel negocio de Sabel andaba visiblemente la mano de la
Providencia. Sabel casada, alejada de all; el peligro conjurado; las
cosas en orden, la salvacin segura! Una vez ms dio gracias al Dios
bondadoso que quita los estorbos de delante cuando la mezquina previsin
humana no cree posible removerlos siquiera.... La satisfaccin que le
rebosaba en el semblante era tal, que se avergonz de mostrarla ante
Primitivo, y empez a charlar aprisa, por disimulo, felicitando al
cazador y augurando a Sabel un porvenir de ventura en el nuevo estado.
Aquella noche misma escribi al marqus la buena noticia.

Pasaron das, siempre bonancibles. Prosegua Sabel mansa, Primitivo
complaciente, Perucho invisible, la cocina desierta. Slo notaba Julin
cierta resistencia pasiva en lo tocante al gobierno de los estados y
hacienda del marqus. En este terreno le fue absolutamente imposible
adelantar una pulgada. Primitivo sostena su posicin de verdadero
administrador, apoderado, y, entre bastidores, autcrata: Julin
comprenda que sus plenos poderes importaban tanto como la carabina de
Ambrosio, y hasta pudo cerciorarse, por indicios evidentes, de que el
influjo que ejerca el cazador en el circuito de los Pazos iba
hacindose extensivo a toda la comarca; a menudo venan a conferenciar
con el mayordomo, en actitud respetuosa y servil, gentes de Cebre, de
Castrodorna, de Bon, de puntos ms distantes todava. En cuatro leguas
a la redonda no se mova una paja sin intervencin y aquiescencia de
Primitivo. No posea Julin fuerzas para luchar con l, ni lo intentaba,
parecindole secundario el perjuicio que a la casa de Ulloa originase la
mala administracin de Primitivo, en proporcin al dao inmenso que
estuvo a punto de causarle Sabel. Descartarse de la hija lo tena l por
importante; en cuanto al padre....

Verdad es que la hija no se marchaba tampoco; pero se marchara, no
faltaba ms! Quin duda que se marchara? Tranquilizaba a Julin una
seal en su concepto infalible: el haber sorprendido cierto anochecer,
cerca del pajar, a Sabel y al gallardo gaitero entretenidos en coloquios
ms dulces que edificantes. Le ruboriz el encuentro, pero hizo la vista
gorda reflexionando que aquello era, por decirlo as, la antesala del
altar. Seguro de la victoria respecto a la mala hembra, transigi en lo
relativo al mayordomo. Cuanto ms que ste no rechazaba las indicaciones
de Julin, ni le llevaba la contraria en cosa alguna. Si el capelln
ideaba planes, censuraba abusos o insista en la urgente necesidad de
una reforma, Primitivo aprobaba, allanaba el camino, sugera medios, de
palabra se entiende; al llegar a la realizacin, ya era harina de otro
costal: empezaban las dificultades, las dilaciones: que hoy... que
maana.... No hay fuerza comparable a la inercia. Primitivo deca a
Julin para consolarle:

--Una cosa es hablar, y otra hacer....

O matar a Primitivo, o entregrsele a discrecin: el capelln comprenda
que no quedaba otro recurso. Fue un da a desahogar sus cuitas con don
Eugenio, el abad de Naya, cuyos discretos pareceres le alentaban mucho.
Encontrle todo alborotado con los noticiones polticos, que acababan de
confirmar los pocos peridicos que se reciban en aquellos andurriales.
La marina se haba sublevado, echando del trono a la reina, y sta se
encontraba ya en Francia, y se constitua un gobierno provisional, y se
contaba de una batalla reidsima en el puente de Alcolea, y el ejrcito
se adhera, y el diablo y su madre.... Don Eugenio andaba, de puro
excitado, medio loco, proyectando irse a Santiago sin dilacin para
saber noticias ciertas. Qu diran el seor Arcipreste y el abad de
Bon! Y Barbacana? Ahora s que Barbacana estaba fresco: su eterno
adversario Trampeta, amigo de los unionistas, se le montara encima por
los siglos de los siglos, amn. Con el embullo de estos acontecimientos,
apenas atendi el abad de Naya a las tribulaciones de Julin.




-XIII-


Transcurrido algn tiempo de vida familiar con suegro y cuadas, don
Pedro ech de menos su huronera. No se acostumbraba a la metrpoli
arzobispal. Ahogbanle las altas tapias verdosas, los soportales
angostos, los edificios de lbrego zagun y escalera sombra, que le
parecan calabozos y mazmorras. Fastidibale vivir all donde tres gotas
de lluvia meten en casa a todo el mundo y engendran instantneamente una
triste vegetacin de hongos de seda, de enormes paraguas. Le incomodaba
la perenne sinfona de la lluvia que se deslizaba por los canalones
abajo o retia en los charcos causados por la depresin de las
baldosas. Quedbanle dos recursos no ms para combatir el tedio:
discutir con su suegro o jugar un rato en el Casino. Ambas cosas le
produjeron en breve, no hasto, pues el verdadero hasto es enfermedad
moral propia de los muy refinados y sibaritas de entendimiento, sino
irritacin y sorda clera, hija de la secreta conviccin de su
inferioridad. Don Manuel era superior a su sobrino por el barniz de
educacin adquirido en dilatados aos de existencia ciudadana y el
consiguiente trato de gentes, as como por aquel bien entendido orgullo
de su nacimiento y apellido, que le salvaba de _adocenarse_ (era su
expresin predilecta). Aparte de la mana de referir en las sobremesas y
entre amigos de confianza mil ancdotas, no contrarias al pudor, pero s
a la serenidad del estmago de los oyentes, era don Manuel persona
corts y de buenas formas para presidir, verbigracia, un duelo, asistir
a una junta en la Sociedad Econmica de Amigos del Pas, llevar el
estandarte en una procesin, ser llamado al despacho de un gobernador en
consulta. Si deseaba retirarse al campo, no le atraa tan slo la
perspectiva de dar rienda suelta a instintos selvticos, de andar sin
corbata, de no pagar tributo a la sociedad, sino que le solicitaban
aficiones ms delicadas, de origen moderno: el deseo de tener un jardn,
de cultivar frutales, de hacer obras de albailera, distraccin que le
embelesaba y que en el campo es ms barata que en la ciudad. Adems, el
fino trato de su mujer, la perpetua compaa de sus hijas suavizara ya
las tradiciones rudas que por parte de los la Lage conservaba don
Manuel: cinco hembras respetadas y queridas civilizan al hombre ms
agreste. He aqu por qu el suegro, a pesar de encontrarse
cronolgicamente una generacin ms atrs que su yerno, estaba
moralmente bastantes aos delante.

Trataba don Manuel de descortezar a don Pedro; y no slo fue trabajo
perdido, sino contraproducente, pues recrudeci su soberbia y le
infundi mayores deseos de emanciparse de todo yugo. Aspiraba el seor
de la Lage a que su sobrino se estableciese en Santiago, levantando la
casa de los Pazos y visitndola los veranos solamente, a fin de
recrearse y vigilar sus fincas; y al dar tales consejos a su yerno, los
entreveraba con indirectas y alusiones, para demostrar que nada ignoraba
de cuanto suceda en la vieja madriguera de los Ulloas. Este gnero de
imposicin y fiscalizacin, aunque tan disculpable, irrit a don Pedro,
que segn deca, no aguantaba ancas ni gustaba de ser manejado por nadie
en el mundo.

--Por lo mismo--declar un da delante de su mujer--vamos a tomar soleta
pronto. A m nadie me trae y lleva desde que pas de chiquillo. Si callo
a veces, es porque estoy en casa ajena.

Estar en casa ajena le exaltaba. Todo cuanto vea lo encontraba
censurable y antiptico. El decoroso fausto del seor de la Lage; sus
bandejas y candelabros de plata; su mueblaje rico y antiguo; la
respetabilidad de sus relaciones, compuestas de lo ms selecto de la
ciudad; su honesta tertulia nocturna de cannigos y personas formales
que venan a hacerle la partida de tresillo; sus criados respetuosos, a
veces descuidados, pero nunca insolentes ni entrometidos, todo se le
figuraba a don Pedro stira viviente del desarreglo de los Pazos, de
aquella vida torpe, de las comidas sin mantel, de las ventanas sin
vidrios, de la familiaridad con mozas y gaanes. Y no se le despertaba
la saludable emulacin, sino la ruin envidia y su hermano el ceudo
despecho. nicamente le consolaban los desatinados amoros de Carmen;
celebraba la gracia, frotndose las manos, siempre que en el Casino se
comentaba la procacidad del estudiante y el descaro de la chiquilla.
Que rabiase su suegro! No bastaba tener sillas de damasco y alfombras
para evitar escndalos.

Los altercados de don Pedro con su to iban agrindose, y vino a
envenenarlos la discusin poltica, que enzarza ms que ninguna otra,
especialmente a los que discuten por impresin, sin ideas fijas y
razonadas. Fuerza es confesar que el marqus estaba en este caso. Don
Manuel no era ningn lince, pero afiliado platnicamente desde muchos
aos atrs al partido moderado puro, hecho a leer peridicos, conoca la
rutina; y haba tomado tan a contrapelo el chasco de Gonzlez Bravo y la
marcha de Isabel II, que se disparaba, ponindose a dos dedos de
ahogarse, cuando el sobrino, por molestarle, le contradeca, disculpaba
a los revolucionarios, repeta las enormidades que la prensa y las
lenguas de entonces propalaban contra la majestad cada, y aparentaba
creerlas como artculo de fe. El to le rebata con acritud y calor,
alzando al cielo las gigantescas manos.

--All en las aldeas--deca--se traga todo, hasta el mayor disparate.... No
tenis formado el criterio, hijo, no tenis formado el criterio, sa es
vuestra desgracia.... Lo miris todo al travs de un punto de vista que
os forjis vosotros mismos... (este tremendo disparate deba haberlo
aprendido don Manuel en algn artculo de fondo). Hay que juzgar con la
experiencia, con la sensatez.

--Y usted se figura que somos tontos los que venimos de all...? Puede
ser que an tengamos ms pesquis, y veamos lo que ustedes no ven...
(aluda a su prima Carmen, colgada de la galera en aquel momento).
Crame usted, to, en todas partes hay bobalicones que se maman el
dedo.... Vaya si los hay!

La discusin tomaba carcter personal y agresivo; sola esto ocurrir a
la hora de la sobremesa; las tazas del caf chocaban furiosas contra los
platillos; don Manuel, trmulo de coraje, verta el anisete al llevarlo
a la boca; to y sobrino alzaban la voz mucho ms de lo regular, y
despus de algn descompasado grito o frase dura, haba instantes de
armado silencio, de muda hostilidad, en que las chicas se miraban y
Nucha, con la cabeza baja, redondeaba bolitas de miga de pan o doblaba
muy despacio las servilletas de todos deslizndolas en las anillas. Don
Pedro se levantaba de repente, rechazando su silla con energa, y,
haciendo temblar el piso bajo su andar fuerte, se largaba al Casino,
donde las mesas de tresillo funcionaban da y noche.

Tampoco all se encontraba bien. Sofocbale cierta atmsfera
intelectual, muy propia de ciudad universitaria. Compostela es pueblo en
que nadie quiere pasar por ignorante, y comprenda el seorito cunto se
mofaran de l y qu chacota se le preparaba, si se averiguase con
certeza que no estaba fuerte en ortografa ni en otras _as_ nombradas
all a menudo. Se le sublevaba su amor propio de monarca indiscutible en
los Pazos de Ulloa al verse tenido en menos que unos catedrticos
acatarrados y pergaminosos, y aun que unos estudiantes troneras, con las
botas rojas y el cerebro caliente y vibrante todava de alguna lectura
de autor moderno, en la Biblioteca de la Universidad o en el gabinete
del Casino. Aquella vida era sobrado activa para la cabeza del seorito,
sobrado entumecida y sedentaria para su cuerpo; la sangre se le
requemaba por falta de esparcimiento y ejercicio, la piel le peda con
mucha necesidad baos de aire y sol, duchas de lluvia, friegas de
espinos y escajos, plena inmersin en la atmsfera monts!

No poda sufrir la nivelacin social que impone la vida urbana; no se
habituaba a contarse como nmero par en un pueblo, habiendo estado
siempre de nones en su residencia feudal. Quin era l en Santiago? Don
Pedro Moscoso a secas; menos an: el yerno del seor de la Lage, el
marido de Nucha Pardo. El marquesado all se haba deshecho como la sal
en el agua, merced a la malicia de un viejecillo, miembro del
maldiciente triunvirato, a quien corresponda, por su acerada y
prodigiosa memoria y aos innumerables, el ramo de averiguacin y
esclarecimiento de aejos sucedidos, as como al ms joven, que
conocemos ya, tocaban las investigaciones de actualidad, viniendo a ser
cronista el uno y analista el otro de la metrpoli. El cronista, pues,
hizo su oficio desentraando la genealoga entera y verdadera de las
casas de Cabreira y Moscoso, probando ce por be que el ttulo de Ulloa
no corresponda ni poda corresponder sino al duque de tal y cual,
grande de Espaa, etc.; y demostrndolo mediante oportuna exhibicin de
la _Gua de Forasteros_. Por cierto que al instruir estas diligencias se
hizo bastante burla de don Pedro y del seor de la Lage, a quien se
acusaba de haber bordado la corona de marquesa en un juego de sbanas
regalado a su hija; inocente desliz que el analista confirm,
especificando dnde y cmo se haban marcado las susodichas sbanas, y
cunto haba costado el _escusn_ y el perendengue de la coronita.

Impaciente ya, resolvi don Pedro la marcha antes de que pasase la
inclemencia del invierno, a fines de un marzo muy esquivo y desapacible.
Sala el coche para Cebre tan de madrugada, que no se vea casi; haca
un fro cruel, y Nucha, acurrucada en el rincn del incmodo vehculo,
se llevaba a menudo el pauelo a los ojos, por lo cual su marido la
interpel con poca blandura:

--Parece que vienes de mala gana conmigo?

--Qu cosas tienes!--respondi la muchacha destapando el rostro y
sonriendo--. Es natural que sienta dejar al pobre pap y... y a las
chicas.

--Pues ellas--murmur el seorito--me parece que no te echarn memoriales
para que vuelvas.

Nucha call. El carruaje brincaba en los baches de la salida, y el
mayoral, con voz ronca, animaba al tiro. Alcanzaron la carretera y rod
el armatoste sobre una superficie ms igual. Nucha reanud el dilogo
preguntando a su marido pormenores relativos a los Pazos, conversacin a
que l se prestaba gustoso, ponderando hiperblicamente la hermosura y
salubridad del pas, encareciendo la antigedad del casern y alabando
la vida cmoda e independiente que all se haca.

--No creas--deca a su mujer, alzando la voz para que no la cubriese el
ruido de los cascabeles y el retemblar de los vidrios--, no creas que no
hay gente fina all.... La casa est rodeada de seoro principal: las
seoritas de Molende, que son muy simpticas; Ramn Limioso, un cumplido
caballero.... Tambin nos har compaa el Abad de Naya.... Pues y el
nuestro, el de Ulloa, que es presentado por m! se es tan mo como los
perros que llevo a cazar.... No le mando que ladre y que porte porque no
se me antoja. Ya vers, ya vers! All es uno alguien y supone algo.

A medida que se acercaban a Cebre, que entraba en sus dominios, se
redoblaba la alegre locuacidad de don Pedro. Sealaba a los grupos de
castaos, a los escuetos montes de aliaga y exclamaba regocijadsimo:

--Foro de casa...! Foro de casa...! No corre por ah una liebre que no
paste en tierra ma.

La entrada en Cebre acrecent su alborozo. Delante de la posada
aguardaban Primitivo y Julin; aqul con su cara de metal, enigmtica y
dura, ste con el rostro dilatado por afectuossima sonrisa. Nucha le
salud con no menor cordialidad. Bajaron los equipajes, y Primitivo se
adelant trayendo a don Pedro su lucia y viva yegua castaa. Iba ste a
montar, cuando repar en la cabalgadura que estaba dispuesta para Nucha,
y era una mula alta, maligna y tozuda, arreada con aparejo redondo, de
esos que por formar en el centro una especie de comba, ms parecen
hechos para despedir al jinete que para sustentarlo.

--Cmo no le has trado a la seorita la borrica?--pregunt don Pedro,
detenindose antes de montar, con un pie en el estribo y una mano asida
a las crines de la yegua, y mirando al cazador con desconfianza.

Primitivo articul no s qu de una pata coja, de un tumor fro....

--Y no hay ms borricos en el pas?, eh? A m no me vengas con eso. Te
sobraba tiempo para buscar diez pollinas.

Volvise hacia su mujer, y como para tranquilizar su conciencia,
preguntle:

--Tienes miedo, chica? T no estars acostumbrada a montar. Has andado
alguna vez en esta casta de aparejos? Sabes tenerte en ellos?

Nucha permaneca indecisa, recogiendo el vestido con la diestra, sin
soltar de la otra el saquillo de viaje. Al cabo murmur:

--Lo que es tenerme, s.... El ao pasado, cuando estuve de baos, mont
en mil aparejos nunca vistos.... Slo que ahora....

Solt el traje de repente, llegse a su marido, y le pas un brazo
alrededor del cuello, escondiendo la cara en su pechera como la primera
vez que haba tenido que abrazarle; y all, en una especie de murmullo o
secreteo dulcsimo, acab la frase interrumpida. Pintse en el rostro
del marqus la sorpresa, y casi al mismo tiempo la alegra inmensa,
radiante, el jbilo orgulloso, la exaltacin de una victoria. Y
apretando contra s a su mujer, con amorosa proteccin, exclam a
gritos:

--O no hay en tres leguas a la redonda una pollina mansa, o aunque la
tenga el mismo Dios del cielo y no la quiera prestar, aqu vendr para
ti, a fe de Pedro Moscoso. Aguarda, hija, aguarda un minuto nada ms....
O mejor dicho, entra en la posada y sintate.... A ver, un banco, una
silla para la seorita.... Espera, _Nuchia_, vengo volando. Primitivo,
acompame t. Abrgate, Nucha.

Volando no, pero s al cabo de media hora, volvi sin aliento. Traa del
ronzal una oronda borriquilla, bien arreada, dcil y segura: la propia
hacanea de la mujer del juez de Cebre. Don Pedro tom en brazos a su
esposa y la sent en la albarda, arreglndole la ropa con esmero.




-XIV-


As que pudieron conferenciar reservadamente capelln y seorito,
pregunt don Pedro, sin mirar cara a cara a Julin:

--Y... _sa_? Est todava por aqu? No la he visto cuando entramos.

Como Julin arrugase el entrecejo, aadi:

--Est, est.... Apostara yo cien pesos, antes de llegar, a que usted no
haba encontrado modo de sacudrsela de encima.

--Seorito, la verdad...--articul Julin bastante disgustado--. Yo no s
qu decir.... Ha sido una cosa que se ha ido enredando.... Primitivo me
jur y perjur que la muchacha se iba a casar con el gaitero de Naya....

--Ya s quin es--dijo entre dientes don Pedro, cuyo rostro se anubl.

--Pues yo... como era bastante natural, lo cre. Adems tuve ocasin de
persuadirme de que, en efecto, el gaitero y Sabel... tienen... trato.

--Ha averiguado usted todo eso?--interrog el marqus con irona.

--Seor, yo.... Aunque no sirvo mucho para estas cosas, quise informarme
para no caer de inocente.... He preguntado por ah y todo el mundo est
conforme en que andan para casarse; hasta don Eugenio, el abad de Naya,
me dijo que el muchacho haba pedido sus papeles. Y por cierto que, a
pretexto de no s qu enredo o dificultad en los tales papeles dichosos,
no se hizo la cosa todava.

Quedse don Pedro callado, y al fin prorrumpi:

--Es usted un santo. Ya podan venirme a m con sas.

--Seor, la verdad es que si tuvieron intencin de engaarme... digo que
son unos grandsimos pillos. Y la Sabel, si no est muerta y penada por
el gaitero, lo figura que es un asombro. Hace dos semanas fue a casa de
don Eugenio y se le arrodill llorando y pidiendo por Dios que se diese
prisa a arreglarle el casamiento, porque aquel da sera el ms feliz de
su vida. Don Eugenio me lo ha contado, y don Eugenio no dice una cosa
por otra.

--Bribona! Bribonaza!--tartamude el seorito, iracundo, pasendose por
la habitacin aceleradamente.

Sosegse no obstante muy luego, y agreg:

--No me pasmo de nada de eso, ni digo que don Eugenio mienta; pero...
usted... es un papanatas, un infeliz, porque aqu no se trata de Sabel,
entiende usted?, sino de su padre, de su padre. Y su padre le ha
engaado a usted como a un chino, vamos. La... mujer sa, bien comprendo
que rabia por largarse; mas Primitivo es abonado para matarla antes que
tal suceda.

--No, si tambin empezaba yo a maliciarme eso.... Mire usted que empezaba
a malicirmelo.

El seorito se encogi de hombros con desdn, y exclam:

--A buena hora.... Deje usted ya de mi cuenta este asunto.... Y por lo
dems..., qu tal, qu tal?

--Muy mansos..., como corderos.... No se me han opuesto de frente a nada.

--Pero habrn hecho de lado cuanto se les antoje.... Mire usted, don
Julin, a veces me dan ganas de empapillarle a usted. Lo mismito que a
los pichones.

Julin replic todo compungido:

--Seorito, acierta usted de medio a medio. No hay forma de conseguir
nada aqu si Primitivo se opone. Tena usted razn cuando me lo
aseguraba el ao pasado. Y de algn tiempo ac, parece que an le tienen
mayor respeto, por no decir ms miedo. Desde que se arm la revolucin y
andan agitadas las cosas polticas, y cada da recibimos una noticia
gorda, creo que Primitivo se mezcla en esos enredos, y recluta satlites
en el pas.... Me lo ha asegurado don Eugenio, aadiendo que ya antes
tena subyugada a mucha gente prestando a rditos.

Guardaba silencio don Pedro. Por fin alz la cabeza y dijo:

--Se acuerda usted de la burra que hubo que buscar en Cebre para mi
mujer?

--No me he de acordar!

--Pues la seora del juez..., rase usted un poco, hombre..., la seora
del juez se avino a prestrmela porque iba Primitivo conmigo. Si no....

No hizo Julin reflexin alguna acerca de un suceso que tanto indignaba
al marqus. Al terminar la conferencia, don Pedro le puso la mano en el
hombro.

--Y por qu no me da usted la enhorabuena, desatento?--exclam con
aquella misma irradiacin que haban tenido sus pupilas en Cebre.

Julin no entenda. El seorito se explic cayndosele la baba de gozo.
S, seor, para octubre, el tiempo de las castaas..., esperaba el mundo
un Moscoso, un Moscoso autntico y legtimo... hermoso como un sol
adems.

--Y no puede tambin ser una Moscosita?--pregunt Julin despus de
reiteradas felicitaciones.

--Imposible!--grit el marqus con toda su alma. Y como el capelln se
echase a rer, aadi:--Ni de guasa me lo anuncie usted, don Julin.... Ni
de guasa. Tiene que ser un chiquillo, porque si no le retuerzo el
pescuezo a lo que venga. Ya le he encargado a Nucha que se libre bien de
traerme otra cosa ms que un varn. Soy capaz de romperle una costilla
si me desobedece. Dios no me ha de jugar tan mala pasada. En mi familia
siempre hubo sucesin masculina: Moscosos cran Moscosos, es ya
proverbial. No lo ha reparado usted cuando estuvo almorzndose el polvo
del archivo? Pero usted es capaz de no haber reparado tampoco el estado
de mi mujer, si no le entero yo ahora.

Y era verdad. No slo no lo haba echado de ver, sino que tan natural
contingencia no se le haba pasado siquiera por las mientes. La
veneracin que por Nucha senta y que iba acrecentndose con el trato,
cerraba el paso a la idea de que pudiesen ocurrirle los mismos percances
fisiolgicos que a las dems hembras del mundo. Justificaba esta
candorosa niera el aspecto de Nucha. La total inocencia, que se
pintaba en sus ojos vagos y como perdidos en contemplaciones de un mundo
interior, no haba menguado con el matrimonio; las mejillas, un poco ms
redondeadas, seguan tindose del carmn de la vergenza por el menor
motivo. Si alguna variacin poda observarse, algn signo revelador del
trnsito de virgen a esposa, era quizs un aumento de pudor; pudor, por
decirlo as, ms consciente y seguro de s mismo; instinto elevado a
virtud. No se cansaba Julin de admirar la noble seriedad de Nucha
cuando una chanza atrevida o una palabra malsonante hera sus odos; la
dignidad natural, que era como su propia envoltura, escudo impalpable
que la resguardaba hasta contra las osadas del pensamiento; la bondad
con que agradeca la atencin ms leve, pagndola con frases compuestas,
pero sinceras; la serenidad de toda su persona, semejante al caer de una
tarde apacibilsima. Parecale a Julin que Nucha era ni ms ni menos
que el tipo ideal de la bblica Esposa, el potico ejemplar de la Mujer
fuerte, cuando an no se ha borrado de su frente el nimbo del candor, y
sin embargo ya se adivina su entereza y majestad futura. Andando el
tiempo aquella gracia haba de ser severidad, y a las oscuras trenzas
sucederan las canas de plata, sin que en la pura frente imprimiese
jams una mancha el delito ni una arruga el remordimiento. Cun
sazonada madurez prometa tan suave primavera! Al pensarlo, felicitbase
otra vez Julin por la parte que le caba en la acertada eleccin del
seorito.

Con desinteresada satisfaccin se deca a s mismo que haba logrado
contribuir al establecimiento de una cosa gratsima a Dios, e
indispensable a la concertada marcha de la sociedad: el matrimonio
cristiano, lazo bendito, por medio del cual la Iglesia atiende
juntamente, con admirable sabidura, a fines espirituales y materiales,
santificando los segundos por medio de los primeros. La ndole de tan
sagrada institucin--discurra Julin--es opuesta a impdicos extremos y
arrebatos, a romancescos y necios desahogos, ardientes y roncos arrullos
de trtola; por eso alguna vez que el esposo se deslizaba a
familiaridades ms despticas que tiernas, parecale al capelln que la
esposa sufra mucho, herida en su cndida modestia, en su decente
compostura; figurbasele que la cada de sus prpados, su encendimiento,
su silencio, eran muda protesta contra libertades impropias del honesto
trato conyugal. Si ante l sucedan tales cosas, a la mesa por ejemplo,
Julin torca la cara, hacindose el distrado, o alzaba el vaso para
beber, o finga atender a los perros, que husmeaban por all.

Le asaltaba entonces un escrpulo, de sos que se quiebran de sutiles.
Por muy perfecta casada que hiciese Nucha, su condicin y virtudes la
llamaban a otro estado ms meritorio todava, ms parecido al de los
ngeles, en que la mujer conserva como preciado tesoro su virginal
limpieza. Saba Julin por su madre que Nucha manifestaba a veces
inclinacin a la vida monstica, y daba en la mana de deplorar que no
hubiese entrado en un convento. Siendo Nucha tan buena para mujer de un
hombre, mejor sera para esposa de Cristo; y las castas nupcias dejaran
intacta la flor de su inocencia corporal, ponindola para siempre al
abrigo de las tribulaciones y combates que en el mundo nunca faltan.

Esto de los combates le recordaba a Sabel. Quin duda que su
permanencia en casa era ya un peligro para la tranquilidad de la esposa
legtima? No imaginaba Julin riesgos inmediatos, pero presenta algo
amenazador para lo porvenir. Horrible familia ilegal, enraizada en el
viejo casern solariego como las parietarias y yedras en los derruidos
muros! Al capelln le entraban a veces impulsos de coger una escoba, y
barrer bien fuerte, bien fuerte, hasta que echase de all a tan mala
ralea. Pero cuando iba ms determinado a hacerlo, tropezaba en la
egosta tranquilidad del seorito y en la resistencia pasiva,
incontrastable del mayordomo. Sucedi adems una cosa que aument la
dificultad de la barredura: la cocinera enviada de Santiago empez a
malhumorarse, quejndose de que no entenda la cocina, de que la lea no
arda bien, del humo, de todo; Sabel, muy servicial, acudi a ayudarla;
y a los pocos das la cocinera, cansada de aldea, se despidi con malos
modos, y Sabel qued en su sitio, sin que mediasen ms frmulas para el
reemplazo que asir el mango de la sartn cuando la otra lo solt. Julin
no tuvo ni tiempo de protestar contra este cambio de ministerio y vuelta
al antiguo rgimen. Lo cierto es que la familia espuria se mostraba por
entonces incomparablemente humilde: a Primitivo no se le encontraba sino
llamndole cuando haca falta; Sabel se eclipsaba apenas dejaba la
comida puesta a la lumbre y confiada al cuidado de las mozas de
fregadero; el chiquillo pareca haberse evaporado.

Y con todo, al capelln no le llegaba la camisa al cuerpo. Si Nucha se
enteraba! Y quin duda que se enterara en el momento menos pensado?
Por desgracia la nueva esposa mostraba aficin suma a recorrer la casa,
a informarse de todo, a escudriar los sitios ms recnditos y
trasconejados, verbigracia desvanes, bodegas, lagar, palomar, hrreos,
_tulla_, perreras, cochiqueras, gallinero, establos y _herbeiros_ o
depsitos de forraje. No le llegaba a Julin la camisa al cuerpo,
temblando que en alguna de estas dependencias recibiese Nucha a boca de
jarro, por impensado incidente, la atroz revelacin. Y al mismo tiempo,
cmo oponerse al til merodeo del ama de casa hacendosa por sus
dominios? Pareca que con la joven seora entraban en cada rincn de los
Pazos la alegra, la limpieza y el orden, y que la saludaba el rpido
bailotear del polvo arremolinado por las escobas, la vibracin del rayo
de sol proyectado en escondrijos y zahurdas donde las espesas telaraas
no lo haban dejado penetrar desde aos antes.

Segua Julin a Nucha en sus exploraciones, a fin de vigilar y evitar,
si caba, cualquier suceso desgraciado. Y en efecto, su intervencin fue
provechosa cuando Nucha descubri en el gallinero cierto pollo implume.
El caso merece referirse despacio.

Haba observado Nucha que en aquella casa de bendicin las gallinas no
ponan jams, o si ponan no se vea la postura. Afirmaba don Pedro que
se gastaban al ao bastantes _ferrados_ de centeno y mijo en el corral;
y con todo eso, las malditas gallinas no daban nada de s. Lo que es
cacarear, cacareaban como descosidas, indicio evidente de que andaban en
tratos de soltar el huevo; oase el himno triunfal de las fecundas a la
vez que el blando cloquear de las lluecas; se iba a ver el nido, se
adverta en l suave calorcillo, se distingua la paja prensada
sealando en relieve la forma del huevo.... Y nada; que no se poda
juntar ni para una mala tortilla. Nucha permaneca ojo alerta. Un da
que acudi ms diligente al cacareo delator, divis agazapado en el
fondo del gallinero, escondindose como un ratoncillo, un rapaz de pocos
aos. Slo asomaban entre la paja de la nidadura sus descalzos pies.
Nucha tir de ellos y sali el cuerpo, y tras del cuerpo las manos, en
las cuales vena ya el plato que apeteca el ama de casa, pues los
huevos que el chico acababa de ocultar se le haban roto con la prisa, y
la tortilla estaba all medio hecha, batida por lo menos.

--Ah pcaro!--exclam Nucha cogindole y sacndole afuera, a la luz del
corral--. Te voy a desollar vivo, gran tunante! Ya sabemos quin es el
zorro que se come los huevos! Hoy te pongo el trasero en remojo, donde
no lo veas.

Agitbase y perneaba el ladrn en miniatura; Nucha sinti lstima,
imaginndose que sollozaba con desconsuelo. Apenas logr verle un minuto
la cara desvindole de ella los brazos, pudo convencerse de que el muy
insolente no haca sino rerse a ms y a mejor, y tambin notar la
extraordinaria lindeza del desharrapado chicuelo. Julin, testigo
inquieto de esta escena, se adelant y quiso arrebatrselo a Nucha.

--Djemelo usted, don Julin...--suplic ella--. Qu guapo!, qu pelo!,
qu ojos! De quin es esta criatura?

Nunca el timorato capelln sinti tantas ganas de mentir. No atin, sin
embargo.

--Creo...--tartamude atragantndose--, creo que... de Sabel, la que guisa
estos das.

--De la criada? Pero.... est casada esa chica?

Creci la turbacin de Julin. De esta vez tena en la garganta una pera
de ahogo.

--No, seora; casada, no.... Ya sabe usted que... desgraciadamente... las
aldeanas..., por aqu... no es comn que guarden el mayor recato....
Debilidades humanas.

Sentse Nucha en un poyo del corral que con el gallinero lindaba, sin
soltar al chiquillo, empendose en verle la cara mejor. l porfiaba en
taparla con manos y brazos, pegando respingos de conejo monts cautivo y
sujeto. Slo se descubra su cabellera, el monte de rizos castaos como
la propia castaa madura, envedijados, revueltos con briznas de paja y
motas de barro seco, y el cuello y nuca, dorados por el sol.

--Julin, tiene usted ah una pieza de dos cuartos?

--S, seora.

--Toma, _rapacio_.... A ver si me pierdes el miedo.

Fue eficaz el conjuro. Alarg el chiquillo la mano, y meti rpidamente
en el seno la moneda. Nucha vio entonces el rostro redondeado, hoyoso,
graciossimo y correcto a la vez, como el de los amores de bronce que
sostienen mecheros y lmparas. Una risa entre picaresca y celestial
alegraba tan linda obra de la naturaleza. Nucha le plant un beso en
cada carrillo.

--Qu monada! Dios lo bendiga! Cmo te llamas, pequeo?

--Perucho--contest el pilluelo con sumo desenfado.

--El nombre de mi marido!--exclam la seorita con viveza--. Apostemos a
que es su ahijado? Eh?

--Es su ahijado, su ahijado--se apresur a declarar Julin, que deseara
ponerle al chico un tapn en aquella boca risuea, de carnosos labios
cupidinescos. No pudiendo hacerlo intent sacar la conversacin de
terreno tan peligroso.

--Para qu queras t los huevos? Dilo y te doy otros dos cuartos, anda.

--Los vendo--declar Perucho concisamente.

--Con que los vendes, eh? Tenemos aqu un negociante.... Y a quin los
vendes?

--A las mujeres de por ah, que van a la _vila_....

--Sepamos, a cmo te pagan?

--Dos cuartos por la _ducia_.

--Pues mira--djole Nucha cariosamente--, de aqu en adelante me los vas a
vender a m, que te pagar otro tanto. Por lo bonito que eres no quiero
reirte ni enfadarme contigo. Qui! Vamos a ser muy amigotes t y yo.
Lo primerito que te he de regalar son unos pantalones.... No andas muy
decente que digamos.

En efecto, por los desgarrones y aberturas del sucio calzn de estopa
del chico hacan irrupcin sus fresqusimas y lozanas carnes, cuya
morbidez no alcanzaba a encubrir el fango y suciedad que les serva de
vestidura, a falta de otra ms decorosa.

--Angelitos!--murmur Nucha--. Parece mentira que los traigan as! Yo no
s cmo no se matan, cmo no perecen de fro.... Julin, hay que vestir a
este nio Jess.

--S, buen nio Jess est l!--gru Julin--. El mismsimo enemigo malo,
Dios me perdone! No le tenga lstima, seorita; es un diablillo, ms
travieso que un mico.... Lo que no hice yo para ensearle a leer y
escribir, para acostumbrarle a que se lavase esos hocicos y esas
patas.... Ni atndolo, seorita, ni atndolo! Y est ms sano que una
manzana con la vida que trae. Ya se ha cado dos veces al estanque este
ao, y de una por poco se ahoga.

--Vaya, Julin, qu quiere usted que haga a su edad? No ha de ser formal
como los mayores. Ven conmigo, rapaz, que voy a arreglarte algo para que
te tapes esas piernecitas.... No tiene calzado? Pues hay que encargarle
unos zuecos bien fuertes, de lamo.... Y le voy a predicar un sermn a su
madre para que me lo enjabone todos los das. Usted le va a dar leccin
otra vez. O le haremos ir a la escuela, que ser lo mejor.

No hubo quien apease a Nucha de su caritativo propsito. Julin estaba
con el alma en un hilo, temiendo que de semejante aproximacin resultase
alguna catstrofe. No obstante, la bondad natural de su corazn hizo que
se interesase nuevamente por aquella obra pa, que ya haba intentado
sin fruto. Vea en ella mayor demostracin de la hermosura moral de
Nucha. Parecale que era providencial el que la seorita cuidase a aquel
mal retoo de tronco ruin. Y Nucha entretanto se diverta infinito con
su protegido; hacale gracia su propia desvergenza, sus instintos
truhanescos, su afn por apandar huevos y fruta, su avidez al coger las
monedas, su aficin al vino y a los buenos bocados. Aspiraba a enderezar
aquel arbolito tierno, civilizndole a la vez la piel y el espritu.
Obra de romanos, deca el capelln.




-XV-


Por entonces se dedic el matrimonio Moscoso a pagar visitas de la
aristocracia circunvecina. Nucha montaba la borriquilla, y su marido la
yegua castaa; Julin los acompaaba en mula; alguno de los perros
favoritos del marqus se incorporaba a la comitiva siempre, y dos mozos,
vestidos con la ropa dominguera, la ms bordada faja, el sombrero de
fieltro nuevecito, empuando varas verdes que columpiaban al andar, iban
de espolistas, encargados de _tener mano_ de las monturas cuando se
apeasen los jinetes.

La tanda empez por la seora jueza de Cebre. Abri la puerta la criada
en pernetas, que al ver a Nucha bajarse de su cabalgadura y arreglar los
volantes del traje con el mango de la sombrilla, ech a correr
despavorida hacia el interior de la casa, clamando como si anunciase
fuego o ladrones:

--Seora.... Ay, mi seora! Unos seores...!, hay unos seores aqu!

Ningn eco respondi a sus alaridos de consternacin; pero transcurridos
breves minutos, apareci en el zagun el juez en persona, deshacindose
en excusas por la torpeza de la muchacha: era inconcebible el trabajo
que costaba domesticarlas; se les repeta mil veces la misma cosa, y
nada, no aprendan a recibir a las... pues... de la manera que.... Al
murmurar as, arqueaba el codo ofreciendo a Nucha el sostn de su brazo
para subir la escalera; y siendo sta tan angosta que no caban dos
personas de frente, la seora de Moscoso pasaba los mayores trabajos del
mundo intentando asirse con las yemas de los dedos al brazo del buen
seor, que suba dos escalones antes que ella todo torcido y sesgado.
Llegados a la puerta de la sala, el juez empez a palparse, buscando
ansiosamente algo en los bolsillos, articulando a media voz monoslabos
entrecortados y exclamaciones confusas. De repente exhal una especie de
bramido terrible.

--Pepa.... Pepaaa!

Se oy el _clac_! de los pies descalzos, y el juez interpel a la
fmula:

--La llave, vamos a ver? Dnde Judas has metido la llave?

Pepa se la alargaba ya a toda prisa, y el juez, cambiando de tono y
pasando de la ms furiosa ronquera a la ms meliflua dulzura, empuj la
puerta y dijo a Nucha:

--Por aqu, seora ma, por aqu..., tenga usted la bondad....

La sala estaba completamente a oscuras. Nucha tropez con una mesa, a
tiempo que el juez repeta:

--Tenga usted la bondad de sentarse, seora ma.... Usted dispense....

La claridad que ba la habitacin, una vez abiertas las maderas de la
ventana, permiti a Nucha distinguir al fin el sof de _repis_ azul, los
dos sillones haciendo juego, el velador de caoba, la alfombra tendida a
los pies del sof y que representaba un ferocsimo tigre de Bengala,
color de canela fina. Al juez todo se le volva acomodar a los
visitadores, insistiendo mucho en si al marqus de Ulloa le convena la
luz de frente o estara mejor de espaldas a la vidriera; al mismo tiempo
lanzaba ojeadas de sobresalto en derredor, porque le iba sabiendo mal la
tardanza de su mujer en presentarse. Esforzbase en sostener la
conversacin, pero su sonrisa tena la contraccin de una mueca, y su
ojo severo se volva hacia la puerta muy a menudo. Al cabo se oy en el
corredor crujido de enaguas almidonadas: la seora jueza entr, sofocada
y compuesta de fresco, segn claramente se vea en todos los pormenores
de su tocado; acababa de embutir su respetable humanidad en el cors, y
sin embargo no haba logrado abrochar los ltimos botones del corpio de
seda; el moo postizo, colocado a escape, se torca inclinndose hacia
la oreja izquierda; traa un pendiente desabrochado, y no habindole
llegado el tiempo para calzarse, esconda con mil trabajos, entre los
volantes pomposos de la falda de seda, las babuchas de orillo.

Aunque Nucha no pecaba de burlona, no pudo menos de hacerle gracia el
atavo de la jueza, que pasaba por el figurn vivo de Cebre, y a
hurtadillas sonri a Julin mostrndole con imperceptible guio los
collares, dijes y broches que luca en el cuello la seora, mientras
sta a su vez devoraba e inventariaba el sencillo adorno de la recin
casada santiaguesa. La visita fue corta, porque el marqus deseaba
_cumplir_ aquel mismo da con el Arcipreste, y la parroquia de Loiro
distaba una legua por lo menos de la villita de Cebre. Se despidieron de
la autoridad judicial tan ceremoniosamente como haban entrado, con los
mismos requilorios de brazo y acompaamiento y muchos ofrecimientos de
casa y persona.

Era preciso para ir a Loiro internarse bastante en la montaa, y seguir
una senda llena de despeaderos y precipicios, que slo se haca
practicable al acercarse a los dominios del arciprestazgo, vastos y
ricos algn da, hoy casi anulados por la desamortizacin. La rectoral
daba seales de su esplendor pasado; su aspecto era conventual; al
entrar y apearse en el zagun, los seores de Ulloa sintieron la
impresin del fro subterrneo de una ancha cripta abovedada, donde la
voz humana retumbaba de un modo extrao y solemne. Por la escalera de
anchos peldaos y monumental balastre de piedra bajaba
dificultosamente, con la lentitud y el balanceo con que caminan los osos
puestos en dos pies, una pareja de seres humanos monstruosa, deforme,
que lo pareca ms vindola as reunida: el Arcipreste y su hermana.
Ambos jadeaban: su dificultosa respiracin pareca el resuello de un
accidentado; las triples roscas de la papada y el rollo del pestorejo
aureolaban con formidable nimbo de carne las faces moradas de puro
inyectadas de sangre espesa; y cuando se volvan de espaldas, en el
mismo sitio en que el Arcipreste luca la tonsura ostentaba su hermana
un moito de pelo gris, anlogo al que gastan los toreros. Nucha, a
quien el recibimiento del juez y el tocado de su seora haban puesto de
buen humor, volvi a sonrer disimuladamente, sobre todo al notar los
_quidproquos_ de la conversacin, producidos por la sordera de los dos
respetables hermanos. No desmintiendo stos la hospitalaria tradicin
campesina, hicieron pasar a los visitadores, quieras no quieras, al
comedor, donde un mrmol se hubiera redo tambin observando cmo la
mesa del refresco, la misma en que coman a diario los dueos de casa,
tena dos escotaduras, una frente a otra, sin duda destinadas a alojar
desahogadamente la rotundidad de un par de abdmenes gigantescos.

El regreso a los Pazos fue animado por comentarios y bromas acerca de
las visitas: hasta Julin dio de mano a su formalidad y a su indulgencia
acostumbrada para divertirse a cuenta de la mesa escotada y del almacn
de quincalla que la seora jueza luca en el pescuezo y seno. Pensaban
con regocijo en que al da siguiente se les preparaba otra excursin del
mismo gnero, sin duda igualmente divertida: tocbales ver a las
seoritas de Molende y a los seores de Limioso.

Salieron de los Pazos tempranito, porque bien necesitaban toda la larga
tarde de verano para cumplir el programa; y acaso no les alcanzara, si
no fuese porque a las seoritas de Molende no las encontraron en casa;
una mocetona que pasaba cargada con un haz de hierba explic
difcilmente que las seoritas _iban en_ la feria de Vilamorta, y sabe
Dios cundo volveran de all. Le pes a Nucha, porque las seoritas,
que haban estado en los Pazos a verla, le agradaban, y eran los nicos
rostros juveniles, las nicas personas en quienes encontraba
reminiscencias de la chchara alegre y del fresco pico de sus hermanas,
a las cuales no poda olvidar. Dejaron un recado de atencin a cargo de
la mocetona y torcieron monte arriba, camino del Pazo de Limioso.

El camino era difcil y se retorca en espiral alrededor de la montaa;
a uno y otro lado, las cepas de via, cargadas de follaje, se inclinaban
sobre l como para borrarlo. En la cumbre amarilleaba a la luz del sol
poniente un edificio prolongado, con torre a la izquierda, y a la
derecha un palomar derruido, sin techo ya. Era la seorial mansin de
Limioso, un tiempo castillo roquero, nido de azor colgado en la
escarpada umbra del montecillo solitario, tras del cual, en el
horizonte, se alzaba la cspide majestuosa del inaccesible Pico Leiro.
No se conoca en todo el contorno, ni acaso en toda la provincia, casa
infanzona ms linajuda ni ms vieja, y a cuyo nombre aadiesen los
labriegos con acento ms respetuoso el calificativo de _Pazo_,
_palacio_, reservado a las moradas hidalgas.

Desde bastante cerca, el Pazo de Limioso pareca deshabitado, lo cual
aumentaba la impresin melanclica que produca su desmantelado palomar.
Por todas partes indicios de abandono y ruina: las ortigas obstruan la
especie de plazoleta o patio de la casa; no faltaban vidrios en las
vidrieras, por la razn plausible de que tales vidrieras no existan, y
aun alguna madera, arrancada de sus goznes, penda torcida, como un
jirn en un traje usado. Hasta las rejas de la planta baja, devoradas de
orn, suban las plantas parsitas, y festones de yedra seca y raqutica
corran por entre las junturas desquiciadas de las piedras. Estaba el
portn abierto de par en par, como puerta de quien no teme a ladrones;
pero al sonido mate de los cascos de las monturas en el piso herboso del
patio, respondieron asmticos ladridos y un mastn y dos perdigueros se
abalanzaron contra los visitantes, desperdiciando por las fauces el poco
bro que les quedaba, pues ninguno de aquellos bichos tena ms que un
erizado pelaje sobre una armazn de huesos prontos a agujerearlo al
menor descuido. El mastn no poda, literalmente, ejecutar el esfuerzo
del ladrido: temblbanle las patas, y la lengua le sala de un palmo
entre los dientes, amarillos y rodos por la edad. Apaciguronse los
perdigueros a la voz del seor de Ulloa, con quien haban cazado mil
veces; no as el mastn, resuelto sin duda a morir en la demanda, y a
quien slo acall la aparicin de su amo el seorito de Limioso.

Quin no conoce en la montaa al directo descendiente de los paladines
y ricohombres gallegos, al infatigable cazador, al acrrimo
tradicionalista? _Ramoncio_ Limioso contara a la sazn poco ms de
veintisis aos, pero ya sus bigotes, sus cejas, su cabello y sus
facciones todas tenan una gravedad melanclica y dignidad algn tanto
burlesca para quien por primera vez lo vea. Su entristecido arqueo de
cejas le prestaba vaga semejanza con los retratos de Quevedo; su
pescuezo, flaco, peda a voces la golilla, y en vez de la vara que tena
en la mano, la imaginacin le otorgaba una espada de cazoleta. Donde
quiera que se encontrase aquel cuerpo larguirucho, aquel gabn rado,
aquellos pantalones con rodilleras y tal cual remiendo, no se poda
dudar que, con sus pobres trazas, Ramn Limioso era un verdadero _seor
desde sus principios_--as decan los aldeanos--y no _hecho a puetazos_,
como otros.

Lo era hasta en el modo de ayudar a Nucha a bajarse de la borrica, en la
naturalidad galante con que le ofreci no el brazo, sino, a la antigua
usanza, dos dedos de la mano izquierda para que en ellos apoyase la
palma de su diestra la seora de Ulloa. Y con el decoro propio de un
paso de minueto, la pareja entr por el Pazo de Limioso adelante,
subiendo la escalera exterior que conduca al claustro, no sin peligro
de rodar por ella: tales estaban de carcomidos los venerables escalones.
El tejado del claustro era un puro calado; veanse, al travs de las
tejas y las vigas, innumerables retales de terciopelo azul celeste; la
cra de las golondrinas piaba dulcemente en sus nidos, cobijados en el
sitio ms favorable, tras el blasn de los Limiosos, repetido en el
capitel de cada pilar en tosca escultura--tres peces bogando en un lago,
un len sosteniendo una cruz--. Fue peor cuando entraron en la antesala.
Muchos aos haca que la polilla y la vetustez haban dado cuenta de la
tablazn del piso; y no alcanzando, sin duda, los medios de los Limiosos
a echar piso nuevo, se haban contentado con arrojar algunas tablas
sueltas sobre los pontones y las vigas, y por tan peligroso camino cruz
tranquilamente el seorito, sin dejar de ofrecer los dedos a Nucha, y
sin que sta se atreviese a solicitar ms firme apoyo. Cada tabln en
que sentaban el pie se alzaba y blanda, descubriendo abajo la negra
profundidad de la bodega, con sus cubas vestidas de telaraas.
Atravesaron impvidos el abismo y penetraron en la sala, que al menos
posea un piso clavado, aunque en muchos sitios roto y en todos casi
reducido a polvo sutil por el taladro de los insectos.

Nucha se qued inmvil de sorpresa. En un ngulo de la sala medio
desapareca bajo un gran acervo de trigo un mueble soberbio, un vargueo
incrustado de concha y marfil; en las paredes, del betn de los cuadros
viejos y ahumados se destacaba a lo mejor una pierna de santo
martirizado, toda contrada, o el anca de un caballo, o una cabeza
carrilluda de angelote; frente a la esquina del trigo, se alzaba un
estrado revestido de cuero de Crdoba, que an conservaba su rica
coloracin y sus oros intensos; ante el estrado, en semicrculo,
magnficos sitiales escultados, con asiento de cuero tambin; y entre el
trigo y el estrado, sentadas en _tallos_ (asientos de tronco de roble
bruto, como los que usan los labriegos ms pobres), dos viejas secas,
plidas, derechas, vestidas de hbito del Carmen, hilaban!

Jams haba credo la seora de Moscoso que vera hilar ms que en las
novelas o en los cuentos, a no ser a las aldeanas, y le produjo singular
efecto el espectculo de aquellas dos estatuas bizantinas, que tales
parecan por su quietud y los rgidos pliegues de su ropa, manejando el
huso y la rueca, y suspendiendo a un mismo tiempo la labor cuando ella
entr. En nombre de las dos estatuas--que eran las tas paternas del
seorito de Limioso--haba visitado ste a Nucha; viva tambin en el
Pazo el padre, paraltico y encamado, pero a ste nadie le echaba la
vista encima; su existencia era como un mito, una leyenda de la montaa.
Las dos ancianas se irguieron y tendieron a Nucha los brazos con
movimiento tan simultneo que no supo a cul de ellas atender, y a la
vez y en las dos mejillas sinti un beso de hielo, un beso dado sin
labios y acompaado del roce de una piel inerte. Sinti tambin que le
asan las manos otras manos despojadas de carne, consuntas, amojamadas y
momias; comprendi que la guiaban hacia el estrado, y que le ofrecan
uno de los sitiales, y apenas se hubo sentado en l, conoci con terror
que el asiento se desvencijaba, se hunda; que se largaba cada pedazo
del sitial por su lado sin crujidos ni resistencia; y con el instinto de
la mujer encinta, se puso de pie, dejando que la ltima prenda del
esplendor de los Limiosos se derrumbase en el suelo para siempre....

Salieron del goteroso Pazo cuando ya anocheca, y sin que se lo
comunicasen, sin que ellos mismos pudiesen acaso darse cuenta de ello,
callaron todo el camino porque les oprima la tristeza inexplicable de
las cosas que se van.




-XVI-


Deba el sucesor de los Moscosos andar ya cerca de este mundo, porque
Nucha cosa sin descanso prendas menudas semejantes a ropa de muecas. A
pesar de la asiduidad en la labor, no se desmejoraba, al contrario,
pareca que cada pasito de la criatura hacia la luz del da era en
beneficio de su madre. No poda decirse que Nucha hubiese engruesado,
pero sus formas se llenaban, volvindose suaves curvas lo que antes eran
ngulos y planicies. Sus mejillas se sonroseaban, aunque le velaba
frente y sienes esa ligera nube oscura conocida por _pao_. Su pelo
negro pareca ms brillante y copioso; sus ojos, menos vagos y ms
hmedos; su boca, ms fresca y roja. Su voz se haba timbrado con notas
graves. En cuanto al natural aumento de su persona, no era mucho ni la
afeaba, prestando solamente a su cuerpo la dulce pesadez que se nota en
el de la Virgen en los cuadros que representan la Visitacin. La
colocacin de sus manos, extendidas sobre el vientre como para
protegerlo, completaba la analoga con las pinturas de tan tierno
asunto.

Hay que reconocer que don Pedro se portaba bien con su esposa durante
aquella temporada de expectacin. Olvidando sus acostumbradas correras
por montes y riscos, la sacaba todas las tardes, sin faltar una, a dar
pasetos higinicos, que crecan gradualmente; y Nucha, apoyada en su
brazo, recorra el valle en que los Pazos de Ulloa se esconden,
sentndose en los murallones y en los ribazos al sentirse muy fatigada.
Don Pedro atenda a satisfacer sus menores deseos: en ocasiones se
mostraba hasta galante, trayndole las flores silvestres que le llamaban
la atencin, o ramas de madroo y zarzamora cuajadas de fruto. Como a
Nucha le causaban fuerte sacudimiento nervioso los tiros, no llevaba
jams el seorito su escopeta, y haba prohibido expresamente a
Primitivo cazar por all. Pareca que la leosa corteza se le iba
cayendo, poco a poco, al marqus, y que su corazn bravo y egosta se
inmutaba, dejando asomar, como entre las grietas de la pared,
florecillas parsitas, blandos afectos de esposo y padre. Si aquello no
era el matrimonio cristiano soado por el excelente capelln, viven los
cielos que deba asemejrsele mucho.

Julin bendeca a Dios todos los das. Su devocin haba vuelto, no a
renacer, pues no muriera nunca, pero s a reavivarse y encenderse. A
medida que se acercaba la hora crtica para Nucha, el capelln
permaneca ms tiempo de rodillas dando gracias al terminar la misa;
prolongaba ms las letanas y el rosario; pona ms alma y fervor en el
cuotidiano rezo. Y no entran en la cuenta dos novenas devotsimas, una a
la Virgen de Agosto, otra a la Virgen de Septiembre. Figurbasele este
culto mariano muy adecuado a las circunstancias, por la conviccin cada
vez ms firme de que Nucha era viva imagen de Nuestra Seora, en cuanto
una mujer concebida en pecado puede serlo.

Al oscurecer de una tarde de octubre estaba Julin sentado en el poyo de
su ventana, engolfado en la lectura del P. Nieremberg. Sinti pasos
precipitados en la escalera. Conoci el modo de pisar de don Pedro. El
rostro del seor de Ulloa derramaba satisfaccin.

--Hay novedades?--pregunt Julin soltando el libro.

--Ya lo creo! Nos hemos tenido que volver del paseo a escape.

--Y han ido a Cebre por el mdico?

--Va all Primitivo.

Julin torci el gesto.

--No hay que asustarse.... Detrs de l van a salir ahora mismo otros dos
propios. Quera ir yo en persona, pero Nucha dice que no se queda ahora
sin m.

--Lo mejor sera ir yo tambin por si acaso--exclam Julin--. Aunque sea a
pie y de noche....

Lanz don Pedro una de sus terribles y mofadoras carcajadas.

--Usted!--clam sin cesar de rer--. Vaya una ocurrencia, don Julin!

El capelln baj los ojos y frunci el rubio ceo. Senta cierta
vergenza de su sotana, que le inutilizaba para prestar el menor
servicio en tan apretado trance. Y al par que sacerdote era hombre, de
modo que tampoco poda penetrar en la cmara donde se cumpla el
misterio. Slo tenan derecho a ello dos varones: el esposo y el _otro_,
el que Primitivo iba a buscar, el representante de la ciencia humana.
Acongojse el espritu de Julin pensando en que el recato de Nucha iba
a ser profanado, y su cuerpo puro tratado quizs como se trata a los
cadveres en la mesa de anatoma: como materia inerte, donde no se
cobija ya un alma. Comprendi que se apocaba y afliga.

--Llmeme usted si para algo me necesita, seor marqus--murmur con
desmayada voz.

--Mil gracias, hombre.... Vena nicamente a darle a usted la buena
noticia.

Don Pedro volvi a bajar la escalera rpidamente silbando una
_riveirana_, y el capelln, al pronto, se qued inmvil. Passe luego la
mano por la frente, donde rezumaba un sudorcillo. Mir a la pared. Entre
varias estampitas pendientes del muro y encuadradas en marcos de briche
y lentejuelas, escogi dos: una de San Ramn Nonnato y otra de Nuestra
Seora de la Angustia, sosteniendo en el regazo a su Hijo muerto. l la
hubiera preferido de la Leche y Buen Parto, pero no la tena, ni se
haba acordado mucho de tal advocacin hasta aquel instante. Desembaraz
la cmoda de los cachivaches que la obstruan y puso encima, de pie, las
estampas. Abri despus el cajn, donde guardaba algunas velas de cera
destinadas a la capilla; tom un par, las acomod en candeleros de
latn, y arm su _altarito_. As que la luz amarillenta de los cirios se
reflej en los adornos y cristal de los cuadros, el alma de Julin
sinti consuelo inefable. Lleno de esperanza, el capelln se reprendi a
s mismo por haberse juzgado intil en momentos semejantes. l intil!
Cabalmente le incumba lo ms importante y preciso, que es impetrar la
proteccin del cielo. Y arrodillndose henchido de fe, dio principio a
sus oraciones.

El tiempo corra sin interrumpirlas. De abajo no llegaba noticia alguna.
A eso de las diez reconoci Julin que sus rodillas hormigueaban con
insufrible hormigueo, que se apoderaba de sus miembros dolorosa lasitud,
que se le desvaneca la cabeza. Hizo un esfuerzo y se incorpor
tambalendose. Una persona entr. Era Sabel, a quien el capelln mir
con sorpresa, pues haca bastante tiempo que no se presentaba all.

--De parte del seorito, que baje a cenar.

--Ha venido su padre de usted? Ha llegado el mdico?--interrog
ansiosamente Julin, no atrevindose a preguntar otra cosa.

--No, seor.... De aqu a Cebre hay un bocadito.

En el comedor encontr Julin al marqus cenando con apetito formidable,
como hombre a quien se le ha retrasado la pitanza dos horas ms que de
costumbre. Julin trat de imitar aquel sosiego, sentndose y
extendiendo la servilleta.

--Y la seorita?--pregunt con afn.

--Pss!... Ya puede usted suponer que no muy a gusto.

--Necesitar algo mientras usted est aqu?

--No. Tiene all a su doncella, la Filomena. Sabel tambin ayuda para
cuanto se precise.

Julin no contest. Sus reflexiones valan ms para calladas que para
dichas. Era una monstruosidad que Sabel asistiese a la legtima esposa;
pero si no se le ocurra al marido, quin tena valor para
insinurselo? Por otra parte, Sabel, en realidad, no careca de
experiencia domstica, ni dejara de ser til. Not Julin que el
marqus, a diferencia de algunas horas antes, pareca malhumorado e
impaciente. Recelaba el capelln interrogarle. Determinse al fin.

--Y... dar tiempo a que llegue el mdico?

--Que si da tiempo?--respondi el seorito embaulando y mascando con
colrica avidez--. Como no lo d de ms! Estas seoritas finas son muy
delicadas y difciles para todo.... Y cuando no hay un gran fsico.... Si
fuese por el estilo de su hermana Rita....

Descarg un porrazo con el vaso en la mesa, y aadi sentenciosamente:

--Son una calamidad las mujeres de los pueblos.... Hechas de alfeique....
Le aseguro a usted que tiene una debilidad, y una tendencia a las
convulsiones y a los sncopes, que.... Melindres, diantre! Melindres a
que las acostumbran desde pequeas!

Peg otro trompis y se levant, dejando solo en el comedor a Julin. No
saba ste qu hacer de su persona, y pens que lo mejor era emprender
de nuevo pltica con los santos. Subi. Las velas seguan ardiendo, y el
capelln volvi a arrodillarse. Las horas pasaban y pasaban, y no se
oan ms ruidos que el viento de la noche al gemir en los castaos, y el
hondo sollozo del agua en la represa del cercano molino. Senta Julin
cosquilleo y agujetas en los muslos, fro en los huesos y pesadez en la
cabeza. Dos o tres veces mir hacia su cama, y otras tantas el recuerdo
de la pobrecita, que sufra all abajo, le detuvo. Dbale vergenza
ceder a la tentacin. Mas sus ojos se cerraban, su cabeza, ebria de
sueo, caa sobre el pecho. Se tendi vestido, prometindose
despabilarse al punto. Despert cuando ya era de da.

Al encontrarse vestido, se acord, y tratndose mentalmente de marmota y
leo, pens si ya estara en el mundo el nuevo Moscoso. Baj apresurado,
frotndose los prpados, medio aturdido an. En la antesala de la cocina
se dio de manos a boca con Mximo Juncal, el mdico de Cebre, con
bufanda de lana gris arrollada al cuello, chaquetn de pao pardo, botas
y espuelas.

--Llega usted ahora mismo?--pregunt asombrado el capelln.

--S, seor.... Primitivo dice que estuvieron llamando anoche a mi puerta
l y otros dos, pero que no les abri nadie.... Verdad que mi criada es
algo sorda; mas con todo..., si llamasen como Dios manda.... En fin, que
hasta el amanecer no me lleg el aviso. De cualquier manera parece que
vengo muy a tiempo todava.... Primeriza al fin y al cabo.... Estas
batallas acostumbran durar bastante.... All voy a ver qu ocurre....

Precedido de don Pedro, ech a andar ltigo en mano y resonndole las
espuelas, de modo que la imagen blica que acababa de emplear pareca
exacta, y cualquiera le tomara por el general que acude a decidir con
su presencia y sus rdenes la victoria. Su continente resuelto infunda
confianza. Reapareci a poco pidiendo una taza de caf bien caliente,
pues con la prisa de venir se encontraba en ayunas. Al seorito le
sirvieron chocolate. Emiti el mdico su dictamen facultativo: armarse
de paciencia, porque el negocio iba largo.

Don Pedro, de humor algo fosco y con las facciones hinchadas por el
insomnio, quiso a toda costa saber si haba peligro.

--No, seor; no, seor--contest Mximo desliendo el azcar con la
cucharilla y echando ron en el caf--. Si se presentan dificultades,
estamos aqu.... T, Sabel: una copita pequea.

En la copita pequea escanci tambin ron, que palade mientras el caf
se enfriaba. El marqus le tendi la petaca llena.

--Muchas gracias...--pronunci el mdico encendiendo un habano--. Por ahora
estamos a ver venir. La seora es novicia, y no muy fuerte.... A las
mujeres se les da en las ciudades la educacin ms antihiginica: cors
para volver angosto lo que debe ser vasto; encierro para producir la
clorosis y la anemia; vida sedentaria, para ingurgitarlas y criar linfa
a expensas de la sangre.... Mil veces mejor preparadas estn las aldeanas
para el gran combate de la gestacin y alumbramiento, que al cabo es la
verdadera funcin femenina.

Sigui explanando su teora, queriendo manifestar que no ignoraba las
ms recientes y osadas hiptesis cientficas, alardeando de materialismo
higinico, ponderando mucho la accin bienhechora de la madre
naturaleza. Vease que era mozo inteligente, de bastante lectura y
determinado a lidiar con las enfermedades ajenas; mas la amarillez
biliosa de su rostro, la lividez y secura de sus delgados labios, no
prometan salud robusta. Aquel fantico de la higiene no predicaba con
el ejemplo. Asegurbase que tena la culpa el ron y una panadera de
Cebre, con salud para vender y regalar cuatro doctores higienistas.

Don Pedro chupaba tambin con ensaamiento su cigarro y rumiaba las
palabras del mdico, que por extrao caso, atendida la diferencia entre
un pensamiento relleno de ciencia novsima y otro virgen hasta de
lectura, conformaban en todo con su sentir. Tambin el hidalgo rancio
pensaba que la mujer debe ser principalmente muy apta para la
propagacin de la especie. Lo contrario le pareca un crimen. Acordbase
mucho, mucho, con extraos remordimientos casi incestuosos, del robusto
tronco de su cuada Rita. Tambin record el nacimiento de Perucho, un
da que Sabel estaba amasando. Por cierto que la borona que amasaba no
hubiera tenido tiempo de cocerse cuando el chiquillo berreaba ya
diciendo a su modo que l era de Dios como los dems y necesitaba el
sustento. Estas memorias le despertaron una idea muy importante.

--Diga, Mximo.... le parece que mi mujer podr criar?

Mximo se ech a rer, saboreando el ron.

--No pedir golleras, seor don Pedro.... Criar! Esa funcin augusta
exige complexin muy vigorosa y predominio del temperamento sanguneo....
No puede criar la seora.

--Ella es la que se empea en eso--dijo con despecho el marqus--; yo bien
me figur que era un disparate... por ms que no cre a mi mujer tan
endeble.... En fin, ahora tratamos de que no nazca el nio para rabiar de
hambre. Tendr tiempo de ir a Castrodorna? La hija de Felipe el casero,
aquella mocetona, no sabe usted?...

--Pues no he de saber? Gran vaca! Tiene usted ojo mdico.... Y est
parida de dos meses. Lo que no s es si los padres la dejarn venir.
Creo que son gente honrada en su clase y no quieren divulgar lo de la
hija.

--Msica celestial! Si hace ascos la traigo arrastrando por la trenza....
A m no me levanta la voz un casero mo. Hay tiempo o no de ir all?

--Tiempo, s. Ojal acabsemos antes; pero no lleva trazas.

Cuando el seorito sali, Mximo se sirvi otra copa de ron y dijo en
confianza al capelln:

--Si yo estuviese en el pellejo del Felipe... ya le quiero un recado a
don Pedro. Cundo se convencern estos seoritos de que un casero no es
un esclavo? As andan las cosas de Espaa: mucho de revolucin, de
libertad, de derechos individuales.... Y al fin, por todas partes la
tirana, el privilegio, el feudalismo! Porque, vamos a ver, qu es esto
sino reproducir los ominosos tiempos de la gleba y las iniquidades de la
servidumbre? Que yo necesito tu hija, zas!, pues contra tu voluntad te
la cojo. Que me hace falta leche, una vaca humana, zas!, si no quieres
dar de mamar de grado a mi chiquillo, le dars por fuerza. Pero le estoy
escandalizando a usted. Usted no piensa como yo, de seguro, en
cuestiones sociales.

--No seor; no me escandalizo--contest apaciblemente Julin--. Al
contrario.... Me dan ganas de rer porque me hace gracia verle a usted
tan sofocado. Mire usted qu ms querr la hija de Felipe que servir de
ama de cra en esta casa. Bien mantenida, bien regalada, sin trabajar....
Figrese.

--Y el albedro? Quiere usted coartar el albedro, los derechos
individuales? Supngase que la muchacha se encuentre mejor avenida con
su honrada pobreza que con todos esos beneficios y ventajas que usted
dice.... No es un acto abusivo traerla aqu de la trenza, porque es hija
de un casero? Naturalmente que a usted no se lo parece; claro est.
Vistindose por la cabeza, no se puede pensar de otro modo; usted tiene
que estar por el feudalismo y la teocracia. Acert? No me diga usted
que no.

--Yo no tengo ideas polticas--asever Julin sosegadamente; y de pronto,
como recordando, aadi:--Y no sera bien dar una vuelta a ver cmo lo
pasa la seorita?

--Pchs!... No hago por ahora gran falta all, pero voy a ver. Que no se
lleven la botella del ron, eh? Hasta dentro de un instante.

Volvi en breve, e instalndose ante la copa mostr querer reanudar la
conversacin poltica, a la cual profesaba desmedida aficin,
prefiriendo, en su interior, que le contradijesen, pues entonces se
encenda y exaltaba, encontrando inesperados argumentos. Las violentas
discusiones en que se llegaba a vociferar y a injuriarse le esparcan la
estancada bilis, y la funcin digestiva y respiratoria se le activaba,
producindole gran bienestar. Disputaba por higiene: aquella gimnasia de
la laringe y del cerebro le desinfartaba el hgado.

--Con que usted no tiene ideas polticas? A otro perro con ese hueso,
padre Julin.... Todos los pjaros de pluma negra vuelan hacia atrs, no
andemos con cuentos. Y si no, a ver, hagamos la prueba: qu piensa
usted de la revolucin? Est usted conforme con la libertad de cultos?
Aqu te quiero, escopeta. Est usted de acuerdo con Suer?

--Vaya unas cosas que tiene el seor don Mximo! Cmo he de estar de
acuerdo con Suer? No es se que dijo en el Congreso blasfemias
horrorosas? Dios le alumbre!

--Hable claro: usted piensa como el abad de San Clemente de Bon? se
dice que a Suer y a los revolucionarios no se les convence con razones,
sino a trabucazo limpio y palo seco. Usted qu opina?

--Son dichos de acaloramiento.... Un sacerdote es hombre como todos y
puede enfadarse en una disputa y echar venablos por la boca.

--Ya lo creo; y por lo mismo que es hombre como todos puede tener
intereses bastardos, puede querer vivir holgazanamente explotando la
tontera del prjimo, puede darse buena vida con los capones y cabritos
de los feligreses.... No me negar usted esto.

--Todos somos pecadores, don Mximo.

--Y an puede hacer cosas peores, que... se sobrentienden..., eh? No
sofocarse.

--S, seor. Un sacerdote puede hacer todas las cosas malas del mundo. Si
tuvisemos privilegio para no pecar, estbamos bien; nos habamos
salvado en el momento mismo de la ordenacin, que no era floja ganga.
Cabalmente, la ordenacin nos impone deberes ms estrechos que a los
dems cristianos, y es doblemente difcil que uno de nosotros sea bueno.
Y para serlo del modo que requerira el camino de perfeccin en que
debemos entrar al ordenarnos de sacerdotes, se necesita, aparte de
nuestros esfuerzos, que la gracia de Dios nos ayude. Ah es nada.

Djolo en tono tan sincero y sencillo, que el mdico amain por algunos
instantes.

--Si todos fuesen como usted, don Julin....

--Yo soy el ltimo, el peor. No se fe usted en apariencias.

--Qui! Los dems son buenas piezas, buenas..., y ni con la revolucin
hemos conseguido minarles el terreno.... Le parecer a usted mentira lo
que amaaron estos das para dar gusto a ese bandido de Barbacana....

No hallndose en antecedentes, Julin guardaba silencio.

--Figrese usted--refiri el mdico--que Barbacana tiene a sus rdenes otro
facineroso, un paisano de Castrodorna, conocido por el Tuerto, que va y
viene a Portugal a salto de mata, porque una noche cosi a pualadas a
su mujer y al amante.... Hace poco parece que le ech mano la justicia,
pero Barbacana se empe en librarlo, y tanto sudaron l y los curas,
que el hombre sali bajo fianza, y se pasea por ah.... De modo que, a
pesar de los pesares, nos tiene usted como siempre, mandados por el
infame Barbacana.

--Pero--objet Julin--yo he odo que aqu, cuando no reina Barbacana,
reina otro cacique peor, que le llaman Trampeta, por los enredos y
diabluras que arma a los pobres paisanos chupndoles el tutano.... Con
que por fas o por nefas.

--Eso.... Eso tiene algo de verdad..., pero mire usted, al menos Trampeta
no se propone levantar partidas.... Con Barbacana es preciso concluir,
pues corresponde con las juntas carlistas de la provincia para llevar el
pas a fuego y sangre.... Es usted partidario del nio Terso?

--Ya le dije que no tengo opiniones.

--Es que no le da la gana de disputar.

--Francamente, don Mximo, acierta usted. Estoy pendiente de esa pobre
seorita... pensando en lo que puede sucederle. Y no entiendo de
poltica...; no se ra usted..., no entiendo. Slo entiendo de decir
misa; y el caso es que no la he dicho hoy todava, y mientras no la diga
no me desayuno, y el estmago se me va.... Aplicar la misa por la
necesidad presente. Yo no puedo--aadi con cierta melancola--prestarle a
la seorita otro auxilio.

Marchse, dejando al mdico sorprendido de encontrar un cura que rehua
entrar en polticas discusiones, que por aquellos das reemplazaban a
las teolgicas en todas las sobremesas patronales, y celebr su misa con
gran atencin y minuciosidad en las ceremonias. El repique de la
campanilla del aclito resonaba claro y argentino en la vetusta capilla
vaca. Oanse fuera gorjeos de pjaros en los rboles del huerto, lejano
chirrido de carros que salan al trabajo, rumores campestres gratos,
calmantes, bienhechores. Era la misa de San Ramn Nonnato, elegida para
la circunstancia; y cuando el celebrante pronunci _ejus nobis
intercessione concede, ut a peccatorum vinculis absoluti_..., parecile
que las cadenas de dolor que ligaban a la pobre virgencita--que an
entonces se la representaba como tal el capelln--se rompan de golpe,
dejndola libre, gozosa y radiante, con la ms feliz maternidad.

Sin embargo, cuando regres a la casa no haba indicios de la susodicha
ruptura de cadenas. En vez de las apresuradas idas y venidas de criados
que siempre indican algn acontecimiento trascendental, not una calma
de mal agero. El seorito no volva: verdad es que Castrodorna distaba
bastante de los Pazos. Fue preciso sentarse a la mesa sin l. El mdico
no intent disputar ms, porque a su vez empezaba a hallarse preocupado
con la flema del heredero de los Moscosos. Hay que decir, en abono del
discutidor higienista, que tomaba su profesin por lo serio, y la
respetaba tanto como Julin la suya. Probbalo su misma mana de la
higiene y su culto de la salud, culto infundido por librotes modernos
que sustituyen al Dios del Sina con la diosa Higia. Para Mximo Juncal,
inmoralidad era sinnimo de escrofulosis, y el deber se pareca bastante
a una perfecta oxidacin de los elementos asimilables. Disculpbase a s
propio ciertos extravos, por tener un tanto obstruidas las vas
hepticas.

En aquel momento, el peligro de la seora de Moscoso despertaba su
instinto de lucha contra los males positivos de la tierra: el dolor, la
enfermedad, la muerte. Comi distradamente, y slo bebi dos copas de
ron. Julin apenas pas bocado; preguntaba de tiempo en tiempo:

--Qu ocurrir por all, don Mximo?

Ces de preguntar cuando el mdico le hubo dado, a media voz, algunos
detalles, empleando trminos tcnicos. La noche caa. Mximo apenas
sala del cuarto de la paciente. Sintise Julin tan triste y solo, que
ya se dispona a subir y encender su altar, para disfrutar al menos la
compaa de las velas y los cuadritos. Pero don Pedro entr
impetuosamente, como una rfaga de viento huracanado. Traa de la mano
una muchachona color de tierra, un castillo de carne: el tipo clsico de
la vaca humana.




-XVII-


Que Mximo Juncal, ya que es su oficio, reconozca detenidamente la
cuenca del ro lcteo de la poderosa bestiaza, conducida por el marqus
de Ulloa, no sin asombro de las gentes, en el borrn delantero de la
silla de su yegua, por no haber en Castrodorna otros medios de
transporte, y no permitir la impaciencia de don Pedro que el ama viniese
a pie. La yegua recordar toda la vida, con temblor general de su
cuerpo, aquella jornada memorable en que tuvo que sufrir a la vez el
peso del actual representante de los Moscosos y el de la nodriza del
Moscoso futuro.

Cayronsele a don Pedro las alas del corazn cuando vio que su heredero
no haba llegado todava. En aquel momento le pareci que un suceso tan
prximo no se verificara jams. Apur a Sabel reclamando la cena, pues
traa un hambre feroz. Sabel la sirvi en persona, por hallarse aquel
da muy ocupada Filomena, la doncella, que acostumbraba atender al
comedor. Estaba Sabel fresca y apetecible como nunca, y las floridas
carnes de su arremangado brazo, el brillo cobrizo de las conchas de su
pelo, la melosa ternura y sensualidad de sus ojos azules, parecan
contrastar con la situacin, con la mujer que sufra atroces tormentos,
medio agonizando, a corta distancia de all. Haca tiempo que el marqus
no vea de cerca a Sabel. Ms que mirarla, se puede decir que la examin
despacio durante algunos minutos. Repar que la moza no llevaba
pendientes y que tena una oreja rota; entonces record habrsela
partido l mismo, al aplastar con la culata de su escopeta el zarcillo
de filigrana, en un arrebato de brutales celos. La herida se haba
curado, pero la oreja tena ahora dos lbulos en vez de uno.

--No duerme nada la seorita?--preguntaba Julin al mdico.

--A ratos, entre dolor y dolor.... Precisamente me gusta a m bien poco
ese sopor en que cae. Esto no adelanta ni se grada, y lo peor es que
pierde fuerzas. Cada vez se me pone ms dbil. Puede decirse que lleva
cuarenta y ocho horas sin probar alimento, pues me confes que antes de
avisar a su marido, mucho antes, ya se sinti mal y no pudo comer....
Esto de los sueecitos no me hace tiln. Para m, ms que modorra, son
verdaderos sncopes.

Don Pedro apoyaba con desaliento la cabeza en el cerrado puo.

--Estoy convencido--dijo enfticamente--de que semejantes cosas slo les
pasan a las seoritas educadas en el pueblo y con ciertas impertinencias
y repulgos.... Que les vengan a las mozas de por aqu con sncopes y
desmayos.... Se atizan al cuerpo media olla de vino y despachan esta
faena cantando.

--No, seor, hay de todo.... Las linftico-nerviosas se aplanan.... Yo he
tenido casos....

Explic detenidamente varias lides, no muchas an, porque empezaba a
asistir, como quien dice. l estaba por la expectativa: el mejor
comadrn es el que ms sabe aguardar. Sin embargo, se llega a un grado
en que perder un segundo es perderlo todo. Al aseverar esto, paladeaba
sorbos de ron.

--Sabel?--llam de repente.

--Qu quiere, seorito Mximo?--contest la moza con solicitud.

--Dnde me han puesto una caja que traje?

--En su cuarto, sobre la cama.

--Ah!, bueno.

Don Pedro mir al mdico, comprendiendo de qu se trataba. No as
Julin, que asustado por el hondo silencio que sigui al dilogo de
Mximo y Sabel, interrog indirectamente para saber qu encerraba la
caja misteriosa.

--Instrumentos--declar el mdico secamente.

--Instrumentos..., para qu?--pregunt el capelln, sintiendo un sudor
que le rezumaba por la raz del cabello.

--Para operarla, qu demonio! Si aqu se pudiese celebrar junta de
mdicos, yo dejara quizs que la cosa marchase por sus pasos contados;
pero recae sobre m exclusivamente la responsabilidad de cuanto ocurra.
No me he de cruzar de brazos, ni dejarme sorprender como un bolonio. Si
al amanecer ha aumentado la postracin y no veo yo sntomas claros de
que esto se desenrede... hay que determinarse. Ya puede usted ir rezando
al bendito San Ramn, seor capelln.

--Si por rezar fuese!--exclam ingenuamente Julin--. Apenas llevo rezado
desde ayer!

De tan sencilla confesin tom pie el mdico para contar mil graciosas
historietas, donde se mezclaban donosamente la devocin y la obstetricia
y desempeaba San Ramn papel muy principal. Refiri de su profesor en
la clnica de Santiago, que al entrar en el cuarto de las parturientas y
ver la estampa del santo con sus correspondientes candelicas, sola
gritar furioso: Seores, o sobro yo o sobra el santo.... Porque si me
desgracio me echarn la culpa, y si salimos bien dirn que fue milagro
suyo.... Cont tambin algo bastante grotesco sobre rosas de Jeric,
cintas de la Virgen de Tortosa, y otros piadosos talismanes usados en
ocasiones crticas. Al fin ces en su chchara, porque le renda el
sueo, ayudado por el ron. A fin de no aletargarse del todo en la
comodidad del lecho, tendise en el banco del comedor, poniendo por
almohada una cesta. El seorito, cruzando sobre la mesa ambos brazos,
haba dejado caer la frente sobre ellos y un silbido ahogado, preludio
de ronquido, anunciaba que tambin le salteaba la gana de dormir. El
alto reloj de pesas dio, con fatigado son, la medianoche.

Julin era el nico despierto; senta fro en las mdulas y en los
pmulos ardor de calentura. Subi a su cuarto, y empapando la toalla en
agua fresca, se la aplic a las sienes. Las velas del altar estaban
consumidas; las renov, y coloc una almohada en el suelo para
arrodillarse en ella, pues lo ms molesto siempre era el dichoso
hormigueo. Y empez a subir con buen nimo la cuesta arriba de la
oracin. A veces desmayaba, y su cuerpo juvenil, envuelto en las nieblas
grises del sueo, apeteca la limpia cama. Entonces cruzaba las manos,
clavndose las uas de una en el dorso de otra, para despabilarse.
Quera rezar con devocin, tener conciencia de lo que peda a Dios: no
hablar de memoria. Sin embargo, desfalleca. Acordse de la oracin del
Huerto y de aquella diferencia tan acertadamente establecida entre la
decisin del espritu y la de la carne. Tambin record un pasaje
bblico: Moiss orando con los brazos levantados, porque, de bajarlos,
sera vencido Israel. Entonces se le ocurri realizar algo que le
flotaba en la imaginacin. Quit la almohada, quedndose con las rtulas
apoyadas en el santo suelo; alz los ojos, buscando a Dios ms all de
las estampas y de las vigas del techo; y abriendo los brazos en cruz,
comenz a orar fervorosamente en tal postura.

El ambiente se volvi glacial; una tenue claridad, ms lvida y opaca
que la de la luna, asom por detrs de la montaa. Dos o tres pjaros
gorjearon en el huerto; el rumor de la presa del molino se hizo menos
profundo y sollozante. La aurora, que slo tena apoyado uno de sus
rosados dedos en aquel rincn del orbe, se atrevi a alargar toda la
manecita, y un resplandor alegre, puro, ba las rocas pizarrosas,
hacindolas rebrillar cual bruida plancha de acero, y entr en el
cuarto del capelln, comindose la luz amarilla de los cirios. Mas
Julin no vea el alba, no vea cosa ninguna.... Es decir, s vea esas
luces que enciende en nuestro cerebro la alteracin de la sangre, esas
estrellitas violadas, verdosas, carmeses, color de azufre, que vibran
sin alumbrar; que percibimos confundidas con el zumbar de los odos y el
ruido de pndulo gigante de las arterias, prximas a romperse....
Sentase desvanecer y morir; sus labios no pronunciaban ya frases, sino
un murmullo, que todava conservaba tonillo de oracin. En medio de su
doloroso vrtigo oy una voz que le pareci resonante como toque de
clarn.... La voz deca algo. Julin entendi nicamente dos palabras:

--Una nia.

Quiso incorporarse, exhalando un gran suspiro, y lo hizo, ayudado por la
persona que haba entrado y no era otra sino Primitivo; pero apenas
estuvo en pie, un atroz dolor en las articulaciones, una sensacin de
mazazo en el crneo le echaron a tierra nuevamente. Desmayse.

Abajo, Mximo Juncal se lavaba las manos en la palangana de peltre
sostenida por Sabel. En su cara luca el jbilo del triunfo mezclado con
el sudor de la lucha, que corra a gotas medio congeladas ya por el fro
del amanecer. El marqus se paseaba por la habitacin ceudo, contrado,
hosco, con esa expresin torva y estpida a la vez que da la falta de
sueo a las personas vigorosas, muy sometidas a la ley de la materia.

--Ahora alegrarse, don Pedro--dijo el mdico--. Lo peor est pasado. Se ha
conseguido lo que usted tanto deseaba.... No quera usted que la
criatura saliese toda viva y sin dao? Pues ah la tenemos, sana y
salva. Ha costado trabajillo..., pero al fin....

Encogise despreciativamente de hombros el marqus, como amenguando el
mrito del facultativo, y murmur no s qu entre dientes, prosiguiendo
en su paseo de arriba abajo y de abajo arriba, con las manos metidas en
los bolsillos, el pantaln tirante cual lo estaba el espritu de su
dueo.

--Es un angelito, como dicen las viejas--aadi maliciosamente Juncal, que
pareca gozarse en la clera del hidalgo--; slo que angelito hembra. A
estas cosas hay que resignarse; no se invent el modo de escribir al
cielo encargando y explicando bien el sexo que se desea....

Otro espumarajo de rabia y grosera brot de los labios de don Pedro.
Juncal rompi a rer, secndose con la toalla.

--La mitad de la culpa por lo menos la tendr usted, seor
marqus--exclam--. Quiere usted hacerme favor de un cigarrito?

Al ofrecer la petaca abierta, don Pedro hizo una pregunta. Mximo
recobr la seriedad para contestarla.

--Yo no he dicho tanto como eso.... Me parece que no. Cierto que cuando
las batallas son muy porfiadas y reidas puede suceder que el
combatiente quede invlido; pero la naturaleza, que es muy sabia, al
someter a la mujer a tan rudas pruebas, le ofrece tambin las ms
impensadas reparaciones.... Ahora no es ocasin de pensar en eso, sino en
que la madre se restablezca y la chiquita se cre. Temo algn percance
inmediato.... Voy a ver.... La seora se ha quedado tan abatida....

Entr Primitivo, y sin mostrar alteracin ni susto dijo que subiese don
Mximo, que al capelln le haba dado algo; que estaba como difunto.

--Vamos all, hombre, vamos all. Esto no estaba en el programa--murmur
Juncal.

--Qu trazas de mujercita tiene ese cura! Qu poquito _estuche_! Lo que
es ste no coger el trabuco, aunque lleguen a levantarse las partidas
con que anda soando el jabal del abad de Bon.




-XVIII-


Largos das estuvo Nucha detenida ante esas lbregas puertas que llaman
de la muerte, con un pie en el umbral, como diciendo: Entrar? No
entrar?. Empujbanla hacia dentro las horribles torturas fsicas que
haban sacudido sus nervios, la fiebre devoradora que trastorn su
cerebro al invadir su pecho la ola de la leche intil, el desconsuelo de
no poder ofrecer a su nia aquel licor que la ahogaba, la extenuacin de
su ser del cual la vida hua gota a gota sin que atajarla fuese posible.
Pero la solicitaban hacia fuera la juventud, el ansia de existir que
estimula a todo organismo, la ciencia del gran higienista Juncal, y
particularmente una manita pequea, coloradilla, blanda, un puito
cerrado que asomaba entre los encajes de una chambra y los dobleces de
un mantn.

El primer da que Julin pudo ver a la enferma, no haca muchos que se
levantaba, para tenderse, envuelta en mantas y abrigos, sobre vetusto y
ancho canap. No le era lcito incorporarse an, y su cabeza reposaba en
almohadones doblados al medio. Su rostro enflaquecido y exange
amarilleaba como una faz de imagen de marfil, entre el marco del negro
cabello reluciente. Bizcaba ms, por habrsele debilitado mucho aquellos
das el nervio ptico. Sonri con dulzura al capelln, y le seal una
silla. Julin clavaba en ella esa mirada donde rebosaba la compasin,
mirada delatora que en vano queremos sujetar y apagar cuando nos
aproximamos a un enfermo grave.

--La encuentro a usted con muy buen semblante, seorita--dijo el capelln
mintiendo como un bellaco.

--Pues usted--respondi ella lnguidamente--est algo desmejorado.

Confes que, en efecto, no andaba bueno desde que..., desde que se haba
acatarrado un poco. Le daba vergenza referir lo de la noche en vela, el
desmayo, la fuerte impresin moral y fsica sufrida con tal motivo.
Nucha empez a hablarle de algunas cosas indiferentes, y pas sin
transicin a preguntarle:

--Ha visto usted la pequeita?

--S, seora.... El da del bautizo. Angelito! Llor bien cuando le
pusieron la sal y cuando sinti el agua fra....

--Ah! Desde entonces ha crecido una cuarta lo menos y se ha vuelto
hermossima. Y alzando la voz y esforzndose, aadi:--Ama, ama! Traiga
la nia.

Oyronse pasos como de estatua colosal que anda, y entr la mocetona
color de tierra, muy oronda con su vestido nuevo de merino azul
ribeteado de negro terciopelo de tira, con el cual se asemejaba a la
gigantona tradicional de la catedral de Santiago, llamada la _Coca_. A
manera de pajarito posado en grueso tronco, vena la inocente criatura
recostada en el magno seno que la nutra. Estaba dormida, y tena la
calma, el dulce e insensible respirar que hace sagrado el sueo de los
nios. Julin no se cansaba de mirarla as.

--Santita de Dios!--murmur apoyando los labios muy quedamente en la
gorra, por no atreverse a la frente.

--Cjala usted, Julin.... Ya ver lo que pesa. Ama, dle la nia....

No pesaba ms que un ramo de flores, pero el capelln jur y perjur que
pareca hecha de plomo. Aguardaba el ama en pie, y l se haba sentado
con la chiquilla en brazos.

--Djemela un poquito...--suplic--. Ahora, mientras duerme.... No
despertar de seguro en mucho tiempo.

--Ya la llamar cuando haga falta. Ama, vyase.

La conversacin gir sobre un tema muy socorrido y muy del gusto de
Nucha: las gracias de la pequea.... Tena muchsimas, s seor, y el que
lo dudase sera un gran majadero. Por ejemplo: abra los ojos con
travesura incomparable; estornudaba con redomada picarda; apretaba con
su manita el dedo de cualquiera, tan fuerte, que se requera el vigor de
un Hrcules para desasirse; y an haca otros donaires, mejores para
callados que para archivados por la crnica. Al referirlos, el rostro
exange de Nucha se animaba, sus ojos brillaban, y la risa dilat sus
labios dos o tres veces. Mas de pronto se nubl su cara, hasta el punto
de que entre las pestaas le bailaron lgrimas, a las cuales no dio
salida.

--No me han dejado criarla, Julin.... Manas del seor de Juncal, que
aplica la higiene a todo, y vuelta con la higiene, y dale con la
higiene.... Me parece a m que no iba a morirme por intentarlo dos meses,
dos meses nada ms. Puede que me encontrase mejor de lo que estoy, y no
tuviese que pasar un siglo clavada en este sof, con el cuerpo sujeto y
la imaginacin loca y suelta por esos mundos de Dios.... Porque as, no
gozo descanso: siempre se me figura que el ama me ahoga la nia, o me la
deja caer. Ahora estoy contenta, tenindola aqu cerquita.

Sonri a la chiquilla dormida, y aadi:

--No le encuentra usted parecido...?

--Con usted?

--Con su padre!... Es todito l en el corte de la frente....

No manifest el capelln su opinin. Mud de asunto y continu aquel da
y los siguientes cumpliendo la obra de caridad de visitar al enfermo. En
la lenta convalecencia y total soledad de Nucha, falta le haca que
alguien se consagrase a tan piadoso oficio. Mximo Juncal vena un da
s y otro no; pero casi siempre de prisa, porque iba teniendo extensa
clientela: le llamaban hasta de Vilamorta. El mdico hablaba de poltica
exhalando un aliento de vaho de ron, tratando de pinchar y amoscar a
Julin; y, en realidad, si Julin fuese capaz de amostazarse, habra de
qu con las noticias que traa Mximo. Todo eran iglesias derribadas,
escndalos antirreligiosos, capillitas protestantes establecidas aqu o
acull, libertades de enseanza, de cultos, de esto y de lo otro....
Julin se limitaba a deplorar tamaos excesos, y a desear que las cosas
se arreglasen, lo cual no daba tela a Mximo para armar una de sus
trifulcas favoritas, tan provechosas al esparcimiento de su bilis y tan
fecundas en peripecias cuando tropezaba con curas ternes y carlistas,
como el de Bon o el Arcipreste.

Mientras el belicoso mdico no vena, todo era paz y sosiego en la
habitacin de la enferma. nicamente lo turbaba el llanto, prontamente
acallado, de la nia. El capelln lea el _Ao cristiano_ en alta voz, y
poblbase el ambiente de historias con sabor novelesco y potico:
Cecilia, hermossima joven e ilustre dama romana, consagr su cuerpo a
Jesucristo; desposronla sus padres con un caballero llamado Valeriano y
se efectu la boda con muchas fiestas, regocijos y bailes.... Slo el
corazn de Cecilia estaba triste.... Segua el relato de la mstica
noche nupcial, de la conversin de Valeriano, del ngel que velaba a
Cecilia para guardar su pureza, con el desenlace glorioso y pico del
martirio. Otras veces era un soldado, como San Menna; un obispo, como
San Severo.... La narracin, detallada y dramtica, refera el
interrogatorio del juez, las respuestas briosas y libres de los
mrtires, los tormentos, la flagelacin con nervios de buey, el ecleo,
las uas de hierro, las hachas encendidas aplicadas al costado... Y el
caballero de Cristo estaba con un corazn esforzado y quieto, con
semblante sereno, con una boca llena de risa (como si no fuera l sino
otro el que padeca), haciendo burla de sus tormentos y pidiendo que se
los acrecentasen.... Tales lecturas eran de fantstico efecto,
particularmente al caer de las adustas tardes invernales, cuando la hoja
seca de los rboles se arremolinaba danzando, y las nubes densas y
algodonceas pasaban lentamente ante los cristales de la ventana
profunda. All a lo lejos se oa el perpetuo sollozo de la represa, y
chirriaban los carros cargados de tallos de maz o ramaje de pino. Nucha
escuchaba con atencin, apoyada la barba en la mano. De tiempo en tiempo
su seno se alzaba para suspirar.

No era la primera vez que observaba Julin, desde el parto, gran
tristeza en la seorita. El capelln haba recibido una carta de su
madre que encerraba quizs la clave de los disgustos de Nucha. Parece
que la seorita Rita haba engatusado de tal manera a la ta vieja de
Orense, que sta la dejaba por heredera universal, desheredando a su
ahijada. Adems, la seorita Carmen estaba cada da ms chocha por su
estudiante, y se crea en el pueblo que, si don Manuel Pardo negaba el
consentimiento, la chica saldra depositada. Tambin pasaban cosas
terribles con la seorita Manolita: don Vctor de la Formoseda la
plantaba por una artesana, sobrina de un cannigo. En fin, misia Rosario
peda a Dios paciencia para tantas tribulaciones (las de la casa de
Pardo eran para misia Rosario como propias). Si todo esto haba llegado
a odos de Nucha por conducto de su marido o de su padre, no tena nada
de extrao que suspirase as. Por otra parte, el decaimiento fsico era
tan visible! Ya no se pareca Nucha a ms Virgen que a la demacrada
imagen de la Soledad. Juncal la pulsaba atentamente, le ordenaba
alimentos muy nutritivos, la miraba con alarmante insistencia.

Atendiendo a la nia, Nucha se reanimaba. Cuidbala con febril
actividad. Todo se lo quera hacer ella, sin ceder al ama ms que la
parte material de la cra. El ama, deca ella, era un tonel lleno de
leche que estaba all para aplicarle la espita cuando fuese necesario y
soltar el chorro: ni ms ni menos. La comparacin del tonel es
exactsima: el ama tena hechura, color e inteligencia de tonel. Posea
tambin, como los toneles, un vientre magno. Daba gozo verla comer,
mejor dicho, engullir: en la cocina, Sabel se entretena en llenarle el
plato o la taza a reverter, en ponerle delante medio pan, cebndola
igual que a los pavos. Con semejante mostrenco Sabel se la echaba de
principesa, modelo de delicados gustos y selectas aficiones. Como todo
es relativo en el mundo, para la gente de escalera abajo de la casa
solariega el ama representaba un salvaje muy gracioso y ridculo, y se
rean tanto ms con sus patochadas cuanto ms fcilmente podan incurrir
ellos en otras mayores. Realmente era el ama objeto curioso, no slo
para los payos, sino por distintas razones, para un etngrafo
investigador. Mximo Juncal refiri a Julin pormenores interesantes. En
el valle donde se asienta la parroquia de que el ama proceda--valle
situado en los ltimos confines de Galicia, lindando con Portugal--las
mujeres se distinguen por sus condiciones fsicas y modo de vivir: son
una especie de amazonas, resto de las guerreras galaicas de que hablan
los gegrafos latinos; que si hoy no pueden hacer la guerra sino a sus
maridos, destripan terrones con la misma furia que antes combatan;
andan medio en cueros, luciendo sus fornidas y recias carnazas; aran,
cavan, siegan, cargan carros de rama y esquilmo, soportan en sus hombros
de caritide enormes pesos y viven, ya que no sin obra, por lo menos sin
auxilio de varn, pues los del valle suelen emigrar a Lisboa en busca de
colocaciones desde los catorce aos, volviendo slo al pas un par de
meses, para casarse y propagar la raza, y huyendo apenas cumplido su
oficio de machos de colmena. A veces, en Portugal, reciben nuevas de
infidelidades conyugales, y, pasando la frontera una noche, acuchillan a
los amantes dormidos: ste fue el crimen del Tuerto protegido por
Barbacana, cuya historia haba contado tambin Juncal. No obstante, las
hembras de Castrodorna suelen ser tan honestas como selvticas. El ama
no desmenta su raza por la anchura desmesurada de las caderas y
redondez de los rudos miembros. Cost un triunfo a Nucha vestirla
racionalmente, y hacerle trocar la corta saya de bayeta verde, que no le
cubra la desnuda pantorrilla, por otra ms cumplida y decorosa,
consintindole nicamente el justillo, prenda clsica de ama de cra,
que deja rebosar las repletas ubres, y los caractersticos pendientes de
enorme argolla, el _torquis_ romano conservado desde tiempo inmemorial
en el valle. Fue una lid obligarle a poner los zapatos a diario, porque
todas sus congneres los reservan para las fiestas repicadas; fue una
penitencia ensearle el nombre y uso de cada objeto, an de los ms
sencillos y corrientes; fue pensar en lo excusado convencerla de que la
nia que criaba era un ser delicado y frgil, que no se poda traer mal
envuelto en retales de bayeta grana, dentro de una banasta mullida de
helechos, y dejarse a la sombra de un roble, a merced del viento, del
sol y de la lluvia, como los recin nacidos del valle de Castrodorna; y
Mximo Juncal, que aunque gran apologista de los artificios higinicos
lo era tambin de las milagrosas virtudes de la naturaleza, hallaba
alguna dificultad en conciliar ambos extremos, y sala del paso apelando
a su lectura ms reciente, _El origen de las especies_, por Darwin, y
aplicando ciertas leyes de adaptacin al medio, herencia, etctera, que
le permitan afirmar que el mtodo del ama, si no haca reventar como un
triquitraque a la criatura, la fortalecera admirablemente.

Por si acaso, Nucha no se atrevi a intentar la prueba, y dedicse a
cuidar en persona su tesoro, llevando la existencia atareada y minuciosa
de las madres, en la cual es un acontecimiento que estn ahumadas las
sopas, y un fracaso que se apague el brasero. Ella lavaba a su hijita,
la vesta, la fajaba, la velaba dormida y la entretena despierta. La
vida corra montona, ocupadsima, sin embargo. El bueno de Julin,
testigo de estas faenas, iba enterndose poco a poco de los para l
arcanos misteriosos del aseo y tocado de una criatura, llegando a
familiarizarse con los mltiples objetos que componen el complicado
ajuar de los recienes: gorras, ombligueros, culeros, paales, fajas,
microscpicos zapatos de crochet, capillos y baberos. Tales prendas,
blanqusimas, adornadas con bordados y encajes, zahumadas con espliego,
templaditas al sano calor de la camilla--calor domstico si los hay--las
tena el capelln muchas veces en el regazo, mientras la madre, con la
nia tendida boca abajo sobre su delantal de hule, pasaba y repasaba la
esponja por las carnes de tafetn, escocidas y medio desolladas por la
excesiva finura de su tierna epidermis, las rociaba con refrescantes
polvos de almidn y, apretando las nalgas con los dedos para que
hiciesen hoyos, se las mostraba a Julin exclamando con jbilo:

--Mire usted qu monada..., qu llenita se va poniendo!

En materia de desnudeces infantiles, Julin no era voto, pues slo
conoca las de los angelotes de los retablos; pero cavilaba para sus
adentros que, a pesar de haber el pecado original corrompido toda carne,
aqulla que le estaban enseando era la cosa ms pura y santa del mundo:
un lirio, una azucena de candor. La cabezuela blanda, cubierta de
langine rubia y suave por cima de las costras de la leche, tena el
olor especial que se nota en los nidos de paloma, donde hay pichones
implumes todava; y las manitas, cuyo pellejo rellenaba ya suave grasa,
y cuyos dedos se redondeaban como los del nio Dios cuando bendice; la
faz, esculpida en cera color rosa; la boca, desdentada y hmeda como
coral plido recin salido del mar; los piececillos, encendidos por el
taln a fuerza de agitarse en gracioso pataleo, eran otras tantas
menudencias provocadoras de ese sentimiento mixto que despiertan los
nios muy pequeos hasta en el alma ms empedernida: sentimiento
complejo y humorstico, en que entra la compasin, la abnegacin, un
poco de respeto y un mucho de dulce burla, sin hiel de stira.

En Nucha, el espectculo produca las hondas impresiones de la luna de
miel maternal, exaltadas por un temperamento nervioso y una sensibilidad
ya enfermiza. A aquel bollo blando, que an pareca conservar la
inconsistencia del gelatinoso protoplasma, que an no tena conciencia
de s propio ni viva ms que para la sensacin, la madre le atribua
sentido y presciencia, le insuflaba en locos besos su alma propia, y, en
su concepto, la chiquilla lo entenda todo y saba y ejecutaba mil cosas
oportunsimas, y hasta se mofaba discretamente, a su manera, de los
dichos y hechos del ama. Delirios impuestos por la naturaleza con muy
sabios fines, explicaba Juncal. Qu fue el primer da en que una
sonrisa borr la grave y cmica seriedad de la diminuta cara y
entreabri con celeste expresin el estrecho filete de los labios! No
era posible dejar de recordar el tan trado como llevado smil de la luz
de la aurora disipando las tinieblas. La madre pens chochear de
alegra.

--Otra vez, otra vez!--exclamaba--. Encanto, cielo, cielito, monadita
ma, rete, rete!

Por entonces la sonrisa no se dign presentarse ms. La zopenca del ama
negaba el hecho, cosa que enfureca a la madre. Al otro da cupo a
Julin la honra de encender la efmera lucecilla de la inteligencia
naciente en la criatura, pasendole no s qu baratijas relucientes
delante de los ojos. Julin iba perdiendo el miedo a la nena, que al
principio crea fcil de deshacer entre los dedos como merengue; y
mientras la madre enrollaba la faja o calentaba el paal, sola tenerla
en el regazo.

--Ms me fo en usted que en el ama--decale Nucha confidencialmente,
desahogando unos secretos celos maternales--. El ama es incapaz de
sacramentos.... Figrese usted que para hacerse la raya al peinarse apoya
el peine en la barbilla y lo va subiendo por la boca y la nariz hasta
que acierta con la mitad de la frente; de otro modo no sabe.... Me he
empeado en que no coma con los dedos, y qu consegu? Ahora come la
carne asada con cuchara.... Es un entrems, Julin. Cualquier da me
estropea la chiquilla.

El capelln perfeccionaba sus nociones del arte de tener un chico en
brazos sin que llore ni rabie. Consolid su amistad con la pequeuela un
suceso que casi debera pasarse en silencio: cierto hmedo calorcillo
que un da sinti Julin penetrar al travs de los pantalones.... Qu
acontecimiento! Nucha y l lo celebraron con algazara y risa, como si
fuese lo ms entretenido y chusco. Julin brincaba de contento y se
coga la cintura, que le dola con tantas carcajadas. La madre le
ofreci su delantal de hule, que l rehus; ya tena un pantaln viejo,
destinado a perecer en la demanda, y por nada del mundo renunciara a
sentir aquella onda tibia.... Su contacto derreta no s qu nieve de
austeridad, cuajada sobre un corazn afeminado y virgen all desde los
tiempos del seminario, desde que se haba propuesto renunciar a toda
familia y todo hogar en la tierra entrando en el sacerdocio; y al par
encenda en l misterioso fuego, ternura humana, expansiva y dulce; el
presbtero empezaba a querer a la nia con ceguera, a figurarse que, si
la viese morir, se morira l tambin, y otros muchos dislates por el
estilo, que cohonestaba con la idea de que, al fin, la chiquita era un
ngel. No se cansaba de admirarla, de devorarla con los ojos, de
considerar sus pupilas lquidas y misteriosas, como anegadas en leche,
en cuyo fondo pareca reposar la serenidad misma.

Una penosa idea le acuda de vez en cuando. Acordbase de que haba
soado con instituir en aquella casa el matrimonio cristiano cortado por
el patrn de la Sacra Familia. Pues bien, el santo grupo estaba
disuelto: all faltaba San Jos o lo sustitua un clrigo, que era peor.
No se vea al marqus casi nunca; desde el nacimiento de la nia, en vez
de mostrarse ms casero y sociable, volva a las andadas, a su vida de
caceras, de excursiones a casa de los abades e hidalgos que posean
buenos perros y gustaban del monte, a los cazaderos lejanos. Pasbase a
veces una semana fuera de los Pazos de Ulloa. Su hablar era ms spero,
su genio, ms egosta e impaciente, sus deseos y rdenes se expresaban
en forma ms dura. Y an notaba Julin ms alarmantes indicios. Le
inquietaba ver que Sabel reciba otra vez su antigua corte de sultana
favorita, y que la Sabia y su progenie, con todas las parleras comadres
y astrosos mendigos de la parroquia, pululaban all, huyendo a escape
cuando l se acercaba, llevando en el seno o bajo el mandil bultos
sospechosos. Perucho ya no se ocultaba, antes se le encontraba por todas
partes enredado en los pies, y, en suma, las cosas iban tornando al ser
y estado que tuvieron antes.

Trataba el bueno del capelln de comulgarse a s propio con ruedas de
molino, dicindose que aquello no significaba _nada_; pero la maldita
casualidad se empe en abrirle los ojos cuando no quisiera. Una maana
que madrug ms de lo acostumbrado para decir su misa, resolvi advertir
a Sabel que le tuviese dispuesto el chocolate dentro de media hora.
Intilmente llam a su cuarto, situado cerca de la torre en que Julin
dorma. Baj con esperanzas de encontrarla en la cocina, y al pasar ante
la puerta del gran despacho prximo al archivo, donde se haba instalado
don Pedro desde el nacimiento de su hija, vio salir de all a la moza,
en descuidado traje y soolienta. Las reglas psicolgicas aplicables a
las conciencias culpadas exigan que Sabel se turbase: quien se turb
fue Julin. No slo se turb, pero subi de nuevo a su dormitorio,
notando una sensacin extraa, como si le hubiesen descargado un fuerte
golpe en las piernas quebrndoselas. Al entrar en su habitacin, pensaba
esto o algo anlogo:

Vamos a ver, quin es el guapo que dice misa hoy?.




-XIX-


No, ese guapo no era l. Buena misa sera la que dijese, con la cabeza
hecha una olla de grillos! Hasta reprimir los amotinados pensamientos
que le acuciaban, hasta adoptar una resolucin firme y valedera, Julin
no se atreva ni a pensar en el santo sacrificio.

La cosa era bien clara. Situacin: la misma del ao penltimo. Tena que
marcharse de aquella casa echado por el feo vicio, por el delito infame.
No le era lcito permanecer all ni un instante ms. Salvo el debido
respeto, se haba llevado la trampa el matrimonio cristiano, en cierto
modo obra suya, y ya no quedaba rastro de hogar, sino una sentina de
corrupcin y pecado. A otra parte, pues, con la msica.

Slo que.... Vaya, hay cosas ms fciles de pensar que de hacer en este
mundo. Todo era una montaa: encontrar pretexto, despedirse, preparar el
equipaje.... La primera vez que pens en irse de all ya le costaba algn
esfuerzo; hoy, la idea sola de marchar le produca el mismo efecto que
si le echasen sobre el alma un pao mojado en agua fra. Por qu le
disgustaba tanto la perspectiva de salir de los Pazos? Bien mirado, l
era un extrao en aquella casa.

Es decir, eso de extrao.... Extrao no, pues viva unido espiritualmente
a la familia por el respeto, por la adhesin, por la costumbre. Sobre
todo, la nia, la nia. El acordarse de la nia le dej como embobado.
No poda explicarse a s mismo el gran sacudimiento interior que le
causaba pensar que no volvera a cogerla en brazos. Mire usted que
estaba encariado con la tal mueca! Se le llenaron de lgrimas los
ojos.

Bien decan en el Seminario--murmur con despecho--que soy muy apocado y
muy... as..., como las mujeres, que por todo se afectan. Vaya un
sacerdote ordenado de misa! Si tengo tal aficin a chiquillos, no deb
abrazar la carrera que abrac. No, no; esto que voy diciendo es un
desatino mayor todava.... Si me gustan los chiquillos y tengo vocacin
de ayo o niero, quin me priva de cuidar a los que andan descalzos por
las carreteras, pidiendo limosna? Son hijos de Dios lo mismo que esta
pobre pequea de aqu.... Hice mal, muy mal en tomarle tanta aficin....
Pero es que slo un perro, qu!, ni un perro...: slo una fiera puede
besar a un angelito y no quererlo bien.

Resumiendo despus sus cavilaciones, aadi para s:

Soy un majadero, un Juan Lanas. No s a qu he venido aqu la vez
segunda. No deb volver. Estaba visto que el seorito tena que parar en
esto. Mi poca energa tiene la culpa. Con riesgo de la vida deb barrer
esa canalla, si no por buenas, a latigazos. Pero yo no tengo agallas,
como dice muy bien el seorito, y ellos pueden y saben ms que yo, a
pesar de ser unos brutos. Me han engaado, me han embaucado, no he
puesto en la calle a esa moza desvergonzada, se han redo de m y ha
triunfado el infierno.

Mientras sostena este monlogo, iba sacando de un cajn de la cmoda
prendas de ropa blanca, a fin de hacer su equipaje, pues como todas las
personas irresolutas, sola precipitarse en los primeros momentos y
adoptar medidas que le ayudaban a engaarse a s propio. Al paso que
rellenaba la maleta, razonaba para consigo:

Seor, Seor, por qu ha de haber tanta maldad y tanta estupidez en la
tierra? Por qu el hombre ha de dejar que lo pesque el diablo con tan
tosco anzuelo y cebo tan ruin? (diciendo esto alineaba en el bal
calcetines). Poseyendo la perla de las mujeres, el verdadero trasunto de
la mujer fuerte, una esposa castsima (este superlativo se le ocurri al
doblar cuidadosamente la sotana nueva), ir a caer precisamente con una
vil mozuela, una sirviente, una fregona, una desvergonzada que se va a
picos pardos con el primer labriego que encuentra!.

Llegaba aqu del soliloquio cuando trataba sin xito de acomodar el
sombrero de canal de modo que la cubierta de la maleta no lo abollase.

El ruido que hizo la tapa al descender, el gemido armonioso del cuero,
parecile una voz irnica que le responda:

Por eso, por eso mismo.

Ser posible!--murmur el bueno del capelln--. Ser posible que la
abyeccin, que la indignidad, que la inmundicia misma del pecado
atraiga, estimule, sea un aperitivo, como las guindillas rabiosas, para
el paladar estragado de los esclavos del vicio! Y que en esto caigan, no
personas de poco ms o menos, sino seores de nacimiento, de rango,
seores que....

Detvose y, reflexivo, cont un montculo de pauelos de narices que
sobre la cmoda reposaba.

Cuatro, seis, siete.... Pues yo tena una docena, todos marcados....
Pierden aqu la ropa bastante....

Volvi a contar.

Seis, siete.... Y uno en el bolsillo, ocho.... Puede que haya otro en la
lavandera....

Dejlos caer de golpe. Acababa de recordar que uno de aquellos pauelos
se lo haba atado l a la niita debajo de la barba, para impedir que la
baba le rozase el cuello. Suspir hondamente, y abriendo otra vez el
maletn, not que la seda del sombrero de canal se estropeaba con la
tapa. No cabe, pens, y parecile enorme dificultad para su viaje no
poder acomodar la canaleja. Mir el reloj: sealaba las diez. A las diez
o poco ms coma la chiquita su sopa y era la risa del mundo verla con
el hocico embadurnado de puches, empeada en coger la cuchara y sin
acertar a lograrlo. Estara tan mona! Resolvi bajar; al da siguiente
le sera fcil colocar mejor su sombrero y resolver la marcha. Por
veinticuatro horas ms o menos....

Este medicamento emoliente de la espera equivale, para la mayor parte de
los caracteres, a infalible especfico. No hay que vituperar su empleo,
en atencin a lo que consuela: en rigor, la vida es serie de
aplazamientos, y slo hay un desenlace definitivo, el ltimo. As que
Julin concibi la luminosa idea de aguardar un poco, sintise
tranquilo; aun ms: contento. No era su carcter muy jovial,
propendiendo a una especie de morosidad soadora y mrbida, como la de
las doncellas anmicas; pero en aquel punto respiraba con tal desahogo
por haber encontrado una solucin, que sus manos temblaban, deshaciendo
con alegre presteza el embutido de calcetines y ropa blanca y dando
amable libertad al canal y manteo. Despus se lanz por las escaleras,
dirigindose a la habitacin de Nucha.

Nada aconteci aquel da que lo diferenciase de los dems, pues all la
nica variante sola ser el mayor o menor nmero de veces que mamaba la
chiquitina, o la cantidad de paales puestos a secar. Sin embargo, en
tan pacfico interior vea el capelln desarrollarse un drama mudo y
terrible. Ya se explicaba perfectamente las melancolas, los suspiros
ahogados de Nucha. Y mirndole a la cara y vindola tan consumida, con
la piel terrosa, los ojos mayores y ms vagos, la hermosa boca contrada
siempre, menos cuando sonrea a su hija, calculaba que la seorita, por
fuerza, deba _saberlo todo_, y una lstima profunda le inundaba el
alma. Reprendise a s mismo por haber pensado siquiera en marcharse. Si
la seorita necesitaba un amigo, un defensor, en quin lo encontrara
ms que en l? Y lo necesitara de fijo.

La misma noche, antes de acostarse, presenci el capelln una escena
extraa, que le sepult en mayores confusiones. Como se le hubiese
acabado el aceite a su veln de tres mecheros y no pudiese rezar ni
leer, baj a la cocina en demanda de combustible. Hall muy concurrido
el sarao de Sabel. En los bancos que rodeaban el fuego no caba ms
gente: mozas que hilaban, otras que mondaban patatas, oyendo las
chuscadas y chocarreras del to Pepe de Naya, vejete que era un puro
costal de malicias, y que, viniendo a moler un saco de trigo al molino
de Ulloa, donde pensaba pasar la noche, no encontraba malo refocilarse
en los Pazos con el cuenco de caldo de unto y tajadas de cerdo que la
hospitalaria Sabel le ofreca. Mientras l pagaba el escote contando
chascarrillos, en la gran mesa de la cocina, que desde el casamiento de
don Pedro no usaban los amos, se vean, no lejos de la turbia luz de
aceite, relieves de un festn ms suculento: restos de carne en platos
engrasados, una botella de vino descorchada, una media tetilla, todo
amontonado en un rincn, como barrido despreciativamente por el
hartazgo; y en el espacio libre de la mesa, tendidos en hilera, haba
hasta doce naipes, que si no recortados en forma ovada por exceso de
uso, como aquellos de que se sirvieron Rinconete y Cortadillo, no les
cedan en lo pringosos y sucios. En pie, delante de ellos, la seora
Mara la Sabia, extendiendo el dedo negro y nudoso cual seca rama de
rbol, los consultaba con ademn reflexivo. Encorvada la horrenda
sibila, alumbrada por el vivo fuego del hogar y la luz de la lmpara,
pona miedo su estoposa pelambrera, su catadura de bruja en aquelarre,
ms monstruosa por el bocio enorme, ya que le desfiguraba el cuello y
remedaba un segundo rostro, rostro de visin infernal, sin ojos ni
labios, liso y reluciente a modo de manzana cocida. Julin se detuvo en
lo alto de la escalera, contemplando las prcticas supersticiosas, que
se interrumpiran de seguro si sus zapatillas hiciesen ruido y delatasen
su presencia.

Si l conociese a fondo la tenebrossima y an no desacreditada ciencia
de la cartomancia, cunto ms interesante le parecera el espectculo!
Entonces podra ver reunidos all, como en el reparto de un drama, los
personajes todos que jugaban en su vida y ocupaban su imaginacin. Aquel
rey de bastos, con hopalanda azul ribeteada de colorado, los pies
simtricamente dispuestos, la gran maza verde al hombro, se le figurara
bastante temible si supiese que representaba un hombre moreno casado--don
Pedro--. La sota del mismo palo se le antojara menos fea si comprendiese
que era smbolo de una seorita morena tambin--Nucha--. A la de copas le
dara un puntapi por insolente y borracha, atendido que personificaba a
Sabel, una moza rubia y soltera. Lo ms grave sera verse a s mismo--un
joven rubio--significado por el caballo de copas, azul por ms seas,
aunque ya todos estos colorines los haba borrado la mugre.

Pues qu sucedera si despus, cuando la vieja baraj los naipes y,
repartindolos en cuatro montones, empez a interpretar su sentido
fatdico, pudiese l or distintamente todas las palabras que salan del
antro espantable de su boca! Haba all concordancias de la sota de
bastos con el ocho de copas, que anunciaban nada menos que amores
secretos de mucha duracin; apariciones del ocho de bastos, que
vaticinaban rias entre cnyuges; reuniones de la sota de espadas con la
de copas patas arriba, que encerraban ttricos augurios de viudez por
muerte de la esposa. A bien que el cinco del mismo palo profetizaba
despus unin feliz. Todo esto, dicho por la sibila en voz baja y
cavernosa, lo escuchaba solamente la bella fregatriz Sabel, que con los
brazos cruzados tras la espalda, el color arrebatado, se inclinaba sobre
el orculo, que ms pareca provocarla a curiosidad que a regocijo. La
jarana con que en el hogar se celebraban los chistes del seor Pepe
impeda que nadie atendiese al silabeo de la vieja. Merced a la
situacin de la escalera, dominaba Julin la mesa, trpode y ara del
temeroso rito, y sin ser visto poda ver y entreor algo. Escuchaba,
tratando de entender mejor lo que slo confusamente perciba, y como al
hacerlo cargase sobre el barandal de la escalera, ste cruji levemente,
y la bruja alz su horrible cartula. En un santiamn recogi los
naipes, y el capelln baj, algo confuso de su espionaje involuntario,
pero tan preocupado con lo que crea haber sorprendido, que ni se le
ocurri censurar el ejercicio de la hechicera. La bruja, empleando el
tono humilde y servil de siempre, se apresur a explicarle que aquello
era mero pasatiempo, por se rer un poco.

Volvi Julin a su cuarto agitadsimo. Ni l mismo saba lo que le
correteaba por el magn. Bien presuma antes a cuntos riesgos se
exponan Nucha y su hija viviendo en los Pazos: ahora..., ahora los
divisaba inminentes, clarsimos. Tremenda situacin! El capelln le
daba vueltas en su cerebro excitado: a la nia la robaran para matarla
de hambre; a Nucha la envenenaran tal vez.... Intentaba serenarse. Bah!
No abundan tanto los crmenes por esos mundos, a Dios gracias. Hay
jueces, hay magistrados, hay verdugos. Aquel hato de bribones se
contentara con explotar al seorito y a la casa, con hacer rancho de
ella, con mandar anulando en su dignidad y podero domstico a la
seorita. Pero..., si no se contentaba?

Dio cuerda a su veln, y apoyando los codos sobre la mesa intent leer
en las obras de Balmes, que le haba prestado el cura de Naya, y en cuya
lectura encontraba grato solaz su espritu, prefiriendo el trato con tan
simptica y persuasiva inteligencia a las honduras escolsticas de
Prisco y San Severino. Mas a la sazn no poda entender una sola lnea
del filsofo, y slo oa los tristes ruidos exteriores, el quejido
constante de la presa, el gemir del viento en los rboles. Su acalorada
fantasa le fingi entre aquellos rumores quejumbrosos otro ms
lamentable an, porque era personal: un grito humano. Qu disparatada
idea! No hizo caso y sigui leyendo. Pero crey escuchar de nuevo el
_ay_ tristsimo. Seran los perros? Asomse a la ventana: la luna
bogaba en un cielo nebuloso, y all a lo lejos se oa el aullar de un
perro, ese aullar lgubre que los aldeanos llaman _ventar la muerte_ y
juzgan anuncio seguro del prximo fallecimiento de una persona. Julin
cerr la ventana estremecindose. No despuntaba por valentn, y sus
temores instintivos se aumentaban en la casa solariega, que le produca
nuevamente la dolorosa impresin de los primeros das. Su temperamento
linftico no posea el secreto de ciertas saludables reacciones, con las
cuales se desecha todo vano miedo, todo fantasma de la imaginacin. Era
capaz, y demostrado lo tena, de arrostrar cualquier riesgo grave, si
crea que se lo ordenaba su deber; pero no de hacerlo con nimo sereno,
con el hermoso desdn del peligro, con el buen humor heroico que slo
cabe en personas de rica y roja sangre y firmes msculos. El valor
propio de Julin era valor tembln, por decirlo as; el breve arranque
nervioso de las mujeres.

Volva a su conferencia con Balmes cuando.... Jess nos valga! Ahora
s, ahora s que no caba duda! Un chillido sobreagudo de terror haba
subido por el oscuro caracol y entrado por la puerta entornada. Qu
chillido! El veln le bailaba en las manos a Julin.... Bajaba, sin
embargo, muy aprisa, sin sentir sus propios movimientos, como en las
espantosas cadas que damos soando. Y volaba por los salones
recorriendo la larga cruja para llegar hacia la parte del archivo,
donde haba sonado el grito horrible.... El veln, oscilando ms y ms en
su diestra trmula, proyectaba en las paredes caleadas extravagantes
manchones de sombra.... Iba a dar la vuelta al pasillo que divida el
archivo del cuarto de don Pedro, cuando vio.... Dios santo! S, era la
escena misma, tal cual se la haba figurado l.... Nucha de pie, pero
arrimada a la pared, con el rostro desencajado de espanto, los ojos no
ya vagos sino llenos de extravo mortal; enfrente su marido, blandiendo
un arma enorme.... Julin se arroj entre los dos.... Nucha volvi a
chillar....

--Ay!, ay! Qu hace usted! Que se escapa... que se escapa!

Comprendi entonces el alucinado capelln lo que ocurra, con no poca
vergenza y confusin suya.... Por la pared trepaba aceleradamente,
deseando huir de la luz, una araa de desmesurado grandor, un monstruoso
vientre columpiado en ocho velludos zancos. Su carrera era tan rpida,
que intilmente trataba el seorito de alcanzarla con la bota; de
repente Nucha se adelant, y con voz entre grave y medrosa repiti
ingenuamente lo que haba dicho mil veces en su niez:

--San Jorge... para la araa!

El feo insecto se detuvo a la entrada de la zona de sombra: la bota cay
sobre l. Julin, por reaccin natural del miedo disipado, que se trueca
en inexplicable gozo, iba a rerse del suceso; pero not que Nucha,
cerrando los ojos y apoyndose en la pared, se cubra la cara con el
pauelo.

--No es nada, no es nada...--murmuraba.

--Un poco de llanto nervioso.... Ya pasar.... Estoy an algo dbil....

--Valiente cosa para tanto alboroto!--exclam el marido encogindose de
hombros--. Os cran con ms mimo! En mi vida he visto tal. Don Julin,
usted crey que la casa se vena abajo? Ea, a recogerse! Buenas
noches.

Tard bastante el capelln en dormirse. Recapacitaba en sus terrores y
conceda su ridiculez; prometase vencer aquella pusilanimidad suya;
pero duraba an el desasosiego: la impulsin estaba comunicada y
almacenada en sinuosidades cerebrales muy hondas. Apenas le otorg sus
favores el sueo, vino con l una legin de pesadillas a cual ms negra
y opresora. Empez a soar con los Pazos, con el gran casern; mas, por
extraa anomala propia del estado, cuyo fundamento son siempre nociones
de lo real, pero barajadas, desquiciadas y revueltas merced al anrquico
influjo de la imaginacin, no vea la huronera tal cual la haba visto
siempre, con su vasta mole cuadrilonga, sus espaciosos salones, su ancho
portaln inofensivo, su aspecto amazacotado, conventual, de construccin
del siglo XVIII; sino que, sin dejar de ser la misma, haba mudado de
forma; el huerto con bojes y estanque era ahora ancho y profundo foso;
las macizas murallas se poblaban de saeteras, se coronaban de almenas;
el portaln se volva puente levadizo, con cadenas rechinantes; en suma:
era un castillote feudal hecho y derecho, sin que le faltase ni el
romntico aditamento del pendn de los Moscosos flotando en la torre del
homenaje; indudablemente, Julin haba visto alguna pintura o ledo
alguna medrosa descripcin de esos espantajos del pasado que nuestro
siglo restaura con tanto cario. Lo nico que en el castillo recordaba
los Pazos actuales era el majestuoso escudo de armas; pero aun en este
mismo exista diferencia notable, pues Julin distingua claramente que
se haban animado los emblemas de piedra, y el pino era un rbol verde
en cuya copa gema el viento, y los dos lobos rapantes movan las
cabezas exhalando aullidos lgubres. Miraba Julin fascinado hacia lo
alto de la torre, cuando vio en ella alarmante figurn: un caballero con
visera calada, todo cubierto de hierro; y aunque ni un dedo de la mano
se le descubra, con el don adivinatorio que se adquiere soando, Julin
perciba al travs de la celada la cara de don Pedro. Furioso,
amenazador, enarbolaba don Pedro un arma extraa, una bota de acero, que
se dispona a dejar caer sobre la cabeza del capelln. ste no haca
movimiento alguno para desviarse, y la bota tampoco acababa de caer; era
una angustia intolerable, una agona sin trmino; de repente sinti que
se le posaba en el hombro una lechuza fesima, con greas blancas. Quiso
gritar: en sueos el grito se queda siempre helado en la garganta. La
lechuza rea silenciosamente. Para huir de ella, saltaba el foso; mas
ste ya no era foso, sino la represa del molino; el castillo feudal
tambin mudaba de hechura sin saberse cmo; ahora se pareca a la
clsica torre que tienen en las manos las imgenes de Santa Brbara; una
construccin de cartn pintado, hecha de sillares muy cuadraditos, y a
cuya ventana asomaba un rostro de mujer plido, descompuesto.... Aquella
mujer sac un pie, luego otro... fue descolgndose por la ventana
abajo.... Qu asombro! Era la sota de bastos, la mismsima sota de
bastos, muy sucia, muy pringosa! Al pie del muro la esperaba el caballo
de espadas, una rara alimaa azul, con la cola rayada de negro. Mas a
poco Julin reconoci su error: qu caballo de espadas! No era sino San
Jorge en persona, el valeroso caballero andante de las celestiales
milicias, con su dragn debajo, un dragn que pareca araa, en cuya
tenazuda boca hunda la lanza con denuedo.... Brillante y aguda, la lanza
descenda, se hincaba, se hincaba.... Lo sorprendente es que el lanzazo
lo senta Julin en su propio costado.... Lloraba muy bajito, queriendo
hablar y pedir misericordia; nadie acuda en su auxilio, y la lanza le
tena ya atravesado de parte a parte.... Despert repentinamente,
resintindose de una punzada dolorosa en la mano derecha, sobre la cual
haba gravitado el peso del cuerpo todo, al acostarse del lado
izquierdo, posicin favorable a las pesadillas.




-XX-


Los sueos de las noches de terror suelen parecer risibles apenas
despunta la claridad del nuevo da; pero Julin, al saltar de la cama,
no consigui vencer la impresin del suyo. Prosegua el hervor de la
imaginacin sobrexcitada: mir por la ventana, y el paisaje le pareci
ttrico y siniestro; verdad es que entoldaban la bveda celeste
nubarrones de plomo con reflejos lvidos, y que el viento, sordo unas
veces y sibilante otras, doblaba los rboles con rfagas repentinas. El
capelln baj la escalera de caracol con nimo de decir su misa, que a
causa del mal estado de la capilla seorial acostumbraba celebrar en la
parroquia. Al regresar y acercarse a la entrada de los Pazos, un
remolino de hojas secas le envolvi los pies, una atmsfera fra le
sobrecogi, y la gran huronera de piedra se le present imponente,
ceuda y terrible, con aspecto de prisin, como el castillo que haba
visto soando. El edificio, bajo su toldo de negras nubes, con el ruido
temeroso del cierzo que lo fustigaba, era amenazador y siniestro. Julin
penetr en l con el alma en un puo. Cruz rpidamente el helado
zagun, la cavernosa cocina, y, atravesando los salones solitarios, se
apresur a refugiarse en la habitacin de Nucha, donde acostumbraban
servirle el chocolate por orden de la seorita.

Encontr a sta algo ms desemblantada que de costumbre. Al abatimiento
que de ordinario se revelaba en su rostro afilado, se agregaba una
contraccin y un azoramiento, indicios de gran tirantez nerviosa. Tena
a la nia en brazos, y al ver llegar a Julin le hizo rpidamente sea
de que ni chistase ni se menease, que el angelito andaba en tratos de
aletargarse al calor del seno maternal. Inclinada sobre la criatura,
Nucha le echaba el aliento para mejor adormecerla, y arreglaba con
febriles movimientos el paoln calcetado que envolva, como el capullo
a la oruga, aquella vida naciente. Pestae la nia dos o tres veces, y
luego cerr los ojitos, mientras su madre no cesaba de arrullarla con
una _nana_ aprendida del ama, una especie de gemido cuya base era el
triste, _lai... lai_!, la queja lenta y larga de todas las canciones
populares en Galicia. El canto fue descendiendo, hasta concluir en la
pronunciacin melanclica y cariosa de una sola letra, la _e_
prolongada; y levantndose en puntas de pie, Nucha deposit a su hija en
la cuna muy delicada y cuidadosamente, pues la chiquilla era tan
lista--en opinin de su madre--que distingua al punto la cuna del brazo,
y era capaz de despertar del sopor ms profundo si se enteraba de la
sustitucin.

Por lo mismo Julin y Nucha se hablaron muy de quedo, mientras la
seorita manejaba la aguja de _crochet_ calcetando unos zapatitos que
parecan bolsas. Julin empez por preguntar si se le haba quitado el
susto de la noche anterior.

--S, pero todava estoy no s cmo.

--Yo tampoco les tengo aficin a esos bichos asquerosos.... No los haba
visto tan gordos hasta que vine a la aldea. En el pueblo apenas los hay.

--Pues yo--contest Nucha--era antes muy valiente; pero desde... que naci
la pequea, no s qu me pasa; parece que me he vuelto medio tonta, que
tengo miedo a todo....

Interrumpi la labor, y alz la cara; sus grandes ojos estaban
dilatados; sus labios, ligeramente trmulos.

--Es una enfermedad, es una mana; ya lo conozco, pero no lo puedo
remediar, por ms que hago. Tengo la cabeza debilitada; no pienso sino
en cosas de susto, en espantos.... Ve usted qu chillidos di ayer por la
dichosa araa? Pues de noche, cuando me quedo sola con la nia...--porque
el ama durmiendo es lo mismo que si estuviese muerta; aunque le disparen
al odo un can de a ocho no se mueve--hara a cada paso escenas por el
estilo si no me dominase. No se lo digo a Juncal por vergenza; pero veo
cosas muy raras. La ropa que cuelgo me representa siempre hombres
ahorcados, o difuntos que salen del atad con la mortaja puesta; no
importa que mientras est el quinqu encendido, antes de acostarme, la
arregle as o as; al fin toma esas hechuras extravagantes aun no bien
apago la luz y enciendo la lamparilla. Hay veces que distingo personas
sin cabeza; otras, al contrario, les veo la cara con todas sus
facciones, la boca muy abierta y haciendo muecas.... Esos mamarrachos que
hay pintados en el biombo se mueven; y cuando crujen las ventanas con el
viento, como esta noche, me pongo a cavilar si son almas del otro mundo
que se quejan....

--Seorita!--exclam dolorosamente Julin--. Eso es contra la fe! No
debemos creer en aparecidos ni en brujeras.

--Si yo no creo!--repuso la seorita riendo nerviosamente--. Usted se
figura que soy como el ama, que dice que ha visto en realidad la
_Compaa_, con su procesin de luces all a las altas horas? En mi vida
he dado crdito a paparruchas semejantes; por eso digo que debo de estar
enferma, cuando me persiguen visiones y vestiglos.... Lo que siempre me
porfa el seor de Juncal: fortalecerse, criar sangre.... Lstima que la
sangre no se compre en la tienda.... no le parece a usted?

--O que... los sanos no se la podamos regalar a... los que... la
necesitan....

Dijo esto el presbtero titubeando, ponindose encendido hasta la nuca,
porque su impulso primero haba sido exclamar: Seorita Marcelina, aqu
est mi sangre a la disposicin de usted.

El silencio producido por arranque tan vivo dur algunos segundos,
durante los cuales ambos interlocutores miraron fijamente, distrados y
ensimismados, el paisaje que se alcanzaba desde la ancha y honda ventana
fronteriza. Al pronto no lo vieron; luego su efecto sombro les fue
entrando, mal de su grado, por los ojos hasta el alma. Eran las montaas
negras, duras, macizas en apariencia, bajo la oscursima techumbre del
cielo tormentoso; era el valle alumbrado por las claridades plidas de
un angustiado sol; era el grupo de castaos, inmvil unas veces, otras
violentamente sacudido por la racha del ventarrn furioso y
desencadenado.... A un mismo tiempo exclamaron los dos, capelln y
seorita:

--Qu da tan triste!

Julin reflexionaba en la rara coincidencia de los terrores de Nucha y
los suyos propios; y, pensando alto, prorrumpa:

--Seorita, tambin esta casa..., vamos, no es por decir mal de ella,
pero... es un poco _miedosa_. No le parece?

Los ojos de Nucha se animaron, como si el capelln le hubiese adivinado
un sentimiento que no se atreva a manifestar.

--Desde que ha venido el invierno--murmur hablando consigo misma--no s
qu tiene ni qu trazas saca... que no me parece la misma.... Hasta las
murallas se han vuelto ms gordas y la piedra ms oscura.... Ser una
tontera, ya s que lo ser!, pero no me atrevo a salir de mi
habitacin, yo que antes revolva todos los rincones y andaba por todas
partes.... Y no tengo remedio sino dar una vuelta por ella.... Necesito
ver si hay abajo, en el stano, arcones para la ropa blanca.... Hgame el
favor de venir, Julin, ahora que la nia duerme.... Quiero quitarme de
la cabeza estas aprensiones y estas tontunas.

Intent el capelln disuadirla: tema que se cansase, que se enfriase al
atravesar los salones, al bajar al claustro. La seorita no dio ms
respuesta que dejar la labor, envolverse en su mantn y echar a andar.
Cruzaron a buen paso la fila de habitaciones extensas, desamuebladas,
casi vacas, donde las pisadas retumbaban sordamente. De tiempo en
tiempo, Nucha volva la cabeza atrs a ver si la segua su acompaante,
y el ademn de volverla revelaba alteracin y zozobra. En la diestra
columpiaba un manojo de llaves. Salieron al claustro superior, y por una
escalerilla muy pendiente descendieron al inferior, cuyas arcadas eran
de piedra.

Llegados al patn que cerraba el grave claustro, Nucha seal a un pilar
que tena incrustada una argolla de hierro, de la cual colgaba an un
eslabn comido de orn.

--Sabe usted qu era esto?--murmur con apagada voz.

--No s--respondi Julin.

--Dice Pedro--explic la seorita--que estuvo ah la cadena con que tenan
sujeto sus abuelos a un negro esclavo.... No parece mentira que se
hiciesen semejantes crueldades? Qu tiempos tan malos, Julin!

--Seorita..., a don Mximo Juncal, que no piensa ms que en poltica,
todo se le vuelve hablar de eso; pero mire usted, en cada tiempo hay su
legua de mal camino.... Bastantes barbaridades hacen hoy en da, y la
religin anda perdida desde estas grescas.

--Pero como aqu--observ Nucha, formulando sencillamente una observacin
histrico-filosfica de bastante alcance--no ve uno sino las atrocidades
de los seores de otro tiempo..., parece que son las nicas que le dan
en qu pensar.... Por qu sern tan malos cristianos los hombres?--aadi
entreabriendo los labios con cndido asombro.

El cielo se oscureci ms en el momento de expresarse as Nucha; un
relmpago alumbr sbitamente las profundidades de las arcadas del
claustro y el rostro de la seorita, que adquiri a la luz verdosa el
aspecto trgico de una faz de imagen.

--Santa Brbara bendita!--articul piadosamente el capelln,
estremecindose--. Volvmonos arriba, seorita.... Est tronando. Como
este ao no tuvimos _cordonazo de San Francisco_..., ya se ve, el
equinoccio no quiere pasar sin esto.... Subimos?

--No--resolvi Nucha, empeada en combatir sus propios terrores--. sta es
la puerta del stano.... Cul ser la llave?

La busc algn tiempo en el manojo. Al introducirla en la cerradura y
empujar la puerta, otro relmpago ba de claridad fantasmagrica el
sitio en que iba a penetrar; rod el carro del trueno, pausado al
principio, despus ronco y formidable, como una voz hinchada por la
clera, y Nucha retrocedi con espanto.

--Qu sucede, seorita querida? Qu sucede?--grit el capelln.

--Nada... nada!--tartamude la seora de Ulloa--. Se me figur al abrir
que estaba ah dentro un perro muy grande, sentado, y que se levantaba y
se me echaba para morderme.... Si no los tendr cabales? Pues mire usted
que jurara haberlo visto.

--El dulce Nombre! No, seorita es que hace fro aqu, es que truena, es
que es una locura andar ahora revolviendo en los stanos.... Retrese
usted; yo buscar lo que haga falta.

--No--replic Nucha con energa--. Ya me carga de veras ser tan boba....
Quiero entrar antes, para que vea usted si comprendo perfectamente que
todas son necedades.... Trae usted la cerilla?--grit ya desde dentro.

El capelln la encendi, y a su luz menos que dudosa vieron el stano,
mejor dicho, entrevieron las paredes destilando humedad; el confuso
montn de objetos retirados all por inservibles y pudrindose en los
rincones; el conjunto de cosas informes y, por lo mismo, temerosas y
vagas. En la penumbra de aquel lugar casi subterrneo, en el
hacinamiento de vejestorios retirados por inservibles y entregados a las
ratas, la pata de una mesa pareca un brazo momificado, la esfera de un
reloj era la faz blanquecina de un muerto, y unas botas de montar
carcomidas, asomando por entre papeles y trapos, despertaban en la
fantasa la idea de un hombre asesinado y oculto all. No obstante,
Nucha, con paso resuelto, fue derecha al caos hmedo y medroso, y, con
la voz ahogada y conmovida de los que acaban de obtener un gran triunfo
sobre s mismos, grit:

--Aqu est el arcn.... Que me lo suban despus....

Sali muy animada, satisfecha de su resolucin, vencedora en la lucha
cuerpo a cuerpo con el casern que la asustaba. Al subir otra vez por la
escalerilla, volvi a sobrecogerla el fragor de un trueno ms hondo,
poderoso y cercano que los anteriores. Era preciso encender la vela del
Santsimo y rezar el Trisagio!

As lo hicieron al punto. La vela fue colocada sobre la cmoda de Nucha:
un cirio bastante largo an, de cera color de naranja, con muchas
lgrimas y un pbilo que chisporroteaba y no acababa de arder. Antes de
arrodillarse, cerraron las maderas de la ventana, para evitar que la
ojeada fulgurante del relmpago les deslumbrase a cada minuto. Ruga con
creciente ira el viento, y la tronada se haba situado sobre los Pazos,
oyndose su estruendo lo mismo que si corriese por el tejado un
escuadrn de caballos a galope o si un gigante se entretuviese en
arrastrar un peasco y llevarlo a tumbos por encima de las tejas. Con
cunto fervor empez el capelln a guiar el Trisagio misterioso!
Anonadndose ante la clera divina, cuya violencia sacuda y haca
retemblar a los Pazos como si fuesen una choza, pronunciaba:

De la subitnea muerte del rayo y de la centella libra este Trisagio, y
sella a quien lo reza: y advierte....

Nucha, de repente, se incorporaba lanzando un chillido, y corra al
sof, donde se reclinaba lanzando interrumpidas carcajadas histricas,
que sonaban a llanto. Sus manos crispadas arrancaban los corchetes de su
traje, o compriman sus sienes, o se clavaban en los almohadones del
sof, arandolos con furor.... Aunque tan inexperto, Julin comprendi
lo que ocurra: el espasmo inevitable, la explosin del terror
reprimido, el pago del alarde de valenta de la pobre Nucha....

--Filomena, Filomena! Aqu, mujer, aqu.... Agua, vinagre..., el
frasquito aqul.... Dnde est el frasco que vino de la botica de Cebre?
Afljele el vestido.... Ya me vuelvo de espaldas, mujer, no necesitaba
avisrmelo.... Unos paitos fros en las sienes.... Si truena, que
truene! Deje tronar.... Acuda a la seorita.... Dle aire con este papel
aunque sea.... Ya est cubierta y floja? Se lo dar yo, poquito a
poco.... Que respire bien el vinagre...




-XXI-


Notse das despus alguna mejora en el estado general de la seora de
Ulloa, con lo cual el capelln revivi y se le anim tambin el marchito
semblante. El marqus andaba en extremo distrado, organizando una
cazata a los lejanos montes de Castrodorna, ms all del ro; el tiempo
se aseguraba; las noches eran de helada, claras y glaciales; acercbase
el plenilunio, y todo prometa feliz xito. La vspera de la salida al
cazadero vinieron a dormir a los Pazos el notario de Cebre, el seorito
de Limioso, el cura de Bon, el de Naya, y un cazador furtivo, escopeta
negra infalible, conocida en el pas por el alias de _Bico de rato_
(hocico de ratn), mote apropiadsimo a la color tiznada de su cara,
donde giraban dos ojuelos vivarachos. Llense la casa de ruido, de
tilinteo de cascabeles, de cadencia de uas de perros sobre los pisos de
madera, de voces sonoras y de rdenes para tener en punto al amanecer
todos los arreos de caza. La cena fue regocijada y ruidosa: se brome,
se contaron de antemano las perdices que haban de sucumbir, se
saborearon por adelantado las provisiones que se llevaban al monte, y se
remoj previamente el gaznate con jarros de un tinto aejo que daba
gloria. A la hora de los postres y del caf, habindose retirado Nucha,
que por el ansia de su nia se recoga temprano, subieron de la cocina
Primitivo y el ratn, y los futuros compaeros de glorias y fatigas
comenzaron a fraternizar fumando y trincando a competencia. Era el
momento ms sabroso, el verdadero instante de felicidad espiritual para
un cazador de raza: era el minuto de las ancdotas cinegticas y, sobre
todo, de los embustes.

Para stos se estableca turno pacfico, pues nadie renunciaba a soltar
su correspondiente bola, y crecan en magnitud conforme se enredaba la
pltica. Formaban crculo los cazadores, y a sus pies dorman enroscados
los perros, con un ojo cerrado y otro entreabierto y de prpado
convulso; a veces, cuando se aplacaban las risotadas y las frases
chistosas, se oa a los canes _tocar la guitarra_, espulgarse a toda
orquesta, ladrar por sueos, sacudir las orejas y suspirar con
resignacin. Nadie les haca caso.

El hocico de ratn tiene la palabra:

--Pueda que no me lo crean y es tan cierto como que habemos de morir y
la tierra nos ha de comer! Para ms verd fue un da de San Silvestre....

--Andaran las brujas sueltas--interrumpi el cura de Bon.

--Si eran _meigas_ o era el _trasno_, yo no lo s: pero lo mismo que
habemos de dar cuenta a Dios nuestro Seor de nuestras _auciones_, me
pas lo que les voy a contar. Andaba yo tras de una perdiz agachadito,
agachadito y el ratn se agachaba en efecto, siguiendo su inveterada
costumbre de representar cuanto hablaba, porque no llevaba perro ni
diao que lo valiese, y estaba, con perdn de las barbas honradas que me
escuchan, para montar a caballo de un vallado, cuando oigo tras tris,
tras tras!, tipir, tipir!, el andar de una liebre; ms lista
vena... que las _zantellas_! Pues seor... _viro_ la cabeza mismo
as..., con perdn de las barbas!, con mi escopeta ms agarrada que la
Bula..., y de repente, pan!, me pasa una cosa del otro mundo por encima
de la cabeza, y me caigo del vallado abajo....

Explosin de preguntas, de risas, de protestas.

--Una cosa del otro mundo?

--Un nima del Purgatorio?

--Pero l era persona o animal o qu mil rayos era?

--Abrir la puerta, que esta mentira no cabe en la habitacin.

--As Dios me salve y me d la gloria como es verdad!--clam el hocico de
ratn, poniendo el semblante ms compungido del mundo--. Era, con
perdn, la descarada de la liebre, que brinc por _riba_ de m y me tir
patas arriba!

La aclaracin produjo verdadero delirio. Don Eugenio, el abad de Naya,
se abra literalmente de risa, apretndose las caderas con ambas manos,
quejndose y derramando lgrimas; el marqus de Ulloa lanzaba carcajadas
poderosas; hasta Primitivo modulaba una risa opaca y turbia. El bueno
del ratn no poda ya entreabrir los labios para hablar sin que la
hilaridad se desatase. En toda reunin de cazadores (gente amiga de
bromas pesadas) hay un bufn, un juglar, un gracioso obligado, y este
papel corresponda de derecho a la escopeta negra, que se prestaba a
desempearlo de bonsima gana. Acostumbrado a pasarse los das y las
noches al sereno, en espera de la liebre, del conejo o de la perdiz;
hecho a apretarse la cintura con una cuerda, a la manera de los
salvajes, en las muchas ocasiones en que le faltaba un mendrugo de pan
que roer, el msero ratoncillo era dichoso cuando le tocaba cazar con
gente de pro, de la que se lleva al cazadero botas henchidas de lo
aejo, _lacones_ cocidos y cigarros; ufanbase cuando le celebraban sus
patraas: las narraba cada da con mayor seriedad, conviccin y tono
ingenuo, y a todas las chanzas responda invocando a Dios y a los santos
de la corte celestial en apoyo de sus aseveraciones estrambticas.

De pie, con las manos en los bolsillos del pantaln, mapamundi de
remiendos, y moviendo con risible rapidez nariz y boca, que tena de
color de unto rancio, aguardaba a que le pidiesen algn nuevo episodio
tan verosmil como el de la liebre; pero ahora el turno le corresponda
a don Eugenio.

--Saben--deca medio llorando y salivando an de risa--un caso que pas
entre el cannigo Castrelo y un seor muy chistoso, Ramrez de Orense?

--El cannigo Castrelo!--exclamaron el cura de Bon y el marqus--. Qu
apunte! De rdago! se las suelta... como la torre de la Catedral.

--Pues vern, vern cmo encontr con la horma de su zapato donde menos
se lo pensaba. Era una noche en el Casino, y estaban jugando al
tresillo. Castrelo se puso, como de costumbre, a espetar cuentos de
caza..., mentira todos! Despus de que se hart, quiso encajar uno
descomunal y dijo as muy serio: Sabrn ustedes que una maana sal yo
al monte, y entre unas matas o as... un ruido sospechoso. Me acerco
muy despacito... el ruido segua, dale que tienes. Me acerco ms..., y
ya no me cabe duda de que hay all escondida una pieza. Armo, apunto,
disparo..., pum, pum! Y qu creern ustedes que mat, seores?. Todo
el mundo a nombrar animales diferentes: que lobo, que zorro, que jabal,
y hasta hubo quien nombr a un oso.... Castrelo a decir que no con la
cabeza..., hasta que por ltimo salt: Pues ni zorro, ni lobo, ni
jabal.... Lo que mat era.... un tigre de Bengala!.

--Hombre, don Eugenio.... No fastidiar!--gritaron unnimemente los
cazadores--. Haba de atreverse Castrelo?... Cmo no le deshicieron el
morro de una bofetada all mismo?

Don Eugenio, no consiguiendo que le oyesen, haca con la mano seas de
que faltaba lo mejor del cuento.

--Paciencia!--exclam por fin--. Tengan paciencia, que no se acab. Pues,
seor, ya ustedes comprendern que en el Casino se arm una gresca.
Empezaron a insultar a Castrelo y a tratarlo de mentiroso en su cara.
Slo el seor de Ramrez estaba muy formal, y apaciguaba a los
alborotadores. No hay que asombrarse, no hay que asombrarse; yo les
contar a ustedes una cosa que me pas a m cazando, que es ms rara
todava que la del seor de Castrelo. El cannigo empieza a escamarse y
la gente a atender. Sabrn ustedes que una maana sal yo al monte, y,
entre unas matas, o as... un ruido sospechoso. Me acerco muy
despacito.... El ruido segua, dale que tienes. Me acerco ms.... Ya no me
cabe duda de que hay all escondida una pieza. Armo..., apunto...,
disparo.... Pum, pum!... Y qu creer usted que mat, seor cannigo?.
Cmo demonios lo he de saber? Sera... un len. Ca!. Pues
sera... un elefante. Caaa!. Sera... lo que usted guste, caramba.
Una sota de bastos, seor de Castrelo! Era una sota de bastos!.

Minutos de no entenderse. El ratn rea con una especie de hipo agudo;
el seorito de Limioso, ronca y gravemente; el cura de Bon, no sabiendo
cmo desahogar el regocijo, pateaba en el suelo y abofeteaba a la mesa.

--Ey!--grit don Eugenio--. _Bico-de-rato_, no te has tropezado t nunca
con ningn tigre? Echa un vasito y cuntanos si te encontraste alguno
por ah, _hom_.

Atizse el ratn su medio cuartillo; brillronle los ojuelos, limpi el
labio con la bocamanga de la mugrienta chaqueta, y declar con acento
sincero y candoroso:

--Lo que es _trigues_..., por estos montes no debe de los haber, que si
no, ya los tendra matados; pero les dir lo que me pas un da de la
Virgen de Agosto....

--A las tres y diez minutos de la tarde?--pregunt don Eugenio.

--No..., haban de ser las once de la maana, y puede que an no las
fuesen. Pero cranme, como que esa luz nos est alumbrando! Vena yo de
tirar a las trtolas en un sembrado, y me encontr a la chiquilla del
to Pepe de Naya, que traa la vaca mismo cogida as y haca ademn de
arrollarse una cuerda a la mueca. Buenos das. Santos y buenos.
Me da las _rulas_?. Y qu me das por ellas, rapaza?. No tengo un
_ichavo_ triste. Pues djame mamar de la vaquia, que rabio de sed.
Mame luego, pero no lo chupe todo. Me arrodillo as el ratn medio se
hinc de hinojos ante el abad de Naya, y ordeando en la palma de la
mano, con perdn, zampo la leche. Qu fresca! Vaya, rapaza.... San
Antn te guarde la vaca!. Ando, ando, ando, ando, y al cuarto de legua
de all me entra un sueo por todo el cuerpo..., como que me voy
quedando tonto. A escotar! Me meto por el monte arriba, y llegando a
donde hay unos tojos ms altos que un cristiano, me tumbo as (con
perdn) y saco el sombrero, y lo dejo de esta manera (reparen bien)
sobre la yerba. Sueo fue, que hasta de all a hora y media no volv en
mi acuerdo. Voy a apaar mi sombrero para largar.... Lo mismo que todos
nos habemos de morir y resucitar en la gloria del da del Juicio, me veo
debajo una culebra ms gorda que mi brazo _drecho_..., con perdn!

--Pero no que el izquierdo?--interrumpi don Eugenio picarescamente.

--Muchsimo ms gorda!--continu el ratn imperturbable--, y toda rollada,
rollada, rollada, que caba all debajo..., y durmiendo como una santa
de Dios!

--Pero roncar, no roncaba?

--La condenada acuda al olor de la leche..., y vali que le dio idea de
esconderse en el chapeo..., que las intenciones bien se las conoc....
eran de metrseme por la boca, con perdn de las barbas honradas!

Aunque se arm gran algazara, la moder algn tanto el cura de Bon
recordando las diversas ocasiones en que se oan contar casos anlogos:
culebras que se encontraban en los establos mamando del pezn de las
vacas, otras que se deslizaban en la cuna de los nios para beberles la
leche en el estmago....

Asista Julin a la velada, entretenido y contento, porque la alegra y
el humor de los cazadores le disipaba las ideas congojosas de algunos
das atrs, el miedo a la Sabia, a Primitivo, a los Pazos, los lgubres
presentimientos acrecentados por la comunicacin de los terrores
nerviosos de Nucha. Don Eugenio, vindole animado, le porfiaba para que
fuese a hacerles una visita al cazadero; negbase Julin, pretextando la
necesidad de decir misa, de rezar las horas cannicas: en realidad, era
que no quera dejar enteramente sola a la seorita. Al cabo, tanto
insisti don Eugenio, que hubo de prometer, aplazando para el ltimo
da.

--No ha de haber nada de eso-exclam el bullicioso prroco--. Maana por
la maanita nos lo llevamos con nosotros.... Se vuelve de all pasado
maana temprano.

Toda resistencia hubiera sido intil, y ms en tal momento, cuando la
jarana creca y el vino menguaba en los jarros. Julin saba que aquella
gente maleante y retozona era capaz de llevarlo por fuerza, si se negaba
a ir de grado.




-XXII-


Tuvo, pues, que salir al romper el alba, dando diente con diente,
caballero en la mansa pollinita, y siendo blanco de las bromas de los
cazadores, porque iba vestido de modo asaz impropio para la ocasin, sin
zamarra, ni polainas de cuero, ni sombrerazo, ni armas ofensivas o
defensivas de ninguna especie. El da asomaba despejado y magnfico: en
las hierbas resplandecan las cristalizaciones de la escarcha; la tierra
se estremeca de fro y humeaba levemente a la primera caricia del sol;
el paso animado y gimnstico de los cazadores resonaba militarmente
sobre el terreno endurecido por la helada.

Desde el cazadero, adonde llegaron a cosa de las nueve, desparramronse
por el monte. Julin, no sabiendo qu hacer de su persona, quedse
pegado a don Eugenio, y le vio realizar dos proezas cinegticas y meter
en el morral dos pollitos de perdiz, tibios an de la recin arrancada
vida. Es de advertir que don Eugenio no gozaba fama de diestro tirador,
por lo cual, al reunirse los cazadores a medioda para comer en un
repuesto encinar, el prroco de Naya invoc el testimonio de Julin para
que asegurase que se las haba visto tirar al vuelo.

--Y qu es tirar al vuelo, don Julin?--le preguntaron todos.

Como el capelln se qued parado al hacerle tan insidiosa pregunta,
ocurriseles a los cazadores que sera cosa muy divertida darle a Julin
una escopeta y un perro y que intentase cazar algo. Quieras que no
quieras, fue preciso conformarse. Se le destin el _Chonito_, perdiguero
infatigable, recastado, de hocico partido, el ms ardiente y seguro de
cuantos canes iban all.

--En cuanto vea que el perro se para--explicbale don Eugenio al novel
cazador, que apenas saba por dnde coger el arma mortfera--, se prepara
usted y le anima para que entre..., y al salir las perdices, les apunta
y hace fuego cuando se tiendan.... Si es la cosa ms fcil del mundo....

Chonito caminaba con la nariz pegada al suelo, sus ijares se estremecan
de impaciencia, de cuando en cuando se volva para cerciorarse de que le
acompaaba el cazador. De pronto tom el trote hacia un matorral de
u[r]ces, y repentinamente se qued parado, en actitud escultural, tenso
e inmvil como si lo hubiesen fundido en bronce para colocar en un
zcalo.

--Ahora!--exclam el de Naya--. Eh, Julin, mndele que entre....

--Entra, Chonito, entra--murmur lnguidamente el capelln.

El perro, sorprendido por el tono suave de la orden, vacil; por fin se
lanz entre las urces, y al punto mismo se oy un revoloteo, y el bando
sali en todas direcciones.

--Ahora, condenado, ahora! Ese tiro!--grit don Eugenio.

Julin apret el gatillo.... Las aves volaron raudamente y se perdieron
de vista en un segundo. Chonito, confuso, miraba al que haba disparado,
a la escopeta y al suelo: el hidalgo animal pareca preguntar con los
ojos dnde se encontraba la perdiz herida, para portarla.

Media hora despus se repiti la escena, y el desengao de Chonito. Ni
fue el ltimo, porque ms adelante, en un sembrado, an levant el can
un bando tan numeroso, tan prximo, y que sala tan a tiro, que era casi
imposible no _tumbar_ dos o tres perdices disparando a bulto. Otra vez
hizo fuego Julin. El perdiguero ladraba de entusiasmo y de gozo.... Mas
ninguna perdiz cay. Entonces Chonito, clavando en el capelln una
mirada casi humana, llena de desprecio, volvi grupas y se alej
corriendo a todo correr, sin dignarse or las imperativas voces con que
lo llamaban....

No hay cmo encarecer lo que se celebr este rasgo de inteligencia a la
hora de la cena. Se hizo chacota de Julin, y, en penitencia de su
torpeza, se le conden a asistir inmediatamente, cansado y todo, a la
espera de las liebres.

La luna de aquella noche de diciembre semejaba disco de plata bruida
colgado de una cpula de cristal azul oscuro; el cielo se ensanchaba y
se elevaba por virtud de la serenidad y transparencia casi boreales de
la atmsfera.

Caa helada, y en el aire pareca que se cruzaban millares de finsimas
agujas, que apretaban las carnes y reconcentraban el calor vital en el
corazn. Pero para la liebre, vestida con su abrigado manto de suave y
tupido pelo, era noche de festn, noche de pacer los tiernos retoos de
los pinos, la fresca hierba impregnada de roco, las aromticas plantas
de la selva; y noche tambin de amor, noche de seguir a la tmida
doncella de luengas orejas y breve rabo, sorprenderla, conmoverla y
arrastrarla a las sombras profundidades del pinar....

Tras de los pinos y matorrales se emboscaban en noches as los
cazadores. Tendidos boca abajo, cubierto con un papel el can de la
carabina a fin de que el olor de la plvora no llegue a los finos
rganos olfativos de la liebre, aplican el odo al suelo, y as se pasan
a veces horas enteras. Sobre el piso endurecido por el hielo resuena
claramente el trotecillo irregular de la caza; entonces el cazador se
estremece, se endereza, afianza en tierra la rodilla, apoya la escopeta
en el hombro derecho, inclina el rostro y palpa nerviosamente el gatillo
antes de apretarlo. A la claridad lunar divisa por fin un monstruo de
fantstico aspecto, pegando brincos prodigiosos, apareciendo y
desapareciendo como una visin: la alternativa de la oscuridad de los
rboles y de los rayos espectrales y oblicuos de la luna hace parecer
enorme a la inofensiva liebre, agiganta sus orejas, presta a sus saltos
algo de funambulesco y temeroso, a sus rpidos movimientos una velocidad
que deslumbra. Pero el cazador, con el dedo ya en el gatillo, se
contiene y no dispara. Sabe que el fantasma que acaba de cruzar al
alcance de sus perdigones es la hembra, la Dulcinea perseguida y
recuestada por innumerables galanes en la poca del celo, a quien el
pudor obliga a ocultarse de da en su gazapera, que sale de noche,
hambrienta y cansada, a descabezar cogollos de pino, y tras de la cual,
desalados y hechos almbar, corren por lo menos tres o cuatro machos,
deseosos de romnticas aventuras. Y si se deja pasar delante a la dama,
ninguno de los nocturnos rondadores se detendr en su carrera loca,
aunque oiga el tiro que corta la vida de su rival, aunque tropiece en el
camino su ensangrentado cadver, aunque el tufo de la plvora le diga:
Al final de tu idilio est la muerte!.

No, no se pararn. Acaso el instinto de cobarda propio de su raza les
mover a agazaparse breves minutos detrs de un arbusto o de una pea;
pero al primer imperceptible efluvio amoroso que les traiga la cortante
brisa; al primer hlito de la hembra que se destaque del olor de la
resina exhalado por los pinares, los fogosos perseguidores se lanzarn
de nuevo y con ms bro, ciegos de amor, convulsos de deseo, y el
cazador que los acecha los ir tendiendo uno por uno a sus pies, sobre
la hierba en que soaron tener lecho nupcial.




-XXIII-


En el corazn de la tierna heredera de los Ulloas tena el capelln,
desde haca algn tiempo, un rival completamente feliz y victorioso:
Perucho.

Le bast presentarse para triunfar. Entr un da en la punta de los
pies, y sin ser sentido fue arrimndose a la cuna. Nucha le ofreca de
vez en cuando golosinas y calderilla, y el rapaz, como suele suceder a
las fieras domesticadas, contrajo excesiva familiaridad y apego, y
costaba trabajo echarle de all, encontrndosele por todas partes, donde
menos se pensaba, a manera de gatito pequeo viciado en el mimo y la
compaa.

Muchsimo le llam la atencin la chiquitina al pronto. Ni los pollos
nuevos cuando rompan el cascarn, ni los cachorros de la Linda, ni los
recentales de la vaca, consiguieron nunca fijar as las miradas atnitas
de Perucho. No poda l darse cuenta de cmo ni por dnde haba venido
tan gran novedad; sobre este tema, se perda en reflexiones. Rondaba la
cuna incesantemente, ponindose en riesgo notorio de recibir algn
pescozn del ama, y, como no le expulsasen, se estaba buena pieza con el
dedito en la boca, absorto y embelesado, ms parecido que nunca a los
amorcillos de los jardines que dicen con su actitud: Silencio. Jams
se le haba visto quieto tantas horas seguidas. As que la nia empez a
tener asomos de conciencia de la vida exterior, dio claras muestras de
que si ella le interesaba a Perucho, no le importaba menos Perucho a
ella. Ambos personajes reconocieron en seguida su mutua importancia, y a
este reconocimiento siguieron evidentes seales de concordia y regocijo.
Apenas vea la chiquilla a Perucho, brillaban sus ojuelos, y de su boca
entreabierta sala, unido a la cristalina y caliente baba de la
denticin, un amorossimo gorjeo. Tenda ansiosamente las manos, y
Perucho, comprendiendo la orden, acercaba la cabeza cerrando los
prpados; entonces la pequea saciaba su anhelo, tirando a su sabor del
pelo ensortijado, metiendo los dedos de punta por boca, orejas y nariz,
todo acompaado del mismo gorjeo, y entreverado con chillidos de alegra
cuando, por ejemplo, acertaba con el agujero de la oreja.

Pasados los dos o tres primeros meses de lactancia, el genio de los
nios se agria, y sus llantos y rabietas son frecuentes, porque empiezan
los fenmenos precursores de la denticin a molestarles. Cuando tal
suceda a su nia, Nucha sola emplear con buen resultado el talismn de
la presencia de Perucho. Un da que el berrenchn no cesaba, fue preciso
acudir a expedientes ms heroicos: sentar a Perucho en una silleta baja
y ponerle en brazos a la chiquitina. l se estaba quieto, inmvil, con
los ojos muy abiertos y fijos, sin osar respirar, tan hermoso, que daban
ganas de comrselo. La chiquita, sin transicin, haba pasado de la
furia a la bonanza, y rea abriendo un palmo de desdentada boca; rea
con los labios, con el mirar, con los pies bailarines, que descargaban
pataditas menudas en el muslo de Perucho. No se atreva el rapaz ni a
volver la cabeza, de puro encantado.

A medida que la chiquilla atenda ms, Perucho se ingeniaba en traerle
juguetes inventados por l, que la divertan infinito. No se sabe lo que
aquel galopn discurra para encontrar a cada paso cosas nuevas, ya
fuesen flores, ya pajaritos vivos, ya ballestas de caa, ya todo gnero
de porqueras, que era lo que ms entusiasmaba a la pequea.
Presentbase a lo mejor con una rana atada por una pata, perneando en
grotescas contorsiones, o llegaba ufansimo con un ratn acabadito de
nacer, tan chico y asustado, que daba lstima. Tena aquel cachidiablo
la especialidad de los juguetes animados. En su _pucho_ roto y
agujereado almacenaba lagartijas, mariposas y _mariquitas de Dios_; en
sus bolsillos y seno, nidos, frutos y gusanos. La seorita le tiraba
bondadosamente de las orejas.

--Como vuelvas a traer aqu tales ascos..., vers, vers. Te he de colgar
de la chimenea como a los chorizos, para que te ahmes.

Julin transiga con estas intimidades, mientras no sorprendi el
secreto de otras harto menos inocentes. Desde que madrugando haba visto
a Sabel salir del cuarto de don Pedro, dbale un vuelco la sangre cada
vez que tropezaba al chiquillo y notaba el afecto con que lo trataba
Nucha a veces.

Cierto da entr el capelln en la habitacin de la seorita y encontr
un inesperado espectculo. En el centro de la cmara humeaba un colosal
barren de loza, lleno de agua templada, y estrechamente abrazados y en
cueros, el chiquillo sosteniendo en brazos a la nia, estaban Perucho y
la heredera de Ulloa en el bao. Nucha, en cuclillas, vigilaba el grupo.

--No hubo otro medio de reducirla a baarse--exclam al advertir la
admiracin de Julin--; y como don Mximo dice que el bao le conviene....

--No me pasmo yo de ella--respondi el capelln--, sino de l, que le teme
ms al agua que al fuego.

--A trueque de estar con la nena--replic Nucha--, se deja l baar aunque
sea en pez hirviendo. Ah los tiene usted en sus glorias. No parecen un
par de hermanitos?

Al pronunciar sin intencin la frase, Nucha, desde el suelo, alzaba la
mirada hacia Julin. La descomposicin de la cara de ste fue tan
instantnea, tan reveladora, tan elocuente, tan profunda, que la seora
de Moscoso, apoyndose en una mano, se irgui de pronto, quedndose en
pie frente a l. En aquel rostro consumido por la larga enfermedad, y
bajo cuya piel fina se trasluca la ramificacin venosa; en aquellos
ojos vagos, de ancha pupila y crnea hmeda, cercados de azulada ojera,
vio Julin encenderse y fulgurar tras las negras pestaas una luz
horrible, donde ardan la certeza, el asombro y el espanto. Call. No
tuvo nimos para pronunciar una sola frase, ni disimulo para componer
sus facciones alteradas.

La nia, en el tibio bienestar del bao, sonrea, y Perucho,
sostenindola por los sobacos, hablndola con tierna algaraba de
diminutivos cariosos, la columpiaba en el lquido transparente, le
abra los muslos para que recibiese en todas partes la frescura del
agua, imitando con religioso esmero lo que haba visto practicar a
Nucha. Ocurra la escena en un saln de los ms chicos de la casa,
dividido en dos por descomunal y maltratadsimo biombo del siglo pasado,
pintado harto fantsticamente con paisajes inverosmiles: rboles
picudos en fila que parecan lechugas, montaas semejantes a quesos de
San Simn, nubarrones de hechura de panecillos, y casas con techo
colorado, dos ventanas y una puerta, siempre de frente al espectador.
Ocultaba el biombo la cama de Nucha, de copete dorado y columnas
salomnicas, y la cunita de la nia. Inmvil por espacio de algunos
segundos, la seorita recobr de improviso la accin. Se inclin hacia
el barreo y arranc de golpe a su hija de brazos de Perucho.

La criatura, sorprendida y asustada por el brusco movimiento,
interrumpida en su diversin, rompi en llanto desconsolado y repentino;
y su madre, sin hacerle caso, entr corriendo tras el biombo, la ech en
la cuna, y medio la arrop, volviendo a salir inmediatamente. An
permaneca Perucho en el agua, asaz asombrado; la seorita le asi de
los hombros, del pelo, de todas partes, y empujndole cruelmente,
desnudo como estaba, le persigui por el saln hasta expulsarle a
empellones.

--Largo de aqu!--deca ms plida que nunca y con los ojos llameantes--.
Que no te vea yo entrar!... Como vuelvas te azoto, entiendes?, te
azoto!

Pas tras el biombo otra vez, y Julin la sigui aturdido, sin saber lo
que le suceda. Con la cabeza baja, los labios temblones, la seora de
Moscoso arreglaba, sin disimular el desatiento de las manos, los paales
de su hija, cuyo llorar tena ya inflexiones de pena como de persona
mayor.

--Llame usted al ama--orden secamente Nucha.

Corri Julin a obedecer. A la puerta del saln le cerraba el paso una
cosa tendida en el suelo; alz el pie; era Perucho, en cueros,
acurrucado. No se le oa el llanto: vease nicamente el brillo de los
gruesos lagrimones, y el vaivn del acongojado pecho. Compadecido el
capelln, levant a la criatura. Sus carnes, mojadas an, estaban
amoratadas y yertas.

--Ven por tu ropa--le dijo--. Llvala a tu madre para que te vista. Calla.

Insensible como un espartano al mal fsico, Perucho slo pensaba en la
injusticia cometida con l.

--No haca mal...--balbuci, ahogndose--. No-ha-c--a-mal...
ningu... no....

Volvi Julin con el ama, pero la criatura tard bastante en consolarse
al pecho. Pona la boquita en el pezn, y de repente torca la cara,
haca pucheros, iniciaba un llanto quejumbroso. Nucha, con andar
automtico, sali del retrete formado por el biombo y se acerc a la
ventana, haciendo sea a Julin de que la siguiese. Y, demudados ambos,
se contemplaron algunos minutos silenciosamente, ella preguntando con
imperiosa ojeada, l resuelto ya a engaar, a mentir. Hay problemas que
slo lo son planteados a sangre fra; en momentos de apuro, los resuelve
el instinto con seguridad maravillosa. Julin estaba determinado a
faltar a la verdad sin escrpulos.

Al cabo Nucha pronunci con sordo acento:

--No crea que es la primera vez que se me ocurre que ese... chiquillo
es... hijo de mi marido. Lo he pensado ya; slo que fue como un
relmpago, de esas cosas que desecha uno apenas las concibe. Ahora ya...
ya estamos en otro caso. Slo con ver su cara de usted....

--Jess!, seorita Marcelina! Qu tiene que ver mi cara?... No se
acalore, le ruego que no se acalore.... Por fuerza esto es cosa del
demonio! Jess mil veces!

--No, no me acaloro-exclam ella, respirando fuerte y pasndose por la
frente la palma extendida.

--Vlgame Dios! Seorita, a usted le va mal. Se le ha vuelto un color....
Estoy viendo que le da el ataque. Quiere la cucharadita?

--No, no y no; esto no es nada: un poco de ahogo en la garganta. Esto
lo... noto muchas veces; es como una bola que se me forma all.... Al
mismo tiempo parece que me barrenan la sien.... Al caso, al caso.
Declreme usted lo que sabe. No calle nada.

--Seorita...--Julin resolvi entonces, en su interior, apelar a eso que
llaman subterfugio jesutico, y no es sino natural recurso de cuantos,
detestando la mentira, se ven compelidos a temer la verdad--. Seorita....
Reniego de mi cara. Lo que se le ha ido a ocurrir! Yo no pensaba en
semejante cosa. No, seora, no.

La esposa hinc ms sus ojos en los del capelln e hizo dos o tres
interrogaciones concretas, terminantes. Aqu del jesuitismo, mejor
dicho, de la verdad cogida por donde no pincha ni corta.

--Me puede creer; ya ve que no haba de tener gusto en decir una cosa por
otra: no s de quin es el chiquillo. Nadie lo sabe de cierto. Parece
natural que sea del querido de la muchacha.

--Usted est seguro de que tiene... querido?

--Como de que ahora es de da.

--Y de que el querido es un mozo aldeano?

--S seora: un rapaz guapo por cierto; el que toca la gaita en las
fiestas de Naya y en todas partes. Le he visto venir aqu mil veces, el
ao pasado, y... andaban juntos. Es ms: me consta que trataban de sacar
los papeles para casarse. S seora: me consta. Ya ve usted que....

Nucha respir de nuevo, llevndose la diestra a la garganta, que sin
duda le oprima el consabido ahogo. Sus facciones se serenaron un tanto,
sin recobrar su habitual compostura y apacibilidad encantadora:
persista la arruga en el entrecejo, el extravo en el mirar.

--Mi nia...--articul en voz baja--, mi nia abrazada con l! Aunque
usted diga y jure y perjure.... Julin, esto hay que remediarlo. Cmo
voy a vivir de esta manera? Ya me deba usted avisar antes! Si el
chiquillo y la mujer no salen de aqu, yo me volver loca. Estoy
enferma; estas cosas me hacen dao..., dao.

Sonri con amargura y aadi:

--Tengo poca suerte.... No he hecho mal a nadie, me he casado a gusto de
pap, y mire usted cmo se me arreglan las cosas!

--Seorita....

--No me engae usted tambin recalc el _tambin_. Usted se ha criado en
mi casa, Julin, y para m es usted como de la familia. Aqu no cuento
con otro amigo. Aconsjeme.

--Seorita--exclam el capelln con fuego--, quisiera librarla de todos los
disgustos que pueda tener en el mundo, aunque me costase sangre de las
venas.

--O esa mujer se casa y se va--pronunci Nucha--, o....

Interrumpi aqu la frase. Hay momentos crticos en que la mente
acaricia dos o tres soluciones violentsimas, extremas, y la lengua, ms
cobarde, no se atreve a formularlas.

--Pero, seorita Marcelina, no se mate as--porfi Julin--. Son
figuraciones, seorita, figuraciones.

Ella le tom las manos entre las suyas, que ardan.

--Dgale usted a mi marido que la eche, Julin. Por amor de Dios y su
madre santsima!

El contacto de aquellas palmas febriles, la splica, turbaron al
capelln de un modo inexplicable, y sin reflexionar exclam:

--Tantas veces se lo he dicho!

--Ve usted!--repuso ella, sacudiendo la cabeza y cruzando las manos.

Enmudecieron. En la campia se oa el ronco graznido de los cuervos;
tras el biombo, la nia lloriqueaba, inconsolable. Nucha se estremeci
dos o tres veces. Por ltimo articul dando con los nudillos en los
vidrios de la ventana:

--Entonces ser yo....

El capelln murmur como si rezase:

--Seorita.... Por Dios.... No se revuelva la cabeza.... Djese de eso....

La seora de Moscoso cerr los ojos y apoy la faz en los vidrios de la
ventana. Procuraba contenerse: la energa y serenidad de su carcter
queran salir a flote en tan deshecha tempestad. Pero agitaba sus
hombros un temblor, que delataba la tirana del sistema nervioso sobre
su debilitado organismo. El temblor, por fin, fue disminuyendo y
cesando.... Nucha se volvi, con los ojos secos y los nervios domados ya.




-XXIV-


Poco despus sufri una metamorfosis el vivir entumecido y sooliento de
los Pazos. Entr all cierta hechicera ms poderosa que la seora Mara
la Sabia: la poltica, si tal nombre merece el enredijo de intrigas y
miserias que en las aldeas lo recibe. Por todas partes cubre el manto de
la poltica intereses egostas y bastardos, apostasas y vilezas; pero,
al menos, en las capitales populosas, la superficie, el aspecto, y a
veces los empeos de la lid, presentan carcter de grandiosidad.
Ennoblece la lucha la magnitud del palenque; asciende a ambicin la
codicia, y el fin material se sacrifica, en ocasiones, al fin ideal de
la victoria por la victoria. En el campo, ni aun por hipocresa o
histrionismo se aparenta el menor propsito elevado y general. Las ideas
no entran en juego, sino solamente las personas, y en el terreno ms
mezquino: rencores, odios, rencillas, lucro miserable, vanidad
microbiolgica. Un combate naval en una charca.

Forzoso es reconocer, no obstante, que en la poca de la revolucin, la
exaltacin poltica, la fe en las teoras llevada al fanatismo, lograba
infiltrarse doquiera, saneando con rfagas de huracn el meftico
ambiente de las intrigas cuotidianas en las aldeas. Viva entonces
Espaa pendiente de una discusin de Cortes, de un grito que se daba
aqu o acull, en los talleres de un arsenal o en los vericuetos de una
montaa; y cada quince das o cada mes, se agitaban, se debatan, se
queran resolver definitivamente cuestiones hondas, problemas que el
legislador, el estadista y el socilogo necesitan madurar lentamente,
meditar quizs aos enteros antes de descifrarlos, y que una multitud en
revolucin decide en pocas horas, mediante una acalorada discusin
parlamentaria, o una manifestacin clamorosa y callejera. Entre el
almuerzo y la comida se reformaba, se innovaba una sociedad; fumando un
cigarro se descubran nuevos principios, y en el fondo de la vorgine
batallaban las dos grandes soluciones de raza, ambas fuertes porque se
apoyaban en _algo_ secular, lentamente sazonado al calor de la historia:
la monarqua absoluta y la constitucional, por entonces disfrazada de
monarqua democrtica.

La conmocin del choque llegaba a todos lados, sin exceptuar las fieras
montaas que cercaban a los Pazos de Ulloa. Tambin all se
politiqueaba. En las tabernas de Cebre, el da de la feria, se oa
hablar de libertad de cultos, de derechos individuales, de abolicin de
quintas, de federacin, de plebiscito-pronunciacin no garantizada, por
supuesto--. Los curas, al terminar las funciones, entierros y misas
solemnes, se demoraban en el atrio, discutiendo con calor algunos
sntomas recientes y elocuentsimos, la primer salida de aquellos
famosos _cuatro sacristanes_, y otras menudencias. El seorito de
Limioso, tradicionalista inveterado, como su padre y abuelo, haba hecho
dos o tres misteriosas excursiones hacia la parte del Mio, cruzando la
frontera de Portugal, y susurrbase que celebraba entrevistas en Tuy con
ciertos pjaros; afirmbase tambin que las seoritas de Molende estaban
ocupadsimas construyendo cartucheras y no s qu ms arreos blicos, y
a cada paso reciban secretos avisos de que se iba a practicar un
registro en su casa.

Sin embargo, los entendidos y prcticos en la materia comprendan que
cualquier intentona a mano armada en territorio gallego se quedara en
agua de cerrajas, y que por ms rumores que corriesen acerca de
armamentos y organizacin en Portugal, venidas de tropa, nombramientos
de oficialidad, etc., la verdadera batalla que all se librase no sera
en los campos, sino en las urnas; no por eso ms incruenta. Gobernaban a
la sazn el pas los dos formidables caciques, abogado el uno y
secretario el otro del ayuntamiento de Cebre; esta villita y su regin
comarcana temblaban bajo el poder de entrambos. Antagonistas perpetuos,
su lucha, como la de los dictadores romanos, no deba terminarse sino
con la prdida y muerte del uno. Escribir la crnica de sus hazaas, de
sus venganzas, de sus manejos, fuera cuento de nunca acabar. Para que
nadie piense que sus proezas eran cosa de risa, importa advertir que
algunas de las cruces que encontraba el viajante por los senderos, algn
techo carbonizado, algn hombre sepultado en presidio para toda su vida,
podan dar razn de tan encarnizado antagonismo.

Conviene saber que ninguno de los dos adversarios tena ideas polticas,
dndoseles un bledo de cuanto entonces se debata en Espaa; mas, por
necesidad estratgica, representaba y encarnaba cada cual una tendencia
y un partido: Barbacana, moderado antes de la Revolucin, se declaraba
ahora carlista; Trampeta, unionista bajo O'Donnell, avanzaba hacia el
ltimo confn del liberalismo vencedor.

Barbacana era ms grave, ms autoritario, ms obstinado e implacable en
la venganza personal, ms certero en asestar el golpe, ms vido e
hipcrita, encubriendo mejor sus alevosas trazas para desmantecar al
desventurado colono; era adems hombre que prefera servirse de medios
legales y manejar el cdigo, diciendo que no hay tan seguro modo de
acabar con un enemigo como empapelarlo: si no guarnecan tantas cruces
los caminos por culpa de Barbacana, las crceles hediondas del distrito
antao, y hogao las murallas de Ceuta y Melilla, podan revelar hasta
dnde se extenda su influencia. En cambio Trampeta, si justificando su
apodo no desdeaba los enredos jurdicos, sola proceder con ms
precipitacin y violencia que Barbacana, asegurando la retirada menos
hbilmente; as es que su adversario le tuvo varias veces cogido entre
puertas, y por punto no le aniquil. Trampeta posea en desquite gran
fertilidad de ingenio, suma audacia, expedientes impensados con que
salir de los ms graves compromisos. Barbacana serva mejor para
preparar desde su habitacin una emboscada, hurtando el cuerpo despus;
Trampeta, para ejecutarla en persona y con fortuna. La comarca aborreca
a entrambos, pero Barbacana inspiraba ms terror por su genio sombro.
En aquella ocasin Trampeta, encargado de representar las ideas
dominantes y oficiales, se crea seguro de la impunidad, aunque quemase
a medio Cebre y apalease, encausase y embargase al otro medio.
Barbacana, con la superioridad de su inteligencia, y aun de su
instruccin, comprenda dos cosas: primera, que se haba arrimado a
pared ms slida, a gente que no desampara a sus amigos; segunda, que
cuando se le antojase pasarse con armas y bagajes al campo opuesto,
conseguira siempre hundir a Trampeta. Ya haba tirado sus lneas para
el caso prximo de la eleccin de diputados.

Trampeta, con actividad vertiginosa, _haca la cama_ al candidato del
gobierno. Muy a menudo iba a la capital de provincia, a conferenciar con
el gobernador. En tales ocasiones, el secretario, calculando que hombre
prevenido vale por dos, ni olvidaba las pistolas, ni omita hacerse
escoltar por sus seides ms resueltos, pues no ignoraba que Barbacana
tena a sus rdenes mozos de pelo en pecho, verbigracia el temible
Tuerto de Castrodorna. Cada viaje era una via para el bueno del
secretario, y muy beneficioso para los suyos: poco a poco las hechuras
de Barbacana iban cayendo, y estancos, alguacilatos, guardiana de la
crcel, peones camineros, toda la plantilla oficial de Cebre, quedando a
gusto de Trampeta. Slo no pudo meterle el diente al juez, protegido en
altas regiones por un pariente de la seora jueza, persona de viso.
Obtuvo tambin que se hiciese la vista gorda en muchas cosas, que se
cerrasen los ojos en otras, y que respecto a algunas sobreviniese
ceguera total; y con esto y con las facultades latas de que se hallaba
investido, declar, puesta la mano en el pecho, que responda de la
eleccin de Cebre.

Durante este periodo, Barbacana se haca el muerto, limitndose a apoyar
dbilmente, como por compromiso, al candidato propuesto por la Junta
carlista orensana, y recomendado por el Arcipreste de Loiro y los curas
ms activos, como el de Bon, el de Naya, el de Ulloa. Bien se dejaba
comprender que Barbacana no tena fe en el xito. El candidato era una
excelente persona de Orense, instruido, consecuentsimo tradicionalista,
pero sin arraigo en el pas y con fama de poca malicia poltica. Sus
mismos correligionarios no estaban a bien con l, por conceptuarle ms
hombre de bufete que de accin e intriga.

As las cosas, empez a notarse que Primitivo, el montero mayor de los
Pazos, vena a Cebre muy a menudo; y como all se repara todo, se
observ tambin que, adems de las acostumbradas estaciones en las
tabernas, Primitivo se pasaba largas horas en casa de Barbacana. ste
viva casi bloqueado en su domicilio, porque Trampeta, envalentonado con
la embriaguez del poder, profera amenazas, asegurando que Barbacana
recibira su pago en una _corredoira_ (camino hondo). No obstante, el
abogado se arriesg a salir en compaa de Primitivo, y vironse ir y
venir curas influyentes y caciques subalternos, muchos de los cuales
fueron tambin a los Pazos: unos a comer, otros por la tarde. Y como no
hay secreto bien guardado entre tres, y menos entre tres docenas, el
pas y el gobierno supieron pronto la gran noticia: el candidato de la
Junta se retiraba de buen grado, y en su lugar Barbacana apoyaba, con el
nombre de independiente, a don Pedro Moscoso, conocido por marqus de
Ulloa.

Desde que se enter del complot, Trampeta pareci atacado del baile de
San Vito. Menude viajes a la capital: eran de or sus explicaciones y
comentarios en el despacho del gobernador.

--Todo lo arma--deca l--ese cerdo cebado del Arcipreste, unido al
faccioso del cura de Bon e instigando al usurero del mayordomo de los
Pazos, el cual a su vez mete en danza al malcriado del seorito, que
est enredado con su hija. Vaya un candidato!--exclamaba frentico--,
vaya un candidato que los neos escogen! Siquiera el otro era persona
honrada! Y alzaba mucho la voz al llegar a esto de la honradez.

Viendo el gobernador que el cacique perda absolutamente la sangre fra,
comprendi que el negocio andaba mal parado, y le pregunt severamente:

--No ha respondido usted de la eleccin, con cualquier candidato que se
presentase?

--S seor, s seor...--repuso apresuradamente Trampeta--. Sino que
considrese: quin contaba con semejante cosa del otro mundo?

Atropellndose al hablar, de pura rabia y despecho, insisti en que
nadie imaginara que el marqus de Ulloa, un seorito que slo pensaba
en cazar, se echase a poltico; que, a pesar de la gran influencia de la
casa y de ejercer su nombre bastante prestigio entre los paisanos, la
aristocracia montaesa y los curas, la tentativa importara un comino si
no la hubiese tomado de su cuenta Barbacana y no le ayudase un poderoso
cacique subalterno, que antes fluctuaba entre el partido de Barbacana y
el de Trampeta, pero en esta ocasin se haba decidido, y era el mismo
mayordomo de los Pazos, hombre resuelto y sutil como un zorro, que
dispona de numerosos votos seguros, pues muchsima gente le deba
cuartos que tena esquilmada la casa de Ulloa a cuyas expensas se
enriqueca con disimulo y que este solemne bribn, al arrimo del gran
encausador Barbacana, se alzara con el distrito, si no se llevaba el
asunto a rajatabla y sin contemplaciones.

Quien conozca poco o mucho el mecanismo electoral no dudar que el
gobernador hizo jugar el telgrafo para que sin prdida de tiempo, y por
ms influencias que se atravesasen, fuese removido el juez de Cebre y
las pocas hechuras de Barbacana que en el distrito restaban ya. Deseaba
el gobernador triunfar en Cebre sin apelar a recursos extraordinarios y
arbitrariedades de monta, pues saba que, si no era probable que jams
se levantasen all partidas, en cambio la sangre humana manchaba a
menudo mesas y urnas electorales; pero la nueva combinacin le obligaba
a no reparar en medios y conferir al insigne Trampeta poderes
ilimitados....

Mientras el secretario se prevena, el abogado no se dorma en las
pajas. La aceptacin del seorito, al pronto, le haba vuelto loco de
contento. No tena don Pedro ideas polticas, aun cuando se inclinaba al
absolutismo, creyendo inocentemente que con l vendra el
restablecimiento de cosas que lisonjeaban su orgullo de raza, como por
ejemplo, los vnculos y mayorazgos; fuera de esto, inclinbase al
escepticismo indiferente de los labriegos, y era incapaz de soar, como
el caballeresco hidalgo de Limioso, en la quijotada de entrar por la
frontera del Mio a la cabeza de doscientos hombres. Mas a falta de
pasin poltica, le impuls a aceptar la diputacin su vanidad. l era
la primera persona del pas, la ms importante, la de origen ms
ilustre: su familia, desde tiempo inmemorial, figuraba al frente de la
nobleza comarcana; en esto hizo hincapi el Arcipreste de Loiro para
convencerle de que le corresponda la representacin del distrito.
Primitivo no desarroll mucha elocuencia para apoyar la demostracin del
Arcipreste: limitse a decir, empleando un expresivo plural y cerrando
el puo:

--Tenemos al pas as.

Desde que corri la noticia comenz el seorito a sentirse halagado por
la especie de pleito-homenaje que se presentaron a rendirle infinidad de
personas, todo el seoro de los contornos, el clero casi unnime, y los
muchos adictos y partidarios de Barbacana, capitaneados por este mismo.
A don Pedro se le ensanchaba el pulmn. Bien entenda que Primitivo
estaba entre bastidores; pero al fin y al cabo, el incensado era l.
Mostr aquellos das gran cordialidad y humor excelente y campechano.
Hizo caricias a su hija y orden se le pusiese un traje nuevo, con
bordados, para que la viesen as las seoritas de Molende, que se
proponan no contribuir con menos de cien votos al triunfo del
representante de la aristocracia montaesa. l tambin--porque los
candidatos noveles tienen su poca de cortejos en que rondan la
diputacin como se ronda a las muchachas, y se afeitan con esmero y
tratan de lucir sus prendas fsicas--cuid algo ms de su persona,
lamentablemente desatendida desde el regreso a los Pazos, y como estaba
entonces en el apogeo de su belleza, ms bien masculina que varonil, las
muidoras electorales se ufanaban de enviar tan guapo mozo al Congreso.
Por entonces, la pasin poltica sacaba partido hasta de la estatura,
del color del pelo, de la edad.

Desde que empez a hervir la olla, hubo en los Pazos mesa franca: se
vea correr a Filomena y a Sabel por los salones adelante, llevando y
trayendo bandejas con tostado jerez y bizcochos; oase el retintn de
las cucharillas en las tazas de caf y el choque de los vasos. Abajo, en
la cocina, Primitivo obsequiaba a sus gentes con vino del Borde y
tarterones de bacalao, grandes fuentes de berzas y cerdo. A menudo se
juntaban ambas mesas, la de abajo y la de arriba, y se discuta, y se
rea y se contaban cuentos subidos de color, y se despellejaba a
azadonazos--porque no cabe nombrar el escalpelo--a Trampeta y a los de su
bando, removiendo entre risotadas, cigarros e interjecciones, el inmenso
detritus de trampas mayores y menores en que descansaba la fortuna del
secretario de Cebre.

--De esta vez--deca el cura de Bon, viejo terne y firme, que echaba
fuego por los ojos y gozaba fama del mejor cazador del distrito despus
de Primitivo--, de esta vez los fastidiamos, _quoniam_!

Nucha no asista a las sesiones del comit. Se presentaba nicamente
cuando las visitas eran tales que lo requeran; atenda a suministrar
las cosas indispensables para el perenne festn, pero hua de l.
Tampoco Julin bajaba sino rara vez a las asambleas, y en ellas apenas
descosa los labios, mereciendo por esto que el cura de Ulloa se
ratificase en su opinin de que los capellanes atildados no sirven para
nada de provecho. No obstante, apenas averigu el comit que Julin
tena bonita letra cursiva, y ortografa asaz correcta, se ech mano de
l para misivas de compromiso. Adems, le cay otra ocupacin.

Sucedi que el Arcipreste de Loiro, que haba conocido y tratado mucho a
la seora doa Micaela, madre de don Pedro, quiso ver otra vez toda la
casa, y tambin la capilla, donde algunas veces haba dicho misa en vida
de la difunta, que est en gloria. Don Pedro se la mostr de mala gana,
y el Arcipreste se escandaliz al entrar. Estaba la capilla casi a
tejavana: la lluvia corra por el retablo abajo; las vestiduras de las
imgenes parecan harapos; todo respiraba el mayor abandono, el fro y
tristeza especial de las iglesias descuidadas. Julin ya se encontraba
cansado de soltar indirectas al marqus sobre el estado lastimoso de la
capilla, sin obtener resultado alguno; mas el asombro y las
lamentaciones del Arcipreste araaron en la vanidad del seor de Ulloa,
y consider que sera de buen efecto, en momentos tales, lavarle la
cara, repararla un poco. Se retej con bastante celeridad, y con la
misma un pintor, pedido a Orense, pint y dor el retablo y los altares
laterales, de suerte que la capilla pareca otra, y don Pedro la
enseaba con orgullo a los curas, a los seoritos, a la caciquera
barbacanesca. Slo faltaba ya trajear decentemente a los santos y
recoser ornatos y mantelillos. De esta faena se encarg Nucha, bajo la
direccin de Julin. Con tal motivo, refugiados en la capilla solitaria,
no llegaba hasta ellos el barullo del club electoral. Entre el capelln
y la seorita desnudaban a San Pedro, peinaban los rizos de la Pursima,
ribeteaban el sayal de San Antn, fregoteaban la aureola del Nio Jess.
Hasta la boeta de las nimas del Purgatorio fue cuidadosamente lavada y
barnizada de nuevo, y las nimas en pelota, larguiruchas, acongojadas,
rodeadas de llamas de almazarrn, salieron a luz en toda su edificante
fealdad. Era semejante ocupacin dulcsima para Julin: corran las
horas sin sentir en el callado recinto, que ola a pintura fresca y a
espadaa trada por Nucha para adornar los altares; mientras armaba en
un tallo de alambre una hoja de papel plateado o pasaba un pao hmedo
por el vidrio de una urna, no necesitaba hablar: satisfaccin interior y
apacible le llenaba el alma. A veces Nucha no haca ms que mandar la
maniobra, sentada en una silleta baja con su nia en brazos (no quera
apartarla de s un instante). Julin trabajaba por dos: tena una escala
y se encaramaba a lo ms alto del retablo. No se atreva a preguntar
nada acerca de asuntos ntimos, ni a averiguar si la seorita haba
tenido con su esposo conversacin decisiva respecto a Sabel; pero notaba
el aire abatido, las denegridas ojeras, el frecuente suspirar de la
esposa, y sacaba de estos indicios la natural consecuencia. Otros
sntomas percibi que le acaloraron la fantasa, dndole no poco en qu
cavilar. Nucha mostraba vehemente exaltacin del cario maternal de
algn tiempo a esta parte. Apenas se separaba de la chiquita cuando,
desasosegada e inquieta, sala a buscarla a ver qu le suceda. En una
ocasin, no encontrndola donde presuma, comenz a exhalar gritos
desgarradores, exclamando: Me la roban!, me la roban!. Por fortuna,
el ama se acercaba ya trayendo a la pequea en brazos. A veces la besaba
con tal frenes, que la criatura rompa en llanto. Otras se quedaba
embelesada mirndola con dulce e inefable sonrisa, y entonces Julin
recordaba siempre las imgenes de la Virgen Madre, atnita de su
milagrosa maternidad. Mas los instantes de amor tranquilo eran breves, y
continuos los de sobresalto y dolorosa ternura. No consenta a Perucho
acercarse por all. Su fisonoma se alteraba al divisar el nio; y ste,
arrastrndose por el suelo, olvidando sus travesuras diablicas, sus
latrocinios, su aficin al establo, se emboscaba a la entrada de la
capilla para ver salir a la nena y hacerle mil garatusas, que ella
pagaba con risas de querubn, con jbilo desatinado, con el impulso de
todo su cuerpecillo proyectado hacia adelante, impaciente por lanzarse
de brazos del ama a los de Perucho.

Un da not Julin en Nucha algo ms serio an: no ya expresin de
melancola, sino hondo decaimiento fsico y moral. Sus ojos se hallaban
encendidos y abultados, como de haber llorado mucho tiempo seguido; su
voz era desmayada y fatigosa; sus labios estaban resecos, tostados por
la calentura y el insomnio. All no se vea ya la espina del dolor que
lentamente va hincndose, pero el pual clavado de golpe hasta el pomo.
Semejante espectculo dio al traste con la prudencia del capelln.

--Usted est mala, seorita. A usted le pasa algo hoy.

Nucha mene la cabeza intentando sonrer.

--No tengo nada.

Lo doliente y debilitado del acento la desmenta.

--Por Dios, seorita, no me responda que no.... Si lo estoy viendo!
Seorita Marcelina.... Vlgame mi patrono San Julin! Que no he de
poder yo servirle de algo, prestarle ayuda o consuelo! Soy una persona
humilde, intil; pero con la intencin, seorita, soy grande como una
montaa. Quisiera, se lo digo con el corazn, que me mandase, que me
mandase!

Haca estas protestas esgrimiendo un pao untado de tiza contra las
sacras, cuyo cerco de metal limpiaba con denuedo, sin mirarlo.

Alz Nucha los ojos, y en ellos luci un rayo instantneo, un impulso de
gritar, de quejarse, de pedir auxilio.... Al punto se apag la llamarada,
y encogindose de hombros levemente, la seorita repiti:

--No tengo nada, Julin.

En el suelo haba una cesta llena de hortensias y rama verde, destinada
al adorno de los floreros; Nucha empez a colocarla con la destreza y
delicadeza graciosa que demostraba en el desempeo de todos sus
domsticos quehaceres. Julin, entre embelesado y afligido, segua con
la vista el arreglo de las azules flores en los tarros de loza, el
movimiento de las manos enflaquecidas al travs de las hojas verdes.
Not que caa sobre ellas una gota de agua, gruesa, lmpida, no
procedente de la humedad del roco que an baaba las hortensias. Y casi
al tiempo mismo advirti otra cosa, que le cuaj la sangre de horror: en
las muecas de la seora de Moscoso se perciba una seal circular,
amoratada, oscura.... Con lucidez repentina, el capelln retrocedi dos
aos, escuch de nuevo los quejidos de una mujer maltratada a culatazos,
record la cocina, el hombre furioso.... Completamente fuera de s, dej
caer las sacras y tom las manos de Nucha para convencerse de que, en
efecto, exista la siniestra seal....

Entraban a la sazn por la puerta de la capilla muchas personas: las
seoritas de Molende, el juez de Cebre, el cura de Ulloa, conducidos por
don Pedro, que los traa all con objeto de que admirasen los trabajos
de restauracin. Nucha se volvi precipitadamente; Julin, trastornado,
contest balbuciendo al saludo de las seoritas. Primitivo, que vena a
retaguardia, clavaba en l su mirada directa y escrutadora.




-XXV-


Si unas elecciones durasen mucho, acabaran con quien las maneja, a puro
cansancio, molimiento y tensin del cuerpo y del espritu, pues los
odios enconados, la perpetua sospecha de traicin, las ardientes
promesas, las amenazas, las murmuraciones, las correras y cartas
incesantes, los mensajes, las intrigas, la falta de sueo, las comidas
sin orden, componen una existencia vertiginosa e inaguantable. Acerca de
los inconvenientes prcticos del sistema parlamentario estaban muy de
acuerdo la yegua y la borrica que, con un caballo recio y joven
nuevamente adquirido por el mayordomo para su uso privado, completaban
las caballerizas de los Pazos de Ulloa. Buenas cosas pensaban ellos de
las elecciones all en su mente asnal y rocinesca, mientras jadeaban
exnimes de tanto trotar, y humeaba todo su pobre cuerpo baado en
sudor!

Pues qu dir de la mula en que Trampeta sola hacer sus excursiones a
la capital! Ya las costillas le agujereaban la piel, de tan flaca como
se haba puesto. Da y noche estaba el insigne cacique atravesado en la
carretera, y a cada viaje la eleccin de Cebre se presentaba ms dudosa,
ms peliaguda, y Trampeta, desesperado, vociferaba en el despacho del
Gobernador que importaba desplegar fuerza, destituir, colocar, asustar,
prometer, y, sobre todo, que el candidato cunero del gobierno aflojase
la bolsa, pues de otro modo el distrito se largaba, se largaba, se
largaba de entre las manos.

--Pues no deca usted--grit un da el Gobernador con vehementes impulsos
de mandar al infierno al gran secretario--que la eleccin no sera muy
costosa; que los adversarios no podan gastar nada; que la Junta
carlista de Orense no soltaba un cntimo; que la casa de los Pazos no
soltaba un cntimo tampoco, porque a pesar de sus buenas rentas est
siempre a la quinta pregunta?

--Ah ver usted, seor--contest Trampeta--. Todo eso es mucha verdad;
pero hay momentos en que el hombre..., pues... cambia sus _auciones_,
como usted me ensea (Trampeta tena esta muletilla). El marqus de
Ulloa....

--Qu marqus ni qu calabazas!--interrumpi con impaciencia el
Gobernador.

--Bueno, es una costumbre que hay de llamarle as.... Y mire usted que
llevo un mes de _porclamar_ en todos lados que no hay semejante marqus,
que el gobierno le ha sacado el ttulo para drselo a otro ms liberal,
y que ese ttulo de marqus quien se lo ha ofrecido es Carlos siete,
para cuando venga la Inquisicin y el diezmo, como usted me ensea....

--Adelante, adelante--exclam el Gobernador, que aquel da deba estar
nervioso--. Deca usted que el marqus o lo que sea... en vista de las
circunstancias....

--No reparar en un par de miles de duros ms o menos, no seor.

--Si no los tena, los habr pedido?

--_Cat_! Los ha pedido a su suegro de Santiago; y como el suegro de
Santiago no tiene tampoco una peseta disponible, como usted me ensea...
hteme aqu que se los ha dado el suegro de los Pazos.

--Se le cuentan dos suegros a ese candidato carlista?--pregunt el
gobernador, que a su pesar se diverta con los chismes del secretario.

--No ser el primero, como usted me ensea--dijo Trampeta rindose de la
chuscada--. Ya entiende por quin hablo.... eh?

--Ah!, s, la muchacha sa que viva en la casa antes de que Moscoso se
casase, y de la cual tiene un hijo.... Ya ve usted cmo me acuerdo.

--El hijo... el hijo ser de quien Dios disponga, seor gobernador.... Su
madre lo sabr..., si es que lo sabe.

--Bien, eso para la eleccin importa un rbano.... Al grano: los recursos
de que Moscoso dispone....

--Pues se los ha facilitado el mayordomo, el Primitivo, el suegro _de
cultis_.... Y usted me preguntar: cmo un infeliz mayordomo tiene miles
de duros? Y yo respondo: prestando a rditos del ocho por ciento al mes,
y ms los aos de hambre, y metiendo miedo a todo el mundo para que le
paguen bien y no le nieguen una miserable deuda de un duro...--Y usted
dir: de dnde saca ese Primitivo o ese ladrn el dinero para
prestar?--Y yo replico: del bolsillo de su mismo amo, robndole en la
venta del fruto, dndolo a un precio y abonndoselo a otro, engandole
en la administracin y en los arriendos, pegndosela, como usted me
ensea, por activa y por pasiva...--Y usted dir....

Este modo dialogado era un recurso de la oratoria trampetil, del cual
echaba mano cuando quera persuadir al auditorio. El gobernador le
interrumpi:

--Con permiso de usted lo dir yo mismo. Qu cuenta le tiene a ese
galopn prestarle a su amo los miles de duros que tan trabajosamente le
ha cogido?

--Me caso!...--vot el secretario--. Los miles de duros, como usted me
ensea, no se prestan sin hipoteca, sin garantas de una _cls_ o de
otra, y el Primitivo no ha nacido en el ao de los tontos. As queda
seguro el capital y el amo sujeto.

--Comprendo, comprendo--articul con viveza el Gobernador. Queriendo dar
una muestra de su penetracin, aadi:--Y le conviene sacar diputado al
seorito, para disponer de ms influencia en el pas y poder hacer todo
cuanto le acomode....

Trampeta mir al funcionario con la mezcla de asombro y de gozosa irona
que las personas de educacin inferior muestran cuando oyen a las ms
elevadas decir una simpleza gorda.

--Como usted me ensea, seor gobernador--pronunci--, no hay nada de
eso.... Don Pedro, diputado de oposicin o independiente o conforme les
d la gana de llamarle, servir de tanto a los suyos como la carabina de
Ambrosio.... Primitivo, arrimndose a un servidor de usted o al judo,
con perdn, de Barbacana, conseguira lo que quisiese eh?, sin
necesidad de sacar diputado al amo.... Y Primitivo, hasta que le dio la
ventolera, siempre fue de los mos.... Zorro como l no lo hay en toda la
provincia... se ha de acabar por envolvernos a Barbacana y a m.

--Y entonces Barbacana por qu se ha declarado a favor del seorito?

--Porque Barbacana va con los curas a donde lo lleven. Ya sabe lo que
hace.... Usted, un suponer, est ah hoy y se larga maana; pero los
curas estn siempre, y lo mismo el seoro... los Limiosos, los
Mndez....

Y dando suelta al torrente de su rencor, el cacique aadi apretando los
puos:

--Me caso con Dios! Mientras no hundamos a Barbacana, no se har nada en
Cebre.

--Corriente! Pues faciltenos usted la manera de hundirlo. Ganas no
faltan.

Trampeta se qued un rato pensativo, y con la cuadrada ua del pulgar,
quemada del cigarro, se rasc la perilla.

--Lo que yo cavilo es qu cuenta le tendr al raposo de Primitivo esta
diputacin del amo?... Ahora se aprovecha de dos cosas: lo que le pilla
como hipoteca y lo que le mama corriendo con los gastos electorales y
presentndole luego, como usted me ensea, las cuentas del Gran
Capitn.... Pero si vencen y me hacen diputado a mi seor don Pedro, y
ste vuela para _Madr_, y all pide cuartos por otro lado, que s
pedir, y abre el ojo para ver las picardas de su mayordomo, y no se
vuelve a acordar de la moza ni del chiquillo..., entonces....

Torn a rascarse la perilla, suspenso y meditabundo, como el que
persigue la solucin de un problema muy intrincado. Sus agudsimas
facultades intelectuales estaban todas en ejercicio. Pero no daba con el
cabo de la madeja.

--Al caso--insisti el gobernador--. De lo que se trata es de que no nos
derroten vergonzosamente. El candidato es primo del ministro; hemos
respondido de la eleccin.

--Contra el candidato de la Junta de Orense.

--Piensa usted que all admiten esas distinciones? Estamos a triunfar
contra cualquiera. No andemos con circunloquios; cree usted que vamos a
salir rabo entre piernas? S o no?

Trampeta permaneca indeciso. Al cabo levant la faz, con el orgullo de
un gran estratgico, seguro siempre de inventar algn ardid para burlar
al enemigo.

--Mire usted--dijo--, hasta la fecha Barbacana no ha podido acabar con este
cura, aunque me ha jugado dos o tres buenas.... Pero a jugarlas no me
gana l ni Dios.... Slo que a m no se me ocurren las mejores tretas
hasta que tocan a romper el fuego.... Entonces ni el diablo discurre lo
que yo discurro. Tengo aqu--y se dio una puada en la negruzca
frente--una cosa que rebulle, pero que an no sale por ms que hago....
Saldr, como usted me ensea, cuando llegue el mismsimo punto
_resfinado_ de la ocasin....

Y blandiendo el brazo derecho repetidas veces de arriba abajo, como un
sable, aadi en voz hueca:

--Fuera miedo. Se gana!

Mientras el secretario cabildeaba con la primera autoridad civil de la
provincia, Barbacana daba audiencia al Arcipreste de Loiro, que haba
querido ir en persona a tomar noticias de cmo andaban los negocios por
Cebre, y se arrellanaba en el despacho del abogado, sorbiendo, por
_fusique_ de plata, polvos de un rap Macuba, que acaso nadie gastaba ya
sino l en toda Galicia, y que le traan de contrabando, con gran
misterio y cobrndole un dineral.

El Arcipreste, a quien en Santiago conocan por el apodo de _Sobres de
Envelopes_, a causa de una candorosa pregunta en mal hora formulada en
una tienda, haba sido en otro tiempo, cuando simple abad de Anles, el
mejor instrumento electoral conocido. Dijronle una vez que iba perdida
la eleccin que l manejaba; grit l furioso: Perder el cura de Anles
una eleccin?, y, al gritar, dio el ms soberano puntapi a la urna,
que era un puchero, hacindola volar en miles de pedazos, desparramando
las cdulas y logrando, con tan sencillo expediente, que su candidato
triunfase. La hazaa le vali la gran cruz de Isabel la Catlica. En el
da, obesidad, aos y sordera le impedan tomar parte activa; pero
quedbale la aficin y el comps, no habiendo para l cosa tan gustosa
como un electoral cotarro.

Siempre que el arcipreste vena a Cebre, pasaba un ratito en el estanco
y cartera, donde se charlaba de poltica por los codos, se lean
papeles de Madrid, y se enmendaba la plana a todos los gobernantes y
estadistas habidos y por haber, oyndose a menudo frases del corte
siguiente: Yo, Presidente del Consejo de Ministros, arreglo eso de una
plumada. Yo que Prim, no me arredro por tan poco. Y an sola
levantarse la voz de algn tonsurado exclamando: Pnganme a m donde
est el Papa, y vern cmo lo resuelvo mucho mejor en un periquete.

Al salir de casa de Barbacana, encontr el arcipreste en la cartera al
juez y al escribano, y a la puerta a don Eugenio, desatando su yegua de
una argolla y dispuesto a montar.

--Agurdate un poco, Naya--le dijo familiarmente, dndole, segn costumbre
entre curas, el nombre de su parroquia--. Voy a ver los partes de los
peridicos, y despus nos largamos juntos.

--Yo tomo hacia los Pazos.

--Yo tambin. Di all en la posada que me traigan aqu la mula.

Cumpli don Eugenio el encargo diligentemente, y a poco ambos
eclesisticos, envueltos en cumplidos montecristos, atados los sombreros
por debajo de la barba con un pauelo para que no se los llevase el
viento fuerte que corra, bajaban el repecho de la carretera al sosegado
paso de sus monturas. Naturalmente hablaban de la batalla prxima, del
candidato y de otras particularidades referentes a la eleccin. El
arcipreste lo vea todo muy de color de rosa, y estaba tan cierto de
vencer, que ya pensaba en llevar la msica de Cebre a los Pazos para dar
serenata al diputado electo. Don Eugenio, aunque animado, no se las
prometa tan felices. El gobierno dispone de mucha fuerza, qu
diantre!, y cuando ve la cosa mal parada recurre a la coaccin, haciendo
las elecciones por medio de la Guardia Civil. Todo eso de Cortes era,
segn dicho del abad de Bon, una solemnsima farsa.

--Pues por esta vez--contestaba el arcipreste, manoteando y bufando para
desenredarse de la esclavina del montecristo, que el viento le envolva
alrededor de la cara--, por esta vez, les hemos de hacer tragar saliva.
Al menos el distrito de Cebre enviar al congreso una persona decente,
hijo del pas, jefe de una casa respetable y antigua, que nos conoce
mejor que esos pillastres venidos de fuera.

--Eso es muy cierto--respondi don Eugenio, que rara vez contradeca de
frente a sus interlocutores--; a m me gusta, como al que ms, que la
casa de los Pazos de Ulloa represente a Cebre; y si no fuese por cosas
que todos sabemos....

El arcipreste, muy grave, sorbi el _fusique_ o cauto. Amaba
entraablemente a don Pedro, a quien, como suele decirse, haba visto
nacer, y adems profesaba el principio de respetar la alcurnia.

--Bien, hombre, bien--gru--, dejmonos de murmuraciones....
Cada uno tiene sus defectos y sus pecados, y a Dios dar cuenta
de ellos. No hay que meterse en vidas ajenas.

Don Eugenio, como si no entendiese, insisti, repitiendo cuanto acaba de
or en la cartera de Cebre, donde se bordaban con escandalosos
comentarios las noticias dadas por Trampeta al gobernador de la
provincia. Todo lo refera gritando bastante, a fin de que el punto de
sordera del arcipreste, agravado por el viento, no le impidiese percibir
lo ms sustancial del discurso. El travieso y maleante clrigo gozaba lo
indecible viendo al arcipreste sofocado, abotargado, con la mano en la
oreja a guisa de embudo, o introduciendo rabiosamente el _fusique_ en
las narices. Cebre, segn don Eugenio, herva en indignacin contra don
Pedro Moscoso; los aldeanos lo queran bien; pero en la villa, dominada
por gentes que protega Trampeta, se contaban horrores de los Pazos. De
algunos das ac, justamente desde la candidatura del marqus, se haba
despertado en la poblacin de Cebre un santo odio al pecado, una
reprobacin del concubinato y la bastarda, un sentimiento tan exquisito
de rectitud y moralidad, que asombraba; siendo de advertir que este
acceso de virtud se notaba nicamente en los satlites del secretario,
gente en su mayora de la cscara amarga y nada edificante en su
conducta. Al enterarse de tales cosas, el arcipreste se amorataba de
furor.

--Fariseos, escribas!--rebufaba--. Y luego nos llamarn a nosotros
hipcritas! Miren ustedes qu recato, qu decoro y qu vergenza les ha
entrado a los incircuncisos de Cebre! (en boca del arcipreste,
_incircunciso_ era tremenda injuria). Como si el que ms y el que menos
de ese atajo de tunantes no tuviese hechos mritos para ir a presidio...
y al palo, s seor, al palo!

Don Eugenio no poda contener la risa.

--Hace siete aos, la friolera de siete aos--tartamude el arcipreste
calmndose un poco, pero respirando trabajosamente a causa del mucho
viento--, siete aitos que en los Pazos sucede... eso que tanto les
asusta ahora.... Y maldito si se han acordado de decir esta boca es ma.
Pero con las elecciones.... Qu condenado de aire! Vamos a volar,
muchacho.

--Pues an murmuran cosas peores--grit el de Naya.

--Eh? Si no se oye nada con este vendaval.

--Que an dicen cosas ms serias--voce don Eugenio, pegando su inquieta
yegecilla a la reverenda mula del arcipreste.

--Dirn que nos van a fusilar a todos.... Lo que es a m, ya me amenaz el
secretario con formarme siete causas y meterme en chirona.

--Qu causas ni qu.... Baje usted la cabeza.... As.... Aunque estamos
solos no quiero gritar mucho....

Agarrado don Eugenio al montecristo de su compaero, le explic desde
cerca algo que las alas del nordeste se llevaron aprisa, con estridente
y burln silbido.

--Caramelos!--rugi el arcipreste, sin que se le ocurriese una sola
palabra ms. Tard an cosa de dos minutos en recobrar la expedicin de
la lengua y en poder escupir al ventarrn, cada vez ms desencadenado y
furioso, una retahla de injurias contra los infames calumniadores del
partido de Trampeta. El granuja de don Eugenio le dej desahogar, y
luego aadi:

--An hay ms, ms.

--Y qu ms puede haber? Dicen tambin que el seorito don Pedro sale a
robar a los caminos? Canalla de incircuncisos sos, sin ms Dios ni ms
ley que su panza!

--Aseguran que la noticia viene por persona de la misma casa.

--Eeeeh? Cargue el diablo con el viento.

--Que la noticia viene por persona de la misma casa de los Pazos.... Ya
me entiende usted?--Y don Eugenio gui el ojo.

--Ya entiendo, ya.... Corazones de perro, lenguas de escorpin! Una
seorita que es la honradez en persona, de una familia tan buena, no
despreciando a nadie..., y calumniarla, y para ms con un ordenado de
misa! Liberaluchos indecentes, de stos de por aqu, que se venden tres
al cuarto! Pero cmo est el mundo, Naya, cmo est el mundo!

--Pues tambin aaden....

--Caramelos! Acabars hoy? Qu tormenta se prepara, Mara Santsima!
Qu viento... qu viento!

--Atindame, que esto no lo dicen ellos, sino Barbacana. Que esa persona
de la casa--Primitivo, vamos--nos va a hacer una perrera gorda en la
eleccin.

--Eeeh? T _seque_ chocheas? Para, mula, a ver si oigo mejor. Que
Primitivo...?

--No es seguro, no es seguro, no es seguro--vocifer el abad de Naya, que
se diverta ms que en un sainete.

--Por vida de lo que malgasto, que esto ya pasa de raya! Hazme el favor
de no volverme loco, eh?, que para eso bastante tengo con el viento
maldito. No quiero or, no quiero or ms!--declar esto en ocasin que
su montecristo se alzaba rpidamente a impulsos de una rfaga mayor, y
se volva todo hacia arriba, dejando al arcipreste como suelen pintar a
Venus en la concha. As que logr remediar el percance, hizo trotar a su
mula, y no se oy en el camino ms voz que la del nordeste, que all a
lo lejos, sacudiendo castaares y robledales, remedaba majestuosa
sinfona.




-XXVI-


Amortiguada la primera impresin, no se atreva Julin a interrogar a
Nucha sobre lo que haba visto. Hasta recelaba ir al cuarto de la
seorita. Algn fundamento tena este recelo. Aunque de suyo confiado,
crea notar el capelln que le espiaban. Quin? Todo el mundo:
Primitivo, Sabel, la vieja bruja, los criados. Como sentimos de noche,
sin verla, la niebla hmeda que nos penetra y envuelve, as senta
Julin la desconfianza, la malevolencia, la sospecha, la odiosidad que
iba espesndose en torno suyo. Era cosa indefinible, pero patente. En
dos o tres funciones a que asisti, figursele que los curas le hablaban
con acento hostil, que el arcipreste le examinaba frunciendo el
entrecejo, y que nicamente don Eugenio le manifestaba la acostumbrada
cordialidad. Pero acaso fuesen stas vanas cavilaciones, y quizs soaba
tambin al imaginarse que, a la mesa, don Pedro segua continuamente la
direccin de sus ojos y acechaba sus movimientos. Esto le fatigaba tanto
ms cuanto que un irresistible anhelo le obligaba a mirar a Nucha muy a
menudo, reparando a hurtadillas si estaba ms delgada, si coma con buen
apetito, si se notaba _algo_ nuevo en sus muecas. La seal, oscura el
primer da, fue verdeando y desapareciendo.

La necesidad de ver a la nia acab por poder ms que las vacilaciones
de Julin. Arreglada ya la capilla, slo en la habitacin de su madre
poda verla, y all fue, no bastndole el beso robado en el corredor,
cuando el ama lo cruzaba con la nena en brazos. Iba la criatura saliendo
de esa edad en que los nios parecen un lo de trapos, y sin perder la
gracia y atractivo del ser indefenso y dbil, tena el encanto de la
personalidad, de la soltura cada vez mayor de sus movimientos y
conciencia de sus actos. Ya adoptaba posturas de ngel de Murillo; ya
coga un objeto y acertaba a llevarlo a la clida boca, en la
impaciencia de la denticin retrasada; ya ejecutaba con indecible
monera ese movimiento cautivador entre todos los de los nios pequeos,
de tender no slo los brazos, sino el cuerpo entero, con abandono
absoluto, hacia la persona que les es simptica; actitud que las
nodrizas llaman _irse con la gente_. Haca tiempo que la pequea
redoblaba la risa, y su carcajada melodiosa, repentina y breve, era slo
comparable a gorjeo de pjaro. Ningn sonido articulado sala an de su
boca, pero saba expresar divinamente, con las onomatopeyas que segn
ciertos fillogos fueron base del lenguaje primitivo, todos sus afectos
y antojos; en su crneo, que empezaba a solidificarse, por ms que en el
centro latiese an la abierta mollera, se espesaba el pelo, de da en
da ms oscuro, suave an como piel de topo; sus piececitos se
desencorvaban, y los dedos, antes retorcidos, el pulgar vuelto hacia
arriba, los otros botoncillos de rosa hacia abajo, se habituaban a la
estacin horizontal que exige el andar humano. Cada uno de estos grandes
progresos en el camino de la vida era sorpresa y placer inefable para
Julin, confirmando su dedicacin paternal al ser que le dispensaba el
favor insigne de tirarle de la cadena del reloj, manosearle los botones
del chaleco, ponerle como nuevo de baba y leche. Qu no hara l por
servir de algo a la nenita idolatrada! A veces el cario le inspiraba
ideas feroces, como agarrar un palo y moler las costillas a Primitivo;
coger un ltigo y dar el mismo trato a Sabel. Pero, ay! Nadie puede
usurpar el puesto del amo de casa, del jefe de la familia; y el jefe....
Al capelln le pesaba en el alma la fundacin de aquel hogar cristiano.
Recta haba sido la intencin, y amargo el fruto. Sangre del corazn
dara l por ver a Nucha en un convento!

Qu arbitrio adoptar ya? Julin presenta los inmensos inconvenientes
de su intervencin directa. Seguro de la teora, firme en el terreno del
derecho, capaz de resistir pasivamente hasta morir, faltbale la
vigorosa palanca de los actos humanos, la iniciativa. En aquella casa es
indudable que andaban muchas cosas desquiciadas, otras torcidas y fuera
de camino; el capelln asista al drama, tema un desenlace trgico,
sobre todo desde la famosa seal en las muecas, que no le sala de la
acalorada imaginacin; mostrbase taciturno; su color sonrosado se
trocaba en amarillez de cera; rezaba ms an que de costumbre; ayunaba;
deca la misa con el alma elevada, como la dira en tiempos de martirio;
deseaba ofrecer la existencia por el bienestar de la seorita; pero, a
no ser en uno de sus momentos de arrechucho puramente nervioso, no
poda, no saba, no acertaba a dar un paso, a adoptar una medida--aunque
sta fuese tan fcil y hacedera como escribir cuatro renglones a don
Manuel Pardo de la Lage, informndole de lo que ocurra a su hija--.
Siempre encontraba pretextos para aplazar toda accin, tan socorridos
como ste, verbigracia:

--Dejemos que pasen las elecciones.

Las elecciones le infundan esperanzas de que, si el seorito, elegido
diputado, sala de la huronera, de entre la gente inicua que lo prenda
en sus redes, era posible que Dios le tocase en el corazn y mudase de
conducta.

Una cosa preocupaba mucho al buen capelln: el seorito se ira solo a
Madrid, o llevara a su mujer y a la pequea? Julin pona a Dios por
testigo de que deseaba esto ltimo, si bien al pensar qu poda suceder
le entraba una hipocondra mortal. La idea de no ver ms a nen durante
meses o aos, de no tenerla en las rodillas montada a _caballito_, de
quedarse all, frente a frente con Sabel, como en oscuro pozo habitado
por una sabandija, le era intolerable. Duro le pareca que se marchase
la seorita, pero lo de la nia..., lo de la nia...

Si me la dejasen--pensaba--la cuidara yo perfectamente.

Acercbase la batalla decisiva. Los Pazos eran un jubileo, un ir y venir
de adictos y correveidiles, un entrar y salir de mensajes, de rdenes y
contrardenes, que le daban semejanza con un cuartel general. Siempre
haba en las cuadras caballos o mulas forasteras, masticando abundante
pienso, y en los anchos salones se oa crujir incesante de botas altas,
pisadas de fuertes zapatos, cuando no pateo de zuecos. Julin se
tropezaba con curas sofocados, respirando blico ardor, que le hablaban
de _los trabajos_, pasmndose de ver que no tomaba parte en nada.... En
tan solemne y crtica ocasin, el capelln de los Pazos no tena derecho
a dormir ni a comer!

Segua reparando que algunos abades se mostraban con l as como airados
o resentidos, en especial el arcipreste, el ms encariado con la casa
de Ulloa; pues mientras el cura de Bon y aun el de Naya atendan sobre
todo al triunfo poltico, el arcipreste miraba principalmente al
esplendor del hidalgo solar, al buen nombre de los Moscosos.

Todo anunciaba que el seor de los Pazos se llevara el gato al agua, a
pesar del enorme aparato de fuerza desplegado por el gobierno. Se
contaban los votos, se haca un censo, se saba que la superioridad
numrica era tal, que las mayores diabluras de Trampeta no la echaran
abajo. No dispona el gobierno en el distrito sino de lo que,
pomposamente hablando, puede llamarse el elemento oficial. Si es verdad
que ste influye mucho en Galicia, merced al carcter sumiso de los
labriegos, all en Cebre no poda contrapesar la accin de curas y
seoritos reunidos en torno del formidable cacique Barbacana. El
arcipreste resoplaba de gozo. Cosa rara! Barbacana mismo era el nico
que no se las contaba felices. Preocupado y de peor humor a cada
instante, torca el gesto cuando algn cura entraba en su despacho
frotndose las manos de gusto, a noticiarle adhesiones, caza de votos.

Qu elecciones aqullas, Dios eterno! Qu lid reidsima, qu disputar
el terreno pulgada a pulgada, empleando todo gnero de zancadillas y
ardides! Trampeta pareca haberse convertido en media docena de hombres
para trampetear a la vez en media docena de sitios. Trueques de
papeletas, retrasos y adelantos de hora, falsificaciones, amenazas,
palos, no fueron arbitrios peculiares de esta eleccin, por haberse
ensayado en otras muchas; pero unironse a las estratagemas usuales
algunos rasgos de ingenio sutil, enteramente inditos. En un colegio,
las capas de los electores del marqus se rociaron de aguarrs y se les
prendi fuego disimuladamente por medio de un fsforo, con que los
infelices salieron dando alaridos, y no aparecieron ms. En otro se
coloc la mesa electoral en un descanso de escalera; los votantes no
podan subir sino de uno en uno, y doce paniaguados de Trampeta,
haciendo fila, tuvieron interceptado el sitio durante toda la maana,
moliendo muy a su sabor a puadas y coces a quien intentaba el asalto.
Picarda discreta y maosa fue la practicada en Cebre mismo.

Acudan all los curas acompaando y animando al rebao de electores, a
fin de que no se dejasen dominar por el pnico en el momento de
depositar el voto. Para evitar que se la jugasen, don Eugenio,
valindose del derecho de intervencin, sent en la mesa a un labriego
de los ms adictos suyos, con orden terminante de no separar la vista un
minuto de la urna. T entendiste, Roque? No me apartas los ojos de
ella, as se hunda el mundo. Instalse el payo, apoyando los codos en
la mesa y las manos en los carrillos, contemplando de hito en hito la
misteriosa olla, tan fijamente como si intentase alguna experiencia de
hipnotismo. Apenas alentaba, ni se mova ms que si fuese hecho de
piedra. Trampeta en persona, que daba sus vueltas por all, lleg a
impacientarse viendo al inmvil testigo, pues ya otra olla rellena de
papeletas, cubiertas a gusto del alcalde y del secretario de la mesa, se
esconda debajo de sta, aguardando ocasin propicia de sustituir a la
verdadera urna. Destac, pues, un seide encargado de seducir al
vigilante, convidndole a comer, a echar un trago, recurriendo a todo
gnero de insinuaciones halageas. Tiempo perdido: el centinela ni
siquiera miraba de reojo para ver a su interlocutor: su cabeza redonda,
peluda, sus salientes mandbulas, sus ojos que no pestaeaban, parecan
imagen de la misma obstinacin. Y era preciso sacarle de all, porque se
acercaba la hora sacramental, las cuatro, y haba que ejecutar el
escamoteo de la olla. Trampeta se agit, hizo a sus adlteres preguntas
referentes a la biografa del vigilante, y averigu que tena un pleito
de tercera en la Audiencia, por el cual le haban embargado los bueyes
y los frutos. Acercse a la mesa disimuladamente, psole una mano en el
hombro, y grit: Fulano... ganaste el pleito!. Salt el labriego,
electrizado. Qu me dices, hombre!. Se fall en la Audiencia ayer.
T loqueas. Lo que oyes. En este intervalo el secretario de la mesa
verificaba el trueque de pucheros: ni visto ni odo. El alcalde se
levant con solemnidad. Seores... se va a proceder al _discutinio_!.
Entra la gente en tropel: comienza la lectura de papeletas; mranse los
curas atnitos, al ver que el nombre de su candidato no aparece T te
moviste de ah?, pregunta el abad de Naya al centinela. No, seor,
responde ste con tal acento de sinceridad, que no consenta sospecha.
Aqu alguien nos vende, articula el abad de Ulloa en voz bronca,
mirando desconfiadamente a don Eugenio. Trampeta, con las manos en los
bolsillos, re a socapa.

Tales amaos mermaron de un modo notable la votacin del marqus de
Ulloa, dejando cincunscrita la lucha, en el ltimo momento, a disputarse
un corto nmero de votos, del cual dependa la victoria. Y llegado el
instante crtico, cuando los ullostas se juzgaban ya dueos del campo,
inclinaron la balanza del lado del gobierno defecciones completamente
impensadas, por no decir abominables traiciones, de personas con quienes
se contaba en absoluto, habiendo respondido de ellas la misma casa de
los Pazos, por boca de su mayordomo. Golpe tan repentino y alevoso no
pudo prevenirse ni evitarse. Primitivo, desmintiendo su acostumbrada
impasibilidad, dio rienda a una clera furiosa, desatndose en amenazas
absurdas contra los trnsfugas.

Quien se mostr estoico fue Barbacana. La tarde que se supo la prdida
definitiva de la eleccin, el abogado estaba en su despacho, rodeado de
tres o cuatro personas. Ahogndose como ballena encallada en una playa y
a quien el mar deja en seco, entr el arcipreste, morado de despecho y
furor. Desplomse en un silln de cuero; ech ambas manos a la garganta,
arranc el alzacuello, los botones de camisa y almilla; y trmulo, con
los espejuelos torcidos y el _fusique_ oprimido en el crispado puo
izquierdo, se enjug el sudor con un pauelo de hierbas. La serenidad
del cacique le sac de tino.

--Me pasmo, caramelos! Me pasmo de verle con esa flema! O no sabe lo
que pasa?

--Yo no me apuro por cosas que estn previstas. En materia de elecciones
no se me coge a m de susto.

--Usted se esperaba lo que ocurre?

--Como si lo viera. Aqu est el abad de Naya, que puede responder de que
se lo profetic. No atestiguo con muertos.

--Verdad es--corrobor don Eugenio, harto compungido.

--Y entonces, santo de Dios, a qu tenernos embromados?

--No les bamos a dejar el distrito por suyo sin disputrselo siquiera.
Les gustara a ustedes? Legalmente, el triunfo es nuestro.

--Legalmente.... Toma, caramelos! Legalmente s, pero vnganos con
legalidades! Y esos Judas condenados que nos faltaron cuando
precisamente penda de ellos la cosa! El herrero de Gonds, los dos
Ponlles, el albitar...!

--sos no son Judas, no sea inocente, seor arcipreste: sa es gente
mandada, que acata una consigna. El Judas es otro.

--Eeeeh? Ya entiendo, ya.... Hombre, si es cierta esa maldad--que no
puedo convencerme, que se me atraganta--, an sera poco para el traidor
el castigo de Judas! Pero usted, santo, por qu no le ataj? Por qu
no avis? Por qu no le arranc la careta a ese pillo? Si el seor
marqus de Ulloa supiese que tena en casa al traidor, con atarlo al pie
de la cama y cruzarlo a latigazos.... Su propio mayordomo! No s cmo
pudo usted estarse as con esa flema.

--Se dice luego; pero mire usted: cuando la eleccin estriba en una
persona, y no cabe cerciorarse de si est de buena o mala fe, de poco
sirve revelar sospechas.... Hay que aguardar el golpe atado de pies y
manos..., son cosas que se ven a la prueba, y si salen mal, se debe
callar y _guardarlas_....

Al pronunciar la palabra _guardarlas_, el cacique se daba una puada en
el pecho, cuya concavidad retumb sordamente, lo mismo que deba
retumbar la de san Jernimo cuando el santo la hera con el famoso
pedrusco.

Y algo se asemejaba Barbacana al tipo de los san Jernimos de escuela
espaola, amojamados y huesudos, caracterizados por la luenga y
enmaraada barba y el sombro fuego de las pupilas negras.

--De aqu no salen--aadi con torvo acento--, y aqu no pierden el tiempo,
que todava nadie se la hizo a Barbacana sin que algn da se la pagase.
Y respecto del Judas, cmo quera usted que lo pudisemos
desenmascarar, si ahora, lo mismo que en tiempo de la pasin de Nuestro
Seor Jesucristo, tena la bolsa en la mano? A ver, seor arcipreste,
quin nos ha facilitado las municiones para esta batalla?

--Que quin las ha facilitado? En realidad de verdad, la casa de Ulloa.

--Las tena disponibles? S o no? Ah est el toque. Como esas casas no
son ms que vanidad y vanidad, por no confesar que le faltaban los
cuartos y no pedirlos a una persona de conocida honradez, pongo por
ejemplo, un servidor, va y los recibe de un pillastre, de una
sanguijuela que le est chupando cuanto posee.

--Buenas cosas van a decir de nosotros los badulaques de la Junta de
Orense. Que somos unos estafermos y que no servimos para nada. Perder
una eleccin! Es la primera vez de mi vida.

--No. Que escogimos un candidato muy simple. Hablando en plata, eso es lo
que dir la Junta de Orense.

--Poco a poco--exclam el arcipreste dispuesto a romper lanzas por su caro
seorito--. No estamos conformes....

Aqu llegaban de su pltica, y el auditorio, que se compona, adems del
abad de Naya, del de Bon y del seorito de Limioso, guardaba el
silencio de la humillacin y la derrota. De repente un espantoso
estruendo, formado por los ms discordantes y fieros ruidos que pueden
desgarrar el tmpano humano, asord la estancia. Sartenes rascadas con
tenedores y cucharas de hierro; tiestos de cocina tocados como cmbalos;
cacerolas, dentro de las cuales se agitaba en vertiginoso remolino un
molinillo de batir chocolate; peroles de cobre en que taan broncas
campanadas fuertes manos de almirez; latas atadas a un cordel y
arrastradas por el suelo; trbedes repicados con varillas de hierro, y,
por cima de todo, la lgubre y ronca voz del cuerno, y la horrenda
vociferacin de muchas gargantas humanas, con esa cavernosidad que
comunica a la laringe el exceso de vino en el estmago. Realmente
acababan los bienaventurados msicos de agotar una redonda corambre, que
en la Casa Consistorial les haba brindado la munificencia del
secretario. Por entonces an ignoraban los electores campesinos ciertos
refinamientos, y no saban pedir del _vino que hierve y hace espuma_,
como algunos aos despus, contentndose con buen tinto empecinado del
Borde. Al travs de las vidrieras de Barbacana penetraba, junto con el
sonido de los hrridos instrumentos y descompasada gritera, vaho
vinoso, el olor tabernario de aquella patulea, ebria de algo ms que del
triunfo. El arcipreste se enderezaba los espejuelos; su rostro
congestionado revelaba inquietud. El cura de Bon frunca el cano
entrecejo. Don Eugenio se inclinaba a echarlo todo a broma. El seorito
de Limioso, resuelto y tranquilo, se aproxim a la ventana, alz un
visillo y mir.

La cencerrada prosegua, implacable, frentica, azotando y araando el
aire como una multitud de gatos en celo el tejado donde pelean;
sbitamente, de entre el alboroto grotesco se destac un clamor que en
Espaa siempre tiene mucho de trgico: un _muera_.

--Muera el Terso!

Un enjambre de _mueras_ y _vivas_ sali tras el primero.

--Mueran los curas!

--Muera la tirana!

--Viva Cebre y nuestro diputado!

--Viva la Soberana Nacional!

--Muera el marqus de Ulloa!

Ms enrgico, ms intencionado, ms claro que los restantes, brot este
grito:

--Muera el ladrn _faucioso_ Barbacana!

Y el vocero, unnime, repiti:

--Mueraaaa!

Instantneamente apareci junto a la mesa del abogado un hombre de
siniestra catadura, hasta entonces oculto en un rincn. No vesta como
los labriegos, sino como persona de baja condicin en la ciudad:
chaqueta de pao negro, faja roja y hongo gris; patillas cortas, de boca
de hacha, redoblaban la dureza de su fisonoma, abultada de pmulos y
ancha de sienes. Uno de sus hundidos ojuelos verdes reluca felinamente;
el otro, inmvil y cubierto con gruesa nube blanca, semejaba hecho de
cristal cuajado.

Abriendo Barbacana el cajn de su pupitre, sacaba de l dos enormes
pistolas de arzn, prehistricas sin duda, y las reconoca para
cerciorarse de que estaban cargadas. Mirando al aparecido fijamente,
pareci ofrecrselas con leve enarcamiento de cejas. Por toda respuesta,
el Tuerto de Castrodorna hizo asomar al borde de su faja el extremo de
una navaja de cachas amarillas, que volvi a ocultar al punto. El
arcipreste, que haba perdido los bros con la obesidad y los aos,
sobresaltse mucho.

--Djese de calaveradas, mi amigo. Por si acaso, me parece oportuno salir
por la puerta de atrs. Eh? No es cosa de aguardar a que esos
incircuncisos vengan aqu a darle a uno tsigo.

Mas ya el cura de Bon y el seorito de Limioso, unidos al Tuerto,
formaban un grupo lleno de decisin. El seorito de Limioso, no
desmintiendo su vieja sangre hidalga, aguardaba sosegadamente, sin
fanfarronera alguna, pero con impvido corazn; el abad de Bon, nacido
con ms vocacin de guerrillero que de misacantano, apretaba con jbilo
la pistola, olfateaba el peligro, y, a ser caballo, hubiera relinchado
de gozo; el Tuerto, encogido y crispado como un tigre, se situaba detrs
de la puerta a fin de destripar a mansalva al primero que entrase.

--No tenga miedo, seor arcipreste...--murmur gravemente Barbacana--.
Perro que ladra no muerde. Ni a romperme un vidrio se atrevern esos
bocalanes. Pero conviene estar dispuesto, por si acaso, a ensearles los
dientes.

Resonaban nutridos y feroces los _mueras_; mas en efecto, ni una piedra
sola vena a herir los cristales. El seorito de Limioso se acerc otra
vez, levant el visillo y llam a don Eugenio.

--Mire, Naya, mire para aqu.... Buena gana tienen de subir ni de tirar
piedras.... Estn bailando.

Don Eugenio se lleg a la vidriera y solt la carcajada. Entre la
patulea de beodos, dos seides de Trampeta, carcelero el uno, el otro
alguacil, trataban de calentar a algunos de los que chillaban ms
fuerte, para que atacasen la morada del abogado; sealaban a la puerta,
indicaban con ademanes elocuentes lo fcil que sera echarla abajo y
entrar. Pero los borrachos, que no por estarlo perdan la cautelosa
prudencia, el saludable temor que inspira el cacique al labriego, se
hacan los desentendidos, limitndose a berrear, a herir cazos y
sartenes con ms furia. Y en el centro del corro, al comps de los
almireces y cacerolas, brincaban como locos los ms tomados de la
bebida, los verdaderos pellejos.

--Seores--dijo en grave y enronquecida voz Ramn Limioso--: Es siquiera
una mala vergenza que esos pillos nos tengan aqu sitiados.... Me dan
ganas de salir y pegarles una corrida, que no paren hasta el
Ayuntamiento.

--Hombre--gru el abad de Bon--, usted poco habla, pero bueno. Vamos a
meterles miedo, _quoniam_! Estornudando solamente, espanto yo media
docena de esos pellejones.

No pronunci el Tuerto palabra; nicamente su ojo verdoso se encendi
con fosfrica luz, y mir a Barbacana, como pidindole permiso de tomar
parte en la empresa. Barbacana hizo con la cabeza seal afirmativa, pero
le indic al mismo tiempo que guardase la navaja.

--Tiene razn--exclam el hidalgo de Limioso, enderezando la cabeza y
dilatando las ventanillas de la nariz con altanera expresin, muy
desusada en su lnguida y triste faz--. A esa gente, a palos y latigazos
se les sacude el polvo. No ensuciar un arma que uno usa para el monte,
para las perdices y las liebres, que valen ms que ellos (fuera el
alma).

Y al decir _fuera el alma_, persignse el seorito.

--Tengan miramiento, hombre, tengan miramiento...--murmuraba el arcipreste
difcilmente, extendiendo las manos como para calmar los nimos
irritados. (Cun lejos estaban los tiempos belicosos en que aseguraba
una eleccin a puntapis!)

Barbacana no se opuso a la hazaa; al contrario, pas a otra estancia y
volvi con un haz de junquillos, palos y bastones. El cura de Bon no
quiso ms garrote que el suyo, que era formidable; Ramn Limioso, fiel a
su desdn de la grey villana, asi el ltigo ms delgado, un latiguillo
de montar. El Tuerto empu una especie de tralla, que, manejada por
diestra vigorosa, deba ser de terrible efecto.

Bajaron cautelosamente la escalera, cuidando de no zapatear, previsin
que el endiablado estrpito de la cencerrada haca de todo punto ociosa.
Tena la puerta su tranca y los cerrojos corridos, medida de precaucin
adoptada por la cocinera del abogado as que oy estruendo de motn. El
abad de Bon los descorri impetuosamente, el Tuerto sac la tranca,
gir la llave en la cerradura, y clrigos y seglares se lanzaron contra
la canalla sin avisar ni dar voces, con los dientes apretados,
chispeantes los ojos, blandiendo ltigos y esgrimiendo garrotes.

No habran transcurrido cinco minutos cuando Barbacana, que por detrs
de los visillos registraba el teatro del combate, sonri
silenciosamente, o ms bien rega los labios, descubriendo la amarilla
dentadura, y apret con nerviosa violencia la barandilla de la ventana.
En todas direcciones huan los despavoridos borrachos, chillando como si
los cargase un regimiento de caballera a galope: algunos tropezaban y
caan de bruces, y la tralla del Tuerto se les enroscaba alrededor de
los lomos, arrancndoles alaridos de dolor. Fustigaba el hidalgo de
Limioso con menos crueldad, pero con soberano desprecio, como se
fustigara a una piara de marranos. El cura de Bon sacuda estacazo
limpio, con regularidad y energa infatigables. El de Naya, incapaz de
mantenerse dentro de los lmites de su papel justiciero, insultaba, rea
y vapuleaba a un mismo tiempo a los beodos.

--Anda, tinaja, cuba, mosquito! Toma, toma, para que vuelvas otra vez,
pellejo, odre! Ve a dormir la mona, cuero! A la taberna con tus
huesos, _larpn_, tonel de mosto! A la crcel, borrachos, a vomitar lo
que tenis en esas tripas!

Limpia estaba la calle; ms limpia ya que una patena: silencio profundo
haba sustituido al vocero, a los _mueras_ y a la cencerrada feroz. Por
el suelo quedaban esparcidos despojos de la batalla: cazos, almireces,
cuernos de buey. En la escalera se oa el ruido de los vencedores, que
suban celebrando el fcil triunfo. Delante de todos entr don Eugenio,
que se ech en una butaca partindose a carcajadas y palmoteando. El
cura de Bon le segua limpindose el sudor. Ramn Limioso, serio y an
melanclico, se limit a entregar a Barbacana el latiguillo, sin
despegar los labios.

--Van... buenos!--tartamude el abad de Naya reventando de risa.

--Yo _mall_ en ellos... como quien _malla_ en centeno!--exclam
respirando con placer el de Bon.

--Pues yo--explic el hidalgo--, si supiese que haban de ser tan cobardes
y echar a correr sin volvrsenos siquiera, a fe que no me tomo el
trabajo de salir.

--No se fen--observ el arcipreste--. Ahora en el Ayuntamiento los
avergenza Trampeta, y capaz es de venir ac en persona con los
incircuncisos a darle un susto al seor Licenciado (as llamaban a
Barbacana familiarmente sus amigos). Por si acaso, es prudente que estos
seores pasen aqu la noche. Yo tengo que misar maana en Loiro, y mi
hermana estar muerta de miedo..., que si no....

--Nada de eso--replic perentoriamente Barbacana--. Estos seores se
vuelven cada uno a su casa. No hay cuidado ninguno. A m... me basta con
este mozo--aadi sealando al Tuerto, agazapado otra vez en su rincn.

No fue posible reducir al cacique a que aceptase la guardia de honor que
le ofrecan. Por otra parte, no se notaba sntoma alguno de que hubiese
de alterarse el orden nuevamente. Ni se oan a lo lejos vociferaciones
de electores victoriosos. El sooliento silencio de los pueblecillos
pequeos y sin vida pesaba sobre la villa de Cebre. Tres hroes de la
gran batida, y el arcipreste con ellos, salieron a caballo hacia la
montaa. No iban cabizbajos, a fuer de muidores electorales derrotados,
sino llenos de regocijo, con gran chchara y broma, celebrando a ms y
mejor la somanta administrada a los borrachines cencerreadores. Don
Eugenio estaba inspirado, oportuno, bullanguero, ocurrentsimo en una
palabra; haba que orle remedar los aullidos y la cada de los ebrios
en el lodo de la calle, y el gesto que pona el cura de Bon al _majar_
en ellos.

Barbacana se qued solo con el Tuerto. Si alguno de los molidos msicos
de la cencerrada se atreviese a asomar la cabeza y mirar hacia las
ventanas del cacique, vera que, por fanfarronada o por descuido, no
estaban cerradas las maderas, y podra distinguir, al travs de los
visillos y destacndose sobre el fondo de la habitacin alumbrada por el
quinqu, las cabezas del abogado y de su feroz defensor y seide. Sin
duda hablaban de algo importante, porque la pltica fue larga. Una hora
o algo ms corri desde que encendieron la luz hasta que las maderas se
cerraron, quedando la casa silenciosa, torva y sombra como quien oculta
algn negro secreto.




-XXVII-


La persona en quien se not mayor sentimiento por la prdida de las
elecciones fue Nucha. Desde la derrota, se desmejor ms de lo que
estaba, y creci su abatimiento fsico y moral. Apenas sala de su
habitacin donde viva esclava de su nia, cosida a ella da y noche. En
la mesa, mientras coma poco y sin gana, guardaba silencio, y a veces
Julin, que no apartaba los ojos de la seorita, la vea mover los
labios, cosa frecuente en las personas posedas de una idea fija, que
hablan para s, sin emitir la voz. Don Pedro, como nunca hurao, no se
tomaba el trabajo de intentar un asomo de conversacin. Mascaba firme,
beba seco, y tena los ojos fijos en el plato, cuando no en las vigas
del techo; jams en sus comensales.

Tan deshecha y acabada le pareca al capelln la seorita, que un da se
atrevi, venciendo recelos inexplicables, a llamar aparte a don Pedro,
preguntndole en voz entrecortada si no sera bueno avisar al seor de
Juncal, para que viese....

--Est usted loco?--respondi don Pedro, fulminndole una mirada
despreciativa--. Llamar a Juncal..., despus de lo que trabaj contra m
en las elecciones? Mximo Juncal no atravesar ms las puertas de esta
casa.

No replic el capelln, pero pocos das despus, volviendo de Naya, se
tropez con el mdico. ste detuvo su caballejo, y, sin apearse,
contest a las preguntas de Julin.

--Puede ser grave.... Qued muy dbil del parto, y necesitaba cuidados
exquisitos.... Las mujeres nerviosas sanan del cuerpo cuando se les
tranquiliza y se les distrae el espritu.... Mire, Julin, tendramos que
hablar para seis horas si yo le dijese todo lo que pienso de esa infeliz
seorita, y de esos Pazos.... Punto en boca.... Bonito diputado queran
ustedes enviar a las Cortes.... Ms valdra que sus padres lo hubiesen
mandado a la escuela....

Puede ser grave.... Esto principalmente se estamp en el pensamiento de
Julin. S que poda ser grave: Y de qu medios dispona l para
conjurar la enfermedad y la muerte? De ninguno. Envidi a los mdicos.
l slo tena facultades para curar el espritu: ni aun sas le servan,
pues Nucha no se confesaba con l; y hasta la idea de que se confesase,
de ver desnuda un alma tan hermosa, le turbaba y confunda.

Muchas veces haba pensado en semejante probabilidad: cualquier da era
fcil que Nucha, por necesidad de desahogo y de consuelo, viniese a
echrsele a los pies en el tribunal de la penitencia y a demandarle
consejos, fuerza, resignacin. Y quin soy yo--se deca Julin--para
guiar a una persona como la seorita Marcelina? Ni tengo edad, ni
experiencia, ni sabidura suficiente; y lo peor es que tambin me falta
virtud, porque yo deba aceptar gustoso todos los padecimientos de la
seorita, creer que Dios se los enva para probarla, para acrecentar sus
mritos, para darle mayor cantidad de gloria en el otro mundo... y soy
tan malo, tan carnal, tan ciego, tan inepto, que me paso la vida dudando
de la bondad divina porque veo a esta pobre seora entre adversidades y
tribulaciones pasajeras.... Pues no ha de ser as--resolva el capelln
con esfuerzo--. He de abrir los ojos, que para eso tengo la luz de la fe,
negada a los incrdulos, a los impos, a los que estn en pecado mortal.
Si la seorita me viene a pedir que le ayude a llevar la cruz,
ensemosle a que la abrace amorosamente. Es necesario que comprenda
ella, y yo tambin, lo que significa esa cruz. Con ella se va a la
felicidad nica y verdadera. Por muy dichosa que fuese la seorita aqu
en el mundo, vamos a ver, cunto tiempo y de qu manera podra serlo?
Aunque su marido la... estimase como merece, y la pusiese sobre las
nias de sus ojos, se librara por eso de contrariedades, enfermedades,
vejez y muerte? Y cuando llega la hora de la muerte, qu importa ni de
qu sirve haber pasado un poco ms alegre y tranquila esta vidilla
perecedera y despreciable?.

Tena Julin a la mano siempre un ejemplar de la _Imitacin de Cristo_;
era la modesta edicin de la Librera religiosa, y castiza y admirable
traduccin del P. Nieremberg. Al frente de la portada haba un grabado,
bien nfimo como obra de arte, que proporcionaba al capelln mucho
alivio cada vez que fijaba sus ojos en l. Representaba una colina, el
Calvario; y por el estrecho sendero que conduca al lugar del suplicio,
iba subiendo lentamente Jess, con la cruz a cuestas, y el rostro vuelto
hacia un fraile que all en lontananza se echaba otra cruz al hombro.
Aunque malo el dibujo y peor el desempeo, respiraba aquel grabado una
especie de resignacin melanclica, adecuada a la situacin moral del
presbtero. Y despus de haberlo contemplado despacio, parecale sentir
en los hombros una pesadumbre abrumadora y dulcsima a la vez, y una
calma honda, como si se encontrase--calculaba l para s--sepultado en el
fondo del mar, y el agua le rodease por todas partes, sin ahogarle.
Entonces lea prrafos del libro de oro, que se le entraban en el alma a
manera de hierro enrojecido en la carne:

Por qu temes, pues, tomar la cruz, por la cual se va al reino? En la
cruz est la salud, en la cruz est la vida, en la cruz est la defensa
de los enemigos, en la cruz est la infusin de la suavidad soberana, en
la cruz est la fortaleza del corazn, en la cruz est el gozo del
espritu, en la cruz est la suma virtud, en la cruz est la perfeccin
de la santidad.... Toma pues tu cruz, y sigue a Jess.... Mira que todo
consiste en la cruz, y todo est en morir; y no hay otro camino para la
vida y para la verdadera paz que el de la santa cruz y continua
mortificacin.... Dispn y ordena todas las cosas segn tu querer, y no
hallars sino que has de padecer algo, o de grado o por fuerza; y as
siempre hallars la cruz, porque o sentirs dolor en el cuerpo, o
padecers tribulacin en el espritu.... Cuando llegares al punto de que
la afliccin te sea dulce y gustosa por amor de Cristo, piensa entonces
que te va bien, porque hallaste el paraso en la tierra....

--Cundo llegar yo a este estado de bienaventuranza, Seor!--murmuraba
Julin poniendo una seal en el libro--. Haba odo algunas veces que
Dios concede lo que se le pide mentalmente en el acto de consagrar la
hostia, y con muchas veras le peda llegar al punto de que su cruz....
No, la de la pobre seorita, le fuese dulce y gustosa, como deca
Kempis....

A la misa en la capilla remozada asista siempre Nucha, oyndola toda de
rodillas, y retirndose cuando Julin daba gracias. Sin volverse ni
distraerse en la oracin, Julin conoca el instante en que se levantaba
la seorita y el ruido imperceptible de sus pisadas sobre el entarimado
nuevo. Cierta maana no lo oy. Este hecho tan sencillo le priv de
rezar con sosiego. Al alzarse, vio a Nucha tambin en pie, el ndice
sobre los labios. Perucho, que ayudaba a misa con desembarazo notable,
se dedicaba a apagar los cirios, valindose de una luenga caa. La
mirada de la seorita deca elocuentemente:

Que se vaya ese nio.

El capelln orden al aclito que despejase.

Tard ste algo en obedecer, detenindose en doblar la toalla del
lavatorio. Al fin se fue, no muy de su grado. Llenaba la capilla olor de
flores y barniz fresco; por las ventanas entraba una luz caliente, que
cernan visillos de tafetn carmes; y las carnes de los santos del
altar adquiran apariencia de vida, y la palidez de Nucha se sonroseaba
artificialmente.

--Julin?--pregunt con imperioso acento, extrao en ella.

--Seorita...--respondi l en voz baja, por respeto al lugar sagrado.
Temblronle los labios y las manos se le enfriaron, pues crey llegado
el terrible momento de la confesin.

--Tenemos que hablar. Y ha de ser aqu, por fuerza. En otras partes no
falta quien aceche.

--Es verdad que no falta.

--Har usted lo que le pida?

--Ya sabe que....

--Sea lo que sea?

--Yo....

Su turbacin creca: el corazn le lata con sordo ruido. Se recost en
el altar.

--Es preciso--declar Nucha sin apartar de l sus ojos, ms que vagos,
extraviados ya--que me ayude usted a salir de aqu. De esta casa.

--A.... A... salir...--tartamude Julin, aturdido.

--Quiero marcharme. Llevarme a mi nia. Volverme junto a mi padre. Para
conseguirlo hay que guardar secreto. Si lo saben aqu, me encerrarn con
llave. Me apartarn de la pequea. La matarn. S de fijo que la
matarn.

El tono, la expresin, la actitud, eran de quien no posee la plenitud de
sus facultades mentales; de mujer impulsada por excitacin nerviosa que
raya en desvaro.

--Seorita...--articul el capelln, no menos alterado--, no est de pie,
no est de pie.... Sintese en este banquito.... Hablemos con
tranquilidad.... Ya conozco que tiene disgustos, seorita.... Se necesita
paciencia, prudencia.... Clmese....

Nucha se dej caer en el banco. Respiraba fatigosamente, como persona en
quien se cumplen mal las funciones pulmonares. Sus orejas, blanquecinas
y despegadas del crneo, transparentaban la luz. Habiendo tomado
aliento, habl con cierto reposo.

--Paciencia y prudencia! Tengo cuanta cabe en una mujer. Aqu no viene
al caso disimular: ya sabe usted cundo empez a clavrseme la espina;
desde aquel da me propuse averiguar la verdad, y no me cost... gran
trabajo. Digo, s; me cost un... un combate.... En fin, eso es lo que
menos importa. Por m no pensara en irme, pues no estoy buena y se me
figura que... durar poco..., pero..., y la nia?

--La nia....

--La van a matar, Julin, esas... gentes. No ve usted que les estorba?
Pero no lo ve usted?

--Por Dios le pido que se sosiegue.... Hablemos con calma, con juicio....

--Estoy harta de tener calma!--exclam con enfado Nucha, como el que oye
una gran simpleza--. He rogado, he rogado.... He agotado todos los
medios.... No aguardo, no puedo aguardar ms. Esper a que se acabasen
las elecciones dichosas, porque crea que saldramos de aqu y entonces
se me pasara el miedo.... Yo tengo miedo en esta casa, ya lo sabe usted,
Julin; miedo horrible.... Sobre todo de noche.

A la luz del sol, que tamizaban los visillos carmeses, Julin vio las
pupilas dilatadas de la seorita, sus entreabiertos labios, sus
enarcadas cejas, la expresin de mortal terror pintada en su rostro.

--Tengo mucho miedo--repiti estremecindose.

Renegaba Julin de su sosera. Cunto dara por ser elocuente! Y no se
le ocurra nada, nada. Los consuelos msticos que tena preparados y
atesorados, la teora de abrazarse a la cruz..., todo se le haba
borrado ante aquel dolor voluntarioso, palpitante y desbordado.

--Ya desde que llegu... esta casa tan grande y tan antigua...--prosigui
Nucha--me dio fro en la espalda.... Slo que ahora... no son tonteras de
chiquilla mimada, no.... Me van a matar a la pequea.... Usted lo ver!
As que la dejo con el ama, estoy en brasas.... Acabemos pronto.... Esto
se va a resolver ahora mismo. Acudo a usted, porque no puedo confiarme a
nadie ms.... Usted quiere a mi nia.

--Lo que es quererla...--balbuci Julin, casi afnico de puro
enternecido.

--Estoy sola, sola...--repiti Nucha pasndose la mano por las mejillas.
Su voz sonaba como entrecortada por lgrimas que contena--. Pens en
confesarme con usted, pero... buena confesin te d Dios.... No
obedecera si usted me mandase quedarme aqu.... Ya s que es mi
obligacin: la mujer no debe apartarse del marido. Mi resolucin, cuando
me cas, era....

Detvose de pronto, y carendose con Julin, le pregunt:

--No le parece a usted como a m que este casamiento tena que salir
mal? Mi hermana Rita ya era casi novia del primo cuando l me pidi....
Sin culpa ma, quedamos reidas Rita y yo desde entonces.... No s cmo
fue aquello; bien sabe Dios que no puse nada de mi parte para que Pedro
se fijase en m. Pap me aconsej que, de todos modos, me casase con el
primo.... Yo segu el consejo.... Me propuse ser buena, quererle mucho,
obedecerle, cuidar de mis hijos.... Dgame usted, Julin, he faltado en
algo?

Julin cruz las manos. Sus rodillas se doblaban, y a punto estuvo de
hincarlas en tierra. Pronunci con entusiasmo:

--Usted es un ngel, seorita Marcelina.

--No...--replic ella--, ngel no, pero no me acuerdo de haber hecho dao a
nadie. He cuidado mucho a mi hermanito Gabriel, que era delicado de
salud y no tena madre....

Al pronunciar esta frase, la ola rebos, las lgrimas corrieron por fin;
Nucha respir mejor, como si aquellos recuerdos de la infancia templasen
sus nervios y el llanto le diese alivio.

--Y por cierto que le tom tal cario, que pensaba para m: Si tengo
hijos algn da, no es posible quererlos ms que a mi hermano. Despus
he visto que esto era un disparate; a los hijos se les quiere muchsimo
ms an.

El cielo se nublaba lentamente, y se oscureca la capilla. La seorita
hablaba con sosiego melanclico.

--Cuando mi hermano se fue al colegio de artillera, yo no pens ms que
en dar gusto a pap, y en que se notase poco la falta de la pobre
mam.... Mis hermanas preferan ir a paseo, porque, como son bonitas, les
gustaban las diversiones. A m me llamaban fecha y bizca, y me
aseguraban que no encontrara marido.

--Ojal!--exclam Julin sin poder reprimirse.

--Yo me rea. Para qu necesitaba casarme? Tena a pap y a Gabriel con
quien vivir siempre. Si ellos se me moran, poda entrar en un convento:
el de las Carmelitas, en que est la ta Dolores, me gustaba mucho. En
fin, no he tenido culpa ninguna del disgusto de Rita. Cuando pap me
enter de las intenciones del primo, le dije que no quera sacarle el
novio a mi hermana, y entonces pap... me besuque mucho en los
carrillos, como cuando era pequea, y... me parece que le estoy
oyendo... me respondi as: Rita es una tonta..., cllate. Pero por
mucho que diga pap.... al primo le segua gustando ms Rita!...

Continu despus de algunos segundos de silencio:

--Ya ve usted que no tena mucho por qu envidiarme mi hermana.... Cunta
hiel he tragado, Julin! Cuando lo pienso se me pone un nudo aqu....

El capelln pudo al fin expresar parte de sus sentimientos.

--No me extraa que se le ponga ese nudo.... Soy yo y lo tengo tambin....
Da y noche estoy cavilando en sus males, seorita.... Cuando vi aquella
seal.... La lastimadura en la mueca....

Por primera vez durante la conversacin se encendi el descolorido
rostro de Nucha, y sus ojos se velaron, cubrindolos la cada de las
pestaas. No respondi directamente.

--Mire usted--murmur con asomos de amarga sonrisa--que siempre me suceden
a m desgracias por cosas de que no tengo la culpa.... Pedro se empeaba
en que yo le reclamase a pap la legtima de mam, porque pap le neg
un dinero que le haca falta para las elecciones. Tambin se disgust
mucho porque la ta Marcelina, que pensaba instituirme heredera, creo
que va a dejarle a Rita los bienes.... Yo no tengo que ver con nada de
eso.... Por qu me matan? Ya s que soy pobre: no hay necesidad de
repetrmelo.... En fin, esto es lo de menos.... Me doli bastante ms el
que mi marido me dijese que por m se ve sin sucesin la casa de
Moscoso.... Sin sucesin! Y mi nia? Angelito de mis entraas!

Lloraba la infeliz seora, lentamente, sin sollozar. Sus prpados tenan
ya el matiz rojizo que dan los pintores a los de las Dolorosas.

--Lo mo--aadi--no me importa. Lo mo lo aguantara hasta el ltimo
instante. Que me... traten de un modo... o de otro, que... que la
criada... sea... ocupe mi sitio... bien..., bien, paciencia, sera
cuestin de tener paciencia, de sufrir, de dejarse morir.... Pero est de
por medio la nia..., hay otro nio, otro hijo, un bastardo.... La nia
estorba.... La matarn!...

Repiti solemnemente y muy despacio:

--La matarn. No me mire usted as. No estoy loca, slo estoy excitada.
He determinado marcharme e irme a vivir con mi padre. Me parece que esto
no es ningn pecado, ni tampoco el llevarme a la pequea. Y si peco, no
me lo diga, Juliancio!... Es resolucin irrevocable. Usted vendr
conmigo, porque sola no conseguira realizar mi plan. Me acompaar?

Julin quiso objetar algo; qu? No lo saba l mismo. El diminutivo
carioso usado por la seorita, la febril resolucin con que hablaba, le
vencieron. Negarse a ayudar a la desdichada? Imposible. Pensar en lo
que el proyecto tena de extrao, de inconveniente? Ni se le ocurri un
minuto. A fuer de criatura candorosa, una fuga tan absurda le pareci
hasta fcil. Oponerse a la marcha? Tambin l haba tenido y tena a
cada instante miedo, miedo cerval, no slo por la nia, sino por la
madre: acaso no se le haba ocurrido mil veces que la existencia de las
dos corra inminente peligro? Adems, qu cosa en el mundo dejara l
de intentar por secar aquellos ojos puros, por sosegar aquel anheloso
pecho, por ver de nuevo a la seorita segura, honrada, respetada,
cercada de miramientos en la casa paterna?

Se representaba la escena de la escapatoria. Sera al amanecer. Nucha
ira envuelta en muchos abrigos. l cargara con la nia, dormidita y
arropadsima tambin. Por si acaso llevara en el bolsillo un tarro con
leche caliente. Andando bien llegaran a Cebre en tres horas escasas.
All se podan hacer sopas. La nena no pasara hambre. Tomaran en el
coche la berlina, el sitio ms cmodo. Cada vuelta de la rueda les
alejara de los ttricos Pazos....

Muy quedito, como quien se confiesa, empezaron a debatir y resolver
estos pormenores. Otro rayo de sol entreabra las nubes, y los santos,
en sus hornacinas, parecan sonrer benvolamente al grupo del
banquillo. Ni la Pursima de sueltos tirabuzones y traje blanco y azul,
ni el san Antonio que haca fiestas a un nio Jess regordete, ni el san
Pedro con la tiara y las llaves, ni siquiera el arcngel san Miguel, el
caballero de la ardiente espada, siempre dispuesto a rajar y hendir a
Satans, revelaban en sus rostros pintados de fresco el ms leve enojo
contra el capelln, ocupado en combinar los preliminares de un rapto en
toda regla, arrebatando una hija a su padre y una mujer a su legtimo
dueo.




-XXVIII-


Al llegar aqu de la narracin, es preciso acudir, para completarla, a
las reminiscencias que grabaron para siempre en la imaginacin del lindo
rapazuelo, hijo de Sabel, los sucesos de la memorable maana en que por
ltima vez ayud a misa al bonachn de don Julin (el cual, por ms
seas, sola darle dos cuartos una vez terminado el oficio divino).

El primer recuerdo que Perucho conserva es que, al salir de la capilla,
quedse muy triste arrimado a la puerta, porque aquel da el capelln no
le haba dado cosa alguna. Chupndose el dedo y en actitud meditabunda
permaneci all unos instantes, hasta que la misma falta de los dos
cuartos acostumbrados le descubri un rayo de luz: su abuelo le haba
prometido otros dos si le avisaba cuando la seora se quedase en la
capilla despus de oda la misa! Raciocinando con sorprendente rigor
matemtico, calcul que pues perda dos cuartos por un lado, era urgente
ganarlos por otro; apenas concibi tan luminosa idea, sinti que las
piernas le bailaban, y ech a correr con toda la velocidad posible en
busca de su abuelo.

Atravesando la cocina, colse en la habitacin baja donde despachaba
Primitivo, y empujando la puerta, le vio sentado ante una gran mesa
antigua, sobre la cual se encrespaba un maremgnum de papelotes
cubiertos de cifras engarrapatadas, de apuntes escritos con letra
jorobada y escabrosa, por mano que no deba ser diestra ni aun en
palotes. La mesa y el cuarto en general atraan a Perucho con el encanto
que posee para la niez lo desordenado y revuelto, los sitios en que se
acumulan muchas cosas variadas, pues imaginan ellos que cada montn de
objetos es un mundo desconocido, un depsito de tesoros inestimables.
Rara vez entraba all Perucho; su abuelo acostumbraba echarle para que
no sorprendiese ciertas operaciones financieras que el mayordomo gustaba
de realizar sin testigos. Cuando el nieto entr, la cara pulimentada y
oscura de Primitivo poda confundirse con el tono bronceado de un acervo
de calderilla o montaa de cobre, de la cual iban saliendo columnitas,
columnitas que el mayordomo alineaba en correcta formacin.... Perucho se
qued deslumbrado ante tan fabulosa riqueza. All estaban sus dos
cuartos! Menuda pepita de aquel gran criadero de metal! Lleno de
esperanza, alz la voz cuanto pudo, y dio su recado. Que la seora
estaba en la capilla, con el seor capelln.... Que le haban despedido
de all.

Iba a aadir: Y que se me deben dos cuartos por la noticia o cosa
anloga, pero no le dio lugar a ello su abuelo, alzndose del silln con
la agilidad de bicho monts que caracterizaba sus movimientos todos, no
sin que al hacerlo produjese un tempestuoso remolino en el mar de
calderilla, y la cada de algunas torres que, con sonoro estrpito, se
rindieron a la gran pesadumbre. Primitivo sali corriendo hacia el
interior de la casa. El chiquillo se qued all, solicitado por las dos
tentaciones ms fuertes que en su vida haba sufrido. Era una la de
comerse las obleas, que con su provocativa blancura y encendido rojo le
estaban convidando desde un bote de hojalata, y aun cuando sera ms
glorioso para nuestro hroe vencer el goloso capricho, la sinceridad
obliga a declarar que alarg el dedo humedecido en saliva, y fue
pescando una, dos, tres, hasta zamparse cuantas encerraba el bote.
Satisfecha esta concupiscencia, le apremi la otra, incitndole nada
menos que a cobrarse por su mano de los dos cuartos prometidos,
tomndolos del montn que tena all delante, a su disposicin y
albedro. No slo apeteca cobrarse del debido salario, sino que le
seducan principalmente unos ochavos roosos llamados de _la fortuna_ en
el pas, y que, merced a consideraciones muy lgicas en su mente
infantil, le parecan preferibles a las piezas gordas. Las adquisiciones
y placeres de Perucho los representaba generalmente un ochavo. Por un
ochavo le daba la rosquillera, en ferias y romeras, caramelos de
alfeique o rosquillas bastantes; por un ochavo le vendan bramante
suficiente para el trompo, y le surta el cohetero de plvora en
cantidad con que hacer regueritos; por un ochavo se procuraba tiras de
mistos de cartn, groseras aleluyas impresas en papel amarillo, gallos
de barro con un pito en parte no muy decorosa. Y todo esto lo tena al
alcance de su mano, como las obleas; y nadie le vea ni poda
delatarle! El angelote se empin en la punta de los pies para alcanzar
mejor el dinero, alarg a la vez ambas palmas, y las sumergi en el mar
de cobre.... Las pase mucho rato por la superficie sin osar cerrarlas....
Por fin hizo presa en un puado de ochavos, y entonces apret el puo
fortsimamente, con la intensidad propia de los nios, que temen siempre
se les escape la dicha por la mano abierta. Y as se mantuvo inmvil,
sin atreverse a retraer aquella diestra pecadora y cargada de botn al
seguro rincn del seno, donde almacenaba siempre sus latrocinios. Porque
es de advertir que Perucho tena bastante de caco, y con la mayor
frescura se apropiaba huevos, fruta, y, en general, cuantos objetos
codiciaba; pero, con respeto supersticioso de aldeano, que slo juzga
propiedad ajena el dinero, jams haba tocado a una moneda. En el alma
de Perucho se verificaba una de esas encarnizadas luchas entre el deber
y la pasin, cantadas por la musa dramtica: el ngel malo y el bueno le
tiraban cada uno de una oreja, y no saba a cul atender. Tremendo
conflicto! Pero regocjense el cielo y los hombres, pues venci el
espritu de luz. Fue el primer despertar de ese sentimiento de honor
que dicta al hombre heroicos sacrificios? Fue una gota de la sangre de
Moscoso, que realmente corra por sus venas y que, con la misteriosa
energa de la transmisin hereditaria, le gui la voluntad como por
medio de una rienda? Fue temprano fruto de las lecciones de Julin y
Nucha? Lo cierto es que el rapaz abri la mano, separando mucho los
dedos, y los ochavos apresados cayeron entre los restantes, con metlico
retintn.

No por eso hay que figurarse que Perucho renunciaba a sus dos cuartos,
los ganados honradamente con la agilidad de sus piernas. Renunciar! A
buena parte! Aquel mismo embrin de conciencia que en el fondo de su
ser, donde todos tenemos escrita desde _ab initio_ gran parte del
Declogo, le gritaba: no hurtars, le dijo con no menor energa:
tienes derecho a reclamar lo que te ofrecieron. Y, obedeciendo a la
impulsin, la criatura ech a correr en la misma direccin que su
abuelo.

Casualmente tropez con l en la cocina, donde preguntaba algo a Sabel
en queda voz. Acercsele Perucho, y asindole de la chaqueta exclam:

--Mis dos cuartos?

No hizo caso Primitivo. Dialogaba con su hija, y, a lo que Perucho pudo
comprender, sta explicaba que el seorito haba salido de madrugada a
tirar a los pollos de perdiz, y supona que anduviese hacia la parte del
camino de Cebre. El abuelo solt un juramento que usaba a menudo y que
Perucho sola repetir por fanfarronada, y, sin ms conversacin, se
alej.

Asegur Perucho despus que le haba llamado la atencin ver al abuelo
salir sin tomar la escopeta y el sombrern de alas anchas, prendas que
no soltaba nunca. Semejante idea debi ocurrrsele al chiquillo ms
tarde, en vista de los sucesos. Al pronto slo pens en alcanzar a
Primitivo, y lo logr en lo alto del camino que baja a los Pazos. Aunque
el cazador iba como el pensamiento, el rapaz corra en regla tambin.

--Anda al demonio! Qu se te ofrece?--gru Primitivo al conocer a su
nieto.

--Mis dos cuartos!

--Te doy cuatro en casa si me ayudas a buscar por el monte al seorito y
le dices, en cuanto lo veas, lo que me dijiste a m, entiendes? Que el
capelln est con la seora encerrado en la capilla y que te echaron de
all para quedar solos.

El angeln fij sus pupilas lmpidas en los fascinadores ojuelos de
vbora de su abuelo; y, sin esperar ms instrucciones, abriendo mucho la
boca, sali a galope hacia donde por instinto juzgaba l que el seorito
deba encontrarse. Volaba, con los puos apretados, haciendo saltar
guijarros y tierra al golpe de sus piececillos encallecidos por la
planta. Cruzaba por cima de los tojos sin sentir las espinas, hollando
las flores del rosado brezo, salvando matorrales casi tan altos como su
persona, espantando la liebre oculta detrs de un madroero o la pega
posada en las ramas bajas del pino. De repente oy el andar de una
persona y vio al seorito salir de entre el robledal.... Loco de jbilo
se acerc a darle su recado, del cual esperaba albricias. stas fueron
la misma palabrota inmunda y atroz que haba expectorado su abuelo en la
cocina; y el seorito sali disparado en direccin de los Pazos, como si
un torbellino lo arrebatase.

Perucho se qued algunos instantes suspenso y confuso; l afirma que al
poco rato volvi a embargar su nimo el deseo de los cuartos ofrecidos,
que ya ascendan a la respetable suma de cuatro. Para obtenerlos era
menester buscar a su abuelo, y avisarle del encuentro con el seorito;
no lo tuvo por difcil, pues recordaba aproximadamente el punto del
bosque donde Primitivo quedaba; y por atajos y vericuetos slo
practicables para los conejos y para l, Perucho se lanz tras la pista
de su abuelo. Trepaba por un muralln medio deshecho ya, amparo de un
viedo colgado, por decirlo as, en la falda abrupta del monte, cuando
del otro lado del baluarte que escalaba crey sentir rumor de pisadas,
que la finura de su odo no confundi con las del cazador; y con el
instinto cauteloso de los nios hijos de la naturaleza y entregados a s
mismos, se agach, quedando encubierto por el muralln de modo que slo
rebasase la frente. No poda dudarlo; eran pisadas humanas, bien
distintas de la corrida de la liebre por entre las hojas, o de los
golpecitos secos y reiterados que sacuden las patas unguladas del zorro
o del perro. Pisadas humanas eran, aunque s muy recelosas, apagadas y
lentsimas. Parecan de alguien que procuraba emboscarse. Y, en efecto,
poco tard el nio en ver asomar, gateando entre los matorrales, a un
hombre cuya descripcin acaso haba odo mil veces en las veladas, en
las deshojas, acompaada de exclamaciones de terror. El hongo gris, la
faja roja, las recortadas patillas destacndose sobre el rostro color de
sebo, y sobre todo el ojo blanco, sin vista, fro como un pedazo de
cuarzo de la carretera, en suma, la desapacible catadura del Tuerto de
Castrodorna dejaron absorto al chiquillo. Apretaba el Tuerto contra su
pecho corto y ancho trabuco, y, despus de girar hacia todas partes el
nico lucero de su fea cara, de aguzar el odo, de olfatear, por decirlo
as, el aire, arrimse al muralln, medio arrodillndose tras de un seto
de zarzas y brezo que lo guarneca. Perucho, cuyos pies descansaban en
las anfractuosidades del muro, se qued como incrustado en l, sin osar
respirar, ni bajarse, ni moverse, porque aquel hombre desconocido, mal
encarado y en acecho, le infunda el pavor irracional de los nios, que
adivinan peligros cuya extensin ignoran. Por mucho que le aguijonease
el deseo de sus cuatro cuartos, no se atreva a descolgarse del
muralln, temiendo hacer ruido y que le apuntasen con el can de aquel
arma, cuya ancha boca deba, de seguro, vomitar fuego y muerte.... As
transcurrieron diez segundos de angustia para el angelote. Antes que
pudiera entrar a cuentas con el miedo, ocurri un nuevo incidente.
Sinti otra vez pasos, no recelosos, como de quien se oculta, sino
precipitados, como de quien va a donde le importa llegar presto; y por
el camino hondo que limitaba el muralln divis a su abuelo que avanzaba
en direccin de los Pazos; sin duda, con su vista de guila haba
distinguido al seorito, y le segua intentando darle alcance. Iba
Primitivo distrado, con el propsito de reunirse a don Pedro, y no
miraba a parte alguna. Lleg a atravesar por delante del muro. El nio
entonces vio una cosa terrible, una cosa que record aos despus y aun
toda su vida: el hombre emboscado se incorporaba, con su nico ojo
centelleante y fiero; se echaba a la cara la formidable tercerola; se
oa un espantoso trueno, voz de la bocaza negra; flotaba un borrn de
humo, que el aire disip instantneamente, y al travs de sus ltimos
tules grises el abuelo giraba sobre s mismo como una peonza, y caa
boca abajo, mordiendo sin duda, en suprema convulsin, la hierba y el
lodo del camino.

Asegura Perucho que no ha sabido jams si fue el miedo o su propia
voluntad lo que le oblig a descolgarse del muralln y descender, ms
bien que a saltos, rodando, los atajos conocidos, magullndose el
cuerpo, ponindose en trizas la ropa, sin hacer caso de lo uno ni de lo
otro. Rebot como un pelota por entre las nudosas cepas; brinc por cima
de los muros de piedra que las sostenan; salv como una flecha
sembrados de maz; metise de patas en los regatos, mojndose hasta la
cintura, por no detenerse a seguir las pasaderas de piedra; salv
vallados tres veces ms altos que su cuerpo; cruz setos, salt
hondonadas y zanjas, no comprendi por dnde ni cmo, pero el caso es
que, araado, ensangrentado, sudoroso, jadeante, se encontr en los
Pazos, y maquinalmente volvi al punto de partida, la capilla, donde
entr, enteramente olvidado de los cuatro cuartos, primer mvil de sus
aventuras todas.

Estaba escrito que aquella maana haba de ser fecunda en
extraordinarias sorpresas. En la capilla acostumbraba Perucho notar que
se hablaba bajito, se andaba despacio, se contena hasta la respiracin:
el menor desliz en tal materia sola costarle un severo regao de don
Julin; de modo que, sobreponindose el instinto y el hbito al
azoramiento y trastorno, penetr en el sagrado lugar con actitud
respetuosa. En l suceda algo que le caus un asombro casi mayor que el
de la catstrofe de su abuelo. Recostada en el altar se encontraba la
seora de Moscoso, con un color como una muerta, los ojos cerrados, las
cejas fruncidas, temblando con todo su cuerpo; frente a ella, el
seorito vociferaba, muy deprisa y en ademn amenazador, cosas que no
entendi el nio; mientras el capelln, con las manos cruzadas y la
fisonoma revelando un espanto y dolor tales que nunca haba visto
Perucho en rostro humano expresin parecida, imploraba, imploraba al
seorito, a la seorita, al altar, a los santos..., y de repente,
renunciando a la splica, se colocaba, encendido y con los ojos
chispeantes, dando cara al marqus, como desafindole.... Y Perucho
comprenda a medias frases indignadas, frases injuriosas, frases donde
se desbordaba la clera, el furor, la indignacin, la ira, el insulto;
y, sin saber la causa de alboroto semejante, deduca que el seorito
estaba atrozmente enfadado, que iba a pegar a la seorita, a matarla
quizs, a deshacer a don Julin, a echar abajo los altares, a quemar tal
vez la capilla....

El nio record entonces escenas anlogas, pero cuyo teatro era la
cocina de los Pazos, y las vctimas su madre y l: el seorito tena
entonces la misma cara, idntico tono de voz. Y en medio de la confusin
de su tierno cerebro, de los terrores que se reunan para apocarlo, una
idea, superior a todas, se levant triunfante. No caba duda que el
seorito se dispona a acogotar a su esposa y al capelln; tambin
acababan de matar a su abuelo en el monte; aquel da, segn indicios,
deba ser el de la general matanza. Quin sabe si, luego que acabase
con su mujer y con don Julin, se le ocurrira al seorito quitar la
vida a la nen? Semejante pensamiento devolvi a Perucho toda la
actividad y energa que acostumbraba desplegar para el logro de sus
azarosas empresas en corrales, gallineros y establos.

Escurrise bonitamente de la capilla, resuelto a salvar a toda costa la
vida de la heredera de Moscoso. Cmo hara? Faltbale tiempo de madurar
el plan: lo que importaba era obrar con celeridad y no arredrarse ante
obstculo alguno. Se desliz sin ser visto por la cocina, y subi la
escalera a escape. Llegado que hubo a las habitaciones altas, residencia
de los seores, de tal manera supo amortiguar el ruido de sus pisadas,
que el odo ms fino lo confundira con el susurro del aire al agitar
una cortina. Lo que l tema era encontrar cerrada la puerta del
dormitorio de Nucha. El corazn le dio un brinco de alegra al verla
entornada.

La empuj con suavidad de gato que esconde las uas.... Tena la maldita
puerta el vicio de rechinar; pero tan sutil fue el empuje, que apenas
gimi sordamente. Perucho se col en la habitacin, ocultndose tras del
biombo. Por uno de los muchos agujeros que ste luca, mir al otro
lado, hacia donde estaba la cuna. Vio a la nia dormida, y al ama, de
bruces sobre el lecho de Nucha, roncando sordamente. No era de temer que
se despabilase la marmota: el rapaz poda a mansalva realizar sus
propsitos.

Sin embargo, convena que no despertase la chiquilla, no fuese a
alborotar la casa lloriqueando. Perucho la tom como quien toma un
mueco de cristal, muy rompedizo y precioso: sus palmas llenas de callos
y sus brazos hechos a disparar certeras pedradas y a descargar puetazos
en el testuz de los bueyes adquirieron de golpe delicadeza exquisita, y
la nen, envuelta en el paoln de calceta, no gru siguiera al trocar
la cama por los brazos de su precoz raptor. ste, conteniendo hasta el
respirar, andando con paso furtivo, rpido y cauteloso--el andar de la
gata que lleva a sus cachorros entre los dientes, colgados de la piel
del pescuezo--, se dirigi a buscar la salida por el claustro, pues de
cruzar la cocina era probable una sorpresa.

En el claustro se par obra de diez segundos, para meditar. Dnde
escondera su tesoro? En el pajar, en el _herbeiro_, en el hrreo, en
el establo? Opt por el hrreo--el lugar menos frecuentado y ms oscuro--.
Bajara la escalera, se enhebrara por el claustro, se colara por las
cuadras, salvara la era, y despus nada ms sencillo que ocultarse en
el escondrijo. Dicho y hecho.

Arrimada al hrreo estaba la escala. Perucho comenz a subir, operacin
bastante difcil atendido el estorbo que le haca la chiquilla. Lo
estrecho y vertical de los travesaos impona la necesidad de agarrarse
con manos y pies al ir ascendiendo: Perucho no dispona de las manos; la
energa de la voluntad se le comunic al dedo gordo del pie, que
semejaba casi prensil a fuerza de adaptarse y adherirse a las barras de
palo, bruidas ya con el uso. En mitad de la ascensin pens que rodaba
al pie del hrreo, y apret contra el pecho a la nia, que,
despertndose, rompi en llanto.... Que llorase! All no la oa alma
viviente; por la era slo vagaba media docena de gallinas, disputando a
dos gorrinos las hojas de una col. Perucho entr triunfante por la
puerta del hrreo....

Las espigas de maz no lo llenaban hasta el techo, dejando algn espacio
suficiente para que dos personas minsculas, como Perucho y su
protegida, pudiesen acomodarse y revolverse. El rapaz se sent sin
soltar a la nena, dicindole mil chuscadas y zalameras a fin de
acallarla, abusando del diminutivo que tan cariosa gracia adquiere en
labios del aldeano.

--Reinia, mona, _rulia_, calla, calla, que te he de dar cosas bunitas,
bunitas, bunitias.... Si no callas, viene un cocn y te come! _Velo_
ah viene! Calla, solio, paloma blanca, rosita!

No por virtud de las exhortaciones, pero s por haber conocido a su
amigo predilecto, la nia callaba ya. Mirbale, y, sonriendo
regocijadamente, le pasaba las manos por la cara, gorjeaba, se bababa, y
miraba con curiosidad alrededor. Extraaba el sitio. Enfrente,
alrededor, debajo, por todos lados, la rodeaba un mar de espigas de oro,
que al menor movimiento de Perucho se derrumbaban en suaves cascadas, y
donde el sol, penetrando por los intersticios del enrejado del hrreo,
tenda galones ms claros, movibles listas de luz. Perucho comprendi
que posea en las espigas un recurso inestimable para divertir a la
pequea. Tan pronto le daba una en la mano, como alzaba con muchas una
especie de pirmide; la nen se entretena en derribarla o forjarse la
ilusin de que la derribaba, pues realmente una patada de Perucho haca
el milagro. Rea ella lo mismo que una loca, y peda impaciente, por
seas, que le renovasen el juego.

Pronto se cans de l. Con todo, estaba de buen humor, gracias a la
compaa de Perucho. Su mirada risuea y dulce, fija en la de su
compaero, pareca decirle: Qu mejor juego que estar juntos?
Disfrutemos de este bien que siempre nos han dado con tasa. En vista de
tan cariosas disposiciones, Perucho se entreg al placer de halagarla a
su sabor. Ya le apoyaba un dedo en el carrillo, para provocarla a risa;
ya remedaba a un lagarto, arrastrando la mano por el cuerpo de la nen
arriba, e imitando los culebreos del rabo; ya se finga encolerizado,
espantaba los ojos, hinchaba los carrillos, cerraba los puos y
resoplaba fieramente; ya, tomando a la nena en peso, la suba en alto y
figuraba dejarla caer de golpe sobre las espigas. Por ltimo, recelando
cansarla, la cogi en brazos, se sent a la turca, y comenz a mecerla y
arrullarla blandamente, con tanta suavidad, precaucin y ternura como
pudiera su propia madre.

Qu ganas, qu violentos antojos se le pasaban!... De qu? En las
veces que fue admitido a la intimidad de la habitacin de Nucha y se le
consinti aproximarse a la nen y vivir su vida, jams osara hacerlo....
Miedo de que le riesen o echasen; vago respeto religioso que se impona
a su alma de pilluelo diablico; vergenza; falta de costumbre de sus
labios, que a nadie besaban; todo se una para impedirle satisfacer una
aspiracin que l juzgaba ambiciosa y punto menos que sacrlega.... Pero
ahora era dueo del tesoro; ahora la nen le perteneca; la haba ganado
en buena lid, la posea por derecho de conquista, ese derecho que
comprenden los mismos salvajes! Adelant mucho el hocico, igual que si
fuese a catar alguna golosina, y toc la frente y los ojos de la
pequea.... Despus desenvolvi lentamente los pliegues del mantn, y
descubri las piernas, calentitas como chicharrones, que apenas se
vieron libres del envoltorio comenzaron a bailar, sacudiendo sus
favoritas patadas de jbilo. Perucho alz hasta la boca un pie, luego
otro, y as alternando se pas un rato regular; sus besos hacan
cosquillas a la nia, que soltaba repentinas carcajadas y se quedaba
luego muy seria; pero que en breve empez a sentir el fro, y con la
rapidez que revisten en los nios muy chicos los cambios de temperatura,
los piececillos se le quedaron casi helados. Al punto lo advirti
Perucho, y echndoles repetidas veces el aliento, como haba visto hacer
a la vaca con sus recentales, los envolvi en mantillas y paoln, y
nuevamente lleg a s a la criatura, mecindola.

El ms glorioso conquistador no aventajaba en orgullo y satisfaccin a
Perucho en tales momentos, cuando juzgaba evidente que haba salvado a
la nen de la degollacin segura y pustola a buen recaudo, donde nadie
dara con ella. Ni un minuto record al duro y bronceado abuelo tendido
all junto al paredn.... A menudo se ve al nio, deshecho en lgrimas al
pie del cadver de su madre, consolarse con un juguete o un cartucho de
dulces; quizs vuelvan ms adelante la tristeza y el recuerdo, pero la
impresin capital del dolor ya se ha borrado para siempre. As Perucho.
La ventura de poseer a su nen adorada, la prez de defender su vida, le
distraan de los trgicos acontecimientos recientes. No se acordaba del
abuelo, no, ni del trabucazo que lo haba _tumbado_ como l tumbaba las
perdices.

Con todo, algo medroso y ttrico deba pesar sobre su imaginacin, segn
el cuento que empez a referir en voz hueca a la nen, lo mismo que si
ella pudiese comprender lo que le hablaban. De dnde proceda este
cuento, variante de la leyenda del ogro? Lo oira Perucho en alguna
velada junto al _lar_, mientras hilaban las viejas y pelaban castaas
las mozas? Sera creacin de su mente excitada por los terrores de un
da tan excepcional? Una _ves_--empezaba el cuento--era un rey muy malo,
muy galopn, que se coma la gente y las _presonas_ vivas.... Este rey
tena una nen bunita bunita, como la _frol_ de mayo... y pequeita
pequeita como un grano de _millo_ (maz quera decir Perucho). Y el
malo bribn del rey quera comerla, porque era el coco, y tena una cara
ms fea, ms fea que la del _diao_... (Perucho haca horribles muecas a
fin de expresar la fealdad extraordinaria del rey). Y una noche dijo l,
dice: 'Heme de comer maana por la maanita _trempano_ a la nen... as,
as'. (Abra y cerraba la boca haciendo chocar las mandbulas, como los
papamoscas de las catedrales). Y haba un _pagarito_ sobre un _rbole_,
y oy al rey, y dijo, dice: 'Comer no la has de comer, coco feo.' Y va
y qu hace el _pagarito_? Entra por la ventanita... y el rey estaba
durmiendo. (Recostaba la cabeza en las espigas de maz y roncaba
estrepitosamente para representar el sueo del rey). Y va el _pagarito_
y con el _bico_ le saca un ojo, y el rey queda _chosco_. (Guiaba el ojo
izquierdo, mostrando cmo el rey se hall tuerto). Y el rey a despertar
y a llorar, llorar, llorar (imitacin de llanto) por su ojo, y el
_pagarito_ a se rer muy puesto en el _rbole_.... Y va y salta y dijo,
dice: 'Si no comes a la nen y me la regalas, te doy el ojo...' Y va el
rey y dice: 'Bueno...' Y va el _pagarito_ y se cas con la nen, y
estaba siempre cantando unas cosas muy preciosas, y tocando la gaita...
(solo de este instrumento), y entr por una _porta_ y sal por otra, y
manda el rey que te lo cuente otra vez!.

La nen no oy el final del cuento.... La msica de las palabras, que no
le despertaban idea alguna, el haber vuelto a entrar en calor, la misma
satisfaccin de estar con su favorito, le trajeron insensiblemente el
sueo anterior, y Perucho, al armar la algazara acostumbrada cuando
terminan los cuentos de cocos, la vio con los ojos cerrados.... Acomod
lo mejor que pudo el lecho de espigas; llegle el mantn al rostro, como
haca Nucha, para que no se le enfriase el hociquito, y muy denodado y
resuelto a hacer centinela, se arrim a la puerta del hrreo, en una
esquina, reclinndose en un montn de maz. Pero fuese la inmovilidad, o
el cansancio, o la reaccin de tantas emociones consecutivas, tambin a
l la cabeza le pesaba y se le entornaban los prpados. Se los frot con
los dedos, bostez, luch algunos minutos con el sueo invasor... ste
venci al cabo. Los dos ngeles refugiados en el hrreo dorman en paz.

Entre las representaciones de una especie de pesadilla angustiosa que
agitaba a Perucho, vea el muchacho un animalazo de desmesurado grandor,
bestin fiero que se acercaba a l rugiendo, bramando y dispuesto a
zamprselo de un bocado o a deshacerlo de una uada.... Se le eriz el
cabello, le temblaron las carnes, y un sudor fro le empap la sien....
Qu monstruo tan espantoso! Ya se acerca..., ya cae sobre Perucho...,
sus garras se hincan en las carnes del rapaz, su cuerpo descomunal le
cae encima lo mismo que una roca inmensa.... El chiquillo abre los
ojos....

Sofocada y furiosa, vociferando, molindolo a su sabor a pescozones y
cachetes, arrancndole el rizado pelo y patendolo, estaba el ama, ms
enorme, ms brutal que nunca. No hay que omitir que Perucho se condujo
como un hroe. Bajando la cabeza, se atraves en la entrada del hrreo,
y por espacio de algunos minutos defendi su presa hacindole muralla
con el cuerpo.... Pero el enorme volumen del ama pes sobre l y lo
redujo a la inaccin, comprimindolo y paralizndolo. Cuando el msero
chiquillo, medio ahogado, se sinti libre de aquella estatua de plomo
que a poco ms le convierte en oblea, mir hacia atrs.... La nia haba
desaparecido. Perucho no olvidar nunca el desesperado llanto que
derram por ms de media hora revolcndose entre las espigas.




-XXIX-


Tampoco Julin olvidar el da en que ocurrieron acontecimientos tan
extraordinarios; da dramtico entre todos los de su existencia, en que
le sucedi lo que no pudo imaginar jams: verse acusado, por un marido,
de inteligencias culpables con su mujer, por un marido que se quejaba de
ultrajes mortales, que le amenazaba, que le expulsaba de su casa
ignominiosamente y para siempre; y ver a la infeliz seorita, a la
verdaderamente ofendida esposa, impotente para desmentir la ridcula y
horrenda calumnia. Y qu sera si hubiesen realizado su plan de fuga al
da siguiente? Entonces s que tendran que bajar la cabeza, darse por
convictos!... Y decir que cinco minutos antes no se les prevena
siquiera la posibilidad de que don Pedro y el mundo lo interpretasen
as!

No, no lo olvidar Julin. No olvidar aquellas inesperadas
tribulaciones, el valor repentino y ni aun de l mismo sospechado que
despleg en momentos tan crticos para arrojar a la faz del marido
cuanto le herva en el alma, la reprobacin, la indignacin contenida
por su habitual timidez; el reto provocado por el brbaro insulto; los
calificativos terribles que acudan por vez primera a su boca, avezada
nicamente a palabras de paz; el emplazamiento _de hombre a hombre_ que
lanz al salir de la capilla.... No olvidar, no, la escena terrible, por
muchos aos que pesen sobre sus hombros y por muchas canas que le
enfren las sienes. Ni olvidar tampoco su partida precipitada, sin dar
tiempo a recoger el equipaje; cmo ensill con sus propias inexpertas
manos la yegua; cmo, desplegando una maestra debida a la urgencia,
haba montado, espoleado, salido a galope, ejecutando todos estos actos
mecnicamente, cual entre sueos, sin aguardar a que se disipase el
corto hervor de la sangre, sin querer ver a la nia ni darle un beso,
porque comprenda, estaba seguro de que, si lo hiciera, sera capaz de
postrarse a los pies del seorito, rogndole humildemente que le
permitiese quedarse all en los Pazos, aunque fuese de pastor de ganado
o jornalero....

No olvidar tampoco la salida de la casa solariega, la ascensin por el
camino que el da de su llegada le pareci tan triste y lgubre.... El
cielo est nublado; ciernen la claridad del sol pardos crespones cada
vez ms densos; los pinos, juntando sus copas, susurran de un modo
penetrante, prolongado y carioso; las rfagas del aire traen el olor
sano de la resina y el aroma de miel de los retamares. El crucero, a
poca distancia, levanta sus brazos de piedra manchados por el oro viejo
del liquen.... La yegua, de improviso, respinga, tiembla, se encabrita....
Julin se agarra instintivamente a las crines, soltando la rienda.... En
el suelo hay un bulto, un hombre, un cadver; la hierba, en derredor
suyo, se baa en sangre que empieza ya a cuajarse y ennegrecerse. Julin
permanece all, clavado, sin fuerzas, anonadado por una mezcla de
asombro y gratitud a la Providencia, que no puede razonar, pero le
subyuga.... El cadver tiene la faz contra tierra; no importa: Julin ha
reconocido a Primitivo; es l mismo. El capelln no vacila, no discurre
quin le habr matado. Cualquiera que sea el instrumento, lo dirige la
mano de Dios! Desva la yegua, se persigna, se aparta, se aleja
definitivamente, volviendo de cuando en cuando la cabeza para ver el
negro bulto, sobre el fondo verde de la hierba y la blancura gris del
paredn....

Ah! No, no olvida nada Julin. No olvida en Santiago, donde su llegada
se glosa, donde su historia en los Pazos adquiere proporciones
leyendarias, donde el xito de las elecciones, la partida del capelln,
el asesinato del mayordomo, se comentan, se adornan, entretienen al
pueblo casi todo un mes, y donde las gentes le paran en la calle
preguntndole qu ocurre por all, qu sucede con Nucha Pardo, si es
cierto que su marido la maltrata y que est muy enferma, y que las
elecciones de Cebre han sido un escndalo gordo. No olvida cuando el
arzobispo le llama a su cmara, a fin de inquirir qu hay de verdad en
todo lo ocurrido, y l, despus de arrodillarse, lo cuenta sin poner ni
quitar una slaba, encontrando en la sincera confesin inexplicable
alivio, y besando, con el corazn desahogado ya, la amatista que brilla
sobre el anular del prelado. No olvida cuando ste dispone enviarle a
una parroquia apartadsima, especie de destierro, donde vivir
completamente alejado del mundo.

Es una parroquia de montaa, ms montaa que los Pazos, al pie de una
sierra fragosa, en el corazn de Galicia. No hay en toda ella, ni en
cuatro leguas a la redonda, una sola casa seorial; en otro tiempo, en
pocas feudales, se alz, fundado en peasco vivo, un castillo roquero,
hoy ruina comida por la hiedra y habitada por murcilagos y lagartos.
Los feligreses de Julin son pobres pastores: en vsperas de fiesta y
tiempo de oblata le obsequian con leche de cabra, queso de oveja,
manteca en orzas de barro. Hablan dialecto cerradsimo, arduo de
comprender; visten de somonte y usan greas largas, cortadas sobre la
frente a la manera de los antiguos siervos. En invierno cae la nieve y
allan los lobos en las inmediaciones de la rectoral; cuando Julin
tiene que salir a las altas horas de la noche para llevar los
sacramentos a algn moribundo, se ve obligado a cubrirse con coroza de
paja y a calzar zuecos de palo; el sacristn va delante, alumbrando con
un farol, y entre la oscuridad nocturna, las encinas parecen
fantasmas....

Pasadas dos estaciones recibe una esquela, una papeleta orlada de negro;
la lee sin entenderla al pronto; despus se entera bien del contenido, y
sin embargo no llora, no da seal alguna de pena.... Al contrario, aquel
da y los siguientes experimenta como un sentirmento de consuelo, de
bienestar y de alegra, porque la seorita Nucha, en el cielo, estar
desquitndose de lo sufrido en esta tierra miserable, donde slo
martirios aguardan a un alma como la suya.... La doctrina resignada de la
_Imitacin_ ha vuelto a reinar en su espritu. Hasta el efecto de la
noticia se borra pronto, y una especie de insensibilidad apacible va
cauterizando el espritu de Julin: piensa ms en lo que le rodea, se
interesa por la iglesia desmantelada, trata de ensear a leer a los
salvajes chiquillos de la parroquia, funda una congregacin de hijas de
Mara para que las mozas no bailen los domingos.... Y as pasa el tiempo,
uniformemente, sin dichas ni amarguras, y la placidez de la naturaleza
penetra en el alma de Julin, y se acostumbra a vivir como los paisanos,
pendiente de la cosecha, deseando la lluvia o el buen tiempo como el
mayor beneficio que Dios puede otorgar al hombre, calentndose en el
_lar_, diciendo misa muy temprano y acostndose antes de encender luz,
conociendo por las estrellas si se prepara agua o sol, recogiendo
castaa y patata, entrando en el ritmo acompasado, narctico y perenne
de la vida agrcola, tan inflexible como la vuelta de las golondrinas en
primavera y el girar eterno de nuestro globo, describiendo la misma
elipse, al travs del espacio....

Y, sin embargo, no olvida. Y en aquel rincn viene a sorprenderle el
ascenso, la traslacin a la parroquia de Ulloa, especie de desagravio
del arzobispo. La mitra alternaba con los seores de Ulloa en la
presentacin del curato, y el arzobispo haba querido manifestar as al
humilde prroco, enterrado diez aos haca en la montaa ms fiera de la
dicesis, que la calumnia puede empaar el cristal de la honra, no
mancharlo.




-XXX-


Diez aos son una etapa, no slo en la vida del individuo, sino en la de
las naciones. Diez aos comprenden un periodo de renovacin: diez aos
rara vez corren en balde, y el que mira hacia atrs suele sorprenderse
del camino que se anda en una dcada. Mas as como hay personas, hay
lugares para los cuales es insensible el paso de una dcima parte de
siglo. Ah estn los Pazos de Ulloa, que no me dejarn mentir. La gran
huronera, desafiando al tiempo, permanece tan pesada, tan sombra, tan
adusta como siempre. Ninguna innovacin til o bella se nota en su
mueblaje, en su huerto, en sus tierras de cultivo. Los lobos del escudo
de armas no se han amansado; el pino no echa renuevos; las mismas ondas
simtricas de agua petrificada baan los estribos de la puente seorial.

En cambio la villita de Cebre, rindiendo culto al progreso, ha atendido
a las mejoras morales y materiales, segn frase de un cebreo ilustrado,
que enva correspondencias a los diarios de Pontevedra y Orense. No se
charla ya de poltica solamente en el estanco: para eso se ha fundado un
Crculo de Instruccin y Recreo, Artes y Ciencias (lo reza su
reglamento) y se han establecido algunas tiendecillas que el cebreo
susodicho denomina _bazares_. Verdad es que los dos caciques an
continan disputndose el mero y mixto imperio; mas ya parece seguro que
Barbacana, representante de la reaccin y la tradicin, cede ante
Trampeta, encarnacin viviente de las ideas avanzadas y de la nueva
edad.

Dicen algunos maliciosos que el secreto del triunfo del cacique liberal
est en que su adversario, hoy canovista, se encuentra ya extremadamente
viejo y achacoso, habiendo perdido mucha parte de sus bros e indmito
al par que traicionero carcter. Sea como quiera, el caso es que la
influencia barbacanesca anda maltrecha y mermada.

Quien ha envejecido bastante, de un modo prematuro, es el antiguo
capelln de los Pazos. Su pelo est estriado de rayitas argentadas; su
boca se sume; sus ojos se empaan; se encorvan sus lomos. Avanza
despaciosamente por el _carrero_ angosto que serpea entre viedos y
matorrales conduciendo a la iglesia de Ulloa.

Qu iglesia tan pobre! Ms bien parece la casuca de un aldeano,
conocindose nicamente su sagrado destino en la cruz que corona el
tejadillo del prtico. La impresin es de melancola y humedad, el atrio
herboso est a todas horas, aun a las meridianas, muy salpicado y como
empapado de roco. La tierra del atrio sube ms alto que el peristilo de
la iglesia, y sta se hunde, se sepulta entre el terruo que lentamente
va desprendindose del collado prximo. En una esquina del atrio, un
pequeo campanario aislado sostiene el rajado esquiln; en el centro,
una cruz baja, sobre tres gradas de piedra, da al cuadro un toque
potico, pensativo. All, en aquel rincn del universo, vive
Jesucristo.... pero cun solo!, cun olvidado!

Julin se detuvo ante la cruz. Estaba viejo realmente, y tambin ms
varonil: algunos rasgos de su fisonoma delicada se marcaban, se
delineaban con mayor firmeza; sus labios, contrados y palidecidos,
revelaban la severidad del hombre acostumbrado a dominar todo arranque
pasional, todo impulso esencialmente terrestre. La edad viril le haba
enseado y dado a conocer cunto es el mrito y debe ser la corona del
sacerdote puro. Habase vuelto muy indulgente con los dems, al par que
severo consigo mismo.

Al pisar el atrio de Ulloa notaba una impresin singularsima. Parecale
que alguna persona muy querida, muy querida para l, andaba por all,
resucitada, viviente, envolvindole en su presencia, calentndole con su
aliento. Y quin poda ser esa persona? Vlgame Dios! Pues no daba
ahora en el dislate de creer que la seora de Moscoso viva, a pesar de
haber ledo su esquela de defuncin! Tan rara alucinacin era, sin duda,
causada por la vuelta a Ulloa, despus de un parntesis de dos lustros.
La muerte de la seora de Moscoso! Nada ms fcil que cerciorarse de
ella.... All estaba el cementerio. Acercarse a un muro coronado de
hiedra, empujar una puerta de madera, y penetrar en su recinto.

Era un lugar sombro, aunque le faltasen los lnguidos sauces y cipreses
que tan bien acompaan con sus actitudes teatrales y majestuosas la
solemnidad de los camposantos. Limitbanlo, de una parte, las tapias de
la iglesia; de otra, tres murallones revestidos de hiedra y plantas
parsitas; y la puerta, fronteriza a la de entrada por el atrio, la
formaba un enverjado de madera, al travs del cual se vea difano y
remoto horizonte de montaas, a la sazn color de violeta, por la hora,
que era aquella en que el sol, sin calentar mucho todava, empieza a
subir hacia su zenit, y en que la naturaleza se despierta como saliendo
de un bao, estremecida de frescura y fro matinal. Sobre la verja se
inclinaba aoso olivo, donde nidaban mil gorriones alborotadores, que a
veces azotaban y sacudan el ramaje con su voleteo apresurado; y hacale
frente una enorme mata de hortensia, mustia y doblegada por las lluvias
de la estacin, graciosamente enfermiza, con sus mazorcas de desmayadas
flores azules y amarillentas. A esto se reduca todo el ornato del
cementerio, mas no su vegetacin, que por lo exuberante y viciosa pona
en el alma repugnancia y supersticioso pavor, induciendo a fantasear si
en aquellas robustas ortigas, altas como la mitad de una persona, en
aquella hierba crasa, en aquellos cardos vigorosos, cuyos ptalos
ostentaban matices flavos de cirio, se habran encarnado, por misteriosa
transmigracin, las almas, vegetativas tambin en cierto modo, de los
que all dorman para siempre, sin haber vivido, sin haber amado, sin
haber palpitado jams por ninguna idea elevada, generosa, puramente
espiritual y abstracta, de las que agitan la conciencia del pensador y
del artista. Pareca que era sustancia humana--pero de una humanidad
ruda, primitiva, inferior, hundida hasta el cuello en la ignorancia y en
la materia--la que nutra y haca brotar con tan enrgica pujanza y savia
tan copiosa aquella flora lgubre por su misma lozana. Y en efecto, en
el terreno, repujado de pequeas eminencias que contrastaban con la lisa
planicie del atrio, adverta a veces el pie durezas de atades mal
cubiertos y blanduras y molicies que infundan grima y espanto, como si
se pisaran miembros flcidos de cadver. Un soplo helado, un olor
peculiar de moho y podredumbre, un verdadero ambiente sepulcral se
alzaba del suelo lleno de altibajos, rehenchido de difuntos amontonados
unos encima de otros; y entre la verdura hmeda, surcada del surco
brillante que dejan tras s el caracol y la babosa, torcanse las cruces
de madera negra fileteadas de blanco, con rtulos curiosos, cuajados de
faltas de ortografa y peregrinos disparates. Julin, que sufra la
inquietud, el hormigueo en la planta de los pies que nos causa la
sensacin de hollar algo blando, algo viviente, o que por lo menos
estuvo dotado de sensibilidad y vida, experiment de pronto gran
turbacin: una de las cruces, ms alta que las dems, tena escrito en
letras blancas un nombre. Acercse y descifr la inscripcin, sin
pararse en deslices ortogrficos: _Aqu hacen las cenizas de Primitibo
Suarez, sus parientes y amijos ruegen a Dios por su alma_.... El
terreno, en aquel sitio, estaba turgente, formando una eminencia. Julin
murmur una oracin, desvise aprisa, creyendo sentir bajo sus plantas
el cuerpo de bronce de su formidable enemigo. Al punto mismo se alz de
la cruz una mariposilla blanca, de esas ltimas mariposas del ao que
vuelan despacio, como encogidas por la frialdad de la atmsfera, y se
paran en seguida en el primer sitio favorable que encuentran. La sigui
el nuevo cura de Ulloa y la vio posarse en un mezquino mausoleo,
arrinconado entre la esquina de la tapia y el ngulo entrante que
formaba la pared de la iglesia.

All se detuvo el insecto, y all tambin Julin, con el corazn
palpitante, con la vista nublada, y el espritu, por vez primera despus
de largos aos, trastornado y enteramente fuera de quicio, al choque de
una conmocin tan honda y extraordinaria, que l mismo no hubiera podido
explicarse cmo le invada, avasallndole y sacndole de su natural ser
y estado, rompiendo diques, saltando vallas, venciendo obstculos,
atropellando por todo, imponindose con la sobrehumana potencia de los
sentimientos largo tiempo comprimidos y al fin dueos absolutos del alma
porque rebosan de ella, porque la inundan y sumergen. No ech de ver
siquiera la ridiculez del mausoleo, construido con piedras y cal,
decorado con calaveras, huesos y otros emblemas fnebres por la
inexperta mano de algn embadurnador de aldea; no necesit deletrear la
inscripcin, porque saba de seguro que donde se haba detenido la
mariposa, all descansaba Nucha, la seorita Marcelina, la santa, la
vctima, la virgencita siempre cndida y celeste. All estaba, sola,
abandonada, vendida, ultrajada, calumniada, con las muecas heridas por
mano brutal y el rostro marchito por la enfermedad, el terror y el
dolor.... Pensando en esto, la oracin se interrumpi en labios de
Julin, la corriente del existir retrocedi diez aos, y en un
transporte de los que en l eran poco frecuentes, pero sbitos e
irresistibles, cay de hinojos, abri los brazos, bes ardientemente la
pared del nicho, sollozando como nio o mujer, frotando las mejillas
contra la fra superficie, clavando las uas en la cal, hasta
arrancarla....

Oy risas, cuchicheos, jarana alegre, impropia del lugar y la ocasin.
Se volvi y se incorpor confuso. Tena delante una pareja hechicera,
iluminada por el sol que ya ascenda aproximndose a la mitad del cielo.
Era el muchacho el ms guapo adolescente que puede soar la fantasa; y
si de chiquitn se pareca al Amor antiguo, la prolongacin de lneas
que distingue a la pubertad de la infancia le daba ahora semejanza
notable con los arcngeles y ngeles viajeros de los grabados bblicos,
que unen a la lindeza femenina y a los rizados bucles asomos de graciosa
severidad varonil. En cuanto a la nia, espigadita para sus once aos,
hera el corazn de Julin por el sorprendente parecido con su pobre
madre a la misma edad: idnticas largas trenzas negras, idntico rostro
plido, pero ms mate, ms moreno, de valo ms puro, de ojos ms
luminosos y mirada ms firme. Vaya si conoca Julin a la pareja!
Cuntas veces la haba tenido en su regazo!

Slo una circunstancia le hizo dudar de si aquellos dos muchachos
encantadores eran en realidad el bastardo y la heredera legtima de
Moscoso. Mientras el hijo de Sabel vesta ropa de buen pao, de hechura
como entre aldeano acomodado y seorito, la hija de Nucha, cubierta con
un traje de percal, asaz viejo, llevaba los zapatos tan rotos, que puede
decirse que iba descalza.

Pars, Marzo de 1886.






End of Project Gutenberg's Los pazos de Ulloa, by Emilia Pardo Bazn

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